Archivo mensual: enero 2022

VIEJO MUNDO NUESTRO II

EL COLEGIO 

De los tres hermanos, yo era el de en medio; el mediano, se decía. Me separaban dos años del mayor y año y medio del menor. La niña venía más lejos, la tenía a siete años de distancia.

La condición de mediano tenía sus ventajas y desventajas, como bien saben los que la han vivido. La principal de las ventajas era, creo yo, el sentirse arropado, como protegido por ambos lados. Además, aunque de caracteres diferentes, siempre estuvimos muy unidos y las normales disputas y hasta peleas infantiles nunca enturbiaron aquella armonía fundamental. Solo el paso de los años y las diferentes circunstancias de cada cual fueron levantando cierto distanciamiento que, al primer reencuentro, se manifiesta como irrelevante.

En octubre de 1946 yo tenía seis años. Ingresaba en el Colegio La Inmaculada de los Hermanos Maristas, de Barcelona. El hecho de que mis hermanos, al menos el mayor, más tarde el pequeño, ingresasen también no cambiaba en nada la situación. La situación era que el vínculo permanente entre los tres se rompía. En adelante, en las horas de colegio, cada uno de nosotros andaría perdido entre niños extraños, tan desorientados como nosotros mismos, y bajo las órdenes de unos hombres de negro con pechera blanca, rectangular y dura, a quienes había que saludar besándoles el dorso de la mano y llamarles Hermano.

La bata

El Hermano que dirigía la operación de acogida y triaje de aquella enorme tropa infantil (seríamos unos cien),después de hacer unas advertencias, dio una orden bien clara: los que sepan leer que pasen al aula del lado. Buena parte de la concurrencia fue saliendo y luego entrando en el aula contigua. Yo entre ellos.

Puestos en pie, uno al lado de otro, a lo largo de las paredes del aula, abrimos el libro de lecturas por la página indicada. He de aclarar que, obedientes los padres a las instrucciones del Colegio,  ese primer día nos presentamos ya con todo el equipo necesario, contenido en nuestras carteras escolares, incluida la bata a rayas con la insignia de los maristas, bata que, a diferencia del resto del equipo no había que llevarse a casa, sino que se tenía que dejar dentro del pupitre que cada cual tenía asignado.

A indicación del Hermano, un escolar empezó a leer; a las pocas líneas, se ordenó que parase y que siguiese leyendo el siguiente, y así sucesivamente. Hasta que me tocó a mí. Ni siquiera sé cómo identifiqué el punto de la lectura en que estábamos. El caso es que empecé a leer (es un decir), pero mis labios no pronunciaban palabras con sentido. Reconocía las letras, sí, pero no había manera de que formasen palabras significantes. Y yo seguía leyendo, mientras oía breves comentarios en voz baja. ¿Pero qué dice? No se le entiende nada. Enseguida el Hermano vino en mi ayuda – conscientemente o por inercia – y ordenó que siguiese leyendo el siguiente, sin hacer ningún comentario.

¿Cómo se me había ocurrido incluirme entre los que sabían leer? Porque aquella decisión mía no había sido meditada, aunque fuese por unos segundos, ni por consiguiente obedecía a ningún plan. Simplemente, pienso ahora, yo estaba convencido de que sabía leer. Quizá este falso convencimiento provenía del hecho de que entendía perfectamente los cuentos que corrían por casa, con gran profusión de dibujos y colorines. Por lo tanto, sabía leer. Lo que sí supe en el mismo instante de terminar mi caótica lectura era que no pasaría de nuevo por una humillación y vergüenza como aquella y que, por lo tanto, no volvería a pisar aquella aula. 

Hecho. Al día siguiente, me colé en el aula de los analfabetos, sin problema porque, tal como de alguna manera había intuido, las listas aún no estaban hechas. Y fue entonces cuando se hicieron, una vez colocado yo donde me correspondía. Pero había olvidado un detalle.

¡La bata! Ir a buscarla a mi pupitre del día anterior, me parecía descabellado. Por nada del mundo iba a entrar yo en aquella aula. Así que en casa dije que la había perdido. No me pidieron muchas explicaciones. Compraron otra, y creo recordar que al mismo día siguiente tenía bata nueva, mientras la antigua quien sabe dónde iría a parar.

¿Algún problema? Bueno, aunque la operación parecía muy limpia, durante unos días, muy pocos, viví con cierta inquietud el temor de que se descubriese mi fraude. Doble engaño: por cambiarme de clase secretamente, sin conocimiento del Hermano organizador, y por mentir sobre la pérdida de una bata que yo sabía perfectamente dónde la había abandonado. Nunca comenté el hecho con nadie. Hasta ahora mismo. 

La mano entre las manos

El primer peldaño de la estructura del sistema educativo de entonces (o solo del Colegio, no recuerdo) era el grado Elemental, formado por tres clases: elemental A, elemental B y elemental C. Una de ellas, quizá la A, estaba integrada por los que iniciaban el curso sin conocimientos de lectura, como era mi caso real, no el imaginario. Otra, quizá la C, suponía de hecho un nivel superior al de las otras dos.Las actividades preferentes en las dos clases de Elemental por donde pasé eran la aritmética mínima (se cantaban las tablas de multiplicar, etc.) el aprendizaje de la lectura y de la escritura y la instrucción religiosa, basada en relatos bíblicos. El aprendizaje de la lectura tenía un límite definido, que yo pronto alcancé, quiero decir que cuando se había aprendido a leer, ya se sabía leer y punto. Muy diferente el de la escritura. Para empezar, había que dominar los medios materiales: el tintero, la tinta, el papel secante, la pluma, la plumilla, que era ese apéndice reemplazable de la pluma que había tener siempre limpio y no tan gastado que exigiese un recambio. El dominio de todo ello era necesario para brillar en una de las disciplinas para mí más antipáticas: la caligrafía, arte para la que yo estaba negado, como para cualquiera otra de carácter manual y práctico.

El ambiente de la clase no me indujo a ninguna reflexión. Aquello era, debía de ser, lo normal: niños alegres, niños tristes, niños simpáticos, niños antipáticos. Yo permanecía callado y retraído. A veces, iniciaba una especie de amistad con algún compañero con quien sentía cierta afinidad (esto lo pienso ahora). Fue entonces, en alguna de aquellas dos clases elementales cuando conocí a uno de mis grandes amigos, con el que había de coincidir a lo largo de las diferentes etapas de mi vida: en la universidad, en el servicio militar, en lo laboral y hasta en el vecindario: Miguel Ángel García Vega, el muchacho de Valladolid que nos dejó para siempre hace casi una década. Con unos cuantos compañeros, de aquella misma época, aún nos vemos dos veces al año. Naturalmente, cada vez somos menos.

En cuanto al profesorado, mi paso por los dos cursos de Elemental y el posterior de Grado Medio, estuvo presidido por la persona del Hermano H. Mis relaciones con él fueron, cuando menos, curiosas. Quizá en el primer curso ni se fijó en mi existencia, debido en parte a lo espeso del alumnado (unos cuarenta por clase) y a mi tendencia o voluntad manifiesta de pasar desapercibido. Todavía hoy no me explico cómo en aquella época podía compaginar mi aspiración al anonimato con el impulso claro de entenderlo todo, aprenderlo todo y destacar en casi todo.

El caso es que, ya en el segundo curso, era corriente que el Hermano H. me propusiese ante el resto de la clase como modelo de estudiante inteligente, aplicado, obediente y tranquilo. Esto suscitaba las envidias y comentarios propios de la situación, «enchufado», «pelota», etc., aunque bastante menos que lo habitual en estos casos.

Entre otras cosas, para que yo alcanzase la condición de «pelota» me faltaba algo imprescindible: la voluntad de aproximarme como fuere a la fuente del poder para intentar torcerla a mi favor. Mi tendencia natural a pasar desapercibido me impedía tal tipo de maquinaciones. Otra cosa es que «el poder» se fijase en mí, reconociese algunas de las virtudes, que yo no negaba, me tomase de la mano y me subiese a su tarima. Y esto no es una metáfora.

Era una mañana de invierno soleada. La luz inundaba el aula a través de los amplios ventanales. Estábamos en el Grado Medio y teníamos por profesor – yo,  por tercer año consecutivo – al Hermano H. Yo tenía 9 años.

Los alumnos ocupaban sus sitios en silencio. El Hermano H. depositó sobre la mesa el libro de Historia Sagrada. Me hizo una señal para que me acercase. Obedecí y, subido a la tarima, me tomó una mano entre sus manos y siguió narrando la historia, iniciada en alguna clase anterior, de José y sus hermanos. Estaba en el momento en que el ya poderoso José recibe a sus hermanos, que no lo reconocen, y les obsequia con un banquete fastuoso, en el que no faltan las copas de oro, ni las piedras preciosas refulgiendo en los cuencos que adornan la mesa (recuerdo casi el pie de la letra este detalle de la descripción). Y yo seguía con mi mano entre sus manos. Y supongo que el relato continuó, finalizó y yo volví a mi sitio, pero esto no consta en mi memoria.

He de decir que, aunque la iniciativa del Hermano me sorprendió, el hecho en sí no me afectó de ninguna manera. También mi padre me solía tener cogido de la mano en determinados momentos. Porque me quería. Pues eso.

Pero es el caso que no comenté el hecho con nadie y, lo más sorprendente, no recuerdo que nadie del numeroso grupo presente hiciese la menor alusión a un espectáculo tan extraño y tan visible. Y, no sé por qué, pero estoy seguro de que ninguno de los testigos supervivientes con algunos de los cuales me reúno dos veces al año, recuerda de alguna manera la escena.

Tiempo después, ya en los cursos superiores, se empezó a comentar en voz baja los extraños manejos, los acosos que ciertos Hermanos utilizaban con los pequeños escolares. Especialmente los de cierto Hermano que tuvimos en clase y que casi inmediatamente salió de la orden, y los de otro Hermano, de porte y nombre angelicales, que gozó de una muy larga influencia en la vida musical y organizativa del Colegio.

Pero todo esto nada tiene que ver con la historia que he contado. Además, como ya he dejado escrito en cierta ocasión, este es un asunto en el que, no habiendo sido yo ni víctima ni testigo, no me parece correcto entrar.

Los Hermanos Maristas

¿Pero quiénes era esos hombres de negro con pechera blanca, rectangular y dura, a quienes había que saludar besándoles el dorso de la mano y llamarles Hermano?

Y no, no se trata aquí de dar unas descripciones históricas o sociológicas. Baste decir en este sentido que el Instituto Marista nació en Francia (Petits Frères de Marie) en 1817, en época de fuerte reacción conservadora tras la Revolución y el Imperio, que su fundador fue Marcelino Champagnat, que sus miembros (que no habían de ser sacerdotes) se dedicaron a la educación de niños y jóvenes, y que pronto el Instituto se extendió por Europa y América.

Y es que, a los efectos de mi relato, lo que interesa es solo una breve semblanza de aquel grupo concreto de hombres que teníamos sobre nosotros y que, durante once años en mi caso, condicionó nuestras vidas en muy amplios aspectos.

La mayoría era del norte de España: vascos, navarros sobre todo, y algún aragonés; de origen rural muy tradicionalista (cantera que había sido del carlismo). Aficionados a los deportes viriles, por supuesto, sobre todo al omnipresente «saque», una especie de frontón que se jugaba con una pelotita dura como una piedra, la cual, con la mano desnuda y enrojecida, se proyectaba violentamente contra la pared, y en menor medida al baloncesto, y al hockey sobre patines, con el que que lograron (el equipo del Cole, quiero decir) algún triunfo de cierto nivel.

Aunque tampoco formaban un mundo compacto y sin fisuras. Quiero decir que no todos eran «viriles» de oficio, sino que algunos se sabía que aprovechaban su estancia en el Instituto Marista para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad. Lo que no se sabía era quién pagaba los estudios. Solo en lo político la unanimidad era total, al menos en apariencia.

Una pareja en cierto modo ilustrativa de lo que vengo diciendo era la formada por dos Hermanos hermanos, creo que aragoneses.

El Hermano J. y el Hermano P.

El Hermano J. era el encargado de todas las actividades deportivas del Colegio, así como de impartir las clases de  gimnasia en todos los cursos y niveles. Era un hombre atlético, de aspecto duro, ya no joven, de frente despejada entrada en calvicie, del que se suponía un pasado mujeriego (se decía que era viudo), lo que, junto con su aspecto, solía impresionar a las jóvenes y no tan jóvenes madres. Se sabía que había luchado en la guerra (con los «nacionales», por supuesto) y que no le hacía ascos a la violencia militar.

El Hermano P, hermano del anterior, era de piel fina y sonrosada. De aspecto más bien delicado, sobre todo comparado con su hermano. Estuvo al frente de las distintas clases que se le iban asignando, aunque su especialidad era la gramática y la literatura. Yo lo tuve concretamente en cuarto de bachillerato (a mis 14 años) y siempre le estaré agradecido de que, debido a su natural claridad pedagógica, llegase a dominar la ortografía, la gramática y la sintaxis. Pero he de confesar algo: no me caía bien. ¿Por qué? No sé. O quizá sí.Uno de los deportes nacionales de la época era la invención y divulgación de chistes sobre Franco. No importaba la tendencia política del sujeto: si sabía un chiste sobre Franco, lo soltaba. Y es natural que unos niños de 13 o 14 años participasen entusiasmados en semejante deporte, ajenos en su mayoría a la carga realmente subversiva de muchos de los chistes.

Pues bien, una mañana el Hermano P. apareció en clase furioso. Con la cara enrojecida, con ese rojo que parece preceder al ataque de apoplejía. Estaba indignado, indignadísimo de que hubiese personas ¡y entre nosotros mismos, los alumnos! que se dedicasen a hacer chacota del gobernante más católico que nunca había tenido España, el cristianísimo Franco.

Aquella «santa indignación» me resultó muy desagradable. Yo, que entre la obediencia debida, el adoctrinamiento continuo, el natural escepticismo, etc. no tenía aún ninguna idea clara sobre el tema, tuve de repente bien claro una cosa: que no quería ser ni pensar como uno de esos energúmenos. Como el de la cara encendida de rojo a punto de estallar en mil pedazos.

Por otra parte, había Hermanos que sabían revestir su actuación de un aura de autoridad magnífica. Recuerdo en este sentido uno… cuyo nombre no recuerdo. Pero sí el mote, EL Panchatantra, familiarmente EL Pancha, debido, por una parte a la clase magistral que nos había dado sobre el antiguo texto hindú, en el último curso, y por otra a su aspecto fuerte aunque desgarbado y barrigudo. Con altas dotes intelectuales, le perdía la soberbia, el desprecio por la gente sencilla, y una misoginia que le salía por los poros. (En la foto, el más alto de los de negro).

En el lado opuesto se situaba el Hermano C., director del Colegio en los primeros años, hombre gordito, tierno y sentimental, siempre proclive a soltar la lágrima en cualquier acto público; se le conocía como La Toba, expresión catalana que significa «la blanda» pero que también tiene un significado escatológico.

Y finalmente había también algunos Hermanos, por lo general en el área científica, laboriosos, serios, alguno incluso muy tímido, que trabajaban y enseñaban con discreción y sabiduría. Pero es sabido que con este tipo de personas no se construyen historias apasionantes.

El primero de la clase

Después de tres años, el idilio que había mantenido con el Hermano H. llegó a su fin. Por primera vez desde que, aún no cumplidos los siete años, iniciara mi vida en el Colegio, veía al frente de mi clase a un Hermano que no era el Hermano H. Algunas cosas tendrían que cambiar. Para empezar, la tímida leyenda del «enchufado» se venía abajo. Tenía que contar solo con mis propias fuerzas.

Pero la verdad es que, aparte de la sensación de seguridad que me proporcionaba mi relación con el anterior profesor, poco o nada cambió. En los boletines de notas seguía apareciendo como el primero de la clase. He de aclarar que, en aquella época, además de calificarse a los alumnos por los resultados se les clasificaba en relación al conjunto con un número de orden: Primero, segundo, tercero, etc. Costumbre bárbara ya desaparecida (o reintroducida, no sé, corren tanto los tiempos) que por lo visto alentaba una competitividad malsana.

A mí ya me iba bien. Me estimulaba a mantener el nivel en que me había situado. Es que Antoñito tiene mucho pundonor, decían en casa. Y era verdad. Cuando mi posición se tambaleaba, me sentía muy mal. Esto ocurrió en varias ocasiones. En la peor llegué a descender a la posición de cuarto ¡el infierno! Cuando le entregué el boletín de notas a mi padre confesando, lloroso, que solo había sido el cuarto,  mira, comentó risueño éste  a mi madre, Antoñito está llorando porque ha sido el cuarto. He de confesar que aquellas risas medio reprimidas me dolieron bastante. Y no me sirvieron de ningún alivio en relación con la realidad de la catástrofe.

Pero no hay que pensar, como pensaban muchos, que el hecho de ser el primero de la clase iba relacionado con largas horas de estudio ante el libro. Ese era un deporte – el del estudio intensivo – al que no me había de dedicar hasta la entrada en la Universidad, y con resultados más bien ridículos en relación al esfuerzo.

En el Colegio, de esfuerzo, más bien poco. Recuerdo que una vez, tendría 13 o 14 años, al mediodía, bajaba hacia casa acompañado de uno de mis pocos amigos habituales: Enric Serra, quien vivía cerca de casa. Le invité a entrar, y en cierto modo quedó pasmado. Al día siguiente, lo explicaba más o menos así: Oye, ¿sabes lo que hace Priante cuando llega a casa? Echa a un lado la cartera con los libros y saca un montón de tebeos y se pone a leer, ¿te imaginas?

Sí, El guerrero del antifaz, Suchai, y sobre todo El pequeño sheriff eran materias muy  preferidas a las que aguardaban en la cartera, para las que una breve lectura antes del momento de las preguntas había de ser suficiente.

Y he aquí los resultados: el buen amigo que cantó mis secretos al público, convertido en gran barítono, y yo aquí, todavía sin parar de leer, vicio al que hace ya mucho tiempo añadí el de escribir.

Y si este relato tuviese un rincón dedicado a «agradecimientos» éste sería el momento. El momento en que el antiguo, viejo, primero de la clase agradece emocionado a sus compañeros el cariño y comprensión que siempre recibió por su parte. Hay que pensar que un niño como el que yo era, retraído, tímido, aparentemente «empollón» o «enchufado», ausente en cualquier actividad deportiva o de jolgorio, de muy pocos amigos, era el blanco perfecto para todo tipo de burlas, acosos y todo eso que ahora se llama bullying y que siempre ha existido (¿y existirá?) en las aulas.

Pues no. No solo no hubo nada de eso, sino todo lo contrario: siempre encontré aceptación, amistad y diría que hasta respeto y admiración. He pensado que, más que en ser «el primero de la clase», mi suerte estuvo en compartir una clase, unas clases, de primera.

Próximamente: Capítulo III, VALLDOREIX

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VIEJO MUNDO NUESTRO I

EL CINE

Tarde del jueves   

De niños, íbamos al cine una vez por semana. El plural del verbo alude a tres hermanos de edades muy seguidas, una hermana más distanciada del último, la madre, el padre (solo a veces) y la criada.

El cine era alguno de aquellos “de barrio” que ya no existen; el barrio era el nuestro, situado justo a la derecha de la derecha del Ensanche y poblado por una clase media más laboriosa y temerosa que de derecha o de izquierda.

Aquellos nuestros cines de barrio se llamaban Tetuán (por la plaza próxima), Gran Vía (por la avenida en que estaba), Cervantes (porque así lo decidieron los que borraron el nombre extranjero de Fregoli), Lido (por no sé qué), y había algún otro más ocasional y lejano. Avanzada la tarde, en todos ellos imperaba el aroma que desprende la naranja cuando se pela y el de la tortilla de patata aún caliente; también, a veces, el del pipí infantil que algunas mamás consentían se liberase en pleno patio de butacas.

El vestíbulo del local, donde se alojaban las dos taquillas cual nichos dispensadores de pasaportes para la felicidad, mostraba en sus paredes fotogramas de las dos películas que se proyectaban, y que nosotros observábamos con curiosidad y anhelo a la entrada y con cierto conocimiento del mundo a la salida (mira, aquí es cuando…, y aquí cuando…)

Las películas eran siempre dos, que se proyectaban de forma continua y alterna, desde las 3 o 4 de la tarde hasta las 12 de la noche aproximadamente, con los debidos intercalados del No-Do, documental informativo oficial de proyección obligatoria. La película considerada más importante o popular se proyectaba al principio y, dado que el número total de proyecciones era impar, le tocaba también ser la última, con lo que obtenía un visionado más que la otra.

El hecho de que las sesiones fuesen seguidas, turnándose las dos películas, tenía alguna ventaja. Se entraba en la sala en cualquier momento, por ejemplo hacia la mitad de la película A, se veía la película hasta el final; después empezaba la película B, se veía hasta el final; después empezaba la película A, se veía hasta el momento en que alguien de nosotros decía: aquí hemos llegado. Entonces, nos levantábamos, satisfechos o resignados, y salíamos del local.

Además del recuerdo de lo visto, nos llevábamos un objeto material de valor inapreciable: los programas de mano de las películas que se pasarían la semana siguiente. Eran estos una especie de papelitos coloreados en los que se representaban imágenes o escenas de la película en cuestión y que hoy son objeto preciado de colección.

Algunas mañanas de domingo

Pero las sesiones de cine no se limitaban a las tardes de los jueves – festivas en el Colegio hasta que se impuso el weekend foráneo y se cambiaron por las del sábado -, sino que también las había algunas mañanas de domingo. Mañanas lluviosas o muy nubladas en las que no apetecía el acostumbrado paseo dominical. Y es que la familia, reducida por lo general al padre y los tres hijos mayores, solíamos pasear por las zonas más agradables o pintorescas de la ciudad: parque de la Ciudadela, Montjuic, parque Güell, la Rambla, el rompeolas. La madre se quedaba las más de las veces en casa con la criada (la comida de los domingos era importante), junto con la niña, demasiado pequeña para seguir a sus mayores y cuya incorporación al grupo paseante coincidiría más o menos con la diáspora de los hermanos ya creciditos.

Y es que, situadas en el centro de la ciudad, algunas salas de cine ofrecían los domingos sesiones matinales dedicadas en unos casos al público infantil – solo películas cómicas o “de dibujos” y noticiarios – y en otros, a todos los públicos. Recuerdo en especial el Publi, en el Paseo de Gracia, donde disfrutábamos de lo lindo – el padre incluido – con las aventuras y desventuras de Charlot, el Gordo y el Flaco, Popeye, el Pájaro Loco, Tom y Jerry, y otros de la misma fauna. Y también el Galería Condal, situado entre la Gran Vía y el Paseo de Gracia, de donde recuerdo en especial, ya en plena adolescencia, un par de películas que, no sé por qué circunstancia, vimos varias veces, y siempre juntas: Bahía negra y la encantadora, tierna y romántica Lilí. Y también la musical, fantasiosa y sensual (o así la recibí yo en mi pubertad) Carrusel Napolitano.

En la pantalla

También de los cines de barrio y de una vez a la semana guardo el recuerdo de un puñado de películas. La mayoría pertenecen a la década gloriosa del cine de los años 40. Pero hay que tener en cuenta que, a diferencia de ahora, una película, una vez estrenada en su país de origen, tardaba a veces años en llegar a nuestras pantallas. Un ejemplo extremo: Lo que el viento se llevó, estrenada en EE.UU. en 1939, llegó a España en 1950. Demasiados trámites que salvar, y no el menor el de la censura. 

Y aquí van unos títulos que de aquella época de espectador de cine de barrio conserva la memoria, con su año de realización, que casi nunca coincide con el de nuestro visionado infantil o adolescente: Robín de los bosques ( Michael Curtiz, 1938), Rebeca (Hitchcock, 1940), Cuatro pasos por las nubes (Alessandro Blasetti, 1942), Luz que agoniza (George Cukor, 1944), Alí Baba y los cuarenta ladrones (Arthur Lubin, 1944), La escalera de caracol (Robert Siodmark, 1946), La vida secreta de Walter Mitty (Norman Z. McLeod, 1947),  Doble vida (George Cukor, 1947), Recuerda (Hitchcock, 1949), Al rojo vivo (Raoul  Walsh, 1949), Las minas del rey Salomón ( Compton Bennett, 1950),  Scaramouche (George Sidney, 1952). He añadido en cada caso el nombre del director no sé porqué. Y es que éste era un detalle que ni a nosotros ni creo que al público en general importaba un pimiento; creo que pocos sabían que existía un director. Los únicos que importaban eran los que se movían y hablaban en la pantalla. Clark Gable, Errol Flynn, Gary Cooper, Humphrey Bogart, Hedy Lamar, Rita Hayworth, Gene Tierney, Veronica Lake eran los únicos dioses y diosas de aquellas tardes semanales.

Lo de «hablaban en la pantalla» es un decir, porque los que ante nosotros hablaban no eran los mismos actores sino unos dobladores profesionales, quienes nos ofrecían los parlamentos originarios en el único idioma oficial del país, que casualmente era también el nuestro.

El doblaje tenía en aquella época unos efectos o intenciones evidentes, unos buscados y otros rebuscados: permitía al espectador no políglota enterarse de lo que decían (supuestamente) los personajes; impedía, a los conocedores del idioma original, disfrutar de las voces genuinas y a veces muy características de los actores, aunque, como contrapartida, permitía en algunos casos el lucimiento de ciertos actores españoles que oficiaban de dobladores, y finalmente (o quizá habría que decir fundamentalmente) daba campo abierto a la censura para manipular los textos originales de acuerdo con la ideología político-religiosa imperante. 

Este último recurso se utilizaba sin freno, y el espectador corriente no tenía manera de saber dónde hacía trampa el servicio de doblaje. Tiempo después sí, se pudo saber, por ejemplo, que el doblaje de Bogart en Casablanca omite la referencia del personaje a su participación en nuestra guerra civil al lado de la República, o que el de Mogambo convierte a un joven matrimonio en hermanos, con lo que, intentando evitar el pecado de adulterio (nada menos que con el irresistible Clark Gable), lo que consigue es que el malicioso espectador piense en el de incesto, aunque imagino que este tipo de pecado, tan sofisticado, no entraba en la mente del censor. 

La censura, sobre todo la antierótica, potenciaba la malicia del espectador hasta niveles de paranoia. Un fundido en negro en medio o a continuación de una escena castamente amorosa era signo clarísimo de que la tijera censora había funcionado, y provocaba las protestas en forma de pitidos y pateos del público. Y en muchos casos era así; aunque en otros muchos, no. Era inevitable: ante la censura, el espectador no hacía otra cosa que dar palos de ciego.

Santa inocencia

No era ése nuestro caso en la etapa más infantil, cuando la inocencia nos permitía darlo todo por bueno mientras fuese interesante o mágicamente encantador. Santa inocencia que de vez en cuando propinaba algún susto en pleno mundo formal de los mayores. Como el de aquella tarde de enero de 1949.

Nuestra abuela paterna, que vivía en el piso de abajo con su otro hijo, había amanecido sin vida. Nadie se esperaba aquello; estaba relativamente bien de salud, y de hecho su aspecto daba la impresión de que seguía durmiendo plácidamente, según decían.  Consternación general, algunos vecinos se enteran y asoman la cabeza. Una anciana observa cómo el más pequeño de los tres nietecitos (siete años) lloriquea en un rincón. Se le acerca en plan consolador: «Pobrecito, qué sensible. ¿Querías mucho a la abuelita, verdad?» Y el niño gimotea: «Es que no podremos ver Murieron con las botas puestas«.

Resulta que era jueves y en el cercano cine Tetuán nos esperaba el apuesto y aguerrido  Errol Flynn con sus valientes soldados, y los temibles indios. Creo que quedó para otra ocasión, porque recuerdo haberla visto.

Fuera de la pantalla

Pero los cines – los de barrio y los otros – contaban con más personajes que los que aparecían en la pantalla, y además eran de carne y hueso. Las taquilleras primero. Siempre mujeres, y con los rostros semiocultos por el estrecho marco de la taquilla; el conserje, que controlaba las entradas a la sala, siempre uniformado a lo almirante, con independencia de la categoría del cine. Y una vez en la  sala, los nerviosos focos lumínicos que rasgaban la oscuridad – entrábamos en plena proyección –  anunciaban la presencia de los acomodadores, seres sin rostro apenas que a través de las tinieblas aparecían para acompañarnos hasta la localidad oportuna.

El acomodador era un personaje importante. De alguna manera representaba a la autoridad, y como tal ejercía. Reprendía severamente a los que alteraban el orden o se portaban mal. Eso de portarse mal era muy relativo, por supuesto, y su apreciación dependía siempre del grado con que el acomodador tuviese asumidos los postulados político-religiosos vigentes. Y aquí conviene una pequeña digresión para hacerse una idea.

En el tema sexual, la moral oficial del país era muy estricta; aunque en la práctica todo el mundo hacía lo que podía, como siempre. Fuera del matrimonio, los desahogos naturales con que suelen satisfacerse las parejas eran realmente difíciles. Una sala de cine (de barrio, con preferencia) con su oscuridad y el volumen de los altavoces a plena potencia era un lugar bastante adecuado para aquellos fines. Y así, las últimas filas de las salas solían ocuparlas parejas de todas las edades, más interesadas en sus cosas que en lo que ocurría en la pantalla. Y, a lo que íbamos, si el acomodador de turno juzgaba que aquello era escandalosamente indecente no dudaba en apuntarles directamente con el foco de su linterna para avergonzarlos (?) públicamente  y acabar con el escándalo. Esto lo vi yo en más de una ocasión. Como mero espectador, se entiende.

Pero a veces el acomodador ejercía el poder de la linterna con fines menos desinteresados. Como antes he apuntado, te acompañaba hasta señalarte el lugar que ibas a ocupar, y era costumbre (obligada) que se le entregase una pequeña propina. Pues bien, si no había propina o si ésta era manifiestamente irrisoria, tu hasta entonces amable acompañante mantenía clavado el foco de la linterna en tu persona, incluso ya sentado, hasta que juzgaba que estabas suficientemente avergonzado.

Disgregación y final 

De niños, íbamos al cine una vez por semana.

Pero la infancia cedió el paso a la adolescencia, y la tropa familiar de las tardes de los jueves y de los matinales de algunos domingos se fue disgregando. Creo que fue a mis catorce o quince años cuando el trío de hermanos empezamos a compaginar aquellas sesiones familiares, con otras más personales. Con algún hermano, con algún amigo, solos, cualquier tarde o noche de la semana, con alguna novia, a veces en las últimas filas.

Pero la fascinación por cuanto de interesante ocurría en la pantalla persistía y persistirá. Los cines no, aquellos cines de barrio se hundieron para siempre, sumando sus ruinas a las de tantas civilizaciones perdidas.

Solo viven en el recuerdo. Como en este que he compartido. Tan personal. Tan prescindible para aquellos que no lo vivieron.   

Próximamente: Capítulo II, EL COLEGIO

 

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PROYECTO DE OBRA (provisional, como todo)

VIEJO   MUNDO   NUESTRO

Cap.    1       El cine

             2      El Colegio

             3      Valldoreix

             4       La Universidad

             5       La Lengua

             6       La Mili

             7        Y ahora ¿qué?

(PRÓXIMAMENTE, AQUÍ MISMO)

 

 

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