VIEJO MUNDO NUESTRO IV

LA UNIVERSIDAD

Una de las pocas ventajas de las sociedades tradicionales, en las que todo está perfectamente pautado, es que, a la hora de tomar decisiones, tienes poco que pensar. Si yo era «el intelectual” de la familia – quizá porque leía mucho y por mi natural rechazo a los trabajos físicos, a arrimar el hombro –, estaba claro que me correspondía estudiar una carrera universitaria. Y si había de estudiar una carrera universitaria, no podía ser otra que alguna de la docena escasa que había en el mercado docente español. Sí, pero cuál.

Par délicatesse

Mi preferencia por el mundo de las letras frente al de las ciencias estaba muy clara. Lo que también estaba claro era que esta preferencia no conducía a ninguna parte socialmente decente. Ahora se habla mucho de la postergación de lo humanístico frente a lo tecnológico, como si fuese algo nuevo, pero los viejos con memoria – que los hay – recordarán que esto ya se daba en nuestra juventud. Por ejemplo el Hermano marista que me preguntó por mi elección, si ciencias o letras, en 1954, se echó las manos a la cabeza al oír que me decidía por las letras, pero tú, Priante, ¿letras?, ¿lo has pensado bien? No, no le entraba en la cabeza; estaba realmente preocupado de que hubiese decidido desperdiciar mis facultades.

Pocos años después, al finalizar el bachillerato, me tocó pronunciarme ante mi padre. Él tenía bien claro que yo había de estudiar una carrera, pero ¿cuál?, preguntó. Y yo tenía muy claro que él veía el mundo con los mismos ojos que el Hermano (en esta cuestión, al menos). Mi respuesta natural, franca, desinhibida tendría que haber sido: Filosofía y letras. Pero yo sabía que esta respuesta no le habría gustado nada. Y no quería disgustar a mi padre. Así que busqué una salida intermedia: Derecho. Esta carrera tenía un aura de prestigio y respetabilidad que las personas más prácticas (como el Hermano y mi padre) tenían que reconocer y, por otra parte, presentaba un talante humanístico del que carecían las disciplinas científicas en general.

El padre lo aceptó, qué remedio, y yo me quedé con la sensación de que había renunciado a algo esencial solo por no molestar a alguien, por muy padre que fuese. Par délicatesse j’ai perdu ma vie, dijo el poeta. Bueno, tampoco es para tanto. 

Un mundo nuevo

Cuando inicié la carrera, el edificio de la Universidad vieja, situado en la Gran Vía (entonces, Avenida de José Antonio), albergaba todavía la Facultad de Derecho. Ahí estudié el primer curso, en compañía de una multitud de estudiantes procedentes de toda Cataluña y de las Baleares (creo recordar que la de Barcelona era la única Facultad de Derecho existente en toda esa zona geográfica).

La sensación de haber entrado en un universo muy distinto del mundo del Colegio era evidente, por no decir brutal. Para empezar, ningún profesor – casi siempre catedrático – llegaba a conocer al final del curso a los alumnos por sus nombres, excepto a los tres o cuatro que, en cualquiera de los mundos posibles, saben darse a conocer enseguida, lo que evidentemente, nunca ha sido mi caso.

Ahí no se tomaba la lección cada día, ni había notas semanales, ni mucho menos clasificación del alumnado por los resultados. Ahí las habilidades del primero de la clase de un colegio religioso de poco podían servir. Se me había enseñado a navegar en un pequeño estanque y de pronto me encontraba solo en alta mar. 

Aunque hay que reconocer que aquella soledad entre la masa de estudiantes no era absoluta. Otros me acompañaban, llegados como yo desde el Colegio marista. Por lo menos dos: Miguel Ángel García, compañero de toda la vida, ya citado en el capítulo dedicado al Colegio, y José Ignacio Porta, «Tato». El primero, de familia castellana instalada en Barcelona al finalizar la guerra civil, con el que la diferencia de ideas, cada vez más acusada, nunca impidió una sólida amistad. El segundo, de familia perteneciente a la burguesía barcelonesa más bien alta, cerraba el compacto trío que como tal se mantuvo hasta el cuarto curso.

Aquel primer curso fue como de iniciación al mundo real. En el Colegio, un muro de normas, preceptos y vigilancia continua nos separaba hasta cierto punto de la  realidad. En la Universidad comenzaba mi inmersión en ella. Detalles significativos eran: que no hubiese un control efectivo de los retrasos o asistencias a las clases, que pudieses seguir la clase sentado junto a una muchacha como si tal cosa, que, solo descendiendo unas breves escaleras, pudieses acceder al bar donde tomar un café o una cerveza con los compañeros y compañeras, charlando de todo lo imaginable, sin que, por lo general, importase demasiado que pasase la hora de la clase correspondiente. Inimaginable.

El hecho de que, con alguna excepción, los profesores se desinteresasen de si estudiabas o no, hasta el momento de los exámenes parciales (uno o dos por curso) o finales fue sin duda el que más me afectó en el aspecto académico. La prueba está en que solo en una asignatura obtuve una nota de sobresaliente con matrícula, mientras en las tres restantes, un aprobado justo. Y aquella era precisamente la asignatura en que se podía recitar la lección semanalmente (la excepción), y no precisamente la más interesante para mí.   

Por otra parte, el decorado era magnífico: el aula con los asientos en forma de anfiteatro, la biblioteca, los amplios y bellos pasillos que unían las dos alas del edificio, el aula magna, el paraninfo, los pequeños jardines que bordeaban la construcción y sobre todo los románticos patios gemelos (el nuestro, el de letras), donde, entre clase y clase, o en cualquier momento, nos movíamos los estudiantes novatos, felices y un poco desconcertados.

Por cierto que, casi treinta años después, volví al mismo escenario – parece imposible que no hubiese cambiado casi nada – para iniciar, cuarentón, la carrera de Filología clásica, cuyo primer curso se daba en la misma aula en que se había dado el primero de Derecho.

Un palacio en Pedralbes

El primero, que el segundo ya no se dio allí. ¿Qué había pasado? Que las autoridades habían decidido que Barcelona merecía una «ciudad universitaria»; que ya se había iniciado su construcción, y que a nosotros nos tocaba inaugurar la flamante Facultad de Derecho, uno de los primeros edificios nuevos, quizá el más armonioso y bello dentro de los cánones más avanzados de entonces. Estaba situado hacia el final de la Diagonal, muy cerca del Palacio Real, construcción ésta tan convencional como reciente (1924) pensada para residencia de los reyes en sus visitas a Barcelona (Alfonso XIII fue el único que lo pudo disfrutar), pero que también utilizó Franco, que era más que rey.

En el nuevo edificio de la facultad dominaban los grandes espacios abiertos, la luz, la transparencia, las grandes aulas, las amplia zonas de césped que lo bordeaban, el bar. Muy importante, el bar. Corrió enseguida el dicho de que aquel era el único bar del mundo que tenía incorporada una facultad de derecho. Y para muchos era efectivamente así. Y la biblioteca, que fue tan importante para mí, sobre todo a partir del tercer curso. Pero en cuanto al funcionamiento académico, el modo de enseñar, muy tradicional y muy cansino, y el modo de afrontarlo por mi parte, que consistía en estudiar intensamente  justo antes de cada examen, nada había cambiado.

Aunque, no recuerdo si fue al principio o al segundo mes del curso que se introdujo algo nuevo que dio un poco de color a aquel mundo mortecino del profesorado: el nuevo catedrático de Derecho Político, Manuel Jiménez de Parga. Joven de 29 años, granadino de muy buena familia, emparentado – decían desde la extrema derecha para desacreditarlo por adelantado – con los responsables del asesinato de García Lorca, que representó un soplo de aire nuevo en medio de aquel ambiente ideológica y políticamente enrarecido. Por primera vez, se oía expresar públicamente la preferencia por una democracia sin adjetivos y, cosa insólita, llamar dictadura a la dictadura. Durante los años que ejerció en nuestra Facultad no dejó de hacer equilibrios para mantenerse en pie frente al riguroso control político del Régimen y además corroboraba sus ideas liberal-democráticas con los hechos: en su cátedra acogería como profesores y ayudantes a gente de ideología muy diferente de la suya (por la izquierda) como Jordi Solé Tura, comunista entonces, convertido años más tarde en ministro socialista, y yo mismo, vago marxista entonces, convertido años más tarde en el que escribe esto. (Lo de vago puede entenderse en las dos acepciones principales de la palabra).

En busca de una Weltanschauung

Esta palabreja alemana, bastante en boga entonces entre la gente filosóficamente inquieta, significa algo así como «visión del mundo» o «cosmovisión». O sea, formarse una Weltanschauung quería decir abandonar el indeciso relativismo de los pensadores principiantes o delirantes para construir un edificio mental coherente de la cabeza a los pies, que lo explicase todo. Algo con lo que, desde el despuntar del uso de razón, yo siempre había soñado. Pero, visto lo que tenía alrededor, no era cosa fácil.

Lo que se movía a mi alrededor no era especialmente interesante, y me sitúo ya en el tercer curso de la carrera, que fue cuando empecé a ver las cosas con cierta claridad. Todo lo impregnaba la triste mediocridad de una burguesía muy bien acomodada al Régimen de Franco. La gran mayoría del estudiantado era más bien grisácea; solo destacaban el colorido sector de los «pijos» y el pequeño y austero sector de los políticos. Estos se dividían en extrema derecha (principalmente falangistas, quienes pronto perderían el control de las organizaciones estudiantiles) y extrema izquierda. Y entiéndase que, para el bien pensante de entonces, toda izquierda era extrema.

Pasé la mitad de la carrera cómodamente embutido en la masa grisácea sin apenas más relación que con Miguel Ángel y José Ignacio. En el tercer curso, y ya decididamente en el cuarto, empecé a asomar la cabeza al exterior, y lo primero que encontré fue a unos raros ejemplares que, siendo más bien políticos de derechas, no eran en absoluto falangistas y hasta negaban ser políticos. Pertenecían a una especie de club católico elitista que ellos mismos denominaban La Obra y se dedicaban entre otras cosas a captar nuevos socios entre los estudiantes que consideraban más valiosos, por lo que siempre les agradecí que se fijasen en mí. Pero enseguida se vio que el entendimiento era imposible. Yo quería formarme mi visión del mundo y, más que un mundo, lo que ellos me ofrecían era una cárcel en la que el carcelero dogma vigilaba de continuo al prisionero pensamiento.

Entonces volví la vista a la izquierda y me encontré con algo muy diferente. En general eran personas como yo, que aspiraban a una racionalidad que sustituyese a la sinrazón cotidiana; que no estaban de acuerdo con la estructura política y social vigente y que, en muchos caso, deseaban cambiarla, con los riesgos que ello comportaba. Para presentarse a tamaño combate cada cual iba provisto de una doctrina más o menos asimilada, desde un cristianismo progresista hasta un comunismo ciegamente moscovita. Pero había algo que de alguna manera lo impregnaba todo, lo explicaba todo: el marxismo. No hacía mucho que yo había empezado a conocerlo y, visto que era asignatura imprescindible en el mundo de la izquierda estudiantil que empezaba a frecuentar, me apresuré a profundizar en él. Bien, reconozco que lo de «profundizar» es un poco exagerado.

El caso es que el ala sociopolítica de la Weltanschauung se iba estructurando debidamente. Pero ¿qué hacer con la otra? ¿Qué hacer con la fe que había mamado desde la infancia? ¿con el catolicismo más que reforzado en el Colegio, que supuestamente tenía respuesta para cualquier duda metafísica pero que, a mis veinte años, parecía cada vez más inerme ante los embates de la ciencia y de la razón?

Pasaba muchas horas en la biblioteca. Y no precisamente con textos de derecho, excepto en los casos de exámenes inminentes, sino con otra clase de libros que abundaban tanto o más que los otros, o era yo que solo me fijaba en ellos: literatura, filosofía, arte, ciencia. Y saltando de uno a otro fui a dar en el conocimiento de la obra de Teilhard de Chardin, jesuita y científico, y ahí me pareció encontrar la fórmula con que conciliar la fe cristiana con la ciencia moderna e incluso con la cosmovisión marxista, si se concebía ésta abierta a la trascendencia.

Aclarado el panorama, construida bien o mal mi Weltanschauung, ¿cuál era el siguiente paso? ¿Cómo había de situarme? Estas preguntas eran una llamada que yo mismo me hacía a la acción. Mal asunto. A pesar de mi inquebrantable devoción por Goethe desde mis 18 años (en el principio era la acción), la acción no entraba en mis tendencias principales. Pero de alguna manera se había de manifestar todo aquello.

Salida al mundo

La primera señal fue, ya en el cuarto curso, que amplié notablemente el ámbito de mis amistades o conocimientos, que finalmente ya no quedó reducido a los dos amigos del Colegio. Entre la gente que empecé a frecuentar recuerdo especialmente a J. Ramón Capella, al principio incardinado en el sector de los «pijos», y por entonces recién convertido en intelectual de izquierdas, que había de seguir un sólido recorrido (cátedra, la revista Mientras Tanto); Isidre Molas, catalanista, federalista, integrante del partido clandestino (todos lo eran) Front Obrer de Catalunya, quien había de ser reputado sociólogo, miembro del partido socialista, vicepresidente del Parlament de Catalunya y senador, pero que, de momento, en el quinto curso, le tocó conocer la detención y la cárcel; José Cano, individuo serio, riguroso, de origen manchego y aspecto unamuniano, con el que mantenía largas conversaciones sobre el marxismo y la manera más efectiva de cambiar la sociedad, pero que no pertenecía a ningún partido; Tomás Alcoverro, personaje singular y muy característico, no situado tan a la izquierda como los anteriores, sino más bien en una especie de azañismo literario, quien había de ser periodista famoso, especializado en Oriente Medio, y había de vivir muchos años en Beirut, con el que poco a poco trabé una estrecha y larga amistad, que continúa, y por muchos años.

Había algunos más. Ah, sí: la única presencia femenina – formaban el veinte por ciento aproximadamente del estudiantado – era Elisa Vallès, muy implicada en el activismo social, quien junto con su pareja, que estudiaba otra carrera, se dedicaba, entre otras cosas, a promocionar un teatro popular de tipo didáctico- político. Y no he de olvidar a Jordi Sobrequés, que había de destacar en el mundo universitario, aunque no estoy seguro de que perteneciese a nuestro curso, persona afable, aguda, inteligente y en cierto modo ingenua – como en cierto modo lo son todas las personas inteligentes. Recuerdo que en una ocasión, vino a visitarme a Valldoreix en compañía de Tomás en uno de mis últimos veraneos, quizá en el 62, y que se espantó ante el mundo de frivolidad en que vivía alguien como yo, que se suponía que compartía sus mismos ideales; a Tomás lo que se le ocurrió fue sugerirme que ese mundo sería buena materia para escribir una novela a lo Proust. Y yo le contesté que ni pensarlo. Pero la vida da muchas vueltas. Aunque Proust me sigue quedando lejísimo. También corría por allí, de nuestro curso, un tal Pasqual Maragall, nieto de poeta y padre de sí mismo como político personalísimo y único.

La opción casi definitiva por una actitud intelectualmente rigurosa y de compromiso social no me libraba de la preocupación por un futuro problemático en el aspecto económico. Preocupación que me llevó a iniciar algún paso en falso que, por suerte, no llegué a dar. Me refiero a la visita que hice al señor S, abogado del estado, coveraneante  de Valldoreix, en busca de consejo y amparo ante la posibilidad de decidirme a iniciar oposiciones a un cargo como el suyo.

Me atendió muy amablemente y, con una llaneza y sinceridad dicen que típicamente aragonesas, para ilustrarme sobre las ventajas a que podía acceder si me decidía, me mostró un cuarto lleno de los regalos que recibía (auténticas montañas de televisores entre otras cosas) y me explicó muy llanamente algún recurso habitual en el cargo para prosperar económicamente más allá del sueldo, recurso de tal calibre que habría ruborizado a cualquier persona mínimamente ética.

Por su parte, la aristocrática esposa me insistió en que siguiese ese camino, dando a entender que su hija Carmen P y yo formaríamos una buena pareja. Bueno, no creo que dijese exactamente eso, pero así lo interpreté yo de sus palabras, y es que debo de ser más presuntuoso de lo que imaginaba. Pero el tiempo no pasa en balde, y el incentivo me pareció ridículo al comparar a la muchacha de 19 años que andaba por ahí con la niña preciosa y voluntariosa que había iluminado unas temporadas de mi infancia.

Descartada de momento la preocupación por el futuro económico-laboral, me deslicé sin problemas por la nueva senda de la actividad (siempre en tono menor) político-social. Aquel quinto y último curso (1961-62) fue rico en experiencias de ese tipo.

El grupo de compañeros antes mencionados y alguno más nos conjuramos para obtener, de algunos catedráticos progresistas – entre ellos el que más interés mostró, el de derecho romano Ángel Latorre -, algún tipo de actividad organizada que nos permitiese, además de completar nuestra formación, avanzar en la concreción y realización de nuestros ideales sociopolíticos. Los resultados se habían de concretar en parte en la realización de un seminario de largo alcance sobre las elecciones generales durante la Segunda República, en el ámbito de la cátedra de derecho político (Jiménez de Parga), coordinado por el  adjunto de la cátedra, González Casanova, trabajo que se iniciaría de hecho en la temporada siguiente, es decir, ya como licenciados. 

Aquel curso fue también pródigo en visitas a la Universidad vieja, sobre todo a su biblioteca, adonde muchas veces iba a estudiar junto con Cano. Pero el principal motivo de atracción de aquel viejo centro era las clases de filosofía, abiertas a todo el mundo, que daba el profesor Manuel Sacristán. Antiguo falangista, entonces riguroso marxista y más tarde convencido ecologista y verde, Sacristán era todo un referente de la oposición comunista al Régimen; ocupaba al parecer un puesto decisivo en el Partido (así se decía entonces, sin más y con mayúscula inicial, y todo el mundo lo entendía). Allá me llevó Capella por primera vez y allá solía encontrarme con amigos o conocidos afines, entre ellos Santi, el de Valldoreix, y creo que alguna vez asistí con K, mi «relación» de la primavera de aquel año.

Si el 62 fue un año especialmente convulso, mayo fue el mes en que se concentró la mayor agitación. En respuesta a las protestas de los mineros de Asturias, a principios de mes el gobierno decretó el estado de excepción – que era como una dictadura dentro de la dictadura – en esa región. Los movimientos de solidaridad con los huelguistas asturianos se propagaron por toda España. También en Barcelona… Pero no es esto – no es mi intención – una crónica histórica o política, sino una colección de impresiones personales de distintos momentos de mi vida. ¿Y qué más personal que unas líneas del Diario que llevaba desde los dieciocho años, donde de forma rápida y escueta se da cuenta del clima de aquellos momentos?

«10-V-62

Estudio en la bibl., con Elisa.  A clase de Procesal.

T. Universidad. Estudio en la bibl. Veo a Santi. Y luego a Capella. A las 7, la concentración anunciada. Poca gente. Se marcha hacia la reja. Se cuelga el cartel “Llibertat”. Se canta Asturias. “Asturias sí, Franco no”. Luego a la calle. Aparecen los grises; retirada. Encuentro a Porta y a T[?]. Se dice que han detenido a dos estudiantes.

Ya fuera me encuentro a Norman y Alex, venezolano. Vamos al “Lugano”. Charlamos. Teoría y tácticas marxistas. Norman, profundo y preciso, ponderado. Alex, fanático y hasta sanguinario. Experiencia interesante.

Por la noche no puedo estudiar.

11-V-62

T. Estudio en casa. Y a la Universidad. Manifestación de adhesión a Asturias. Entra la policía. Me va de poco. Corro. Cogen a unos cuantos. Nueva experiencia…

22-V-62

Lapso de once días en mi diario, sin razón aparente.

Continúa la tensión política. Crecen las huelgas, según informes.

Los “grises” entraron otra vez en la Universidad – yo no estaba – y cogieron a mansalva. Santi fue a la comisaría pero salió enseguida.

La otra noche fueron a buscar a Molas a su casa. Sigue detenido, en la Modelo, según parece.» 

Días después tuvimos los exámenes finales. Suspendí una asignatura. La aprobé en septiembre. En octubre era ya licenciado en derecho.

Había terminado la carrera, no mi vinculación con la Universidad. Y es que – no recuerdo si fue antes o después del verano – un buen día me acerqué a Jiménez de Parga y le pregunté si podía unirme a su cátedra como ayudante. Aceptó al momento. Sin preguntas, sin consejos, sin instrucciones, sin advertencias ni requisitos. En cierto modo era un hombre muy confiado, porque no me conocía personalmente de nada – había seguido sus clases, entre la masa, en el segundo curso, eso es todo – y ni siquiera había tenido tiempo de informarse sobre mi historial académico. No sé si yo, catedrático de prestigio, hubiese admitido en mi equipo a un tipo como yo.

Y aquí me detengo. Porque lo que sigue en línea recta cronológica corresponde a otro capítulo. Que no sé si escribiré. 

 

Próximamente: Cap. V, LA FAMILIA, LA LENGUA

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