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Lecciones de filosofía II

Frankfurt del Main. 1858. Es mediodía de un día soleado de otoño. Fausto camina entre los puestos del mercado instalados en la gran plaza. Se detiene ante uno que tiene expuestos libros viejos. Se fija en un título: Historia del doctor Johann Faustus. Lo toma para hojearlo.

LIBRERO.- (con tono seco) Tenga cuidado. Es muy antiguo y muy valioso.

FAUSTO.- Lo conozco. Hace tiempo que tuve en mis manos un ejemplar aún más antiguo que éste.

LIBRERO.- Imposible. No hay ninguna edición más antigua.

FAUSTO.- No, ahora no.

LIBRERO. – Bueno, ¿le interesa o no? O deje ya de manosearlo.

FAUSTO.- No, no me interesa. Conozco la historia… demasiado bien.

LIBRERO. – Demasiado bien…Vaya con el sabio.

FAUSTO.- Y además, ahí no está completa… Porque la historia continua.

LIBRERO.- Ésa es una buena noticia. Así, dice usted que la historia continua. Dígame, ¿qué le ocurre después al pobre hombre? Cuente, cuente.

FAUSTO.- De pobre, nada. Ocurre que no se resigna a perder. Que, aunque su socio infernal es incapaz de darle nada de lo prometido, él no abandona. Insiste e insiste porque sabe que el mensaje que anida tanto en su interior más profundo como en las más lejanas estrellas hablan de una felicidad que se puede alcanzar.

LIBRERO.- ¿Y cómo le va en estos momentos? ¿Se ve ya próximo a esa felicidad presentida?

FAUSTO.- La verdad es que no. De momento, su socio infernal le ha enviado a aprender filosofía.

LIBRERO.- Eso de “socio infernal” me parece de muy mal gusto.

FAUSTO.- ¿Cómo dice?

LIBRERO-MEFISTO.- De muy mal gusto, ya te lo dije, incluso como licencia poética.

FAUSTO.- ¿Tú aquí? ¿Se puede saber qué juego es éste?

MEFISTO. – Estoy cumpliendo el penoso deber de recordarte tu obligación. Eres como un niño al que hay que llevar continuamente de la mano. Mira, allí, al otro lado de la plaza está el Hotel Inglaterra. Si te demoras unos minutos más te ocuparán el puesto que te he reservado en la mesa del huésped, al lado del maestro. ¡Espabila, hombre!

Salón comedor del Hotel Inglaterra. La table d’hôte (en el sentido propio o francés del término) está ya rodeada de comensales esperando el primer plato. Fausto ve un sitio vacío y va a ocuparlo. Saluda a los comensales próximos y se sienta. Observa con disimulo a un lado y otro. A su derecha, un oficial del ejército, no mayor de treinta años. A su izquierda, un hombre de unos setenta años, de aspecto muy pulido, calvicie incipiente, largas patillas y ojos azules de mirada viva y penetrante. Un camarero empieza a servir la sopa. El hombre de setenta años, llamado Arthur, la engulle rápidamente. Luego, se dirige al oficial..

ARTHUR.- ¿Ha visto, teniente? Tenemos comensal nuevo. (a Fausto) No tengo el gusto de conocerle, señor. ¿Con qué nombre debo dirigirme a usted? El mío es Arthur. Si estuviésemos en un país civilizado como Inglaterra, alguien ya nos habría presentado. Pero, qué le vamos a hacer, esto es Alemania, y algunos hasta están orgullosos…

FAUSTO.- Mi nombre es Johann, y acabo de llegar a Frankfurt.

TENIENTE.- ¿Piensa quedarse a vivir aquí? ¿A qué se dedica?

ARTHUR- ¿Ve lo que le decía, Johann? Haciendo preguntas íntimas a quien ni siquiera se conoce. En fin, un ejemplo de la típica grosería alemana.

TENIENTE.- No creo que sea usted la persona más indicada para sermonear contra la grosería, doctor

ARTHUR. – No confunda las cosas, teniente. (a Fausto) Los hay que no distinguen entre la sinceridad entre iguales y las normas básicas de la buena educación.

FAUSTO. – No se preocupe. No me importa responder. Soy científico, y pienso estar aquí sólo el tiempo necesario para aclarar algunos aspectos relacionados con una investigación que estoy llevando a cabo.

ARTHUR. – ¡Científico, qué interesante!

TENIENTE . (a Fausto) Nuestro amigo es filósofo, y bastante famoso, por cierto. Pero si no lo sabía, no se preocupe. Él mismo le informará con todo lujo de detalles.

ARTHUR. – Teniente, haga el favor de no interrumpir cuando hablo con el caballero. (a Fausto) ¿Y cuál es el campo de sus investigaciones?

FAUSTO.- La naturaleza, la vida, la muerte…

ARTHUR. – ¡Magnífico! La biología es una de las ciencias fundamentales, quizá, junto con la física, la vía más rápida y segura hacia la verdadera filosofía. ¿Conoce usted mi obra La voluntad en la naturaleza?

TENIENTE.- (como para sí mismo) Se lo dije…

FAUSTO. – Soy muy ignorante en cuestiones de filosofía…

Un comensal próximo, comerciante en viaje de negocios, se dirige al Teniente.

COMERCIANTE.- Parece que nuestro sabio ha encontrado otro párvulo con quien desfogarse.

TENIENTE.- Sí, el último todavía se debe estar ordenando las ideas.

ARTHUR.- Haga como yo, Johann, como si no los oyese. Si queremos hablar con calma de cosas serias habremos de buscar otro lugar. Aquí sólo se sabe hablar de caballos y de mujeres.

FAUSTO.- No son temas despreciables…

ARTHUR.- Por supuesto que no…siempre que no se hable de los caballos como si fuesen mujeres y de las mujeres como si fuesen caballos. (le da una tarjeta) Le espero hoy en mi casa a las seis en punto. (mirando al plato que le acaban de servir) Y ahora ocupémonos de esta carne con su salsa roja, que promete mucho, la verdad.

Sala del apartamento del doctor Arthur Schopenhauer. Austeramente decorada, destacan un sofá, un sillón sin estilo definido, una mesa de trabajo con unos folios y unos libros, ordenadamente dispuestos. Al final de la sala se abre un espacio, que parece ocupado por una gran librería. En la pared sobre el sofá, un retrato de Goethe sexagenario.

ARTHUR.- (señalando al retrato) ¿Qué le parece? Me lo regaló él mismo. Fuimos grandes amigos.

FAUSTO.- Sólo por esa mirada se adivina el genio. Pero yo me pregunto ¿le sirvió de algo? ¿Consiguió en la vida lo que iba buscando?

ARTHUR.- Consiguió todo lo que se puede conseguir. Cierto que en el plano de la comprensión teórica se quedó un poco corto, pero nadie puede ser perfecto. Él era un poeta… el más alto poeta de la vida que nunca ha existido.

FAUSTO.- Pero, insisto, ¿de qué le sirvió? Ahora está muerto y, para él mismo, es como si nunca hubiese existido. ¿Hay derecho a eso? ¡Es injusto, totalmente injusto!

ARTHUR.- Habla usted como un adolescente impetuoso e irreflexivo. Comprender el misterio de la existencia requiere tener los sentidos muy despiertos y, sobre todo, gran capacidad para relacionar y reflexionar. Los exabruptos y los ayes no sirven para nada.

FAUSTO.- ¿Acaso ha comprendido usted el misterio de la existencia?

ARTHUR.- Yo he comprendido y he explicado todo lo que se puede comprender y explicar. Pero, llegado a cierto punto, ya no hay más explicación posible. O quizá sí la hay, pero debe de ser de tal naturaleza que, aunque un ser sobrehumano se esforzase por comunicárnosla, no entenderíamos nada, de eso estoy seguro. Lo que usted debería hacer, Johann, es leerse mi obra fundamental El mundo como voluntad y representación. Ahí encontrará todo lo que se puede saber. El resto es silencio.

FAUSTO. – ¿Silencio? Resignación, querrá decir. Pero yo no me resigno. Mi carácter me impide aceptar la humillación y la derrota.

ARTHUR.- ¿De qué humillación y de qué derrota me está hablando, hombre? Comprender la naturaleza y el mecanismo del universo, hallar la fórmula para destruir las falsas ideas que una fuerza interior absurda y ciega nos hace concebir, descubrir en fin la vana ilusión que es la existencia, y sin embargo, mientras se vive, hacerlo con la mayor sabiduría posible, pensando en evitar el dolor antes que en gozar de un placer siempre tramposo… ¿a todo eso lo llama usted humillación y derrota?… ¿Le apetece un café? Supongo que también le puedo ofrecer té, si lo prefiere.

FAUSTO.- Café ya me va bien, gracias.

Arthur sale de la sala, y vuelve a los dos minutos.

ARTHUR.- Tenemos suerte. Está la señora Schnepp, mi asistente. Ella se cuida de todo…. Mire Johann, yo estoy llegando al final de mi vida, una vida que ha sido bastante dura, es cierto, pero que también me ha proporcionado más satisfacciones que las que cualquier ser humano puede esperar. Porque le digo una cosa, y escúcheme bien, si supiésemos prescindir de las solicitudes del deseo, de las urgencias de una voluntad subterránea que continuamente nos engaña para que nos lancemos en pos de metas ilusorias, si supiésemos hacerlo, la vida no sería un mal lugar. Dedicados al conocimiento desinteresado, a la contemplación, agotaríamos plácidamente el tiempo que nos ha sido concedido.

FAUSTO.- Eso del conocimiento desinteresado me lo ha mencionado hace poco un conocido mío. Pero no acabo de entenderlo. Conocer y actuar son para mí dos aspectos de lo mismo.

ARTHUR.- Eso es una ilusión, amigo, una ilusión, nacida de la ignorancia y la soberbia del ser humano. En la naturaleza todo, absolutamente todo, incluido lo que llamamos materia inerte, ha estado actuando y actúa sin cesar, y sin embargo el conocimiento no ha aparecido hasta hace poco con el hombre. Y ahí está el gran peligro, porque si el conocimiento se aplica a la acción para intentar satisfacer los deseos de esa voluntad subterránea de que le he hablado, estamos perdidos, ya no habrá manera de escapar de la eterna rueda. En cambio, si se limita a la contemplación desinteresada, se le revelará la futilidad de todo y la forma segura de liberarse.

Aparece la señora Schnepp y se dirige a Arthur.

SCHNEPP. – Doctor, está aquí Karl.

ARTHUR.- ¿Cómo que está aquí Karl? ¿Quién le ha llamado? ¡Que se vaya! ¡No quiero verlo! No tenemos nada que decirnos.

SCHNEPP.- Pero, doctor. Me ha dicho…

ARTHUR.- Y yo le digo que se vaya.

(CONTINÚA)

(De Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras)

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Lecciones de filosofía III

Irrumpe en la sala un hombre de mediana edad, de complexión fuerte aunque no alto, y con barba abundante que empieza a ser canosa.

KARL. – Buenas tardes, Arthur. Quiero decir algo.

ARTHUR.- No, ya nos lo hemos dicho todo. ¡Largo!

KARL.- No es por usted que he venido, naturalmente, sino por el señor.

FAUSTO.- ¿Por mí?…Bueno, por mí no hay problema. ¿Es usted también filósofo?

ARTHUR.- Es la negación misma de la filosofía.

KARL.- Sí, de la filosofía tal como se ha entendido hasta ahora, o sea, como un entretenimiento de gente desocupada que se dedica a imaginar el mundo, interpretar, dicen ellos. Y no se dan cuenta de que ése es un ejercicio inútil y engañoso, porque toda interpretación estará determinada por el lugar que ocupa el “intérprete” en las relaciones de las fuerzas de producción. Y es que ya no se trata de interpretar, señores, sino de transformar, de transformar el mundo.

ARTHUR.- (a Fausto). ¿Ve? No es un filósofo, ¡es un ingeniero! (a Karl) ¡Transformar el mundo! ¿Qué mundo? Su ingenuidad no deja de asombrarme, Karl. Usted es de los que se imaginan que las cosas son exactamente lo que parecen y que el sujeto, que está fuera, puede manejarlas a su antojo. Y que el objeto está ahí delante, y que seguiría estando aunque no hubiese sujeto… Pero señor mío, ¿se ha enterado de la existencia de un tal Kant? No sabe que ese realismo ingenuo es hoy absolutamente inaceptable… excepto para los profesores universitarios que cobran del estado, por…

FAUSTO.- Perdone que le interrumpa, doctor. De todos modos me gustaría saber qué es lo que entiende el señor Karl…

KARL. – Marx, Karl Marx.

FAUSTO. – Karl Marx, por transformar el mundo.

ARTHUR.- No hay nada que entender. Es pura basura socialista.

KARL.- ¿Basura? Mi método es la conclusión necesaria de lo que los buenos pensadores de todos los tiempos han venido preparando, desde Aristóteles hasta el mismo Hegel… sí, Hegel, y no ponga esa cara. Hegel nos ha proporcionado el instrumento que él mismo no supo manejar: la dialéctica histórica.

ARTHUR.- ¡Por todos los demonios! (a Fausto) ¿Cómo quiere que polemice con alguien que dice haber aprendido de Hegel? (a Karl). Mire, hágame un favor: váyase, señor Marx, repito, váyase, señor Marx, y no vuelva a aparecer por aquí.

KARL.- Me voy, claro que me voy, pero no sin antes cumplir con mi misión. (a Fausto) Mire, señor… como se llame, he venido sólo para advertirle: todo lo que oiga de boca de ese anciano no tiene nada que ver con la realidad objetiva del mundo; es pura ideología.

FAUSTO.- ¿Ideología?

KARL.- Sí, ideología, una construcción teórica que no se corresponde con la realidad que dice interpretar, sino que responde a los intereses de clase del “ideólogo”, un artefacto presuntamente neutral o científico, pero que en realidad está destinado a justificar y mantener la supremacía de la clase burguesa dominante. Y lo más triste es que esos ideólogos ni siquiera son conscientes de su papel, y es que el hecho de pertenecer a la clase dominante determina su conciencia de presuntos pensadores. Es decir, creen interpretar el mundo cuando no hacen otra cosa que justificar y apuntalar el actual modelo de relaciones de producción, basado en la explotación del hombre por el hombre.

FAUSTO.- No sé si le he entendido bien…

ARTHUR. – No se preocupe, Johann. Nadie puede entender a un discípulo de Hegel.

KARL.- Oigame, Johann. Cuando hablo de transformar el mundo, me refiero a sustituir las actuales relaciones de las fuerzas productivas, basadas en la explotación de los asalariados, en la acumulación de plusvalía, en la alienación de la persona, que ve cómo el producto de su trabajo, de su actividad de ser humano, va a engrosar las arcas del capital…

ARTHUR.- Acabe y váyase por favor.

KARL. – Sustituir esta sociedad brutal, en la que tanto explotadores como explotados no pueden desarrollarse como las personas que deberían ser, por una sociedad sin clases, de seres humanos libres y felices, porque finalmente se habrá eliminado la fuente de todos los conflictos y ni siquiera será necesario el gobierno de los hombres sino sólo la administración de las cosas..

ARTHUR.- ¡Una sociedad sin clases, ja! Usted se imagina que solucionando las desigualdades económicas se alcanzaría la paz perpetua. ¡Cuánta ingenuidad! ¿No ha pensado que los pastores que nos habrían de conducir a esa sociedad sin clases pueden ser tan fieros y crueles como los lobos, quiero decir, como cualquier hombre normal con poder? Usted no tiene en cuenta la condición humana.

KARL.- No importa lo que yo tenga en cuenta. Lo único que importa es la marcha progresiva e imparable de la historia.

ARTHUR.- ¡La historia! ¡Ja!…La historia…

Se abre la puerta y aparece una mujer, joven, esbelta, elegante. Va vestida de negro, excepto por el blanco cuello plisado, que asoma por el vestido. Todos se quedan como petrificados; ella misma duda un momento en hablar.

ELISABET.- Perdón… no sabía…

ARTHUR.- ¡Elisabet! No, hoy no es día…Pero no importa, pase, por favor.

ELISABET.- Es que… creo que me dejé aquí el cincel. Es mi preferido, no puedo hacer nada sin él.

KARL. – (a Fausto en voz baja) ¿Que se dejó qué?

FAUSTO.- El cincel.

KARL.- ¿Qué es un cincel?

ARTHUR.- (que los ha oído) Señor portavoz de la clase trabajadora, veo que su ignorancia sobre el arte es de dimensiones cósmicas. Un cincel es un instrumento para transformar el mundo. Ja, ja, eso es, para transformar el mundo… Se toma el mundo inerte de un pedazo de piedra y con un cincel manejado por unas manos expertas y delicadas como las de la señorita Ney, la piedra se transforma en una obra de arte. Y ahora, permítanme que les presente: aquí, el señor Johann… científico y el señor Karl Marx, ingeniero; aquí, la señorita Elisabet Ney, escultora y, no obstante su edad, una de las más grandes artistas en su género.

ELISABET.- Encantada de conocerlos… Pero, no les entretengo más. Sólo he venido a buscar el cincel.

KARL.- ¡Qué gracia, cin-cel, CIN-CEL!

ARTHUR. – La verdad, es que yo no he visto por aquí ningún cincel.

FAUSTO.- ¿Dónde estará el cincel?

ELISABET.- No puedo trabajar sin él.

KARL.- Pues busquemos el cincel.

Un poco de canto, a modo de musical

ARTHUR. – Oh, Elisabet, criatura,

más dulce que la miel,

ha perdido su cincel.

KARL.- (en un aparte)Y Arthur, el misógino,

ha perdido su papel.

FAUSTO.- Por el cielo y por la tierra

hay que buscar el cincel.

ARTHUR- No puede vivir sin él.

ELISABET.- No, no puedo vivir sin el.

Con él de la masa arranco

la materia innecesaria,

para dar forma a la vida

en el fondo adormecida

TODOS.- ¡No puede vivir sin él!

FAUSTO.- Oh, poderoso cincel,

que a lo informe forma das

que a lo inerte das la vida

para la eternidad.

¡No puedo vivir sin él!

ARTHUR Y KARL.- ¡Ella, ella

no puede vivir sin él!

FAUSTO.- Yo tampoco, yo tampoco…

Fuera todas las razones

que nos pierden y confunden,

y viva sólo la acción.

Abajo la metafísica,

la dialéctica y la lógica,

abajo la ontología,

la epistemología

y la gnoseología,

abajo la propedéutica,

la hermenéutica y mayéutica

y viva sólo el cincel.

ARTHUR Y KARL. – ¡No pueden vivir sin él!

Se abre la puerta de golpe. Silencio absoluto. Aparece un hombre, vestido con un largo guardapolvo y con un pequeño paquete en la mano.

ARTHUR.- ¿Y usted quién es?

LIBRERO-MEFISTO. – El librero, le traigo el libro que me encargó.

ARTHUR.- Cierto, hace días que lo esperaba. A ver… (toma el paquete, arranca el envoltorio y contempla la portada del libro, mientras Karl, con disimulo, también la mira) ¿Qué mira usted?

KARL.- No, nada, sólo quería ver el título.

ARTHUR.- Pues vea y lea.

KARL.- (lee) “El invierno del puercoespín”.

ARTHUR.- ¿Qué le parece?

KARL.- Bah, pura ideología…

MEFISTO.- (serio y con autoridad) A ver, señores, señorita…¿Qué es todo este guirigay? Habrá que poner un poco de orden aquí.

ARTHUR.- ¿Cómo dice? ¿Usted quién es para…?

MEFISTO.- Sí, ya sé que apenas soy nadie, doctor Schopenhauer, pero debe reconocer que tampoco ninguno de los presentes es gran cosa.

ARTHUR.- Cómo se atreve… No lo dirá por mí, ni por la señorita Ney…

MEFISTO.- No, no lo digo por nadie en concreto, no se preocupe. Pero mire a mi socio, por ejemplo, (a Fausto) ¿Qué? ¿Qué has estado haciendo por aquí? ¿Has sacado algo en claro?

FAUSTO.- ¿En claro? ¿En claro?…No, claro que no… Sólo razones, argumentos, palabras, palabras.

MEFISTO.- Me temo que no tienes remedio. Has de saber que toda la sabiduría está edificada con palabras, que te lo digan, si no, estas dos lumbreras de la filosofía.

ARTHUR.- No me gusta su tono, señor librero… y veo que ya se conocen… Todo esto me suena a trampa, a conspiración…

MEFISTO.- No sea tan mal pensado, doctor. Es verdad que Johann y yo nos conocemos de hace mucho tiempo, es verdad que yo le instado a que viniese a aquí a aprender un poco y también es verdad que, aprovechando que Marx no andaba lejos, le he sugerido que se uniese al equipo docente…

KARL.- Sólo un pequeño favor de unos minutos, que conste.

MEFISTO. – Pero está claro que ha sido un fracaso…y mejor no averiguar responsabilidades. (a Fausto) Bueno, pero algo positivo habrás sacado de esta velada, ¿no? por pequeño que sea.

FAUSTO.- ¿Positivo? Sí, y no pequeño, sino grandioso: la visión de Elisabet y su fervor por el cincel.

MEFISTO.- (resignado) Vale, nos vamos. No hay nada más que hacer aquí.

ELISABET.- Yo también me voy. Adiós, doctor, hasta mañana.

ARTHUR.- Sí, Elisabet, mañana tenemos sesión. ¿Habrá resuelto lo del cincel?

MEFISTO.- A propósito, subiendo por la escalera me he encontrado esto. (Del bolsillo del guardapolvo saca una pequeña herramienta y la muestra). ¿Es de alguien?

TODOS.- ¡El cincel! ¡No podía vivir sin él!

Elisabet se acerca a Mefisto y, después de recibir el cincel, lo abraza emocionada.

ELISABET.- Señor librero, es usted un ángel.

MEFISTO.- Bueno, no exactamente…

Fausto y Mefisto caminan por la calle, en la oscuridad apenas rasgada por la tenue luz de algunas farolas de gas.

FAUSTO. – Entonces… ¡Se han quedado los dos solos!

MEFISTO.- Sí, ¿qué pasa?

FAUSTO.- Pero…¡se matarán!

MEFISTO.- Qué cosas dices.

FAUSTO.- Tú no has visto cómo se hablaban, cómo se enfrentaban, estaban a punto de llegar a las manos.

MEFISTO.- Nada de eso, socio… Y te digo más: en el fondo, se necesitan.

(De Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras)

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Karl Marx o la marcha de la historia II

El que, educado en el pensamiento idealista, se adentre en el marxismo puede tener una extraña sensación, devastadora o liberadora, según los casos. De pronto, todo se invierte, todo cambia de posición y de importancia, lo que estaba arriba pasa a abajo, lo que estaba abajo pasa arriba. A veces, se puede tener la sensación de que todo se ordena, de que para entender el caos del mundo ha bastado con colocar las piezas en el lugar correcto. Se descubre, en fin, que las ideas no explican el mundo, que es el mundo, la realidad empírica, lo que explica las ideas; que la conciencia (el modo de ver la vida) no determina la existencia; que es la existencia (las condiciones en que uno vive) la que determina la conciencia. Una de las batallas de Marx fue precisamente contra los radicales hegelianos de izquierda, que separaban teoría y praxis y pretendían combatir las ideas con las ideas, igual que hacía el materialista Feuerbach. Y Marx es rotundo: las ilusiones (las falsas ideas) no se desvanecen predicando, sino cambiando las condiciones de vida. Porque en las condiciones actuales el hombre no está capacitado para comprender y liberarse: está alienado.

La alienación consiste en el proceso mediante el cual el ser humano es despojado de algo que le es propio, que pasa a ser extraño, ajeno. La alienación básica es la que se produce en el trabajo asalariado dentro del sistema capitalista, en el cual el trabajador se ve despojado de parte del producto de su trabajo, que va a incrementar el capital. También el estado y la religión son formas de alienación, en cuanto el individuo transfiere sus atributos propios a una superestructura social o a un ser supremo inexistente.

La alienación es consecuencia de las relaciones de producción que se dan en cada momento de la historia y que en el tramo actual se da en el conflicto entre capital y trabajo. La historia de la humanidad avanza movida por las contradicciones que surgen entre las fuerzas productivas (instrumentos, maquinaria, productores) y las relaciones de producción (la forma en que los hombres se relacionan sobre la base de esas fuerzas productivas). Ese movimiento o avance es de naturaleza dialéctica (concepto tomado de Hegel, pero que Marx desidealiza o invierte, pues no se trata del avance de la idea hacia el Absoluto, sino del progreso de la realidad material hacia la emancipación total de la humanidad).

Una sociedad determinada (tesis) lleva en su seno la fuerza nueva que la combate y la niega (antítesis), la cual se constituirá en nueva tesis que a su vez será negada y superada. La sociedad esclavista de la antigüedad dará lugar a la sociedad feudal, y en el seno de ésta se formará la burguesía que irá ascendiendo hasta constituirse en nueva clase dominante. La burguesía, cuyo rasgo definitorio es ser propietaria de los medios de producción, ha engendrado necesariamente el proletariado, la parte de la sociedad que no posee nada más que su fuerza de trabajo. Pero el mismo proceso de acumulación capitalista hará que la evolución de las relaciones de producción (cada vez más capital concentrado en menos manos) favorezca la ascensión definitiva del proletariado a clase dominante.

La historia de la humanidad, que hasta entonces no habrá sido más que la historia de la lucha de clases, dará un salto cualitativo con la toma del poder por parte de la clase trabajadora. Y tras un período de “dictadura del proletariado” (que Marx concibe como modo de acabar con la “dictadura de la burguesía” que para él es la democracia parlamentaria), durante el cual el estado socialista eliminará por completo la propiedad privada, se llegará a la sociedad comunista, fase final en la que el mismo estado habrá desaparecido y los seres humanos, finalmente emancipados, podrán desarrollarse en libertad.

Karl Marx nació en Tréveris (Trier), Alemania, en 1818, hijo de un abogado que había renunciado al judaísmo para poder ejercer. Estudió en las universidades de Bonn, Berlín y Jena. Licenciado en filosofía, en 1841 se doctora en Jena con una tesis sobre las diferencias entre las filosofías de la naturaleza de Demócrito y Epicuro. Trabaja como periodista y es redactor jefe de La Gaceta Renana, puesto que se ve obligado a abandonar por sus opiniones izquierdistas.

En 1844 se casa con Jenny von Westphalen, de familia aristocrática (hermana del ministro del interior de Prusia), con la que forma una pareja de entendimiento y armonía ejemplares, pese a las penalidades económicas y familiares – muerte de varios hijos – que tuvieron que soportar.

Emigra a París, de donde es expulsado, y a continuación a Bruselas, donde conoce al que habría de ser el perfecto colaborador y gran amigo Friedrich Engels. Junto con éste, acepta el encargo de la Liga de los Justos, luego Liga Comunista, de redactar el Manifiesto Comunista. Su publicación coincide con los movimientos revolucionarios que en 1848 se producen en diversos países de Europa, principalmente en Alemania.

Expulsado de Bélgica, pasa a Renania, donde funda la revista La nueva gaceta renana. En 1849 es arrestado, acusado de rebelión armada. Absuelto y expulsado del país, marcha de nuevo a París, de donde también es expulsado. En 1850, se establece en Londres donde residirá el resto de su vida.

Siempre en colaboración con Engels, de quien además recibe la ayuda económica imprescindible para subsistir, prosigue sus actividades intelectuales – escribe, entre otras obras fundamentales, El Capital, del que solo conocerá la publicación del primer volumen en 1867 – y organizativas, colaborando en la constitución de la I Asociación Internacional de Trabajadores, de corta vida debido a las discrepancias de los sectores anarquistas. Escribe también para varios periódicos de Europa y Estados Unidos. Muere en Londres en 1883.

No hay duda de que el marxismo – en el que a veces se incluyen aspectos que el mismo Marx no suscribiría – ha sido la ideología más influyente en el siglo XX. Pero si bien ha servido para poner un muro de contención a cierto capitalismo salvaje – muro que ya no existe -, los intentos de aplicación práctica a la sociedad humana han fracasado por completo.

¿Por qué? No sé. Quizá por la imposibilidad de aplicar una utopía, por muy racionalmente fundamentada que se presente; quizá por esa extraña tendencia que tienen los pastores a convertirse en lobos; quizá por la impaciencia de alcanzar unos resultados sin respetar los ritmos cósmicos.

Sí, quizá fue la impaciencia.

Lo dijo Kafka:

Por la impaciencia perdimos el Paraíso; por la impaciencia no podemos recuperarlo.

(De Los libros de mi vida)

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Marx también o, por fin, veintiuno

Desde que el viejo Pitágoras se fijara en ellos, los números no han cesado de fijarse en nosotros. Yo no me considero numerólogo, ni astrólogo, ni supersticioso en general. Y sin embargo, en muchas ocasiones me siento prisionero de sus poderes. O sea, siento – que no, razono o deduzco – que para las cosas importantes no sirve un número cualquiera.

El ocho, por ejemplo, es un número cualquiera. Esto es lo que me ha impedido dar por concluida una obra formada por relatos independientes. Eran ocho y no se me ocurría el noveno. Así que tuve que dejarla inconclusa y sin intentar su publicación. ¿Y por qué habían de ser nueve y no podía dejarla en ocho, tratándose de relatos independientes? No sé, quizá porque el nueve es múltiplo del tres, número clave por excelencia, que se lo pregunten a Dante, si no. A mí no me lo pregunten, porque francamente no entiendo nada.

Que no entienda no quiere decir que no sufra. Y es que algo parecido al sufrimiento es lo que sentía cada vez que repasaba la lista de los autores que habían de integrar Los libros de mi vida.  Veinte. Nada más y nada menos que veinte. Y veinte es un número cualquiera, eso salta a la vista. Recuérdese al pobre Neruda, obligado a añadir una canción desesperada a veinte poemas de amor para dejar la obra en condiciones.

Y una vez y otra repasaba mi lista. Había que arreglarlo. Mi libro, o lo que fuera, no podía salir al mundo con veinte, precisamente veinte, escritores de mi vida. Uno más, solo uno más y quedaría perfecto. Veintiuno es múltiplo de tres…¡ y además, de siete! número esotérico por excelencia. Así que solo faltaba un autor, uno más. Que reuniese los requisitos necesarios, por supuesto: calidad evidente e influencia en mi vida.

En realidad no tuve que pensar mucho. En seguida lo vi, ahí, sentado en un rincón, como castigado por alguna culpa, con su barba blanquinegra y sus ojos  inquisitivos, reprochándome mi ingratitud. Sí, cierto, Karl, pero es que, más que tu persona como autor, tuvo influencia en mí tu doctrina, pasada por muchas manos antes de llegarme, y por eso no había pensado en ti como escritor, ¿lo comprendes? Ni por un momento pienses que soy de los que van adaptando su pasado a la ortodoxia de la actualidad. No es mi estilo…

No hay más que hablar. Decidido.  Entre Teilhard de Chardin y Fedor Dostoyevski, Karl Marx. Así lo requiere mi historia. (Próximamente en este Blog)

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¿Dónde está la filosofía?

Leo: «La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal». Y pienso: no es verdad. Para empezar yo no emplearía la palabra «misión», de claras connotaciones religiosas o aventureras, sino «tarea», mucho más humilde y adecuada a cualquier oficio, desde el más bajo hasta el más alto, como se suele suponer que es el de la filosofía.

Y pienso que no es verdad porque basta examinar el contenido de la mejor filosofía de todos los tiempos para ver que la tarea ha consistido en estudiar y explicar la realidad del mundo y del ser humano y – en lo posible – las razones últimas (causas y destino), que es en lo que se diferencia de la ciencia. Cierto que alguna vez algún filósofo ha propuesto un ideal social, como por ejemplo Platón en parte de su obra o Marx en su obra entera. Pero estas propuestas han quedado siempre o en el limbo de lo no aplicable o en el infierno de los experimentos desgraciados.

Y he seguido leyendo, con la tenue esperanza de que quizá me haya precipitado, de que quizá el autor con ese «proponer un ideal» de la filosofía se refiere a algo más aproximado a lo que en general – no es un capricho mío – se entiende por la tarea de la filosofía. Pero llego a esta frase: «el ideal no describe la realidad tal como es —ése es el cometido de las ciencias— sino como debería ser y señala un objetivo moral elevado a los ciudadanos».

Entonces está claro. Entonces me ratifico en mi primera impresión: no es verdad. No es verdad que la misión o tarea de la filosofía consista en proponer un ideal de sociedad y señalar un objetivo moral elevado a los ciudadanos. Esa es misión de un proyecto político, de una religión o incluso, lo concedo, de esa rama de la filosofía llamada ética. En definitiva esa es la misión de un predicador, que es un señor que puede hablar de la inmortalidad del alma con la alegría del que hace juegos malabares.

Confieso que, si la cosa me importase mucho, vería con cierta alarma cómo la filosofía está cayendo en manos de practicantes de la autoayuda, por una parte, y de predicadores muy bien instalados, por otra.

Y de lo que se trata, creo, es simplemente de pensar en lo que hay y por qué lo hay. Hasta el «para qué» puede estar de más en un pensamiento riguroso.  Pero en fin, cada cual a lo suyo, y yo no he dicho nada.

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Postales filosóficas

El pasado 25 de 0ctubre, con la entrada Qué es el tiempocreé una nueva categoría para este blog, que bauticé con el nombre de Postales filosóficas. Solo dando un vistazo a la citada entrada y a las dos que han seguido (MaterialismoQué es un genio) se comprende enseguida de qué va: son breves reflexiones, un poco tangenciales, aproximadas, sobre los temas que se anuncian. De ahí su nombre. Porque vienen a ser como un remedo de aquellas postales de cartulina que se enviaban por correo (el antiguo), cuando uno quería saludar a otro desde un país al que se había desplazado, sin pretender – sería imposible – dar una descripción del país o del lugar.

Ahora bien, el lector asiduo de este blog -si es que eso existe – quizá haya detectado cierta constante en las entradas citadas y también en otras varias: la presencia dominante del modo de ver y pensar del filósofo Arthur Schopenhauer. Si esto requiriese una justificación, diría lo siguiente.

Creo que la filosofía de Schopenhauer es el intento más certero que ha existido de dar una explicación del ser humano y del mundo…hasta donde esto es posible. Si algún fallo tiene dicha filosofía  es, a mi entender, el tratamiento (o más bien, la falta de tratamiento) de los mecanismos del funcionamiento de la sociedad humana. Pero esta especie de vacío o laguna puede rellenarse de alguna manera: con Karl Marx, por ejemplo… ¿Schopenhauer y Marx? ¡Pareja imposible! dirán muchos. No sé… Bueno, en cualquier caso que conste que yo no he sido el primero.

En cambio, quizá sí he sido el primero en imaginar un encuentro personal entre los dos filósofos, con resultado poco satisfactorio, es cierto. Entre otras cosas, porque a la escena le falta la música adecuada.

Lo que quería decir es que, si tan importante es la filosofía de Schopenhauer para este blog, sería conveniente proporcionar a los lectores no familiarizados con ella un resumen que les facilitase una comprensión rápida y clara de los rasgos principales del sistema mencionado. Y ya lo tengo.

Un cursillo en seis lecciones en el que el mismo Schopenhauer explica su filosofía de forma clara y perfectamente comprensible, cosa necesaria dada la naturaleza del oyente a quien en principio va dirigido.

Empieza el próximo lunes, día 21, y tendrá lugar los lunes, miércoles y viernes de dos semanas consecutivas.

El título del cursillo es La filosofía de Schopenhauer explicada a un

Gratuito.

(Aprovecho para insistir en una recomendación )

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