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SILVINA OCAMPO. La nena terrible II

Silvina Ocampo nació en Buenos Aires en 1903, última de seis hermanas. El padre, Manuel Ocampo, era ingeniero además de miembro de una distinguida y rica familia que hundía sus raíces en las carabelas de Colón, más o menos. También la familia de la madre, Ramona Aguirre, era de rancio abolengo y de grades posibilidades económicas.

Silvina, como el resto de las hermanas, no conoció la escuela primaria ni la secundaria. Los estudios los realizó en casa a cargo de profesores competentes y, como no era nada extraño entre la gente de su clase, aprendió primero el francés y el inglés que el español.

Su carácter era un poco especial, ”raro”, solían decir familiares y conocidos. Hablaba poco (“¿se te ha comido la lengua el gato?”, expresión que, con su poderosa imaginación, la llenaba de terror). Pero el rasgo que más la distinguía del resto de la familia y de la gente pudiente, era su afición a las personas de las clases inferiores ya fuesen mendigos o miembros del servició doméstico, en cuyas dependencias pasaban las horas, entre planchadoras, costureras y cocineras. Dice la niña de uno de sus cuentos:

Ser pobre, andar descalza, comer fruta verde, vivir en una choza con la mitad del techo roto, tener miedo, deben ser las mayores felicidades del mundo. Pero nunca podré ambicionar esa suerte. Siempre estaré bien peinada y con estos horribles zapatos y estas medias cortas. La riqueza es como una coraza que Miss Fielding admira y que yo destesto.

Obediente a la vocación anunciada en su infancia, en 1929, a los 26 años, se encuentra en París estudiando pintura y dibujo. Allí frecuenta a los artistas argentinos y estrecha su amistad con Norah Borges, hermana del escritor, y ya destacada artista. Y cuenta con maestros como Chirico y Léger.

De vuelta a Buenos Aires sigue por un tiempo su dedicación a las artes plásticas, afición que pronto sería desplazada por la que la tendría mayormente ocupada toda la vida. Dos hechos fueron decisivos en este giro vital: la fundación de la revista SUR por su hermana Victoria, en 1931, y la relación amorosa con Adolfo Bioy Casares, el rico, ocioso y encantador estanciero, quien pocos años después se había de revelar como uno de los grandes escritores argentinos.

En 1934, Silvina y Adolfo, que ya viven juntos, se establecen en la quinta de Pardo, propiedad de él, y es allí donde ella empieza a escribir en serio. Y también donde consolida su amistad con un amigo de Adolfo que suele visitarlo, Borges. No es extraño que en este ambiente, la pluma venciera al pincel, es un decir. También ayudó el hecho de figurar como una de las fundadoras de SUR, lo que facilitó la publicación y reseña de algunos de sus cuentos, no obstante que ni ella ni Adolfo ejercieron en ningún momento como los consejeros de redacción que eran. 

En 1937 publica la primera colección de cuentos, Viaje olvidado, que provocan en Victoria una reacción de asombro y de recelo hasta el extremo de considerarlos públicamente una serie de “recuerdos distorsionados de la infancia”, “recuerdos reinventados” por “una persona disfrazada de sí misma”.

En 1940 Silvina y Adolfo se casan, precisamente el año en que él publica La invención de Morel, novela que consolida el prestigio literario de su autor. La desacostumbrada diferencia de edad (él, once años menor) y el hecho de que ella conociera al muchacho por la madre de éste, provocaron el rumor de que fue la madre, que tenía una relación lésbica con Silvina, la que urdió el matrimonio. Hecho que fuentes muy fidedignas niegan rotundamente. Pero las malas lenguas insisten; por eso se las llama “malas”.

Lo que sí era de conocimiento público, esposa incluida, era las continuas infidelidades del marido. Un episodio célebre en este sentido fue el que tuvo lugar durante el viaje que la pareja realizó por Europa en 1949. Iban acompañados por la sobrina de Silvina, Genca, quien era (o había sido) amante de Adolfo. Y ocurrió que en el camino se encontraron con Octavio Paz y su esposa de 29 años, Elena Garro, también escritora, dicen que oscurecida por el poderío intelectual del marido. Y ocurrió que Adolfo y Elena se enamoraron locamente, que es como se enamoran los que se enamoran. Un amor mayormente epistolar, solo físico en las pocas ocasiones que tuvieron para verse: un breve encuentro en Europa en 1951 y otro también breve en Estados Unidos en 1956. Otro hecho curioso fue que, no pudiendo o no queriendo tener hijos Silvina, adoptaron en 1954 a Marta, la hija que Adolfo había tenido con una de sus amantes. Evidentemente, con todo esto Silvina sufría, pero lo aceptaba en aras de un bien mayor: no perder a Adolfito; idéntica razón llevaba a éste a tolerar los mucho más discretos desvaríos de la esposa. Desde cierto punto de vista se diría que formaban una pareja perfecta.

En todo caso, la actividad creativa de Silvina no se detiene. También en poesía. En 1942 ya había publicado dos poemarios (Enumeración de la Patria y Espacios métricos) que, aunque de calidad notable, nada tienen que ver con los cuentos en cuanto a originalidad e impacto en el lector. En 1946 se publica una novela escrita junto con Adolfo – estimaba a su esposa también como escritora -, sin que se sepa qué aspectos o partes de la obra corresponden a cada cual: Los que aman, odian, novela policíaca, género que ella apreciaba tanto como Adolfo y Borges. En 1948 publica otra colección de cuentos (dicen que esta vez influida por Borges), Autobiografía de Irene.  En el 59, con La Furia, y en el 61 con Las Invitadas, se consolida su prestigio como escritora, sin que en ningún caso llegara – ni todavía hoy – al nivel que muchos creemos que merece.

Mucho más discreta que el marido, de la vida íntima de Silvina poco se sabe. Aparte de la fantasiosa historia de la suegra, trascendió su relación también supuestamente lésbica con la joven poeta Alejandra Pizarnik. Pero de los testimonios escritos se evidencia que la «tórrida pasión» de que hablan los comentaristas fue sobre todo por parte de la joven, mientras que Silvina pronto se sintió agobiada por aquel vehemente acoso, y es posible que su tácito rechazo tuviera algo que ver con el suicidio de Alejandra en 1972.

Silvina seguía escribiendo y publicando, tanto relatos (Los días de la noche, 1970; Y así sucesivamente, 1987) como poesía (Amarillo celeste; Árboles de Buenos Aires, 1970) hasta que, unos cuatro años antes de su muerte, ocurrida en 1993, el maligno Alzheimer la apartó del mundo. 

Nadie sabe lo que ocurre en la mente de las víctimas de esta enfermedad. En el caso de Silvina podemos suponer que, en su sueño, habría mañanas luminosas pobladas de árboles y mendigos, y tardes grises con sus institutrices estúpidas y  sus niños asesinos.

(De ESCRITORAS)   

  

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