Archivo mensual: mayo 2021

Del Infierno y sus alrededores

Del mismo modo que no recuerdo cuándo empecé a andar, no puedo precisar el momento en que oí hablar por primera vez del Infierno. Supongo que fue en la infancia más lejana, y con seguridad a mi madre, no a mi padre.

Muy poco después, en el colegio – religioso – me confirmaron su existencia, aderezándola además con toda suerte de descripciones pintorescas. Pero enseguida quedó claro que lo peor del Infierno no eran los tormentos, más o menos ingeniosos, a los que se sometía al pobre condenado. Lo peor era la eternidad. Eternidad quiere decir que no se acaba nunca.

Por un instante de placer, una eternidad de tormentos, advertía el cura con toda la seriedad del mundo. Era como para pensárselo. El placer, por supuesto, era el de siempre: el único pecado que tenía obsesionada a aquella ensotanada gente. Un joven que permanece en la cama una hora despierto no puede ser bueno. Y todo el mundo lo entendía, eso que resulta tan difícil de entender a los que no fueron los adolescentes de entonces.

Dejando aparte su problemática existencia objetiva – ya cuestionada por los librepensadores desde hacía por lo menos dos siglos -, el Infierno tenía una función muy clara: ejercer de gendarme del orden social, contener a los díscolos (y aquí, más que lo sexual importaba lo social) con la amenaza del fuego eterno si se rebelaban contra el poder bendecido por el altar. La primera tarea de los revolucionarios fue liquidar el Infierno. Está por ver si lo consiguieron.

A lo largo de la historia el Infierno ha ido cambiando de formas, de contenido y de función. Es de suponer que los primeros creyentes, y por lo menos hasta el Renacimiento, lo tenían por muy real. Y sin embargo, es muy difícil de creer.

Es muy difícil creer que Dante Alighieri creyera en la existencia física del Infierno. Pensamos que un hombre tan racional y hasta racionalista como él – aunque fuera al mismo tiempo tan poético y tan místico como nadie – no podría aceptar tales mitos. Pero quizá pensamos mal. O no conocemos lo suficiente el ambiente social y mental de la Edad Media.O no conocemos lo suficiente a Dante, que es lo más seguro. Nadie lo conoce lo suficiente. Incluidos los expertos dantistas.

A veces, el poeta toscano permite que alguno de sus lectores no profesionales atisbe alguna clave de su mundo secreto y apenas entreabierto. Como se lo permitió al filósofo Santayana.

A los condenados en el Infierno, señala Santayana, apenas se les ve sufrir por la acción de los demonios. Sufren porque, violando el orden moral, se han convertido en aquello que deseaban. Idea que el mismo filósofo comenta con estas palabras:

El castigo, parece entonces decir [Dante], no es nada que se agrega al mal: es lo que la pasión misma persigue; es el cumplimiento de algo que horroriza al alma que lo deseó.

Así, Paolo y Francesca, los amantes adúlteros, vagan abrazados, eternamente empujados por un viento constante. ¿No es esto lo que deseaban?, cabe preguntarse. Sí, y en su cumplimiento eterno consiste el castigo. Porque

el amor ilícito –sigue Santayana– está condenado a la mera posesión, posesión en la oscuridad. Sin un ambiente. Sin un futuro.[…] Entrégate, nos diría Dante, entrégate completamente a un amor que no sea más que amor, y estarás ya en el Infierno. Solo un poeta inspirado podría ser tan penetrante moralista. Solo un profundo moralista podría ser tan trágico poeta.

A lo largo de la historia el Infierno ha sido muy transitado, además de por los condenados, que lo conocen por dentro, por toda suerte de teólogos, inquisidores y predicadores, quienes afirman conocerlo muy bien desde fuera.

Hasta que, hace aproximadamente un par de siglos, empezaron a asomar unos nuevos frecuentadores del Infierno. Los escritores-poetas, gente extraña y bastante retorcida que se entretiene con unos juguetes muy especiales. Uno de esos juguetes se llama metáfora y consiste en referirse a una cosa con el nombre de otra con la que tiene un lejano parentesco. Y así, con la palabra infierno, pueden nombrar “el fondo de lo desconocido” (Baudelaire), la angustia creativa del poeta (Rimbaud), el transporte etílico insuperable (M. Lowry) o, en un alarde de egocentrismo existencialista, a todos los que no son uno mismo, “el infierno son los otros” (Sartre).

Sí, hay muchas clases de Infierno desde que la imaginación poética se impuso al dogma. Aunque, bien pensado, el dogma también es una imaginación, pero nada poética, sino blindada y hasta armada.

En todo caso, es seguro que los creyentes medievales se indignarían ante una utilización tan frívola, por parte de los modernos escritores, de palabra tan terrible. Indignación hoy imposible, porque aquel Infierno antiguo ya no interesa a nadie, incluso en el Vaticano no saben qué hacer con él: es curioso que un instrumento pensado para retener, por el miedo, a la clientela, se haya convertido en algo que, por increíble, la ahuyenta. Las cosas no son siempre lo que eran.

Y ahora ¿qué? ¿Qué hacemos, ahora que vivimos libres de la amenaza del Infierno? Pues ahora cada individuo se afana en construir su propio infierno. Y también cada colectividad.

Sí, además de los individuales y poéticos, existen los infiernos colectivos y prosaicos que parecen tristes imitaciones del de Dante, como demuestra la visión de ciertas ciudades bombardeadas por los demonios vecinos.

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El cristianismo de los grandes señores del siglo IV (y de otros siglos)

 

[Habla Terasia, joven de familia noble, quizá de Complutum, personaje de La ciudad y el reino]

– Nací cristiana y nunca he abandonado la fe. Cristianos son mis padres y cristianos mis abuelos. Sin embargo, la manera de vivir la fe que ellos tienen nunca me ha convencido. Apenas se diferencia de la manera de los gentiles. Acuden al templo, observan las prácticas establecidas, destinan una parte irrisoria de sus bienes a socorrer a los hermanos necesitados y se pasan la vida encerrados en sus lujosas villas, ajenos por completo al dolor y al sufrimiento del mundo exterior. Yo apenas era consciente de esta contradicción cuando, hace pocos años, se me reveló con toda claridad.

Como es normal, en casa siempre ha habido esclavos, hombres y mujeres tan bien tratados y alimentados como cualquiera de la familia. Así que, teniendo en cuenta la miseria que hay en el mundo, su situación siempre me había parecido afortunada. Pero en cierta ocasión (iba yo a cumplir veinte años) mi padre, que ya empezaba a perder la vista, me pidió que le acompañase en un viaje de negocios. Un día visitamos una mina. Y cuando vi a aquellos hombres, desnudos, negros de sudor y suciedad, encadenados, y entrando y saliendo de pozos oscuros como bocas del Infierno, me dirigí violentamente a mi padre y le exigí que hiciera algo para que el amo de aquellos hombres dejara de martirizarlos. Él se rió: «¿Qué dices? El amo soy yo».

Me quedé muda. Por fin, pude balbucear: «Pero, no es …humano» .(La palabra «cristiano» me parecía, por evidente, tan fuera de lugar, que tuve vergüenza de pronunciarla).

«Mira, niña – dijo mi padre -, nosotros somos cristianos y por lo tanto sabemos que la vida terrena es un breve recorrido, una pequeña prueba para alcanzar la vida eterna, y esos hombres, al menos los que sean cristianos, con sus sufrimientos, que no se pueden comparar con los de Cristo en la cruz, hacen muchos más méritos que nosotros para ganar la salvación. Además, niña tonta, ¿con qué te crees que se hacen las espadas y los escudos de los soldados, o esos brazaletes que tanto te gustan?»

Callé. No podía decir nada. Sentía que los brazaletes me quemaban la piel. Más tarde, consulté el asunto con obispos y santos varones amigos de la familia, y casi todos coincidían con el punto de vista de mi padre. El tío Prisciliano fue una excepción, aunque la verdad es que no entendí gran cosa de sus explicaciones. Pero Prisciliano estaba loco, o eso al menos se decía en casa. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El premio de Ausonio

[En la ancianidad, Ausonio (coprotagonista de La ciudad y el reino), resignado y melancólico, hace balance de su vida. Pero una feliz sorpresa le aguarda.]

De la ignorancia que sobre mi persona habían demostrado Máximo y los suyos deduje algo que, después de todo, era bastante natural: que mi caso estaba cerrado, sin pena ni gloria; que quince años en los más altos niveles del poder, sustentados por toda una vida de actividad docente y literaria nada usual, se habían extinguido como una llama que se apaga, sin dejar rastro. No me lamentaba por ello. Estaba en el orden habitual de las cosas. Había hecho lo que debía hacer y de la mejor manera posible. Nadie – ni yo mismo – tenía nada que reprocharme. Había cumplido con mi deber y, en cada momento, la vida me había recompensado con su premio justo e inapelable. ¿Qué otra cosa podía esperar?

Pero Fortuna me guardaba una sorpresa. Un acontecimiento que, por lo inesperado, me llenó de un gozo inmenso y que, desde entonces, he considerado como la áurea diadema que corona mi vida.

Poco después de la derrota de Máximo, cuando ya Teodosio había afianzado su dominio sobre todo el Imperio, llegó a mi casa de Augusta una carta con el sello imperial. Mientras la abría, antes de leer una sola palabra, me dio un vuelco el corazón. Era como si, de repente, regresase a un instante pasado de mi vida, cuando en casa de mi amigo Poncio, padre del recién conocido Paulino, abría otra carta imperial cuyo contenido iba a significar la inauguración de una nueva etapa de mi existencia. Y no me engañaba el corazón. Distantes en el tiempo, en la mentalidad y en el carácter, Teodosio reproducía los sentimientos de Valentiniano al dirigirse al «Virgilio de nuestro tiempo» para pedirle que entrase en su casa. En esta ocasión no se mencionaba al profesor. En cierto modo era una invitación más cordial y más desinteresada que la de Valentiniano.

«Hace años que vengo leyendo tu obra, y su lectura me ha producido siempre tanto gozo que sentía como un deber pendiente manifestarte mi admiración y agradecimiento. Pero deseo algo más: que vengas a unirte a los míos; que formes parte de la gente de mi casa, donde tendrás la tranquilidad necesaria y la consideración que por derecho propio mereces. No pido nada a cambio. Nada más que se mantenga vivo y a mi sombra el prodigioso manantial de los versos ausonios. Pero has de saber, querido padre, que esto es solo un deseo; de ninguna manera lo tomes como una orden. Aunque me parece que, desde la envidiable altura de tu serena ancianidad, la aclaración resulta ociosa».

No te puedo describir la profunda satisfacción que me produjeron estas líneas. Cuando ya estaba convencido de que mi nombre como hombre público se había hundido en el olvido y que la fama de mi obra literaria empezaba a apagarse lentamente, reaparece el divino Augusto y, como en la reiteración de un sueño antiguo y casi olvidado, me toma de las manos nuevamente y me repite: «Al lado de todo Augusto ha de haber siempre un Virgilio».

Rechacé la invitación.

«Un dios desea que acudas a su lado. ¿Qué esperas para obedecer, feliz Ausonio? El espíritu está presto y requiere a los pies a que se pongan en marcha. Pero los pies no responden y todo el cuerpo está inmóvil, pues solo recuerdan un camino: el de la pequeña patria. Divino Augusto, te agradezco tanto el homenaje que haces a mi obra como esta invitación generosa e inmerecida. Guardaré tus palabras y las colocaré al final de mi obra, como broche de oro que cierra mi vida. Ya no espero nada más. Solo hubiese deseado – pero ni los mismos dioses pueden concederlo – recobrar mi juventud para cumplir tu deseo y mostrarme digno de tu confianza. Ya que no es posible, pues este cansado cuerpo solo es capaz de regresar con los suyos, ruego perdones su debilidad, causa culpable de mi infinita descortesía».

Con la carta, le mandé ejemplares de todas mis obras. Y mientras el envío tomaba el camino de Mediolanum, yo hacía los preparativos para regresar a la patria. Y a los pocos días estaba en Burdigala.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Algunos efectos de la conversión religiosa

(según Paulino, coprotagonista de la novela La ciudad y el reino)

Aunque mi corazón se abrió desde el primer momento al aire nuevo, la mente se resistía a darle entrada. Pero el poder de la mente racional estaba ya en mí muy debilitado por la continua confrontación con la realidad. Porque ¿qué crédito puede otorgarse a la razón cuando uno experimenta, a su propio paso por el mundo, que todo es irracional y absurdo? Sin la luz superior que había de dar sentido a todo, mi razón humana estaba ya casi muerta, y poca resistencia podía oponer a la verdad, que abruptamente se abría paso a través del corazón.

Empecé a ver las cosas bajo una luz muy distinta. Todo, hasta el más pequeño detalle, empecé a relacionarlo con un poder oculto, con un plan superior que se va cumpliendo en lo grande y en lo pequeño, en lo alto y en lo bajo. Me dediqué con ahínco a la lectura de los libros sagrados y descubrí con sorpresa que pasajes que antes no había entendido, o había desechado por absurdos o ridículos, se manifestaban plenos de significado.

Maestro, no sé si has observado que vemos solo lo que queremos ver, que aprendemos solo lo que ya sabemos. De manera automática rechazamos cuanto no encaja en nuestra visión preconcebida del mundo. Es preciso un cataclismo, la irrupción de la Gracia, por ejemplo, para que permitamos el acceso de nuevas vías de conocimiento. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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