Breve tratado de teología práctica: III El Infierno

No hay que pasarse.

Esta expresión, tan popular como de desconocido origen, advierte de los peligros de una aplicación maximalista de cualquier método o remedio en los asuntos de la vida; recuerda que la utilidad o propiedades de un invento no se conservan intactas eternamente, que pueden convertirse en lo contrario, que algunas armas o instrumentos tienen dos filos, y que uno de ellos puede herir a quien la empuña.

Parece mentira, pero esto se me ha ocurrido pensando en la vicisitudes vividas por uno de los viejos temas del catolicismo: el Infierno. Pero ¿qué es el Infierno?

Ya en las culturas más antiguas hay relatos sobre algún lugar adonde van a parar las almas de los muertos. Pero en la mayoría de los casos se trata de lugares opacos, grises, donde los residentes simplemente vegetan o esperan una reencarnación mejor.

Fue hacia siglo V de nuestra era cuando, bajo el impulso de ciertos apologetas cristianos – San Agustín entre ellos -, el Infierno empezó a adquirir las características que todos – excepto los menores de sesenta años, quizá – hemos conocido.

Durante siglos, acreditados teólogos y jerarcas de la Iglesia, encabezados por el Papa, establecieron y sostuvieron  que el Infierno es un lugar de la existencia después de la muerte donde las almas de los condenados, es decir, de los muertos en pecado mortal, pagan sus culpas durante toda la eternidad. Y entre horribles tormentos, el principal el fuego.

Vista desde aquí y ahora, la finalidad y utilidad del hallazgo están perfectamente claras: mantener sumisa la grey cristiana mediante la amenaza de un mal cierto e insoportable.

Y durante siglos, la grey cristiana se mantuvo sumisa. Con sus más y sus menos, por supuesto.

Es de suponer que los primeros creyentes, y por lo menos hasta el Renacimiento, tenían el Infierno por algo muy real. Y sin embargo, es difícil de creer.

Es muy difícil pensar que Dante Alighieri, por ejemplo, creyera en la existencia física del Infierno, aún siendo él el principal diseñador y decorador del invento (o precisamente por eso). Pensamos que un hombre tan racional y hasta racionalista como él – aunque fuera al mismo tiempo tan poético y tan místico como nadie – no podría aceptar tales mitos. Pero quizá pensamos mal. O no conocemos bien el ambiente social y mental de la Edad Media. O no conocemos lo suficiente a Dante, que es lo más seguro. Nadie lo conoce lo suficiente. Incluidos los expertos dantistas.

A lo largo de la historia el Infierno ha sido muy transitado, además de por los condenados, que lo conocen por dentro, por toda suerte de teólogos, inquisidores y predicadores, quienes afirmaban conocerlo muy bien desde fuera.

Pero con el tiempo, ha sufrido un fenómeno no previsto por sus fundadores y defensores: el rostro de pavor de tantos cristianos aterrorizados por la gran amenaza de ultratumba se ha ido transformando en una sonrisa escéptica, y finalmente en una risa incontenible visto lo burdo y exagerado del invento. 

Ante el avance del escepticismo y del negacionismo infernal, los herederos y encargados de salvar en lo posible los muebles han ido afinando sus alegaciones hasta convertir el antes horrible castigo físico en una pena meramente moral: la de estar para siempre separado del divino creador (Barth, Rahner, etc., y el mismo Papa Francisco). Pero no cuela. Aquel Infierno ya no existe. En el Vaticano ya no saben qué hacer con sus restos.

Un instrumento pensado para retener, por el miedo, a la clientela, se ha convertido en algo que, por increíble, la ahuyenta. Las cosas no son siempre lo que eran.

Y ahora ¿qué? ¿Qué hacemos, ahora que vivimos libres de la amenaza del Infierno? Pues ahora cada individuo se afana en construir su propio infierno. Y también cada colectividad.

Sí, además de los individuales y poéticos, existen los infiernos colectivos y prosaicos que parecen tristes imitaciones del de Dante, como muestra la visión de ciertas ciudades bombardeadas por los demonios vecinos. 

(CONTINÚA: LA GRACIA)

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