Último paseo de Paulino por las calles de Barcino


[Pocos días antes de su partida hacia Nola, Paulino (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto), con un sentimiento de nostalgia anticipada, relata algunos detalles del que sería su último paseo por la Barcelona de la década final del siglo IV.]

Algunas tardes suelo – debería decir solía – caminar por la ciudad o sus alrededores. Conozco este lugar con la misma precisión con que conozco cada uno de los rincones de mi modesta casa. Uno de mis itinerarios preferidos incluye el recorrido de la vía principal, que atraviesa la ciudad de norte a sur, desde la puerta que mira al monte Ceres hasta la que se abre al mar.

Dada la especial ubicación de Barcino, levantada sobre toda la extensión de un promontorio, al principio hay que caminar cuesta arriba hasta que se llega a la gran plaza. A esas horas el foro tiene un aspecto muy distinto del que ofrece por la mañana, cuando la actividad de vendedores, compradores y tratantes de toda índole le presta un aspecto colorido y dinámico. Por la tarde llenan la plaza gran número de personas desocupadas: grupos de conversadores incansables, individuos solitarios que deambulan o permanecen estáticos, círculos de jóvenes sentados en el suelo, hablando, discutiendo, a veces cantando, niños que alborotan corriendo de un lado a otro entre las figuras impasibles de los mayores.

El antiguo templo de Augusto, situado en un extremo de la plaza, es el lugar preferido de los juegos de los niños, que se esconden y persiguen entre las altas columnas o se desafían a saltar los escalones de acceso al podio. En ninguna otra parte he visto tantos niños, tan activos y a veces tan violentos. Sin distinción de edades, que van desde los cinco hasta los catorce años, se organizan en bandas enemigas y, reproduciendo las gestas (que nunca han conocido) de sus mayores – les basta, Dios mío, pertenecer al género humano homicida – entablan auténticas batallas a pedradas. Hay zonas especialmente peligrosas, como el intervalo que corre junto al tramo norte de la muralla, por donde nadie en su sano juicio se atrevería a transitar a ciertas horas. Aunque los combates decisivos suelen librarse extramuros.

Cruzado el foro, asoma de pronto el mar sobre las murallas, aún lejanas, que cierran la ciudad por el sur. Entonces la calle empieza a descender, al principio suavemente y luego de forma más pronunciada. A medida que avanzo oigo el estrépito de algún portal que se cierra (el artesano ha concluido su tarea), las voces de las vecinas que se hablan de ventana a ventana, y nunca falta la de alguna mujer que a grandes gritos llama a sus pequeños, que no tardarán en llegar, sucios de polvo o barro, con las caras encendidas por el ardor del juego o del combate.

Sigo calle abajo hasta el final y, ya fuera del recinto amurallado, llego hasta los embarcaderos, donde los pescadores cumplen con el ritual necesario de dejarlo todo dispuesto para la próxima jornada. Contemplo un rato el mar plomizo de la tarde e invariablemente pienso que allá, al otro lado, el santo Félix hace tiempo que me espera. Le prometo acudir enseguida. Y antes que las grandes puertas se cierren, cuando el cielo ha perdido su color diurno y enciende sus primeras luces, reemprendo el camino de vuelta.


De  LA CIUDAD Y EL REINO

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