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CONVERSACIONES CON PETRONIO XVIII

Desde mi regreso de Pompeya mis relaciones con Petronio habían adquirido un tono distinto, más familiar, más íntimo. Por otra parte -él lo observó enseguida-, me había despojado de parte de mi timidez y de mi postura de admirador rendido. También la frecuencia y el estilo de los encuentros era diferente. Se hicieron más esporádicos y ya sin rastro de los pudores protocolarios que antes me preocupaban: sin dejar de ser un discípulo aplicado, me había convertido en un amigo más de Petronio, en uno de sus pocos amigos verdaderos. También cambió un aspecto fundamental a los efectos de este relato: tras el primer encuentro posterior a mi regreso, abandoné la costumbre de anotar el mismo día y literalmente el contenido de la conversación, y ya sólo lo hacía cuando pensaba que determinadas frases o conceptos merecían sin duda ser recordados. En algún lugar, que no recuerdo, debo de conservar la recopilación de las sentencias y reflexiones petronianas más brillantes y profundas.

Vi a Petronio por última vez el 20 de marzo. El día anterior, convocado por Nerón, se había reunido el Senado en el templo de Venus Madre. Al término de la sesión corrió la voz de que se habían pronunciado condenas. Algún rumor incluía el nombre de Petronio.

Era mediodía. En cuanto el portero me abrió, me precipité hacia el gabinete y entré sin llamar. Petronio escribía. Sin levantar la vista del pupitre, dijo:

-¿Qué son esas prisas, Lucio? Escribo, luego estoy vivo, ¿no?

-¿Qué ocurrió ayer en el Senado?

-Si me dejas terminar la frase, te lo explico.

Siguió escribiendo unos instantes. Luego se levantó, me tomó del brazo y salimos al jardín.

-Ya tenemos aquí la primavera -dijo-. La representación va a empezar de nuevo, y los cuatro actos se repetirán rigurosamente: despertar, plenitud, decadencia y muerte. Hemos de reconocer que la naturaleza es bastante obsesiva. Yo diría que le falta una pizca de imaginación. Cuarenta y seis años contemplando la misma historia es como para estar un poco harto.

-Vivirás muchos más, Petronio, te lo juro.

-¿Qué son esos excesos, Lucio? ¿Quién eres tú para vaticinarme nada? Viviré todo el tiempo que el destino y yo hayamos pactado…Pero me preguntabas por la sesión del Senado.

-Sí, corren rumores alarmantes. Algunos te incluyen entre los condenados.

-Se equivocan, se equivocan por completo, como muy bien puedes ver. Es cierto que la sesión la había montado Tigelino para cargarse a unos cuantos senadores, pero yo no iba en el lote. Sí, el objetivo era que ciertos senadores presentasen acusación contra dos colegas, enemigos públicos de turno, y que el mismo Senado los condenase. Tigelino se ha convertido en un perfecto organizador de espectáculos. En esta ocasión le ha bastado con sustituir a los «aplaudidores» de oficio por pretorianos armados para sugerir a los padres de la patria cuál era su obligación a la hora de votar. Así, que Trásea y Sorano ya son historia. Y Mela también.

-¿Mela, condenado?

-No fue preciso. Antes de la sesión del Senado se quitó la vida. El caso de Mela resulta paradigmático de cómo la avaricia puede romper no sólo el saco sino todo lo demás. Aparte de una obra literaria importante, Lucano dejó a su muerte un importante número de deudores, que su actividad financiera (inevitable estigma familiar) había ido acumulando. Cuando Mela, como heredero de su hijo, exigió el pago a uno de los deudores, éste se negó. Mela insistió, y entonces el deudor amenazó con sacar a la luz una carta que tenía de Lucano en la que el padre aparecía implicado en la conspiración de Pisón. Pero Mela no cedió. Y el deudor puso la carta en conocimiento de quien procedía. A la primera citación oficial, Mela se ha quitado la vida. Ya ves, todo el interés que puso en la defensa de la bolsa le ha faltado en la defensa de la vida. Ejemplar, ¿no? Adondequiera que uno mire no ve más que aburridos episodios edificantes. Y luego dicen que vivimos una época inmoral. ¿Qué opinas?

-Lo único que ahora me interesa es saber si estás o no en peligro.

-En peligro estamos siempre, amigo Lucio; todos y en todo momento. Supongo que lo que te interesa saber es si preveo para mí un final parecido a los de Trásea, Sorano y Mela. Pues bien, no, rotundamente no, nada que se les parezca.

-¿Cómo van tus relaciones con Tigelino?

-Mira, precisamente ayer, después de meses sin hablarnos, nos cruzamos unas palabras. Él me dijo: «te he cazado, Petronio», y yo le respondí: «pues cuida de que me guisen muy bien, porque puedo ser muy indigesto».

-¡Pero eso es muy alarmante!…Supongo que, con tu respuesta, le dabas a entender que, si te ocurría algo, saldrían a la luz cosas compremetedoras para él.

-Creo que así lo entendió. Pero la verdad es que, detrás de esa frase pretendidamente ingeniosa, no hay nada, absolutamente nada, como siempre. ¿Quién decía que soy especialista en frases brillantes que nada significan?

-Séneca -dije rápidamente, evitando que surgiese el nombre de Pola.

-Pues Séneca tenía razón. Mis palabras son tan vacías como la vida misma.

-No estoy de acuerdo, y mucho menos en tu obra.

-Mi obra ya no me pertenece. Ahí está, con su vida propia…Pero no quiero ponerme tan solemne como el dichoso Séneca, ¿recuerdas?…Y ahora he de pedirte un favor. Espérame aquí un rato, o en la biblioteca, donde prefieras. He de acabar lo que tenía entre manos.

Me senté en el banco donde tantas veces habíamos conversado, frente al Príapo, sordo testigo de nuestras palabras. Y de pronto, me invadió un extraño sentimiento, una especie de nostalgia anticipada. Faltaban unos días para que se cumpliese un año justo de mi llegada a aquella casa. ¡Era todo tan increíble! Realmente, ¿estaba yo viviendo aquello? ¿O era ya recuerdo, imposible añoranza de algo que tal vez ni siquiera ocurrió? Pero yo estaba ahí, no había duda, y él, a pocos pasos de distancia, escribía…luego estaba vivo. Quizá en aquel momento daba los últimos toques a una nueva obra, más genial que las anteriores, que había de ser el asombro del mundo. ¡Y era mi amigo! Y cuando terminase de escribir, reanudaríamos la conversación.

Y entonces me dio por pensar en todas las cuestiones que podía plantearle. Y fui anotando mentalmente los temas que consideraba pendientes o apenas esbozados en charlas anteriores. Y los miraba desde una y otra perspectiva, y una y otra vez les daba la vuelta, intentando adivinar cuál sería la respuesta, la brillante solución petroniana. De pronto tuve la impresión de que había pasado mucho tiempo, más de una hora, tal vez dos. Y en aquel mismo momento apareció Eutimio para anunciarme que podía pasar al gabinete.

La puerta estaba entornada. Entré sin vacilar. No había nadie. Impulsado por la curiosidad, me acerqué al pupitre. Junto a los instrumentos de escritura había un papel, desplegado, escrito con letra menuda, en el que destacaban las grandes dimensiones del encabezamiento: PARA LUCIO ANTONIO TURNO.

«Cuando hayas llegado hasta aquí yo estaré viajando hacia el sur. Nerón salió ayer tarde con toda la corte con dirección a Nápoles. Yo le prometí que le alcanzaría un día después. Pero no será así. No pienso llegar a Nápoles. Hace tiempo que no visito mi finca de Cumas. Allá me detendré. He quedado con unos amigos para dar una fiesta en la villa. Espero que no falte nadie. Y espero también que comprendas por qué no te he invitado. Te conozco y sé que la clase de festín que he organizado no te gustaría nada.

A propósito de Mela, he caído en la cuenta de un hecho curioso: cuando estamos con una persona, nunca sabemos, ni siquiera pensamos, si acaso es la última vez que la vemos. Si nadie me hubiese informado de la muerte de Mela, pensaría que me lo puedo encontrar en cualquier lugar y en cualquier momento, exactamente igual que lo pensaba antes -ya ves, no es el hecho lo que afecta, sino la noticia. Medita sobre esto y a partir de ahí obtendrás la mejor manera para mantener para siempre la presencia viva de tu amigo, esté donde esté.

Si mi ausencia te parece larga y sientes deseos de mantener conversaciones vagamente parecidas a las nuestras, te recomiendo a Cesio Baso (al lado encontrarás sus señas con una carta de recomendación). Es un sabio profesor. Su especialidad es la métrica, pero ahora ha montado una escuela de letras superiores, ¡para enseñar a futuros escritores, qué te parece! Colabora con él un joven de tu edad y de tu tierra: Cecilio Estacio. Seguro que lo conoces. Es un poeta que promete. En todo caso, ambos son más recomendables que tu Marcial. En fin, es una sugerencia.

Si, mientras tanto, oyes comentar algo de mí, no lo creas. Sea lo que sea, no lo creas. Espera a que te lo cuente yo personalmente. Cierto que nunca se sabe cuándo ha sido la última vez, pero… ¿quién piensa en eso? Tú, espera. Sé paciente y trabaja, es decir, sonríe y juega.»

                                       ***

Y no se quitó la vida precipitadamente, sino que, después de cortarse las venas, se las ligaba y se las volvía a abrir a voluntad, mientras contaba a sus amigos cosas livianas y ajenas a cualquier pretensión de realzar su valentía, y éstos le decían no frases sobre la inmortalidad del alma o sobre el contento del sabio, sino versos ligeros y poemas fáciles. De sus esclavos, a unos premió y a otros castigó. Iniciado el banquete, se fue dejando ganar por el sueño para que la muerte, aunque forzada, pareciese cosa natural.

P.C. TÁCITO: ANALES

                                      ***

El resto de la historia, de la historia pública, lo conoces muy bien, Cornelio Tácito. El de mi historia particular se cuenta en pocas palabras.

Trece años después de la desaparición de Petronio toda mi familia pereció en Pompeya bajo la lava del Vesubio. Desde entonces no me he movido de Roma; desde entonces -¿desde siempre?- he vivido solo.

Primero con Baso y luego por mi propia cuenta he consumido los años enseñando lo que apenas sé. Mis intentos de escribir algo valioso no han dado fruto. Solo publiqué un libro, que no tuvo más eco que una breve alusión, amistosa y benévola, del ya famoso Marcial. Nada más. La mediocridad más absoluta.

Amigo Cornelio, no he sabido ser el que soñaba llegar a ser. Y convendrás conmigo que eso, a los 73 años de edad, no tiene ningún remedio.

Los que alaban el dulce sosiego de la vida retirada son unos hipócritas. Todos. De Horacio a Séneca. Porque hablan desde la fama, desde la gloria o, en todo caso, desde la íntima satisfacción del que se sabe creador de una gran obra. Pero ¿qué consuelo hay para el que ve romperse su sueño cada día, todos los días de la vida?

Mi obra no ha existido. Mi historia personal ha sido un fracaso. Diría que sólo el conocimiento y la amistad de Petronio ha aportado luz a mi vida. Diría, pero…¿puedo decirlo?

En una existencia como la mía, la irrupción de la figura de Petronio más parece la forzada intervención de un dios de tramoya que algo concordante con la lógica de las cosas. ¿Entonces? ¿Conocí realmente a Petronio? ¿O no será ésta la manera que tiene la imaginación de vengarme de la realidad?

Te lo advierto, Cornelio Tácito: quizá no conocí a Petronio. Ni a Séneca, ni a Lucano. Ni a Pola. Quizá esto que has leído es fruto de la fantasía, obra de arte -¿finalmente?- construida sobre algunos de los datos que tú mismo has puesto a disposición de todos. ¿Cambiaría algo?

 

                                          FIN

                                          DE

                CONVERSACIONES CON PETRONIO

   

               Si bene calculum ponas ubique naufragium est

                                                               (Petronius Arbiter)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XV

La carta tuvo en mí un extraño efecto sedante, curativo. La ansiedad que hasta entonces me había atenazado desapareció al instante. Y sentí como si una distancia, un foso se empezase a abrir entre el Lucio de Roma y el de Nápoles.

En casa, entre los míos, tenía ocupaciones prácticas, reales. La situación del patrimonio familiar no era tan saneada como había imaginado. Importantes hipotecas gravaban las dos fincas rústicas que proporcionaban todos los ingresos. Los trabajos de restauración de la casa de Pompeya estaban lejos de concluirse; la de Nápoles prácticamente se venía abajo. Con la ayuda de mi hermano Paulo me puse a la tarea, y los días empezaron a correr velozmente.

De vez en cuando, el Lucio de Roma se me aparecía entre brumas. Pero, de momento, no quería saber nada de él. Casi había olvidado a Pola y era como si quisiese olvidar a Petronio.

Con la época de la cosecha aumentaron los trabajos. Me había desprendido del liberto que administraba los bienes, y tenía que vigilar de cerca la recolección y planear el almacenamiento y las ventas.

En julio, concluida la restauración de la casa de Pompeya, nos instalamos definitivamente en ella, mientras empezaban los trabajos en la de Nápoles. Recuerdo que el cambio de residencia coincidió con la noticia de la muerte de Popea, la esposa de Nerón, noticia que llegó acompañada de toda suerte de rumores malintencionados.

Una tarde llegué a casa especialmente cansado. Había pasado el día -creo que era el primero de agosto- entre Nápoles y la finca más próxima. Después de tomar un baño, decidí descansar un rato al fresco del jardín. El sol poniente encendía reflejos dorados en las verdes faldas del Vesubio. Me senté en un banco y contemplé toda la perspectiva del jardín que con tanta afición yo mismo había diseñado…De pronto, todo mi cuerpo se estremeció. ¿Cómo era posible? ¿Cómo no había visto antes lo que ahora veía? Sin proponérmelo, sin darme cuenta había reproducido el jardín de la casa de Petronio. Con precisión, con exactitud: no faltaba el Príapo, ni la fuentecilla, ni siquiera los dos ciruelos. No me había repuesto de la impresión cuando llegó carta de Roma.

«Querido Lucio, no empezaré esta vez hablándote de mi jardín. Seguro que en la florida Campania habrás tenido motivos sobrados para olvidarte de mi modesto huertecillo urbano. ¿Te has olvidado también de lo demás? Hace dos meses que te escribí, y no he sabido nada de ti. Por lo general, esto es buena señal. El pajarillo que no vuelve al nido es que ha aprendido a volar. O también puede ser que, en vez de volar, hayas decidido acomodarte en otro nido, al abrigo de las inclemencias del mundo. Tampoco te lo reprocharía.

El mundo sigue su curso y yo lo contemplo pasar. Y, a veces, entre las personas que en él se agitan, distingo una que atiende por el nombre de Tito Petronio Níger. Es un personaje curioso. No por lo que hace, que en eso no se distingue mucho de los demás, aunque sus actividades se consideren más distinguidas, sino por esa manera que tiene de actuar como sabiéndose contemplado por un doble suyo, que le observa desde afuera. Ese Petronio es un farsante: dice y hace cosas en las que no cree, ha conseguido llegar muy alto, ser el centro de la admiración o de la envidia de todos…Inútil. Yo sé que sólo está representando un papel. Y él sabe que yo lo sé. Pero no quiero dejarme deslizar por la fácil pendiente de las meditaciones íntimas.

Me alegra que te estés convirtiendo en una persona activa, según deduzco de tu única carta. Sigue así. Sumérgete en tus ocupaciones como si de ellas dependiese tu existencia. El resultado será, no lo dudes, la formación de una personalidad sana y robusta, nada que ver con aquel muchacho tímido y dubitativo con quien conversaba ciertos días de abril…Pero siento nostalgia de él, no lo puedo evitar, y curiosidad, mucha curiosidad por saber en qué se estará convirtiendo.

Si tú no vienes, no sé cuándo nos veremos. Lo de pasar una temporada en Cumas he tenido de quitármelo de la cabeza. Por aquí las cosas se han complicado tanto que no me puedo permitir el lujo de alejarme del centro de los acontecimientos. En teoría, la situación política está en calma. Para asegurar esa calma Tigelino se dedica ahora a eliminar a cualquier persona susceptible de incomodar a Nerón, aunque nada haya tenido que ver con la conspiración. El primero en caer ha sido el cónsul Vestino, enemigo verbal de Nerón, pero ajeno por completo a cualquier tipo de acción. Y caerán más. Y cuando se haya acabado con los que incomodan a Nerón, llegará el turno de los que incomodan a Tigelino. O quizás se irán alternando unos y otros. Todo eso está en el orden normal de las cosas.

Lo que de verdad ha alterado ese orden, introduciendo un factor de distorsión de consecuencias impredecibles, ha sido un hecho desgraciado: la muerte de Popea Sabina.

Me llevaba muy bien con Popea. Era una mujer admirable. Y cuando leas «admirable», ni por un momento se te ocurra ponerla en relación con Pola. Otros muy distintos son los motivos de admiración.

A diferencia de tantas mujeres que, como ella, han tenido intimidad con el poder, a Popea no le interesaban las intrigas políticas. Mujer hermosísima, la belleza era su principal ocupación. Y no sólo la belleza personal, que sabía cultivar como nadie, sino la de todo cuanto le rodeaba. Había sabido crear en torno suyo un ambiente de elegancia y distinción como creo que nunca se había conocido en la corte de un César. Y a este mérito nada le resta el hecho de que yo discrepase en cuestiones de detalle. Como sabes, los criterios estéticos son subjetivos y movedizos.

Además, Popea era fiel a Nerón, detalle no obvio sino muy digno de mención en nuestra sociedad. Por su parte Nerón estaba encantado con ella, y hasta diría que enamorado. Y últimamente, entusiasmado. El embarazo de Popea le anunciaba la próxima realidad del heredero que siempre había anhelado. Así que todo iba bien. Hasta que un dios caprichoso, o el mismo destino, decide torcerlo todo.

Para compensar la frustración del pueblo por la supresión de los Juegos Cereales, Nerón decidió adelantar los siguientes juegos a las calendas de julio. Y aún más. Decidió darse a sí mismo en espectáculo como cantante y citarista. Cuando anunció su propósito a los senadores, la mayoría se sonrojó por adelantado. ¡El primer magistrado de Roma, el César, convertido en comediante! Alguien, en un intento nada afortunado de evitar el bochorno, propuso que el Senado le reconociese ya sus cualidades, coronándole como el mejor citarista y cantante de todos los tiempos. Nerón se indignó. Él no necesitaba los favores de una asamblea servil. Se presentaría ante el jurado como un concursante más, sin favores ni privilegios.

Llegado al teatro de Pompeyo, donde se iba a celebrar el concurso de canto, Nerón ocupó su lugar en la tribuna imperial, ataviado con los ropajes e insignias propias de su dignidad. Así, que algunos pensaron que había abandonado la extravagante idea. Se equivocaban. Otros habían organizado los detalles del espectáculo…con mi beneplácito, naturalmente.

Entre las aclamaciones que acogieron su llegada, empezaron a surgir las primeras voces, fuertes y claras -se había seleccionado a los voceros-, que suplicaban que ofreciese al pueblo una muestra de su arte. En un alarde de cómica modestia, Nerón se resistía. Se le acercó entonces Vitelio, director de los juegos, para rogarle que no desatendiera tan sentidas súplicas, que no apenase ni ofendiese al pueblo reservando siempre para los grandes su arte sublime. Nerón cedió, naturalmente. Bajó de la tribuna, se colocó el ropaje de citarista, que llevaba preparado, y fue a inscribirse como un concursante más.

Fue el primero en actuar. Y el único. Cada pieza que interpretaba era saludada y despedida con una lluvia de encendidos aplausos, cuyas llamas se encargaban de prender, avivar y propagar grupos de «aplaudidores» estratégicamente situados por todo el teatro. Y no es que el pueblo llano -quiero decir, el no aplaudidor de oficio- lo pasase mal. Al contrario, diría que se mostraba encantado y regocijado ante el espectáculo de un César tan simpático que cantaba aquellos versos -que nadie entendía- y, sobre todo, que saludaba con aquella divina modestia para obtener la benevolencia del auditorio. El ambiente estaba tan caldeado, el artista tan eufórico que era ya la hora novena y el espectáculo no parecía llegar a su fin.

En la tribuna, las cosas no iban tan bien. Popea sufrió un desvanecimiento. Se recuperó. Pero el color de su rostro denotaba que la recuperación era sólo aparente. Yo le propuse que se retirase al palacio, donde podría ser atendida debidamente. Ni hablar, objetó Tigelino, nadie, pero nadie, puede abandonar el teatro mientras el César está actuando. Por desgracia, Popea era de la misma opinión. Y aguantó hasta el final, es decir, hasta que, tras el último saludo del César cantante, entre el delirio popular, el jurado decidió que no era necesaria la participación de ningún concursante más y le hizo solemne entrega de la corona.

Poco después, Popea fallecía en sus habitaciones ante un Nerón atónito, que acababa de insultarla por el escaso entusiasmo que había mostrado ante la genial actuación de su augusto esposo. El rumor público ha decretado que Popea murió a manos de Nerón. Esto es literalmente falso…pero sólo literalmente. Lo cierto es que Nerón quedó profundamente afectado por el suceso. No sólo perdía a Popea, a quien de verdad amaba, sino también el hijo deseado.

La desaparición de Popea daba un giro peligroso a la situación. Ella era -quizá sin darse cuenta- mi principal aliada. Entre los dos habíamos levantado un muro que contenía a Nerón en los límites de una vida suave y delicada y, en lo posible, le apartaba de los peligrosos delirios de Tigelino. Había que reconstruir el muro…y me puse manos a la obra.

Enseguida conseguí introducir junto a Nerón a Silia Crispinila, mujer riquísima en toda clase de astucias y experiencias, con el fin de que mantuviese el tono excelso de la corte mientras se buscaba la nueva esposa, tarea de la que se encargaba la propia Crispinila. Pero los intentos de ésta de cumplir tan delicado cometido chocaban con una dificultad imprevista: tanto amaba Nerón a Popea que sólo podía admitir una sucesora de aspecto idéntico a la fallecida.

Esto no ha arredrado a Crispinila, quien después de varios intentos fallidos ha dado por fin con la persona adecuada, imagen repetida de la bella Popea Sabina. Sólo que la persona en cuestión es… un muchacho. Problema menor. Debidamente vestido, compuesto y maquillado, resulta la viva estampa de Popea. Y así se la ha presentado Crispinila a Nerón, quien anda loco de contento con el hallazgo.

Éstos son hechos recientísimos. Veremos cómo evolucionan. Imagino que no para bien. La presencia de Popea era insustituible, y no digamos ya por vía de mascarada. Por otra parte, Nerón se está deslizando por una pendiente imposible de remontar. Quizá me he equivocado con lo de Crispinila; quizá de todos modos se me habría escapado. Antes rebelde al magisterio moral de Séneca, ahora rebelde al magisterio estético de Petronio, Nerón no tiene futuro como persona. Y tampoco como César. Ahora es cuando los tiempos empiezan a madurar; ahora sería el momento de escribir un plan bello y efectivo.

Y hablando de escribir. El otro día caí en la cuenta de un hecho curioso. Aún no he leído ninguna obra tuya. Creo recordar que el motivo declarado que te impulsó a acercarte a mí era perfeccionar tus conocimientos literarios. ¿Entonces? ¿A qué esperas? ¿Para cuándo, para quién guardas tus creaciones?

Alguien ya se te ha adelantado. Por las buenas, sin anunciarse, hace unos días se me presentó Valerio Marcial. Dijo que era muy amigo tuyo y que esto le autorizaba a requerir mi atención sobre sus escritos. Me dejó un montón de papel emborronado y se largó, anunciándome una próxima visita para conocer mi opinión. No se puede negar que el individuo tiene desparpajo. Y pésimos modales.

En atención a ti, les he dado un vistazo. ¿Quieres mi opinión? Marcial domina la técnica necesaria, no le falta gracia, tiene ingenio, tiene fuerza, tiene muchas cosas…pero no tiene corazón. ¿Sabes lo que quiero decir con esto? Uno puede ser muy listo, muy sabio, muy agudo, muy ducho en todas las técnicas de la escritura, pero si no tiene corazón, nunca será un poeta.

Adivino tu pregunta. «¿Pero qué es eso que llamas corazón? ¿Lo tienes tú, Petronio?» Del corazón puede decirse algo parecido de lo que decíamos del estilo (que es la manera que tiene de manifestarse). El corazón es la fuerza interior, la fuente íntima de donde mana la poesía; el corazón es incompatible con la mezquindad y con la amargura a secas (incluso en sus epigramas más pretendidamente acerbos brilla el radiante corazón de Catulo). ¿Lo tengo yo? Juzga tú mismo: el corazón no intenta demostrar nada, no juzga, no busca conclusiones, tampoco se castiga ni se expone como víctima degollada; el corazón ríe, juega y ama. ¿No dirías que incluso en mi Satiricón late un corazoncito?

¿Y tú? ¿Tienes corazón? Espero comprobarlo pronto. Salud.»

Pasé los días siguientes ordenando, corrigiendo y seleccionando mis escritos. Con el resultado de la selección formé un paquete y se lo envié a Petronio con una carta de pocas líneas: sólo para anunciarle que antes de dos meses, concluidos los trabajos de la vendimia, estaría de nuevo en Roma.

Poco después de la de Petronio recibí carta de Valerio. Se había comprado una casita, decía, modesta pero limpia, alegre e independiente en el barrio del Esquilino, y me proponía que la compartiese con él…si tenía a bien colaborar en el pago de la hipoteca. Acepté. A principios de octubre estaba en Roma.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XIV

Lo primero que hice no relacionado con la situación creada por la muerte de mi padre fue escribir a Petronio. Entre otras cosas, le informaba de mi decisión de trasladar el domicilio familiar a Pompeya, a la antigua casa veraniega, muy deteriorada, cuya reconstrucción había iniciado mi padre. Pero, sobre todo, le suplicaba, que me informase lo antes posible de la situación en Roma. La noticia de la muerte de Séneca había llegado de una forma tan confusa que ni siquiera resultaba claro si estaba relacionada o no con el descubrimiento de la conjura. Y también le encarecía que me informase de la suerte de Lucano y familia. ¿Adónde podía escribir a Pola? ¿Era oportuno hacerlo?

También escribí a Valerio Marcial de quien, dadas las especiales circunstancias de mi partida, ni siquiera me había despedido y también le pedía información sobre la suerte de Lucano.

El mensajero que envié con las dos cartas regresó con la dirigida a Valerio: había abandonado la vivienda y nadie de la vencidad conocía su nuevo domicilio. Y también se trajo de Roma una noticia reciente, muy reciente: diez días después de la muerte del filósofo Séneca, su sobrino, el poeta Lucano, se había quitado la vida acatando el siniestro dictado de Nerón.

La noticia de la muerte de Lucano me conmovió profundamente. ¿Cómo le habría afectado a Pola? ¿Qué sería de ella en adelante? ¿Y Petronio? ¿Qué sería de él? La impaciencia me consumía. La ignorancia de los hechos me torturaba. Pero aún tendría que esperar casi un mes para obtener algunas respuestas. A finales de mayo recibí la esperada carta de Petronio.

«Querido Lucio, si temías por mi suerte, puedes tranquilizarte: escribo, luego estoy vivo. Lo malo de esta afirmación es que caduca cada vez que levanto la mano del papel. Pero no quiero alarmarte. No hay que ser pesimista. Lo peor de la tempestad ha pasado. Hemos tenido pérdidas, es cierto, y algunas muy valiosas, y hasta que la calma se consolide, puede haber más. Así que tampoco hemos de pecar de optimistas.

La primavera se halla en su apogeo. Todo es verdor y esperanza de vida nueva, incluso aquí, en medio de la ciudad. Conociste mi jardincillo cuando brotaban las primeras flores. Si lo vieses ahora…Los dos ciruelos de Siria plantados con mis propias manos alargan con fuerza sus brazos hacia el cielo. Los rosales trepan cada vez más altos por los muros, y sus flores, de tonos diversos, forman una espontánea y armónica sinfonía de color. Esta época es como el verano de la primavera. La naturaleza despliega sus fuerzas, con prisa y sin orden, en busca de las formas que, con el auténtico verano, serán ya definidas y completas, maduras para el goce. Y para la muerte. Y también para la vida nueva. Eso lo sabe el Priapo, que con su falo poderoso y su risa bestial preside los misterios de la vida que siempre renace. La primavera nos dice que todo lo que muere vuelve a vivir, que Perséfone no permanece para siempre cautiva bajo la tierra. Éste es el orden natural del mundo. Pero nosotros hemos inventado otro. Lo que ocurre es que todavía no sabemos cómo funciona.

Es como si te oyera. «¿Pero de qué me hablas?», dices, «déjate de historias y cuéntame lo que de verdad me interesa». Y tienes razón, toda la razón. He de contarte lo que de verdad te interesa. Pero no te hagas ilusiones. Me temo que todo lo que yo sé no es lo que de verdad te interesa. De todos modos te lo contaré, y lo haré por amistad, no por placer, puedes estar seguro. No es que los hechos sean muy terribles o repugnantes o, al menos, no lo son más de lo que cabía esperar. Es que me resulta muy difícil escribir sobre un tema impuesto, que yo no haya elegido. Y te aseguro que nunca se me ocurriría escribir una fábula que llevase por título La Conjuración de Pisón. Ésa sería tarea de un Salustio, que sabía muy bien dónde estaban los buenos y dónde los malos, o de tantos escritores moralistas, que nos explicarían el porqué de los hechos y las consecuencias de la decadencia de las virtudes públicas y privadas.

Sabes que no es ése mi estilo. Así que, si he de abordar el tema, lo haré como quien cuenta una vieja historia, una leyenda, un cuento sin moraleja. Por lo tanto, no te será permitido preguntar cómo he sabido esto, cómo me he enterado de aquello. Piensa que se trata de una historia contada por un dios que todo lo sabe y todo lo ve…es decir, una historia de ficción.

La tarde del día 18 de abril Escevino estaba terriblemente inquieto. Más que pasear, corría de un extremo a otro de la casa sin saber con qué excusa detenerse o en qué detalle parar la atención. En uno de sus trayectos se encontró con Mílico, liberto que seguía viviendo en la casa.

«Mílico, tú sabes dónde se guarda el puñal de mis antepasados, el de las guerras púnicas. Tráemelo, por favor.»

Diligente y servicial como siempre, Mílico le presentó al momento el histórico puñal.

«Ahora tráeme paños adecuados, polvos para limpiar y piedra de afilar.»

En cuanto tuvo lo que pedía, Escevino se recluyó en una sala presidida por el busto de Bruto, y allá, arrodillado ante la imagen del tiranicida, empezó a sacarle punta y brillo al arma.

Tras la puerta entreabierta, Mílico le contemplaba y, después de cerciorarse de que en realidad veía lo que creía estar viendo, corrió a contárselo a su esposa. Poco necesitó ésta para comprender el significado de todo, una vez relacionadas visitas, palabras, personajes y movimientos de los últimos días.

«¿Lo ves ahora, pedazo de burro? ¿Tenía yo razón o no?»

«Sí que parece…», reconoció Mílico.

«Sí que parece, sí que parece…¿Qué más necesitas, asno completo? ¿Y qué haces aquí? Ya puedes salir corriendo».

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió hasta el palacio y no cejó hasta que el mismo Tigelino accedió a recibirle. El prefecto del Pretorio, que era muy experto en su oficio, ni le creyó ni no le creyó, sino que mandó a unos soldados a que detuvieran a Escevino y lo trajeran de inmediato a su presencia junto con el arma delatora. Pero lo primero que había hecho Escevino al ver que lo iban a apresar fue ocultar el arma en lugar seguro de la misma sala. Así que, a pesar de los registros y las amenazas a la servidumbre, el arma no apareció por ninguna parte y Escevino pudo comparecer ante el prefecto sin tan compremetedora compañía.

Conocida la acusación, Escevino comprendió que el único que podía haberle delatado en relación con el puñal era Mílico. Así que argumentó su defensa como exigía el caso, y con argumentos no muy alejados de la realidad.

«Todo es un invento de Mílico. Es un hipócrita y un traidor. Cuando le di la libertad me suplicó que le dejase seguir viviendo en la casa. Pero no por afecto o amistad, sino porque pensaba conseguir no se qué beneficios de mí. Y como no los ha conseguido, ha querido vengarse de esta manera tan estúpida».

Lo primero que se le ocurrió a Tigelino era de sentido común: ¿qué ventaja obtendría Mílico con una acusación que podía probarse falsa? De manera que la lógica coincidía con su olfato de sabueso: Escevino era culpable.

Pero no había pruebas. No es que Tigelino necesitase abundancia de pruebas para condenar a cualquiera que se le pusiese por delante, pero sí que había de respetar las convenciones sociales más elementales. Y éstas establecen que la palabra de un liberto no vale nada ante la palabra de un senador, como era Escevino. Y sin prueba alguna, sin el maldito puñal, la situación se planteaba exactamente en aquellos términos. Pero, como nada le obligaba a liberarlo enseguida, decidió que permaneciese retenido.

Cuando Mílico regresó a su casa y le contó a su mujer lo sucedido, ésta se tiró de los cabellos.

«¿Y no has dicho nada más? ¿Quieres decir que, porque no ha aparecido el puñal, te has quedado mudo como un muerto? ¿Pero tú eres imbécil o qué? ¿Y las visitas de gentes que nunca habían pisado esta casa? ¿Y los continuos cuchicheos, que no había manera de pescar palabra? ¿Y los nombres, Mílico, y los nombres? ¿No me dirás que no sabemos que uno de ellos se llama Antonio Natal? Mira, burro, pedazo de bestia, aquí tengo apuntados los días y horas de las visitas de Natal y de los otros», y sacó una tablilla y se la tiró a Mílico a la cabeza. «Vamos, corre, ¿qué esperas?»

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió de nuevo a ver a Tigelino y le contó lo de Natal. Bien, quizá por aquí podamos tirar del hilo, pensó Tigelino, y mandó prender a Natal.

Una vez tuvo a los dos sospechosos en su poder, les interrogó por separado: ni siquiera coincidieron en las razones de las visitas y los temas de conversación.

Nerón, que ya había sido informado, quiso interrogarlos personalmente. El mismo Tigelino se encargó de acompañarlos hasta su presencia, pero dando un pequeño rodeo a fin y efecto de que los detenidos pudiesen contemplar los aparatos que había ordenado montar en un rincón del jardín y de que se ilustrasen sobre sus características y funcionamiento: con estos garfios se desgarran las carnes de los reos, en este poste y mediante ese ingenioso mecanismo se tira de los brazos hasta que se dislocan los miembros, con ese látigo de múltiples colas metálicas se repasa toda la piel del reo, esos hierros que hay junto al brasero, debidamente enrojecidos, se aplican a las partes más sensibles del cuerpo.

Escevino y Natal llegaron lívidos y desfallecidos a la presencia de Nerón. Éste les interrogó también por separado y a ambos hizo la misma proposición: si daban todos los nombres no se les consideraría culpables sino colaboradores de la justicia y quedarían en libertad.

El efecto fue inmediato. Natal dio los nombres de Pisón y Séneca. Escevino denunció a Laterano, Seneción, Quinciano y Lucano. Antes de tomar medidas -que ya estaban decididas- sobre Séneca y Pisón, Nerón quiso interrogar personalmente a los denunciados por Escevino, excepto a Laterano, a quien consideró traidor a su amistad y mandó degollar enseguida.

Uno tras otro, los inculpados -incluidos de nuevo Natal y Escevino- pasan delante del tribunal, que les toma declaración, curioso tribunal presidido por Nerón y formado por Tigelino, el pretor designado Nerva -se han de respetar las formalidades legales, cómo no- y ¡Fenio Rufo y Subrio Flavo!

Aquí el dios-narrador ha de interrumpir el hilo del relato para introducir algunas aclaraciones. Existían dos tramas conspiratorias, la militar y la civil, separadas y totalmente independientes. La militar conocía de la civil simplemente su existencia y el nombre de Pisón. La civil aún sabía menos de la militar…o eso creía Fenio Rufo. Miembro del tribunal investigador, Rufo intentaba ocultar su inquietud y al mismo tiempo asegurarse de la ignorancia que sobre sus actividades tenían los acusados, mostrándose el más agresivo de los interrogadores. Y de momento todo iba bien.

Cuando Escevino fue de nuevo interrogado, Rufo, ya bastante tranquilo, decidió emplearse a fondo. Por su bien y el de los suyos había que despejar de una vez por todas cualquier sombra de duda.

«Escevino, hasta ahora hemos oído nombres de senadores y caballeros. Ahora fíjate bien en lo que te voy a preguntar y, si no quieres probar las artes del verdugo, contesta toda la verdad. ¿Has oído algo, un nombre, una referencia, que te permita suponer que en la conspiración participa también algún militar?»

A Escevino, que por raro que parezca se había ido tranquilizando a lo largo de los interrogatorios, se le formó una sonrisa divertida, muy divertida.

«Vaya pregunta, Rufo. Mira que tiene guasa la cosa… ¡Quién mejor que tú para responder a eso! Vamos, Rufito, no seas desagradecido con ese amo tan bueno que tienes y dile cómo te lo ibas a montar con Subrio Flavo y los demás soldadotes».

Imposible hallar prueba más contundente que las caras que se les pusieron a Rufo y Flavo. Aquello ya no lo esperaban, y la sorpresa es pésima compañera de la simulación. Ambos negaron, naturalmente, y especialmente Flavo. Él, un soldado digno, leal y disciplinado, ¿colaborando con unos civiles degenerados para atentar contra el César? No y mil veces no.

Pero sí. Rufo se desmoronó enseguida y arrastró en su caída a Flavo. Éste cambió entonces la simulación inútil por la dignidad proclamada y se enfrentó con Nerón:

«Sí, yo también quería matarte, porque mereces morir. Mientras fuiste justo no hubo nadie más leal que yo, pero empecé a odiarte cuando te convertiste en asesino de tu madre y de tu esposa, en incendiario y comediante. Roma no merece un monstruo como tú.»

Y entonces le tocó palidecer al monstruo. No porque oyera aquel resumen precipitado de sus crímenes, que muy bien conocía, sino por algo mucho más grave: la conspiración no era cosa de cuatro senadores ilusos e ineptos; altos mandos del cuerpo de pretorianos estaban también implicados, el más firme sostén del trono aparecía comido por la carcoma. Había que actuar con prontitud e inteligencia.

La prontitud consistió en una rápida investigación que dio estos resultados: seis tribunos de cohorte y por lo menos quince centuriones estaban en la conjura. La inteligencia consistió en moderar los deseos de venganza: además de Rufo y Flavo, sólo fueron entregados a la espada algunos de los centuriones detenidos. Los demás implicados militares fueron condenados a una simple degradación, que algunos complementaron por su cuenta con un digno suicidio.

En cuanto al grupo civil, verdugos y aparatos se aburrieron soberanamente (excepto con Epícaris). Todos cantaron a la primera indicación del gran cantante (excepto Epícaris). Quinciano denunció a su gran amigo y senador Glicio Galo, Seneción hizo lo propio con el también senador Anio Polión, y a Lucano le dio por denunciar…a su madre.

Conocido el cuadro real de la conspiración, había que tomar las medidas pertinentes. Pisón, que no tuvo tiempo o arrestos de reaccionar al descubrimiento y que ni siquiera fue detenido, atendió la invitación neroniana de quitarse de en medio para siempre. La misma invitación recibieron Escevino, Quinciano y Seneción, y los tres la acataron y ejecutaron con una entereza que-la-molicie-de-sus-vidas-no-autorizaba-prever, como dirá el inevitable historiador moralista.

Y aquí el dios-narrador se siente invadido por el tedio. Tanto, que decide devolver la palabra a tu amigo Petronio.

Querido Lucio, qué aburrido es contar historias que no interesan. Ni los dioses lo soportan. Ya ves, todo ha ido como cabía esperar. Incluso diría que ha habido menos horror de lo normal en tales casos. Todos los muertos civiles, excepto Laterano, lo han sido por propia mano, incluso Epícaris, que cuando era sometida a tormento aprovechó un descuido de los verdugos para quitarse la vida. Natal ha resultado absuelto en agradecimiento a su condición de primer delator (menos suerte ha tenido Escevino por una estúpida cuestión de tiempo). Y luego viene el capítulo de las recompensas. Primero Mílico, como salvador de la patria, y luego Nerva, el pretor, por haber puesto su profundo conocimiento de la ley y los procedimientos al servicio de causa tan justa… y es que todas las causas son justas para el jurista bien pagado, y en especial para Nerva, capaz de poner sus conocimientos al servicio de una causa o de su contraria con la misma abnegación y entrega.

Me parece oirte de nuevo. «¿Pero qué pasa con lo que más me interesa? ¿Te has propuesto hacerme sufrir hasta el final?» Ni por un momento lo pienses (pero tampoco te hagas ilusiones, te lo he advertido). Se trata sólo de una cuestión de procedimiento, como diría Nerva u otro de la misma ralea. Y es que no quería entremezclar los temas señeros con lo abigarrado de la historia global.

Primero el filósofo. En cuanto surgió el nombre de Séneca se enviaron unos soldados para vigilarle y, sobre todo, para que entendiese cuál era el final esperado. Pero Séneca fingió no entender. Supongo que no quiso ahorrarle a su ex discípulo el gesto positivo de ordenar la muerte del maestro. Y Nerón tuvo que ceder, es decir, tuvo que enviar a un tribuno con la orden expresa de que se diese muerte.

Séneca estaba preparado. Se reunió con los pocos amigos que había convocado y se abrió las venas. Su esposa Paulina quiso seguir su suerte, y así habría sido si los amigos no la hubieran salvado en el último momento.

Pero la vida que le quedaba al anciano filósofo era tan débil que ni siquiera tenía fuerza para escapar por las venas abiertas. Entonces recurrió a un veneno, de rancia tradición para tales ocasiones, y mientras el espíritu le abandonaba lentamente pronunció una bellas y serenas palabras sobre el sentido de la vida y la dignidad del sabio ante la muerte. Y los presentes, conmovidos hasta el extremo de no saber ya si estaban asistiendo a la muerte de Séneca o a la de Sócrates, contemplaron con sus propios ojos el ejemplo máximo de coherencia entre obra y vida…aunque sea en el último momento y un poco a la fuerza.

Esta es la muerte del filósofo, la muerte arquetípica de todo filósofo, inventada por Sócrates y ratificada por Séneca. Y me temo que, si a la escasez crónica de filósofos que padece Roma, le sumamos ejemplos tan estremecedores, la profesión correrá serio peligro de extinción.

Veamos ahora la muerte del poeta (¿ves cómo ya voy llegando?). El interrogatorio de Lucano no iba dirigido a demostrar la culpabilidad del poeta, que se daba por descontada, sino a «descubrir» la implicación de su padre, Anneo Mela. He de aclarar que, no obstante las manifestaciones de Mela del día que lo conociste, las relaciones entre padre e hijo han sido siempre excelentes. Sobre todo por parte del hijo. Lucano sufrió en su infancia las intemperancias y malos tratos de la madre, mujer francamente desquiciada, y sobre todo sufrió en su adolescencia los padecimientos del padre por causa de la madre. Así que aplaudió la decisión del padre de divorciarse y guardó profundo rencor a la madre.

Tigelino empezaba a ponerse nervioso.

«Sé que alguien más de tu familia está en la conjuración».

«¿Te refieres a mi tío Séneca?»

«Me refiero a tu padre Mela».

«Qué va, creo que es el único que no tenía idea de nada».

«¿Quién entonces tenía idea? ¿Quién conspiraba contigo?»

«Mi madre».

El asombro del tribunal, incluido Tigelino, fue unánime. Quien más quien menos sabía de la historia desgraciada del matrimonio y del desequilibrio mental de la madre. Ante el mutismo general Lucano insistió:

«Sí, mi madre, lo juro por los dioses, ella es la gran culpable».

Entonces intervino Nerón:

«No perdamos más tiempo con este desgraciado. No quiero verle más. Que desaparezca de mi vista, y si no quiere probar la espada del verdugo, ya sabe lo que tiene que hacer».

Al atardecer del último día de abril acudieron a casa de Lucano unos cuantos amigos, convocados por el poeta. Yo estaba entre los invitados. No sé si en concepto de amigo, de ex amigo o, lo más probable, de testigo y seguro informador ante Nerón de la trágica y digna ceremonia que se iba a representar.

La puesta en escena no carecía de grandeza aunque, para mi gusto, resultaba un poco recargada. Unas lámparas, situadas estratégicamente, conseguían bellos contrastes de luces y sombras; un pebetero de grandes dimensiones difundía el aroma de exóticas plantas orientales; los amigos formaban pequeños grupos dispersos por la estancia; el médico se apoyaba en la mesita que contenía los instrumentos necesarios, y en el centro de la sala, sobre el fondo distante de oscuros cortinajes, un gran lecho vestido con finos lienzos. Sobre el lecho, apoyada la cabeza en una alta almohada, el poeta y, de pie a su lado, vestida de un blanco impoluto, la esposa. ¡Qué hermosa estaba Pola! Doy gracias a los dioses de que no pudieses verla. Algunas manifestaciones de la belleza son demasiado poderosas para ciertas almas sensibles.

Lucano hizo una señal al médico y tendió el brazo fuera del lecho, con la palma de la mano hacia arriba. El médico colocó un recipiente en el suelo y practicó una incisión en el brazo, y luego otra. El rojo líquido de la vida empezó a brotar. Entonces el poeta, con un gesto de la otra mano, indicó a los presentes que se acercaran. Movió levemente la cabeza como para apoyarla con comodidad en la almohada y dijo:

«Esposa querida, amigos, mi vida ha sido corta pero entera. No lloréis por mí, como no se llora por la flor que se arranca para que perfume nuestro día. Yo me voy, pero os dejo mi perfume, mi espíritu, vivo para siempre en los versos de mi obra. No he de hablar más. Las palabras vulgares no pueden describir la excelsitud del instante. Que hable mi espíritu, la poesía eterna».

Con un movimiento brusco separó la cabeza de la almohada, y con todo el cuerpo horizontal, desnudo de la cabeza a la cintura y caído el brazo por el que manaba abundante sangre, declamó lentamente unos versos; unos versos claros, sonoros, perfectamente ajustados en dicción, tiempos y cadencia; unos versos dramáticos que, en su Guerra Civil dedicó a la muerte heroica de un soldado. Luego, cerró los ojos y se quedó como dormido.

Apenas pude hablar con Pola. Más tarde he sabido que, concluidas las ceremonias fúnebres, abandonó la ciudad con destino desconocido. ¿Defraudado? Lo siento. Procuraré informarme y, en cuanto sepa algo cierto, te lo comunicaré.

Y este es el fin -provisional- de la tragedia. Y te he de confesar que, a pesar del tono distanciado de mi relato, la historia me ha dejado un cierto sabor amargo. Pienso mucho en Escevino. También pienso en Epícaris, una mujer que apenas participaba en los intereses de los grandes conspiradores y que sin embargo ha dado un ejemplo formidable de entereza a tantos profesionales del valor, convertidos en indigno coro de cantantes. Ya ves, unos invertidos y una mujer encarnando las recias virtudes tradicionales del varón romano. Y es que todo está trastocado, como diría el bueno de Silio.

Pero lo que más me ha hecho meditar han sido los ejemplos de Séneca y Lucano. Hay en ellos algo especial que los distingue de tantos otros suicidios voluntarios o impuestos. Y es el valor emblemático de su escenografía. Es como si hubiesen establecido, legislado, cuál debe ser la muerte del filósofo y cuál la del poeta. Y me han dado que pensar, porque en cualquier momento, no nos engañemos, puedo verme yo abocado a trance semejante. ¿Y entonces? ¿Habré de seguir la pauta? ¿Pero yo qué soy? ¿Filósofo o poeta? ¿Habré de tomar un poco de uno y un poco de otro? ¿O debería crear un tercer modelo, aunque sólo fuese para evitar ese espeso aroma de sacralización que ambos desprenden? El modelo propio del esteta, eso es, del juez supremo de la elegancia. Seguiré meditando sobre ello.

Querido Lucio, cuídate mucho y no dejes de escribirme. Es posible que, con el verano, vaya a pasar una temporada a Cumas, donde tengo una bonita villa muy cerca de la que fue de Séneca. Pero supongo que antes vendrás por aquí. Nos quedan aún muchos temas que tratar.

Poco más que añadir. Mis relaciones con Nerón se mantienen en el mismo tono. Tigelino no me ha molestado. Supongo que la insólita abundancia de conspiradores reales le ha robado el tiempo necesario para pensar en mí. Pero lo hará, seguro que lo hará.

Habré de estar vigilante. Y tú también, querido amigo. Esto que tienes en las manos sería suficiente prueba de culpabilidad de los dos. Así que hazme un favor. Comoquiera que imagino que la carta te habrá llegado al anochecer y que no habrás demorado un instante su lectura, acércala ahora a la lámpara más próxima y que la misma llama que te ha permitido leerla permita que neguemos su existencia. Salud.»

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO X


¿En qué piensas?- dijo Petronio.

-En Pola -, respondí.

-¡Vaya, por Hércules! Me lo temía. Toda la literatura, toda la filosofía no valen nada ante una mujer hermosa.

-No, no es lo que crees. Estaba pensando en algo que Pola me dijo de ti, y pensaba que es verdad, que eres desconcertante.

-¿Eso te dijo? ¿Que soy desconcertante? ¿En qué sentido?

-Vino a decir que nadie conoce tu rostro verdadero, que quizá sólo a mí…

-¡Mi rostro verdadero! -me interrumpió- ¡Qué expresión tan enfática! Un rostro es una máscara.

-¿Y si quitamos la máscara?

-Queda otra máscara, y si quitas ésa, otra, y luego otra y otra. Nadie tiene un rostro verdadero.

-El otro día, en casa de Escevino tuve una sensación extraña, desagradable. Vi que la opinión que él tiene de ti, un amigo de toda la vida, no se parece en nada a la que yo me he formado. Vi que, para Escevino, tú eres como él, un simple gozador de placeres sin mayor peso ni enjundia, un ser frívolo y sin sustancia.

-Ésa es la máscara que Escevino ve en mí.

-Días antes, en cambio, vi que para Tigelino eres un astuto intrigante, alguien muy digno de ser tenido en cuenta.

-Ésa es la máscara que Tigelino ve en mí.

-Y aún antes vi que para Mela eres una persona prudente y digna de toda confianza.

-Ésa es la máscara que Mela ve en mí. Y tú, ¿cómo me ves?

-Como alguien que, aun sabiendo gozar del mundo y de la vida, está muy por encima de las cosas del mundo, un auténtico filósofo sin proponértelo.

-Ésa es la máscara que tú ves en mí.

-¿Pero cuál es la verdadera?

-Todas y ninguna. Y esto no es una particularidad mía, a todos les ocurre. Uno suele tener una imagen de sí mismo, pero, por poca atención que preste a las opiniones y reacciones de los demás, advertirá que esa imagen no se corresponde con la que los otros tiene de él. El hombre que vive en sociedad no es más que lo que los otros deciden que es. Así, es posible que yo para ti sea un filósofo, para Mela un hombre prudente y de confianza, para Tigelino un taimado intrigante y para Escevino un vulgar vicioso. ¿Quién soy en realidad? Nadie. Es decir, para mí puedo ser algo más o menos definido y concreto, pero en el exterior, como objeto social, hay tantos Petronios como representaciones mías existen en las mentes de los demás. Uno no es nadie y es a la vez cien mil.

-Como fábula literaria me parece sugerente.

-Me encanta que te haya gustado. Además, es posible que hayas observado que, hasta cierto punto, me complazco en cultivar esa diversidad de imagen, siempre que no se pierda de vista la que he elegido como tema de referencia central: la del refinado árbitro de la elegancia de nuestra sociedad más selecta.

-Sí, lo he observado. Y he observado también que con ciertas personas utilizas la ambigüedad, la ironía, incluso el sarcasmo más que con otras, que conmigo, por ejemplo. Pola también dijo que eres especialista en frases ambiguas y que nada significan. Entonces no le di la razón, pero pensándolo bien…

-Lo que ocurre es que cada persona requiere, exige, un trato distinto. Y esto es algo que en mi caso surge espontáneamente. Sin proponérmelo, cada interlocutor despierta en mí un grado determinado de ironía, de causticidad incluso. Tú representas el grado mínimo. Por eso nuestras conversaciones están rozando siempre la peligrosa zona del aburrimiento. Tigelino podría representar el grado máximo. En teoría es el blanco perfecto de toda clase de ironías y sarcasmos. El problema es que, en muchas ocasiones, la espesura de su piel impide alcanzar los efectos deseados. Es como clavar agujas a un paquidermo.

-De todos modos, pienso que es una lástima.

-¿Una lástima?

-Ya sé que esto es algo personal tuyo y que no tengo derecho a entrometerme, pero lo he de decir. Pienso que es una lástima que no te muestres a todos del mismo modo que te muestras a mí: como un hombre sabio, como un ser que, aun disfrutándolas, está por encima de todas las cosas.

-No exageres, Lucio. Y aunque fuese cierto, ¿has pensado si los otros merecen que me muestre así? ¿Has pensado que en la mayoría de los casos no me entenderían? Imagínate que hablase con Tigelino, o con Nerón, como hablo contigo. No entenderían nada. Pensarían que soy un loco, un filósofo chiflado que no merece ser tenido en cuenta.

-No creo que ni Nerón ni Tigelino tengan a Séneca por un filósofo chiflado.

-Por supuesto que no. ¿Y sabes por qué? Porque el comportamiento de Séneca ante el poder no se distingue en nada del mío. Séneca es un cortesano perfecto. ¿O crees que anda por los salones hablando de la felicidad del sabio y de la vaciedad de la vida?

-Me cuesta hacerme a la idea de que eso sea cierto, de la duplicidad de Séneca de que hablabas el otro día.

-Si te molesta, no pienses en ello. Quizá sólo sea la máscara que yo veo en él. Lo admiras mucho, ¿verdad?

-Sí, y aún lo admiraba más. Hace años, en plena adolescencia, la lectura de algunos de sus Diálogos me despertó a la realidad de la vida. Gracias a él comprendí que la existencia humana no es más que un tramado de ilusiones, que no hay que buscar la felicidad afuera, que todo está dentro de uno mismo.

-Es un programa un poco triste para un joven de tu edad, ¿no te parece? En la vida hay goces y alegrías que, no por ser externos, son menos ciertos. Piensa que lo que ahora desprecias no lo podrás recuperar jamás. El tiempo pasa, amigo Lucio, y pasa muy deprisa, y a medida que vas cumpliendo años su marcha se acelera. Lo que no goces ahora no podrás gozarlo jamás. Porque cada edad tienen sus propias calidades e intensidades de goce. En la adolescencia, todo se presenta como recién nacido, y el goce de cada placer nuevo, desconocido en la infancia, nos hace estremecer de arriba abajo, nos sacude violentamente sin que podamos dominarlo de ningún modo. Aún recuerdo la emoción indescriptible del primer contacto, de repente erótico, con una piel ajena. Luego, a partir de tu edad, se empieza a ejercer cierto dominio sobre el placer. Se abre entonces la época, no muy larga, no creas, no pasa de veinte años, en que el ser humano puede disfrutar con plenitud de los placeres. Y cuando se pasan de los cuarenta, como es mi caso, hay que ir supliendo con ciencia y sabiduría, lo que se va perdiendo de instinto y fuerza natural. Quiero decir con esto que todo lo que no disfrutas en su momento lo pierdes para siempre… Lo que ocurre es que muchos confunden el placer con el vicio, y no tienen nada que ver. El verdadero placer se disfruta desde la libertad; el vicio es una adicción insuperable a algo que ha dejado ya de ser el placer que fue al principio. Piensa que, aparte de los que podamos montar con el arte y la imaginación, que también son placeres y nada desdeñables, lo único que obtenemos de la vida es el goce de cada uno de los momentos vividos. Así que volvamos a Horacio y digamos:

mientras hablamos huye

la envidiada edad,

aprovecha el hoy,

desconfía del mañana.

-No creas que no estoy de acuerdo contigo. Incluso antes de conocerte, tu obra ya me había hecho cambiar mi inicial radicalismo «senequista». Por eso te he dicho que antes aún lo admiraba más. De todos modos sigo pensando que, en lo moral, Séneca representa la cima de la humanidad… Y me refiero a su obra, naturalmente, no a su conducta, que no conozco y que, a decir verdad, ni siquiera me interesa.

-Como debe ser -afirmó Petronio-. A todo escritor se le ha de juzgar sólo por su obra. Lo que ocurre es que de un moralista se suele esperar que sea coherente. Ésta es la ventaja que tenemos los artistas, los creadores: nuestra vida no tiene por qué guardar relación con nuestra obra. Y aún te diré más, que con los creadores sucede con frecuencia lo contrario que con los moralistas: su vida suele ser más «moral» que su obra,

pues el poeta bueno ha de ser casto,

mas no tienen por qué serlo sus versos.

Esto es lo que replicaba Catulo a los que, basándose en su obra, le acusaban de indecencia. Y para que quedase bien claro lo decía en un epigrama que empieza así:

Os daré por el culo y por la boca,

Aurelio mamón y Furio marica

En mí mismo tienes un ejemplo. Desde que se difundió Satiricón algunos imaginan que mi conducta y mis intereses son los mismos que los de los personajes de la obra. Y es falso, naturalmente. Lo cierto es que mis intereses son lo que se suele decir más elevados, y mi conducta bastante más aburrida. Pero esta disociación, que es normal e incluso necesaria en un creador, resulta por lo menos chocante en un filósofo moralista. Aunque no olvidemos que Séneca también es creador. ¿Has leído sus tragedias?

– Sólo Fedra y Medea… y me parecen de una contundencia y una fuerza grandiosas. Y sin embargo, cuesta mucho imaginarlas representadas.

-Porque no están escritas para la escena. Nadie escribe hoy para la escena. El teatro es un género muerto. Nació del pueblo y para el pueblo, pero desde que el pueblo, convertido en masa, gustó de los espectáculos del circo, ya nada puede hacer que vuelva al teatro. La multitud, la masa, tiende siempre a lo más fácil. Nada se abarata, se degrada tanto como el gusto de la masa. Es un proceso imparable.

-Pero hubo un tiempo en que grandes autores, como Sófocles, llenaban los teatros de ciudadanos.

-Tú lo has dicho, ciudadanos. Pero ya no hay ciudadanos. Lo que ves en el circo es una masa informe hecha de instintos bestiales y de una sola voz, sin espíritu ni cerebro.

-Desde luego, cuesta mucho imaginar a Séneca escribiendo para ese tipo de público. La profunda moralidad de su pensamiento exige un receptor especialmente preparado.

-Tampoco hay que exagerar con eso de «la profunda moralidad de su pensamiento». Seguramente no conoces el antipanegírico que compuso a la muerte del César Claudio.

-¿Antipanegírico? No, ¿a qué te refieres?

-A la Apocolocyntosis, o sea, transformación en calabaza, del Divino Claudio. Los orígenes y características de esa obra son muy curiosos. Claudio se lo había hecho pasar muy mal a nuestro filósofo. Nada menos que ocho años lo tuvo desterrado en la isla de Córcega. Cuando murió, Séneca decidió vengarse a su manera. Escribió su «Calabaceosis» y la declamó ante un público reducido, formado por Nerón y unos cuantos cortesanos, que le rieron de buena gana todas las gracias. Aquí tienes un ejemplo supremo de la hipocresía de nuestra vida pública. Mientras el cuerpo del anterior César está aún caliente y todavía no se han apagado los ecos de los fastos oficiales, el severo preceptor del nuevo príncipe declama para él y sus compinches, entre los que sólo por una cuestión de tiempo no estoy también yo, una sátira maledicente y corrosiva sobre el ilustre difunto…¿Sorpresa?

-Sí, lo reconozco. Y esa sátira ¿vale la pena?

-Desde luego. La trama es muy sencilla. Un narrador chusco e insolente cuenta la historia que dice le han contado sobre la muerte del César Claudio. Empieza por transmitirnos las últimas palabras que, como todo gran personaje, no puede dejar de pronunciar, y que en este caso son: «Ay, me parece que me he cagado». El alma del difunto contempla su propio funeral y es trasladada luego al cielo donde, al principio, ningún dios puede entender nada de aquel su lenguaje farfullante e incoherente. Con los mismos procedimientos formales del Senado, la asamblea de los dioses debate sobre el destino de tan peculiar personaje. Octavio Augusto ejerce la acusación, recordando todos los crímenes y torpezas del candidato a dios. Finalmente, la asamblea decide precipitarlo a los infiernos, donde acaba de secretario del secretario de su sobrino Calígula. Toda la obra es un ejemplo insuperable de humor, ingenio…y rencor. Ya ves, éste también es tu Séneca…Por cierto, ¿te gustaría conocerlo personalmente?

-¿Es posible?

-Quizá. Mañana ven a primera hora de la tarde…Sí, creo que es lo mejor. Creo que es el mejor sistema para que ese personaje deje de ser el centro, directo o indirecto, de nuestras conversaciones. Te lo presento, hablas con él, sacas tus conclusiones definitivas y cerramos de una maldita vez este enojoso capítulo.

-Diría que estás celoso -observé, siguiendo el tono de buen humor que traslucían sus palabras-. Y no sé por qué. Tú puedes ser un dios para mí, y él otro. En el Olimpo caben muchos dioses.

-En el Olimpo de los dioses, sí. Pero el Parnaso de los escritores es muy diferente, no lo olvides.

(CONTINÚA )

 

 

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VI

Por diversas circunstancias pasaron varios días entre aquella entrevista y la posibilidad de la siguiente. Dada la naturaleza de las confidencias de que había sido depositario, había sobradas razones para pensar que quizá Petronio se había arrepentido de su inesperada franqueza. Pero yo no lo creía. El modo en que empezó a desarrollarse la conversación siguiente me dio la razón. Como le hubiera manifestado el deseo de que comentase alguna de sus obras, me preguntó:

-¿Qué has leído?

-Toda la poesía que he podido: los poemas a Marcia, los de Nealce y algunos otros que circulan dispersos. De los relatos, Albucia y…

-Y Satiricón, supongo.

-Sí, Satiricón también -dije con forzada naturalidad.

-Te debo una explicación -dijo Petronio-. Pero primero de todo has de saber que esa obra ni siquiera está terminada. Cuando aún no había decidido acabarla, la di a leer a algunos amigos. Alguien hizo una copia, que otros reprodujeron y que rápidamente se multiplicaron. Como sabes, tuvo bastante éxito. Alguien le comentó a Nerón que la obra era una sátira de su persona, enmascarada bajo el personaje de Trimalción. Nerón, que la había leído, juró por los dioses que condenaría al autor por lesa majestad. Dado que en algunas copias aparecía el nombre del supuesto autor, me pidió explicaciones. Yo tenía dos caminos para defenderme: negar que la obra fuese mía o negar que Trimalción representase al César. Para mayor seguridad seguí los dos. Apelando a la inteligencia crítica de Nerón, que previamente me encargué de valorar y ensalzar, le conduje por una serie de análisis lingüísticos, sintácticos y semánticos del texto hasta llegar a la conclusión necesaria de que el autor de Euscio, de Albucia y de tantos poemas exquisitos que él muy bien conocía no podía ser de ningún modo el grosero autor de Satiricón. Mucho más fácil fue convencerle de que sólo un cretino buscador de querellas podía ver alguna relación entre el burdo liberto Trimalción y el refinado César Nerón. No obstante, antes de mostrar su total convencimiento, me pidió que le jurase por Júpiter que yo no había escrito aquel engendro. Naturalmente que lo juré. Entre un Júpiter problemático y un César de carne y hueso la elección es muy sencilla.

-No sé cómo expresarte mi agradecimiento por la confianza…

-No hay nada que agradecer -me interrumpió, tajante-. Tú ya estabas convencido de que el autor era yo. Pero ¿no pensaste ni por un momento que podía tratarse de una obra apócrifa, de una falsificación? Por una parte, desde que zanjé el asunto con Nerón, hace de eso más de dos años, ha aparecido algún estudio que trata de demostrar la falsedad de la autoría atribuida, y por cierto con métodos parecidos a los que yo había utilizado ante el mismo Nerón. Por otra parte, no me negarás que Satiricón apenas tiene nada que ver con el resto de mi obra.

-Nunca dudé de que tú eras el autor. A pesar de las diferencias de forma y de contenido, para mí está muy claro que todas tus obras tienen un rasgo común, inconfundible.

-¿Y cuál es, si puede saberse?

-El sello de un genio profundamente libre.

-Es muy halagador eso que dices, muy amable por tu parte, sí, muy amable. Siempre pensé que habías de ser un alumno muy aprovechado.

Estas palabras me hirieron en lo más hondo. No tuve más remedio que expresar mi protesta:

-Me duele eso que has dicho. Sabes que soy totalmente sincero.

-Lo sé, y que eres totalmente ingenuo también. ¿No entiendes una broma?

-Lo siento -dije, algo avergonzado.

-Pero vayamos a lo nuestro -prosiguió Petronio-. ¿Cuál es la principal diferencia que ves entre Satiricón y las demás obras?

-El tema, es decir, la falta de tema, de un argumento definido. En Euscio vemos cómo un joven sin recursos va superando todas las dificultades que le presenta la vida hasta convertirse en un auténtico sabio; es la historia de un aprendizaje. En Albucia es una mujer la que ha de luchar contra falsos amigos y pícaros abogados y jueces para defender su situación de viuda, es decir, su libertad. Pero en Satiricón

Dudé unos instantes.

-Sí, en Satiricón ¿qué vemos? -preguntó Petronio.

-No sé…una serie de escenas a través de las cuales unos jóvenes van avanzando a trompicones, aparentemente perseguidos por una maldición, pero avanzando hacia ninguna parte.

-Deduzco que no te ha gustado.

-No, al contrario. Te lo dije el primer día. El perfecto dibujo de las situaciones, la calidad del lenguaje, tan genialmente adaptado a cada personaje, la gracia de las historias intercaladas, todo en conjunto me parece genial…y quizá superior al resto de tu obra. Pero…

-Pero echas a faltar una dirección, un sentido ¿no es eso?

-Sí, eso es. Quizá se deba al hecho de que no esté terminada. Seguramente el final había de traer alguna luz.

-No lo creas. Ignoro el final tanto como tú. Es más, estoy convencido que no tiene más final que el que conoces.

-¡Pero es que no acaba de ninguna manera!

-¿Y cómo crees que acaban las historias de la vida? Aparte de la muerte, no existe nunca un final. ¿O crees que la vida es como aquellas fábulas griegas que indefectiblemente acaban en boda? Para empezar, el matrimonio no es nunca un final, sino un principio. Y como el matrimonio, todo: el hallazgo de un tesoro, el rencuentro de padre e hijo, la conquista de un reino, todo eso son principios, no finales, por más que ciertos fabulistas intenten convencernos de lo contrario.

-En eso estoy de acuerdo, en la vida real es tal como dices: excepto el nacimiento y la muerte no hay principios ni finales. ¿Pero en el arte también? Creo recordar que dijiste que la misión del arte consiste en poner orden en la materia caótica de la realidad.

-No exactamente. Quizá me expresé mal. La misión del arte, como tu dices, consiste en crear un orden distinto del caos de la realidad. Pero, como ha de tomar sus materiales de la misma realidad, ese orden distinto podrá también tener la apariencia de caos. Pero sólo la apariencia. Mira, la diferencia esencial entre el arte y la vida no está en el contenido, que puede ser el mismo. La diferencia está en que la obra de arte ya tiene por sí misma unos límites, es algo definido, objetivo y, en algunos casos, imperecedero, inmortal, mientras que la vida es inapresable, indefinible, subjetiva y siempre perecedera, mortal.

-Según eso, las andanzas de Encolpio y Ascilto y todos los demás podrían verse como una serie de cuadros o escenas de la vida cotidiana, sin que necesariamente exista una relación lógica entre ellas.

-Sí y no. Alguna relación sí que existe. Pero es evidente que lo que importa no es el hilo de la historia, sino los caracteres de los personajes y de las situaciones.

-¿Tiene algo de ti el personaje de Encolpio?

-Encolpio y Ascilto y Eumolpo, todos tienen algo de mí. En el tipo de literatura que yo cultivo cada personaje habla desde el fondo del autor o, dicho de otra manera, si el autor no se imagina, no cree ser el personaje que habla, difícilmente logrará plasmar algo creíble. Pero he de confesar que Encolpio sí tiene mucho de mí. Sí, yo fui una especie de Encolpio en una época de mi juventud, desorientado, vacilante, con una instrucción muy superior a la normal y sin embargo braceando estúpidamente en medio de un mundo zafio y sin sentido.

-¿Y perseguido también por una maldición?

-Perseguido también por una maldición…Pero no la impotencia física precisamente, sino otra más grave…Hasta los treinta años fui incapaz de escribir, de crear algo convincente para mí mismo.

-Esa edad deberías tener cuando escribiste Euscio.

-En efecto, y la historia de Euscio guarda también algunas semejanzas con la mía…excepto, quizá, en el final feliz.

De nuevo la nube oscura pasó rápidamente sobre el rostro de Petronio.

-A veces hablas como si tuvieses el presentimiento de que algo grave te puede ocurrir en cualquier momento. ¿Tiene eso que ver con lo que contabas el otro día de tu lucha con Tigelino?

De pronto un gran alboroto de voces y pasos llegó desde algún lugar de la casa. Petronio pareció no enterarse.

-De Tigelino mejor no hablar -dijo-. ¿Sabes qué es lo peor de todo eso?

Las voces y las firmes pisadas de un grupo de hombre se hicieron ensordecedoras, hasta que las puertas del gabinete se abrieron de un brusco golpe. Cuatro soldados armados con lanzas entraron, dejando paso a un quinto hombre. Éste, de coraza reluciente y espada al cinto, arrastraba de la oreja al portero.

-Petronio -dijo el individuo-, debes enseñar a esta basura a reconocer y respetar a la autoridad. Si fuera mío, ya se le habrían caído las orejas. ¡Fuera! – y soltó al portero, que desapareció al instante.

-Tigelino -dijo Petronio- ¿cómo podía imaginar que ibas a honrar mi casa sin anunciar tu visita?

-No era necesario. Vengo a verte como amigo.

-Nunca pensé que pudieras hacerlo como enemigo.

-Ya me entiendes. Como jefe de la guardia podía haber requerido tu presencia por medio de unos soldados. Pero somos amigos, ¿no es eso? Vamos en el mismo barco, tenemos intereses comunes, ¿no es eso?

-Será mejor que nos sentemos -dijo Petronio, señalando el banco del que nos acabábamos de levantar.

-No, gracias -dijo Tigelino, suavizando un poco el tono imperioso de voz-. Voy al grano. Se ha abierto una investigación sobre un asunto muy grave y he de hacerte unas preguntas.

-¿Quieres decir que el caso tiene que ver conmigo? ¡Por Hércules, ya lo imagino! El César está descontento con el decorado que le recomendé para la representación del otro día…¿No? -prosiguió Petronio ante el rostro impasible de Tigelino-. La estatuilla griega que le regalé ha resultado falsa…¿Tampoco?…Vamos a ver, vamos a ver. ¡Ya está!…

-No estoy para bromas -dijo finalmente Tigelino-. Voy a hacerte una pregunta y espero que me digas la verdad. Hace unos días se detuvo a Epícaris. Pues bien, sé con toda seguridad que inmediatamente después de su detención un esclavo de su casa vino corriendo hasta aquí. La pregunta es ¿para qué vino? ¿qué relaciones tienes tú con Epícaris?

-Ninguna, te lo aseguro. Aunque reconozco que Epícaris es bella, no responde en absoluto a mi tipo de mujer…Sí, ya sé, ya sé que éste no es el tema que te interesa.

-En efecto -dijo Tigelino, que llevaba un tiempo increíble sin pestañear-. Te he hecho una pregunta. ¿Y?

-Y muy bien por cierto. La verdad es que estoy admirado de tu arte interrogatoria. Porque en este momento no sé si preguntas lo que no sabes o si sabes lo que no preguntas. Aunque creo que en realidad sabes más de lo que preguntas. Para concretar, estoy seguro que el mismo individuo que te informó de la visita de ese emisario a esta casa te informó también de que en esta casa estaba otra persona íntimamente relacionada con Epícaris. Y sabes también que el esclavo en cuestión no vino directamente aquí, sino que primero fue a casa de aquella otra persona, donde le informaron que se hallaba aquí.

-Eso no responde a mi pregunta.

-Bien. Procuraré ser tan directo como tú. No tengo ni he tenido ninguna relación con Epícaris, no conozco ni me importa el motivo de su detención, pero tú sí conoces y te debe importar que el César ve con muy malos ojos a quienes molestan a sus amigos íntimos. Y yo soy, recuérdalo, el amigo más íntimo de Nerón… Y me estás molestando.

El tono de voz de Petronio había adquirido una dureza desconocida hasta entonces para mí.

-Yo también soy su amigo -dijo Tigelino, súbitamente descabalgado de su soberbia.

-Te equivocas, Tigelino, no eres su amigo ni lo serás nunca. Sólo eres su guardián, su perro guardián, para decirlo con una metáfora bastante inocente. El César es un hombre delicado, culto, sensible, exquisito, y como tal, ama sólo el lado bueno y amable de la vida, y ése es el lado que yo le muestro siempre. Tú, en cambio, por obligación y también por vocación, le muestras siempre el lado feo, el lado horroroso de las intrigas, las traiciones y los crímenes. Te tolera porque cree que tiene necesidad de ti. Pero, por favor, no le insultes llamándote su amigo.

En un instante el rostro de Tigelino pasó del blanco cerúleo al rojo encendido.

-Te crees muy listo -dijo finalmente-, pero no te confíes. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces toda tu listeza no te servirá de nada. Y eso está al caer. Los traidores tienen los días contados.

-No sólo los traidores. Todos tenemos los días contados. Y nadie puede decir cuántos le quedan. Ni siquiera tú. Hazme un favor, Tigelino, vete a buscar traidores a otra parte. Y cuida de que el César no caiga en la cuenta de quién es el principal de los traidores. ¿Quieres que yo te lo diga? El que le impide gozar de la vida placentera que él tanto ama, el que le atemoriza día y noche con inventos de fantasmas y conjuras, el que continuamente le amarga la existencia, ése es el más grande de todos los traidores. No te confíes, Tigelino. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces todas tus habilidades de sabueso no te servirán de nada. Y eso está al caer.

Cuando, tras este intercambio de amenazas, Tigelino y sus hombres nos dejaron solos, a Petronio le faltó tiempo para decir:

-Ya ves. Al fin ha habido una declaración formal de guerra. A partir de ahora, los acontecimientos se precipitarán. Ya nada será como antes. Aquí tienes un ejemplo de la suma importancia de las formas en las relaciones humanas. Antes de esta escena yo pensaba de Tigelino lo mismo que le he dicho, y él lo sabía, y él pensaba de mí lo mismo que me ha dicho, y yo lo sabía. Y sin embargo nuestras relaciones eran correctas. A partir de los excesos verbales de hoy, nuestras relaciones ya no podrán ser las mismas.

-Ya lo imagino… Yo me he sentido violentísimo. No sabía si debía salir o no. Y lo que más nervioso me ha puesto ha sido el hecho de que Tigelino ni siquiera haya reparado en mi presencia. Creo que no me ha mirado ni un sólo instante.

-Te equivocas. Precisamente de esa actitud hemos de deducir que sabe perfectamente quién eres y lo que haces en esta casa. Se ha de reconocer que es un sabueso genial. Lo malo es que es el único sabueso, que yo sepa, que pretende tener encadenado a su amo.

-Ha sido todo tan desagradable. Para empezar esa terrible entrada arrastrando al pobre portero de una oreja.

-De pobre, nada. Voy a ordenar que lo vendan al primer mercader que se comprometa a sacarlo de Italia hoy mismo.

-No lo entiendo. ¿Qué esperabas que hiciese?

-¿No lo entiendes? Pues ahora te lo explico. Y fíjate bien cómo a través de un proceso de deducción lógica se puede descubrir una verdad oculta. Primero: ningún esclavo, sea portero, sea mayordomo y tenga las órdenes que tenga se atreve a oponer la menor resistencia a una patrulla de soldados, y menos si van mandados por el mismo Tigelino, y sin embargo ya has oído el estruendo que han armado hasta llegar aquí. Segundo: Tigelino pertenece a esa clase de amos que creen que cualquier contacto físico, o incluso verbal, con los esclavos les contamina; sé con seguridad que es incapaz de tocar a un esclavo con un dedo, y sin embargo los dos hemos visto cómo agarraba la oreja del portero con toda la mano. ¿Qué se deduce de todo esto?

-¿Crees que ha sido…?

-Una comedia. En efecto, ha sido una comedia, un burdo montaje para intentar demostrar que entre el portero y Tigelino no puede existir ninguna relación, para eliminar cualquier sospecha en este sentido por mi parte. Pero al excederse en la dosis de ficción la comedia ha resultado increíble y, además, ha revelado precisamente lo que pretendía ocultar: que hay una relación entre el portero y Tigelino, que el portero no es más que uno de sus numerosos espías a sueldo, que fue él quien le informó de la visita del esclavo de Epícaris y vete a saber de cuántas cosas más.

-Veo que hay que tener mil ojos para sobrevivir en este mundo.

-No lo sabes bien, amigo Lucio, no lo sabes bien.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO V

-He estado pensando en lo que hablamos ayer -dije a Petronio el día siguiente-, eso de que las personas mienten sobre sí mismas, que se engañan y engañan sobre su pasado. ¿A qué crees que obedece esa conducta?

-No lo sé con certeza -respondió Petronio-. Pero lo imagino. Toda persona desea ofrecer una imagen de sí misma lo más favorable posible. Y si en esa tarea se encuentra con dificultades, procura evitarlas. Ocurre como con el aspecto físico: se utilizan cosméticos para ocultar las huellas que el tiempo deja en el cuerpo. Y me parece bien. El triunfo del arte sobre la naturaleza es el triunfo del espíritu humano…siempre que los resultados sean correctos. Porque, si no, la situación no sólo no mejora sino que empeora. De una persona que abusa ostensiblemente de los cosméticos llegamos a pensar que es más vieja y ajada de lo que en realidad es. De la misma manera, de alguien que miente sobre sí mismo con descaro, es decir, sin tacto ni prudencia, llegamos a pensar que no merece ningún crédito ni consideración.

-¿Y por qué crees que todo el mundo desea ofrecer la imagen más favorable posible? ¿Tan importante es el juicio de los demás?

-Excepto para el sabio, es lo más importante. Pero no el juicio precisamente, sino algo más esencial. ¿Cuál crees tú que es la fuerza que mantiene unido el universo?

-No sé…desde el punto de vista de la filosofía platónica, diría que el amor.

-El amor, sí, tanto si recurrimos a Platón como si no. El amor es el motor del universo. Las mutuas atracciones de los astros y de todos los cuerpos han formado este mundo y lo mantienen vivo. Otro asunto es el porqué y el para qué, preguntas que no tienen respuesta, a no ser que también nos engañemos sobre esto. Lo confesemos o no, todos aspiramos a amar y, sobre todo, a ser amados. Sí, queremos ser amados, o por lo menos, apreciados, elogiados, ensalzados, incluso temidos, y somos capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Pero no siempre se consigue. A veces, ni siquiera los amores más próximos y que parecen más obvios. Y entonces las consecuencias pueden ser desastrosas. Piensa que la madre que niega el amor a su hijo está creando un monstruo. Siempre. Yo sé algo de eso.

-¿Piensas en alguien en concreto?

-Sí -respondió Petronio-, y tú también.

Era inevitable. Hacía unos años que las tormentosas relaciones entre Nerón y su madre habían concluido con la muerte de Agripina, ordenada por su propio hijo bajo la acusación de conspiración. Desde entonces, las extravagancias, arbitrariedades y crueldades de Nerón no habían dejado de crecer, al menos en boca del pueblo, que no tenía otra materia de opinión que lo que le llegaba de las altas esferas de la sociedad, círculo exclusivo en que se movía la crueldad del príncipe. Hasta que esa crueldad se hizo patente a los ojos de todos con ocasión de la persecución y castigo de los supuestos incendiarios. Porque es el caso que unos hombres tan odiados y odiosos como los seguidores del judío Cristo habían sido castigados con una crueldad tan gratuita, excesiva y sanguinaria que llegaron a ganarse la compasión de muchos, al mismo tiempo que el bestial castigo despertó en el pueblo el recelo ante la larga mano criminal del tirano, que no se contentaba ya con víctimas senatoriales o ecuestres. ¿Cómo no ver en las palabras de Petronio una alusión a la extraña relación que siempre había existido entre la Agripina insensible, ambiciosa e intrigante y su hijo Nerón, despreciado peón de la ambición materna hasta que con sus propios excesos logró superar los peores excesos de la madre? Pero sabía que no podía hablar de ello. Petronio no me lo permitiría. Buscaba la manera de sortear el escollo, cuando él mismo acudió en mi ayuda:

-Sí, amigo, todos queremos ser amados, pero pocos saben cómo conseguirlo.

-No hay ninguna receta mágica, supongo.

-Mágica no, pero alguna receta sí que hay. Claro está que lo que con ella se obtiene es sólo un sucedáneo del amor, pero en las relaciones sociales funciona de maravilla.

-Te refieres a…

-La amabilidad.

-¿Quieres decir la cortesía, la urbanidad?

-No. He dicho la amabilidad. La cortesía consiste en la aplicación de unas normas comúnmente admitidas para vivir en sociedad. Pero esa aplicación puede ser fría, distante, incluso hostil. O algunas de esas normas pueden ser absurdas. Piensa en la que dictó el César Claudio admitiendo la emisión de ventosidades en sociedad. Es un ejemplo, por reducción al absurdo, de cómo algo aceptado por las reglas de urbanidad puede resultar nada amable.

-¿En qué consiste entonces la amabilidad?

-La amabilidad consiste en tratar a las personas como te gustaría que te tratasen a ti. En este precepto se resumen todos los demás.

-Ya entiendo. Pero me gustaría, si no te importa, que lo desarrollases. En otras palabras: qué he de hacer y qué no he de hacer para ser amable.

-Lo primero es escuchar. Esto es lo fundamental y lo más difícil. Sólo los niños prendados por relatos maravillosos o los mayores encandilados por obra del arte escuchan de verdad. Pero en general no escuchamos, no sabemos escuchar. Mientras el otro habla, pensamos ya en lo que vamos a decir o vagamos con la mente por lejanas regiones. Y esa concentración o esa lejanía se reflejan en la mirada, y el otro sabe que no le escuchamos, que no nos importa. Lo segundo consiste precisamente en otorgar al otro toda la importancia que cree merecer o incluso más, si se trata de alguien que se infravalora, y darle a entender que los asuntos que le importan a nosotros también nos interesan, al menos en cuanto a él le importan. Uno ha de acordarse siempre de hacer alguna pregunta relacionada con el tema que más interesa al otro…

-Perdona, pero esto ¿no puede dar pie a que los pelmazos de que hablabas el otro día aprovechen la ocasión para martirizarnos a placer?

-Naturalmente, pero es que en todo momento hay que mantener el dominio de la situación. Los posibles inconvenientes de la amabilidad y sus antídotos…eso ya sería materia de otra charla.

-Imagino que todo eso es muy adecuado para tratar con personas de igual o superior categoría, pero que con los inferiores no debe de ser tan importante.

-No lo creas. Con los inferiores también, en la debida proporción. Piensa que la amabilidad de que te hablo es más que nada una disposición del ánimo, que ni se puede ni se debe variar a cada instante, y que si con la amabilidad puedes obtener una gracia o un favor de una persona distinguida, con la amabilidad adecuada al caso puedes lograr de un inferior que te haga de buen grado, o sea bien, lo que de otra manera te haría de mala gana, o sea mal. La amabilidad consiste en saber transmitir al otro que él es muy importante para nosotros, que lo valoramos como se merece, que de alguna manera le amamos. Y es esa chispa de amor la que enciende la buena disposición del otro, y puede incluso obrar maravillas.

-Nunca había pensado que las personas fuesen tan…como lo diría…tan influenciables, tan susceptibles de ser conducidas, de ser manipuladas.

-Tan deseosas de ser engañadas, puedes decir -concluyó Petronio-, esa es la palabra. Los hombres quieren ser engañados, sí, quieren, a cualquier precio, que les digan lo que desean oír. Y cuando esto ocurre ni por un instante suelen considerar la posibilidad de que su interlocutor esté fingiendo. Piensa que la adulación es un arma infalible. Sólo el muy sabio puede defenderse de ella.

-Se me ocurre ahora -dije, sin meditar la conveniencia o no de comunicar aquel hallazgo repentino- que el hombre que como tú conoce y domina el arte de la amabilidad o, visto en su aspecto menos noble, de la adulación está en condiciones de dominar el mundo. Nada se le puede resistir.

-No lo creas. No sólo yo conozco ese arte. En ciertos ambientes muchas personas lo conocen tan bien o mejor que yo. Y ocurre entonces que el poderoso al que se pretende influir se ve sometido a la presión de fuerzas contrarias, con el resultado de que su reacción será casi siempre imprevisible.

-Pero si el poderoso al que se pretende influir -dije, adentrándome decididamente por un terreno que sabía prohibido- tiene ante sí un hombre como Petronio, difícilmente podrá seguir otra influencia o consejo.

-Te equivocas -respondió Petronio-. ¿Has oído hablar de Tigelino?

-Naturalmente. Te refieres al jefe de la guardia pretoriana. De él depende la seguridad de Nerón, ¿no es eso?

– Sí, y no sólo la seguridad. Tigelino practica una adulación que yo no sabría nunca practicar. Mi amabilidad, o adulación, va siempre por el lado estético. Si Nerón se cree un gran artista, ¿por qué habría de contradecirle? Después de todo, como cantante no lo hace tan mal. Como poeta ya es otro asunto. ¿Pero crees que vale la pena arriesgar la felicidad del que tutela nuestra felicidad por un supuesto juicio honrado, que a la postre será tan relativo como todo juicio estético? No, por Hércules. Si vieses la expresión del rostro de Nerón cuando se le aclama como al más grande de los artistas, comprenderías que de ese estado de ánimo sólo pueden resultar beneficios para el pueblo. ¿Por qué entonces negarse a algo que ha de ser beneficioso para todos, excepto para sus competidores artísticos, claro está?

No salía de mi asombro. Finalmente Petronio me había admitido en el territorio hasta entonces reservado de sus relaciones con el poder. No cabía de felicidad. No sólo por la curiosidad satisfecha, sino sobre todo porque, a partir de aquél momento, podía considerarme su confidente, es decir, sin lugar a dudas, su amigo. Pero no quería que aquel inicio de confesión se quedase en un simple cabo suelto.

-¿Y qué clase de adulación practica Tigelino? -aventuré, como quien pregunta lo más natural del mundo.

-La más baja que te puedas imaginar. Por un lado, le imbuye la idea de que, como César, es un dios todopoderoso, un dios viviente al que todo le está permitido.

-¿Hasta el crimen?

-Hasta el crimen. Ésa es según Tigelino la característica principal de la divinidad. Pero, por otra parte, no deja de atemorizarle con la supuesta existencia de fantásticos o quizás reales enemigos que se proponen acabar con él, y de intentar demostrarle que sólo él, Ofonio Tigelino, está en condiciones de protegerle de las asechanzas de sus enemigos.

-Pero eso es contradictorio -observé-. ¿Cómo un dios todopoderoso puede vivir continuamente atemorizado por sus supuestos enemigos y, sobre todo, cómo puede depender su seguridad de un simple adulador?

-Todo lo contradictorio que quieras -dijo Petronio-, pero es así. Tigelino halaga la soberbia de Nerón al mismo tiempo que cultiva su miedo. Es su manera de hacerse imprescindible. Como comprenderás, mis armas y las suyas nada tienen que ver. Los campos en que nos movemos son también distintos…Pero un día podemos coincidir, y entonces…

-¿Y entonces?

-Entonces todo habrá acabado.

Fue como si una nube pasase por un instante sobre el rostro de Petronio.

-Pero quién sabe lo que nos reserva el futuro -dijo, iluminado de nuevo el rostro por una sonrisa radiante-. Sólo el presente importa; la lucha de todos los días, la inútil lucha de cada día.

-Quizá sea cosa de tu amabilidad innata -no pude menos que decir ante su cara de felicidad-, pero no deja de sorprenderme esa capacidad tuya de enunciar las sentencias más terribles con la alegría que suele reservarse para las buenas noticias. ¿Crees realmente que es inútil la lucha de cada día?

-La que se dedica a la intriga por el poder, sí. Porque siempre acaba mal.

-La verdad es que no te imagino intrigando por el poder.

-Yo tampoco. Pero a veces la vida te coloca en situaciones que no tienes más remedio que aceptar y sobrellevar, con todas sus consecuencias.

-¿No se puede abandonar?

-No, no se puede. Pregúntaselo a Séneca. Él ha decidido abandonar y en este momento nadie da un as por su vida.

-Disculpa, Petronio, pero imagino que, después de todo lo que me has dicho, no te extrañará que te haga esta pregunta: ¿es realmente Nerón un monstruo?

-En cierto modo sí, pero no es culpa suya. Una persona joven, débil, inmadura, que tiene todo el poder, forzosamente ha de ser un monstruo. Quiero decir que el monstruo no lo ha creado él mismo, sino el sistema.

-¿El sistema?

-Sí, el régimen político inaugurado por Julio César, que permite que todo el poder se concentre en un sólo hombre.

-Pero el mismo Julio no fue un monstruo, ni Octavio Augusto tampoco.

-Eran personas maduras, equilibradas. Pero no se puede cimentar la bondad de un régimen político en algo tan azaroso como el temperamento del soberano de turno.

-¿Debo entender que eres partidario de la antigua república de libertad?

-Cualquier persona razonable lo es. Pero su restauración es ahora mismo imposible. No es ésta una época razonable.

-¿Y no hay ninguna posibilidad de que, cualquier día, un grupo de personas «razonables» unan sus fuerzas para asaltar el poder y restaurar la república?

-No, ninguna. Algunos sí lo creen. Pero se equivocan. De hecho, es el ejército el que tiene el poder, y el ejército quiere siempre una sola cabeza, un sólo jefe a quien poder amedrentar y exigir. De manera que, hoy por hoy, el triunfo de una conspiración sólo significaría la sustitución de un tirano por otro, si es que lograse triunfar, que no lo creo. El tiempo me dará la razón.

-¿El tiempo? ¿Quieres decir que esa conspiración es posible, que existe quizá?

Petronio se llevó el dedo índice a los labios sonrientes:

-Amigo mío… -dijo.

-Sí, ya sé: Horacio.

(CONTINÚA)

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