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Fantasías a la manera de Hoffmann V

La de Silvestre ha sido muy buena, lo reconozco. Pero, todavía no hemos oído una verdadera historia fantástica, de terror. Todo lo que hasta aquí se ha contado puede tener su explicación por la vía de la ciencia. Incluso el primero de los relatos, El espíritu Alfredo, puede entenderse como una fantasía, una ficción literaria obra del narrador que al final se nos aparece. Pero en ninguno de ellos se nos ha aparecido la sombra amenazadora de lo absolutamente siniestro.

CIPRIANO.- Es curioso que seas tú quien habla así, Otomar, el jurista, el abogado metódico, de pensamiento científico-racionalista.

OTOMAR.- Quizá por eso, por que no me gustan las mixtificaciones. Si fabulamos sobre el terror fantástico, hagámoslo a tumba abierta, sin las muletas de coartadas científicas o racionalistas.

TEODORO.- No sé…es una manera de ver las cosas. Por mi parte creo que todo está en la realidad. Porque el mismo hecho de imaginar una historia, por disparatada que sea, es un proceso de la realidad cerebral.

OTOMAR.- No nos vayamos por las ramas, Teodoro, ya sabes lo que quiero decir.

LOTARIO.- Sí, creo que sé lo que quieres decir, si consideramos el asunto desde el punto de vista del público lector.

SILVESTRE.- Un público lector que esté ansioso por consumir terror del bueno, ¿no es eso?

CIPRIANO.- ¿Sabéis qué os digo? Que me alegro que el debate haya venido a parar a este punto. Porque…la historia que pensaba ofreceros creo que responde perfectamente a las inquietudes y al deseo que formulaba Otomar.

OTOMAR.- ¿Quieres decir que es un auténtico relato de fantasía y terror?

CIPRIANO.- Eso lo habréis de decir vosotros cuando yo termine de leer. Empiezo.

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                                                   ISAÍAS Y EL ESPEJO 

LOTARIO. – ¿Puedo hablar?

OTOMAR.- Pregunta estúpida, donde las haya.

LOTARIO.- No, es que como pasa el rato y nadie dice nada, creía que se debía respetar cierto tiempo de silencio.

SILVESTRE.- ¿Por qué no hablas de una vez, Lotario?

LOTARIO.- Lo que quiero decir es que, en mi opinión, se trata realmente de una historia de terror, quizá la historia más de terror que hemos oído hasta ahora. Pero el problema está en el grado.

CIPRIANO.- ¿El grado?

LOTARIO.- Sí, el grado. ¿Qué grado de terror tiene? Y creo también que este problema no tiene una solución sencilla, porque va muy ligado al lector, a cada uno de los lectores.

TEODORO.- Creo adivinar por dónde vas. Pero ¿por qué no nos lo explicas de una manera directamente comprensible?

LOTARIO.- A ver, el autor, Cipriano, a quien por otra parte felicito…

CIPRIANO.- Gracias.

LOTARIO.- …no hay de qué, desarrolla una historia en la que el terror se adivina, pero no se deja ver directamente. Sabemos que el espejo guarda algo horroroso, objetivamente horroroso, como se deduce del informe médico, pero ni se nos muestra ni se nos dice en qué consiste. Ya sé que uno de los elementos que mejor conforman la sustancia del horror es el desconocimiento de su realidad, el miedo más terrible es el que no tiene forma ni nombre, pero, tal como está planteado esto en el relato, se pone de manifiesto el problema a que me refería.

OTOMAR.- ¿Te referías? No sé si te referías. Lo que sé es que aún no has revelado el supuesto problema.

CIPRIANO. Es verdad, Lotario, y comprenderás que, como autor, estoy muy interesado en el tema.

LOTARIO.- Creí que ya había quedado claro. Bien, lo que quería decir es que en este relato, como un poco en todos, la eficacia de la dosis suministrada por el autor dependerá del grado de sensibilidad e imaginación de cada lector.

TEODORO.- Quieres decir que para unos lectores el terror es seguro, claro, tangible, porque son capaces de imaginarse todo el horror que, por las noches, pugna por manifestarse en el espejo, mientras que, para otros, el relato apenas les dirá nada porque no encontrarán en él nada explícito que les conmueva.

LOTARIO.- Eso es lo que quería decir.

OTOMAR.- De acuerdo, pero habría que hacer una precisión. Y es que, en mi opinión, si el efecto de una obra no alcanza a cierto número de lectores, es que el autor no lo hizo todo lo bien que debía. Decir que el relato sólo será eficaz en personas muy imaginativas, es reconocer las limitaciones del autor, incapaz de trasladar al lector “normal” sus intenciones creativas, en este caso, la de despertar una emoción de terror.

CIPRIANO.- Vale, nunca he dicho que yo no tenga limitaciones como autor. Simplemente, lo he hecho lo mejor que he podido.

SILVESTRE.- Lo has hecho muy bien, Cipriano, no te preocupes. Otomar tiene su parte de razón, pero…

TEODORO.- Pero es una razón peligrosa, porque si la aplicamos de una forma incontrolada nos llevará a la situación aquella en que el autor ha de ir hasta donde está el lector y no el lector hasta donde está el autor, que es lo que de verdad enriquece.

OTOMAR.- Cierto, pero de lo que se trata es de hallar una situación de equilibrio. Por decirlo de alguna manera, que autor y lector se encuentren tras hacer cada uno la mitad del camino.

SILVESTRE.- Eso es fácil de decir, pero en la práctica siempre hay una parte que tira más que la otra. A veces se produce ese equilibrio maravilloso y es cuando nos encontramos ante ese raro fenómeno de auténticas obras de arte que a la vez son populares. Como por ejemplo, en Shakespeare, Cervantes, Goethe (el de Werther y la primera parte de Fausto).

LOTARIO.- Y Hoffmann, ¿no?

SILVESTRE.- Bueno…yo creo que el caso del maestro es distinto. En sus obras, autor y lector no se encuentran en la mitad del camino. Más bien creo que el autor va a buscar al lector a su terreno preferido (aventura, fantasía, terror, no olvidemos que estamos en la época romántica y que Hoffmann escribe en parte por necesidad económica), pero que, con su genio indiscutible, lo eleva hasta su propia altura de gigante del arte poético.

TEODORO.- Creo que lo has expresado bien, Silvestre. Hay dos clases de autores que hacen más de la mitad del camino en busca del público lector. El que procura que ese lector se eleve a su propia altura (caso de Hoffmann y, en un terreno muy distinto, de Stefan Zweig y de tantos otros autores al mismo tiempo grandes y populares) y el que se queda al nivel del lector más bajo para halagarle todas sus bajezas.

OTOMAR.- Literatura basura.

TEODORO.- Sí, literatura basura, donde entra la gran mayoría de los bestsellers.

CIPRIANO.- Yo he observado una cosa curiosa: que la literatura que lee la gran mayoría no es literatura…si es que con esta palabra queremos significar algo especial.

LOTARIO.- Quizá siempre ha sido así.

TEODORO.- No, yo creo que no siempre ha sido así. Yo creo que a la situación actual se ha llegado tras un proceso gradual de extensión y, al mismo tiempo, degradación de la cultura. Antes de la invención de la imprenta se necesitaba mucho esfuerzo, mucha “cultura” para poder leer, y ya no digamos para llegar a poder escribir. Los que accedían a esas técnicas maravillosas eran, forzosamente, unos sabios. Con la aparición de la imprenta, la cosa empezó a abaratarse, ya no era tan extraordinario saber leer, ni tan exótico que una persona de no mucha cultura se dedicase a escribir. Con la extensión de la alfabetización y la educación la cosa fue empeorando (desde el punto de vista del que estoy hablando), y ya cualquiera podía leer y casi cualquiera podía escribir, principalmente para toda esa gente que “ya” podía leer. Y en fin, no os tengo que decir lo que ha venido después: con la extensión de la prensa y la aparición de otros medios de comunicación de masas, la lectura y la escritura están hoy al alcance de todo el mundo…con los resultados que están a la vista.

OTOMAR.- Vaya, no te conocía esta faceta tan elitista, o clasista, o antidemocrática.

TEODORO.- Elitista quizá, lo concedo. Pero clasista y antidemocrática, no, en absoluto. Lo que ocurre es que hay una enorme confusión en todo esto, que convendría aclarar. Para empezar, hay que dejar claro que la igualdad no significa que todos seamos iguales, sino que todos hemos de tener iguales oportunidades. Y la democracia no significa que todas las opiniones valgan lo mismo, cosa que contradice la evidencia, sino que en los asuntos públicos, en la administración de las cosas comunes, ha de prevalecer el criterio de la mayoría, siempre controlada por las minorías. Ir más allá supondría, de hecho supone, un empobrecimiento espantoso del espíritu humano.

OTOMAR.- Quieres decir que la democracia no cabe en el arte, por ejemplo.

TEODORO- Ni en el arte, ni en la ciencia, ni en la filosofía, ni en ninguna actividad que requiera formación, sensibilidad y un esfuerzo constante por ensanchar los límites del ser humano. La mayoría tiende a lo fácil y primario, por eso se puede encargar de la «administración de las cosas», porque es una tarea de simple sentido común, aunque a veces no lo parezca. Pero si se le permite que decida en cuestiones de arte, nos conduce directa y rápidamente a la basura.

SILVESTRE.- ¿Queréis qué os diga lo que ahora pienso? Que todo esto que estamos debatiendo en realidad no importa en absoluto.

OTOMAR.- ¿Ah, no?

SILVESTRE.- Para el verdadero creador, quiero decir. Porque el verdadero creador, no el que estudia primero el mercado para ver lo que mejor podrá colocar, sólo tiene en mente un lector: él mismo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que escribe para sí mismo? No, no, eso no se corresponde con la realidad.

SILVESTRE.- Para sí mismo exactamente, no; pero sí escribe lo que a él le gustaría leer. No hay otro modo de ser honrado en literatura. (CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann IV

Primavera de 2008. En el mismo lugar, reunidos los mismos amigos. Pasados los rigores del invierno, en la mesa domina hoy la cerveza sobre el ponche.

TEODORO.- Han pasado tres meses desde la última reunión. Mucho tiempo. Quizá deberíamos intentar vernos más a menudo.

CIPRIANO.- Soy de tu misma opinión.

OTOMAR.- Y yo. Pero es tan difícil que estemos todos disponibles…

LOTARIO.- Y eso que no tenemos grandes obligaciones, que digamos. Imaginaos lo que sería entre personas seriamente ocupadas…

SILVESTRE.- Pues yo creo que está bien que los encuentros sean tan espaciados.

TEODORO.- Vaya con Silvestre. El único que está en desacuerdo… Supongo que tendrás tus razones para pensar así.

SILVESTRE.- Naturalmente y, si las expongo, es posible que lleguéis a estar de acuerdo conmigo. Unas reuniones semanales o quincenales o incluso mensuales no se llevan bien con el objetivo que perseguimos. ¿Cuál es ese objetivo? Narrar historias que nos lleven a reflexionar sobre determinados aspectos del arte y de la vida. Y bajo la advocación de Hoffmann, sí, pero no como sus clones, no lo olvidemos. Y para reflexionar se necesita tiempo, y para escribir historias también. Así que nada mejor, creo yo, que tres largos meses en los que uno pueda meditar sobre lo que ha oído y, si se da el caso y la inspiración, componer una nueva historia que ofrecer a los compañeros.

CIPRIANO.- Ah, claro, fuiste tú, Silvestre, el que te comprometiste a ofrecernos la próxima historia. Y ahora quieres decir…

SILVESTRE.- Que he necesitado todo ese tiempo para escribirla, sí lo confieso. Y que si no fuese porque ha mediado todo ese tiempo quizá no podría ofrecérosla.

TEODORO.- Pues adelante, Silvestre, adelante con tu relato, aunque nada tenga que ver con el mundo del maestro.

SILVESTRE.- ¿Quién dice que nada tiene que ver con el mundo del maestro? Pero una cosa es copiar sus tics y otra muy distinta abandonarse a su espíritu, y os aseguro que esta historia está perfectamente dentro de su espíritu. Se desarrolla en Barcelona.

CIPRIANO.- Estuviste allí, ¿no?

SILVESTRE.- Sí, hace más de veinte años. Para ampliar mis conocimientos de filología románica pasé dos años en la universidad de Barcelona estudiando filología y literatura catalanas.

LOTARIO.- ¿Y qué nos has traído de ahí, después de tanto tiempo?

SILVESTRE.- Una historia digna del maestro… al menos en la intención.

TEODORO.- No nos hagas esperar más, Silvestre, somos todo oídos. [ Clicar AQUÍ]

                                           EL MOSÉN

OTOMAR.- “Y tomándome de la mano me dijo con una extraña sonrisa: soy el caballero Gluck”. Fin.

LOTARIO.- Es evidente. La idea y el desenlace es evidente que tienen mucho que ver con El caballero Gluck, de nuestro Hoffmann.

CIPRIANO.- De acuerdo, pero de eso se trata ¿no?

OTOMAR – No exactamente. Homenajear sí, plagiar no.

TEODORO.- Yo no he visto ningún plagio por ninguna parte. Lo que he visto ha sido un relato muy bien construido, dentro del espíritu del maestro, pero con un carácter muy propio.

SILVESTRE.- Gracias, Teodoro, con lo que acabas de decir tengo bastante. No necesito ningún comentario más.

CIPRIANO. – Tú aguantarás todos los comentarios que hagan falta, como todo el mundo. Y el primero que se me ocurre va precisamente en tu favor, a propósito de lo que se acaba de decir. Y es que yo veo que hay un aspecto fundamental en que tu relato se diferencia del de Hoffmann. Y es que en el relato de Hoffmann se da la impresión de que es el mismo Gluck, muerto décadas atrás, el que se aparece al narrador. Mientras que en el de Silvestre está claro que se trata de un simple loco, que se cree el famoso poeta Verdaguer…

LOTARIO.- Lo cual es mucho menos misterioso, mucho más prosaico que lo que se cuenta en el relato de Hoffmann.

TEODORO.- ¿Menos misterioso? ¿Simple loco? ¿Os he de recordar la tesis del personaje de El espíritu Alfredo?

CIPRIANO.- Que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

TEODORO.- En efecto. O sea que, al menos para mí, es mucho más interesante conocer una persona que se cree Napoleón que conocer a Napoleón mismo, entre otras cosas porque esto es imposible.

OTOMAR.- ¿Y qué hacemos con la fantasía?

TEODORO.- Recurrir a ella debidamente. Hay una fantasía estéril, gratuita, que nada tiene que ver con nuestra tarea. Nuestra fantasía es hermana de la poesía…o quizá es la misma cosa. Y opino que en el relato que nos ha ofrecido Silvestre se da al mismo tiempo un ambiente fantástico y un fondo poético.

SILVESTRE.- Gracias de nuevo, Teodoro. Y yo añadiría algo, si es que como autor puedo opinar…

OTOMAR.- Eso es, por lo menos, dudoso.

CIPRIANO.- Vamos, Silvestre, habla. No seamos tan estrictos.

LOTARIO.- Todo el mundo tiene derecho a opinar sobre una obra; incluso su autor.

SILVESTRE.- Yo añadiría que al aspecto fantástico y poético del relato habría que añadir otro: el científico. Psicológico, para ser más exacto. ¿De dónde le viene al Mosén ese trastorno, que le hace creerse un gran poeta de más de un siglo atrás?

LOTARIO.- Ésa es una buena pregunta, sobre todo para el autor, que será quien mejor la podrá responder.

OTOMAR.- Un momento, un momento. Creo que quedó claro que el autor no tiene el monopolio sobre la interpretación de su obra.

LOTARIO.- Que no tenga el monopolio no significa que no pueda opinar. Adelante, Silvestre, ¿cuál es, según tú, el trasfondo psicológico de la historia, del personaje?

SILVESTRE.- Yo creo que el Mosén es una persona muy sensible, introvertida, con un mundo interior poderoso, pero carente de cauces de expresión. Su enamoramiento juvenil y eterno no tiene la más mínima posibilidad de realizarse, por varias razones: su insuperable timidez, el abismo social que le separa de su amada (dato importantísimo en su juventud y en su país) y también su auténtica vocación religiosa. Así que ese enamoramiento se sublima automáticamente en impulso poético…

OTOMAR.- ¿Psicoanálisis? Cuidado, no nos oiga el doctor Kusev…

LOTARIO.- Silvestre, ¿me dejas que continúe yo? Ahora lo veo todo muy claro.

SILVESTRE.- Por supuesto.

LOTARIO.- Sí, su libido reprimida se sublima en actividad artística, poética. Pero resulta que tampoco por ahí puede dar salida a su energía, porque sus facultades son escasas y los resultados decepcionantes. Y entonces…enloquece. Es decir, con algunos datos de su propio mundo – lugar de nacimiento, sacerdocio, tendencia poética – se crea una nueva personalidad robada de un poeta famoso con el que coincide en esos datos. El Mosén es una persona que aspira a la excelencia, pero carece de medios, tanto materiales como intelectuales. Y entonces se apropia de la personalidad del que sí alcanzó un alto grado de excelencia, aunque también sufriera el inclemente acoso del poder y la riqueza, lo que permite a nuestro hombre sentirse aún más identificado con él.

SILVESTRE.- Muy bien. Yo no lo hubiese dicho mejor.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann III

OTOMAR.- Nunca he oído hablar del doctor…ése.

TEODORO.- Natural, nadie ha oído hablar, porque todavía no ha salido a la luz.

CIPRIANO.- Creo adivinar que nuestro fabulista número uno nos va a sorprender con otro producto genial de su imaginación.

TEODORO.- Aciertas, Cipriano, si le quitas lo de genial. Esto que os voy a leer no sólo viene a cuento de lo que hablábamos, sino que se ajusta como es debido al espíritu de nuestro patrón.

SILVESTRE. – ¡Hoffmann!

TEODORO.- Sí. No hemos de olvidar que, si hemos renacido aquí y ahora, ha sido para rendir homenaje a nuestro viejo amigo. Quiero decir que nuestros relatos no se deberían apartar mucho de su espíritu, y creo que éste que os voy a leer se acomoda a él mucho mejor que los anteriores.

LOTARIO.- Empieza ya, y la asamblea juzgará.

TEODORO. – Leo, pues. [ Clicar AQUÍ ]

                        LA MÁQUINA DEL DOCTOR KUSEV

TEODORO.- Bien…¿algún comentario?

CIPRIANO.- Lo primero que se me ocurre es que, contrariamente a lo que anunciaste, no me parece que este relato se adecue mucho al espíritu de nuestro patrón.

TEODORO.- ¿Crees de verdad que no es digno de Hoffmann? Me gustaría saber por qué.

LOTARIO.- Yo también creo que, en un aspecto esencial, se aleja del espíritu del maestro.

TEODORO.- A ver, vosotros, Silvestre, Otomar, estoy esperando vuestros ataques.

SILVESTRE.- A mí me ha parecido un buen relato, quizá algo seco en la expresión.

OTOMAR.- No creo que sea el estilo el principal elemento que lo aleja de Hoffmann, si bien hay que reconocer que el del maestro era más florido, sin pasarse, y más jugoso. Lo que le hace inconfundible con un relato hoffmanniano es algo mucho más esencial, y quizá coincida en esto con Cipriano y Lotario.

TEODORO.- No demoréis más la sentencia, por favor. Esto es inhumano…

OTOMAR.- Bien, lo que yo veo es que aquí, en tu relato no hay un misterio ambiguo y poco o nada aclarado, como en las obras del maestro, sino más bien la ilustración de determinada teoría.

LOTARIO.- Has formulado exactamente lo que yo pensaba, Otomar.

CIPRIANO.- Sí, más o menos es ésa también mi opinión. La literatura es arte, y el arte no pretende demostrar nada, ¿no es eso?, sólo mostrar, y de manera tan…”artística” que conmueva profundamente al lector. En cambio, tú, Teodoro, con esta historia parece que pretendes demostrar no sé qué teoría sobre la mente humana.

TEODORO.- Eres muy duro, Cipriano, pero en parte te equivocas. Yo no pretendo demostrar nada en esta historia; yo “muestro” la personalidad obsesiva de un científico, el cual, como personaje, sí que pretende “demostrar” algo… Esto no es malo, supongo.

CIPRIANO.- Bien, reconozco que tu razonamiento es correcto. Pero tú debes reconocer que, de todos modos…se te ve el plumero.

TEODORO.- De acuerdo, es verdad, hace tiempo que estoy no sé si decir obsesionado con la idea, y quería colocarla como fuese. Y la idea es ésta: si, como todos los psicólogos admiten, la memoria es selectiva, en el sentido de que, en una persona sana, sólo recoge lo que es útil para su salud y bienestar, ¿qué ocurriría si no fuese selectiva? El relato que os he leído es la respuesta.

OTOMAR.- Bien, al fin ha confesado. Había una idea detrás, una ideología, un mensaje.

SILVESTRE.- Si me permitís, yo diría que los que estáis cargados de ideas, mensajes y normas sois vosotros. Para mí lo que importa es el resultado, ¡qué más da que se pretenda demostrar determinada teoría! ¿Quién ha dicho que eso está prohibido? Bien, es cierto que no es ése el estilo de Hoffmann, pero ¿a santo de qué no puede ser el de cualquier escritor? Ya sé, ya sé que estamos aquí para homenajear al maestro, pero pienso que no deberíamos ser tan estrechos hasta el punto de intentar parodiarle. ¡Que cada cual se exprese a su manera!

TEODORO.- Has hablado muy bien, Silvestre, pero eso no me consuela de haber sido condenado por la mayoría de la congregación.

LOTARIO.- ¿Pero qué dices?

OTOMAR. – Aquí nadie condena a nadie.

CIPRIANO.- Aquí, lo único que falta es un poco de aquel delicioso ponche…

SILVESTRE.- Estupenda idea. Bebamos, y luego volvamos a casa, que se ha hecho muy tarde.

TEODORO.- Silvestre, en la próxima reunión queremos oirte.

SILVESTRE.- Quizá. Hace tiempo que me ronda una historia…

(CONTINÚA)

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Fantasías a la manera de Hoffmann II

LOTARIO.- Es un relato normalito. Creo que no tan sorprendente como el tuyo, Teodoro. En él he querido reflejar una experiencia que en algunas ocasiones casi he tenido la sensación de vivir, pero que el protagonista de mi historia vive de pleno. Va relacionado con la espera, con el hecho de estar esperando a alguien.

CIPRIANO.- Se ha dicho que el que espera, a quien sea y para lo que sea, es como si estuviese enamorado.

OTOMAR.- Cierto. Y también es verdad que el que está enamorado es como si siempre estuviera esperando.

LOTARIO.- Sois muy agudos, porque…por ahí va la cosa. Empiezo. [ Clicar AQUÍ ]

                                  EL QUE ESPERA

OTOMAR.- Perdona, Lotario, pero eso ¿qué es? ¿Pura fantasía? ¿o un pretendido caso clínico real? Lo digo porque, como fantasía, por absurdo que parezca, vale, pero como realidad, tengo mis dudas. Sí, tengo serias dudas de que un caso como ese pueda darse. ¿Crees de verdad que una persona pueda inventarse un pasado inexistente y asumirlo como absolutamente cierto?

CIPRIANO.- Eso es lo de menos. No os tendré yo que recordar que, desde el punto de vista del arte, no importa lo posible, sino lo verosímil, y verosímil no en relación con la realidad exterior, sino en relación a las coordenadas del propio objeto artístico, del relato en este caso.

OTOMAR.- Pues más a mi favor, porque en este caso en el relato se advierte una voluntad de realismo total que de pronto se rompe con una especie de truco, como esos relatos o películas en que resulta que todo era un sueño. ¿No es esto tomar el pelo al lector?

SILVESTRE.- Pues a mí me ha parecido una pieza bastante lograda, quizá con alguna indecisión en el estilo. Por cierto, la actitud de la extraña pareja ésa, Chema y Chimo, me recuerda algo. ¿Te has inspirado en algún modelo concreto?

LOTARIO.- A mí también me recordaba algo mientras lo escribía, pero ni quise ni he querido averiguarlo. Creo que la cosa va por Kafka: una pareja de personajillos estúpidos e incordiantes, que en otro lugar de su obra son dos pelotitas no menos estúpidas que van botando de un lado a otro.

SILVESTRE.- ¿Pero qué fue lo que te motivó a escribir una historia como ésa? Antes has dicho que habías tenido experiencias parecidas a la del relato.

LOTARIO.- Experiencias no, imaginaciones. Me ha ocurrido alguna vez que, mientras esperaba más rato del previsible a una persona que me importaba mucho, de pronto pensaba ¿y si esa persona no viniese nunca? ¿Y si esa persona en realidad no existiese? ¿Y si toda la historia de mi relación con ella ha sido pura invención patológica mía? Pero ya digo, todo esto como pura imaginación, como motivo literario, diría. En definitiva, que lo que ahora he hecho es aprovechar el tema que se me ha ocurrido en diferentes tiempos de espera a lo largo de mi vida.

OTOMAR.- Muy bien, pero importe o no para el objeto artístico, o sea, para el cuento de Lotario, tenemos pendiente la cuestión de si el caso narrado puede darse o no en la realidad. ¿Es posible que una memoria falseada, o mejor, inventada, se mantenga durante mucho tiempo con pleno convencimiento del sujeto? Creo que aquí tendríamos que dar la palabra a Teodoro, su interés por todo lo relacionado con la mente humana y su amistad con ciertos psicólogos y psiquiatras de prestigio le convierten en la persona más indicada para ilustrarnos sobre el tema.

TEODORO.- Observo cierta sorna en tus palabras, Otomar, no sé si dirigida a mí o a “los psicólogos y psiquiatras de prestigio”. Por mi parte, no sé si os puedo “ilustrar” con más cosas de las que ya sabéis. Los falsos recuerdos son realidades científicamente comprobadas. A veces, se forman espontáneamente a partir de la deformación de un recuerdo correcto, pero también pueden ser inducidos, creados por otras personas desde el exterior. Por ejemplo, en un tratamiento psicoanalítico, una paciente fue inducida a crearse el falso recuerdo de repetidos abusos y violaciones por parte de su padre. Cuando se demostró la falsedad del recuerdo (la paciente, de veintidós años, era virgen), el psicoanalista fue demandado y condenado. Pero yo creo que en la formación de falsos recuerdos es más decisiva la autosugestión que la sugestión externa. Ahí tenemos los relatos de abducidos por extraterrestres: es un ejemplo claro de cómo uno puede montarse una historia y luego creérsela.

CIPRIANO.- Eso suponiendo que los extraterrestres no se dediquen realmente a abducir a las personas. Aunque, ahora que lo pienso, no hay nada que suponer, ¡es pura realidad! Nosotros mismos fuimos abducidos en Berlín en 1819 y depositados aquí en 2008.

SILVESTRE.- ¿Por qué no guardas tus bromas para otro rato, Cipriano? ¿Por qué no dejamos que Teodoro nos siga ilustrando sobre los misterios de la mente y la memoria?

TEODORO.- Bueno, hasta ahora me he referido a falsos recuerdos de momentos o escenas concretas, aunque a veces puedan ser un poco largas, como en las abducciones. Pero lo que plantea el relato de Lotario es otra cosa: es una vida o parte de una vida inventada, que sustituye a la real, que no gusta. El protagonista del cuento ha vivido dos años y pico de una vida paralela a la real. Pero me habría gustado que el narrador nos hubiese dado algún dato más: toda esa vida falsa ¿se la inventa el protagonista en el momento de la espera? ¿inmediatamente antes de ese momento? ¿o quizá mucho antes?

LOTARIO.- Ah… no sé…tú mismo.

CIPRIANO.- ¡Genial! Como buen creador, Lotario no está por la labor de decir más cosas de las que dice su obra. Ésa es tarea de críticos y lectores.

SILVESTRE.- Insisto en que dejemos hablar a Teodoro, por favor.

TEODORO. – No creas, Silvestre, no tengo gran cosa que añadir. Sólo quería apuntar que esos casos de paramnesia prolongada, de larga invención de una vida paralela inexistente, creo que sólo pueden darse en personas psicóticas, a diferencia del típico falso recuerdo, que cualquier persona de las llamadas normales puede experimentar.

SILVESTRE.- ¿Como nosotros mismos?

TEODORO.- Sí, claro, como nosotros mismos. Es más, tengo para mí que la mayoría de nuestros recuerdos son falsos o, al menos falseados, modificados.

OTOMAR.- ¿En que te basas para afirmar eso?

TEODORO. En el caso del doctor Kusev.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann I

Invierno de 2008. Un viejo café de la vieja Europa. Reunidos: Teodoro, escritor y músico; Lotario, poeta, autor de libretos de ópera; Cipriano, científico naturalista y escritor; Otomar, abogado, y Silvestre, escritor, autor de comedias.

TEODORO.- Estaréis de acuerdo en que el invento ha funcionado. Aquí estamos los cinco, casi doscientos años después, con toda nuestra personalidad intacta y con la conciencia añadida de todo lo ocurrido a la humanidad en estos dos siglos.

OTOMAR.- Sí, parece un milagro. Yo mismo, que siempre he sido contrario a cualquier atentado contra el pensamiento científico, no tengo más remedio que reconocerlo. Claro que aquí hay trampa. Y bastante evidente.

CIPRIANO.- No nos corresponde a nosotros determinar si aquí hay trampa y en qué consiste. Eso es de competencia exclusiva del lector…

OTOMAR.- Tienes razón, porque el lector es en realidad coautor, o copropietario, del texto que lee. Y debemos respetar sus derechos.

LOTARIO.- Ya que no puedes dejar de hablar como el abogado que eres, dinos Otomar, ¿cuáles son esos derechos del lector?

OTOMAR.- El primero de todo, la presunción de inteligencia. En un texto, no se le debe ir explicando los intríngulis del montaje, ni la intención, a veces oculta, del autor. Un texto literario no debe ser al mismo tiempo su comentario y su crítica…

CIPRIANO.- ¿Estás seguro de esto último, Otomar? ¿Te das cuenta de lo que nosotros intentamos cometer en este momento?

OTOMAR.- Sí, y por eso lo he dicho, porque pienso que podemos estar lesionando uno de los derechos del lector.

TEODORO.- No estoy de acuerdo, Otomar. Es verdad que se han de respetar los derechos del lector, pero yo no creo que con nuestra actitud los estemos “lesionando”, como tú dices. Al contrario, creo que damos una versión nueva, una perspectiva inédita de cómo se puede llevar acabo el acto narrativo.

SILVESTRE.- ¿Nueva? ¿Inédita? ¿Olvidas que es lo mismo que hacíamos hace doscientos años?

TEODORO. No, no es lo mismo. Nunca es lo mismo. Nosotros podemos ser los mismos, aunque en el fondo sabemos que no lo somos, pero el lector es por completo diferente. Piensa que el lector de entonces había recién salido de las guerras napoleónicas y que en Europa se trataba de edificar un orden nuevo, y que a través de innumerables guerras y cambios se vino a parar a la situación actual, tan distinta de aquella como diferentes son los lectores de hoy de los de aquella época.

LOTARIO.- Bueno, no nos desviemos. Quedamos en que la presunción de inteligencia es uno de los derechos del lector. ¿Cuáles son los otros, si es que hay más?

OTOMAR.- Sí, hay varios, pero todos se resumen en ése. Está, por ejemplo, el derecho del lector a que no se le tome el pelo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que hemos de desterrar la burla, el juego irónico, cuando parezca que el destinatario es el lector?

SILVESTRE. – Yo creo que lo que quiere decir es que no se ha de pretender engañar al lector prometiéndole una cosa y dándole otra.

OTOMAR.- Más o menos. Y también está el derecho a ser sorprendido.

LOTARIO.- O sea, que un relato no sea previsible, ni en las palabras ni en las acciones, sino que sorprenda al lector como la vida nos sorprende continuamente.

TEODORO.- ¿Estás seguro de que la vida nos sorprende? Yo diría que la vida es bastante previsible. Es en el arte donde se fabrican las sorpresas.

CIPRIANO.- Me extraña que digas eso, Teodoro, precisamente tú. La vida siempre nos sorprende. Siempre que uno se halla ante una disyuntiva que imagina inevitable (o será A o será B, se dice, no hay más alternativa), resulta que sí, que la hay, y es que lo más fácil es que sea Z.

OTOMAR.- Bueno, recopilemos los derechos del lector o, visto desde el otro lado, los deberes del autor: respetarás la presunción de inteligencia, no intentarás tomar el pelo, no caerás en lo previsible. ¿Alguno más?

TEODORO.- Creo que de momento ya vale. Quizá más adelante surja otro.

OTOMAR.- Entonces no tendremos más remedio que incorporarlo a nuestro código.

TEODORO.- Así se hará. Yo os quiero proponer ahora un relato. Me gustaría saber si es de vuestro agrado y, también, si respeta nuestro código del lector, teniendo en cuenta que lo escribí antes de que lo promulgásemos.

OTOMAR.- Creo que no tienes que preocuparte, Teodoro. El derecho va siempre por detrás de la vida. Y unas normas como ésas las tiene todo artista en su interior sin necesidad de que se formulen expresamente.

TEODORO.- Gracias, Otomar. Con vuestro permiso, empiezo.  [clicar AQUÍ ]

                               EL ESPÍRITU ALFREDO

LOTARIO.- Creo que el silencio que ha seguido a tu relato, y que yo me permito romper, ha sido muy expresivo.

TEODORO.- Sí, pero ¿cuál ha sido el motivo, la razón de ese silencio?

CIPRIANO.- La sorpresa, no hay duda. Nadie podía esperar ese desenlace, que presta a la historia una estructura circular, infinita.

SILVESTRE.- Sí, como algo situado entre dos espejos, que se reproduce infinitamente. Muy original.

OTOMAR.- No tan original. La idea puede sorprender, aplicada cuando no se espera. Pero no es nueva.

LOTARIO.- No hay nada nuevo, por supuesto, todo está inventado…tecnologías aparte. ¿Pero se te ocurre algún ejemplo de relato de estructura circular infinita como éste?

OTOMAR.- Sí, enseguida me ha venido a la memoria un cuento de Cortázar: Continuidad de los parques.

TEODORO.- Lo recuerdo, pero no es lo mismo. Permíteme que, como autor, defienda la originalidad de mi relato, al menos, frente al de Cortázar. En Continuidad de los parques un hombre está leyendo en un libro que otro hombre empuña un cuchillo y va en busca de su víctima; el que tiene el cuchillo llega finalmente hasta el que lee el libro, que es precisamente su víctima. Aquí hay, es cierto, una estructura circular (lector-asesino-lector), pero no infinita: con el asesinato, se cierra el círculo y la historia. En cambio, en mi relato la historia nunca se cierra. El narrador cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual aparece un hombre que resulta ser el narrador que cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual aparece un hombre que resulta ser el narrador que cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual…¿Os dais cuenta?

LOTARIO.- De todos modos, ése es un efecto que, como todo efecto, es básicamente “tecnológico”. Lo interesante está, o podría estar, creo yo, en el contenido, en esa voluntad de desentrañar el misterio de nuestra existencia desde lo más inmediato.

CIPRIANO.- O sea, que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

SILVESTRE.- A mí, lo que especialmente me ha encantado, Teodoro, es esa sensación de extrañeza del espíritu Alfredo al verse huésped forzoso del cuerpo humano. Y es que esa extrañeza la tenemos todos, sin necesidad de ser espíritus puros. Y no sólo la de estar encerrados en un cuerpo, sino la de la propia identidad, la de ser algo o alguien concreto no se sabe por qué razón. Esta extrañeza es la que expresa admirablemente García Lorca en sus versos

entre los juncos y la baja tarde

qué raro que me llame Federico.

TEODORO.- Bueno, yo ya he puesto mi grano de arena. Seguro que alguien de vosotros tiene preparado algo más. Lotario, claro, que ya pone sus papeles sobre la mesa.

(CONTINÚA)

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Doppelgänger

Fue una noche de verano de 1960. Leónidas había abandonado la pista – el baile seguía animado aunque la claridad del día ya asomaba por oriente – y se había retirado a una zona tranquila. Se sentó en uno de los dos pequeños bancos que, casi enfrentados, cerraban en ángulo aquella parte del jardín. Estaba cansado, y se sentía vacío. Iba a cumplir veinte años y aún no veía la manera de que sus sueños se encarrilasen… ¿Sus sueños? ¿Sabía de verdad cuáles eran?

La fiesta, pese a la gran animación, le había dejado un sabor amargo. María no estaba ahí, y ninguna de las que estaban significaba nada para él. Y si fallaba esto, fallaba todo. Los pocos amigos con quienes podía hablar seguían atrapados por la música, el alcohol y un ansia de felicidad inmediata e inconcreta, como él mismo en tantas ocasiones.

Pero aquella noche no, aquella noche había en el ambiente, y sobre todo en sus nervios, algo especial, algo extraño que no sabría expresar, un oscuro presentimiento. Tonterías, pensó. En todo caso, lo mejor sería acabar la noche con dignidad. Eso es, encendería un cigarrillo y se iría a casa caminando lentamente cara al amanecer.

Iba a levantarse cuando tuvo un sobresalto. En el otro banco había una persona. Ni estaba cuando él había llegado, ni la había visto llegar. Claro que, absorto en sus ensoñaciones, quizás no se había dado cuenta… Era un joven de su misma edad, sin duda, pero la escasa luz no permitía ver los rasgos de su rostro. Apenas había hecho el gesto de levantarse, cuando el joven habló.

-¿Ya te vas? No ha sido divertido, ¿verdad?

Al moverse levemente para hablar, la escasa luz iluminó algunos rasgos de su rostro. No, no lo conocía. Pero le resultaba un tipo familiar.

– No, nada divertido. ¿Y para ti?… No nos hemos visto antes, ¿verdad? ¿Veraneas aquí?

-Sí, claro. Y he de decir que esto es muy aburrido, y además una pérdida de tiempo.

– Es verdad, pero ¿qué quieres? Estamos en vacaciones ¿no? Y a nuestra edad, todavía se puede perder un poco el tiempo alegremente ¿no te parece?

– No. La gente que ha de ser alguien en la vida no pierde nunca el tiempo, y menos de esta manera tan estúpida. Aprovechan el verano. Estudian, viajan, trabajan, y siempre con la vista puesta en el porvenir.

– Sí, los conozco. Pero, la verdad, no sé si vale la pena. Quiero decir que no sé si compensa…

– ¿Qué vale la pena para ti?

– Llegar a ser lo que sueño ser.

Leónidas esperaba otra pregunta, que no llegaba. Decidió preguntar él.

– ¿Sueles venir por aquí?

– Sí, como tú.

– Es raro que no te haya visto antes.

– No, lo raro es que me veas ahora.

Leonidas se estremeció. Un frío intenso le llegó al corazón. Respiró profundamente, y decidió levantarse de una vez y marcharse: aquello iba adquiriendo el aire inconfundible de un sueño inquietante.

– No me has dicho cuál es tu sueño – dijo entonces el desconocido.

– ¿No lo sabes? – contestó secamente Leónidas –. Quiero ser el hombre más grande que nunca ha existido, el genio absoluto de las letras, de la poesía exactamente. ¿Qué te parece? Aunque a veces me inclino por la política y pienso que seré el gran líder de este siglo, el que llevará a cabo la revolución definitiva que salvará para siempre a la humanidad de la miseria y el caos.

– No está mal, es ambicioso. Y eso se consigue pasando el verano en la más completa vagancia…No sé, no lo veo claro.

– ¿Sabes qué te digo? Que no me importa si lo ves claro u oscuro. No sé quién eres ni por qué he de responder a tus preguntas. Me voy.

– Adiós, Leo. Nos volveremos a ver.

La vida de Leónidas avanzó deprisa, como suele suceder en todas las vidas, sobre todo en aquellas en que se espera realizar algo importante que, por determinados motivos, hay que aplazar continuamente. El padre de María, su esposa desde los veinticinco años, le ofreció un espléndido futuro de prosperidad y tranquilidad económica. Él sólo tenía que acabar las dos carreras que estudiaba y luego, muy bien colocado, ya se podría dedicar a lo que en realidad le importaba. Y acabó las dos carreras y se casó y tuvo hijos y estuvo bien colocado.

De vez en cuando pensaba en lo suyo y se decía: ahora, cuando esto se solucione, me pondré a escribir en serio. Porque, no se sabe si en serio o en broma, pero es el caso que a veces escribía. En la política ya no pensaba. Había comprendido que nadie puede ser justo y entero – como él creía que había que ser – si se dedica a la acción política. Pero en la poesía sí, en el arte de escribir, el único capaz de descifrar los misterios esenciales del ser humano, en eso sí que creía, con los ojos cerrados. Sólo que…no tenía tiempo. Hoy mismo, se dijo, tengo que revisar todos los informes de mis subordinados y enviar mis conclusiones a la central. Son las cinco y solo estoy a la mitad, habré de quedarme aquí hasta las once, por lo menos.

A las once Leónidas continuaba trabajando en su despacho. Seguro que estoy solo en toda la planta, pensó, quizá en todo el edificio. De pronto le vino, nítido, el recuerdo de una noche de verano en que se había apartado de la multitud para entregarse a sus ensoñaciones. Y entonces alguien llamó a la puerta. Seguridad, pensó.

– Adelante.

Se oyó el discreto ruido de la puerta de madera noble que se abría.

– No voy a estar mucho rato – dijo, sin levantar la vista de la mesa – ¿Va todo bien?

– ¿Tú qué crees?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo. ¡Aquella voz! Miró y, debido a la penumbra del despacho y a la claridad del exterior, sólo pudo ver la silueta de un hombre recortada en el vano de la puerta. El hombre se acercó unos pasos. Se hizo más visible. Sería de su edad. Pero los rasgos del rostro permanecían, confusos, en la penumbra.

– ¿Qué quieres? – preguntó Leónidas, y por un instante pensó que aquello no le iba a responder, que se fundiría en la sombra como hijo de su imaginación que era.

– Ya lo sabes – contestó el hombre…pues sin duda lo era -. He venido a pasar cuentas, a examinar la situación.

Sí, lo sabía. O al menos recordaba el breve encuentro con un joven desconocido cierta madrugada de verano de hacía veinticinco años.

-¿Dónde está la juventud? – preguntó el hombre.

– Bueno, la juventud pasa, como todo en la vida. Ahora estamos en otro momento.

– ¿Y los sueños?

– Los sueños sueños son, y perdona. De todos modos, no he renunciado a lo esencial.

– Ah, ¿no? ¿Y en qué se nota?

– Nunca he dejado de escribir, y pronto, con la ayuda de María…

– María te va a dejar.

– ¿Cómo dices?

– Lo sabes muy bien. No pretendas engañarte. María no te soporta, no encuentra en ti nada del joven que le cautivó en su adolescencia. Piensa que te has traicionado, que la has traicionado y que has convertido la convivencia, la familia, en una triste rutina sin sentido.

– Pero eso es… injusto. Fue ella quien me empujó a aceptar la oferta de su padre, con todo lo que implicaba.

– Sí, pero esperaba que no aceptases, esperaba que fueses capaz de levantar el vuelo por tus propios medios.

– Pero yo…¿cómo iba a saber? Entonces, ella me engañó, ha sido ella quien me ha estado engañando…

– Es inútil, Leo, no busques razones fuera. Tú eres el único responsable… Y bien, ¿qué piensas hacer ahora?

-No sé… resistir, supongo. Recuperaré a María, desandaré el camino y volveré al punto…En cuanto acabe…

-En cuanto acabes, ¿qué? ¿El trabajo de esta noche? ¿El de los próximos veinte años? No te engañes, Leo, y piensa que no siempre me podrás ver. No juegues con el tiempo.

Aquella noche Leónidas no pudo dormir. A la mañana siguiente se lo contó todo a María, el encuentro de hacía veinticinco años y el de la pasada noche (sólo omitió el triste anuncio). Ella le escuchó con actitud atenta y comprensiva. Cuando él dejó de hablar, dijo.

– Trabajas demasiado, Leo. Ya lo decía papá, que no sabes delegar. Delega, hombre. Tómate un descanso. Piensa que…

– María, ¿me quieres?

– ¿A qué viene eso ahora? Claro que te quiero, ¿Y tú a mí?

– ¿Yo? María, tú eres lo más grande, lo más bello, lo más auténtico que me ha dado la vida. ¿No me dejarás, verdad?

– Dejarte, qué ocurrencia… Bueno, si no te portas bien…

Y su franca sonrisa fue sellada por los labios de Leónidas. Y mientras se besaban apasionadamente, él sintió que otra vez tenía veinte años.

Al principio fue difícil, pero poco a poco Leónidas aprendió a delegar responsabilidades. Trabajaba menos, escribía más y observaba a María con una atención casi paranoica. Y después de muchos meses de observar llegó a la conclusión de que el visitante nocturno estaba equivocado, que a María no le había pasado por la cabeza abandonarle, que todo iba razonablemente bien. A medida que estas ideas se consolidaban en su ánimo, iba cobrando mayor confianza en sí mismo, y en su futuro.

Aún era joven, habría tiempo para todo, de momento tenía que corregir el desorden que el abandono parcial de sus tareas había introducido en la empresa. Y poco a poco, sin apenas darse cuenta, trabajaba más y escribía menos. La que sí se daba cuenta era María, que veía cómo su marido se convertía de nuevo en una máquina de hacer cosas, aparentemente sin alma. Y empezó a mandarle mensajes, cada vez más explícitos, pero él no los recibía, pues se había quedado anclado en la seguridad obtenida de sus ya antiguas indagaciones.

Meses antes de cumplir los sesenta y cinco, Leónidas pensó que el acontecimiento requeriría algo especial. Y cuando María sacó a relucir el tema, cayó en la cuenta de que, como siempre, ella ya lo habría previsto todo.

– Sí, cariño, sesenta y cinco, nada más y nada menos. Sabía que no te olvidarías.

– Supongo que te retirarás.

– ¿Cómo? ¿De trabajar, quieres decir?

– Sí, claro, la gente suele hacerlo a esa edad.

– Pero ¿qué gente? ¿De qué me hablas, María? ¿Me tomas por un vulgar chupatintas? Yo tengo responsabilidades.

– ¿De verdad no piensas jubilarte?

– De verdad. De momento no. Tengo mucha vida por delante, hay tiempo para todo

– Pues entonces…a lo mejor… me retiro yo.

– ¿Qué quieres decir? Ya te jubilaste hace un año, y recuerda que en contra de mi opinión.

– No he hablado de jubilación, sino de retirarme, de irme, de desaparecer.

Leónidas palideció. No podía ser, no podía ser que precisamente en ese momento se cumpliese la triste predicción.

– María, no lo dices en serio. No serías capaz de hacerme esto, ¿verdad?

– ¿Has pensado alguna vez en lo que has sido capaz de hacerme tú?

– Pero…yo creía que eras feliz conmigo… que éramos felices…

– Creías…tú sólo te miras a ti mismo. ¿Has pensado en lo que yo creía, en cómo me sentía? Sólo piensas en ti, Leo, en tu trabajo, en tus fantasías… los demás no existimos para ti…

Bien, ya vale. Los que tenemos cierta edad conocemos bien este tipo de discusiones. Y no todas acaban mal, por cierto. La de nuestra pareja sí, como si estuviese escrito. María se fue a vivir con una de sus hijas. Y Leónidas se encontró solo ante la estupidez absoluta de su trabajo. El mismo día de su cumpleaños decidió dejarlo. Repartió parte de sus bienes, que no eran pocos, entre María y sus hijos, se quedó lo suficiente para vivir modestamente el resto de la vida y alquiló un pequeño estudio en el centro de la ciudad. La primera noche que estuvo ahí, solo, rodeado de sus libros y papeles … llamaron a la puerta.

– Pasa, está abierto. Esperaba tu visita.

El hombre entró, y esta vez lo pudo ver bien. Y no se sorprendió al comprobar que su rostro, su figura, su porte, eran los de él mismo. Casi completamente calvo, delgado, algo encorvado. Era como si la imagen que solía ver en el espejo se moviese por su propia cuenta. Le ofreció asiento.

– No me hiciste caso, Leo – dijo el hombre – y ya ves.

– Sí, tienes razón. Pero era muy difícil, reconócelo. ¿Quién es capaz de seguir al pie de la letra los sueños de la juventud?

-Tú pudiste hacerlo, sólo con un poco de voluntad, de energía, de determinación. Pero enseguida te dejaste llevar por lo más fácil. Te vendiste por un plato de lentejas, y además de mala calidad.

– Pero mira – y con un amplia gesto de la mano, Leónidas le mostró el estudio lleno de libros y papeles -, aún hay tiempo. Y ahora va en serio.

– No es lo mismo que a los veinte años, pero…quién sabe. Si tienes fe…

– Absoluta.

– ¿Piensas en algo concreto?

– Voy a escribir una obra que nos ilumine definitivamente sobre la miseria y el misterio de nuestra condición.

– No está mal. Siempre tan ambicioso… y espero que no sea sólo de boquilla, como aquella vez, ¿recuerdas? Me voy. Y piensa que no tendremos otra oportunidad para hablarnos. Escúchame bien, Leo, la próxima vez no habrá palabras. En cuanto me veas llegar, vendrás a mi lado, y juntos nos iremos para siempre.

Leónidas se estremeció. Cerró los ojos y se vio en el jardín lleno de música de la noche de verano. Si pudiera volver, pensó. Cuando abrió de nuevo los ojos, el visitante no estaba.

La soledad tiene estas cosas, se dijo, alucinaciones, visiones, fantasías. Bueno, todo se puede aprovechar.

Y alcanzó el mazo de folios y empezó a escribir.

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TOLSTOY. Arte y conciencia I

Hace tiempo que vengo observando que, salvo escasas excepciones, el artista verdadero no da gran importancia a su arte, ni a las cualidades personales que lo hacen posible.

De Shakespeare, puede sospecharse esto con sobrado fundamento, aunque no se encuentre ninguna declaración suya al respecto. De Goethe, basta con recordar aquella frase en que expresa que lo importante es la actividad (“da lo mismo contar lentejas que guisantes”, más o menos), no el objeto en que se aplica. Hoffmann tenía su producción literaria por algo subsidiario, alimenticio. Anton Chejov consideraba la medicina como su esposa legal y la literatura como su amante (sin que esto implicase una jerarquía en ningún sentido, supongo). Y sospecho que la lista puede ser larga. Gente que no otorga importancia a sus cualidades creativas porque no ha tenido que adquirirlas. Como el rico de nacimiento.

Tolstoy, además de rico de nacimiento y aristócrata emparentado con la familia imperial, andaba sobrado de facultades creativas innatas (quien no crea en esta posibilidad es que no se ha aproximado de verdad a ninguno de los grandes artistas), como empezó a demostrar a los 24 años escribiendo Infancia, y no dejó de hacerlo hasta la última de sus grandes obras de ficción (Resurrección), a los setenta cumplidos; toda una larga carrera de escritor, jalonada de cimas soberbias (Guerra y paz, Ana Karenina, Sonata a Kreutzer, La muerte de Iván Ilich…).

Yo creo que es en Guerra y paz donde de modo más lúcido, brillante e ingenuo (que no quiere decir no elaborado) da rienda suelta a toda su fuerza creadora. La novela consiste en un inmenso tapiz narrativo (con caracterización de unos quinientos personajes), acerca de las vivencias de unos cuantos hombres y mujeres durante el período que se inicia en 1805 y, con eje central en la invasión napoleónica de Rusia, se prolonga hasta 1814.

En Ana Karenina, centrada en la psicología de una mujer y en el ambiente de la alta sociedad rusa, la fuerza creativa es la misma, pero parece que la ingenuidad artística se va perdiendo: ahí está el personaje Levin, trasunto del mismo autor, con sus dilemas existenciales y morales.

¿Qué ha pasado?

Me divertía mirar la existencia en el espejito del arte, pero cuando empecé a buscar el sentido de la vida, cuando sentí la necesidad de vivir mi propia existencia, ese espejito se volvió inútil, superfluo, ridículo, penoso.

Esto ha pasado: que un gran creador, en vez de limitarse a mirar y recrear el mundo, ha dirigido la vista a su interior y ¡oh, sorpresa! ha encontrado más guerra que paz.

No había cumplido los cincuenta años, tenía una buena esposa que le amaba y a la que amaba, unos buenos hijos; su nombre era célebre (acababa de publicar Ana Karenina) y su salud robusta, cuando de repente descubrió, sintió, que la vida era un absurdo, “mi vida era una broma estúpida y malévola que alguien me estaba gastando”.

Y en su lucha por recuperar el sentido, bordeando en ocasiones el suicidio, abjuró de la gente de su clase, dirigió la mirada al pueblo sencillo y a través de él, de su fe, de su confianza innata en la vida, dio con la luz que despejaba todas las tinieblas: Dios, el Dios de la infancia. “Dios es aquello sin lo que no se puede vivir”.

Pero no alcanzó la paz (solo algunos ingenuos o inexpertos en estas cuestiones creen que la conversión a una fe religiosa proporciona de inmediato la tranquilidad). En su obra Confesión (1882) Tolstoy da cuenta detallada del itinerario que le llevó desde la angustia de la nada hasta una fe apenas compartida con nadie.

Desde joven, cuando corazón y visión no estaban obnubilados por las fuertes pasiones que solían agitarlo, le conmovía la tremenda injusticia de que millones de personas arrastrasen una vida paupérrima trabajando para que unos cuantos privilegiados – los de su clase – vivieran con todos los lujos. Pero no fue hasta 1882, pocos años después de su “conversión”, cuando, de repente, la conmoción lo sacudió de forma insoportable.

Aquel año pasaba el invierno en Moscú y quiso colaborar en el censo de población que se estaba elaborando. En el campo, en su residencia habitual, había conocido a infinidad de pobres. Pero aquello que ahora veía era nuevo para él: los miserables de la gran ciudad. Seres perdidos, aniquilados, despojados de las cualidades que hacen de los humildes campesinos depositarios de las virtudes básicas de la humanidad.

Conoció el inframundo de Moscú, habló con muchos de sus habitantes, estuvo en una especie de dormitorio público donde algunos pasaban las gélidas noches amontonados. Y estalló. “Gritaba, lloraba”, cuenta un amigo, “no se puede vivir así – decía entre sollozos – . ¡Esto no puede ser! ¡No puede ser!”.

Esta radicalización de la conciencia social fue paralela al proceso de depuración de la conciencia religiosa. Su fe en Dios se fue desprendiendo de todo el aparato con que, desde la infancia, se le había presentado. Cayeron los dogmas y la teología, y el alborozo con que la Iglesia ortodoxa había recibido la «conversión» del famoso escritor se convirtió en franca hostilidad que culminó con la excomunión en 1901.

Y es que Tolstoy nunca renuncia a la razón; y así, su cristianismo, finalmente depurado, no le exige creer en la divinidad de Jesús ni en la santísima Trinidad; solo en el Dios de amor que anima la naturaleza y exige que todos los seres humanos vivan la compasión universal para salvar el mundo. A su antiguo interés por la educación de los campesinos pobres, se añade una preocupación obsesiva por la emancipación de todos los oprimidos. Tolstoy se convierte en un revolucionario, pero no en un revolucionario al estilo de Marx o de Lenin, sino al modo de aquellos visionarios de la Edad Media que esperaban la llegada del Espíritu Santo, que había de regenerar a la humanidad.

Ya apenas escribe ficción, solo ensayos y consejos morales, que se extienden por el mundo y prenden a veces en almas similares, como en el joven Gandhi. Pero sabe que su ejemplo no es correcto, que su posición es equívoca – rico hablando de pobreza – y siente que ha de dar un paso más.

La esposa y los hijos mayores advierten su «desvarío» con enorme preocupación. (continúa)

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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EDGAR ALLAN POE. La vorágine y el método I

Existe-t-il donc une Providence diabolique qui prépare le malheur dès le berceau, — qui jette avec préméditation des natures spirituelles et angéliques dans des milieux hostiles, comme des martyrs dans les cirques? Y a-t-il donc des âmes sacrées, vouées à l’autel, condamnées à marcher à la mort et à la gloire à travers leurs propres ruines?

En 1856 aparece una versión francesa de varios relatos de Edgar Allan Poe. En la introducción el traductor se pregunta si acaso existe una Providencia diabólica que arroja a naturalezas espirituales y angélicas a marchar hacia la muerte y hacia la gloria a través de sus propias ruinas. El que así se interroga es Charles Baudelaire traductor y presentador del escritor norteamericano y uno de los primeros que, en Francia y en el mundo, captó su originalidad y grandeza, que con el tiempo serían universalmente reconocidas.

La pregunta es pertinente si se piensa en la biografía de Poe, en su sensibilidad extrema y en la obra que nos dejó, hecha de impulsos nerviosos, de visiones fantásticas y de símbolos indescifrables; y en su mismo final, digno de algunos personajes de sus relatos, que se transforman o se pierden para siempre, arrastrados por una vorágine irresistible.

La vorágine que arrastró a Poe al fondo de no se sabe qué lo dejó moribundo en una calle de Baltimore un día de octubre de 1849.

Después de todo, cosas así es lo que se suele esperar de un poeta romántico. Y Poe era un poeta, y le tocó vivir la época romántica, si bien en un país, los Estados Unidos, joven y emprendedor, poco dado a los devaneos metafísicos. Pero Poe, como siempre ocurre con los grandes, no respondía adecuadamente al tópico.

Para empezar, escandaliza a los defensores de lo románticamente correcto negando la función de la inspiración en la creación de la obra así como la existencia del genio. En sus breves y poco conocidos escritos críticos sobre la creación literaria, expone sus teorías siempre unidas a la práctica de las propias creaciones.

En Método de composición (Philosophy of Composition), publicado en 1846, y Principio poético (Poetical Principle), escrito en 1848 y publicado después de su muerte en 1850, expone que los elementos esenciales de toda composición poética (aplicables también a los relatos) son la extensión, que no ha de ser muy larga, de manera que permita la lectura en una sola sesión; el efecto que se quiere producir, que se ha de tener muy claro desde el principio, y el método, que ha de ser lógico, analítico, en ningún caso abandonado a la espontaneidad. Afirma, por ejemplo, que en la escritura de un relato se ha de partir del desenlace, para ir llegando hasta él de una manera concatenada, causal y necesaria. Y además, niega que un poema tenga otra finalidad que el mismo poema, y en especial que pueda tener una intención moral o ejemplar, pues considera que la mayor herejía que se puede cometer en una obra de arte es la del didactismo.

Proposiciones que, exceptuando quizá la última, forzosamente habían de escandalizar a los románticos formales. El mismo Baudelaire, muy de vuelta de los tópicos y excesos del movimiento, intenta poner las cosas en su sitio en unas líneas que no me resisto a reproducir:

Tenía en verdad un gran genio y más inspiración que cualquier otro, si por inspiración se entiende la energía, el entusiasmo intelectual y la facultad de mantener en alerta las facultades

¿Se declaraba, por una vanidad extraña y divertida, mucho menos inspirado de lo que era en realidad? ¿Minimizaba la facultad natural que había en él para dar una parte mayor a la voluntad? Me siento bastante inclinado a creerlo.

La obra de Poe se compone de poemas, unos sesenta relatos breves y uno más extenso, que puede considerase como novela; además de los ensayos críticos antes mencionados y de algún otro. Empezó por la poesía y de hecho nunca la abandonó. Él se sentía poeta por encima de todo y creía que la poesía era el arte supremo. Y sin embargo, alcanzó el triunfo (es una manera de decir) sobre todo por sus relatos.

Necesidades económicas le empujaron en la nueva dirección: a diferencia de la poesía, que apenas tenía salida, las revistas literarias de la costa Este de Estados Unidos (el resto de la actual geografía del país apenas existía) codiciaban y se disputaban a los buenos cuentistas. He aquí el caso de una vocación muy clara, reconducida por las circunstancias a otro terreno, que resulta ser también muy fecundo. Cosa del genio, tal vez, eso en lo que decía Poe que no creía

El hecho no es nuevo. Tenemos el caso de Hoffmann (en cierto modo antecesor de Poe) a quien, considerándose músico por encima de todo, la necesidad económica empuja a la narrativa, campo en el que triunfa plenamente. 

Entre los poemas de Poe hay dos que alcanzaron tanta popularidad como sus mejores relatos: Annabel Lee y, sobre todo, El Cuervo (The Raven). Ambos destacan tanto por el tono melancólico y mórbido como por la musicalidad, aspecto en el que hay que notar, en El Cuervo, la tétrica insistencia del estribillo formado por una sola palabra: Nevermore  (Nunca más). Adelantada a su tiempo, la poesía de Poe había de alcanzar un mayor reconocimiento por parte de los simbolistas y modernistas de décadas después.

Toda la obra narrativa de Poe está impregnada de ciertas características entre las que unas predominan sobre otras según el efecto a conseguir en el relato en cuestión: lo extraordinario, es decir, lo no habitual o aparentemente increíble, nadie como él ha narrado tan magistralmente las excepciones de la naturaleza humana; el poder de atracción de la lectura, como si nos atrapase un torbellino del que no pudiéramos escapar; la gravedad del asunto, que desde el primer momento se impone, aunque no se sepa de qué va a ir; la intriga, basada por lo general en las deducciones del narrador, de una lógica sorprendente, casi paranoica (ejemplos, El doble crimen de la calle Morgue y El escarabajo de oro); y, en algunas, un simbolismo hermético que quizá ni el mismo autor nos podría descifrar (Manuscrito encontrado en una botella y Las aventuras de Arthur Gordon Pym).

Para dar una idea llana y directa: puedo afirmar con seguridad que los que no han leído los relatos de Poe se han perdido una de las experiencias más vigorosas, diría que de naturaleza física, que puede proporcionar la literatura de cualquier tiempo y país. Pero… no hay que preocuparse,

 

¡aún estáis a tiempo! ……….

 

(continúa)

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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Necesidad de la literatura. Hoffmann. ¿Solo escribir? (A.E.P.16)

ALTER.- ¿Es necesaria la literatura?

EGO.- Esa es una pregunta tan brutal que forzosamente ha de conducir a una respuesta falsa.

ALTER.- ¿Brutal?

EGO.- Sí, tosca, primaria. La pregunta me ha recordado a cierta persona, muy respetable por cierto, un hombre que, partiendo de la nada, había alcanzado una posición económica relativamente acomodada. Cuando veía a sus hijos adolescentes entregarse a la lectura, se ponía nervioso. «Libros, novelas, tonterías. Ahí no aprenderéis la realidad de la vida. Ya veréis, ya, si yo falto«. Para hombres como él la literatura no sólo no es necesaria, sino que puede resultar perjudicial. Y de hecho lo es, en el sentido de que puede favorecer la evasión ante los problemas inmediatos, ante «la realidad de la vida».

ALTER.- Bendita evasión, comparada con otras, ¿no?

EGO.- Sí, pero su carácter de medio de evasión es sólo uno de sus aspectos. Porque en otro nivel, bastante más elevado, resulta evidente que la literatura, el arte, no sólo no es evasión, sino que apunta a la profundización del ser humano.

ALTER.- Profundización que también sería inútil, para el hombre de tu anécdota.

EGO.- Inútil para la lucha por la vida, seguro. Pero muy útil para adquirir conciencia de uno mismo y del mundo.

ALTER.- Y sin embargo, la mayoría de los seres humanos pasa por la vida sin probar la literatura ni el arte en general.

EGO.- La mayoría de los seres humanos pasa por la vida sin poder dedicarse a otra cosa que a mantenerse vivos. Prueba evidente de que aún estamos en la prehistoria de la humanidad.

ALTER.- Una prehistoria que quizá no se continúe en ninguna historia.

EGO.- Está por ver. Aunque no seremos nosotros quienes lo veamosni siquiera tú.

ALTER.- Gracias. Concluyendo, que para ti la literatura, más que necesaria, es útil para los que tienen el pan asegurado.

EGO.- Y también necesaria, para ir avanzando a contracorriente de los rígidos esquemas mentales que toda sociedad impone.

ALTER.- Para crecer por dentro, como dicen los manuales de autoayuda.

EGO.- Pero sobre todo es necesaria para los que no pueden pasar sin ella.

ALTER.- Que, en una sociedad sana, habrían de ser todos, ¿no crees?

EGO.- No sé. Quizá en una sociedad sana, utópicamente perfecta, no haría falta ninguna clase de arte. Sobre todo si se considera el arte como la respuesta a una carencia, a un vacío que de alguna manera hay que llenar.

ALTER.- Pero, según eso, el hombre sin problemas, sin frustraciones, no necesitaría del arte para nada. Qué quieres que te diga, me parece una visión meramente negativa del asunto.

EGO.- Y lo es. Pero hay otras.

ALTER.- Por ejemplo

EGO.- La que quierasSiempre hay otra visión, otra manera de considerar las cosas.

ALTER.- Ego, ¿por qué en vez de divagar sin rumbo, no nos centramos en un autor? ¿Por qué no intentamos centrarnos en el tema literario?

EGO.- ¿Por qué no? Pero da tú la entrada. ¿Qué es lo último que has leído?

ALTER.- Los elixires del Diablo, de Hoffmann.

EGO.- Enhorabuena. Creí que ibas a mencionar la última novedad de la literatura contemporánea. Te felicito por la elección. Hoffmann es un autor mucho más importante de lo que pueden imaginar los que sólo han leído algunos de sus relatos cortos.

ALTER.- Es una novela apasionante. La complejidad de la trama, el ritmo de la intriga, generalmente in crescendo, y sobre todo ese juego de duplicidad del monje protagonista te provoca una sensación casi de vértigo. De hecho, la he leído dos veces seguidas. Sobre todo porque en la primera lectura no me quedó bastante claro el entramado de los personajes. Pero lo curioso es que, en la segunda lectura, he vuelto a tener la misma sensación de vértigo.

EGO.- Sí, en Los elixires Hoffmann empieza a darle a la manivela del torbellino del yo. Su gran hallazgo, fundamental para la historia de la literatura, es la figura del doble, el Doppelgänger, ese ser fantasmal, construido como proyección autónoma del individuo real, que se convertirá en uno de los motivos típicos del romanticismo. Con lo cual, y según autorizados estudiosos, se inicia el proceso de fragmentación del yo.

ALTER.- Yo creo que pocos autores producen una impresión tan directa, tan física como Hoffmann.

EGO.- Soy de tu opinión. Si clasificamos a los escritores por la clase de objetivos que alcanzan con su arte, y estoy hablando en términos balísticos, podríamos decir que unos dan preferentemente en la inteligencia (Musil), otros en el sentido estético (Mann), otros en el ético (Hesse), otros en el sentimental (Dickens), pero la clase de objetivo que alcanza Hoffmann con su arte es difícil de nombrar. Yo diría que se trata de ese punto neurálgico del ser humano donde cohabitan la luz y las sombras, la vigilia y el sueño, la calma y el estremecimiento, la claridad y el delirioel mismo punto donde nace la música.

ALTER.- ¿La música?

EGO.- La música, sí. Piensa que, para Hoffmann, la música es el arte esencial, es su arte. Desde el principio tuvo la convicción de que había nacido para músico. Durante un tiempo pudo ejercer como director de orquesta en una pequeña ciudad alemana y llegó a componer una ópera y creo que alguna sinfonía. La influencia familiar le había empujado a estudiar leyes, pero, para ganarse la vida en ciertas épocas de inactividad forzosa, se dedicó a escribir relatos. Escribía con gran facilidad y con un derroche de imaginación nada corriente. Pero su pasión fue siempre la música. En homenaje a Mozart, cambió su tercer nombre de pila por Amadeus, y en algunas de sus obras aparece un personaje concebido como el alterego de él mismo (una especie de Doppelgänger positivo): el músico Kreisler.

ALTER.- Es curioso eso de las vocaciones falsas, ¿no? A veces, uno cree que ha nacido para una cosa, y se empeña en mantenerlo a pesar de que los hechos van demostrando que en realidad sirve para otra muy distinta.

EGO.- Sí, ocurre a veces. Lo importante es darse cuenta a tiempo. Pero en todo caso, más pronto o más tarde, la fuerza del destino acaba imponiéndose. Aunque el de Hoffmann es un caso muy especial, pues yo no considero que estuviese equivocado cuando se sentía músico por encima de todo, porque en realidad lo era, y la naturaleza de su literatura lo corrobora. Lo que ocurrió fue que, a base de escribir, finalmente quedó patente que aquello que su genio pugnaba por dar al mundo se manifestaba más fácil y naturalmente a través de la escritura.

ALTER.- Es curiosa esa variedad de actividades: músico, escritor, jurista…

EGO.- Curiosa, pero no rara. Suele darse. Yo diría que lo raro, al menos desde una perspectiva histórica, es lo contrario: el escritor que sólo se dedica a escribir. En la antigüedad podríamos encontrar algunos casos, como Virgilio, Ovidio, Catulo, pero la mayoría compaginaban la literatura con otras actividades más bien delicadas. Piensa en Cicerón, César, Séneca y tantos otros. Naturalmente que entonces, y hasta bastante después de la invención de la imprenta, no se podía vivir de la literatura, como no fuese gracias al favor de algún príncipe o mecenas.

ALTER.- ¿Y ahora se puede?

EGO.- Tampoco…como no sea gracias al favor de las masas debidamente conducidas.

ALTER.- Pero hay excepciones.

EGO.- Claro que hay excepciones. Desde Goethe – que, por cierto, no sólo vivía de la literatura, aunque hubiese podido- hasta García Márquez. A veces se produce el milagro de que el verdadero talento conecta directamente con el gran público. ¿Cómo? No lo sé. Sólo sé que es algo realmente excepcional, y que es importante no confundirlo con el caso del escritor para «masas conducidas».

ALTER.- ¿Y tú crees que siempre es fácil distinguirlos?

EGO.- Para el que tiene criterio, sí. Para el que no está seguro de su criterio literario, no tanto. Pero hay un sistema infalible: que deje pasar, si puede, cincuenta o cien años y todo quedará perfectamente claro. El tiempo no sólo es el devorador de las cosas, tempus edax rerum, como escribió Ovidio, sino también el gran depurador o seleccionador de las obras humanas.

ALTER.- Pero dejando el aspecto histórico y centrándonos en el actual y práctico, tú crees que es bueno para el escritor mantener otro oficio o actividad, ¿o es mejor que se dedique exclusivamente a la literatura?

EGO.- No me atrevería a dar una receta universal. Primero de todo hay que tener en cuenta que, en la mayoría de los casos, dedicarse a otra actividad es necesario para subsistir, ya que, como hemos visto, no se puede vivir de la literatura mas que en las raras circunstancias que hemos mencionado. En cuanto al hecho en sí, yo creo que es bueno para el escritor tener alguna otra actividad u oficio.

ALTER.- Pero eso le distrae de su arte.

EGO.- Dudoso. Lo que sí es cierto es que eso le liga más con la vida. Y el arte, por autónomo o exquisito que sea, no ha de perder su contacto con la vida. A la larga, no hay nada tan angustioso como quedar reducido entre los límites de una sola actividad, por exquisita que sea. No puedes estar escribiendo todo el tiempo, y si lo haces, y no has perdido el buen criterio en tan absurdo empeño, te verás obligado a desechar montañas de hojarasca.

(De Alter, Ego y el plan)

Sin que se conozcan las razones, un día de abril de 2004 estos diálogos quedaron interrumpidos en este punto. No se espera que haya continuación. O quizá sí.

Sí hubo continuación

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Hoffmann, el espanto y la música II

En Bamberg, la realidad no es tan bella como se anunciaba. El trabajo tiene poco que ver con su vocación. Pero las nuevas amistades serán providenciales : Carl Friedrich Kunz, negociante de vinos y editor, decisivo para el nuevo rumbo hoffmaniano, el doctor Marcus y su tio el doctor Speyer, que avivan e ilustran el interés de Hoffmann por los misterios y patologías de la mente.

Y Julia Mark, niña de trece años, de quien nuestro músico se enamora como un loco. Durante el día le da clases de música y canto, como a otras hijas de las familias principales, y mantiene, en lo posible, largas conversaciones con ella. Por la noche, la obsesión llena de garabatos su diario íntimo, y de frases como gritos, algunas escritas con caracteres griegos para evitar los celos de la esposa. El idilio – unidireccional, pues ella no se entera de nada hasta el estallido final – dura hasta aquel día de tres años después en que se presenta el pretendiente oficial de la joven. Hoffmann reacciona como un demente, protagoniza una escena deplorable y se despide de Bamberg. Pero siempre conservará a Julia. En el corazón y en las notas cifradas del diario secreto. La sombra de la amada también estará presente en algunos de sus relatos.

Y mientras sigue persiguiendo la gloria musical, además de reseñas de conciertos empieza a escribir relatos que enseguida publica Kunz y alcanzan el favor inmediato del público: El caballero Gluck, el primero, al que sigue un volumen de cuentos fantásticos (Fantasías a la manera de Callot), prologados nada menos que por Jean-Paul.

Pero él es músico – insiste – y aquellas historias son puro entretenimiento para sacar a pasear a sus fantasmas y para allegarse ingresos que por otro lado no llegan. Y como músico, pasa dos años entre Dresde y Leipzig, componiendo, dirigiendo y estrenando cuando puede y sufriendo los desastres de la guerra, que le alcanzan de pleno en Dresde, donde en mayo de 1813 presencia la llegada de Napoleón. Precisamente en esta ciudad y mientras silban las granadas a su alrededor concibe y escribe una de sus obras más brillantes y originales: El caldero de oro, donde realidad y fantasía se combinan con la misma naturalidad que las personalidades de algunos de sus personajes, como Lindhorst, archivero y salamandra al mismo tiempo.

En 1814 consigue establecerse en Berlín, donde la vida empieza a adquirir los vivos colores con que siempre la había soñado. Pero con otros matices. Resulta que ya se ha convertido en un célebre… escritor. Conoce a los grandes hombres de letras del momento: Tieck, Fouqué, Chamiso, Contessa, Brentano; participa en todas las tertulias y visita asiduamente ciertas tabernas donde también se encuentra con actores y otros personajes de la bohemia, y bebe, bebe mucho. Mucho vino y mucho ponche. Nunca cerveza, pues Hoffmann pertenece al selecto círculo de alemanes odiadores de la cerveza (como, por los mismos años, Schopenhauer). Escribe sin parar. Y además, reingresa en la judicatura y desempeña su trabajo de manera más que correcta. Magistrado de día, músico de noche. Archivero y salamandra.

Las tertulias que mantiene con los amigos le sugieren una nueva forma de presentar sus cuentos. Varios de ellos, agrupados bajo el título Los hermanos de Serapión, aparecen narrados y comentados por unos tertulianos ficticios cuyos nombres encubren a los de sus amigos. El contenido de los diálogos es de lo más sustancioso y, sin embargo, hasta hace relativamente poco los editores en español los han ignorado.

La cumbre de su carrera musical – no tan alta como él había soñado – se sitúa en agosto de 1816 con el estreno de la ópera Ondina, sobre un cuento de la Motte-Fouqué, con libreto de este mismo.

                https://www.youtube.com/watch?v=iz8ZwPOjkFU

En cuanto a la carrera jurídica, otra contrariedad se produce hacia el final de su vida. De nuevo la lealtad, pero no solo al estado prusiano sino a la propia conciencia, lo enfrenta esta vez a los que quieren convertirlo en un simple peón de la lucha del poder contra los “demagogos”, como son llamados los que se oponen a la política reaccionaria implantada por la Santa Alianza. Hasta que su mayor enemigo, el jefe de policía Kamptz, ridiculizado como el personaje Knarrpanti del relato Maese Pulga, consigue que se la abra un expediente… que la muerte se encargará de cerrar.

Consumido por las enfermedades, ósea, hepática y otras, pasa los últimos días escribiendo o dictando sin descanso, visitado por los amigos y contemplando la vida desde la ventana de su casa del centro de Berlín tal como lo explica en La ventana de mi primo, uno de sus últimos relatos.

La mañana del 25 de junio de 1822, su mujer, la siempre fiel Mischa, le oye decir estas palabras: “También hay que pensar en Dios” (Man muss doch auch an Gott denken). Poco después muere.

Y yo me pregunto: ¿puede alguien ser a la vez músico excelente, escritor fascinante, pintor, caricaturista chispeante y jurista honrado y competente, además de bebedor impenitente? Y me respondo: sí, pero solo si se llama Ernst Theodor Wilhelm (o Amadeus) Hoffmann y ha nacido en Königsberg en 1776.

 

           https://www.youtube.com/watch?v=zak283twYgc

(De Los libros de mi vida)

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