De senectute (sabiduría clásica VIII)


O sea, Sobre la vejez. He pensado que, para dar una idea de cómo las mentes más lúcidas de la antigua Roma encaraban el hecho de la vejez, nada mejor que ofrecer una breve selección de frases de la obra de Cicerón 
Cato MaiorDe senectute (Catón el Viejo. Sobre la Vejez).

De senectute se desarrolla en forma de un diálogo imaginado entre dos personajes famosos de la época (hacia el 150 a.C.), Escipión Emiliano y Cayo Lelio, por una parte, y Catón, llamado el Viejo, por otra, bisabuelo del Catón contemporáneo de Cicerón. Los dos primeros, más bien jóvenes, interrogan al anciano Catón sobre cómo soporta tan admirablemente la vejez. Catón contesta con una serie de reflexiones, ejemplos y consejos, de los cuales va a continuación una pequeña muestra.

La traducción corresponde a Eduardo Valentí Fiol.

…la vejez. Todos desean alcanzarla y, al tenerla, la vilipendian.

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Muchas veces, en efecto, he presenciado las lamentaciones de gente de mi edad.[…] Mas la culpa de todas estas lamentaciones radica en el carácter, no en la edad. Pues los ancianos que son morigerados, que no son ni agrios ni impertinentes, llevan una vejez soportable; mientras que la acritud de carácter y la grosería son pesadas en cualquier edad.

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Pero la memoria se debilita. Lo creo, si no la ejercitas o si eres tardo de natural.

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Hay que resistir a la vejez, Escipión y Lelio, poner cuidado en compensar sus defectos, luchar con ella como con una enfermedad, tener cuenta de la salud, usar de ejercicios módicos, tomar el alimento suficiente para rehacer las fuerzas sin agobiarlas. Y no hemos de limitarnos a cuidar del cuerpo, sino mucho más de la inteligencia y del espíritu; pues estos también, como la lámpara a la que no se echa aceite, se extinguen por efecto de la vejez. Además, un exceso de ejercicio fatiga y vuelve pesado el cuerpo; el espíritu, en cambio, ejercitándose se hace más ágil.

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… estos ancianos crédulos, desmemoriados, negligentes, defectos que no son peculiares de la vejez, sino de una vejez inactiva, indolente y soñolienta.

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Pues la vejez es honorable a condición de que se defienda a sí misma, mantenga sus derechos, no se haga sierva de nadie, conserve hasta el último aliento el dominio sobre los suyos.

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dedico también mucho tiempo a la literatura griega, y para ejercitar mi memoria, observo la costumbre pitagórica de recapitular por la noche todo lo que durante el día he dicho, hecho u oído.

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Pero el cosquilleo, por decirlo así, del deleite no es tan vivo en los ancianos. Lo creo, pero el deseo es también menos vivo, y no es molesta la privación de lo que no se echa de menos.

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La corona de la vejez es la autoridad.

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Tiene la vejez, especialmente la adornada con honores públicos, tan grande autoridad, que ella sola vale más que todos los placeres de la juventud.

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Ni canas ni arrugas pueden conferir repentinamente autoridad: antes bien, la vida anterior pasada honorablemente recoge la autoridad como un último fruto.

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Pero, dicen, los viejo son de mal humor, inquietos, irascibles y difíciles de carácter. Si bien lo miramos, hasta avaros; pero estos son defectos del carácter, no de la vejez. Y con todo, el malhumor y los defectos que he dicho tienen excusa en cierto modo, no justificada, por cierto, pero que parece poder aceptarse: se creen despreciados, desdeñados, burlados; además, en un cuerpo frágil todo tropiezo es molesto. Sin embargo, todos estos defectos los dulcifican las buenas costumbres y la educación. […] Así como no todos los vinos se agrían con los años, tampoco todos los caracteres.

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Cuanto más me acerco a la muerte, mejor me parece divisar, por así decir, la tierra y el puerto al que tras larga travesía me toca por fin llegar.

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Aquel breve resto de vida que les queda ni han de apetecerlo los ancianos ni han de renunciar a él sin motivo; y Pitágoras prohibe que sin permiso del general, o sea de dios, nadie abandone la guardia y el puesto de la vida.

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Hay unos deseos extremos de la vejez; por tanto, así como mueren los afanes de las anteriores edades, mueren igualmente los de la vejez; y cuando esto sucede, la saciedad de la vida trae consigo el tiempo maduro para la muerte.

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Y el hecho de que cuanto más sabio es uno mayor es su serenidad al morir, cuanto más necio mayor su desesperación, ¿no os parece que es porque aquella alma de vista más clara y de mayor alcance ve que parte para un estado mejor, mientras aquella otra, de mirada menos penetrante, no lo ve?

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No me gusta a mí quejarme de la vida, como a menudo hicieron muchos varones y doctos por cierto, ni me arrepiento de haber vivido, puesto que viví de modo que puedo pensar que no nací en vano, y salgo de esta vida como de un albergue, no de una casa. Pues la naturaleza nos dio una posada para parar, no para habitarla.

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Que si yerro al creer que las almas humanas son inmortales, gustosamente yerro, y no quiero que me arranquen, mientras viva, este error en el que me complazco; ahora, si después de muerto no he de sentir nada, como piensan ciertos filósofos insignificantes, no temo que los filósofos difuntos se burlen de este error mío. Que si no hemos de ser inmortales, es con todo deseable que el hombre se extinga a su debido tiempo; pues la naturaleza ha puesto un límite a la vida, como a todas las demás cosas. Y la vejez es en la vida como la escena final de un drama, del cual hemos de evitar el cansancio, sobre todo cuando ya estamos saciados.

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