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Extrañeza

Entre los juncos y la baja tarde,
¡qué raro que me llame Federico!

 

Aún no tengo veinte años. Estoy en una fiesta de jóvenes, más bien tranquila y burguesa. La gente habla, ríe, bebe, baila. Yo también, a ratos. Descanso. Me siento en una silla solitaria. Contemplo el espectáculo.garcía lorca 2 De pronto, una sensación desconocida hasta entonces se apodera de mí. ¿Qué es todo esto? ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué hacemos todos? ¿Qué significa todo eso que gira a mi alrededor? ¿Qué es el mundo? ¿Quién me ha metido en él? ¿Por qué? ¿Para qué? No sé quién soy, qué soy. No entiendo nada.

Esta sensación, acompañada de las mismas o similares reflexiones, la he experimentado con frecuencia a lo largo de la vida, pero no con la intensidad de aquella ocasión. Por eso es imborrable. Y hablo de sensación física, no de discurso mental. Porque una cosa es meditar sobre los enigmas de la existencia y otra muy distinta sentirlos en el estómago y en los nervios. Quiero decir que no es lo mismo describir el fuego que quemarse.

perro schopenDice el Filósofo que el sentimiento de extrañeza ante el mundo y la vida es requisito imprescindible para empezar a filosofar. También, creo yo, para crear poesía. Que nadie que no lo haya experimentado pretenda llamarse filósofo o poeta. Cierto que igual podrá publicar extensos tratados filosóficos (con la poesía es más difícil), pero eso es otra historia.

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El destino es una línea recta (refundido)

images (29)El destino es una línea recta, oculta a veces por falsas línea curvas. Se ha escrito tanto y de tantas maneras sobre el destino de los individuos (si existe, si no existe, si es el nombre que damos a esto o a lo otro) que me da vértigo solo pensar si habría de introducir ahora una larga nota aclaratoria sobre lo que para mí significa el destino. Así, que no la voy a introducir. Y del mismo discurso se desprenderá, o no, lo que quizá debería de aclarar ahora.

Por una parte, están los testimonios de la gente de la calle. Y llamo “de la calle”, sin intención alguna peyorativa, a los mortales todavía vivos cuyos nombres no figuran en ninguna enciclopedia. La opinión de estos, sobre todo si se autodenominan liberales, es que el destino no existe. “Mi destino me la hago yo”, dicen.

Bravo, bonita sentencia. Y verdadera, si nos vamos al plano metafísico. Pero, comoquiera que éste queda muy alejado y resulta muy complicada su exploración, la consideraremos en el plano empírico, que es en el que, sin duda, se mueve su autor. Y en este nivel, la sentencia resulta absolutamente falsa.

¿O acaso alguien decide dónde nace, quiénes serán sus padres, qué educación recibirá en la infancia, con quién coincidirá en sus viajes de adolescencia, qué libros le llegarán a las manos sinimages (28) buscarlos, qué amor derribará su puerta…? Pues todo eso son los pasos que atraviesa la línea del destino, y no tenemos ningún poder para evitarlos.

Sin contar con lo principal de todo. El carácter. El carácter como fuerza configuradora de la personalidad, que nos viene ya dado en el momento del nacimiento.

Considerado todo esto, ¿quién puede afirmar “mi destino me lo hago yo” o “yo soy el único dueño de mi destino”? Algunas personas ingenuas y entusiastas, por supuesto, liberales o no.

También están, y en gran abundancia, los testimonios de las personas dedicadas a meditar sobre esas cosas, filósofos, científicos, pensadores y gente así. Y ahí hay de todo, desde los que piensan como el opinante a que me he referido antes (el destino no existe) hasta los que opinan que las vidas humanas están tan predeterminadas como los movimientos de los astros.pensador rodin

El tema, íntimamente enlazado con aquél de si existe o no el libre albedrío, ha dado materia para infinidad de tratados, que lo han visto desde todas las perspectivas. Pero, como es de suponer, mi intención no es referirme a ellos, ni siquiera enumerarlos. Y sin embargo, hay una perla tan curiosa y significativa que no puedo resistirme a compartirla con el lector.

Se trata de un opúsculo (obrita) de Schopenhauer, incluido en su obra Parerga y paralipómena, con el título Especulación transcendente sobre los visos de intencionalidad en el destino del individuo, pero que con frecuencia se ha publicado por separado; en castellano, por ejemplo, con el título Los designios del destino, en traducción de R.R. Aramayo, donde se trata de “ese poder secreto que guía el destino del individuo”.

images (31)La hipótesis del filósofo alemán (porque él la concibe como tal, no como teoría demostrable) es tan profunda, aguda y novedosa (sí, todavía hoy) que forzosamente ha de conmover – o impactar o alucinar, para decirlo con términos más actuales – a quien se adentre en ella y la comprenda. El problema, importante pero superable, es que solo se puede entender cabalmente si se tiene una idea de la filosofía del autor. De todos modos, aun para los que no cumplen este requisito, recomiendo vivamente su lectura. Pero el ejercicio más provechoso para elucidar este tema consiste en que cada cual investigue en su propia trayectoria vital.

Hace unos días, hojeando el diario que llevaba en mi adolescencia y juventud, di con una líneas en las que expresaba el inmenso gozo que me acababa de proporcionar el descubrimiento del gran poeta García Lorca. Y concluía así: “Es el genio, como siempre, lo que me cautiva. Nunca busco la obra, sino a su autor. ¡Y qué emoción reconocerme en él!”.

Treinta años después, sin recuerdo perceptible de aquel fervor adolescente, empezaba a escribir novelas por el procedimiento de ponerme en la piel de ciertos escritores sin duda alguna geniales.

Y es que el destino es una línea recta, oculta a veces por falsas líneas curvas.destino

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El destino es una línea recta II

También están, y en gran abundancia, los testimonios de las personas dedicadas a meditar sobre esas cosas, filósofos, científicos, pensadores y gente así. Y ahí hay de todo, desde los que piensan como el joven a que me he referido antes (el destino no existe) hasta los opinan que las vidas humanas están tan predeterminadas como los movimientos de los astros.

El tema, íntimamente enlazado con aquél de si existe o no el libre albedrío, ha dado materia para infinidad de tratados, que lo han visto desde todas las perspectivas. Pero, como es de suponer, mi intención no es referirme a ellos, ni siquiera enumerarlos. Y sin embargo, hay una perla tan curiosa y significativa que no puedo resistirme a compartirla con el lector.

Se trata de un opúsculo (obrita) de Schopenhauer, incluido en su obra Parerga y paralipómena, con el título Especulación transcendente sobre los visos de intencionalidad en el destino del individuo, pero que con frecuencia se ha publicado por separado; en castellano, por ejemplo, con el título Los designios del destino, en traducción de R.R. Aramayo, donde se trata de “ese poder secreto que guía el destino del individuo”.

La hipótesis del filósofo alemán (porque él la concibe como tal, no como teoría demostrable) es tan profunda, aguda y novedosa (sí, todavía hoy) que forzosamente ha de conmover – o impactar o alucinar, para decirlo con términos más actuales – a quien se adentre en ella y la comprenda. El problema, importante pero superable, es que solo se puede entender cabalmente si se tiene una idea de la filosofía del autor. De todos modos, aun para los que no cumplen este requisito, recomiendo vivamente su lectura. Y también la consulta del hilo correspondiente del siempre interesante Foro Schopenhauer. viewtopic.php?id=1417

Pero el ejercicio más provechoso para elucidar este tema consiste en que cada cual investigue en su propia trayectoria vital. Hace unos días,  hojeando el diario que llevaba en mi adolescencia y juventud, di con una líneas en las que expresaba el inmenso gozo que me acababa de proporcionar el descubrimiento del gran poeta García Lorca. Y concluía así: “Es el genio, como siempre, lo que me cautiva. Nunca busco la obra, sino a su autor. ¡Y qué emoción reconocerme en él!”.

 Treinta años después, sin recuerdo perceptible de aquel fervor adolescente, empezaba a escribir novelas por el procedimiento de ponerme en la piel de ciertos escritores sin duda alguna geniales.

Y es que el destino es una línea recta, oculta a veces por falsas líneas curvas.

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