CONVERSACIONES CON PETRONIO XVII

Era carta de Pola. He dudado incluirla aquí por dos razones: porque es muy personal, ajena en principio a la intención de este documento, y porque da una idea de Petronio muy distinta de la que se desprende de nuestras conversaciones. Pero finalmente esto último me ha determinado a incluirla. Petronio no me perdonaría que escamotease al mundo una de sus numerosas máscaras: la que Pola veía en él.

«Estimado Lucio…¿Por qué te escribo? No lo sé. He pensado mucho en ti. ¿Sigues en Nápoles? ¿Has regresado a Roma? En cualquier caso, confío que a través de Petronio te llegue esta carta. Tú prometiste escribirme, y no lo has hecho. Cierto que no te dejé ninguna indicación de mi residencia -ni a ti ni a nadie-, y espero que ésta sea la única explicación de tu mutismo.

La verdad es que no debería escribirte. Pero sentía la necesidad de hacerlo. ¿Para qué? Para mi propio consuelo, quizá. Porque no tengo nada que ofrecer ni que prometer. Te escribo como escribiría a un hermano querido, un hermano al que nunca hubiese de volver a ver.

Han pasado cinco meses desde aquella trágica tarde en que mi amado esposo fue arrancado de la vida. Y conservo todo el dolor intacto. La rabia no; la rabia se me ha ido disolviendo en una especie de extraña sabiduría. Aquí, en la soledad del campo, he aprendido muchas cosas. No de los libros precisamente, aunque también leo; no de los seres humanos, a los que apenas trato. He aprendido de las criaturas más humildes de la naturaleza, de las plantas, de los animales. Mi alma se va abriendo a ellas, y al mismo tiempo que se calma y se enriquece, va comprendiendo la enorme, monstruosa mentira que es el ser humano.

Decir que los hombres son malvados me parece un exceso de cortesía. Supone atribuirles cierta inteligencia para elegir el mal. Los hombres son necios y mienten, eso es todo. Y de ahí nacen sus crueldades. ¿Has pensado cuál es el origen, cuál el fin de tantas muertes absurdas? ¿Has considerado cuál es la catadura moral de los que gobiernan? ¿Has observado en qué emplean los días, cuáles son las ocupaciones de los grandes hombres de hoy? Si lo piensas bien, llegarás como yo a la conclusión de que un hombre apenas conoce otro modo de afirmarse que destruyendo a otro hombre.

Hay excepciones, como bien sabes. Lucano era una de esas raras almas luminosas que brillan solitarias en la oscura noche de la humanidad. Casi toda su vida, su corta vida, la ha empleado en trasmutar en belleza los horrores de la guerra. Si has leído su obra, conoces el resultado. Quizá pecaba de ingenuo, es cierto. De      mí decía que era la personificación de las virtudes de la mujer romana, que yo le había inspirado los rasgos esenciales de su personaje Marcia, la esposa de Catón. Se equivocaba, naturalmente. Entre las virtudes de la mujer romana se incluye la asunción total de las locuras egregias de sus varones. Y esto es algo que -ahora muy claramente- no puedo de ningún modo asumir.

Solo soy una mujer, una mujer enamorada de un fantasma. Y temerosa de que otro hombre joven y bueno se convierta también en un fantasma. Lucio, te lo dije entonces y te lo repito ahora: cuídate, apártate de ese mundo en el que te veo en peligro de entrar. No hay nada ahí; no hay nada más que mentira, crueldad y muerte.

Y llegada aquí, no tengo más remedio que decirlo: no entiendo tu devoción por Petronio. Y no me digas que es solo literaria. ¿Te parece ese hombre una persona buena, honrada, siquiera agradable? Tu sabes de su vida, de sus fingimientos, de sus dobleces, de sus ambigüedades. Pero quizá no conoces algo que para mí es mucho peor: su inhumana frialdad.

Aquella tarde, mientras la sangre de Lucano se llevaba en su huida su vida y la mía, no pude evitar ver por un instante los rostros de los asistentes. Horrorizados, compungidos. Pero no todos. Cuando mi vista dio con la figura de Petronio, un aire glacial heló mis venas. Había más que calma y serenidad en aquel rostro, mucho más. La boca cerrada, apretados los labios, como si dudasen formar una extraña sonrisa; el cuerpo erecto, pero sin rigideces; la cabeza levemente ladeada, como si buscase un punto de observación insólito. Y los ojos. Los ojos grises y enormemente abiertos como si quisiesen albergar toda la luz de la tierra. Y en aquel instante comprendí lo que aquellos ojos veían: Petronio no asistía a la muerte de un ser humano; contemplaba un espectáculo, una representación. No pensaba en el amigo que moría; absorbía la belleza de la escena.

Petronio no tiene sentimientos, no tiene corazón. ¿Cómo puede ser poeta? ¿De dónde le viene el alma que en algunos de sus poemas brilla sin duda alguna? Quizá se trate sólo de un montaje, de un genial trabajo de carpintería hecho con los materiales de otros poetas.

Sé que no tengo ningún derecho, que no debo ejercer ninguna influencia sobre ti. Pero si lo tuviera, si debiera, te diría: Lucio, querido amigo, apártate de Petronio. No hay ninguna bondad en él, ningún sentimiento humano. Estoy convencida de que su idea de la belleza puede llevarle hasta a justificar el crimen. No en vano es consejero estético de quien sabes.

No sé si algún día regresaré, si tendré fuerzas para contemplar los rostros de los asesinos, para oír sus palabras de mentira. No lo creo. No estoy segura de que me comprendas. En cualquier caso, no intentes encontrarme. No nos veremos más, ni nos cruzaremos una palabra por escrito. Y si alguna vez te acuerdas de nuestra breve amistad, piensa en mí como en una mujer sencilla que fue mortalmente herida por el mundo.

Si acaso es posible, sé feliz, querido Lucio.»

Las palabras de Pola me causaron una pena profunda. ¿Por qué era todo tan complicado? ¿Cómo era posible que entre dos personas para mí tan queridas hubiese aquel abismo de incomprensión? ¿Nunca más la volvería a ver?

A Petronio no le hice ningún comentario. Él tampoco preguntó nada. 

(CONTINÚA lunes próximo)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

Deja un comentario