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Intelectual devorado por la política II

El primer ejemplo moderno de intelectual devorado por la política que se me ocurre es el madrileño Mariano José de Larra. Practicante desde muy joven de la literatura de actualidad, es decir, del periodismo, el tema central de de sus preocupaciones fue la situación política y social de España y la manera de superarla. Su modelo eran los países más avanzados de Europa, y su método consistía en la exposición descarnada – con un humor ácido y hasta cruel – de los vicios y miserias  nacionales. También escribió una novela y varias obras de teatro, pero no es por esto por lo que ha pasado a la historia.

Convertido, a su temprana edad de 27 años, en uno de los personajes más celebres de España, no supo resistir la tentación de intentar llevar a la práctica sus ideas políticas, y a la primera oportunidad de una convocatoria electoral mínimamente correcta, se presentó para diputado a Cortes. Pero, recién elegido, un pronunciamiento militar (de carácter «progresista», cosa no infrecuente en la España de entonces) se le adelantó por la izquierda, de manera que, habiendo querido seguir el camino legal, fue declarado traidor y tratado como un apestado por la  compagnia malvagia e scempia de sus, hasta entonces, afines políticos. Seis meses después se pegó un tiro. Pero en esto intervinieron otras causas de más hondo calado personal.

Y la verdad es que en este momento no se me ocurren otros ejemplos de intelectuales fatalmente atraídos por la acción política, pero que los hay, seguro. O sea, que el problema está en mi ignorancia, no en los datos de la realidad. Cierto que me suenan los nombres de André Malraux y Jorge Semprún. Pero a estos no les fue muy mal, lo cual parece contradecir mi tesis. En mi descargo he de decir que, tanto el uno como el otro, más que políticos fueron gestores de la política cultural de unos partidos muy sólidamente asentados en el poder. O sea, que más bien habrían de ser considerados como funcionarios, condición ésta que nunca le ha venido mal al intelectual.

Y de pronto, pienso en el escritor Vargas Llosa, que sí se lanzó con brío a la arena política.  Pero  tuvo la inmensa suerte de ser derrotado en las elecciones presidenciales de su país, con lo que no sabe él, o quizá sí, la magnitud de los sinsabores que se ahorró.

Y cierro la lista con un ejemplo que creo indiscutible: el del ex papa Benedicto XVI. Hecho para los libros y las argumentaciones teológicas y filosóficas, nunca supo estar a la altura – o la bajura – de las exigencias políticas. Como botón de muestra recuerdo aquella ocasión en que «metió la pata» ante representantes de otra religión o cultura al expresarse según su propio universo intelectual, sin molestarse en consultar el Manual Internacional de lo Políticamente Correcto antes de abrir la boca. No es difícil, pues, imaginarlo en el laberinto de intereses e intrigas del Vaticano, a punto, como quien dice, de perder la cabeza.

No me cabe la menor duda de que Joseph Ratzinger constituye el ejemplo moderno más preclaro de intelectual devorado por la política.

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