El que espera

Consultó el reloj y comprobó que apenas llevaba diez minutos. No era cuestión de ponerse nervioso por diez minutos. Seguro que tendría que esperar más. Veinte, quizá hasta treinta. O tres cuartos de hora. No, no podría resistir tanto. La había conocido en el cine, hacía tanto tiempo… A la salida, ella le preguntó por la parada de cierta línea de autobús. Y él se dio cuenta enseguida de que era la misma chica que había estado a su lado durante la sesión, cuya ardiente proximidad le había provocado una extraña euforia. Pese a la oscuridad de la sala, creía haber descubierto en aquella persona lo que apenas se atrevía a calificar como “la mujer de su vida”. Y ahora la tenía delante, hablándole de cierta línea de autobús, mientras él le informaba con toda la precisión que requería el asunto. Y de pronto ocurrió que, venciendo su natural timidez, él dijo que había de tomar el mismo autobús (cosa que no era cierta hasta ese mismo instante), que seguirían el mismo camino. Y entonces sí, paseando lentamente, comentaron que habían visto la película juntos, hablaron de muchas cosas y se pasaron varias paradas, hasta que ella decidió que después de todo no era tan lejos, que muy bien podía seguir a pie, si él llevaba el mismo camino. Cuando llegaron al portal de la casa, ella dijo “vivo con mis padres”, que él interpretó como una forma delicada de no precipitar ni rechazar nada. Pero era verdad, vivía con sus padres. Así que, al cabo de unas semanas de verse diariamente, le propuso que se viniese a vivir con él. Ella aceptó a medias. Alegaba que la pasión que les inflamaba, porque aquello había que llamarlo así, tal vez se resentiría con la convivencia diaria. Bastaba con ver a los mayores, decía, cómo los matrimonios se deshacían, cómo los enamoramientos no superaban el año y, sobre todo, cómo se esfumaban en cuanto se iniciaba una convivencia en toda regla. Así que ella estaría con él y con sus padres. Él aceptó, naturalmente, qué otra cosa podía hacer, pero no era de ese modo como se imaginaba la relación con el amor de su vida. Y los días y los meses fueron pasando, unos más felices que otros. Hasta que llegó lo horrible en forma de llamada inoportuna. La madre, la amable mujer que, para sí, él llamaba suegra, preguntaba por ella, sí, era más de medianoche, pero quería saber. ¿No está con vosotros?, interrumpió él. No. ¿Ni ayer noche? ¿Ni el otro día? No, no. Y la madre disimuló y cortó enseguida, comprendiendo. Y luego, las preguntas, las falsas explicaciones, la confesión, la ruptura. Y un infierno de meses, hasta que de nuevo la luz. Me había equivocado, necesito que me perdones, aunque me rechaces, necesito que me perdones. ¿Perdonar? ¿Cómo puede perdonar el amor? Te quiero como antes, como el primer día, como siempre, puedes hacer lo que quieras, amor, yo siempre te querré. Mañana, entonces mañana, en la placita ¿recuerdas? A las siete. Pero ya son casi las siete y cuarto…

Un fuerte golpe en la espalda le sobresalta.

– ¿Qué haces aquí, tío? Esperando, ¿eh?

Es Chema, acompañado de Chimo.

– Sí, ¿qué haces aquí, tío? Esperando, ¿eh? – repite Chimo.

– ¿Dónde te metes, tío? No se te ve el pelo – dice Chema – ¿Se puede saber a quien esperas? Yo diría que no es una cita de negocios, aquí, en medio de la plaza, y con este frío.

– No, no es una cita de negocios – dice Chimo – ¿Se puede saber a quién esperas?

– Mira, se ha quedado mudo – dice Chema.

Al fin habla:

– Sí, estoy esperando a alguien, y no os he de dar explicaciones.

– Así se habla, tío –dice Chema-. Oye, ¿de dónde has sacado esa energía? ¿No eras el tío más tímido de la clase? No te estarás volviendo un cabroncete, ¿eh?

– No te estarás volviendo un cabroncete, ¿eh? – dice Chimo.

– No repitas lo que yo digo, bestia.

-Perdona, bestia.

Entonces Chema se dirige al que esperaba, en actitud amenazadora:

-¿Quieres que te hagamos compañía, tío? ¿Qué te parece si nos quedamos aquí y esperamos contigo?

-Haz lo que quieras.

-¿Está buena la chica?

– No te importa.

– No te insolentes, ¿eh?…Suponiendo que sea chica, claro, porque de un tipo como tú… ¿Sabes qué te digo? Que nos quedamos, nos quedamos aquí contigo. ¿Qué dices, Chimo?

– Que no.

-¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir?

– Que no, tío, que no, que no hay nada que hacer.

– Espera, espera – dice Chema, como reflexionando -, que Chimo ha tenido una de sus brillantes ideas. Es una bestia, pero a veces pare algo genial. Dime, Chimo, Chimo querido, ¿por qué dices que no hay nada que hacer? Ven, dímelo a mí, al oído…

Chema pasa el brazo sobre el hombro de Chimo y, mientras éste le va susurrando al oído, ambos se alejan lentamente hasta que se pierden de vista al doblar la esquina, tras dirigir al que espera una mirada más cruel que todas las palabras.

Qué suerte que hayan desaparecido, esos pelmazos. Aunque hay que reconocer que han aliviado el tiempo. ¿Cuánto llevo? Veinte minutos… más de veinte minutos. Mira una y otra vez el reloj, y las manecillas no se mueven. ¿Cuánto podrá resistir? Pero ella vendrá, claro que vendrá. Nunca ha faltado a una cita. Nunca en los dos años, sí, dos años y dos meses, recuerda con precisión, desde que se conocieron aquella tarde en el cine. Claro que hay que descontar los cuatro meses y tres semanas de cruel separación. Veintidós minutos. Una vida. Es como esperar toda una vida. ¿Cómo sería una vida con ella? ¡Cómo iba a ser! Una larga prolongación de lo ya vivido…vivido…con ella…vivido, ¿cómo sería una vida con ella? ¿cómo… sería…? Un extraño hormigueo le recorre el cuerpo, la cara, la frente, las extremidades. Intenta recordar con precisión escenas de su vida con ella. No lo consigue. El hormigueo aumenta, el vello de la piel se eriza, se lleva la mano a la frente como para librarse de aquello. Y aquello cae. Y se ve en el cine aquella tarde, y ve cómo a la salida ella le pregunta por cierta parada de autobús, y cómo no ocurre lo que no puede ocurrir, cómo no vence su natural timidez, cómo le informa escuetamente y se retira sin más hacia la soledad de siempre.

(De Fantasías a la manera de Hoffmann )

3 comentarios

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3 Respuestas a “El que espera

  1. Ana de Lacalle – España – Escritora
    Ana de Lacalle

    Me pareció un retrato psicológico de los miedos y angustias más usuales que todos tenemos,,,,gracias

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