Archivo mensual: marzo 2022

VIEJO MUNDO NUESTRO V

LA FAMILIA, LA LENGUA

Nací en Barcelona diez meses después del fin de la guerra civil, en un piso de la calle Padilla, a un paso de la Gran Vía y a dos manzanas de la plaza de toros Monumental.

Bueno, en realidad nací en una clínica, como ya era costumbre en todas las familias que podían. Dos años antes había nacido mi hermano Adolfo y año y medio después aproximadamente nació mi hermano Juan. Mi hermana Matilde se hizo esperar más; de hecho se la esperaba en mi lugar y, con mayor ansiedad, en el lugar de Juan. Pero no nació hasta 1947; en esta fecha ya habíamos cambiado de domicilio, desplazándonos poco menos de un kilómetro hacia el centro, pero sin alcanzar la zona noble de la derecha del Ensanche, modernista y señorial.

Mis padres, que se casaron bastante mayores para lo que se usaba en la época (él 37 años, ella 29), habían vivido toda la vida de solteros en el mismo barrio donde se instalaron al casarse y donde nacimos los tres hermanos. Se conocieron en un centro cultural católico, donde el joven Adolfo (así se llamaba él), quedó prendado de aquella niña que recitaba de una manera tan segura y tan desenvuelta. Las familias eran amigas, o se conocían, pero no fue hasta muchos años después que Adolfo pidió en matrimonio a Victoria (así se llamaba nuestra futura madre). Se casaron en junio de 1936, un mes antes de que estallase la guerra.

Los orígenes

Los orígenes son siempre oscuros. Tanto los de las naciones como los de las familias. La oscuridad de los orígenes de las naciones tiene fácil remedio: se inventa un pasado fantástico y a ser posible poético y se ofrece al pueblo para que crea en él. Y el pueblo cree. Y se montan celebraciones y conmemoraciones, y el pueblo cree más. Así se ha hecho siempre, desde Roma con su Eneas y compañía arribando a las costas del Lacio y la loba amamantando a los pequeños, hasta las modernas naciones con toda su variedad de mitos fundacionales. La oscuridad de los orígenes de las familias es de más difícil solución. De hecho, solo las familias nobles, o con mucha prosapia, pueden gestionarla al estilo de las naciones: con toda la fantasía necesaria.

De los orígenes de mi familia poco puedo decir. Y me confieso culpable de esta ignorancia. Siempre adopté la postura del Tenorio (son pláticas de familia de las que nunca hice caso), y ahora resulta que, al evitar historias plomizas, dudosas o contradictorias, chismorreos, reproches cruzados, etc., me perdí también la historia mínima que entiendo  – sobre todo ahora – que debería conocer.

Todo lo que sé de la parte de mi padre es lo siguiente:

Nació en Barcelona, en 1898, no lejos del barrió en que vivió toda la vida; fue bautizado en la iglesia de Sant Pere de les Puel·les. Su padre, Santiago, nacido en Barbastro, se había instalado en Barcelona con su creo que segunda esposa (Antonia o Tomasa, ni siquiera eso está claro), natural de Zaragoza, después de una vida azarosa y de haber tenido por lo menos otro hijo de un matrimonio anterior. En nuestra ciudad creó una mínima empresa metalúrgica, que su hijo, nuestro padre, supo engrandecer. Además de a mi padre tuvo otro hijo (Santiago) y una hija (Carmen), que murió joven.

El padre del padre de mi padre, o sea, mi bisabuelo, como se dice para simplificar, había nacido en San Costantino di Rivello, localidad de la Basilicata, región situada al sur de Nápoles (Italia) y no sé exactamente si se dedicaba a la agricultura o a la calderería, pero, por las actividades de sus descendientes, más bien me inclino por lo segundo. Debió de emigrar a España a principios del siglo XIX, si su hijo ya nació aquí en la década de 1820, como parece. Es por lo tanto imposible que, como en la familia se ha pensado a veces, tuviese algo que ver con la pequeña emigración italiana que se estableció en Gerona a finales del siglo XIX, que incluía a un Salvatore Priante y un Blas Magaldi, ambos también de San Costantino, luego emparentados, quienes se afincaron y prosperaron económica y socialmente en la mencionada ciudad catalana. Lo curioso es que ambos Priante, el de Gerona y el de Barbastro, coincidían en el lugar de nacimiento, el apellido y quizá en el oficio. Es lógico pensar que alguna relación de parentesco habría.

Como antes he apuntado, mi padre supo ganarse una holgada posición económica que nos permitió, a los hijos, crecer en un ambiente de relativo bienestar. Quizá fuera esa necesidad de esfuerzo y superación lo que le llevó a preferir, sobre todas las demás, la lectura de las biografías de grandes personajes, de esos que se habían hecho a sí mismos, desde Napoleón y Goethe hasta Henry Ford y Mussolini. Incluso un ejemplar de Mi lucha, de Hitler, andaba por casa, lo que da una clara idea de su obsesión por las personalidades fuertes, ya que él nunca tuvo inclinaciones fascistas ni nazis; por el contrario, en pleno régimen de Franco no dejó nunca de declararse demócrata (en la intimidad, claro está). También gustaba de la novela policíaca, la de personajes como, Nick Carter, Sherlock Holmes, Raffles, etc. Y el teatro de salón, tipo Jacinto Benavente.

Todo lo que sé de la parte de mi madre es lo siguiente:

Nació en Esparreguera, en 1907, localidad a orillas del Llobregat, no lejos de Barcelona. A sus tres años, la familia (padre, madre y siete hijos) se trasladó a esta ciudad. Excepto ella y su hermana menor, la más pequeña, nadie de la familia había nacido en Cataluña. Eran de Andalucía.

¿Cómo y porqué se habían trasladado de una punta a otra de la península? Con permiso de mi hermana Matilde, transcribo unas líneas de su interesante Sensaciones, donde, entre otras cosas, reúne recuerdos sobre la familia:

Mi abuela pertenecía a una familia acomodada de clase media [de Sevilla], y había sido educada siguiendo las normas de aquella época, mediados y finales del siglo XIX. Se casó con mi abuelo muy joven y aún siendo también él de buena familia y con carrera, era abogado, su vida fue un desastre. Mi abuelo era el típico señorito de entonces, jugador, juerguista y mujeriego. Un hombre encantador y divertido en el trato, cariñoso con sus hijos pero irresponsable hacia la familia. Se trasladaron de Sevilla a Esparreguera, mi abuelo con un puesto de contable en la Colonia Sedó. Su familia le consiguió el puesto con la esperanza de que en un pueblo alejado de la ciudad consiguiera su estabilidad.

Aquella esperanza no se cumplió. El simpático don Manuel Abollado, nacido en Sanlúcar de Barrameda, siguió con sus aficiones, la principal, el juego. Pronto perdió su empleo y sumió a la familia en la desgracia. Pero quizá no sea esta palabra muy aplicable a los Abollado. Cierto que todos los hijos, incluso la todavía niña Victoria, tuvieron que ponerse a trabajar a edades muy tempranas, cierto que las estrecheces económicas fueron muy importantes y que la que más sufrió fue la madre, pero no es menos cierto que en la familia nunca dejó de ocupar un sitio principal la alegría, el buen humor y una guasa típicamente andaluza, rasgos que habían de poner nervioso en ocasiones a mi padre, cuya seriedad aragonesa chocaba con aquel mundo un poco incomprensible para él.

En aquella familia todos amaban el arte, en especial la poesía, la música (la canción) y el teatro. Alguno de ellos (varón, por supuesto), solía actuar en compañías más o menos profesionales y, desde siempre, organizaban en el propio domicilio representaciones a base de teatro, canto y poesía. Estas actuaciones solían ir precedidas del recitado, por parte del más pequeño o pequeña, de unos versos introductorios escritos para estas ocasiones por el padre, finalmente desaparecido no se sabe por dónde. Todavía nosotros, los pequeños Priante, asistimos y creo que de alguna manera participamos en alguno de estos actos en casa de una de nuestras tías. Por cierto, que entre mi hermana Mati y yo hemos podido reconstruir, de memoria, unas frases de aquel texto introductorio:        

Respetable concurrencia,                                                     

como artistas de afición

pedimos benevolencia

al levantarse el telón.

Es grande nuestra osadía…

… que la misma Talía

nos habrá de perdonar…

Esta vocación artística-teatral la arrastró nuestra madre toda la vida. Ella misma nos contaba que, siendo todavía muy joven, después de verla actuar en una de aquellas representaciones, la entonces famosa actriz María Vila propuso a la madre que, si aceptaba, ella convertiría a su hija en una gran actriz. Imposible. Esta era una línea que no se podía traspasar. Una señorita de buena familia no podía formar parte de la auténtica farándula. 

Pero, de diversas maneras, siempre mantuvo aquella querencia, claramente ligada a su temperamento, por el teatro y la poesía dramática. Durante nuestra infancia en Valldoreix organizaba de vez en cuando representaciones teatrales con nosotros y otros niños como actores, a las que acudían veraneantes de los contornos (más que nada a contemplar y a aplaudir a sus pequeños). Ella misma preparaba los textos de obras que sacaba de aquí y allá: la recuerdo, semanas antes de la fecha de la representación, absorta, revisando, acotando los textos para adecuarlos a los pequeños actores. En las fiestas o reuniones con las amistades de la familia siempre había alguien que le rogaba que recitase algo – en los últimos tiempos no eran necesarios los ruegos -, a lo que ella accedía complacida. A mí me encantaba especialmente – aunque con el paso de los años empezó a cansarme un poco – el recitado de La Pubilleta, de Frederic Soler, Pitarra, por la emoción que sabía trasmitir y por contemplar cómo a algunas señoras de la concurrencia les saltaban las lágrimas. Por cierto, en un catalán perfecto, que no era su lengua materna, pero que hablaba desde su juventud.

La lengua

En casa se hablaba el castellano, lengua de las familias de padre y madre. Y sin embargo, no recuerdo ninguna época de mi vida en la que no entendiese el catalán. Esto se debe a dos hechos: primero, que el catalán estaba bien vivo a nivel popular, no obstante la marginación a la que le tenía sometido la dictadura, y  bastaba salir a la calle para oírlo – o sea, más o menos lo contrario de lo que ocurre ahora, que está bien vivo a nivel público y oficial, de lo que se encargan las autoridades autonómicas, pero cada vez se oye menos en la calle. Y segundo: que también se oía en casa, porque mi madre habló en catalán primero con una criada valenciana, y luego con otra catalana – sí, aún se daba esto -, para escándalo de uno de mis tíos, hermano mayor de mi madre (como en toda familia numerosa las ideas de sus miembros abarcaban todo el espectro político), quien le espetó ¿Y tú te rebajas a hablar con la criada en catalán? A lo que ella contestó con la contundencia que usaba en tales ocasiones.

La relación entre catalán y castellano en Cataluña era complicada. Y más complicado aún resulta desarrollar una explicación comprensible para el que no la ha vivido. Y sin embargo, era asumida por los implicados con la mayor naturalidad y, diría, de una manera inconsciente. En la reunión de un grupo, por ejemplo, según el ambiente u origen de sus componentes predominaba uno de los dos idiomas, pero casi siempre había hablantes del otro, y todos intervenían en su propia lengua o, según los casos, dirigiéndose a su interlocutor en la de éste, detalle que, hay que reconocer, solo practicaban los catalanohablantes, quizá porque eran los que sabían expresarse en los dos idiomas.

Cuento esto en pasado cuando, de hecho, apenas ha cambiado nada. Todo sigue igual salvo cierto aumento del idealismo, es decir, de la actitud de ver no lo que hay, sino lo que, según las propias ideas, tendría que haber.

Durante toda mi infancia y juventud era costumbre, casi universalmente adoptada, que cuando una persona se dirigía a otra en catalán, que era lo normal siendo ésta la lengua propia y entonces claramente mayoritaria del país, en cuanto advertía que la persona interpelada hablaba en castellano, cambiaba a este idioma casi sin darse cuenta, y esto aunque presumiese que ese castellanohablante había vivido en Cataluña toda la vida. Y esta actitud, basada en los buenos modos y en la exhibición de cierta superioridad moral y lingüística, llegaba a veces a extremos increíbles.

Por ejemplo, recuerdo que me conmovía y molestaba al mismo tiempo lo siguiente (luego trato con detalle mi caso, que para eso estamos): estoy con un grupo de amigos y conocidos desde hace tiempo; de pronto, en lo más animado de la charla (en catalán, menos por mi parte) uno de ellos se dirige a mí y me dice ¿entiendes el catalán?  O sea que, de repente, le había asaltado la preocupación de si no me estaban dejando al margen por hablar ellos en un idioma para mí desconocido, cuando de sobra había de saber, por el tiempo que hacía que nos conocíamos, que me enteraba por igual cualquiera que fuese la lengua, de las dos, en que me hablasen.

Pero, ¿por qué no hablaba yo catalán?

Buena pregunta, y aquí estoy yo para responderla, es decir, para averiguarlo.

Ya de niño, el hecho de que en la familia se hablase solo castellano, no me impedía ver el mundo exterior, donde el otro idioma era más general o extendido. Hasta el extremo de que, en el Colegio, no recuerdo a qué temprana edad, empezó a resultarme realmente extraño que una lengua tan presente en la vida cotidiana de la ciudad en las aulas no existiese en absoluto. Y hasta me dio por compadecerme de aquellos compañeros que, inmersos en la catalanidad natural de la familia, tenían que luchar con una lengua que en gran parte les era extraña, además de con las dificultades propias de la asignatura. Esto era una ventaja para mí (y para algunos otros como yo), de la que era plenamente consciente. 

Y sin embargo, esa consciencia no me motivaba para integrarme en el grupo oficialmente discriminado, hablando su idioma. Era no sé si decir egoísta o perezosa mi postura.  Yo me sentía cómodo hablando mi lengua materna, todo el mundo me entendía, no me creaba ningún problema no hablar la otra, entonces ¿para qué esforzarme chapurreando, al menos al principio, una lengua tan respetable como la otra, pero que no era la mía? Y así me mantuve durante muchos años.

Y ahora, un ejemplo de lo que apuntaba antes de la normal diversidad intrafamiliar. En lo político y en lo no político, como es el caso. Aunque con el tiempo el caso ha sido también político.

En casa, mi padre era en cierto modo ajeno a esta cuestión, él hablaba castellano en la familia, y cualquiera de las dos lenguas en el exterior según procediese. Pero una cosa tenía clara: en el mundo de los negocios había que hablar catalán, sobre todo en el de la pequeña y mediana empresa, que era el que él frecuentaba. De manera que mi hermano mayor, Adolfo, quien, por aquello de la tradición o costumbre, había de seguir al frente del negocio familiar, tenía que corresponder en catalán a clientes y proveedores; lo mismo ocurría con el menor, Juan, quien también participaría directamente en la empresa.

Ningún problema por parte de ellos. Al contrario, una ayuda de donde hoy (y también entonces) parece a primera vista inimaginable: el paso por el servicio militar. Resulta que ambos, cada cual en su momento por la edad, hicieron la mili como voluntarios en Aviación (de tierra); resulta que esta opción era la preferida por muchos jóvenes de familias burguesas de toda la vida, cuyos padres, no sé por qué, podían mover así más fácilmente sus influencias y «enchufes», de manera que el chico no estuviese lejos de casa y hubiese facilidad de permisos, y de todo ello resulta que ambos hermanos, al hacer la mili, se encontraron como compañeros con una tropa de niños bien que, quizá como signo de protesta, solo hablaban catalán.

Mi caso fue totalmente opuesto: mi voluntariado en la Marina me llevó al otro extremo de la península, donde el catalán sonaba a la gente como su dialecto a nosotros (¿e ise, hoé? = ¿qué dices, joder?), y que el abuelo Manuel me perdone.

Así que mi hermana Mati y yo quedábamos fuera del foco de atención de mi padre en este tema: podíamos hacer lo que quisiéramos. Que en ambos casos fue nada

Pasé todo el período universitario, el del primer trabajo (en una editorial) y parte del segundo (en la administración pública), como perfecto monolingüe. Creo que en esta especie de obstinación pesaba – además de la comodidad y pereza antes mencionadas – la idea, apenas consciente, de que, si me incorporaba el otro idioma también como propio, perdería parte de mi personalidad o de mi estructura mental, o vete a saber qué, idea bastante absurda, si se piensa, pienso ahora, en personajes como Borges o como George Steiner. También pesaba, supongo, mi incapacidad natural para hablar lenguas, dándose el caso curioso de que yo, que he trabajado como traductor literario de tres idiomas, no soy capaz de hablar correctamente ninguno de ellos.

Pero una circunstancia vino en mi ayuda para dar el paso. Con la muerte de Franco y el fin de la dictadura, el panorama político cambió notablemente. Entre otras cosas, se restauraron las autonomías históricas como la catalana (y se inventaron otras), y se me trasladó, como funcionario, de la delegación del Ministerio de Trabajo español a la del flamante Departament de Treball del gobierno autonómico catalán. Y, una vez ahí, me pregunté si era correcto y normal que, ya reconocidos los derechos lingüísticos de la población, se atendiese a esa misma población solo en la «opresora» lengua oficial de siempre. Y me respondí que no. Así que empecé a hablar catalán con los representantes de las empresas y de los trabajadores, que eran mis interlocutores habituales y terminé hablándolo con el quiosquero de la esquina. Ah, y tengo que aclarar que, para tomar esa decisión, no hubo ninguna recomendación ni presión por parte de las nuevas autoridades, como no la hubo respecto a algunos compañeros que estaban más o menos en mi caso, pero que persistieron en su actitud hasta la jubilación.

Me había convertido en un catalanohablante normal. Y esa normalidad incluía la curiosa excepción que constituían las amistades de toda la vida. Y es que la cosa funcionaba así: habiendo ya dado el salto lingüístico, en una ocasión le comenté a un amigo de los tiempos de juventud que yo también hablaba catalán y que, por lo tanto, podíamos… A mí no me líes, me interrumpió, contigo siempre he hablado castellano y así seguiremos. Y así se hizo. Con él, y con todas las amistades antiguas, incluida mi esposa Pilar, catalana por los dieciséis lados, y mi hijo Toni, nativo bilingüe.

Ya antes he apuntado que la relación en Cataluña entre castellano y catalán es complicada. Basta considerar casos como el de la abuela que habla en una de las lenguas con su hijo y en la otra con el nieto o el del hijo que habla en una lengua con el padre y en otra con la madre, o el de la pareja en la que cada cual no deja de hablar su lengua materna, distinta de la del otro, y otras muchas combinaciones. Esta complejidad puede resultar extraña sobre el papel, pero si se observa en la realidad, se comprende que forma parte del flujo natural de la vida.

Algunas personas, normalmente de fuera de Cataluña – y de dentro, en sentido contrario -, no entienden o no aceptan esa realidad. Allá ellas con su mundo cuadriculado. Por mi parte, creo que toda posición es defendible. Mientras no salgan a relucir las espadas.

Próximamente: LA MILI

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VIEJO MUNDO NUESTRO IV

LA UNIVERSIDAD

Una de las pocas ventajas de las sociedades tradicionales, en las que todo está perfectamente pautado, es que, a la hora de tomar decisiones, tienes poco que pensar. Si yo era «el intelectual” de la familia – quizá porque leía mucho y por mi natural rechazo a los trabajos físicos, a arrimar el hombro –, estaba claro que me correspondía estudiar una carrera universitaria. Y si había de estudiar una carrera universitaria, no podía ser otra que alguna de la docena escasa que había en el mercado docente español. Sí, pero cuál.

Par délicatesse

Mi preferencia por el mundo de las letras frente al de las ciencias estaba muy clara. Lo que también estaba claro era que esta preferencia no conducía a ninguna parte socialmente decente. Ahora se habla mucho de la postergación de lo humanístico frente a lo tecnológico, como si fuese algo nuevo, pero los viejos con memoria – que los hay – recordarán que esto ya se daba en nuestra juventud. Por ejemplo el Hermano marista que me preguntó por mi elección, si ciencias o letras, en 1954, se echó las manos a la cabeza al oír que me decidía por las letras, pero tú, Priante, ¿letras?, ¿lo has pensado bien? No, no le entraba en la cabeza; estaba realmente preocupado de que hubiese decidido desperdiciar mis facultades.

Pocos años después, al finalizar el bachillerato, me tocó pronunciarme ante mi padre. Él tenía bien claro que yo había de estudiar una carrera, pero ¿cuál?, preguntó. Y yo tenía muy claro que él veía el mundo con los mismos ojos que el Hermano (en esta cuestión, al menos). Mi respuesta natural, franca, desinhibida tendría que haber sido: Filosofía y letras. Pero yo sabía que esta respuesta no le habría gustado nada. Y no quería disgustar a mi padre. Así que busqué una salida intermedia: Derecho. Esta carrera tenía un aura de prestigio y respetabilidad que las personas más prácticas (como el Hermano y mi padre) tenían que reconocer y, por otra parte, presentaba un talante humanístico del que carecían las disciplinas científicas en general.

El padre lo aceptó, qué remedio, y yo me quedé con la sensación de que había renunciado a algo esencial solo por no molestar a alguien, por muy padre que fuese. Par délicatesse j’ai perdu ma vie, dijo el poeta. Bueno, tampoco es para tanto. 

Un mundo nuevo

Cuando inicié la carrera, el edificio de la Universidad vieja, situado en la Gran Vía (entonces, Avenida de José Antonio), albergaba todavía la Facultad de Derecho. Ahí estudié el primer curso, en compañía de una multitud de estudiantes procedentes de toda Cataluña y de las Baleares (creo recordar que la de Barcelona era la única Facultad de Derecho existente en toda esa zona geográfica).

La sensación de haber entrado en un universo muy distinto del mundo del Colegio era evidente, por no decir brutal. Para empezar, ningún profesor – casi siempre catedrático – llegaba a conocer al final del curso a los alumnos por sus nombres, excepto a los tres o cuatro que, en cualquiera de los mundos posibles, saben darse a conocer enseguida, lo que evidentemente, nunca ha sido mi caso.

Ahí no se tomaba la lección cada día, ni había notas semanales, ni mucho menos clasificación del alumnado por los resultados. Ahí las habilidades del primero de la clase de un colegio religioso de poco podían servir. Se me había enseñado a navegar en un pequeño estanque y de pronto me encontraba solo en alta mar. 

Aunque hay que reconocer que aquella soledad entre la masa de estudiantes no era absoluta. Otros me acompañaban, llegados como yo desde el Colegio marista. Por lo menos dos: Miguel Ángel García, compañero de toda la vida, ya citado en el capítulo dedicado al Colegio, y José Ignacio Porta, «Tato». El primero, de familia castellana instalada en Barcelona al finalizar la guerra civil, con el que la diferencia de ideas, cada vez más acusada, nunca impidió una sólida amistad. El segundo, de familia perteneciente a la burguesía barcelonesa más bien alta, cerraba el compacto trío que como tal se mantuvo hasta el cuarto curso.

Aquel primer curso fue como de iniciación al mundo real. En el Colegio, un muro de normas, preceptos y vigilancia continua nos separaba hasta cierto punto de la  realidad. En la Universidad comenzaba mi inmersión en ella. Detalles significativos eran: que no hubiese un control efectivo de los retrasos o asistencias a las clases, que pudieses seguir la clase sentado junto a una muchacha como si tal cosa, que, solo descendiendo unas breves escaleras, pudieses acceder al bar donde tomar un café o una cerveza con los compañeros y compañeras, charlando de todo lo imaginable, sin que, por lo general, importase demasiado que pasase la hora de la clase correspondiente. Inimaginable.

El hecho de que, con alguna excepción, los profesores se desinteresasen de si estudiabas o no, hasta el momento de los exámenes parciales (uno o dos por curso) o finales fue sin duda el que más me afectó en el aspecto académico. La prueba está en que solo en una asignatura obtuve una nota de sobresaliente con matrícula, mientras en las tres restantes, un aprobado justo. Y aquella era precisamente la asignatura en que se podía recitar la lección semanalmente (la excepción), y no precisamente la más interesante para mí.   

Por otra parte, el decorado era magnífico: el aula con los asientos en forma de anfiteatro, la biblioteca, los amplios y bellos pasillos que unían las dos alas del edificio, el aula magna, el paraninfo, los pequeños jardines que bordeaban la construcción y sobre todo los románticos patios gemelos (el nuestro, el de letras), donde, entre clase y clase, o en cualquier momento, nos movíamos los estudiantes novatos, felices y un poco desconcertados.

Por cierto que, casi treinta años después, volví al mismo escenario – parece imposible que no hubiese cambiado casi nada – para iniciar, cuarentón, la carrera de Filología clásica, cuyo primer curso se daba en la misma aula en que se había dado el primero de Derecho.

Un palacio en Pedralbes

El primero, que el segundo ya no se dio allí. ¿Qué había pasado? Que las autoridades habían decidido que Barcelona merecía una «ciudad universitaria»; que ya se había iniciado su construcción, y que a nosotros nos tocaba inaugurar la flamante Facultad de Derecho, uno de los primeros edificios nuevos, quizá el más armonioso y bello dentro de los cánones más avanzados de entonces. Estaba situado hacia el final de la Diagonal, muy cerca del Palacio Real, construcción ésta tan convencional como reciente (1924) pensada para residencia de los reyes en sus visitas a Barcelona (Alfonso XIII fue el único que lo pudo disfrutar), pero que también utilizó Franco, que era más que rey.

En el nuevo edificio de la facultad dominaban los grandes espacios abiertos, la luz, la transparencia, las grandes aulas, las amplia zonas de césped que lo bordeaban, el bar. Muy importante, el bar. Corrió enseguida el dicho de que aquel era el único bar del mundo que tenía incorporada una facultad de derecho. Y para muchos era efectivamente así. Y la biblioteca, que fue tan importante para mí, sobre todo a partir del tercer curso. Pero en cuanto al funcionamiento académico, el modo de enseñar, muy tradicional y muy cansino, y el modo de afrontarlo por mi parte, que consistía en estudiar intensamente  justo antes de cada examen, nada había cambiado.

Aunque, no recuerdo si fue al principio o al segundo mes del curso que se introdujo algo nuevo que dio un poco de color a aquel mundo mortecino del profesorado: el nuevo catedrático de Derecho Político, Manuel Jiménez de Parga. Joven de 29 años, granadino de muy buena familia, emparentado – decían desde la extrema derecha para desacreditarlo por adelantado – con los responsables del asesinato de García Lorca, que representó un soplo de aire nuevo en medio de aquel ambiente ideológica y políticamente enrarecido. Por primera vez, se oía expresar públicamente la preferencia por una democracia sin adjetivos y, cosa insólita, llamar dictadura a la dictadura. Durante los años que ejerció en nuestra Facultad no dejó de hacer equilibrios para mantenerse en pie frente al riguroso control político del Régimen y además corroboraba sus ideas liberal-democráticas con los hechos: en su cátedra acogería como profesores y ayudantes a gente de ideología muy diferente de la suya (por la izquierda) como Jordi Solé Tura, comunista entonces, convertido años más tarde en ministro socialista, y yo mismo, vago marxista entonces, convertido años más tarde en el que escribe esto. (Lo de vago puede entenderse en las dos acepciones principales de la palabra).

En busca de una Weltanschauung

Esta palabreja alemana, bastante en boga entonces entre la gente filosóficamente inquieta, significa algo así como «visión del mundo» o «cosmovisión». O sea, formarse una Weltanschauung quería decir abandonar el indeciso relativismo de los pensadores principiantes o delirantes para construir un edificio mental coherente de la cabeza a los pies, que lo explicase todo. Algo con lo que, desde el despuntar del uso de razón, yo siempre había soñado. Pero, visto lo que tenía alrededor, no era cosa fácil.

Lo que se movía a mi alrededor no era especialmente interesante, y me sitúo ya en el tercer curso de la carrera, que fue cuando empecé a ver las cosas con cierta claridad. Todo lo impregnaba la triste mediocridad de una burguesía muy bien acomodada al Régimen de Franco. La gran mayoría del estudiantado era más bien grisácea; solo destacaban el colorido sector de los «pijos» y el pequeño y austero sector de los políticos. Estos se dividían en extrema derecha (principalmente falangistas, quienes pronto perderían el control de las organizaciones estudiantiles) y extrema izquierda. Y entiéndase que, para el bien pensante de entonces, toda izquierda era extrema.

Pasé la mitad de la carrera cómodamente embutido en la masa grisácea sin apenas más relación que con Miguel Ángel y José Ignacio. En el tercer curso, y ya decididamente en el cuarto, empecé a asomar la cabeza al exterior, y lo primero que encontré fue a unos raros ejemplares que, siendo más bien políticos de derechas, no eran en absoluto falangistas y hasta negaban ser políticos. Pertenecían a una especie de club católico elitista que ellos mismos denominaban La Obra y se dedicaban entre otras cosas a captar nuevos socios entre los estudiantes que consideraban más valiosos, por lo que siempre les agradecí que se fijasen en mí. Pero enseguida se vio que el entendimiento era imposible. Yo quería formarme mi visión del mundo y, más que un mundo, lo que ellos me ofrecían era una cárcel en la que el carcelero dogma vigilaba de continuo al prisionero pensamiento.

Entonces volví la vista a la izquierda y me encontré con algo muy diferente. En general eran personas como yo, que aspiraban a una racionalidad que sustituyese a la sinrazón cotidiana; que no estaban de acuerdo con la estructura política y social vigente y que, en muchos caso, deseaban cambiarla, con los riesgos que ello comportaba. Para presentarse a tamaño combate cada cual iba provisto de una doctrina más o menos asimilada, desde un cristianismo progresista hasta un comunismo ciegamente moscovita. Pero había algo que de alguna manera lo impregnaba todo, lo explicaba todo: el marxismo. No hacía mucho que yo había empezado a conocerlo y, visto que era asignatura imprescindible en el mundo de la izquierda estudiantil que empezaba a frecuentar, me apresuré a profundizar en él. Bien, reconozco que lo de «profundizar» es un poco exagerado.

El caso es que el ala sociopolítica de la Weltanschauung se iba estructurando debidamente. Pero ¿qué hacer con la otra? ¿Qué hacer con la fe que había mamado desde la infancia? ¿con el catolicismo más que reforzado en el Colegio, que supuestamente tenía respuesta para cualquier duda metafísica pero que, a mis veinte años, parecía cada vez más inerme ante los embates de la ciencia y de la razón?

Pasaba muchas horas en la biblioteca. Y no precisamente con textos de derecho, excepto en los casos de exámenes inminentes, sino con otra clase de libros que abundaban tanto o más que los otros, o era yo que solo me fijaba en ellos: literatura, filosofía, arte, ciencia. Y saltando de uno a otro fui a dar en el conocimiento de la obra de Teilhard de Chardin, jesuita y científico, y ahí me pareció encontrar la fórmula con que conciliar la fe cristiana con la ciencia moderna e incluso con la cosmovisión marxista, si se concebía ésta abierta a la trascendencia.

Aclarado el panorama, construida bien o mal mi Weltanschauung, ¿cuál era el siguiente paso? ¿Cómo había de situarme? Estas preguntas eran una llamada que yo mismo me hacía a la acción. Mal asunto. A pesar de mi inquebrantable devoción por Goethe desde mis 18 años (en el principio era la acción), la acción no entraba en mis tendencias principales. Pero de alguna manera se había de manifestar todo aquello.

Salida al mundo

La primera señal fue, ya en el cuarto curso, que amplié notablemente el ámbito de mis amistades o conocimientos, que finalmente ya no quedó reducido a los dos amigos del Colegio. Entre la gente que empecé a frecuentar recuerdo especialmente a J. Ramón Capella, al principio incardinado en el sector de los «pijos», y por entonces recién convertido en intelectual de izquierdas, que había de seguir un sólido recorrido (cátedra, la revista Mientras Tanto); Isidre Molas, catalanista, federalista, integrante del partido clandestino (todos lo eran) Front Obrer de Catalunya, quien había de ser reputado sociólogo, miembro del partido socialista, vicepresidente del Parlament de Catalunya y senador, pero que, de momento, en el quinto curso, le tocó conocer la detención y la cárcel; José Cano, individuo serio, riguroso, de origen manchego y aspecto unamuniano, con el que mantenía largas conversaciones sobre el marxismo y la manera más efectiva de cambiar la sociedad, pero que no pertenecía a ningún partido; Tomás Alcoverro, personaje singular y muy característico, no situado tan a la izquierda como los anteriores, sino más bien en una especie de azañismo literario, quien había de ser periodista famoso, especializado en Oriente Medio, y había de vivir muchos años en Beirut, con el que poco a poco trabé una estrecha y larga amistad, que continúa, y por muchos años.

Había algunos más. Ah, sí: la única presencia femenina – formaban el veinte por ciento aproximadamente del estudiantado – era Elisa Vallès, muy implicada en el activismo social, quien junto con su pareja, que estudiaba otra carrera, se dedicaba, entre otras cosas, a promocionar un teatro popular de tipo didáctico- político. Y no he de olvidar a Jordi Sobrequés, que había de destacar en el mundo universitario, aunque no estoy seguro de que perteneciese a nuestro curso, persona afable, aguda, inteligente y en cierto modo ingenua – como en cierto modo lo son todas las personas inteligentes. Recuerdo que en una ocasión, vino a visitarme a Valldoreix en compañía de Tomás en uno de mis últimos veraneos, quizá en el 62, y que se espantó ante el mundo de frivolidad en que vivía alguien como yo, que se suponía que compartía sus mismos ideales; a Tomás lo que se le ocurrió fue sugerirme que ese mundo sería buena materia para escribir una novela a lo Proust. Y yo le contesté que ni pensarlo. Pero la vida da muchas vueltas. Aunque Proust me sigue quedando lejísimo. También corría por allí, de nuestro curso, un tal Pasqual Maragall, nieto de poeta y padre de sí mismo como político personalísimo y único.

La opción casi definitiva por una actitud intelectualmente rigurosa y de compromiso social no me libraba de la preocupación por un futuro problemático en el aspecto económico. Preocupación que me llevó a iniciar algún paso en falso que, por suerte, no llegué a dar. Me refiero a la visita que hice al señor S, abogado del estado, coveraneante  de Valldoreix, en busca de consejo y amparo ante la posibilidad de decidirme a iniciar oposiciones a un cargo como el suyo.

Me atendió muy amablemente y, con una llaneza y sinceridad dicen que típicamente aragonesas, para ilustrarme sobre las ventajas a que podía acceder si me decidía, me mostró un cuarto lleno de los regalos que recibía (auténticas montañas de televisores entre otras cosas) y me explicó muy llanamente algún recurso habitual en el cargo para prosperar económicamente más allá del sueldo, recurso de tal calibre que habría ruborizado a cualquier persona mínimamente ética.

Por su parte, la aristocrática esposa me insistió en que siguiese ese camino, dando a entender que su hija Carmen P y yo formaríamos una buena pareja. Bueno, no creo que dijese exactamente eso, pero así lo interpreté yo de sus palabras, y es que debo de ser más presuntuoso de lo que imaginaba. Pero el tiempo no pasa en balde, y el incentivo me pareció ridículo al comparar a la muchacha de 19 años que andaba por ahí con la niña preciosa y voluntariosa que había iluminado unas temporadas de mi infancia.

Descartada de momento la preocupación por el futuro económico-laboral, me deslicé sin problemas por la nueva senda de la actividad (siempre en tono menor) político-social. Aquel quinto y último curso (1961-62) fue rico en experiencias de ese tipo.

El grupo de compañeros antes mencionados y alguno más nos conjuramos para obtener, de algunos catedráticos progresistas – entre ellos el que más interés mostró, el de derecho romano Ángel Latorre -, algún tipo de actividad organizada que nos permitiese, además de completar nuestra formación, avanzar en la concreción y realización de nuestros ideales sociopolíticos. Los resultados se habían de concretar en parte en la realización de un seminario de largo alcance sobre las elecciones generales durante la Segunda República, en el ámbito de la cátedra de derecho político (Jiménez de Parga), coordinado por el  adjunto de la cátedra, González Casanova, trabajo que se iniciaría de hecho en la temporada siguiente, es decir, ya como licenciados. 

Aquel curso fue también pródigo en visitas a la Universidad vieja, sobre todo a su biblioteca, adonde muchas veces iba a estudiar junto con Cano. Pero el principal motivo de atracción de aquel viejo centro era las clases de filosofía, abiertas a todo el mundo, que daba el profesor Manuel Sacristán. Antiguo falangista, entonces riguroso marxista y más tarde convencido ecologista y verde, Sacristán era todo un referente de la oposición comunista al Régimen; ocupaba al parecer un puesto decisivo en el Partido (así se decía entonces, sin más y con mayúscula inicial, y todo el mundo lo entendía). Allá me llevó Capella por primera vez y allá solía encontrarme con amigos o conocidos afines, entre ellos Santi, el de Valldoreix, y creo que alguna vez asistí con K, mi «relación» de la primavera de aquel año.

Si el 62 fue un año especialmente convulso, mayo fue el mes en que se concentró la mayor agitación. En respuesta a las protestas de los mineros de Asturias, a principios de mes el gobierno decretó el estado de excepción – que era como una dictadura dentro de la dictadura – en esa región. Los movimientos de solidaridad con los huelguistas asturianos se propagaron por toda España. También en Barcelona… Pero no es esto – no es mi intención – una crónica histórica o política, sino una colección de impresiones personales de distintos momentos de mi vida. ¿Y qué más personal que unas líneas del Diario que llevaba desde los dieciocho años, donde de forma rápida y escueta se da cuenta del clima de aquellos momentos?

«10-V-62

Estudio en la bibl., con Elisa.  A clase de Procesal.

T. Universidad. Estudio en la bibl. Veo a Santi. Y luego a Capella. A las 7, la concentración anunciada. Poca gente. Se marcha hacia la reja. Se cuelga el cartel “Llibertat”. Se canta Asturias. “Asturias sí, Franco no”. Luego a la calle. Aparecen los grises; retirada. Encuentro a Porta y a T[?]. Se dice que han detenido a dos estudiantes.

Ya fuera me encuentro a Norman y Alex, venezolano. Vamos al “Lugano”. Charlamos. Teoría y tácticas marxistas. Norman, profundo y preciso, ponderado. Alex, fanático y hasta sanguinario. Experiencia interesante.

Por la noche no puedo estudiar.

11-V-62

T. Estudio en casa. Y a la Universidad. Manifestación de adhesión a Asturias. Entra la policía. Me va de poco. Corro. Cogen a unos cuantos. Nueva experiencia…

22-V-62

Lapso de once días en mi diario, sin razón aparente.

Continúa la tensión política. Crecen las huelgas, según informes.

Los “grises” entraron otra vez en la Universidad – yo no estaba – y cogieron a mansalva. Santi fue a la comisaría pero salió enseguida.

La otra noche fueron a buscar a Molas a su casa. Sigue detenido, en la Modelo, según parece.» 

Días después tuvimos los exámenes finales. Suspendí una asignatura. La aprobé en septiembre. En octubre era ya licenciado en derecho.

Había terminado la carrera, no mi vinculación con la Universidad. Y es que – no recuerdo si fue antes o después del verano – un buen día me acerqué a Jiménez de Parga y le pregunté si podía unirme a su cátedra como ayudante. Aceptó al momento. Sin preguntas, sin consejos, sin instrucciones, sin advertencias ni requisitos. En cierto modo era un hombre muy confiado, porque no me conocía personalmente de nada – había seguido sus clases, entre la masa, en el segundo curso, eso es todo – y ni siquiera había tenido tiempo de informarse sobre mi historial académico. No sé si yo, catedrático de prestigio, hubiese admitido en mi equipo a un tipo como yo.

Y aquí me detengo. Porque lo que sigue en línea recta cronológica corresponde a otro capítulo. Que no sé si escribiré. 

 

Próximamente: Cap. V, LA FAMILIA, LA LENGUA

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