Archivo mensual: junio 2012

Una impresión confusa de cansancio

“¿Tú crees que yo me acostumbro a vivir?… No, cada día tiene para mí un sabor más extraño y me sorprende más el milagro eterno que es el Universo. La vida. ¿Quién sabe lo que es? Las religiones no, puesto que la consideran como un paso para otras regiones; la ciencia no, porque apenas investiga las leyes que la rigen sin descubrir su causa ni su objeto. Tal vez el arte que la copia… tal vez el amor que la crea. ¿Tú crees que la mayor parte de los que se mueren han vivido? Pues no lo creas. Mira, la mayor parte de los hombres, los unos luchando a cada minuto para satisfacer sus necesidades diarias, los otros encerrados en una profesión, en una especialidad, en una creencia, como en una prisión que tuviera una sola ventana abierta siempre sobre un mismo horizonte; la mayor parte de los hombres se mueren sin haberla vivido, sin llevarse de ella más que una impresión confusa de cansancio.” 

El que así habla se llama José Fernández y es un personaje de novela. La novela lleva por título De sobremesa y, aunque fue escrita hacia 1890, se publicó por primera vez en 1925. Su autor, nacido en Bogotá (entonces llamada Santafé) en 1865, fue un poeta singular, considerado uno de los padres del modernismo literario hispanoamericano. Murió el 24 de mayo de 1896 de una bala de pistola disparada por él mismo al centro exacto del corazón.

José Asunción Silva pertenecía a una de las familias más distinguidas de Colombia…

[De Del suicidio considerado como una de las bellas artes ]

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Fantasmes

És coneguda la preferència que els fantasmes senten per les cases buides. De vegades, no tenen més remei que habitar-ne una d’ocupada, ja sigui perquè el fantasma és avantpassat dels que ara hi viuen – i en aquests casos cap de les dues parts no té l’obligació de marxar -, o perquè qui va vendre la casa no la va deixar prou neta. Però, si d’ells depèn, sempre es mouen en cases buides i tancades.

Passava l’altra tarda per davant d’una d’aquestes cases –vull dir, buida i tancada – quan vaig veure una cosa blanquinosa que es movia pel jardí. Era gairebé fosc i tot estava desert i silenciós. Em vaig amorrar a la reixa i “la cosa”, amb moviments suaus i elegants, és va apropar cap a mi.

– Qui ets? – li vaig preguntar, no molt segur que em pogués respondre.
– Sóc el fantasma de la casa i estic desesperat.
– I doncs?
– Senyor, aquesta casa és de les més antigues de Valldoreix, té gairebé cent anys i fa més de quaranta que està abandonada, i ara resulta que l’han de tirar a terra, ai, Deu meu. Ahir van estar aquí unes persones i parlaven de enderrocar-la i de fer-ne tres o quatre al mateix lloc i què sé jo. Totes parlaven alhora, però cap ni una va pensar en mi. Què puc fer, senyor? Ja no queden cases buides a Valldoreix, no puc anar-me al bosc com un porc senglar qualsevol, els fantasmes som molt casolans i, a més, jo sóc de molt bona família. Ajudi’m, si us plau.

Se’l veia seriosament angoixat. Jo alguna cosa havia de dir.

– No es preocupi, senyor fantasma – vaig començar –, el món no s’acaba a Valldoreix. Molt aprop d’aquí, de fet al mateix terme municipal, s’aixeca Sant Cugat. Quan jo el vaig conèixer només era un poblet, però des de fa precisament quaranta anys que no ha deixat de créixer. Fins que, fa uns mesos, això de la construcció es va aturar sobtadament. I ara hi ha milers de cases acabades i sense habitar. Estic segur que hi trobarà el seu lloc, senyor fantasma.
– És veritat això? Tantes cases n’hi ha? Avisaré als meus cosins, que estan per tot el món, anirem a Sant Cugat i viurem a un barri de fantasmes.
– No en tingui cap dubte -, vaig dir, satisfet d’haver-me’n sortit.

La veritat és que se’l veia molt content.

Diari de Sant Cugat,   20 juny 2008 

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Pirandello ¿fascista? II

En 1904 Pirandello publica El difunto Matías Pascal, que obtiene un rápido éxito en Italia y en el extranjero, una fábula sobre la necesidad de huir, de ser otro. Pero es en la producción teatral donde su arte se va depurando hasta alcanzar cimas insospechadas. En 1917 estrena su primera obra revolucionaria, Así es (si así os parece), drama sobre la incognoscibilidad, cuya manifestación externa es la locura; en 1921 seis personajes en busca de autor asaltan el escenario e imponen a los actores la representación de sus vivencias atormentadas entre la indignación y el entusiasmo de los espectadores.

Y mientras los éxitos se suceden, su vida íntima no halla reposo. Finalmente su esposa es ingresada en una casa de salud. El infierno ha cesado, pero el paraíso permanece inalcanzable: los hijos, la diferencia de edad, los pudores secularmente arraigados, impiden que su amor otoñal por la joven actriz Marta Abba llegue a realizarse.   Quizá pensando en ella, en la necesidad de crear un teatro nacional que asegure a ambos un futuro, un año después del famoso encuentro, escribe a Mussolini solicitando ser admitido en el partido como simple militante (il posto del più umile e obbediente gregario). Meses después, obtiene una subvención de 50.000 liras para la reestructuración del Teatro Odescalchi. 

En su novela Uno, ninguno, cien mil el protagonista empieza por descubrir que, para su mujer, ni siquiera físicamente es tal como él se imagina, hasta que llega finalmente a la conclusión de que cada uno de los que le rodean lo ve de distinta manera, de que es tantas personas como miradas se posan en él, de que no es nadie en sí mismo, sino algo que continuamente se crea y se rehace desde fuera. Uno de esos Pirandellos fue miembro del Partido Fascista – aunque nunca “intelectual del régimen” -, pero no el artista, no el que escribió: “He estudiado el dualismo del ser y del parecer, la descomposición de la realidad y de la personalidad…”.

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Pirandello ¿fascista? I

El 22 de octubre de 1923, en el palacio Chigi de Roma, Benito Mussolini, líder del joven fascismo, amo casi absoluto de Italia desde que, un año antes, el rey le confiara la formación del gobierno ante la presión imparable de los camisas negras, recibe a un escritor de fama creciente. No es precisamente un D’Annunzio, decadente y aventurero, rostro glamouroso del fascismo. Su aspecto es el de un respetable burgués. Pero sus obras contienen más dinamita de la que un anarquista podría transportar.

Y ahí están, frente a frente, el constructor de un orden férreo y el destructor del orden mental del buen burgués. El político dice que ante el desorden de la vieja política se ha de implantar un orden nuevo. El escritor sabe que la vida es algo inaprensible, que continuamente se escapa, y que sólo puede fijarla, contenerla, una forma, que es el arte. ¿Es esta similitud lejana, casi imposible, la que lleva al escritor, Luigi Pirandello, a pensar que se halla delante de un gran hombre, de un verdadero salvador de la patria?

Pirandello había nacido en Girgenti, hoy Agrigento (Sicilia). Su padre era propietario de un negocio al mayor de azufre. El bienestar económico familiar permite al joven Luigi dedicarse a sus aficiones, la escritura y el estudio, sin plantearse proyectos a largo plazo. Estudia en Palermo y luego en Roma. A los veintiún años prosigue sus estudios en Bonn (Alemania), donde se licencia con una tesis sobre el habla de Girgenti.

De regreso a Italia, se casa con la mujer que se le tenía destinada, Maria Antonietta Portolano, hija del socio del padre. Y escribe, escribe continuamente, sobre todo relatos cortos, que publica en revistas y periódicos sin cobrar una lira. Hasta que se produce el desastre. Una inundación destruye las existencias de azufre del negocio familiar. La ruina. Maria Antonietta cae en una depresión profunda y su mente se adentra cada vez más en los laberintos de la paranoia. Pirandello empieza a cobrar por sus escritos y entra de profesor en un instituto femenino, situación que dispara hasta lo insoportable los celos enfermizos de la esposa. ¿Cómo escapar?… (continúa)                              

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Huysmans

…  …  …

ALTER.- Deduzco que para ti Huysmans es un gran escritor.

EGO.- Por supuesto, uno de los grandes de finales del XIX…Su penetración psicológica, su capacidad de introspección y de autoanálisis, su hipersensibilidad estética, su tratamiento del monólogo interior, esa especie de recurso literario que dicen que inauguró Joyce, pero al que, sin embargo, siempre salen ilustres precedentes…en fin, toda una serie de elementos que hacen de Huysmans un gran artista, un excelente escritor…

ALTER.- Pero…

EGO.- Pero ¿qué?

ALTER.- No, eres tú el que tiene el «pero». Vamos, suéltalo.

EGO.- Muy perspicaz…Sí, hay algo, una cosa, un pequeño detalle que no me gusta de él, aunque nada tiene que ver con sus virtudes literarias.

ALTER.- Y es…

EGO.- Su catolicismo.

ALTER.- Un escritor ¿no puede ser católico?

EGO.- Claro que puede. Ese tema ya lo hemos tratado y sentenciado. No me refiero el hecho de que sea o se manifieste católico. Me refiero a su forma de catolicismo.

ALTER.- ¿Hay varios catolicismos?

EGO.- Naturalmente.

ALTER.- Y supongo que habrá uno bueno y otro malo.

EGO.- Supones bien. Para mí el bueno es el sencillo y poético de Francisco de Asís o el racional y místico de Dante o, si quieres, el de San Juan de la Cruz o el de Erasmo de Rotterdam; el malo es el decimonónico caído en manos de sacerdotes casposos que, en sus lúgubres confesionarios, llevaban las cuentas de pecados y penitencias mientras dirigían las conciencias hacia la mediocridad más absoluta.

ALTER.- Y el de Huysmans, ¿es de este tipo?

EGO.- Él pretende que no, cuando afirma que la mística y el arte le separa de la masa estulta de los beatos. Pero basta considerar el contenido de las conversaciones que se mantienen en la novela (me refiero a En route) para darnos cuenta de que no hemos salido del catolicismo casposo. Es muy difícil sustraerse a la propia época…

ALTER.- Qué quieres que te diga…me cuesta mucho imaginarme a un esteta como Huysmans en plan casposo.

EGO.- Quizá no nos referimos a lo mismo. Para que me entiendas, fíjate en este detalle. Tanto en Là-bas como en En route, que son las primeras novelas de Huysmans que entran de lleno en el tema religioso, el único pecado de que se habla y que se tiene en cuenta es el del sexo…los demás no existen. Por su parte, Dante consideraba la lujuria, que achacaba a la debilidad de la propia naturaleza humana, como el menos grave de los pecados, mientras que reservaba las máximas sanciones para los desvíos del espíritu, como la envidia, la soberbia o la traición. ¿Adviertes la diferencia? No lo llamemos casposo, si no quieres, pero…sabes a qué me refiero.

ALTER.- Sí, ha quedado bastante claro.

EGO.- Yo creo que el catolicismo épico y vigoroso de la Edad Media y del Renacimiento fue ahogado por la Contrarreforma, cuando jesuitas y compañía empezaron a hurgar morbosamente en las conciencias.

…  …  …

(De  Alter, Ego y el plan)

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Nunca muestres tus escritos a un escritor II

El creador es un hombre muy ocupado. Ocupado no solo en el sentido temporal de la palabra (no tiene tiempo para), sino además en el sentido físico o material: todo su ser está ocupado por él mismo. No tiene más mundo que el suyo propio, que trata de desarrollar y expresar en clave artística. Se podría decir que es un ser esencialmente egoísta, si no fuese porque el agudo ingenio de Oscar Wilde aclaró definitivamente el asunto:

Egoísta no es el que hace lo que quiere, sino el que exige que los otros hagan lo que él quiere.

O sea, que el creador – el escritor en este caso – no tiene nada de egoísta: deja a los otros en paz como espera que los otros le dejen a él. Cierto que adora los aplausos y el reconocimiento del público; a veces, incluso el de la masa estúpida. Pero éste en un misterio que no me veo ahora con arrestos para indagar.

En todo caso es un hecho que al escritor – al de verdad, no al que se dedica a husmear las tendencias – no le importan en absoluto los escritores de su entorno. ¿Cómo le van a importar entonces esos extraños seres que pretenden subirse al mismo pedestal que él ocupa por derecho propio?

Gombrowicz, en cierto lugar de su Journal, que lamentablemente no he sabido encontrar ahora, explica esta indiferencia fundamental que, como escritor, sentía por los autores de su misma generación. Wilde también, pero éste añade una observación muy certera y que debería bastar por sí sola para hacer desistir al novato del intento de mostrar sus escritos a quien no debe: el creador está incapacitado para la crítica.

El artista grande de verdad jamás podrá juzgar la obra ajena, y de hecho apenas puede juzgar la suya propia. Esa misma concentración de la visión que convierte a un hombre en artista limita, por su mera intensidad, su capacidad para la correcta apreciación. La energía creativa le impulsa ciegamente hacia su objetivo. La ruedas de su carroza levantan una nube de polvo a su alrededor. Los dioses quedan ocultos para sus iguales. Pueden reconocer a sus adoradores. Eso es todo.(El crítico como artista. Traducción, Luis Martínez Victorio).

Así que quedáis avisados, escritores noveles o no publicados, mostrad vuestros textos a cualquier persona que juzguéis con criterio suficiente (un vecino, un amigo, incluso un lector profesional). Nunca a un escritor.

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Nunca muestres tus escritos a un escritor I

Este consejo va dirigido a una categoría muy concreta de personas: jóvenes o mayores, hombres o mujeres, que llevan un tiempo practicando la escritura creativa y que desearían que alguien con experiencia y, a ser posible, con fama valorase sus obras y aportase el estímulo necesario que les permitiese avanzar y finalmente triunfar en el intento. El consejo es aún más certero si el escritor elegido pertenece al selecto círculo de los consagrados, o a la popular tropa de los famosos. Y a los hechos me remito. Porque, imaginemos que no se sigue. ¿Qué ocurre? Pues algunas de las cosas que los que lo han ignorado – antes de que yo lo formulase, es cierto – conocen muy bien.

A) El escritor que recibe el escrito no contesta. Esto es fácil cuando no hay un conocimiento directo entre demandante y demandado. Cuando se conocen personalmente resulta más complicado. Pero siempre hay maneras.

B) El escritor que recibe el escrito contesta con vaguedades, por lo general sin apenas haberse mirado el texto. “Vas por buen camino…”, “persevera…”, “el esfuerzo rendirá sus frutos…”, etc. Vaguedades que el demandante avispado detecta enseguida y le sumen en un profundo malestar.

C) El escritor que recibe el escrito contesta con una descalificación rotunda, que en esencia viene a decir: “Nunca serás de los nuestros; dedícate a otra cosa, infeliz.”

Yo diría que no hay más alternativas. Con una de estas tres situaciones se encontrará el ingenuo escritor novato (o simplemente, no publicado) que muestre sus escritos a un autor más o menos consagrado. Pero ¿por qué se comportan así estos señores y señoras? ¿Orgullo? ¿Desprecio? ¿Espíritu corporativo? ¿Pereza? ¿Maldad?… Bueno, no exageremos. Intentemos comprender. Mañana.

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La letra o la vida III

Pero la función explicativa del “o” podría también apuntar a algo muy distinto de lo que acabo de exponer. No se trataría ya de denotar una relación antagónica o armónica entre escribir y vivir, entre poesía y realidad, sino que contendría una proposición más bien metafísica, o fantasiosa (que viene a ser lo mismo), consistente en que la existencia humana no sería más que una ficción que tendría lugar a lo largo de la literatura universal. No es mala idea.

Ninguna idea es mala, si es fecunda. Y ésta lo es, al menos desde el punto de vista del escritor. La literatura, como realidad; la vida, como ficción literaria. Quién sabe. Al fin y al cabo, cuando dentro de miles de años se estudie nuestra civilización, al investigador de turno le costará Dios y ayuda establecer quién tuvo una vida real y quién ficticia, si Cervantes o Don Quijote, si Shakespeare o Hamlet. Del mismo modo que en nuestros días no sabemos si otorgar más realidad a Aquiles o a Homero.

Aceptemos que la ficción es un producto de la vida, pero también que la vida es obra de la ficción, de la mente. “El mundo es mi representación”, dice el filósofo. Pero no me he asomado a esta ventana para filosofar, sino para contemplar la vida, la vivida y la imaginada. La vida del escritor.

Escritores, los hay de muchas clases. De tantas como de seres humanos en general. Unos escriben por la mañana temprano (Goethe); otros, por la noche tarde (Kafka). Unos se implican en la vida de su sociedad (Zola); otros cultivan un mundo aparte (Huysmans). Unos están instalados en la razón (Voltaire); otros, en el sentimiento (Rousseau). Unos creen en el más allá (Chesterton); otros, apenas en el más acá (Sartre). Unos se mueven entre la alta cultura (Mann); otros, entre oscuros pueblerinos (Faulkner). Unos son todo espíritu (Tagore); otros, todo sexo (H. Miller). Unos son conservadores (T.S. Eliot); otros, revolucionarios (Alberti). Unas son aristócratas (Pardo Bazán); otras, obreras (Alfonsina Storni). Unos son piadosos (Verdaguer); otros, impíos (Sade). Unas son vitales (De Stäel); otras, enfermizas (Woolf)…
Cuánta variedad, cuánta riqueza. Y algunos dicen que leer es aburrido… Bueno, si solo leen a ciertos escritores de aquí y ahora, no seré yo quien les contradiga.

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La letra o la vida II

Nadie más raro que Kafka, al menos en la imaginación literaria-popular. Y aun en la popular a secas, que utiliza el adjetivo kafkiano con la alegría del que no sabe lo que tiene entre manos. También Kafka suele considerarse un ejemplo de creador que opta por la escritura frente a la vida. Consideración que tiene su base en la actitud huidiza que en más de una ocasión adopta en el momento en que va a formalizarse una relación amorosa. Aunque aquí el dilema no se da propiamente entre arte y vida, sino entre arte y matrimonio, que no es exactamente lo mismo.

La idea de la incompatibilidad entre la dedicación al arte y el estado matrimonial viene de muy antiguo. Pero, como es natural, se refuerza con el romanticismo, cuando el artista es considerado como una especie de sacerdote consagrado exclusivamente a la diosa Arte. En esta consideración late la misma idea que impulsó a la Iglesia católica a requerir el celibato de sus sacerdotes: que no se puede servir a dos señores. Y es que ni la entrega total al Arte ni la entrega total a Dios parecen compatibles con las mil y una preocupaciones que impone la vida de familia. Y esto es así, pese a todas las proclamas de los propagandistas de “la familia cristiana”, que ignoran (o pretenden contradecir) lo que el mismo Cristo dice al efecto en Mateo 12, 46-50 y en Lucas 2, 41-50 y 9, 59-62.

Bien, aunque sea de manera aproximada, como lo es todo en esta vida, se puede decir que Baroja y Kafka ilustran el significado que se desprende de la función disyuntiva del “o” situado a la mitad del título de esta Categoría.

La otra función, la explicativa de una equivalencia, vendría a aludir a todos aquellos escritores para los que el ejercicio de escribir no es algo aparte o separado de la vida, sino la expresión natural de las propias capacidades vitales. Y pienso en Goethe, naturalmente. Y en tantos otros, en general de raigambre clásica, que no sienten contradicción alguna entre la labor creadora y el normal desarrollo de la vida en sociedad. Desde Cicerón hasta Thomas Mann, pasando por Voltaire. Escritores en los que la letra, la escritura, forma parte de la vida (cuando menos, de su vida) de una manera natural y no conflictiva.

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La letra o la vida I

Sin necesidad de consultar un tratado de gramática, creo estar en condiciones de afirmar que la partícula “o” puede tener, por lo menos, dos funciones distintas. Una, claramente disyuntiva, como cuando los antiguos bandoleros conminaban al viandante para que se decidiese por ¡la bolsa o la vida! sin más historias. Otra, explicativa de una equivalencia, como cuando, refiriéndose al idioma, se dice “castellano o español”.

Si he de ser sincero – y, sinceramente, creo que lo he de ser – confesaré que, después de pensarlo un rato, todavía no sé cuál de las mencionadas funciones ejerce la partícula “o” en el rótulo de esta Categoría.

Decantarse por la función disyuntiva del “o” supone aludir a aquel trágico dilema que algunas personas han sufrido y que muchas han magnificado: escribir o vivir; el arte o la vida. O, como lo decía Pirandello, la vita o si vive o si scrive. Y enseguida acuden a la mente los nombres de tantos creadores de los que se dice que crearon porque no sabían o no querían vivir; individuos encerrados en sus cubículos, que levantaban mundos fantasmagóricos o simplemente imaginarios mientras el mundo real andaba no lejos de sus zapatillas.

Pío Baroja, por ejemplo. Y el nombre se me ha aparecido a propósito de las zapatillas. Porque aquel genial constructor de relatos novelescos alardeaba de no saber escribir correctamente, y para corroborarlo afirmaba sin ningún pudor que él nunca sabía si estaba con zapatillas, de zapatillas o en zapatillas. Pero, a la vista de su obra, parece que esto del desaliño literario de Baroja es pura leyenda. Leyenda patrocinada por el mismo autor. Ya es raro. Como si un arquitecto propalase que no sabe bien su oficio. Y es que – como imagino que se irá viendo por aquí – los escritores suelen ser gente muy rara.

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