Archivo mensual: septiembre 2020

CONVERSACIONES CON PETRONIO XVI

Petronio me recibió como si nos hubiésemos visto el día anterior. Esta actitud no sólo no me sorprendió sino que me pareció muy propia de su carácter.

-Ahora que te has convertido en un agricultor honrado -dijo- quizá te cueste adaptarte de nuevo a la vida de la ciudad. ¿Cómo has encontrado Roma?

-Ruidosa, triste, sucia. La impresión ha sido muy distinta de la de hace unos meses.

-Ten en cuenta que entonces llegaste con la primavera, y la ciudad estaba en su mejor momento, con todas las fuerzas positivas desatadas para superar las consecuencias del gran incendio. Ahora es otoño, cuando todo en la naturaleza declina, y este tiempo lluvioso es capaz de entenebrecer la visión de cualquiera…Y dime, ¿has visto a Valerio? ¿Qué te parece la nueva casa? Imagino que habrás ganado con el cambio.

-La casa es cómoda y agradable. Sí, claro que he visto a Valerio. Y por cierto, me ha dicho que tu opinión sobre su obra fue muy positiva.

-¿Eso te ha dicho? ¿Que fue muy positiva? No sé que pensar. Nunca dejará de sorprenderme la enorme capacidad de tantas personas de oír solo lo que quieren oír.

-Espero no ser una de esas personas.

-¿Quieres decir que deseas conocer mi opinión sobre lo que me enviaste?

-Estoy preparado para lo que sea.

-De acuerdo. Pero antes ha de quedar claro que lo que te voy a decir es sólo mi opinión, y que podrían darse otras opiniones tan válidas, o inválidas, como la mía. Por lo tanto, en el peor de los casos no hay razón para el desaliento.

-Muy negro me lo pones antes de empezar.

-Ni negro ni blanco. Como suponía, como no podía ser menos en una persona de tus características, tu obra tiene corazón… pero le falta casi todo lo demás.

-La técnica, quieres decir.

-Sí, pero no en el sentido más elemental. Naturalmente que dominas el arte de la versificación y las normas de la retórica; incluso la elección de las palabras me ha parecido en muchos casos acertadísima. Pero eso no es todo, te falta dar el salto.

-¿El salto?

-Sí, de lo particular a lo general, del sujeto al objeto. El arte no consiste simplemente en sacar  a la luz el contenido de nuestras observaciones o emociones. El arte, no lo olvides, es sobre todo juego, un juego delicado y voluntarioso que consiste en tomar los materiales de la experiencia y de la imaginación y construir con ellos una obra de valor universal, de manera que cualquiera pueda sentirla o comprenderla como si se hubiese concebido pensando precisamente en él. Eso es lo que te falta, apartarte de ti mismo para dar paso a la obra. Pero no te preocupes, eso se aprende. Lo que le falta a Valerio Marcial no hay manera de aprenderlo ni de enseñarlo.

-En realidad, esperaba que me dijeses algo así. Soy consciente de mis limitaciones. Creo que has formulado perfectamente lo que para mí era una vaga intuición. ¿Pero cómo puedo remediarlo?

-Con arte y paciencia.

-¡Pero si es arte lo que me falta, si es paciencia lo que me falta!

-Pues vas mal, porque si te falta paciencia, te falta todo. En el arte, como en la vida, hay que empezar siguiendo los pasos establecidos. Hay que seguir un proceso de aprendizaje, una disciplina, que primero viene impuesta desde fuera y luego la va elaborando uno mismo. La inspiración puede llegar en cualquier momento, pero si no tienes los instrumentos afinados, poco harás con ella. Sobre todo abandona cualquier pretensión didáctica. La función del arte no es adoctrinar ni moralizar. Cuando abordes un tema no pienses en las conclusiones que de la obra se habrá de extraer, no la encamines hacia un fin predeterminado. Deja que se desarrolle libremente según sus propias exigencias internas, no la fuerces, no la tuerzas. Y esto es aún más válido con los personajes. Cuando crees un personaje no lo tengas encadenado a la primera idea que te hayas formado de él; déjale que se mueva con libertad, que sea él mismo. Y no te preocupes de lo que habrá decir o hacer. Si ha sido concebido en libertad, si no ha nacido bajo la esclavitud de la idea, él mismo sabrá muy bien cómo comportarse.

-Todo eso me parece milagroso, increíble.

-A mí también me lo parecía a tu edad. Pero si tienes paciencia, llegará, y si a los treinta no ha llegado, no desesperes, trabaja y sé paciente, quizá llegue a los cuarenta o a los setenta.

-¡A los setenta! Buena edad para alcanzar la fama.

-Cualquier edad es buena para escribir la obra. En cuanto a la fama, no sé muy bien qué es. Lo que sí sé es que fama y arte no guardan relación directa.

– Pues yo siempre había pensado que sí, que el resultado necesario del arte es la fama, la gloria. Pero, de un tiempo a esta parte no lo veo tan claro…¿Crees de verdad, por poner un ejemplo extremo, que puede darse el caso de un gran artista que permanezca desconocido?

-No lo sé. Si permanece desconocido, nunca sabremos si se trata o no de un gran artista. Más corriente es el caso del pretendido artista que no logra estar a la altura de sus intenciones.

-Ha de ser algo terrible -dije, sin saber que estaba aludiendo a mi propio destino-, dedicar todas las horas del día, todos los días de la vida a algo que finalmente no has de conseguir.

-Para empezar, eso que dices es una exageración. El que persigue un fin de una manera tan obsesiva no sólo no lo consigue, sino que acaba destruyéndose a sí mismo. En ningún caso se ha de dedicar a nada todas las horas del día, y mucho menos todos los días de la vida.

-¿Crees que es conveniente que el creador, el poeta, se ocupe también en alguna otra actividad?

-Creo que sí -dijo Petronio-, que es conveniente. A la larga, no hay nada tan angustioso como quedar reducido entre los límites de una sola actividad, por exquisita que sea. No puedes estar escribiendo todo el tiempo, y si lo haces, y no has perdido el buen criterio en tan absurdo empeño, te verás obligado a desechar montañas de hojarasca.

-¿Y cuál te parece la actividad más adecuada para complementar la literaria?

-Cualquiera, pero cuanto menos tenga que ver con las letras mejor. Yo mismo he hecho un poco de todo. Siempre he estado ocupado en alguna otra cosa además de leer y escribir. Mi actividad actual, por ejemplo, puede parecer pintoresca, sin sustancia, pero te aseguro que da sus quebraderos de cabeza. Ejercer de maestro del buen gusto y tratar de mantenerse a flote sobre el mar de intrigas palaciegas no es cosa fácil. Pero también he ejercido cargos oficiales, ¿lo sabías?

-Sí, sé que fuiste cónsul, y por ti mismo he sabido que ejerciste el gobierno de Bitinia.

-Lo del consulado es casi una broma, no puede considerarse propiamente una actividad, hoy en día es solo un cargo decorativo. Si tuviese un mínimo de sentido patriótico, lloraría al pensar en qué se ha convertido la primera magistratura de Roma. Ejercer el gobierno de una provincia es muy distinto. Ahí sí que tienes que actuar, administrar, juzgar, mandar el ejército, y todo bajo tu exclusiva responsabilidad. Mientras ejerces el gobierno eres el rey absoluto de la provincia.

-¿Y cómo te fue? La verdad es que no te imagino como el típico gobernador romano, enérgico, duro, inflexible.

-No me fue nada mal. Y te he de aclarar una cosa. Para ser un buen administrador, y un gobernador no ha de ser otra cosa que un administrador, no es necesario ser duro, ni mucho menos inflexible. Enérgico sí, y sobre todo, decidido. Por otra parte, es importante no permitir que el humo del poder se te suba a la cabeza. El poder, como la literatura, como todo, solo se ejerce correctamente si no es lo único que te preocupa. Lo malo es que la mayoría de los que lo ejercen no llevan más que el poder en la cabeza. En realidad, que las cosas funcionen depende solo de una decisión previa: la elección de los subordinados directos. Si aciertas en esto, habrás acertado en todo. Pero te advierto que no es tan fácil como parece. Conocer a las personas requiere su tiempo, y siempre te puedes equivocar. Sobre todo, hay que estar en guardia contra los aduladores, raza temible que invade todos los niveles del poder.

-De todos modos, por muy buenos que sean los subordinados y colaboradores creo que ha de ser muy complicado dedicarse a algo que no conoces, y de tanta responsabilidad.

-Depende de lo que te propongas. Hay dos maneras de ejercer el mando de una provincia, o de lo que sea. Una es no haciendo nada. Otra es haciendo cosas. La primera es la más segura. Si has resuelto bien el problema de tus subordinados directos, te puedes permitir el lujo de no tomar ninguna iniciativa con la seguridad de que no te equivocarás. La segunda no es muy recomendable. Consiste en hacer cosas para obtener ciertos resultados memorables. Es muy arriesgada, y de escaso interés para el no profesional.

-Aun admitiendo que todo eso sea cierto, yo no me veo ejerciendo un cargo público. Así, que si quiero seguir tu consejo, habré de pensar en otras actividades.

-Te equivocas en lo primero. Cualquiera puede ejercer un cargo público, por delicado que sea. La prueba está en que cualquiera lo ejerce. Pero si prefieres otra actividad, ¿por qué no? Lo único que importa es que la literatura no constituya tu única ocupación, aunque sea la principal. El escritor que sólo lee literatura acaba perdiendo el sentido de la realidad y su obra no será lo que, entre otras cosas, ha de ser, expresión del mundo, sino que será expresión de la expresión del mundo, es decir, copia de una copia. Y eso se nota, ya lo creo que se nota. Enseguida se advierte que lo que corre por sus frases no es sangre viva, sino imitación de la sangre. Las obras de esos escritores son como ciertas pinturas que no pueden ocultar que no han sido tomadas de la realidad, sino de otras pinturas. Por desgracia, ese tipo de escritor, el que se alimenta solo de literatura, es el que más abunda…con el resultado que ya conocemos.

-No se me había ocurrido que la vaciedad de nuestros actuales literatos pudiera tener esa causa.

-Entre otras. Por ejemplo, en el extremo opuesto está el escritor pretendidamente realista. Y es que yo creo que un escritor no debe nunca, nunca, ceder a la tentación de aprovechar materiales de la realidad. Hay un ejemplo clarísimo. Toma una carta de amor auténtica y trata de trasladarla a la obra que estás escribiendo. El resultado será desastroso. Y es que no hay nada más irreal e inverosímil que una carta de amor auténtica… A propósito, tengo algo para ti. Una persona, que no sabía donde localizarte, me ha enviado un pliego, sellado, con el ruego de que te lo haga llegar. Seguro que te interesará.

En cuanto me lo hubo entregado, Petronio comprendió mi prisa repentina por marchar a casa.

(CONTINÚA jueves próximo)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XV

La carta tuvo en mí un extraño efecto sedante, curativo. La ansiedad que hasta entonces me había atenazado desapareció al instante. Y sentí como si una distancia, un foso se empezase a abrir entre el Lucio de Roma y el de Nápoles.

En casa, entre los míos, tenía ocupaciones prácticas, reales. La situación del patrimonio familiar no era tan saneada como había imaginado. Importantes hipotecas gravaban las dos fincas rústicas que proporcionaban todos los ingresos. Los trabajos de restauración de la casa de Pompeya estaban lejos de concluirse; la de Nápoles prácticamente se venía abajo. Con la ayuda de mi hermano Paulo me puse a la tarea, y los días empezaron a correr velozmente.

De vez en cuando, el Lucio de Roma se me aparecía entre brumas. Pero, de momento, no quería saber nada de él. Casi había olvidado a Pola y era como si quisiese olvidar a Petronio.

Con la época de la cosecha aumentaron los trabajos. Me había desprendido del liberto que administraba los bienes, y tenía que vigilar de cerca la recolección y planear el almacenamiento y las ventas.

En julio, concluida la restauración de la casa de Pompeya, nos instalamos definitivamente en ella, mientras empezaban los trabajos en la de Nápoles. Recuerdo que el cambio de residencia coincidió con la noticia de la muerte de Popea, la esposa de Nerón, noticia que llegó acompañada de toda suerte de rumores malintencionados.

Una tarde llegué a casa especialmente cansado. Había pasado el día -creo que era el primero de agosto- entre Nápoles y la finca más próxima. Después de tomar un baño, decidí descansar un rato al fresco del jardín. El sol poniente encendía reflejos dorados en las verdes faldas del Vesubio. Me senté en un banco y contemplé toda la perspectiva del jardín que con tanta afición yo mismo había diseñado…De pronto, todo mi cuerpo se estremeció. ¿Cómo era posible? ¿Cómo no había visto antes lo que ahora veía? Sin proponérmelo, sin darme cuenta había reproducido el jardín de la casa de Petronio. Con precisión, con exactitud: no faltaba el Príapo, ni la fuentecilla, ni siquiera los dos ciruelos. No me había repuesto de la impresión cuando llegó carta de Roma.

«Querido Lucio, no empezaré esta vez hablándote de mi jardín. Seguro que en la florida Campania habrás tenido motivos sobrados para olvidarte de mi modesto huertecillo urbano. ¿Te has olvidado también de lo demás? Hace dos meses que te escribí, y no he sabido nada de ti. Por lo general, esto es buena señal. El pajarillo que no vuelve al nido es que ha aprendido a volar. O también puede ser que, en vez de volar, hayas decidido acomodarte en otro nido, al abrigo de las inclemencias del mundo. Tampoco te lo reprocharía.

El mundo sigue su curso y yo lo contemplo pasar. Y, a veces, entre las personas que en él se agitan, distingo una que atiende por el nombre de Tito Petronio Níger. Es un personaje curioso. No por lo que hace, que en eso no se distingue mucho de los demás, aunque sus actividades se consideren más distinguidas, sino por esa manera que tiene de actuar como sabiéndose contemplado por un doble suyo, que le observa desde afuera. Ese Petronio es un farsante: dice y hace cosas en las que no cree, ha conseguido llegar muy alto, ser el centro de la admiración o de la envidia de todos…Inútil. Yo sé que sólo está representando un papel. Y él sabe que yo lo sé. Pero no quiero dejarme deslizar por la fácil pendiente de las meditaciones íntimas.

Me alegra que te estés convirtiendo en una persona activa, según deduzco de tu única carta. Sigue así. Sumérgete en tus ocupaciones como si de ellas dependiese tu existencia. El resultado será, no lo dudes, la formación de una personalidad sana y robusta, nada que ver con aquel muchacho tímido y dubitativo con quien conversaba ciertos días de abril…Pero siento nostalgia de él, no lo puedo evitar, y curiosidad, mucha curiosidad por saber en qué se estará convirtiendo.

Si tú no vienes, no sé cuándo nos veremos. Lo de pasar una temporada en Cumas he tenido de quitármelo de la cabeza. Por aquí las cosas se han complicado tanto que no me puedo permitir el lujo de alejarme del centro de los acontecimientos. En teoría, la situación política está en calma. Para asegurar esa calma Tigelino se dedica ahora a eliminar a cualquier persona susceptible de incomodar a Nerón, aunque nada haya tenido que ver con la conspiración. El primero en caer ha sido el cónsul Vestino, enemigo verbal de Nerón, pero ajeno por completo a cualquier tipo de acción. Y caerán más. Y cuando se haya acabado con los que incomodan a Nerón, llegará el turno de los que incomodan a Tigelino. O quizás se irán alternando unos y otros. Todo eso está en el orden normal de las cosas.

Lo que de verdad ha alterado ese orden, introduciendo un factor de distorsión de consecuencias impredecibles, ha sido un hecho desgraciado: la muerte de Popea Sabina.

Me llevaba muy bien con Popea. Era una mujer admirable. Y cuando leas «admirable», ni por un momento se te ocurra ponerla en relación con Pola. Otros muy distintos son los motivos de admiración.

A diferencia de tantas mujeres que, como ella, han tenido intimidad con el poder, a Popea no le interesaban las intrigas políticas. Mujer hermosísima, la belleza era su principal ocupación. Y no sólo la belleza personal, que sabía cultivar como nadie, sino la de todo cuanto le rodeaba. Había sabido crear en torno suyo un ambiente de elegancia y distinción como creo que nunca se había conocido en la corte de un César. Y a este mérito nada le resta el hecho de que yo discrepase en cuestiones de detalle. Como sabes, los criterios estéticos son subjetivos y movedizos.

Además, Popea era fiel a Nerón, detalle no obvio sino muy digno de mención en nuestra sociedad. Por su parte Nerón estaba encantado con ella, y hasta diría que enamorado. Y últimamente, entusiasmado. El embarazo de Popea le anunciaba la próxima realidad del heredero que siempre había anhelado. Así que todo iba bien. Hasta que un dios caprichoso, o el mismo destino, decide torcerlo todo.

Para compensar la frustración del pueblo por la supresión de los Juegos Cereales, Nerón decidió adelantar los siguientes juegos a las calendas de julio. Y aún más. Decidió darse a sí mismo en espectáculo como cantante y citarista. Cuando anunció su propósito a los senadores, la mayoría se sonrojó por adelantado. ¡El primer magistrado de Roma, el César, convertido en comediante! Alguien, en un intento nada afortunado de evitar el bochorno, propuso que el Senado le reconociese ya sus cualidades, coronándole como el mejor citarista y cantante de todos los tiempos. Nerón se indignó. Él no necesitaba los favores de una asamblea servil. Se presentaría ante el jurado como un concursante más, sin favores ni privilegios.

Llegado al teatro de Pompeyo, donde se iba a celebrar el concurso de canto, Nerón ocupó su lugar en la tribuna imperial, ataviado con los ropajes e insignias propias de su dignidad. Así, que algunos pensaron que había abandonado la extravagante idea. Se equivocaban. Otros habían organizado los detalles del espectáculo…con mi beneplácito, naturalmente.

Entre las aclamaciones que acogieron su llegada, empezaron a surgir las primeras voces, fuertes y claras -se había seleccionado a los voceros-, que suplicaban que ofreciese al pueblo una muestra de su arte. En un alarde de cómica modestia, Nerón se resistía. Se le acercó entonces Vitelio, director de los juegos, para rogarle que no desatendiera tan sentidas súplicas, que no apenase ni ofendiese al pueblo reservando siempre para los grandes su arte sublime. Nerón cedió, naturalmente. Bajó de la tribuna, se colocó el ropaje de citarista, que llevaba preparado, y fue a inscribirse como un concursante más.

Fue el primero en actuar. Y el único. Cada pieza que interpretaba era saludada y despedida con una lluvia de encendidos aplausos, cuyas llamas se encargaban de prender, avivar y propagar grupos de «aplaudidores» estratégicamente situados por todo el teatro. Y no es que el pueblo llano -quiero decir, el no aplaudidor de oficio- lo pasase mal. Al contrario, diría que se mostraba encantado y regocijado ante el espectáculo de un César tan simpático que cantaba aquellos versos -que nadie entendía- y, sobre todo, que saludaba con aquella divina modestia para obtener la benevolencia del auditorio. El ambiente estaba tan caldeado, el artista tan eufórico que era ya la hora novena y el espectáculo no parecía llegar a su fin.

En la tribuna, las cosas no iban tan bien. Popea sufrió un desvanecimiento. Se recuperó. Pero el color de su rostro denotaba que la recuperación era sólo aparente. Yo le propuse que se retirase al palacio, donde podría ser atendida debidamente. Ni hablar, objetó Tigelino, nadie, pero nadie, puede abandonar el teatro mientras el César está actuando. Por desgracia, Popea era de la misma opinión. Y aguantó hasta el final, es decir, hasta que, tras el último saludo del César cantante, entre el delirio popular, el jurado decidió que no era necesaria la participación de ningún concursante más y le hizo solemne entrega de la corona.

Poco después, Popea fallecía en sus habitaciones ante un Nerón atónito, que acababa de insultarla por el escaso entusiasmo que había mostrado ante la genial actuación de su augusto esposo. El rumor público ha decretado que Popea murió a manos de Nerón. Esto es literalmente falso…pero sólo literalmente. Lo cierto es que Nerón quedó profundamente afectado por el suceso. No sólo perdía a Popea, a quien de verdad amaba, sino también el hijo deseado.

La desaparición de Popea daba un giro peligroso a la situación. Ella era -quizá sin darse cuenta- mi principal aliada. Entre los dos habíamos levantado un muro que contenía a Nerón en los límites de una vida suave y delicada y, en lo posible, le apartaba de los peligrosos delirios de Tigelino. Había que reconstruir el muro…y me puse manos a la obra.

Enseguida conseguí introducir junto a Nerón a Silia Crispinila, mujer riquísima en toda clase de astucias y experiencias, con el fin de que mantuviese el tono excelso de la corte mientras se buscaba la nueva esposa, tarea de la que se encargaba la propia Crispinila. Pero los intentos de ésta de cumplir tan delicado cometido chocaban con una dificultad imprevista: tanto amaba Nerón a Popea que sólo podía admitir una sucesora de aspecto idéntico a la fallecida.

Esto no ha arredrado a Crispinila, quien después de varios intentos fallidos ha dado por fin con la persona adecuada, imagen repetida de la bella Popea Sabina. Sólo que la persona en cuestión es… un muchacho. Problema menor. Debidamente vestido, compuesto y maquillado, resulta la viva estampa de Popea. Y así se la ha presentado Crispinila a Nerón, quien anda loco de contento con el hallazgo.

Éstos son hechos recientísimos. Veremos cómo evolucionan. Imagino que no para bien. La presencia de Popea era insustituible, y no digamos ya por vía de mascarada. Por otra parte, Nerón se está deslizando por una pendiente imposible de remontar. Quizá me he equivocado con lo de Crispinila; quizá de todos modos se me habría escapado. Antes rebelde al magisterio moral de Séneca, ahora rebelde al magisterio estético de Petronio, Nerón no tiene futuro como persona. Y tampoco como César. Ahora es cuando los tiempos empiezan a madurar; ahora sería el momento de escribir un plan bello y efectivo.

Y hablando de escribir. El otro día caí en la cuenta de un hecho curioso. Aún no he leído ninguna obra tuya. Creo recordar que el motivo declarado que te impulsó a acercarte a mí era perfeccionar tus conocimientos literarios. ¿Entonces? ¿A qué esperas? ¿Para cuándo, para quién guardas tus creaciones?

Alguien ya se te ha adelantado. Por las buenas, sin anunciarse, hace unos días se me presentó Valerio Marcial. Dijo que era muy amigo tuyo y que esto le autorizaba a requerir mi atención sobre sus escritos. Me dejó un montón de papel emborronado y se largó, anunciándome una próxima visita para conocer mi opinión. No se puede negar que el individuo tiene desparpajo. Y pésimos modales.

En atención a ti, les he dado un vistazo. ¿Quieres mi opinión? Marcial domina la técnica necesaria, no le falta gracia, tiene ingenio, tiene fuerza, tiene muchas cosas…pero no tiene corazón. ¿Sabes lo que quiero decir con esto? Uno puede ser muy listo, muy sabio, muy agudo, muy ducho en todas las técnicas de la escritura, pero si no tiene corazón, nunca será un poeta.

Adivino tu pregunta. «¿Pero qué es eso que llamas corazón? ¿Lo tienes tú, Petronio?» Del corazón puede decirse algo parecido de lo que decíamos del estilo (que es la manera que tiene de manifestarse). El corazón es la fuerza interior, la fuente íntima de donde mana la poesía; el corazón es incompatible con la mezquindad y con la amargura a secas (incluso en sus epigramas más pretendidamente acerbos brilla el radiante corazón de Catulo). ¿Lo tengo yo? Juzga tú mismo: el corazón no intenta demostrar nada, no juzga, no busca conclusiones, tampoco se castiga ni se expone como víctima degollada; el corazón ríe, juega y ama. ¿No dirías que incluso en mi Satiricón late un corazoncito?

¿Y tú? ¿Tienes corazón? Espero comprobarlo pronto. Salud.»

Pasé los días siguientes ordenando, corrigiendo y seleccionando mis escritos. Con el resultado de la selección formé un paquete y se lo envié a Petronio con una carta de pocas líneas: sólo para anunciarle que antes de dos meses, concluidos los trabajos de la vendimia, estaría de nuevo en Roma.

Poco después de la de Petronio recibí carta de Valerio. Se había comprado una casita, decía, modesta pero limpia, alegre e independiente en el barrio del Esquilino, y me proponía que la compartiese con él…si tenía a bien colaborar en el pago de la hipoteca. Acepté. A principios de octubre estaba en Roma.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XIV

Lo primero que hice no relacionado con la situación creada por la muerte de mi padre fue escribir a Petronio. Entre otras cosas, le informaba de mi decisión de trasladar el domicilio familiar a Pompeya, a la antigua casa veraniega, muy deteriorada, cuya reconstrucción había iniciado mi padre. Pero, sobre todo, le suplicaba, que me informase lo antes posible de la situación en Roma. La noticia de la muerte de Séneca había llegado de una forma tan confusa que ni siquiera resultaba claro si estaba relacionada o no con el descubrimiento de la conjura. Y también le encarecía que me informase de la suerte de Lucano y familia. ¿Adónde podía escribir a Pola? ¿Era oportuno hacerlo?

También escribí a Valerio Marcial de quien, dadas las especiales circunstancias de mi partida, ni siquiera me había despedido y también le pedía información sobre la suerte de Lucano.

El mensajero que envié con las dos cartas regresó con la dirigida a Valerio: había abandonado la vivienda y nadie de la vencidad conocía su nuevo domicilio. Y también se trajo de Roma una noticia reciente, muy reciente: diez días después de la muerte del filósofo Séneca, su sobrino, el poeta Lucano, se había quitado la vida acatando el siniestro dictado de Nerón.

La noticia de la muerte de Lucano me conmovió profundamente. ¿Cómo le habría afectado a Pola? ¿Qué sería de ella en adelante? ¿Y Petronio? ¿Qué sería de él? La impaciencia me consumía. La ignorancia de los hechos me torturaba. Pero aún tendría que esperar casi un mes para obtener algunas respuestas. A finales de mayo recibí la esperada carta de Petronio.

«Querido Lucio, si temías por mi suerte, puedes tranquilizarte: escribo, luego estoy vivo. Lo malo de esta afirmación es que caduca cada vez que levanto la mano del papel. Pero no quiero alarmarte. No hay que ser pesimista. Lo peor de la tempestad ha pasado. Hemos tenido pérdidas, es cierto, y algunas muy valiosas, y hasta que la calma se consolide, puede haber más. Así que tampoco hemos de pecar de optimistas.

La primavera se halla en su apogeo. Todo es verdor y esperanza de vida nueva, incluso aquí, en medio de la ciudad. Conociste mi jardincillo cuando brotaban las primeras flores. Si lo vieses ahora…Los dos ciruelos de Siria plantados con mis propias manos alargan con fuerza sus brazos hacia el cielo. Los rosales trepan cada vez más altos por los muros, y sus flores, de tonos diversos, forman una espontánea y armónica sinfonía de color. Esta época es como el verano de la primavera. La naturaleza despliega sus fuerzas, con prisa y sin orden, en busca de las formas que, con el auténtico verano, serán ya definidas y completas, maduras para el goce. Y para la muerte. Y también para la vida nueva. Eso lo sabe el Priapo, que con su falo poderoso y su risa bestial preside los misterios de la vida que siempre renace. La primavera nos dice que todo lo que muere vuelve a vivir, que Perséfone no permanece para siempre cautiva bajo la tierra. Éste es el orden natural del mundo. Pero nosotros hemos inventado otro. Lo que ocurre es que todavía no sabemos cómo funciona.

Es como si te oyera. «¿Pero de qué me hablas?», dices, «déjate de historias y cuéntame lo que de verdad me interesa». Y tienes razón, toda la razón. He de contarte lo que de verdad te interesa. Pero no te hagas ilusiones. Me temo que todo lo que yo sé no es lo que de verdad te interesa. De todos modos te lo contaré, y lo haré por amistad, no por placer, puedes estar seguro. No es que los hechos sean muy terribles o repugnantes o, al menos, no lo son más de lo que cabía esperar. Es que me resulta muy difícil escribir sobre un tema impuesto, que yo no haya elegido. Y te aseguro que nunca se me ocurriría escribir una fábula que llevase por título La Conjuración de Pisón. Ésa sería tarea de un Salustio, que sabía muy bien dónde estaban los buenos y dónde los malos, o de tantos escritores moralistas, que nos explicarían el porqué de los hechos y las consecuencias de la decadencia de las virtudes públicas y privadas.

Sabes que no es ése mi estilo. Así que, si he de abordar el tema, lo haré como quien cuenta una vieja historia, una leyenda, un cuento sin moraleja. Por lo tanto, no te será permitido preguntar cómo he sabido esto, cómo me he enterado de aquello. Piensa que se trata de una historia contada por un dios que todo lo sabe y todo lo ve…es decir, una historia de ficción.

La tarde del día 18 de abril Escevino estaba terriblemente inquieto. Más que pasear, corría de un extremo a otro de la casa sin saber con qué excusa detenerse o en qué detalle parar la atención. En uno de sus trayectos se encontró con Mílico, liberto que seguía viviendo en la casa.

«Mílico, tú sabes dónde se guarda el puñal de mis antepasados, el de las guerras púnicas. Tráemelo, por favor.»

Diligente y servicial como siempre, Mílico le presentó al momento el histórico puñal.

«Ahora tráeme paños adecuados, polvos para limpiar y piedra de afilar.»

En cuanto tuvo lo que pedía, Escevino se recluyó en una sala presidida por el busto de Bruto, y allá, arrodillado ante la imagen del tiranicida, empezó a sacarle punta y brillo al arma.

Tras la puerta entreabierta, Mílico le contemplaba y, después de cerciorarse de que en realidad veía lo que creía estar viendo, corrió a contárselo a su esposa. Poco necesitó ésta para comprender el significado de todo, una vez relacionadas visitas, palabras, personajes y movimientos de los últimos días.

«¿Lo ves ahora, pedazo de burro? ¿Tenía yo razón o no?»

«Sí que parece…», reconoció Mílico.

«Sí que parece, sí que parece…¿Qué más necesitas, asno completo? ¿Y qué haces aquí? Ya puedes salir corriendo».

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió hasta el palacio y no cejó hasta que el mismo Tigelino accedió a recibirle. El prefecto del Pretorio, que era muy experto en su oficio, ni le creyó ni no le creyó, sino que mandó a unos soldados a que detuvieran a Escevino y lo trajeran de inmediato a su presencia junto con el arma delatora. Pero lo primero que había hecho Escevino al ver que lo iban a apresar fue ocultar el arma en lugar seguro de la misma sala. Así que, a pesar de los registros y las amenazas a la servidumbre, el arma no apareció por ninguna parte y Escevino pudo comparecer ante el prefecto sin tan compremetedora compañía.

Conocida la acusación, Escevino comprendió que el único que podía haberle delatado en relación con el puñal era Mílico. Así que argumentó su defensa como exigía el caso, y con argumentos no muy alejados de la realidad.

«Todo es un invento de Mílico. Es un hipócrita y un traidor. Cuando le di la libertad me suplicó que le dejase seguir viviendo en la casa. Pero no por afecto o amistad, sino porque pensaba conseguir no se qué beneficios de mí. Y como no los ha conseguido, ha querido vengarse de esta manera tan estúpida».

Lo primero que se le ocurrió a Tigelino era de sentido común: ¿qué ventaja obtendría Mílico con una acusación que podía probarse falsa? De manera que la lógica coincidía con su olfato de sabueso: Escevino era culpable.

Pero no había pruebas. No es que Tigelino necesitase abundancia de pruebas para condenar a cualquiera que se le pusiese por delante, pero sí que había de respetar las convenciones sociales más elementales. Y éstas establecen que la palabra de un liberto no vale nada ante la palabra de un senador, como era Escevino. Y sin prueba alguna, sin el maldito puñal, la situación se planteaba exactamente en aquellos términos. Pero, como nada le obligaba a liberarlo enseguida, decidió que permaneciese retenido.

Cuando Mílico regresó a su casa y le contó a su mujer lo sucedido, ésta se tiró de los cabellos.

«¿Y no has dicho nada más? ¿Quieres decir que, porque no ha aparecido el puñal, te has quedado mudo como un muerto? ¿Pero tú eres imbécil o qué? ¿Y las visitas de gentes que nunca habían pisado esta casa? ¿Y los continuos cuchicheos, que no había manera de pescar palabra? ¿Y los nombres, Mílico, y los nombres? ¿No me dirás que no sabemos que uno de ellos se llama Antonio Natal? Mira, burro, pedazo de bestia, aquí tengo apuntados los días y horas de las visitas de Natal y de los otros», y sacó una tablilla y se la tiró a Mílico a la cabeza. «Vamos, corre, ¿qué esperas?»

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió de nuevo a ver a Tigelino y le contó lo de Natal. Bien, quizá por aquí podamos tirar del hilo, pensó Tigelino, y mandó prender a Natal.

Una vez tuvo a los dos sospechosos en su poder, les interrogó por separado: ni siquiera coincidieron en las razones de las visitas y los temas de conversación.

Nerón, que ya había sido informado, quiso interrogarlos personalmente. El mismo Tigelino se encargó de acompañarlos hasta su presencia, pero dando un pequeño rodeo a fin y efecto de que los detenidos pudiesen contemplar los aparatos que había ordenado montar en un rincón del jardín y de que se ilustrasen sobre sus características y funcionamiento: con estos garfios se desgarran las carnes de los reos, en este poste y mediante ese ingenioso mecanismo se tira de los brazos hasta que se dislocan los miembros, con ese látigo de múltiples colas metálicas se repasa toda la piel del reo, esos hierros que hay junto al brasero, debidamente enrojecidos, se aplican a las partes más sensibles del cuerpo.

Escevino y Natal llegaron lívidos y desfallecidos a la presencia de Nerón. Éste les interrogó también por separado y a ambos hizo la misma proposición: si daban todos los nombres no se les consideraría culpables sino colaboradores de la justicia y quedarían en libertad.

El efecto fue inmediato. Natal dio los nombres de Pisón y Séneca. Escevino denunció a Laterano, Seneción, Quinciano y Lucano. Antes de tomar medidas -que ya estaban decididas- sobre Séneca y Pisón, Nerón quiso interrogar personalmente a los denunciados por Escevino, excepto a Laterano, a quien consideró traidor a su amistad y mandó degollar enseguida.

Uno tras otro, los inculpados -incluidos de nuevo Natal y Escevino- pasan delante del tribunal, que les toma declaración, curioso tribunal presidido por Nerón y formado por Tigelino, el pretor designado Nerva -se han de respetar las formalidades legales, cómo no- y ¡Fenio Rufo y Subrio Flavo!

Aquí el dios-narrador ha de interrumpir el hilo del relato para introducir algunas aclaraciones. Existían dos tramas conspiratorias, la militar y la civil, separadas y totalmente independientes. La militar conocía de la civil simplemente su existencia y el nombre de Pisón. La civil aún sabía menos de la militar…o eso creía Fenio Rufo. Miembro del tribunal investigador, Rufo intentaba ocultar su inquietud y al mismo tiempo asegurarse de la ignorancia que sobre sus actividades tenían los acusados, mostrándose el más agresivo de los interrogadores. Y de momento todo iba bien.

Cuando Escevino fue de nuevo interrogado, Rufo, ya bastante tranquilo, decidió emplearse a fondo. Por su bien y el de los suyos había que despejar de una vez por todas cualquier sombra de duda.

«Escevino, hasta ahora hemos oído nombres de senadores y caballeros. Ahora fíjate bien en lo que te voy a preguntar y, si no quieres probar las artes del verdugo, contesta toda la verdad. ¿Has oído algo, un nombre, una referencia, que te permita suponer que en la conspiración participa también algún militar?»

A Escevino, que por raro que parezca se había ido tranquilizando a lo largo de los interrogatorios, se le formó una sonrisa divertida, muy divertida.

«Vaya pregunta, Rufo. Mira que tiene guasa la cosa… ¡Quién mejor que tú para responder a eso! Vamos, Rufito, no seas desagradecido con ese amo tan bueno que tienes y dile cómo te lo ibas a montar con Subrio Flavo y los demás soldadotes».

Imposible hallar prueba más contundente que las caras que se les pusieron a Rufo y Flavo. Aquello ya no lo esperaban, y la sorpresa es pésima compañera de la simulación. Ambos negaron, naturalmente, y especialmente Flavo. Él, un soldado digno, leal y disciplinado, ¿colaborando con unos civiles degenerados para atentar contra el César? No y mil veces no.

Pero sí. Rufo se desmoronó enseguida y arrastró en su caída a Flavo. Éste cambió entonces la simulación inútil por la dignidad proclamada y se enfrentó con Nerón:

«Sí, yo también quería matarte, porque mereces morir. Mientras fuiste justo no hubo nadie más leal que yo, pero empecé a odiarte cuando te convertiste en asesino de tu madre y de tu esposa, en incendiario y comediante. Roma no merece un monstruo como tú.»

Y entonces le tocó palidecer al monstruo. No porque oyera aquel resumen precipitado de sus crímenes, que muy bien conocía, sino por algo mucho más grave: la conspiración no era cosa de cuatro senadores ilusos e ineptos; altos mandos del cuerpo de pretorianos estaban también implicados, el más firme sostén del trono aparecía comido por la carcoma. Había que actuar con prontitud e inteligencia.

La prontitud consistió en una rápida investigación que dio estos resultados: seis tribunos de cohorte y por lo menos quince centuriones estaban en la conjura. La inteligencia consistió en moderar los deseos de venganza: además de Rufo y Flavo, sólo fueron entregados a la espada algunos de los centuriones detenidos. Los demás implicados militares fueron condenados a una simple degradación, que algunos complementaron por su cuenta con un digno suicidio.

En cuanto al grupo civil, verdugos y aparatos se aburrieron soberanamente (excepto con Epícaris). Todos cantaron a la primera indicación del gran cantante (excepto Epícaris). Quinciano denunció a su gran amigo y senador Glicio Galo, Seneción hizo lo propio con el también senador Anio Polión, y a Lucano le dio por denunciar…a su madre.

Conocido el cuadro real de la conspiración, había que tomar las medidas pertinentes. Pisón, que no tuvo tiempo o arrestos de reaccionar al descubrimiento y que ni siquiera fue detenido, atendió la invitación neroniana de quitarse de en medio para siempre. La misma invitación recibieron Escevino, Quinciano y Seneción, y los tres la acataron y ejecutaron con una entereza que-la-molicie-de-sus-vidas-no-autorizaba-prever, como dirá el inevitable historiador moralista.

Y aquí el dios-narrador se siente invadido por el tedio. Tanto, que decide devolver la palabra a tu amigo Petronio.

Querido Lucio, qué aburrido es contar historias que no interesan. Ni los dioses lo soportan. Ya ves, todo ha ido como cabía esperar. Incluso diría que ha habido menos horror de lo normal en tales casos. Todos los muertos civiles, excepto Laterano, lo han sido por propia mano, incluso Epícaris, que cuando era sometida a tormento aprovechó un descuido de los verdugos para quitarse la vida. Natal ha resultado absuelto en agradecimiento a su condición de primer delator (menos suerte ha tenido Escevino por una estúpida cuestión de tiempo). Y luego viene el capítulo de las recompensas. Primero Mílico, como salvador de la patria, y luego Nerva, el pretor, por haber puesto su profundo conocimiento de la ley y los procedimientos al servicio de causa tan justa… y es que todas las causas son justas para el jurista bien pagado, y en especial para Nerva, capaz de poner sus conocimientos al servicio de una causa o de su contraria con la misma abnegación y entrega.

Me parece oirte de nuevo. «¿Pero qué pasa con lo que más me interesa? ¿Te has propuesto hacerme sufrir hasta el final?» Ni por un momento lo pienses (pero tampoco te hagas ilusiones, te lo he advertido). Se trata sólo de una cuestión de procedimiento, como diría Nerva u otro de la misma ralea. Y es que no quería entremezclar los temas señeros con lo abigarrado de la historia global.

Primero el filósofo. En cuanto surgió el nombre de Séneca se enviaron unos soldados para vigilarle y, sobre todo, para que entendiese cuál era el final esperado. Pero Séneca fingió no entender. Supongo que no quiso ahorrarle a su ex discípulo el gesto positivo de ordenar la muerte del maestro. Y Nerón tuvo que ceder, es decir, tuvo que enviar a un tribuno con la orden expresa de que se diese muerte.

Séneca estaba preparado. Se reunió con los pocos amigos que había convocado y se abrió las venas. Su esposa Paulina quiso seguir su suerte, y así habría sido si los amigos no la hubieran salvado en el último momento.

Pero la vida que le quedaba al anciano filósofo era tan débil que ni siquiera tenía fuerza para escapar por las venas abiertas. Entonces recurrió a un veneno, de rancia tradición para tales ocasiones, y mientras el espíritu le abandonaba lentamente pronunció una bellas y serenas palabras sobre el sentido de la vida y la dignidad del sabio ante la muerte. Y los presentes, conmovidos hasta el extremo de no saber ya si estaban asistiendo a la muerte de Séneca o a la de Sócrates, contemplaron con sus propios ojos el ejemplo máximo de coherencia entre obra y vida…aunque sea en el último momento y un poco a la fuerza.

Esta es la muerte del filósofo, la muerte arquetípica de todo filósofo, inventada por Sócrates y ratificada por Séneca. Y me temo que, si a la escasez crónica de filósofos que padece Roma, le sumamos ejemplos tan estremecedores, la profesión correrá serio peligro de extinción.

Veamos ahora la muerte del poeta (¿ves cómo ya voy llegando?). El interrogatorio de Lucano no iba dirigido a demostrar la culpabilidad del poeta, que se daba por descontada, sino a «descubrir» la implicación de su padre, Anneo Mela. He de aclarar que, no obstante las manifestaciones de Mela del día que lo conociste, las relaciones entre padre e hijo han sido siempre excelentes. Sobre todo por parte del hijo. Lucano sufrió en su infancia las intemperancias y malos tratos de la madre, mujer francamente desquiciada, y sobre todo sufrió en su adolescencia los padecimientos del padre por causa de la madre. Así que aplaudió la decisión del padre de divorciarse y guardó profundo rencor a la madre.

Tigelino empezaba a ponerse nervioso.

«Sé que alguien más de tu familia está en la conjuración».

«¿Te refieres a mi tío Séneca?»

«Me refiero a tu padre Mela».

«Qué va, creo que es el único que no tenía idea de nada».

«¿Quién entonces tenía idea? ¿Quién conspiraba contigo?»

«Mi madre».

El asombro del tribunal, incluido Tigelino, fue unánime. Quien más quien menos sabía de la historia desgraciada del matrimonio y del desequilibrio mental de la madre. Ante el mutismo general Lucano insistió:

«Sí, mi madre, lo juro por los dioses, ella es la gran culpable».

Entonces intervino Nerón:

«No perdamos más tiempo con este desgraciado. No quiero verle más. Que desaparezca de mi vista, y si no quiere probar la espada del verdugo, ya sabe lo que tiene que hacer».

Al atardecer del último día de abril acudieron a casa de Lucano unos cuantos amigos, convocados por el poeta. Yo estaba entre los invitados. No sé si en concepto de amigo, de ex amigo o, lo más probable, de testigo y seguro informador ante Nerón de la trágica y digna ceremonia que se iba a representar.

La puesta en escena no carecía de grandeza aunque, para mi gusto, resultaba un poco recargada. Unas lámparas, situadas estratégicamente, conseguían bellos contrastes de luces y sombras; un pebetero de grandes dimensiones difundía el aroma de exóticas plantas orientales; los amigos formaban pequeños grupos dispersos por la estancia; el médico se apoyaba en la mesita que contenía los instrumentos necesarios, y en el centro de la sala, sobre el fondo distante de oscuros cortinajes, un gran lecho vestido con finos lienzos. Sobre el lecho, apoyada la cabeza en una alta almohada, el poeta y, de pie a su lado, vestida de un blanco impoluto, la esposa. ¡Qué hermosa estaba Pola! Doy gracias a los dioses de que no pudieses verla. Algunas manifestaciones de la belleza son demasiado poderosas para ciertas almas sensibles.

Lucano hizo una señal al médico y tendió el brazo fuera del lecho, con la palma de la mano hacia arriba. El médico colocó un recipiente en el suelo y practicó una incisión en el brazo, y luego otra. El rojo líquido de la vida empezó a brotar. Entonces el poeta, con un gesto de la otra mano, indicó a los presentes que se acercaran. Movió levemente la cabeza como para apoyarla con comodidad en la almohada y dijo:

«Esposa querida, amigos, mi vida ha sido corta pero entera. No lloréis por mí, como no se llora por la flor que se arranca para que perfume nuestro día. Yo me voy, pero os dejo mi perfume, mi espíritu, vivo para siempre en los versos de mi obra. No he de hablar más. Las palabras vulgares no pueden describir la excelsitud del instante. Que hable mi espíritu, la poesía eterna».

Con un movimiento brusco separó la cabeza de la almohada, y con todo el cuerpo horizontal, desnudo de la cabeza a la cintura y caído el brazo por el que manaba abundante sangre, declamó lentamente unos versos; unos versos claros, sonoros, perfectamente ajustados en dicción, tiempos y cadencia; unos versos dramáticos que, en su Guerra Civil dedicó a la muerte heroica de un soldado. Luego, cerró los ojos y se quedó como dormido.

Apenas pude hablar con Pola. Más tarde he sabido que, concluidas las ceremonias fúnebres, abandonó la ciudad con destino desconocido. ¿Defraudado? Lo siento. Procuraré informarme y, en cuanto sepa algo cierto, te lo comunicaré.

Y este es el fin -provisional- de la tragedia. Y te he de confesar que, a pesar del tono distanciado de mi relato, la historia me ha dejado un cierto sabor amargo. Pienso mucho en Escevino. También pienso en Epícaris, una mujer que apenas participaba en los intereses de los grandes conspiradores y que sin embargo ha dado un ejemplo formidable de entereza a tantos profesionales del valor, convertidos en indigno coro de cantantes. Ya ves, unos invertidos y una mujer encarnando las recias virtudes tradicionales del varón romano. Y es que todo está trastocado, como diría el bueno de Silio.

Pero lo que más me ha hecho meditar han sido los ejemplos de Séneca y Lucano. Hay en ellos algo especial que los distingue de tantos otros suicidios voluntarios o impuestos. Y es el valor emblemático de su escenografía. Es como si hubiesen establecido, legislado, cuál debe ser la muerte del filósofo y cuál la del poeta. Y me han dado que pensar, porque en cualquier momento, no nos engañemos, puedo verme yo abocado a trance semejante. ¿Y entonces? ¿Habré de seguir la pauta? ¿Pero yo qué soy? ¿Filósofo o poeta? ¿Habré de tomar un poco de uno y un poco de otro? ¿O debería crear un tercer modelo, aunque sólo fuese para evitar ese espeso aroma de sacralización que ambos desprenden? El modelo propio del esteta, eso es, del juez supremo de la elegancia. Seguiré meditando sobre ello.

Querido Lucio, cuídate mucho y no dejes de escribirme. Es posible que, con el verano, vaya a pasar una temporada a Cumas, donde tengo una bonita villa muy cerca de la que fue de Séneca. Pero supongo que antes vendrás por aquí. Nos quedan aún muchos temas que tratar.

Poco más que añadir. Mis relaciones con Nerón se mantienen en el mismo tono. Tigelino no me ha molestado. Supongo que la insólita abundancia de conspiradores reales le ha robado el tiempo necesario para pensar en mí. Pero lo hará, seguro que lo hará.

Habré de estar vigilante. Y tú también, querido amigo. Esto que tienes en las manos sería suficiente prueba de culpabilidad de los dos. Así que hazme un favor. Comoquiera que imagino que la carta te habrá llegado al anochecer y que no habrás demorado un instante su lectura, acércala ahora a la lámpara más próxima y que la misma llama que te ha permitido leerla permita que neguemos su existencia. Salud.»

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XIII

Era la voz de mi hermano Paulo. Me llamaba por mi nombre y suplicaba que me levantase: «¡Lucio, levanta, corre, ven a casa, por favor, Lucio, ven!» Pero yo estaba dormido y no podía hacer nada. Oía su voz, su llamada angustiosa, pero no podía moverme. Y luego, con la voz, el sonido de fuertes golpes. «Vamos, Lucio, levanta, ven». Abrí los ojos. Ahora sí estaba despierto. Pero los golpes en la puerta no cesaban, y la voz tampoco: «¡Lucio, levanta, es urgente!» Me levanté y abrí la puerta. Era Eutimio. Había venido con el encargo, con la orden, se diría, de que me levantase inmediatamente; que recogiese todas mis pertenencias y le acompañase a casa de Petronio.

-¿Ha ocurrido algo grave? -pregunté

-No lo sé. Pero el amo ha insistido en que vayas con todas tus cosas, ahora mismo.

-¿Pero has notado si estaba preocupado, inquieto?

-No. Era la imagen misma de la tranquilidad.

¡Qué cosas se me ocurren preguntar! Y de repente, una idea:

-¿Qué día es hoy, Eutimio?

-Diecinueve de abril, el gran día de los Juegos de Ceres. Toda la ciudad está engalanada para la fiesta.

Un temblor, ligero pero incontenible, se apoderó de mí. Mientras me vestía y recogía mis cosas -un poco de ropa y un saco de libros- todas las posibilidades se barajaron confusamente en mi cabeza: ¡ha sucedido! ¡ha sido un éxito! ¡ha fracasado! ¡están buscando a los conspiradores y tenemos que huir! ¡han detenido a Petronio y le han obligado a denunciarme!

-Eutimio, ¿hay alguien más en la casa?

-Sí.

-¿Soldados? ¿Tigelino?

-No, sólo un caballero. Ha llegado al mismo tiempo que mi amo, antes de amanecer, hace un rato.

Salimos. Las calles estaban engalanadas. Grupos de personas se encaminaban alegres hacia el Circo para ocupar los mejores puestos. También nos cruzamos con patrullas de soldados, que iban aumentando en número a medida que nos acercábamos al Capitolio. Cuando lo superamos, aquello ya era un auténtico movimiento de tropas. La ciudad estaba tomada. Era evidente que algo grave había ocurrido.

Eutimio me condujo a la pequeña sala del triclino donde Petronio solía recibir a sus amistades más ilustres. El hombre que le acompañaba era mi tío Silio. Se levantó y me abrazó:

-Lucio, muchacho, nos vamos a casa, ahora mismo.

-¿A Nápoles?

-Sí, escucha, ven, descansa aquí -me cogió del brazo con fuerza-. Tu padre, mi querido hermano está mal, muy mal. Si te he de decir la verdad, no creo que lo veamos…con vida. Esta noche ha llegado un mensajero con carta de tu hermano Paulo. Ni él ni yo sabíamos dónde localizarte. Entonces he pensado que quizá a través de Petronio…

Me senté al borde del lecho. El temblor, que hasta entonces no me había abandonado, dio paso a un escalofrío, y luego mi cuerpo se tranquilizó. Un mundo se me venía abajo. No solo mi padre, con quien siempre había mantenido relaciones distantes; era mucho más lo que desaparecía: el mundo de mi irresponsabilidad. De repente, me había convertido en padre de familia. Allá estaba mi madre, mis hermanas pequeñas, mi hermano Paulo, de 19 años, que me llamaba, que me llamaba…Todos dependían de mí.

-¿Cómo ha sido? -pregunté a mi tío.

-No lo sé bien. Su salud siempre ha sido muy delicada. Pero nadie esperaba unas cosa así, tan repentina. Nos vamos enseguida.

-Insisto en que esperéis un rato, Silio. No podéis emprender el viaje sin tomar nada antes. Aunque marchéis dentro de una hora, tenéis tiempo suficiente para pernoctar por lo menos en Tarracina. Y mañana al mediodía estáis en Nápoles -dijo Petronio, e hizo una señal a uno de los criados que permanecían junto a la puerta.

-De acuerdo, de acuerdo -respondió Silio-, pero tú querrás descansar.

-No te preocupes por mí. No es la primera vez que enlazo la noche con el día sin pasar por la cama. Y hoy hay que estar especialmente despierto. Lucio, dentro de la desgracia no podías haber elegido mejor momento para marchar de Roma.

-¿Ha ocurrido algo? -pregunté, seguro de que Petronio entendería el sentido exacto de la pregunta.

-Sí, ha ocurrido. Anoche detuvieron a Escevino, y esta madrugada a Antonio Natal… Y ahora irán cayendo todos, uno tras otro. Conozco las dotes persuasivas de Tigelino.

-¿Qué es eso? ¿De qué estás hablando? -preguntó Silio.

-De una tragedia que se les ha escapado de la mano a los autores. Había de morir uno y ahora tendrán que morir muchos.

-Explícate, por favor.

-¿No sabes nada? ¿De verdad que no sabes nada? Está claro que la fortuna protege a los inocentes. ¿Nadie te había invitado al festín de Calpurnio Pisón?

-¿Pisón? No, apenas le conozco.

-Eres muy afortunado. ¿Así que no sabías que en el día de hoy Nerón tenía que morir para que el pueblo viviese, o para que otro Nerón viviese, que eso no ha estado nunca muy claro?

-¿Me estás hablando de una conjura, de una conspiración contra el César?

-De eso mismo te estoy hablando.

-¿Y lo sabías? ¿Y tú también lo sabías, Lucio? Pero…¿estáis locos?… Y si lo sabías, ¿por qué no lo has denunciado?

-Las cosas no son tan sencillas, querido Silio -dijo Petronio-. Uno puede disentir de algo, y también de lo contrario.

-No intentes confundirme, Petronio, háblame con claridad. ¿Estás entre los conjurados?

-Para los conjurados, no; para Nerón, es decir, para Tigelino, quizá sí. Ahora tiene una oportunidad magnífica para deshacerse de todo lo que le estorba.

-Pero, si lo sabías y no lo has denunciado, eres tan culpable como el más culpable.

-En efecto, ésa es la lógica de las conspiraciones. Y puesto que somos culpables, comamos y bebamos hasta que el destino decida.

Entraron cuatro criados llevando bandejas repletas de aperitivos muy variados: queso, aceitunas, frutos secos, huevos de gallina y de pavo y vino mielado y agua.

-¿Estás loco, Petronio? -exclamó Silio, visiblemente indignado-. A pesar de la ambigüedad de tu fama nunca dudé que eras un persona sensata. Ahora veo que estaba equivocado. Fue un error confiarte a mi sobrino…Y tú…

-No tienes por qué preocuparte, tío. Petronio se ha portado muy bien conmigo. Sólo le debo favores. Y no es culpa suya si, entre las muchas cosas que he aprendido, había una que no debía saber.

-Me parece que no lo entiendes -dijo Silio, dirigiéndose a Petronio-. Se trata del César, del primer magistrado, del príncipe, del augusto, del padre de la patria, ¿cómo puedes decir que no estás ni a favor ni en contra? ¿Y tú no eras su amigo, su hombre de confianza? ¿A qué extremos de hipocresía, de doblez, de mentira se ha de llegar para jurar amistad a una persona, ¡y nada menos que al César!, mientras se encubre a los que preparan su muerte?

-Tranquilízate, Silio, y come y bebe un poco. Eso que dices debe de ser muy convincente visto desde fuera, y desde luego, resulta conmovedor. Nunca había conocido a un defensor de Nerón…

-Más que de Nerón, de la autoridad.

-Como quieras. Nunca había conocido a un defensor de la autoridad tan ingenuo y noble como tú. Sí, estoy conmovido. Y apenado, porque Nerón no se merece una defensa tan limpia como la tuya.

-No importa si la merece o no. Es el César, es la ley y el orden.

-Sí, es el César, pero es la negación de la ley y la causa primera del desorden.

-Nunca nos entenderemos, Petronio.

-Parece que no. Pero no es necesario entenderse, basta con quererse.

Y Petronio posó su mano derecha sobre la mano izquierda de Silio y se la estrechó con fuerza.

-Eres desconcertante -dijo Silio, mientras se zafaba sin brusquedad de la mano de Petronio-. ¿Y no estás preocupado? ¿No piensas que te puede ocurrir algo? ¿que alguien te puede denunciar?

-Por supuesto que me puede ocurrir algo, por supuesto que alguien me puede denunciar, con motivo o sin motivo. No se ha de montar ninguna conspiración para que eso pueda ocurrir en cualquier momento del día o de la noche. Si uno tuviera que preocuparse por esos detalles, la vida sería un tormento. Y la vida es bella, querido Silio, a pesar de todo la vida es bella. Tienes que ver cómo brotan los ciruelos de Siria que planté en el jardín hace un año, la última vez que nos vimos. Si hay suerte, vivirán y serán muy hermosos, y si no, se convertirán en leña para la cocina. Y todo seguirá igual. Si hay suerte, viviré unos años más entre la belleza del arte y de la amistad y los ejercicios del circo palatino, y si no, me convertiré en ceniza, en tierra para la tierra. Y todo seguirá igual.

La ostensible indignación de Silio de hacía sólo unos instantes había desaparecido. Ahora se dedicaba a devorar higos secos entre breves sorbos de vino.

-Son malos tiempos estos, malos tiempos -dijo-. Nadie está a la altura de su posición, nadie se resigna al papel asignado por los dioses.

-Empezando por los más altos -precisó Petronio.

-Sí, empezando por los más altos. Mira, Petronio, no interpretes mal lo que te voy a decir, ni por un momento supongas que estoy de parte de los conspiradores, pero lo cierto es que un mundo en que el soberano sueña ser actor, los actores quieren ser filósofos y los filósofos desean ser soberanos es un mundo trastocado. Son malos tiempos éstos.

-Si tuviésemos suficiente memoria, si pudiésemos guardar también la memoria real de nuestros antepasados y si fuésemos lo bastante lúcidos como para no confundir nuestra juventud con la juventud del mundo, reconoceríamos que todos los tiempos han sido malos. Nadie, ninguna persona medianamente despierta se ha sentido cómoda en la época que le ha tocado vivir. Pero nos encanta engañarnos. Por lo general, pasado el límite de los cuarenta, sobreviene la nostalgia y empieza uno a inventarse la feliz edad de los veinte. Pero ¿recuerdas de verdad nuestros veinte años? ¿recuerdas que, aparte de las dificultades propias de la edad, que con el tiempo decidimos olvidar, mandaba en Roma no un cantante sino un loco furioso cuyo gran deseo era que entre todos tuviésemos una sola cabeza para poder cortarla de un tajo?

-Pero hubo tiempos mejores, no lo niegues, tiempos en los que, por lo menos, cada cual conocía y asumía su puesto en la sociedad.

-¿Estás seguro? Veamos, tú que dominas la historia como nadie, ayúdame a recordar…¿Qué opinaba el viejo Catón de su tiempo? ¿Y Tiberio Graco del suyo? ¿Y Cicerón del suyo, el inventor del «oh tiempos, oh costumbres» utilizable en cualquier tiempo presente? Entonces, díme tú dónde está, en qué lugar de la historia, individual o colectiva, debemos buscar esa época añorada.

-Virgilio es un ejemplo…

-No nos engañemos, querido Silio. Virgilio es un ejemplo de escritor a sueldo. Un gran poeta, no lo niego, pero un gran poeta muy bien pagado. ¡Qué esperabas que dijese! Ovidio es otro asunto. Él sí creía, desde el fondo de su ingenuidad, que vivía en el mejor de los mundos posibles. Pronto la dura realidad le enseñaría que lo que él imaginaba un cielo apenas velaba un infierno de cárceles, crímenes y destierros.

-Eso es por lo menos una exageración. En todo caso, es un ejemplo de hasta dónde puede llegar el pesimismo epicúreo.

-Si te refieres a un pesimismo social, sí, estoy de acuerdo. Porque de la sociedad no podemos esperar nada. Cada cual ha de aprender a construir su propia ciudad, su propio reino, y hacerlo lo más habitable posible.

-Pero formamos parte de un pueblo -objetó Silio-. Es más, formamos parte de la humanidad, y la humanidad forma parte del orden universal. Es imposible eludir esta realidad. Nadie puede vivir aislado, nadie puede permanecer al margen de la comunidad a que pertenece.

-Me temo que tienes razón, querido Silio. Pero has de tener en cuenta que la opinión que te he expresado es más que una realidad, un deseo.

-Un deseo inalcanzable. Y pernicioso. Alcanzarlo supondría la disolución de la sociedad.

-¿La disolución de la sociedad? ¿qué significa eso? ¿Que ya no se organizarían recitales poéticos? ¿que nadie convocaría concursos de canto? ¿que no se celebrarían juegos de circo? ¿que ya no tendríamos que asistir a ceremonias públicas trasnochadas? ¡Bendita disolución de la sociedad!

-Sí, y que Petronio ya no tendría donde ejercer de árbitro de la elegancia.

-Con lo cual, tal vez, entonces sí, se le caerían todas las máscaras y conocería su verdadero rostro -concluyó Petronio, y levantó su copa-. Bebe, Silio, bebe, Lucio, brindad conmigo. Por que todo se hunda y sólo sobreviva la amistad.

Bebimos, pero no fue aquél un brindis alegre. Por unos instantes un silencio oscuro y espeso se abatió sobre los tres, un silencio que imaginé se iba extendiendo por la casa, por la ciudad, por el mundo y alcanzaba cierto lugar del sur donde tristes figuras enlutadas velaban el cuerpo del hombre que había dado origen a mi vida. Como interpretando mi pensamiento, Silio dijo:

-Y mientras nosotros hablamos, comemos y bebemos, mi hermano agoniza, o quizá ya ha entregado el espíritu. ¡Pero qué le vamos a hacer! Es ley de vida.

-Sí, es ley de vida -dijo Petronio-. Mientras hablamos, comemos y bebemos, siempre hay en algún lugar una persona querida que sufre. No puedo quitarme de la cabeza a Escevino. ¿A qué pruebas estará sometiendo Tigelino su tardío heroísmo?

Y de pronto, se me representó con toda viveza la imagen misma del tormento con sus horribles ministros y herramientas.

-¿Quieres decir…? -empecé a preguntar.

-Sí, quiero decir -me interrumpió Petronio-, pero no es necesario que lo mencionemos. La crueldad humana es una realidad tan espantosa y perdurable que lo único que podemos hacer para vencerla es decidir que no existe. Y si alguna persona querida o nosotros mismos caemos en sus garras, convengamos en darle el nombre de dolor de vientre. Espero que Escevino lo supere pronto, cualquiera que sea el final.

De pronto, abriendo bruscamente la puerta y seguida de Eutimio, entró en la sala una mujer cubierta de velos:

-¡No necesito que nadie me anuncie!

Se acercó, y por un instante se quedó plantada como una estatua delante de Petronio. Luego se descubrió la cabeza. Era Pola.

-Tito Petronio Níger, no vengo a pedirte un favor. Vengo a comunicarte el mensaje de Marco Anneo Lucano. Que Petronio lo sepa, me ha dicho, solo él puede hacer algo.

-¿Qué debo saber, estimada Pola? -preguntó Petronio.

-Hace un rato, el tiempo que he tardado en llegar aquí, unos soldados se han llevado preso a mi marido. No sé si querrás o podrás hacer algo por él. Más bien no tengo ninguna esperanza. Solo he venido a cumplir el deseo de Lucano.

-Quizá pueda hacer algo, quizá no. En todo caso, necesito más información. ¿Sabes el motivo de la detención?

-Tan bien como tú.

-¿Conoces a alguno de los que le han detenido?

-El que los mandaba era el tribuno Subrio Flavo.

-¡Subrio Flavo! ¡Qué absurda coincidencia! ¿no te parece? -exlamó Petronio, dirigiéndose a mí.

Siguiendo su mirada, la de Pola fue a dar en mi persona, cuya presencia al parecer no había advertido hasta entonces. Creí observar que una tenue sonrisa dulcificaba la severa expresión de su rostro.

-Salud, Lucio, no pensé que nos volveríamos a ver en estas circunstancias.

-Hoy es un día aciago para todos -respondí.

-Quédate con nosotros, Pola -dijo Petronio-. En cuanto acabemos, veré lo que puedo hacer. Pero no quiero darte esperanzas. Uno de mis mejores amigos se encuentra en la misma situación y ya he comprobado lo que puedo hacer por él: nada.

-No tengo ninguna esperanza, no te preocupes. Te repito que sólo he venido para cumplir el deseo de Lucano. Y ahora me voy.

Me levanté al momento. Apenas salió de la sala, la alcancé.

-No te vayas. Espera un poco. Yo también he de marchar enseguida.

Ella siguió caminando, y yo a su lado.

-No tengo nada que hacer aquí -dijo, sin mirarme ni detenerse-. ¿Crees que se puede banquetear a estas horas mientras hombres llenos de razón van a parar a la cárcel?

-Es verdad, es verdad -y la cogí del brazo-. Pero espera un momento. Sólo quiero decirte una cosa. Me voy a casa, a Nápoles. Mi padre ha muerto…pero todo lo que siento en este momento es que he de hacer algo por ti, y no sé qué.

Entonces se volvió hacia mí. Sus ojos, claros y tristes, se clavaron en los míos.

-Lo siento.Y no te preocupes. Si Petronio no puede hacer nada…

-Ahora no tengo más remedio que marchar. Mi familia me espera, mi tío ha venido a buscarme. Pero volveré pronto. Te escribiré. Ya verás como todo se arregla. ¿Puedo escribirte?

-Como quieras… No, nada se arreglará. Lucano ya estaba condenado. Solo faltaba la ocasión, el pretexto, y ya lo tienen. Si lo conocieses…un hombre lleno de energía, de ilusiones, de fantasía, de ganas de vivir, un auténtico poeta. Qué absurdo, qué absurdo.

De sus ojos, húmedos, brotaron unas lágrimas. No pude evitar cogerle la mano y estrecharla entre las mías, pero me fue imposible articular una palabra. Entonces, como el sol que de improviso mezcla su luz entre la lluvia, una sonrisa iluminó las lágrimas de su rostro.

-Eres un buen muchacho, Lucio. Pero ten cuidado, mucho cuidado. Piensa que este mundo no está hecho para las buenas personas. Y recuerda que tenemos una conversación pendiente…¿qué dices?

-En este instante solo puedo decir una cosa, y espero que no te ofendas, que no lo interpretes mal…Pola, daría lo que fuese, mi vida entera daría porque solo una de esas lágrimas se hubiese derramado por mí.

-También es por ti, Lucio, también es por ti…

Oí la potente voz de mi tío Silio como si despertase de un sueño:

-¡Lucio! ¿Dónde estás? Nos vamos.

En la puerta Capena, una patrulla de soldados nos dio el alto. Mi tío exigió hablar con el centurión. Cuando éste compareció, Silio se apeó del carruaje. Mientras hablaban, el centurión consultó un par de veces una tablilla que llevaba en la mano.

Pudimos continuar el viaje. Mientras avanzábamos por la vía Apia y el sol se alzaba sobre el horizonte, libre de las brumas matinales, mi tío me comentó:

-Me ha dicho el centurión que todas las puertas de la ciudad están vigiladas, y que se espera la llegada de más tropas. Se rumorea que se van a suspender los Juegos. Esto podría provocar tumultos. Lo que ha consultado era una lista de nombres.

Entonces advertí que pasábamos por delante de la casa de Séneca, donde había estado hacía muy pocos días. Junto a sus puertas, un grupo de soldados, algunos sentados en tierra, hablaban y reían distendidos.

Tal como Petronio había previsto, al anochecer llegamos a Tarracina, y al día siguiente por la tarde estábamos en casa. Mi padre había muerto en la madrugada del día anterior.


(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XII

-Hay un placer sobre el que nada se ha escrito y del que, sin embargo, muchos disfrutan: el peligro -dijo Petronio-. El auriga que conduce su carro a toda velocidad, el marino que se complace en adentrarse en el oleaje más furioso, el soldado que se arriesga más allá de lo ordenado y de lo necesario, todos ésos no buscan en realidad un resultado concreto de su acción, ni siquiera la gloria. Buscan la emoción del peligro, sienten un placer especial en el juego con la muerte. Yo también suelo gustar de ese placer. Y cada vez más. Nerón estuvo anoche especialmente pegajoso. Continuamente exigía que permaneciese a su lado; no dejaba de hablarme, de preguntarme, de pedirme opinión sobre todo. En tales ocasiones, para paliar el tedio propio de la situación, solo compensado por la vista de la expresión de desconsuelo que se le pone a Tigelino, suelo aventurar alguna que otra jugada peligrosa. En esta ocasión empecé hablándole de Séneca.

«Ah, ¿pero aún está vivo?», exclamó. «Mañana recuérdame que piense en él. Solo mentar su nombre puede aguarnos la fiesta.» Luego, me miró con ojos entre inquisitivos y juguetones y preguntó:

«Eres muy amigo suyo, ¿verdad?»

«No, por los dioses», respondí, «no tengo amigos que pueda perder. Por eso sólo me considero gran amigo tuyo, si a ti te place».

«Claro que sí», dijo, deseé que lo bastante alto como para que lo oyera Tigelino, que merodeaba por ahí. «¿Y crees que por ser yo César no me puedes perder?», añadió.

«Solo por tu libre voluntad».

«Tienes razón, tienes razón», afirmó satisfecho. «Nadie tiene poder sobre un dios».

«Sólo el destino», murmuré entre dientes.

«¿Qué has dicho?»

«Que sólo el destino tiene poder sobre los dioses».

«¿Crees tú en el destino?», preguntó, de repente serio.

«No más que en los dioses», contesté con la misma seriedad.

«Es verdad, qué tontería», dijo Nerón, aliviado. «El destino lo hacemos nosotros. Hoy estoy aquí y, si lo decido, mañana puedo estar en Bayas».

«Donde, además, podrías instalarte en la villa de Calpurnio Pisón, que tanto te gusta».

«Sí, es verdad», dijo, «es una casa preciosa, magnífica, más digna del César que de ese pedantuelo de Pisón. ¿Sabes que se cree un gran artista de la música y del canto? Un día de estos voy a retarle».

«Dicen que lo hace muy bien, ¿y si te vence?»

«¿Pisón? ¿vencerme, a mí? ¡Qué ocurrencia!»

«Tiene muchos amigos, y dispuestos a lo que sea», dije, convertido en un auriga enloquecido.

«¿Amigos? ¿Qué quieres decir? ¿Que podrían influir en el jurado?»

«Eso mismo, eso quería decir», afirmé, deteniendo ya la loca carrera.

«Esta noche dices muchas tonterías, Petronio», afirmó Nerón.

Y había de decir muchas más…En un momento dado, aprovechando el lejano parecido de una mujer que andaba por ahí, le pregunté:

«Ésa, ¿no es Epícaris?»

«Imposible. Si te refieres a la amiga de Mela, la tengo a buen recaudo», respondió sin mirarla.

«¿Te dedicas ahora a secuestrar a las amigas de tus amigos?»

«No, sólo la tengo guardada. Hay una acusación contra ella. No se ha podido probar, pero, por si acaso, la tengo bien guardada. Si la acusación es falsa, como supongo, se la devolveré a Mela…un poco desmejorada, claro está», y rió de buena gana moviendo toda la tripa.

«Cuídate, César,» dije con toda la seriedad posible, «yo de tí no me fiaría ni de Tigelino».

«Y de ti, ¿me puedo fiar?», preguntó de repente, mirándome fijamente a los ojos.

«Mi vida depende de la tuya, César magnífico. No sabría cómo desatar ese vínculo tan especial que nos une. Puedes estar seguro que nadie como yo desea que el cielo te conceda toda la suerte que te mereces».

Ahora me había plantado con un solo pie sobre la cuerda floja.

«Ah, si tuviese sólo un amigo más como tú, sería más que un dios, sería el más feliz de los hombres».

¡Alehop! o como sea que digan los equilibristas, peligro superado.

-Reconozco que debe ser emocionante -no pude menos que decir-, ¿pero tanto como para arriesgar la propia vida?

-Es que en eso consiste la emoción. Alguien ha escrito que la vida que no se vive peligrosamente no es vida, sino crecimiento vegetativo, como en las plantas.

-No creo que haya mucha gente que opine así.

-Pero lo practican.

-¿Quieres decir que hay personas que viven peligrosamente sin saberlo?

-Sin poder evitarlo. Para la mayoría, la vida es una lucha continua por sobrevivir. Viven en el peligro porque no tienen más remedio. Sólo las personas de nuestra clase pueden elegir el peligro voluntariamente. Desde la noche de los tiempos, y dejando aparte la mítica e improbable edad de oro, los seres humanos consumen sus cortas vidas luchando por lo esencial: la comida, el sexo, el techo, el abrigo, la seguridad. Todos sus esfuerzos se dirigen a la obtención de algo que, no sé porqué, parece que habría de estar asegurado para todos desde el principio: una existencia sin privaciones ni preocupaciones. Y por conseguirlo, arrostran toda clase de peligros. De manera que sus vidas no tienen más contenido ni sentido que la lucha por la misma vida. Ahora imaginemos que de repente esa inmensa multitud de seres humanos ve colmadas todas sus necesidades. Imagina uno solo de ellos: de pronto lo tiene todo resuelto, alimento, sexo, techo, abrigo y seguridad, y resuelto en abundancia. ¿Qué hará? ¿A qué dedicará su tiempo, antes ocupado al completo en la conquista de lo elemental?…No tienes necesidad de imaginarlo: lo estás viendo todos los días. Nosotros, la casta privilegiada de la humanidad nos burlamos de la abundancia inventando nuevas necesidades, y de la seguridad inventando nuevos peligros.

-Parece entonces que, para el género humano, una existencia sin lucha por la vida no tiene sentido.

-De hecho es así. Piensa en Escevino. De pronto ha descubierto un motivo de lucha que da sentido a su vida. Pero imagina por un momento que sus deseos se cumplen, que la tiranía desaparece, ¿dónde buscará el nuevo norte para su rumbo? No lo sé, pero me temo que solo tendrá dos opciones: sumergirse de nuevo en el vicio y el sinsentido o entronizar otro busto de piedra que le lance hacia nuevos peligros.

-¿Tan difícil es disfrutar de una vida plena y tranquila, una vez satisfechas las necesidades fundamentales?

-Tan difícil. La raza humana no está preparada para disfrutar plenamente de su condición humana, sólo lo está para alcanzarla. Pero en cuanto los hombres la alcanzan, no saben qué hacer. Por abajo, la necesidad empuja; por arriba, el vacío asfixia.

-El vacío, la nada, ¡qué palabras tan espantosas! ¡Y qué reales! -exclamé-. Yo mismo, en plena adolescencia las he experimentado como algo tangible y angustioso… Y continúan ahí, a la vuelta de la esquina, acechando. Séneca, y disculpa la insistencia, ha descrito muy bien ese estado de ánimo, tedio de la vida, lo llama. En cuanto a los remedios que propone, ya los conoces: el acatamiento de la razón divina y, en cualquier caso, la salida voluntaria, «si te place, vive, si no te place, puedes volver al lugar de donde viniste», ha escrito. Pero no me satisfacen. Son remedios negativos. ¿Conoces tú alguno positivo para esa enfermedad?

-Sí conozco. Hay dos, y ambos infalibles. Lo que ocurre es que no todo el mundo está en condiciones de aplicarlos en todo momento. Uno es el amor. El amor irrumpe en la existencia como un sol radiante en medio de la noche. De pronto, todo adquiere luz y color y nos preguntamos cómo pudimos vivir hasta entonces en las tinieblas. Un sentimiento poderoso invade el alma. Es como si todo el universo llegase a nosotros a través de la persona amada. Pensamos en ella, vivimos por ella y quisiéramos fundirnos con ella. Ya ves, ¿qué lugar hay aquí para el sentimiento de vacío y de nada? No puede haber hastío de la vida cuando lo que se celebra es precisamente la ceremonia del misterio de la vida… El otro es el arte, la creación. Cuando uno oficia de demiurgo, de dios creador, cuando las ideas brotan de la mente y ves cómo se van convirtiendo en formas vivas, cuando el mundo que sueñas nace de tu propia alma sin más esfuerzo por tu parte que conducir el carro de las palabras, cuando estás dictando una verdad más alta que la que nos dicta la pequeña realidad de cada día, comprendes que el que habla de vacío y de nada es ajeno por completo a todo ese mundo. ¿La nada?, le dirás, ¿de qué me hablas? La nada sólo existe para el que nada sabe crear.

-Todo eso es muy convincente, pero está claro que tiene el problema que tú mismo has apuntado: nadie puede amar todo el tiempo, nadie puede crear todo el tiempo.

-En efecto. De manera que esos remedios sólo pueden funcionar ocasionalmente, y no para todos. Piensa que hay personas que nunca han conocido ni conocerán la pasión amorosa, y hay muchas más que nunca han conocido ni conocerán el misterio de la creación. Y entre éstas incluyo algunas que escriben poemas de factura perfecta. Éstas niegan que la creación tenga algo de misterioso, que haya algo, llámese inspiración o Musa, que llega al poeta independientemente de su voluntad. Y niegan ese fenómeno porque nunca lo han conocido, igual que los que nunca han amado niegan que exista el amor. Una postura muy subjetiva, ¿no te parece? Es como si alguien que nunca hubiese sufrido fiebre negase la existencia de la fiebre.

-Pero entonces, estamos como antes, prácticamente no hay remedio.

-Para el hombre lúcido, no, no hay remedio, excepto cuando precariamente se instala en el arte o en el amor. Conviene por tanto no ser lúcido, cosa que la mayoría de los mortales alcanza sin ninguna dificultad. Conviene apegarse a las cosas de cada día, a los pequeños placeres y las pequeñas ilusiones, no mirar ni muy lejos ni muy arriba ni muy adentro, jugar con los objetos cotidianos, limitar el territorio, negar el cielo y los infiernos por más que los llevemos dentro, hacer de la vida un saloncito de estar donde cada cosa esté en su sitio, protegiéndonos de la tentación de lo infinito, ser profundamente mediocres.

-Pero es un panorama bastante desolador, y casi diría que indigno del ser humano. Más bien parece propio de un animal de granja.

-Sí, es como si no hubiera más alternativa: hombre desgraciado o cerdo satisfecho.

-Sin embargo, creo que debe de existir un punto de equilibrio no imposible de alcanzar. Tú mismo das la impresión de haberlo alcanzado.

-Ése es el principal objetivo de mi vida. Si produzco la impresión de haberlo alcanzado, me doy por satisfecho. Así que pasemos a otro tema.

De pronto, no supe qué decir, ni mucho menos qué nuevo tema apuntar. Tras unos instantes de silencio, opté por lo más trivial y al mismo tiempo más peligroso.

-De lo que antes me has contado deduzco que Nerón no imagina nada de la conspiración.

-Nada en absoluto. Y es extraordinario, habiendo tanta gente implicada.

-¿Ni Tigelino tampoco?

-Eso no es tan seguro. Quizá le esté preparando a su amo la sorpresa de descubrirla y aplastarla en un día. De hecho, tienen a Epícaris. Pero ya ha pasado tiempo desde su detención, lo que quiere decir que o no tiene nada que ver con el asunto o sabe callar como nadie.

-¿Conoces los detalles del plan? -dije, consciente de que, con preguntar, no perdía nada.

-Tal como se habían fijado hace cosa de un mes sí, aunque ignoro los nombres de la mayoría de los implicados. De hecho, lo de Epícaris fue una sorpresa para mí, si es que en realidad tiene algo que ver, y no digamos ya lo de Escevino, y lo de los militares… El plan tendría, o tiene, que ejecutarse con ocasión de la fiesta principal de los Juegos de Ceres, es decir, pasado mañana, y su diseño y desarrollo es un buen ejemplo de lo bajo que ha caído la literatura en nuestros días.

-¿La literatura has dicho?

-Sí, he dicho la literatura. ¿O debiera decir el teatro? Amigo, ya no hay ideas nuevas. Recordarás aquella tragedia que tuvo lugar en la sala anexa del Teatro de Pompeyo en los Idus de marzo del año del último consulado de Julio César. En ella, los actores rodean al tirano para alabarle o pedirle gracias hasta que, de pronto, uno de ellos lo coge de la toga y tira con fuerza. Es la señal para que todos se precipiten sobre la víctima con sus espadas y puñales… Pues bien, la función que piensa dar la compañía de Pisón es un simple calco de aquella tragedia. En ésta, Laterano hará de Címber, Seneción hará de Casca, o quizá Escevino, y así, cada uno se asignará un papel de acuerdo con la máscara elegida. ¿Qué te parece?

-No sé, desde el punto de vista estético me repugna comparar a Nerón con Julio César, o a Escevino con Bruto.

-No, en este caso, Bruto será Pisón. Pero es igual, tienes razón. La grandeza de una obra de arte está en su cualidad de irrepetible, y la muerte de Julio César es una de las obras de arte más grandes de la historia. Los caracteres de los conjurados y sus relaciones mutuas, el ritmo de la acción, el clima de tensión creciente que finalmente estalla en el momento crítico, y ese mismo momento, con la víctima acosada que va a dar finalmente a los pies de la estatua de su antiguo enemigo-amigo, y el carácter ritual del homicidio colectivo, como si todos hubiesen de participar por igual de la sangre de la víctima, misteriosamente dotada de propiedades salvíficas, misterio que arranca ya de la cena de la víspera, cuando el que ha de morir se despide de sus amigos compartiendo con ellos la comida y el vino. La muerte de César es quizá el eje central de la historia, el paradigma de todos los homicidios sagrados. Es la muerte que se da al padre por la libertad individual, es la muerte que se da al rey por la libertad colectiva, es la muerte que la naturaleza impone para perpetuar la vida. La muerte de César pide a gritos un gran artista de la tragedia que la instaure de una vez por todas como obra de arte, rescatándola de las vagas sombras de la memoria de lo real. Y lo tendrá, claro que lo tendrá… Ahora, imagina todo eso interpretado por la compañía teatral de Pisón: músicos mediocres, mariquitas histéricas, poetas chiflados, intentando sostener sus aceros de lujo para meterlos entre las adiposidades de un cerdito bien cebado, de chillidos insoportables.. ¿Entiendes ahora por qué le dije a Escevino que lo peor del plan es que está mal escrito?

– Lo entiendo muy bien, y comparto por completo tu opinión. Creo que un acto importante, transcendente, ha de revestirse siempre de cierta grandeza.

-En efecto, aun cuando los protagonistas no sean conscientes. Si un hecho es realmente grande, por fuerza será bello. En el fondo no es más que una cuestión de estilo.

-¿Como en la literatura?

-Sí, como en la literatura. A veces, me preguntan cuáles son las técnicas para conseguir un estilo bello y elegante. Y siempre respondo lo mismo: que las técnicas sólo sirven para resolver cuestiones de detalle y que eso se aprende, naturalmente, pero que el estilo no se aprende ni se puede enseñar; el estilo es una cualidad del carácter, una especie de música que la persona desprende tanto en su vida como en su obra. Dicho de otra manera, un escritor de alma mezquina nunca tendrá nobleza en su estilo. Esto es algo que ninguna técnica, antigua o futura, podrá nunca arreglar. 

-¿Puedo deducir entonces que tus razones para rechazar la conspiración son exclusivamente de orden estético?

-Puedes.

-¿Y no crees que un asunto que afecta a valores como la libertad o la dignidad se tendría que considerar desde un punto de vista ético?

-El punto de vista ético nos da una visión limitada del ser humano.

-¿Quieres decir que la estética es superior a la ética?

-Sí, porque la estética contiene a la ética, pero la ética no contiene a la estética. 


(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XI

Al día siguiente me presenté en casa de Petronio a la hora convenida. Durante el trayecto, que hicimos en un lujoso y cómodo carruaje, me aclaró algunos aspectos del ilustre personaje que íbamos a visitar.

-Uno de los primeros favores que obtuvo Agripina de su imperial esposo Claudio fue el perdón de Séneca y su regreso del destierro. En cuanto llegó a Roma, el prestigio del ex desterrado no hizo sino aumentar. Su obra se había difundido más allá de los ambientes intelectuales y pronto fue considerado como el más grande de los filósofos vivos y la personalidad de mayor respeto de la ciudad. Para seguir apuntándose todo este prestigio a su cuenta particular, Agripina lo nombró preceptor del joven Nerón. Y así, entre el maestro-filósofo y el discípulo-príncipe se inició una relación que auguraba lo mejor para Roma. A la muerte de Claudio, Nerón subió al poder y dio sus primeros pasos a la sombra del severo maestro, severidad que, como ya has visto, no le impedía permitirse alguna broma de mal gusto. En adelante, la influencia que Séneca ejercería sobre el nuevo César no se limitaría ya a su formación intelectual y humana, sino que se ampliaría con las competencias propias de un ministro con plenos poderes. Él le redactaba los discursos, él le dictaba los nombramientos, él le inspiraba toda la línea política, sobre todo en cuanto al modo de relacionarse con los grupos que cercaban el poder. Pero el joven Nerón empezó muy pronto a manifestar tendencias que no encajaban en los supuestos valores morales del maestro. Séneca intentó al principio eliminarlas, pero no pudo; luego trató de controlarlas, y tampoco pudo; finalmente se limitó a procurar encauzarlas para no salir él mismo mal parado. Y en ese proceso acelerado de dejación el severo filósofo llegó a verse tan implicado en las maldades del César que algunas ya no se sabe si tuvieron su origen en el discípulo o en el mismo maestro. Finalmente, quizá porque su conciencia moral ya no le permitía más, o quizá porque comprendió que había perdido toda influencia sobre su antiguo alumno, hace tres años Séneca decidió abandonar. Habló con Nerón y le comunicó su decisión inapelable. Nerón no lo aceptó, pero él abandonó. Y desde entonces vive en su finca de la Campania dedicado exclusivamente a sus estudios. Hace unos días recibí carta suya en la que me decía que había venido a pasar una corta temporada en su villa de la vía Apia y que tenía especial interés en hablar conmigo.

-Pero serán cuestiones reservadas, personales vuestras. Yo sólo seré un intruso.

-No te preocupes, habrá tiempo para todo.

Ya en la casa, nos recibió la esposa de Séneca, Pompeya Paulina, mujer de unos cuarenta años, de trato afable y familiar.

-Hoy se ha sentido muy mal -dijo-. Por la mañana ha sufrido un fuerte ataque de asma. Creía que se quedaba, pobrecillo. Luego se ha recuperado. Pero al mediodía ha tenido una visita inoportuna, los mismos que vinieron a verle en cuanto llegamos aquí. Yo he insistido para que no los recibiese, pero ha sido inútil. Todavía están ahí.

-Puedo volver otro día -dijo Petronio.

-No, no -replicó Paulina-. Es a ti a quien esperaba. Tiene mucho interés en verte. Hace días que no habla de otra cosa: «¿No ha venido Petronio? ¿No ha enviado ningún mensaje? ¿Estás segura que recibió el mío?» Y así una y otra vez. Estoy preocupada. Se había recuperado bien del ataque. Y cuando le han anunciado a ésos he visto cómo se alteraba. Por eso he intentado que no los recibiese. Pero ha sido inútil. Tengo un mal presentimiento. Los dos son militares. Uno es el prefecto del pretorio, no recuerdo el nombre.

-¿Tigelino? -preguntó Petronio.

-No, el otro -contestó Paulina.

-Fenio Rufo.

-Ése, ése. Soy fatal para los nombres. Y al otro no lo había visto nunca. Te pido un favor, Petronio, a ti y a tu amigo. No sé cuál es el motivo de vuestra visita, no sé qué se trae ahora en la cabeza, con lo felices que hemos sido estos años en Cumas, lejos de las miserias de la ciudad, y ahora, hace unos días, esa prisa repentina por venir aquí y luego, por hablar contigo, y esa gente siempre por en medio. Te pido sobre todo que procures que no se altere. Sea lo que sea lo que quiera de ti no le digas nada que pueda afectar su tranquilidad, y por favor, no le contradigas, miéntele si es preciso. Quiero que viva feliz el resto de sus días, se lo merece, pobrecillo.

-No te preocupes, Paulina -dijo Petronio-. No sé qué interés puede tener en hablar conmigo, pero no te preocupes. Nunca hemos sido enemigos, ni tampoco grandes amigos. Así, que entre nosotros no puede haber nada conflictivo. Y si tiene que ver con algo de la vida pública, tampoco te preocupes. No seré yo quien le incite a volver.

Justo acababa de hablar Petronio cuando por el otro lado del atrio -la puerta de la salita estaba abierta- pasaron dos hombres. Pompeya se disculpó un momento y salió a despedirlos.

-El otro es Subrio Flavo -me dijo entonces Petronio-. Es tribuno militar y de fama intachable.

-¿Crees que Séneca estará en condiciones de recibirnos? -pregunté, expresando lo que más me preocupaba en aquel momento.

-Por lo que ha dicho Paulina, creo que sí. De todos modos será mejor que aguardes aquí, ya te avisaré en cuanto pueda. No creo que tengas que esperar mucho rato.

Al momento vino Paulina a comunicar a Petronio que Séneca le esperaba. Yo permanecí en la salita, solo, no sé si mucho o poco rato, pero me pareció una eternidad.

Cuando entré en el gabinete, creí que Petronio estaba solo. Pero enseguida advertí en la penumbra la figura de un hombre muy viejo, de cabello y barba canosos, delgadísimo, que mantenía el tronco erguido con firmeza sobre la silla de tijera en que estaba sentado.

-Ven, muchacho, siéntate -dijo con voz entera pero algo opaca-. Me ha dicho Petronio que estás muy interesado en todas las cuestiones del arte y de la vida. Si es así, te conviene escuchar. Si lo que oyes te parece muy delicado, manténlo tú oculto. Mira por tu interés y aprende. A mí ya nada puede perjudicarme. Mis intereses se han reducido a lo esencial: salir de aquí de la forma más digna posible…Por eso he querido hablar contigo, Petronio, para impedir que un crimen más se cometa a mi sombra; por eso te ruego que adviertas a Pisón de lo que te he dicho.

-Te agradezco la confianza que pones en mí. Pero, sinceramente, ¿no crees que sería mejor dejar que todo siguiese su curso? Además, la conjura no tiene ninguna posibilidad de éxito.

-Sí, la tiene, sí. Cuando se trataba solo de cuatro senadores disipados y resentidos era cosa de risa, lo reconozco. Pero ahora es distinto. Hay muchos militares implicados. Al menos, una tercera parte de los altos mandos. El problema es que no tienen candidato para la sucesión. A Pisón no lo quieren de ningún modo. Dicen que, con él, lo único que se conseguiría es sustituir un cantante por otro. Por eso se han fijado en mí. Piensan que, como soberano, puedo ofrecer una imagen de dignidad y honradez que no resulta fácil encontrar. Y también piensan -aunque esto no me lo han dicho- que esa imagen de dignidad y honradez no impedirá cobijar a su sombra todos los crímenes que consideren necesario cometer… como suponen que venía ocurriendo cuando Nerón y yo compartíamos de hecho el poder. Y el primer crimen sería ése: acabar al mismo tiempo con el tirano y con el jefe de los conspiradores civiles. Luego, me instalarían en el poder supremo y se repartirían a mi sombra los beneficios…o tal vez correría yo entonces la misma suerte que Pisón.

-Todo esto es muy desagradable -dijo Petronio-, pero, si lo deseas, cumpliré lo que me pides. Sea por nuestra amistad, por esa amistad que apenas hemos tenido tiempo de cultivar.

-Es cierto lo que dices -afirmó Séneca-, y lamentable. Pero has de reconocer que tu género de vida no ofrecía muchas oportunidades para el encuentro.

-No creo que mi género de vida sea muy diferente del tuyo. Hasta hace poco solo se distinguían en el par de horas que solías llevarme de ventaja en retirarte a dormir.

-Sabes que no es verdad, Petronio. Y permíteme que te diga una cosa: lo que menos soporto de ti es esa debilidad por la frase ingeniosa. Siempre has preferido una frase brillante a la verdad.

-En sociedad sí, porque en sociedad una frase brillante es un valor seguro, mientras que la verdad…no se sabe lo que es. 

-Siempre me has caído bien, Petronio, no lo puedo negar. Pero nunca he creído que seas en realidad lo que aparentas ser. Tengo la impresión de que llevas una máscara de felicidad que oculta una realidad secreta y terrible.

-No lo creas, amigo. Es verdad que todos los días, cuando me levanto, me compongo lo mejor que puedo mi máscara de felicidad. Pero detrás no hay nada terrible, sino más bien vulgar y cotidiano, te lo aseguro.

-Si toda la energía que malgastas en los placeres la dedicases al ejercicio de la virtud, no tendrías necesidad de máscaras. La virtud es la más natural de las bellezas.

-Yo he visto rostros de virtud que no tienen nada de bellos -replicó Petronio-. Más bien dan la impresión de sufrir algún problema físico, como de estreñimiento.

-No serán auténticos. La virtud es siempre sana y amable.

-Quizá no hablamos de lo mismo, pero me extrañaría. Yo me guío por lo que tú mismo has escrito y por el concepto de virtud tal como siempre se ha entendido entre nosotros, esa especie de fortaleza varonil exenta de vicios y de debilidades. Y te digo una cosa: con todas las excepciones que quieras, entre las cuales naturalmente te incluyo, para mí un hombre virtuoso es un hombre insoportable. Para empezar, siempre estará convencido de que es superior a los demás, y esto le hará comportarse desde la autosuficiencia y el desprecio de lo ajeno. Además, desterrados los placeres, el campo de sus intereses será tan limitado como fúnebre. ¿Cómo entenderse con un tipo así? ¿De qué hablar? ¿Sabes lo que creo? Que Catón debió de ser un tipo insoportable. Estoy encantado de no haberle conocido.

-¿Prefieres un Quinciano o un Escevino, que de hombres sólo tienen el nombre?

-Quizá son menos hombres que Catón, pero mucho más humanos, te lo aseguro.

De repente Séneca sufrió un ataque de tos. Fue breve, pero al parecer doloroso. Tomó un pequeño frasco de la mesita que tenía al lado, lo destapó, se lo acercó a las fosas nasales y aspiró profundamente tres veces seguidas. Volvió a depositar el frasco en la mesita y dirigió hacia mí la mirada.

-Ya ves, entre estas miserias acaban los hombres. Aunque todo esto te parezca lejano y casi increíble, piensa que llegará, y que llegará muy pronto. La existencia humana es un suspiro.

-Estoy convencido. El problema para mí es cómo llenar ese tiempo que corre sin cesar hasta el final anunciado: saboreando la vida o preparando la muerte.

-La vida no tiene más sabor que el que le da la virtud, y la virtud es la mejor preparación para la muerte. Además, nadie saborea la vida en el sentido vulgar de la palabra. Los hombres consumen su existencia preparando un mañana de felicidad que continuamente se aleja en el horizonte. Pierden la vida en los preparativos de la vida. Todos. Salvo, tal vez, Petronio.

-Te agradezco el cumplido -dijo Petronio-, y te ruego que me disculpes por el tono de mis palabras de antes. Es absurdo que, habiendo tantas cosas que nos unen, tengamos que discutir sobre lo que nos separa.

-Tienes razón -afirmó Séneca-. Creo que los dos coincidimos en el diagnóstico de la enfermedad, sólo discrepamos en cuanto al remedio. Pero sobre esto no trataré de convencerte ahora, ni a ti ni a nadie. En mis obras he dejado el fruto de mis reflexiones; allí están las medicinas que quien desee de verdad sanar se podrá aplicar…Mi vida se extingue, pero mi obra permanecerá, y dentro de siglos, de muchos siglos, cualquier ser humano de cualquier país o civilización podrá encontrar en ella el remedio de los males que le aquejen. Porque todos los males del hombre han sido, son y serán los mismos, y han tenido, tienen y tendrán el mismo origen: no saber estarse quieto entre las paredes de una habitación. La concupiscencia, el deseo nos empuja a luchar por conseguir cosas, pero no sabemos que, por mucho que consigamos, siempre será menos que lo que ya teníamos. Porque todo está en nosotros, desde el principio de los tiempos.

Hubo unos instantes de silencio, un extraño silencio impregnado de serenidad y misterio. Finalmente me armé de valor y dije:

-Maestro, si todo está en nosotros desde el principio, ¿por qué albergamos en nuestro interior esa fuerza, ese deseo incontenible que nos empuja hacia afuera para alcanzar objetivos ilusorios?

-Existe un plan divino, que debemos acatar. Y dentro de ese plan está el desarrollo de la vida, y para que la vida se desarrolle la divinidad ha sembrado la naturaleza de semillas e instintos y las mentes de ilusiones. Pero el verdadero sabio ha de remontar los instintos y las ilusiones para aproximarse a la razón divina, para comprender que para ella el principio es el final y el final es el principio.

-Me hace muy feliz oirte hablar así -dijo Petronio-. Veo que los años no han perjudicado en nada tu profundidad ni tu agudeza.

-Si la mente no deja de ejercitarse, los años no pueden nada contra ella. Quizá al final, al final de todo la memoria empieza a resquebrajarse y las ideas a confundirse. Hay que estar muy atento para prevenir ese momento, y hay que tomar una decisión valiente antes de que llegue. El hombre, el verdadero hombre ha de estar siempre al gobierno de su existencia, ha de ser el artífice, no el esclavo de su vida, desde que empieza a razonar hasta que muere. Y si la muerte que le prepara la fortuna no le agrada, es muy libre de procurarse otra.

-Ése sí que es un territorio que compartimos -dijo Petronio-, el hombre, artífice de su propia vida. Pero has de reconocer que es una tarea muy difícil. ¿Cuántos crees que lo logran? Yo creía haberlo conseguido hasta que me he visto en una situación que me supera y que no sé cómo desenredar. Y tú, ¿consideras que has sido el artífice de tu propia vida?

-No confundas mis palabras con mi vida. Mis palabras proclaman la verdad; mi vida es una constante lucha entre mis debilidades y el esfuerzo por la virtud. Y en esa lucha he vencido muchas veces y he sido derrotado algunas. Pero es verdad que, viviendo en sociedad y sobre todo en las cercanías del poder, resulta imposible erigirse en único artífice de la propia vida. Una red, cada vez más espesa, te va envolviendo por todas partes hasta que te ves tan atrapado que sólo puedes decir ¡basta! y romper y escapar. Puedes hacerlo en cualquier momento. Yo lo he hecho.

-Y con bastante suerte -dijo Petronio-. Todo el mundo auguraba lo peor.

-Lo peor no es eso. Lo peor no es que el monstruo de ingratitud que creció a mi sombra decida acabar conmigo. Lo peor sería permanecer en la esclavitud, aunque fuese para volver arriba de todo. Porque no hay mayor esclavitud que el ejercicio del poder.

-¿Eso les has dicho a Rufo y Flavo como respuesta a su magnífica proposición? ¡Vaya chasco! No es cosa de todos los días que a uno le ofrezcan el poder supremo.

-Sí, les he dicho que pienso seguir en mi retiro; pero también, que sigo deseando lo mejor para Roma.

-¿Buscarán entonces otro candidato?

-Creo que no. Creo que han entendido lo que han querido entender. No me importa, ¿sabes? no me importa nada. Visto desde mi altura, todo eso son juegos de niños…juegos sangrientos, es cierto. Y lo único que me interesa de ese juego es lavar mi responsabilidad por lo que le pueda ocurrir a Pisón. Así que te lo recuerdo de nuevo, no te olvides de advertirle.

 

En el camino de vuelta pregunté a Petronio:

-¿Sabes si Pisón querrá recibirte? ¿si te creerá?

-No he de ver a Pisón para nada, no tengo nada que decirle.

-¿No piensas cumplir tu promesa? -pregunté, sorprendido.

-Al contrario, la he cumplido al pie de la letra. Recuerda lo que me pidió Paulina, «miéntele si es preciso», y se lo prometí…A propósito, ¿qué te ha parecido el personaje, visto en carne y hueso? ¿Tienes ya clara la jerarquía de tus dioses?

-Sí. Primero está Petronio y luego viene Séneca.

-Y eso, ¿por qué?

-Porque Petronio contienen a Séneca, pero Séneca no contiene a Petronio.

           (CONTINÚA)

 

 

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CONVERSACIONES CON PETRONIO X


¿En qué piensas?- dijo Petronio.

-En Pola -, respondí.

-¡Vaya, por Hércules! Me lo temía. Toda la literatura, toda la filosofía no valen nada ante una mujer hermosa.

-No, no es lo que crees. Estaba pensando en algo que Pola me dijo de ti, y pensaba que es verdad, que eres desconcertante.

-¿Eso te dijo? ¿Que soy desconcertante? ¿En qué sentido?

-Vino a decir que nadie conoce tu rostro verdadero, que quizá sólo a mí…

-¡Mi rostro verdadero! -me interrumpió- ¡Qué expresión tan enfática! Un rostro es una máscara.

-¿Y si quitamos la máscara?

-Queda otra máscara, y si quitas ésa, otra, y luego otra y otra. Nadie tiene un rostro verdadero.

-El otro día, en casa de Escevino tuve una sensación extraña, desagradable. Vi que la opinión que él tiene de ti, un amigo de toda la vida, no se parece en nada a la que yo me he formado. Vi que, para Escevino, tú eres como él, un simple gozador de placeres sin mayor peso ni enjundia, un ser frívolo y sin sustancia.

-Ésa es la máscara que Escevino ve en mí.

-Días antes, en cambio, vi que para Tigelino eres un astuto intrigante, alguien muy digno de ser tenido en cuenta.

-Ésa es la máscara que Tigelino ve en mí.

-Y aún antes vi que para Mela eres una persona prudente y digna de toda confianza.

-Ésa es la máscara que Mela ve en mí. Y tú, ¿cómo me ves?

-Como alguien que, aun sabiendo gozar del mundo y de la vida, está muy por encima de las cosas del mundo, un auténtico filósofo sin proponértelo.

-Ésa es la máscara que tú ves en mí.

-¿Pero cuál es la verdadera?

-Todas y ninguna. Y esto no es una particularidad mía, a todos les ocurre. Uno suele tener una imagen de sí mismo, pero, por poca atención que preste a las opiniones y reacciones de los demás, advertirá que esa imagen no se corresponde con la que los otros tiene de él. El hombre que vive en sociedad no es más que lo que los otros deciden que es. Así, es posible que yo para ti sea un filósofo, para Mela un hombre prudente y de confianza, para Tigelino un taimado intrigante y para Escevino un vulgar vicioso. ¿Quién soy en realidad? Nadie. Es decir, para mí puedo ser algo más o menos definido y concreto, pero en el exterior, como objeto social, hay tantos Petronios como representaciones mías existen en las mentes de los demás. Uno no es nadie y es a la vez cien mil.

-Como fábula literaria me parece sugerente.

-Me encanta que te haya gustado. Además, es posible que hayas observado que, hasta cierto punto, me complazco en cultivar esa diversidad de imagen, siempre que no se pierda de vista la que he elegido como tema de referencia central: la del refinado árbitro de la elegancia de nuestra sociedad más selecta.

-Sí, lo he observado. Y he observado también que con ciertas personas utilizas la ambigüedad, la ironía, incluso el sarcasmo más que con otras, que conmigo, por ejemplo. Pola también dijo que eres especialista en frases ambiguas y que nada significan. Entonces no le di la razón, pero pensándolo bien…

-Lo que ocurre es que cada persona requiere, exige, un trato distinto. Y esto es algo que en mi caso surge espontáneamente. Sin proponérmelo, cada interlocutor despierta en mí un grado determinado de ironía, de causticidad incluso. Tú representas el grado mínimo. Por eso nuestras conversaciones están rozando siempre la peligrosa zona del aburrimiento. Tigelino podría representar el grado máximo. En teoría es el blanco perfecto de toda clase de ironías y sarcasmos. El problema es que, en muchas ocasiones, la espesura de su piel impide alcanzar los efectos deseados. Es como clavar agujas a un paquidermo.

-De todos modos, pienso que es una lástima.

-¿Una lástima?

-Ya sé que esto es algo personal tuyo y que no tengo derecho a entrometerme, pero lo he de decir. Pienso que es una lástima que no te muestres a todos del mismo modo que te muestras a mí: como un hombre sabio, como un ser que, aun disfrutándolas, está por encima de todas las cosas.

-No exageres, Lucio. Y aunque fuese cierto, ¿has pensado si los otros merecen que me muestre así? ¿Has pensado que en la mayoría de los casos no me entenderían? Imagínate que hablase con Tigelino, o con Nerón, como hablo contigo. No entenderían nada. Pensarían que soy un loco, un filósofo chiflado que no merece ser tenido en cuenta.

-No creo que ni Nerón ni Tigelino tengan a Séneca por un filósofo chiflado.

-Por supuesto que no. ¿Y sabes por qué? Porque el comportamiento de Séneca ante el poder no se distingue en nada del mío. Séneca es un cortesano perfecto. ¿O crees que anda por los salones hablando de la felicidad del sabio y de la vaciedad de la vida?

-Me cuesta hacerme a la idea de que eso sea cierto, de la duplicidad de Séneca de que hablabas el otro día.

-Si te molesta, no pienses en ello. Quizá sólo sea la máscara que yo veo en él. Lo admiras mucho, ¿verdad?

-Sí, y aún lo admiraba más. Hace años, en plena adolescencia, la lectura de algunos de sus Diálogos me despertó a la realidad de la vida. Gracias a él comprendí que la existencia humana no es más que un tramado de ilusiones, que no hay que buscar la felicidad afuera, que todo está dentro de uno mismo.

-Es un programa un poco triste para un joven de tu edad, ¿no te parece? En la vida hay goces y alegrías que, no por ser externos, son menos ciertos. Piensa que lo que ahora desprecias no lo podrás recuperar jamás. El tiempo pasa, amigo Lucio, y pasa muy deprisa, y a medida que vas cumpliendo años su marcha se acelera. Lo que no goces ahora no podrás gozarlo jamás. Porque cada edad tienen sus propias calidades e intensidades de goce. En la adolescencia, todo se presenta como recién nacido, y el goce de cada placer nuevo, desconocido en la infancia, nos hace estremecer de arriba abajo, nos sacude violentamente sin que podamos dominarlo de ningún modo. Aún recuerdo la emoción indescriptible del primer contacto, de repente erótico, con una piel ajena. Luego, a partir de tu edad, se empieza a ejercer cierto dominio sobre el placer. Se abre entonces la época, no muy larga, no creas, no pasa de veinte años, en que el ser humano puede disfrutar con plenitud de los placeres. Y cuando se pasan de los cuarenta, como es mi caso, hay que ir supliendo con ciencia y sabiduría, lo que se va perdiendo de instinto y fuerza natural. Quiero decir con esto que todo lo que no disfrutas en su momento lo pierdes para siempre… Lo que ocurre es que muchos confunden el placer con el vicio, y no tienen nada que ver. El verdadero placer se disfruta desde la libertad; el vicio es una adicción insuperable a algo que ha dejado ya de ser el placer que fue al principio. Piensa que, aparte de los que podamos montar con el arte y la imaginación, que también son placeres y nada desdeñables, lo único que obtenemos de la vida es el goce de cada uno de los momentos vividos. Así que volvamos a Horacio y digamos:

mientras hablamos huye

la envidiada edad,

aprovecha el hoy,

desconfía del mañana.

-No creas que no estoy de acuerdo contigo. Incluso antes de conocerte, tu obra ya me había hecho cambiar mi inicial radicalismo «senequista». Por eso te he dicho que antes aún lo admiraba más. De todos modos sigo pensando que, en lo moral, Séneca representa la cima de la humanidad… Y me refiero a su obra, naturalmente, no a su conducta, que no conozco y que, a decir verdad, ni siquiera me interesa.

-Como debe ser -afirmó Petronio-. A todo escritor se le ha de juzgar sólo por su obra. Lo que ocurre es que de un moralista se suele esperar que sea coherente. Ésta es la ventaja que tenemos los artistas, los creadores: nuestra vida no tiene por qué guardar relación con nuestra obra. Y aún te diré más, que con los creadores sucede con frecuencia lo contrario que con los moralistas: su vida suele ser más «moral» que su obra,

pues el poeta bueno ha de ser casto,

mas no tienen por qué serlo sus versos.

Esto es lo que replicaba Catulo a los que, basándose en su obra, le acusaban de indecencia. Y para que quedase bien claro lo decía en un epigrama que empieza así:

Os daré por el culo y por la boca,

Aurelio mamón y Furio marica

En mí mismo tienes un ejemplo. Desde que se difundió Satiricón algunos imaginan que mi conducta y mis intereses son los mismos que los de los personajes de la obra. Y es falso, naturalmente. Lo cierto es que mis intereses son lo que se suele decir más elevados, y mi conducta bastante más aburrida. Pero esta disociación, que es normal e incluso necesaria en un creador, resulta por lo menos chocante en un filósofo moralista. Aunque no olvidemos que Séneca también es creador. ¿Has leído sus tragedias?

– Sólo Fedra y Medea… y me parecen de una contundencia y una fuerza grandiosas. Y sin embargo, cuesta mucho imaginarlas representadas.

-Porque no están escritas para la escena. Nadie escribe hoy para la escena. El teatro es un género muerto. Nació del pueblo y para el pueblo, pero desde que el pueblo, convertido en masa, gustó de los espectáculos del circo, ya nada puede hacer que vuelva al teatro. La multitud, la masa, tiende siempre a lo más fácil. Nada se abarata, se degrada tanto como el gusto de la masa. Es un proceso imparable.

-Pero hubo un tiempo en que grandes autores, como Sófocles, llenaban los teatros de ciudadanos.

-Tú lo has dicho, ciudadanos. Pero ya no hay ciudadanos. Lo que ves en el circo es una masa informe hecha de instintos bestiales y de una sola voz, sin espíritu ni cerebro.

-Desde luego, cuesta mucho imaginar a Séneca escribiendo para ese tipo de público. La profunda moralidad de su pensamiento exige un receptor especialmente preparado.

-Tampoco hay que exagerar con eso de «la profunda moralidad de su pensamiento». Seguramente no conoces el antipanegírico que compuso a la muerte del César Claudio.

-¿Antipanegírico? No, ¿a qué te refieres?

-A la Apocolocyntosis, o sea, transformación en calabaza, del Divino Claudio. Los orígenes y características de esa obra son muy curiosos. Claudio se lo había hecho pasar muy mal a nuestro filósofo. Nada menos que ocho años lo tuvo desterrado en la isla de Córcega. Cuando murió, Séneca decidió vengarse a su manera. Escribió su «Calabaceosis» y la declamó ante un público reducido, formado por Nerón y unos cuantos cortesanos, que le rieron de buena gana todas las gracias. Aquí tienes un ejemplo supremo de la hipocresía de nuestra vida pública. Mientras el cuerpo del anterior César está aún caliente y todavía no se han apagado los ecos de los fastos oficiales, el severo preceptor del nuevo príncipe declama para él y sus compinches, entre los que sólo por una cuestión de tiempo no estoy también yo, una sátira maledicente y corrosiva sobre el ilustre difunto…¿Sorpresa?

-Sí, lo reconozco. Y esa sátira ¿vale la pena?

-Desde luego. La trama es muy sencilla. Un narrador chusco e insolente cuenta la historia que dice le han contado sobre la muerte del César Claudio. Empieza por transmitirnos las últimas palabras que, como todo gran personaje, no puede dejar de pronunciar, y que en este caso son: «Ay, me parece que me he cagado». El alma del difunto contempla su propio funeral y es trasladada luego al cielo donde, al principio, ningún dios puede entender nada de aquel su lenguaje farfullante e incoherente. Con los mismos procedimientos formales del Senado, la asamblea de los dioses debate sobre el destino de tan peculiar personaje. Octavio Augusto ejerce la acusación, recordando todos los crímenes y torpezas del candidato a dios. Finalmente, la asamblea decide precipitarlo a los infiernos, donde acaba de secretario del secretario de su sobrino Calígula. Toda la obra es un ejemplo insuperable de humor, ingenio…y rencor. Ya ves, éste también es tu Séneca…Por cierto, ¿te gustaría conocerlo personalmente?

-¿Es posible?

-Quizá. Mañana ven a primera hora de la tarde…Sí, creo que es lo mejor. Creo que es el mejor sistema para que ese personaje deje de ser el centro, directo o indirecto, de nuestras conversaciones. Te lo presento, hablas con él, sacas tus conclusiones definitivas y cerramos de una maldita vez este enojoso capítulo.

-Diría que estás celoso -observé, siguiendo el tono de buen humor que traslucían sus palabras-. Y no sé por qué. Tú puedes ser un dios para mí, y él otro. En el Olimpo caben muchos dioses.

-En el Olimpo de los dioses, sí. Pero el Parnaso de los escritores es muy diferente, no lo olvides.

(CONTINÚA )

 

 

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