
El muchacho exigía que Wilde le invitase a los lugares más caros y que pagase siempre todas las facturas, a lo que éste no sabía negarse. Como resultado, sus gastos se multiplicaron por cien. Había que hacer algo para equilibrar la balanza. Y se puso a escribir como nunca. Y estrenó con gran éxito. Las representaciones de sus cuatro obras – teatros siempre llenos, en ocasiones prolongación de la temporada – le aportaron grandes sumas de dinero. Pero nada era suficiente.
Y no solo en lo económico fue nefasta la influencia de Bosie sobre Oscar. También en lo social. No hacía mucho que el escritor se había abandonado decididamente a sus preferencias sexuales, pero hasta entonces había sabido mantener la discreción que la época y la sociedad exigían. En su relación con Bosie, aquella “discreción” se fue relajando hasta extremos peligrosos. Arrastrado por su joven amigo – su “víctima”, según se desprendería de las posteriores actuaciones judiciales -, empezó a frecuentar lugares y compañías de pésima reputación, actividad tan peligrosa en todos los aspectos – entre ellos la proliferación de chantajistas – que el mismo Wilde la llamaba “salir con panteras”.
Pero nuestro héroe no estaba dispuesto a moderarse. Como antes he apuntado, el éxito se le fue subiendo a la cabeza, formando un espeso humo a su alrededor que le impedía ver lo que en torno a él se estaba gestando. Su natural amabilidad y templanza fueron cediendo ante un rasgo de carácter que siempre le había distinguido y que amenazaba con acabar con todas sus virtudes: la vanidad. De manera que, según sus buenos amigos – no los próximos al mundo de las panteras, por supuesto -, se comportaba con una altanería insufrible. Su hermano Willie, por ejemplo, habla de “la pandilla de parásitos” que le incensaban y de que ni él, su hermano, ni nadie podía hacerle la menor crítica sin ofenderlo.
Y así, como el gobernante que, rodeado de aduladores, es incapaz de captar el sentir real del pueblo, Oscar Wilde, separado de la realidad por aquella camarilla de parásitos incensarios, no se daba cuenta del sentir público: sería el último en advertir con qué furia el odio, la malignidad y la envidia se estaban desencadenando contra él.
Pero, odio, ¿por qué?, podemos preguntarnos. Él solo era un artista, un escritor lúcido e imaginativo, un enamorado de la belleza y del mismo amor. Cierto que sus sarcasmos contra la clase alta, a la que sin embargo adoraba, podían concitarle alguna inquina. Pero no creo que esto fuese decisivo. Y menos cuando eran lanzados en un teatro, pues todo el mundo sabe que uno de los mayores goces del espectador teatral es sentirse insultado desde el escenario, como en su día explicitó Peter Handke con una obrita titulada directamente Insultos al público.
Entonces, ¿cuál era la razón de aquel odio, hasta entonces soterrado, que todos sus biógrafos no dejan de destacar? ¿El “vicio”? Pero Wilde no era ni mucho menos el único personaje público “vicioso”. Y sin embargo, nadie como él fue objeto de una campaña de acoso y derribo tan inmisericorde. ¿Entonces…?
Bien mirado, creo que es inútil que intentemos desentrañar el misterio antes de conocer, siquiera someramente, los datos de la historia. Quede de momento apuntada, como objeto de reflexión previa, una frase que el mismo Wilde escribió en El crítico como artista, es decir, en plena época de euforia vital y creadora, antes de que cualquier nube apuntase en el horizonte: “La sociedad con frecuencia perdona al delincuente; nunca perdona al soñador”. ¿También aquí, profeta inconsciente de sí mismo?
En el teatro de esta historia, en el escenario de los acontecimientos, hay un personaje de importancia decisiva: Sir John Sholto Douglas, noveno Marqués de Queensberry. Aristócrata de origen escocés, era famoso por su rudeza, su agresividad y su ateísmo, una forma ésta que tienen de rizar el rizo los más poderosos de las sociedades piadosas, como la británica de la época. Aunque no todo era negativo en el Marqués, pues se dice que dio a la humanidad las reglas de un deporte tan viril como el boxeo. Las relaciones con su hijo Bosie no es que fuesen malas: eran las propias de dos enemigos mortales, hasta el extremo de que la forma más habitual que tenían de comunicarse padre e hijo era a través de cartas insultantes.
Es de suponer que el Marqués conocía las tendencias de su hijo y que éstas ponían al límite su tensión sanguínea, pero lo que no pudo ya soportar es que, a las aventuras más bien discretas (o con personas no conocidas en sociedad) siguiese el escándalo de mostrar en público su relación con un personaje tan famoso, en lo bueno y en lo malo, como Oscar Wilde. Y además, para el Marqués, lo bueno de Wilde también era malo. En efecto, se dice que, antes de que se declarasen la guerra, ambos futuros contendientes coincidieron en un lugar público y conversaron un rato, y que a continuación el Marqués comentó: “Reconozco que es encantador… ¡pero es que un hombre no ha de ser encantador!”.
Estaba claro: dos astros de diferentes constelaciones iban a colisionar. El uno representaba el poder dominante en la sociedad; el otro, el sueño de belleza del arte. El resultado de la confrontación ya lo conocemos, porque siempre es el mismo: primero vence el poder; al final se impone el arte, con frecuencia cuando el artista ya no está. (CONTINÚA)