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LOS SIGNOS COBRAN VIDA

Blancanieves y los siete enanitosBlancanieves y los siete enanitos (1937) - Filmaffinity

Creo que lo primero que leí, hacia los 6 años, fue un libro bellamente ilustrado, Blancanieves y los siete enanitos.

Lo de “leí” es sin duda una exageración. Lo cierto es que, con ayuda de mi madre, me sumergí en el mundo fantástico del cuento infantil, físicamente de la mano de Disney, autor de los dibujos, extraídos de la película correspondiente.

Recuerdo perfectamente todos los elementos del relato, y muchas de las escenas. Como aquella en que la joven extraviada observa, a través de la ventana de la pequeña casa, la sucesión de siete camitas vacías correspondientes a los siete seres que allá habitan, o el momento en que la vieja del bosque ofrece a la niña la manzana emponzoñada, o el del beso liberador del príncipe.

¿Cómo podía no haber leído Blancanieves? Estaba entonces tan convencido de que sí, de que la había leído, que esta convicción me llevó a la falsa idea de que ya sabía leer y al fracaso personal infantil que he confesado en otro lugar. II

Blancanieves y los siete enanitos es la historia de una maldad, vencida finalmente por el amor y la bondad (de acuerdo con lo que ha llegado hasta nosotros por obra principalmente de las hermanos Grimm), una maldad, la de la soberbia y ambición, que no es solo cosa de cuento, sino también de la realidad más real, como comprobó asombrada una escritora de nuestro tiempo, gracias al comportamiento de su realísima madrastra. Una historia que no solo se contiene en las escenas coloreadas sino, seguramente, entre los garabatos y signos que las acompañan, a los que, al parecer, recurre la madre para precisar sus explicaciones.

Garabatos y signos que yo había de descifrar urgentemente.

Era el momento, era la edad. Pero se interpuso la confusión, el orgullo infantil. Aunque pronto se corregirían y, a través de unos garabatos y signos como aquellos, el niño que yo era, el hombre que aún soy habían de tener acceso a toda la sabiduría y toda la necedad de la raza humana.

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Una promesa y quizá un intento: Viejos Libros Míos

1. LOS SIGNOS COBRAN VIDA

Blancanieves y los siete enanitos

2. VENTANAS A LA ¿REALIDAD?

    El Libro de España, Corazón

3 . LA VIDA COMO AVENTURA

    Verne, Feval, Twain, Dumas, etc.

4. LA FANTÁSTICA REALIDAD

          Dickens

5. CAMBIO DE DECORADO

    Papini, Unamuno

6. DIGRESIONES CONVENIENTES

   FBI, Hazañas bélicas, El guerrero del antifaz

7. ALCANZAR LAS CIMAS

   Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe

8 . ROMÁNTICO Y BURGUÉS

      Hugo, Balzac, Stendhal

9. RUSIA EN EL CORAZÓN,

   Dostoyevski, Tolstoy

10. EUROPA ES UNA NOVELA

     Flaubert, T. Mann, Kafka

11. QUE SE FUE A AMÉRICA

Borges, Sabato, Cortázar 

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La desconfiguración de la realidad II

Configuar, desconfigurar… palabras que, aunque hunden sus raíces en lo más antiguo de nuestro hablar y pensar, son esencialmente modernas. Quiero decir que de ningún modo se pueden utilizar para imaginar falsas frases célebres, de esas que extraños escribientes atribuyen a Cervantes, por ejemplo, no se sabe con qué finalidad o provecho.

Pero, ¿qué significan? ¿Qué es lo que definen? Nada mejor para ilustrarnos que la Biblia de nuestro tiempo.

La palabra «configurar» se refiere al proceso de personalizar, ajustar o preparar un sistema, dispositivo, aplicación o red para que funcione de la forma deseada según tus necesidades.

Un sistema, dispositivo, aplicación o red, es decir, casi todo lo operante para que todo funcione. Y ese “proceso de personalizar, ajustar o preparar para que algo funcione de la forma deseada según tus necesidades” ¿quién lo ajusta o prepara?

Porque es evidente que el autor de esa breve explicación de pequeño alcance está pensando en realizaciones limitadas, pero hay “realizaciones” de mucha mayor envergadura.

La existencia universal, por ejemplo.

El proceso de configurar el vasto mundo no tiene límite en ningún lugar. Nadie sabe cómo se configuró el mundo ni por qué ese proceso ha de durar eternamente.

¿Y qué ocurriría si el proceso se rompiese? ¿Es decir, si la configuración, a veces tan poética, a veces tan terrible, dejara simplemente de existir? ¿Si la fuerza que liga el mundo perdiese su poder y las cosas quedasen abandonadas a un delirio sin sentido?

Se puede decir que la configuración es el alma de la realidad. Una realidad que hemos asumido como propia, sin cuya existencia no seríamos nada.

Nadie que no esté loco puede soñar con deshacer nuestra configuración.

¿Alguien lo ha intentado en serio? Que lo intente. Que dé una patada a la configuración vigente, y una explosión vegetal y espesa acabará con todo.

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Pena de Vida


Resultando

que has aterrizado en este mundo

sin mayor merito que el de haber

sido extraído.

Resultando

que este mundo no se aguanta

si no es por el impulso

que de tantas sombras es recibido.

Considerando

que no hay mal ni bien

que el mundo trans fenomenal

no haya para siempre establecido.

Considerando

que siempre hay que aplicar

la ley más necesaria,

se te condena a la pena de vida,

sentencia sin recurso ni explicación posible.

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ROBO SACRÍLEGO

      ¿Quién me arrebató del ser?

       ¿Quién, entre la tropa inmunda de inmundos animales,

         osó sacarme de la no existencia pura,

         con un acto bestial que, además,

         exige reverencia?

                                                   

          Padre, madre,

          así llamados los autores del hecho criminal,

          propagación

          del individuo triste, asesino impotente, que no sabe regresar,

          que riega la Tierra con millones de sombras,

           mientras vengativo piensa: nunca más, nunca más.

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la sombra 2

LA INFANCIA RECOBRADA

Es la voz de la infancia, es la madre que llama,

y advierte del peligro,

o tal vez juega con su acento olvidado

en Andalucía.

No juega el padre, atento al paso de los tiempos,

sueña con futuros para hijos.

Aunque nadie, ni siquiera él mismo,

cree en las luces que la débil fantasía enciende.

No quieren los niños fantasía,

tienen la realidad

de los soldados de plomo

bajo el cielo oscuro de las nubes.

JANE EYRE EN LA COCINA

La voz segura y matizada de la madre

desgrana la historia

que el libro ofrece en la cocina

mientras algo bulle en un fogón.

La historia de una joven que defiende

amor y dignidad.

Los niños escuchan en silencio

y de pronto, un estremecedor chillido

estalla y se difunde

por la creciente oscuridad del bosque.

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ESTA SOMBRA QUE SOY

ESTA SOMBRA QUE SOY

Esta sombra que soy

en el crepúsculo de los días inventados,

sombra que ha de naufragar

en la propia nihilidad de los inventos,

qué le deja al mundo,

sino la nada que

en la antigua vanidad perece.

Mas no temas,

también lo que en la vida

tiene forma distinta

del papel o el teclado,

también si se corona

con la llama luminosa del prestigio,

perece finalmente en el olvido

como el resto del obrar soñado.

Has de saber

que solo dando un paso

certificas

la infinita vanidad del todo.

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VIDA ADULTA EN VALLDOREIX IV

«Si en la biblioteca tienes un jardín (o huerto), nada te faltará»

 

                            Huerto o jardín

Pintaban bastos. Cicerón, que se había puesto al lado de Pompeyo en la guerra civil, acababa de obtener el perdón de Julio César con la condición de que no se metiese en política, actividad que, para Cicerón, era media vida. Pero obedeció, y entre su casa de Roma y la de Túsculum se dedicó al estudio y la escritura, que constituían la otra mitad de su vida. Escribía a sus amigos, comentándoles aspectos de la situación política, y los conminaba a verse para explicarse.

En junio del 46 a.C. escribe a Terencio Varrón pidiéndole un encuentro: «Si tú no vienes, iré yo. Si en la biblioteca tienes un jardín (o huerto) no nos faltará nada (si hortum in bibliotheca habes, deerit nihil).» Este Varrón, además de militar y político, era, como el mismo Cicerón, sabio y erudito, combinación entonces normal, pero impensable en la sociedad de hoy.

Por eso pienso que es como un milagro que el ayuntamiento de Sant Cugat haya reproducido, sobre la entrada de la Biblioteca Marta Pessarrodona, situada en la misma estación de Mirasol del FGC, una versión catalana de la frase. La cosa es tan insólita que merece un reconocimiento explícito. El mío ya lo tiene, de corazón. Pero… y el jardín, ¿dónde está?

Hace pocos años, desde el andén de la estación de Mirasol, casi se podían tocar con la mano unas vides que había en el lado Norte. No queda nada. Todo son edificios, cemento, asfalto.

Conclusión: la frase está muy  bien, pero el jardín no existe.

Se lo tragó la burbuja inmobiliaria.

DIARI DE SANT CUGAT

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Fantasía para antes de un Cónclave

Domus Sanctae Marthae. Noche. Por un largo corredor, escasamente iluminado, avanza sigilosamente el Cardenal Sabatini-Mefisto, deteniéndose un instante ante cada uno de los pequeños rótulos que ostentan las puertas de uno y otro lado, hasta que, ante determinado rótulo, lanza un suspiro de satisfacción. Al otro lado de la puerta, el Cardenal Primado, de rodillas en un lujoso reclinatorio de posarrodillas y posabrazos de terciopelo, está orando.

CARDENAL PR.- Señor, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Toc, toc, toc. Tres golpes acompasados suenan en la puerta.

CARDENAL PR.- ¿Quién es?

VOZ MEFISTO.- El cardenal Przisgnimezcwiwc, hermano.

CARDENAL PR.- ¿Quién?

VOZ MEFISTO.- El cardenal Przisgnimezcwiwc, hermano.

CARDENAL PR.- No hay ningún cardenal con ese nombre. Es media noche y estoy rezando. ¿Quién podría interrumpir la plegaria de un príncipe de la Iglesia a estas horas? ¿Quién sino tú, Satanás? ¡Vade retro, te he descubierto!

VOZ MEFISTO.- Vale, de acuerdo. Pero ábreme y hablaremos. Lo que te tengo que decir es muy importante…para los dos.

CARDENAL PR.- ¿Que te abra? ¿Necesitas que te abra? ¡Los demonios se filtran por las paredes!

VOZ MEFISTO.- Como quieras. (Olvidaba que a la Iglesia le encanta la gran escenografía barroca).

Breve resplandor con el reglamentario olor a azufre y aparece Mefisto en su aspecto más tradicional: cuernos, cola, pezuñas y tridente.

MEFISTO.- ¡Héteme aquí! (¡Qué aspecto tan ridículo debo tener! Hace siglos que no me presento así. Pero…es lo que requiere la ocasión, creo. En fin, todo sea por la causa.)

El Cardenal primado se levanta de un salto, descuelga un crucifijo y lo muestra a Mefisto alargando el brazo al máximo y apartando el rostro con gesto melodramático.

MEFISTO.- Bueno, bueno… No empecemos con bravuconadas ni con poses histéricas de cine mudo.

CARDENAL PR.- Me repugnas, Satanás. Tu asquerosa apariencia es espejo del abismo de maldad y de horror de donde has surgido.

El Cardenal Primado cierra los ojos, y los mantiene cerrados unos instantes, como sumido en profunda oración.

MEFISTO.- Ah, si es por eso…Perdone, pero yo creía que era la apariencia debida en este caso… No se preocupe. No hay problema.

Mefisto se transforma en una especie de profesional germánico, con americana y pajarita. El Cardenal Primado abre los ojos.

CARDENAL PR.- Eh… ¿Quién es usted?…He tenido una alucinación, una visión espantosa…Pero usted no es mi médico. ¿Por qué no han llamado al doctor Freund? ¿Cuánto rato he estado sin sentido?

MEFISTO.- Sólo el justo y necesario. El doctor Freund está muy ocupado y me ha enviado a mí, doctor Listig, para servirle. Veamos, ¿qué ha sido eso de la alucinación?

CARDENAL PR.- He visto al Diablo.

MEFISTO.- ¿Y…?

CARDENAL PR.- Al Diablo en persona.

MEFISTO.- Bueno, a ver, ¿dónde está el problema?

CARDENAL.- ¿Le parece normal?

MEFISTO.- Depende. Si el Diablo existe, me parece lo más normal del mundo que se aparezca de vez en cuando. Al menos, cuando algún asunto le interesa especialmente y no puede intervenir de otra manera. Ahora bien, si el Diablo no existe, entonces su aparición no sólo sería algo sumamente anormal, sino que resultaría técnicamente imposible…digo yo. Pero usted… usted cree que el Diablo existe, ¿no es cierto, Eminencia?

CARDENAL PR.- Sí… claro… por supuesto. Forma parte no sólo de la Tradición, sino también de la Revelación. En el capítulo tercero del Génesis…

MEFISTO.- Vale, vale. Sólo quería aclarar este pequeño detalle, (estaríamos buenos, si no). Mire, lo que ocurre es que estos días está sometido a una tensión muy fuerte. Usted es víctima del estrés, si es que puedo expresarme así entre los muros de esta santa casa. Porque sin duda usted piensa que será el elegido…

CARDENAL PR.- ¿Yo? Yo soy el más humilde…

MEFISTO.- Da lo mismo (no despistes, que te he oído cuando rezabas). Por mucha modestia y humildad que uno lleve a cuestas, es inevitable pensarlo. Hasta cuando compras un número de lotería piensas que te tocará… Pero, Eminencia, el problema es que usted no sólo lo piensa, sino que está seguro, demasiado seguro…

CARDENAL PR.- Pero ¿qué dice? ¿Cómo se atreve?

MEFISTO.- Mire, Eminencia, lo digo por su bien. No confíe tanto y póngase manos a la obra.

CARDENAL PR.- No le entiendo, no le entiendo nada. Todo está en manos del Espíritu Santo.

MEFISTO.- Ya, pero siempre se puede ayudar un poco. Ha visto el resultado de la votación: sólo cinco votos de ventaja le lleva al Cardenal Cinzano. Y se prepara un vuelco espectacular.

CARDENAL PR.- ¿Un vuelco?

MEFISTO.- Sí, los dos grupos de indecisos…bueno, usted ya sabe a quiénes me refiero, están siendo ganados en este momento para la causa de Cinzano.

CARDENAL PR.- ¡No es posible!

MEFISTO.- De manera que, si Dios (o algún poder subsidiario) no lo remedia, en dos o tres votaciones más se habrá decidido la partida.

CARDENAL PR.- ¿A favor de Cinzano?

MEFISTO.-A favor de Cinzano, naturalmente.

CARDENAL PR.- No es posible, no es posible. Mire, doctor Listig, el cardenal Cinzano representa todo lo que yo más aborrezco: el relativismo apenas confesado, la tolerancia interesada, el ecumenismo sin fronteras, la relajación de los principios, tanto morales como dogmáticos, los guiños indecentes al mundo laico y ateo. No, no, no es posible. ¿Sabe qué significaría su elección? Algo espantoso. Cinzano sería el Gorbachov de la Iglesia Católica, puede estar seguro.

MEFISTO.- Lo estoy (¿por qué crees que estoy aquí, gilipollas?), y eso es algo que no podemos permitir.

CARDENAL PR.- Pero, ¿qué se puede hacer para contrarrestar…?

MEFISTO.- Yo le diré lo que se puede hacer.

CARDENAL PR.- Doctor Listig, perdone que sea brusco, pero…¿Qué pinta usted en todo esto? ¿Cómo ha sabido…?

MEFISTO.- Eminencia, ¿le interesa o no solucionar el problema?…Porque si le interesa, más vale que se calle un ratito y que escuche con atención. En realidad, yo podría actuar solo, sin darle explicaciones a nadie. Pero se las daré. Y por dos motivos. El primero, para que usted sea plenamente consciente de su complicidad en este plan; el segundo, para que no se extrañe de lo que mañana ha de ver en la votación de la tarde, y es que sólo usted, el Cardenal Primado, es capaz de hacer cuadrar la cara y el nombre de cada unos de los cardenales electores. Y mañana verá que la cara del Cardenal Escrutador Primero guarda un extraordinario parecido con la mía…No dice nada, se ha quedado mudo…eso está bien. Continúo. Ese Cardenal Escrutador Primero tendrá una misión especial: cada papeleta que abra, cualquiera que sea su contenido inicial y hasta alcanzar un número razonable, transmutará su contenido en el nombre del Cardenal Primado. Y así pasará la papeleta al Escrutador Segundo, y luego al Tercero… en fin, usted ya conoce el procedimiento del artículo 69 de la Universi Dominici Gregis.

CARDENAL PR.- Pero…eso…¡es magia!

MEFISTO.- ¡Vaya, por Zeus! ¡Con qué me sale ahora! Le ofrezco el papado universal y me hace aspavientos ante un detalle de procedimiento. ¿No tiene alguna objeción de hondo contenido moral o dogmático que oponer?

CARDENAL PRI.- ¡Eso es magia! Y la magia es siempre obra del Diablo. Sólo él puede desencadenar esos poderes que son parodia de lo divino, perversas ironías dirigidas contra Dios.

MEFISTO.- No le digo que no. Sólo que en este caso no habrá magia en absoluto, sino prestidigitación. ¿Ha visto usted algo más inocente que ese pobre hombre vestido de frac que se saca una paloma del bolsillo del pantalón? Pues en algo así consistirá el juego de las papeletas.

CARDENAL PR.- Pero…pero no se pueden violentar los designios del Espíritu Santo.

MEFISTO.- Muy bien dicho, no se puede. Lo que significa que, si nuestro plan prospera felizmente, es que cuenta con la aprobación del espíritu ése, y si acaso no es de su agrado, ya se encargará él de hacérnoslo saber. ¿Dónde está el problema?

CARDENAL PR.- A ver si lo entiendo. Usted me está diciendo que, con un simple juego de manos, va a poner el papado a mi disposición. Increíble, increíble…esto es cosa de locos. Pero es que…aunque fuese cierto, ¿por qué lo habría de hacer? ¿Qué gana usted con ello?

MEFISTO.- No gano, sino que me evito perder. Pero tampoco hay que precipitarse. Quiero decir que no dé todavía la cosa por hecha, que el trato aún no se ha cerrado. Y es que…para saber si efectivamente merece mi ayuda, antes he de someterle a un pequeño examen.

CARDENAL PR.- ¡Un examen! Usted está loco, doctor Listig, rematadamente loco.

MEFISTO.- No se preocupe. Será muy breve y elemental. Veamos (Mefisto se saca de un bolsillo una especie de agenda y un lápiz: irá leyendo las preguntas y haciendo una señal a cada respuesta), ¿qué es la Iglesia?

CARDENAL.- Vaya pregunta. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, fundada por él mismo y encomendada a Pedro y sus sucesores.

MEFISTO.- ¿Es la Iglesia depositaria de la verdad?

CARDENAL PR.- Sí, la Iglesia Católica es la única depositaria de la verdad.

MEFISTO.- ¿Pero existe una verdad absoluta o es todo relativo?

CARDENAL PR.- Existe una verdad absoluta, que no puede cambiar con el paso de los tiempos. Nuestra época vive una dictadura del relativismo, que lo pone todo en cuestión menos a sí mismo.

MEFISTO.- Muy bien, muy bien. A ver, ¿quién recibe en el Nuevo Testamento el nombre de Príncipe de este mundo?

CARDENAL PR.- El Diablo es el príncipe de este mundo.

MEFISTO.- Pero, ¿qué es el Diablo?

CARDENAL PR.- El Diablo es una presencia misteriosa, pero real, personal, no simbólica. Es una realidad poderosa, una maléfica libertad sobrehumana opuesta a la de Dios.

MEFISTO.- Muy bien, muy bien. Conseguirá que me emocione… ¿Y qué me dice de todos esos, algunos incluso cristianos, que argumentan que el Diablo no es un ser real?

CARDENAL.- Que sus argumentos no tienen ningún valor. Porque no se basan ni en las Escrituras, ni en la Tradición, ni en la Doctrina, ni siquiera en un razonamiento riguroso, sino que se basan en la mentalidad del hombre contemporáneo. Es decir, que obedecen a la corriente general que ha decidido que todo lo que resulta incomprensible para el hombre medio de hoy ha de ser suprimido. Y ya me dirá qué clase de mundo nos quedaría si así fuese…pura chatarra.

MEFISTO.- Eminencia, le felicito. He de decirle que ha superado todas mis expectativas. Nadie más digno que usted para ocupar la silla del apóstol Pedro. Mañana, con la fumata bianca, se aireará su nombre hasta los confines del universo.

CARDENAL PR.- (alzando al cielo los ojos en blanco) Fiat voluntas tua.

                                                                                                                           (De Mundo, Demonio y Fausto)

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OVIDIO Y WILDE, DOS VIDAS PARALELAS (1)

Entre mis obras no publicadas en papel está un ensayo que a continuación reproduzco íntegro en mi blog. Lo iré publicando en forma de serie, dos veces por semana, enlazando cada entrega con la siguiente mediante el CONTINÚA final. Fácil. Y espero que interesante  para los lectores atraídos por las curiosas relaciones que a veces se establecen entre vida, arte y poder. Iré anunciando en Facebook la aparición de cada una de las entregas.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN: ARTE Y PODER

EL PRÍNCIPE Y EL POETA

  1. El joven poeta.

  2. La obra.

  3. La caída.

  4. La vida después.

  5. Justicia poética.

EL ARTISTA Y LA SOCIEDAD 

  1. El joven artista.

  2. La obra.

  3. Quos deus vult perdere…

  4. La caída.

  5. La vida después.

  6. Justicia poética.

INTRODUCCIÓN: ARTE Y PODER

No es necesario recurrir a viejas filosofías que hablan de la repetición de los ciclos o del eterno retorno para advertir que en la historia de la humanidad y – para el caso – en las distintas vidas de sus individuos, suelen repetirse acontecimientos y situaciones, a veces en los contextos más alejados. La razón de este fenómeno ha de estar por fuerza en la similitud de condiciones que lo hace posible, no obstante la distancia de siglos y la disparidad sociedades.

Y es que las sociedades, por mucho que difieran entre sí, no pueden ser tan dispares como para no conservar determinadas constantes que en cierto modo las asemejan. Una de estas, que siempre se ha dado y siempre se dará – por lo menos en lo que se ha venido entendiendo como civilización occidental- consiste en la relación que se establece de hecho entre el artista y el poder. Y cuando digo “artista”, me refiero al creador y en especial al escritor-poeta. Y cuando digo “poder” me refiero a la instancia suprema – humana – que controla la actividad de los individuos, llámese príncipe, monarca absoluto, comité revolucionario, dictadura, estado de derecho o establishment.

Las relaciones entre el artista y el poder nunca han sido tranquilas. O el vasallaje o el enfrentamiento. En determinadas épocas y sociedades el artista era una especie de criado, un criado honorable que hacía su trabajo bajo la sombra o protección de los grandes; en otras sociedades más modernas también hay artistas que hacen de criados, pero fingiendo que son libres, es decir, de una manera nada honorable. Cuando no es o no hace de criado, el artista es un verdadero incordio para el poder. Y no porque se lo proponga – los que se lo proponen no suelen llegar a la categoría de artista -, sino porque hay algo consustancial en la naturaleza del arte: molestar a quien no puede controlarlo como controla los demás aspectos de la vida social.

Está además el problema de la incomprensión. Y no me refiero al tópico romántico del artista “incomprendido”. Sino a la verdad empíricamente demostrada de que el ámbito del poder es incapaz de comprender lo que alienta en el ámbito del arte. Es verdad que en muchas ocasiones lo utiliza, y se viste con sus galas para deslumbrar al propio pueblo o al del vecino, porque tiene comprobado que el verdadero arte da prestigio y enaltece cualquier obra humana. Pero no lo comprende, es decir, no llega a entender en qué consiste esa extraña cualidad, de la que, sin embargo, si es astuto, sabe muy bien aprovecharse.

Una cosa está clara: arte y poder han nacido para no entenderse. Cierto que, en ocasiones, van de la mano y hasta parece que se sonríen como discretos enamorados. Pero se trata de una apariencia falsa. En el fondo, el poder solo piensa en cómo utilizar al arte o, por lo menos, cómo controlarlo. Y éste solo aspira a desembarazarse de ese abrazo que aprieta hasta la asfixia, para poder desplegarse en plena libertad.

Este enfrentamiento radical tiene su explicación en la misma naturaleza y actividad de una y otra instancia.

La actividad del artista consiste en captar la realidad profunda de las cosas, materiales e inmateriales (las famosas Ideas), y reelaborarla de manera que, en forma de obra de arte, pueda ser recibida y disfrutada por las personas que necesitan algo más que lo que proporciona la vulgar visión utilitaria. Y es que, mediante el goce del arte, el individuo se olvida por unos momentos de que es un ser de necesidades para sentirse en un mundo de libertad en comunión con la esencia misma del universo.

La actividad del poderoso (sea hombre, sistema o monstruo), consiste por encima de todo en mantenerse en el poder, es decir, en ejercer, a ser posible indefinidamente, su dominio sobre personas y sociedades sin permitir el más leve respiro de lo que podría ponerlo en peligro. El poderoso todo lo supedita a esos fines. Para él el universo no tiene otra esencia ni otro sentido que el de permitir el despliegue de su poder, y los seres humanos no son más que piezas sin alma, oscuros peones de un juego despiadado.

Visto el panorama, lo normal es que la pugna sea continua, sin más descanso que las fases de aparente entendimiento mutuo a que antes he aludido. Y como en toda lucha, siempre hay uno que gana y otro que pierde. A corto plazo, vence siempre el poder (debido a su fuerza física, por supuesto), pero a la larga es la fuerza del arte lo que se impone, aunque por entonces el artista haya perdido toda materialidad corpórea. Victoria póstuma.

Entre la infinidad de casos que en la historia del arte y de la política pueden encontrarse, he elegido dos. Dos artistas cuyas vidas, separadas por diecinueve siglos, guardan similitudes sorprendentes. No así las sociedades respectivas, no así la clase de poder que en una y otra gobernaba. En la más antigua, una sola persona ostentaba el poder supremo; en la más reciente, ese poder, igualmente férreo y despiadado, lo detentaba la cúpula de la sociedad y se ejercía a través de una serie de gestores sabiamente coordinados. Pero la historia es la misma. Por eso se puede decir que las vidas de los dos artistas aludidos corren paralelas. Basta repasarlas para comprobarlo.

EL PRÍNCIPE Y EL POETA

EL JOVEN POETA

Publio Ovidio Nasón (43 a.C.- 18 d.C.) vivió en una de las épocas más tranquilas y felices de la historia de la humanidad. De la humanidad mediterránea y socialmente acomodada, se entiende. Es verdad que, en el mismo año en que nació, los nuevos triunviros (Octavio, Antonio y Lépido) se dedicaban a cortar las cabezas de sus opositores (y no en el sentido figurado que en la política actual se da a la expresión) y que aún había de transcurrir más de diez años para que el primero de los tres afianzase su poder único y exclusivo, inaugurando así un período de paz tan largo como nunca había conocido Roma, pero no es menos cierto que, cuando el pequeño Publio llegó al uso de razón, todo a su alrededor parecía haber alcanzado ya esa paz y armonía duraderas.

Los historiadores han buscado y barajado toda clase de razones para explicar el fenómeno de ese largo período de calma de la historia de Roma. Para mí, la más sugestiva es la que adujo uno de los primeros teólogos cristianos. El hombre alegaba que aquello lo había dispuesto así la divina Providencia para que la existencia humana del Hijo de Dios, nacido en plena paz augústea, y la difusión de su mensaje gozasen de las mejores condiciones posibles (unidad política y casi lingüística, paz social, inexistencia de fronteras, facilidad de comunicaciones…). ¿Quién, que se diga creyente, puede rebatir estas razones? En cuanto a los no creyentes, les recomiendo que abandonen al momento la lectura de este librito y se dediquen a las matemáticas puras (si es que no se necesita también algo de fe para manejar cosas que no existen).

Perteneciente a una rica familia del orden ecuestre (especie de alta burguesía de la época), Ovidio se vio empujado por su padre a estudiar gramática, retórica y cuantas disciplinas se consideraban imprescindibles para poder brillar en el foro o en las magistraturas, para ser, en fin, un hombre de provecho. Pero su tendencia natural iba por otro lado. No es que no pusiese interés en el asunto, ni que quisiese desairar a su buen padre; es que todo lo que intentaba escribir en prosa le salía en verso. Ésta era, por lo menos, la razón que daba para dejar claro que estaba marcado por un destino muy diferente del que le señalaba la tradición familiar. Su hermano, un año mayor que él, sí que emprendió con ganas la carrera de los honores, pero tampoco llegó a ser un hombre de provecho. Y es que a los veinte años se murió.

Larga vida le esperaba a nuestro Publio y, según todos los indicios, plenamente dichosa o, al menos – ya sabemos que la felicidad perfecta no existe -, con toda la dicha que puede mantener una persona que no se plantea cuestiones insolubles, que carece de ambiciones sociales o políticas y que se deja llevar por un tranquilo temperamento artístico.

Como todo hijo de buena familia, finalizado los estudios, emprendió el Grand Tour por Grecia y Asia Menor. Y ya se me dispensará el apelativo anacrónico, pero es que la idea y finalidad de aquel viaje de iniciación cultural de los jóvenes romanos no eran diferentes de las que siglos después llevarían a los jóvenes británicos y norteamericanos acomodados a recorrer el viejo continente europeo. Pero Ovidio estuvo también en Egipto y pasó una larga temporada en Sicilia, dato a tener en cuenta, sobre todos por quienes han detectado la influencia de cierta corriente filosófica en sus escritos de los últimos tiempos.

La verdad es que, por aquellos años, aún no cumplidos los veinte, poco le importaban a Ovidio las corrientes filosóficas y los rostros severos de sus maestros. Por no decir, nada. Alternaba con la buena sociedad, que era la que le correspondía por nacimiento y fortuna, especialmente con gente dedicada a las letras como el mecenas Mesala Corvino (al auténtico Mecenas apenas lo trató) y el poeta Tibulo, del que en cierto modo se consideraba continuador. También conoció a Horacio y a Propercio y, un poco, a Virgilio, que era como el poeta oficial de la corte de Octavio Augusto.

Tampoco la pompa oficial y cortesana interesaba a nuestro joven poeta, y mucho menos las intrigas del poder. Vivía en medio de un mundo culto, bello y refinado, y su arte poética gustaba de emplearse en los aspectos que más le atraían de ese mundo: las bellas mujeres y el amor. Se cree que hacia los dieciocho años empezó a escribir su primer libro de poemas (Amores), el cual no se empezaría a copiar y distribuir hasta bastantes años después, luego de pasar el casi obligado trámite de las lecturas públicas (en pequeños círculos) y las consecuentes modificaciones que que iba introduciendo el autor.

LA OBRA

Amores es un conjunto de poemas, repartidos en tres partes, en los que el narrador, el poeta, nos cuenta las penas y alegrías de su pasión por una joven hermosa, a la que llama Corina. A ella se dirige la mayoría de los poemas, de manera que el lector se convierte en una especie de observador privilegiado de una historia casi íntima. Y digo “casi”, porque todo aparece envuelto en un medio social de rasgos bien definidos: la cena elegante donde el poeta sufre ante la visión de la amada acompañada de su marido; la descripción de una alcahueta; las ideas y venidas de una esclava con cartas amorosas; el disgusto del amante ante el cambio de color del cabello de la amada; los ruegos al portero para que no le impida verla; las infidelidades de ella; las infidelidades de él con una esclava de ella, negadas por el poeta ante Corina y a continuación confesadas por él mismo dirigiéndose a la esclava…

Hacia el final lo conflictivo va ganando espacio. Se plantea el tema de la posibilidad de amar a dos personas a la vez, las infidelidades no cesan y el narrador-poeta se pregunta si las penas compensan las alegrías del amor, si es posible en la pasión sustraerse de la dualidad amor-odio. Pregunta que no tiene respuesta. Pero que inevitablemente remite a otro poeta.

En toda la historia de la poesía no hay expresión más certera y concisa de la confusión de sentimientos que comporta el amor-pasión como en los breves versos de Catulo: Odi et amo…Odio y amo. No hay duda de que Ovidio los tenía presentes en sus propias reflexiones poéticas, como es evidente que tenía presente el pajarillo de Lesbia cuando nos habla del papagayo de Corina. Y ya que ha salido el tema, no estará de más una pequeña digresión.

Siendo Catulo y Ovidio dos grandes poetas, un enorme abismo los separa. Ovidio es un artista que elige un tema y que, con actitud distanciada y hasta humorística, lo va desarrollando con la ayuda de toda su habilidad retórica y literaria. Pero siempre – en su obra antes del exilio – tenemos la sensación de que estamos ante un juego, por profundas que sean algunas de sus reflexiones. Cierto que vemos sufrir al amante de Corina, al poeta-narrador, pero no de otro modo que vemos sufrir a un actor en escena, sabiendo que es mera representación. No ocurre lo mismo con Catulo. Este poeta, que murió hacia los treinta años de edad, una década antes de que naciese Ovidio, es uno de los raros prodigios de la literatura, uno de los pocos casos de creación poética en que el arte se confunde con la vida. Me explico.

Es sabido que el arte es sobre todo artificio, es decir, composición artesanal y sabia de un producto que, partiendo de una visión o experiencia particular, ha de tener validez universal. Por esta razón los “románticos” ingenuos, los que piensan que basta trasladar a la escritura con total sinceridad los más íntimos sentimientos y emociones, fracasan sin más. Porque ese intento de captar y expresar la realidad inmediata de manera “objetiva” nada tiene que ver con el arte. El arte es juego, técnica y transformación. Alquimia. Por un lado está la vida, por otro el artista, que toma cuantos materiales se le antoja de la vida o de la imaginación y construye con ellos un artefacto totalmente autónomo, por completo independiente de la “realidad”. Dicho de otra manera, la “sinceridad” artística nada tiene que ver con la sinceridad que puede darse en la vida social.

Catulo es uno de los pocos artistas que consigue ofrecernos una obra en la que la sinceridad vital brilla a la misma altura que la perfección artística. En sus versos vemos gozar y penar de verdad, hasta el extremo de que ya no nos importa si el hombre y la mujer sujetos de esos sentimientos existieron o no: son auténticos. Cosa que no se puede decir en el mismo grado de la obra Ovidio ni de la de casi ningún otro autor.

De todos modos, he de hacer constar que las consideraciones expresadas en los dos párrafos anteriores las he deducido de la lectura directa de las obras, sin la intermediación de aparato crítico alguno. Por consiguiente, faltas del oportuno soporte erudito, es posible que no estén a la altura de las elaboradas construcciones de los profesionales de la disección literaria. No pasa nada.

Pero tampoco nos podemos llamar a engaño ante la aparente frivolidad, ante el proclamado hedonismo de Ovidio. Quiero decir que, pese a las apariencias, no nos hallamos ante una persona insustancial, sino ante un hombre, un poeta que ha decidido cultivar los aspectos amables de la vida, es decir, los amorosos con todas sus implicaciones, a veces nada amables. Pero no por ello pierde de vista las razones fundamentales de la existencia y de su arte: escribe para ser inmortal, para que su fama sobreviva a su vida, de manera que, cuando muera, “gran parte de mi ser permanecerá”. Y advierte que el goce del placer epidérmico y sensual ligado a la belleza humana, no ha de hacernos olvidar el cultivo de la sabiduría. Y es que, si es cierto que “pronto vendrán las arrugas que surcarán tu cuerpo” (Iam venient rugae, quae tibi corpus arent), debes trabajar el espíritu (molire animum), “lo único que permanecerá hasta el último momento”.

Si Amores es un conjunto de escenas y “experiencias” de la vida erótica de la sociedad romana, El arte de amar (Ars amatoria) tiene un contenido explícitamente didáctico, ya anunciado en la declaración programática con que se inicia la obra. “Si alguien en este país no conoce el arte de amar, lea esto y, leído el poema, ame instruido”. Compuesto también por tres libros, en los dos primeros da consejos para conquistar y retener a las mujeres, y en el último se dirige a las mujeres que quieran hacer lo mismo con los hombres. Acabada la lectura, puede dar la impresión de que se ha olvidado de un aspecto muy importante. ¿Qué ocurre cuando el amor se ha convertido en una obsesión insoportable, cuando no sabemos librarnos de una pasión que, contra nuestra voluntad, nos convierte en esclavos?

No, no lo olvida. Simplemente, aplaza el tratamiento. Y es que la respuesta a esas preguntas se halla en el librito que escribe a continuación: Remedia amoris (Remedios del amor), donde, para acabar con el amor que se ha convertido en un tormento de la mente, da una serie de consejos que, sin duda, aprobará cualquier psicólogo sensato de nuestros días. Unos ejemplos: huye de la ociosidad, porque el amor retrocede ante la actividad; viaja, marcha muy lejos y no tengas prisa en volver hasta que no estés curado; evita los lugares cómplices (“aquí estuvimos”); recuerda las malas pasadas de tu amada; ten presente sus defectos físicos e incluso exagéralos: si es llenita, recuérdala gorda, si bajita, enana, etc.; procura verla por la mañana cuando aún no se ha arreglado, o haciendo sus necesidades; busca otras amigas, porque todo amor es vencido por un nuevo amor; no hables del asunto ni te vanaglories de tus progresos, porque quien dice muchas veces “no amo” es que ama. Y sobre todo, es decir, el que me parece más sutil y efectivo, actúa como si no la amases, pues quien puede fingirse sano, sanará (qui poterit sanum fingere, sanus erit).

Si bien reflejan con fidelidad los usos y costumbres de la sociedad real de la época, estas obras de Ovidio resultaban radicalmente subversivas, tanto en la forma como en el fondo (ya alguien dijo que la verdad es revolucionaria). En la forma, porque constituyen una parodia burlesca de la literatura didáctica: los métodos que se usaban para enseñar cosas tan serias como la retórica, la astronomía o la agricultura, sirven aquí para conquistar, retener u olvidar amores más o menos frívolos. Y hay que apuntar, de paso, que todo amor se tenía por frívolo entre los romanos, excepto el que se debían marido y mujer.

Y en el fondo. Porque el poeta no tiene empacho en poner alegremente sobre el papel todo ese mundo real de maridos celosos o tolerantes igualmente engañados, mujeres y hombres que juran en falso ante los dioses (unos dioses que, si existiesen, no lo permitirían), abortos decididos y cometidos por la mujer por su propia cuenta y todas esas cosas que ocurrían, pero que alguien, muy poderoso, se obstinaba en negar. Y es que, mientras los versos ovidianos triunfaban en los salones, y aseguraban al autor una existencia de fama y placeres, alguien, situado arriba de todo, fruncía el ceño. ¿Quién era ese alguien? Retrocedamos.

(CONTINÚA)

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