Archivo de la categoría: Poéticas postales

Palabras para un funeral

caronteEstáis aquí reunidos para despedir a vuestro hermano Augusto. Estas que ahora oís son sus palabras. Quiero decir, mis palabras. Sí, amigos y amigas, el milagro de la técnica me permite dirigirme a vosotros horas después de estar muerto y bien muerto. Vosotros, en cambio, estáis ahí sentados, vivos y bien vivos. Pero no por mucho tiempo, no os hagáis ilusiones. La vida es un abrir y cerrar de ojos, y a medida que se acerca el momento del cierre más evidente se muestra esta verdad.

Yo también, como vosotros ahora, he estado sentado muchas veces en esos bancos. Por lo general, aburrido – como muchos de vosotros ahora mismo – mientras el oficiante de turno iba desgranando las supuestas virtudes del difunto. Agradecedme que os haya librado de ese penoso trámite y que sea yo, el difunto en persona, digo, en voz viva, quien os dirija unas palabras.

Primero pensé que debía hacerlo en un vídeo, pero luego decidí que un simple audio era mejor, mucho mejor. La imagen animada de un difunto tienefatasma-padre algo de irreal, de fantasmagórico, algo así como la sombra del padre de Hamlet interpelando al hijo en las almenas de Elsinor.

No, el audio es mejor, más humano, más sencillo. Todos oímos voces sin saber a veces de donde vienen, y no les damos la menor importancia y, por cierto, creedme, la mía tampoco la tiene.

Algunos de vosotros os considerábais mis amigos. Yo también os tenía y os tengo por amigos, y lamento tener que decíroslo en estas circunstancias tan poco festivas. Otros estáis aquí no sé por qué, quizá la esposa, la pareja, la amistad del hijo o del hermano, algo os ha forzado a venir sin que vuestra plena voluntad haya sido la única responsable. Bien. Tened un poco de paciencia. A mi tampoco me gustan los funerales, y mucho menos éste, que me obliga a estar pendiente de lo que digo en vez de poder pasar el rato pensando en las musarañas, que aún no sé exactamente lo que son.

La vida no es una gran cosa, ya lo sabéis. Lo malo es que la muerte parece que es aún menos, o sea, nada. Sí, ya sé lo que estáis pensando ahora. “Oye, tú que estás muerto, ¿tampoco sabes de qué va eso? ¿No podrías informarnos?”

Bien. Primero de todo os he de decir, por si aún no lo habéis captado, que no estoy técnicamente muerto, aunque sí físicamente; que las palabras que oís son las de un vivo, un ser vivo tan ignorante, despistado y perplejo como vosotros mismos.

Ahora sí. Quiero decir que en este momento en que oís mis palabras estoy realmente muerto, pero no en el momento en que las pronuncié. Parece complicado pero en realidad es muy sencillo, hace un siglo que se viene haciendo.

gramofono

Lo original de este acto – o quizá ya no, corren tanto los tiempos – consiste en que el oficiante del funeral es el mismo difunto. Lo malo es que, como tal, debería ahora ensalzar las virtudes del muerto, o sea de mí mismo: amigo de sus amigos (y de sus amigas, que en este caso sí es importante precisar), noble, bondadoso, humilde, inteligente, agudo, sabio, en fin, qué os voy a contar si lo sabéis tan bien como yo. Y los que no lo sabéis no sé qué hacéis aquí. Pero lo que no voy a hacer ahora es enumerar el catálogo de mis cualidades y virtudes, pues ya he dicho que este funeral no se parece ni se ha de parecer a ningún otro.

En realidad, solo quería despedirme de vosotros. Y recomendaros paciencia. Nada de prisas. Y es que todas maneras me habréis de seguir, porque en verdad en verdad os digo que allá donde yo estoy habréis de venir vosotros. Pero no os preocupéis, ni os precipitéis. Hay sitio para todos.

Después de todo y pensándolo bien, la vida no ha estado mal, la mía, me refiero, por supuesto. Y a propósito de todos esos misterios y contradicciones que encierra y que tanto preocupan a los que piensan un poco, he encontrado la solución. Sí, he descubierto que no nos toca a nosotros descifrarlos.

Así que, paciencia, confianza y buen humor.

Confianza en que esta extraña maquinaria que es la existencia universal nos lleve finalmente a buen puerto o encuentre una manera creíble de justificar el invento. Adiós.

sepultura-cristiana

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A veces veo fantasmas

fantasma1A veces veo fantasmas. Ayer mismo, en mi paseo vespertino encontré uno. Cuando pasé por su lado me detuvo. Me costó un poco reconocerlo. Tenía la cara pálida, demacrada, empujaba un carrito de compra. Pero sí, era él, un conocido economista con el que había tenido relaciones profesionales y hasta cierta amistad. Pero no, no era él. Era un fantasma.

Con frecuencia sufro este tipo de encuentros. Sin ir más viejo1lejos – de hecho, muy cerca de casa -, hace unos días di con otro. Era alto, encorvado y desgarbado; la cara, blanca como el papel blanco, surcada de profundas arrugas; tiraba de él un perrito minúsculo, que le hacía ir de un extremo a otro de la amplia acera. Creo que sí, que era él, un activista político de la extrema izquierda de los años sesenta y de la derecha acomodaticia de los setenta. Lo recordaba bien de los tiempos de estudiantes. Pero no, no era él. Era un fantasma.

Algunos son irreconocibles, otros conservan trazas visibles de la antigua fuerza vital. Lo malo es la memoria. Suelen repetir una y otra vez la misma anécdota de cuando vivían, pero no recuerdan dónde han puesto las llaves.

No hay manera de escapar de ellos. Y cansa. Y asusta. Tanto que, ya en casa, evito los espejos.

Tengo setenta y seis años y a veces veo fantasmas.

espejo

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Maragall, terrenal y místico

joan maragall

Ocurre a veces. Estoy fuera de casa, en el campo, o en un parque o paseo arbolado de la ciudad. El día es luminoso; el aire, transparente. El color de las hojas de los árboles, verde intenso u ocre otoñal. Todo lo que siempre me rodea y me acompaña de forma anodina o inadvertida se manifiesta de pronto en su máxima belleza. Un sentimiento de paz, de honda felicidad me embarga…

Entonces de mi cabeza asoman estos versos, guardados ahí desde hace muchos años:

Si el món ja és tan formós, Senyor, si es mira

amb la pau vostra dintre de l’ull nostre

què més ens podreu dar en una altra vida?…

Son de Joan Maragall, un señor de Barcelona de hacia el 1900, burgués, católico, padre de familia numerosa, abogado, escritor, ferrer i guardiaarticulista en la prensa, poeta. Su conservadurismo natural – el que necesariamente implicaba las tres primeras características citadas – no le impidió alzarse como aislada voz humanitaria, y silenciada, frente a los que exigían venganza (justicia, decían) contra los supuestos responsables del levantamiento popular de 1909.

Como escritor, admiraba a Goethe. Veía en él, poeta universal, el referente al que podía asirse una cultura catalana aún en ciernes, todavía falta de un fundamento sólido. Y  con él compartía muchas cosas: la pasión por la luz, el impulso hacia un equilibrio clásico que domeñase el fervor anárquico del corazón, la querencia por la poesía de circunstancias como oportuna cosecha de momentos escogidos. Otras, no las compartía. Cristiano convencido, Maragall no podía asumir la visión arreligiosa, pagana, del alemán. Ni entendía, creo yo, cómo éste podía compaginar poesía y actitud científica. En carta un amigo escribe:  

Molt he admirat i admiro encara a Goethe; pero cada dia sento més la tara racionalista de tota la seva obra.

Y no obstante, el alma goethiana de Maragall no puede menos que estremecerse ante la belleza terrenal de un día bendecido por la luz más pura. En su Cant espiritual, poema al que pertenecen los versos transcritos al principio, se pregunta ¿es posible que exista un “más allá” más bello que la naturaleza que ahora contemplo y siento? Y, dirigiéndose al Dios personal en el que cree, inquiere ¿con qué otros sentidos me harás ver este cielo azul sobre las montañas y el mar inmenso y el sol que en todas partes brilla? Dame la paz eterna con los sentidos que ahora tengo y no querré más cielo que éste tan azul. Hombre soy y humana es mi medida.

Y así, el poeta Maragall, tan místico y tan cristiano, no pide al Creador fundirse con el Todo ni ascender al Cielo, sino renacer en un mundo tan hermoso como el que en ese momento contempla. Y contemplo.

                           Sia’m la mort una major naixença!

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Melancolía de Navidad

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No, no es por la repentina conciencia del tiempo que pasa
inmisericorde, ni por la nostalgia de la infancia y la juventud perdidas, ni por el obligado recuerdo de los que ya no están con nosotros. La melancolía de la Navidad es para mí algo consustancial de las mismas fiestas. Antes, ahora y tal vez siempre.

La mañana soleada, el paseo matutino de los niños con el padre, mientras las mujeres ultiman en casa todo lo necesario. El gran aperitivo, la profusión de vasos, copas, copitas , tacitas y toda suerte de cubiertos sobre la mesa, con impolutos manteles blancos bordados. Y la larga y ancha procesión de manjares, el vino, el champagne (aún no llamado “cava”), los barquillos, el café, los turrones, el jerez, los licores (todo está permitido ese día incluso para los pequeños).codorniu

Y mientras los mayores cuentan viejas historias familiares, mil veces oídas, y la tarde es ya noche oscura en el exterior, uno de los hijos, ya adolescente, se derrumba sobre un sillón, ofuscado por la bebida y la calidez del ambiente, quizá soñando con huidas imposibles. Toma una revista que está a su alcance, la hojea con desgana y, de pronto, se detiene en una página. Trata de poesía, de la Navidad y de un gran poeta catalán muerto hace unas décadas. Lee:

Sento el fred de la nit i la simbomba fosca…

El adolescente siente que hay algo mágico en ese lúgubre inicio. Sigue leyendo… y acaba:

Demà posats a taula oblidarem els pobres
-i tan pobres com som-
Jesús ja serà nat
Ens mirarà un moment a l’hora de les postres
i després de mirar-nos arrencarà a plorar.salvat-papasseit

Y es entonces cuando se le muestra al mismo tiempo el misterio de la poesía y la insoportable melancolía de la Navidad. Porque también él, como Jesús, llora ante la irremediable pobreza de los hijos de este mundo.images (82)

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El misterio del pasado

mankellLa salvación está en el pasado, dice el famoso autor de novela negra.

La memoria es un misterioso sendero que une el pasado con el presente y que da sentido a lo que somos, afirma también.

Si me han llamado la atención estas frases no es por una razón teórica, filosófica o libresca; es porque ilustran perfectamente ciertas sensaciones que desde hace un tiempo voy teniendo.

Paso por un lugar donde viví escenas de la infancia o de la adolescencia y, de pronto, tengo que detenerme. Intento recuperar con la memoria aquellos momentos, y entonces, por poco que lo consiga, tengo la sensación de que están ahí mismo, de que yo estoy allá mismo, de que puedo recogerlos con las manos para que no se pierdan nunca y siempre me acompañen diciéndome quién soy.

Pero se escurren como el agua entre las manos.

Y sin embargo, yo soy aquel niño, aquel adolescente, aquel joven. Porque, si no, no soy nada.maristas

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