LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves (2)

II  Los personajes

Todo intento de novela histórica centrada en personajes que existieron como personas reales tiene un problema principal: decidir qué cantidad de rigor histórico y qué cantidad de fabulación novelesca ha de contener.

En ocasiones hay poco que decidir: cuando los datos históricos son prácticamente inexistentes, la fabulación novelesca se impone de manera necesaria. Pensemos en el posible personaje novelesco de Homero. Dado que del poeta en cuestión no se sabe nada – ni siquiera es seguro que haya existido –, todo lo habrá de poner la imaginación, la pura fabulación.

En el extremo opuesto, tenemos a Cicerón, por ejemplo, autor de tantas cartas sobre el mundo en que se hallaba inmerso y sobre sí mismo, objeto de tantos testimonios de sus contemporáneos, que la fabulación habrá de verse por fuerza condicionada por los datos históricos incontestables.

Los dos coprotagonistas de La ciudad y el reino, donde todos los personajes se corresponden con personas que existieron en la realidad (con la excepción de Emiliano Dexter, nieto inventado del obispo Paciano), constituyen un buen ejemplo de cómo se debe (o se puede) conjugar el rigor histórico con la fabulación novelesca dentro del plan ideal de la obra que, lo reconozca o no, alberga siempre el autor.

Del Paulino histórico se sabe poco. Y todo lo que se sabe – de primera mano, quiero decir – está en las referencias de algunos de los contemporáneos con quienes se carteaba – Agustín, Ambrosio, Jerónimo, Sulpicio Severo, Ausonio y pocos más -, en sus obras literarias – poemas a San Félix, sobre todo-, y en el contenido de sus propias cartas, sobre todo de las dirigidas a Ausonio.  De todo ello se deduce una personalidad reflexiva, tranquila, agitada a veces por transportes místicos, que no llegan a alterar su natural sosiego; amable, bondadosa y, aunque cristiano auténtico, en lo cultural pertrechado con toda la ciencia y la sabiduría de la Antigüedad. 

Sobre esta base, no muy extensa, edifiqué el Paulino de mi novela, para lo cual me bastó reforzar un poco el talante místico y añadir esa especie de angustia existencialista que le adjudico para antes de la conversión, y que creo que no le va nada mal. 

Del Ausonio histórico se sabe quizá más que de Paulino, pero en el fondo mucho menos. Fue profesor de gramática y retórica (de literatura, diríamos hoy) durante muchos años, luego preceptor del heredero de Valentiniano I y, elevado su alumno a la dignidad imperial, ocupó cargos de suma importancia en la maquinaria político-administrativa del Imperio. Escribió mucho, pero al decir de los críticos, siempre tocando los temas por la superficie y con una calidad muy desigual. En todo caso, su ingenio y habilidad con la pluma son indiscutibles. Un ejemplo es el Centón Nupcial, composición poética construida a base de hemistiquios tomados de La Eneida en la que se describe una noche de bodas sin ahorro de ningún detalle erótico. Su obra más conseguida es sin duda el Mosela, largo poema descriptivo dedicado al río del mismo nombre.

Personalmente parece que fue, además de hábil escritor, honrado, un poco vanidoso, amigo del poder y del orden justos y algo sentimental. Y sobre todo reacio a plantear cuestiones más o menos profundas, hasta el extremo de que no se sabe con certeza hasta qué punto había asumido el cristianismo que oficialmente profesaba. Lo único claro en este aspecto es que, en sus obras y en sus cartas, destaca siempre una evidente nostalgia por el viejo mundo tutelado por los dioses que habían hecho grande a Roma.

Para llenar cierto vacío de esa personalidad, evidente si la comparamos con la más definida de Paulino, se me ocurrió corregirla o completarla con la de otro gran poeta de varios siglos después. Desde mi particular punto de visita, éste no podía ser otro que Goethe. Comparten los dos una visión del mundo esencialmente poética, una afición no disimulada por el orden, la aristocracia y el poder, una biografía siempre ascendente hasta alcanzar la vasta meseta de los últimos años. Solo faltaba añadir a Ausonio esa especie de filosofía panteísta manifiesta en el de Frankfurt, es decir, algo de la sustancia intelectual de la que aparentemente carecía el de Burdeos.

Hecho. Si el resultado es satisfactorio o no, habrá de decirlo el lector.                 

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves

I  Las palabras

Todo escritor tiene en su interior un almacén de datos (algunos, ignorados por él mismo) que, a medida que escribe, van apareciendo, trasluciéndose, en la superficie de la obra. Algunos escritores tiran con plena conciencia de ellos; otros dejan que se asomen sin apenas darse cuenta, y el lector no muy enterado tiene que esperar a que llegue el crítico agudo para que sean desenterrados e iluminados.

Yo, lamento decirlo, soy de los primeros. Es decir, de los que con plena conciencia aceptan la memoria de lo leído, para ir vistiendo su escritura. Lo lamento, porque queda más bien, parece más profundo y resulta más misterioso que las fuentes permanezcan enterradas quizá para siempre.

Lo mío no tiene nada de misterioso – al menos, en apariencia. Se resuelve solo con que el lector muy leído vaya descubriendo los remotos orígenes de tal frase o idea.

Pero ocurre que, por muy leído que sea el lector, es imposible que su memoria lectora coincida con la del escritor de turno, que en este caso soy yo. Así que, a la espera de los críticos y comentaristas avezados, que hasta es posible que me descubran datos sorprendentes sobre mí mismo, cosa que suele suceder, he decidido emplearme en la humilde y casi mecánica tarea de descubrir y explicar el origen de ciertas frases y pensamientos que jalonan la obra.

Así que tomo un ejemplar de mi novela La ciudad y el reino, publicada por Editorial Páramo en noviembre de 2020, y procedo:

1

Si te apartas de la sociedad perderás la noción de la norma. Y tu obra solo será el resoplido de una bestia o la ensoñación de un dios.(pág. 13)

ARISTÓTELES lo había dejado bien claro: El hombre solitario es o una bestia o un dios.

2

la filosofía no es más que un género literario… (pág. 30)

Creo que fue BORGES quien alumbró esta idea, pero no recuerdo la frase exacta ni sé (ni importa mucho) la manera de encontrarla.

3

los pobres muertos y los pobres heridos estaban tendidos allí, y el sol se ponía magníficamente detrás de Maguntiacum. (pág. 37)

En 1792 GOETHE acompañó a su soberano Carlos Augusto en la campaña militar que emprendieron los ejércitos de varios estados alemanes contra la Francia revolucionaria. Entre mayo y agosto de 1793 participó en al asedio de Mainz (la antigua Maguntiacum), ocupada por los franceses. En su relato Campaña de Francia del año 1792 se contienen unas palabras asombrosamente parecidas, si no idénticas, a las de la novela, arriba trascritas.

4

¿La nada, dices? ¿Qué nada? Solo existe la nada para el que nada sabe crear. (pág. 40)

Este es un pensamiento de GOETHE que nunca he sabido ubicar en su obra. Quizá solo existe en mi memoria, como síntesis de su actitud frente al nihilismo.

5

La naturaleza se presenta tan hermosa, contemplada con la paz de Cristo en el alma, que uno siente la tentación de preguntarse qué más nos puede ofrecer el Señor en la otra vida. (pág. 42)

Si el món ja és tan formós, Senyor, si es mira
amb la pau vostra a dintre de l’ull nostre,
què més ens podeu dâ en una altra vida?

Estos versos de JOAN MARAGALL, en lengua catalana, a veces tan poética, son sin duda la fuente de inspiración del texto de la novela transcrito arriba.

6

Ahora las puertas de mi casa están abiertas día y noche, y cualquiera puede entrar para lo que desee. Porque finalmente he comprendido que “el otro” no es nunca un intruso, sino que es siempre el mensajero de Dios. Y hay que estar muy atento para recibir y entender todos los mensajes del Señor. (pág. 45)

La misma idea alienta en las palabras de KAFKA, dirigidas a su entrevistador Janouch, que teme ser visitante inoportuno:

Considerar molesta a una visita no prevista es señal infalible de debilidad, es una huida de lo no previsto. Se oculta uno en la así llamada existencia privada porque le faltan las fuerzas para entendérselas con el mundo… Es una retirada. La vida es sobre todo un estar-con-las-cosas, un diálogo. No se debe eludir. Puede usted, siempre y cuando quiera, venir a verme.

7

Lo importante es realizar una actividad continuada y eficaz (pág. 54)

Frase, creo que poco literal, de GOETHE, para quien, corrigiendo la Biblia, “en el principo fue la Acción”.

8

Nuestros anhelos no son sino presentimiento de nuestras facultades. (pág. 63).

Idea, otra vez de GOETHE, que, para mí, constituye el ejemplo máximo del optimismo goethiano.

9

Es verdad que se advierte cierta fuerza y sinceridad, pero esas cualidades, por sí solas, no hacen una obra de arte. Eso que has escrito es una manera de palpar los sentimientos, de señalar la realidad. Pero decir ¡qué bello es eso! o ¡cuánto sufro! no tiene nada que ver con la creación artística. (pág. 103)

Son palabras del Ausonio de la novela, dirigidas a un alumno suyo que le sometía sus escritos para obtener la aprobación.

En las Conversaciones con Kafka, de Gustav Janouch, el entrevistador somete al juicio del entrevistado unos escritos propios. La respuesta de KAFKA es la siguiente:

Esto todavía no es arte. Este exteriorizar las impresiones y los sentimientos es, en realidad, una forma de palpar temerosamente el mundo…

Reflexiones, en uno y otro caso, aplicables a tanto aspirante a artista que piensa – como los románticos ingenuos – que todo consiste en expresar los propios sentimientos.

10

No hay que afrontar los problemas, hay que dejar que se disuelvan. (pág. 131)

Frase, creo que literal, de un ensayo de HENRY MILLER.

11

El sermón de Vigilancio en la misa de Navidad de Barcino (pág. 135 y ss.) no tiene nada que ver en su contenido con el del jesuita Arnall del Retrato del artista adolescente, de Joyce. Coincide con él en dos aspectos: que lo pronuncia un clérigo católico y que pretende ser un calco, en su forma e intención, de un sermón católico auténtico.

12

Una biblioteca no es un cementerio, como alguien dijo, sino un vivero. (pág. 145)ĺ

Ese “alguien” pensé que era CORTÁZAR, pero más tarde creí recordar mejor que lo de “cementerio”, lo aplicó el autor citado al Diccionario, no a la Biblioteca.

13

...fue la biblioteca,

cementerio o vivero, según mires,

Universo absoluto, según Borio, (pág. 146)

Es notorio que quien sí identificó biblioteca con universo fue BORGES, al que aquí se alude como Borio, bibliotecario alejandrino que nunca existió.

14

Es preferible cometer una injusticia que tolerar un desorden. Porque el desorden es fuente no de una, sino de mil injusticias. (pág. 154)

Cita de GOETHE, de cuya literalidad no respondo, famosa por su utilización por todos aquellos que desean resaltar el talante reaccionario de su autor, los cuales, curiosamente, omiten siempre la segunda parte.

15

Como poeta, soy politeísta; como pensador, soy panteísta; como ser moral, soy cristiano. (pág. 157)

El mismo GOETHE, definiéndose. Creo recordar – y no me apetece ir a comprobar – que el original, en lugar de “pensador”, dice “científico”, pero éste término no le va mucho a un escritor del siglo IV como Ausonio.

16

El dolor es consustancial a esa fuerza ciega que es la vida, esa fuerza que continuamente se propaga y multiplica sin orden ni medida, que no busca más que su propia perpetuación. (pág. 167)

Está claro que el que aquí habla por boca del Emiliano de la novela es el mismísimo SCHOPENHAUER.

17

Cristo, al final de los tiempos, recuperará no solo nuestros cuerpos y nuestras almas, sino también todo cuanto hemos sido y sentido y soñado. Nada se pierde, querido Ausonio. Yo tampoco pierdo Barcino. En mis sueños me acompañará y en el último día se salvará con todo.

Creencia o esperanza consoladora que el Paulino de la novela comparte con el jesuita y científico TEILHARD DE CHARDIN de muchos siglos después: cuando el universo alcance el Punto Omega de la evolución, todo lo que existe se volverá uno con la divinidad.

                                                FIN (y que así sea)

NOTA. Los autores citados o utilizados conscientemente en la novela son Goethe, en primer y destacado lugar, Kafka, Joan Maragall,  Schopenhauer, Borges, Cortázar, Henry Miller, James Joyce, Teilhard de Chardin y Aristóteles. Los citados o utilizados inconscientemente – que, con seguridad, los hay – no los conoceré yo hasta que no venga alguien a descubrírmelos.

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La vejez. Tiempo pasado. La libertad bien entendida. Cultura y dictadura (A.E.P. t.e. 3)

 

EGO.- El otro día hablábamos del paso del tiempo a propósito de estos diálogos.

ALTER.- Sí, y tú enseguida me corregiste diciendo que el tiempo no pasa, que somos nosotros los que pasamos.

EGO.- Bueno, olvidémoslo de momento y utilicemos el lenguaje del sentido común.

ALTER.- Me parece bien.

EGO.- Es que he hecho unas comprobaciones y he visto que estos diálogos se iniciaron en 2003, aunque no empezaron a publicarse en el Blog hasta septiembre de 2014.

ALTER.- O sea, que cuando se iniciaron tenías 63 años y ahora tienes…

EGO.- Déjalo, es una operación matemática muy sencilla.

ALTER.- Ego, ¿puedo hacerte una pregunta?

EGO. Puedes hacerme todas las preguntas que quieras menos la que acabas de hacer, lo sabes bien.

ALTER.- Es que es algo bastante personal. Bueno, quería preguntarte cómo llevas la edad avanzada.

EGO.- La vejez, quieres decir, y dejémonos de eufemismos estúpidos.

ALTER.- Solo quería ser cortés.

EGO.- Hay cortesías que ofenden, porque parece que quieren rebajar la inteligencia del destinatario.

ALTER.- Te veo muy susceptible, quizá es que el tema…

EGO.- No, no es el tema. Y estoy dispuesto a entrar en él siempre que no nos deslicemos por territorios muy personales o íntimos. Recuerda que el objeto de estos diálogos no es mi persona.

ALTER.- Vale, pues despersonalicemos… en lo posible. A ver, ¿cuáles son las principales diferencias que un hombre de tu edad puede encontrar entre la época actual y la de su adolescencia y juventud, años 50 y 60 del siglo pasado?

EGO.- Gracias por el esfuerzo. Para empezar he de comunicarte que un hombre de mi edad, así, en abstracto, no existe. En todo caso será un hombre de mi edad de este país, o del otro, de esta clase social, o de la otra, de este ambiente, o del otro, de esta educación, o de la otra, de esta…

ALTER.- Vale, vale. Entendido. Reconduciré la pregunta. ¿Cuáles son las principales diferencias que un hombre de tu edad, de Barcelona (Cataluña, España, Europa), de tu misma clase social, educación, ambiente, etc… puede encontrar entre la época actual y la de su adolescencia y juventud?

EGO.-  Pues mira, lo primero que se me ocurre es una palabra: libertad.

ALTER.- ¿No había libertad entonces? Ah, claro, el franquismo…

EGO.- No había libertad política: ni partidos, ni sindicatos, ni libre expresión de ideas, ni uso público de la lengua propia si no era la única oficial; ni tampoco la otra libertad, la social o de costumbres, quiero decir. Piensa que, al menos en la clase media y alta – más en la media – quien no iba a misa los domingos era mirado como un apestado, y también quienes manifestaban ideas diferentes de las autorizadas, y no digamos ya quienes llevaban una conducta no canónica: piensa que una pareja no casada en el vecindario – formada por hombre y mujer, por supuesto –  era un auténtico escándalo. 

ALTER.- Parece increíble, en pleno siglo XX. Y sin embargo a veces oigo decir que ahora hay menos libertad que con Franco. 

EGO.- Yo también lo oigo decir, pero está claro que quienes dicen eso o les falta memoria o les sobra mala intención. Porque vamos a ver, ¿a qué libertades se refieren? No a las que acabo de aludir, por supuesto. Porque en ese caso lo que les faltaría sería información o simplemente, cabeza. Se refieren, por ejemplo, a la libertad de tomar bebidas alcohólicas en cualquier situación, incluso cuando se ha de conducir un vehículo, o de no adoptar medidas profilácticas en caso de epidemia, supongo que pensando que, si las toman todos los demás, ellos ya están seguros, o de no de someterse a los trámites y molestias que la seguridad general exige. Es decir, se refieren a unas «libertades» que nada tienen que ver con el bien común de las personas, y mucho con el egoísmo más primario.

ALTER.- Está claro. ¿Y siempre fue así? ¿Nada cambió, de ese triste escenario que has descrito, hasta la muerte de Franco? Qué mundo tan siniestro.

EGO. – Nada es siempre así. Incluso las posiciones más firmes evolucionan. La derrota de los estados fascistas en 1945, y la necesidad del régimen de Franco de congraciarse con los vencedores, principalmente con Estados Unidos, a quienes se ofreció como acreditado defensor de los valores de Occidente frente al comunismo soviético, determinó un ligero cambio del decorado político. Pero, de hecho, todo siguió igual. Hubo que esperar al empuje de cierto desarrollo económico para que las cosas empezaran a cambiar realmente.

ALTER.- En los años sesenta ¿no?

EGO.- Sí, a principios de los sesenta, la nueva política económica aplicada por el gobierno, empezó a dar sus frutos. La economía dio un empuje considerable, se industrializó en parte el país, hubo un trasvase de población rural a las zonas industriales y también de trabajadores a la Europa desarrollada. Todo esto, junto con la llegada masiva de turistas que, por aquellos años se inició, provocó unos cambios de costumbres y de mentalidad. Pero la vida política seguía encorsetada, si bien aparecieron los primeros sindicatos de trabajadores (clandestinos), se produjeron las primeras huelgas, rápidamente reprimidas, y en las universidades ya se hablaba claramente de dictadura y de la necesidad de seguir la vía democrática, cuando no la marxista, opción ésta que cada vez ganaba más peso entre los estudiantes politizados. El gobierno, por su parte, introdujo una reforma  para dar un aspecto de democratización en el campo de la libertad de expresión: en 1966 la «ley Fraga» suprimió la censura previa en los medios impresos… a cambio de convertir a los propios periodistas, escritores, directores de medios, en autocensores. Es decir, que sustituyó la tijera previa por el palo posterior si el texto lesionaba cualquiera de las numerosas leyes represivas de la dictadura.

ALTER. – Ante este panorama, imagino que de vida intelectual y artística, nada de nada.

EGO.- En efecto, en los años inmediatamente posteriores a la guerra civil, nada de nada. La instauración del nuevo régimen político supuso la muerte traumática de la gran floración artística y, en menor grado, intelectual que se había producido en España en las décadas anteriores, en literatura y en otras artes, pero sobre todo en poesía. Los mejores creadores del país fueron silenciados, forzados al exilio o víctimas de algo peor. Baste recordar el triste destino de figuras como Antonio Machado, Miguel Hernández o García Lorca, éste en plena guerra, como representantes de los muchísimos creadores libres, derribados por la tragedia. Y la cosa no empezó a cambiar un poco hasta finales de los cincuenta.

ALTER. – Pero creo que Cela ya publicó en los cuarenta.

EGO. – Sí, en los cuarenta hubo algunos despuntes de buena literatura. La familia de Pascual Duarte se publicó en 1942 y Nada, de Carmen Laforet, en 1945. La lectura de la primera, años después de su publicación, me impactó por la viveza de sus imágenes sobre todo. Recuerdo, hacia el principio: Era un pueblo caliente y soleado,… con las casas pintadas tan blancas, que aún me duele la vista al recordarlas. La novela Nada, de lectura más reciente, me encantó. Toda la obra, por triste y trágica que aparezca, está impregnada de la mirada serena y poética de la autora. Es una novela con magia, cosa que muy pocos novelistas españoles saben conseguir. En este aspecto, recuerdo la maravillosa Crónica del Alba, de Sender, uno de tantos escritores que tuvieron que exiliarse. 

ALTER.- ¿No fue por entonces cuando se puso de moda el realismo social?

EGO. – Fue en la mitad de la década de los cincuenta, cuando Sánchez Ferlosio publicó El Jarama, intento de trasposición de la realidad viva al papel muerto que, para mí, no tiene ningún interés. Igual que Tiempo de silencio, de Martín Santos, en 1962, donde se añade algo de experimentación joyciana. Y en esa doble línea siguió la novela hasta finales de los sesenta, cuando unos escritores jóvenes, desacomplejados e imaginativos le dieron un vuelco, como Terenci Moix, quien también escribió en catalán, novelista tan sobrevalorado entonces como quizá justamente olvidado hoy.

ALTER.- Y, por cierto, a la literatura en catalán aún le iría peor ¿no?

EGO.- Por supuesto, a los vetos puramente ideológicos se sumaba la prohibición de la misma lengua. La prohibición absoluta de publicar en catalán, decretada en plena guerra, se alargó durante una década, hasta el 51, si bien los impedimentos y cortapisas se mantuvieron hasta entrados los sesenta, aunque solo fuese a través de la censura. De 1962 es La plaça del Diamant, magnífica novela de Mercè Rodoreda y…

ALTER.- Y bueno, todo eso está muy bien. Me parece un resumen bastante logrado, aunque muy apresurado, de la historia de aquellas dos décadas. Pero creo recordar que no se trataba de eso.

EGO.- Ah ¿no?

ALTER.- No. Se trataba de que te pronunciases sobre las diferencias que a tu edad, perdón, a la edad de un hombre de tu edad, condición, país, etcétera, se advierten entre aquellas dos décadas y el tiempo presente. O, dicho de otra manera, ¿qué opinas de aquello de que todo tiempo pasado fue mejor?

EGO.- Opino que ése es un tema que merece un capítulo especial. Así que lo mejor será dejarlo para otro día.

ALTER. – Nunca se sabe si habrá otro día.

EGO. – Cierto. Y no solo en mi caso, dada mi edad, que es seguramente en lo que estabas pensando, sino también en el tuyo. ¿Sabes qué opinaba Cicerón sobre el tema?

ALTER.- No, pero seguro que algo muy profundo.

EGO.- Decía que nadie es tan viejo que no pueda vivir un año más, ni tan joven que no pueda morir la misma tarde.

ALTER.- Entendido, maestro.

(De ALTER, EGO Y EL PLAN)

    

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Día de Muertos

El 2 de noviembre, Día de Difuntos según la Iglesia católica y las tradiciones populares de muchos países, día en que, según dicen, los muertos pueden aparecerse a los vivos para saldar asuntos pendientes, me parece muy adecuado para reflexionar sobre la muerte, ese acontecimiento tan importante y decisivo en nuestras vidas. A tal efecto he pensado enlazar aquí algunas de mis reflexiones particulares que han ido apareciendo en mi blog. Nada del otro mundo.

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El tiempo que pasa. El idioma del sentido común. La muerte del autor. El vicio de épater (A.E.P. t.e. 1)

ALTER.- Ego, ¿sabes que hace más de seis años de la última vez que nos vimos? ¿que el último de nuestros diálogos se publicó en el Blog en junio de 2015?

EGO. – Bueno, y qué. Estaríamos dedicados a otras cosas, ¿no crees?

ALTER. – Sí, pero es que, cuando lo he comprobado… no me lo creía. ¡Me parece que fue ayer! ¡Qué manera de pasar el tiempo!

EGO.- No, Alter, eso no es verdad.

ALTER.- ¿Cómo que no es verdad? ¿Qué es lo que no es verdad?

EGO.- Que el tiempo pase. De hecho, el tiempo no existe. O, dicho de otra manera, el tiempo somos nosotros.

ALTER.- Vaya, se anuncia otra pirueta dialéctica o filosófica, ¿no? Así, que el tiempo somos nosotros. Y eso, en qué sentido, ¿se puede saber?

EGO.- No, no se trata de una pirueta, ni de una de esas paradojas filosóficas, tan ilustrativas a veces. Se trata de que reflexionemos un poco. Lo que llamamos “tiempo” no tiene entidad en sí mismo. Es simplemente el nombre que damos al proceso de descomposición de los entes perecederos. Si en el universo no existiesen objetos perecederos, tampoco podría existir el concepto “tiempo”, porque nada pasaría. O sea, que el tiempo no es algo objetivo y ajeno que nos lleva o arrastra en su recorrido. En el aspecto más subjetivo, el tiempo no es más que el nombre que damos al proceso de descomposición de nuestro cuerpo. Y también el nombre que se da al proceso de degradación del universo entero, eso que ciertos físicos detectaron y bautizaron con el nombre de entropía. Resumiendo, lo que llamamos tiempo es la medida del movimiento. Si no hay movimiento, sea individual o universal, no hay tiempo.

ALTER.- Muy bien, muy bonito. Pero no creas que no había pensado yo por mi cuenta algo así como eso que dices. Pero también creo que el idioma del sentido común tiene sus derechos. Y que es lícito decir que el tiempo pasa para nosotros.

EGO.- Por supuesto que es lícito. No seré yo quien se oponga al uso del sermo vulgaris, necesario para entenderse en sociedad. Y por cierto, me encanta esa frase: el idioma del sentido común tiene sus derechos. Claro que sí. Y no solo tiene sus derechos sino que, si te apartas demasiado de él, perderás la comunicación con el mundo. Solo en determinados campos nos está permitido apartarnos del sentido común, aunque sin perderlo nunca de vista: en el arte, en la ciencia, y en la filosofía de raíz científica. Si no fuese así seguiríamos pensando que la tierra es plana, bueno, algunos lo siguen pensando; no comprenden ni les interesa comprender que, en mucho casos, la ciencia va rectificando el sentido común.

ALTER.- Y si no me equivoco, el ejemplo que antes has puesto sobre el tiempo pertenece al mundo de la ciencia o al de la filosofía de raíz científica, ¿no?

EGO. – Eso es. En cambio, si nos situamos fuera de los tres campos citados y elucubramos al margen del sentido común los resultados pueden ser…delirantes.

ALTER.- Un ejemplo.

EGO.- Pongamos el campo de la literatura.

ALTER.- Que es el nuestro, ¿no?

EGO.- Un crítico literario puede hacer con la obra de un escritor lo que se le antoje; y con la literatura entera. Y si su propuesta se sitúa dentro de la ola imperante de la moda, nadie le pedirá explicaciones.

ALTER.- Un ejemplo.

EGO.- ¿Has oído hablar de La muerte del autor?

ALTER.- ¿Qué autor?

EGO.- No, hombre, no. Me refiero a cierta teoría literaria que se puso de moda a finales de la década de los 60 del siglo pasado.

ALTER. – Ah, ya. El estructuralismo y esas cosas. Confieso que en realidad no sé nada de eso. En cierta ocasión quise enterarme, pero no pasé del intento.

EGO.- Se comprende. Yo también quise enterarme. Era joven y creía que mi deber como aprendiz de intelectual era estar siempre al día. El resultado fue… lo que te explico ahora siguiendo el hilo de las frases emblemáticas que, en el intento, se me quedaron grabadas en la memoria. Creo que todas pertenecen al ensayo La muerte del autor, de Roland Barthes, publicado en 1967. Veamos:

Cuando comienza la escritura, la voz pierde su origen y el autor entra en su propia muerte.

Esta frase resume toda la teoría que se contiene en el ensayo citado. Viene a decir que la escritura, una vez plasmada, adquiere entidad propia, con plena independencia de las intenciones del autor, quien a estos efectos desaparece.

ALTER. – Bueno, creo que eso ya se había dicho muchas veces: que la obra, una vez sacada al mundo, no depende de la voluntad del autor…

EGO.- En efecto, que constituye una entidad autónoma y que en relación a ella el autor es solo un comentarista más, aunque hay que reconocer que mejor situado que el resto. Pero lo llamativo de la frase, además de que, como has dicho, no hace sino repetir algo ya sabido, es la pompa y teatralidad de su enunciado. Y es que eso de que “el autor entra en su propia muerte” contiene una importante carga dramática. Otra:

El autor es un personaje moderno, fruto de la ideología capitalista.

Si es así, me pregunto de dónde sacarían los medievales cultos a sus autores preferidos (Aristóteles, Ovidio, Virgilio, Séneca, etc.), no existiendo todavía un capitalismo ni la ideología correspondiente que los hubiese fructificado. A mí, y que el dios de los estructuralistas me perdone, la frase me parece una concesión – mal hallada – al pensamiento marxista imperante en la época. Es como cuando, en épocas de sexo dominante en las artes (que sigue siendo la nuestra), se introducía una escena de sexo explícito en la película o en la novela, aunque no viniese a cuento.

ALTER. – Tributos que se pagaban al pensamiento imperante, ¿no?

EGO.- Bueno, eso de «pensamiento» quizá sea excesivo aplicado a la época actual. Más bien le va lo de «moda» . Pero sí, se pagaban y se pagan, aunque el imperante vaya cambiando; ahora sería la llamada perspectiva de género, la conservación del planeta (cosa siempre necesaria, por otra parte), el culto a lo etnicista e identitario… Pero sigamos.

Un texto está constituido por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, y donde ninguna de las cuales es la original. El texto es un tejido de citas provenientes de los 1000 focos de la cultura.

El autor nos da aquí otra muestra de pedantería gala para decirnos lo que, de una u otra manera, ya se nos había dicho de pequeñitos: que solo Dios puede crear de la nada, que las “creaciones” humanas solo son un pastiche hecho con los materiales ya existentes…

ALTER.- ¿Solo? Y perdona que te interrumpa, pero ¿no crees…?

EGO.- Perdona que interrumpa yo tu descortés interrupción. Mira, la originalidad es cuestión de grado, porque todo, absolutamente todo, utiliza o se apoya en algo ya existente. Además, la originalidad no tiene ningún valor estético en sí misma, eso lo sabían bien los antiguos griegos y romanos.

ALTER.- Entonces, ¿qué es lo que distingue y otorga valor a una obra nueva?

EGO.- El alma.

ALTER.- Metafísico estáis.

EGO.- «Es que no como», contesta Rocinante, ¿no? En serio, ¿quieres que te repita las argumentaciones que expuse en algunos de nuestros diálogos de hace años?

ALTER.- Por mí, encantado. Aunque las recuerdo bien, como si fuese ayer…

EGO.- Mira, yo creo que, aunque edificada con medios materiales, la obra de arte es una construcción espiritual, como el mismo individuo humano. Una obra artística no es el resultado de la suma mecánica de los elementos que la componen. Tiene un alma, que es la expresión de su totalidad, y solo captando la obra en su totalidad, de una manera, diría, intuitiva, puede descubrirse esa alma. Por eso creo que la labor de críticos y expertos literarios de diseccionar y analizar los componentes materiales de la obra es totalmente irrelevante.  Si la obra no posee un alma no será después de todo más que un artefacto peor o mejor ajustado en todas sus partes, nada que merezca el nombre de obra de arte. Y es que el alma de la que yo hablo no se revela en la mesa de operaciones. Ni la artística ni la humana.

ALTER.- Un estructuralista no aprobaría eso.

EGO.- Por supuesto que no. Los estructuralistas y sus herederos, tratan, o pretenden tratar, la obra, el texto, como si fuese un objeto de la ciencia, y el que se acerca a una obra de arte con los instrumentos de la ciencia no se encuentra con una obra de arte, sino con un objeto de la ciencia.

ALTER.- ¿Y se puede saber cómo les ha ido a esos estudiosos «científicos» de la literatura?

EGO.- Algunos persisten, por supuesto, pero sus originales hallazgos ya no deslumbran a nadie, sobre todo desde el varapalo que recibieron de los científicos auténticos  Sokal y Bricmont en Imposturas intelectuales, consulta Wikipedia. Además, en un mundo como el nuestro, curado de todos los espantos posibles, el arte de épater le bourgeois ha perdido todo sentido.

ALTER. – ¿Crees que en el fondo a todo lo que aspiraban era a épater le bourgeois? Por cierto, ¿cuál es el significado exacto de esa expresión?

EGO.- Hombre, no creo que solo pretendiesen eso. Pero está claro que formaba parte del aparato de sus novedosas teorías. En cuanto a la traducción, exacta no la hay. Los idiomas son en realidad intraducibles. Cada idioma tiene una historia detrás que no es compartida por los otros, lo que le hace único y radicalmente intransferible. En el siglo XIX, con Baudelaire y otros, los artistas franceses se inventaron el juego de épater (despatarrar, asombrar, escandalizar) al buen burgués, y ahí los tenemos todavía, con su vicio a cuestas.

ALTER.-  ¿Tú crees que lo de épater es un vicio específicamente francés?

EGO.- No lo dudes. Ya nuestros abuelos y bisabuelos sabían muy bien – en muchos casos por  experiencia propia – que todos los vicios vienen de París. Pero, bueno, creo que ya hemos dedicado demasiado tiempo a un fenómeno tan pasajero y prescindible como…Como todo lo que dicta la moda, cuando la moda ha pasado.

ALTER.- Devorada por el tiempo.

EGO. – En efecto, tempus edax rerum, donde el tiempo es un ente real que va devorando las cosas. Te gusta así, ¿no?

ALTER. – Me encanta. Creo que ahí Ovidio da con la imagen perfecta.

 (De Alter, Ego y el plan)

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Donde crecen las novelas

No siempre el efecto sigue inmediatamente a la causa. Unas veces el tiempo que transcurre entre la acción causante y el efecto necesario es imperceptible, como cuando se aprieta el gatillo de un arma de fuego o se pulsa una tecla. Otras, es preciso un espacio de tiempo de amplitud variable para que el efecto se manifieste. En este sentido, conozco la historia de un efecto tan retardado que tuvo que transcurrir toda una vida para manifestarse. Y se produjo en mi ámbito familiar.

En mi familia no éramos abstemios (tampoco alcohólicos). El padre no perdía ocasión de ponderar las virtudes del vino bebido con moderación; la madre alardeaba de no probar el agua (“para las ranas”); vivió 90 años. Y, no obstante, uno y otra estaban siempre atentos a que los cuatro pequeños no sobrepasásemos la norma.

En ocasiones, en determinadas festividades o celebraciones, se bebía champagne, lo que hoy llamaríamos cava. Los niños, también. Y si alguien, pariente o invitado, observaba que quizás aquella bebida no era apropiada para gente tan menuda, nunca faltaba la respuesta del padre:

Es una bebida muy sana, piensa que hasta a los moribundos se les puede dar champagne. ¿No lo sabías? Pues sí, a los moribundos se les puede dar champagne.

De hecho, cada vez que la deliciosa y saludable bebida aparecía en la mesa, no faltaba el comentario del padre, dirigido a nosotros los pequeños, en los mismos términos de siempre.

¿Sabíais que el champagne es tan sano que puede darse incluso a los moribundos? Sí, fijaos si será sano que hasta a los moribundos les dan champagne si lo piden.

Y nosotros asentíamos obedientes y bebíamos encantados bajo la bendición del padre sabio.

Pasó el tiempo, el padre murió, el champagne se convirtió en cava, los niños que éramos en los ancianos que somos, la memoria en melancolía.

Cierto día, ya en mi década de los setenta, no sé por qué razón me hallaba solo ante una copa de champagne, contemplando las alegres burbujitas de la bebida, cuando de pronto oí con toda nitidez la voz clara y segura de mi padre:

Fijaos si será bueno el champagne que se puede dar de beber a los moribundos.

Emocionado, me volví a repetir la frase una y otra vez, con todas las ligeras variantes que creía recordar. Y en esa operación estaba cuando, de pronto, sentí como si un violento resplandor iluminase toda la estancia.

¡Claro! ¡Es cierto! me dije cuando la luz llegó a iluminar la zona correspondiente del cerebro. Al moribundo se le puede dar champagne y cualquier otra cosa porque, por definición, de todos modos se muere.

Era una broma, una genial ironía que nadie, que yo sepa, había sabido captar. Y han tenido que pasar setenta años para que yo diese con la clave. ¿Yo? ¿Solo yo? No es posible. Lo consultaré con los hermanos.

Y de pronto, un pensamiento raro, una duda más que extraña bloqueó en la mente cualquier otra reflexión: ¿Era en realidad una broma? ¿Era en realidad una ironía? ¿No estaría hablando mi padre de buena fe? ¿No le habría pasado alguien la «broma», que él habría tomado como indiscutible realidad? Imposible saberlo. Y pienso que la verdad permanecerá escondida para siempre.

Sí, para siempre oculta en la recóndita región de los secretos de familia, allá donde crecen las novelas.

    

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento IX

¿Nadie ha de hablar ahora? ¿Nadie ha de acusarme? ¿Nadie ha de venir a remover de nuevo los rescoldos de mi existencia? ¿Para qué he sido entonces devuelto a esta tiniebla? ¿Acaso ha terminado el juicio? ¿Cómo es que he sido abandonado aquí, entre la vida y la gran Luz? ¿Se han apagado ya todas las voces de la vida?

«De ti depende, Dante»

«¿De mí?…¡Beatriz, santa Beatriz! Ya no esperaba oir tu voz. Has venido para ayudarme, para acompañarme, para salvarme. Así se cumple el sueño de mi vida, el que legué al mundo, esculpido en millares de versos, que forman el mas grande poema nunca escrito… Háblame, Beatriz… ¿No dices nada?… ¿Qué ocurre? ¿He de permanecer de nuevo en la oscuridad y el silencio después de haber oído dos palabras tuyas? Háblame, Beatriz, te lo suplico».

«¿Qué he de decir, Dante?»

«Alabado sea Dios, porque has hablado. Pero quizá no te he entendido. Yo, pobre pecador, ¿he de dictarte lo que has de decir?»

«Siempre ha sido así».

«¿Siempre?…»

«Desde tus primeras canciones y baladas, que reuniste en el librito que llamaste La vida nueva, hasta el canto treinta de tu Paraíso, cuantas veces he hablado ha sido con palabras que tú ponías en mi boca.»

«Sí, comprendo…soy poeta… pero en nuestra juventud tuvimos alguna conversación sin que yo pusiera las palabras en tus labios, y ahora mismo…»

«Ahora mismo, ¿qué? ¿De dónde salen estas palabras mías? Eres poeta, sí, y como poeta has inventado un mundo, un extraño mundo que se inaugura con el primer soneto de La vida nueva, en el que sueñas que la personificación del amor me tiene en sus brazos, mientras con la mano me da a comer tu corazón. ¿Qué es eso, Dante? ¿Cómo hay que llamarlo?»

«Es… alegoría… fantasía…»

«Fantasía, sí. Toda tu obra es fantasía.»

«Toda obra poética es fantasía.»

«Sí, pero tu vida también lo es.»

«¿Es eso un reproche, Beatriz? ¿De qué me has de acusar ahora? ¿No se agotaron tus acusaciones en nuestro encuentro a la entrada del Paraíso? ¿No derramé ya entonces suficientes lágrimas para borrar todos mis errores pasados? ¿No quedé absuelto de todos los pecados para ser digno de contemplar la maravillosa visión?»

«Me estás dando la razón, Dante. Todo eso de que hablas pertenece a la obra, no a la vida.»

«Es cierto, pero también es verdad que la obra es la manera más auténtica y honda de entender y sentir la vida.»

«Luego no haces distinción entre vida y arte.»

«Apenas.»

«Y sin embargo, Dante, no eres capaz de llegar a las últimas consecuencias, de aceptar y reconocer todo eso que tus actos y tu vida entera proclaman.»

«¿Reconocer…?»

«Que eres tú quien pone las palabras en mis labios, que eres tú quien ha dado forma a mi persona».

«Es verdad que siempre has habitado y crecido en la parte más honda de mi alma…pero yo te tomé de una niña, de una joven llamada Bice Portinari.»

«Igual que el dormido oye un ruido leve y sueña con una procesión de tambores».

«Pero la realidad de la vida no es un sueño: el esfuerzo cotidiano por mantenerse en pie y con dignidad, el trabajo continuo por dominar las artes y las ciencias, por desentrañar la maquinaria del universo, las luchas ciudadanas, los amores, inocentes o perversos, el vino, tantas veces amargo, de la amistad. Todo eso es real y sentido. Guido Cavalcanti…»

«No hace falta que menciones a tu amigo. No ha de venir.»

«He polemizado con él en esta oscuridad…»

«¿Con él? ¿Estás seguro de que era él? ¿Cuántas cosas sabía ese Guido que no podía saber porque la muerte se lo había llevado antes, como el contenido de toda tu obra? No, Dante, no has polemizado con Guido.”

«No te entiendo, ¿con quién entonces he estado hablando y disputando?»

«Contigo, sólo contigo. Lo mismo que cuando te explicabas a Angelo o cuando te excusabas ante Gemma.»

«¿Conmigo? Pero ellos hablaban con razones propias, y sus palabras me herían o conmovían, ¿cómo podría ser yo el autor de todo eso?»

«Como lo eres en los sueños. ¿No sueles encontrar en ellos a personas extrañas u hostiles? Y, sin embargo, ¿quién es el único autor de tus sueños?»

«¿Yo…?

«Sí, Dante, en esta oscuridad no ha habido más voces que las que han salido de ti mismo. Pero no sólo en esta oscuridad. También antes, en la escena luminosa de la vida, eras tú quien creaba los personajes y les dictaba las palabras. No sólo a mi persona, a Beatriz, has dado forma. Tu mente ha creado una gran obra, que no se limita a los versos que escribiste. Dante, eres tú el creador del mundo en el que vives. De ti ha surgido todo, como cuando sueñas. Pero ahora has de despertar.»

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

A continuación, el texto de las razones que di en Facebook de la selección y publicación de estos nueve fragmentos:

Entre el 13 y el 14 de septiembre de 1321 Dante Alighieri, uno de los más grandes poetas que ha dado la humanidad, murió en Ravenna, donde vivía la última etapa de su exilio, forzado, hacía veinte años, por el triunfo de los enemigos políticos en su Florencia natal. Por aquí, apenas se ha conmemorado o dicho nada al respecto. Yo, hace unos años, escribí una novela dentro del estilo que he venido cultivando (Catulo, Cicerón, Schopenhauer, Larra, Petronio). Se titula La alta fantasía (Dante Alighieri) y no se ha publicado. La verdad es que no he puesto especial empeño en su publicación. Ahora me arrepiento. Pienso que, a mi edad, una de las cosas que me consolaría de tener que dejar este mundo sería ver publicada (y leída lo más posible) la obra citada. Y he pensado que, desde algunas redes sociales como ésta, quizá podría llegar mi especie de reclamo a algún editor interesado y valiente. Con este fin, a partir del día 6 de septiembre, publico aquí, mediante enlaces a mi Blog, ciertos fragmentos de la novela, que he seleccionado yo mismo; por orden de aparición en la obra, pero no seguidos, sino salteados.

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VIII

«¿Y la joven casada, qué será hoy la joven casada, después de veinte años? ¿Lo has pensado alguna vez?»

«Gemma, Gemma Donati. Es su voz, no hay duda. ¿Dónde estás esposa mía?»

«¿Por qué me llamas esposa, si nunca has sido un verdadero esposo para mí?»

«Eres la madre de mis hijos. Eres la mujer con quien me desposé de acuerdo con nuestras leyes y costumbres».

«¿Y el amor, Dante? ¿Y el amor?»

«El amor…»

«Sí, has escrito mucho sobre el amor, pero creo que en verdad no lo conoces.»

«En mis versos…»

«Sí, en tu fantasía, ahí es el único lugar…»

«Te equivocas, Gemma, yo he conocido las delicias y los tormentos del amor, y también aquel amor supremo…»

«No conmigo, Dante, nada conmigo. ¿Qué he sido yo para ti? La persona que te fue adjudicada en matrimonio, la madre de tus hijos, y nada más. ¿No crees que merecía un poco de amor?, ¿no podías haberme concedido un poco de cariño, aunque fuese el que te sobraba del que ibas regalando por ahí? Cuando te fuiste, cuidé de nuestra casa y hacienda y de los hijos sin más ayuda que la de algunas amistades caritativas. Pero los hijos quisieron volar con el padre en cuanto tuvieron alas. Y cuantas veces quise reunirme contigo en el exilio, me rechazaste con vanas excusas: no es el momento, no es vida para ti, espera, más adelante. Y esperaba, y esperaba. Pero ya no espero más, Dante. Ya sé todo lo que has sido, todo lo que eres y puedes ser para mí. Aunque volvieses, aunque ejerciendo tu derecho te vinieses a vivir en tu casa y conmigo, ya no sería la misma para ti. Has pasado por mi vida como un extraño, como un hombre al que, de verdad te lo digo, no he podido conocer. La gente te alababa por tu inteligencia, por tu saber, por tus obras, pero yo sólo veía un hombre seco, huraño, ensimismado que, a veces, urgido por la naturaleza, compartía mi cama. Ése es mi Dante. No he podido conocer a otro. ¿Ha sido culpa mía? Dime, ¿era yo la que no merecía recibir nada de ti?»

«Gemma, aquí no hay culpas ni méritos. La misma voluntad divina que asigna a los astros un lugar en el firmamento nos señala a cada criatura una esfera dentro de la cual podemos ejercer la libertad, pero no abandonarla para pasar a otra. Con toda tu bondad y tus demás virtudes, tú no eras, Gemma, la mujer asignada para despertar en mí aquel amor que guía y salva. Tampoco eras, y esto es un elogio, la mujer destinada a encender aquel otro amor que humilla y destruye. Eras una buena compañera…»

«¿Buena? ¿Por qué entonces te desprendiste de mí? ¿Así se trata a una buena compañera? Mientes, mientes en esto, Dante. Quizá mientes en todo».

«No, no miento. Digo la verdad, siempre digo la verdad. Eras buena compañera en la vida ordenada de la ciudad, pero ¿habrías soportado las penalidades del exilio? No quise hacer la prueba».

«Sigues mintiendo, Dante. Di la verdad: pensabas que en tu peregrinar por el mundo yo habría sido una molestia para ti. En cada corte habría sin duda alguna mujer hermosa… ¿cómo te las arreglarías con tu Gemma al lado? Esa es la verdad, la triste verdad. Reconócelo.»

«Gemma, reconozco que el egoísmo de la libertad tuvo que ver con mi decisión, pero las tentaciones habrían sido las mismas, y no me hubiese librado de ellas tu compañía, como no me había librado en la ciudad. De todos modos, te ruego que me perdones por el daño que he podido hacerte, el inevitable, nacido del designio divino, y el evitable, nacido de mi egoísmo. Sé que el tiempo se acaba y hay que arreglar los asuntos y cuadrar las cuentas. Con humildad te suplico que me perdones… ¿Me oyes, Gemma?…¡Gemma! ¿No quieres responder? ¿Estás ahí?…Gemma, dime algo, por favor»…

 

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VII

En la corte de Verona hay fiesta y alegría. Su príncipe, Cangrande della Scala, acaba de regresar de tierras alemanas; ha prestado juramento de fidelidad al emperador Federico de Habsburgo y ha sido oficialmente nombrado vicario imperial en Verona y Vicenza. La noticia despierta en Roma la cólera del pontífice, que al momento envía a Cangrande un ultimátum con amenaza de excomunión si no renuncia de inmediato al título imperial. El príncipe ignora la amenaza papal, que no se hará efectiva hasta pasado un año.

Pero ahora corre el mes de abril del año 1317 y en Verona hay fiesta y alegría. Una semana larga duran los festejos, en los que nada falta. Bailes, torneos y cenas fastuosas con la inevitable presencia de saltimbanquis, titiriteros, bufones y magos de taberna. Yo, naturalmente, no puedo sustraerme al espectáculo, tan gozoso para la mayoría, tan insoportable para mí. Ahí está Ciutti, por ejemplo, el aclamado gracioso, cada una de cuyas poses obscenas y ocurrencias indecentes arrancan risas y aplausos de entusiasmo de los presentes. Cuando, como suele hacer con el público de sus “espectáculos”, Ciutti se me acerca para obsequiarme con una de sus «gracias», no puedo evitar un gesto ostensible de rechazo y repugnancia, gesto que es captado por Cangrande con asombro. Días después, luego de un largo cambio de impresiones sobre las posibles consecuencias de la decisión papal, cambiando el tono frío de político experto por el más cálido de afable compañero, me dice Cangrande:

«Parece que no te lo pasaste muy bien la otra noche. ¿No fue de tu gusto el espectáculo?»

«Conoces bien mis gustos, señor».

«Sí, y la verdad es que no consigo entenderlo del todo. No creo que la poesía esté reñida con la vida alegre. Tú mismo me has hablado a veces de Catulo, de Marcial, de Ovidio y de cómo compaginaban los goces de la vida con el rigor de la obra.»

«Los goces de la vida, precisamente. Nada había en la pesadilla de la otra noche que me recordase el menor goce».

«Dante, a veces no se si eres una persona realmente excepcional o si, sobre todo, te gusta aparentarlo. La otra noche no sólo nos acompañaban cortesanos estúpidos y nobles incultos, como sé que sueles calificarlos; había también, eclesiásticos, notarios y distinguidos hombres de ciencia. Y todos, todos disfrutaban con el espectáculo. Todos menos tú. ¿Por qué, Dante? Me gustaría que me lo aclarases. ¿Por qué todos saben disfrutar con las locuras de Ciutti y tú, que eres tan inteligente, no sabes?»

«Si supieses que la base de todo entendimiento entre personas está en la paridad de las costumbres y en la semejanza de las almas, no me harías esa pregunta»

«Bien,…si no lo he entendido mal, quieres decir que todas aquellas personas, yo incluido, lo pasábamos tan bien con Ciutti porque somos tan locos y desgraciados como él.»

«No he dicho eso, señor, ni puedo pensar algo así del príncipe que me merece el máximo respeto y del que sólo he obtenido beneficios tanto en mi persona como en las de mis hijos. Sólo he puesto un ejemplo extremo para que la verdad, que a veces anda escondida, destaque con más fuerza.»

«Vamos a dejarlo, Dante. Sé muy bien que, con las palabras, eres invencible. Por cierto, ¿cómo va la obra?»

«Avanza, lentamente pero avanza».

«¿Necesitas algo?»

«Lo tengo todo. Y si algo me falta, no está a tu alcance proporcionármelo.»

«Pero me agradaría saberlo.»

«Sólo echo de menos…un ambiente tranquilo, sosegado, culto, donde el saber y la cortesía reinen sin competencia».

«Reconozco que nuestra corte tiene de todo menos tranquilidad y sosiego. Pero tú puedes hacer tu vida sin que nadie te moleste, lo sabes muy bien. Y si quieres, por mi parte estoy dispuesto a prescindir de tu consejo político si así puedes dedicarte mejor a tu obra».

«Tu generosidad no tiene límites, señor. Pero hay otra cosa. Y es que los poetas no somos pequeñas islas en medio del océano. Cualquier hombre de letras necesita comunicarse con los de su mismo oficio».

«En eso tienes razón. Verona no es Ravenna, donde el mismo príncipe ejerce de poeta. Esta ha sido, desde hace tiempo, una de las carencias de Verona, que quise subsanar cuando te invité a venir aquí. Pero el intento no ha tenido éxito, porque todos los hombres de letras a quienes luego he llamado han declinado la invitación. ¿No será que tu presencia los espanta, Dante?»

«O quizá que han previsto mejor que yo la situación.»

Ver:  https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VI

Paseo por los jardines del palacio. Me gusta caminar, porque es así como las ideas, a veces los versos ya formados, van saliendo del fondo de mí mismo. Solo temo encontrarme con alguien que me fuerce a interrumpir mis pensamientos. Como el otro día Francesco, el secretario del Príncipe. Por fortuna no suele pasear: sólo se traslada de un punto a otro, con un rollo en la mano y acompañado siempre de ayudantes. Es evidente que no soy persona de su agrado. He aparecido en la corte como un competidor suyo, pues algunos de los encargos que el Príncipe me confía son robados, piensa él, a su exclusiva competencia…Oigo voces. Son voces melodiosas, de mujer. Las reconozco: la Princesa, hermana de Cangrande y su prima Matilde. Se acercan. No puedo evitarlas. Tampoco lo deseo.

«Dichosos los ojos que te ven, Dante», dice la Princesa. Y Matilde:

«Nos preguntábamos si acaso andabas lejos de Verona, en alguna misión oficial». Y la Princesa:

«O si nos habías abandonado para siempre… Dante ¿es eso posible? ¿Es posible que un día nos dejes para siempre?»

«Tan posible como que Florencia caiga del lado de la justicia, señoras. Mientras eso no ocurra, podéis tener la certeza de que, para mí, no hay más tierra ni cielo que los de Verona».

«Sabemos que eres experto en las cosas del Cielo», dice Matilde. Y la Princesa:

«Y del Infierno. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Que visitas cuando quieres las regiones infernales y que el color tostado de tu piel es obra de su fuego?»

«Dicen tantas cosas de mí, señora…Y sin embargo es verdad. Es verdad que he visitado el Infierno, y el Purgatorio, y que ahora mismo estoy en el Cielo»

«No sé cuánto hay de lisonja o de burla en tus palabras, querido Dante, pero tú debes saber que el amor y la admiración que aquí te tenemos todos, empezando por mi noble hermano, no lo has de encontrar en ninguna otra parte, y que en cualquier alma gentil eso exigiría una correspondencia»

«¿Acaso no correspondo? ¿No es correspondencia servir al Príncipe en todo y continuar escribiendo la obra, que al cabo también he de ofrecerle?»

«No acaba ahí, en las secas obligaciones, la cortesía debida. Nunca te vemos en las fiestas, en los bailes, apenas en las celebraciones oficiales. ¿Qué ocurre, Dante? ¿Te espanta la sociedad? ¿O te crees realmente un dios que puede viajar al más allá y despreciar por estúpidas las ocupaciones y diversiones de los mortales?»

«Sé muy bien que estoy hecho del mismo barro que todos los mortales. En cuanto a si me espanta la sociedad… la vida es corta, señora, y hay que emplearla en tareas nobles».

«Estar aquí, con nosotras, es una pérdida de tiempo, quieres decir»

«Ni quiero ni puedo decir eso. Dos damas gentiles no forman una sociedad. Pero cuando el número aumenta…»

«Atento, Dante, que empieza a aumentar. Ahí viene el secretario Francesco. Pero no te preocupes, nosotras nos retiramos, no sea que formemos sociedad»

Cruel castigo a mis palabras. Se alejan las dos mujeres y se acerca Francesco.

«Buenos días, Dante. Poco se te ve últimamente. ¿Dónde te escondes?»

«Buenos días, Francesco. No me escondo. Hago mi vida, que no suele coincidir con la que hacen los cortesanos.»

«Todos sabemos que eres una persona muy singular. Pero quizás has olvidado que estás bajo la protección del Príncipe y que le debes, permíteme que te lo diga…»

«Permíteme que te interrumpa, Francesco, pero esa lección me la acaban de dar dos personas de más alta calidad y la tengo bien aprendida. Otra cosa es si sabré aplicarla».

«Luego reconoces que tu comportamiento no es el de un caballero cortés»

«Conozco muy bien los defectos de mi comportamiento y si permito que alguna dama los apunte gentilmente, no admito de ningún modo que un secretario los señale».

«Tu orgullo te pierde, Dante. ¿Quién te crees que eres? Que hayas escrito unos cientos de versos y embaucado a tantas personas de buena fe con tus fantasías sobre el más allá no te convierte en alguien especial. ¿Piensas que con esas artimañas puedes asegurarte el favor de los príncipes? Te equivocas, el favor de los príncipes, que es como decir la fortuna en la vida, no se consigue urdiendo fantasías. Se alcanza con el esfuerzo continuado, con el trabajo honrado y tenaz, con la dedicación desinteresada, con la entrega total a las tareas que a uno le corresponden… Perdona, pero tú ¿qué haces aquí? De acuerdo, Cangrande te asigna de vez en cuando alguna tarea o misión que quizá imaginas muy importante, y es que no te das cuenta de que son sólo migajas de caridad para el ocioso que un día fracasó en la política de su ciudad. Porque Cangrande solo confía y confiará en mí. Y ahora te daré un consejo: no abuses de la paciencia del Príncipe, que ya está llegando a su límite.»

«Hablamos idiomas diferentes, Francesco, o nos movemos en mundos distintos, no sé. Yo no aspiro al favor de Cangrande, sino a conservar su amistad. Yo no fracasé en la política de mi ciudad, sino que mi partido fue derrotado por una alianza invencible de enemigos. Y además, en esa política, mi actuación ocupaba un espacio limitado junto a la actuación de otros ciudadanos. Comprendo que alguien que siempre se ha arrastrado ante señores soberanos no pueda entender cómo funciona una república de ciudadanos. Y aún comprendo mejor que alguien que no va más allá de los protocolos de cancillería no pueda recibir el espíritu que alienta en unos versos dictados por la alta fantasía. Pero no te preocupes, Francesco, no me tendrás aquí por mucho tiempo.»

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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