VIEJO MUNDO NUESTRO I

EL CINE

Tarde del jueves   

De niños, íbamos al cine una vez por semana. El plural del verbo alude a tres hermanos de edades muy seguidas, una hermana más distanciada del último, la madre, el padre (solo a veces) y la criada.

El cine era alguno de aquellos “de barrio” que ya no existen; el barrio era el nuestro, situado justo a la derecha de la derecha del Ensanche y poblado por una clase media más laboriosa y temerosa que de derecha o de izquierda.

Aquellos nuestros cines de barrio se llamaban Tetuán (por la plaza próxima), Gran Vía (por la avenida en que estaba), Cervantes (porque así lo decidieron los que borraron el nombre extranjero de Fregoli), Lido (por no sé qué), y había algún otro más ocasional y lejano. Avanzada la tarde, en todos ellos imperaba el aroma que desprende la naranja cuando se pela y el de la tortilla de patata aún caliente; también, a veces, el del pipí infantil que algunas mamás consentían se liberase en pleno patio de butacas.

El vestíbulo del local, donde se alojaban las dos taquillas cual nichos dispensadores de pasaportes para la felicidad, mostraba en sus paredes fotogramas de las dos películas que se proyectaban, y que nosotros observábamos con curiosidad y anhelo a la entrada y con cierto conocimiento del mundo a la salida (mira, aquí es cuando…, y aquí cuando…)

Las películas eran siempre dos, que se proyectaban de forma continua y alterna, desde las 3 o 4 de la tarde hasta las 12 de la noche aproximadamente, con los debidos intercalados del No-Do, documental informativo oficial de proyección obligatoria. La película considerada más importante o popular se proyectaba al principio y, dado que el número total de proyecciones era impar, le tocaba también ser la última, con lo que obtenía un visionado más que la otra.

El hecho de que las sesiones fuesen seguidas, turnándose las dos películas, tenía alguna ventaja. Se entraba en la sala en cualquier momento, por ejemplo hacia la mitad de la película A, se veía la película hasta el final; después empezaba la película B, se veía hasta el final; después empezaba la película A, se veía hasta el momento en que alguien de nosotros decía: aquí hemos llegado. Entonces, nos levantábamos, satisfechos o resignados, y salíamos del local.

Además del recuerdo de lo visto, nos llevábamos un objeto material de valor inapreciable: los programas de mano de las películas que se pasarían la semana siguiente. Eran estos una especie de papelitos coloreados en los que se representaban imágenes o escenas de la película en cuestión y que hoy son objeto preciado de colección.

Algunas mañanas de domingo

Pero las sesiones de cine no se limitaban a las tardes de los jueves – festivas en el Colegio hasta que se impuso el weekend foráneo y se cambiaron por las del sábado -, sino que también las había algunas mañanas de domingo. Mañanas lluviosas o muy nubladas en las que no apetecía el acostumbrado paseo dominical. Y es que la familia, reducida por lo general al padre y los tres hijos mayores, solíamos pasear por las zonas más agradables o pintorescas de la ciudad: parque de la Ciudadela, Montjuic, parque Güell, la Rambla, el rompeolas. La madre se quedaba las más de las veces en casa con la criada (la comida de los domingos era importante), junto con la niña, demasiado pequeña para seguir a sus mayores y cuya incorporación al grupo paseante coincidiría más o menos con la diáspora de los hermanos ya creciditos.

Y es que, situadas en el centro de la ciudad, algunas salas de cine ofrecían los domingos sesiones matinales dedicadas en unos casos al público infantil – solo películas cómicas o “de dibujos” y noticiarios – y en otros, a todos los públicos. Recuerdo en especial el Publi, en el Paseo de Gracia, donde disfrutábamos de lo lindo – el padre incluido – con las aventuras y desventuras de Charlot, el Gordo y el Flaco, Popeye, el Pájaro Loco, Tom y Jerry, y otros de la misma fauna. Y también el Galería Condal, situado entre la Gran Vía y el Paseo de Gracia, de donde recuerdo en especial, ya en plena adolescencia, un par de películas que, no sé por qué circunstancia, vimos varias veces, y siempre juntas: Bahía negra y la encantadora, tierna y romántica Lilí. Y también la musical, fantasiosa y sensual (o así la recibí yo en mi pubertad) Carrusel Napolitano.

En la pantalla

También de los cines de barrio y de una vez a la semana guardo el recuerdo de un puñado de películas. La mayoría pertenecen a la década gloriosa del cine de los años 40. Pero hay que tener en cuenta que, a diferencia de ahora, una película, una vez estrenada en su país de origen, tardaba a veces años en llegar a nuestras pantallas. Un ejemplo extremo: Lo que el viento se llevó, estrenada en EE.UU. en 1939, llegó a España en 1950. Demasiados trámites que salvar, y no el menor el de la censura. 

Y aquí van unos títulos que de aquella época de espectador de cine de barrio conserva la memoria, con su año de realización, que casi nunca coincide con el de nuestro visionado infantil o adolescente: Robín de los bosques ( Michael Curtiz, 1938), Rebeca (Hitchcock, 1940), Cuatro pasos por las nubes (Alessandro Blasetti, 1942), Luz que agoniza (George Cukor, 1944), Alí Baba y los cuarenta ladrones (Arthur Lubin, 1944), La escalera de caracol (Robert Siodmark, 1946), La vida secreta de Walter Mitty (Norman Z. McLeod, 1947),  Doble vida (George Cukor, 1947), Recuerda (Hitchcock, 1949), Al rojo vivo (Raoul  Walsh, 1949), Las minas del rey Salomón ( Compton Bennett, 1950),  Scaramouche (George Sidney, 1952). He añadido en cada caso el nombre del director no sé porqué. Y es que éste era un detalle que ni a nosotros ni creo que al público en general importaba un pimiento; creo que pocos sabían que existía un director. Los únicos que importaban eran los que se movían y hablaban en la pantalla. Clark Gable, Errol Flynn, Gary Cooper, Humphrey Bogart, Hedy Lamar, Rita Hayworth, Gene Tierney, Veronica Lake eran los únicos dioses y diosas de aquellas tardes semanales.

Lo de «hablaban en la pantalla» es un decir, porque los que ante nosotros hablaban no eran los mismos actores sino unos dobladores profesionales, quienes nos ofrecían los parlamentos originarios en el único idioma oficial del país, que casualmente era también el nuestro.

El doblaje tenía en aquella época unos efectos o intenciones evidentes, unos buscados y otros rebuscados: permitía al espectador no políglota enterarse de lo que decían (supuestamente) los personajes; impedía, a los conocedores del idioma original, disfrutar de las voces genuinas y a veces muy características de los actores, aunque, como contrapartida, permitía en algunos casos el lucimiento de ciertos actores españoles que oficiaban de dobladores, y finalmente (o quizá habría que decir fundamentalmente) daba campo abierto a la censura para manipular los textos originales de acuerdo con la ideología político-religiosa imperante. 

Este último recurso se utilizaba sin freno, y el espectador corriente no tenía manera de saber dónde hacía trampa el servicio de doblaje. Tiempo después sí, se pudo saber, por ejemplo, que el doblaje de Bogart en Casablanca omite la referencia del personaje a su participación en nuestra guerra civil al lado de la República, o que el de Mogambo convierte a un joven matrimonio en hermanos, con lo que, intentando evitar el pecado de adulterio (nada menos que con el irresistible Clark Gable), lo que consigue es que el malicioso espectador piense en el de incesto, aunque imagino que este tipo de pecado, tan sofisticado, no entraba en la mente del censor. 

La censura, sobre todo la antierótica, potenciaba la malicia del espectador hasta niveles de paranoia. Un fundido en negro en medio o a continuación de una escena castamente amorosa era signo clarísimo de que la tijera censora había funcionado, y provocaba las protestas en forma de pitidos y pateos del público. Y en muchos casos era así; aunque en otros muchos, no. Era inevitable: ante la censura, el espectador no hacía otra cosa que dar palos de ciego.

Santa inocencia

No era ése nuestro caso en la etapa más infantil, cuando la inocencia nos permitía darlo todo por bueno mientras fuese interesante o mágicamente encantador. Santa inocencia que de vez en cuando propinaba algún susto en pleno mundo formal de los mayores. Como el de aquella tarde de enero de 1949.

Nuestra abuela paterna, que vivía en el piso de abajo con su otro hijo, había amanecido sin vida. Nadie se esperaba aquello; estaba relativamente bien de salud, y de hecho su aspecto daba la impresión de que seguía durmiendo plácidamente, según decían.  Consternación general, algunos vecinos se enteran y asoman la cabeza. Una anciana observa cómo el más pequeño de los tres nietecitos (siete años) lloriquea en un rincón. Se le acerca en plan consolador: «Pobrecito, qué sensible. ¿Querías mucho a la abuelita, verdad?» Y el niño gimotea: «Es que no podremos ver Murieron con las botas puestas«.

Resulta que era jueves y en el cercano cine Tetuán nos esperaba el apuesto y aguerrido  Errol Flynn con sus valientes soldados, y los temibles indios. Creo que quedó para otra ocasión, porque recuerdo haberla visto.

Fuera de la pantalla

Pero los cines – los de barrio y los otros – contaban con más personajes que los que aparecían en la pantalla, y además eran de carne y hueso. Las taquilleras primero. Siempre mujeres, y con los rostros semiocultos por el estrecho marco de la taquilla; el conserje, que controlaba las entradas a la sala, siempre uniformado a lo almirante, con independencia de la categoría del cine. Y una vez en la  sala, los nerviosos focos lumínicos que rasgaban la oscuridad – entrábamos en plena proyección –  anunciaban la presencia de los acomodadores, seres sin rostro apenas que a través de las tinieblas aparecían para acompañarnos hasta la localidad oportuna.

El acomodador era un personaje importante. De alguna manera representaba a la autoridad, y como tal ejercía. Reprendía severamente a los que alteraban el orden o se portaban mal. Eso de portarse mal era muy relativo, por supuesto, y su apreciación dependía siempre del grado con que el acomodador tuviese asumidos los postulados político-religiosos vigentes. Y aquí conviene una pequeña digresión para hacerse una idea.

En el tema sexual, la moral oficial del país era muy estricta; aunque en la práctica todo el mundo hacía lo que podía, como siempre. Fuera del matrimonio, los desahogos naturales con que suelen satisfacerse las parejas eran realmente difíciles. Una sala de cine (de barrio, con preferencia) con su oscuridad y el volumen de los altavoces a plena potencia era un lugar bastante adecuado para aquellos fines. Y así, las últimas filas de las salas solían ocuparlas parejas de todas las edades, más interesadas en sus cosas que en lo que ocurría en la pantalla. Y, a lo que íbamos, si el acomodador de turno juzgaba que aquello era escandalosamente indecente no dudaba en apuntarles directamente con el foco de su linterna para avergonzarlos (?) públicamente  y acabar con el escándalo. Esto lo vi yo en más de una ocasión. Como mero espectador, se entiende.

Pero a veces el acomodador ejercía el poder de la linterna con fines menos desinteresados. Como antes he apuntado, te acompañaba hasta señalarte el lugar que ibas a ocupar, y era costumbre (obligada) que se le entregase una pequeña propina. Pues bien, si no había propina o si ésta era manifiestamente irrisoria, tu hasta entonces amable acompañante mantenía clavado el foco de la linterna en tu persona, incluso ya sentado, hasta que juzgaba que estabas suficientemente avergonzado.

Disgregación y final 

De niños, íbamos al cine una vez por semana.

Pero la infancia cedió el paso a la adolescencia, y la tropa familiar de las tardes de los jueves y de los matinales de algunos domingos se fue disgregando. Creo que fue a mis catorce o quince años cuando el trío de hermanos empezamos a compaginar aquellas sesiones familiares, con otras más personales. Con algún hermano, con algún amigo, solos, cualquier tarde o noche de la semana, con alguna novia, a veces en las últimas filas.

Pero la fascinación por cuanto de interesante ocurría en la pantalla persistía y persistirá. Los cines no, aquellos cines de barrio se hundieron para siempre, sumando sus ruinas a las de tantas civilizaciones perdidas.

Solo viven en el recuerdo. Como en este que he compartido. Tan personal. Tan prescindible para aquellos que no lo vivieron.   

Próximamente: Capítulo II, EL COLEGIO

 

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PROYECTO DE OBRA (provisional, como todo)

VIEJO   MUNDO   NUESTRO

Cap.    1       El cine

             2      El Colegio

             3      Valldoreix

             4       La Universidad

             5       La Lengua

             6       La Mili

             7        Y ahora ¿qué?

(PRÓXIMAMENTE, AQUÍ MISMO)

 

 

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LA NAVIDAD ES EL LUGAR DE LAS REVELACIONES

En los años cincuenta del siglo XX , en Barcelona, un adolescente descubre la poesía y el spleen:

En el año cuarenta del siglo XIX, en Guadix (Granada) un niño descubre la muerte, es decir, la vida:

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves (3)

III  Los niveles de interpretación 

Toda expresión humana – sépalo su autor o no – tiene varios niveles de interpretación. Si uno dice “he trabajado mucho”, se puede interpretar también como “estoy cansado” o como “merezco un premio”. Si esto es así en la vida corriente de las personas corrientes, qué no será en la obra del artista y sobre todo del artista nada corriente.

Dante Alighieri estableció que en su obra literaria existen cuatro niveles de interpretación, desde el inmediato o elemental hasta el más elevado u oculto, que él denomina anagógico. Pero no todo el mundo puede ser Dante, ni en la obra ni en el análisis de la obra.

Yo, por ejemplo, en La ciudad y el reino descubro claramente tres niveles de interpretación. No más. Voy a tratar de exponerlos, dando por descontado que el lector atento los habrá ya descubierto por sí mismo. Así que esta disertación va dirigida especialmente al no muy atento.

Primer nivel. La novela consiste en la historia de la relación amistosa entre dos personas, con sus afinidades y sus diferencias, cuyos caminos van divergiendo. Contiene también un somero retrato de la época y la sociedad en cuyo marco se desarrolla la acción.

Segundo nivel. La novela consiste en la contraposición de dos maneras distintas, opuestas, de ver el mundo y de actuar en él. Tanto en las sociedades como en los individuos predomina una de las dos maneras. 

Una, representada por la Ciudad, aspira al orden y a la racionalidad, a la armonía y la belleza; conoce los límites del ser humano y los respeta. En lo político y social promueve el entendimiento y el pacto entre los intereses diversos.

La otra, representada por el Reino, siente que existe una verdad indiscutible que hay que predicar – o imponer – para lograr la salvación de la humanidad descarriada. Se guía por el impulso de la propia fe, sin reconocer más límites o barreras que los que ella misma pone. En lo político y social no suele practicar el diálogo, sino el adoctrinamiento con vistas al triunfo necesario e inevitable de la verdad única. Su convicción nace de un sentimiento íntimo, de naturaleza mística que, o bien puede mantener en una semiprivacidad, dando lugar a la figura del santo (por ejemplo, San Paulino de Nola), o bien puede intentar imponerla por cualquier medio, opción ésta que suele generar desastres.

Tercer nivel. La novela consiste en la exploración y exposición de la dualidad del alma humana, por una parte apegada a la tierra y edificando sobre base sólida el edificio de racionalidad, orden y belleza que constituye la firme estructura de toda civilización; por otra, aspirando a desentrañar directamente el misterio del universo por una especie de intuición mística, despreciando métodos y fases.

Esta dualidad se halla presente en mayor o menor medida en el alma de todo ser humano, y algunos escritores se han complacido en encarnarla, separadamente, en ciertos personajes opuestos entre sí (piénsese en el dúo Settembrini-Naphta  de La montaña mágica de Thomas Mann, por ejemplo). 

Dualidad del alma que forzosamente se da también en el autor de la novela, quien, parafraseando la ocurrencia de Flaubert, puede concluir y de hecho concluye afirmando con toda verdad que La ciudad y el reino… soy yo.

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves (2)

II  Los personajes

Todo intento de novela histórica centrada en personajes que existieron como personas reales tiene un problema principal: decidir qué cantidad de rigor histórico y qué cantidad de fabulación novelesca ha de contener.

En ocasiones hay poco que decidir: cuando los datos históricos son prácticamente inexistentes, la fabulación novelesca se impone de manera necesaria. Pensemos en el posible personaje novelesco de Homero. Dado que del poeta en cuestión no se sabe nada – ni siquiera es seguro que haya existido –, todo lo habrá de poner la imaginación, la pura fabulación.

En el extremo opuesto, tenemos a Cicerón, por ejemplo, autor de tantas cartas sobre el mundo en que se hallaba inmerso y sobre sí mismo, objeto de tantos testimonios de sus contemporáneos, que la fabulación habrá de verse por fuerza condicionada por los datos históricos incontestables.

Los dos coprotagonistas de La ciudad y el reino, donde todos los personajes se corresponden con personas que existieron en la realidad (con la excepción de Emiliano Dexter, nieto inventado del obispo Paciano), constituyen un buen ejemplo de cómo se debe (o se puede) conjugar el rigor histórico con la fabulación novelesca dentro del plan ideal de la obra que, lo reconozca o no, alberga siempre el autor.

Del Paulino histórico se sabe poco. Y todo lo que se sabe – de primera mano, quiero decir – está en las referencias de algunos de los contemporáneos con quienes se carteaba – Agustín, Ambrosio, Jerónimo, Sulpicio Severo, Ausonio y pocos más -, en sus obras literarias – poemas a San Félix, sobre todo-, y en el contenido de sus propias cartas, sobre todo de las dirigidas a Ausonio.  De todo ello se deduce una personalidad reflexiva, tranquila, agitada a veces por transportes místicos, que no llegan a alterar su natural sosiego; amable, bondadosa y, aunque cristiano auténtico, en lo cultural pertrechado con toda la ciencia y la sabiduría de la Antigüedad. 

Sobre esta base, no muy extensa, edifiqué el Paulino de mi novela, para lo cual me bastó reforzar un poco el talante místico y añadir esa especie de angustia existencialista que le adjudico para antes de la conversión, y que creo que no le va nada mal. 

Del Ausonio histórico se sabe quizá más que de Paulino, pero en el fondo mucho menos. Fue profesor de gramática y retórica (de literatura, diríamos hoy) durante muchos años, luego preceptor del heredero de Valentiniano I y, elevado su alumno a la dignidad imperial, ocupó cargos de suma importancia en la maquinaria político-administrativa del Imperio. Escribió mucho, pero al decir de los críticos, siempre tocando los temas por la superficie y con una calidad muy desigual. En todo caso, su ingenio y habilidad con la pluma son indiscutibles. Un ejemplo es el Centón Nupcial, composición poética construida a base de hemistiquios tomados de La Eneida en la que se describe una noche de bodas sin ahorro de ningún detalle erótico. Su obra más conseguida es sin duda el Mosela, largo poema descriptivo dedicado al río del mismo nombre.

Personalmente parece que fue, además de hábil escritor, honrado, un poco vanidoso, amigo del poder y del orden justos y algo sentimental. Y sobre todo reacio a plantear cuestiones más o menos profundas, hasta el extremo de que no se sabe con certeza hasta qué punto había asumido el cristianismo que oficialmente profesaba. Lo único claro en este aspecto es que, en sus obras y en sus cartas, destaca siempre una evidente nostalgia por el viejo mundo tutelado por los dioses que habían hecho grande a Roma.

Para llenar cierto vacío de esa personalidad, evidente si la comparamos con la más definida de Paulino, se me ocurrió corregirla o completarla con la de otro gran poeta de varios siglos después. Desde mi particular punto de visita, éste no podía ser otro que Goethe. Comparten los dos una visión del mundo esencialmente poética, una afición no disimulada por el orden, la aristocracia y el poder, una biografía siempre ascendente hasta alcanzar la vasta meseta de los últimos años. Solo faltaba añadir a Ausonio esa especie de filosofía panteísta manifiesta en el de Frankfurt, es decir, algo de la sustancia intelectual de la que aparentemente carecía el de Burdeos.

Hecho. Si el resultado es satisfactorio o no, habrá de decirlo el lector.                 

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves

I  Las palabras

Todo escritor tiene en su interior un almacén de datos (algunos, ignorados por él mismo) que, a medida que escribe, van apareciendo, trasluciéndose, en la superficie de la obra. Algunos escritores tiran con plena conciencia de ellos; otros dejan que se asomen sin apenas darse cuenta, y el lector no muy enterado tiene que esperar a que llegue el crítico agudo para que sean desenterrados e iluminados.

Yo, lamento decirlo, soy de los primeros. Es decir, de los que con plena conciencia aceptan la memoria de lo leído, para ir vistiendo su escritura. Lo lamento, porque queda más bien, parece más profundo y resulta más misterioso que las fuentes permanezcan enterradas quizá para siempre.

Lo mío no tiene nada de misterioso – al menos, en apariencia. Se resuelve solo con que el lector muy leído vaya descubriendo los remotos orígenes de tal frase o idea.

Pero ocurre que, por muy leído que sea el lector, es imposible que su memoria lectora coincida con la del escritor de turno, que en este caso soy yo. Así que, a la espera de los críticos y comentaristas avezados, que hasta es posible que me descubran datos sorprendentes sobre mí mismo, cosa que suele suceder, he decidido emplearme en la humilde y casi mecánica tarea de descubrir y explicar el origen de ciertas frases y pensamientos que jalonan la obra.

Así que tomo un ejemplar de mi novela La ciudad y el reino, publicada por Editorial Páramo en noviembre de 2020, y procedo:

1

Si te apartas de la sociedad perderás la noción de la norma. Y tu obra solo será el resoplido de una bestia o la ensoñación de un dios.(pág. 13)

ARISTÓTELES lo había dejado bien claro: El hombre solitario es o una bestia o un dios.

2

la filosofía no es más que un género literario… (pág. 30)

Creo que fue BORGES quien alumbró esta idea, pero no recuerdo la frase exacta ni sé (ni importa mucho) la manera de encontrarla.

3

los pobres muertos y los pobres heridos estaban tendidos allí, y el sol se ponía magníficamente detrás de Maguntiacum. (pág. 37)

En 1792 GOETHE acompañó a su soberano Carlos Augusto en la campaña militar que emprendieron los ejércitos de varios estados alemanes contra la Francia revolucionaria. Entre mayo y agosto de 1793 participó en al asedio de Mainz (la antigua Maguntiacum), ocupada por los franceses. En su relato Campaña de Francia del año 1792 se contienen unas palabras asombrosamente parecidas, si no idénticas, a las de la novela, arriba trascritas.

4

¿La nada, dices? ¿Qué nada? Solo existe la nada para el que nada sabe crear. (pág. 40)

Este es un pensamiento de GOETHE que nunca he sabido ubicar en su obra. Quizá solo existe en mi memoria, como síntesis de su actitud frente al nihilismo.

5

La naturaleza se presenta tan hermosa, contemplada con la paz de Cristo en el alma, que uno siente la tentación de preguntarse qué más nos puede ofrecer el Señor en la otra vida. (pág. 42)

Si el món ja és tan formós, Senyor, si es mira
amb la pau vostra a dintre de l’ull nostre,
què més ens podeu dâ en una altra vida?

Estos versos de JOAN MARAGALL, en lengua catalana, a veces tan poética, son sin duda la fuente de inspiración del texto de la novela transcrito arriba.

6

Ahora las puertas de mi casa están abiertas día y noche, y cualquiera puede entrar para lo que desee. Porque finalmente he comprendido que “el otro” no es nunca un intruso, sino que es siempre el mensajero de Dios. Y hay que estar muy atento para recibir y entender todos los mensajes del Señor. (pág. 45)

La misma idea alienta en las palabras de KAFKA, dirigidas a su entrevistador Janouch, que teme ser visitante inoportuno:

Considerar molesta a una visita no prevista es señal infalible de debilidad, es una huida de lo no previsto. Se oculta uno en la así llamada existencia privada porque le faltan las fuerzas para entendérselas con el mundo… Es una retirada. La vida es sobre todo un estar-con-las-cosas, un diálogo. No se debe eludir. Puede usted, siempre y cuando quiera, venir a verme.

7

Lo importante es realizar una actividad continuada y eficaz (pág. 54)

Frase, creo que poco literal, de GOETHE, para quien, corrigiendo la Biblia, “en el principo fue la Acción”.

8

Nuestros anhelos no son sino presentimiento de nuestras facultades. (pág. 63).

Idea, otra vez de GOETHE, que, para mí, constituye el ejemplo máximo del optimismo goethiano.

9

Es verdad que se advierte cierta fuerza y sinceridad, pero esas cualidades, por sí solas, no hacen una obra de arte. Eso que has escrito es una manera de palpar los sentimientos, de señalar la realidad. Pero decir ¡qué bello es eso! o ¡cuánto sufro! no tiene nada que ver con la creación artística. (pág. 103)

Son palabras del Ausonio de la novela, dirigidas a un alumno suyo que le sometía sus escritos para obtener la aprobación.

En las Conversaciones con Kafka, de Gustav Janouch, el entrevistador somete al juicio del entrevistado unos escritos propios. La respuesta de KAFKA es la siguiente:

Esto todavía no es arte. Este exteriorizar las impresiones y los sentimientos es, en realidad, una forma de palpar temerosamente el mundo…

Reflexiones, en uno y otro caso, aplicables a tanto aspirante a artista que piensa – como los románticos ingenuos – que todo consiste en expresar los propios sentimientos.

10

No hay que afrontar los problemas, hay que dejar que se disuelvan. (pág. 131)

Frase, creo que literal, de un ensayo de HENRY MILLER.

11

El sermón de Vigilancio en la misa de Navidad de Barcino (pág. 135 y ss.) no tiene nada que ver en su contenido con el del jesuita Arnall del Retrato del artista adolescente, de Joyce. Coincide con él en dos aspectos: que lo pronuncia un clérigo católico y que pretende ser un calco, en su forma e intención, de un sermón católico auténtico.

12

Una biblioteca no es un cementerio, como alguien dijo, sino un vivero. (pág. 145)ĺ

Ese “alguien” pensé que era CORTÁZAR, pero más tarde creí recordar mejor que lo de “cementerio”, lo aplicó el autor citado al Diccionario, no a la Biblioteca.

13

...fue la biblioteca,

cementerio o vivero, según mires,

Universo absoluto, según Borio, (pág. 146)

Es notorio que quien sí identificó biblioteca con universo fue BORGES, al que aquí se alude como Borio, bibliotecario alejandrino que nunca existió.

14

Es preferible cometer una injusticia que tolerar un desorden. Porque el desorden es fuente no de una, sino de mil injusticias. (pág. 154)

Cita de GOETHE, de cuya literalidad no respondo, famosa por su utilización por todos aquellos que desean resaltar el talante reaccionario de su autor, los cuales, curiosamente, omiten siempre la segunda parte.

15

Como poeta, soy politeísta; como pensador, soy panteísta; como ser moral, soy cristiano. (pág. 157)

El mismo GOETHE, definiéndose. Creo recordar – y no me apetece ir a comprobar – que el original, en lugar de “pensador”, dice “científico”, pero éste término no le va mucho a un escritor del siglo IV como Ausonio.

16

El dolor es consustancial a esa fuerza ciega que es la vida, esa fuerza que continuamente se propaga y multiplica sin orden ni medida, que no busca más que su propia perpetuación. (pág. 167)

Está claro que el que aquí habla por boca del Emiliano de la novela es el mismísimo SCHOPENHAUER.

17

Cristo, al final de los tiempos, recuperará no solo nuestros cuerpos y nuestras almas, sino también todo cuanto hemos sido y sentido y soñado. Nada se pierde, querido Ausonio. Yo tampoco pierdo Barcino. En mis sueños me acompañará y en el último día se salvará con todo.

Creencia o esperanza consoladora que el Paulino de la novela comparte con el jesuita y científico TEILHARD DE CHARDIN de muchos siglos después: cuando el universo alcance el Punto Omega de la evolución, todo lo que existe se volverá uno con la divinidad.

                                                FIN (y que así sea)

NOTA. Los autores citados o utilizados conscientemente en la novela son Goethe, en primer y destacado lugar, Kafka, Joan Maragall,  Schopenhauer, Borges, Cortázar, Henry Miller, James Joyce, Teilhard de Chardin y Aristóteles. Los citados o utilizados inconscientemente – que, con seguridad, los hay – no los conoceré yo hasta que no venga alguien a descubrírmelos.

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La vejez. Tiempo pasado. La libertad bien entendida. Cultura y dictadura (A.E.P. t.e. 3)

 

EGO.- El otro día hablábamos del paso del tiempo a propósito de estos diálogos.

ALTER.- Sí, y tú enseguida me corregiste diciendo que el tiempo no pasa, que somos nosotros los que pasamos.

EGO.- Bueno, olvidémoslo de momento y utilicemos el lenguaje del sentido común.

ALTER.- Me parece bien.

EGO.- Es que he hecho unas comprobaciones y he visto que estos diálogos se iniciaron en 2003, aunque no empezaron a publicarse en el Blog hasta septiembre de 2014.

ALTER.- O sea, que cuando se iniciaron tenías 63 años y ahora tienes…

EGO.- Déjalo, es una operación matemática muy sencilla.

ALTER.- Ego, ¿puedo hacerte una pregunta?

EGO. Puedes hacerme todas las preguntas que quieras menos la que acabas de hacer, lo sabes bien.

ALTER.- Es que es algo bastante personal. Bueno, quería preguntarte cómo llevas la edad avanzada.

EGO.- La vejez, quieres decir, y dejémonos de eufemismos estúpidos.

ALTER.- Solo quería ser cortés.

EGO.- Hay cortesías que ofenden, porque parece que quieren rebajar la inteligencia del destinatario.

ALTER.- Te veo muy susceptible, quizá es que el tema…

EGO.- No, no es el tema. Y estoy dispuesto a entrar en él siempre que no nos deslicemos por territorios muy personales o íntimos. Recuerda que el objeto de estos diálogos no es mi persona.

ALTER.- Vale, pues despersonalicemos… en lo posible. A ver, ¿cuáles son las principales diferencias que un hombre de tu edad puede encontrar entre la época actual y la de su adolescencia y juventud, años 50 y 60 del siglo pasado?

EGO.- Gracias por el esfuerzo. Para empezar he de comunicarte que un hombre de mi edad, así, en abstracto, no existe. En todo caso será un hombre de mi edad de este país, o del otro, de esta clase social, o de la otra, de este ambiente, o del otro, de esta educación, o de la otra, de esta…

ALTER.- Vale, vale. Entendido. Reconduciré la pregunta. ¿Cuáles son las principales diferencias que un hombre de tu edad, de Barcelona (Cataluña, España, Europa), de tu misma clase social, educación, ambiente, etc… puede encontrar entre la época actual y la de su adolescencia y juventud?

EGO.-  Pues mira, lo primero que se me ocurre es una palabra: libertad.

ALTER.- ¿No había libertad entonces? Ah, claro, el franquismo…

EGO.- No había libertad política: ni partidos, ni sindicatos, ni libre expresión de ideas, ni uso público de la lengua propia si no era la única oficial; ni tampoco la otra libertad, la social o de costumbres, quiero decir. Piensa que, al menos en la clase media y alta – más en la media – quien no iba a misa los domingos era mirado como un apestado, y también quienes manifestaban ideas diferentes de las autorizadas, y no digamos ya quienes llevaban una conducta no canónica: piensa que una pareja no casada en el vecindario – formada por hombre y mujer, por supuesto –  era un auténtico escándalo. 

ALTER.- Parece increíble, en pleno siglo XX. Y sin embargo a veces oigo decir que ahora hay menos libertad que con Franco. 

EGO.- Yo también lo oigo decir, pero está claro que quienes dicen eso o les falta memoria o les sobra mala intención. Porque vamos a ver, ¿a qué libertades se refieren? No a las que acabo de aludir, por supuesto. Porque en ese caso lo que les faltaría sería información o simplemente, cabeza. Se refieren, por ejemplo, a la libertad de tomar bebidas alcohólicas en cualquier situación, incluso cuando se ha de conducir un vehículo, o de no adoptar medidas profilácticas en caso de epidemia, supongo que pensando que, si las toman todos los demás, ellos ya están seguros, o de no de someterse a los trámites y molestias que la seguridad general exige. Es decir, se refieren a unas «libertades» que nada tienen que ver con el bien común de las personas, y mucho con el egoísmo más primario.

ALTER.- Está claro. ¿Y siempre fue así? ¿Nada cambió, de ese triste escenario que has descrito, hasta la muerte de Franco? Qué mundo tan siniestro.

EGO. – Nada es siempre así. Incluso las posiciones más firmes evolucionan. La derrota de los estados fascistas en 1945, y la necesidad del régimen de Franco de congraciarse con los vencedores, principalmente con Estados Unidos, a quienes se ofreció como acreditado defensor de los valores de Occidente frente al comunismo soviético, determinó un ligero cambio del decorado político. Pero, de hecho, todo siguió igual. Hubo que esperar al empuje de cierto desarrollo económico para que las cosas empezaran a cambiar realmente.

ALTER.- En los años sesenta ¿no?

EGO.- Sí, a principios de los sesenta, la nueva política económica aplicada por el gobierno, empezó a dar sus frutos. La economía dio un empuje considerable, se industrializó en parte el país, hubo un trasvase de población rural a las zonas industriales y también de trabajadores a la Europa desarrollada. Todo esto, junto con la llegada masiva de turistas que, por aquellos años se inició, provocó unos cambios de costumbres y de mentalidad. Pero la vida política seguía encorsetada, si bien aparecieron los primeros sindicatos de trabajadores (clandestinos), se produjeron las primeras huelgas, rápidamente reprimidas, y en las universidades ya se hablaba claramente de dictadura y de la necesidad de seguir la vía democrática, cuando no la marxista, opción ésta que cada vez ganaba más peso entre los estudiantes politizados. El gobierno, por su parte, introdujo una reforma  para dar un aspecto de democratización en el campo de la libertad de expresión: en 1966 la «ley Fraga» suprimió la censura previa en los medios impresos… a cambio de convertir a los propios periodistas, escritores, directores de medios, en autocensores. Es decir, que sustituyó la tijera previa por el palo posterior si el texto lesionaba cualquiera de las numerosas leyes represivas de la dictadura.

ALTER. – Ante este panorama, imagino que de vida intelectual y artística, nada de nada.

EGO.- En efecto, en los años inmediatamente posteriores a la guerra civil, nada de nada. La instauración del nuevo régimen político supuso la muerte traumática de la gran floración artística y, en menor grado, intelectual que se había producido en España en las décadas anteriores, en literatura y en otras artes, pero sobre todo en poesía. Los mejores creadores del país fueron silenciados, forzados al exilio o víctimas de algo peor. Baste recordar el triste destino de figuras como Antonio Machado, Miguel Hernández o García Lorca, éste en plena guerra, como representantes de los muchísimos creadores libres, derribados por la tragedia. Y la cosa no empezó a cambiar un poco hasta finales de los cincuenta.

ALTER. – Pero creo que Cela ya publicó en los cuarenta.

EGO. – Sí, en los cuarenta hubo algunos despuntes de buena literatura. La familia de Pascual Duarte se publicó en 1942 y Nada, de Carmen Laforet, en 1945. La lectura de la primera, años después de su publicación, me impactó por la viveza de sus imágenes sobre todo. Recuerdo, hacia el principio: Era un pueblo caliente y soleado,… con las casas pintadas tan blancas, que aún me duele la vista al recordarlas. La novela Nada, de lectura más reciente, me encantó. Toda la obra, por triste y trágica que aparezca, está impregnada de la mirada serena y poética de la autora. Es una novela con magia, cosa que muy pocos novelistas españoles saben conseguir. En este aspecto, recuerdo la maravillosa Crónica del Alba, de Sender, uno de tantos escritores que tuvieron que exiliarse. 

ALTER.- ¿No fue por entonces cuando se puso de moda el realismo social?

EGO. – Fue en la mitad de la década de los cincuenta, cuando Sánchez Ferlosio publicó El Jarama, intento de trasposición de la realidad viva al papel muerto que, para mí, no tiene ningún interés. Igual que Tiempo de silencio, de Martín Santos, en 1962, donde se añade algo de experimentación joyciana. Y en esa doble línea siguió la novela hasta finales de los sesenta, cuando unos escritores jóvenes, desacomplejados e imaginativos le dieron un vuelco, como Terenci Moix, quien también escribió en catalán, novelista tan sobrevalorado entonces como quizá justamente olvidado hoy.

ALTER.- Y, por cierto, a la literatura en catalán aún le iría peor ¿no?

EGO.- Por supuesto, a los vetos puramente ideológicos se sumaba la prohibición de la misma lengua. La prohibición absoluta de publicar en catalán, decretada en plena guerra, se alargó durante una década, hasta el 51, si bien los impedimentos y cortapisas se mantuvieron hasta entrados los sesenta, aunque solo fuese a través de la censura. De 1962 es La plaça del Diamant, magnífica novela de Mercè Rodoreda y…

ALTER.- Y bueno, todo eso está muy bien. Me parece un resumen bastante logrado, aunque muy apresurado, de la historia de aquellas dos décadas. Pero creo recordar que no se trataba de eso.

EGO.- Ah ¿no?

ALTER.- No. Se trataba de que te pronunciases sobre las diferencias que a tu edad, perdón, a la edad de un hombre de tu edad, condición, país, etcétera, se advierten entre aquellas dos décadas y el tiempo presente. O, dicho de otra manera, ¿qué opinas de aquello de que todo tiempo pasado fue mejor?

EGO.- Opino que ése es un tema que merece un capítulo especial. Así que lo mejor será dejarlo para otro día.

ALTER. – Nunca se sabe si habrá otro día.

EGO. – Cierto. Y no solo en mi caso, dada mi edad, que es seguramente en lo que estabas pensando, sino también en el tuyo. ¿Sabes qué opinaba Cicerón sobre el tema?

ALTER.- No, pero seguro que algo muy profundo.

EGO.- Decía que nadie es tan viejo que no pueda vivir un año más, ni tan joven que no pueda morir la misma tarde.

ALTER.- Entendido, maestro.

(De ALTER, EGO Y EL PLAN)

    

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Día de Muertos

El 2 de noviembre, Día de Difuntos según la Iglesia católica y las tradiciones populares de muchos países, día en que, según dicen, los muertos pueden aparecerse a los vivos para saldar asuntos pendientes, me parece muy adecuado para reflexionar sobre la muerte, ese acontecimiento tan importante y decisivo en nuestras vidas. A tal efecto he pensado enlazar aquí algunas de mis reflexiones particulares que han ido apareciendo en mi blog. Nada del otro mundo.

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El tiempo que pasa. El idioma del sentido común. La muerte del autor. El vicio de épater (A.E.P. t.e. 1)

ALTER.- Ego, ¿sabes que hace más de seis años de la última vez que nos vimos? ¿que el último de nuestros diálogos se publicó en el Blog en junio de 2015?

EGO. – Bueno, y qué. Estaríamos dedicados a otras cosas, ¿no crees?

ALTER. – Sí, pero es que, cuando lo he comprobado… no me lo creía. ¡Me parece que fue ayer! ¡Qué manera de pasar el tiempo!

EGO.- No, Alter, eso no es verdad.

ALTER.- ¿Cómo que no es verdad? ¿Qué es lo que no es verdad?

EGO.- Que el tiempo pase. De hecho, el tiempo no existe. O, dicho de otra manera, el tiempo somos nosotros.

ALTER.- Vaya, se anuncia otra pirueta dialéctica o filosófica, ¿no? Así, que el tiempo somos nosotros. Y eso, en qué sentido, ¿se puede saber?

EGO.- No, no se trata de una pirueta, ni de una de esas paradojas filosóficas, tan ilustrativas a veces. Se trata de que reflexionemos un poco. Lo que llamamos “tiempo” no tiene entidad en sí mismo. Es simplemente el nombre que damos al proceso de descomposición de los entes perecederos. Si en el universo no existiesen objetos perecederos, tampoco podría existir el concepto “tiempo”, porque nada pasaría. O sea, que el tiempo no es algo objetivo y ajeno que nos lleva o arrastra en su recorrido. En el aspecto más subjetivo, el tiempo no es más que el nombre que damos al proceso de descomposición de nuestro cuerpo. Y también el nombre que se da al proceso de degradación del universo entero, eso que ciertos físicos detectaron y bautizaron con el nombre de entropía. Resumiendo, lo que llamamos tiempo es la medida del movimiento. Si no hay movimiento, sea individual o universal, no hay tiempo.

ALTER.- Muy bien, muy bonito. Pero no creas que no había pensado yo por mi cuenta algo así como eso que dices. Pero también creo que el idioma del sentido común tiene sus derechos. Y que es lícito decir que el tiempo pasa para nosotros.

EGO.- Por supuesto que es lícito. No seré yo quien se oponga al uso del sermo vulgaris, necesario para entenderse en sociedad. Y por cierto, me encanta esa frase: el idioma del sentido común tiene sus derechos. Claro que sí. Y no solo tiene sus derechos sino que, si te apartas demasiado de él, perderás la comunicación con el mundo. Solo en determinados campos nos está permitido apartarnos del sentido común, aunque sin perderlo nunca de vista: en el arte, en la ciencia, y en la filosofía de raíz científica. Si no fuese así seguiríamos pensando que la tierra es plana, bueno, algunos lo siguen pensando; no comprenden ni les interesa comprender que, en mucho casos, la ciencia va rectificando el sentido común.

ALTER.- Y si no me equivoco, el ejemplo que antes has puesto sobre el tiempo pertenece al mundo de la ciencia o al de la filosofía de raíz científica, ¿no?

EGO. – Eso es. En cambio, si nos situamos fuera de los tres campos citados y elucubramos al margen del sentido común los resultados pueden ser…delirantes.

ALTER.- Un ejemplo.

EGO.- Pongamos el campo de la literatura.

ALTER.- Que es el nuestro, ¿no?

EGO.- Un crítico literario puede hacer con la obra de un escritor lo que se le antoje; y con la literatura entera. Y si su propuesta se sitúa dentro de la ola imperante de la moda, nadie le pedirá explicaciones.

ALTER.- Un ejemplo.

EGO.- ¿Has oído hablar de La muerte del autor?

ALTER.- ¿Qué autor?

EGO.- No, hombre, no. Me refiero a cierta teoría literaria que se puso de moda a finales de la década de los 60 del siglo pasado.

ALTER. – Ah, ya. El estructuralismo y esas cosas. Confieso que en realidad no sé nada de eso. En cierta ocasión quise enterarme, pero no pasé del intento.

EGO.- Se comprende. Yo también quise enterarme. Era joven y creía que mi deber como aprendiz de intelectual era estar siempre al día. El resultado fue… lo que te explico ahora siguiendo el hilo de las frases emblemáticas que, en el intento, se me quedaron grabadas en la memoria. Creo que todas pertenecen al ensayo La muerte del autor, de Roland Barthes, publicado en 1967. Veamos:

Cuando comienza la escritura, la voz pierde su origen y el autor entra en su propia muerte.

Esta frase resume toda la teoría que se contiene en el ensayo citado. Viene a decir que la escritura, una vez plasmada, adquiere entidad propia, con plena independencia de las intenciones del autor, quien a estos efectos desaparece.

ALTER. – Bueno, creo que eso ya se había dicho muchas veces: que la obra, una vez sacada al mundo, no depende de la voluntad del autor…

EGO.- En efecto, que constituye una entidad autónoma y que en relación a ella el autor es solo un comentarista más, aunque hay que reconocer que mejor situado que el resto. Pero lo llamativo de la frase, además de que, como has dicho, no hace sino repetir algo ya sabido, es la pompa y teatralidad de su enunciado. Y es que eso de que “el autor entra en su propia muerte” contiene una importante carga dramática. Otra:

El autor es un personaje moderno, fruto de la ideología capitalista.

Si es así, me pregunto de dónde sacarían los medievales cultos a sus autores preferidos (Aristóteles, Ovidio, Virgilio, Séneca, etc.), no existiendo todavía un capitalismo ni la ideología correspondiente que los hubiese fructificado. A mí, y que el dios de los estructuralistas me perdone, la frase me parece una concesión – mal hallada – al pensamiento marxista imperante en la época. Es como cuando, en épocas de sexo dominante en las artes (que sigue siendo la nuestra), se introducía una escena de sexo explícito en la película o en la novela, aunque no viniese a cuento.

ALTER. – Tributos que se pagaban al pensamiento imperante, ¿no?

EGO.- Bueno, eso de «pensamiento» quizá sea excesivo aplicado a la época actual. Más bien le va lo de «moda» . Pero sí, se pagaban y se pagan, aunque el imperante vaya cambiando; ahora sería la llamada perspectiva de género, la conservación del planeta (cosa siempre necesaria, por otra parte), el culto a lo etnicista e identitario… Pero sigamos.

Un texto está constituido por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, y donde ninguna de las cuales es la original. El texto es un tejido de citas provenientes de los 1000 focos de la cultura.

El autor nos da aquí otra muestra de pedantería gala para decirnos lo que, de una u otra manera, ya se nos había dicho de pequeñitos: que solo Dios puede crear de la nada, que las “creaciones” humanas solo son un pastiche hecho con los materiales ya existentes…

ALTER.- ¿Solo? Y perdona que te interrumpa, pero ¿no crees…?

EGO.- Perdona que interrumpa yo tu descortés interrupción. Mira, la originalidad es cuestión de grado, porque todo, absolutamente todo, utiliza o se apoya en algo ya existente. Además, la originalidad no tiene ningún valor estético en sí misma, eso lo sabían bien los antiguos griegos y romanos.

ALTER.- Entonces, ¿qué es lo que distingue y otorga valor a una obra nueva?

EGO.- El alma.

ALTER.- Metafísico estáis.

EGO.- «Es que no como», contesta Rocinante, ¿no? En serio, ¿quieres que te repita las argumentaciones que expuse en algunos de nuestros diálogos de hace años?

ALTER.- Por mí, encantado. Aunque las recuerdo bien, como si fuese ayer…

EGO.- Mira, yo creo que, aunque edificada con medios materiales, la obra de arte es una construcción espiritual, como el mismo individuo humano. Una obra artística no es el resultado de la suma mecánica de los elementos que la componen. Tiene un alma, que es la expresión de su totalidad, y solo captando la obra en su totalidad, de una manera, diría, intuitiva, puede descubrirse esa alma. Por eso creo que la labor de críticos y expertos literarios de diseccionar y analizar los componentes materiales de la obra es totalmente irrelevante.  Si la obra no posee un alma no será después de todo más que un artefacto peor o mejor ajustado en todas sus partes, nada que merezca el nombre de obra de arte. Y es que el alma de la que yo hablo no se revela en la mesa de operaciones. Ni la artística ni la humana.

ALTER.- Un estructuralista no aprobaría eso.

EGO.- Por supuesto que no. Los estructuralistas y sus herederos, tratan, o pretenden tratar, la obra, el texto, como si fuese un objeto de la ciencia, y el que se acerca a una obra de arte con los instrumentos de la ciencia no se encuentra con una obra de arte, sino con un objeto de la ciencia.

ALTER.- ¿Y se puede saber cómo les ha ido a esos estudiosos «científicos» de la literatura?

EGO.- Algunos persisten, por supuesto, pero sus originales hallazgos ya no deslumbran a nadie, sobre todo desde el varapalo que recibieron de los científicos auténticos  Sokal y Bricmont en Imposturas intelectuales, consulta Wikipedia. Además, en un mundo como el nuestro, curado de todos los espantos posibles, el arte de épater le bourgeois ha perdido todo sentido.

ALTER. – ¿Crees que en el fondo a todo lo que aspiraban era a épater le bourgeois? Por cierto, ¿cuál es el significado exacto de esa expresión?

EGO.- Hombre, no creo que solo pretendiesen eso. Pero está claro que formaba parte del aparato de sus novedosas teorías. En cuanto a la traducción, exacta no la hay. Los idiomas son en realidad intraducibles. Cada idioma tiene una historia detrás que no es compartida por los otros, lo que le hace único y radicalmente intransferible. En el siglo XIX, con Baudelaire y otros, los artistas franceses se inventaron el juego de épater (despatarrar, asombrar, escandalizar) al buen burgués, y ahí los tenemos todavía, con su vicio a cuestas.

ALTER.-  ¿Tú crees que lo de épater es un vicio específicamente francés?

EGO.- No lo dudes. Ya nuestros abuelos y bisabuelos sabían muy bien – en muchos casos por  experiencia propia – que todos los vicios vienen de París. Pero, bueno, creo que ya hemos dedicado demasiado tiempo a un fenómeno tan pasajero y prescindible como…Como todo lo que dicta la moda, cuando la moda ha pasado.

ALTER.- Devorada por el tiempo.

EGO. – En efecto, tempus edax rerum, donde el tiempo es un ente real que va devorando las cosas. Te gusta así, ¿no?

ALTER. – Me encanta. Creo que ahí Ovidio da con la imagen perfecta.

 (De Alter, Ego y el plan)

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Donde crecen las novelas

No siempre el efecto sigue inmediatamente a la causa. Unas veces el tiempo que transcurre entre la acción causante y el efecto necesario es imperceptible, como cuando se aprieta el gatillo de un arma de fuego o se pulsa una tecla. Otras, es preciso un espacio de tiempo de amplitud variable para que el efecto se manifieste. En este sentido, conozco la historia de un efecto tan retardado que tuvo que transcurrir toda una vida para manifestarse. Y se produjo en mi ámbito familiar.

En mi familia no éramos abstemios (tampoco alcohólicos). El padre no perdía ocasión de ponderar las virtudes del vino bebido con moderación; la madre alardeaba de no probar el agua (“para las ranas”); vivió 90 años. Y, no obstante, uno y otra estaban siempre atentos a que los cuatro pequeños no sobrepasásemos la norma.

En ocasiones, en determinadas festividades o celebraciones, se bebía champagne, lo que hoy llamaríamos cava. Los niños, también. Y si alguien, pariente o invitado, observaba que quizás aquella bebida no era apropiada para gente tan menuda, nunca faltaba la respuesta del padre:

Es una bebida muy sana, piensa que hasta a los moribundos se les puede dar champagne. ¿No lo sabías? Pues sí, a los moribundos se les puede dar champagne.

De hecho, cada vez que la deliciosa y saludable bebida aparecía en la mesa, no faltaba el comentario del padre, dirigido a nosotros los pequeños, en los mismos términos de siempre.

¿Sabíais que el champagne es tan sano que puede darse incluso a los moribundos? Sí, fijaos si será sano que hasta a los moribundos les dan champagne si lo piden.

Y nosotros asentíamos obedientes y bebíamos encantados bajo la bendición del padre sabio.

Pasó el tiempo, el padre murió, el champagne se convirtió en cava, los niños que éramos en los ancianos que somos, la memoria en melancolía.

Cierto día, ya en mi década de los setenta, no sé por qué razón me hallaba solo ante una copa de champagne, contemplando las alegres burbujitas de la bebida, cuando de pronto oí con toda nitidez la voz clara y segura de mi padre:

Fijaos si será bueno el champagne que se puede dar de beber a los moribundos.

Emocionado, me volví a repetir la frase una y otra vez, con todas las ligeras variantes que creía recordar. Y en esa operación estaba cuando, de pronto, sentí como si un violento resplandor iluminase toda la estancia.

¡Claro! ¡Es cierto! me dije cuando la luz llegó a iluminar la zona correspondiente del cerebro. Al moribundo se le puede dar champagne y cualquier otra cosa porque, por definición, de todos modos se muere.

Era una broma, una genial ironía que nadie, que yo sepa, había sabido captar. Y han tenido que pasar setenta años para que yo diese con la clave. ¿Yo? ¿Solo yo? No es posible. Lo consultaré con los hermanos.

Y de pronto, un pensamiento raro, una duda más que extraña bloqueó en la mente cualquier otra reflexión: ¿Era en realidad una broma? ¿Era en realidad una ironía? ¿No estaría hablando mi padre de buena fe? ¿No le habría pasado alguien la «broma», que él habría tomado como indiscutible realidad? Imposible saberlo. Y pienso que la verdad permanecerá escondida para siempre.

Sí, para siempre oculta en la recóndita región de los secretos de familia, allá donde crecen las novelas.

    

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