LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento I

Las nubes se han rasgado y la claridad se abre paso, extraña luz. ¡Qué paisaje tan hermoso! Lo reconozco. Aquello es Fiésole, encaramada en la colina, y a sus pies, abrazada al río, la ciudad. Nunca creí que pudiera verla desde esta altura. Es como si suavemente volase sobre un ángel alado. El palacio de la Señoría, Santa Maria Novella, y San Giovanni, donde recibí las aguas bautismales, y más allá, el barrio de San Martino, donde nací… Y ésa es mi casa natal, pero no estoy ahí. Falta una hora para el mediodía y no estoy en la casaYa sé, he salido con mi padre. Le acompaño a casa de los Portinari. Son gente muy rica y muy buena, Dante, supongo que me harás quedar bien. ¿A ver? Estás muy guapo. Si tu pobre madre pudiese verte…”

Es el primer día de mayo y la primavera estalla por doquier, en la hierba que rompe la tierra dura de las calles, en las flores de los árboles que asoman sobre los muros de los huertos urbanos, en la verde enredadera que trepa por esos muros, en el trinar incesante de los pájaros. Las calles de Florencia huelen muy bien, nunca lo había notado como ahora. Es muy hermosa mi ciudad. Aún no he cumplido nueve años pero ya siento que la amo con todo mi corazón. Enseguida estamos. Cruzamos la calle Santa Margherita y llegamos a Corso Por San Piero.

En casa Portinari hay un amplio jardín reservado para los niños. Se sirven dulces y refrescos. Y entonces sucede aquelloaquello que ninguna lengua humana puede fielmente describir, aquello que ninguna mente humana puede correctamente razonar, aquello que sólo la poesía, la alta fantasía, puede imaginar…

¿Quién era aquella niña, papá, aquella niña, vestida de rojo, a quien todos llamaban Bice?

¿Bice? Ah, ya, Beatriz, la hija de Folco Portinari. Es guapa, ¿verdad?¿Qué te pasa, hijo? Estás pálido como un muertoAlgo no te ha sentado bien.

Papá, beatus quiere decir feliz, ¿no?

Eso creo¿en qué estás pensando?

Contesté con un suspiro, y seguí caminando hasta casa, pálido como un muerto, porque, en efecto, aquel que hasta entonces era acababa de morir. Incipit vita nova.


Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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Mi único deseo

«Cada vez iré sintiendo menos y recordando más» (Julio Cortázar)

Vengo con frecuencia a este Paseo

que no conduce a ninguna parte.

Solo a mi pasado.

Pero nunca llego,

nunca alcanzo el lugar que busco.

A veces parece que está ahí mismo:

paso ante al Colegio de la infancia,

las piedras de sus muros me saludan,

tú estuviste aquí, dicen, nosotras

te protegíamos de la realidad del mundo,

aquí soñaste que serías

lo que no has sido,

¿qué se hizo de tus sueños?

Se han cumplido, respondo,

en una pequeña y ridícula parte,

mas ya no importa,

mi único deseo es 

sentir ahora como sentía entonces,

un instante siquiera.

Imposible

– sonríen las piedras del muro del Colegio -,

nadie vuelve a sentir

como ha sentido.

 

 

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Una novela moderna

Hace tiempo que no leo novelas. No por una razón concreta. Es una costumbre impuesta por la costumbre. Quiero decir que no obedece a un propósito consciente. Solo que, un buen día, me di cuenta de que en mis lecturas ya no figuraban novelas.

Preciso: no leo novelas contemporáneas, y menos aún novelas contemporáneas de autores españoles.

Hay excepciones, como es natural. Una norma sin excepciones es un engendro monstruoso que ni siquiera puede tenerse en pie, y está comprobado que, a veces, lo mejor de las normas son las excepciones.

Hace unos años incurrí en una de esas excepciones. Me habían hablado tanto y tan bien de cierto escritor español de moda que no pude resistir la tentación de leerlo. El resultado fue: un interés sostenido al principio, que se fue transformando en un cansancio infinito.

Ahora mismo, hace unos días, he incurrido en otra excepción. Se trata de una novela que he llamado moderna con calificativo quizás impropio. Y es que “moderno/a” es un adjetivo que, aunque quiere expresar lo contrario, siempre sabe a antiguo, “nada más antiguo que lo que ayer mismo era moderno”, dice no sé quién. El autor es un escritor español muy bregado en las técnicas literarias, en las que es maestro en el sentido literal de la palabra. Y eso se nota. Ya lo creo que se nota.

La escritura, clara, precisa, avanza desde el primer momento con la seguridad de la máquina bien ajustada. Una familia norteamericana llega a Italia con un motivo luctuoso… El autor es español, pero el narrador-protagonista es americano (estadounidense, se dice desde hace no mucho tiempo), aunque en nada se notaría la circunstancia ibérica de la autoría si no la delatase precisamente esa querencia, común a tantos creadores europeos, por los productos más típicos de Hollywood. Las breves escenas del matrimonio yanqui, con hija en este caso, en un hotel de Europa le traen a uno el vago pero persistente recuerdo de algunas películas americanas de diversos géneros.

Y no se agota ahí la influencia cinematográfica. El lector, o al menos el lector que soy yo, no puede leerla sin sentirse sumergido en el mundo de las películas. El ritmo, la intriga, los fundidos en negro atrás y adelante sin previo aviso, (lo que puede descolocar al lector desprevenido, pero no por cierto al lector curtido, que advertirá en todo ello signos claros de maestría),  además del evidente contenido filosófico-existencial del drama, hacen de esta novela una obra muy estimable, una obra maestra, diría.

Y conste que lo de la influencia cinematográfica no es un reproche – nada digo como reproche, sino todo como curiosa observación. En toda la historia de la cultura las diversas ramas del arte se han ido influyendo, copiando, intercambiando rasgos, modos, conceptos. La escultura, la arquitectura, la música, la poesía, la novela, el teatro, el cine, han ido creciendo y desarrollándose gracias, entre o tras cosas, a la influencia intensiva de unas sobre otras. Por eso, decir que una novela como la novela en cuestión no habría podido existir si previamente no hubiese existido el cine no es un reproche sino la constatación de un hecho que en nada merma la calidad de la obra.

La calidad de la obra es evidente. Esto se palpa con la lectura de las primeras líneas y se afianza y fortalece a medida que el relato avanza. El narrador-protagonista, hombre entrado en años, que fue reportero en Europa tiempo atrás, va alternando las vivencias del presente en Italia con la familia, ya eventualmente rota, con los recuerdos de su pasado en América y, sobre todo, con los de sus antiguas experiencias europeas.

Allá mismo, en una pequeña ciudad situada entre el mundo itálico y el eslavo quedó atrapado por el nacimiento del fenómeno que, poco después, había de devorar a media Europa. Destacado por su periódico para entrevistar a la figura clave de aquellos años y lugares, se siente poco a poco magnetizado, absorbido por la fuerza nueva, joven y avasalladora que había de barrer lo podrido y levantar la nueva patria.

En el recuerdo de aquellos meses apenas se reconoce: libre de la moral aprendida y abducido por el culto viril y pagano de la fuerza y la violencia. Y es testigo – aunque apenas medita sobre el hecho – del extraño maridaje entre el decadentismo exquisito del líder y poeta y el zafio salvajismo de los fieles que lo arropan. (Por cierto, he encontrado algún testimonio gráfico espeluznante sobre el fenómeno).


El joven periodista llega incluso a participar en una acción brutal colectiva, hecho que recuerda con incredulidad y asombro. Pero cuando la fascinación y el deseo le impulsan a tocar un fruto prohibido, la maquinaria represora y cruel  del «nuevo estado», hecho todo de fanfarrias y cloacas, que lo tenía vigilado desde el principio, se pone en movimiento.

El lector asiste entonces a un admirable despliegue de suspense y terror, vibrante y efectivo  incluso para un lector tan poco ingenuo como el que esto escribe.

Pero el desenlace no se ha de producir  cuando se cierran los recuerdos, el enigma no se ha de descifrar hasta el tiempo presente del viejo reportero. Es entonces cuando se despeja la última incógnita.

La novela tiene muchas virtudes, lo he dicho y lo repito, pero quizás adolece de un defecto. Un defecto, por llamarlo así, que no sería tan evidente si las virtudes aludidas  no fuesen tan clamorosas.

Y es que, siempre, el seguimiento de un intriga perfecta hace concebir la esperanza de un desenlace a la altura.

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Del Infierno y sus alrededores

Del mismo modo que no recuerdo cuándo empecé a andar, no puedo precisar el momento en que oí hablar por primera vez del Infierno. Supongo que fue en la infancia más lejana, y con seguridad a mi madre, no a mi padre.

Muy poco después, en el colegio – religioso – me confirmaron su existencia, aderezándola además con toda suerte de descripciones pintorescas. Pero enseguida quedó claro que lo peor del Infierno no eran los tormentos, más o menos ingeniosos, a los que se sometía al pobre condenado. Lo peor era la eternidad. Eternidad quiere decir que no se acaba nunca.

Por un instante de placer, una eternidad de tormentos, advertía el cura con toda la seriedad del mundo. Era como para pensárselo. El placer, por supuesto, era el de siempre: el único pecado que tenía obsesionada a aquella ensotanada gente. Un joven que permanece en la cama una hora despierto no puede ser bueno. Y todo el mundo lo entendía, eso que resulta tan difícil de entender a los que no fueron los adolescentes de entonces.

Dejando aparte su problemática existencia objetiva – ya cuestionada por los librepensadores desde hacía por lo menos dos siglos -, el Infierno tenía una función muy clara: ejercer de gendarme del orden social, contener a los díscolos (y aquí, más que lo sexual importaba lo social) con la amenaza del fuego eterno si se rebelaban contra el poder bendecido por el altar. La primera tarea de los revolucionarios fue liquidar el Infierno. Está por ver si lo consiguieron.

A lo largo de la historia el Infierno ha ido cambiando de formas, de contenido y de función. Es de suponer que los primeros creyentes, y por lo menos hasta el Renacimiento, lo tenían por muy real. Y sin embargo, es muy difícil de creer.

Es muy difícil creer que Dante Alighieri creyera en la existencia física del Infierno. Pensamos que un hombre tan racional y hasta racionalista como él – aunque fuera al mismo tiempo tan poético y tan místico como nadie – no podría aceptar tales mitos. Pero quizá pensamos mal. O no conocemos lo suficiente el ambiente social y mental de la Edad Media.O no conocemos lo suficiente a Dante, que es lo más seguro. Nadie lo conoce lo suficiente. Incluidos los expertos dantistas.

A veces, el poeta toscano permite que alguno de sus lectores no profesionales atisbe alguna clave de su mundo secreto y apenas entreabierto. Como se lo permitió al filósofo Santayana.

A los condenados en el Infierno, señala Santayana, apenas se les ve sufrir por la acción de los demonios. Sufren porque, violando el orden moral, se han convertido en aquello que deseaban. Idea que el mismo filósofo comenta con estas palabras:

El castigo, parece entonces decir [Dante], no es nada que se agrega al mal: es lo que la pasión misma persigue; es el cumplimiento de algo que horroriza al alma que lo deseó.

Así, Paolo y Francesca, los amantes adúlteros, vagan abrazados, eternamente empujados por un viento constante. ¿No es esto lo que deseaban?, cabe preguntarse. Sí, y en su cumplimiento eterno consiste el castigo. Porque

el amor ilícito –sigue Santayana– está condenado a la mera posesión, posesión en la oscuridad. Sin un ambiente. Sin un futuro.[…] Entrégate, nos diría Dante, entrégate completamente a un amor que no sea más que amor, y estarás ya en el Infierno. Solo un poeta inspirado podría ser tan penetrante moralista. Solo un profundo moralista podría ser tan trágico poeta.

A lo largo de la historia el Infierno ha sido muy transitado, además de por los condenados, que lo conocen por dentro, por toda suerte de teólogos, inquisidores y predicadores, quienes afirman conocerlo muy bien desde fuera.

Hasta que, hace aproximadamente un par de siglos, empezaron a asomar unos nuevos frecuentadores del Infierno. Los escritores-poetas, gente extraña y bastante retorcida que se entretiene con unos juguetes muy especiales. Uno de esos juguetes se llama metáfora y consiste en referirse a una cosa con el nombre de otra con la que tiene un lejano parentesco. Y así, con la palabra infierno, pueden nombrar “el fondo de lo desconocido” (Baudelaire), la angustia creativa del poeta (Rimbaud), el transporte etílico insuperable (M. Lowry) o, en un alarde de egocentrismo existencialista, a todos los que no son uno mismo, “el infierno son los otros” (Sartre).

Sí, hay muchas clases de Infierno desde que la imaginación poética se impuso al dogma. Aunque, bien pensado, el dogma también es una imaginación, pero nada poética, sino blindada y hasta armada.

En todo caso, es seguro que los creyentes medievales se indignarían ante una utilización tan frívola, por parte de los modernos escritores, de palabra tan terrible. Indignación hoy imposible, porque aquel Infierno antiguo ya no interesa a nadie, incluso en el Vaticano no saben qué hacer con él: es curioso que un instrumento pensado para retener, por el miedo, a la clientela, se haya convertido en algo que, por increíble, la ahuyenta. Las cosas no son siempre lo que eran.

Y ahora ¿qué? ¿Qué hacemos, ahora que vivimos libres de la amenaza del Infierno? Pues ahora cada individuo se afana en construir su propio infierno. Y también cada colectividad.

Sí, además de los individuales y poéticos, existen los infiernos colectivos y prosaicos que parecen tristes imitaciones del de Dante, como demuestra la visión de ciertas ciudades bombardeadas por los demonios vecinos.

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El cristianismo de los grandes señores del siglo IV (y de otros siglos)

 

[Habla Terasia, joven de familia noble, quizá de Complutum, personaje de La ciudad y el reino]

– Nací cristiana y nunca he abandonado la fe. Cristianos son mis padres y cristianos mis abuelos. Sin embargo, la manera de vivir la fe que ellos tienen nunca me ha convencido. Apenas se diferencia de la manera de los gentiles. Acuden al templo, observan las prácticas establecidas, destinan una parte irrisoria de sus bienes a socorrer a los hermanos necesitados y se pasan la vida encerrados en sus lujosas villas, ajenos por completo al dolor y al sufrimiento del mundo exterior. Yo apenas era consciente de esta contradicción cuando, hace pocos años, se me reveló con toda claridad.

Como es normal, en casa siempre ha habido esclavos, hombres y mujeres tan bien tratados y alimentados como cualquiera de la familia. Así que, teniendo en cuenta la miseria que hay en el mundo, su situación siempre me había parecido afortunada. Pero en cierta ocasión (iba yo a cumplir veinte años) mi padre, que ya empezaba a perder la vista, me pidió que le acompañase en un viaje de negocios. Un día visitamos una mina. Y cuando vi a aquellos hombres, desnudos, negros de sudor y suciedad, encadenados, y entrando y saliendo de pozos oscuros como bocas del Infierno, me dirigí violentamente a mi padre y le exigí que hiciera algo para que el amo de aquellos hombres dejara de martirizarlos. Él se rió: «¿Qué dices? El amo soy yo».

Me quedé muda. Por fin, pude balbucear: «Pero, no es …humano» .(La palabra «cristiano» me parecía, por evidente, tan fuera de lugar, que tuve vergüenza de pronunciarla).

«Mira, niña – dijo mi padre -, nosotros somos cristianos y por lo tanto sabemos que la vida terrena es un breve recorrido, una pequeña prueba para alcanzar la vida eterna, y esos hombres, al menos los que sean cristianos, con sus sufrimientos, que no se pueden comparar con los de Cristo en la cruz, hacen muchos más méritos que nosotros para ganar la salvación. Además, niña tonta, ¿con qué te crees que se hacen las espadas y los escudos de los soldados, o esos brazaletes que tanto te gustan?»

Callé. No podía decir nada. Sentía que los brazaletes me quemaban la piel. Más tarde, consulté el asunto con obispos y santos varones amigos de la familia, y casi todos coincidían con el punto de vista de mi padre. El tío Prisciliano fue una excepción, aunque la verdad es que no entendí gran cosa de sus explicaciones. Pero Prisciliano estaba loco, o eso al menos se decía en casa. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El premio de Ausonio

[En la ancianidad, Ausonio (coprotagonista de La ciudad y el reino), resignado y melancólico, hace balance de su vida. Pero una feliz sorpresa le aguarda.]

De la ignorancia que sobre mi persona habían demostrado Máximo y los suyos deduje algo que, después de todo, era bastante natural: que mi caso estaba cerrado, sin pena ni gloria; que quince años en los más altos niveles del poder, sustentados por toda una vida de actividad docente y literaria nada usual, se habían extinguido como una llama que se apaga, sin dejar rastro. No me lamentaba por ello. Estaba en el orden habitual de las cosas. Había hecho lo que debía hacer y de la mejor manera posible. Nadie – ni yo mismo – tenía nada que reprocharme. Había cumplido con mi deber y, en cada momento, la vida me había recompensado con su premio justo e inapelable. ¿Qué otra cosa podía esperar?

Pero Fortuna me guardaba una sorpresa. Un acontecimiento que, por lo inesperado, me llenó de un gozo inmenso y que, desde entonces, he considerado como la áurea diadema que corona mi vida.

Poco después de la derrota de Máximo, cuando ya Teodosio había afianzado su dominio sobre todo el Imperio, llegó a mi casa de Augusta una carta con el sello imperial. Mientras la abría, antes de leer una sola palabra, me dio un vuelco el corazón. Era como si, de repente, regresase a un instante pasado de mi vida, cuando en casa de mi amigo Poncio, padre del recién conocido Paulino, abría otra carta imperial cuyo contenido iba a significar la inauguración de una nueva etapa de mi existencia. Y no me engañaba el corazón. Distantes en el tiempo, en la mentalidad y en el carácter, Teodosio reproducía los sentimientos de Valentiniano al dirigirse al «Virgilio de nuestro tiempo» para pedirle que entrase en su casa. En esta ocasión no se mencionaba al profesor. En cierto modo era una invitación más cordial y más desinteresada que la de Valentiniano.

«Hace años que vengo leyendo tu obra, y su lectura me ha producido siempre tanto gozo que sentía como un deber pendiente manifestarte mi admiración y agradecimiento. Pero deseo algo más: que vengas a unirte a los míos; que formes parte de la gente de mi casa, donde tendrás la tranquilidad necesaria y la consideración que por derecho propio mereces. No pido nada a cambio. Nada más que se mantenga vivo y a mi sombra el prodigioso manantial de los versos ausonios. Pero has de saber, querido padre, que esto es solo un deseo; de ninguna manera lo tomes como una orden. Aunque me parece que, desde la envidiable altura de tu serena ancianidad, la aclaración resulta ociosa».

No te puedo describir la profunda satisfacción que me produjeron estas líneas. Cuando ya estaba convencido de que mi nombre como hombre público se había hundido en el olvido y que la fama de mi obra literaria empezaba a apagarse lentamente, reaparece el divino Augusto y, como en la reiteración de un sueño antiguo y casi olvidado, me toma de las manos nuevamente y me repite: «Al lado de todo Augusto ha de haber siempre un Virgilio».

Rechacé la invitación.

«Un dios desea que acudas a su lado. ¿Qué esperas para obedecer, feliz Ausonio? El espíritu está presto y requiere a los pies a que se pongan en marcha. Pero los pies no responden y todo el cuerpo está inmóvil, pues solo recuerdan un camino: el de la pequeña patria. Divino Augusto, te agradezco tanto el homenaje que haces a mi obra como esta invitación generosa e inmerecida. Guardaré tus palabras y las colocaré al final de mi obra, como broche de oro que cierra mi vida. Ya no espero nada más. Solo hubiese deseado – pero ni los mismos dioses pueden concederlo – recobrar mi juventud para cumplir tu deseo y mostrarme digno de tu confianza. Ya que no es posible, pues este cansado cuerpo solo es capaz de regresar con los suyos, ruego perdones su debilidad, causa culpable de mi infinita descortesía».

Con la carta, le mandé ejemplares de todas mis obras. Y mientras el envío tomaba el camino de Mediolanum, yo hacía los preparativos para regresar a la patria. Y a los pocos días estaba en Burdigala.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Algunos efectos de la conversión religiosa

(según Paulino, coprotagonista de la novela La ciudad y el reino)

Aunque mi corazón se abrió desde el primer momento al aire nuevo, la mente se resistía a darle entrada. Pero el poder de la mente racional estaba ya en mí muy debilitado por la continua confrontación con la realidad. Porque ¿qué crédito puede otorgarse a la razón cuando uno experimenta, a su propio paso por el mundo, que todo es irracional y absurdo? Sin la luz superior que había de dar sentido a todo, mi razón humana estaba ya casi muerta, y poca resistencia podía oponer a la verdad, que abruptamente se abría paso a través del corazón.

Empecé a ver las cosas bajo una luz muy distinta. Todo, hasta el más pequeño detalle, empecé a relacionarlo con un poder oculto, con un plan superior que se va cumpliendo en lo grande y en lo pequeño, en lo alto y en lo bajo. Me dediqué con ahínco a la lectura de los libros sagrados y descubrí con sorpresa que pasajes que antes no había entendido, o había desechado por absurdos o ridículos, se manifestaban plenos de significado.

Maestro, no sé si has observado que vemos solo lo que queremos ver, que aprendemos solo lo que ya sabemos. De manera automática rechazamos cuanto no encaja en nuestra visión preconcebida del mundo. Es preciso un cataclismo, la irrupción de la Gracia, por ejemplo, para que permitamos el acceso de nuevas vías de conocimiento. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El ejército, poder supremo en la Roma imperial

[Ausonio, coprotagonista de la novela  La ciudad y el reino, reflexiona sobre las causas de la caída del emperador Graciano, de quien había sido preceptor]

Había un problema fundamental: el joven emperador no era del agrado de los soldados. Y ya sabemos que desde que, con Julio César, se acabó con el régimen de libertad, el elemento militar, antes indistinguible del civil (todos servían a la República en ambos campos) es el pilar fundamental del poder del emperador. Imposible que éste se sostenga si no cuenta con el apoyo decidido de los soldados.

Y sin embargo, el problema no se planteó abiertamente desde un principio. Por el contrario, la veneración que los jefes militares profesaban de manera espontánea a Valentiniano – que era uno de ellos – se renovó, al menos en apariencia, en la persona del sucesor. Y éste, por su parte, dio buenas pruebas de estar a la altura de las circunstancias en las campañas que emprendió contra los bárbaros.

Entonces, ¿cuál era el origen del abismo que separaba a emperador y soldados y que no dejó de ensancharse hasta el desastre final? Solo éste: Graciano nunca fue un soldado. Por muy bien que dominase las técnicas de la guerra, por asumida que tuviese su condición de conductor de ejércitos, él no era ni había sido ni podía ser un soldado. Como nosotros no lo somos ni lo seremos nunca. Pero esto que en nosotros es natural y carece de importancia, en un César de nuestro tiempo es algo imperdonable y mortal de necesidad.

Los soldados no toleran ser mandados por alguien que no sea uno de ellos. Y tienen un olfato especial para detectar quién es y quién no es uno de ellos. Que Valentiniano escribiese poemas en correctos hexámetros nada le quitaba a su condición de auténtico soldado; que Graciano condujese campañas victoriosas nunca sería suficiente para convertirle en un auténtico soldado.

Un hombre sensible, delicado, preocupado por las consecuencias de sus decisiones, dispuesto siempre a dar la razón al último que le habla con buena lógica, constituye la antítesis de la idea que el «buen soldado» tiene de sí mismo. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)


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Paciano, obispo de Barcino

[Breve semblanza que ofrece Paulino en la novela La ciudad y el reino, y que atribuye a Emiliano, nieto del obispo]

¡Cuánto me hubiese gustado volver a encontrarme con el viejo Paciano! Cuando llegué hacía pocos meses que había fallecido. Emiliano me cuenta cosas de su abuelo paterno, su abuelo-obispo, al que amaba más que a su propio padre. Yo le conocí poco, con ocasión de mi anterior estancia en la ciudad. Pero recuerdo que su personalidad paternal y bondadosa me impresionó desde el primer momento. Por eso me encanta oír de labios del nieto anécdotas del abuelo.

Dice Emiliano que Paciano, que no había nacido cristiano, se pasó la vida haciendo equilibrios entre el amor a Cristo y el amor a las letras. Ya de obispo, los sermones dirigidos al pueblo, que luego publicaba, tenían un aire claramente ciceroniano. En cierta ocasión, dispuesto a erradicar las viejas costumbres y celebraciones ligadas al culto de los antiguos dioses, publicó un sermón contra las fiestas que se suelen celebrar a principios de año, en las cuales la gente se disfraza de ciervo y de otros animales y se dedica a toda clase de excesos (lo que llaman «hacer el ciervo»).

Un sermón tan bien construido, unas descripciones tan bellamente conseguidas, que no tardaron en verse los efectos: las fiestas siguientes tuvieron más éxito que nunca. Ya te puedes imaginar al pobre Paciano lamentándose amargamente: «Parece que nadie sabía hacer bien el ciervo hasta que yo lo enseñé». Por desgracia, el sermón ha desaparecido. Emiliano supone que el mismo Paciano hizo buscar y destruir todos los ejemplares, como si se tratase del libelo de un enemigo satánico de la fe.

Pero sí he podido leer otros escritos. Un sermón, por ejemplo, en el que reprocha a los fieles que se pasen la vida «traficando, comprando, robando». Y no sé si habrá ocurrido lo mismo que con lo del ciervo, porque he observado que esas aficiones no han disminuido entre los barcinonenses. O la copia de una carta dirigida a un miembro de la secta novaciana, de una elegancia y delicadeza tales que debiera servir de ejemplo a tanto polemista cristiano que olvida la virtud principal, que es la caridad.
(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Ausonio y el poder

[Ausonio, coprotagonista de La ciudad y el reino, rememora sus peculiares relaciones con el poder]

En poco tiempo, el profesor de retórica de provincias se había situado en el puesto de mayor confianza del emperador. Y los que observaban con malos ojos mis armónicas relaciones con el padre y con el hijo, tan diferentes entre sí, también verían cumplidos sus presentimientos. Mi estrella como hombre público justo empezaba a ascender.

Algunos de los altos funcionarios que pululaban por Palacio no se recataban de mostrarme su extrañeza ante el hecho de que un hombre como yo, tan poco dado a la lisonja y a la intriga, pudiera prosperar a la sombra de un militar tan imprevisible como Valentiniano. Y la verdad es que no sólo prosperaba, sino que el emperador parecía profesarme un afecto real, al que yo correspondía con mi veneración y afecto.

Contemplados los hechos a distancia, pienso que esa predilección de la que yo era objeto por parte de una persona como Valentiniano no era algo casual y gratuito. Los que se creen bregados en la lucha por el poder (o en la carrera de los honores, como más delicadamente se decía antes) suelen defender que es preciso toda una teoría de intrigas, mentiras y estratagemas para ir escalando con éxito los distintos puestos y, sobre todo, para congraciarse con quien ostenta y reparte el poder. No niego que eso funcione. No seré tan ingenuo como para negarlo. Pero sí afirmo que, si alguna vez esa persona que ostenta y reparte el poder encuentra a un hombre de espíritu noble, que le habla con claridad y sencillez, que sabe simplificarle los problemas en vez de complicárselos y que no demuestra, ni tiene, una ambición desmedida, si ese poderoso es medianamente inteligente – y Valentiniano lo era más que medianamente -, ten por seguro que apartará de un manotazo a políticos intrigantes y funcionarios idiotizados y depositará su confianza en ese hombre de buena pasta que, en el fondo, solo está interesado en descubrir qué hemistiquios virgilianos son los adecuados para el Centón Nupcial que está componiendo.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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