Fantasías a la manera de Hoffmann IV

cervezaPrimavera de 2008. En el mismo lugar, reunidos los mismos amigos. Pasados los rigores del invierno, en la mesa domina hoy la cerveza sobre el ponche.

TEODORO.- Han pasado tres meses desde la última reunión. Mucho tiempo. Quizá deberíamos intentar vernos más a menudo.

CIPRIANO.- Soy de tu misma opinión.

OTOMAR.- Y yo. Pero es tan difícil que estemos todos disponibles…

LOTARIO.- Y eso que no tenemos grandes obligaciones, que digamos. Imaginaos lo que sería entre personas seriamente ocupadas…

SILVESTRE.- Pues yo creo que está bien que los encuentros sean tan espaciados.

TEODORO.- Vaya con Silvestre. El único que está en desacuerdo… Supongo que tendrás tus razones para pensar así.

SILVESTRE.- Naturalmente y, si las expongo, es posible que lleguéis a estar de acuerdo conmigo. Unas reuniones semanales o quincenales o incluso mensuales no se llevan bien con el objetivo que perseguimos. ¿Cuál es ese objetivo? Narrar historias que nos lleven a reflexionar sobre determinados aspectos del arte y de la vida. Y bajo la advocación de Hoffmann, sí, pero no como sus clones, no lo olvidemos. Y para reflexionar se necesita tiempo, y para escribir historias también. Así que nada mejor, creo yo, que tres largos meses en los que uno pueda meditar sobre lo que ha oído y, si se da el caso y la inspiración, componer una nueva historia que ofrecer a los compañeros.

CIPRIANO.- Ah, claro, fuiste tú, Silvestre, el que te comprometiste a ofrecernos la próxima historia. Y ahora quieres decir…

SILVESTRE.- Que he necesitado todo ese tiempo para escribirla, sí lo confieso. Y que si no fuese porque ha mediado todo ese tiempo quizá no podría ofrecérosla.

TEODORO.- Pues adelante, Silvestre, adelante con tu relato, aunque nada tenga que ver con el mundo del maestro.

SILVESTRE.- ¿Quién dice que nada tiene que ver con el mundo del maestro? Pero una cosa es copiar sus tics y otra muy distinta abandonarse a su espíritu, y os aseguro que esta historia está perfectamente dentro de su espíritu. Se desarrolla en Barcelona.

CIPRIANO.- Estuviste allí, ¿no?

SILVESTRE.- Sí, hace más de veinte años. Para ampliar mis conocimientos de filología románica pasé dos años en la universidad de Barcelona estudiando filología y literatura catalanas.

LOTARIO.- ¿Y qué nos has traído de ahí, después de tanto tiempo?

SILVESTRE.- Una historia digna del maestro… al menos en la intención.

TEODORO.- No nos hagas esperar más, Silvestre, somos todo oídos. [ Clicar AQUÍ]

                                           EL MOSÉNcatedral-casas

OTOMAR.- “Y tomándome de la mano me dijo con una extraña sonrisa: soy el caballero Gluck”. Fin.

LOTARIO.- Es evidente. La idea y el desenlace es evidente que tienen mucho que ver con El caballero Gluck, de nuestro Hoffmann.

CIPRIANO.- De acuerdo, pero de eso se trata ¿no?

OTOMAR – No exactamente. Homenajear sí, plagiar no.

TEODORO.- Yo no he visto ningún plagio por ninguna parte. Lo que he visto ha sido un relato muy bien construido, dentro del espíritu del maestro, pero con un carácter muy propio.

SILVESTRE.- Gracias, Teodoro, con lo que acabas de decir tengo bastante. No necesito ningún comentario más.

CIPRIANO. – Tú aguantarás todos los comentarios que hagan falta, como todo el mundo. Y el primero que se me ocurre va precisamente en tu favor, a propósito de lo que se acaba de decir. Y es que yo veo que hay un aspecto fundamental en que tu relato se diferencia del de Hoffmann. Y es que en el relato de Hoffmann se da la impresión de que es el mismo Gluck, muerto décadas atrás, el que se aparece al narrador. Mientras que en el de Silvestre está claro que se trata de un simple loco, que se cree el famoso poeta Verdaguer…

LOTARIO.- Lo cual es mucho menos misterioso, mucho más prosaico que lo que se cuenta en el relato de Hoffmann.

TEODORO.- ¿Menos misterioso? ¿Simple loco? ¿Os he de recordar la tesis del personaje de El espíritu Alfredo?

CIPRIANO.- Que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

TEODORO.- En efecto. O sea que, al menos para mí, es mucho más interesante conocer una persona que se cree Napoleón que conocer a Napoleón mismo, entre otras cosas porque esto es imposible.

OTOMAR.- ¿Y qué hacemos con la fantasía?

TEODORO.- Recurrir a ella debidamente. Hay una fantasía estéril, gratuita, que nada tiene que ver con nuestra tarea. Nuestra fantasía es hermana de la poesía…o quizá es la misma cosa. Y opino que en el relato que nos ha ofrecido Silvestre se da al mismo tiempo un ambiente fantástico y un fondo poético.

SILVESTRE.- Gracias de nuevo, Teodoro. Y yo añadiría algo, si es que como autor puedo opinar…

OTOMAR.- Eso es, por lo menos, dudoso.

CIPRIANO.- Vamos, Silvestre, habla. No seamos tan estrictos.

LOTARIO.- Todo el mundo tiene derecho a opinar sobre una obra; incluso su autor.

SILVESTRE.- Yo añadiría que al aspecto fantástico y poético del relato habría que añadir otro: el científico. Psicológico, para ser más exacto. ¿De dónde le viene al Mosén ese trastorno, que le hace creerse un gran poeta de más de un siglo atrás?

LOTARIO.- Ésa es una buena pregunta, sobre todo para el autor, que será quien mejor la podrá responder.

OTOMAR.- Un momento, un momento. Creo que quedó claro que el autor no tiene el monopolio sobre la interpretación de su obra.

LOTARIO.- Que no tenga el monopolio no significa que no pueda opinar. Adelante, Silvestre, ¿cuál es, según tú, el trasfondo psicológico de la historia, del personaje?

SILVESTRE.- Yo creo que el Mosén es una persona muy sensible, introvertida, converdaguer monumento un mundo interior poderoso, pero carente de cauces de expresión. Su enamoramiento juvenil y eterno no tiene la más mínima posibilidad de realizarse, por varias razones: su insuperable timidez, el abismo social que le separa de su amada (dato importantísimo en su juventud y en su país) y también su auténtica vocación religiosa. Así que ese enamoramiento se sublima automáticamente en impulso poético…

OTOMAR.- ¿Psicoanálisis? Cuidado, no nos oiga el doctor Kusev…

LOTARIO.- Silvestre, ¿me dejas que continúe yo? Ahora lo veo todo muy claro.

SILVESTRE.- Por supuesto.

LOTARIO.- Sí, su libido reprimida se sublima en actividad artística, poética. Pero resulta que tampoco por ahí puede dar salida a su energía, porque sus facultades son escasas y los resultados decepcionantes. Y entonces…enloquece. Es decir, con algunos datos de su propio mundo – lugar de nacimiento, sacerdocio, tendencia poética – se crea una nueva personalidad robada de un poeta famoso con el que coincide en esos datos. El Mosén es una persona que aspira a la excelencia, pero carece de medios, tanto materiales como intelectuales. Y entonces se apropia de la personalidad del que sí alcanzó un alto grado de excelencia, aunque también sufriera el inclemente acoso del poder y la riqueza, lo que permite a nuestro hombre sentirse aún más identificado con él.

SILVESTRE.- Muy bien. Yo no lo hubiese dicho mejor.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann III

OTOMAR.- Nunca he oído hablar del doctor…ése.

TEODORO.- Natural, nadie ha oído hablar, porque todavía no ha salido a la luz.

CIPRIANO.- Creo adivinar que nuestro fabulista número uno nos va a sorprender con otro producto genial de su imaginación.

TEODORO.- Aciertas, Cipriano, si le quitas lo de genial. Esto que os voy a leer no sólo viene a cuento de lo que hablábamos, sino que se ajusta como es debido al espíritu de nuestro patrón.

SILVESTRE. – ¡Hoffmann!

TEODORO.- Sí. No hemos de olvidar que, si hemos renacido aquí y ahora, ha sido para rendir homenaje a nuestro viejo amigo. Quiero decir que nuestros relatos no se deberían apartar mucho de su espíritu, y creo que éste que os voy a leer se acomoda a él mucho mejor que los anteriores.

LOTARIO.- Empieza ya, y la asamblea juzgará.

TEODORO. – Leo, pues. [ Clicar AQUÍ ]

                        LA MÁQUINA DEL DOCTOR KUSEVcaseron-kusev

TEODORO.- Bien…¿algún comentario?

CIPRIANO.- Lo primero que se me ocurre es que, contrariamente a lo que anunciaste, no me parece que este relato se adecue mucho al espíritu de nuestro patrón.

TEODORO.- ¿Crees de verdad que no es digno de Hoffmann? Me gustaría saber por qué.

LOTARIO.- Yo también creo que, en un aspecto esencial, se aleja del espíritu del maestro.

TEODORO.- A ver, vosotros, Silvestre, Otomar, estoy esperando vuestros ataques.

SILVESTRE.- A mí me ha parecido un buen relato, quizá algo seco en la expresión.

OTOMAR.- No creo que sea el estilo el principal elemento que lo aleja de Hoffmann, si bien hay que reconocer que el del maestro era más florido, sin pasarse, y más jugoso. Lo que le hace inconfundible con un relato hoffmanniano es algo mucho más esencial, y quizá coincida en esto con Cipriano y Lotario.

TEODORO.- No demoréis más la sentencia, por favor. Esto es inhumano…

OTOMAR.- Bien, lo que yo veo es que aquí, en tu relato no hay un misterio ambiguo y poco o nada aclarado, como en las obras del maestro, sino más bien la ilustración de determinada teoría.

LOTARIO.- Has formulado exactamente lo que yo pensaba, Otomar.

CIPRIANO.- Sí, más o menos es ésa también mi opinión. La literatura es arte, y el arte no pretende demostrar nada, ¿no es eso?, sólo mostrar, y de manera tan…”artística” que conmueva profundamente al lector. En cambio, tú, Teodoro, con esta historia parece que pretendes demostrar no sé qué teoría sobre la mente humana.

TEODORO.- Eres muy duro, Cipriano, pero en parte te equivocas. Yo no pretendo demostrar nada en esta historia; yo “muestro” la personalidad obsesiva de un científico, el cual, como personaje, sí que pretende “demostrar” algo… Esto no es malo, supongo.

CIPRIANO.- Bien, reconozco que tu razonamiento es correcto. Pero tú debes reconocer que, de todos modos…se te ve el plumero.

TEODORO.- De acuerdo, es verdad, hace tiempo que estoy no sé si decir obsesionado con la idea, y quería colocarla como fuese. Y la idea es ésta: si, como todos los psicólogos admiten, la memoria es selectiva, en el sentido de que, en una persona sana, sólo recoge lo que es útil para su salud y bienestar, ¿qué ocurriría si no fuese selectiva? El relato que os he leído es la respuesta.

OTOMAR.- Bien, al fin ha confesado. Había una idea detrás, una ideología, un mensaje.

SILVESTRE.- Si me permitís, yo diría que los que estáis cargados de ideas, mensajes y normas sois vosotros. Para mí lo que importa es el resultado, ¡qué más da que se pretenda demostrar determinada teoría! ¿Quién ha dicho que eso está prohibido? Bien, es cierto que no es ése el estilo de Hoffmann, pero ¿a santo de qué no puede ser el de cualquier escritor? Ya sé, ya sé que estamos aquí para homenajear al maestro, pero pienso que no deberíamos ser tan estrechos hasta el punto de intentar parodiarle. ¡Que cada cual se exprese a su manera!

TEODORO.- Has hablado muy bien, Silvestre, pero eso no me consuela de haber sido condenado por la mayoría de la congregación.

LOTARIO.- ¿Pero qué dices?

OTOMAR. – Aquí nadie condena a nadie.

CIPRIANO.- Aquí, lo único que falta es un poco de aquel delicioso ponche…

SILVESTRE.- Estupenda idea. Bebamos, y luego volvamos a casa, que se ha hecho muy tarde.

TEODORO.- Silvestre, en la próxima reunión queremos oirte.

SILVESTRE.- Quizá. Hace tiempo que me ronda una historia…

(CONTINÚA)

ponche

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Fantasías a la manera de Hoffmann II

LOTARIO.- Es un relato normalito. Creo que no tan sorprendente como el tuyo, Teodoro. En él he querido reflejar una experiencia que en algunas ocasiones casi he tenido la sensación de vivir, pero que el protagonista de mi historia vive de pleno. Va relacionado con la espera, con el hecho de estar esperando a alguien.

CIPRIANO.- Se ha dicho que el que espera, a quien sea y para lo que sea, es como si estuviese enamorado.

OTOMAR.- Cierto. Y también es verdad que el que está enamorado es como si siempre estuviera esperando.

LOTARIO.- Sois muy agudos, porque…por ahí va la cosa. Empiezo. [ Clicar AQUÍ ]

                                  EL QUE ESPERAreloj sin manecillas

OTOMAR.- Perdona, Lotario, pero eso ¿qué es? ¿Pura fantasía? ¿o un pretendido caso clínico real? Lo digo porque, como fantasía, por absurdo que parezca, vale, pero como realidad, tengo mis dudas. Sí, tengo serias dudas de que un caso como ese pueda darse. ¿Crees de verdad que una persona pueda inventarse un pasado inexistente y asumirlo como absolutamente cierto?

CIPRIANO.- Eso es lo de menos. No os tendré yo que recordar que, desde el punto de vista del arte, no importa lo posible, sino lo verosímil, y verosímil no en relación con la realidad exterior, sino en relación a las coordenadas del propio objeto artístico, del relato en este caso.

OTOMAR.- Pues más a mi favor, porque en este caso en el relato se advierte una voluntad de realismo total que de pronto se rompe con una especie de truco, como esos relatos o películas en que resulta que todo era un sueño. ¿No es esto tomar el pelo al lector?

SILVESTRE.- Pues a mí me ha parecido una pieza bastante lograda, quizá con alguna indecisión en el estilo. Por cierto, la actitud de la extraña pareja ésa, Chema y Chimo, me recuerda algo. ¿Te has inspirado en algún modelo concreto?

LOTARIO.- A mí también me recordaba algo mientras lo escribía, pero ni quise ni heaep2 kafka querido averiguarlo. Creo que la cosa va por Kafka: una pareja de personajillos estúpidos e incordiantes, que en otro lugar de su obra son dos pelotitas no menos estúpidas que van botando de un lado a otro.

SILVESTRE.- ¿Pero qué fue lo que te motivó a escribir una historia como ésa? Antes has dicho que habías tenido experiencias parecidas a la del relato.

LOTARIO.- Experiencias no, imaginaciones. Me ha ocurrido alguna vez que, mientras esperaba más rato del previsible a una persona que me importaba mucho, de pronto pensaba ¿y si esa persona no viniese nunca? ¿Y si esa persona en realidad no existiese? ¿Y si toda la historia de mi relación con ella ha sido pura invención patológica mía? Pero ya digo, todo esto como pura imaginación, como motivo literario, diría. En definitiva, que lo que ahora he hecho es aprovechar el tema que se me ha ocurrido en diferentes tiempos de espera a lo largo de mi vida.

OTOMAR.- Muy bien, pero importe o no para el objeto artístico, o sea, para el cuento de Lotario, tenemos pendiente la cuestión de si el caso narrado puede darse o no en la realidad. ¿Es posible que una memoria falseada, o mejor, inventada, se mantenga durante mucho tiempo con pleno convencimiento del sujeto? Creo que aquí tendríamos que dar la palabra a Teodoro, su interés por todo lo relacionado con la mente humana y su amistad con ciertos psicólogos y psiquiatras de prestigio le convierten en la persona más indicada para ilustrarnos sobre el tema.

TEODORO.- Observo cierta sorna en tus palabras, Otomar, no sé si dirigida a mí o a “los psicólogos y psiquiatras de prestigio”. Por mi parte, no sé si os puedo “ilustrar” con más cosas de las que ya sabéis. Los falsos recuerdos son realidades científicamente comprobadas. A veces, se forman espontáneamente a partir de la deformación de un recuerdo correcto, pero también pueden ser inducidos, creados por otras personas desde el exterior. Por ejemplo, en un tratamiento psicoanalítico, una paciente fue inducida a crearse el falso recuerdo de repetidos abusos y violaciones por parte de su padre. Cuando se demostró la falsedad del recuerdo (la paciente, de veintidós años, era virgen), el psicoanalista fue demandado y condenado. Pero yo creo que en la formación de falsos recuerdos es más decisiva la autosugestión que la sugestión externa. Ahí tenemos los relatos de abducidos por extraterrestres: es un ejemplo claro de cómo uno puede montarse una historia y luego creérsela.

CIPRIANO.- Eso suponiendo que los extraterrestres no se dediquen realmente a abducir a las personas. Aunque, ahora que lo pienso, no hay nada que suponer, ¡es pura realidad! Nosotros mismos fuimos abducidos en Berlín en 1819 y depositados aquí en 2008.

SILVESTRE.- ¿Por qué no guardas tus bromas para otro rato, Cipriano? ¿Por qué no dejamos que Teodoro nos siga ilustrando sobre los misterios de la mente y la memoria?

TEODORO.- Bueno, hasta ahora me he referido a falsos recuerdos de momentos o escenas concretas, aunque a veces puedan ser un poco largas, como en las abducciones. Pero lo que plantea el relato de Lotario es otra cosa: es una vida o parte de una vida inventada, que sustituye a la real, que no gusta. El protagonista del cuento ha vivido dos años y pico de una vida paralela a la real. Pero me habría gustado que el narrador nos hubiese dado algún dato más: toda esa vida falsa ¿se la inventa el protagonista en el momento de la espera? ¿inmediatamente antes de ese momento? ¿o quizá mucho antes?

LOTARIO.- Ah… no sé…tú mismo.

CIPRIANO.- ¡Genial! Como buen creador, Lotario no está por la labor de decir más cosas de las que dice su obra. Ésa es tarea de críticos y lectores.

SILVESTRE.- Insisto en que dejemos hablar a Teodoro, por favor.

TEODORO. – No creas, Silvestre, no tengo gran cosa que añadir. Sólo quería apuntar que esos casos de paramnesia prolongada, de larga invención de una vida paralela inexistente, creo que sólo pueden darse en personas psicóticas, a diferencia del típico falso recuerdo, que cualquier persona de las llamadas normales puede experimentar.

SILVESTRE.- ¿Como nosotros mismos?

TEODORO.- Sí, claro, como nosotros mismos. Es más, tengo para mí que la mayoría de nuestros recuerdos son falsos o, al menos falseados, modificados.

OTOMAR.- ¿En que te basas para afirmar eso?

TEODORO. En el caso del doctor Kusev.

(CONTINÚA)

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El que espera

sala cineConsultó el reloj y comprobó que apenas llevaba diez minutos. No era cuestión de ponerse nervioso por diez minutos. Seguro que tendría que esperar más. Veinte, quizá hasta treinta. O tres cuartos de hora. No, no podría resistir tanto. La había conocido en el cine, hacía tanto tiempo… A la salida, ella le preguntó por la parada de cierta línea de autobús. Y él se dio cuenta enseguida de que era la misma chica que había estado a su lado durante la sesión, cuya ardiente proximidad le había provocado una extraña euforia. Pese a la oscuridad de la sala, creía haber descubierto en aquella persona lo que apenas se atrevía a calificar como “la mujer de su vida”. Y ahora la tenía delante, hablándole de cierta línea de autobús, mientras él le informaba con toda la precisión que requería el asunto. Y de pronto ocurrió que, venciendo su natural timidez, él dijo que había de tomar el mismo autobús (cosa que no era cierta hasta ese mismo instante), que seguirían el mismo camino. Y entonces sí, paseando lentamente, comentaron que habían visto la película juntos, hablaron de muchas cosas y se pasaron varias paradas, hasta que ella decidió que después de todo no era tan lejos, que muy bien podía seguir a pie, si él llevaba el mismo camino. Cuando llegaron al portal de la casa, ella dijo “vivo con mis padres”, que él interpretó como una forma delicada de no precipitar ni rechazar nada. Pero era verdad, vivía con sus padres. Así que, al cabo de unas semanas de verse diariamente, le propuso que se viniese a vivir con él. Ella aceptó a medias. Alegaba que la pasión que les inflamaba, porque aquello había que llamarlo así, tal vez se resentiría con la convivencia diaria. Bastaba con ver a los mayores, decía, cómo los matrimonios se deshacían, cómo los enamoramientos no superaban el año y, sobre todo, cómo se esfumaban en cuanto se iniciaba una convivencia en toda regla. Así que ella estaría con él y con sus padres. Él aceptó, naturalmente, qué otra cosa podía hacer, pero no era de ese modo como se imaginaba la relación con el amor de su vida. Y los días y los meses fueron pasando, unos más felices que otros. Hasta que llegó lo horrible en forma de llamada inoportuna. La madre, la amable mujer que, para sí, él llamaba suegra, preguntaba por ella, sí, era más de medianoche, pero quería saber. ¿No está con vosotros?, interrumpió él. No. ¿Ni ayer noche? ¿Ni el otro día? No, no. Y la madre disimuló y cortó enseguida, comprendiendo. Y luego, las preguntas, las falsas explicaciones, la confesión, la ruptura. Y un infierno de meses, hasta que de nuevo la luz. Me había equivocado, necesito que me perdones, aunque me rechaces, necesito que me perdones. ¿Perdonar? ¿Cómo puede perdonar el amor? Te quiero como antes, como el primer día, como siempre, puedes hacer lo que quieras, amor, yo siempre te querré. Mañana, entonces mañana, en la placita ¿recuerdas? A las siete. Pero ya son casi las siete y cuarto…

Un fuerte golpe en la espalda le sobresalta.reloj sin manecillas

– ¿Qué haces aquí, tío? Esperando, ¿eh?

Es Chema, acompañado de Chimo.

– Sí, ¿qué haces aquí, tío? Esperando, ¿eh? – repite Chimo.

– ¿Dónde te metes, tío? No se te ve el pelo – dice Chema – ¿Se puede saber a quien esperas? Yo diría que no es una cita de negocios, aquí, en medio de la plaza, y con este frío.

– No, no es una cita de negocios – dice Chimo – ¿Se puede saber a quién esperas?

– Mira, se ha quedado mudo – dice Chema.

Al fin habla:

– Sí, estoy esperando a alguien, y no os he de dar explicaciones.

– Así se habla, tío –dice Chema-. Oye, ¿de dónde has sacado esa energía? ¿No eras el tío más tímido de la clase? No te estarás volviendo un cabroncete, ¿eh?

– No te estarás volviendo un cabroncete, ¿eh? – dice Chimo.

– No repitas lo que yo digo, bestia.

-Perdona, bestia.

Entonces Chema se dirige al que esperaba, en actitud amenazadora:

-¿Quieres que te hagamos compañía, tío? ¿Qué te parece si nos quedamos aquí y esperamos contigo?

-Haz lo que quieras.

-¿Está buena la chica?

– No te importa.

– No te insolentes, ¿eh?…Suponiendo que sea chica, claro, porque de un tipo como tú… ¿Sabes qué te digo? Que nos quedamos, nos quedamos aquí contigo. ¿Qué dices, Chimo?

– Que no.

-¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir?

– Que no, tío, que no, que no hay nada que hacer.

– Espera, espera – dice Chema, como reflexionando -, que Chimo ha tenido una de sus brillantes ideas. Es una bestia, pero a veces pare algo genial. Dime, Chimo, Chimo querido, ¿por qué dices que no hay nada que hacer? Ven, dímelo a mí, al oído…

Chema pasa el brazo sobre el hombro de Chimo y, mientras éste le va susurrando al oído, ambos se alejan lentamente hasta que se pierden de vista al doblar la esquina, tras dirigir al que espera una mirada más cruel que todas las palabras.

Qué suerte que hayan desaparecido, esos pelmazos. Aunque hay que reconocer que han aliviado el tiempo. ¿Cuánto llevo? Veinte minutos… más de veinte minutos. Mira una y otra vez el reloj, y las manecillas no se mueven. ¿Cuánto podrá resistir? Pero ella vendrá, claro que vendrá. Nunca ha faltado a una cita. Nunca en los dos años, sí, dos años y dos meses, recuerda con precisión, desde que se conocieron aquella tarde en el cine. Claro que hay que descontar los cuatro meses y tres semanas de cruel separación. Veintidós minutos. Una vida. Es como esperar toda una vida. ¿Cómo sería una vida con ella? ¡Cómo iba a ser! Una larga prolongación de lo ya vivido…vivido…con ella…vivido, ¿cómo sería una vida con ella? ¿cómo… sería…? Un extraño hormigueo le recorre el cuerpo, la cara, la frente, las extremidades. Intenta recordar con precisión escenas de su vida con ella. No lo consigue. El hormigueo aumenta, el vello de la piel se eriza, se lleva la mano a la frente como para librarse de aquello. Y aquello cae. Y se ve en el cine aquella tarde, y ve cómo a la salida ella le pregunta por cierta parada de autobús, y cómo no ocurre lo que no puede ocurrir, cómo no vence su natural timidez, cómo le informa escuetamente y se retira sin más hacia la soledad de siempre.

joven soledad

(De Fantasías a la manera de Hoffmann )

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Fantasías a la manera de Hoffmann I

Invierno de 2008. Un viejo café de la vieja Europa. Reunidos: Teodoro, escritor y músico; Lotario, poeta, autor de libretos de ópera; Cipriano, científico naturalista y escritor; Otomar, abogado, y Silvestre, escritor, autor de comedias.

serapionTEODORO.- Estaréis de acuerdo en que el invento ha funcionado. Aquí estamos los cinco, casi doscientos años después, con toda nuestra personalidad intacta y con la conciencia añadida de todo lo ocurrido a la humanidad en estos dos siglos.

OTOMAR.- Sí, parece un milagro. Yo mismo, que siempre he sido contrario a cualquier atentado contra el pensamiento científico, no tengo más remedio que reconocerlo. Claro que aquí hay trampa. Y bastante evidente.

CIPRIANO.- No nos corresponde a nosotros determinar si aquí hay trampa y en qué consiste. Eso es de competencia exclusiva del lector…

OTOMAR.- Tienes razón, porque el lector es en realidad coautor, o copropietario, del texto que lee. Y debemos respetar sus derechos.

LOTARIO.- Ya que no puedes dejar de hablar como el abogado que eres, dinos Otomar, ¿cuáles son esos derechos del lector?

OTOMAR.- El primero de todo, la presunción de inteligencia. En un texto, no se le debe ir explicando los intríngulis del montaje, ni la intención, a veces oculta, del autor. Un texto literario no debe ser al mismo tiempo su comentario y su crítica…

CIPRIANO.- ¿Estás seguro de esto último, Otomar? ¿Te das cuenta de lo que nosotros intentamos cometer en este momento?

OTOMAR.- Sí, y por eso lo he dicho, porque pienso que podemos estar lesionando uno de los derechos del lector.

TEODORO.- No estoy de acuerdo, Otomar. Es verdad que se han de respetar los derechos del lector, pero yo no creo que con nuestra actitud los estemos “lesionando”, como tú dices. Al contrario, creo que damos una versión nueva, una perspectiva inédita de cómo se puede llevar acabo el acto narrativo.

SILVESTRE.- ¿Nueva? ¿Inédita? ¿Olvidas que es lo mismo que hacíamos hace doscientos años?

TEODORO. No, no es lo mismo. Nunca es lo mismo. Nosotros podemos ser los mismos, aunque en el fondo sabemos que no lo somos, pero el lector es por completo diferente. Piensa que el lector de entonces había recién salido de las guerras napoleónicas y que en Europa se trataba de edificar un orden nuevo, y que a través de innumerables guerras y cambios se vino a parar a la situación actual, tan distinta de aquella como diferentes son los lectores de hoy de los de aquella época.

LOTARIO.- Bueno, no nos desviemos. Quedamos en que la presunción de inteligencia es uno de los derechos del lector. ¿Cuáles son los otros, si es que hay más?

OTOMAR.- Sí, hay varios, pero todos se resumen en ése. Está, por ejemplo, el derecho del lector a que no se le tome el pelo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que hemos de desterrar la burla, el juego irónico, cuando parezca que el destinatario es el lector?

SILVESTRE. – Yo creo que lo que quiere decir es que no se ha de pretender engañar al lector prometiéndole una cosa y dándole otra.

OTOMAR.- Más o menos. Y también está el derecho a ser sorprendido.

LOTARIO.- O sea, que un relato no sea previsible, ni en las palabras ni en las acciones, sino que sorprenda al lector como la vida nos sorprende continuamente.

TEODORO.- ¿Estás seguro de que la vida nos sorprende? Yo diría que la vida es bastante previsible. Es en el arte donde se fabrican las sorpresas.

CIPRIANO.- Me extraña que digas eso, Teodoro, precisamente tú. La vida siempre nos sorprende. Siempre que uno se halla ante una disyuntiva que imagina inevitable (o será A o será B, se dice, no hay más alternativa), resulta que sí, que la hay, y es que lo más fácil es que sea Z.

OTOMAR.- Bueno, recopilemos los derechos del lector o, visto desde el otro lado, los deberes del autor: respetarás la presunción de inteligencia, no intentarás tomar el pelo, no caerás en lo previsible. ¿Alguno más?

TEODORO.- Creo que de momento ya vale. Quizá más adelante surja otro.

OTOMAR.- Entonces no tendremos más remedio que incorporarlo a nuestro código.

TEODORO.- Así se hará. Yo os quiero proponer ahora un relato. Me gustaría saber si es de vuestro agrado y, también, si respeta nuestro código del lector, teniendo en cuenta que lo escribí antes de que lo promulgásemos.

OTOMAR.- Creo que no tienes que preocuparte, Teodoro. El derecho va siempre por detrás de la vida. Y unas normas como ésas las tiene todo artista en su interior sin necesidad de que se formulen expresamente.

TEODORO.- Gracias, Otomar. Con vuestro permiso, empiezo.  [clicar AQUÍ ]

                               EL ESPÍRITU ALFREDO

espiritu alfredo

LOTARIO.- Creo que el silencio que ha seguido a tu relato, y que yo me permito romper, ha sido muy expresivo.

TEODORO.- Sí, pero ¿cuál ha sido el motivo, la razón de ese silencio?

CIPRIANO.- La sorpresa, no hay duda. Nadie podía esperar ese desenlace, que presta a la historia una estructura circular, infinita.

SILVESTRE.- Sí, como algo situado entre dos espejos, que se reproduce infinitamente. Muy original.

OTOMAR.- No tan original. La idea puede sorprender, aplicada cuando no se espera. Pero no es nueva.

LOTARIO.- No hay nada nuevo, por supuesto, todo está inventado…tecnologías aparte. ¿Pero se te ocurre algún ejemplo de relato de estructura circular infinita como éste?

OTOMAR.- Sí, enseguida me ha venido a la memoria un cuento de Cortázar: Continuidad de los parques.

TEODORO.- Lo recuerdo, pero no es lo mismo. Permíteme que, como autor, defienda la originalidad de mi relato, al menos, frente al de Cortázar. En Continuidad de los parques un hombre está leyendo en un libro que otro hombre empuña un cuchillo y va en busca de su víctima; el que tiene el cuchillo llega finalmente hasta el que lee el libro, que es precisamente su víctima. Aquí hay, es cierto, una estructura circular (lector-asesino-lector), pero no infinita: con el asesinato, se cierra el círculo y la historia. En cambio, en mi relato la historia nunca se cierra. El narrador cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual aparece un hombre que resulta ser el narrador que cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual aparece un hombre que resulta ser el narrador que cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual…¿Os dais cuenta?

LOTARIO.- De todos modos, ése es un efecto que, como todo efecto, es básicamente “tecnológico”. Lo interesante está, o podría estar, creo yo, en el contenido, en esa voluntad de desentrañar el misterio de nuestra existencia desde lo más inmediato.

CIPRIANO.- O sea, que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

SILVESTRE.- A mí, lo que especialmente me ha encantado, Teodoro, es esa sensación de extrañeza del espíritu Alfredo al verse huésped forzoso del cuerpo humano. Y es que esa extrañeza la tenemos todos, sin necesidad de ser espíritus puros. Y no sólo la de estar encerrados en un cuerpo, sino la de la propia identidad, la de ser algo o alguien concreto no se sabe por qué razón. Esta extrañeza es la que expresa admirablemente García Lorca en sus versos

entre los juncos y la baja tarde

qué raro que me llame Federico.

TEODORO.- Bueno, yo ya he puesto mi grano de arena. Seguro que alguien de vosotros tiene preparado algo más. Lotario, claro, que ya pone sus papeles sobre la mesa.

(CONTINÚA)

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Doppelgänger

Fue una noche de verano de 1960. Leónidas había abandonado la pista – el baile seguía animado aunque la claridad del día ya asomaba por oriente – y se sirexhabía retirado a una zona tranquila. Se sentó en uno de los dos pequeños bancos que, casi enfrentados, cerraban en ángulo aquella parte del jardín. Estaba cansado, y se sentía vacío. Iba a cumplir veinte años y aún no veía la manera de que sus sueños se encarrilasen… ¿Sus sueños? ¿Sabía de verdad cuáles eran?

La fiesta, pese a la gran animación, le había dejado un sabor amargo. María no estaba ahí, y ninguna de las que estaban significaba nada para él. Y si fallaba esto, fallaba todo. Los pocos amigos con quienes podía hablar seguían atrapados por la música, el alcohol y un ansia de felicidad inmediata e inconcreta, como él mismo en tantas ocasiones.

Pero aquella noche no, aquella noche había en el ambiente, y sobre todo en sus nervios, algo especial, algo extraño que no sabría expresar, un oscuro presentimiento. Tonterías, pensó. En todo caso, lo mejor sería acabar la noche con dignidad. Eso es, encendería un cigarrillo y se iría a casa caminando lentamente cara al amanecer.

Iba a levantarse cuando tuvo un sobresalto. En el otro banco había una persona. Ni estaba cuando él había llegado, ni la había visto llegar. Claro que, absorto en sus ensoñaciones, quizás no se había dado cuenta… Era un joven de su misma edad, sin duda, pero la escasa luz no permitía ver los rasgos de su rostro. Apenas había hecho el gesto de levantarse, cuando el joven habló.

-¿Ya te vas? No ha sido divertido, ¿verdad?

Al moverse levemente para hablar, la escasa luz iluminó algunos rasgos de su rostro. No, no lo conocía. Pero le resultaba un tipo familiar.

– No, nada divertido. ¿Y para ti?… No nos hemos visto antes, ¿verdad? ¿Veraneas aquí?

-Sí, claro. Y he de decir que esto es muy aburrido, y además una pérdida de tiempo.

– Es verdad, pero ¿qué quieres? Estamos en vacaciones ¿no? Y a nuestra edad, todavía se puede perder un poco el tiempo alegremente ¿no te parece?

– No. La gente que ha de ser alguien en la vida no pierde nunca el tiempo, y menos de esta manera tan estúpida. Aprovechan el verano. Estudian, viajan, trabajan, y siempre con la vista puesta en el porvenir.

– Sí, los conozco. Pero, la verdad, no sé si vale la pena. Quiero decir que no sé si compensa…

– ¿Qué vale la pena para ti?bancos jardín

– Llegar a ser lo que sueño ser.

Leónidas esperaba otra pregunta, que no llegaba. Decidió preguntar él.

– ¿Sueles venir por aquí?

– Sí, como tú.

– Es raro que no te haya visto antes.

– No, lo raro es que me veas ahora.

Leonidas se estremeció. Un frío intenso le llegó al corazón. Respiró profundamente, y decidió levantarse de una vez y marcharse: aquello iba adquiriendo el aire inconfundible de un sueño inquietante.

– No me has dicho cuál es tu sueño – dijo entonces el desconocido.

– ¿No lo sabes? – contestó secamente Leónidas –. Quiero ser el hombre más grande que nunca ha existido, el genio absoluto de las letras, de la poesía exactamente. ¿Qué te parece? Aunque a veces me inclino por la política y pienso que seré el gran líder de este siglo, el que llevará a cabo la revolución definitiva que salvará para siempre a la humanidad de la miseria y el caos.

– No está mal, es ambicioso. Y eso se consigue pasando el verano en la más completa vagancia…No sé, no lo veo claro.

– ¿Sabes qué te digo? Que no me importa si lo ves claro u oscuro. No sé quién eres ni por qué he de responder a tus preguntas. Me voy.

– Adiós, Leo. Nos volveremos a ver.

La vida de Leónidas avanzó deprisa, como suele suceder en todas las vidas, sobre todo en aquellas en que se espera realizar algo importante que, por bodadeterminados motivos, hay que aplazar continuamente. El padre de María, su esposa desde los veinticinco años, le ofreció un espléndido futuro de prosperidad y tranquilidad económica. Él sólo tenía que acabar las dos carreras que estudiaba y luego, muy bien colocado, ya se podría dedicar a lo que en realidad le importaba. Y acabó las dos carreras y se casó y tuvo hijos y estuvo bien colocado.

De vez en cuando pensaba en lo suyo y se decía: ahora, cuando esto se solucione, me pondré a escribir en serio. Porque, no se sabe si en serio o en broma, pero es el caso que a veces escribía. En la política ya no pensaba. Había comprendido que nadie puede ser justo y entero – como él creía que había que ser – si se dedica a la acción política. Pero en la poesía sí, en el arte de escribir, el único capaz de descifrar los misterios esenciales del ser humano, en eso sí que creía, con los ojos cerrados. Sólo que…no tenía tiempo. Hoy mismo, se dijo, tengo que revisar todos los informes de mis subordinados y enviar mis conclusiones a la central. Son las cinco y solo estoy a la mitad, habré de quedarme aquí hasta las once, por lo menos.

A las once Leónidas continuaba trabajando en su despacho. Seguro que estoy solo en toda la planta, pensó, quizá en todo el edificio. De pronto le vino, nítido, el recuerdo de una noche de verano en que se había apartado de la multitud para entregarse a sus ensoñaciones. Y entonces alguien llamó a la puerta. Seguridad, pensó.

– Adelante.

Se oyó el discreto ruido de la puerta de madera noble que se abría.

– No voy a estar mucho rato – dijo, sin levantar la vista de la mesa – ¿Va todo bien?

– ¿Tú qué crees?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo. ¡Aquella voz! Miró y, debido a la penumbra del despacho y a la claridad del exterior, sólo pudo ver la silueta de un hombre recortada en el vano de la puerta. El hombre se acercó unos pasos. Se hizo más visible. Sería de su edad. Pero los rasgos del rostro permanecían, confusos, en la penumbra.

– ¿Qué quieres? – preguntó Leónidas, y por un instante pensó que aquello no le iba a responder, que se fundiría en la sombra como hijo de su imaginación que era.

– Ya lo sabes – contestó el hombre…pues sin duda lo era -. He venido a pasar cuentas, a examinar la situación.

Sí, lo sabía. O al menos recordaba el breve encuentro con un joven desconocido cierta madrugada de verano de hacía veinticinco años.

-¿Dónde está la juventud? – preguntó el hombre.hombre en la puerta

– Bueno, la juventud pasa, como todo en la vida. Ahora estamos en otro momento.

– ¿Y los sueños?

– Los sueños sueños son, y perdona. De todos modos, no he renunciado a lo esencial.

– Ah, ¿no? ¿Y en qué se nota?

– Nunca he dejado de escribir, y pronto, con la ayuda de María…

– María te va a dejar.

– ¿Cómo dices?

– Lo sabes muy bien. No pretendas engañarte. María no te soporta, no encuentra en ti nada del joven que le cautivó en su adolescencia. Piensa que te has traicionado, que la has traicionado y que has convertido la convivencia, la familia, en una triste rutina sin sentido.

– Pero eso es… injusto. Fue ella quien me empujó a aceptar la oferta de su padre, con todo lo que implicaba.

– Sí, pero esperaba que no aceptases, esperaba que fueses capaz de levantar el vuelo por tus propios medios.

– Pero yo…¿cómo iba a saber? Entonces, ella me engañó, ha sido ella quien me ha estado engañando…

– Es inútil, Leo, no busques razones fuera. Tú eres el único responsable… Y bien, ¿qué piensas hacer ahora?

-No sé… resistir, supongo. Recuperaré a María, desandaré el camino y volveré al punto…En cuanto acabe…

-En cuanto acabes, ¿qué? ¿El trabajo de esta noche? ¿El de los próximos veinte años? No te engañes, Leo, y piensa que no siempre me podrás ver. No juegues con el tiempo.

Aquella noche Leónidas no pudo dormir. A la mañana siguiente se lo contó todo a María, el encuentro de hacía veinticinco años y el de la pasada noche (sólo omitió el triste anuncio). Ella le escuchó con actitud atenta y comprensiva. Cuando él dejó de hablar, dijo.

– Trabajas demasiado, Leo. Ya lo decía papá, que no sabes delegar. Delega, hombre. Tómate un descanso. Piensa que…

– María, ¿me quieres?

– ¿A qué viene eso ahora? Claro que te quiero, ¿Y tú a mí?

– ¿Yo? María, tú eres lo más grande, lo más bello, lo más auténtico que me ha dado la vida. ¿No me dejarás, verdad?

– Dejarte, qué ocurrencia… Bueno, si no te portas bien…

Y su franca sonrisa fue sellada por los labios de Leónidas. Y mientras se besaban apasionadamente, él sintió que otra vez tenía veinte años.

Al principio fue difícil, pero poco a poco Leónidas aprendió a delegar responsabilidades. Trabajaba menos, escribía más y observaba a María con una atención casi paranoica. Y después de muchos meses de observar llegó a la conclusión de que el visitante nocturno estaba equivocado, que a María no le había pasado por la cabeza abandonarle, que todo iba razonablemente bien. A medida que estas ideas se consolidaban en su ánimo, iba cobrando mayor confianza en sí mismo, y en su futuro.

Aún era joven, habría tiempo para todo, de momento tenía que corregir el desorden que el abandono parcial de sus tareas había introducido en la empresa. Y poco a poco, sin apenas darse cuenta, trabajaba más y escribía menos. La que sí se daba cuenta era María, que veía cómo su marido se convertía de nuevo en una máquina de hacer cosas, aparentemente sin alma. Y empezó a mandarle mensajes, cada vez más explícitos, pero él no los recibía, pues se había quedado anclado en la seguridad obtenida de sus ya antiguas indagaciones.

Meses antes de cumplir los sesenta y cinco, Leónidas pensó que el acontecimiento requeriría algo especial. Y cuando María sacó a relucir el tema, cayó en la cuenta de que, como siempre, ella ya lo habría previsto todo.

– Sí, cariño, sesenta y cinco, nada más y nada menos. Sabía que no te olvidarías.

– Supongo que te retirarás.

– ¿Cómo? ¿De trabajar, quieres decir?

– Sí, claro, la gente suele hacerlo a esa edad.

– Pero ¿qué gente? ¿De qué me hablas, María? ¿Me tomas por un vulgar chupatintas? Yo tengo responsabilidades.

– ¿De verdad no piensas jubilarte?

– De verdad. De momento no. Tengo mucha vida por delante, hay tiempo para todo

manos de pareja– Pues entonces…a lo mejor… me retiro yo.

– ¿Qué quieres decir? Ya te jubilaste hace un año, y recuerda que en contra de mi opinión.

– No he hablado de jubilación, sino de retirarme, de irme, de desaparecer.

Leónidas palideció. No podía ser, no podía ser que precisamente en ese momento se cumpliese la triste predicción.

– María, no lo dices en serio. No serías capaz de hacerme esto, ¿verdad?

– ¿Has pensado alguna vez en lo que has sido capaz de hacerme tú?

– Pero…yo creía que eras feliz conmigo… que éramos felices…

– Creías…tú sólo te miras a ti mismo. ¿Has pensado en lo que yo creía, en cómo me sentía? Sólo piensas en ti, Leo, en tu trabajo, en tus fantasías… los demás no existimos para ti…

Bien, ya vale. Los que tenemos cierta edad conocemos bien este tipo de discusiones. Y no todas acaban mal, por cierto. La de nuestra pareja sí, como si estuviese escrito. María se fue a vivir con una de sus hijas. Y Leónidas se encontró solo ante la estupidez absoluta de su trabajo. El mismo día de su cumpleaños decidió dejarlo. Repartió parte de sus bienes, que no eran pocos, entre María y sus hijos, se quedó lo suficiente para vivir modestamente el resto de la vida y alquiló un pequeño estudio en el centro de la ciudad. La primera noche que estuvo ahí, solo, rodeado de sus libros y papeles … llamaron a la puerta.

– Pasa, está abierto. Esperaba tu visita.

El hombre entró, y esta vez lo pudo ver bien. Y no se sorprendió al comprobar que su rostro, su figura, su porte, eran los de él mismo. Casi completamente calvo, delgado, algo encorvado. Era como si la imagen que solía ver en el espejo se moviese por su propia cuenta. Le ofreció asiento.

– No me hiciste caso, Leo – dijo el hombre – y ya ves.

– Sí, tienes razón. Pero era muy difícil, reconócelo. ¿Quién es capaz de seguir al pie de la letra los sueños de la juventud?

-Tú pudiste hacerlo, sólo con un poco de voluntad, de energía, de determinación. Pero enseguida te dejaste llevar por lo más fácil. Te vendiste por un plato de lentejas, y además de mala calidad.

estudio escritor– Pero mira – y con un amplia gesto de la mano, Leónidas le mostró el estudio lleno de libros y papeles -, aún hay tiempo. Y ahora va en serio.

– No es lo mismo que a los veinte años, pero…quién sabe. Si tienes fe…

– Absoluta.

– ¿Piensas en algo concreto?

– Voy a escribir una obra que nos ilumine definitivamente sobre la miseria y el misterio de nuestra condición.

– No está mal. Siempre tan ambicioso… y espero que no sea sólo de boquilla, como aquella vez, ¿recuerdas? Me voy. Y piensa que no tendremos otra oportunidad para hablarnos. Escúchame bien, Leo, la próxima vez no habrábatería sirex palabras. En cuanto me veas llegar, vendrás a mi lado, y juntos nos iremos para siempre.

Leónidas se estremeció. Cerró los ojos y se vio en el jardín lleno de música de la noche de verano. Si pudiera volver, pensó. Cuando abrió de nuevo los ojos, el visitante no estaba.

La soledad tiene estas cosas, se dijo, alucinaciones, visiones, fantasías. Bueno, todo se puede aprovechar.

Y alcanzó el mazo de folios y empezó a escribir.

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El espíritu Alfredo

 

espiritu alfredo

A las siete y diez de la mañana del veintiocho de septiembre el espíritu Alfredo se hizo carne. No fue tan extraño ni doloroso como lo había imaginado. En realidad, todo consistió en una supresión de la ligereza, de la levedad, como si, de pronto, una gruesa cadena pretendiese sujetarle al suelo, haciéndole muy difíciles los movimientos. Es el efecto de la gravedad, se dijo, eso que parece que se entiende cuando se lo explican a uno, pero que hasta que no se experimenta no se comprende de verdad. Como debe de ser todo en la vida, pensó, una cosa la teoría y otra la práctica, o sea, la carne.

La vida de Alfredo, si es que se puede llamar vida el fenómeno de su existencia anterior a aquel momento, no había sido muy diferente de la de los demás espíritus. Si acaso, se había distinguido por una fuerte inclinación a interesarse por los asuntos humanos y, entre ellos, por todo lo relacionado con la filosofía, el arte, la historia, la política, la sociología. También la ciencia le había interesado mucho, pero no la tecnología, cuyos continuos avances, que tanto encandilaban a los seres humanos en general, se le antojaban insulsos juguetes para niños poco imaginativos.

Había aprendido principalmente en las aulas de escuelas y universidades, aunque tampoco había desdeñado la lectura en solitario. Desde su rincón del aula o prácticamente pegado al techo, que eran sus posiciones preferidas, se complacía en escuchar las jugosas explicaciones del profesor Valleco sobre los modos de composición de los antiguos poetas provenzales o los rigurosos planteamientos en torno a la conjetura de Fermat, en boca del doctor Maestro. Pero el espíritu Alfredo sabía que, a partir de aquel momento de la encarnación, ya nada sería igual.

Para empezar, ya no podría llamarse con propiedad “espíritu Alfredo”, sino sólo “Alfredo”. Su ser, antes libre, volátil y hasta caprichoso, había quedado atrapado en una red de nervios y huesos, vísceras y sangre, fluidos y tejidos, que es lo que configura el cuerpo humano. A veces, sin apenas darse cuenta, se llevaba la mano a algún lugar de su anatomía, al vientre, por ejemplo, y la deslizaba sobre aquella superficie lisa, que ocultaba un mundo oscuro de conductos retorcidos portadores de sustancias viscosas, y se decía: qué tiene que ver todo esto conmigo. Gracias a sus conocimientos de medicina podía imaginarse muy bien de qué y cómo estaba compuesto aquel artefacto que en adelante había de acarrear.

Pero más que la representación imaginaria de la espesa materia que le retenía, le preocupaba sus efectos negativos. La visión, antes límpida y despejada en los 360 grados de su posición nuclear, se presentaba ahora limitada, turbia, oscurecida, entorpecida por diminutas partículas móviles y sombreada por la absurda proximidad de nariz, pestañas y cejas. El oído que, antes, en su forma inmaterial, estaba destinado sólo a captar sonidos y que, en los momentos de reposo, gozaba de un silencio perfecto, era ahora un dispositivo grosero que, en los momentos de supuesto reposo captaba o generaba un incesante ronroneo o zumbido. Y la forma de desplazamiento, que ahora se basaba en el continuo separar y juntar de las extremidades inferiores en un proceso de avance ridículo. Todo se había convertido en algo basto, grosero, torpe, limitado, por completo diferente de su anterior libertad. Pero él no lo había decidido. Ni siquiera sabía por cuanto tiempo habría de soportar la nueva situación, ni si le sería posible retornar a la antigua o a alguna otra nueva y desconocida. Así que lo mejor era aceptarlo todo con resignación.bar escribiendo

Su proceso de encarnación no sólo había sido físico, sino también social y burocrático. Quiero decir que, cuando apareció a los ojos del mundo, lo hizo con todo lo necesario: ropa, vivienda y documentación, y hasta con una cuenta en un banco con mil euros, cantidad insuficiente para vivir unas semanas, según había oído decir. Y es que enseguida comprendió que le faltaba algo fundamental para moverse por el mundo visible: el dinero o los medios de conseguirlo. Así que fue un enorme alivio para él descubrir entre los papeles del banco y los de propiedad de la vivienda una carta del rector de la Universidad Internacional de Europa, en la que se le aceptaba como profesor de literatura comparada. Alivio y alegría, porque precisamente ahí, en esa universidad había pasado incontables horas felices apropiándose de gran parte de los conocimientos atesorados por la humanidad.

El Pato Loco era la taberna donde solían acudir algunos estudiantes y, muy raramente, algún profesor. Alfredo, que ya llevaba unas semanas dando clase en la vecina facultad, se había apropiado de una mesita situada en un rincón bastante discreto. Casi todas las tardes solía pasar ahí unas horas, leyendo, bebiendo cerveza, escribiendo algunos pensamientos que le venían a la mente y que ya no le resultaba tan fácil retener como antes, y observando con curiosidad disimulada, los movimientos, los rostros, las palabras de los estudiantes.

Lo único que trastornaba la relativa paz de aquel lugar era la máquina de tabaco situada muy cerca de su mesa. No pasaban unos minutos sin que algún estudiante no se acercase a echarle unas monedas y recoger sus cigarrillos. Era difícil concentrarse en la escritura o en la lectura, y hasta en la cerveza, a la vista y casi al roce de las cinturas desnudas de las chicas, sobre todo cuando se inclinaban para recoger el paquetito de cigarrillos que, con un ruido sordo, como de disparo de trabuco, se precipitaba en un canalillo que discurría por la parte inferior de la máquina.

En aquellas ocasiones, a la vista y proximidad de ciertas pieles y ciertos ombligos, sobre todo cuando pertenecían a una anatomía bien distribuida, Alfredo notaba cómo la fuerza poderosa de la naturaleza alzaba en él su verdad incontestable. Ya lo sabía, por supuesto que lo sabía. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, o sea, la carne. A veces recibía de alguna muchacha una mirada cómplice – cómplice ¿de qué? -, pero ninguna se acercaba a hablarle. Él tampoco lo intentaba. No se atrevía.ombligo

Aquí hay que aclarar que las circunstancias concretas de la encarnación de Alfredo habían conformado una personalidad más bien tímida. Parece extraño, pero es así. 

El que sí se le acercó una tarde fue un hombre de sesenta años cumplidos, seco y nervioso, al que enseguida reconoció como alumno suyo, más que nada porque, con otras dos mujeres de edad avanzada, destacaba notoriamente de la masa juvenil.

– ¿Me permite? – dijo el hombre, al tiempo que separaba una de las sillas que permanecían pegadas a la mesa, con la evidente intención de sentarse.

– Adelante – respondió Alfredo, tratando de desviar la mirada de la chica y ombligo que en aquel momento se plantaban ante la máquina.

– Soy alumno suyo.

– Sí, ya le he visto en clase – reconoció Alfredo.

– Usted…bueno, permíteme que te tutee. Podría ser tu padre.

¡Qué raro, pensó Alfredo, tener padre! Y el hombre prosiguió.

– Seguramente te extrañará que, a mi edad, haya decidido empezar una carrera.

– No…

– Y precisamente la de humanidades. Y precisamente literatura.

– No, no, no me extraña. Cualquier edad es buena para estudiar. (Yo llevo milenios haciéndolo).

– Desde que abrí los ojos al mundo – empezó el hombre, al tiempo que depositaba en la mesa una carpeta de tapas negras – no dejo de sorprenderme por las cosas de la vida, y no me refiero a las grandes o pequeñas tragedias individuales o colectivas, no, me refiero a lo más elemental, a lo básico, a todo aquello que configura nuestra existencia y de lo que ni siquiera nos damos cuenta. El nacimiento, por ejemplo. Uno sale del vientre de una mujer por el simple hecho de que, meses atrás, un hombre había introducido en ella determinado líquido corporal en un momento en que una y otro estaban tan ofuscados y exaltados que de ningún modo podían hacer otra cosa que lo que hacían. Así que somos hijos de la exaltación y la ofuscación.

– Algunos lo llaman amor.sabandija

– Sí, ya. Y lo que ocurre entre las sabandijas, ¿también es amor? ¡Por favor! Yo pienso que, en ese momento, los hombres se olvidan de lo que de humano puede tener eso que llaman amor y regresan al mundo de las sabandijas. Y es que, si no se diese ese ofuscamiento de origen puramente animal, a nadie se le ocurriría poner en el mundo a otro ser humano, otro sujeto y objeto de las mismas estupideces y desgracias cometidas por todos sus antepasados. Y una vez echado al mundo, ese nuevo ser, ese animalillo indefenso ha de recibir toda clase de cuidados para poder sobrevivir, ¡en eso sí se diferencia de las sabandijas! ¿Y cómo vive, cómo crece? Apropiándose de las vidas ajenas. Ingiere leche, que no es más que sangre animal transformada, y luego devora vegetales de la tierra y carne de otros animales. Y así se va formando y manteniendo su persona. Y va pasando la vida a trompicones, ahora alegre, ahora triste, esperanzado, perdido, iluminado, decepcionado, exaltado, abatido, y siempre engañándose, siempre diciéndose que pronto todo dará un cambio, que todo irá a mejor. Sí, a mejor… Pero lo cierto es que las fuerzas se van apagando, que la carne se reblandece, que las arrugas van invadiendo el rostro, las manos y todo el cuerpo, que ya ni siquiera es capaz de aquellas exaltaciones que tantos problemas le dieran y que ahora evoca con melancólica nostalgia. A veces, el cerebro se apaga antes que el resto del cuerpo y el tipo queda convertido en un simple vegetal que defeca y orina. Y en todo caso se muere, es decir, que casi siempre con dolor y, si es consciente, con pavor, deja de funcionar lo que hacía de él una persona, y desaparece, ¡plis, plas! ¡fuera! Como si no hubiese nacido…

El hombre se interrumpió, y se quedó mirando fijamente a Alfredo, como esperando un comentario. A Alfredo sólo se le ocurrió emitir:

– ¿Y?

– ¿Cómo se puede soportar eso?

– Como siempre se ha soportado. Y, en el peor de los casos, se puede escapar: la propia muerte está en manos de cada cual. Cualquiera se la puede proporcionar cuando se le antoje. Procurársela es facilísimo. Lo difícil, lo imposible, según parece, es evitarla.

– Sí, pero yo no deseo escapar, sino darle la vuelta al misterio.

– Por eso estudias humanidades, literatura…

– Sí. Estudié filosofía, pero enseguida vi que me había equivocado. Por el camino de las ideas no se llega a la verdad.

– ¿Y por la literatura, sí?

– Sí, el arte puede dar la respuesta. Siempre que sus logros estén a la altura de la pregunta. Y lamentablemente, tengo que decir que no, que hasta ahora no han estado a la altura, ni de lejos. Hay en los grandes poetas un lejano atisbo. Pero nada más. Y lo peor es cuando los escritores buscan en territorios inexistentes lo que la cruda vida nos muestra ante las narices. Historias de vampiros, por ejemplo, ¿pero hay más claro vampirismo que en el acto del niño de succionar la leche de la madre? Novelas de androides, ¿pero hay mejor ejemplo de humanoides fabricados en serie que los que llenan los estadios o las autopistas los fines de semana? Historias de zombis, de muertos vivientes, ¿qué es eso comparado con la realidad de la víctima del alzheimer? El Alien que va extendiéndose e invadiendo todo el cuerpo da risa si se piensa en el tumor cancerígeno. Y qué decir de las historias sobre una imaginaria realidad virtual. ¿Virtual? ¿Imaginaria? Será virtual de segundo grado, porque toda la realidad, todo eso que la mayoría de la gente juzga realidad indiscutible ya es virtual, es decir, está en la mente de cada cual, sin que se pueda saber con seguridad si hay algo fuera que se corresponda con esa imagen mental. Nadie ha abordado el problema con seriedad desde el punto de vista artístico. Yo he empezado a intentarlo. He escrito algo – y señaló la carpeta – que espero que sea el principio.

– El principio ¿de qué?

– De una obra que nos ilumine definitivamente sobre el misterio y la miseria de nuestra condición. De momento es sólo un ensayo, quiero decir, un intento, un esbozo, o quizá un anuncio, en forma de relato corto.

– Y quieres que yo lo lea y te dé mi opinión.

– Si no es molestia…

carpeta gomasEl hombre se levantó. Y antes de alejarse, lanzó una mirada aprensiva a la carpeta como si aquello hubiese de hacer explosión en cualquier momento, pero lo que se oyó fue el ruido sordo, de disparo de trabuco, de la máquina de tabaco. Alfredo ni se enteró. No podía apartar la vista de la carpeta. La tomó, la abrió y empezó a leer:

A las siete y diez de la mañana del veintiocho de septiembre el espíritu Alfredo se hizo carne. No fue tan extraño ni doloroso como lo había imaginado. En realidad, todo consistió en una supresión de la ligereza, de la levedad…

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Finde

Sentado a su mesita de El Pato Loco, aplicado a la lectura, al paladeo de la cerveza y a la observación del mundo circundante, el profesor Alfredo recibía a veces la mirada cómplice de alguna muchacha -¿cómplice, de qué?, se preguntaba – , pero ninguna se acercaba para hablarle. Hasta que una tarde, una jovencita de aspecto espléndido –cabello largo y rubio, piel dorada por el sol -, se le acercó y se plantó ante él.adolescente rubia

– ¿Puedo hacerte una proposición?

– Siéntate –dijo él con la palabra y con el gesto.

– Nos caes muy bien, ¿sabes? – dijo la chica, y se sentó frente a él, clavó los codos en la mesa y sostuvo la barbilla con ambas manos como para mirarle mejor -. Nos gustaría que vinieses con nosotras este finde.

– Bueno, bueno… ¿Cómo te llamas?

– Claudia.

– ¿Claudia?…No te recuerdo, y perdona.

– No, si no voy a tu clase, pero ellas sí – dijo, mientras señalaba con la mirada a dos chicas que, en otra mesa, parecían estar absortas en el estudio de unos apuntes -. Bueno, alguna vez sí que he ido, sólo para escucharte, y eres genial, tío.

– Gracias. A ver, ¿en qué consiste exactamente esa proposición?

– Te lo he dicho. En pasar el fin de semana con nosotras. Tenemos una casita en la playa, nos bañamos, tomamos el sol, vamos de marcha, nos lo pasamos genial.

-¿Y crees que yo encajaría en el grupito? ¿O más bien parecería el monitor…?

– Anda, tío, ¿por qué lo dices? ¿Por la edad? Y eso qué importa. Además, estás muy bien, tu aspecto no es de más de treinta.

– Sí, no me puedo quejar del aspecto. No he quedado mal.

No era propiamente una casita, sino un chalet con aires de palacete, construido a principios del siglo pasado. Alineado junto a otros de similares características, daba al paseo marítimo de la pequeña población veraniega. La chalet maresmeestación del tren estaba a pocos minutos caminando, y desde ella había llegado Alfredo, siguiendo las instrucciones de Claudia. Empujó la verja del pequeño jardín, que estaba entornada, y después de salvar el breve espacio que le separaba de la casa, subió unos escalones, se detuvo ante la puerta y buscó el timbre para llamar. No lo encontró. A la altura de sus ojos había una aldaba, que parecía más antigua que la puerta. Era una especie de dragón fantástico, que sostenía una argolla que, suponía, había que levantar y dejar caer para llamar. Tenía la mano sobre la aldaba, cuando la puerta se abrió de repente. Claudia se colgó de su cuello, besándole en la cara efusivamente.

– ¡Qué bien, que has venido!

– Claro, ¿no habíamos quedado?

– Mira, ven, te enseñaré tu habitación.

Pasaron del recibidor a un amplio salón decorado con sobriedad y elegancia, y luego subieron por unas escaleras hasta la planta superior. Claudia abrió la primera puerta del pasillo.

-Aquí es.

– Esto es un palacio – dijo Alfredo mientras dejaba caer su mochila sobre la amplia cama -. ¿Y tus amigas?

– Si necesitas alguna cosa, me lo pides…

– No me dirás que vamos a estar solos…

– ¿Algún problema? Mi habitación es la última del pasillo. Ahí tienes el baño. He preparado unas cositas para cenar. En la terraza dentro de media hora, ¿vale?

Cuando Alfredo se quedó solo, lo primero que pensó fue que aquella chica no parecía la misma que había conocido en El Pato Loco. La Claudia informal, despreocupada, pasota, del bar estudiantil se había convertido en una respetable hija de familia. Hasta cierto punto. Porque también pensó que seguramente sus amigas no habían existido nunca, que aquellas que había señalado en el bar eran totalmente ajenas a los planes de Claudia, que posiblemente ni siquiera se conocían. Planes de Claudia…Que existían era evidente, pero ¿en qué consistían? Una especie de risa interior iluminó las vísceras y el sistema circulatorio de Alfredo, y es que la respuesta más fácil a su interrogante no le desagradaba en absoluto. Mientras se duchaba – porque estaba claro que ella esperaba que se duchase – pensó que al fin, sin buscarlo, se le había ofrecido la oportunidad de experimentar en su propia y reciente carne aquello que tanto entusiasmaba y enloquecía a los humanos que nunca habían sido espíritus puros. Observó su miembro viril y le pareció alegre y bien dispuesto. Casi dos meses de carne mortal y aún no lo había probado. La verdad es que se las prometía muy felices.

La terraza se abría desde el salón y daba a un mar ya casi oscuro, sobre el modesto paseo marítimo y la franja de arena que lo separaba del agua. El rítmico sonido de las olas se mezclaba con algunas voces que llegaban de la playa y con el intermitente fragor del tren, que pasaba a pocos metros por detrás de la casa. Ante la variedad de manjares exquisitos que se ofrecían en la mesa, Alfredo no pudo menos que exclamar:

– Todo esto… ¿lo has hecho tú?

– ¿Quién, si no?

– ¿Sabes cocinar? Tenía entendido que las chicas de tu edad pasaban de eso.

– Hay de todo y para todo, señor profesor – y le dirigió una mirada maliciosa que le recordó a la Claudia que había conocido en el bar.

– Y esta casa es…de… tus padres…

– ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué sí?

– No quiero que me digas nada en concreto, Claudia. Di lo que te apetezca, sea verdad o mentira, tanto da. Es lo que te va, ¿no?

– ¿Verdad? ¿Mentira? No me asustes, Alfredo, con esas palabras tan gordas en una noche como ésta.

– Tienes razón. Pero no las he pronunciado como conceptos filosóficos, sino como términos coloquiales.

-¿Vas a hablarme así toda la noche? No es que me importe mucho, siempre se aprende algo. Pero, francamente…

– Perdona, Claudia, tienes razón.

– Además, las grandes palabras no significan nada. Porque dime tú ¿qué es la verdad?

– Bueno, ésa es una pregunta bíblica que requiere una respuesta bíblica. Por consiguiente…la verdad será lo que nos haga más libres.

– Voy a vigilar el asado.

– ¿Asado? Y con un vino tinto de primera, supongo.

– ¡El vino! Hazme un favor, Alfredo. Mientras yo vigilo ese cacharro de horno, baja tú mismo a la bodega y elige el vino que prefieras.

– ¿La bodega?escaleras

– Sí, hombre, ¿sabes las escaleras que van a las habitaciones? Pues también van abajo. O sea, que en vez de subirlas, las bajas, y enseguida encontrarás la bodega.

Alfredo empezó a descender por la escalera. No encontró ningún interruptor de luz, así que fue bajando sin más claridad que la escasa que llegaba del salón. A los pocos peldaños, se encontró con un pequeño rellano, donde una puerta cerrada proyectaba por debajo un hilo de luz. Oyó un ruidito vagamente acompasado detrás de la puerta. ¿Un aparato que iba haciendo su trabajo? No, más bien recordaba el tableteo de una máquina de escribir, o de un ordenador poco fino. Siguió descendiendo y enseguida dio con la bodega, y hasta con un interruptor. Encendió la luz, escogió la botella y emprendió el camino de vuelta. Tras la puerta del rellano, silencio absoluto. Pero cuando iba ya a entrar en el salón, le pareció oir de nuevo el ruidito del supuesto teclado. Bajó de nuevo para asegurarse. Antes de llegar a la puerta, el ruido cesó en seco. Se mantuvo ahí unos instantes, atento. Nada, silencio.

En la terraza le esperaba Claudia empuñando unos cubiertos ante la fuente del asado.

-¿Algún problema?… Ah, sí, me olvidé decirte que la luz de la escalera no funciona. Pero bueno, ya veo que no te has roto una pierna.

Probaron la carne, brindaron con el vino y entablaron una conversación ligera sobre las cosas y las gentes de la universidad.

-Y tú, Claudia, ¿ya sabes lo que quieres hacer en la vida?

– Tengo una ligera idea.

– ¿Por qué estudias literatura?

– A lo mejor es que quiero escribir y convertirme en una autora famosa.

– Me parece que no te lo crees.

– ¿Por qué lo dices? ¿Piensas que no soy capaz? ¿Tan importante, tan difícil es escribir?

– Claudia, ¿hay alguien más en la casa?

– ¿Cómo dices?

– Me has oído muy bien. Tras la puertecita que da a la escalera de la bodega alguien estaba tecleando.

– ¿Tecleando? Qué cosas dices.

– Y había luz por debajo de la puerta.

– Yo no sé lo que tomas, tío, pero que funciona, seguro.

– ¿Quieres convencerme de que han sido alucinaciones?

– Quiero que tengamos la fiesta en paz y que te dejes de historias raras… Y dime, ¿hace mucho tiempo que eres profesor? ¿Estudiaste en la misma universidad?

– He estudiado en muchas universidades, en ésta también, claro, y lo de ser profesor me vino así…como caído del cielo.

– Y cuando tenías mi edad, ¿ya sabías lo que ibas a hacer en la vida?

– ¿Y si te digo que nunca he tenido tu edad…?

– Pensaría que eres un tonto presumido que quieres hacerte el interesante… Alfredo, tú que sabes tantas cosas, dime, ¿qué pasa cuando nos morimos?

– Vaya, creía que estaban prohibidos los grandes temas.

– A veces tengo miedo, mucho miedo. Pienso en ello y…no lo puedo soportar. Y otras veces…

– ¿Tan grave es morir?

– ¿Tú no tienes miedo?

– No sé… es una experiencia que no conozco.

– No seas burro, ¡nadie la conoce!

– Es como nacer…

– Bueno, lo que pasa con el nacer es que nadie se acuerda, ¿no?

– Eso será.

terraza frente al marHabían acabado de cenar. Claudia señaló un pequeño sofá-mecedora, suspendido bajo un toldillo, de los que abundaban en los jardines privados en la primera mitad del siglo XX.

– Ven, sentémonos ahí.

La estrechez del sofá hacía inevitable el contacto de los muslos.

– ¿No quieres bajar a dar un paseo por la playa?

Claudia no respondió.

– O a tomar una copas…

– Estamos bien aquí, ¿no?

Alfredo sintió que su bienestar aumentaba de tamaño de manera alarmante.

– ¿No salíais de marcha por las noches y os lo pasabais genial?

– ¿Quién?

– La chica aquella que vino a hablarme en El Pato Loco, amiga de aquellas que estaban en otra mesa, ¿te acuerdas?

– No sé de qué me hablas.

– Claudia, ¿eres así de complicada o te gusta aparentarlo?

-¡Mira qué luna!

Alfredo comprendió que, en la mente de la muchacha, la línea recta no era la distancia más corta entre dos puntos, y miró a la luna.

– Sí, es enorme.

– Y en cambio, cuando está arriba de todo, se ve pequeñita.

– Sí, es un fenómeno muy raro.

– ¿Por qué raro?

– Porque en realidad, esté abajo o esté arriba, la imagen que se forma en el ojo tiene el mismo tamaño.

– Y entonces, ¿por qué se ve diferente?

– Ahí está lo raro del fenómeno.

-Alfredo, tú sabes muchas cosas, ¿verdad? Y no sólo de literatura.

– Nunca se sabe bastante. Pero reconozco que de teoría no estoy mal. Mi parte floja es la práctica.

– ¿La práctica?

Claudia se arrellanó en la mecedora de manera que brazo, muslo y pierna quedaron en estrecho contacto con las partes correspondientes de Alfredo.

– Tendríamos que bajar a estirar las piernas – sugirió Alfredo al notar que su temperatura corporal aumentaba vertiginosamente.

– No, yo creo que tendríamos que ir a la cama.

Alfredo se levantó de un salto y empezó a hacer flexiones.

– Después de una comida como ésta, hay que hacer un poco de ejercicio – se justificó -. ¿De verdad que no quieres salir a dar una vuelta y tomar algo? Aún no son las doce.

– Tú haz lo que quieras. Yo me voy a la cama.

Claudia se levantó del sofá y, sin mirar a Alfredo, abandonó la terraza. Se oyó su voz desde el salón:

– Deja eso como está. Mañana por la mañana viene la chica.

Alfredo se precipitó detrás de Claudia. La alcanzó al pie de la escalera y la cogió del brazo con fuerza. Ella se volvió.

– ¿No me das las buenas noches? – dijo Alfredo con su mejor sonrisa, al tiempo que la soltaba.

– Buenas noches – respondió Claudia.

– ¿No te acompaño?

– ¿Adónde?

– Arriba.

– Sí, tú a tu habitación y yo a la mía.

– Claudia, no sé si has notado…

– ¿Qué?

– Que entre los dos hay…Tú me elegiste, y ahora…yo…

– No te enrolles, tío – cortó Claudia -. Tengo sueño.

Y empezó a subir la escalera, seguido por un Alfredo que trataba en vano de contener su ansiedad. Pasaron por delante de la habitación que él tenía asignada y llegaron ante la de ella. Claudia se volvió. En sus ojos brillaba algo parecido a la ira.

– ¿Pero qué haces tío? ¿Quieres dejarme en paz? Me voy a dormir, ¿te enteras? ¡A dormir! ¿Qué te has creído?

– Claudia, yo sólo he creído lo que tú me has hecho creer. Escúchame.

Ella le miró como si estuviera dispuesta a escuchar a un extraterrestre.

– Todo conducía a eso que…Sería tan bonito… – prosiguió Alfredo, y no supo cómo continuar.

Claudia abrió la puerta, entró y cerró de un golpe. Se oyó el ruidito del pestillo.

– Claudia – dijo Alfredo alzando la voz – ¿Quieres que me vaya?

– Haz lo que te de la gana, tío, y no me marees más.

De pie ante la puerta cerrada, en la penumbra del pasillo, Alfredo sintió cómo su corazón latía aceleradamente. Un extraño temblor le recorría el cuerpo. Tenía que tranquilizarse. ¿Y si se fuera? Seguro que ya no había trenes. Podía buscar un hotel en el pueblo, o llamar a un taxi. No. Con la huída no ganaría nada. Si se quedaba, tal vez podría desentrañar el misterio. Cómo se levantaría Claudia al día siguiente, ésa era la primera incógnita que nunca podría despejar si abandonaba. Sí, lo mejor era quedarse, tranquilizarse y luego irse a dormir. Un rato en la terraza le iría bien, quizá encontrase un cigarrillo…Recorrió el pasillo y descendió por la escalera. Al llegar al salón, sin apenas pensarlo, miró atrás y abajo, hacia donde las escaleras que seguían descendiendo se perdían en la oscuridad. Y entonces le pareció oir el tableteo. Descendió unos escalones. Sí, no había duda: el rumor venía de detrás de aquella puerta. Y el hilo de luz iluminaba el suelo. De pronto, el tableteo cesó y la luz se apagó. Golpeó la puerta con los nudillos, primero suavemente, luego con cierta fuerza. Ninguna respuesta. Bien, pensó, está claro que en la casa hay alguien, que debe permanecer oculto a cualquier visitante. ¿Y Claudia? ¿En verdad no lo sabe? Verdad, Claudia, ¡qué disparate juntar esas palabras! Se sonrió con ganas y se dirigió a la terraza.

Estaba tranquilo. Ni siquiera el hecho de sentarse en aquel sofá, antes tórrido y ahora helado, le perturbó su recobrada calma. Sí que es rara la práctica, pensó. Hay que ver cómo las ideas, los conceptos, las razones son continuamente alterados y desfigurados por el fuego de la vida. El fuego de la vida, buena expresión. Un espíritu puro puede saberlo todo de todo, puede tener soluciones para los más terribles problemas que agobian a los humanos, pero, en cuanto desciende a la tierra, cuando adquiere carne mortal, él mismo se verá expuesto al intenso calor deformatorio del fuego de la vida. Lo mejor sería no exponerse. Pero ¿cómo? ¿Cómo el que vive puede no exponerse a la vida? Era un problema sin solución. Como el del tamaño de la luna. Miró al cielo y allá estaba, arriba de todo, brillante, redonda, pequeña como una moneda. Se arrellanó en el sofá y se quedó dormido.

Se despertó de repente, casi asustado. Por un instante, no supo dónde estaba ni qué había pasado. Le dolía el cuello, la nuca. Hacía frío. El frío le habíahumo cigarrillo despertado, sin duda. Miró a su alrededor. Vio que de la ventanita de la cocina que daba al extremo de la terraza salía una nubecilla de humo azulado. Pensó en el horno. En cualquier caso algo se estaba quemando. Se levantó, y un segundo después empujaba la puerta entornada de la cocina.

Lo que vio ya no pudo sorprenderle: la espalda estrecha y encorvada de un hombre casi calvo, sentado a la mesa que ocupaba el centro de la cocina. Fumaba un cigarrillo.

– Buenas noches – dijo Alfredo.

El hombre no contestó ni se volvió. Alfredo dio la vuelta a la mesa y vio que el hombre estaba escribiendo nerviosamente, con un bolígrafo vulgar, en un cuaderno de hojas cuadriculadas. Le reconoció enseguida.

– Buenas noches – repitió -. ¿Nos hemos de presentar o ya nos conocemos?

– Nunca me acostumbraré – dijo el hombre, deteniendo la escritura, pero sin alzar la vista del cuaderno -. Escribir directamente en el ordenador es arriesgado, muy arriesgado. Y además, improductivo. En cambio, cuando paso lo que he escrito a mano, al terminar, me vienen más ideas, que naturalmente tecleo. Pero enseguida me quedo seco, y tengo que volver al boli y el papel.

Alfredo cogió un cigarrillo del paquete que había sobre la mesa, junto a una botella de vino blanco, un vaso y un cenicero, lo encendió y se sentó enfrente del hombre, que había dejado de escribir y que le miraba con una media sonrisa.

-Sabía que había alguien más en la casa, pero nunca hubiese imaginado…usted…Me gustaría saber qué hace usted aquí. ¿Es pariente de Claudia? ¿Amigo? ¿Su padre? En cualquier caso, es evidente que la conoce. Dígame, ¿qué le pasa a esa chica?

– ¿Ya no nos tuteamos? No hay que olvidar la unidad de estilo, es importante. Por cierto, que aún espero algún comentario sobre el relato…

– El relato…sí, lo leí.

– ¿Y?

– Desconcertante.

– Desconcertante… humm…Bueno, lo tomo como un elogio. Pero tiene fallos. Uno, muy importante, de concepción, ¿sabes? Pero, en fin, ya te dije que era sólo un intento. Algún día lo conseguiré.

– Pero a Claudia ¿qué le pasa?

– ¿Claudia? Nada. No es ése el problema. El problema es de concepción general, ya te lo he dicho, de adecuación con la idea.

– Pero reconocerás que su comportamiento es absurdo, disparatado.

– No, no lo reconozco. A su edad es normal. Es posible que en este momento esté pensando en suicidarse. Seguro, vaya.

– ¿Lo dices en serio? Habrá que hacer algo.

– No te preocupes. De momento no hay peligro. En la habitación no hay nada que le pueda servir. Es verdad que ahora está pensando en bajar, encender el gas y meter la cabeza en el horno, pero sabe que tú andas por aquí y eso la retiene.

– Y tú también…

– No, yo no. Yo no existo para ella.

– ¿Quieres decir que estás en esta casa de okupa clandestino?

– No, es ella la que está de okupa en mis ideas. Como tú mismo.

– ¿Yo?

– Seamos serios, Alfredo. ¿Crees de verdad que puede existir un espíritu puro y que, en caso de que exista, puede encarnarse como quien se pone un traje, y habitar entre nosotros?

– Yo…yo sé…lo que sé…A ver, yo sólo sé que existo y que no me he inventado yo.

– Eso lo sabemos todos. Y con esto enlazamos con lo que te decía del fallo de concepción general del relato. ¿Recuerdas? En nuestra conversación en el bar me burlaba de los escritores que buscan en territorios inexistentes lo que la cruda vida nos muestra ante las narices. Y no me daba cuenta de que estaba cayendo en el mismo error. Un espíritu puro, ¡qué disparate!

– ¿Disparate? No sé, yo lo veo desde este lado. Y no me ha ido tan mal. Es más, mientras sólo era espíritu me iba bien, muy bien. El conocimiento que ha acopiado la humanidad es un tesoro del que los humanos no son conscientes. Yo me he pasado siglos disfrutando, sí, ésa es la palabra, disfrutando de todas las maravillas que ha sabido crear y cultivar esa raza tan desgraciada. Y sin embargo, cuando me he convertido en uno de ellos, enseguida he comprendido que toda esa ciencia no me serviría para nada, que el motor de todo lo que se mueve no está en la ideas, en las razones, sino en el fondo de las cosas mismas que se mueven, en las vísceras…

– Está bien, está muy bien esa argumentación. Pero no imagines que es fruto de tu ingenio. A estas alturas, ya tenías que haber comprendido… que no te mueves por ti mismo, que no eres autónomo.

– Entonces, mi argumentación sería falsa.

– No, no, es verdadera. Las cosas se mueven por sí mismas, como muy bien has dicho, pero las cosas materiales, vivas. Y tú eres una idea…luego tienes el motor en otra parte.

– Ah, yo soy una idea… ¿Y tú no?

– ¿Yo? No sé, es difícil saber eso por uno mismo. Tú has tenido suerte de que yo te lo haya aclarado, pero yo no tengo a nadie, que yo sepa, para que me ilustre sobre mi situación. Aunque sospecho que sí, que yo también soy una idea, una representación mental.

– ¿Y quién sería tu autor?

– Eso no lo puedo saber. Cualquiera, cualquiera que haya tenido la ocurrencia de tramar esto. Pongamos que se llama Teodoro.

– ¿Teodoro?

– Sí, y que es alemán y que está con sus amigos en una taberna y les lee esta historia que él mismo ha escrito.

– Muy bien. ¿Pero cómo sabemos que Teodoro no es también una idea?

– No lo sabemos. Pero es casi seguro que sí, que también él es una idea, una representación mental.

– ¿Y quién sería su autor?

– No sé, cualquiera, cualquiera que haya tenido la ocurrencia…

– Sospecho que por ese camino no vamos a llegar a ninguna parte.

– Pues entonces, vamos a estirar las piernas. Es lo que querías, ¿no?

Mientras salían, Alfredo fue cerrando cada una de las luces, la cocina, el salón, el recibidor.

– Eres muy cuidadoso – dijo el hombre -. ¿Qué te importa si las luces quedan o no encendidas?

– Un gasto inútil nunca tiene sentido.

– Uf, la de cosas que me sugiere esa frase… pero prefiero no entrar por ahí.

paseo marCaminaban por el paseo solitario, las olas se deshacían mansamente en la playa, y Alfredo pensó que aquel rumor acompasado era de lo más agradable y relajante que había experimentado en su vida.

– Hace frío -, comentó luego de un buen rato de caminar los dos en silencio.

– Es natural – dijo el hombre -. Es más de medianoche y estamos en noviembre.

– Pero antes, en la terraza, cuando estaba con Claudia…

-Sí, tienes razón, no me lo recuerdes. No había caído que, si había pasado más de un mes desde el inicio del curso, o sea, desde principios de octubre, no podíais estar tan lindamente al aire libre a esas horas de la noche. Y cuando me di cuenta del fallo, ya era tarde para corregirlo. Pero, de todos modos, después lo corregí.

– ¡El frío que me despertó en la terraza!

– ¿Qué querías? ¿Dormir tranquilamente al aire libre por la noche a mediados de noviembre y con esa ropita? Es absurdo.

– No sé tu nombre – dijo Alfredo, al tiempo que detenía la marcha y se quedaba mirando a los ojos de su interlocutor, también parado.

– ¿Y eso qué importa? ¿Quieres que vayamos a tomar una copa? ¿Dudo que haya algo abierto? Pero lo podemos intentar. Conozco un sitio…

– No, prefiero volver…Nos hemos alejado mucho, ¿no?

– Poco más de un kilómetro, pero, si quieres volvemos.

– Me gustaría caminar un rato por la arena de la playa.

– Como quieras.

Descendieron a la playa, se aproximaron a la línea de las olas y, procurando nohuellas en la arena pasar a la zona húmeda, emprendieron el camino de vuelta. Avanzaban con dificultad.

– No es fácil andar por aquí – comentó Alfredo -, y además, con ésta oscuridad…

– Sí, la iluminación del paseo no llega, y aquella espléndida luna llena de antes no se ve por ninguna parte. ¡Pero mira qué maravilla de estrellas! No es normal aquí.

Alfredo alzó la vista y contempló la maravilla. Un cielo tan oscuro y unas estrellas tan brillantes que pensó que aquello pedía a gritos la metáfora de un buen poeta. También pensó, por primera vez, que pertenecer al género humano no era tan interesante como había imaginado; que, tal vez, allá arriba habría un lugar para él…Le despertó la voz del hombre.

– A este paso, no vamos a llegar nunca. Y es que por aquí habría que andar descalzo. Claro que, en esta época…

– ¿Falta mucho?

– No, la casa ya se distingue perfectamente.

– ¿Dónde? No la veo.

– ¿Ves aquella tan alta que destaca sobre las demás? Pues la…cuarta más allá.

– No, no la veo. Las farolas del paseo me deslumbran.

– Pues yo veo perfectamente el cuadradito de luz de la ventana de la cocina.

– Ah, sí, ya la veo.

Caminaron unos pasos más en silencio. De pronto, el hombre se detuvo.

– Alfredo, ¿tú no habías apagado las luces?

– Sí.

– ¿La de la cocina también?

– Sí, claro.

– ¿Entonces…?

Alfredo se llevó las manos a la cabeza.

– ¡Claudia!

– Puede haber bajado a beber agua – dijo el hombre, con ánimo tranquilizador.

– ¡Corre! ¡Corramos, antes de que sea demasiado tarde!

Alfredo echó a correr, pero no con la velocidad deseada. A cada paso, el pie se hundía un centímetro en la arena. Tenía que salir de ahí, cuanto antes. Se fue desviando gradualmente hacia la derecha con el fin de alcanzar el paseo sin perder tiempo ni espacio. Pero la arena le seguía atrapando, un pie, luego el otro… Esto es la materia, se dijo, te retiene, te ahoga, tira de ti hacia abajo…

– ¡Alfredo! – oyó la voz del hombre, lejos, a su espalda -. ¡Alfredo! No corras. Es inútil. La realidad es así, sólida, dura, indestructible. ¿Me oyes? No importa lo que fantaseemos. Si en la mecánica de la realidad está que Claudia…No puedes hacer nada…

Alfredo ya no le oía. Había alcanzado el paseo y sus pies parecía que volaban sobre el duro suelo. Llegó a la casa, entró en el jardín, empujó la puerta, pero fue inútil. Estaba cerrada. Empezó a golpearla y a gritar:

– ¡Claudia! ¡Claudia! ¡Espera!

El hombre tendría la llave, sin duda. Se volvió para ver si venía: el paseo estaba desierto. Quiso llamarlo a voz en grito, pero no sabía su nombre. Entonces reparó en la aldaba fantástica. Levantó la argolla para golpear con la máxima fuerza, y al momento oyó el ruido de un mecanismo. La puerta se abrió, chirriando, unos centímetros. Alfredo empujó, entró. Como un rayo cruzó el recibidor, el salón, y estaba ya en la cocina cuando ocurrió: una enorme explosión, una gran llamarada, una lengua de fuego saliendo por la ventana en busca de las estrellas. estrellas explosión

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Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras

mefisto

Mefisto se explica:

Estimado público, hace tiempo que os deleité – a los más despiertos de vosotros – con algunas muestras de mi inventiva y de mi arte. Pocos me lo han agradecido, como era de esperar. Y ya no me refiero a los conspicuos exponentes de la industria editorial o a los críticos más o menos eminentes, de quienes ya es sabido que se puede esperar cualquier cosa excepto lo que propiamente cabría esperar. Me refiero a vosotros, a los que formáis la tropa – y sin embargo tan sabios, algunos – de los lectores ávidos, aplicados e inteligentes. Pero no me quejo. El que recibe los beneficios poco suele acordarse del benefactor. Y además yo soy la persona – por llamarme de alguna manera – menos adecuada para presumir de benefactora de nadie.

Para empezar, ha de quedar claro que yo no presumo de mis actos ni de mis intenciones. Mi destino está escrito, como el de cada cual, desde el llamado principio de los tiempos. Así, que aquí no se trata de vanagloriarse ni de alardear de unos méritos que no existen. Aunque quizá sí convendría hacer algunas precisiones para que nadie se llamase a engaño sobre mi personalidad.

Mefistófeles es el nombre que desde antiguo se adjudicó a un diablo menor, es decir, distinto del gran Diablo o Demonio de la teología cristiana. Pero desde hace ya tiempo, se les viene confundiendo a uno y otro. Yo no sé si Goethe tuvo parte de culpa en esto, o si se debe simplemente a la manía moderna de reducir y simplificar. Tanto da. Demos por asumido que Mefistófeles es el Diablo y punto.

Lo que sí ha de quedar claro es que Mefisto – que soy yo – no es exactamente el Diablo (mayor o menor) de la tradición religiosa, sino una especie de demiurgo (o sea, creador menor) que desde hace un tiempo anda perdido por el mundo de las letras, aunque, eso sí, con un enorme parecido al Demonio tradicional o, mejor dicho, al Mefistófeles goethiano, íntimamente emparentado con aquél. Y este parecido es tan acusado que, de hecho, me comporto igual que él (el goethiano, se entiende), salvando las inevitables diferencias debidas a los respectivos temperamentos de sus autores, no sé si me explico.

Bueno, lo que quería decir – y espero decirlo antes de que pierda el hilo definitivamente – es que, visto el éxito presunto de las aventuras que di a internet, he pensado que sería interesante continuar con otras nuevas. Lo malo de este pensamiento es que no funciona por sí sólo, quiero decir que, una vez lo has tenido y comunicado, tienes que ponerlo en práctica.

Bien, no hay que agobiarse. La obra está ahí, aguardándome en el futuro. Sólo se trata de llegar hasta ella. Para empezar, habré de dar con mi socio. Hace tiempo que no sé nada de él. Espero no encontrármelo convertido en una estrella del cine. En serio, me conformaría con que hubiese madurado un poco.

Veremos.

JORNADA PRIMERA

LECCIONES DE FILOSOFÍA  I

Con cierta preocupación, muy comprensible, Mefisto advierte que Fausto flojea ostensiblemente en disciplina tan fundamental. Para corregir el déficit, lo envía al corazón de Europa, donde conocerá a dos lumbreras del género.

Fausto, en la cumbre de la montaña a cuyos pies se extiende la gran ciudad y, más allá, el mar. Amanece. El rumor de la urbe que se despierta llega como en sordina. A lo lejos, en el horizonte marino, un sol enorme y rojo pugna por abrirse paso entre las nubes.

FAUSTO.- He aquí la historia de todos los días. Más de un millón de personas despertando de sus sueños para seguir enfrentándose a la tarea de vivir. Pero el nuevo día no habrá de satisfacer ninguno de sus deseos. Suerte tendrán si consiguen mantener la ilusión, la creencia de que algún día llegarán a ser felices o, por lo menos, a disfrutar de un instante al que puedan decir ¡detente! Una vida entera no ha bastado para convencerme de que esto es imposible, de que la felicidad no existe, de que es sólo una quimera creada por la fuerza misteriosa que nos empuja a vivir. No, me niego a resignarme. Y así me veo, vagando por el tiempo y el espacio, asociado a ese engendro infernal que lo promete todo y no da nada… Por cierto, hace tiempo que no lo veo…¿Por dónde debe andar?…

MEFISTO.- (Surgiendo de la bruma matinal) Aquí estoy, a tu lado y a tus órdenes. Pero antes de reanudar nuestras relaciones, si es que tal cosa procede, habrá que aclarar un malentendido, o dos. Paso lo de “engendro infernal” como una concesión poética a la visión tradicional de mi imagen. Pero ¿de dónde has sacado que yo lo prometo todo y no doy nada? Para empezar, yo no te he prometido nada – y me refiero, naturalmente, en el contexto de esta obra – y, en cambio, te he dado mucho más de lo que hubieses conseguido por tus propios medios. ¿Quién hubiese sido capaz de pasearte por toda clase de época y lugares? ¿Con quién hubieses tenido ocasión de conocer a tantas grandes figuras de la historia reciente? ¿Quién te habría llevado, como yo lo he hecho, al estrellato del arte cinematográfico?…

FAUSTO.- Ya puedes decir lo que quieras, pero sigo estando en el mismo punto en que estaba.

MEFISTO.- ¡Esta sí que es buena! ¿Soy yo el responsable de tu inmovilidad? ¿de tu parálisis? Además, en este preciso punto donde te encuentras, en este lugar, quiero decir, nunca habías estado antes.

FAUSTO.- ¿Y qué tiene de particular este lugar?

MEFISTO.- ¿No lo sabes? Ante un panorama como éste el Demonio del Evangelio dijo al Jesús de la misma historia: Haec omnia tibi dabo si cadens adoraveris me. De ahí el nombre.

FAUSTO. – ¿Qué nombre?

MEFISTO.- El de este lugar. Tibidabo. Tibi dabo, ¿captas? Te daré. “Todo esto te daré si, prostrado, me adorares.”

FAUSTO.- ¿Y se lo dijo en latín?

MEFISTO.- No, seguro que no. Por aquellas latitudes aún no estaban suficientemente globalizados. Pero sí cuando se difundió el mensaje.

FAUSTO.- ¿Qué mensaje?

MEFISTO.- El Evangelio… Oye, socio, todo esto es muy extraño. No creo que mi misión en este mundo, ni en el otro, sea la de dar clases de religión. Pero, claro, lo que pasa es que tu ignorancia es tan extensa que… no sé cómo se compagina eso con tu supuesta sed insaciable de conocimiento.

FAUSTO. – El conocimiento que me interesa es el que ayuda a entender y gozar la vida.

MEFISTO.- Pareja imposible, te lo advierto. La vida, o se la entiende o se la goza. De todos modos te he de decir que ese conocimiento utilitario nunca te enseñará nada que no sea el funcionamiento de una máquina. El verdadero conocimiento, el que de verdad libera, es el que no busca nada fuera de sí mismo, el conocimiento desinteresado y gratuito. Mira, desde hace mucho tiempo, de hecho desde que empezó nuestra relación, he venido observando, cada vez más alarmado, que tu ignorancia filosófica es descomunal. Puedes presumir de científico, de astrólogo, incluso de nigromante, pero no presumas de filósofo si no quieres hacer el ridículo.

FAUSTO.- Bien, ya que has sacado el tema, te confesaré una cosa: que la filosofía siempre me ha parecido el producto de un exceso de imaginación. Para eso está el arte, la poesía, que eleva el ánimo sin engañarse ni engañar a nadie.

MEFISTO.- Algo hay de cierto en eso. De todos modos, un reciclaje a tiempo nunca va mal. Así que voy a ponerte en contacto con algún filósofo de acreditada solvencia para que repases las primeras letras..

FAUSTO. – ¿Clases de filosofía a estas alturas?…Bien. ¿Cuándo? ¿Dónde?

MEFISTO. – (señalando abajo la ciudad). No aquí, naturalmente, sino en tu misma patria. ¿Cuándo? No ahora, por supuesto (crudo lo tendría, el pobre) sino en el siglo XIX. ¡En marcha!

(CONTINÚA)

(De Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras)

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Lecciones de filosofía II

frankfurt 1870Frankfurt del Main. 1858. Es mediodía de un día soleado de otoño. Fausto camina entre los puestos del mercado instalados en la gran plaza. Se detiene ante uno que tiene expuestos libros viejos. Se fija en un título: Historia del doctor Johann Faustus. Lo toma para hojearlo.

LIBRERO.- (con tono seco) Tenga cuidado. Es muy antiguo y muy valioso.

FAUSTO.- Lo conozco. Hace tiempo que tuve en mis manos un ejemplar aún más antiguo que éste.

LIBRERO.- Imposible. No hay ninguna edición más antigua.

FAUSTO.- No, ahora no.

LIBRERO. – Bueno, ¿le interesa o no? O deje ya de manosearlo.

FAUSTO.- No, no me interesa. Conozco la historia… demasiado bien.

LIBRERO. – Demasiado bien…Vaya con el sabio.

FAUSTO.- Y además, ahí no está completa… Porque la historia continua.

LIBRERO.- Ésa es una buena noticia. Así, dice usted que la historia continua. Dígame, ¿qué le ocurre después al pobre hombre? Cuente, cuente.

FAUSTO.- De pobre, nada. Ocurre que no se resigna a perder. Que, aunque su socio infernal es incapaz de darle nada de lo prometido, él no abandona. Insiste e insiste porque sabe que el mensaje que anida tanto en su interior más profundo como en las más lejanas estrellas hablan de una felicidad que se puede alcanzar.

LIBRERO.- ¿Y cómo le va en estos momentos? ¿Se ve ya próximo a esa felicidad presentida?

FAUSTO.- La verdad es que no. De momento, su socio infernal le ha enviado a aprender filosofía.

LIBRERO.- Eso de “socio infernal” me parece de muy mal gusto.

FAUSTO.- ¿Cómo dice?

LIBRERO-MEFISTO.- De muy mal gusto, ya te lo dije, incluso como licencia poética.

FAUSTO.- ¿Tú aquí? ¿Se puede saber qué juego es éste?

MEFISTO. – Estoy cumpliendo el penoso deber de recordarte tu obligación. Eres como un niño al que hay que llevar continuamente de la mano. Mira, allí, al otro lado de la plaza está el Hotel Inglaterra. Si te demoras unos minutos más te ocuparán el puesto que te he reservado en la mesa del huésped, al lado del maestro. ¡Espabila, hombre!

Salón comedor del Hotel Inglaterra. La table d’hôte (en el sentido propio o francés del término) está ya rodeada de comensales esperando el primer plato. Fausto ve un sitio vacío y va a ocuparlo. Saluda a los comensales próximos y se sienta. Observa con disimulo a un lado y otro. A su derecha, un oficial del ejército, no mayor de treinta años. A su izquierda, un hombre de unos setenta años, de aspecto muy pulido, calvicie incipiente, largas patillas y ojos azules de mirada viva y penetrante. Un camarero empieza a servir la sopa. El hombre de setenta años, llamado Arthur, la engulle rápidamente. Luego, se dirige al oficial..

ARTHUR.- ¿Ha visto, teniente? Tenemos comensal nuevo. (a Fausto) No tengo el gusto de conocerle, señor. ¿Con qué nombre debo dirigirme a usted? El mío es Arthur. Si estuviésemos en un país civilizado como Inglaterra, alguien ya nos habría presentado. Pero, qué le vamos a hacer, esto es Alemania, y algunos hasta están orgullosos…

FAUSTO.- Mi nombre es Johann, y acabo de llegar a Frankfurt.

TENIENTE.- ¿Piensa quedarse a vivir aquí? ¿A qué se dedica?

ARTHUR- ¿Ve lo que le decía, Johann? Haciendo preguntas íntimas a quien ni siquiera se conoce. En fin, un ejemplo de la típica grosería alemana.

TENIENTE.- No creo que sea usted la persona más indicada para sermonear contra la grosería, doctor

ARTHUR. – No confunda las cosas, teniente. (a Fausto) Los hay que no distinguen entre la sinceridad entre iguales y las normas básicas de la buena educación.

FAUSTO. – No se preocupe. No me importa responder. Soy científico, y pienso estar aquí sólo el tiempo necesario para aclarar algunos aspectos relacionados con una investigación que estoy llevando a cabo.

ARTHUR. – ¡Científico, qué interesante!

TENIENTE . (a Fausto) Nuestro amigo es filósofo, y bastante famoso, por cierto. Pero si no lo sabía, no se preocupe. Él mismo le informará con todo lujo de detalles.

ARTHUR. – Teniente, haga el favor de no interrumpir cuando hablo con el caballero. (a Fausto) ¿Y cuál es el campo de sus investigaciones?

FAUSTO.- La naturaleza, la vida, la muerte…

ARTHUR. – ¡Magnífico! La biología es una de las ciencias fundamentales, quizá, junto con la física, la vía más rápida y segura hacia la verdadera filosofía. ¿Conoce usted mi obra La voluntad en la naturaleza?

TENIENTE.- (como para sí mismo) Se lo dije…

FAUSTO. – Soy muy ignorante en cuestiones de filosofía…

Un comensal próximo, comerciante en viaje de negocios, se dirige al Teniente.

COMERCIANTE.- Parece que nuestro sabio ha encontrado otro párvulo con quien desfogarse.

TENIENTE.- Sí, el último todavía se debe estar ordenando las ideas.

ARTHUR.- Haga como yo, Johann, como si no los oyese. Si queremos hablar con calma de cosas serias habremos de buscar otro lugar. Aquí sólo se sabe hablar de caballos y de mujeres.

FAUSTO.- No son temas despreciables…

ARTHUR.- Por supuesto que no…siempre que no se hable de los caballos como si fuesen mujeres y de las mujeres como si fuesen caballos. (le da una tarjeta) Le espero hoy en mi casa a las seis en punto. (mirando al plato que le acaban de servir) Y ahora ocupémonos de esta carne con su salsa roja, que promete mucho, la verdad.

Sala del apartamento del doctor Arthur Schopenhauer. Austeramente decorada, destacan un sofá, un sillón sin estilo definido, una mesa de trabajo con unos folios y unos libros, ordenadamente dispuestos. Al final de la sala se abre un espacio, que parece ocupado por una gran librería. En la pared sobre el sofá, un retrato de Goethe sexagenario.

ARTHUR.- (señalando al retrato) ¿Qué le parece? Me lo regaló él mismo. Fuimos grandes amigos.

FAUSTO.- Sólo por esa mirada se adivina el genio. Pero yo me pregunto ¿le sirvió de algo? ¿Consiguió en la vida lo que iba buscando?

ARTHUR.- Consiguió todo lo que se puede conseguir. Cierto que en el plano de la comprensión teórica se quedó un poco corto, pero nadie puede ser perfecto. Él era un poeta… el más alto poeta de la vida que nunca ha existido.

FAUSTO.- Pero, insisto, ¿de qué le sirvió? Ahora está muerto y, para él mismo, es como si nunca hubiese existido. ¿Hay derecho a eso? ¡Es injusto, totalmente injusto!

ARTHUR.- Habla usted como un adolescente impetuoso e irreflexivo. Comprender el misterio de la existencia requiere tener los sentidos muy despiertos y, sobre todo, gran capacidad para relacionar y reflexionar. Los exabruptos y los ayes no sirven para nada.

FAUSTO.- ¿Acaso ha comprendido usted el misterio de la existencia?

ARTHUR.- Yo he comprendido y he explicado todo lo que se puede comprender y explicar. Pero, llegado a cierto punto, ya no hay más explicación posible. O quizá sí la hay, pero debe de ser de tal naturaleza que, aunque un ser sobrehumano se esforzase por comunicárnosla, no entenderíamos nada, de eso estoy seguro. Lo que usted debería hacer, Johann, es leerse mi obra fundamental El mundo como voluntad y representación. Ahí encontrará todo lo que se puede saber. El resto es silencio.

FAUSTO. – ¿Silencio? Resignación, querrá decir. Pero yo no me resigno. Mi carácter me impide aceptar la humillación y la derrota.

ARTHUR.- ¿De qué humillación y de qué derrota me está hablando, hombre? Comprender la naturaleza y el mecanismo del universo, hallar la fórmula para destruir las falsas ideas que una fuerza interior absurda y ciega nos hace concebir, descubrir en fin la vana ilusión que es la existencia, y sin embargo, mientras se vive, hacerlo con la mayor sabiduría posible, pensando en evitar el dolor antes que en gozar de un placer siempre tramposo… ¿a todo eso lo llama usted humillación y derrota?… ¿Le apetece un café? Supongo que también le puedo ofrecer té, si lo prefiere.

FAUSTO.- Café ya me va bien, gracias.

Arthur sale de la sala, y vuelve a los dos minutos.

ARTHUR.- Tenemos suerte. Está la señora Schnepp, mi asistente. Ella se cuida de todo…. Mire Johann, yo estoy llegando al final de mi vida, una vida que ha sido bastante dura, es cierto, pero que también me ha proporcionado más satisfacciones que las que cualquier ser humano puede esperar. Porque le digo una cosa, y escúcheme bien, si supiésemos prescindir de las solicitudes del deseo, de las urgencias de una voluntad subterránea que continuamente nos engaña para que nos lancemos en pos de metas ilusorias, si supiésemos hacerlo, la vida no sería un mal lugar. Dedicados al conocimiento desinteresado, a la contemplación, agotaríamos plácidamente el tiempo que nos ha sido concedido.

FAUSTO.- Eso del conocimiento desinteresado me lo ha mencionado hace poco un conocido mío. Pero no acabo de entenderlo. Conocer y actuar son para mí dos aspectos de lo mismo.

ARTHUR.- Eso es una ilusión, amigo, una ilusión, nacida de la ignorancia y la soberbia del ser humano. En la naturaleza todo, absolutamente todo, incluido lo que llamamos materia inerte, ha estado actuando y actúa sin cesar, y sin embargo el conocimiento no ha aparecido hasta hace poco con el hombre. Y ahí está el gran peligro, porque si el conocimiento se aplica a la acción para intentar satisfacer los deseos de esa voluntad subterránea de que le he hablado, estamos perdidos, ya no habrá manera de escapar de la eterna rueda. En cambio, si se limita a la contemplación desinteresada, se le revelará la futilidad de todo y la forma segura de liberarse.

Aparece la señora Schnepp y se dirige a Arthur.karl marx

SCHNEPP. – Doctor, está aquí Karl.

ARTHUR.- ¿Cómo que está aquí Karl? ¿Quién le ha llamado? ¡Que se vaya! ¡No quiero verlo! No tenemos nada que decirnos.

SCHNEPP.- Pero, doctor. Me ha dicho…

ARTHUR.- Y yo le digo que se vaya.

(CONTINÚA)

(De Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras)

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