Ausonio, preceptor de Graciano, hijo y heredero de Valentiniano I

(Ausonio se explica, según la novela La ciudad y el reino)

Mientras tanto, la relaciones profesor-alumno seguían su curso normal. Graciano iba creciendo en edad y sabiduría, proceso este último al que yo no era ajeno. Era un joven agraciado, de inteligencia normal y de sensibilidad algo superior a la normal. […]

Aprendía con facilidad todas las materias. En cuanto a la educación del carácter, puse todo cuanto pude de mi parte. He de decir que nunca he tenido una idea clara de cómo se debe educar a los jóvenes. No me refiero a la instrucción literaria y científica, sino a su formación como personas aptas para la vida. En realidad, nunca he tenido una doctrina al respecto.

Si hubiese de hablar de mi experiencia como educado por mi padre y como educador de mis hijos, habría de concluir que para eso no sirven doctrinas ni sistemas, que el único camino que conduce a un buen resultado es ponerse como ejemplo continuo del educando. Quiero decir que no se trata de imbuirle preceptos y doctrinas, sino de permitir que vea cómo se comporta la persona que ama (porque el amor es absolutamente necesario en la educación), de manera que se contagie de las ideas, de los intereses, de los hábitos del educador hasta que, por sí mismo, se vea impulsado a seguir un camino semejante. Claro que eso requiere dos requisitos: que haya amor y que el educador sea una persona, por lo menos, digna.

Pero hay algo que reside en la propia naturaleza de las personas y que no se puede enseñar ni contagiar: la fuerza del carácter. Fuerza de la que Graciano no andaba sobrado.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

Emiliano Dexter, nieto del obispo Paciano, divaga sobra la historia de su ciudad.

-Dice la leyenda que Barcino fue fundada por gente llegada de la costa africana, los antiguos cartagineses. Si fue así, sin duda aquellos hombres, con su lengua y sus costumbres, se traerían sus terribles dioses, Melkart y Tanit, cuyo bárbaro culto incluía el sacrificio cruento de niños. Eso es lo que decide la leyenda, porque es el caso que la historia escrita, tanto en los libros como en las piedras, sólo ha dejado testimonio de nuestra ciudad romana, colonia fundada en la época de Octavio Augusto y destruida y restaurada en los años de Galieno. Esta es la ciudad que siempre hemos conocido, la única de que se tiene memoria en mi familia a través de la larguísima serie de antepasados, que se remonta a la misma fecha de la fundación.

En estos cuatrocientos años ha sido una ciudad tan romana como la que más y, como cualquiera de ellas, se ha visto fecundada por la gente de Oriente, sobre todo mercaderes y navegantes griegos.

Pero algo tendrá de cierto la leyenda púnica, alguna secreta atracción debe de existir entre esta tierra y la costa africana, porque, hace ya más de cien años, cuando aquí el cristianismo solo era conocido por algunos esclavos orientales, desembarcaron de nuevo en estas costas hombres procedentes de Cartago y empezaron a enseñar, propagar e imponer una fe dura, estricta, ardiente; una religión llamada de amor pero que enseñaba que Dios había exigido el sacrifico de la vida de su único hijo.

Habréis observado la profusión de capillas que hay por estos contornos dedicadas al santo Cipriano, el obispo de Cartago que dirigía la invasión desde su sede. Algunos de sus enviados fueron martirizados. Como Cucufate, muerto y enterrado al otro lado de estos montes.

Así que ya veis, en esta mi querida ciudad, la luz romana y griega de la razón no ha sido más que un breve resplandor entre dos furores filicidas.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

El confuso mundo de las citas

Para empezar, su mismo nombre ya induce a confusión. Ocurrió a cierto amigo mío, algo pedantillo, que decidió hacerse con una reserva de citas en latín para colocarlas cuando procediera. Y escribió en el buscador de internet estas dos palabras “citas latinas”. La respuesta fue inmediata y abrumadora: al momento surgieron multitud de jóvenes latinoamericanas deseosas de ser citadas.

Pero no me refiero a nada de eso. Tampoco se refiere mi comentario a las citas entre personas ansiosas de formar pareja o de tratar del asunto que sea. Ni a la imprescindible e impertinente “cita previa”, impuesta desde hace poco en los trámites burocráticos y similares.

Ni siquiera se refiere – aunque ya nos vamos acercando – a la moda de reproducir frases atribuidas, correctamente o no, a personajes célebres. En este sentido, he observado que los más falsamente citados son Cervantes y García Márquez, entre los escritores, y Einstein. Un detalle curioso: las citas falsas atribuidas a escritores son las más fáciles de desenmascarar. Y es que hay que ser muy poco leído para tragar como de Cervantes, por ejemplo, textos escritos con las palabras, la sintaxis y hasta la ortografía propias de un manual de autoayuda.

Y ahora llego adonde quería llegar. Hay lectores, normalmente muy ilustrados y conscientes, y en ocasiones muy entregados a un autor determinado, que gustan regalarnos con frases de su favorito. O de cualquier otro escritor con cuya idea, expresada en la frase, sintonizan. Pues bien yo ruego a estas personas que consideren un par de cosas:

a) Si la obra de la que se ha extraído la frase es una novela u obra dramática o no. Si no lo es, no hay problema: hay que suponer que el contenido de la frase expresa fielmente el pensamiento del autor.

b) Pero si lo es, el citante de turno debería precisar que la frase en cuestión corresponde al personaje tal o cual de determinada novela u obra de teatro.

Y es que no es de recibo que, por ejemplo, se atribuya a Ernesto Sabato las locas ideas de Juan Pablo Castel, de El túnel, o del más loco aún Fernando Vidal, de Sobre héroes y tumbas. O que se haga pasar por propia de Dostoyevski la idea de que las leyes y las normas morales están hechas para las personas del montón, pero que no afectan a los seres superiores, concepto que no es del mencionado escritor, muy cristiano él, sino de su personaje Raskolnikov y en determinado momento de su vivencia novelesca.

No tener en cuenta estas circunstancias puede inducir al lector desprevenido a caer en tremendas confusiones.

Así que, por favor, háganme caso: tengan mucho cuidado con las citas. Con las literarias, y con las otras.

1 comentario

Archivado bajo La letra o la vida

Ausonio (el personaje de la novela La ciudad y el reino) se define

¿Qué habrá después? Nadie lo sabe. Quizá, como afirman los creyentes cristianos, nos espera una unión gloriosa con el Padre eterno. Quizá el espíritu particular que albergó tantos mundos se reintegre en el espíritu universal, conservando o no la conciencia de su individualidad. O quizá no quede nada en absoluto. Me inclino por alguna de las dos últimas posibilidades. Y es que la resurrección de los muertos – cuerpos incluidos – es un hueso bastante difícil de roer.

Ante estas afirmaciones mías, Paulo me pidió que le aclarase de una vez si soy o no soy cristiano. ¡Vaya dilema! El hombre es un universo. En todo caso, es mucho más que sus adjetivos. Y aquél que aspira a ensanchar al máximo los límites de su conciencia no puede dejarse encerrar en las estrecheces de una doctrina.

No se pueden poner las ideas por delante y pretender acomodar a ellas nuestra personalidad. Primero está la vida, rica, variada, multiforme. Y según vivimos, somos. Así que, ante la capciosa pregunta de Paulo, sólo se me ocurre una respuesta: que, como poeta, soy politeísta; como pensador, soy panteísta; como ser moral, soy cristiano. Y con esto dejo zanjada toda cuestión trascendente.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

El llano de Barcelona a finales del siglo IV

[Inicio de descripción por Paulino, el coprotagonista de La ciudad y el reino, pág. 41]

Querido amigo, esta ciudad es casi más bella ahora que entra el verano que bajo las suaves luces del otoño. Y más que en la ciudad, aprisionada entre una murallas tan impresionantes como desproporcionadas para el tamaño de la población, la belleza estalla en los campos próximos, en los montes no lejanos y en el vecino mar, un mar de un azul tan intenso como el de las aguas que bañan las costas de Campania. El cielo, con ser muy azul, parece pálido sobre estas aguas, y en algunos lugares un verde deslumbrante baja a confundirse con el intenso color marino. Pero la ciudad, como te digo, está encerrada por unas espesas y sombrías murallas -sólo en los crepúsculos, resplandecientes de un rojo encendido-, y cuando llega este tiempo, sus habitantes sienten la necesidad de escapar. Unos se dedican a la pesca. Otros se instalan en sus huertas y tierras de cultivo, adonde el resto del año sólo acuden para las labores necesarias. Ya ves, sigo tu consejo. Me dedico a la descripción geográfica.

La ciudad está situada en el centro geométrico de una casi semicircunferencia de montañas, desde cuyas faldas el terreno, surcado por un número indefinible de riachuelos, va descendiendo suavemente hacia el mar…

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

Los límites naturales del poder

[Según Ausonio, el personaje de La ciudad y el reino, pág. 148-149]

Siempre he pensado que no basta con que a uno le atraiga mucho el poder, ni siquiera con que se haga con el poder. Lo que cuenta es saber ejercerlo. Algunos, como Arbogasto y Eugenio, imaginan que dar una cuantas órdenes, promulgar unos edictos, cambiar unos funcionarios es suficiente para que los proyectos políticos se conviertan en realidad. ¡Qué inmenso error!

Para empezar, hay que tener en cuenta que el poder absoluto no existe. El más poderoso de los hombres no puede mandar más que aquello que se puede cumplir; no puede imponer otro orden a la naturaleza, del mismo modo que no puede imponer a la sociedad humana un orden distinto de aquel al que apunta su propio desarrollo natural. No se puede decretar que el Sol salga por occidente y se ponga por oriente, del mismo modo que no se puede decretar que los antiguos dioses vuelvan a ocupar la imaginación del pueblo cristianizado.

Esto lo digo yo, hombre, como sabes, dominado por la nostalgia de aquel mundo maravilloso que ni siquiera conocí. Pero ante todo, hombre realista. Y la realidad es que el cristianismo no tiene competencia; que los dioses y sus templos desaparecerán de la faz de la Tierra para buscar su último refugio en las palabras escritas de los poetas, y solo vivirán mientras vivan Homero y Virgilio y Ovidio, con lo cual, pienso ahora, tienen asegurada cierta forma de inmortalidad.

El que manda ha de conocer los límites de su poder y dominar los mecanismos que permiten que las decisiones posibles sean llevadas a la práctica. Y lo que ningún gobernante ha podido ni podrá nunca hacer es resucitar por decreto lo que el pueblo ha decidido enterrar. Ni lo consiguió Juliano, hombre noble y bien intencionado, ni mucho menos lo conseguirá Eugenio, estúpido títere del traidor Arbogasto.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

Último paseo de Paulino por las calles de Barcino


[Pocos días antes de su partida hacia Nola, Paulino (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto), con un sentimiento de nostalgia anticipada, relata algunos detalles del que sería su último paseo por la Barcelona de la década final del siglo IV.]

Algunas tardes suelo – debería decir solía – caminar por la ciudad o sus alrededores. Conozco este lugar con la misma precisión con que conozco cada uno de los rincones de mi modesta casa. Uno de mis itinerarios preferidos incluye el recorrido de la vía principal, que atraviesa la ciudad de norte a sur, desde la puerta que mira al monte Ceres hasta la que se abre al mar.

Dada la especial ubicación de Barcino, levantada sobre toda la extensión de un promontorio, al principio hay que caminar cuesta arriba hasta que se llega a la gran plaza. A esas horas el foro tiene un aspecto muy distinto del que ofrece por la mañana, cuando la actividad de vendedores, compradores y tratantes de toda índole le presta un aspecto colorido y dinámico. Por la tarde llenan la plaza gran número de personas desocupadas: grupos de conversadores incansables, individuos solitarios que deambulan o permanecen estáticos, círculos de jóvenes sentados en el suelo, hablando, discutiendo, a veces cantando, niños que alborotan corriendo de un lado a otro entre las figuras impasibles de los mayores.

El antiguo templo de Augusto, situado en un extremo de la plaza, es el lugar preferido de los juegos de los niños, que se esconden y persiguen entre las altas columnas o se desafían a saltar los escalones de acceso al podio. En ninguna otra parte he visto tantos niños, tan activos y a veces tan violentos. Sin distinción de edades, que van desde los cinco hasta los catorce años, se organizan en bandas enemigas y, reproduciendo las gestas (que nunca han conocido) de sus mayores – les basta, Dios mío, pertenecer al género humano homicida – entablan auténticas batallas a pedradas. Hay zonas especialmente peligrosas, como el intervalo que corre junto al tramo norte de la muralla, por donde nadie en su sano juicio se atrevería a transitar a ciertas horas. Aunque los combates decisivos suelen librarse extramuros.

Cruzado el foro, asoma de pronto el mar sobre las murallas, aún lejanas, que cierran la ciudad por el sur. Entonces la calle empieza a descender, al principio suavemente y luego de forma más pronunciada. A medida que avanzo oigo el estrépito de algún portal que se cierra (el artesano ha concluido su tarea), las voces de las vecinas que se hablan de ventana a ventana, y nunca falta la de alguna mujer que a grandes gritos llama a sus pequeños, que no tardarán en llegar, sucios de polvo o barro, con las caras encendidas por el ardor del juego o del combate.

Sigo calle abajo hasta el final y, ya fuera del recinto amurallado, llego hasta los embarcaderos, donde los pescadores cumplen con el ritual necesario de dejarlo todo dispuesto para la próxima jornada. Contemplo un rato el mar plomizo de la tarde e invariablemente pienso que allá, al otro lado, el santo Félix hace tiempo que me espera. Le prometo acudir enseguida. Y antes que las grandes puertas se cierren, cuando el cielo ha perdido su color diurno y enciende sus primeras luces, reemprendo el camino de vuelta.


De  LA CIUDAD Y EL REINO

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

Consciencia cristiana versus ingenuidad pagana,

según Paulino de Nola (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto, pág. 64-65)

El mundo ha cambiado, querido Ausonio, y tú no te has dado cuenta. Y no ha cambiado solo porque antes hubiera república y ahora gobierne el emperador; ni ha cambiado solo porque antes los cristianos fuesen perseguidos y ahora estén junto al poder. Ha cambiado porque ha dejado de ser niño. Llegó Cristo, el hijo del hombre, para abrir las puertas a la verdad, para enseñar que la humanidad estaba condenada.

A partir de ahí, querido Ausonio, ya no es posible la inocencia. A partir de ahí ya no es posible aquel hombre feliz, ajeno al problema del mal y del dolor de los otros hombres. De hecho, los que se oponen al cristianismo ya no lo hacen – excepto tú y algún otro nostálgico, como Símaco – desde el terreno de la antigua inocencia. De Manes a Jámblico todos, por extraños y errados caminos, buscan la salvación del hombre, al que saben caído.

Terminó el tiempo de la inocencia olímpica, la edad, para muchos dorada, en que los dioses, representaciones caprichosas de las fuerzas de la naturaleza, jugaban con los hombres y éstos con los dioses y entre sí a los juegos del amor y de la guerra, del placer y del dolor, siempre ajenos al pecado y a la culpa.

Hoy ya no son posibles los juegos inocentes. Hoy sabemos que llevamos el pecado en nuestra carne y en nuestro espíritu, y que sus frutos son el mal, el dolor, la enfermedad, la muerte. Y hoy podemos saber que el mismo Dios se hizo hombre para, por medio de su pasión y muerte, devolvernos a la vida eterna.

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

Pero, qué es la ciudad, qué es el reino

Fragmento de una carta de Décimo Magno Ausonio a su amigo Poncio Meropio Paulino. Téngase en cuenta que su  autor no es el Ausonio histórico, sino el personaje de la novela La ciudad y el reino, aunque se parecen mucho. (He comprobado que hay que precisar estas cosas).

Para mí la ciudad es el espacio en que se organiza la razón; es el punto de encuentro de los seres que serían bestias si no se reuniesen para organizarse en sociedad. La ciudad es la forma perfecta de agrupación humana. Cualquiera otra forma de sociedad, creada al margen o por encima de la ciudad, será siempre una forma de barbarie o tiranía. […]

La ciudad es la razón, la claridad, la medida, los límites, la cordura. Los ciudadanos son personas que discuten proyectos, pactan y toman acuerdos y, como por encima de todo aman la libertad, establecen sistemas políticos que la garanticen (ése, como sabes, fue el origen de nuestro consulado, anual y dual). El reino es el misterio, la oscuridad, la desmesura, la inmensidad, la locura. Los súbditos se arrastran ante sus reyes y no tienen más proyecto que el que se les impone desde arriba.

Me dirás que no es ése el reino de que hablas. Lo concedo. Pero ocurre que yo sólo puedo hablar de lo que conozco, y ese reino tuyo nunca ha sido conocido ni creo que lo sea en este mundo. Lo que sí sé es que, hablando tanto de él, lo único que se consigue es que se entierre definitivamente el genio de la ciudad y que el espíritu de los reinos que todos conocemos se imponga cada vez más, acabando con los últimos vestigios de razón y libertad.

(De La ciudad y el reino, págs. 61 y 62)

   

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

Inventar el enemigo

No me refiero a inventarlo de raíz, a construir su existencia, sino a vestirlo de todas las características necesarias para que no haya duda sobre su condición de enemigo. No importa que el enemigo sea blanco: si conviene, se le presenta como negro; no importa que alegue que tiene un problema y que desea resolverlo por medios democráticos: si conviene, se niega el problema y se le presenta como nazi. El recurso es muy antiguo. Ya se utilizaba en la última etapa del imperio romano, como denuncia el poeta Ausonio en esta carta, obviamente apócrifa, es decir, escrita por el Ausonio de la novela La ciudad y el reino (conviene siempre precisar esta circunstancia).

En todo escrito o sermón de los doctos polemistas cristianos nunca falta la acusación, dirigida a los seguidores de la antigua religión, de que rinden culto a imágenes fabricadas por los propios hombres, de que adoran objetos inanimados a los que toman por divinidades. ¿De dónde ha sacado eso? ¿Es posible que personas en apariencia cultas como Ambrosio, Jerónimo o Eusebio o tantos otros, piensen realmente que personas como Símaco o Pretextato (o como Plinio o Cicerón) adoran (o adoraban) estatuas de piedra o de metal? Yo no lo creo posible. Creo más bien que, en un alarde de audacia y de mala intención, se están fabricando un enemigo cómodo, un enemigo al que dotan de una serie de características absurdas y ridículas para combatirlo más fácilmente.

En todo caso, haya intención o no, luchan contra fantasmas. Porque ese enemigo al que combaten no existe ni ha existido nunca. Es decir, ha existido y existe al nivel del pueblo más bajo. Es ahí donde la religión, confundida con la superstición y la magia, se manifiesta en las creencias y prácticas más disparatadas y aberrantes, desde las defixiones hasta la misma creencia de que los dioses moran en el espacio de sus imágenes.

Pero a eso no aluden los polemistas cristianos ni, por lo visto, les preocupa. Sólo apuntan a lo alto, mintiendo para confundir, con la clara intención de que el dubitativo semiletrado se espante de las barbaridades (imaginarias) denunciadas y se eche en brazos de la nueva razón, curiosamente defendida por los obispos.

Y ahora me podría extender en toda clase de consideraciones sobre lo que nuestra vieja religión significa y sobre lo que representan sus dioses y sus ritos. Pero eso ha sido ya tratado multitud de veces, antes y después de la excelente obra de Cicerón. Y tú lo conoces tan bien como yo. Y Ambrosio, tan bien como nosotros dos. 

(De La ciudad y el reino, págs. 110-111 )

 

1 comentario

Archivado bajo Opus meum