Archivo mensual: septiembre 2021

Donde crecen las novelas

No siempre el efecto sigue inmediatamente a la causa. Unas veces el tiempo que transcurre entre la acción causante y el efecto necesario es imperceptible, como cuando se aprieta el gatillo de un arma de fuego o se pulsa una tecla. Otras, es preciso un espacio de tiempo de amplitud variable para que el efecto se manifieste. En este sentido, conozco la historia de un efecto tan retardado que tuvo que transcurrir toda una vida para manifestarse. Y se produjo en mi ámbito familiar.

En mi familia no éramos abstemios (tampoco alcohólicos). El padre no perdía ocasión de ponderar las virtudes del vino bebido con moderación; la madre alardeaba de no probar el agua (“para las ranas”); vivió 90 años. Y, no obstante, uno y otra estaban siempre atentos a que los cuatro pequeños no sobrepasásemos la norma.

En ocasiones, en determinadas festividades o celebraciones, se bebía champagne, lo que hoy llamaríamos cava. Los niños, también. Y si alguien, pariente o invitado, observaba que quizás aquella bebida no era apropiada para gente tan menuda, nunca faltaba la respuesta del padre:

Es una bebida muy sana, piensa que hasta a los moribundos se les puede dar champagne. ¿No lo sabías? Pues sí, a los moribundos se les puede dar champagne.

De hecho, cada vez que la deliciosa y saludable bebida aparecía en la mesa, no faltaba el comentario del padre, dirigido a nosotros los pequeños, en los mismos términos de siempre.

¿Sabíais que el champagne es tan sano que puede darse incluso a los moribundos? Sí, fijaos si será sano que hasta a los moribundos les dan champagne si lo piden.

Y nosotros asentíamos obedientes y bebíamos encantados bajo la bendición del padre sabio.

Pasó el tiempo, el padre murió, el champagne se convirtió en cava, los niños que éramos en los ancianos que somos, la memoria en melancolía.

Cierto día, ya en mi década de los setenta, no sé por qué razón me hallaba solo ante una copa de champagne, contemplando las alegres burbujitas de la bebida, cuando de pronto oí con toda nitidez la voz clara y segura de mi padre:

Fijaos si será bueno el champagne que se puede dar de beber a los moribundos.

Emocionado, me volví a repetir la frase una y otra vez, con todas las ligeras variantes que creía recordar. Y en esa operación estaba cuando, de pronto, sentí como si un violento resplandor iluminase toda la estancia.

¡Claro! ¡Es cierto! me dije cuando la luz llegó a iluminar la zona correspondiente del cerebro. Al moribundo se le puede dar champagne y cualquier otra cosa porque, por definición, de todos modos se muere.

Era una broma, una genial ironía que nadie, que yo sepa, había sabido captar. Y han tenido que pasar setenta años para que yo diese con la clave. ¿Yo? ¿Solo yo? No es posible. Lo consultaré con los hermanos.

Y de pronto, un pensamiento raro, una duda más que extraña bloqueó en la mente cualquier otra reflexión: ¿Era en realidad una broma? ¿Era en realidad una ironía? ¿No estaría hablando mi padre de buena fe? ¿No le habría pasado alguien la «broma», que él habría tomado como indiscutible realidad? Imposible saberlo. Y pienso que la verdad permanecerá escondida para siempre.

Sí, para siempre oculta en la recóndita región de los secretos de familia, allá donde crecen las novelas.

    

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento IX

¿Nadie ha de hablar ahora? ¿Nadie ha de acusarme? ¿Nadie ha de venir a remover de nuevo los rescoldos de mi existencia? ¿Para qué he sido entonces devuelto a esta tiniebla? ¿Acaso ha terminado el juicio? ¿Cómo es que he sido abandonado aquí, entre la vida y la gran Luz? ¿Se han apagado ya todas las voces de la vida?

«De ti depende, Dante»

«¿De mí?…¡Beatriz, santa Beatriz! Ya no esperaba oir tu voz. Has venido para ayudarme, para acompañarme, para salvarme. Así se cumple el sueño de mi vida, el que legué al mundo, esculpido en millares de versos, que forman el mas grande poema nunca escrito… Háblame, Beatriz… ¿No dices nada?… ¿Qué ocurre? ¿He de permanecer de nuevo en la oscuridad y el silencio después de haber oído dos palabras tuyas? Háblame, Beatriz, te lo suplico».

«¿Qué he de decir, Dante?»

«Alabado sea Dios, porque has hablado. Pero quizá no te he entendido. Yo, pobre pecador, ¿he de dictarte lo que has de decir?»

«Siempre ha sido así».

«¿Siempre?…»

«Desde tus primeras canciones y baladas, que reuniste en el librito que llamaste La vida nueva, hasta el canto treinta de tu Paraíso, cuantas veces he hablado ha sido con palabras que tú ponías en mi boca.»

«Sí, comprendo…soy poeta… pero en nuestra juventud tuvimos alguna conversación sin que yo pusiera las palabras en tus labios, y ahora mismo…»

«Ahora mismo, ¿qué? ¿De dónde salen estas palabras mías? Eres poeta, sí, y como poeta has inventado un mundo, un extraño mundo que se inaugura con el primer soneto de La vida nueva, en el que sueñas que la personificación del amor me tiene en sus brazos, mientras con la mano me da a comer tu corazón. ¿Qué es eso, Dante? ¿Cómo hay que llamarlo?»

«Es… alegoría… fantasía…»

«Fantasía, sí. Toda tu obra es fantasía.»

«Toda obra poética es fantasía.»

«Sí, pero tu vida también lo es.»

«¿Es eso un reproche, Beatriz? ¿De qué me has de acusar ahora? ¿No se agotaron tus acusaciones en nuestro encuentro a la entrada del Paraíso? ¿No derramé ya entonces suficientes lágrimas para borrar todos mis errores pasados? ¿No quedé absuelto de todos los pecados para ser digno de contemplar la maravillosa visión?»

«Me estás dando la razón, Dante. Todo eso de que hablas pertenece a la obra, no a la vida.»

«Es cierto, pero también es verdad que la obra es la manera más auténtica y honda de entender y sentir la vida.»

«Luego no haces distinción entre vida y arte.»

«Apenas.»

«Y sin embargo, Dante, no eres capaz de llegar a las últimas consecuencias, de aceptar y reconocer todo eso que tus actos y tu vida entera proclaman.»

«¿Reconocer…?»

«Que eres tú quien pone las palabras en mis labios, que eres tú quien ha dado forma a mi persona».

«Es verdad que siempre has habitado y crecido en la parte más honda de mi alma…pero yo te tomé de una niña, de una joven llamada Bice Portinari.»

«Igual que el dormido oye un ruido leve y sueña con una procesión de tambores».

«Pero la realidad de la vida no es un sueño: el esfuerzo cotidiano por mantenerse en pie y con dignidad, el trabajo continuo por dominar las artes y las ciencias, por desentrañar la maquinaria del universo, las luchas ciudadanas, los amores, inocentes o perversos, el vino, tantas veces amargo, de la amistad. Todo eso es real y sentido. Guido Cavalcanti…»

«No hace falta que menciones a tu amigo. No ha de venir.»

«He polemizado con él en esta oscuridad…»

«¿Con él? ¿Estás seguro de que era él? ¿Cuántas cosas sabía ese Guido que no podía saber porque la muerte se lo había llevado antes, como el contenido de toda tu obra? No, Dante, no has polemizado con Guido.”

«No te entiendo, ¿con quién entonces he estado hablando y disputando?»

«Contigo, sólo contigo. Lo mismo que cuando te explicabas a Angelo o cuando te excusabas ante Gemma.»

«¿Conmigo? Pero ellos hablaban con razones propias, y sus palabras me herían o conmovían, ¿cómo podría ser yo el autor de todo eso?»

«Como lo eres en los sueños. ¿No sueles encontrar en ellos a personas extrañas u hostiles? Y, sin embargo, ¿quién es el único autor de tus sueños?»

«¿Yo…?

«Sí, Dante, en esta oscuridad no ha habido más voces que las que han salido de ti mismo. Pero no sólo en esta oscuridad. También antes, en la escena luminosa de la vida, eras tú quien creaba los personajes y les dictaba las palabras. No sólo a mi persona, a Beatriz, has dado forma. Tu mente ha creado una gran obra, que no se limita a los versos que escribiste. Dante, eres tú el creador del mundo en el que vives. De ti ha surgido todo, como cuando sueñas. Pero ahora has de despertar.»

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

A continuación, el texto de las razones que di en Facebook de la selección y publicación de estos nueve fragmentos:

Entre el 13 y el 14 de septiembre de 1321 Dante Alighieri, uno de los más grandes poetas que ha dado la humanidad, murió en Ravenna, donde vivía la última etapa de su exilio, forzado, hacía veinte años, por el triunfo de los enemigos políticos en su Florencia natal. Por aquí, apenas se ha conmemorado o dicho nada al respecto. Yo, hace unos años, escribí una novela dentro del estilo que he venido cultivando (Catulo, Cicerón, Schopenhauer, Larra, Petronio). Se titula La alta fantasía (Dante Alighieri) y no se ha publicado. La verdad es que no he puesto especial empeño en su publicación. Ahora me arrepiento. Pienso que, a mi edad, una de las cosas que me consolaría de tener que dejar este mundo sería ver publicada (y leída lo más posible) la obra citada. Y he pensado que, desde algunas redes sociales como ésta, quizá podría llegar mi especie de reclamo a algún editor interesado y valiente. Con este fin, a partir del día 6 de septiembre, publico aquí, mediante enlaces a mi Blog, ciertos fragmentos de la novela, que he seleccionado yo mismo; por orden de aparición en la obra, pero no seguidos, sino salteados.

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VIII

«¿Y la joven casada, qué será hoy la joven casada, después de veinte años? ¿Lo has pensado alguna vez?»

«Gemma, Gemma Donati. Es su voz, no hay duda. ¿Dónde estás esposa mía?»

«¿Por qué me llamas esposa, si nunca has sido un verdadero esposo para mí?»

«Eres la madre de mis hijos. Eres la mujer con quien me desposé de acuerdo con nuestras leyes y costumbres».

«¿Y el amor, Dante? ¿Y el amor?»

«El amor…»

«Sí, has escrito mucho sobre el amor, pero creo que en verdad no lo conoces.»

«En mis versos…»

«Sí, en tu fantasía, ahí es el único lugar…»

«Te equivocas, Gemma, yo he conocido las delicias y los tormentos del amor, y también aquel amor supremo…»

«No conmigo, Dante, nada conmigo. ¿Qué he sido yo para ti? La persona que te fue adjudicada en matrimonio, la madre de tus hijos, y nada más. ¿No crees que merecía un poco de amor?, ¿no podías haberme concedido un poco de cariño, aunque fuese el que te sobraba del que ibas regalando por ahí? Cuando te fuiste, cuidé de nuestra casa y hacienda y de los hijos sin más ayuda que la de algunas amistades caritativas. Pero los hijos quisieron volar con el padre en cuanto tuvieron alas. Y cuantas veces quise reunirme contigo en el exilio, me rechazaste con vanas excusas: no es el momento, no es vida para ti, espera, más adelante. Y esperaba, y esperaba. Pero ya no espero más, Dante. Ya sé todo lo que has sido, todo lo que eres y puedes ser para mí. Aunque volvieses, aunque ejerciendo tu derecho te vinieses a vivir en tu casa y conmigo, ya no sería la misma para ti. Has pasado por mi vida como un extraño, como un hombre al que, de verdad te lo digo, no he podido conocer. La gente te alababa por tu inteligencia, por tu saber, por tus obras, pero yo sólo veía un hombre seco, huraño, ensimismado que, a veces, urgido por la naturaleza, compartía mi cama. Ése es mi Dante. No he podido conocer a otro. ¿Ha sido culpa mía? Dime, ¿era yo la que no merecía recibir nada de ti?»

«Gemma, aquí no hay culpas ni méritos. La misma voluntad divina que asigna a los astros un lugar en el firmamento nos señala a cada criatura una esfera dentro de la cual podemos ejercer la libertad, pero no abandonarla para pasar a otra. Con toda tu bondad y tus demás virtudes, tú no eras, Gemma, la mujer asignada para despertar en mí aquel amor que guía y salva. Tampoco eras, y esto es un elogio, la mujer destinada a encender aquel otro amor que humilla y destruye. Eras una buena compañera…»

«¿Buena? ¿Por qué entonces te desprendiste de mí? ¿Así se trata a una buena compañera? Mientes, mientes en esto, Dante. Quizá mientes en todo».

«No, no miento. Digo la verdad, siempre digo la verdad. Eras buena compañera en la vida ordenada de la ciudad, pero ¿habrías soportado las penalidades del exilio? No quise hacer la prueba».

«Sigues mintiendo, Dante. Di la verdad: pensabas que en tu peregrinar por el mundo yo habría sido una molestia para ti. En cada corte habría sin duda alguna mujer hermosa… ¿cómo te las arreglarías con tu Gemma al lado? Esa es la verdad, la triste verdad. Reconócelo.»

«Gemma, reconozco que el egoísmo de la libertad tuvo que ver con mi decisión, pero las tentaciones habrían sido las mismas, y no me hubiese librado de ellas tu compañía, como no me había librado en la ciudad. De todos modos, te ruego que me perdones por el daño que he podido hacerte, el inevitable, nacido del designio divino, y el evitable, nacido de mi egoísmo. Sé que el tiempo se acaba y hay que arreglar los asuntos y cuadrar las cuentas. Con humildad te suplico que me perdones… ¿Me oyes, Gemma?…¡Gemma! ¿No quieres responder? ¿Estás ahí?…Gemma, dime algo, por favor»…

 

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VII

En la corte de Verona hay fiesta y alegría. Su príncipe, Cangrande della Scala, acaba de regresar de tierras alemanas; ha prestado juramento de fidelidad al emperador Federico de Habsburgo y ha sido oficialmente nombrado vicario imperial en Verona y Vicenza. La noticia despierta en Roma la cólera del pontífice, que al momento envía a Cangrande un ultimátum con amenaza de excomunión si no renuncia de inmediato al título imperial. El príncipe ignora la amenaza papal, que no se hará efectiva hasta pasado un año.

Pero ahora corre el mes de abril del año 1317 y en Verona hay fiesta y alegría. Una semana larga duran los festejos, en los que nada falta. Bailes, torneos y cenas fastuosas con la inevitable presencia de saltimbanquis, titiriteros, bufones y magos de taberna. Yo, naturalmente, no puedo sustraerme al espectáculo, tan gozoso para la mayoría, tan insoportable para mí. Ahí está Ciutti, por ejemplo, el aclamado gracioso, cada una de cuyas poses obscenas y ocurrencias indecentes arrancan risas y aplausos de entusiasmo de los presentes. Cuando, como suele hacer con el público de sus “espectáculos”, Ciutti se me acerca para obsequiarme con una de sus «gracias», no puedo evitar un gesto ostensible de rechazo y repugnancia, gesto que es captado por Cangrande con asombro. Días después, luego de un largo cambio de impresiones sobre las posibles consecuencias de la decisión papal, cambiando el tono frío de político experto por el más cálido de afable compañero, me dice Cangrande:

«Parece que no te lo pasaste muy bien la otra noche. ¿No fue de tu gusto el espectáculo?»

«Conoces bien mis gustos, señor».

«Sí, y la verdad es que no consigo entenderlo del todo. No creo que la poesía esté reñida con la vida alegre. Tú mismo me has hablado a veces de Catulo, de Marcial, de Ovidio y de cómo compaginaban los goces de la vida con el rigor de la obra.»

«Los goces de la vida, precisamente. Nada había en la pesadilla de la otra noche que me recordase el menor goce».

«Dante, a veces no se si eres una persona realmente excepcional o si, sobre todo, te gusta aparentarlo. La otra noche no sólo nos acompañaban cortesanos estúpidos y nobles incultos, como sé que sueles calificarlos; había también, eclesiásticos, notarios y distinguidos hombres de ciencia. Y todos, todos disfrutaban con el espectáculo. Todos menos tú. ¿Por qué, Dante? Me gustaría que me lo aclarases. ¿Por qué todos saben disfrutar con las locuras de Ciutti y tú, que eres tan inteligente, no sabes?»

«Si supieses que la base de todo entendimiento entre personas está en la paridad de las costumbres y en la semejanza de las almas, no me harías esa pregunta»

«Bien,…si no lo he entendido mal, quieres decir que todas aquellas personas, yo incluido, lo pasábamos tan bien con Ciutti porque somos tan locos y desgraciados como él.»

«No he dicho eso, señor, ni puedo pensar algo así del príncipe que me merece el máximo respeto y del que sólo he obtenido beneficios tanto en mi persona como en las de mis hijos. Sólo he puesto un ejemplo extremo para que la verdad, que a veces anda escondida, destaque con más fuerza.»

«Vamos a dejarlo, Dante. Sé muy bien que, con las palabras, eres invencible. Por cierto, ¿cómo va la obra?»

«Avanza, lentamente pero avanza».

«¿Necesitas algo?»

«Lo tengo todo. Y si algo me falta, no está a tu alcance proporcionármelo.»

«Pero me agradaría saberlo.»

«Sólo echo de menos…un ambiente tranquilo, sosegado, culto, donde el saber y la cortesía reinen sin competencia».

«Reconozco que nuestra corte tiene de todo menos tranquilidad y sosiego. Pero tú puedes hacer tu vida sin que nadie te moleste, lo sabes muy bien. Y si quieres, por mi parte estoy dispuesto a prescindir de tu consejo político si así puedes dedicarte mejor a tu obra».

«Tu generosidad no tiene límites, señor. Pero hay otra cosa. Y es que los poetas no somos pequeñas islas en medio del océano. Cualquier hombre de letras necesita comunicarse con los de su mismo oficio».

«En eso tienes razón. Verona no es Ravenna, donde el mismo príncipe ejerce de poeta. Esta ha sido, desde hace tiempo, una de las carencias de Verona, que quise subsanar cuando te invité a venir aquí. Pero el intento no ha tenido éxito, porque todos los hombres de letras a quienes luego he llamado han declinado la invitación. ¿No será que tu presencia los espanta, Dante?»

«O quizá que han previsto mejor que yo la situación.»

Ver:  https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VI

Paseo por los jardines del palacio. Me gusta caminar, porque es así como las ideas, a veces los versos ya formados, van saliendo del fondo de mí mismo. Solo temo encontrarme con alguien que me fuerce a interrumpir mis pensamientos. Como el otro día Francesco, el secretario del Príncipe. Por fortuna no suele pasear: sólo se traslada de un punto a otro, con un rollo en la mano y acompañado siempre de ayudantes. Es evidente que no soy persona de su agrado. He aparecido en la corte como un competidor suyo, pues algunos de los encargos que el Príncipe me confía son robados, piensa él, a su exclusiva competencia…Oigo voces. Son voces melodiosas, de mujer. Las reconozco: la Princesa, hermana de Cangrande y su prima Matilde. Se acercan. No puedo evitarlas. Tampoco lo deseo.

«Dichosos los ojos que te ven, Dante», dice la Princesa. Y Matilde:

«Nos preguntábamos si acaso andabas lejos de Verona, en alguna misión oficial». Y la Princesa:

«O si nos habías abandonado para siempre… Dante ¿es eso posible? ¿Es posible que un día nos dejes para siempre?»

«Tan posible como que Florencia caiga del lado de la justicia, señoras. Mientras eso no ocurra, podéis tener la certeza de que, para mí, no hay más tierra ni cielo que los de Verona».

«Sabemos que eres experto en las cosas del Cielo», dice Matilde. Y la Princesa:

«Y del Infierno. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Que visitas cuando quieres las regiones infernales y que el color tostado de tu piel es obra de su fuego?»

«Dicen tantas cosas de mí, señora…Y sin embargo es verdad. Es verdad que he visitado el Infierno, y el Purgatorio, y que ahora mismo estoy en el Cielo»

«No sé cuánto hay de lisonja o de burla en tus palabras, querido Dante, pero tú debes saber que el amor y la admiración que aquí te tenemos todos, empezando por mi noble hermano, no lo has de encontrar en ninguna otra parte, y que en cualquier alma gentil eso exigiría una correspondencia»

«¿Acaso no correspondo? ¿No es correspondencia servir al Príncipe en todo y continuar escribiendo la obra, que al cabo también he de ofrecerle?»

«No acaba ahí, en las secas obligaciones, la cortesía debida. Nunca te vemos en las fiestas, en los bailes, apenas en las celebraciones oficiales. ¿Qué ocurre, Dante? ¿Te espanta la sociedad? ¿O te crees realmente un dios que puede viajar al más allá y despreciar por estúpidas las ocupaciones y diversiones de los mortales?»

«Sé muy bien que estoy hecho del mismo barro que todos los mortales. En cuanto a si me espanta la sociedad… la vida es corta, señora, y hay que emplearla en tareas nobles».

«Estar aquí, con nosotras, es una pérdida de tiempo, quieres decir»

«Ni quiero ni puedo decir eso. Dos damas gentiles no forman una sociedad. Pero cuando el número aumenta…»

«Atento, Dante, que empieza a aumentar. Ahí viene el secretario Francesco. Pero no te preocupes, nosotras nos retiramos, no sea que formemos sociedad»

Cruel castigo a mis palabras. Se alejan las dos mujeres y se acerca Francesco.

«Buenos días, Dante. Poco se te ve últimamente. ¿Dónde te escondes?»

«Buenos días, Francesco. No me escondo. Hago mi vida, que no suele coincidir con la que hacen los cortesanos.»

«Todos sabemos que eres una persona muy singular. Pero quizás has olvidado que estás bajo la protección del Príncipe y que le debes, permíteme que te lo diga…»

«Permíteme que te interrumpa, Francesco, pero esa lección me la acaban de dar dos personas de más alta calidad y la tengo bien aprendida. Otra cosa es si sabré aplicarla».

«Luego reconoces que tu comportamiento no es el de un caballero cortés»

«Conozco muy bien los defectos de mi comportamiento y si permito que alguna dama los apunte gentilmente, no admito de ningún modo que un secretario los señale».

«Tu orgullo te pierde, Dante. ¿Quién te crees que eres? Que hayas escrito unos cientos de versos y embaucado a tantas personas de buena fe con tus fantasías sobre el más allá no te convierte en alguien especial. ¿Piensas que con esas artimañas puedes asegurarte el favor de los príncipes? Te equivocas, el favor de los príncipes, que es como decir la fortuna en la vida, no se consigue urdiendo fantasías. Se alcanza con el esfuerzo continuado, con el trabajo honrado y tenaz, con la dedicación desinteresada, con la entrega total a las tareas que a uno le corresponden… Perdona, pero tú ¿qué haces aquí? De acuerdo, Cangrande te asigna de vez en cuando alguna tarea o misión que quizá imaginas muy importante, y es que no te das cuenta de que son sólo migajas de caridad para el ocioso que un día fracasó en la política de su ciudad. Porque Cangrande solo confía y confiará en mí. Y ahora te daré un consejo: no abuses de la paciencia del Príncipe, que ya está llegando a su límite.»

«Hablamos idiomas diferentes, Francesco, o nos movemos en mundos distintos, no sé. Yo no aspiro al favor de Cangrande, sino a conservar su amistad. Yo no fracasé en la política de mi ciudad, sino que mi partido fue derrotado por una alianza invencible de enemigos. Y además, en esa política, mi actuación ocupaba un espacio limitado junto a la actuación de otros ciudadanos. Comprendo que alguien que siempre se ha arrastrado ante señores soberanos no pueda entender cómo funciona una república de ciudadanos. Y aún comprendo mejor que alguien que no va más allá de los protocolos de cancillería no pueda recibir el espíritu que alienta en unos versos dictados por la alta fantasía. Pero no te preocupes, Francesco, no me tendrás aquí por mucho tiempo.»

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento V

Finalmente, en un lugar situado entre la realidad y la fantasía, muy cerca del Ponte Vecchio, tuvo lugar el encuentro soñado. Primero apareció Giovanna, la que había sido dama de Guido, y me saludó y me dijo:

«Prepárate, Dante, y acomoda tus ojos, que la luz que tanto esperas viene detrás de mí».

Y así fue que detrás del Precursor se presentó el Amor. Mi corazón, al que tanto había ejercitado, se inundó de una alegría santa, mientras mantenía su dominio sobre los espíritus corporales, de manera que pude saludarla y avanzar una palabras:

«Buenos días, señora. Si vas sola, y si me lo permites, puedo acompañarte».

«No voy sola, Dante, Giovanna me acompaña. Es verdad que ahora se ha adelantado un poco, supongo que para hacer un favor a alguien».

«No seré yo ese alguien, que sólo de ti puedo esperar favores».

«¿Qué favores?»

«La luz de tu mirada, el cielo de tu sonrisa.».

«Veo que has aprendido a hablar. Ha cambiado mucho aquel joven tímido de casa Frescobaldi».

«Estaba desprevenido. Fue terrible, sí. Y lo peor es que resulté gravemente herido».

«Por ti mismo, supongo. No vi que se usase ninguna arma contra ti».

«No podías verla, porque los ojos no pueden verse a sí mismos».

«¿Quieres decir que yo te herí?»

«Tus risas, tus burlas fueron el castigo más cruel que nunca se me ha infligidoporque tú no ignorabas la causa de mi trastorno».

«No, no la ignoraba. Y en cambio tú, con ser tan sabio como dicen que eres, ignoras cosas elementales de la conducta humana. Dante, si yo no me hubiese reído como todas, de algún modo habría declarado que conocía y aceptaba el motivo de tu trastorno. ¿Acaso esperabas que me comprometiese de una manera tan necia?»

«Bendito sea el Cielo, que me ha permitido oír estas palabras. Cuántas lágrimas me hubiese ahorrado si las hubiese oído tiempo atrás. Bendita seas, Beatriz».

«Dante, debes refrenar tu imaginación, debes vigilar tu fantasía. He leído alguno de tus poemas y sé de ti más de lo que te piensas. Pero hay algo que no entiendo: ¿qué buscas en mí?»

«Gran atrevimiento, y gran falsedad, sería decir que busco algo en ti. No busco, espero. Espero aquello que honestamente me puedes dar: tu sonrisa, tu mirada. Ellas solas alimentan este amor que ya no cabe en mi alma y que ha de manifestarse en continuas alabanzas y quién sabe si en algo maravilloso que un día concebiré».

«Hablas como en los versos, pero has de tener cuidado. Una palabra, que en una canción es adecuada, puede resultar inconveniente dicha a una mujer casada, y a solas».

«¿Amor? No te preocupes, Beatriz. Los matrimonios y los amantes vulgares han usurpado este nombre. El amor del que yo hablo es hijo de las estrellas; sólo un corazón noble puede sentirlo».

«Insistes en la poesía. Me parece bien. Por ese camino sí puedo seguirte.»

«No. Tú vas delante, para iluminar la senda de mis versos».

«Así seaY tú, persevera, Dante, persevera.»

«Con todo mi amor».

«Con toda tu fantasía».

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento IV

También es mayo, pero tengo dieciocho años. Hay fiesta en casa de los Frescobaldi. Acudo acompañado de Dino. Él ha insistido, para que me distraiga, para que reparta mi atención entre tantas muchachas hermosas (¿hay alguna muchacha en Florencia que no sea hermosa?), para que olvide ese «fantasma», dice, que se ha apoderado de mi mente. Pero ese «fantasma» es muy real. Sólo hace unos días que me crucé con ella, acompañada por dos amigas, junto al Ponte Vecchio. Cuando me vio, sonrió, y de sus ojos partió el alegre rayo de una mirada que reavivó el fuego del amor, prendido en mi corazón hacía nueve años… Sólo tengo pensamientos para ella, ¿cómo podré comportarme en sociedad, si todo lo que no es ella o su recuerdo se me antoja triste y vacío como la misma muerte? Pero Dino insiste, y yo le acompaño. Nada más entrar en el jardín, Dino me señala un grupo de jóvenes damas que, formando corro, charlan y ríen animadamente.

«Aquella es mi hermana, dice. Buena ocasión».

Nos acercamos al grupo. Cuando Dino se dirige a su hermana, se vuelven todas para mirarnos. Entre ellas, Beatriz. Esta vez no puedo resistir el choque de su mirada con la mía. Palidezco, tiemblo, toda la sangre del cuerpo acude a socorrer al corazón herido, y un frío de hielo paraliza mis extremidades.

«¿Qué le pasa a tu amigo?», oigo que dicen. «¿Ha visto algún monstruo?»

Dino se vuelve hacia mí y yo me apoyo en su hombro para no desfallecer.

«Alguna flecha le ha herido, sin duda», son voces femeninas sin piedad.

«Hay mucho Cupido revoloteando en primavera».

Ríen. La miran y me miran, y ríen, y ríen. Ella también ríe, ella también

Si fuese éste un amor como los otros, primero, yo no hubiese palidecido, segundo, habría sabido hallar el camino de la venganza sin pararme a pensar en el motivo de la aparente burla. Pero todo lo que pude hacer fue retirarme, acompañado de mi amigo, y encerrarme en mi habitación, acompañado sólo de mis lágrimas. Y yo me decía: si ella supiese la causa de mi lamentable trastorno, no se burlaría, porque sé que su corazón no es una piedra, y sólo una mujer con corazón de piedra puede reírse de los extraños efectos de un amor tan verdadero como el mío, tan verdadero como creo que nunca ha existido entre hombre y mujer.

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento III

Bonifacio me repasa de arriba abajo con la mirada, para clavarla luego en mis ojos.

No estoy contento de vosotros, Dante, lo sabéis bien. ¿Qué pretendéis ahora?

La justicia.

La justicia, la justicia ¿Qué se entiende ahora en Florencia por justicia? ¿Es justicia que, después de protegerla de la codicia del emperador se vuelva contra su protector? ¿Es justicia que me niegue la colaboración debida para ayudar al devoto rey francés? ¿Es justicia el trato criminal que dio a mi legado el Cardenal Acquasparta? ¿Es justicia que una ciudadela de mercaderes niegue el pan y la sal al vicario de Cristo en la tierra? ¿Es justicia que la hija de Roma apuñale los pechos que la amamantan? ¿Es eso justicia?

Permitidme que os diga, señor, que me parece estar oyendo la opinión de una parte, no las palabras de un juez.

Eres muy osado, Dante, muy osado. Parece que no te das cuenta de quién tienes delante. Muy osados sois en Florencia, sí, o muy locos. Y ya sabes: quos deus vult perdere dementat prius. ¿Qué habéis hecho con mi buen hijo Corso Donati?»

Florencia resuelve sus asuntos con sus propias leyes, y cada uno de nosotros es una parte insignificante en este proceso.

Qué lenguaje tan extraño, y qué hipócrita. Las leyes son lo que los hombres que mandan quieren que sean, y por encima de las leyes y de los hombres está la voluntad de Dios.

Eso creo.

Y el vicario de Cristo en la tierra encarna la voluntad de Dios.

Un instante de silencio.

¿No es así? Responde, Dante, ¿no es así?»

Encarna la voluntad de Dios, porque todo cuanto sucede, sucede porque Dios quiere, o lo permite. Pero la intención de Cristo al delegar en Pedro…”

Ah, sabes tú cuál fue la intención de Cristo al delegar en Pedro, ¡fantástico! No eres clérigo, ni has estudiado teología en Bolonia ni en París, pero sabes cuál fue la intención de Cristo, ¡formidable! Supongo que has leído los Evangelios y has sacado tus propias conclusiones, ¡enhorabuena! Pero ve con cuidado, Dante, con mucho cuidado. Conozco a esa gente que va hablando por ahí, diciendo que si la pobreza, que si el Espíritu Santo, que si la Iglesia habría de ser así o asáDios mismo, para escarmiento, nos permitió tener a uno de esos en esta casay ya sabes cómo acabó. Pero dime, cuál fue, según tú, la intención de Cristo. Oigamos el Evangelio según Dante».

«Disculpadme, señor, pero no he viajado tantas leguas para discutir de teología con quien debe dominarla mejor que nadie. El asunto que me ha traído aquí«

«Eso puede esperar. Antes, es mi deseo que tengamos un poco de conversación. Tienes fama de poeta, dicen que eres un gran poeta. A mí también me interesan las letras humanas, pero lamentablemente no puedo dedicarles mi tiempo. Por eso me gusta, cuando puedo, conversar con auténticos hombres de letras aunque sean auténticos enemigos«

«Señor«

«No te esfuerces, Dante. Tengo informes que reproducen al pie de la letra tus intervenciones en los consejos florentinos. Pero insisto, eso puede esperar. Y veamos, cuál fue según tú la intención de Cristo al delegar en Pedro».

«Que Pedro y sus sucesores le representasen en la Tierra para mantener unida la grey cristiana en la observancia de las virtudes que predicaba: la pobreza, la humildad y la mansedumbre».

«Y la obediencia. Pero resulta que la obediencia sólo se consigue con ciertos medios que Cristo, por ser Dios, no necesitaba, pero que sí necesita su vicario en la Tierra».

«Esos medios pertenecen al mundo que Cristo quiso dejar al César. Mi reino no es de este mundo, dad al César lo que es del César. No he de ser yo quien os recuerde estos preceptos».

«No hay contradicción entre los preceptos de Cristo y la realidad de la Iglesia, si es eso lo que insinúas. Escucha, y escucha bien, que esta es una verdad histórica que puede explicarse con la sola ayuda de la razón. Es cierto que por indicación o, mejor dicho, por tolerancia divina, el César mantuvo al principio todo el poder temporal. Pero llegó el día que, viendo las necesidades de la Iglesia y sin duda por inspiración divina, el mismo César, en la persona de Constantino, hizo donación al sucesor de Pedro de los elementos materiales y jurídicos para que su Iglesia se constituyese en poder público, de manera que hoy, como siempre, la Iglesia es un poder espiritual, pero además, desde la donación de Constantino, es también un poder temporal, tan legítimo como el Imperio. Y dado que lo espiritual prevalece sobre lo temporal, el poder de la Iglesia es soberano y absoluto en todos los frentes».

«Opino que esta es la historia de un malentendido, porque nadie crea o alimenta a sabiendas a su enemigo. Quiero decir que, si Constantino dotó de riquezas y poder a la Iglesia fue para que ésta pudiese cumplir mejor sus fines propios, atendiendo a los pobres y a los desvalidos, no para que se erigiese en un poder autónomo o incluso enemigo, como tantas veces ha venido ocurriendo para confusión y escándalo de los fieles».

«Me sorprendes, Dante, te creía güelfo, como tu familia. ¿Qué ocurre? ¿Te has pasado a los gibelinos? ¿Crees ahora que es mejor para Florencia el guante de hierro del Imperio que la mansa mano de la Iglesia?».

«Siempre he creído que lo mejor para Florencia es lo que sus ciudadanos deciden».

«Absurdo, absurdo. Absurdo y herético, te lo advierto. Todo poder viene de Dios, lo dice el Apóstol: non est potestas nisi a Deo. Y dime tú, ¿desde cuando Dios ha trasmitido su poder a mercaderes, artesanos o banqueros? No me hagas reirEl agua del poder que viene de Dios mana directamente de la fuente de su vicario en la Tierra. Incluso el emperador, sí el emperador, debe recibir de nuestras manos la consagración de su poder para que quede limpio de su antiguo y pecaminoso origen pagano. Por eso, toda oposición a mi voluntad es oposición a la voluntad de Dios; por eso, toda resistencia a mi soberanía es pecado, nefando pecado. Y no hay más que decir».

«Si me lo permitíshe venido hasta aquí para hablar de otro asunto».

«Habla ya».

«Señor, por la paz y la felicidad de toda la Toscana, el gobierno de Florencia humildemente os suplica que anuléis el nombramiento dado a Carlos de Valois y que impidáis que entre con sus tropas en Florencia».

«¿Eso es todo? Bien, la audiencia ha terminadoAh, y no saldrás de Roma sin mi permisoAún tenemos temas que tratarla poesía, ¿eh? La poesíaGuardia, acompaña al embajador de Florencia a su residencia».

Ver :  https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

           https://antoniopriante.com/2014/11/02/dante-o-la-alta-fantasia-i/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento II

Yo no sé cómo Corso, entre cuyos parientes hay personas tan inocentes como mi esposa Gemma o tan encantadoras como su hermano Forese y su hermana Piccarda, ha llegado a reunir en su persona todos los vicios, todas las malignas cualidades de los enemigos de la justicia, pues si hay dos conceptos que hoy se excluyen mutuamente, estos son Corso Donati y Bien Común. El egoísmo, la prepotencia, la violencia, la brutalidad, la barbarie, en suma, por muy noble que sea su familia, son los rasgos característicos de su persona y sus acciones.

¿Quiénes pueden sentirse representados por un individuo así? ¿Quiénes pueden creerse que su causa puede ser defendida por alguien que no tiene más causa que sus intereses singulares de gran señor? Cuatro como élPero también, todos los magnates, güelfos o gibelinos, que nunca han aceptado el gobierno que libremente se ha dado el pueblo; pero también, esa parte del pueblo bajo, obtusa y gregaria, siempre dispuesta a aclamar a quien sabe deslumbrarle con la espada; pero también, y esto es lo peor y más amargo, aquella potencia extraña que no cesa en sus intrigas para devorar nuestra república y que ha convertido a Donati en su peón avanzado

Sí, es duro y amargo tener que llamar a Roma potencia extraña, cuando ella es la madre de Florencia, la forjadora del mundo civilizado, la creadora de aquel orden supremo que nunca debió romperse. Pero esa Roma ya no existe. Abandonada por los nuevos emperadores, que ya ni siquiera osan visitarla, es hoy un lugar siniestro donde reinan la corrupción y el engaño.

El que, blasfemando, dice ser el sucesor de Pedro y es en realidad el asesino de la pobreza que predicó Cristo, amasa oro para levantar ejércitos, reclama alianzas para estrangular enemigos, mantiene agentes para derribar gobiernos, y todo ello con el fin perverso de imponer su dominio temporal sobre tierras y ciudades, arrebatando al emperador sus atributos y a los pueblos sus libertades. Por eso, Guido, la actitud que hay que mantener ha de estar inspirada en la razón del bien, que siempre, por tarde que sea, sale triunfante de la sinrazón del mal. Por eso, Guido, las acciones precipitadas y violentas, los actos temerarios y salvajes, como tu loco intento de matar a Donati, no tienen sentido ni han de tener cabida en nuestro modo de actuar. Aspiramos, yo al menos, a vivir en una república ordenada: pues ordenemos primero nuestros actos.


Ver Dante, La alta fantasía

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento I

Las nubes se han rasgado y la claridad se abre paso, extraña luz. ¡Qué paisaje tan hermoso! Lo reconozco. Aquello es Fiésole, encaramada en la colina, y a sus pies, abrazada al río, la ciudad. Nunca creí que pudiera verla desde esta altura. Es como si suavemente volase sobre un ángel alado. El palacio de la Señoría, Santa Maria Novella, y San Giovanni, donde recibí las aguas bautismales, y más allá, el barrio de San Martino, donde nací… Y ésa es mi casa natal, pero no estoy ahí. Falta una hora para el mediodía y no estoy en la casaYa sé, he salido con mi padre. Le acompaño a casa de los Portinari. Son gente muy rica y muy buena, Dante, supongo que me harás quedar bien. ¿A ver? Estás muy guapo. Si tu pobre madre pudiese verte…”

Es el primer día de mayo y la primavera estalla por doquier, en la hierba que rompe la tierra dura de las calles, en las flores de los árboles que asoman sobre los muros de los huertos urbanos, en la verde enredadera que trepa por esos muros, en el trinar incesante de los pájaros. Las calles de Florencia huelen muy bien, nunca lo había notado como ahora. Es muy hermosa mi ciudad. Aún no he cumplido nueve años pero ya siento que la amo con todo mi corazón. Enseguida estamos. Cruzamos la calle Santa Margherita y llegamos a Corso Por San Piero.

En casa Portinari hay un amplio jardín reservado para los niños. Se sirven dulces y refrescos. Y entonces sucede aquelloaquello que ninguna lengua humana puede fielmente describir, aquello que ninguna mente humana puede correctamente razonar, aquello que sólo la poesía, la alta fantasía, puede imaginar…

¿Quién era aquella niña, papá, aquella niña, vestida de rojo, a quien todos llamaban Bice?

¿Bice? Ah, ya, Beatriz, la hija de Folco Portinari. Es guapa, ¿verdad?¿Qué te pasa, hijo? Estás pálido como un muertoAlgo no te ha sentado bien.

Papá, beatus quiere decir feliz, ¿no?

Eso creo¿en qué estás pensando?

Contesté con un suspiro, y seguí caminando hasta casa, pálido como un muerto, porque, en efecto, aquel que hasta entonces era acababa de morir. Incipit vita nova.


Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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