Cicerón y César

[narra Cicerón]…se situó a mi lado, y empezamos un largo paseo en dirección contraria al grupo de jinetes.
– Bello día de verano, ¿no te parece?
– Todos los días son espléndidos aquí – respondí -, sobre todo en primavera.
– ¿Sabes que en Germania las primaveras son mucho más hermosas que en nuestras tierras? – dijo, como si realmente el asunto le interesase mucho -. Allá toda la naturaleza resucita de una forma esplendorosa.
– Porque la naturaleza es sabia y justa. Un invierno más crudo lo compensa con una primavera más hermosa. Y a cada invierno le sigue una primavera. No hay inviernos eternos – aclaré, por si quería entender.

Pero siguió otro camino:

– Para nosotros no es así, amigo. A nuestro invierno particular no le sigue nada.
– No estoy tan seguro.
– Tu problema, Marco, es que nunca estás seguro de nada […] Es difícil hablar contigo sin enredarse en vericuetos dialécticos que no suelen llevar a ninguna parte. ¿Cómo está tu familia? ¿Y Tulia? ¿Cómo le va?
– Tulia está bien. Todo lo bien que le permite su marido. Sabes que se casó con Dolabela. No tuve más remedio que aceptarlo.
– No lo digas en ese tono. Dolabela es un buen muchacho. De todos modos, no querrás decir que se casó sin tu consentimiento. Me parece increíble que un padre de familia tenga que pasar por eso, por dubitativo que sea.
– Yo estaba en Cilicia. No podía intervenir ni aconsejar. Ella y su madre lo organizaron todo. Y luego, durante todo este tiempo que he estado lejos, las cosas se han complicado.
– ¿Y por qué estabas lejos? Ninguna ley clodia te había desterrado esta vez. ¿Huías de un enemigo?
– No, huía de un amigo. Para no convertirme en enemigo de mí mismo. Y acompañaba a otro amigo.
– En la amistad, como en todo, hay que saber decidir. Y es muy importante no equivocarse.
– No me equivoqué. Yo quería a los dos por igual. Pero uno de ellos no defendía una causa buena. Esto determinó finalmente mi elección.
– Las causas buenas son las que triunfan. ¿Qué piensas hacer ahora, Marco?
– No sabía que pudiese decidir sobre eso. Solo soy un vencido.
– Sabes muy bien que no merezco esa respuesta. Pero no lo tomo en cuenta. También yo sé que tu lengua tiene mecanismos automáticos irrefrenables. Marco, quiero que quede bien clara una cosa: en esta guerra no hay ni habrá más vencidos que los muertos. No me importa lo que esos que llaman “vencidos” hayan hecho hasta ahora. Solo me interesa saber si están dispuestos a acompañarme, o si prefieren quedarse quietos.
– Naturalmente, no hay otra opción.
– Naturalmente. No estoy acabando con una guerra civil para que enseguida se encienda otra.
– Quedarme quieto es muy difícil para mí. Acompañarte puede ser muy peligroso. Piensa que no solo mi lengua, también mi pasión por la libertad es irrefrenable.
– Libertad, bella palabra que cada cual entiende a su manera. Después de todo, ¿qué significa? Para vosotros significa la sujeción a un sistema legal que beneficia a unos pocos; un sistema que sirve muy bien para el gobierno de una aldea o de una ciudad pequeña. Pero, parece que no os habéis dado cuenta de que Roma no es solo una ciudad. Roma es un reino inmenso, y pronto será un mundo. Y no lo pueden gobernar cuatro familias mal avenidas. Yo también estoy por la libertad, Marco, la libertad de las personas en sus casas, en sus negocios, en los municipios, pero más arriba ¿a quién interesa la libertad, vuestra libertad? Yo ofrezco al pueblo bienestar; vosotros lo sometéis con vuestros privilegios, que es el verdadero nombre de esa libertad con que tanto os gusta llenaros la boca. Pero el pueblo ya ha decidido.
[………………………..]
– A veces, Marco, tengo la impresión de que no vives en el mundo, de que tu excelente formación jurídica no te ha permitido, te ha impedido quizá, conocer la realidad de la sociedad y de los hombres. […] A tus amigos del senado se les ha acabado el tiempo. En la tragedia de la historia empieza un nuevo acto.
– En el que tú serás el gran protagonista, supongo.
– Sí, yo y el pueblo.
– Eso es la monarquía.

– Llámalo como quieras. Es la forma del futuro.

[………………………………………..]

– De acuerdo, volveré a Roma. Estaré en casa y con mis amigos. Y si puedo hablar, diré siempre la verdad. Es decir, si no me lo impides, hablaré de la necesidad de restaurar la verdadera república, de la que tú mismo podrías ser promotor y garante, y tanto si me lo permites como si no, hablaré de tu extraordinaria clemencia, rarísima joya con la que no suelen adornarse los vencedores.

– No te pongas pomposo, por favor. Eso déjalo para la historia. Yo quiero, necesito tu amistad.

– Yo también deseo tu amistad. Pero temo que ya no podrá ser como antes. ¿Se puede ser amigo de una autoridad-única-y-fuerte?

– Lo intentaremos, Marco…

…………………………………………………………

(De La encina de Mario)

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2 comentarios

Archivado bajo Opus meum

2 Respuestas a “Cicerón y César

  1. Camila

    “- Porque la naturaleza es sabia y justa. Un invierno más crudo lo compensa con una primavera más hermosa. Y a cada invierno le sigue una primavera. No hay inviernos eternos”
    hermoso

    camilalmendra.blogspot.com

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