Archivos de la categoría La letra o la vida

Consideraciones generales sobre la literatura y la vida.

La muerte de la novela II

Existen muchas definiciones de novela. Yo me quedo con la del escritor checo Milan Kundera, para quien una novela “es una meditación sobre la existencia vista a través de personajes imaginarios”. Creo, en cambio, que la definición que se atribuye a Stendhal, “un espejo en el camino”, es en extremo simplista. Un espejo apenas nos dice nada de nosotros mismos que no sepamos ya. Una novela, una auténtica novela, sí. Y no solo nos habla de lo que somos, sino también de lo que fuimos y de lo que podemos ser.

Una novela es una exploración de la existencia humana (palabras también de Kundera), y yo añadiría, de la presente, de la pasada o de la futura, pero sobre todo de la ideal. Y es que la idea del ser humano no se agota en todas las realidades existentes, sino que las transciende. Werther es la idea de una posibilidad humana, que Goethe captó con tanta intuición y plasmó con tanta maestría que llegó a contaminar la realidad, provocando toda una floración de jóvenes sentimentales proclives al suicido. El Castillo kafkiano es la idea de una posibilidad extrema de la existencia, cuyas pequeñas concreciones cotidianas todos conocemos y sufrimos.

Creo sinceramente que la novela es algo más que un espejo en el camino. Porque, si no fuese más que eso, habría que dar por buenas, es decir, por novelas, muchos de esos relatos en forma de libros en los que se pretende retratar la vida y los sentimientos de la gente normal, y no se consigue otra cosa que una monótona yuxtaposición de personajes y situaciones perfectamente prescindibles, todo ello aderezado con recursos oportunistas y mensajes políticamente correctos o supuestamente transgresores, que suelen ser las dos caras de lo mismo. 

Así que, por mí, ya puede morirse esa novela a la que aludía Machado y esta a la que he aludido yo en el párrafo anterior.  La otra, la obra de arte, no morirá nunca. Pueden extinguirse los autores y hasta los lectores. No importa: Hans Castorp, Raskolnikov, Ana Karenina… siempre estarán ahí, esperándonos.

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La muerte de la novela I

Andan inquietos muchos escritores de diferentes ramas (novelistas, críticos, periodistas, etc.) con el asunto de la posible muerte de la novela. Unos la certifican de todas todas, otros la ven venir con el comprensible terror que toda aproximación de la muerte impone, otros se pierden y nos pierden con matices y distingos que no siempre comprendemos.

El revuelo no resulta nada extraño, porque decretar la muerte de algo es cosa seria. Y a veces rayana en el ridículo. Como el que hizo Nietszche, anunciando a bombo y platillo la muerte de Dios, ¡pero cómo puede morir alguien que no ha nacido!… Bien, reconozco que las cosas no son tan simples, y que el anuncio del filósofo quizá contenía una carga de profundidad muy respetable.

Nunca he sido un gran lector de novelas. Pero algunas de las que he leído me han parecido auténticas maravillas de la imaginación y del arte. Citaré solo a los rusos Tolstoy, Dostoyevski y Goncharov, y al alemán Thomas Mann. Solo pensando en las obras de estos escritores uno puede echarse a llorar ante la posibilidad de que un arte semejante desparezca para siempre. 

Y sin embargo, como antes he apuntado, siempre he tenido cierta prevención ante la novela. No sabía por qué. Hasta que, casualmente, di con una frase de Antonio Machado que me iluminó sobre las posibles razones de mi rechazo. Frase que contiene su dosis de incorrección política, que espero que el lector – y sobre todo la lectora – sabrá disimular.

Lo que hace realmente angustiosa la lectura de algunas novelas, como en general la conversación de las mujeres, es la anécdota boba, el detalle insignificante, el documento crudo, horro de toda elaboración imaginativa, reflexiva, estética. Ese afán de querer contar cosas que ni siquiera son chismes de portería…(continuará)

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El humor bien entendido III

No por casualidad el humorismo en literatura surge y se desarrolla al mismo tiempo que la novela. Desde Cervantes, todos los escritores dignos de ser tenidos en cuenta, y desde luego todos los novelistas, han descrito el mundo o sus particulares fantasías con humor. ¿Que a veces no lo parece? Cierto. Pero es porque se tiene del humor una idea muy estrecha. Demasiado festiva. Y el humor puede ser amargo, y triste, y sobretodo melancólico. Pero nunca trata de culpar a nadie (en esto, entre otras cosas, se diferencia de la ironía o la sátira).

El humor es como una segunda alma del escritor. Una alma crítica. Así, mientras la primera alma va montando el relato a base de dar cierta realidad o consistencia a las cosas y personajes, la segunda lo pone todo en duda y de vez en cuando asoma a la página para dedicar una sonrisa compasiva a esa cándida primera alma que se toma tan en serio la idea de las cosas y las personas.

¿Qué resulta de eso? La ambigüedad, elemento básico e imprescindible de toda novela. La novela ha de ser tan ambigua como la vida. Esto, que empezó a funcionar hacia el 1600, es a estas alturas algo irrenunciable. Solo algunos fabricantes de bestsellers pueden ignorarlo. Pero se comprende: escriben para un público compuesto por seres idénticos a nuestros lejanos antepasados; viven (autor y lectores) en la época en que el humor no existía. Felices ellos, que no tienen que acarrear con el peso de una segunda alma, empeñada en criticar y desmontar los artilugios de la primera.

El escritor lúcido de hoy, es decir, el humorista, sabe que ninguna persona es exactamente lo que parece (¡cómo lo van a ser los personajes!), que los acontecimientos de la realidad no guardan la lógica y el sentido que se les tiende dar en la ficción, que todo es fluctuante y relativo. Y sabe también que él mismo es, o puede ser, tan ilógico, sinsentido, fluctuante y relativo como todo lo que a su alrededor se mueve. Y es que el humor bien entendido empieza por uno mismo.

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El humor bien entendido II

La supuesta evolución y progreso de la vida consistiría en un proceso de reflexión creciente, es decir,  de llegar a verse a uno mismo como reflejado en un espejo. El mundo inorgánico no tiene conciencia. Los animales superiores poseen ya el entendimiento necesario para organizar el cumplimiento de sus fines inmediatos: mantenerse vivos y reproducirse. Pero no se puede decir que tengan conciencia. Porque no la tienen de sí mismos: no se ven vivir.

Todos los indicios señalan que el ser humano es el único que se ve de repente aquí, sabiendo que está aquí y también sabiendo que un día ya no estará. Estas certezas básicas serán el fundamento de la especifidad humana, de aquello que les separa del resto de los animales. Y, como efecto colateral, el lenguaje… ah, y la risa.

¿Quién no ha oído decir que lo que nos diferencia de las bestias es la risa? Pues es cierto. Primero fue una risa tosca, primaria, la carcajada provocada por la súbita aparición de lo contrario del efecto esperado: uno, que está apunto de alcanzar el coco, de pronto se cae del cocotero; grandes risas entre los colegas. (Y aquí convendría advertir que muchos seres humanos no han pasado de este grado de lo risible).

Pero la cosa se va perfecccionando. Y, pasada la época de las terribles certezas (los textos de la épica primitiva y los fundacionales de las religiones), viene la gran eclosión de la risa antigua: las gracias, los chistes, la sátira, la mordacidad, la ironía, ésta ya como preludio de lo que será el verdadero humorismo. 

Pero aún no hemos llegado. Porque todo eso se aplica hacia afuera, sobre o contra el otro. El sujeto todavía no ha alcanzado el punto decisivo en el que empieza realmente la reflexión. Todavía no ha alcanzado a verse – él también – como objeto curioso. (continúa)

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El humor bien entendido I

El humor es un invento moderno. Del Barroco, pongamos. Aunque creo que en la Edad Media ya se daban algunos casos. Y me refiero al humor en literatura, por supuesto. Los antiguos no conocían el humor. Cierto que las obras de Aristófanes, Plauto y otros estaban llenas de chistes, sátiras, gracias y chascarrillos, y que los romanos, con su característica mordacidad (acetum) fueron maestros en el lanzamiento de pullas. Es famosa, por ejemplo, la que dedicó el senador Curión a Julio César, bisexual muy activo: el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres (omnium mulierum vir et omnium virorum mulier) .  Pero todo eso no es el humor tal como ahora se entiende. Eso es ser gracioso, o agudo, cosa que está al alcance de cualquiera que tenga la gracia o agudeza imprescindible.

El humor es algo misterioso. Y siento ponerme acientífico, no es mi estilo, pero es que no encuentro otra manera de decirlo. Casi siempre va acompañado por algunos de esos elementos con los que se le suele confundir. Quiero decir que un escritor dotado de auténtico sentido del humor puede destacar, además, en la ironía, la comicidad, la sátira, la mordacidad, el sarcasmo incluso. Pero nada de eso hace el humor, ni siquiera la suma de todo ello.Entonces, ¿qué es?

El mismo hecho de su modernidad podría ofrecernos una pista. ¿Por qué los antiguos no conocieron el humor? ¿Y por qué sí la comicidad o la ironía, por ejemplo? Pero, primero hay que aclarar que, si nos vamos más atrás en el tiempo, ni siquiera la comicidad se conocía. Pensemos en los textos de la antigua épica y en los fundacionales de las grandes religiones. Cosa seria. Nada de bromas. Las cosas son como digo que son, y punto. Pues bien, ya tenemos una pista. (continúa)

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La inspiración o el amor

La entrada anterior, la de la página en blanco, me ha sugerido un nuevo tema. Y es que en esto de los temas o ideas para escribir ocurre como con las cerezas: coges una y te salen entrelazadas un montón, todas rojas y apetitosas. La inspiración… La inspiración, Dios mío, cuántas batallas se libran en tu nombre.

¿Qué es la inspiración? ¿Existe realmente? Y si existe, ¿en qué consiste? ¿Es un proceso material susceptible de seguimiento científico? ¿O algo puramente espiritual, una especie de versión para el arte de lo que en religión se llama gracia divina?

Las opiniones más corrientes son muy conocidas. Los que la niegan afirman que lo que así se llama no es más que fruto necesario del trabajo (90 por ciento de transpiración, etc.), que solo plantearse tal cosa revela un mentalidad romántica, ajena a los datos concretos de la realidad, donde nunca ha habido lugar para las Musas ni para otros entes fantasmagóricos. Los que la defienden… en realidad los que la defienden no aportan razones, solo su experiencia particular, cosa absolutamente desdeñable, como todo el mundo sabe, desde el punto de vista racional o científico.

Desde mi punto de vista… no sé. Pero mi experiencia personal (poco válida, por supuesto) y el cambio de impresiones que he tenido con partidarios y contrarios me ha llevado a una conclusión bastante curiosa. Y es que con esto de la inspiración ocurre como con lo del amor. Los que no la conocen la niegan.

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La tragedia de la página en blanco

O del papel en blanco, que también se la llama así. Consiste esta tragedia en que un señor o señora, que es o se cree escritor o escritora (parece que me vuelvo terriblemente correcto), se halla situado o situada ante un papel o pantalla en blanco. Y el señor o señora (en adelante, “escritor” para abreviar) intenta llenar ese papel o pantalla con palabras, frases, historias significativas, si no portentosas. Pero nadie acude a la convocatoria; no hay palabras, ni frases, ni historia significativa alguna. Y el escritor sufre y se lamenta porque nadie acude a su llamada y no puede seguir creando literatura como es su obligación.

De distintas maneras, esta tragedia ha sido representada y comentada infinidad de veces. Y sin embargo, todavía no sé si acaba bien o mal. Aunque el tenerla calificada de tragedia ya es todo un indicio.

Para mí, que debe de ser algo parecido a lo que les pasaba a los místicos cristianos (Teresa y compañía): que atravesaban oscuros períodos de sequedad del alma. Pero como eran místicos y cristianos, se resignaban y se dedicaban como nunca a las labores serviles, como arar el huerto o pelar patatas. Hasta que el Señor regresaba para inundar de nuevo sus almas.

Pero el escritor de ahora mismo, como no suele ser ni místico ni cristiano, no se resigna. Pelea, patalea, berrea, como el niño mal educado que exige que se le devuelva, ya, su juguete preferido.

Escritor, no insista, por favor. Deje el papel o la pantalla tranquilamente en blanco. Y, sobre todo, no se le ocurra colocarnos cualquier cosa solo para llenarlos. Piense que a los lectores se les debe algún respeto. Nadie le obliga a escribir (lo terrible, comprendo, es si solo se vive de eso).  Y siempre habrá por ahí alguna patata que pelar mientras se aguarda con fe y resignación el regreso del Señor.

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Y usted, ¿por qué escribe? II

Se escribe para vivir muchas vidas. La tuya no es suficiente, decidida como está de principio a fin. Se escribe porque te sientes atrapado. Porque quieres ser otro. Porque quieres que te consideren y te aprecien. Porque necesitas que alguien te diga que eres bueno. Porque eres pobre. Porque te avergüenzas de tu casa. Porque no quieres tener el mismo trabajo que tu padre. Porque no tienes dinero para viajar. Para poder pagarte las mujeres que quieres, aquellas que desearías llevar al restaurante o a la ópera. Porque se lo quieres echar en cara a alguien, a los prepotentes, a los envidiosos.  

Son palabras que el escritor italiano Ernesto Ferrero pone en boca de su compatriota Salgari en la novela-biografía El último viaje del capitán Salgari, (trad. Elena Rodríguez). No dudo, es decir, estoy seguro, de que reflejan fielmente el pensamiento de Salgari sobre el asunto. Lo extraño, a mi entender, es que se formulen de una manera general, como si fueran de validez universal (”se escribe para”, en vez de “yo escribo para”). Y la verdad es que, si hay tantos tipos de escritores como de personas, también hay tantas razones por las que escribir como escritores.

En realidad la finalidad (el para qué) se la puede inventar cada cual a su gusto, como hace el personaje real-ficticio de la obra de Ferrero, pero la razón causal (el por qué) nadie la conoce, ni el propio escritor interpelado, por mucho que pontifique sobre sí mismo. Y es que los impulsos básicos que dirigen la trayectoria vital de cada cual permanecen siempre fuera del foco de la conciencia. El destino, se decía. Pues vale, por qué no, el destino.

Y el escritor verdadero ya no se interrogará ni se preocupará más. Y si alguien le sale al paso con la pregunta, siempre podrá responder : para no caerme.

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Y usted, ¿por qué escribe? I

En toda entrevista hecha por un periodista a un escritor existe el peligro, la amenaza, o como se lo quiera llamar, de que, de pronto, surja la pregunta: y usted, ¿por qué escribe? Los escritores veteranos, experimentados en el trato con los medios de comunicación, tiene siempre su respuesta preparada. Ingeniosa, obvia, inteligente, absurda, aguda, original, estándar o lo que sea, pero la tienen bien a punto. Solo han de tirar del cajón de las respuestas y ya está.

“Mire, señor periodista yo escribo por esto o por lo otro, para esto o para lo otro.” Y el periodista toma nota o deja que funcione la grabadora, sin fijarse mucho en las palabras del escritor, porque está pensando en la siguiente pregunta.

Pero imaginemos que el escritor es tan poco famoso que nunca ha sufrido la pregunta, es decir, que casi nunca ha sido entrevistado. El susto puede ser descomunal. “Y yo ¿por qué escribo?”, se pregunta mentalmente durante los escasos segundos anteriores al momento de  la respuesta. Y es posible que, en su nerviosismo, una gotas de sudor perlen su frente, como diría el escritor estándar.

“Y yo, ¿por qué escribo?”, piensa, “¡Qué pregunta tan absurda! Es como si a un niño le preguntasen por qué juega. O como si a un ciclista le preguntasen por qué pedalea. Para no caerme, contestaría el ciclista. Eso es, para no caerme.”

Y entonces, recuperada la calma, lanza la respuesta inspirada: “Escribo para no caerme”. Pero el periodista no advierte la inspiración, porque está pensando en la siguiente pregunta. (continuará)

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Nunca muestres tus escritos a un escritor II

El creador es un hombre muy ocupado. Ocupado no solo en el sentido temporal de la palabra (no tiene tiempo para), sino además en el sentido físico o material: todo su ser está ocupado por él mismo. No tiene más mundo que el suyo propio, que trata de desarrollar y expresar en clave artística. Se podría decir que es un ser esencialmente egoísta, si no fuese porque el agudo ingenio de Oscar Wilde aclaró definitivamente el asunto:

Egoísta no es el que hace lo que quiere, sino el que exige que los otros hagan lo que él quiere.

O sea, que el creador – el escritor en este caso – no tiene nada de egoísta: deja a los otros en paz como espera que los otros le dejen a él. Cierto que adora los aplausos y el reconocimiento del público; a veces, incluso el de la masa estúpida. Pero éste en un misterio que no me veo ahora con arrestos para indagar.

En todo caso es un hecho que al escritor – al de verdad, no al que se dedica a husmear las tendencias – no le importan en absoluto los escritores de su entorno. ¿Cómo le van a importar entonces esos extraños seres que pretenden subirse al mismo pedestal que él ocupa por derecho propio?

Gombrowicz, en cierto lugar de su Journal, que lamentablemente no he sabido encontrar ahora, explica esta indiferencia fundamental que, como escritor, sentía por los autores de su misma generación. Wilde también, pero éste añade una observación muy certera y que debería bastar por sí sola para hacer desistir al novato del intento de mostrar sus escritos a quien no debe: el creador está incapacitado para la crítica.

El artista grande de verdad jamás podrá juzgar la obra ajena, y de hecho apenas puede juzgar la suya propia. Esa misma concentración de la visión que convierte a un hombre en artista limita, por su mera intensidad, su capacidad para la correcta apreciación. La energía creativa le impulsa ciegamente hacia su objetivo. La ruedas de su carroza levantan una nube de polvo a su alrededor. Los dioses quedan ocultos para sus iguales. Pueden reconocer a sus adoradores. Eso es todo.(El crítico como artista. Traducción, Luis Martínez Victorio).

Así que quedáis avisados, escritores noveles o no publicados, mostrad vuestros textos a cualquier persona que juzguéis con criterio suficiente (un vecino, un amigo, incluso un lector profesional). Nunca a un escritor.

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