BICIFOBIA

Yo también he ido en bicicleta. Y me encantaba. Pero solo en verano, como está mandado. Y solo por la urbanización y las carreteras comarcales que llevaban a las poblaciones próximas. A veces, me atrevía hasta alguna ciudad un poco más alejada. Y me encantaba, ya lo he dicho, el aire en el rostro, la velocidad con que se sucedían los árboles por los lados, incluso la sensación de peligro al ser avanzado por camiones y camionetas tambaleantes, que te podían verter encima el contenido de la carga o llevársete por delante. Era en la década de los años cincuenta del siglo pasado, o sea, cuando el mundo en que ahora vivo apenas había nacido.

En aquel mundo solo los niños y adolescentes íbamos en bicicleta. Las personas mayores que las montaban o eran honrados operarios – el jardinero, el afilador, el cartero – o eran “tíos”.

– Mamá, ¿qué quieres decir con eso de «tíos»?

– Pues eso, hijo, “tíos”.

Hoy es muy diferente. Hoy cualquiera va en bicicleta. Desde que vivo todo el año en la ciudad, desde que aquellas vacaciones quedaron sepultadas en el olvido, he visto crecer el problema de forma alarmante.

Hoy todo el mundo va en bicicleta, el papá y la mamá, el niño y la niña. Pero no entre camiones destartalados y árboles a ambos lados de la carretera, no. Ahora van por la ciudad. Y no solo por los carriles que tienen reservados, que, por cierto, se van extendiendo con la rapidez de una tela de araña que ha de capturar al indefenso insecto-peatón, sino por todos y cada uno de los espacios de la ciudad.

Parques, paseos, aceras, pasos peatonales, cualquier espacio presuntamente reservado a los que caminan solo con las piernas puede ser objeto de la inmensa voracidad velocípeda. Y sin respetar las reglas, por supuesto; ni los semáforos, ni las normas de circulación parecen afectar a los ciclistas urbanos.

Antes, no hace muchos años, podías caminar por las aceras con total impunidad; podías ir adelante, atrás, moverte hacia la izquierda, hacia la derecha, girar en círculo, qué sé yo, y no pasaba nada. Ahora no, ahora has de tener siempre presente que si te desvías unos milímetros hacia un lado, puedes ser arrollado por la bicicleta que viene corriendo por detrás.

Y lo peor son las esquinas de las calles, ¡a cuántos ciclistas he visto yo doblarlas a toda velocidad, bien pegados al muro del edificio con la clara intención de derribar al incauto peatón que se va a encontrar al otro lado!

Hay que defenderse. Como sea, hay que defenderse. Yo ya he empezado a tomar medidas. De momento, me he provisto de un bastón de paseo de madera dura.

– Para defenderme – le digo al vendedor que se interesa por la razón de mi insistencia en la dureza.

En cuanto la bici pasa más cerca de lo admisible, golpeo en el suelo con toda la fuerza con el bastón, como cualquier ciego justamente irritado. Golpeo lo más cerca posible de la rueda. Y de ahí no paso, de momento. Pero cualquier día seguiré el consejo de aquel dandy periodista: meteré el bastón entre los radios de la rueda y…que sea lo que Dios quiera.

A propósito del terrible atentado terrorista que tuvo lugar en la ciudad hace unos meses, un amigo que vive fuera me preguntó si no temía morir un día en un atentado… le contesté lo que merecía.

– Pero, qué dices. Las probabilidades de que muera en un atentado terrorista son nulas comparadas con las probabilidades de que muera atropellado por una bici.

Y ocurrirá. ¿Cuándo? No lo sé, pero ocurrirá.

No se puede evitar el destino.

 

3 comentarios

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3 Respuestas a “BICIFOBIA

  1. En Barcelona hay muchisimas bicis por la ciudad. Dan un poco de muedo, sí.

  2. Totalmente de acuerdo. Un dato extraño, en aquella época era obligatorio tener la bici matriculada, en cambio ahora, con tanto riesgo, no.

    • antoniopriante
      antoniopriante

      Sí, recuerdo que durante un tiempo era obligatorio matricularlas, pero creo que duró poco. Ahora habría que matricularlas, asegurarlas, y hacer que respeten las normas de circulación como todo bicho circulante.

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