
Configuar, desconfigurar… palabras que, aunque hunden sus raíces en lo más antiguo de nuestro hablar y pensar, son esencialmente modernas. Quiero decir que de ningún modo se pueden utilizar para imaginar falsas frases célebres, de esas que extraños escribientes atribuyen a Cervantes, por ejemplo, no se sabe con qué finalidad o provecho.
Pero, ¿qué significan? ¿Qué es lo que definen? Nada mejor para ilustrarnos que la Biblia de nuestro tiempo.
La palabra «configurar» se refiere al proceso de personalizar, ajustar o preparar un sistema, dispositivo, aplicación o red para que funcione de la forma deseada según tus necesidades.
Un sistema, dispositivo, aplicación o red, es decir, casi todo lo operante para que todo funcione. Y ese “proceso de personalizar, ajustar o preparar para que algo funcione de la forma deseada según tus necesidades” ¿quién lo ajusta o prepara?
Porque es evidente que el autor de esa breve explicación de pequeño alcance está pensando en realizaciones limitadas, pero hay “realizaciones” de mucha mayor envergadura.
La existencia universal, por ejemplo.
El proceso de configurar el vasto mundo no tiene límite en ningún lugar. Nadie sabe cómo se configuró el mundo ni por qué ese proceso ha de durar eternamente.
¿Y qué ocurriría si el proceso se rompiese? ¿Es decir, si la configuración, a veces tan poética, a veces tan terrible, dejara simplemente de existir? ¿Si la fuerza que liga el mundo perdiese su poder y las cosas quedasen abandonadas a un delirio sin sentido?
Se puede decir que la configuración es el alma de la realidad. Una realidad que hemos asumido como propia, sin cuya existencia no seríamos nada.
Nadie que no esté loco puede soñar con deshacer nuestra configuración.
¿Alguien lo ha intentado en serio? Que lo intente. Que dé una patada a la configuración vigente, y una explosión vegetal y espesa acabará con todo.