El materialismo siempre ha tenido muy mala prensa. Cuando de una persona se dice que es materialista se significa que solo le interesan los bienes tangibles, como la comida, el sexo, los Lamborghini y cosas así. Pero en el mundo del pensamiento, situado un poco más arriba del de los Lamborghini, el materialismo es una opción tan respetada – o tan poco respetada – como cualquiera otra.
El materialismo filosófico sostiene que la única realidad del universo entero es la materia; que no existe nada sobrenatural y que lo que se llama mental, intelectual o incluso espiritual son solo aspectos o productos o maneras de manifestarse de la misma materia.
Desde Epicuro hasta Dawkins, pasando por Lucrecio y Holbac, ha habido multitud de materialislas ilustres. Pero no en todos los casos la idea que tenían de la materia era la misma. Y precisamente ahí radica una de las claves de la cuestión. ¿Qué es la materia?
En apariencia, la materia es todo eso sólido, líquido o gaseoso de lo que estamos hecho y que nos rodea. Pero, extrañamente, a medida que profundizamos en ella, el aspecto sólido va perdiendo terreno frente al gaseoso, por decirlo así. Hasta el extremo de que parece que eso, que creíamos tan sólido, se nos esfuma. Es lo que dicen los físicos cuánticos: que, en cuanto detectan una partícula elemental, ya aparece la condenada en otro sitio, y que, cuando fijan sus cualidades, ya las trasmuta por otras. Se diría, pues, que si profundizas mucho en ella, la materia se muestra huidiza hasta casi la desaparición.(Con las palabras pasa algo parecido: a fuerza de repetir una palabra, se nos vacía de sentido).
Pero que la materia sea una cosa tan extraña no quita razón a la visión del mundo materialista. La cuestión decisiva es otra: esa cosa que llamamos materia, ¿ha producido por sí sola todos los mundos visibles e invisibles que vemos y sentimos? ¿O, por el contrario, el mundo material es producto del espíritu, de la conciencia que lo contiene? Esto último quiere decir, nada menos, que el mundo no existe fuera de nuestro pensamiento. Propuesta osada, cierto. Pero imagino que irrefutable para los muertos.
Lo que en ningún caso cabe esperar de un músico de nacimiento es que, además de dominar el mundo de las leyes con sus extraños vericuetos, asuma y respete las formas sociales de los pomposos juristas que no han nacido músicos.
Y así, coincidiendo con su traslado a Posen, Hoffmann rompe el compromiso matrimonial que su familia había acordado con una distinguida señorita, y entrega su corazón a una bella muchacha (Mischa) no tan socialmente distinguida. Y además polaca y católica, cuando los cánones mandaban que en todo caso habría de ser alemana y protestante.
Todos son indicios de que el músico que habita bajo la toga del juez no se siente muy cómodo con el ropaje. Y, entre otros juegos más o menos clandestinos, se dedica a dibujar los rostros y figuras de aquella gente tan seria que le rodea, es decir, a poner de manifiesto con cuatro trazos la vulgaridad y fealdad de las fuerzas vivas del lugar.
Hasta que un día de Carnaval estalla el escándalo. Las caricaturas pasan de mano en mano. Se busca y finalmente se identifica al culpable. Intolerable. Hoffmann es trasladado a un villorrio polaco, donde purgará su culpa sin más compañía que la de su ya esposa Mischa y la de algunos seres fantásticos que empiezan a poblar su imaginación.
Y es que la mente de Hoffmann es como un caldero siempre hirviendo, de donde se levantan vapores nebulosos, formas extrañas que pronto se convierten en los inquietantes personajes que han de quedarse para siempre en las páginas de la literatura universal: el magnetizador, el hombre de la arena, el monje Medardo… Y también, en la cara diurna del mismo planeta, las formas luminosas y etéreas, las musas, serpentinas y princesas, el amor, necesariamente imposible, que no aspira al anillo nupcial, sino al cielo prometido del artista. Y Kreisler, el loco Kreisler, el músico Kreisler, conciencia humorística del mismo Hoffmann y fustigador de los filisteos mercaderes del arte.
Goethe había de comparecer: yo no podía faltar. Esta vez ya no sería una mera sombra para él, una de tantas figuras borrosas y prescindibles. Hacía un mes que le había enviado mi tesis doctoral,[…] … el caso es que yo sabía que Goethe había leído mi trabajo Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente… «¿La cuádruple raíz? Parece algo para boticarios, ¿no?», comentario de mi señora madre ante el ejemplar que le pongo bajo las narices. Y yo: «Tenga por muy cierto, señora mía, que todavía será leído cuando de sus escritos no quede ni rastro». Y ella: «Cuando de mis escritos no quede ni rastro de los tuyos estará por venderse toda la edición». Y de alguna manera los dos acertamos…
Tras el cristal de la ventana de la habitación observo la tarde desapacible de otoño, los tristes movimientos de la gente común de la ciudad, asolada por la enfermedad y la miseria, consecuencias palpables del paso reciente de la guerra. No hace un mes que Napoleón ha sido derrotado en Leipzig; tengo la certeza de cuál es el tema de conversación de los invitados ya presentes. Una epidemia más horrible y pertinaz que la del tifus se va extendiendo por todo el país: el patriotismo alemán. Cuando entre en la sala el gran hombre los prudentes bajarán la voz o cambiarán de tema. Todo el mundo lo sabe. El gran hombre está por encima de todas las patrias y, si admiró a Napoleón en su gloria, no lo admirará menos en la derrota. Abro un poco la puerta para poder captar el momento… ya está, ya entra en la casa. Aguardo un poco, unos minutos, un poco más. El corazón late con fuerza. ¿Cómo habré de abordarle? Impensable la mediación de la anfitriona. ¿Y si apenas me atiende? ¿Y si, después de todo, no ha leído mi obra? ¿Y si no le ha interesado? ¿Y si sigo siendo para él una sombra prescindible? Salgo, desciendo por la escalera, avanzo por el breve pasillo, el corazón golpea con fuerza, abro la puerta…Veo ahora mismo la escena con la viveza y precisión propias de los recuerdos de los grandes momentos de la vida. […]… en el sofá del fondo varias personas hablan de un asunto sin duda muy grave −la patria soñada, supongo−, en las butacas del centro la anfitriona y dos señoras contemplan y comentan unos grabados con el arqueamiento de cejas propio de la gente entendida. No le veo, no le veo… Ah, sí, allá está, precisamente ante su mesita, la que solía utilizar, no me acordaba, para enfrascarse en sus dibujos cuando no se sentía especialmente sociable, y está hablando con Majer, qué suerte, precisamente con Majer, la única amistad interesante que he hecho desde mi llegada a Weimar. Nada de raro tendrá que me acerque, ayer mismo dejamos interrumpido un tema apasionante. Pero estoy inmóvil, de pie, en el centro de la sala. He de moverme, he de tomar alguna dirección, no puedo seguir así un segundo más. Miro a Majer, él me mira y sonríe, Goethe también me mira, pero no sonríe, se levanta, avanza unos pasos, unos pasos en dirección a mí, que estoy de pie, inmóvil en el centro de la sala.
−Así que usted es el doctor Schopenhauer −la voz de Goethe se alza sobre el rumor general y todas las miradas convergen en nosotros−. Le felicito, −y dirigiéndose a la concurrencia− he aquí una de las cabezas mejor organizadas que he conocido. −El cuerpo de Goethe me impide ver la expresión de mi madre−. Me ha interesado su obra, sí señor, me ha interesado mucho.
−Gracias, Excelencia, estaba seguro que sabría apreciar lo que tiene de bueno.
−Tiene mucho de bueno, pero lo que en especial me ha interesado es el tratamiento que hace de la intuición como forma de conocimiento. Véngase, siéntese con nosotros, precisamente Majer me estaba comentando…
Un poco de conversación, un poco de música, un poco de pastas y té y se acaba, para los demás, una de tantas veladas. Para mí, no, para mí no acaba nada, para mí se inicia el camino de la gloria basada en la dedicación total, en el esfuerzo continuo y en la comunicación ininterrumpida con los más grandes, pensaba.
Tácito nos cuenta el proceso del suicidio de Séneca. Y digo “proceso” porque fue más bien largo y accidentado. Rodeado de amigos en su casa romana, primero se hace cortar las venas de los brazos y las piernas. Pero el hombre es tan viejo (69 años), débil y seco que la sangre apenas fluye por las heridas abiertas.
Entonces toma cicuta, el mismo veneno con que Sócrates acabó con su vida. Pero su agotado organismo no responde en ningún sentido. Mientras tanto, va dictando frases se supone que memorables (suposición que no podemos comprobar porque no se ha conservado ni una palabra). Finalmente, se introduce en una bañera de agua caliente, cuyos vapores aceleran el mal que le ha acompañado toda la vida y del que finalmente muere: el asma.
Con ser artísticamente destacable (aunque, comparado con el de su sobrino Lucano, resulta algo chapucero) no es el acto en sí lo que nos llama más la atención, sino el hecho de que provenga de un hombre que había meditado y escrito mucho sobre el asunto. Y es que, además de actor, Séneca fue un gran pensador y crítico acerca del arte del suicidio. En su obra aparecen constantes reflexiones sobre el tema. Nos dice, por ejemplo, que nosotros, que no hemos pedido esta vida, la podemos aceptar mientras sea algo digno, pero si se convierte en algo abyecto o simplemente desagradable, nada nos obliga a seguir en ella. Porque lo que importa no es la cantidad de vida, sino su calidad. Expresión que parece anacrónica, por lo moderna, y que sin embargo traduce fielmente su pensamiento: cogitat semper, qualis vita, non quanta sit. La vida es algo libremente asumido, sostiene Séneca, si se tiene el valor, cuando conviene, de salir de ella. La naturaleza nos ha dejado la salida libre, y los que piensan que el hombre no debe quitarse la vida nos cierran el camino de la libertad.
Para el estoico Séneca lo que sobre todo da valor a la vida es la actitud de la persona en su recorrido, una actitud que ha de ser de dueño, no de siervo, de dominador, no de dominado. La dignidad. Y si el hombre es el artífice, el gobernante de su vida, también el suicidio habrá de ser un acto de gobierno, no el resultado de una pasión enfermiza. Ha de haber una prudencia, una sabiduría en el suicidio, que nos evite al mismo tiempo la precipitación y la cobardía. El varón fuerte y sabio, de la vida no debe huir, sino salir (non fugere debet e vita, sed exire). Digno y bello programa.
¿Puede alguien ser a la vez músico excelente, escritor fascinante, caricaturista chispeante y jurista honrado y competente? Sí, a condición de que se llame Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann y haya nacido en Königsberg en 1776.
Creció entre mujeres: madre abandonada por el marido y mentalmente inestable, dos tías y una abuela. Una de las tías (Sophie) fue su primer amor. Infantil, por supuesto, pero imborrable. También había un tío en la casa.
Tío Otto era una persona muy seria, con esa seriedad que muy pronto aprendió a despreciar el sobrino. Y es que, aficionado y practicante de la música, Otto no era un músico de verdad. Años después, el ya célebre Hoffmann, había de distinguir con original criterio dos clases de personas: los músicos y los no músicos. Y él quería sobre todo ser músico, pero no ya en el sentido amplio con que a veces usaba la palabra (que englobaba a todo artista) sino en el más estricto y común. Su pasión por la música determinó que cambiase el Wilhelm de sus nombres de pila por Amadeus. Es decir, que entre Shakespeare y Mozart no dudó un momento. Aún no sabía cómo las suele gastar el destino.
No obstante sus tempranos estudios musicales, por obediencia y por inercia tomó la senda que le marcaba la tradición familiar (y el buen sentido burgués). Estudió leyes. Y con cierta desgana y muy poca afición, a los veintiún años acabó la carrera con excelentes resultados. Tras un año de prácticas en el Tribunal Supremo de Prusia, en 1799 fue nombrado juez de primera instancia de Posen, ciudad polaca atribuída a Prusia en uno de aquellos “repartos” que de vez en cuando sufría Polonia.
Parece que la seriedad de la vida se estaba imponiendo. Y sin embargo, ya por entonces había compuesto algunas piezas musicales, y varias novelas que no publicó y que pronto se perdieron. Pérdida que sin duda no lamentó demasiado, pues el joven Hoffmann, artista de nacimiento, solo se veía triunfando y entrando en la posteridad como inspirado sucesor de Mozart y de Gluck, como compañero de Weber y de Beethoven. Pero, lo dicho, a veces el destino se divierte jugando con las intenciones y expectativas de los individuos.
Zweig escribió su primera novela corta hacia 1910. Con ella, a los veintinueve años, se revela ya como un maestro en la introspección de los personajes, en el dibujo de las sensaciones, las dudas, los temores, de los seres humanos que van poblando sus relatos. Se titula Ardiente secreto y narra el episodio vivido entre una viuda aún joven, su hijo aún no púber y un fino galanteador (o sea, un hombre que va de caza). La mujer, de manera casi inconfesada, está sedienta de nuevas sensaciones, de abandonarse a una voluptuosidad que el matrimonio formal tal vez no le deparó. El hombre divisa enseguida la presa y para acercarse a ella respetando las formas (estamos entre la buena sociedad de hace cien años) utiliza al niño ofreciéndole su amistad. El pequeño se siente halagado y emocionado por la importancia que cree merecer de un hombre mayor tan distinguido. Pero cuando el hombre ya está alcanzando su objetivo, el instrumento pierde todo interés para él y lo aparta a un lado con desprecio absoluto. El niño, profundamente herido, no entiende nada. Comprende que ha sido utilizado, ¿pero en qué consiste ese secreto, ese ardiente secreto, del que participan el desconocido y su propia madre, que parece justificar el cruel juego de que ha sido víctima?
En otros de sus relatos, La Institutriz, Zweig insiste en el tema desde otra perspectiva. Aquí son dos niñas cuya amable institutriz, va a ser despedida por algún oscuro motivo que ellas no pueden entender (está embarazada). Y ven cómo sus padres bondadosos utilizan la más fría crueldad con un ser para ellas tan querido. El mundo de las certezas infantiles se desmorona; sus padres ya no son aquellos seres perfectos que imaginaban. Y las niñas lloran desconsoladas, pero…”ya no lloran por la señorita, ni por los padres que consideran perdidos; el horror que las sacude se extiende a todo: a lo que sucederá en este mundo desconocido que hoy han visto por primera vez, asombradas”.
El tema de fondo de ambos relatos no es sólo la inocencia, la ignorancia infantil de lo sexual y su traumática superación (tema que hoy sería imposible), es sobre todo el despertar amargo de unos seres ingenuos y confiados al mundo de mentira, maldad e hipocresía que los mayores han consagrado. Y quizá su simbolismo vaya más allá. La insistencia de Zweig en este asunto me lleva a pensar que era algo muy importante para él. Quizá no tanto como niño, sino como persona, como persona básicamente buena, a la que cuesta siempre imaginar la maldad del mundo “adulto”, interesado, cruel, hipócrita.
Yo solo contaré la historia, poniendo un hecho detrás de otro. Más que nada para tratar de ordenar, y de comprender.
El pasado día 10 de octubre leo en El País Cultura un artículo de Vila-Matas, publicado dos días antes. Me encanta, como todos los suyos (y sin embargo, no he leído ni una de sus novelas). Inspirado por algunas cosas que en el artículo se dicen, y después de ver pasar casualmente a su autor por la calle, el mismo día 10 escribo y publico en este blog una entrada titulada Arte y realidad, donde menciono el curioso avistamiento.
El día 11 aparece un comentario a mi entrada del blog en el que su autor dice que en efecto era él, que había pasado por ahí camino de tal lugar.
Preocupado por no haber leído ningún libro de tan reputado escritor y ante el temor de que, en un nuevo encuentro fortuito, se haya de pasar a las palabras, comento los hechos a un buen amigo, quien, tres día después, me pasa un lote de libros del que resulta ser unos de sus escritores preferidos. Tomo uno al azar para empezar a leer: Dublinesca.
El día 25 por la mañana publico una entrada titulada Qué es el tiempo, que empieza con una famosa cita de san Agustín. Al mediodía leo en una revista digital un comentario sobre un escritor joven, busco el inicio de una de sus obras y me encuentro con una cita destacada de Vila-Matas. Por la tarde, siguiendo con la lectura de Dublinesca, leo en la página 84 de la edición de Seix Barral:
Tal vez contestaría a la manera de San Agustín cuando le pidieron que dijera qué era el tiempo para él: “Si no me lo preguntan, lo sé, pero si me lo preguntan, no sé explicarlo”.
Vuélvase a consultar la entrada Qué es el tiempo de este blog, publicada unas horas antes, y dígase si el asunto no empieza a ser preocupante.
Y no quiero mencionar otras cosas menos sorprendentes, como el hecho de que, por una diferencia de pocos años, no se cruzaran nuestras infancias respectivas en el colegio de los Maristas del Paseo San Juan, o de que residamos en sendos extremos, aproximadamente, de esa misma calle barcelonesa.
En fin, espero que el reputado escritor no se moleste por estas divagaciones. Y espero también que me agradezca el detalle de que, a pesar de no haber muerto todavía, haya tenido a bien incluirlo en la categoría escritores vivos.
Naturalmente, no voy a responder a esta pregunta. Ni siquiera pienso tratar el tema de una manera más o menos tangencial o humorística como cabría esperar de un blog como este. O quizá sí.
El caso es que uno no puede menos que quedar fascinado ante la magnitud de la cuestión. Las reflexiones modernas sobre el tiempo las inició san Agustín con el famoso pistoletazo de salida: ”Quid ergo est tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerente explicare velim, nescio” O sea, que, si nadie se lo pregunta, sabe qué es el tiempo, pero si quiere explicarlo a alguien, ya no lo sabe.
Entonces, lo mejor sería no preguntar y no intentar explicar. Pero esto – no indagar, no querer saber – es algo imposible para la naturaleza humana. Solo determinada clase de personas lo consigue: la gente práctica.
La gente práctica utiliza las cosas sin preguntarse sobre ellas. Es la mejor manera de vivir, lo reconozco. En esto no hay como los simples animales, que van directos a lo que su instinto les demanda sin preguntarse sobre razones y fundamentos
También los científicos de siglos pasados eran gente práctica. Utilizaban el tiempo y el espacio sin preocuparse demasiado por saber qué eran tales cosas. Daban por hecho que el tiempo y el espacio estaban ahí delante, como la cafetera o la pipa… Hasta que llegó Kant y encendió la luz, a su manera. El tiempo no es algo objetivo que permita su conocimiento empírico, dijo, el tiempo es una forma a priori de nuestra sensibilidad.
Schopenhauer, cuya manera de explicar era mucho más clara – y cortés con el lector – que la de su predecesor, enseñó que el tiempo es una función del intelecto, es decir, que es instrumento congénito de nuestra modo de conocer, que no es algo que esté ahí afuera, sino que lo llevamos dentro. Dicho a mi manera: nosotros no estamos en el tiempo; es el tiempo lo que está en nosotros.
Este modo de ver las cosas tiene la ventaja de responder a una de las preguntas clásicas de la filosofía y de la física. El tiempo ¿es infinito? ¿o tuvo un principio y tendrá un final? Ni lo uno ni lo otro.
El tiempo aparece y desaparece con el sujeto cognoscente, es decir, con cada uno de nosotros. Esto casi lo vio el mismo Agustín cuando afirmaba que antes de la Creación el tiempo no existía. Faltaba solo un paso – que él no podía dar – para descubrir que, antes de la aparición del sujeto cognoscente, ni siquiera la Creación existía.
… el mismo Goethe había abierto la puerta de los nuevos tiempos con su Werther, pero fue durante mi adolescencia cuando tuvo lugar la gran revelación, el gran estallido del yo: el romanticismo. La firme serenidad de mármoles y estatuas, la estricta jerarquía de cánones y valores fue barrida por un viento originado en las turbulencias del sujeto. El yo, que hasta entonces estaba contenido en el mundo, miró hacia su interior y con temor y temblor sagrados descubrió que era el mundo el que estaba contenido en él, que el hombre no era una pieza del universo creado, sino el universo una creación del yo infinito. Todas las normas, todas las barreras impuestas por una sociedad ignorante de la profunda realidad del yo debían caer ante la fuerza arrolladora del sentimiento puro, que sólo el verdadero artista podía enarbolar…
Con qué fruición, con qué avidez de llanto y de consuelo me sumergía en las dulces y exaltadas páginas de Wackenroeder y en las tiernas y meditadas de Tieck. No estaba solo. Aquello era la justa correspondencia exterior de mi tormenta interior. El mundo −sus espíritus más preclaros− y yo marchábamos al mismo paso… el romanticismo, sí… luego vendría lo que vino. Aquel movimiento, surgido de la fuerza genuina de unas almas poderosas que rompían las cadenas, fue adoptando las maneras de aquello que decía combatir. El santoral, los ritos, los dogmas, que ahora eran: una Edad Media mitificada hasta el absurdo, un cristianismo reinventado para usos estéticos, un nacionalismo y un populismo cerriles y miopes. Y qué poses, qué atavíos, qué parafernalia la de los románticos de salón; las largas melenas, las barbas y perillas de todos lo tamaños, las ojeras dibujadas, los rostros macilentos. Bastaría con ver a los pintores alemanes que años después había de encontrar en Roma, sus amplios sombreros, sus barbas espesas y sucias, su tabaco pestilente, sus conceptos manoseados de acuerdo con los nuevos cánones, sus cerebros de mosquito.
Y mientras los románticos auténticos morían o enloquecían antes de cumplir los treinta, los otros precisamente a esa edad ingresaban al servicio del Estado o restablecían sus mentes perturbadas con el agua bendita de la Iglesia Católica. Ante este panorama demencial nada tenía de raro que el mismo Goethe pronunciase la sentencia: lo clásico es lo sano, lo romántico es lo enfermo.
Pero de todo eso nada se sabía aún a mis diecisiete años. Yo sólo sabía que sufría y que ciertas almas maravillosas que alumbraban la aventura romántica sufrían conmigo. ¿Y entonces? ¿Qué hacía ese espíritu sensible, ese joven de diecisiete años, cuya furia adolescente se doblaba con la furia de los tiempos, qué hacía en la penumbra de un sórdido almacén anotando cifras y letras en las eternas columnas del debe y el haber?
En esta zona del mundo donde vivo y desde donde escribo no existe ser más denostado que el político. Hay casi unanimidad en atribuirle las peores cualidades y atributos que puede ostentar un ser humano. Es aprovechado, rastrero, corrupto, hipócrita, avaricioso, venal, hijop…, etc. Parece como si esa categoría de individuo llamado “político” hubiese surgido de la nada y no del mismo caldo de cultivo de la sociedad que así le ataca.
Uno de los motivos mas suaves que se han esgrimido para su descalificación es que “cualquiera puede ser político”; que no se les exige ninguna preparación, ningún estudio reglado para ejercer su función. Cierto. Pero esto, más que como un argumento en contra, podría considerarse como un dato a favor.
No se enseña a ser padre, ni a ser hijo, ni a ser esposo o esposa, ni a ser amante, ni a ser amigo, ni a ser santo. Ni siquiera a ser escritor (pese a las escuelas de escritura, donde te pueden enseñar algunas técnicas, pero no a ser escritor, cosa que nadie enseñó a Cervantes ni a Kafka ni a ninguno de los grandes). No se enseña ninguna de las cosas importantes que en la vida se puede ser o hacer.
Y con esto no quiero decir que dedicarse a la política sea de lo más importante. Aunque quizá lo es. Eso al menos creían los antiguos romanos, quienes consideraban que la gestión de la res publica era la actividad más digna a la que podía dedicarse el ciudadano…hasta que, cansados de la política, se echaron en brazos de aquellos formidables apolíticos apellidados César, quienes sin duda pensaban como Franco (“haga como yo, no se meta en política”).
Con esto no pretendo exculpar a los políticos (los malos, claro, suponiendo que los haya buenos a los ojos de la sociedad) de sus lacras manifiestas; sino solo apuntar que el hecho de que no hayan de obtener el correspondiente título no es algo negativo. Por el contrario, los aproxima al padre, a la madre, al amigo que vela por nosotros.
Y es que, como dejó escrito alguien que, según Borges, casi siempre tenía razón (yo eliminaría el «casi»), “la educación es una cosa admirable, pero es bueno recordar de vez en cuando que nada que valga la pena saber puede ser enseñado”.