Tempus edax rerum

No és veritat que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. La veritat és que en qualsevol temps passat érem més joves. I la joventut té el valor afegit de l’esperança, és a dir, la idea que hi ha temps per davant, la il·lusió que tot es solucionarà i s’arribarà a una situació feliç. La vellesa no té aquest tresor (aquest miratge), per a ella l’esperança és cada cop més insignificant, fins que arriba a no ser res. El temps va devorant les coses, convertint-les en passades (fantasmes que vagaregen per la ment), i alhora va reduint el futur.

He pensat en tot això tan poc engrescador, contemplant, des de cert punt de Valldoreix, el paisatge que s’obra cap el nord. A l’esquerra, Montserrat; enfront, Sant Llorenç de Munt; a la dreta, un seguit d’aquells simpàtics turons, tres dels quals fan una serra (“com el Vallès no hi ha res”). A llarga distància, tot igual.

El que ha canviat és el territori que es desplega des del punt d’observació fins a aquell últim decorat muntanyenc. On són els bosquets, els rierols, les vinyes, els camps de blat, les cases de pagès? On és tot allò? El temps s’ho ha empassat. És veritat que, al seu lloc, ara hi ha autopistes, hospitals, centres comercials, urbanitzacions, tanatoris, fàbriques, bancs, empreses d’assegurances, hípiques, benzineres, universitats, supermercats, gardens, col·legis, discoteques… Però jo, amb la nostàlgia que correspon a la meva edat, preferia tot allò que ja no hi és.

I a més, tot això, vull dir, el que ara hi és, també s’ho empassarà el temps, si no en cinc dècades, en cinc segles, tant hi fa. És el que vol dir la frase llatina que encapçala l’article. És d’Ovidi, un escriptor romà que primer s’ho va passar molt bé i que després li van anar tan mal dades que esdevingué un poeta trist i melancòlic. Però les seves reflexions sobre les vivències i els sentiments humans són ben encertades.

Sí, el temps ho devora tot. Que cadascú que hagi arribat a certa edat faci inventari de totes les coses, des de les essencials fins a les decoratives, que van omplir la seva vida. I dirà amb l’Ovidi: tempus edax rerum. I potser afegirà: mehercule, quam magnum ventrem! (redéu, quin estómac!)

                                                                                                                                                                        Diari de Sant Cugat, 29 agost 2008

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Arte y realidad

Pese a lo pomposo del título, mi intención es hablar de los mcguffin. Mcguffin es el nombre que dio el cineasta Hitchcock a cierta clase de elemento que, en sus películas, aporta suspense y parece tener una función en el desarrollo de la trama, aunque luego resulta – cuando el espectador ya se ha tragado el suspense – que no tiene nada que ver con la trama.

La reflexión sobre este tema me ha venido a propósito de la lectura de un artículo de Vila-Matas, tan sutil como todos los suyos. Un par de horas después de ocurrírseme, vi al mismo Vila-Matas caminando por la acera sur de la plaza Cataluña, no lejos de donde yo esperaba el autobús. Pero esto, en una ciudad de más de millón y medio de habitantes, no tiene importancia. O quizá sea un mcguffin.

El narrador – sobre todo el de relatos cortos – y el guionista que conscientemente introducen en su historia un aspecto interesante que nada tendrá que ver con la trama están de hecho realizando un esfuerzo titánico por competir con la realidad. Y muy difícil. O más bien imposible. Porque arte y realidad son mundos distintos.

Una novela, por realista que se pretenda, está pensada para producir un efecto determinado. Y un cuento aún más. Y todo lo que en la obra aparece tiene la función que de manera más o menos consciente le ha asignado el autor. Es decir, que el de la obra de arte es un mundo con sentido (porque tiene un creador racional), cosa que es difícil decir del mundo viviente, de la realidad. Precisamente la función del arte consiste -¿entre otras cosas? – en dar sentido o coherencia a lo que aparentemente no lo tiene.

¿Aparentemente? Depende de la mirada del espectador. El observador ingenuo y aplicado verá en la vida real un amasijo de hechos, objetos, sensaciones, colores, historias, detalles que, en su mayoría no guardan relaciones lógicas entre sí ni, presumiblemente, con el destino del observante. Cuando en una novela ocurre algo, suponemos que tendrá cierta relación con el plan del autor. Cuando en la vida real ocurre algo cuesta mucho suponer cualquier cosa.

A no ser que uno se llame Carl Gustav Jung. En este caso, se da al interruptor y un maravilloso mundo de sincronicidades o correspondencias  profundas se enciende ante nosotros con todas sus lucecitas de colores. Todo tiene sentido. Quién sabe.

En todo este asunto solo hay una cosa clara para mí: que alguien que piensa como Jung es alguien que no cree en los mcguffin.

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No todas las opiniones son respetables

Todas las palabras que denotan conceptos adolecen de cierta tendencia al desplazamiento de sentido. A veces, este desplazamiento es tan acusado que una frase o palabra puede a llegar a significar exactamente lo contrario de lo que significaba en su origen. En política, por ejemplo, está claro en el vocablo “popular” que, nacido para denominar el pueblo raso (el que se ha pasado la historia comiendo poco y trabajando mucho), ha venido a designar las opciones políticas más conservadoras.

Otras veces es una idea que, al ir de boca en boca, va perdiendo parte del significado original y, tras las modificaciones verbales pertinentes, llega a expresar una cosa muy distinta.

El derecho a la libertad de expresión es algo hoy incuestionable en las sociedades democráticas, y sin más límite que lo delictivo (la calumnia, la injuria, la incitación al delito). Todo el mundo en esas sociedades respeta o dice respetar el derecho a la libre expresión. Pero lo que se expresa al amparo de ese derecho ¿se ha de respetar también en todo caso? Esto es lo que directamente afirma la frase “todas las opiniones son respetables”.

Proposición falsa, porque, si uno va por el mundo con los oídos abiertos, fácilmente llega a la conclusión de que la mayoría de las opiniones no merecen el menor respeto. Y no digamos ya en el ágora mundial abierto en internet, que a veces se me representa como una extraña prolongación de aquellos casinos de pueblo en los que, entre el humo del tabaco y el ruido de los tacos de billar, todo el mundo pontificaba sobre lo humano y lo divino y solucionaba los más delicados problemas políticos y sociales en un plis plas.

En todo caso, hay que tenerlo claro. Y cuando a uno le digan “oiga, esta es mi opinión, y todas las opiniones son respetables”, hay que contestarle “oiga, lo respetable es la persona opinante y su derecho a opinar, y por eso le he escuchado respetuosamente, y por eso precisamente puedo ahora decirle que lo que usted ha opinado es tan absurdo (disparatado, idiota, criminal, vulgar… colóquese lo que proceda)  que no merece ningún respeto”.
Esta es mi opinión. Perfectamente respetable, espero.

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La ciudad según Ausonio

Dices que la ciudad es el signo del odio y del miedo, mientras que el reino será el ámbito de la fraternidad. Yo no sé qué podrá ser ese reino que tú y unos cuantos venís soñando, porque nunca ha existido en la tierra, y yo sólo puedo hablar de los reinos y ciudades que realmente han sido. Y según eso, opino.

Para mí la ciudad es el espacio en que se organiza la razón; es el punto de encuentro de los seres que serían bestias si no se reuniesen para organizarse en sociedad. La ciudad es la forma perfecta de agrupación humana. Cualquiera otra forma de sociedad, creada al margen o por encima de la ciudad, será siempre una forma de barbarie o tiranía. La ciudad es Atenas, la ciudad es Roma. El reino es Media, el reino es Partia, el reino son los godos. Pero el reino es también el sagrado Imperio romano. Atenas pereció como ciudad porque un poder extraño, el de los macedonios, la absorbió en su reino. Roma perece como ciudad porque el mundo que ha conquistado es tan inmenso que se ha transformado en reino. Reino que devora a la madre que lo alumbró.

La ciudad es la razón, la claridad, la medida, los límites, la cordura. Los ciudadanos son personas que discuten proyectos, pactan y toman acuerdos y, como por encima de todo aman la libertad, establecen sistemas políticos que la garanticen (ése, como sabes, fue el origen de nuestro consulado, anual y dual). El reino es el misterio, la oscuridad, la desmesura, la inmensidad, la locura. Los súbditos se arrastran ante sus reyes y no tienen más proyecto que el que se les impone desde arriba.

Me dirás que no es ése el reino de que hablas. Lo concedo. Pero ocurre que yo sólo puedo hablar de lo que conozco, y ese reino tuyo nunca ha sido conocido ni creo que lo sea en este mundo. Lo que sí sé es que, hablando tanto de él, lo único que se consigue es que se entierre definitivamente el genio de la ciudad y que el espíritu de los reinos que todos conocemos se imponga cada vez más, acabando con los últimos vestigios de razón y libertad.

( De La ciudad y el reino)

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Catón y los dictadores

La historia de Catón es mucho más política que la de Lucrecia. En realidad, es política de principio a fin. Siempre estuvo del lado de los optimates, que formaban la clase conservadora, reacia a cualquier novedad y, en especial, a cualquier intento de ampliación del poder de los populares, los cuales, como su nombre indica (porque entonces los nombres todavía se correspondían con las cosas), eran más favorable a los intereses del pueblo llano, aun traspasando a veces los límites de la legalidad.

En la guerra civil que enfrentó a César, apoyado por los populares, y Pompeyo, hombre de los optimates, Catón estuvo desde un principio con estos, sin vacilación alguna. Ya he dicho que era un hombre inflexible. No como Cicerón, intelectual dubitativo, que no tenía muy claro con qué carta quedarse y que al final siempre elegía la peor para él. Desde el principio, la guerra fue mal para los pompeyanos. Derrotados en Farsalia (Grecia), los restos de su ejército se reagruparon en el norte de África bajo el mando de Catón. Pero la cosa iba de mal en peor.

Aplastados en Tapsos, cerca de Útica, donde tenía Catón su cuartel general, el ilustre jefe vio más claro que nunca que un mundo gobernado por César le resultaría invivible. Y se quitó la vida. Plutarco explica los detalles del suicidio, pero comoquiera que, a diferencia de los de Lucrecia, resultan más bien repugnantes y nada eróticos, prescindo.

Y además, lo característico, lo original del suicidio de Catón no es el procedimiento, sino el motivo. Lo he situado, creo que acertadamente, entre los suicidios romanos cometidos por causa del honor y, sin embargo, alguien puede alegar que, tratándose de un jefe militar acorralado, como Aníbal en Zama, ¿no sería más bien el temor de verse encadenado, humillado y cruelmente ajusticiado el motivo de su artística decisión?                                              

Pues no. Porque resulta que César no era precisamente un caudillo cruel y vengativo, sino un líder político agudo, humano y clemente (aunque también sabía ser cruel e inclemente cuando le convenía), y tenía la costumbre de perdonar a sus enemigos vencidos; mala costumbre, dicen, que se volvió en su contra una trágica mañana de marzo.

Y es que, en cuanto a la actitud de los combatientes, aquella guerra civil en nada se parecía a otras posteriores, por ejemplo, a la española de los años treinta del pasado siglo, y el dictador Julio César, humano, humanista, generoso y clemente, en nada se parecía a los crueles, analfabetos y mezquinos dictadores que había de padecer Europa veinte siglos después. Hay que reconocer que en la categoría “dictadores” no ha habido ningún progreso visible.

                                                    

(De  Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Justicia poética para Oscar Wilde

Dante Alighieri, por quien Wilde sentía gran admiración, fue quizá el único gran artista que supo tomarse la justicia poética por su mano. Él mismo se encargó de encerrar en el infierno a sus enemigos y a los enemigos de sus amigos. Y allá estarán, mientras la literatura exista. Wilde podría haber hecho algo parecido. Colocar en un infierno creado al efecto a jueces, carceleros, marqueses y falsos amigos. Recursos no le faltaban…Pero no, no podía. No tenía la férrea personalidad de Dante, como él mismo reconoció; él era un griego pacífico y suave.

De todos modos, aunque incapaz de hacerla por sí mismo como su admirado florentino, con aquella clarividencia que siempre le había distinguido, sabía muy bien que la justicia poética acabaría imponiéndose también en su caso.

En cierta ocasión, ya en su exilio francés, repasaba con Harris adónde habían llegado algunos de sus antiguos compañeros de estudios – uno de ellos, Curzon, nada menos que a virrey de la India – y añadió:

La espantosa injusticia de la vida me vuelve loco. Después de todo, ¿qué han hecho ellos en comparación con lo que yo he hecho? Supón que muriésemos todos ahora: dentro de cincuenta o de cien años nadie se acordará de Curzon o de Wyndham o de Blunt. Su vida, lo mismo que su muerte, no importará a nadie en absoluto. En cambio, mis comedias, mis cuentos y La balada de la cárcel de Reading serán conocidos y leídos por millones de personas, y hasta mi mismo infortunado destino despertará una simpatía universal.

Amén. Quiero decir que así ha sido.

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Justicia poética…post mortem

Me olvidaba. Hay otra forma de justicia poética, realmente justa, porque solo la administra la posteridad, único juez que no puede ser corrompido por los intereses inmediatos, y realmente poética, porque solo la obtienen los auténticos poetas (artistas).

Me refiero a un proceso que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad. Un escritor, pintor, escultor, músico o lo que sea hace su trabajo. El reconocimiento que obtiene en vida puede ser considerable, poco o ninguno. Pero en algunos casos – y esto es a lo que voy – se ve hostigado por la sociedad o sus gestores, que no entienden o no le perdonan su genio.

El hostigamiento al que es sometido ese artista puede presentar las formas más variadas: ignorancia o “ninguneo” de su obra, incomprensión con ataques verbales al autor, difamación, injurias, procesamiento y cárcel… Sí, de todo ha habido. Y hay y habrá.

Cervantes fue considerado en su tiempo un escritor de tantos, que con su novela sobre un hidalgo loco conseguía que el lector se partiese de risa. Pero no obtuvo ningún beneficio económico, y pasó la vida maltratado por libreros (editores), colegas y magnates. Dos siglos después le empezó a alcanzar la justicia poética, gracias principalmente a los teóricos alemanes del romanticismo.

Franz Schubert pasó su corta vida con la frustración de no ver reconocido su arte más que por sus amigos. Hoy figura en el altar de los grandes de la música universal.

Van Gogh pintó cuadros que a nadie interesaban y que provocaban el rechazo de los “entendidos”. Creo que hoy es el más cotizado de todos los pintores vivos o muertos.

Quizá los artistas citados, y otros muchos que vivieron circunstancias parecidas, no pudieron imaginarse el cielo que el futuro les tenía reservado. Pero hay uno que sí. Y precisamente el que más reconocimiento alcanzó en vida…hasta poco antes del final, cuando el enemigo se lanzó sobre él y lo destrozó por completo. Me refiero a Oscar Wilde, quien, desde el abismo de la desgracia, vio claramente el laurel con que había de ser coronado para la eternidad.

(El lector de este blog podrá verlo en la próxima entrada)

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¿Justicia poética? III

Quedamos en que, a primera vista, la virtud no siempre tiene su recompensa. O muy pocas veces. O casi nunca. Pero…¿Y el esfuerzo? ¿Y el mérito?

“Estudia, esfuérzate para ser mañana un hombre de provecho”; “siempre adelante, no te dejes amilanar por los pequeños fracasos, que al final el mérito y la valía salen siempre triunfantes”… Ahora no sé, pero a mediados del siglo pasado los padres responsables prodigaban a sus hijos consejos de esta clase. Era una época optimista. A pesar de las dos guerras y, en especial, de los horrores de la última, la gente confiaba, no sé por qué, en la bondad fundamental de la especie humana y en la receta milagrosa del trabajo y el esfuerzo. Los Dale Carnegie y O.S. Marden irradiaban esa especie de optimismo primario hasta los más apartados rincones del mundo, como mi hogar familiar, donde los autores citados compartían anaquel con Dante y Stefan Zweig.

Dudo que hoy se impartan y se reciban con la misma inocencia ese tipo de consejos. Ha habido demasiados premios literarios por en medio como para que se pueda mantener la idea de que lo excelente se alza siempre por encima de lo mediocre. Y sin embargo, la idea persiste. Leo en el comentario de un lector de una revista digital: “no hay genios ocultos”, “el artista que vale de verdad llega siempre”.

¿Seguro que no hay genios ocultos? ¿Cómo lo sabe? Es el tipo de enunciado que cierto filósofo no admitiría como científico por el hecho de no ser “falsable”. Es decir, que no hay manera de imaginar su contrario. Porque lo definitorio de algo oculto es que se desconoce, y entonces ¿cómo se sabe si existe o no?

Por el contrario, hay indicios para suponer que no es cierto lo que afirma el comentarista en cuestión. Si no llega a ser por la determinación de su amigo Max Brod, Kafka habría muerto como genio oculto. Si llega a morir a los 52 años en vez de a los 72, Schopenhauer no existiría para nosotros (su obra capital fue publicada cuando tenía 34 y pasó totalmente desapercibida). Si la hermana de la difunta Emily Dickinson hubiese destruido sin mirarlos los papeles dejados por la poeta, no conoceríamos una de las muestras más exquisitas de la poesía universal. Y seguro que hay más “indicios”. En estos casos, la moneda cayó del lado de la luz, pero no podemos dudar de que en otros muchos haya caído del lado de la oscuridad. Nunca sabremos quiénes fueron ni cuánto hemos perdido.

¿Cómo se puede afirmar que no hay genios ocultos, o que el artista siempre llega? Quizá solo desde la comodidad mental, desde el deseo de imaginarse un mundo en el que todo encaja, en el que reina una justicia poética de acartonado corte neoclásico.

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¿Justicia poética? II

Otro asunto es si alguna especie de justicia, similar a la poética en el arte, funciona en la vida real. Si el bien tiene su premio y el mal su castigo. Cierto que en este caso sería más correcto prescindir del adjetivo “poética” y quedarnos con el sustantivo «justicia», sin más.

¿Hay justicia en el mundo? Y no me refiero a aquella que presuntamente imparten jueces y tribunales, sino a aquella otra que Thomas Rymer deseaba para los dramas o relatos artísticos. El bien, ¿acaba siempre por triunfar? El mal, ¿recibe siempre su castigo?

Los creyentes cristianos tienen la respuesta fácil (en esta y en otras muchas cuestiones). Todo se soluciona en el más allá, donde los malos son castigados y los buenos alcanzan la recompensa eterna. Los no creyentes lo tienen más difícil. De hecho, cuentan con dos opciones: reconocer amargamente que el mundo suele ser injusto o recurrir a la idea de una especie de justicia inmanente, algo que la sabiduría popular siempre ha intuido, y ha proclamado con la frase “en el pecado va la penitencia”.

¿Pero qué significa exactamente esta idea? ¿Que los malvados sufren espontáneamente por haber cometido sus maldades? ¿Que Hitler, Franco, Stalin y compañía, por ejemplo, lo pasaban muy mal cometiendo sus fechorías? No sé…

En cualquier caso, el asunto es vidrioso. A primera vista, es evidente que no hay justicia en el mundo; se ha de recurrir a una segunda vista para formular un juicio más consolador, pero no todo el mundo está dotado de esta particular visión añadida.

Así que lo mejor es dejarlo. Además, ¿por qué habría de haber justicia en el mundo? Quizá es que la cosa es muy sencilla, tan sencilla como para espantarse considerándola fríamente: el mundo es como es, y punto. O como dice el filósofo:  “el juicio sobre este mundo es este mundo”. (continuará)

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¿Justicia poética? I

Ver Justicia poética (refundido)

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