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Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

CONVERSACIONES CON PETRONIO VIII

-Hoy vas a acompañarme a visitar a un viejo amigo mío. Es un tipo muy divertido, te encantará. Está ampliando su casa y quiere que le aconseje -dijo Petronio en cuanto me recibió al día siguiente.

Y nos pusimos en camino, acompañados de Eutimio.

-No me extrañaría que también fueses experto en arquitectura.

-No soy experto en nada, te lo aseguro. Pero tengo fama de hombre de buen gusto, y es una fama que me agrada y me interesa cultivar. Para vivir con cierta comodidad es muy importante llegar a ser una autoridad en lo que sea. Yo he conseguido serlo en algo tan vago e indefinible como el buen gusto. Y tengo que explotarlo.

-Para un artista como tú no debe ser difícil. El buen criterio que utilizas en la literatura forzosamente ha de tener correspondencia en las demás actividades estéticas.

-No lo creas, no siempre es así. Cada campo artístico es un mundo. Hay escritores formidables que no saben distinguir entre una pintura buena y un adefesio, escultores que nada entienden de poesía e incluso, lo que es más curioso, poetas que nada saben del arte de la música. En cambio, se supone que yo entiendo de todo eso y de mucho más: de cómo organizar una fiesta, de cómo se ha de decorar un salón, de cuáles son los vestidos o tocados más adecuados para una dama, de qué músicas han de acompañar ciertas ceremonias, y un largo etcétera. Y no creas que soy experto en todo eso. Nadie lo es. El secreto está en tener sentido común, expresar las opiniones con seguridad y, sobre todo, olfatear los gustos e intereses del consultante. Te aseguro que con sólo eso, quedas siempre como un dios.

-¿Quieres decir que no hay unos valores estéticos objetivos? -pregunté, muy interesado por el tema.

-En absoluto. Nada cambia tanto como eso que llamas valores estéticos, sobre todo en los aspectos más cotidianos. Si hace cincuenta años alguien hubiese propuesto a nuestras mujeres que se peinaran como ahora se peinan, lo hubieran tildado de hombre de pésimo gusto, de loco de atar. Así que díme tú dónde está el valor estético objetivo del peinado femenino. Y eso es sólo un ejemplo.

-Quizá un ejemplo demasiado vulgar y cotidiano -observé-, pero no creo que en las grandes artes, en la literatura, la pintura, la escultura, los criterios sean tan movedizos.

-También se mueven, pero con más lentitud, de manera que el cambio apenas es perceptible para una generación. Pero imagina qué hubiesen pensado los escultores etruscos o los antiguos griegos de nuestros actuales retratos escultóricos, con sus calvicies, sus arrugas e incluso sus horrendas verrugas. Los hubieran encontrado de una vulgaridad y una ordinariez espantosas. Y te voy a poner otro ejemplo. ¿Qué opinas del estilo de Séneca como escritor?

-Me encanta -dije sin vacilar-. Lo considero a la vez elegante, directo y efectivo.

-Pues puedes estar seguro, amigo mío, que un Lucio de hace cien años lo consideraría agresivo, insultante y rebuscado.

-Quizá tengas razón…Pensándolo bien, su estilo no tiene nada que ver con el de hace cien años…Pero, según eso, tu conclusión será que en arte todo es relativo.

-No todo, no todo. Las formas sí, pero está el espíritu, el genio, o como quieras llamarlo. El espíritu de Catulo sobrevivirá a todas las modas y todos los tiempos; el de Lucano, no, te lo aseguro.

-¿Y el de Petronio?

-Amigo, lo que te sobra de amable te falta de cortés. Parece que ignoras que es grave descortesía forzar a que tu interlocutor se pronuncie sobre sus propias cualidades. Porque, como nadie sabe definirse correctamente, le obligas a sobrevalorarse o a infravalorarse, con la consiguiente molestia y riesgo de tales operaciones.

-Lo siento. En realidad, era una pregunta dirigida a mí mismo.

-¿Y qué te has contestado?

-Ya lo imaginas, y no quiero volver a pecar de exceso de amabilidad.

-Mira -dijo entonces Petronio-, ésa es la casa de Escevino…y ése que sale ahora es un personaje al que no vale la pena que conozcas. Pero, si no hay más remedio, le saludaremos. Se llama Antonio Natal y es experto en intrigas de poca monta.

No hubo más remedio. Me lo presentó e intercambiaron unas palabras.

-¡Qué acontecimiento, Petronio! -dijo Natal-. Creo que es la primera vez que te veo a la luz del día.

-Y la última, te lo aseguro -dijo Petronio-. No sé cómo lo podéis soportar. Ahora mismo he sufrido alucinaciones. Me ha parecido verte salir de casa de Escevino.

-Y así es. ¿Qué tiene eso de raro?

-Pues que no me imagino qué puede hacer un hombre íntegro, digno y respetable como tú en casa de un libertino.

-No lo juzgues mal, Petronio. Escevino es un buen hombre.

-Nunca lo he dudado -afirmó Petronio.

Escevino nos recibió en una amplia sala repleta de muebles, estatuas, estatuillas y chachivaches de todo tipo. Rondaba la cuarentena; era delgado, nervioso y de modales francamente afeminados. Nos acomodamos en unos mullidos lechos. Desde el primer momento Escevino me miró de una manera descarada, como si estuviese evaluando la belleza de un caballo o de un esclavo. Dirigió a Petronio una mirada de picardía y dijo:

-Petronio ¿cuánto tiempo hace que me ocultas a tu amiguito?

-No soy ningún amiguito -protesté- y ya no tengo edad de que me miren como a un efebo.

-Huy, perdona -exclamó Escevino, con una mueca cómica.

-Eres incorregible -dijo Petronio-. Lucio es sobrino de Silio Itálico y…podríamos decir que es mi discípulo, ¿no es eso? -añadió, mirándome.

-Eso es -dije.

-¿Discípulo? Qué interesante -dijo Escevino-. ¿Y qué te enseña el maestro? Si te enseña todo lo que hemos aprendido y practicado juntos, pronto serás más sabio que Solón… De acuerdo, de acuerdo, un poco de seriedad. ¿A qué debo el honor de vuestra visita?

-¿Y tú lo preguntas? -exclamó Petronio-. ¿No habíamos quedado que me enseñarías los planos de tu nueva casa?

-¿Mi nueva casa? ¡Huy, es verdad! ¿Dónde tengo la cabeza? ¿Los planos? Ay, ay, ¿dónde tengo los planos? Mira, chico, no me hagas caso, es que estos días ando como loco. No tengo idea de dónde…

Escevino se levantó y empezó a caminar nerviosamente por la estancia, corrigiendo la posición de los objeto que caían al alcance de sus manos. Finalmente llegó hasta un busto situado en lo alto de una columna truncada, que parecía ocupar el lugar principal de la sala. Corrigió también la posición del busto, pero con especial atención, de manera que recibiese la luz directa en el rostro. Una inscripción identificaba el personaje: BRUTO.

-Pero no importa, ¿sabes?, no importa -prosiguió-. No estoy para planos ni para casas.

Y se desplomó en el lecho como agobiado por una gran pesadumbre.

-Te veo muy raro -dijo Petronio.

-Los tiempos son raros, extraños, terribles -dijo Escevino, con una solemnidad que sus gestos y su tono de voz desmentían.

-Desde que tenemos memoria los tiempos siempre han sido raros, extraños, terribles. No son los tiempos, Escevino, eres tú el que has cambiado.

-Quizá. Quizá es que antes estaba ciego, pero ahora veo.

-¡Por Hércules! -exclamó Petronio- ¿No te habrás metido en una de esas sectas asiáticas que proliferan como la peste? Esas mismas palabras las oí a cierta persona que se unió a los cristianos.

-¿Por quién me has tomado, Petronio? -exclamó Escevino, realmente indignado-. Yo soy romano, romano por encima de todo y nada más que romano.

-Pues yo no soy parto. Aunque también es cierto que tengo algo de sangre gala.

-Por eso será -dijo Escevino.

-Por eso será, ¿qué? -preguntó Petronio.

-Amigo -respondió Escevino-, tengo que decírtelo, sí tengo que decírtelo. Me han hablado mal de ti, muy mal.

-Ya era hora -exlamó Petronio, como aliviado- Hacía mucho tiempo que nadie me informaba de algo así. Estaba realmente preocupado. Sabes muy bien que si no hablan mal de ti es que no eres nadie.

-Me han dicho algo muy feo de ti -instistió Escevino.

-Vamos, suéltalo, me muero de curiosidad. ¿Qué te han dicho?

-Que eres un…cobardica -dijo Escevino, bajando el tono de voz hasta convertirla en un susurro.

-¡Por todos los dioses! -exclamó Petronio- Vaya descubrimiento. Nunca consideré que la valentía fuese una virtud principal. El valor es cosa de soldados y gladiadores, gente zafia y maloliente.

Escevino se levantó como movido por un resorte. Extendió el brazo derecho y señaló con el dedo índice el busto al tiempo que dirigía hacia el techo los ojos puestos en blanco.

-¿Te atreves a decir que ése, ese héroe sin mácula es zafio y maloliente?

-Imposible responder. Su aroma se perdió hace mucho tiempo.

-¡Cómo eres, Tito, cómo eres! -exclamó Escevino, y se recostó de nuevo en el lecho.

-Soy como siempre he sido, pero un poquito más sabio. Mira, ahora mismo te voy a adivinar quién te ha dicho eso de mí: Natal.

-Sí, y alguien más.

-Lucano.

-Sí, y alguien más.

-Pisón. Y no me hace falta nadie más para comprobar que estás loco, completamente loco. ¿Qué haces tú con esa gente? ¿Sabes dónde te has metido?

-Sé muy bien lo que hago. Mira, Petronio, siempre hemos sido buenos amigos, nuestras vidas han coincido por un largo trecho, juntos hemos gustado de todos los placeres, en esto nadie nos puede dar lecciones. Somos auténticos maestros, los dos…Pero tú siempre parece que estás por encima de mí, la verdad es que siempre parece que estás por encima de todos. ¿Y por qué? ¿Quieres explicármelo? ¿Por qué diablos llevando los dos el mismo género de vida tienes tú fama de hombre respetable mientras que yo no soy más que un vulgar vicioso?

-No lo sé. Yo no decido la fama que los demás atribuyen. Y tampoco es del todo cierto lo que dices. Natal me acaba de confiar que eres un buen hombre. Claro que no es éste un calificativo como para levantar los ánimos. Si alguien dice eso de mí, me hunde, te lo aseguro.

-Lo siento, pero ahora no puedo seguir tu juego…Lo que quiero decir es que, a pesar de que se nos suela aplicar distintas medidas, tu existencia ha sido y es tan ridícula, vacía y triste como la mía y que, por tanto, estarás en condiciones de entender lo que te voy a explicar. Amigo Petronio, no es verdad que todo sea igual, no es verdad que todo dé lo mismo y que sólo el placer justifique la vida. A ti aún no te habrá llegado el momento, pero en la vida de todo hombre, en la vida de cada hombre como nosotros, el día menos pensado ocurre algo decisivo que te enfrenta de improviso contigo mismo. Y entonces una fuerza incontenible surge del fondo de ti y te hace decir «ése no puedo ser yo, yo soy un hombre, un hombre». Y un hombre de verdad no puede tolerar ciertas cosas, un hombre de verdad no puede someterse a la mentira, a la hipocresía, al miedo, a la miseria moral y a tantas calamidades que hoy en día se resumen en una: amigo Petronio, un hombre de verdad no puede tolerar la tiranía.

-¿Y qué ha de hacer entonces ese hombre de verdad? -preguntó Petronio.

-Ahí tenemos el ejemplo -dijo Escevino, señalando con el dedo el busto de Bruto.

-¿Dónde? -preguntó Petronio-, ¿en ese pedrusco?

-Tito, por favor -dijo Escevino en tono casi suplicante-, ¿para ti no hay nada sagrado?

-¿Para ti sí? -preguntó Petronio por toda respuesta.

-La patria es sagrada, el pueblo romano es sagrado, la libertad es sagrada, la dignidad es sagrada…

-Deténte, por favor -interrumpió Petronio-. Me dan miedo esas palabras, sí, me dan miedo, siempre a medio camino entre la idea y la divinidad. Nuestros viejos dioses se portan con nosotros de maravilla. No imponen nada, no exigen nada; se contentan con que cumplamos los ritos sagrados y nos dejan en paz. Pero esos dioses que invocas son terribles, sanguinarios, de hecho se alimentan de sangre humana. La patria exige sangre, el pueblo exige sangre, la libertad exige sangre…

-¿Y la tiranía no? -interrumpió Escevino-. ¿No es la tiranía la más sangrienta de las divinidades?

-No me entiendas mal, Escevino, yo no defiendo la tiranía, sólo te advierto del peligro de situar nuevos dioses sobre los hombres. La tiranía es un mal, de acuerdo. Pero no desaparecerá porque cuatro niñatos y cuatro resentidos jueguen a héroes. Caerá por su propio peso…o cuando la derribe un plan inteligente, muy inteligente.

-¿Qué tiene de malo nuestro plan? Porque participen en él algunos resentidos, como tú dices, ¿es acaso inmoral?

-Mucho peor que eso: está mal escrito.

Recorrimos en silencio el camino de vuelta. Cuando llegamos frente a la casa de Petronio yo ya no podía más. Antes de despedirnos dije:

-Ahora lo entiendo todo.

-Peor para tí -murmuró Petronio con gesto de malhumor.

Así que existía una conspiración. Un plan estaba en marcha para derrocar a Nerón, probablemente para matarle. La indiscreción temeraria de Escevino me había revelado la existencia de una maquinaria en la que ciertas piezas aisladas y antes sin sentido, al ocupar su lugar, cobraban significado: la extraña visita de Lucano, la detención de Epícaris, la conmoción de Mela, la aparición de Tigelino, las advertencias de Petronio para que protegiese mi ignorancia y, también su preocupación por las relaciones entre Lucano y mi compañero Valerio. ¡Qué claro lo veía ahora!

De pronto, sentí miedo. Yo estaba en medio de todo aquello. Tigelino me había visto en casa de Petronio y seguro que sabía quién era. ¿Y Petronio? ¿Cómo podía conocer el plan sin estar implicado? ¿Cómo se lo permitían los otros? Y si no estaba de acuerdo con la conspiración, ¿por qué no la denunciaba? Quien conoce esta clase de hechos y no los denuncia se convierte automáticamente en cómplice…Como yo. Y de pronto, esta idea me golpeó en medio del cerebro con la fuerza de un mazazo:

¡Yo era cómplice de una conjuración contra el César!

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VII

Aquella noche me vi cenando con Petronio y otros comensales.

-El deseo de riquezas ha creado esta situación. Pues antes, cuando la simple virtud satisfacía, florecían las artes, y los hombres competían para que nada quedase para descubrir en el futuro…

El que así hablaba era un viejo canoso, cuyo rostro surcado de arrugas tenía un algo indefinible de grandeza, pero de aspecto tan poco cuidado que ofrecía la viva estampa de esos hombres de letras que los ricos no pueden soportar. Era de Tarento y se llamaba Eumolpo.

-Pasemos a las artes plásticas -proseguía-. Lisipo murió de hambre empeñado en dar los últimos toques a una condenada estatua que se le resistía; Milón, que puede decirse que metía en el bronce las almas de hombres y animales, no tuvo sucesores. Nosotros, en cambio, saturados de vino y mujerzuelas, no somos capaces ni de estudiar las obras ya conocidas, y nos atrevemos a acusar a la antigüedad mientras que sólo enseñamos y aprendemos sus vicios…

Las palabras de Eumolpo eran seguidas atentamente por los comensales: Agamenón, situado a su lado, orador y abogado, que rondaba la cuarentena, Encolpio, joven de mi edad, tan fascinado, decía, por las letras como por correr mundo, Ascilto, joven también y del que aún nada sabía, y Gitón, muchacho de apenas dieciséis años, bello como un dios, pero cuyas gracias y virtudes, diría, estaban todas en aquella su femenina hermosura. Sólo Petronio parecía distraído, o mejor dicho, concentrado en no se qué pensamientos profundos.

En el rostro de Encolpio se iba dibujando, cada vez con mayor claridad, una amplia sonrisa burlona. Entonces tomó la mano de Gitón, que estaba a su lado, y empezó a acariciarla suavemente. El gesto no le pasó inadvertido a Eumolpo, que endureció la voz al tiempo que parecía ya dispuesto a dar fin a su larga perorata.

-Así que no os extrañéis si el arte de la pintura ha desaparecido cuando a todos, hombres y dioses, les parece que hay más belleza en un montón de oro que en toda la obra de Apeles y Fidias, esos griegos maniáticos.

Sin abandonar su sonrisa burlona, Encolpio dio una breves y sonoras palmadas a modo de aplauso y dijo:

-Bravo, Eumolpo. Has hablado muy bien, viejo poeta. Así que, según tú, si no nos tentase tanto el oro y no consumiésemos la vida entre el vino y las mujeres, las artes florecerían como en los buenos tiempos…Pero ¿y los muchachos? ¿Qué me dices de los muchachos?

-Sí, Eumolpo -dijo Ascilto, que había estado escuchando con toda la seriedad del mundo-, ¿qué nos dices de los muchachos?

Por toda respuesta, Eumolpo arrancó de una fuente próxima un muslo de ave y comenzó a mordisquearla con avidez.

-Vamos, Eumolpo -insistió Ascilto-. Según tú, el dinero, el vino y las mujeres nos han traído a esta decadencia con olvido de las bellas artes. Pero ¿y los muchachos? ¿Qué nos dices de los muchachos? ¿No nos arrastran también por el camino de perdición? Mira a Gitón. ¿Has visto alguna vez algo tan hermoso?

Al oir esto, Gitón se separó de Encolpio y, desplazándose ligeramente, se arrimó a Ascilto, que estaba a su otro lado y dijo:

-Tú sí que eres hermoso, querido Ascilto, y tu buen corazón se iguala con tu belleza. Y no entiendo nada de lo que dice el viejo, ni me importa. Pero parece que busca culpables, ¿no?

Mientras Eumolpo empezaba a dar cuenta de otro muslito de ave, Encolpio, que apenas podía disimular el enojo que le causaba el cambio de posición de Gitón, dijo:

-Claro que busca culpables, culpables de lo que llama nuestra decadencia. Pero no se ha atrevido a mencionar a los muchachos, ¿sabéis por qué? No sólo porque estás tú aquí delante, querido Gitón, sino también, y sobre todo, porque los muchachos le encantan, le vuelven loco, vamos, que le chiflan. Recuerda que en más de una ocasión he tenido que protegerte de él. Pero mejor que olvidemos sus hazañas en este campo. Porque, como preceptor de jóvenes distinguidos, sería imposible llevar la cuenta de todos los que ha corrompido. Por millares se deben contar los que han pasado por sus manos, por no mencionar otra extremidad corpórea menos decorosa.

Como si nada oyese o no fuesen dirigidas a él estas palabras, Eumolpo proseguía su discurso:

-Y si pasamos al terreno de las letras, el panorama no es menos desolador. ¿Dónde están hoy los Ennio, los Virgilio, los Tibulo, los Propercio? y no pienso mencionar a Ovidio, porque por esa puerta de disolución e impudicia entraron los males que acabaron con él mismo y que acabarán con Roma. ¿Dónde están los poetas de hoy? ¿Puede recibir ese nombre un Lucano, que mientras hincha de viento las palabras se niega a reconocer la evidente acción de los dioses en las gestas humanas? ¿O un Marcial, algunos de cuyos epigramas recuerdan vagamente los de Catulo pero ensuciados con toda la mugre de la Roma de hoy? -Me asombró oír citar a mi compañero de vivienda como poeta reconocido-. Este es el panorama, y los pocos poetas que aún damos fe de vida somos ignorados o despreciados…

-¿Y los muchachos? -interrumpió Encolpio.

-Sí -dijo Agamenón, el abogado, que hasta entonces había permanecido callado-, estamos esperando que nos hables de los muchachos, Eumolpo.

-Y del teatro mejor sería no decir nada -prosiguió Eumolpo, ajeno por completo a los intereses de la concurrencia-, porque el teatro no existe. ¿Dónde están hoy la verde frescura de Plauto o la meditada elegancia de Terencio? Nada de eso veo en los escenarios. Muy bien sabéis lo que hoy en día se ve en todos los teatros de Roma: pantomimas indecentes destinadas a halagar los más bajos instintos de la plebe. Ya nadie escribe para el teatro. Ni siquiera Séneca, cuyas plúmbeas tragedias sólo son aptas para recitarse en elegantes salones poblados de aduladores exquisitos, pero que si se llevasen a escena pondrían en fuga no sólo a la plebe corrompida de hoy sino también, y con toda razón, al sanísimo público de Plauto y Terencio. Y la música…

-¿No hay manera de pararle, Encolpio? -dijo Gitón, que se había vuelto a acurrucar junto a su compañero.

-¿No hay manera de pararle, Petronio? -dijo Encolpio dirigiéndose a nuestro anfitrión.

Pero Petronio permanecía callado.

-Sí, ¿qué me decís de la música?

-Los muchachos, Eumolpo, los muchachos -exclamó Ascilto.

-¡Los mu-cha-chos, los mu-cha-chos! -corearon rítmicamente los comensales.

-La música y el divino arte del canto han llegado a tales extremos que hoy colocamos entre los dioses a un degenerado como Menécrates cuyos afeminados gorgoritos no son capaces de despertarnos del sueño que nos producen, y eso por no hablar de otro cantante de moda, situado tan alto en la escala social que todos sus aduladores no se cansan de pedir al cielo el don de la sordera. Esta es la situación en que vivimos y aquéllas que apunté son las causas…Y para no cansaros más sólo añadiré una cosa: los muchachos, los tiernos muchachitos son las criaturas más bellas que la naturaleza ha parido. Todos me gustan. Y sobre todos, tú, Gitón. Sólo con ver las tiernas caricias que prodigas a tus amigos se me ha puesto dura.

Risas y aplausos generales hasta que habla Encolpio:

-No me hagas reir, Eumolpo. ¿Cómo una acelga puede ponerse dura? ¿Has visto alguna vez una lechuga levantarse del plato como una anguila recién servida?

-No hables de lo que no sabes, Encolpio -replicó el viejo- ¿O quieres conocer mi poderío?…Después de todo, no estás nada mal.

-Sí sabe de qué habla, sí lo sabe -dijo Ascilto, muy divertido-. También él tuvo una lechuga por adorno entre las piernas. ¿Te curaste del todo, querido Encolpio?

-Ya ni me acuerdo -afirmó con seguridad Encolpio-. Aquél fue un episodio muy triste de mi vida, una auténtica pesadilla. Pero, por fortuna, ya todo ha pasado, y otra vez soy un hombre completo.

-¿Y cómo se hizo el milagro? -preguntó Agamenón.

-Nada de milagros -replicó Encolpio-. Lo milagroso, lo extraño era aquella situación de impotencia. No se puede llamar milagro a lo natural.

-Sí, ¿pero cómo se rompió el maleficio, por llamarlo de alguna manera? -preguntó Ascilto con curiosidad.

-Primero me puse en manos de una mujer de poderes prodigiosos…

-¿Una mujer? -interrumpió Eumolpo con incredulidad – ¿Una mujer te curó? ¿Lo que no hizo esa ricura de Gitón lo consiguió una mujer? Vamos, no te creo.

-Déjame hablar, ¿no? Esa mujer no me curó. Pero además no actuó como mujer. Era una bruja.

-Se puede demostrar que las brujas no existen -dijo Agamenón empuñando una copa rebosante de vino-. Es más, yo puedo demostrar que la magia y la adivinación no existen, que son pura charlatanería, engañabobos indecentes, fraude y nada más que fraude…Pero también puedo demostrar que esos poderes existen, que hay entre la tierra y el cielo unas ocultas relaciones que los iniciados saben descifrar. ¿Cuál de las dos demostraciones preferís?

-Preferimos que te guardes tu retórica -dijo Ascilto-. Ya hemos tenido bastante con el poeta.

-Era una sacerdotisa de Priapo -prosiguió Encolpio-, y me aplicó una serie de remedios tan complicados y en condiciones tan extravagantes que apenas recuerdo nada, y cuando algo de aquello me viene a la mente nunca estoy seguro si esas imágenes corresponden a mis recuerdos o a mis sueños.

-Debe ser horroroso perder la virilidad- dijo Ascilto, realemnte preocupado.

-Es lo peor que puede ocurrir, puedes estar seguro -ratificó Eumolpo-. Había una vez dos muchachos que se amaban…

-Perdona, Eumolpo, mi puntual intervención – interrumpió Agamenón con su voz más engolada-, pero pienso yo que, acaso, en algún momento de tu larga vida hayas oído hablar del amor entre hombres y mujeres.

-El amor no tiene sexo -afirmó el viejo poeta.

Ascilto rompió a reir, y dijo entre sonoras carcajadas:

-¡El amor no tiene sexo! ¡Qué bueno! Nunca había oído nada tan divertido. ¡El amor no tiene sexo! ¿Te has inventado tú eso o te lo ha soplado algún sofista de tu tierra?

-No le veo la gracia -dijo Eumolpo con toda seriedad-. Cuando digo que el amor no tiene sexo quiero decir que cualquier acto de sexo es una manifestación de amor.

-Sí -dijo Agamenón -, pero parece, o puede parecer, que unos casos se acomodan más a la naturaleza que otros. No me negarás que no es lo mismo meter el arado donde la naturaleza espera la semilla que conducirlo por los parajes más inhóspitos.

-¿Quién habla de semillas? -replicó Eumolpo-. No somos árboles, no somos equinos sementales.

-No, claro que no, pero ¿sabes tú qué somos, poeta? -preguntó Encolpio.

-Poeta, muy bien has dicho, poeta -respondió Eumolpo-, y como poeta no puedo saber lo que somos. Sólo sé lo que vemos y lo que sentimos. Eso que lo conteste un filósofo.

-No hace falta ser filósofo -dijo Agamenón- para establecer de una manera racional lo que somos y lo que no somos. Las armas de la retórica son suficientes para edificar las más sólidas argumentaciones. Yo mismo tengo argumentos bastantes para demostrar que somos hijos de un dios que nos vigila desde más allá de las estrellas…Pero también tengo argumentos bastantes para demostrar que somos algo así como la escoria del universo, basura innecesaria. ¿Qué argumentación preferís?

-Preferimos que te calles -respondieron a una los comensales.

-Sí, que te calles -insistió Ascilto-, y que Encolpio nos cuente cómo se libró finalmente del maleficio.

-Como queráis -dijo Encolpio-. Aquella bruja, la sacerdotisa de Priapo, no logró curarme con sus encantamientos. Entonces, no se cómo, fui a parar a los brazos de Críside, la doncella de la mujer que había causado mi ruina. Y de repente concebí por ella una amor extraño, un amor bello, profundo, luminoso, como nunca había sentido por persona alguna. Y así, entre sus dulces brazos, estrechado a sus carnes, más firmes y tiernas que las de cualquier muchacho, volví a ser un hombre entero.

-Entonces, no puede estar más claro el origen o causa del maleficio -dijo Agamenón-. Priapo te había castigado por haberte apartado del recto camino de la naturaleza…

-¡Qué naturaleza ni qué cuernos! -protestó Eumolpo-. Todo es naturaleza. Así, que esa maldita palabra no significa nada. Y hemos de tener en cuenta que Priapo es la sobreabundancia de la lujuria. ¿Cómo pues podría ser tan mezquino?…Además, ahí lo tenéis, amartelado de nuevo con su amiguito. ¿Cómo os explicáis esto?

-Es verdad que ahora estoy amartelado con mi amiguito, y también es verdad que he amado a Críside como a nadie en el mundo, …y que la sigo amando. ¿Cómo se explica? ¿Y yo qué se cómo se explica? Además, ¿qué necesidad hay de explicaciones?

-Eso -corroboró Eumolpo- ¿Qué necesidad hay de explicaciones? ¿A quién interesa las explicaciones?

-Claro -replicó Agamenón-, lo que ocurre es que el árbol es un árbol y el caballo es un caballo y hacen siempre lo que tienen que hacer. Pero ¿y nosotros? ¿Sabemos lo que tenemos que hacer? No, no lo sabemos. ¿Y por qué no lo sabemos? Porque ignoramos lo que somos. Pero ¿somos realmente algo? Yo os lo diré. Hay dos aspectos de considerar la cuestión…

-Vale, Agamenón -interrumpió Ascilto-. Nos importan un pimiento tus dos aspectos de la cuestión. ¿Por qué no habla Petronio?

-Sí, que hable Petronio -coreó el resto de los comensales.

-Petronio -dijo Encolpio-, de todo tú sabes mucho más que nosotros. Posiblemente de esto también. Dínos, Petronio, ¿somos algo más que hojas livianas que lleva el viento?

-Hojas livianas que lleva el viento -dijo Petronio como si paladease cada una de las palabras-. Está muy bien eso. Me recuerda una vieja canción, no de Menécrates precisamente. ¿Nada más que eso somos? ¿Nada más? Es posible. En todo caso no esperéis de mí la solución. Ni de mí ni de nadie. Además, no os he convocado aquí para daros un discurso. Al contrario, si habéis venido es porque deseaba veros, veros y oíros. Hacía mucho tiempo que no nos reuníamos. Y he de deciros que os encuentro muy bien, os mantenéis en forma. Por mi parte sólo puedo daros un consejo: seguid vuestro camino. ¿Que cuál es el camino? A eso sólo os puedo responder lo del viejo sabio: si no sabes adonde vas, cualquier camino te llevará allá. Pero tened cuidado. Vuestra misión no es filosofar sobre el sentido de la vida. Habéis nacido para vivir, para actuar. Así que ¡fuera las preguntas! Acción y palabras, acción y palabras. Vivir y parlotear sin tino, como muy bien habéis estado haciendo hasta ahora, queridas criaturas mías.

(CONTINÚA )

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VI

Por diversas circunstancias pasaron varios días entre aquella entrevista y la posibilidad de la siguiente. Dada la naturaleza de las confidencias de que había sido depositario, había sobradas razones para pensar que quizá Petronio se había arrepentido de su inesperada franqueza. Pero yo no lo creía. El modo en que empezó a desarrollarse la conversación siguiente me dio la razón. Como le hubiera manifestado el deseo de que comentase alguna de sus obras, me preguntó:

-¿Qué has leído?

-Toda la poesía que he podido: los poemas a Marcia, los de Nealce y algunos otros que circulan dispersos. De los relatos, Albucia y…

-Y Satiricón, supongo.

-Sí, Satiricón también -dije con forzada naturalidad.

-Te debo una explicación -dijo Petronio-. Pero primero de todo has de saber que esa obra ni siquiera está terminada. Cuando aún no había decidido acabarla, la di a leer a algunos amigos. Alguien hizo una copia, que otros reprodujeron y que rápidamente se multiplicaron. Como sabes, tuvo bastante éxito. Alguien le comentó a Nerón que la obra era una sátira de su persona, enmascarada bajo el personaje de Trimalción. Nerón, que la había leído, juró por los dioses que condenaría al autor por lesa majestad. Dado que en algunas copias aparecía el nombre del supuesto autor, me pidió explicaciones. Yo tenía dos caminos para defenderme: negar que la obra fuese mía o negar que Trimalción representase al César. Para mayor seguridad seguí los dos. Apelando a la inteligencia crítica de Nerón, que previamente me encargué de valorar y ensalzar, le conduje por una serie de análisis lingüísticos, sintácticos y semánticos del texto hasta llegar a la conclusión necesaria de que el autor de Euscio, de Albucia y de tantos poemas exquisitos que él muy bien conocía no podía ser de ningún modo el grosero autor de Satiricón. Mucho más fácil fue convencerle de que sólo un cretino buscador de querellas podía ver alguna relación entre el burdo liberto Trimalción y el refinado César Nerón. No obstante, antes de mostrar su total convencimiento, me pidió que le jurase por Júpiter que yo no había escrito aquel engendro. Naturalmente que lo juré. Entre un Júpiter problemático y un César de carne y hueso la elección es muy sencilla.

-No sé cómo expresarte mi agradecimiento por la confianza…

-No hay nada que agradecer -me interrumpió, tajante-. Tú ya estabas convencido de que el autor era yo. Pero ¿no pensaste ni por un momento que podía tratarse de una obra apócrifa, de una falsificación? Por una parte, desde que zanjé el asunto con Nerón, hace de eso más de dos años, ha aparecido algún estudio que trata de demostrar la falsedad de la autoría atribuida, y por cierto con métodos parecidos a los que yo había utilizado ante el mismo Nerón. Por otra parte, no me negarás que Satiricón apenas tiene nada que ver con el resto de mi obra.

-Nunca dudé de que tú eras el autor. A pesar de las diferencias de forma y de contenido, para mí está muy claro que todas tus obras tienen un rasgo común, inconfundible.

-¿Y cuál es, si puede saberse?

-El sello de un genio profundamente libre.

-Es muy halagador eso que dices, muy amable por tu parte, sí, muy amable. Siempre pensé que habías de ser un alumno muy aprovechado.

Estas palabras me hirieron en lo más hondo. No tuve más remedio que expresar mi protesta:

-Me duele eso que has dicho. Sabes que soy totalmente sincero.

-Lo sé, y que eres totalmente ingenuo también. ¿No entiendes una broma?

-Lo siento -dije, algo avergonzado.

-Pero vayamos a lo nuestro -prosiguió Petronio-. ¿Cuál es la principal diferencia que ves entre Satiricón y las demás obras?

-El tema, es decir, la falta de tema, de un argumento definido. En Euscio vemos cómo un joven sin recursos va superando todas las dificultades que le presenta la vida hasta convertirse en un auténtico sabio; es la historia de un aprendizaje. En Albucia es una mujer la que ha de luchar contra falsos amigos y pícaros abogados y jueces para defender su situación de viuda, es decir, su libertad. Pero en Satiricón

Dudé unos instantes.

-Sí, en Satiricón ¿qué vemos? -preguntó Petronio.

-No sé…una serie de escenas a través de las cuales unos jóvenes van avanzando a trompicones, aparentemente perseguidos por una maldición, pero avanzando hacia ninguna parte.

-Deduzco que no te ha gustado.

-No, al contrario. Te lo dije el primer día. El perfecto dibujo de las situaciones, la calidad del lenguaje, tan genialmente adaptado a cada personaje, la gracia de las historias intercaladas, todo en conjunto me parece genial…y quizá superior al resto de tu obra. Pero…

-Pero echas a faltar una dirección, un sentido ¿no es eso?

-Sí, eso es. Quizá se deba al hecho de que no esté terminada. Seguramente el final había de traer alguna luz.

-No lo creas. Ignoro el final tanto como tú. Es más, estoy convencido que no tiene más final que el que conoces.

-¡Pero es que no acaba de ninguna manera!

-¿Y cómo crees que acaban las historias de la vida? Aparte de la muerte, no existe nunca un final. ¿O crees que la vida es como aquellas fábulas griegas que indefectiblemente acaban en boda? Para empezar, el matrimonio no es nunca un final, sino un principio. Y como el matrimonio, todo: el hallazgo de un tesoro, el rencuentro de padre e hijo, la conquista de un reino, todo eso son principios, no finales, por más que ciertos fabulistas intenten convencernos de lo contrario.

-En eso estoy de acuerdo, en la vida real es tal como dices: excepto el nacimiento y la muerte no hay principios ni finales. ¿Pero en el arte también? Creo recordar que dijiste que la misión del arte consiste en poner orden en la materia caótica de la realidad.

-No exactamente. Quizá me expresé mal. La misión del arte, como tu dices, consiste en crear un orden distinto del caos de la realidad. Pero, como ha de tomar sus materiales de la misma realidad, ese orden distinto podrá también tener la apariencia de caos. Pero sólo la apariencia. Mira, la diferencia esencial entre el arte y la vida no está en el contenido, que puede ser el mismo. La diferencia está en que la obra de arte ya tiene por sí misma unos límites, es algo definido, objetivo y, en algunos casos, imperecedero, inmortal, mientras que la vida es inapresable, indefinible, subjetiva y siempre perecedera, mortal.

-Según eso, las andanzas de Encolpio y Ascilto y todos los demás podrían verse como una serie de cuadros o escenas de la vida cotidiana, sin que necesariamente exista una relación lógica entre ellas.

-Sí y no. Alguna relación sí que existe. Pero es evidente que lo que importa no es el hilo de la historia, sino los caracteres de los personajes y de las situaciones.

-¿Tiene algo de ti el personaje de Encolpio?

-Encolpio y Ascilto y Eumolpo, todos tienen algo de mí. En el tipo de literatura que yo cultivo cada personaje habla desde el fondo del autor o, dicho de otra manera, si el autor no se imagina, no cree ser el personaje que habla, difícilmente logrará plasmar algo creíble. Pero he de confesar que Encolpio sí tiene mucho de mí. Sí, yo fui una especie de Encolpio en una época de mi juventud, desorientado, vacilante, con una instrucción muy superior a la normal y sin embargo braceando estúpidamente en medio de un mundo zafio y sin sentido.

-¿Y perseguido también por una maldición?

-Perseguido también por una maldición…Pero no la impotencia física precisamente, sino otra más grave…Hasta los treinta años fui incapaz de escribir, de crear algo convincente para mí mismo.

-Esa edad deberías tener cuando escribiste Euscio.

-En efecto, y la historia de Euscio guarda también algunas semejanzas con la mía…excepto, quizá, en el final feliz.

De nuevo la nube oscura pasó rápidamente sobre el rostro de Petronio.

-A veces hablas como si tuvieses el presentimiento de que algo grave te puede ocurrir en cualquier momento. ¿Tiene eso que ver con lo que contabas el otro día de tu lucha con Tigelino?

De pronto un gran alboroto de voces y pasos llegó desde algún lugar de la casa. Petronio pareció no enterarse.

-De Tigelino mejor no hablar -dijo-. ¿Sabes qué es lo peor de todo eso?

Las voces y las firmes pisadas de un grupo de hombre se hicieron ensordecedoras, hasta que las puertas del gabinete se abrieron de un brusco golpe. Cuatro soldados armados con lanzas entraron, dejando paso a un quinto hombre. Éste, de coraza reluciente y espada al cinto, arrastraba de la oreja al portero.

-Petronio -dijo el individuo-, debes enseñar a esta basura a reconocer y respetar a la autoridad. Si fuera mío, ya se le habrían caído las orejas. ¡Fuera! – y soltó al portero, que desapareció al instante.

-Tigelino -dijo Petronio- ¿cómo podía imaginar que ibas a honrar mi casa sin anunciar tu visita?

-No era necesario. Vengo a verte como amigo.

-Nunca pensé que pudieras hacerlo como enemigo.

-Ya me entiendes. Como jefe de la guardia podía haber requerido tu presencia por medio de unos soldados. Pero somos amigos, ¿no es eso? Vamos en el mismo barco, tenemos intereses comunes, ¿no es eso?

-Será mejor que nos sentemos -dijo Petronio, señalando el banco del que nos acabábamos de levantar.

-No, gracias -dijo Tigelino, suavizando un poco el tono imperioso de voz-. Voy al grano. Se ha abierto una investigación sobre un asunto muy grave y he de hacerte unas preguntas.

-¿Quieres decir que el caso tiene que ver conmigo? ¡Por Hércules, ya lo imagino! El César está descontento con el decorado que le recomendé para la representación del otro día…¿No? -prosiguió Petronio ante el rostro impasible de Tigelino-. La estatuilla griega que le regalé ha resultado falsa…¿Tampoco?…Vamos a ver, vamos a ver. ¡Ya está!…

-No estoy para bromas -dijo finalmente Tigelino-. Voy a hacerte una pregunta y espero que me digas la verdad. Hace unos días se detuvo a Epícaris. Pues bien, sé con toda seguridad que inmediatamente después de su detención un esclavo de su casa vino corriendo hasta aquí. La pregunta es ¿para qué vino? ¿qué relaciones tienes tú con Epícaris?

-Ninguna, te lo aseguro. Aunque reconozco que Epícaris es bella, no responde en absoluto a mi tipo de mujer…Sí, ya sé, ya sé que éste no es el tema que te interesa.

-En efecto -dijo Tigelino, que llevaba un tiempo increíble sin pestañear-. Te he hecho una pregunta. ¿Y?

-Y muy bien por cierto. La verdad es que estoy admirado de tu arte interrogatoria. Porque en este momento no sé si preguntas lo que no sabes o si sabes lo que no preguntas. Aunque creo que en realidad sabes más de lo que preguntas. Para concretar, estoy seguro que el mismo individuo que te informó de la visita de ese emisario a esta casa te informó también de que en esta casa estaba otra persona íntimamente relacionada con Epícaris. Y sabes también que el esclavo en cuestión no vino directamente aquí, sino que primero fue a casa de aquella otra persona, donde le informaron que se hallaba aquí.

-Eso no responde a mi pregunta.

-Bien. Procuraré ser tan directo como tú. No tengo ni he tenido ninguna relación con Epícaris, no conozco ni me importa el motivo de su detención, pero tú sí conoces y te debe importar que el César ve con muy malos ojos a quienes molestan a sus amigos íntimos. Y yo soy, recuérdalo, el amigo más íntimo de Nerón… Y me estás molestando.

El tono de voz de Petronio había adquirido una dureza desconocida hasta entonces para mí.

-Yo también soy su amigo -dijo Tigelino, súbitamente descabalgado de su soberbia.

-Te equivocas, Tigelino, no eres su amigo ni lo serás nunca. Sólo eres su guardián, su perro guardián, para decirlo con una metáfora bastante inocente. El César es un hombre delicado, culto, sensible, exquisito, y como tal, ama sólo el lado bueno y amable de la vida, y ése es el lado que yo le muestro siempre. Tú, en cambio, por obligación y también por vocación, le muestras siempre el lado feo, el lado horroroso de las intrigas, las traiciones y los crímenes. Te tolera porque cree que tiene necesidad de ti. Pero, por favor, no le insultes llamándote su amigo.

En un instante el rostro de Tigelino pasó del blanco cerúleo al rojo encendido.

-Te crees muy listo -dijo finalmente-, pero no te confíes. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces toda tu listeza no te servirá de nada. Y eso está al caer. Los traidores tienen los días contados.

-No sólo los traidores. Todos tenemos los días contados. Y nadie puede decir cuántos le quedan. Ni siquiera tú. Hazme un favor, Tigelino, vete a buscar traidores a otra parte. Y cuida de que el César no caiga en la cuenta de quién es el principal de los traidores. ¿Quieres que yo te lo diga? El que le impide gozar de la vida placentera que él tanto ama, el que le atemoriza día y noche con inventos de fantasmas y conjuras, el que continuamente le amarga la existencia, ése es el más grande de todos los traidores. No te confíes, Tigelino. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces todas tus habilidades de sabueso no te servirán de nada. Y eso está al caer.

Cuando, tras este intercambio de amenazas, Tigelino y sus hombres nos dejaron solos, a Petronio le faltó tiempo para decir:

-Ya ves. Al fin ha habido una declaración formal de guerra. A partir de ahora, los acontecimientos se precipitarán. Ya nada será como antes. Aquí tienes un ejemplo de la suma importancia de las formas en las relaciones humanas. Antes de esta escena yo pensaba de Tigelino lo mismo que le he dicho, y él lo sabía, y él pensaba de mí lo mismo que me ha dicho, y yo lo sabía. Y sin embargo nuestras relaciones eran correctas. A partir de los excesos verbales de hoy, nuestras relaciones ya no podrán ser las mismas.

-Ya lo imagino… Yo me he sentido violentísimo. No sabía si debía salir o no. Y lo que más nervioso me ha puesto ha sido el hecho de que Tigelino ni siquiera haya reparado en mi presencia. Creo que no me ha mirado ni un sólo instante.

-Te equivocas. Precisamente de esa actitud hemos de deducir que sabe perfectamente quién eres y lo que haces en esta casa. Se ha de reconocer que es un sabueso genial. Lo malo es que es el único sabueso, que yo sepa, que pretende tener encadenado a su amo.

-Ha sido todo tan desagradable. Para empezar esa terrible entrada arrastrando al pobre portero de una oreja.

-De pobre, nada. Voy a ordenar que lo vendan al primer mercader que se comprometa a sacarlo de Italia hoy mismo.

-No lo entiendo. ¿Qué esperabas que hiciese?

-¿No lo entiendes? Pues ahora te lo explico. Y fíjate bien cómo a través de un proceso de deducción lógica se puede descubrir una verdad oculta. Primero: ningún esclavo, sea portero, sea mayordomo y tenga las órdenes que tenga se atreve a oponer la menor resistencia a una patrulla de soldados, y menos si van mandados por el mismo Tigelino, y sin embargo ya has oído el estruendo que han armado hasta llegar aquí. Segundo: Tigelino pertenece a esa clase de amos que creen que cualquier contacto físico, o incluso verbal, con los esclavos les contamina; sé con seguridad que es incapaz de tocar a un esclavo con un dedo, y sin embargo los dos hemos visto cómo agarraba la oreja del portero con toda la mano. ¿Qué se deduce de todo esto?

-¿Crees que ha sido…?

-Una comedia. En efecto, ha sido una comedia, un burdo montaje para intentar demostrar que entre el portero y Tigelino no puede existir ninguna relación, para eliminar cualquier sospecha en este sentido por mi parte. Pero al excederse en la dosis de ficción la comedia ha resultado increíble y, además, ha revelado precisamente lo que pretendía ocultar: que hay una relación entre el portero y Tigelino, que el portero no es más que uno de sus numerosos espías a sueldo, que fue él quien le informó de la visita del esclavo de Epícaris y vete a saber de cuántas cosas más.

-Veo que hay que tener mil ojos para sobrevivir en este mundo.

-No lo sabes bien, amigo Lucio, no lo sabes bien.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO V

-He estado pensando en lo que hablamos ayer -dije a Petronio el día siguiente-, eso de que las personas mienten sobre sí mismas, que se engañan y engañan sobre su pasado. ¿A qué crees que obedece esa conducta?

-No lo sé con certeza -respondió Petronio-. Pero lo imagino. Toda persona desea ofrecer una imagen de sí misma lo más favorable posible. Y si en esa tarea se encuentra con dificultades, procura evitarlas. Ocurre como con el aspecto físico: se utilizan cosméticos para ocultar las huellas que el tiempo deja en el cuerpo. Y me parece bien. El triunfo del arte sobre la naturaleza es el triunfo del espíritu humano…siempre que los resultados sean correctos. Porque, si no, la situación no sólo no mejora sino que empeora. De una persona que abusa ostensiblemente de los cosméticos llegamos a pensar que es más vieja y ajada de lo que en realidad es. De la misma manera, de alguien que miente sobre sí mismo con descaro, es decir, sin tacto ni prudencia, llegamos a pensar que no merece ningún crédito ni consideración.

-¿Y por qué crees que todo el mundo desea ofrecer la imagen más favorable posible? ¿Tan importante es el juicio de los demás?

-Excepto para el sabio, es lo más importante. Pero no el juicio precisamente, sino algo más esencial. ¿Cuál crees tú que es la fuerza que mantiene unido el universo?

-No sé…desde el punto de vista de la filosofía platónica, diría que el amor.

-El amor, sí, tanto si recurrimos a Platón como si no. El amor es el motor del universo. Las mutuas atracciones de los astros y de todos los cuerpos han formado este mundo y lo mantienen vivo. Otro asunto es el porqué y el para qué, preguntas que no tienen respuesta, a no ser que también nos engañemos sobre esto. Lo confesemos o no, todos aspiramos a amar y, sobre todo, a ser amados. Sí, queremos ser amados, o por lo menos, apreciados, elogiados, ensalzados, incluso temidos, y somos capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Pero no siempre se consigue. A veces, ni siquiera los amores más próximos y que parecen más obvios. Y entonces las consecuencias pueden ser desastrosas. Piensa que la madre que niega el amor a su hijo está creando un monstruo. Siempre. Yo sé algo de eso.

-¿Piensas en alguien en concreto?

-Sí -respondió Petronio-, y tú también.

Era inevitable. Hacía unos años que las tormentosas relaciones entre Nerón y su madre habían concluido con la muerte de Agripina, ordenada por su propio hijo bajo la acusación de conspiración. Desde entonces, las extravagancias, arbitrariedades y crueldades de Nerón no habían dejado de crecer, al menos en boca del pueblo, que no tenía otra materia de opinión que lo que le llegaba de las altas esferas de la sociedad, círculo exclusivo en que se movía la crueldad del príncipe. Hasta que esa crueldad se hizo patente a los ojos de todos con ocasión de la persecución y castigo de los supuestos incendiarios. Porque es el caso que unos hombres tan odiados y odiosos como los seguidores del judío Cristo habían sido castigados con una crueldad tan gratuita, excesiva y sanguinaria que llegaron a ganarse la compasión de muchos, al mismo tiempo que el bestial castigo despertó en el pueblo el recelo ante la larga mano criminal del tirano, que no se contentaba ya con víctimas senatoriales o ecuestres. ¿Cómo no ver en las palabras de Petronio una alusión a la extraña relación que siempre había existido entre la Agripina insensible, ambiciosa e intrigante y su hijo Nerón, despreciado peón de la ambición materna hasta que con sus propios excesos logró superar los peores excesos de la madre? Pero sabía que no podía hablar de ello. Petronio no me lo permitiría. Buscaba la manera de sortear el escollo, cuando él mismo acudió en mi ayuda:

-Sí, amigo, todos queremos ser amados, pero pocos saben cómo conseguirlo.

-No hay ninguna receta mágica, supongo.

-Mágica no, pero alguna receta sí que hay. Claro está que lo que con ella se obtiene es sólo un sucedáneo del amor, pero en las relaciones sociales funciona de maravilla.

-Te refieres a…

-La amabilidad.

-¿Quieres decir la cortesía, la urbanidad?

-No. He dicho la amabilidad. La cortesía consiste en la aplicación de unas normas comúnmente admitidas para vivir en sociedad. Pero esa aplicación puede ser fría, distante, incluso hostil. O algunas de esas normas pueden ser absurdas. Piensa en la que dictó el César Claudio admitiendo la emisión de ventosidades en sociedad. Es un ejemplo, por reducción al absurdo, de cómo algo aceptado por las reglas de urbanidad puede resultar nada amable.

-¿En qué consiste entonces la amabilidad?

-La amabilidad consiste en tratar a las personas como te gustaría que te tratasen a ti. En este precepto se resumen todos los demás.

-Ya entiendo. Pero me gustaría, si no te importa, que lo desarrollases. En otras palabras: qué he de hacer y qué no he de hacer para ser amable.

-Lo primero es escuchar. Esto es lo fundamental y lo más difícil. Sólo los niños prendados por relatos maravillosos o los mayores encandilados por obra del arte escuchan de verdad. Pero en general no escuchamos, no sabemos escuchar. Mientras el otro habla, pensamos ya en lo que vamos a decir o vagamos con la mente por lejanas regiones. Y esa concentración o esa lejanía se reflejan en la mirada, y el otro sabe que no le escuchamos, que no nos importa. Lo segundo consiste precisamente en otorgar al otro toda la importancia que cree merecer o incluso más, si se trata de alguien que se infravalora, y darle a entender que los asuntos que le importan a nosotros también nos interesan, al menos en cuanto a él le importan. Uno ha de acordarse siempre de hacer alguna pregunta relacionada con el tema que más interesa al otro…

-Perdona, pero esto ¿no puede dar pie a que los pelmazos de que hablabas el otro día aprovechen la ocasión para martirizarnos a placer?

-Naturalmente, pero es que en todo momento hay que mantener el dominio de la situación. Los posibles inconvenientes de la amabilidad y sus antídotos…eso ya sería materia de otra charla.

-Imagino que todo eso es muy adecuado para tratar con personas de igual o superior categoría, pero que con los inferiores no debe de ser tan importante.

-No lo creas. Con los inferiores también, en la debida proporción. Piensa que la amabilidad de que te hablo es más que nada una disposición del ánimo, que ni se puede ni se debe variar a cada instante, y que si con la amabilidad puedes obtener una gracia o un favor de una persona distinguida, con la amabilidad adecuada al caso puedes lograr de un inferior que te haga de buen grado, o sea bien, lo que de otra manera te haría de mala gana, o sea mal. La amabilidad consiste en saber transmitir al otro que él es muy importante para nosotros, que lo valoramos como se merece, que de alguna manera le amamos. Y es esa chispa de amor la que enciende la buena disposición del otro, y puede incluso obrar maravillas.

-Nunca había pensado que las personas fuesen tan…como lo diría…tan influenciables, tan susceptibles de ser conducidas, de ser manipuladas.

-Tan deseosas de ser engañadas, puedes decir -concluyó Petronio-, esa es la palabra. Los hombres quieren ser engañados, sí, quieren, a cualquier precio, que les digan lo que desean oír. Y cuando esto ocurre ni por un instante suelen considerar la posibilidad de que su interlocutor esté fingiendo. Piensa que la adulación es un arma infalible. Sólo el muy sabio puede defenderse de ella.

-Se me ocurre ahora -dije, sin meditar la conveniencia o no de comunicar aquel hallazgo repentino- que el hombre que como tú conoce y domina el arte de la amabilidad o, visto en su aspecto menos noble, de la adulación está en condiciones de dominar el mundo. Nada se le puede resistir.

-No lo creas. No sólo yo conozco ese arte. En ciertos ambientes muchas personas lo conocen tan bien o mejor que yo. Y ocurre entonces que el poderoso al que se pretende influir se ve sometido a la presión de fuerzas contrarias, con el resultado de que su reacción será casi siempre imprevisible.

-Pero si el poderoso al que se pretende influir -dije, adentrándome decididamente por un terreno que sabía prohibido- tiene ante sí un hombre como Petronio, difícilmente podrá seguir otra influencia o consejo.

-Te equivocas -respondió Petronio-. ¿Has oído hablar de Tigelino?

-Naturalmente. Te refieres al jefe de la guardia pretoriana. De él depende la seguridad de Nerón, ¿no es eso?

– Sí, y no sólo la seguridad. Tigelino practica una adulación que yo no sabría nunca practicar. Mi amabilidad, o adulación, va siempre por el lado estético. Si Nerón se cree un gran artista, ¿por qué habría de contradecirle? Después de todo, como cantante no lo hace tan mal. Como poeta ya es otro asunto. ¿Pero crees que vale la pena arriesgar la felicidad del que tutela nuestra felicidad por un supuesto juicio honrado, que a la postre será tan relativo como todo juicio estético? No, por Hércules. Si vieses la expresión del rostro de Nerón cuando se le aclama como al más grande de los artistas, comprenderías que de ese estado de ánimo sólo pueden resultar beneficios para el pueblo. ¿Por qué entonces negarse a algo que ha de ser beneficioso para todos, excepto para sus competidores artísticos, claro está?

No salía de mi asombro. Finalmente Petronio me había admitido en el territorio hasta entonces reservado de sus relaciones con el poder. No cabía de felicidad. No sólo por la curiosidad satisfecha, sino sobre todo porque, a partir de aquél momento, podía considerarme su confidente, es decir, sin lugar a dudas, su amigo. Pero no quería que aquel inicio de confesión se quedase en un simple cabo suelto.

-¿Y qué clase de adulación practica Tigelino? -aventuré, como quien pregunta lo más natural del mundo.

-La más baja que te puedas imaginar. Por un lado, le imbuye la idea de que, como César, es un dios todopoderoso, un dios viviente al que todo le está permitido.

-¿Hasta el crimen?

-Hasta el crimen. Ésa es según Tigelino la característica principal de la divinidad. Pero, por otra parte, no deja de atemorizarle con la supuesta existencia de fantásticos o quizás reales enemigos que se proponen acabar con él, y de intentar demostrarle que sólo él, Ofonio Tigelino, está en condiciones de protegerle de las asechanzas de sus enemigos.

-Pero eso es contradictorio -observé-. ¿Cómo un dios todopoderoso puede vivir continuamente atemorizado por sus supuestos enemigos y, sobre todo, cómo puede depender su seguridad de un simple adulador?

-Todo lo contradictorio que quieras -dijo Petronio-, pero es así. Tigelino halaga la soberbia de Nerón al mismo tiempo que cultiva su miedo. Es su manera de hacerse imprescindible. Como comprenderás, mis armas y las suyas nada tienen que ver. Los campos en que nos movemos son también distintos…Pero un día podemos coincidir, y entonces…

-¿Y entonces?

-Entonces todo habrá acabado.

Fue como si una nube pasase por un instante sobre el rostro de Petronio.

-Pero quién sabe lo que nos reserva el futuro -dijo, iluminado de nuevo el rostro por una sonrisa radiante-. Sólo el presente importa; la lucha de todos los días, la inútil lucha de cada día.

-Quizá sea cosa de tu amabilidad innata -no pude menos que decir ante su cara de felicidad-, pero no deja de sorprenderme esa capacidad tuya de enunciar las sentencias más terribles con la alegría que suele reservarse para las buenas noticias. ¿Crees realmente que es inútil la lucha de cada día?

-La que se dedica a la intriga por el poder, sí. Porque siempre acaba mal.

-La verdad es que no te imagino intrigando por el poder.

-Yo tampoco. Pero a veces la vida te coloca en situaciones que no tienes más remedio que aceptar y sobrellevar, con todas sus consecuencias.

-¿No se puede abandonar?

-No, no se puede. Pregúntaselo a Séneca. Él ha decidido abandonar y en este momento nadie da un as por su vida.

-Disculpa, Petronio, pero imagino que, después de todo lo que me has dicho, no te extrañará que te haga esta pregunta: ¿es realmente Nerón un monstruo?

-En cierto modo sí, pero no es culpa suya. Una persona joven, débil, inmadura, que tiene todo el poder, forzosamente ha de ser un monstruo. Quiero decir que el monstruo no lo ha creado él mismo, sino el sistema.

-¿El sistema?

-Sí, el régimen político inaugurado por Julio César, que permite que todo el poder se concentre en un sólo hombre.

-Pero el mismo Julio no fue un monstruo, ni Octavio Augusto tampoco.

-Eran personas maduras, equilibradas. Pero no se puede cimentar la bondad de un régimen político en algo tan azaroso como el temperamento del soberano de turno.

-¿Debo entender que eres partidario de la antigua república de libertad?

-Cualquier persona razonable lo es. Pero su restauración es ahora mismo imposible. No es ésta una época razonable.

-¿Y no hay ninguna posibilidad de que, cualquier día, un grupo de personas «razonables» unan sus fuerzas para asaltar el poder y restaurar la república?

-No, ninguna. Algunos sí lo creen. Pero se equivocan. De hecho, es el ejército el que tiene el poder, y el ejército quiere siempre una sola cabeza, un sólo jefe a quien poder amedrentar y exigir. De manera que, hoy por hoy, el triunfo de una conspiración sólo significaría la sustitución de un tirano por otro, si es que lograse triunfar, que no lo creo. El tiempo me dará la razón.

-¿El tiempo? ¿Quieres decir que esa conspiración es posible, que existe quizá?

Petronio se llevó el dedo índice a los labios sonrientes:

-Amigo mío… -dijo.

-Sí, ya sé: Horacio.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO IV

-Espero la visita de Anneo Mela -dijo Petronio después de recibirme con la misma cordialidad de siempre-, pero me gustaría que te quedases. Es más, me interesa que te quedes. Así tendrás ocasión de conocer a un tipo de personaje que no suele figurar en los anales ni en los libros de historia, a pesar de su importancia: el hombre de negocios.

-Me encantará. ¿Y a qué negocios se dedica?

-A cualquiera, es decir, a lo mismo de siempre: a producir dinero.

-Quiero decir que si se dedica a construir o a comerciar o si tiene naves o explota minas, ya me entiendes.

-Sí, ya te entiendo. El que parece que no me entiendes eres tú -dijo Petronio con una sonrisa-. O quizá soy yo el que no me explico bien. Mela no se dedica a nada en concreto y se dedica a todo en general. Como ya te he dicho su negocio consiste en producir dinero.

-Sí, pero ¿cómo produce dinero?

-Con dinero.

-¿Con dinero? ¿Quieres decir prestando?

-Parece que ya lo vas entendiendo -respondió Petronio.

-No del todo -aclaré-. Sé que hay individuos que se dedican a prestar dinero a intereses muy elevados, pero nunca he oído decir que esos usureros acumulen tales cantidades que les permitan convertirse en potentados. Además, la mayoría de sus clientes son gente de pocos recursos, por lo cual muchas veces se quedan sin cobrar. Nunca he pensado que fuese un gran negocio.

-Hablamos de cosas distintas -dijo Petronio-. El vulgar prestamista suele en efecto ser un desgraciado, siempre temeroso de quedarse sin cobrar o de que le roben. Pero el potentado como Mela es… otra historia. Mela no presta a hijos de familia para que se lo gasten en vicios, o a pobres artesanos para que puedan pagar el alquiler de la vivienda. Él pone grandes cantidades de dinero en cualquier actividad productiva de esas que antes has mencionado, el comercio, la construcción, la navegación o lo que sea y, a cambio, se lleva parte de los beneficios, además de recuperar el dinero cuando le interesa. Comprenderás que con sólo tener un poco de tino, y lo tiene porque sus excelentes relaciones le mantienen siempre bien informado, es una manera perfecta de ir multiplicando el dinero hasta el infinito.

-¡El poder del dinero! ¡Quién no lo ha gozado o sufrido! -exclamé- De todos modos no me parece justo que un hombre que de la mañana a la noche trabaja su propia tierra apenas obtenga lo suficiente para mantenerse, mientras que otros nadan en la abundancia sólo porque han puesto en movimiento un puñado de monedas. No, no me parece justo.

-¡Por Júpiter! -exclamó Petronio-, ese es un término nuevo entre nosotros. Lo justo. ¿Qué es lo justo? ¿Qué es la justicia? Pregúntaselo a Mela, seguro que lo tiene muy claro. Pero no se lo preguntes a su hermano. Nunca plantees cuestiones morales a un profesional de la ética: para empezar, tendrías que elegir entre lo que dice y lo que hace.

-¿Su hermano?’ 

-¿No te lo he dicho? Anneo Mela es hermano de Anneo Séneca y padre de Lucano, el poeta.

-Parece extraño ¿no? que en una misma familia se den ejemplares humanos tan dispares. En este caso, el avaricioso negociante y el severo moralista.

-Nada tiene de extraño -dijo Petronio-. Cada individuo es un mundo, y muy poco influye en eso la familia. Lo extraño, si quieres llamarlo así, es que la disparidad, la contradicción se den dentro del mismo individuo. Porque no sé si sabes que Séneca es tan avaricioso y, por lo que respecta al dinero, tan falto de escrúpulos como su hermano.

-Me sorprende eso que dices, me sorprende tanto que me cuesta creerlo – no pude menos que decir.

-Pues no te sorprenda. Es verdad que a primera vista resulta sorprendente que alguien que escribe serios tratados elogiando la pobreza y la vida sencilla recurra a los peores métodos para aumentar su ya fabuloso patrimonio. Pero el ser humano es así, contradictorio por naturaleza. Lo dijo Ovidio: «Veo lo mejor y lo apruebo, y sigo lo peor».

-No sé…yo puedo entender que, a lo largo de los años, uno vaya cambiando de opiniones, de manera de entender las cosas, de forma de conducirse en la vida. Eso me parece muy humano, y un personaje tan humano como Cicerón sería el ejemplo máximo de ese tipo de versatilidad, siempre cambiando de posición, de alianzas. Pero que una persona pueda predicar una cosa y practicar al mismo tiempo lo contrario, no lo entiendo, no lo entiendo.

-¿Qué quiere decir «no lo entiendo»? -preguntó Petronio- ¿Que no lo aceptas? ¿o que no ves las razones de ese comportamiento?

-Más bien esto último -respondí.

-Pues olvida las razones, amigo. Los hombres no se guían por razones, sino por deseos, por apetitos. Lo normal es que elaboren razonamientos para justificar, ante los demás y ante ellos mismos, la satisfacción de sus apetitos. Pero algunos son demasiado inteligentes para creerse ese tipo de razonamientos. Ocurre entonces que en esas personas la razón va por un lado, construyendo teorías impecables, y el apetito por otro, buscando su satisfacción del modo que sea. Es el caso de Séneca. He llegado a pensar que el Séneca que escribe elogios de la pobreza y afirma que los esclavos son seres humanos como nosotros ignora al Séneca que con sus préstamos usurarios mata de hambre a regiones enteras. Y en cuanto a Cicerón, no estoy de acuerdo contigo, no creo que sea el ejemplo máximo de volubilidad.

-¿No lo crees?…No lo he mencionado por casualidad. Conozco muy bien la obra de Cicerón, y no es que quiera presumir, seguro que tú la conoces tan bien o mejor que yo. El caso es que hace un tiempo pasé una temporada en la villa de mi tío Silio que había pertenecido a Cicerón. Allí se guardan los originales de algunas de sus obras y copias de todas sus cartas. Pues bien, durante unos meses me dediqué a leer y a estudiar las cartas. Y francamente resultan asombrosas. Al que un día ensalza al día siguiente lo ataca; se declara firme enemigo de ciertos personajes, para pactar poco después con ellos. Si eso no es volubilidad…

-No he dicho que no lo sea -dijo Petronio-, pero tú has hablado de él como del «ejemplo máximo», y en eso te equivocas. No es que Cicerón fuese especialmente voluble; es que escribía muchas cartas.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Mira, los hombres, todos en general, nos vamos formando una idea de nosotros mismos. Y como el pensamiento humano tiende a la racionalidad nos formamos esa idea de la manera más coherente posible. Pensamos que somos así, de una manera determinada y que hicimos esto por aquel motivo y aquello por aquel otro, procurando siempre que todo encaje a la perfección. Y llegamos a creérnoslo. Es decir, pensamos toda nuestra historia y pretendemos ofrecerla a los demás desde el presente, con las manipulaciones necesarias, claro está, para sortear las contradicciones. Pero si alguien va anotando día a día sus impresiones, sus sentimientos, sus simpatías y antipatías y sobre todo los motivos de sus decisiones, llegará a edificar un monumento de contradicciones e incoherencias tan impresionante como el que nos legó Cicerón, ni más ni menos.

-Pensándolo bien, creo que tienes razón -tuve que reconocer-. Pero ¿siempre es así? ¿Crees en realidad que todos los hombres engañan y se engañan para ocultar un inexplicable pasado de contradicciones? ¿Te incluyes tú también?

-Me incluyo en la medida que no soy sabio y no me incluyo en la medida que lo soy. Se trata de una tendencia natural y, en cuanto tal, muy difícil de evitar. Los hombres, al igual que los pueblos, se inventan su pasado.

-¿Los pueblos también?

-Sobre todo los pueblos. Así como el individuo, al llegar a la adolescencia, se plantea espontáneamente las cuestiones filosóficas fundamentales, los pueblos, al alcanzar la mayoría de edad, sienten la necesidad de preguntarse de dónde vienen y adónde van. Y como no conocen la respuesta, se inventan hermosas epopeyas.

-Está la historia.

-¡La historia! ¡Vaya cosa! Si la historia de los hechos recientes es tan confusa y contradictoria, imagina la que cuenta los orígenes de un pueblo: pura leyenda. ¿O crees de verdad que Eneas, hijo de Venus, escapó de Troya y que viajó por mares y tierras hasta llegar al Lacio donde fundó el linaje que fue origen de nuestro linaje?

-Es una creencia comúnmente admitida. Tanto Virgilio como Livio la comparten.

-Sobre Virgilio no tengo nada que decir. Es un poeta y su única obligación es crear belleza. En cuanto a Livio, como historiador oficial, forzosamente tenía que recoger la versión canónica. Pero si lo lees con atención, verás que también aparece otra, la más verosímil. Pero aquí tenemos a nuestro invitado.

Anneo Mela era un hombre de unos sesenta años, bastante grueso, de estatura mediana ojos pequeños y vivaces. Después de presentarnos, Petronio propuso que pasásemos al triclinio, donde pensaba obsequiar a su invitado de acuerdo con su categoría, pero Mela alegó que no tenía mucho tiempo. Así, que permanecimos en el jardín. La mañana era espléndida. Petronio mandó que trajeran unas sillas y nos sentamos bajo el suave sol de abril.

-Nos vemos poco, amigo Petronio -dijo Mela-. Ya ni me acuerdo de cuando fue la última vez.

-No hará mucho tiempo, porque te recuerdo tan joven y fuerte como ahora mismo.

-Eres muy amable -dijo Mela-. Pero te aseguro que no soy el mismo de hace, por lo menos, cinco años.

-¿Cinco años? No lo creo.

-Sí, ahora lo recuerdo. Fue el año de tu consulado. Y, a estas alturas, el paso de cinco años causa verdaderos estragos.

-No en tu caso, amigo mío, no en tu caso. A la vista está… Y bien ¿me expones el motivo de tu visita o lo adivino yo?

-Te lo expongo, aunque seguro que lo has adivinado.. El hecho de que esté aquí tu amigo, supongo que como testigo, lo confirma – Petronio respondió con una breve sonrisa a mi mirada de extrañeza-. He venido para cumplir un deber -prosiguió Mela-, un deber bastante desagradable. Se trata del honor familiar, ¿comprendes? Mi hijo Lucano afirma que en esta casa fue maltratado por ti, que le insultaste y le echaste de malos modos. ¿Es eso cierto?

Nada en el tono de voz de Mela, apacible y diría que hasta impersonal, se correspondía con la dureza de las palabras que acababa de pronunciar. No menos apacible fue la respuesta de Petronio:

– Nunca se me ocurriría maltratatar a nadie, y mucho menos en mi propia casa. Me conoces, Mela, y tienes que creerme, aunque sólo puedo ofrecerte mi palabra. Mi palabra y el testimonio de Lucio.

Entonces intervine yo:

-No sólo no le echó de la casa, sino que le invitó a que se quedase con nosotros.

Mela me miró con cierta expresión de asombro, como extrañado de que pudiese hablar. Luego se acarició la barbilla con la mano izquierda, en actitud pensativa; cerró los ojos un momento, y al abrirlos exclamó:

-¡Basta ya! ¡Basta ya! ¿Sabes que te digo? Que te creo, que te creo absolutamente. Conozco a mi hijo, ya lo creo que lo conozco. Lo conozco y lo sufro. Pero tenía que hacerlo, compréndelo. No es que él me lo haya pedido expresamente, pero de alguna manera me ha estado empujando hasta la puerta de esta casa. ¡El honor familiar! ¡Mira por donde ahora sale con el honor familiar! ¿Sabes que te digo? Que mi hijo está loco, completamente loco. ¡Un hijo poeta! Lo peor que le puede ocurrir a un padre. Suerte que ya casi no le veo…excepto estos últimos días, claro. Y es que está insoportable. Desde que se casó está insoportable.

-Sabes que no es esa la causa -dijo Petronio-. Además, resulta imposible imaginar que una mujer como Pola pueda volver a un hombre insoportable. Sabes muy bien cuál es la causa del transtorno de Lucano.

-No, no lo sé -dijo Mela, parpadeando nerviosamente-. Explícamelo tú, que lo sabes todo -añadió con cierta sorna.

-Sé lo que todo el mundo sabe, excepto tú, por lo visto. Lucano es un poeta excelente, pero sus maneras no son muy delicadas, y el trato con ciertas personas requiere una delicadeza suma. Nuestro César también es poeta, no sé si excelente o no, pero es el César, y el César no admite competencia. Desde que le prohibió recitar y publicar sus versos, parece que tu hijo ha enloquecido. Y cuidado Mela, mucho cuidado. Ya sabes, a los que los dioses quieren perder primero los enloquecen.

-¡Qué barbaridad! -exlamó Mela- ¡Por unos versos, por unos tristes y absurdos versos! Pero los poetas ¿no sois inmortales? ¿Qué le costaba esperar? ¿Por qué tenía que competir con el César? A quién se le ocurre, pero a quién se le ocurre. Tendría que haber aprendido de ti. Tú sí que eres un maestro de delicadeza, tú sí que vivirás muchos años.

-No estoy seguro de si eso es un elogio o un reproche -dijo Petronio-, pero viniendo de ti, lo tomo como un elogio.

Mela permaneció unos instantes en silencio, pensativo.

-Si es cierto eso que me has dicho -dijo a continuación-, y creo que lo es, si es ésa la causa de su trastorno, conociendo como conozco a mi hijo, puedo afirmar, sin duda de ninguna clase, que está perdido, definitivamente perdido.

-Tampoco hay que exagerar, Mela -dijo Petronio-. Lo que tendría que hacer Lucano es retirarse, dejarse ver lo menos posible.

-Es incapaz de eso -afirmó Mela con energía-. Lucano no es de los que saben sortear los obstáculos: pretende derribarlos a cabezazos. Pero no quiero hablar más del asunto, no pienso gastar ni una palabra más ni un pensamiento más por un loco que ha decidido lanzarse al precipicio, por muy hijo mío que sea.

Mela se puso en pie. Cuando Petronio y yo íbamos a levantarnos también, se volvió a sentar aproximando su silla a las nuestras, puso la mano en la rodilla de Petronio y en tono confidencial, dijo:

-He de hacerte una proposición magnífica, increíble. Seguro que te interesará.

-¿De qué se trata?

-A treinta millas de aquí, en dirección al sur, hay una finca fabulosa que busca comprador. Una casa digna de un príncipe, entre bosques magníficos y grandes extensiones de tierras de cultivo, con docientos esclavos expertos en tareas agrícolas. Y todo por una ridiculez, por una auténtica miseria. Si quieres verla, yo mismo te acompañaré.

Iba a hablar Petronio cuando en la entrada del jardín aparecieron Eutimio y otro muchacho.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

Eutimio avanzó unos pasos :

-Este muchacho viene de la casa de Epícaris, y dice que tiene un mensaje para el ilustre Mela de la máxima urgencia.

-¡Vaya, por Hércules! -exclamó Mela- Veamos cuáles son las urgencias de las mujeres. Acércate.

El mensajero se acercó. Petronio y yo nos levantamos y nos apartamos unos pasos. El muchacho se inclinó junto a Mela y le musitó unas palabras al oído. Mela hizo con la mano un gesto para que repitiese. El muchacho le volvió a hablar al oído. Mela lo despidió con un gesto. Vi cómo el mensajero y Eutimio se retiraban. Cuando volví la mirada hacia Mela quedé impresionado.

Su rostro se había vuelto blanco, tan blanco como su túnica. Se levantó con cierta dificultad, como si sus piernas apenas le sostuvieran.

-Han detenido a Epícaris -dijo, mirando a ninguna parte.

-Epícaris es la amante de Mela -me informó Petronio cuando nos quedamos solos.

-Debe quererla mucho. Estaba muy afectado.

-Sí, demasiado afectado.

-¿Demasiado?

-Mira, no creo que el amor que Mela sienta por su amiga llegue a producir esos efectos. Aquí hay algo más.

-¿Tienes idea del posible motivo de la detención?

-No, ni idea. Pero, a la vista de la reacción de Mela, hemos de pensar que él sí conoce el motivo… Y que no sólo lo conoce, sino que está metido hasta el cuello.

-Perdona mi insistencia, Petronio, pero tengo la impresión de que sí sabes o supones algo.

-Horacio, amigo, recuerda a Horacio: «Tú no preguntes…»

Tu ne quaesieris (scire nefas)

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO III

Pasé gran parte del día siguiente inquieto y confuso. No sabía qué hacer. Lo extraño de la despedida del día anterior quizá fue la causa de que ni él ni yo hubiésemos hablado de una próxima entrevista. En cuanto a su buena disposición para mantener los encuentros, yo no tenía la menor duda. Entonces, se trataba de averiguar cuál sería el mejor momento para visitarlo de nuevo. ¿Debía dejar pasar un tiempo prudencial? ¿O tal vez era mejor no perdonar ni un día, evitando así cualquier posibilidad de que aquella amistad incipiente decayese? Toda la mañana le estuve dando vueltas al dilema. Y mi inquietud la agravaba el hecho de encontrarme solo. Ni cuando llegué por la noche, ni cuando desperté vi a Marco Valerio, mi compañero de vivienda. Seguro que sus andanzas en busca de gente rica e influyente le habían llevado a pasar la noche fuera de casa. Y era una lástima, porque en aquel momento tenía auténtica necesidad de él. Aunque era sólo tres años mayor que yo y no hacía uno que estaba en Roma, su conocimiento de las gentes y de la sociedad era muy valioso para mí. Pero la realidad, la amarga realidad era que Valerio no estaba, y que yo no podía consultarle nada.

Le esperé hasta el mediodía. Luego, bajé a tomar un refrigerio al figón de la planta baja, y comencé a caminar sin rumbo por las calles de la ciudad. A media tarde, sin saber cómo, me encontré en el Palatino, muy cerca de la casa de Petronio. ¿Qué hacer? No le dí más vueltas.

El portero me dijo que Petronio esperaba mi visita, pero que en aquel momento no estaba, y que le había indicado que me hiciese pasar a la biblioteca, donde podría esperarle leyendo cuanto quisiese.

La biblioteca era una estancia de considerables dimensiones, estrecha y alargada, iluminada por unos ventanales situados en lo alto de las paredes, que en aquel momento dejaban pasar el sol de la tarde. Bajo los ventanales, y a lo largo de toda la pared derecha, un cuadriculado hecho de obra albergaba cientos, o miles, de volúmenes perfectamente ordenados. Colgado de cada volumen, una especie de sello mostraba el título de la obra y el nombre del autor. En la pared de enfrente se repetía la disposición de cuadrículas y volúmenes, y en el centro, cuatro pupitres dispuestos entre espacios idénticos a lo largo de la estancia.

Empecé a mirar los títulos con curiosidad. Vi que los derechos la pared de la derecha estaban escritos en latín, y los de la izquierda en griego. Me fijé en uno, que sólo llevaba nombre de autor: Arístides de Mileto. Lo tomé y me lo llevé a un pupitre para desenrollarlo cómodamente. En aquel momento entró Petronio.

-Amigo Lucio, sabía que vendrías. – Parecía de un humor excelente -. De todos modos, fue un error imperdonable que no se nos ocurriese acordar la siguiente visita.

-Ya ves. Me he tomado la libertad de presentarme por las buenas, aun a riesgo de ser inoportuno.

-¿Inoportuno tú? Por Hércules, qué poco te conoces. Tú nunca serás inoportuno. Y esto no es un elogio. Es la descripción de un aspecto de tu carácter. Las personas inoportunas, lo auténticos pelmazos, y tengo que soportar muchos de ese género, no imaginan nunca que lo son. Por el contrario, se consideran siempre imprescindibles allá donde estén. Y piensan que, si se van, nos causarán una gran ofensa privándonos de su presencia. Son una raza temible. Y no me refiero a los que vienen a pedir favores o recomendaciones, al fin y al cabo ésos obedecen a una necesidad humana, no, me refiero a los que nos abruman con sus consejos, con sus discursos, con toda la «sabiduría» de su experiencia, y que sin embargo son incapaces de ver cuándo están de más, eso tan elemental que cualquier persona sensata percibe al momento… Pero creo que he interrumpido tu lectura.

Se acercó y miró el volumen que justo había empezado a desenrollar.

-¡Arístides de Mileto! -exclamó- Menudo personaje has elegido para empezar.

-Lo he cogido al azar -me disculpé, casi avergonzado.

-No, no tengo nada contra él. Al contrario, lo considero muy estimulante, y muy adecuado para combatir los vicios literarios de que hablábamos el otro día. Pero si te fijas bien, una vez lo has leído te deja vacío por completo, tan vacío como los fatuos retóricos de nuestros días. En Arístides todo es falso, sólo la forma es aprovechable. Corre por ahí la idea, que involuntariamente he ayudado a introducir, de que si cuentas cosas de la vida cotidiana, en el lenguaje real de la gente del pueblo, estás dentro de la realidad. Y no siempre es así, ni mucho menos. La realidad, la verdad, no depende del tipo de personajes que elijas, ni del lenguaje que éstos utilicen, ni de que hagan las mismas cosas que nosotros hacemos. No, la realidad, la verdad del arte, que es la única verdad, es algo más sutil, mucho más sutil. De manera que tan falso puede ser una polémica entre Júpiter y Juno como el relato de las andanzas del panadero de la esquina. O tan verdadero… La realidad de la vida, amigo Lucio, es un juego absurdo, sin sentido. Pasamos los días arrastrados por un torrente de impresiones que nada significan. La realidad es en sí misma un caos. Entonces viene el arte y pone orden, organiza un juego superior en el que todo puede tener sentido y belleza. Y así, cuando digo que el arte es superior a la realidad de la vida, sólo estoy afirmando una evidencia: que el juego ordenado del arte, es superior al juego caótico y absurdo de la vida cotidiana.

Estaba desconcertado. Sabía que, bajo la aparente lógica de la argumentación de Petronio, había algo que no cuadraba, que no podía ser. Pero ¿cómo exponerlo? ¿cómo argumentarlo de manera convincente y sobre todo de manera brillante -principal virtud petroniana- si yo mismo era incapaz de formulármelo con claridad? Como si hubiese leído mi pensamiento, Petronio dijo:

-Quizá no estés de acuerdo, o quizá te parezca confuso o poco comprensible, o tal vez estás pensando que tú tienes una idea más cierta sobre el asunto, pero que no sabes expresarla. En cualquier caso, no te preocupes. No pretendo sentar cátedra en nada; sólo que vayas considerando nuevos aspectos de cada cuestión. Con el tiempo, es posible que llegues a formarte ideas propias y definidas. Pero ten en cuenta esto: el que poseas ideas claras nada tiene que ver con la verdad de esas ideas. Es sólo un signo de madurez. Pero, por encima de la madurez hay otro estado, que podríamos llamar de sabiduría, que consiste en pensar que, tal vez, todo lo que tenemos por más cierto no tiene ningún fundamento; que todo nace y muere en el pensamiento y que no podemos conocer qué grado de correspondencia existe entre ese pensamiento y la supuesta realidad exterior.

De repente sentí una sensación de vértigo, de irrealidad. Creía que me iba a desmayar. Tuve que apoyarme en el pupitre para no perder el equilibrio. Petronio lo advirtió.

-¿Qué te ocurre? Estás pálido. Será mejor que vayamos al jardín.

Me tomó del brazo y salimos de la biblioteca. En el jardín, nos sentamos en el mismo lugar del día anterior. Aquella sensación de irrealidad -como si todo lo que veía y oía fuese un sueño- no me abandonaba.

-No te preocupes, enseguida te repondrás -dijo Petronio-. El aire libre hace milagros. Las bibliotecas son lugares malsanos. Lo sé por experiencia. Yo tengo mi gabinete de trabajo aparte, con los libros imprescindibles…¿Estás mejor? La verdad es que te veo muy delgado, casi demacrado. ¿Ya comes lo suficiente?

-Como poco -dije desde mi nube de sueño-, pero nunca he tenido problemas de salud.

-Y díme, ¿qué vida llevas aquí en Roma?

Una ráfaga de aire agitó los arbolitos del jardín. Sentí que su caricia me reanimaba. Respiré hondamente.

-Vivo en el Quirinal -contesté-, en el piso tercero de un edificio de la calle del Peral.

-Debe ser horrible -comentó con brusca sinceridad Petronio.

-No, no lo creas. Es incómodo, claro. Acostumbrado a la casa familiar de Nápoles, es un cuchitril. Pero lo tenemos bien organizado. Comparto la vivienda con un provincial, un hispano con tanto interés por las letras como yo, pero diría que con más recursos.

-¿Ése del que me querías hablar ayer a propósito de Lucano?

-Sí, se llama Marco Valerio Marcial. Hace un año que llegó a Roma. Y, desde entonces, no para de tender sus redes, como él mismo dice, para dejarse atrapar en la órbita de una gran familia, y parece que ya lo ha conseguido. Gracias a las recomendaciones que traía de Hispania y a su insistencia ha sido admitido en la clientela de los Séneca. El otro día estaba entusiasmado. Me dijo que había estado hablando con Lucano como de igual a igual y que éste le había prometido que, si se mostraba hombre de su total confianza, pensaba requerir su colaboración para un proyecto importante.

-¿Qué clase de proyecto? – preguntó Petronio en tono súbitamente seco, impersonal.

-Literario, supongo -respondí, algo desconcertado.

-¡Literario! -exclamó Petronio riendo- ¿Quieres decir algo así como unos recitales o un certamen de poesía? ¿Y para eso tiene que recurrir a un hispano desconocido?

-No le es desconocido del todo. Existe cierta relación entre sus familias. Además ¡yo qué sé! Te digo lo que él me ha dicho.

-Sí, tienes razón. Es imperdonable. Lo siento. Ya ves, yo que presumo de cortés y, de repente, la más pequeña incongruencia me saca de quicio. En fin… Mira, dile a tu amigo que no se fíe de Lucano. Como poeta puede pasar, pero como ser humano…tengo mis reservas. En todo caso tú mantente al margen de cualquier propuesta de tu amigo que provenga de Lucano.

-Comprenderás que todo esto me resulte bastante extraño. Entre la escena de ayer y tus palabras de ahora…no sé qué pensar.

-No pienses nada -sentenció Petronio-. No quieras saber. Recuerda a Horacio: «Tú no preguntes, funesto es saber…» Piensa que, a veces, la ignorancia protege la vida… ¿Te sientes mejor? Veo que has recuperado el color. Eso es debilidad, puedes estar seguro…y los vapores malsanos de la biblioteca. Quiero que un día de estos cenes conmigo. Hoy no. Dentro de un rato me esperan mis obligaciones nocturnas… placeres, lo llaman algunos. Pero pronto tendré alguna noche libre de compromisos. Nerón piensa pasar unos días en Antium y ha decidido que mi presencia no será necesaria. Por Júpiter, que no debe tramar nada bueno cuando pretende sustraerse a mi relajada censura estética… Así que esa noche cenarás conmigo. Comeremos bien, beberemos mejor y charlaremos a placer. Imagino que será inevitable que haya algún invitado más.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO II

Al día siguiente me presenté a media tarde. Me recibió muy amablemente y propuso que conversásemos paseando por el jardín.

-Precisamente estaba pensando en ti -dijo-. Pensaba que debes de tener guardada alguna obra que deseas que yo lea. Vamos -me animó ante mi visible azoramiento-, no es nada vergonzoso. Todos los que un día empezamos a escribir hemos pasado por eso.

-Es verdad que he escrito algunas cosas, pero no creo que estén a la altura de…

-¿A la altura de qué? -me interrumpió-. Las alturas se alcanzan subiendo poco a poco. ¿O eres de esos que sólo se conforman con algo perfecto?

-Quizá. A veces he pensado…

-Olvídalo, Lucio, olvídalo. La perfección no existe. Sólo el esfuerzo vale la pena.

-Pero el esfuerzo ha de tener un sentido…Algo así como una recompensa.

-¿Y quién te ha de dar esa recompensa?

-El juicio del público lector.

-El público lector tiene muy poco juicio, amigo mío. Lo que un día sobrevalora, al día siguiente lo menosprecia. Cierto que, de vez en cuando, algún autor se convierte en inmortal, como Virgilio, por ejemplo. Pero eso sólo significa que ha caído en manos de los profesores de gramática y de retórica, quienes se dedicarán a descuartizarlo durante generaciones. ¿Pero cúantos entre lo que se puede entender como público lector se entretienen hoy con Virgilio?…Aparte de nuestro querido Silio, claro está.

-Quizá tengas razón -reconocí-. Pero entonces ¿cuál ha de ser el criterio, la medida que nos permita valorar la propia obra?

-El tuyo, tu propio criterio. Nada más.

-Pues lo siento -confesé descorazonado-, pero yo me veo incapaz de discernir si algo mío vale o no la pena. A veces, leo un poema que acabo de escribir y me parece genial; lo releo al día siguiente y lo encuentro horrible. Por lo visto, no tengo criterio.

-Eso es cosa de la edad, es uno de los muchos defectos de la juventud. Como no se conoce a sí misma, tampoco puede conocer bien las propias obras. Pero se cura con los años. Con el tiempo, aprenderás a valorar tu arte como si se tratase del arte de un extraño.

-¿Crees que se puede llegar a ese grado de imparcialidad con respecto a la propia obra?

-Sí, se puede. Pero se trata de un proceso lento, gradual, que sólo se detiene, a veces, en el umbral de la senilidad. Por desgracia, el viejo suele recuperar la vanidad del joven pero no su inseguridad, lo que le convierte en un personaje grotesco.

-¿Pero no siempre es así? ¿No es cierto? -pregunté, negándome a ver a Petronio, veinte años después, como una figura grotesca.

-No, no siempre -respondió sonriendo-. Hay ancianos admirables.

-¿Y cuál es el secreto que permite que algunos lleguen a la vejez de una manera admirable y otros, convertidos en personajes grotescos?

-No hay secreto, amigo. O, si quieres, el mismo secreto que permite que unas personas sean estupendas y otras, estúpidas. Acostumbramos a achacar los defectos de los viejos a la edad. Y eso es un error. Es cierto que algunos aspectos del carácter se desarrollan con los años de una manera, diríamos, negativa. Pero ahí no está lo fundamental. Cuando vemos a un viejo estúpido, torpe, necio, egoísta, decimos «cosas de la edad», pero olvidamos, o no sabemos, que el viejo en cuestión fue un joven estúpido, torpe, necio, egoísta. El paso del tiempo cambia muy pocas cosas. Las materiales sí, el vigor corporal, la tersura de la piel, la fuerza de ciertos instintos, pero en el aspecto espiritual uno puede mantenerse siempre igual, o incluso crecer indefinidamente.

-¿Qué he de entender por eso que llamas «aspecto espiritual»?

-Todo lo que se relaciona con la mente, y lo que con ella puede adquirirse: la cultura, las buenas maneras, el arte, la ciencia, es decir, el patrimonio propio y exclusivo de los seres civilizados.

Petronio se detuvo. Se sentó en un banco adosado a la pared del jardín, indicándome que me sentara a su lado. A unos pasos, presidiendo una graciosa fuentecilla, había una estatua de Príapo con el cuerpo casi oculto por su enorme pene.

-Y piensa -prosiguió Petronio- que pertenecer a la categoría de personas civilizadas es un privilegio del que solo goza una ínfima parte de la humanidad, para concretar, solo los griegos y los romanos, siempre que restemos, claro está, los campesinos, los soldados, la plebe urbana, la mayoría de los esclavos y todos los juristas.

No pude menos que reír.

-Es gracioso que incluyas a los juristas entre la gente no civilizada.

-Tengo mis propias ideas sobre el asunto, pero no pienso exponerlas ahora. Sentiría echar a perder una tarde tan deliciosa.

Petronio permaneció unos instantes como abstraído, ausente, con la vista fija en el Príapo. Miraba pero sin ver.

-Y sin embargo -dije-, parece que incluso en una civilización casi perfecta como la nuestra existe la necesidad de no romper con la selva, con la barbarie. Ahí está ése para recordárnoslo.

-¿Quién?…¡Ah, el Príapo! Sí, naturalmente, el crecimiento del espíritu no ha de hacernos olvidar de dónde venimos y lo que básicamente somos. Somos animales de la selva, y el propio cuerpo es nuestro principal territorio, la fuente primera del placer y del dolor. Y también ha de ser nuestra primera conquista. Si uno no domina su cuerpo, es inútil que intente dominar nada.

-Siempre he pensado que eso requiere mucha sabiduría.

-No lo dudes.

-Epicuro enseñó cosas muy acertadas sobre ese asunto.

-Epicuro, como todos los filósofos, dijo cosas muy acertadas – Petronio hizo una pausa-. Lo malo de los filósofos es esa manía de querer encajarlo todo en un sistema coherente. Entonces es cuando se pierden y nos pierden. Van siguiendo la idea y pierden de vista la realidad.

-Y sin embargo, parece natural que el ser humano pretenda hacerse una idea racional y sistemática del mundo, sin limitarse a opiniones aisladas sobre determinados conceptos.

-Claro que es natural, ¿he dicho yo lo contrario? También es natural la búsqueda de la felicidad, y nunca se la encuentra por ninguna parte, al menos como nos la imaginamos.

-Permíteme que te diga que ésa es una idea que la mayoría de los hombres no aceptará nunca.

-Lo cual nada tiene que ver con su verdad o falsedad -afirmó tranquilamente Petronio.- Mira, si se tiene la mente muy despierta, cuando se llega a los cuarenta años, se hace un descubrimiento importantísimo: uno se da cuenta de que nunca, ningún hombre ha sido feliz.

-Debe ser un descubrimiento terrible.

-Sí, y también puede ser el principio de la verdadera sabiduría. ¿No estás de acuerdo? -preguntó en un tono francamente cariñoso.

-No lo sé -respondí con toda sinceridad.- Resulta duro pensar que el impulso que a todo hombre empuja hacia la felicidad no pueda ser nunca satisfecho. Por otra parte, todos conocemos personas que parecen realmente felices. ¿Por qué hemos de negar esa posibilidad?

-No la neguemos, si te parece. Pero las cosas seguirán siendo como son, concuerden o no con nuestras opiniones.

-Tú mismo, y perdona la intromisión, ofreces el mejor ejemplo de la persona perfectamente feliz.

-Amigo Lucio, no sabes nada de mi vida.

-Sé que, además de ser el escritor más grande de Roma, gozas de la amistad del César, hasta el punto de que eres el organizador de los placeres de la corte, ¿qué más se puede pedir?

-Organizador no, por Hércules. En todo caso, censor. Mi misión se reduce a combatir el exceso de mal gusto, y te aseguro que siempre tengo las de perder. Es cierto que, de unos años a esta parte, Nerón me distingue con su amistad. Pero eso no es un pasaporte para la felicidad, precisamente. Y para que no te hagas ilusiones respecto a mi supuesta sabiduría, te quiero confesar una cosa: si fuese sabio, es decir, si hubiese sabido conducir mi vida con verdadero arte, no estaría ahora en la situación en que me encuentro.

Pronunciadas estas para mí inquietantes palabras, se levantó, y yo a continuación, dispuesto a acompañarle. Entonces apareció en el jardín un criado, que se detuvo a unos pasos de nosotros.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

-Señor, ha venido Anneo Lucano. Dice que es muy importante que le recibas.

-Hazle pasar -dijo Petronio, y dirigiéndose a mí-. Hoy es tu día de suerte. Vas a conocer a un poeta de verdad. Seguro que has oído hablar de él. Aunque es todavía muy joven. Los temas que suele elegir no son precisamente de mi gusto, pero reconozco que hace tiempo que nadie había trabajado tan bellamente los ritmos y las palabras como Lucano.

-¿El sobrino de Séneca?

-El mismo, ¿le conoces?

-No, pero he oído hablar de él. El amigo con quien comparto vivienda me ha contado…

-Por cierto -me interrumpió Petronio-. Todavía no sé dónde vives ni cómo. Pero luego hablaremos de eso, ahí viene.

Era un joven realmente hermoso, tostado de piel, de ojos negros y cabello abundante y ondulado. Con rapidez increíble pasó la mirada de Petronio a mí y de mí a Petronio. Al instante comprendí: yo sobraba.

-Salud, Petronio. He de hablarte de los preparativos del banquete -dijo, al tiempo que me dirigía otra rapidísima mirada.

-Perdona, Lucano -dijo Petronio-, pero ya sabes que ése es un asunto que no me interesa. Creo que quedó bien claro que no pensaba asistir.

Lucano enrojeció de repente. Parecía como si fuese a estallar.

-Perdóname tú, Petronio -dijo, como si estuviese conteniendo una potente rabia-, pero sabes que todos los que han sido invitados tienen que asistir.

-A mí no me afecta eso. Yo siempre he sido un invitado silencioso, lo sabes bien.

Estaba claro que era mi presencia lo que forzaba el intercambio de aquellas frases absurdas.

-Disculpadme, pero he de marchar -dije entonces.

Petronio me tomó del brazo.

-No, no tienes que marchar -dijo-, aún hemos de hablar de muchas cosas. -Y dirigiéndose a Lucano-. Dile al mayordomo que esta misma noche hablaré con él en palacio. Pero no es necesario que te vayas. Puedes quedarte con nosotros. A no ser que ahora te interesen más los banquetes que la poesía.

Los ojos de Lucano se inyectaron en sangre. Parecía que iba a hablar, pero todo se redujo a unos violentos temblores de la barbilla, y entonces dio media vuelta y desapareció sin decir palabra.

-Siento que por mi culpa no hayáis podido tratar de vuestro asuntos -dije, realmente preocupado.

-¿Por tu culpa? No digas tonterías -afirmó Petronio tranquilamente-. Lucano es un poeta aceptable, pero sus maneras siguen estando muy por debajo del nivel de su arte -y lanzó un profundo suspiro-. Ser joven es realmente un problema…Y ahora me disculparás, pero de aquí a un rato he de estar en palacio.

Quedé atónito.

-Me sorprendes -no pude menos que decirle-. Podía haberme ido hace un momento, cuando lo he propuesto.

-De ninguna manera -afirmó Petronio con energía-. Nadie viene a mi casa a echar fuera a un amigo. Si te hubieras ido entonces, habría sido el triunfo de los malos modos. Y todos los malos modos se resumen en lo que Lucano nos acaba de ofrecer: la impaciencia.

(CONTINÚA )

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CONVERSACIONES CON PETRONIO I

                                             

Finalmente me recibió. Al mediodía. Un criado me acompañó hasta la entrada del gabinete de estudio. En el suelo, a modo de bienvenida, un mosaico reluciente dibujaba la palabra SALVE.

En cuanto me vio, Petronio despidió a los dos muchachos que parecían ultimar algún detalle de su tocado, y me indicó que me aproximase. Estaba de pie. Era un poco más alto que yo, de facciones distinguidas, ojos grises, ni grueso ni flaco, algo nervudo, cabello negro y corto.

-Así, que tú eres Lucio Antonio, el sobrino de Silio Itálico.

-Sí, señor -contesté.

-No me llames señor. Es una moda que no soporto. ¿Acaso eres mi esclavo? Ya tenemos un señor. Es suficiente, ¿no te parece?

No supe qué decir. La alusión a César Nerón me desconcertó. Sabía que Petronio gozaba de la máxima confianza de Nerón. Y sin embargo, en sus palabras creí advertir cierta ironía.

-Bien, tú dirás -insitió Petronio, quizá incómodo ante mi mutismo-. La carta de tu tío no me ha permitido hacerme una idea clara del motivo de tu visita. Hay personas, y no lo digo en especial por Silio, que escriben tan bien, que gozan tanto de la música de sus palabras, que se olvidan de lo que tienen que decir.

-Si existe alguna confusión en esto -me apresuré a aclarar-, no la pongas en la cuenta de mi tío, sino en en la mía propia.

-No se trata de echar las culpas a nadie. Silio es un amigo excelente. Lástima que nos veamos tan poco. Pero eso tiene su lado bueno. En contra de la opinión más corriente, yo creo que la distancia fortalece la amistad. La verdad es que nada le podría reprochar a Silio. Nada excepto dos cosas. La indecencia que en estos tiempos representa su austeridad de vida, y su admiración inmoderada por Virgilio. Nada se ha de practicar de forma inmoderada. Y la admiración, menos que nada.

Parecía toda una advertencia. Inútil. Porque con sólo ver y oir a la persona, había comprendido que la admiración desmedida que en la lejanía había cultivado, estaba más que justificada.

-Entonces, permíteme que te explique…

-Pero, ven, siéntate -me interrumpió, y a una señal suya, el criado que permanecía junto a la entrada se acercó y, tomando una jarra de una mesita próxima, llenó dos copas de agua y nos las entregó-. Nada mejor que un trago de agua fresca después de levantarse. Bien, tú quizá hace rato que te has levantado. Pero, no creas, también yo he madrugado, a mi manera. Y es que esta noche ha sido especialmente aburrida. Sólo te diré que me he acostado antes de amanecer. Pero, habla, habla. Seguro que son más interesantes tus virtudes que mis vicios.

No pude menos que sonrojarme.

-Nací en Nápoles, hace veintiún años. Allá he pasado toda mi vida. He estudiado desde que tengo uso de razón, y sigo estudiando. Sobre todo las letras. He tenido varios maestros, unos peores que otros.

-Ya entiendo. Y a pesar de eso, no te has desanimado.

-No, no me he desanimado. Pero casi. Los ejercicios de retórica me parecían cada vez más absurdos. De vez en cuando, intentaba por mi parte algo diferente, pero sin excepción era condenado por maestros y condiscípulos.

-¿Hasta que?…

-Hasta que cayó en mis manos un libro excepcional, una historia increíble, de tan verídica, escrita en un estilo perfecto, es decir, en un estilo que se va adaptando a los hechos y a los personajes como la piel a cada uno de los pliegues de nuestro cuerpo.

-¿Y cómo se titula esa maravilla?

Satiricón.

Petronio apuró la copa, que al instante recogió el criado; me miró fijamente y una amplia sonrisa iluminó su rostro.

-¿Y qué tiene eso que ver con tu visita?

-Quería conocer al autor.

-¿El autor de Satiricón? Nadie lo conoce.

-Todos afirman que es Tito Petronio Níger.

-No creas lo que dicen todos. Ni creas lo que dice uno solo.

-¿Qué he de creer entonces?

-Sólo lo que veas y lo que toques, y lo que tu propio juicio te indique.

-Mi juicio me indica que el autor de esa obra maestra sólo puedes ser tú.

En su rostro, de repente ensombrecido, creí advertir un gesto de contrariedad. Me había equivocado. Mi precipitación, mi falta de tacto, podían tener consecuencias irreparables para mí. Después de caminar unos pasos en dirección a la puerta, se volvió hacia mí, que, resignado, estaba ya de pie, dispuesto para despedirme. Su rostro sonreía de nuevo.

-Siéntate.

Él también se sentó.

-¿Hace tiempo que estás en Roma? -preguntó.

-Menos de un mes.

-¿Y cómo la has encontrado?

-Magnífica, soberbia. Nunca me la hubiese imaginado así. Y menos, después del incendio. Viniendo desde el Quirinal, he visto cómo terminan de construir hileras de bloques de pisos perfectamente alineados.

-Sí, aún no hace un año del gran incendio y, ya ves, nadie lo diría. Sólo la febril actividad constructora delata que algo debió de ocurrir. Lo cierto es que el incendio ha resultado beneficioso para la ciudad. De repente, todos se han sentido parte de algo común, todos han colaborado al máximo, empezando por el mismo César, que desde el primer momento se ha preocupado de dar acogida a las víctimas y de que se aceleren los trabajos de reconstrucción.

-Se ha dicho muchas cosas a propósito del incendio…

-Todas falsas.

Petronio me miró inquisitivamente y, ante mi silencio, prosiguió.

-¿Qué cosas?

-Lo que todo el mundo dice. Que si el incendio fue provocado, que si los mismos vigilantes del fuego lanzaban teas encendidas, que si algunos soldados impedían que se apagase…Pero no lo creo. Además, los culpables ya fueron descubiertos y castigados.

-¿Y eso lo crees?

-Las autoridades así lo decidieron. ¿Cuál pudo ser, si no, la causa del fuego?

-La causa del fuego…¡Por favor! Si vivieses en Roma, sabrías que aquí, día sí día no, se declara un incendio, normalmente sin graves consecuencias, excepto para los afectados, claro. No hay que buscar causas extrañas. Cada una de las inumerables casas y casuchas de la ciudad contiene la chispa que podría pegar fuego a toda Italia. Lo extraño es que no se produzcan con más frecuencia catástrofes como aquella. Y eso es lo que pretenden evitar las nuevas normas de construcción.

-Pero hubo unos acusados, unos culpables que fueron durísimamente castigados.

-El pueblo siempre exige culpables, y el poder siempre ha de satisfacer las exigencias del pueblo.

-¿También las irracionales?

-Sobre todo las irracionales. Las otras se pueden tratar de muy diversas maneras, si no conviene satisfacerlas.

Estaba desconcertado. No sabía si sus palabras correspondían fielmente a su pensamiento, o si constituían un juego brillante que enmascaraba otras ideas. Sentía la necesidad de indagar en esa dirección.

-Pero, esos culpables, o falsos culpables, ¿quiénes son?

-Extranjeros, esclavos y algunos romanos de baja estofa…Parece que forman una hermandad más o menos criminal, de origen judío, creo. Aunque últimamente se ha sabido de algún ciudadano ilustre que se ha unido a la secta, la esposa de un amigo mío, por ejemplo…Lo que me ha hecho pensar que quizá no sea nada criminal. Conozco muy bien a Plaucia.

-¿Y qué buscan? ¿Qué quieren?

-No lo sé. Dicen que tienen por dios a un hombre que murió crucificado…Pero no en los tiempos olímpicos, ni en los tiempos heróicos, no. Nada menos que bajo el mandato de César Tiberio, es decir, hace unos treinta años. ¿Te imaginas? ¡Un dios viviendo en nuestros tiempos!

-Es increíble, sí. La divinidad no puede surgir en la historia, sino antes de la historia, fuera de la historia. En el mito.

-Veo que lo entiendes muy bien. Pero tampoco hemos de exagerar. Recuerda a nuestros césares divinizados. De todos modos, seguro que eres un estudiante muy aprovechado. Haces bien en evitar a los profesores de nuestro tiempo. Se han quedado con la cáscara de las cosas y han dejado escapar toda la sustancia. Ahora, debes aprender por ti mismo.

-Siempre es necesario un maestro. Al menos a mi edad.

-No lo creas. A tu edad yo ya había recorrido medio mundo, y hacía tiempo que había prescindido de los maestros.

-La comunicación con un hombre más sabio es siempre provechosa -insistí.

-No lo dudo. Pero, ¿cómo se le encuentra? Es fácil encontrar hombres que sepan más que uno, pero que sean más sabios, sabios en el sentido antiguo de la palabra…eso es mucho más difícil. Y con el tiempo llegará el momento en que te será imposible.

-Yo me conformaría con que tú, según tu criterio y conveniencia, me concedieses algunos ratos de conversación.

-¿Para qué?

-Para aprender y conocerte.

-¿Crees que soy sabio?

-Creo que me puedes dar todo lo que mis maestros me han negado hasta ahora.

-Reconozco que tus palabras me halagan. Por otra parte, no hay nada tan placentero como tratar del arte y de la vida con un joven de tus condiciones. Y no soy de los que saben despreciar placeres. Pero ahora debo marchar. Puedes volver mañana.

En cuanto llegué a casa, me puse a escribir. Y en todo lo que dejé escrito no faltaba ni sobraba una palabra de la conversación mantenida con Tito Petronio Níger aquel día, calendas de abril del año 818 de la fundación de la ciudad.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO. Introducción

LUCIO ANTONIO TURNO A PUBLIO CORNELIO TÁCITO

Puedes estar seguro, amigo Cornelio, que pasarás a la historia como uno de los grandes artistas de la historia. He leído tus Anales. Si Tito Livio viviese, no lo habría hecho mejor. Pero nuestros días son muy diferentes de los suyos, y la historia que tú cuentas poco tiene que ver con la que él nos dejó. Lo que en Livio era épica pura -juego inocente de los hombres y los pueblos en pos de su destino-, en ti es pura miseria moral -degradación imparable de unas almas sin norte ni sentido. Tus historias me han producido náuseas…¿A eso hemos llegado? ¿Toda está tan corrompido? Claro que, finalmente, acaban bien: después de la larga oscuridad llega el linaje de los príncipes justos. Entonces…¿ha sido todo un sueño, una espantosa pesadilla?…No, sabes bien que no. Sabes, como yo, que todo el mal que describes, desde Tiberio hasta Nerón, es ya nuestro, forma parte inseparable de nuestras almas.

Hay muchas maneras de enfrentarse a los hechos. Y yo no discuto que todo fuera tal como tú lo cuentas. Sólo que hay una diferencia entre nosotros: tú los cuentas y yo los viví. Y me refiero, naturalmente, a algunos acontecimientos de los últimos años del principado de César Nerón. Tú eras un niño cuando las circunstancias me permitieron ser testigo de ciertos «hechos históricos» y conocer a algunas de las personas que los desencadenaron y los sufrieron.

El problema es que yo no soy historiador. En mi juventud me dio por la poesía, ¿recuerdas?…No, cómo lo vas a recordar. Pero no tuve fortuna como escritor, eso sí lo sabes. Quizá por la torpeza de mi arte, quizá porque mis cualidades y la época que me ha tocado vivir no se han acomodado de ningún modo.

Sé, amigo Cornelio -¿pero se puede llamar amigo a quien te ignora?-, que para componer tu obra trabajaste infatigablemente en la búsqueda de testimonios documentales y orales…Pero a mí nada me preguntaste. ¿Dudabas de mi imparcialidad? ¿O simplemente te olvidaste de mi existencia? Tanto da. En todo caso, lo que yo te hubiese podido aportar en muy poco o en nada habría cambiado el contenido de tu magnífico relato. Sólo que, quizá, hubieses advertido que los personajes de la Historia, como todos los seres humanos, no son simples compuestos de vicios y virtudes en cantidades mensurables; que poseen algo más. Algo que el más grande de los historiadores no podrá nunca captar. Quizá un poeta…

No presumo de poeta. Ya no. Pero hubo una vez un joven que atendía por mi nombre…Me cuesta reconocerme en él. ¡Ha pasado tanto tiempo! Un tiempo largo y vacío. Un tiempo sólo lleno de silencios y cobardías. Y no pienso ahora en los grandes temas de la política y la historia, que tan agudamente tratas con tu pluma. No. Pensaba en mí mismo. Y en que hay cosas que no tienen remedio. Amigo Cornelio, no he sabido ser el que soñaba llegar a ser. Y convendrás conmigo en que eso, a los setenta y tres años de edad, no tiene ningún remedio.

Tenía veintiuno cuando llegué a Roma procedente de mi Nápoles natal. Era un joven lleno de ilusiones y de esperanzas, y en el centro mismo de esos sentimientos había colocado un nombre, el nombre de una persona que, desde su lejanía de escritor famoso y hombre de mundo, me había abierto los ojos a la realidad del arte y -suponía yo- de la vida. Tito Petronio Níger. Esa fue la estrella que guió mi viaje. Astro que todavía brilla en las noches más oscuras de mi existencia.

Llegué a Roma para conocer a Petronio, para tratarle a fondo y beber en la fuente inagotable de su sabiduría. Y lo conseguí. Cierto que el primer paso me fue facilitado por la recomendación de mi tío Silio Itálico. Pero, aunque necesario, no era ése un paso decisivo. A otros vi llegar hasta Petronio más altamente recomendados y ser despedidos en breve con unas palabras de cortesía.

No, estoy seguro que su amistad me la gané por méritos propios, es decir, por mi absoluto convencimiento de que la había de merecer. Si en el resto de mi vida una convicción semejante hubiese guiado mis pasos.

Desde aquel día de abril frecuenté a Petronio hasta su digna salida de escena. Un año escaso de trato continuo durante el cual pasé de la adolescencia a la madurez, gracias, también, a las especiales circunstancias -¡los hechos históricos!- que el destino dispuso a mi alrededor. Las notas que fui tomando, la transcripción fiel de nuestras conversaciones llegaron a ocupar varios volúmenes. Pensaba que con ello tendría la base de la sabiduría que me habría de sostener en toda mi existencia posterior. Quizá. Pero es el caso que, desde la desaparición del maestro, no me atreví a posar la mirada sobre aquellos volúmenes hasta…

Hasta que, cincuenta años después, la lectura de tus Anales me impulsó a volver a aquellos viejos papeles. Y desde entonces -hace de eso dos años- no he tenido otra actividad que pasar aquellos apuntes adolescentes, llenos de fervor y temblor, por el filtro de la serenidad otoñal.

Ha sido fácil. La operación principal ha consistido en poner «dijo» o «dije» donde decía «ha dicho» o «he dicho», es decir, convertir en pasada la acción que en mis notas es presente casi inmediato.

¿Por qué todo esto? ¿Por qué he de enviarte a ti, que me has ignorado, el fruto de mi trabajo? No lo sé. Tenía necesidad de poner en limpio mis recuerdos, y también de que una persona autorizada como tú los conociese. No, no es necesario que me contestes. A mí no. A otros, quizá. Entonces, habré satisfecho la doble deuda que tenía pendiente. Conmigo, obligándome a mirar cara a cara un pasado cada vez más lejano e idealizado; con el mundo, dándole a conoce el rostro auténtico y desconocido de un hombre de verdad: Tito Petronio Níger.

No he de añadir nada más. La respuesta a las interrogantes que tal vez te formules están en los volúmenes que acompañan a esta carta. Si fuese necesario un título, no se me ocurre otro que el que le he puesto.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann VIII

CIPRIANO.- Yo mismo, con tu permiso.

TEODORO.- Estupendo, porque la verdad es que, aunque parezca extraño, hoy no tengo ningún relato.

CIPRIANO.- Extraño sí que parece, pero mejor, así mi obra se evitará compararse con la tuya.

OTAMAR.- No nos pongamos ahora competitivos, y lee, Cipriano.

CIPRIANO.- Es una historia sin pretensiones, con poca fantasía y algo triste…bueno, como la vida misma. Pero vosotros juzgaréis. Empiezo [clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla]

                                                            DOPPELGÄNGER

LOTARIO.- Hay que reconocer que es una historia bastante melancólica.

CIPRIANO.- Triste, ya lo he advertido.

OTOMAR.- Estoy de acuerdo. Y además creo que esa tristeza se presenta en dos frentes: el estilo y el contenido.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que mi estilo es más bien triste?

OTOMAR.- Ya me entiendes, Cipriano. Lo que estoy diciendo es que se trata de un relato perfectamente ajustado en cuanto a forma y fondo.

SILVESTRE.- De acuerdo, pero ¿de dónde viene ésa tristeza de fondo que impregna todo el relato?

LOTARIO.- De la imposibilidad de realizar los sueños, quizá.

CIPRIANO.- Sí, aunque no hay que tomar eso de una manera general. Aquí se trata de un caso concreto, de una persona con supuesta fuerza creativa, que, por debilidad de carácter o por comodidad, renuncia a su sueño más querido. Porque, por otro lado, sabemos que hay muchas personas que apenas tienen problema en conseguir lo que se proponen.

OTOMAR.- Cierto, pero ésa suele ser la segunda parte de la tragedia… Quiero decir que, como apuntó Oscar, sólo hay una cosa peor que no alcanzar lo deseado, y es alcanzarlo.

CIPRIANO.- Eso es sólo una brillante paradoja.

OTOMAR. – Que describe una evidente realidad. El mundo está lleno que gente que ha obtenido lo que se proponía y que continúa insatisfecha. ¿O crees acaso que si Leónidas hubiese destacado, en su momento, como gran escritor, hubiese sido más feliz? No, simplemente no habría tenido ese problema.

CIPRIANO.- Como quieras Otomar, pero yo no he planteado en el relato el problema filosófico de la imposibilidad de la felicidad, simplemente he descrito un caso de renuncia a los ideales por… cobardía. Porque en definitiva se trata de eso.

SILVESTRE.- Por cobardía o, a veces, por simple necesidad. ¡En cuántos casos el que se siente llamado para un arte tiene que dedicar casi todo su tiempo y esfuerzos en la humilde tarea de ganarse la vida!

OTOMAR.- Siempre hay un resquicio, siempre hay una vía para que el genio salga a la luz o, dicho más modestamente, para que uno pueda cumplir con su tarea ideal.

LOTARIO.- Con su destino, dilo ya.

OTOMAR.- Sí, con su destino. Pensad en cuántos grandes escritores, desde Cervantes hasta Henry Miller, pasando por Dostoyevski, han tenido que luchar con circunstancias desfavorables de muy diversa naturaleza. Y el caso más curioso es el del maestro: desde siempre creyó que su auténtica vocación era la música, pero tuvo que estudiar y ejercer el derecho, cosa que hizo, por cierto, con una competencia y honradez reconocida por todos… y al final triunfó en literatura.

SILVESTRE.- Sí, el caso de Hoffmann es la más curiosa combinación que se conoce de todo eso que llamamos predisposición, cualidades, vocación, necesidad, destino, conveniencia…

OTOMAR.- Y no hemos de olvidar que, si finalmente se impuso la literatura, fue porque era lo que más le rendía económicamente. Un caso extraño, desde luego.

CIPRIANO.- Pues a mí lo que más extraño me parece es que, desde que he acabado la lectura, Teodoro no haya abierto la boca.

TEODORO.- Quieres decir que no la haya cerrado. Porque todavía sigo con la boca abierta.

CIPRIANO.- ¿Con la boca abierta? ¿Se puede saber por qué? No será por la calidad de la obra. Viniendo de ti, me parecería un cumplido difícil de creer.

TEODORO. – No, la historia no está mal. Pero lo que me ha dejado estupefacto es un detalle sin importancia, pero que me afecta.

CIPRIANO.- Creo que ya sé por dónde vas.

TEODORO.- Y no lo repruebo. No está mal eso de robar un personaje y darle una historia previa, un pasado.

LOTARIO.- Ah, ya sé de qué habláis. Yo también lo he pensado. Cuando Leónidas ya es viejo y se le describe como… es eso ¿no?

TEODORO.- Sí, como un hombre casi completamente calvo, delgado y encorvado y que pretende escribir algo que nos ilumine definitivamente sobre la miseria y el misterio de nuestra condición… ése no puede ser otro que mi narrador de los relatos del espíritu Alfredo.

CIPRIANO.- ¿Te molesta?

TEODORO.- No, al contrario, ya te lo he dicho. A primera vista, uno se puede imaginar perfectamente que Leónidas, ya mayor, escribe y vive las historias del espíritu Alfredo, pero… me parece que hay un detalle importante que no cuadra.

CIPRIANO.- ¿Y es?

TEODORO.- El carácter. Yo diría que mi narrador es un tipo más bien lúcido y cínico, mientras que tu personaje me parece bastante romántico (en el mal sentido de la palabra) y algo blando.

CIPRIANO.- Quizá tengas razón, y la verdad es que, cuando lo he acabado de escribir, también yo he pensado algo así. Pero no me he podido resistir al placer del juego.

SILVESTRE.- Eso está muy bien, todo el mundo tienen derecho a jugar con lo que los creadores ponen a disposición de todo el mundo. Aquí mismo tenemos esa curiosa versión del Doble que nos ha dado Cipriano.

CIPRIANO.- ¿Curiosa?

SILVESTRE.- Hombre, es evidente que lo que la tradición romántica (en el buen sentido), principalmente germánica, nos ha dado sobre ese fenómeno, suele ser un personaje maligno, tenebroso o, cuando menos, inquietante, y aquí el Doppelgänger de Leónidas se nos aparece más bien como una especie de ángel de la guarda que pretende llevarle por el buen camino.

OTOMAR.- Bueno ¿y qué? No hemos de ser esclavos de la tradición.

SILVESTRE.- Naturalmente que no, sólo he señalado un aspecto, unas diferencias con el patrón tradicional…

CIPRIANO.- Bueno, bastantes cosas se han señalado ya de mi historia…

                                             FIN  (provisional?)

                                               de

          FANTASÍAS A LA MANERA DE HOFFMANN

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