Imponerse una tarea cumplidos los 84 años de edad no es cosa fácil.
Pero en realidad yo no me impongo nada. Solo que, de repente, me ha dado por pensar en la cantidad de mundos que tengo cautivos en la casa que habito.
Y este pensamiento me ha llevado a otros, y estos otros a otros. E inevitablemente, en una persona como yo todo acaba en un montón de letras más o menos organizadas, colocadas negro sobre blanco.
Quiero decir con esto que, no obstante los 85 que se aproximan, quizá pueda crear otra obrita del género pensamiento claro.
Que mi pensamiento expresado en texto sea claro, más que una presunción es una aspiración.
Un aspiración que se concreta en mantenerme escribiendo en la forma contraria a la que, por ejemplo, he encontrado por ahí
Pero ¿qué era pues ese llamado del sujeto más allá del vacío de su decir? Llamado a la verdad en su principio, a través del cual titubearán los llamados de necesidades más humildes. Pero primeramente y de golpe llamado propio del vacío, en la hiancia ambigua de una seducción intentada sobre el otro por los medios en que el sujeto sitúa su complacencia y en que va a adentrar el ***
Ayer asistimos al entierro de Joan Olivar. A Olivar – siempre nos llamábamos por el apellido -, tres años mayor que yo, lo conocí cuando yo tenía 26, con ocasión de mi entrada en plantilla en la Editorial Nauta para participar en la redacción de una enciclopedia que él coordinaba.
Claro está que habría que ver la responsabilidad de la otra parte, que soy yo, en una relación de amistad tan perfecta. Pero esto es algo que ni toca tratar aquí, ni me apetece.
Se ha dicho que a una persona no se la conoce en absoluto mientras no se convive con ella, aunque sea unos pocos días. Y es cierto. Y es cierto también que, aparte mili e infancia-adolescencia con padres y hermanos, yo no he convivido con nadie, excepto con esposa e hijo. Y con Joan Olivar, durante una semana.
No recuerdo con seguridad cuáles fueron los motivos y las circunstancias que condujeron a la decisión. El caso es que, en el otoño de 1971, Olivar y yo anduvimos por Italia durante siete días, con la aprobación de mi joven esposa y la presunta indiferencia del hijo de dos años.
De hecho, repartimos todo el tiempo entre Florencia y Roma. Era la primera vez que yo estaba en Italia, patria de mis bisabuelos paternos, por lo que cierta emoción estaba garantizada, si bien la pequeña patria concreta caía bastante más al sur de Roma. Y yo no la había de conocer hasta muchos años después, en un viaje que hicimos en 2002 mi esposa, yo y la (tardía) esposa de Olivar, con la aprobación de éste, que se quedó en casita. Curiosa simetría.
El ambiente que se vivía en Italia apenas tenía punto de contacto con el que vivíamos en nuestro país. Comprensible: faltaban aún cuatro años para que se produjese la muerte física del dictador. Así que, aquellos pocos días nos dedicamos a hacer cosas que no se podían hacer en nuestra península. Compramos libros (descubrí a Pavese en su propia lengua), vimos películas (recuerdo Muerte en Venecia, de Visconti, recién estrenada, y una de las primeras de Woody Allen) e incluso asistimos, como mudos testigos, naturalmente, a un acto multitudinario de estudiantes de izquierda, con la presencia de la activista afroamericana Angela Davis, creo, donde por cierto, más que por las razones, eslogans o consignas de los participantes, mi escondida alma de artista se vio conmovida por el canto final de la multitud, Bella ciao, la más bella canción de amor y de guerra que puede oírse en nuestro desgraciado mundo. https://youtu.be/Bq0pLYU9ry8
Miro desde la distancia la zona de la biblioteca donde se agrupa cierto género de libros, y enseguida descubro tres volúmenes de cubierta oscura y letras brillantes, Moderna Enciclopedia Universal Nauta. Y pienso que ahí dormita parte del alma de Olivar, la más profesional y práctica, sí, pero parte suya igualmente.
No la tocaré, no la despertaré. Que siga ahí, junto a sus vecinos durmientes.