Ya es curioso que, en su origen, inventar significase encontrar (del latín, invenire), como si nada se pudiese «inventar» 
Y ahora utilicemos la palabra en su acepción común o habitual y dejémonos de pasatiempos etimológicos. Una de las actividades principales del escritor creativo es inventar, es decir, presentar como verdaderos acontecimientos falsos. A veces inventa un país, casi siempre inventa una historia, unas situaciones, unos personajes, unos hechos, unos sentimientos. Todo es invención, o sea, mentira.
¿Con qué fin? Preguntádselo y es posible que os responda con bellas frases y agudos argumentos. Pero la verdad, la pura verdad, es que no lo sabe. El pobre no lo sabe. Escribe, inventa, respondiendo a un instinto que no todos los seres humanos tienen, pero sí todos los escritores que inventan.
En arte, la invención es necesaria. Incluso cuando se parte de un hecho real. Y, además, las interrelaciones entre invención y realidad pueden tener efectos sorprendentes, a veces mágicos. Por ejemplo, se ha dicho hasta la saciedad que toda novela tiene algo de autobiografía, cuando menos de una manera, diríamos, inconsciente. Pero lo bueno, quiero decir, lo mágico, se da cuando el novelista pone retazos de verdadera autobiografía y le sale algo totalmente inventado. O al revés, cuando inventa conscientemente y le sale pura autobiografía. Y siempre con ese aroma de irrealidad que en esos casos respira el conjunto.
Aunque lo realmente mágico es cuando el resultado del invento del autor pertenece a la biografía del lector, como, por ejemplo, cuando habla de la infancia del personaje y de cierta bolera abandonada del Paseo San Juan, bolera que, en la adolescencia del lector estaba abierta y fue escenario de viejas emociones nuevas.
No debe de ser cosa fácil construir una irrealidad poética a base de una mezcla de realidades y ficciones previamente agitadas. En realidad, no sé si eso es bueno o es malo, ni si es conveniente o inconveniente para el devenir del arte y de la humanidad. Y por no saber, ni siquiera sé lo que estoy diciendo. Esto me pasa por seguir leyendo a Vila-Matas.