Archivos de la categoría La letra o la vida

Consideraciones generales sobre la literatura y la vida.

La invención de la realidad

Ya es curioso que, en su origen, inventar significase encontrar (del latín, invenire), como si nada se pudiese «inventar» inventos copenhagueque no estuviese previamente ahí, en algún lugar de la geografía o de la mente. Los científicos y, más que estos, los tecnólogos, dirán que eso no es cierto, que hay cosas radicalmente nuevas, en absoluto existentes antes de que se inventasen. Y estoy por darles la razón. Pero es que yo no pensaba en científicos o tecnólogos, sino en escritores o poetas.

Y ahora utilicemos la palabra en su acepción común o habitual y dejémonos de pasatiempos etimológicos. Una de las actividades principales del escritor creativo es inventar, es decir, presentar como verdaderos acontecimientos falsos. A veces inventa un país, casi siempre inventa una historia, unas situaciones, unos personajes, unos hechos, unos sentimientos. Todo es invención, o sea, mentira.

¿Con qué fin? Preguntádselo y es posible que os responda con bellas frases y agudos argumentos. Pero la verdad, la pura verdad, es que no lo sabe. El pobre no lo sabe. Escribe, inventa, respondiendo a un instinto que no todos los seres humanos tienen, pero sí todos los escritores que inventan.

Y sin embargo, parece que en esas regiones de la escritura cada vez se inventa menos, cada vez se recurre más a lo vivido a lo «basado en un hecho real», como en tantas películas. Esto es algo que ya le tenía preocupado a Oscar Wilde, quien en la Decadencia de la mentira se quejaba de la falta de imaginación imperante, de la afición al «realismo» de tantos dramaturgos, realismo que, según él, nada tenía de artístico, sino que consistía (¿consiste?) en tomar la realidad cruda y presentarla sin cocinar.

En arte, la invención es necesaria. Incluso cuando se parte de un hecho real. Y, además, las interrelaciones entre invención y realidad pueden tener efectos sorprendentes, a veces mágicos. Por ejemplo, se ha dicho hasta la saciedad que toda novela tiene algo de autobiografía, cuando menos de una manera, diríamos, inconsciente. Pero lo bueno, quiero decir,  lo mágico, se da cuando el novelista pone retazos de verdadera autobiografía y le sale algo totalmente inventado. O al revés, cuando inventa conscientemente y le sale pura autobiografía. Y siempre con ese aroma de irrealidad que en esos casos respira el conjunto.                                                                                                                     

Aunque lo realmente mágico es cuando el resultado del invento del autor pertenece a la biografía del lector, como, por ejemplo, cuando habla de la infancia del personaje y de cierta bolera abandonada del Paseo San Juan, bolera que, en la adolescencia del lector estaba abierta y fue escenario de viejas emociones nuevas.

No debe de ser cosa fácil construir una irrealidad poética  a base de una mezcla de realidades y ficciones previamente agitadas. En realidad, no sé si eso es bueno o es malo, ni si es conveniente o inconveniente para el devenir del arte y de la humanidad. Y por no saber, ni siquiera sé lo que estoy diciendo. Esto me pasa por seguir leyendo a Vila-Matas.

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El caso del traductor invisible

Iba escribir «El extraño caso…». Pero enseguida he pensado que no, que no tiene nada de extraño. Que lo más normal es que el traductor sea bastante invisible. Cuando no, del todo.

Cierto que en la mayoría de los libros traducidos aparece su nombre en algún rinconcito de las primeras páginas, pero no es menos ciertos que cuando se cita o se trabaja con un texto que originalmente estaba en otro idioma, se suele pasar por alto el hecho de que, si ese texto lo estamos leyendo en nuestra idioma, es porque alguien lo ha traducido.

Las razones de ese ninguneo sistemático de la labor del traductor pueden ser varias.  Trataré de enunciar algunas.

La falta de imaginación. Esto se refiere sobre todo al lector, al público en general que, cuando lee un texto en su propio idioma, aun sabiendo que el autor es extranjero, no se le ocurre pensar que alguien tuvo que encargarse de la delicada tarea de pasarlo de un idioma a otro.

La inercia. La labor del traductor nunca ha sido valorada. Tengo varios ejemplares de obras clásicas (en rústica, es cierto) editadas a principios del siglo XX, donde el nombre del traductor no aparece ni en el rinconcito habitual. Y si esa labor nunca había sido valorada, ¿por qué había de serlo ahora?

La ignorancia. Es lo que claramente revela lo que una vez oí de cierta persona no totalmente inculta: «Hombre, si uno conoce el idioma en cuestión, traducir no tiene ningún mérito».

La mala fe. Atribuible, como es obvio, al mundo editorial. Es sabido que el de traductor es uno de los oficios peor pagados. Si se destacase como debiera la labor traductora, resultaría raro que el nombre correspondiente quedase casi oculto en aquel rinconcito de las primeras páginas y, más raro aún, que se pagase con la miseria con que se paga. Así, que mejor mantener al traductor o traductora en el casi anonimato.

Seguro que hay más razones. Si a alguien se le ocurre alguna, adelante.

[A continuación reproduzco un artículo que sobre el tema, y en relación con un hecho concreto, publiqué en el Diari de Sant Cugat, en catalán]

                                                     EL CAS DEL TRADUCTOR INVISIBLE

Estació de Sant Cugat dels FGC. Mentre executo, a la màquina expenedora de bitllets, les complicades operacions dissenyades per mantenir àgils les ments dels jubilats, veig que, molt a prop, hi ha exposada una sèrie de fullets. M’hi acosto. No dubto en l’elecció: Joseph Roth, per Déu, un dels meus escriptors preferits (no confondre amb el Philip). L’agafo.

És un fullet elegant i allargat. Al capdamunt de la portada, un imperatiu: “tasta’m”. Aleshores recordo que hi ha endegada una campanya pública per promoure la lectura. Molt bona idea. Abans de començar el viatge enceto el llibret. Fascinat, l’acabo abans d’arribar a destí, és tan curtet! I està tan ben escrit! I això no és només mèrit de Roth, penso, perquè ell escrivia en alemany i jo l’he llegit en català. Doncs vegem qui és la persona que ha fet el miracle.

Busco la informació al lloc habitual, i hi trobo: nom de l’autor, de l’editorial, del Departament de la Generalitat que promociona la cosa, de la Conselleria de les Illes que la co-promociona, de tres dissenyadors gràfics (jo ja m’ensumava que això del disseny és sagrat, però… una trinitat?). Després, posats en vertical, en un equilibri gairebé inestable, vuit jocs de sigles majúscules de vuit ens col.laboradors, entre els quals alguns de tan coneguts com RENFE o FGC i altres perfectament desconeguts (si més no, per a mi)…

Però, i el traductor? Si us plau, vull el nom del traductor! Doncs no, ara vénen tres llargs noms d’associacions que alguna cosa tindran a veure amb el producte. I ja està: dipòsit legal i una declaració (“edició no venal”) pensada per què el lector faci ús del diccionari. Molt bé, però, i el traductor o traductora? I el nom de la persona que ha fet possible que jo hagi llegit el Roth en perfecte català? Res. Invisible.

Com s’entén això? ¿Com gosen dir que promocionen la lectura unes persones que menyspreen una traducció ben feta fins a l’extrem de negar-ne l’existència? Quines mans (o potes) maneguen la cultura?

( Diari de Sant Cugat, 24 desembre 2008)

 

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Arte y propaganda

El interesante artículo de Elisa Rodríguez Court, publicado en Revista de Letras, ha tenido, entre otros, el efecto de retrotraerme varias décadas en el tiempo, a los años en que la cuestión «literatura y compromiso» estaba en el ambiente intelectual de una manera casi obsesiva. Me refiero a los cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo, cuando la figura del intelectual moderno (dicen que inaugurada por Zola a propósito del caso Dreyfus) alcanzó la máxima relevancia social – era la época de Sartre y Camus, entre otros muchos – para desvanecerse luego con la resaca del 68. Hoy no hay intelectuales, en el sentido de los que hubo entonces. Pero la cuestión sigue aflorando de vez en cuando.

¿Puede o debe la literatura estar al servicio de una causa, por noble que sea esta?   Una vez enfriadas las pasiones polémicas, alimentadas, por cierto, por el ambiente de la «guerra fría», creo que hoy la respuesta casi unánime es «no». La literatura no puede estar al servicio de una causa, defender una ideología concreta o hacer propaganda de un modelo social. Porque entonces dejaría de ser literatura para convertirse en panfleto. Y no voy a traer ahora reflexiones tan antiguas – y tan acertadas – como las de Schopenhauer : el curioso puede verlas aquí en versión novelística.

La cuestión parece que está muy clara. Al menos para mí, y para otros muchos. El arte es arte, y no propaganda, catequesis o proselitismo… Pero la cosa ya no parece tan clara cuando se cae en la cuenta de unas posibles excepciones. Excepciones de tamaño considerable, por cierto.

Pienso en Virgilio, Dante, Calderón de la Barca, Bertold Brecht… Y seguro que hay más

Gran parte de la obra de Virgilio, el poeta más poeta de la literatura latina, está pensada para mayor gloria del imperio naciente y de su emperador, Augusto. El hecho de que La Eneida quedase inacabada nos ha privado de saber cómo hubiese coronado finalmente su obra con la apoteosis augustea. Cuestión de detalle.

Dante Alighieri, uno de los poetas más imaginativos y sutiles de todos los tiempos, dedica páginas enteras de su Commedia a convencernos de las bondades  de la teología católica, y no pocos versos a convencernos de la maldades de sus enemigos políticos.

Calderón, el autor teatral español más profundo y consistente – al menos, según los románticos alemanes –  enarbola el estandarte de la Contrarreforma para hacer la apología del catolicismo más ortodoxo, sobre todo en sus autos sacramentales.

Bertold Brecht propaga el ideario comunista a través de un teatro tan innovador y estéticamente tan impactante como no se había visto desde los años de Pirandello.

¿Entonces? ¿En qué quedamos? No sé. Seguiremos pensando.

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La imaginación III

Acabo de escribir «la falta de imaginación es la madre de todos los crímenes» y me quedo pensativo y dubitante. ¿Es verdad esto?  Pienso entonces en toda la imaginación que se necesita para vislumbrar un paraíso – en este mundo o en el otro – y ser capaz de matar o morir por alcanzarlo. Y resulta que este tipo de imaginación es la que más crímenes contra la humanidad ha provocado. Así que mi frase no parece verdadera.

O quizá necesite una matización, es decir, quizá describe una verdad parcial que habría que colocar en su justo sitio, sin afanes totalizadores. Es lo malo de las máximas, sentencias o frases lapidarias: que por mucha verdad que contengan dejan siempre una buena porción fuera.

Porque, vamos a ver, para vislumbrar un paraíso – terrenal o celestial, tanto da – y creer en la necesidad de su imposición con tanta fuerza que empuje a morir o matar por ello, se necesita cierta imaginación, es cierto. Pero no es menos cierto que ésta sería un tipo de imaginación muy distinta de la que se alberga en la mente del que escribe novelas o del que es capaz de sufrir  solo pensando en los que sufren.

Así que más bien parece que ni siquiera merece el nombre de imaginación. Porque, en todas sus variantes, lo imaginado no es nunca construcción del propio sujeto, sino que es algo que viene de fuera y que hay que creer y transmitir tal cual, sin pizca alguna de iniciativa propia, cosa que parece la negación misma de la imaginación.

Mejor entonces llamarlo creencia, o fe, que es una especie de idea fija que en los casos extremos lleva al creyente – convertido ya en fanático – a cometer auténticas barbaridades.

Y he aquí que matizando, matizando, he regresado al punto inicial. Y eso está muy bien. Porque ahora puedo afirmar, y no un poco a bulto como al principio, sino con pleno conocimiento de causa, que sí, que la falta de imaginación es la madre de todos los crímenes.

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La imaginación II

Voy a seguir con el tema de la imaginación. Pero bajo otro aspecto. Porque, si en aquella entrada traté de la imaginación como elemento básico e imprescindible de la personalidad, en esta divagaré sobre su aspecto más positivo, es decir, como la cualidad que permite al individuo humano ser algo más que individuo. Artista, por ejemplo.

Las personas normales, y esto no es ningún reproche, ven la realidad como una superficie plana. Las cosas son lo que son, y punto. Los artistas ven en esa superficie ondulaciones sorprendentes, cifras, signos, que remiten a algo que quizá está fuera quizá debajo de esa superficie. Esta capacidad de ver, adivinar o construir mundos vivos sobre una apariencia plana es lo que distingue no solo al artista sino a toda persona con un punto más de evolución respecto de las demás. Y esto tampoco es un reproche hacia «las demás». Es la simple constatación de la existencia de una pluralidad de niveles. Pero me parece que ya salta alguien con aquello de ¡elitismo! No importa, no quiero desviarme. Lo de hoy es la imaginación.

Hay artistas, escritores, que nos han regalado con un derroche de imaginación desbordante. Los ha habido en todas las épocas (incluso ahora, nadie lo diría). Pero solo mencionaré tres, y de los considerados clásicos.

Cervantes, quien no solo imagina al loco-cuerdo más notable de la historia de la ficción, sino que nos lo cuenta con un humor y una ironía que le han valido el título de padre de la novela moderna, es decir, de la novela a secas. Como ejemplo, la peculiar situación de la segunda parte del Quijote, donde los dos protagonistas son reconocidos por otros personajes… porque éstos ya han leído la primera parte.

Dante, quien no solo cree en el dogma católico, sino que además le pone decorado, ambientación, attrezzo y efectos especiales, dando salida en su Commedia a la imaginación más excelsa, perversa y poética que podemos hallar en la historia de la literatura.

Shakespeare, creador de  unos seres humanos tan consistentes, que muchos de los reales palidecen ante su resplandor. Y es que, para Shakespeare, lo de menos es imaginar historias, que suele tomar de aquí y de allá; lo de más es imaginar esos caracteres que permanecerán para siempre como paradigmas de las diferentes formas de manifestarse la condición humana. Aparte de la gran riqueza poética, imaginativa, de su escritura.

Pero, además de la función artística, la imaginación positiva  tiene otras virtudes más modestas, pero también más eficaces y hasta necesarias. La principal es la imaginación del otro. Si uno es capaz de imaginarse, es decir, de ponerse en el lugar del otro (en especial si este otro es el enemigo o el contrario) toda la fuerza del antagonismo se desvanece. Y si todos fuésemos capaces de este ejercicio, los conflictos y las guerras desaparecerían de la faz de la tierra. Que no es poco.

Decía Oscar Wilde que el peor de los vicios es la falta de imaginación. En efecto, porque la falta de imaginación es la madre de todos los crímenes.

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La felicidad no es tema del arte

… Desde la tarde de su indisposición fingida en casa de Cambronero sólo habíamos tenido ocasión de vernos a solas en dos breves y emocionantes encuentros. Aquélla había de ser la cita decisiva.                                                                                   

¿Cómo se puede narrar la felicidad? ¿Con qué palabras podemos definir la dicha intensa o el éxtasis? El carácter inaprensible, etéreo de la felicidad se pone de manifiesto en esta incapacidad del escritor de darle una forma consistente, sólida y sobre todo transmisible. ¡Qué diferencia con el dolor, con la angustia, con la desesperación! Aquí miles de palabras, de imágenes, de conceptos acuden rápidas a la pluma del autor y, desde la página escrita, golpean la conciencia del lector con toda la contundencia de la realidad. ¿Por qué? Lo dejé escrito: «Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión».

Cuando alguien me preguntó, a modo de reproche, cómo era posible que tanto en el Doncel como en el Macías, que tienen el amor por tema principal, no haya ni una escena de verdadera dicha de los amantes, apenas supe qué responder. La verdad es que no me lo había planteado; la verdad es que, cuando escribí esas obras, no me había planteado nada más que novelar una pasión desde la sinceridad y la autenticidad del que sabe de lo que habla, sin plegarme a ninguna regla del arte, ni antigua ni moderna.

Pero hay una regla no escrita que todo artista verdadero, quiéralo o no, sépalo o no, no puede menos que respetar, y esa regla establece que la descripción de la felicidad no es tema del arte. La felicidad es una meta que no existe en ningún lugar y los momentos de verdadera dicha son huidizos e inasibles como las nubes. Cuando la pasión amorosa obtiene la máxima satisfacción posible, cuando el deseo alcanza aquella cumbre tantas veces soñada y anhelada, en ese mismo momento se inicia el camino de descenso, un camino empedrado de palabras.

-He de irme, amor mío, ¿qué hora es? …

(De El corzo herido de muerte)

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La imaginación

La imaginación es la facultad del alma de representarse cosas reales o ideales. Así es cómo la define la RAE. Pero mejor no nos guiemos por definiciones canónicas. Sobre todo cuando todo el mundo sabe de lo que se está hablando, como es el caso.

Lo cierto es que la imaginación es una facultad humana de la máxima importancia. Sin imaginación no seríamos lo que somos, es decir, lo que imaginamos ser. Y somos lo que imaginamos ser, evidente. Otra cosa es lo que imaginan los otros que somos, que suele ser bastante distinto de aquello que imaginamos que somos. Y he aquí que, sin darme cuenta, me he deslizado hacia aquella cuestión que tenía obsesionada a una mente tan clara como la de Pirandello: ¿Somos realmente lo que creemos ser o hay tantos yoes como miradas se posan en nosotros?… Pero abandonemos la espinosa senda de la filosofía y permanezcamos en la más segura de la palabrería.

La imaginación es como la última mano de pintura que damos a la realidad. Gracias a la imaginación podemos decir que una puesta de sol es algo maravilloso, o que las nubes son figuras cambiantes de seres fabulosos, o que el obligado saludo de la vecina es una clara invitación a compartir delicias soñadas. Gracias a la imaginación saludamos al nuevo día convencidos de que será distinto del anterior. Tan fuerte es la imaginación que, cuando somos jóvenes y sanos, nos induce a pensar que la enfermedad y la vejez es cosa de los otros.

La imaginación es una facultad absolutamente necesaria para la vida humana. Sin ella, nos derrumbaríamos. ¿Que exagero? Basta pensar qué sería de los grandes personajes, de los líderes mundiales, si no pudiesen imaginarse que son lo que imaginan que son. Se disolverían en el espacio como pompas de jabón. Y también para el artista es importante la imaginación. No solo para crear la obra, sino, sobre todo, para pensar que esa obra tiene algún sentido o sirve para algo.

Y es que, seamos claros, ¿por qué escribo yo estas cosas aquí? Porque imagino que alguien las lee, que le gustan y que hasta musita ¡qué bien escribe Priante!

Y así funciona el mundo.

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Melancolía de Navidad

No, no es por la repentina conciencia del tiempo que pasa inmisericorde, ni por la nostalgia de la infancia y la juventud perdidas, ni por el obligado recuerdo de los que ya no están con nosotros, ni por las poco alegres condiciones de estas navidades. La melancolía de la Navidad es para mí algo consustancial de las mismas fiestas. Antes, ahora y tal vez siempre.

La mañana soleada, el paseo matutino de los niños con el padre, mientras las mujeres ultiman en casa todo lo necesario. El gran aperitivo, la profusión de vasos, copas, copitas , tacitas y toda suerte de cubiertos sobre la mesa, con impolutos manteles blancos bordados. Y la larga y ancha procesión de manjares, el vino, el champagne (aún no llamado «cava»), los barquillos, el café, los turrones, el jerez, los licores (todo está permitido ese día incluso para los pequeños).

Y mientras los mayores cuentan viejas historias familiares, mil veces oídas, y la tarde es ya noche oscura en el exterior, uno de los hijos, ya adolescente, se derrumba sobre un sillón, ofuscado por la bebida y la calidez del ambiente, quizá soñando con huidas imposibles. Toma una revista que está a su alcance, la hojea con desgana y, de pronto, se detiene en una página. Trata de poesía, de la Navidad y de un gran poeta catalán muerto hace unas décadas. Lee:

Sento el fred de la nit i la simbomba fosca…

El adolescente siente que hay algo mágico en ese lúgubre inicio. Sigue leyendo… y acaba:

Demà posats a taula oblidarem els pobres
-i tan pobres com som-
Jesús ja serà nat
Ens mirarà un moment a l’hora de les postres
i després de mirar-nos arrencarà a plorar. 

Y es entonces cuando se le muestra al mismo tiempo el misterio de la poesía y la insoportable melancolía de la Navidad. Porque también él, como Jesús, llora ante la irremediable pobreza de los hijos de este mundo.

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Espontáneos

No hay duda de que el sustantivo «espontáneo» es de origen taurino.  La Real Academia Española lo define en primer lugar como «persona que durante una corrida se lanza al ruedo a torear». Creo que ya no hay espontáneos de este tipo. De hecho, no estoy seguro de que todavía haya corridas de toros. Pero también creo, mejor dicho, veo  que el espontáneo de otras clases sigue existiendo, e incluso va aumentando en número.

En algunas actividades la figura del espontáneo tiene una larga tradición y se mantiene con fuerza. Por ejemplo, en medicina está el curandero, en las finanzas el usurero o prestamista, en el comercio el vendedor ambulante ilegal, en religión el predicador o el gurú, en la milicia el guerrillero, en el teatro el aficionado, y así unos cuantos.

Pero hay un tipo de espontáneo que es nuevo – surgido con internet – y que me llama poderosamente la atención: el presunto escritor.  Y no me refiero a la persona que, amante de las letras, siente la comezón de escribir y lo hace como puede y donde puede (nunca en forma de libro publicado por editorial seria). No soy tan ingenuo como para pensar que solo lo bueno  alcanza la forma de libro y que solo lo mejor se lleva los premios. Por el contrario, siempre he sospechado que han existido y existen genios ocultos que nunca conoceremos. Mis opiniones al respecto quedaron expuestas claramente, creo, en una de las entradas dedicadas a la justicia poética.

Me refiero a ciertos individuos que, diciéndose también amantes de las letras, se lanzan al ruedo de internet convencidos de que son grandes toreros, digo, escritores – y con la parafernalia gráfica más impactante – para ofrecernos unos textos, no ya delirantes, adjetivo que tiene su pedigree en literatura, sino directamente analfabéticos. Y aquí unas muestra de un tal P.A.W.:

El pastor sabía que este sitio era el mejor de toda la Finca para ver el alba,por algo llamado el Observador. No había mejor. Ni en las Fincas adyacentes había un punto tan especial para apreciar un amanecer.Desde este punto en específico la luz viajaba sin interrupción por el espacio, a pegar divinamente en la pequeña colina de gramas verdes peinadas por el viento, sobre pinos altos ahechados apuntando al cielo. Eso es porque el sol sale justo entre una llanura existente entre las colinas que cubren el despertar del sol. Cosa más bella no podría existir.Sentado sobre sus pompas, cruzó sus brazos para mitigar el frío, provocado por un viento congelado arrastrado desde el norte, que se arrimaba sobre su cuerpo como una friolenta serpiente.     ……………………………

El viento sopló sobre su alma, y su alma como si fuese hecha de espigas se meció de lado a lado, como navío lo haría sobre mares salobres y oleados.Su alma pareció dejarse ser acarreada con el viento, a restar en el cielo, como campo de trigo que es soplado por el mismo. Su alma, como las espigas de un trigal, las sentía ausentes de su cuerpo, como un oasis flotante sobre el cielo, volando con alas largas y blancas, abstraído por completo de sí mismo,que aunque espigas separadas y únicas son, cada una seguía perteneciendo al mismo trigal, que en conjunto, formaban parte esencial de su elixir.

Y no obstante, leído un par de veces puede tener su gracia. Y diré más: el estilo, el tono y algunas expresiones me recuerdan las de un escritor tan publicado, vendido y apreciado por millones de lectores como Ruiz Zafón, qué raro, ¿no?

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Lo que de verdad importa ni se aprende ni se enseña

En esta zona del mundo donde vivo y desde donde escribo no existe ser más denostado que el político. Hay casi unanimidad en atribuirle las peores cualidades y atributos que puede ostentar un ser humano. Es aprovechado, rastrero, corrupto, hipócrita, avaricioso, venal, hijop…, etc. Parece como si esa categoría de individuo llamado “político” hubiese surgido de la nada y no del mismo caldo de cultivo de la sociedad que así le ataca.

Uno de los motivos mas suaves que se han esgrimido para su descalificación es que “cualquiera puede ser político”; que no se les exige ninguna preparación, ningún estudio reglado para ejercer su función. Cierto. Pero esto, más que como un argumento en contra, podría considerarse como un dato a favor.

No se enseña a ser padre, ni a ser hijo, ni a ser esposo o esposa, ni a ser amante, ni a ser amigo, ni a ser santo. Ni siquiera a ser escritor (pese a las escuelas de escritura, donde te pueden enseñar algunas técnicas, pero no a ser escritor, cosa que nadie enseñó a Cervantes ni a Kafka ni a ninguno de los grandes). No se enseña ninguna de las cosas importantes que en la vida se puede ser o hacer.

Y con esto no quiero decir que dedicarse a la política sea de lo más importante. Aunque quizá lo es. Eso al menos creían los antiguos romanos, quienes consideraban que la gestión de la res publica era la actividad más digna a la que podía dedicarse el ciudadano…hasta que, cansados de la política, se echaron en brazos de aquellos formidables apolíticos apellidados César, quienes sin duda pensaban como Franco (“haga como yo, no se meta en política”).

Con esto no pretendo exculpar a los políticos (los malos, claro, suponiendo que los haya buenos a los ojos de la sociedad) de sus lacras manifiestas; sino solo apuntar que el hecho de que no hayan de obtener el correspondiente título no es algo negativo. Por el contrario, los aproxima al padre, a la madre, al amigo que vela por nosotros.

Y es que, como dejó escrito alguien que, según Borges, casi siempre tenía razón (yo eliminaría el «casi»), “la educación es una cosa admirable, pero es bueno recordar de vez en cuando que nada que valga la pena saber puede ser enseñado”.

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