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Consideraciones generales sobre la literatura y la vida.

La locura de la verdad

Dicen que un libro puede cambiarle a uno la vida. No sé. Depende de cuál es el libro y  de quién es el uno. Pero, milagros aparte, es cierto que el libro oportuno leído en el momento oportuno puede ser decisivo en la evolución intelectual-espiritual de una persona.

Pero no solo un libro. Hay muchos incidentes en la vida que pueden provocar un cambio de rumbo o, por lo menos, una súbita profundización de nuestra consideración del mundo o, más aún, una instantánea y pasajera iluminación del abismo que nos sostiene. Una amistad, un maestro que nos abre puertas insospechadas, una pasión que nos descubre fugaces paraísos interiores, una frase que pone en cuestión la hasta entonces sólida visión del mundo. Y de frase va la cosa.

Es menos que una frase. Son cinco palabras que apenas forman un enunciado:

                                            LA LOCURA DE LA VERDAD

Cualquiera puede verlas. Cualquiera que se de un paseo por la Rambla del Poble Nou de Barcelona y, poco antes de llegar al mar, dirija la vista a la izquierda. Sobre una pared de ladrillo de un viejo edificio, verá un extraño grafiti de aire surrealista, pero de aquel tipo de surrealismo directo y punzante, que se remonta al Bosco…aunque no voy a describirlo ahora, porque conozco mis limitaciones en este género literario y más vale la imagen en sí que mil palabras mías intentando describirla. Aquí está:

_locura_verdad

Ignoro quién quién tuvo la idea de poner ahí la frase, y si la inventó o la encontró entre las páginas de un poema o de un tratado filosófico, y de qué manera la entendió y qué efecto pretendió que causara, y si va en relación con las figuras que más abajo se quitan las respectivas máscaras o es una propuesta independiente del resto de la escena, un aserto sapiencial como el que figuraba en el templo de Apolo de  Delfos   («conócete a ti mismo»). No sé nada de todo eso.  Solo sé que, al leerla, se dispararon en mí multitud de reflexiones incontroladas.

Recordé lo que el apóstol Pablo escribía a los corintios diciéndoles que la cruz de Jesús era un escándalo, una locura, para el mundo. Y al mismo Jesús guardando silencio a la pregunta de Pilatos acerca de la verdad, y proclamando por otro lado que la verdad es él mismo («yo soy el camino, la verdad y la vida»), cuya carne hemos de comer y cuya sangre hemos de beber si queremos vivir eternamente. La locura.

También recordé a algunos de aquellos pensadores que, reacios a comulgar con el vacío optimismo oficial, han puesto el dedo en la llaga de lo evidente, desde Schopenhauer hasta Cioran, pasando por Leopardi y Mainländer: la vida es sufrimiento inútil y lo mejor sería no haber nacido.

¿Es ésta la verdad? ¿O lo es la del profeta al que hay que devorar? Locura en todo caso. Porque las demás propuestas son tan inconsistentes, que se caen por su propia falta de peso.

Y a lo que iba al principio. Me gustaría poder imaginarme en plena juventud, descubriendo esa frase y sintiendo que el cerebro me va a estallar. Y es que ahora es diferente. Han pasado tantos años, tantas vivencias, tantas lecturas, tantas reflexiones, que el sentido de la frase ya no puede sorprenderme.

Solo me sorprende verla ahí, en un grafiti sobre la pared de ladrillo de un viejo edificio, en la Rambla del Poble Nou de Barcelona, muy cerca del mar.

Un mar tan azul como solo puede serlo el Mediterráneo. De locura.

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Nostalgias imposibles

Estoy solo, inquieto. No sé qué hacer, quiero decir que no sé que escribir. Cierro el portátil. Abro el libro que tengo a mano. No, éste ahora no.  Alargo el brazo hasta el estante de la librería. Tomo uno de los librillos didácticos (versión bilingüe) con los que aprendía latín. Es de Cicerón. Abro al azar, leo:  «Sed mihi ne diuturnum quidem quicquam videtur, in quod est aliquid extremum«.

No tan al azar. Todos mis libros se abren por páginas en que destacan subrayados antiquísimos. Y tras leer la frase, el mismo efecto de siempre: extraña nostalgia por el mundo en que se hablaba y escribía latín. Y eso que, a pesar de mis esfuerzos, nunca he llegado a dominar como es debido esa lengua (me ocurre también con otras), pero la nostalgia es cierta. Y muy extraña. Como si hubiese vivido en aquel mundo.

Adolescente, incluso niño, cuando oía cantar un tango, me invadía una extraña nostalgia del mundo porteño que había engendrado esos «pensamientos tristes que se bailan». Y nunca había estado en Buenos Aires. Ni conocía todavía la enorme literatura que había surgido (y seguía) de sus calles …. Pero la nostalgia era cierta. Y muy extraña. Como si hubiese vivido en aquel mundo.

Un amigo mío, nacido en la década de los setenta del pasado siglo, dice sentir una extraña nostalgia ante todo lo propio de los años sesenta: música, cine, moda. Pero no como afición arqueológica, sino como recuerdo melancólico.  Como si hubiese vivido en aquel mundo.

¿De dónde surgen estas falsas nostalgias? ¿De vidas anteriores?… Absolutamente improbable, y hasta creo que imposible.

¿Del alma común de la humanidad, donde el individuo inconscientemente bucea y extrae lo que más le conviene?… Quizá.

Solo cuando el arte interviene no hay misterio, porque precisamente la función del arte consiste, entre otras, en revelarnos mundos desconocidos, en implantarnos la nostalgia de lo que nunca fuimos. Quizá, sobre todo, la música. Así lo ve Oscar Wilde.

Después de interpretar a Chopin, siento como si hubiera estado llorando por pecados que no he cometido y doliéndome por tragedias ajenas. Siempre me parece que la música produce ese efecto. Crea para uno un pasado que no conocía y lo agobia con penas que se habían ocultado a sus lágrimas.

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Cansancio del escritor

Los escritores son como las personas. A partir del momento en que conoces a una persona puede ocurrir alguna de estas cosas : que no te caiga nada bien y en adelante procures evitarla; que te caiga estupendamente y se inicie una buena amistad; que te interese conocerla a fondo ¡te han hablado tanto de ella! y se inicie por tu parte un proceso de final incierto. Esto es lo que me ha ocurrido con el escritor.

Todo lo que había oído de él era positivo, o sea, bueno. Y sin embargo, no había leído ninguna de sus obras, salvo algunos artículos periodísticos. Ni pensaba hacerlo, por cierto; intención que no respondía a nada premeditado contra el escritor, sino a un doble prejuicio que hace tiempo que arrastro: sobre las novelas y sobre los autores contemporáneos. Pero la recomendación de un lector de confianza y ciertas coincidencias o sincronicidades que se dieron entre el escritor y yo  (y que el lector curioso podría rastrear en este mismo blog) me llevaron a acometer la lectura sin más tardanza. Un ensayo y cuatro novelas en el espacio de unos meses.

Del ensayo no voy a decir nada. A un escritor rebosante de erudición literaria, como es el caso, esas páginas le salen casi solas, solo hay que meterlo todo en la coctelera, agitarlo un poco y decantarlo con no demasiado cuidado.

Diferente las novelas. Y conste que acepto la precisión del escritor de que no son novelas al estilo clásico,  de que ya no valen los viejos parámetros de narrador omnisciente,  tiempo lineal, separación de planos y tantas cosas hoy en día impresentables. Pero el escritor también habrá de aceptar – en el caso improbable de que lea esto –  que no me dedique yo a tales florituras teóricas, sino que vaya al grano, o sea, a los efectos de la lectura. 

Lo primero que se advierte es una insistencia o repetición de temas que, se supone, deben de obedecer a las obsesiones que el escritor, como todo artista que se precie, ha de tener siempre a punto para dar consistencia a su obra. Personas que desean desaparecer o que de hecho desaparecen, individuos que ansían no ser nada, escritores que preferirían no haber escrito ninguna de sus obras (tómese nota), criaturas vagas  que aspiran al fracaso, y otras perversiones impostadas, ajenas por completo a las que suelen padecer los seres vivos, además de unas relaciones especialmente secas entre esposa y narrador principal, que siempre parece el mismo, y unas oscuras o extravagantes relaciones entre el mismo y su hijo.

La trama es lo suficientemente confusa como para que la obra pueda considerarse dignamente alejada de la novela tradicional. Lo malo es que esa trama, la historia, no atrapa; carece no solo de verosimilitud, sino de interés vital. Todo es intelecto, todo es juego más o menos erudito, todo es cerebral. Tanto es así que, cuando uno de los personajes habla de amor o enamoramiento la cosa suena como un pistoletazo en medio de un concierto. Pero en fin, cada cual es dueño de su arte. Y el lector, de su crítica.

Pero hay una cosa imperdonable en un escritor, y más si es un escritor tan famoso como el escritor. Que no escriba bien. No quiero decir que nuestro escritor no tenga su voz propia, su estilo característico, su gracia a veces, e incluso que en algún momento llegue a enganchar, como a mí mismo me ha ocurrido, más que nada por la esperanza, finalmente frustrada, de que detrás de todo eso haya una revelación genial… Lo que quiero decir es que no escribe bien.

…arrastrado tal vez por mi temprana decisión de escribir y por el no menos temprano descubrimiento de que a mí no parecía que fuera a ocurrirme nunca nada lo suficientemente interesante para que valiera la pena poder contarlo.

Lo menos que se puede decir de frases como ésta, que se arrastran, renqueando, de manera tan lamentable, es que son antipáticas de leer. Y sin embargo se leen. Y no solo se leen, sino que su autor se convierte en uno de los escritores serios más aplaudidos de su generación, cumbre de la modernidad literaria (posmodernidad incluida), ensalzado por críticos de distintos colores.

Esto del ensalzamiento de los críticos no tiene nada de raro, pues es sabido que, si un autor ha alcanzado cierto nivel de fama, la crítica responde siempre de modo unánime, como a toque de corneta. Lo he comprobado dando un repaso – rápido y ligero, lo reconozco – a lo que la crítica ha dicho del escritor. Solo he encontrado una voz discordante, la de un lector malherido con el que sin embargo no siempre estoy de acuerdo.

En fin, ya me perdonaréis, yo cierro el libro y me apeo definitivamente. Por cansancio.

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La extraña metamorfosis de un padre de familia o cómo convertirse en otro permaneciendo inmóvil

Esta historia se la debo al escritor austriaco Robert Musil. La narra en su novela El hombre sin atributos al efecto caracterizar a algunos de los personajes. La leí hace tiempo, pero no voy a buscarla ahora para releerla y comprobar detalles. Así que mi versión puede ser algo diferente del original. Pero no importa. Doy fe de que el sentido es el mismo.

Érase una vez un buen padre de familia que llevaba una vida tranquila y acomodada en la Viena de 1913. Tenía  esposa, y una hija de poco más de veinte años. Profesionalmente, era muy valorado como alto empleado de banca.  También era judío, judío de toda la vida, cosa que su esposa, germana de pura sangre, y su hija, necesariamente híbrida, conocían desde el primer día. Y no es que la aceptasen, es que ni siquiera la veían, porque nunca la habían considerado como algo especial o conflictivo. Pero los vientos que hacía unas décadas se habían levantado en tierras germánicas iban cobrando cada vez mayor fuerza, aunque todavía no eran tempestad.

La hija, como natural representante de las jóvenes generaciones y tendencias, fue la encargada de introducir en el ámbito familiar lo nuevos vientos. La madre aprendió la buena nueva de labios de la hija y la hizo suya con naturalidad. Hay una tradición – decía la joven -, un espíritu germano-cristiano, que conduce a nuestro pueblo desde los siglos oscuros de su formación hasta un próximo futuro de plenitud. Debemos preservarlo y mantenerlo, rechazando cuanto de espurio pretenda corromperlo, como todo lo judaico que se ha ido infiltrando.

Cuando madre e hija hablaban del asunto, si por casualidad se acercaba el padre, bajaban la voz o cambiaban de tema. El padre pronto se dio cuenta de que algo extraño se había introducido en el hogar, algo que le estaba convirtiendo, a él, al buen padre de siempre, en un ser diferente.

Un día, conversando los tres durante el almuerzo,  soltó la hija: «Tú no puedes entender esto, papá, no perteneces a la tradición germano-cristiana», y mamá asintió.

Pero fue precisamente entonces cuando el padre entendió. Entendió que, siendo absolutamente el mismo, se había convertido en un ser extraño, en un monstruo que crecía dentro de las paredes de su propia casa. Sin hacer nada, sin opinar siquiera, manteniéndose como siempre había sido.

Si se la considera bien, la historia es estremecedora. Pero no inusual. De vez en cuando se repite en distintos ámbitos y países, según los vientos que levanta la historia, o la simple moda. Los factores serán diferentes, quiero decir que en lugar de judíos y germanos  jugarán otros elementos. Pero el desenlace, terrorífico, será siempre el mismo: sin comerlo ni beberlo un ser humano se ve convertido de la noche a la mañana en un insecto asqueroso, como le ocurriera a Gegorio Samsa en la historia soñada por Kafka en la Praga de 1912.

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La importancia de ser yo

No hay ejercicio mental y emocional más difícil que el de ponerse en el lugar del otro. Y se comprende, porque lo primero necesario para que se pueda realizar es reconocer que el otro existe, y que su existencia tiene la misma o parecida entidad que la tuya propia.

Que existe, parece cierto. Basta salir a la calle para observar sus movimientos. Camina como tú, habla, gesticula, se indigna como tú. Y si le observas en ámbitos más íntimos, verás que come como tú, y que prácticamente hace todas las cosas que haces tú mismo.

Pero, si lo piensas bien, comprenderás que todo eso no es suficiente. O que, en todo caso, la entidad de su existencia no es en absoluto comparable con la tuya. Un ejemplo lo muestra claramente. Tú puedes admirar o envidiar la fortuna del otro, su belleza, juventud, riqueza, prestigio, etc. Y a la pregunta de si te cambiarías por él, puedes estar a punto de responder que sí. Pero entonces reflexionas un poco y te dices: no, no,  lo que yo quiero es su belleza, su riqueza, su prestigio, todo lo que él posee, pero para mí, sin dejar de ser yo, que es lo que realmente existe. Porque si me cambiase por él perdería mi yo para hundirme en las tinieblas exteriores de la otredad. Ni hablar.

Además, en la gran mayoría de los casos, el otro no cumple con su función, es decir, no justifica debidamente su existencia, su razón de ser.

La razón de ser del otro consiste básicamente en ejercer de espejo amable de ti mismo. En sus palabras y su actitud ha de verse reflejada la estupenda persona que tú eres. Incluso cuando actúa como adversario, ha de darte generoso pie para que despliegues todo tu ingenio y agudeza en la respuesta.

Si eres escritor, por ejemplo, el otro ha de leer tus escritos, alabarlos, promocionarlos, estar siempre pendiente de tus progresos, dudas, sueños y caprichos. Y, si te contradice, lo ha de hacer con la poca gracia adecuada para que brille fulgurante el rayo de tu réplica.

Puede ocurrir, y con demasiada frecuencia ocurre, que el otro también sea escritor. Y que se imagine que tiene derecho a esperar de ti la actitud propia de todo «otro» . Pues que imagine. Es su problema.

Y para acabar, una aclaración. Como  el lector inteligente ya habrá comprendido, todo lo que acabo de decir es pura fantasía. La verdad es muy diferente. La verdad la formula el siempre lúcido y elegante Thomas Mann :

Todo el mundo está demasiado ocupado consigo mismo como para estar en situación de formarse en serio una opinión sobre los demás.

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La memoria

Un escritor es alguien perfectamente ignorante que divaga sobre todo lo que desconoce. En mí tenéis un ejemplo. Si se repasa la lista de entradas de este blog se verá que casi todos los temas sobre los que he disertado requieren un conocimiento básico, en mi caso inexistente. El único que no requiere conocimiento alguno es el de la literatura. Ahí el campo es libre. Hasta el extremo de que, si alguien osa reprocharte tu desconocimiento de los grandes escritores de todos los tiempos siempre puedes alegar en tu descargo que «esos» precisamente no forman parte de tu canon personal.

Pero, ¿se puede hablar de la muerte o del tiempo sin ser un experto en física o en filosofía? ¿O de la injusticia o de la bondad o de la modestia sin poseer algún conocimiento de… psicología, por ejemplo? Me temo que no. Pues bien, como buen escritor que soy, yo me atrevo a todo y ahora mismo voy a disertar un poco sobre la memoria.

La memoria ha sido el gran hallazgo de bastantes escritores de la penúltima generación. Iluminados por ciertas corrientes de la psicología moderna, supongo, han tenido la revelación de que la memoria no es un ente compacto; que se puede modelar y manipular, consciente o inconscientemente, en todos los casos. Y así, han surgido memorias (recuerdos) deliberadamente falsas, o se han elaborado ficciones con retazos de recuerdos auténticos, o se ha mezclado memoria e imaginación para componer novelas (llamémoslas así todavía) de las que solo el escritor tiene la clave, mientras que el pobre lector está condenado a transitarlas sin que le sea dado acceder a los ocultos mecanismos del gran artefacto que se guarda  en la cabeza del autor.

Todo eso está muy bien y, como mínimo, nos da una idea de hasta donde puede llegar la sofistificación creadora. Lo malo (por llamarlo así) es que, ofreciéndose como un osado artificio literario, nos distrae de ver la terrible verdad. La verdad de que la memoria no existe.

Bueno, sí existe, pero de manera muy distinta a como suele considerarla el sentido común. El contenido de la memoria lo componemos nosotros en cada momento del presente. De manera que esta operación no es un simple (o complicado) artificio literario, sino que es el modo en que nuestra mente nos permite avanzar por la vida. Es difícil de explicar. Así que cedo la palabra al Doctor Kusev, personaje de un relato de una obra no publicada (como varias de las mías) que lleva por título Fantasías a la manera de Hoffmann :

– ¿Quiere decir que no podemos retener en la memoria algo que realmente sucedió? No le entiendo, doctor Kusev.

– A ver si me explico. La mente humana no es una cámara fotográfica que hace clic y guarda en la memoria un suceso determinado. No, lo que la mente guarda de ese suceso es una determinada impresión, autoelaborada en la forma que conviene al interés vital del individuo. La memoria no es un almacén de escenas o acontecimientos, es un mecanismo que tritura y prepara las experiencias vividas para que el sujeto pueda digerirlas y seguir adelante.

Y algo más tenía para añadir acerca de la memoria, pero ya no me acuerdo.

 

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Modestia

La historia del señor X no es muy edificante. En realidad, no es edificante en absoluto, quiero decir que no sirve como ejemplo moral, ni tampoco como contraejemplo que haya que evitar. Es la historia de una persona normal, que tenía un gran defecto: no conocía el arte, tan importante en sociedad, de darse importancia y de conseguir que los otros nos la den.

En la vida no le fue mal, o al menos lo justo para poder expresarlo así. Admiraba los logros de los demás, mientras pensaba de buena fe que él carecía de méritos suficientes para emularlos. Quizá, muy en el fondo de sí mismo, lo que en realidad rumiaba era que, no pudiendo alcanzar los frutos más altos, no tenía por qué rebajarse a recolectar los más bajos. (De ser esto verdad, no se podría hablar entonces de modestia, sino más bien de un orgullo desmesurado… con lo cual se  arruinaría la intención de este artículo. Olvidémoslo).

Su vida profesional fue discurriendo por discretos segundos planos. Siempre en puestos intermedios, solía ser un consejero apreciado por sus superiores. De hecho, una de sus actividades principales consistía en redactar los discursos, luego muy aplaudidos, de ciertas personalidades públicas. También se había dedicado a escribir las memorias de algunos  personajes tan célebres como desmemoriados. Pero lo que de verdad le atraía era la buena literatura. Montones de manuscritos, cuya existencia conocían sólo algunos amigos, daban fe de ello.

Con los años, fue mejorando su visión del mundo y, sobre todo, de sí mismo. Fue comprendiendo que quizá no era él tan malo y los otros tan buenos, que tal vez en el ascenso social y la obtención de la fama, además del valor de la obra, jugaban otros factores cuyos mecanismos ignoraba por completo. Y, poco a poco, se fue haciendo la luz. Hasta que llegó a ver tan claro que un buen día estalló.

Olvidaba decir que el señor X vivió en la Francia del siglo XVIII, y que fue el escritor Chamfort quien levantó acta del célebre estallido:

Hay una modestia de mala clase, basada en la ignorancia, que a veces perjudica a ciertos caracteres superiores, manteniéndolos en una especie de mediocridad. Esto me recuerda la frase que dijo en un almuerzo, a gente de la corte, un hombre de reconocido mérito. “!Ah, señores, cómo lamento el tiempo que he perdido en enterarme de cuánto valgo yo más que vosotros!” (traducción mía para la ocasión).

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Posesión

Es sabido – por los pocos que lo saben  – que en mis novelas suelo recrear la personalidad y las vicisitudes de algún escritor del pasado, sin importarme si fue poeta, periodista o filósofo. Así, han pasado por el cedazo de mi imaginación y mi escritura individuos como Catulo, Cicerón, Dante, Larra, Schopenhauer y algunos más. El procedimiento que utilizo – lo he explicado en alguna ocasión – consiste en situarme dentro del individuo en cuestión y, desde ahí, empezar a pensar, hablar y soñar como él mismo forzosamente lo haría. Sé que esto es más fácil de decir que de hacer. En apariencia. Porque la verdad es que, para mí, es facilísimo.

Tan fácil que resulta extremadamente peligroso. Pero primero habría que preguntarse ¿es efectivo? No estoy seguro de que sea yo quien deba dar respuesta a esa pregunta. Algún que otro crítico la ha dado ya por ahí. La que me encanta es ésta de Luis Vargas Saavedra, escrita en El Mercurio,  de Santiago de Chile, hace unos años:

«Es evidente que un escritor que se ha impostado en Cicerón, en Catulo, en Schopenhauer y hace poco en Larra (El corzo herido de muerte) ha asumido un rango “egipcio” de vivificador de escritores muertos. Y es de conjeturar que lo asume por una razón muy personal, que bien podría ser [aquí suprimo ciertas suposiciones, quizá acertadas, que aluden a aspectos íntimos de mi personalidad]…  Lo viene efectuando con elegancia sobria, sin autoostentación… Podríamos llamarlo “efecto Priante”, incluso “priantismo”, y aguardar a que lo continúe desarrollando, con una brillantez acendrada».

Este párrafo fue un ataque frontal a mi natural modestia, del que aún no me he recuperado. O sea, que lo he conseguido, me dije; o sea, que lo que vagamente me había propuesto – suplantar a ciertos personajes considerados geniales – lo he logrado plenamente, y ahí está la certificación del crítico aludido y de alguno más.

Podía respirar tranquilo. Había encontrado mi voz, mi tono, mi escritura, mi razón de ser en el mundo de las letras. Siempre que me lo propusiese, podría introducirme  en la piel de una personalidad de otro tiempo y, felizmente poseído,  escribir y soñar como ella misma lo habría hecho.

¿Solo siempre que me lo propusiese? ¿Solo personalidades de otro tiempo? Aquí viene lo del peligro. Un peligro similar al que corriera el Dr.  Jekyll en relación con Mr. Hyde. El buen doctor permitió que, de sí mismo, se formase el perverso Hyde, pensando que, cuando quisiera, podría controlarlo, reducirlo y hasta eliminarlo. Pero cuando quiso, no pudo. La similitud con mi caso consiste en que, hasta ahora, me dejaba poseer por ciertos escritores famosos cuando yo quería y, más o menos, como yo quería. O me dedicaba a mimetizarlos desde mi voluntad más libre. Hasta ahora.

Hace un tiempo, pongamos cinco meses, que casi todo cuanto escribo tiene para mí un aire como de conocido reciente. Tanto las frases como las piruetas mentales que las originan no me recuerdan al escritor que yo era antes de ese breve tiempo. Y hoy se me ha revelado la terrible verdad. He descubierto que, sin que yo lo haya premeditado y decidido, un escritor, y perfectamente vivo – lo que aún es más intolerable -,  está tomando posesión de mi espíritu.

No puedo permitirlo. No puedo aceptar convertirme en negro literario de cualquiera que pasa por ahí, sin haber acreditado por lo menos siglo y medio como difunto.  Si lo permitiese, estaría dando por buena aquella extraña idea del intruso en cuestión de que escribir es un desposeerse sin fin. He de dejar de leer a Vila-Matas.

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Intelectual devorado por la política II

El primer ejemplo moderno de intelectual devorado por la política que se me ocurre es el madrileño Mariano José de Larra. Practicante desde muy joven de la literatura de actualidad, es decir, del periodismo, el tema central de de sus preocupaciones fue la situación política y social de España y la manera de superarla. Su modelo eran los países más avanzados de Europa, y su método consistía en la exposición descarnada – con un humor ácido y hasta cruel – de los vicios y miserias  nacionales. También escribió una novela y varias obras de teatro, pero no es por esto por lo que ha pasado a la historia.

Convertido, a su temprana edad de 27 años, en uno de los personajes más celebres de España, no supo resistir la tentación de intentar llevar a la práctica sus ideas políticas, y a la primera oportunidad de una convocatoria electoral mínimamente correcta, se presentó para diputado a Cortes. Pero, recién elegido, un pronunciamiento militar (de carácter «progresista», cosa no infrecuente en la España de entonces) se le adelantó por la izquierda, de manera que, habiendo querido seguir el camino legal, fue declarado traidor y tratado como un apestado por la  compagnia malvagia e scempia de sus, hasta entonces, afines políticos. Seis meses después se pegó un tiro. Pero en esto intervinieron otras causas de más hondo calado personal.

Y la verdad es que en este momento no se me ocurren otros ejemplos de intelectuales fatalmente atraídos por la acción política, pero que los hay, seguro. O sea, que el problema está en mi ignorancia, no en los datos de la realidad. Cierto que me suenan los nombres de André Malraux y Jorge Semprún. Pero a estos no les fue muy mal, lo cual parece contradecir mi tesis. En mi descargo he de decir que, tanto el uno como el otro, más que políticos fueron gestores de la política cultural de unos partidos muy sólidamente asentados en el poder. O sea, que más bien habrían de ser considerados como funcionarios, condición ésta que nunca le ha venido mal al intelectual.

Y de pronto, pienso en el escritor Vargas Llosa, que sí se lanzó con brío a la arena política.  Pero  tuvo la inmensa suerte de ser derrotado en las elecciones presidenciales de su país, con lo que no sabe él, o quizá sí, la magnitud de los sinsabores que se ahorró.

Y cierro la lista con un ejemplo que creo indiscutible: el del ex papa Benedicto XVI. Hecho para los libros y las argumentaciones teológicas y filosóficas, nunca supo estar a la altura – o la bajura – de las exigencias políticas. Como botón de muestra recuerdo aquella ocasión en que «metió la pata» ante representantes de otra religión o cultura al expresarse según su propio universo intelectual, sin molestarse en consultar el Manual Internacional de lo Políticamente Correcto antes de abrir la boca. No es difícil, pues, imaginarlo en el laberinto de intereses e intrigas del Vaticano, a punto, como quien dice, de perder la cabeza.

No me cabe la menor duda de que Joseph Ratzinger constituye el ejemplo moderno más preclaro de intelectual devorado por la política.

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Intelectual devorado por la política I

Llamo aquí intelectual a aquella persona en la que prima la meditación sobre la ejecución, el pensamiento sobre la acción. Por lo general, estas personas suelen cultivar la filosofía o las ciencias sociales y sus aledaños, pero también la literatura o el periodismo. Y cuando meditan sobre la sociedad no solo la explican y la analizan, sino que además suelen proponer remedios. Lo malo – para ellas, se entiende – es cuando se lanzan a la arena para participar activamente en las lides políticas. Más que malo, mortal de necesidad. Tanto en el sentido figurado como – sobre todo en la antigüedad – en el literal.

Tengo una pequeña lista de ejemplos para demostrar o, mejor dicho, para mostrar – aquí no hay que demostrar nada – que el peor negocio que puede hacer un intelectual es meterse a político. Van desde la antigüedad romana hasta nuestros días. Y casualmente, o no,  algunos son protagonistas de novelas mías.

No se puede decir que Cicerón fuese un intelectual puro. Como buen romano de la época, aspiraba a participar en la gestión de la cosa pública. Y en ello empleó la vida, empezando por la abogacía y llegando a ostentar el consulado, especie de presidencia (dual) de la república. Pero siempre fue con la teoría por delante. Cierto que los vaivenes de la política real le obligaban de vez en cuando a inesperadas mudanzas, pero no menos cierto que nunca abdicó de su programa ideal, mientras que, a su alrededor, los verdaderos políticos seguían moviéndose no por ideas – pese a sus proclamas – sino por intereses. El caso es que los desaciertos prácticos de Cicerón no hicieron sino aumentar en los últimos años. Hasta el broche final, que consistió en apoyar al joven Octaviano (sobrino-nieto de Julio Cesar y futuro Augusto) frente a Antonio (ex-lugarteniente de César). La inesperada alianza entre los dos líderes hasta entonces enfrentados se llevó como prenda la cabeza de Cicerón. Literalmente, por supuesto.

Séneca era ya un intelectual de prestigio cuando Agripina  lo rescató de un destierro de desconocidas causas para ponerlo como preceptor de su hijo, el joven Nerón. Al principio la cosa fue muy bien. Y cuando el joven accedió al poder, todo el mundo estuvo encantado de que coincidiesen un maestro tan sabio con un muchacho tan prometedor. Pero el muchacho enseguida quiso dar por bueno el dicho moderno («…el poder absoluto corrompe absolutamente») y empezó a cometer barbaridades ante la perplejidad, se supone, del severo maestro. Y digo «se supone» porque Séneca, consejero de Nerón y, de hecho, una especie de primer ministro, parece que no pudo, no supo o no quiso contener las maldades de su pupilo y señor. Lo que sí está claro es que fracasó en su quehacer político, fracaso que le empujó a abandonar el cargo y poco después la vida, a instancias, en este caso, de su antiguo e ingrato discípulo.

Dante fue primero de todo y sobre todo un poeta. También un sabio, con sus interesantes aportaciones a la lingüística en De vulgari eloquentia, y finalmente un teórico de la política en De Monarchia. Pero en cierta etapa de su vida, como ciudadano de la república que era Florencia, quiso participar en la política. Partidario de la supremacía del poder civil sobre el eclesial y más o menos encuadrado en el partido de los llamados güelfos blancos, se opuso tanto a las pretensiones despóticas de los nobles locales como a las ambiciones anexionistas del Papa, poniendo su esperanza en un gobierno universal del emperador germánico (heredero del romano), que habría de garantizar las libertades de unos reinos y repúblicas autónomos.  Participó en el gobierno de Florencia, hasta que una maniobra conjunta de los enemigos antes citados lo descabalgó del poder y de la patria, y vivió desterrado el resto de su vida.

En los primeros tiempos del destierro, cuando aún tenía esperanzas, participó en la organización de las estrategias políticas y militares urdidas para derrocar al poder ilegítimo instalado en Florencia.  Fue entonces cuando hubo de sentir la misma amargura que sintiera Cicerón en compañía de los pompeyanos opuestos a César:  la experiencia de la compagnia malvagia e scempia (la compañía  malvada y estúpida), el triste descubrimiento de que, con frecuencia, lo peor no es el enemigo que tienes enfrente, sino el compañero que tienes al lado, movido por intereses bastardos y que, ante cualquier duda o matización tuya, está siempre dispuesto a espetarte: pero tú ¿de qué lado estás? No sé por qué, imagino que ésta debe de ser la verdadera cruz del intelectual honrado metido en política.(continúa)  

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