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Consideraciones generales sobre la literatura y la vida.

Emil Ludwig

emil ludwigHubo un tiempo – pongamos la primera mitad del siglo XX – en que cierto género literario alcanzó tal difusión y protagonismo que no se concebía biblioteca particular alguna sin una nutrida representación del género: la biografía, en especial la de literatos y artistas. Escritores de primera fila se complacían en mostrar al lector las vidas y almas de otros escritores o artistas y de ciertos personajes de la vida pública del pasado. Muchos de aquellos escritores-biógrafos se han sumido en el olvido. Algunos nombres permanecen. Como Stefan Zweig, en lugar destacado, y otros cuyo recuerdo va palideciendo en la memoria literaria común: André Maurois, Romain Rolland, Emil Ludwig… De Emil Ludwig quería hablar.

Yo conocí justo el final de aquel tiempo. En 1958 tenía 18 años y quería ser escritor. Entre otras cosas me interesaba saber cómo era un escritor de verdad. Así que, además de a la lectura de las obras, me aplicaba a investigar la personalidad de los autores. De acuerdo con el gusto de la época, la modesta biblioteca familiar contaba con algunas biografías de famosos. Un buen día tomé el primer volumen de la biografía de Goethe – de quien creo que aún no había leído nada – escrita por un tal Emil Ludwig y traducida en parte por Ricardo Baeza. Quedé fascinado. Fue una revelación absoluta. La magia del biógrafo consiguió que, sin ninguna preparación previa, me sumergiese cómodamente en la época, el mundo, el ambiente y, sobre todo, en la personalidad del biografiado. Y es que buscando plata, encontré oro, quiero decir que, buscando solo un escritor de verdad, di con un hombre de verdad: Goethe.

Con el paso del tiempo, la vida fue dando vueltas, y en medio de todas sus mudanzas solo una cosa permanecía intacta: la manía de escribir. Y sin embargo, hasta hace relativamente poco, es decir, hasta edad bastante avanzada, aquella manía no empezó a dar frutos dignos de ofrecerse al lector (editoriales mediante, que esta es otra historia) sin avergonzarme.

Sin pretenderlo, obedeciendo a un destino que quizá apuntaba ya en mis lecturas juveniles, elegí como tema principal de mis obras la reelaboración novelesca de las vidas y personalidades de grandes escritores. Catulo, Cicerón, Dante, Schopenhauer, Larra… La elección de cada uno de estos nombres tiene su propia historia secreta. Secreta incluso para mí, porque tengo la impresión de que en esas elecciones fue más decisiva mi parte inconsciente que la consciente. En el caso de Schopenhauer, aparte de motivaciones inconscientes, una circunstancia concreta fue decisiva en mi elección. No era el filósofo en principio una persona que me motivase lo suficiente para colocarla en el centro de una ficción, pero un dato biográfico llamó poderosamente mi atención. Es el caso que no sé cómo me enteré de que las vidas de Schopenhauer y Goethe se habían cruzado. Investigué y vi que, no solo habían entrado en contacto brevemente – uno joven y el otro anciano -, sino que el encuentro había marcado de alguna manera la vida del filósofo. Y seguí investigando. Y empecé a escribir. Y el resultado fue El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, que la desaparecida editorial Cahoba publicó en 2006, y que ahora ha reeditado (con el título recortado) la editorial Piel de Zapa, con su característico bien hacer.

A diferencia de la de Schopenhauer, la personalidad de Goethe me era bien conocida desde los lejanos días de la adolescencia, desde aquella lectura fascinante de una biografía, escrita por Emil Ludwig con caracteres mágicos. ¿Ludwig? ¿Pero quién se acuerda hoy de Emil Ludwig?…Yo, naturalmente.

(Publicado en la revista QUÉ LEER, Nº 214, noviembre 2015)

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El caso de los escritores rechazados (refundido)

Por las editoriales, se entiende. En cierta revista digital leí hace un tiempo un esbozo muy pertinente sobre el caso de tantas novelas rechazadas una y otra vez por ciertas editoriales y que luego han triunfado clamorosamente, editadas por otras.

¿Por qué se produce este extraño fenómeno? ¿Por qué obras que hoy consideramos indiscutiblemente buenas fueron rechazadas, por malas, por las editoriales? O, dicho en prosa, ¿por qué obras supercomerciales a todas luces fueron rechazadas por no comerciales? ¿Acaso los profesionales de la edición son unos incompetentes absolutos? ¿O se trata de simples casos puntuales que, por lo llamativo, ensombrecen el buen hacer habitual de los editores en cuestión? Las preguntas son muchas. Y las respuestas correctas no existen. Se trata entonces de reflexionar libremente de manera que vayan surgiendo las posibles razones, o sinrazones, de un comportamiento tan errático.

Para empezar, se ha de tener en cuenta que una editorial es una empresa, es decir que su fin principal es el de obtener beneficios. O más bien habría que decir que ése es su fin básico, porque, sin su cumplimiento, no podría subsistir como editorial ni como empresa. Pero no es el único. También el fin básico de un negocio de alimentación es obtener beneficios, y no por eso vende productos en mal estado (cosa, por cierto, que algunas editoriales parece que sí pueden hacer).

Toda empresa tiene sus presuntos expertos (el mismo empresario, si es pequeña) dedicados a estudiar y decidir cuáles son los mejores productos y cuál la mejor manera de venderlos. Así, una editorial valora los originales que se le presentan y en función del resultado de esa valoración decide publicarlos o no. A veces, existe un desfase entre la valoración comercial y la artística. Pues sucede a menudo que obras defendidas rotundamente por los lectores profesionales de una editorial, son finalmente rechazadas por la dirección (que tiene sus razones, que los literatos no entienden).

Pero, incluso cuando existe esa discrepancia fundamental entre lo presuntamente comercial y lo presuntamente artístico, nada garantiza que la opción que se tome, cualquiera que sea, resulte la acertada desde el punto de vista del tribunal del futuro, pues con mucha frecuencia se ha dado el caso de obras rechazadas por no comerciales, que acaban siendo éxitos de ventas, y de obras rechazadas por literariamente “malas”, que hoy forman parte de la bibliografía de un premio Nobel.

La conclusión de todo esto es que no hay fórmulas seguras; que hacen bien los editores que se guían por el “instinto”. Porque de todas maneras pueden meter la pata y, guiándose por el instinto, por lo menos no tienen que preocuparse por revisar unas razones, métodos y criterios directamente inexistentes.

¿Y qué pasa con el escritor rechazado? Nada bueno, para él. Si es primerizo en todos los aspectos, es fácil que se desanime y que decida dedicarse a otra cosa, decisión que nunca sabremos si habrá resultado provechosa para la literatura o si habrá supuesto una pérdida irreparable. Aunque también es posible que siga obstinado en su intento el resto de su vida, con algún resultado o ninguno.

Pero puede darse el caso de que el escritor en cuestión tenga cierta experiencia, que incluso haya podido hacerse una idea del valor objetivo (?) de su obra, y hasta que haya publicado algo. Aquí las reacciones pueden ser diversas. 

Está el perseverante, que no ceja en su intento e inunda todas las editoriales con sus originales y solicitudes; el dubitativo, que ante el bajón de su autoestima se da una tregua para reflexionar humildemente sobre los posibles fallos de su escritura, o el estoico, que hace como si no hubiese pasado nada y sigue con su labor creadora, que es en realidad lo único que le importa…hasta que le da por llamar a otra puerta. Pero, cualquiera que sea el caso y por mucho que alguno se las dé de estoico, hay algo evidente: un rechazo es una bofetada. Y se ha de ser practicante de un cristianismo muy avanzado para no sentir, cuando se recibe, el imperioso deseo de devolverla con toda contundencia. Esto es algo que los editores deberían tener siempre presente. Cierto que los escritores no suelen ser gente violenta (hay excepciones), ni aficionados a contratar sicarios para lo que sea. Pero no es menos cierto que el ingenio unido a la mordacidad puede producir serios efectos urticantes. Está el caso de Schopenhauer, por ejemplo.

Este filósofo alemán, que tardó casi toda la vida en alcanzar la fama que sin duda merecía, presentó, en sus años de oscuridad, un riguroso tratado filosófico a un concurso que convocaba la Real Sociedad Danesa de las Ciencias: fue rechazado. Años después, cuando, ya célebre, publicó el tratado, hizo incluir bajo el título la siguiente frase. “No premiado por la Real Sociedad Danesa de las Ciencias”. No hace falta recordar que Schopenhauer no era cristiano.

En conclusión, que el editor ha de ser sumamente experto en el arte del rechazo. Y algunos lo son. Pero la mayoría, no. Se contentan con endilgar al aspirante cierta frase inventada hace por lo menos un siglo: “Lo sentimos, pero su obra no encaja en nuestra línea editorial”. Un poco de imaginación, por favor…

Pero, sin pasarse. Tampoco hay que caer en una especie de surrealismo incontrolado. Como el de aquel editor, cuyo nombre no recuerdo (o quizá sí, pero no se trata ahora de hacerme el Schopenhauer), al que presenté mi novela El corzo herido de muerte. En conversación telefónica, después de alabar la obra y de dar algunas razones para el rechazo, concluyó: “Es una novela muy bella, lástima que no se publique.” Un artista, sí señor.

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Los amantes apócrifos

Los aficionados a la historia en sus aspectos más populares (biografías, anécdotas, novelas históricas) corren un peligro del que supongo que no suelen ser conscientes y, si lo son, imagino que no lo consideran como peligro sino más bien como aliciente. Consiste en tomar por verdaderos ciertos hechos que son dudosos cuando no manifiestamente falsos. Estos hechos pueden ser de diversa naturaleza y género, pero hay uno en concreto que me llama mucho la atención: la atribución de una relación amorosa – física, por supuesto – a la primera pareja que se ponga a tiro.

Aunque ya hace tiempo que descubrí esta curiosa inclinación de ciertos historiadores superficiales, emparentados con los llamados periodistas “del corazón”, no ha sido hasta ahora, a propósito de Bettina, que me ha dado por pararme a reflexionar un poco sobre el tema.

Uno. Bettina Brentano fue una mujer excepcional, prodigiosa en muchos aspectos, pero lo que aquí interesa es su especial relación con Goethe. Lo conoció de muy joven (ella veintiún años, él casi sesenta) y concibió por él una admiración y un amor – más bien en la distancia – absoluto. Le escribió muchas cartas, que años después publicó debidamente aderezadas y con algunas respuestas de él poco fiables en cuanto a la autenticidad. Pues bien, en muchos lugares se lee que Bettina fue amante de Goethe.

La verdad es que Goethe, al principio halagado, como es natural, por la devoción que le profesaba una muchacha tan joven, bella e inteligente, llegó a sentirse agobiado por el acoso epistolar, con algunas visitas, a que fue sometido, hasta el extremo de referirse a ella como “moscardón”. Vamos, lo que en la lengua vulgar de hoy llamaríamos “mosca cojonera”.

Dos.  A diferencia del suicidio clásico, en el suicidio romántico está siempre presente el amor. O eso parece. Y si un poeta romántico se suicida parece cosa de locos dudar de que un gran amor anda por medio. Y si se mata en compañía de una mujer, entonces ya no hay más que hablar. Es lo que ocurre con Kleist.

Heinrich von Kleist, escritor alemán nacido una década antes que Bettina, llegó a sufrir lo que hoy llamaríamos una severa (o sea, grave) depresión por el hecho principal de que su obra no obtenía el reconocimiento que creía que merecía. Ninguneado por el mundo intelectual, además de por su propia familia, que le había otorgado el socorrido título de “fracasado”, se preguntaba qué hacia él en este mundo. Y decidió partir. Pero quiso ir acompañado. Después de algún intento sin éxito, encontró lo que buscaba: una mujer de su edad, Henriette Vogel, condenada a muerte por una enfermedad terminal. Y se fueron juntos.

No estaban locamente enamorados. No importa. En multitud de relatos y referencias los veremos descender a la tumba como paradigma del amor total más poderoso que la muerte.

Tres. La poeta argentina Alfonsina Storni y el escritor uruguayo Horacio Quiroga mantuvieron durante un tiempo una estrecha amistad. A la vista de todo el mundo. Incluso solían ir a pasear con los hijos respectivos. ¿Fueron amantes? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Pero muchos lo afirman. Aunque algunos hechos lo pongan seriamente en duda, lo afirman igualmente. Aún reconociendo la absoluta falta de pruebas (como si fuese un delito) insisten en afirmarlo. ¿Exagero? En absoluto. Y aquí un ejemplo.

En el artículo de Wikipedia sobre Alfonsina Storni, se habla en las primeras líneas de un poema de Alfonsina “dedicado a su amigo y amante (Horacio)”. Bastantes líneas después, hacia la mitad del largo artículo, se dice “nunca se supo si él y Alfonsina fueron amantes”. ¿En qué quedamos? ¿Cómo se explica tamaña contradicción?

Yo creo que se explica si pensamos que el redactor era un aficionado de tantos a los amoríos apócrifos, pero que tuvo sus escrúpulos y colocó mucho más adelante la segunda frase. Después de todo, ¿cuántos lectores llegan tan lejos?

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Ricardo Piglia y los cambios extremos

Rompiendo una costumbre mía absurda e injustificable me he puesto a leer a un escritor actual. No es que haya decidido pasarme a la actualidad rabiosa, Dios me libre, sino que pienso que quizá sean convenientes estas breves y muy espaciadas incursiones en la literatura del presente. La última fue hace unos tres años con Vila-Matas. Y no me arrepiento en absoluto. De todo se aprende.

Ahora se trata de Ricado Piglia, un escritor argentino, de mi edad, que ha alcanzado tal fama que se le considera uno de los mejores escritores en lengua castellana de nuestros tiempos (no sé si él utiliza “castellana” o “española”, es tema que tiene mucho jugo y tal vez un día me dedique a exprimirlo).

Leo Los diarios de Emilio Renzi, diario fingido de un señor, que viene a ser el mismo Piglia, y lo primero que me sorprende es la similitud conmigo en el tema de las primeras lecturas e intereses. Habla incluso de Corazón, de Edmondo De Amicis, y se refiere a los libros de su vida como yo a los libros de mi vida en este mismo blog. Cosa generacional, supongo.

Otro detalle que me ha llamado la atención es su consideración de los cambios de opinión (de chaqueta en algunos casos) de algunos compañeros de su juventud. Es algo sobre lo que yo he reflexionado en ocasiones para mí mismo: la extraña mutación que a veces se produce en individuos de la extrema izquierda que se ven lanzados a la más extrema derecha. Y cuanto más extremo es el punto de partida, más extremo es el de destino, en el otro lado, se entiende. He conocido algunos casos. Personalmente, virtualmente y por la prensa.

Uno de los más famosos fue el de cierto escritor y profesor universitario español, cuyo nombre ha sonado especialmente estos días con ocasión de la presentación de una novela suya, que pasó del izquierdismo revolucionario más extremo a lo más extremo del derechismo español, que ya es pasarse. ¿Cómo se explica?

Un ex compañero suyo, el activista italiano Toni Negri, se lo explica de la manera más cómoda: se ha vuelto loco. Pero yo creo que es más aguda y realista la razón que da Piglia a propósito de sus antiguos compañeros (no sé si tan extremosos como el aludido):

Mis viejos amigos, en cambio, a medida que envejecen aspiran a ser lo que antes odiaban, todo lo que detestaban ahora lo admiran, ya que no pudimos cambiar nada, piensan, cambiemos de parecer…

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Goethe: retrato del rival

Johann Christian Kestner era el novio y luego marido de Charlotte Buff, quien, con el nombre de Lotte, aparece en la novela de Goethe Las desventuras del joven Werther como amada imposible del desdichado protagonista de una ficción demasiado parecida a la realidad. Kestner, que también aparece en la novela, bajo el nombre de Albert, dejó escritas unas líneas sobre aquel Goethe de 23 años, su estimado rival. Era el otoño de 1772.

Posee lo que llamamos genio y una imaginación extraordinariamente viva. Es intenso en sus afectos. Tiene una manera de pensar noble. Es un hombre de carácter. Ama a los niños y sabe ocuparse muy bien de ellos. Es raro, y en su comportamiento, en su exterior, hay diversas cosas que pueden hacerlo desagradable. Pero resulta simpático a los niños, a las mujeres poco agraciadas y a muchos otros. Hace lo que se le ocurre, sin preocuparse de si agrada a los otros, o si es moda, o si los modales sociales lo permiten. Detesta toda coacción. Tiene en alta estima el género femenino. Aún no posee unos principios demasiado firmes y aspira todavía a cierto sistema. […] No cae bajo lo que entendemos por ortodoxo. Pero eso no se debe al orgullo, o a un capricho, o al deseo de representar algo. No le gusta molestar a los otros en sus convicciones pacíficas. No va a la iglesia, tampoco a la celebración de la eucaristía, y pocas veces reza. Pues dice: “Para ello no soy suficientemente mentiroso” […] Siente un elevado respeto por la religión cristiana, pero no bajo la forma como nuestros teólogos se la representan […] Aspira a la verdad, aunque la tiene en más alta estima bajo la forma de sentimiento que bajo la modalidad de demostración […]. Ha convertido las ciencias y las bellas artes, e incluso todas las ciencias, aunque no las llamadas prácticas, en su obra principal […] Dicho con pocas palabras: es un hombre sorprendente. 


(De una carta de Kestner, reproducida en Goethe, de Rüdiger Safranski)

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La vida, ¿por una causa?

Hay varias maneras de vivir la vida. Pienso ahora en la del que la emplea en una causa que es para él más importante que la misma vida.

Y cuando digo “causa” no me refiero a la del científico o del artista que centran su existencia en el bien hacer, incluso en la abnegación, profesional. Me refiero a aquello que en mi juventud se llamaba “compromiso” (engagement).

Una lectura reciente me ha traído viejos recuerdos; me ha despertado cierta añoranza, teñida de melancolía, por aquel tiempo en que yo mismo dudaba de si había de entregarme a la causa, comprometerme a fondo hasta las últimas consecuencias. Decidieron en contra algunos de mis defectos y de mis virtudes: indolencia, comodidad, moderación y una natural lucidez en la consideración de los medios y los fines.

Cierta añoranza, teñida de melancolía, pero en sentido inverso, es lo que expresa el párrafo leído. Es de Jorge Semprún, quien, en su ancianidad, se pregunta qué habría sido de su vida de no haberse entregado a la causa, no obstante las decepciones que la iban erosionado por el camino. Las personas incapaces de imaginarse entregadas a un compromiso serio, más serio e importante que la propia vida, no entenderán sus palabras. Para las otras, copio el texto:

Intenté imaginar mi vida sin el compromiso total, en cuerpo y alma, con la aventura del comunismo. Por aquel entonces, en 1960, se había apagado ya el fuego de mi primer fervor. No esperaba ya nada realmente creativo de la práctica del marxismo, ni aun depurado con mis desviaciones personales, todavía íntimas. Incluso la clandestinidad española, fraternal y pródiga en riquezas emocionales, dejaba traslucir sus defectos de ritual y de rutina. Así y todo, no alcanzaba a imaginar mi vida pasada sin ese compromiso total. Sin él, hubiese sido más cómoda, desde luego. Pero tal vez había sido necesaria toda esa locura, esa enajenación de uno mismo, esa exaltación, ese sabor amargo de un vínculo trascendente, esa ilusión por el futuro, ese sueño obstinado, esa racionalidad suntuosa pero contraria a todas las razones razonadoras y razonables, todo ese odio, ese amor, ese cariño a los compañeros desconocidos de la larga marcha interminable, esos retazos de cantos, de poemas, de consignas lanzadas a la faz del mundo como una llamada de esperanza o de angustia, ese sufrimiento bajo la tortura y el orgullo de haber resistido a ella: tal vez había sido necesario todo eso para conferir a mi vida una oscura y rutilante coherencia. Tal vez sin esa locura me habría dispersado en pequeñas desdichas e ínfimas dichas privadas, en la provisionalidad de una larga serie de días que hubieran acabado por crearme una vida.

Jorge Semprún, Adiós, luz de veranos. Trad. Javier Albiñana.

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Melancolía de Navidad, 2014

No, no es por la repentina conciencia del tiempo que pasa inmisericorde, ni por la nostalgia de la infancia y la juventud perdidas, ni por el obligado recuerdo de los que ya no están con nosotros, ni por las poco alegres condiciones de estas navidades. La melancolía de la Navidad es para mí algo consustancial de las mismas fiestas. Antes, ahora y tal vez siempre.

La mañana soleada, el paseo matutino de los niños con el padre, mientras las mujeres ultiman en casa todo lo necesario. El gran aperitivo, la profusión de vasos, copas, copitas , tacitas y toda suerte de cubiertos sobre la mesa, con impolutos manteles blancos bordados. Y la larga y ancha procesión de manjares, el vino, el champagne (aún no llamado “cava”), los barquillos, el café, los turrones, el jerez, los licores (todo está permitido ese día incluso para los pequeños).

Y mientras los mayores cuentan viejas historias familiares, mil veces oídas, y la tarde es ya noche oscura en el exterior, uno de los hijos, ya adolescente, se derrumba sobre un sillón, ofuscado por la bebida y la calidez del ambiente, quizá soñando con huidas imposibles. Toma una revista que está a su alcance, la hojea con desgana y, de pronto, se detiene en una página. Trata de poesía, de la Navidad y de un gran poeta catalán muerto hace unas décadas. Lee:

Sento el fred de la nit i la simbomba fosca…

El adolescente siente que hay algo mágico en ese lúgubre inicio. Sigue leyendo… y acaba:

Demà posats a taula oblidarem els pobres 
-i tan pobres com som- 
Jesús ja serà nat
Ens mirarà un moment a l’hora de les postres 
i després de mirar-nos arrencarà a plorar. 

 

Y es entonces cuando se le muestra al mismo tiempo el misterio de la poesía y la insoportable melancolía de la Navidad. Porque también él, como Jesús, llora ante la irremediable pobreza de los hijos de este mundo.

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Por extraño que parezca

Por extraño que parezca hay escritores que no buscan la fama. Por extraño que parezca hay escritores a los que solo les interesa escribir, crear. Si me preguntan dónde están esos escritores, me pondrán en un aprieto. Yo no conozco a ninguno – cierto que conozco muy pocos de la actualidad -, pero estoy seguro de que los hay. Y más seguro aún de que los ha habido.

Y no me refiero a ese extraño tipo de persona que anda buscando el fracaso, ente ficticio creado por la mente hipercalórica de un escritor de nuestros días. Me refiero a aquel buen hombre, o a aquella buena mujer, que tiene el vicio de escribir cuanto mejor, mejor, y que no anda pendiente del viento de la moda, sino de llegar con sus palabras al descubrimiento y exposición del mundo exterior y del que lleva adentro, que son en suma lo mismo.

Ernesto Sabato no manifestó nunca ninguna necesidad ni ansia de ser famoso. Se puede pensar que fue así porque lo consiguió al primer intento, pero este pensamiento queda anulado ante la realidad de su ímpetu pirómano, que entregó a la hoguera cantidades de originales de los que se negó a obtener ningún provecho.

Franz Kafka sentía un inmenso pudor cada vez que su amigo Max Brod le arrancaba un original para que se publicase. Y expresó su deseo de que todos sus escritos no publicados fuesen destruidos. Por suerte para nosotros su amigo fiel le fue en esto infiel, dando con ello una maravillosa muestra de lealtad al escritor y a la humanidad lectora.

Se sabe de otros varios, todos escritores de primera línea, que estaban tan entregados a su obra que ni se les ocurría pensar en las posibles consecuencias prácticas, en dinero o en prestigio. Pienso ahora en Emily Dickinson, pero seguro que hay más, bastantes más. Tantos que se podrían contar con los dedos de las dos manos…O de una.

Sí, por extraño que parezca hay escritores que no buscan la fama; escritores a los que solo les interesa escribir, crear.

A veces imagino que soy uno de ellos.

Pero entonces no me habría subido a esta ridícula tribuna.

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Melancolía de Navidad, 2013

No, no es por la repentina conciencia del tiempo que pasa inmisericorde, ni por la nostalgia de la infancia y la juventud perdidas, ni por el obligado recuerdo de los que ya no están con nosotros, ni por las poco alegres condiciones de estas navidades. La melancolía de la Navidad es para mí algo consustancial de las mismas fiestas. Antes, ahora y tal vez siempre.

La mañana soleada, el paseo matutino de los niños con el padre, mientras las mujeres ultiman en casa todo lo necesario. El gran aperitivo, la profusión de vasos, copas, copitas , tacitas y toda suerte de cubiertos sobre la mesa, con impolutos manteles blancos bordados. Y la larga y ancha procesión de manjares, el vino, el champagne (aún no llamado “cava”), los barquillos, el café, los turrones, el jerez, los licores (todo está permitido ese día incluso para los pequeños).

Y mientras los mayores cuentan viejas historias familiares, mil veces oídas, y la tarde es ya noche oscura en el exterior, uno de los hijos, ya adolescente, se derrumba sobre un sillón, ofuscado por la bebida y la calidez del ambiente, quizá soñando con huidas imposibles. Toma una revista que está a su alcance, la hojea con desgana y, de pronto, se detiene en una página. Trata de poesía, de la Navidad y de un gran poeta catalán muerto hace unas décadas. Lee:

Sento el fred de la nit i la simbomba fosca…

El adolescente siente que hay algo mágico en ese lúgubre inicio. Sigue leyendo… y acaba:

Demà posats a taula oblidarem els pobres 
-i tan pobres com som- 
Jesús ja serà nat
Ens mirarà un moment a l’hora de les postres 
i després de mirar-nos arrencarà a plorar. 

Y es entonces cuando se le muestra al mismo tiempo el misterio de la poesía y la insoportable melancolía de la Navidad. Porque también él, como Jesús, llora ante la irremediable pobreza de los hijos de este mundo.

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Los libros en mi vida

Hace tiempo – no más de un año, por supuesto – que intento liberarme de la adicción bloguera. No lo consigo. Hace tiempo que creo que debería escribir algo serio, largo y bien estructurado. No lo consigo. Todo se me va en pequeños apuntes más o menos ingeniosos, que lanzo ipso facto al espacio  internet.

He decidido poner fin a esta situación, olvidarme un poco de este sistema de comunicación instantánea y ponerme a construir un libro. Una obra.

Para ello, he retomado una vieja idea: escribir una especie de ensayo en el que vayan de la mano los comentarios de los libros y autores que más me han influido, junto con alguna pincelada del momento, personal y social, en que los leí.

Un título se me impuso enseguida: Los libros en mi vida.  Lamentablemente ya lo había utilizado Henry Miller en su interesante The books in my life. No es que yo crea que los títulos – y aún menos los tan obvios y funcionales como éste – puedan ser objeto de apropiación exclusiva, pero preferiría algo más propio, más original. Al final di con uno: Mis escritores vivos. La verdad es que no me convence, pero mientras no se me ocurra nada mejor, ahí está.

La obra no la imagino – porque de momento todo es imaginación – como un sesudo ensayo literario, ni como un pretexto para colocar recuerdos (memorias) de un tipo anecdóticamente tan poco interesante como yo. Más bien la imagino como un distendido ejercicio de nostalgia y de homenaje a aquellas personas que me acompañaron en mi caminar ideal por el mundo. En cuanto al tono, solo pretendo conservar, depurar y en definitiva mejorar, el que utilicé en mi última obra publicada, rebajando un poco lo desenfadado y «gracioso» del texto en cuestión. Los que hayan leído Del suicidio considerado como una de las bellas artes sabrán a qué me refiero.

Y ahora debo ponerme manos a la obra y olvidarme durante una larga temporada de mi blog y de mis lectores blogueros. Sé que esto último no lo conseguiré. Y aun temo que no se convierta este blog en una ventanita por donde se escapen algunos fragmentos de lo que vaya escribiendo. Veremos.

Y como despedida, una cita que le va a mi propósito como anillo al dedo:

«Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído»                                                                                                                                                                                                                               J.L. Borges

(Modificado en Los libros de mi vida (corregido) )

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