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Goethe, poesía y verdad II

frankfurt 1750Johann Wolfgang von Goethe nació en Frankfurt del Main el 28 de agosto de 1749, en el seno de una familia de clase media acomodada (su padre había sido consejero municipal). A los 16 años empezó a estudiar derecho en Leipzig, donde disfrutó de la alegre vida estudiantil y tuvo su primer amor, tan sentido como luego literario, Kätchen, a la que sin duda tuvo presente al concebir a la protagonista de la primera parte de Fausto. Renunció a ella, en un gesto que luego se había de repetir en diferentes formas a lo largo de su vida.

De vuelta a Frankfurt, pasó una larga temporada cobijado en el hogar paterno sin dedicarse a nada en concreto, aunque siempre aprendiendo y absorbiéndolo todo. Durante el año que a continuación vivió en Estrasburgo prosiguió sus estudios, conoció a Herder, con el que había de mantener una amistad ininterrumpida, si bien con altibajos, y se enamoró de una joven llamada Federica de quien, antes de pasar a mayores, y como ya empezaba a ser costumbre, huyó sin apenas despedirse.

Después de demorarse un año en Frankfurt con su flamante título de abogado, se traslada a Wetzlar para realizar prácticas jurídicas en el tribunal imperial de apelaciones. Durante la estancia en esa localidad, recién cumplidos los 23 años de edad, se enamora de Charlotte Buff, joven que ya estaba comprometida, y sus vivencias dan lugar, más de un año después, a la creación de la novela Las desventuras del joven Werther, que acaba con el suicidio del protagonista. En la realidad el asunto terminó con la huida de Goethe, recurso en el que el escritor ya tenía cierta práctica.

La novela fue un éxito absoluto. Quizá el primer superventas a corto plazo de la historia editorial. Sin grandes medios de comunicación de masas, sin promociones ni estudios de mercados entonces inexistentes, la novela se propagó al instante por toda Europa, alcanzando cifras que hoy pueden parecer modestas, pero que entonces no lo eran. Fueron los jóvenes especialmente quienes se sintieron tocados por el drama del joven suicida. Muchos adoptaron la indumentaria del protagonista, frac azul y chaleco amarillo, y una extraña ola de suicidios, quizá magnificada, se extendió por Europa. Si añadimos a esto que, meses antes, había estrenado con éxito su primer drama (Goetz von Berlichingen), tenemos que, a los 25 años, Goethe se había convertido en uno de los autores más famosos de Alemania. Los inicios de esta fama los disfrutó en su ciudad natal, en Suiza y con la representación de un nuevo noviazgo de final previsible.

Estando de nuevo en Frankfurt, pasó un príncipe azul y se lo llevó consigo. Era el Duque Carlos Augusto, inminente soberano del pequeño estado de Weimar-Sajonia-Eisenach, uno de los muchos principados en que se hallaba dividida Alemania en aquella época. La verdad es que las tierras germánicas constituían un impresionante galimatías político, entre pequeños estados más o menos soberanos, ciudades libres, teóricamente dependientes del Sacro Imperio, y los dos grandes polos del poder político: la Austria de los Habsburgo (metrópoli del ya casi inexistente Sacro Imperio Romano Germánico), y la Prusia de los Hohenzollern, poder emergente que, un siglo después, había de ser la fuerza aglutinante del nuevo estado alemán.

El caso es que en octubre de 1775, a los 26 años de edad, Goethe abandonó Frankfurt para establecerse en Weimar, donde había de pasar el resto de su vida.

Durante los primeros años las relaciones entre el príncipe y el poeta fueron más que buenas. Ambos eran jóvenes, inquietos (relativamente en el caso del poeta), y amigos de los placeres. Pero en lo básico eran dos personalidades muy diferentes. Mientras Goethe, con todos sus altibajos, debidos en parte a sus obligaciones político-burocráticas en el ducado, seguía atento a la evolución de su personalidad y a la comprensión total del mundo, Carlos Augusto permanecía encerrado en la esfera de la caza (sustitutivo de las hazañas bélicas que tanto deseaba), la buenas mozas y otros placeres estrictamente mundanos. Con el tiempo, la cálida amistad de los primeros años se convirtió en una cortesía distante por parte de ambos, lo que no impidió que Goethe mantuviese toda su autoridad en el ducado como eficaz gestor de tareas públicas y, en los últimos años, como figura de gran prestigio – con seguridad la más alta de Alemania – que atraía personalidades de toda Europa y había convertido Weimar en un centro cultural de primer orden.

Durante los casi sesenta años que permaneció en Weimar, con salidas esporádicas – la más decisiva, el viaje a Italia – alternó o compaginó la actividad literaria con la pública-política (como ministro, diríamos hoy) en campos tan distintos como la minería, las finanzas, la agricultura, la instrucción pública, y dirigió el Teatro de Weimar. Interesado desde siempre por la ciencia, dedicó al estudio de la naturaleza y en especial a la óptica, más tiempo y entusiasmo que a la producción literaria, que iba fluyendo a su ritmo natural sin apenas esfuerzo.

Procuró proteger la vida íntima de la curiosidad cortesana, manteniendo amores epistolares-platónicos con damas más o menos aristocráticas. Pero finalmente se unió con una modista con la que, tras años de convivencia, contrajo matrimonio, obligando, por así decirlo, a la buena sociedad de Weimar a aceptar a la flamante señora Goethe. (Fue en este aspecto decisiva la actitud de Johanna Schopenhauer, madre del filósofo, quien, ante el dilema que se le presentaba a aquella sociedad, sentenció: “Si Goethe le ha dado su apellido, bien podemos nosotras ofrecerle una taza de té”). Tuvo un hijo, que no heredó ninguna de las cualidades del padre.

Su último enamoramiento, a los 73 años, de una joven de 18, no acabó ni en renuncia ni en realización, sino que dio a luz a uno de los poemas más hondos y exquisitos de la literatura universal: la Elegía de Marienbad.

Y al término de una trayectoria vital larga y plena en casi todos los sentidos, Goethe murió el 22 de marzo de 1832, después de trazar con el dedo unos signos en el aire, quizá los últimos versos.

Releo lo escrito y siento que algo no ha ido bien: no he sabido trasmitir toda la grandeza del escritor, ni siquiera toda la importancia que ha tenido para mí. En otros casos, en menos páginas, he sabido dar una visión correcta o comprensible del autor correspondiente, o eso me parece. Ahora, no. Goethe es tan grande que ni siquiera una mirada desde muy lejos puede abarcarlo.

No solo fue poeta, aunque lo fuera por encima de todo. Hombre de acción, organizador, investigador de la naturaleza, filósofo sin sistema, creía sobre todo en lo que veía. Pero su visión era tan clara y aguda que veía mucho más de lo que en general se creía. Suya es la idea de que no hay que buscar una teoría tras los fenómenos, porque los fenómenos ya son la teoría. Y entre las cosas que “veía” estaba esa alma del mundo, que el investigador especializado, el erudito del detalle nunca podrá descubrir, porque no sabe:

Que ningún detalle aislado permite encontrar diferencia entre el hombre y el animal; que, por el contrario, el hombre aparece estrechamente ligado con la bestia. Solamente la armonía del conjunto hace de un ser lo que es […] Toda criatura no es más que una nota, un matiz de una gran armonía que es preciso estudiar, a su vez, en sus grandes líneas, bajo pena de no hallar más que letra muerta en los detalles tomados aisladamente.

Ahí reside la diferencia entre el estudioso solo atento a lo que tiene delante y el sabio-poeta que posa la mirada sobre el todo al mismo tiempo que sobre el detalle. Ahí la diferencia entre Goethe y casi todos los científicos y pensadores; ahí la enorme distancia entre el dios viviente en los libros y el tímido estudiante que no sabía qué iba a ser de su vida.

La vida, ¿la dirige uno mismo? ¿O ya está todo escrito? Y el dios avanza la poética respuesta:

Como azuzados por invisibles espíritus corren raudos los caballos del tiempo, arrastrando el carro leve de nuestro destino, y a nosotros solo nos queda retener animosos las riendas y dirigir el carro tan pronto a la izquierda como a la derecha, salvándolo aquí de una piedra, allí de un vuelco. ¿Adónde va? ¡Quién lo sabe! ¡Apenas recuerda de dónde viene!

(De Los libros de mi vida)

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Goethe, poesía y verdad I

De muchacho, lo elegí sin conocerlo.

Esta primera frase del prólogo de la biografía escrita por Emil Ludwig podría ser también la primera del capítulo que ahora dedico al poeta alemán. Y de hecho, ya lo es. Y es que también yo lo había elegido sin conocerlo cuando, en un libro de literatura de bachillerato, leí un párrafo de una de sus obras más famosas. Ignorando entonces casi todo de la obra y del autor, aquellas líneas fueron como el anuncio de algo muy especial que un día se me había de revelar.

El día había llegado. Me lo confirmaron unas palabras del mismo poeta (de una carta escrita en su juventud), citadas ya en las primeras páginas de la biografía:

Todos nuestros placeres están en nosotros mismos. Nosotros somos nuestro propio demonio, nosotros mismos nos expulsamos de nuestro paraíso.

Ése era el Hombre, ése era el Poeta. Pero ¿cómo fue el encuentro?

En la modesta biblioteca familiar, entre las biografías de grandes hombres no faltaba la de Goethe. Dos tomos elegantemente encuadernados, de Editorial Juventud. Era un día de julio de 1958. Yo había terminado el primer curso de derecho y tenía ante mí tres meses largos de vacaciones, que no pensaba malgastar en extraños trabajos remunerados – como algunos de mis compañeros que, por familia, no lo necesitaban – sino en leer y vivir.

Lo de leer venía solo. Lo de vivir era más complicado. Por supuesto, ya no era el verano de los juegos infantiles, aunque el escenario fuese en parte el mismo. Y es que, si bien pasábamos los largos fines de semana en Valldoreix, el resto de los días permanecíamos en la ciudad con la obligación teórica, apenas nunca concretada, de echar una mano en la empresa familiar. Y fue así cómo una de aquellas tardes ciudadanas, abrí el primer tomo de la biografía de Goethe y empecé a leer.

Ignorante del mundo cultural y social de la Alemania del siglo XVIII y un poco desconcertado por el estilo del biógrafo (por otra parte, cautivador cuando se entra en él), la lectura no resultó fácil al principio. Así que procedí a base de pequeñas dosis y, como solía hacer, compaginándola con otras lecturas de naturaleza muy diversa.

Además, el verano estaba allá afuera, magnífico, esplendoroso. Había que cerrar el libro y abandonarse a los placeres de aquellas penúltimas vacaciones trimestrales de nuestra historia. Los juegos de guerra y otros de la infancia habían dado paso a actividades propias del ocio juvenil: paseos en bicicleta, excursiones a pie por los bosques próximos, actividades deportivas, reuniones, bailes y… en fin, que aquel mismo mes de julio me enamoré.

La muchacha era bella, culta, de carácter noble, alegre y con cierto sentido del humor; tenía muchos hermanos, más jóvenes que ella, y estaba comprometida en secreto con uno del grupo de amigos. O sea, que si le quitamos lo de “en secreto”, el cuadro se parecía de modo alarmante al del Werther de Goethe. Lo raro es que yo aún no había leído esa obra – cosa que haría dos meses después -, o sea, que ni siquiera inconscientemente podía haber montado ese escenario. Este misterio solo se explica si se repara en la curiosa costumbre que tiene la vida de imitar al arte.

En casa también tenía el Fausto, en una edición en rústica en la que por ningún lado aparecía el nombre del traductor, cosa que ya entonces juzgaba de pésimo gusto. Leí la primera parte y me pareció como un cuento medieval con fondo filosófico; leí luego la segunda y no entendí nada, aunque me encantaron aquellas escenas no sé si llamarlas superbarrocas o supersurrealistas ante las que uno tenía la impresión de que se ocultaba-mostraba un secreto decisivo, sobre todo en los últimos versos. Una eminencia de la crítica literaria de nuestros días ha calificado la segunda parte de Fausto como la obra máxima de la literatura universal. Quizás.

Leí a continuación Las desventuras del joven Werther, novela en la que quise verme retratado hasta cierto punto, y Las afinidades electivas, fino ejercicio de psicología de las parejas, que en su época había causado escándalo por su aparente planteamiento materialista: las personas se comportan como los elementos químicos, con análogas acciones y reacciones en sus combinaciones.

Quizá la obra que más y mejor me dio a conocer la personalidad del autor fue Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, seguida de los Años de viaje, célebres ejemplos de la denominada Bildungsroman, invento típicamente germánico que consiste en novelar la evolución sentimental, intelectual y cultural del protagonista.

Sobre el resto de las obras que recuerdo haber leído (Egmont, Stella, Tasso, Hermann y Dorotea, Conversaciones de emigrados alemanes, Viaje a Italia), otorgo la mayor importancia a Poesía y verdad, detallado repaso de sus vivencias que, por desgracia, se detiene antes de los treinta años de edad. Aunque no escrito directamente por él, otro libro fundamental para el conocimiento del poeta es Conversaciones con Goethe, de Eckermann, en el que se da una visión espléndida del Goethe magnífico de la última época, que no deja de contener a todos los goethes de su larga trayectoria, libro, por cierto, que suelo releer cada diez o quince años aproximadamente.

No por casualidad fueron estos dos últimos, junto los Wilhelm Meister (fábulas que a través de la ficción tratan también de él mismo) los que más me interesaron, y es que, como se ha dicho suficientes veces, de todas las producciones de Goethe la verdadera obra maestra es su propia vida. Y esto es en definitiva lo que me interesa de cualquier creador, el misterio de su personalidad, interés que en este caso se veía potenciado al encontrarme no ya con un creador de obras de arte, sino con alguien que, además, es creador de sí mismo. (continúa)

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Mainländer II

En el principio era Dios, o sea, para decirlo con palabras de Spinoza, la sustancia divina originaria. Esa entidad absoluta, única, inmaterial, no estaba contenida ni en el tiempo ni en el espacio, si es que esto es pensable. Idéntica a sí misma, no siendo otra cosa que ser puro, eterno e indestructible, un buen día – y perdón por el uso, metafórico, del tiempo -, hastiada sin duda de su divina perfección, decidió echarlo todo a rodar y dejar de ser. ¿Pero cómo el Ser puede dejar de ser? ¿Cómo algo que no existe en el tiempo y el espacio, algo absolutamente inmaterial y trascendente puede morir? Y entonces inventó el mundo. Es decir, su sustancia divina segregó un mundo material con su tiempo, su espacio y su multiplicidad de seres inanimados y animados, que son – somos – partículas de aquella unidad originaria, llamadas todas a perecer. El fin del Universo es su muerte, su aniquilamiento, aunque sólo sea por cumplir con el segundo principio de la termodinámica (que Mainländer había aprendido de Clausius, quien la acababa de inventar) y su consiguiente entropía. Y es así cómo Dios cometió suicidio: convirtiéndose en un mundo destinado a morir.

Es decir, y a ver si queda claro, que el Universo no surgió de un deseo de creación sino de un deseo de autodestrucción. El Universo, la “creación” toda, es el largo proceso del suicidio de Dios, cuyo inicio fue una gran explosión que dio origen a la materia, al tiempo y el espacio.

Es curioso, pero parece como si se estuviese refiriendo al Big Bang de los científicos de hoy, hipótesis que Mainländer no pudo conocer. Pero no hay que dar gran importancia a esta coincidencia ni pensar que, sólo por este hecho, su teoría queda ciertamente corroborada, pues lo del Big Bang también lo utiliza la Iglesia católica para apoyar su dogma de la creación, y es que, como saben muy bien los juristas, un mismo hecho puede servir para demostrar una cosa y su contraria.

“Aquella unidad simple ya no existe. Se ha fragmentado, transformando su esencia absoluta en el mundo de la multiplicidad. Dios ha muerto y su muerte es la vida del mundo”, escribe el joven filósofo. Y esas vidas, las vidas de todas las criaturas productos de la larga descomposición divina, no aspiran a otra cosa que a acabar, a morir. Y en su lucha enconada por dejar de ser, los individuos se obstaculizan mutuamente y no consiguen otra cosa que alargar la agonía.

Por eso, el filósofo propone acortar caminos: la virginidad, para detener el cáncer de la procreación y el suicidio como remedio individual inmediato. En esto, y en otras cosas, Mainländer difiere notablemente de Schopenhauer.,

Y no sólo de metafísica y ontología trata la obra de nuestro hombre del Main, sino también de política social. Parece raro, pero más raro es aún que, contra lo que cabe esperar de un filósofo pesimista, abogue en este terreno no por alguna forma de autoritarismo, sino por un socialismo democrático.

Tiene su lógica. De hecho el razonamiento es una muestra de la claridad mental del autor, que sólo se enturbia cuando alcanza alturas humanamente irrespirables. Los seres humanos, viene a decir Mainländer, están demasiado ocupados por los problemas de la subsistencia diaria como para poder reflexionar. Y además, en su ingenuidad, imaginan que, si sus problemas cotidianos desapareciesen, alcanzarían la felicidad. Pues bien, que desaparezcan, piensa el muy astuto, que por medio de un sistema político y social adecuado alcancen todos el bienestar material que tanto desean. Entonces se enfrentarán desnudos con el vacío de la vida y comprenderán que el desasosiego y la infelicidad no tienen más remedio que la propia extinción, porque la muerte es el único destino de la humanidad y del Universo entero.

Hay que reconocer que el pensamiento de Mainländer es un todo estructurado y coherente. Uno puede imaginarse la euforia que le produciría haber concebido y desarrollado semejante artefacto. Y sin embargo, esa supuesta ebriedad no le enturbió la mente. Por el contrario, coherente y rígido como un teutón de caricatura, la noche del 31 de marzo de 1876, habiendo recibido de la imprenta los primeros ejemplares de su obra magna, hizo con ellos un modesto pedestal al que se subió, pasó la cuerda por su obstinado cuello y, con un leve movimiento de los pies, quedó colgado como claro y desagradable ejemplo de hombre fiel a sus ideas.

Llegado a este punto, me pregunto si tiene mucho sentido sacar a relucir a Mainländer en un ensayo que tenía por objeto destacar la faceta artística del suicidio. Porque basta con fijarse en el instrumento utilizado para comprender que no hay nada bello en la última acción del filósofo. La horca tiene algo de vulgar y repugnante. Nada que ver con el fino estilete del antiguo romano, que abre la vía para que fluya lentamente el rojo líquido de la vida, o con la labrada pistola del romántico, cuyo plomo certero arranca en un instante la vida, ya por el cerebro, ya por el corazón, órganos que aquella noble gente nunca supo poner de acuerdo. La soga solía ser el castigo final de bandoleros y criminales, gente ruin que no merecía ningún respeto de la sociedad. La infamia de la soga sólo era superada en la antigüedad por la de la cruz, hasta que el divino crucificado convirtió este instrumento en símbolo de la redención de la humanidad. Por otra parte, cuesta imaginar cómo podría suicidarse uno mediante crucifixión.

Pero antes de perderme por nuevas divagaciones, vuelvo al tema y a la pregunta: ¿qué tiene de artístico el suicido de Philipp Batz, llamado Mainländer? ¿Por qué razón lo he incluido aquí, entre héroes orgullosos, príncipes amantes y poetas delicados? Ya sé, la promesa. Pero, ¿por qué tuve que hacer esa promesa? Sí, recuerdo: para proponer como primer suicidio en el tiempo el del Dios que quiere dejar de ser. Pero esto quizá es sólo una fantasía de Mainländer…

Fantasía, esta es la palabra clave. La proeza artística de Mainländer no está en su suicidio (desagradable y vulgar, como hemos visto), sino en la obra que nos ha legado. Toda su vida estuvo evitando ser poeta, pero no lo consiguió. Porque no hay ninguna duda de que estamos ante un genio poético de primer orden, comparable con Hesíodo, con los autores del Génesis o con los que dieron forma a los mitos creacionistas de todos los pueblos. Y es que resulta genial, y hasta humorística, la idea de un Ente Absoluto que no quiere ser y que segrega un Universo corruptible para morir con él. Cada vez estoy más convencido de que la imaginación poética es la más alta cualidad del ser humano.

Lo malo es cuando se toma la propia obra demasiado en serio. Y es que algunos creadores, especialmente los filósofos, llegan a pensar que sus ficciones son realidades empíricas, ignorando lo que cualquier artista de verdad sabe: que todo es simbólico. Esto lo expresó admirablemente Goethe al final de su Fausto. 

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Charles Dickens o el prodigio de escribir II

…lo más importante era la religión, por supuesto. Aunque, si hubiese de hacer una lista de las prioridades de aquellos benditos hermanos, situaría en primer lugar a la Virgen María, sin duda alguna, con lo que representaba de pureza (sexual, claro está), amor a la madre y todo eso que a los psicoanalistas les encanta descifrar; después vendría la religión católica, tal como la entendía el integrismo de gente como aquel cura llamado Sardà i Salvany que, décadas atrás, había escrito un libelo titulado El liberalismo es pecado; después, el acatamiento (sincero o no) de los principios de la Falange Española y el ensalzamiento del caudillo Franco; después, el orden y la disciplina, de aire vagamente militar, y finalmente la enseñanza de las materias escolares, dentro de las cuales la literatura y las artes en general ocupaban un lugar casi inexistente. También se decía que algún hermano profesaba una afición desmedida a los pequeños escolares, pero esto es algo que, no habiendo sido yo ni víctima ni testigo, no debo mencionar.

Lo que sí debo mencionar, y casi se me olvida, es el libro de texto de Literatura Universal, de Guillermo Díaz-Plaja, de quinto o sexto de bachillerato (15 o 16 años), no recuerdo bien, auténtico oasis en aquel desierto, libro que yo no solo estudiaba, sino que releía una y otra vez. Sobre todo los breves fragmentos intercalados de las obras de los autores, como aquel de un tal Goethe en que el protagonista, un tal Werther, expresaba por escrito sus sentimientos a la amada imposible.

Me asomo a la ventana, amada mía, y distingo a través de las tempestuosas nubes unos luceros esparcidos en la inmensidad del cielo. ¡Vosotros no desapareceréis, astros inmortales! El eterno os lleva, lo mismo que a mí. Veo las estrellas de la Osa, que es mi constelación predilecta, porque de noche, cuando salía de tu casa, la tenía siempre enfrente. ¡Con qué delicia la he visto tantas veces! ¡Cuántas veces he levantado mis manos hacia ella para tomarla por testigo de la felicidad que entonces disfrutaba!

Pero aún faltaban seis años para que Goethe se me apareciese en persona. Años contados desde mis doce, que es donde más o menos estábamos ante el niño que yo era leyendo a Dickens. Y no solo leyendo, sino además entablando conocimiento directo con él. Y es que David Copperfield está tan impregnada de la vida y personalidad del autor que, tiempo después, cuando leí su biografía, tuve la impresión de que a la persona en cuestión la conocía ya desde la infancia.

Y sin embargo, poco más he leído de Dickens. Entre lo poco, recuerdo sobre todo una especie de novela corta o cuento largo titulado La voz de las campanas (The Chimes). Quizá fuese por el hecho de leerla en el momento adecuado (la víspera de Año Nuevo, que es cuando sucede la acción), pocos años después de David Copperfield, o porque en aquella edad ya era especialmente sensible a la aparente intención social del relato, o simplemente por su evidente impacto poético, el caso es que, como digo, la tengo mucho más presente que otras obras más renombradas de Dickens, leídas en diferentes momentos.

Un anciano mensajero, pobre, muy pobre, corre por todo Londres cumpliendo recados, trabajo que apenas le da para subsistir. También la hija, bella pero pobre, muy pobre, y su novio, noble y forzudo pero tan pobre como los otros, se pasan la vida sin más esperanza que la de poder trabajar para alimentarse lo indispensable para no morir. Del otro lado, unos señores burgueses, ricos, que hablan como sabios y alguno de los cuales se dice filántropo, convencen al anciano – si no estuviese ya convencido – de que los pobres lo son por su propia culpa y que constituyen una anomalía peligrosa, una afrenta a las leyes de la economía, una pesada carga que impide el buen funcionamiento de la sociedad. La tarde del último día del año, el anciano se adormece en el interior de una iglesia de antiguas y potentes campanas. En su sueño, tan real como la misma vida que sufre, los espíritus de las campanas le van mostrando el futuro, terrible, que aguarda a la pobre gente si hace suya la sentencia de los ricos que hablan como sabios. Cuando ya todo está perdido, despierta y contempla a la hija, al yerno y a todos cuantos ama, pletóricos de felicidad y de esperanza.

Reconozco que el tiempo se levantará un día como un océano ante el cual todos los que nos oprimen o nos insultan serán barridos como hojas, se atreve a pensar el anciano en el culmen de su desesperación. Y sin embargo, Dickens no es en absoluto un revolucionario. Simplemente, en su retrato de las condiciones de vida de la gente más pobre de Londres no se aparta de la verdad. Y alguien ya dejó dicho que la verdad es revolucionaria.

De todos modos, por importante que haya sido La voz de las campanas en la formación de mi sensibilidad poética y social (aspectos que en adelante se empeñarían en presentárseme como inconciliables o enfrentados), insisto en lo dicho, que de las pocas obras que he leído de Dickens David Copperfield ha sido la más provechosa para mí. Significó la apertura a los mundos nuevos que, sin apartarse mucho de la realidad, la imaginación puede crear; el descubrimiento de la selva social, donde no siempre imperan los buenos sentimientos (adiós, De Amicis), sino también la maldad, sobre todo contra los más débiles, que puede convertir la vida en un infierno (que el autor quiere siempre provisional). También significó el hallazgo de un peculiar sentido del humor, que transforma en poesía la más amarga realidad, y sobre todo la revelación de la magia de la creación literaria, el gran prodigio, el gran regalo por el que siempre estaré agradecido al bueno de Charles. 

(De Los libros de mi vida)

 

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Las pistolas de Larra

No sabemos si Mariano José de Larra (Madrid, 1809-37) leyó algo de Goethe. Es verdad que en algún momento de sus escritos lo cita entre otros ejemplos de la gran literatura europea del momento, pero, en un periodista – y Larra lo era, y muy bueno –, citar a un autor no significa en absoluto haberlo leído. La cultura de Larra no era muy amplia ni muy profunda, aunque comparada con la de la mayoría de escritores de su época y país pueda parecer vastísima y de profundidades insondables. En cambio, él sí era profundo. Lo que significa que esta profundidad no provenía de arduos estudios filosóficos, sino de la clarividencia con que le dotaba su alma siempre herida y desencantada. A veces, entre las gracias y sarcasmos de sus artículos de costumbres, asoma el profundo clarividente con reflexiones que muy bien podía haber firmado Schopenhauer (lector de Larra, por cierto, mientras que éste no pudo saber nada del filósofo alemán, desconocido hasta en su patria por aquellos años). Véanse éstas, asomadas al principio de su artículo “La vida de Madrid”:

“… cuando contemplo que la vida es un análisis de contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de arrepentimientos, me admiro de varias cosas. Primera, del gran poder del Ser Supremo, que haciendo marchar el mundo de un modo dado, ha podido hacer que todos tengan deseos diferentes y encontrados, que no suceda más que una sola cosa a la vez, y que todos queden descontentos. Segunda, de su gran sabiduría de hacer corta la vida. Y tercera, en fin, y de ésta me asombro más que de las otras todavía, de ese apego que todos tienen, sin embargo, a esta vida tan mala. Esto último bastaría a confundir a un ateo, si un ateo, al serlo, no diese ya claras muestras de no tener el cerebro organizado para el convencimiento; porque sólo un Dios y un Dios Todopoderoso podía hacer amar una cosa como la vida.”

Como se puede apreciar, aquí, además de cierta profundidad filosófica, hay una ironía sutilísima, casi siempre presente en sus artículos, que no es extraño que llevase de cabeza a los pobres censores de la época. Y no sólo a aquellos censores sino también a cierto comentarista de nuestros días, cuyo nombre sincera y afortunadamente no recuerdo, que pone el párrafo que he transcrito como prueba de la fe de Larra en la existencia de Dios, (que Él le conserve la vista).

Lo que está claro es que un hombre que pensaba de esta manera, tan lúcida no obstante los juguetones velos de la ironía, no necesitaba muchos estímulos ni razones para prescindir de la vida. Y si además los tuvo, como es el caso, el final ya estaba cantado. Su existencia fue, en el plano intelectual y profesional, una constante lucha entre el ilustrado racionalista que deseaba un futuro de progreso y libertad para su país y el romántico sin fronteras que sabía que, en las cumbres de ese progreso, tampoco había nada («libertad para recorrer ese camino que no conduce a ninguna parte«). En el plano personal fue una inútil búsqueda de una pasión trasfiguradora que diese sentido a esa cosa que es la vida.

A los dieciocho años ya escribía en los periódicos de Madrid. A los veintiséis – con varias novelas y obras de teatro en su haber además de su producción periodística – era uno de los escritores más famosos de España. Poco antes de cumplir los veintiocho, se pegó un tiro.

Hubo una mujer por en medio, naturalmente; eso que en el suicidio clásico sería impensable. Un gran amor, con la consiguiente decepción al comprobarse que no era tan grande, y que ni siquiera era amor. Era más bien el desahogo sentimental de una señora burguesa que, en cuanto sopesó seriamente las implicaciones reales de la aventura, corrió compungida a reconciliarse con el marido. Y es que, como suele pasar en estas historias, uno y otra se movían en esferas distintas; él, en la de las pasiones absolutas que pintaba en sus dramas y novelas románticas; ella, en la de los amores prohibidos soñados al calor del hogar y que un día tendría que probar, como tantas mujeres casadas de su sociedad.

Y estaban también las amarguras de la vida cotidiana y profesional: su sentimiento de culpabilidad por la situación de sus hijos y esposa, a los que nunca dejó desasistidos; su frustración por el rumbo de la política española, en uno de cuyos bandazos se perdió su acta de diputado en las Cortes que, a base de renuncias y esfuerzos, había conseguido. Todo iba contribuyendo, poniendo su granito de arena (o su piedra marmórea) para llegar a aquel sonoro final. Era como si un guionista malévolo y retorcido fuese preparando el camino para poder desarrollar al cabo la grandiosa última escena que, desde el principio, tenía in mente.

Y llegó el día. Fue la tarde de un lunes de carnaval. Él la recibió en su casa a petición de ella misma. Y pensó – quiso pensar con todas sus fuerzas – que era la ocasión de aclarar malentendidos y dar por terminada una ruptura que hacía meses le tenía el alma en vilo. Pero no. Ella estaba ahí para recuperar sus cartas y para confirmar que se iba con su marido. Muy lejos. A Filipinas. Fue entonces cuando el universo entero se desplomó sobre el pobre romántico. Y en cuanto ella salió, abrió el estuche con el precioso juego de pistolas, que siempre tenía a su alcance.

No sabemos si Larra había leído a Goethe. Pero es evidente que en algún lugar de su alma aguardaban, cargadas, las pistolas de Werther.

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes) 

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Las pistolas de Werther

En mayo de 1772 el joven licenciado en derecho Johann Wolfgang von Goethe se encontraba en la pequeña ciudad de Wetzlar, sede de la Cámara Imperial (tribunal de apelaciones del Sacro Imperio Romano-Germánico), para realizar ciertas prácticas jurídicas. Faltaban solo unos meses para que su nombre empezase a alcanzar fama como autor de Goetz von Berlichingen, drama histórico que rompía con el acartonado teatro neoclásico y, mirando hacia Shakespeare, se inscribía en la nueva corriente llamada “tempestad y empuje” (Sturm und Drang). Estaba claro que las leyes no iban a ser su vida, pero no menos claro estaba que él no era de los que restan, sino de los que suman, o sea, que de momento, la abogacía. En Wetzlar coincidió con un joven de familia adinerada y también de inclinaciones artísticas, Karl Wilhelm Jerusalem, pero su relación con él fue más bien superficial. Honda impresión en cambio le produjo la aparición de una muchacha llamada Charlotte Buff en un baile de sociedad celebrado en la misma Wetzlar el 9 de junio.

Al instante quedó prendado de ella, o mejor dicho, locamente enamorado, pero la alegría del amor vino acompañada desde el principio por la correspondiente pena: Charlotte estaba comprometida. Su prometido, Johann Christian Kestner, era un jurista brillante, muy educado, serio y responsable, es decir, sin veleidades artísticas.

Y entonces se inició una extraña relación entre los tres; extraña desde el punto de vista meridional o latino, no tanto desde el germánico o nórdico. Goethe no ocultaba su amor hacia la joven, a quien visitaba y cortejaba continuamente; ella comprendía, se dejaba agasajar, pero al mismo tiempo recordaba su compromiso y que no estaba dispuesta a alterarlo; Kestner entendía los sentimientos de los dos y sentía profunda simpatía por Goethe. Pero la pasión de éste, que iba en aumento, amenazaba con estallar y hacer saltar por los aires el idílico cuadro. Uno de los tres sobraba. Había que tomar una decisión; trágica, por supuesto. Y así fue: el 11 de setiembre del mismo año de 1772 Goethe se fugó, desapareció sin despedirse de nadie.

Meses después le llegó una noticia inequívocamente trágica: Karl Wilhelm Jerusalem, su antiguo compañero de prácticas jurídicas, se había suicidado. Una bala de pistola le había perforado la cabeza. Cuando le encontraron agonizante, llevaba su indumentaria preferida: frac azul y chaleco amarillo. Como es natural, Goethe quiso saber la historia.

Era ésta. Jerusalem, joven más bien introvertido, se había enamorado perdidamente de una mujer casada. Dominado por una pasión sin correspondencia ni solución posible, la existencia se le había hecho insoportable. Un día pidió prestadas a Kestner (aquel amigo de Goethe y ya esposo de su amada) un par de pistolas para llevarlas en un largo viaje que había de emprender. El bueno y generoso Kestner no dudó en prestárselas. Una de ellas acabó con la vida de Jerusalem.

La noticia, toda la historia, conmovió profundamente a Goethe. Pero no alteró el ritmo de su vida, que seguía avanzado como siempre, cada vez más arriba y del lado de la luz. Hasta que, meses después, aquella conmoción subterránea quiso tomar forma en la superficie. Y entre febrero y marzo de 1774, en cuatro semanas de escritura febril, “de forma bastante inconsciente, como un sonámbulo”, dice él mismo, dio a luz a una de las obras cumbre de la literatura universal: Las desventuras del joven Werther.

El que haya leído la obra y conozca el trasfondo real de las vivencias de Jerusalem y del propio Goethe, que he apuntado brevemente, comprenderá y valorará el delicado trabajo de ensamblamiento que supone la novela. Realidad y ficción, poesía y verdad (título que Goethe había de dar a sus memorias) se unen armónicamente en una turbadora sinfonía, que ya nada tiene que ver con la medida y contención del arte neoclásico.

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Schopenhauer, el arte, Wagner y Goethe

−El arte, los artistas… ¿Qué me dice usted de los artistas en relación con mi obra?

−¿Los artistas? No veo nada de particular en que acojan con entusiasmo su filosofía. Al contrario, si parece que está pensada para ellos…

−A eso precisamente me refiero, August. A la relación especial que hay entre mi filosofía y los artistas. Esto también es nuevo. Hasta ahora ningún artista, ningún creador auténtico se había preocupado por la filosofía, y es que hasta ahora ningún filósofo se había ocupado en serio del arte y los artistas. Platón es una excepción, pero mejor que la pasemos por alto, pues sólo se acuerda de ellos para proscribir a los poetas, y no se le ocurra mencionar a Hegel, porque estoy hablando de filósofos de verdad. En mi pensamiento el arte encuentra su explicación, su lugar y su sentido. Es una forma de conocimiento distinta de la de la ciencia. La ciencia se dirige al fenómeno y utiliza el principio de razón; el arte se dirige a la Idea y utiliza la intuición, la aprehensión directa del objeto.

−Sí, pero hay algo más. Para arrancar exclamaciones de entusiasmo de un poeta, como tan a menudo ocurre con su obra, no basta con una explicación racional y verdadera del mundo. Lo que entusiasma a los artistas es el arte, y creo yo que el secreto del entusiasmo que su obra despierta en ellos no está principalmente en el contenido, sino en la forma, quiero decir que El mundo como voluntad y representación constituye por sí misma una obra de arte, un monumento de la literatura universal, comparable en muchos aspectos a la Commedia del Dante. Usted lo sabe, y alguna vez lo ha apuntado. En esa obra no hay nada de la sequedad del doctrinario que penosamente va desgranando conceptos; es una pieza de arte, es una sinfonía de ideas genialmente articulada, desarrollada a partir de un pensamiento central que está presente en cada momento, y dotada con todo el encanto y el poder de sugestión del arte. Si la belleza y la verdad son, en sus más altos grados, inseparables, creo yo que la mejor prueba de la verdad de su doctrina está en la belleza de la forma en que necesariamente ha debido expresarse.

−No crea que no he pensado en todo eso, naturalmente que lo he pensado. Es cierto, no sólo en el contenido, es en la forma principalmente donde se manifiesta la relación especial que hay entre mi obra y el arte en general, o entre mi obra y la música en particular. El impacto que al parecer he causado en un músico como Richard Wagner es por lo menos revelador. Otra cosa son los resultados prácticos.

−Usted no aprecia la música de Wagner…

−No, es cierto. Mire, para mí la música es Mozart y Rossini. He visto dos óperas de Wagner y he leído el libreto de El anillo del Nibelungo, que él mismo me envió dedicado y, qué quiere que le diga, tiene talento, sin duda, pero más como poeta que como músico.

−¿Sabe que ha estado aquí, en Frankfurt?

−Ah, no, no lo sabía, creía que seguía en Suiza, expiando su culpa por haber acompañado a la canalla revolucionaria. ¿Seguro que ha estado en Frankfurt? Es raro que no me haya visitado. En sus cartas se muestra siempre tan devoto, tan enamorado.

−Quizá no se ha atrevido, quizá ha preferido evitar la amargura de una decepción. Usted no se ha mostrado muy amable con él, quiero decir que no ha intentado corresponder de alguna manera a la devoción que él le profesa.

−Tonterías, August, tonterías. Cada cual ha de seguir su propio camino, sin importarle los palos que pueda recibir. ¿Cuántos años tiene Wagner ahora? ¿cuarenta y cinco? ¿cincuenta? Yo tenía veinticinco cuando intenté la aproximación a uno de los genios más grandes de todos los tiempos, y al principio me fue bien, luego, a veces, no tanto, pero en las duras y en las maduras dejé constancia de mi carácter, de mi valor y de mi talento, y esto es algo que el «maestro» siempre reconoce y agradece.

−Se refiere a Goethe, naturalmente. Permítame que le haga una pregunta, es algo que a pesar de sus comentarios al respecto nunca he acabado de ver claro. Como gran artista que era, ¿apreció también Goethe su filosofía? A veces tengo la impresión de que él ha sido una excepción para usted, una dolorosa excepción.

−Le confieso que éste es un tema delicado para mí. Pero, no importa, voy a hablarle con toda sinceridad. Goethe comprendió y apreció mi teoría sobre el papel de la intuición en el conocimiento y sobre el arte y el artista, hasta el extremo de que en las conversaciones recogidas por su secretario utilizó conceptos e incluso frases tomadas directamente de mi obra. En cuanto al conjunto de la doctrina, debo confesarle que eso ha sido y sigue siendo un enigma para mí. Que la leyó, seguro; pero sobre su opinión, no sabría qué decirle.

−Y eso le preocupa.

−Me preocupa, sí, siempre me ha preocupado. Es como si me faltase la otra cara de la moneda. Que un oficial prusiano o una mujer se entusiasmen por mi obra me encanta, pero que Goethe no dejase dicho nada, me preocupa. Que el artista que, a través de la poesía, mejor ha expresado la realidad del hombre y del mundo permanezca mudo ante mi explicación filosófica de esa misma realidad me preocupa, sí, me inquieta, qué quiere que le diga. El silencio de Goethe es como una losa que he tenido que soportar a lo largo de mi vida, una losa que toda la fama y la popularidad de estos últimos años no han logrado mover una pulgada, esa es la verdad…

(De El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer)

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La filosofía de Schopenhauer explicada a un perro VI

¿Y no hay manera de escapar de esta condena?… Veo que estás bien despierto ahora. Me alegro. Porque ahora viene la parte positiva −es una manera de hablar− del asunto, mucho más cierta y más real, eso sí, que todos los cielos y progresos que sólo existen en las mentes de los optimistas profesionales. Sí, hay manera de escapar de esa condena. Y no una, sino dos. La primera, aunque efectiva, es transitoria, temporal. La segunda, aunque rara y muy difícil, es total, definitiva.

La primera es el arte. He dicho antes que la inteligencia humana es una creación de la voluntad para seguir existiendo. Y en la inmensa mayoría de los casos, a eso se reduce su papel. Los hombres utilizan el cerebro para dominar las fuerzas de la naturaleza como no lo podría hacer un simple animal, y para afirmar su yo frente a los otros hombres, con astucia, con engaño, es decir, para desenvolverse en la selva natural y social, en una palabra, para sobrevivir, porque ésta y no otra es la función del intelecto creado por la voluntad. Pero una vez creado, el intelecto −como toda creación viva− actúa con propia autonomía, y a veces se fija en cosas que no tienen relación con el interés de la voluntad. Cuando por primera vez el hombre levantó la vista de la tierra de sus afanes y, ajeno a todo interés vital, contempló el cielo estrellado, nació el sentimiento estético. Cuando por primera vez el hombre construyó un objeto, pintó una figura, tramó un relato, inventó una canción, sin ningún interés vital o práctico, nació el arte.

Pero ¿qué es el arte? El arte consiste en el conocimiento objetivo de una Idea que abarca toda una serie de casos particulares y concretos. Hay infinidad de personas ambiciosas o empujadas a la ambición: Shakespeare capta la Idea y la llama Macbeth. Hay algunas personas idealistas y puras en un mundo mezquino y perverso: Cervantes capta la Idea y la llama Quijote. Hay muchos jóvenes sensibles y desesperanzados en un mundo frío y hostil: Goethe capta la idea y la llama Werther. Si estos genios de la literatura, en vez de abandonarse a la contemplación intuitiva de la Idea, se hubieran guiado por las pulsiones de la voluntad, ni serían tales genios ni hubiesen producido otra cosa que vulgares panfletos.

Y es que el núcleo fundamental de una obra de arte es una intuición objetiva, y ésta exige el aquietamiento absoluto de la voluntad. Es entonces cuando el artista se convierte en sujeto puro de conocimiento, ajeno a las tormentas de la voluntad. Ya no hay lucha en su interior, porque la voluntad ha cesado y él y el objeto artístico son una y la misma cosa. Momentáneamente. El arte nos permite escapar de la horrible rueda de la voluntad pero sólo por unos momentos, mientras lo creamos, mientras lo disfrutamos. ¿Cuál será entonces la solución definitiva?…

¿La muerte? Me ha parecido oírte decir la muerte. No, no puede ser, alucinaciones mías… porque tú, Butz, no puedes tener el concepto de la muerte, como quedó muy claro, y a decir verdad, ni siquiera puedes hablar… Bien, en todo caso, la respuesta es no. La muerte no soluciona nada. Si la muerte cambiase algo fundamental, el universo ya no existiría. Porque, vamos a ver, ¿cuando morimos qué es lo que muere? El intelecto, la conciencia individual, esa lucecita que la voluntad produjo para iluminar la andadura del cuerpo (su propia andadura): al desintegrarse el cuerpo en sus materiales básicos se viene abajo todo el andamiaje sobre el que el intelecto se alzaba. Lo que desaparece con la muerte es el intelecto, la conciencia individual, pero no la voluntad una y eterna, que buscará nueva envoltura para seguir manifestándose. Y sin embargo, qué curioso, lo que en nosotros se siente horrorizado por la muerte no es el intelecto − nos hemos pasado millones de años sin él, se eclipsa con el sueño y con el síncope, sin que nada de esto nos importe−. No, lo que en nosotros siente horror a la muerte es precisamente lo que no puede morir, la voluntad, que, engañada por el intelecto, teme que ella pueda morir también, y siendo pura voluntad de vivir, se siente aterrorizada.

Así que la muerte no resuelve nada −y el suicidio es un error estúpido−, porque la voluntad seguirá existiendo para tormento de todo lo viviente. ¿Entonces? Acabar con la voluntad, conseguir que se extinga la voluntad de vivir, esta es la clave. ¿Y cómo se consigue esto? Como lo han conseguido los ascetas hindúes y budistas y los místicos musulmanes y cristianos de todos los tiempos, comprendiendo que todo es uno bajo el velo ilusorio de Maya, bajo el tejido cerebral de la representación, que forja individuos y diferencias donde sólo hay un ser inmutable, indestructible y eterno, comprendiendo que no hay tú y yo −base de la auténtica moral−, que no hay hombre y mundo, como el artista Byron lo comprende cuando exclama

 Are not the mountains, waves and skies, a part

of me and of my soul as I of them?

 El hombre que, tras amargas luchas con su naturaleza, comprenda todo esto habrá vencido, y se convertirá en espíritu puro, en límpido espejo del universo. Ya nada le podrá agitar, pues habrá cortado los mil lazos con que la voluntad le ataba a la tierra y que bajo la forma de concupiscencia, de codicia o de cólera, le atormentaban sin cesar. Ese hombre, contento y tranquilo, mirará ya los espejismos terrenales que antes tanto le conmovían como uno mira los trajes de máscara desechados después de haber palpitado bajo ellos la noche de carnaval. A ese hombre la muerte ya no le espanta. Suprimida la voluntad de vivir, se ha liberado de todo tormento, y puede volver, plácidamente, al ser ignoto de donde nunca debió salir…

Bien, ¿qué te parece, Butz? Veo que has aguantado. Pero te advierto una cosa: esto que has oído −porque es innegable que lo has oído− es un resumen precipitado que da sólo un pálido reflejo de la brillante profundidad de mi filosofía. Pues has de saber que he pasado por alto temas tan fundamentales como el de la Idea (objetivación adecuada de la voluntad no sujeta a la representación), o como el fundamento de la moral, o como el problema de la libertad, o como mis reflexiones originales sobre el genio, la música, la justicia, el amor sexual, la locura y un abundante etcétera. Pero comprendo que no podía abusar más de ti −lo mismo le diría al supuesto lector del hipotético libro, ¡me contentaría con que respondiese como tú has respondido! Te has portado bien, Butz, muy bien, te felicito. Dame la patita. Ha sido un placer hablar contigo.         (FIN)

(De El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer)

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Qué es un genio

Hace tiempo que los entendidos decidieron que el genio no existe. Y llamo «entendidos» a aquellas personas que, habilísimas en el olfateo de las tendencias imperantes en las modernidades sucesivas, se expresan siempre de acuerdo con lo que estas dictan. Lo que ingenuamente se llama «genio», dicen, es solo el producto de las condiciones materiales y del esfuerzo y laboriosidad del individuo, y afirmar otra cosa es retrotraerse a un romanticismo trasnochado, carente de bases científicas.

Pues que digan. Que yo de todos modos pienso divagar un poco sobre lo que, hasta hace no sé cuanto tiempo, se entendía por genio… Y se sigue entendiendo, por supuesto, con total desprecio por parte de la ciudadanía hablante hacia los dictados de la modernidad de turno.

Mozart era un genio, como Victor Hugo, como Einstein. Como bastantes más. Pero no muchos. Las cualidades de esos individuos les permitieron crear su obra de una manera radicalmente original y brillante. ¿Cuáles son esas cualidades? Cedo la palabra al doctor Schopenhauer (traducido por R.R. Aramayo):

Todo conocimiento profundo y hasta la genuina sabiduría radica en la captación objetiva de las cosas… Siempre hay una captación intuitiva en el proceso creativo, donde toda obra de arte genuina y cualquier pensamiento inmortal recibe la chispa de la vida…

…Lo que se denomina el despertar del genio, la hora de la inspiración, el momento del éxtasis, no es otra cosa que la liberación del intelecto, cuando éste queda eximido transitoriamente de su servicio a la voluntad. […] Por contra, en toda reflexión deliberada el intelecto no es libre, dado que la voluntad le guía y le prescribe su tema…

 …Esos hombres sumamente raros, cuya verdadera importancia no se cifra en lo personal y lo práctico, sino en lo objetivo y teórico, están en situación de captar lo esencial de las cosas y del mundo, o sea, las verdades más elevadas, así como de reproducirlas en cierto modo y manera…

 …La esencia del genio es contraria a la naturaleza, al consistir en que el intelecto, cuyo destino es estar al servicio de la naturaleza, se emancipe de este servicio, para actuar por cuenta propia…

Pero estas citas tienen un problema. Y es que el no conocedor de la filosofía de Schopenhauer puede fácilmente confundirse sobre el significado de algunos de los términos que contienen. Por ejemplo, la intuición, el conocimiento intuitivo que ahí se menciona no tiene nada que ver con lo que coloquialmente se entiende por intuición, que es algo así como adivinación. Para el filósofo la intuición es el conocimiento directo de las cosas, independiente de todo procesamiento racional. Tampoco la “voluntad” es aquí lo que normalmente se entiende por tal, sino la fuerza ciega inconsciente que está en todo y lo mueve todo, manifestación directa de la desconocida “cosa en sí”.

Así, que lo que básicamente distingue al genio es la contemplación distanciada, no interesada, de la realidad, o de la “idea” (otro concepto a aclarar, pero no tengo ahora ni tiempo ni ganas). Esta particularidad es lo que le permite alumbrar obras o ideas geniales, es decir, que los otros no pueden ni imaginar, atrapados como están por sus propios intereses inmediatos, por la “voluntad”.  Y es también lo que le hace relativamente incapaz para moverse en la vida práctica, fenómeno que el vulgo señala con el tópico de “sabio distraído” y que el filósofo ejemplifica perfectamente diciendo que el genio es tan apropiado para la vida práctica como un telescopio astronómico para el teatro.

Se ha dicho que hay rasgos que el genio comparte con el loco y con el niño. Paso por alto lo del loco, porque su tratamiento resultaría demasiado complicado para un espacio tan breve y superficial como éste. Pero me detengo un instante en lo del niño.

El genio comparte con el niño la visión desprejuiciada de las cosas, la curiosidad desinteresada, la mirada siempre virgen, naturalmente creativa, tan distinta de la mirada apagada del adulto, que apenas se digna posarse sobre un mundo que considera ya visto y archivado de una vez por todas.

En las Confidencias sobre Goethe de Riemer se menciona que Herder y otros censuraban a Goethe el ser eternamente un niño grande, llevando razón en lo que decían, mas no en utilizarlo como crítica. También de Mozart se dice que siguió siendo un niño toda su vida. 

Concluyendo, creo yo que entre una cosa y otra ya podríamos aventurar una definición del genio, que nada tendría que ver con romanticismos trasnochados, aunque sí, lo reconozco, con un sistema filosófico determinado. Pues bien, ahí lo dejo, que cada cual piense lo que quiera, que en esto no puede haber pecado. Diferente si hablásemos de política.

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Goethe conoce a Schopenhauer

Goethe había de comparecer: yo no podía faltar. Esta vez ya no sería una mera sombra para él, una de tantas figuras borrosas y prescindibles. Hacía un mes que le había enviado mi tesis doctoral,[…] … el caso es que yo sabía que Goethe había leído mi trabajo Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente… «¿La cuádruple raíz? Parece algo para boticarios, ¿no?», comentario de mi señora madre ante el ejemplar que le pongo bajo las narices. Y yo: «Tenga por muy cierto, señora mía, que todavía será leído cuando de sus escritos no quede ni rastro». Y ella: «Cuando de mis escritos no quede ni rastro de los tuyos estará por venderse toda la edición». Y de alguna manera los dos acertamos…

Tras el cristal de la ventana de la habitación observo la tarde desapacible de otoño, los tristes movimientos de la gente común de la ciudad, asolada por la enfermedad y la miseria, consecuencias palpables del paso reciente de la guerra. No hace un mes que Napoleón ha sido derrotado en Leipzig;  tengo la certeza de cuál es el tema de conversación de los invitados ya presentes. Una epidemia más horrible y pertinaz que la del tifus se va extendiendo por todo el país: el patriotismo alemán. Cuando entre en la sala el gran hombre los prudentes bajarán la voz o cambiarán de tema. Todo el mundo lo sabe. El gran hombre está por encima de todas las patrias y, si admiró a Napoleón en su gloria, no lo admirará menos en la derrota. Abro un poco la puerta para poder captar el momento… ya está, ya entra en la casa. Aguardo un poco, unos minutos, un poco más. El corazón late con fuerza. ¿Cómo habré de abordarle? Impensable la mediación de la anfitriona. ¿Y si apenas me atiende? ¿Y si, después de todo, no ha leído mi obra? ¿Y si no le ha interesado? ¿Y si sigo siendo para él una sombra prescindible? Salgo, desciendo por la escalera, avanzo por el breve pasillo, el corazón golpea con fuerza, abro la puerta…Veo ahora mismo la escena con la viveza y precisión propias de los recuerdos de los grandes momentos de la vida. […]… en el sofá del fondo varias personas hablan de un asunto sin duda muy grave −la patria soñada, supongo−, en las butacas del centro la anfitriona y dos señoras contemplan y comentan unos grabados con el arqueamiento de cejas propio de la gente entendida. No le veo, no le veo… Ah, sí, allá está, precisamente ante su mesita, la que solía utilizar, no me acordaba, para enfrascarse en sus dibujos cuando no se sentía especialmente sociable, y está hablando con Majer, qué suerte, precisamente con Majer, la única amistad interesante que he hecho desde mi llegada a Weimar. Nada de raro tendrá que me acerque, ayer mismo dejamos interrumpido un tema apasionante. Pero estoy inmóvil, de pie, en el centro de la sala. He de moverme, he de tomar alguna dirección, no puedo seguir así un segundo más. Miro a Majer, él me mira y sonríe, Goethe también me mira, pero no sonríe, se levanta, avanza unos pasos, unos pasos en dirección a mí, que estoy de pie, inmóvil en el centro de la sala.

−Así que usted es el doctor Schopenhauer −la voz de Goethe se alza sobre el rumor general y todas las miradas convergen en nosotros−. Le felicito, −y dirigiéndose a la concurrencia− he aquí una de las cabezas mejor organizadas que he conocido. −El cuerpo de Goethe me impide ver la expresión de mi madre−. Me ha interesado su obra, sí señor, me ha interesado mucho.

−Gracias, Excelencia, estaba seguro que sabría apreciar lo que tiene de bueno.

−Tiene mucho de bueno, pero lo que en especial me ha interesado es el tratamiento que hace de la intuición como forma de conocimiento. Véngase, siéntese con nosotros, precisamente Majer me estaba comentando…

Un poco de conversación, un poco de música, un poco de pastas y té y se acaba, para los demás, una de tantas veladas. Para mí, no, para mí no acaba nada, para mí se inicia el camino de la gloria basada en la dedicación total, en el esfuerzo continuo y en la comunicación ininterrumpida con los más grandes, pensaba.

(De El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer)

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