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Schopenhauer recuerda cómo el Romanticismo surgió en su adolescencia

… el mismo Goethe había abierto la puerta de los nuevos tiempos con su Werther, pero fue durante mi adolescencia cuando tuvo lugar la gran revelación, el gran estallido del yo: el romanticismo. La firme serenidad de mármoles y estatuas, la estricta jerarquía de cánones y valores fue barrida por un viento originado en las turbulencias del sujeto. El yo, que hasta entonces estaba contenido en el mundo, miró hacia su interior y con temor y temblor sagrados descubrió que era el mundo el que estaba contenido en él, que el hombre no era una pieza del universo creado, sino el universo una creación del yo infinito. Todas las normas, todas las barreras impuestas por una sociedad ignorante de la profunda realidad del yo debían caer ante la fuerza arrolladora del sentimiento puro, que sólo el verdadero artista podía enarbolar…

Con qué fruición, con qué avidez de llanto y de consuelo me sumergía en las dulces y exaltadas páginas de Wackenroeder y en las tiernas y meditadas de Tieck. No estaba solo. Aquello era la justa correspondencia exterior de mi tormenta interior. El mundo −sus espíritus más preclaros− y yo marchábamos al mismo paso… el romanticismo, sí… luego vendría lo que vino. Aquel movimiento, surgido de la fuerza genuina de unas almas poderosas que rompían las cadenas, fue adoptando las maneras de aquello que decía combatir. El santoral, los ritos, los dogmas, que ahora eran: una Edad Media mitificada hasta el absurdo, un cristianismo reinventado para usos estéticos, un nacionalismo y un populismo cerriles y miopes. Y qué poses, qué atavíos, qué parafernalia la de los románticos de salón; las largas melenas, las barbas y perillas de todos lo tamaños, las ojeras dibujadas, los rostros macilentos. Bastaría con ver a los pintores alemanes que años después había de encontrar en Roma, sus amplios sombreros, sus barbas espesas y sucias, su tabaco pestilente, sus conceptos manoseados de acuerdo con los nuevos cánones, sus cerebros de mosquito.

Y mientras los románticos auténticos morían o enloquecían antes de cumplir los treinta, los otros precisamente a esa edad ingresaban al servicio del Estado o restablecían sus mentes perturbadas con el agua bendita de la Iglesia Católica. Ante este panorama demencial nada tenía de raro que el mismo Goethe pronunciase la sentencia: lo clásico es lo sano, lo romántico es lo enfermo.

Pero de todo eso nada se sabía aún a mis diecisiete años. Yo sólo sabía que sufría y que ciertas almas maravillosas que alumbraban la aventura romántica sufrían conmigo. ¿Y entonces? ¿Qué hacía ese espíritu sensible, ese joven de diecisiete años, cuya furia adolescente se doblaba con la furia de los tiempos, qué hacía en la penumbra de un sórdido almacén anotando cifras y letras en las eternas columnas del debe y el haber?

(De  El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer)

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Schopenhauer y Goethe

[Goethe]−Veo que insiste en su misantropía. ¿Sigue pensando que el género humano no vale la pena?
−Yo puedo trabajar y de hecho trabajo por el género humano mucho más que todos los hombres trabajan por mí. Soy capaz de los más grandes sacrificios por la humanidad… excepto el de soportar cotidianamente sus necedades y maldades.
−Me temo que más de uno estaría de acuerdo con eso, desde Voltaire hasta yo mismo en determinados momentos. Pero el punto de vista negativo nunca es completo. Debemos situarnos en un nivel superior, verlo todo con una perspectiva en la que los elementos adversos se concilien dando paso a una visión más armónica. El individuo y el mundo están tan interrelacionados que si aquél descalifica a éste, queda a su vez descalificado. Dicho en otras palabras, si uno quiere complacerse en su propio valer ha de dar también un valor al mundo.
−Es su opinión. Por mi parte pienso que cada cual ha de seguir su propio camino. Mi misantropía no me ha impedido obtener una visión objetiva del mundo, como habrá comprobado si ha leído el libro que le envié.
−Sí, por cierto. Supongo que Adele le transmitió mi agradecimiento. Su lectura me ha instruído en muchos aspectos, pero lo que más me ha atraído es el estilo y la vivacidad de la exposición. Si todos los filósofos alemanes escribiesen como usted se librarían, y nos librarían, de la fama de oscuros y abstrusos que tenemos en el extranjero.
−La claridad es esencial en filosofía, c’est la bonne foi des philosophes. El lenguaje oscuro y complicado es un acto de mala fe con el que se pretende ocultar la falsedad o la vaciedad de contenido. Aunque mi obra contiene algún pasaje difícil por la dificultad propia del tema, lo que no se puede decir de ella es que no se entiende.
−Estoy de acuerdo.
−Y una vez entendida, ¿qué cree que se puede opinar de su contenido?

Goethe aguanta la mirada, quizá algo insolente, que mantengo fija en sus ojos durante el brevísimo intervalo de silencio.

−En su obra hay muchos temas de reflexión, y es preciso haber abarcado la totalidad para poder formarse un juicio de conjunto.

Luego no la ha leído toda. Hace más de seis meses que está en su poder. Si en ese tiempo no se ha leído un libro que se dice interesante es que en realidad no interesa tanto como se proclama. Como para consolarme de este pensamiento, añade:

−Puede estar seguro, doctor Schopenhauer, que usted es el autor contemporáneo al que más tiempo dedico.

Luego la sigue leyendo. Luego no es descabellado pensar que un día la concluya y me de a conocer su opinión. Arremeto directamente:

−¿Puedo tener la esperanza de que un día me exprese su opinión?
−No creo que mi opinión sea interesante en este tema. Lo que usted debe esperar es el reconocimiento de la comunidad de los filósofos y el juicio inapelable de la posteridad.
−Creo en el juicio inapelable de la posteridad, que no conoceré, como no creo en el de la comunidad de los filósofos. Para empezar, tal comunidad no existe ni puede existir, por la sencilla razón de que cada generación no da más que un filósofo, si es que lo da. Los grandes poetas son más numerosos. Puede haber tres o cuatro por generación.
−No seré yo quien le pregunte por los nombres.
−Le daré los de los poetas: Johann Wolfgang von Goethe, por supuesto, el primero de todos, luego Byron y después el novelista Jean Paul.
−A propósito de Byron, ¿pudo verle?
−No, no pude.
−Es una lástima. Quizá no tenga otra oportunidad. Hace poco he recibido carta suya fechada en Ravenna. He de confesarle que temo por él. Byron es una de esas personalidades en las que el elemento demoníaco no se ve compensado por la íntima necesidad de armonizar con uno mismo y con el mundo. No le auguro un buen final. 
−Si me permite una pequeña muestra de lo que usted llamará mi pesimismo, le diré que nunca hay un buen final, que todos los finales son malos, porque, se mire como se mire, la vida es un mal negocio.
−La vida como negocio, quizá. Pero, la vida como arte… ¿ha considerado usted la vida como arte?

(De El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer)

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