Las pistolas de Werther

Reichskammergerichtsmuseum_Wetzlar2En mayo de 1772 el joven licenciado en derecho Johann Wolfgang von Goethe se encontraba en la pequeña ciudad de Wetzlar, sede de la Cámara Imperial (tribunal de apelaciones del Sacro Imperio Romano-Germánico), para realizar ciertas prácticas jurídicas. Faltaban solo unos meses para que su nombre empezase a alcanzar fama como autor de Goetz von Berlichingen, drama histórico que rompía con el acartonado teatro neoclásico y, mirando hacia Shakespeare, se inscribía en la nueva corriente llamada “tempestad y empuje” (Sturm und Drang). Estaba claro que las leyes no iban a ser su vida, pero no menos claro estaba que él no era de jerusalemlos que restan, sino de los que suman, o sea, que de momento, la abogacía. En Wetzlar coincidió con un joven de familia adinerada y también de inclinaciones artísticas, Karl Wilhelm Jerusalem, pero su relación con él fue más bien superficial. Honda impresión en cambio le produjo la aparición de una muchacha llamada Charlotte Buff en un baile de sociedad celebrado en la misma Wetzlar el 9 de junio.

Al instante quedó prendado de ella, o mejor dicho, locamente enamorado, pero la alegría del amor vino acompañada desde el principio por la correspondiente pena: Charlotte estaba comprometida. Su prometido, Johann Christian Kestner, era un jurista brillante, muy educado, serio y responsable, es decir, sin veleidades artísticas.

Y entonces se inició una extraña relación entre los tres; extraña desde el punto de vista meridional o latino, no tanto desde el germánico o nórdico. Goethe no ocultaba su amor hacia la joven, a quien visitaba y cortejaba continuamente; ella comprendía, se dejaba agasajar, pero al mismo tiempo recordaba su compromiso ylotte y w que no estaba dispuesta a alterarlo; Kestner entendía los sentimientos de los dos y sentía profunda simpatía por Goethe. Pero la pasión de éste, que iba en aumento, amenazaba con estallar y hacer saltar por los aires el idílico cuadro. Uno de los tres sobraba. Había que tomar una decisión; trágica, por supuesto. Y así fue: el 11 de setiembre del mismo año de 1772 Goethe se fugó, desapareció sin despedirse de nadie.

Meses después le llegó una noticia inequívocamente trágica: Karl Wilhelm Jerusalem, su antiguo compañero de prácticas jurídicas, se había suicidado. Una bala de pistola le había perforado la cabeza. Cuando le encontraron agonizante, llevaba su indumentaria preferida: frac azul y chaleco amarillo. Como es natural, Goethe quiso saber la historia.

Era ésta. Jerusalem, joven más bien introvertido, se había enamorado perdidamente de una mujer casada. Dominado por una pasión sin correspondencia ni solución posible, la existencia se le había hecho insoportable. Un día pidió prestadas a Kestner (aquel amigo de Goethe y ya esposo de su amada) un par de pistolas para llevarlas en un largo viaje que había de emprender. El bueno y generoso Kestner no dudó en prestárselas. Una de ellas acabó con la vida de Jerusalem.

werther sentadoLa noticia, toda la historia, conmovió profundamente a Goethe. Pero no alteró el ritmo de su vida, que seguía avanzado como siempre, cada vez más arriba y del lado de la luz. Hasta que, meses después, aquella conmoción subterránea quiso tomar forma en la superficie. Y entre febrero y marzo de 1774, en cuatro semanas de escritura febril, “de forma bastante inconsciente, como un sonámbulo”, dice él mismo, dio a luz a una de las obras cumbre de la literatura universal: Las desventuras del joven Werther.pistolas

El que haya leído la obra y conozca el trasfondo real de las vivencias de Jerusalem y del propio Goethe, que he apuntado brevemente, comprenderá y valorará el delicado trabajo de ensamblamiento que supone la novela. Realidad y ficción, poesía y verdad (título que Goethe había de dar a sus memorias) se unen armónicamente en una turbadora sinfonía, que ya nada tiene que ver con la medida y contención del arte neoclásico.

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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