CARMEN LAFORET. Nada y los demonios II

gran canariaCarmen Laforet nace en Barcelona en 1921. Antes de cumplir dos años, la familia se traslada a la isla de Gran Canaria, donde el padre, arquitecto, ha sido contratado como profesor de la Escuela de Peritaje Industrial.

La madre cuida amorosamente de la familia – a Carmen le siguen otros dos hijos – mientras el padre se dedica al trabajo y a alternar con la buena sociedad de la isla, además de a alguna que otra relación extra matrimonial. A los diez años Carmen inicia el estudio del bachillerato en la escuela pública, donde conoce a la primera de las varias mujeres que influyeron decisivamente en su vida: la profesora Consuelo Burell, que le abre al mundo de la literatura y del arte en general.

La infancia y los primeros años de la adolescencia son tiempos felices, siempre en contacto con la naturaleza de la isla en sus paseos solitarios y baños en el mar, más tarde en compañía del joven Ricardo Lezcano, su primer “novio”. Pero aquella felicidad sencilla se rompe pronto.

La madre, a la que Carmen se siente muy unida, muere a los 33 años, cuando ella tiene trece. Al poco tiempo el padre se casa con otra mujer, con la que al parecer ya tenía relaciones, la cual se apresura a borrar cualquier recuerdo o huella de la barcelona-fuente-de-canaletas-en-las-ramblas-frente-al-bar-nria-y-canaletas-ao-1940-P7EXYCanterior esposa. Esto llena de amargura a la adolescente Carmen, quien además contempla atónita cómo los cuentos infantiles tienen razón, pues aquella mujer,

a pesar de todas mis resistencias a creer en los cuentos de hadas, me confirmó su veracidad, comportándose como las madrastras de esos cuentos. De ella aprendí que la fantasía siempre es pobre comparada con la realidad.

Profundamente decepcionada por la conducta del padre, Carmen llega a un acuerdo con él: a finales de 1939 marcha a Barcelona a estudiar Filosofía y Letras. Allá, en el viejo piso de la calle Aribau, donde había nacido y cuyo recuerdo había recuperado en una breve visita con toda la familia a la edad de nueve años, vive parte de los tres cursos que dura su estancia en compañía de unos familiares, en un ambiente quizá no tan deprimente como el descrito en su primera novela, que ella siempre alegará como de absoluta ficción en cuanto a los personajes.

En 1942, alentada por la amiga Linka (la Ena de Nada), se traslada a Madrid. Inicia la carrera de Derecho, que tampoco terminará, y se enfrasca en la redacción de la obra que bullía en su mente desde que dejara Barcelona. Concluída, intenta su publicación. El manuscrito llega, entre otros, al periodista y editor Manuel Cerezales, católico más o menos liberal, que dirige la editorial Novelas y Cuentos. Queda fascinado. Aunque entiende que no encaja en su propia editorial, propone presentarla al recién creado Premio Nadal.

jurado premio nadalÉxito absoluto y sorprendente. La novela Nada, de la joven desconocida Carmen Laforet, obtiene el Premio Nadal, al ser finalmente preferida por el jurado incluso por delante de obras de algunos escritores influyentes, como César González Ruano, periodista famoso, viejo militante de Falange Española, sector cínico.

Pero el éxito, cuando no es fruto de un largo proceso de maduración personal, suele tener consecuencias indeseables. Cierto que nadie se atreve a negarle talento a la autora, y algunas reacciones son entusiastas, y halagadoras viniendo de quienes vienen: Juan Ramón Jiménez, Azorín, Ramón J. Sender. Pero al mismo tiempo surgen reticencias. ¿Habrá tenido alguna ayuda?¿Se ha limitado el papel de CerezalesCerezales a simple presentador de la obra? Y sobre todo, ¿qué está preparando ahora? ¿Para cuándo la próxima novela?

Para cuándo la próxima novela. Esta es la cuestión que le amargará toda la vida, incluso cada vez que llega a escribir y publicar alguna. Y no falta el gracioso de turno, en forma de escritor más o menos consagrado, con su hiriente sarcasmo: Después de Nada, nada.

Pero, de momento, la vida parece muy bien encaminada. Al año siguiente de obtener el premio se casa con Manuel Cerezales. Tiene cinco hijos y ningún disgusto relacionado con ellos, lo cual no es mucho, sino muchísimo. Otra cosa es la relación matrimonial, que al parecer se va deteriorando poco a poco – más que nada por el irreprimible deseo de libertad de ella – hasta la ruptura final en 1970.

Y la nueva preocupación parece tener un respiro. En 1952 se publica La isla y los demonios. Pero, resulta que la novela confirma en sus sospechas a los suspicaces: no está a la altura en absoluto de Nada; se trata de una novela “regionalista” . De hecho, está ambientada en la isla canaria donde la protagonista, adolescente, vivelaforet familia su ansia de libertad y sus sueños en plena naturaleza, sin que falte la figura de los parientes conflictivos. Nada que valga la pena, según sabios críticos, aunque otros, más sabios que críticos, como el hispanista Gerald Brenan y el escritor Ramón Sender, la encuentran llena de cualidades. Al mismo tiempo, y hasta el final de su vida activa, escribe relatos, y artículos para varias publicaciones, principalmente Destino y ABC.

En 1951 se inicia su relación con Lilí Álvarez, famosa tenista, que la lleva por el camino de la conversión hacia el catolicismo más rancio. La experiencia da el fruto, poco brillante, de la novela La mujer nueva (1955), donde se relata un proceso de laforet tanger 2conversión de forma nada autobiográfica. La obra obtiene el Premio Menorca de novela y nada menos que el Premio Nacional de Literatura (1956), en agradecimiento (precipitado) a su ingreso en el nacionalcatolicismo oficial, lo que conlleva el obligado rechazo de la intelectualidad criptoizquierdista.

Liberada de la extraña influencia, vuelve a ser la misma niña de siempre, contemplativa, abierta a los encantos de la naturaleza y a la comprensión desprejuiciada de las formas cambiantes de la vida  humana. Y así, con esta nueva faz, que es la suya verdadera, pasa unas temporadas en Tánger, donde Cerezales dirige el diario España, y comparte tertulias y hasta un poco de vida bohemia con escritores como Paul Bowles, Hemingway, Truman Capote y otros.

En 1963 publica La insolación, que había de ser la primera novela de una trilogía que no se llegó a cumplir. Solo se publicó la segunda, Al volver la esquina, póstuma, en 2004. Con La insolación, que narra el despertar a la vida de tres adolescentes, recupera la autora parte del antiguo prestigio, aunque el milagro de Nada sigue quedando, lejos, en el recuerdo.

En 1965, invitada por el Departamento de Estado, recorre los Estados Unidos dandosender conferencias y teniendo encuentros con estudiantes en varias universidades. Conoce a Ramón J. Sender, con quien al regreso inicia una correspondencia que se extenderá durante una década y en la que se muestra la cálida amistad surgida entre los dos, acosados por sus respectivos demonios: el dolor del exilio y de la vejez en él; la creciente asfixia del perfeccionismo y la inseguridad como escritora en ella.

A finales de 1970 se produce la separación “amistosa” del marido y emprende una vida que puede calificarse de nómada. Cambia continuamente de residencia, en viviendas alquiladas, en casas de amigos, de hijos, tanto dentro como fuera de España, principalmente en París y en Roma, donde frecuenta a los escritores Alberti y María Teresa León y a los actores Rabal y Asunción Balaguer, que se convierten en sus consuegros.

Pero el soñado viaje hacia la luz va tomando cada vez más el aspecto de un viaje hacia las sombras. Tras nuevas visitas a universidades de Estados Unidos entre roberta johnson1981 y 87, patrocinados por su nueva amiga Roberta Johnson, parece que la oscuridad crece. Arteriosclerosis cerebral, dictaminan. En 1988 llega la afasia y con ella la (aparente) separación del mundo. Hasta 1995 vive primero con su hija Cristina y después con su hijo Agustín. Finalmente, en diversos centros de salud. Muere en  Madrid en 2004.

Una mujer tan excepcional, ¿qué nos ha dejado? Nada, diría ella. Nada, dirá la literatura universal. Cierto, y a quien lo ponga en duda, al incrédulo yo le diría “toma y lee”:

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie.

Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran estación de Francia y los grupos que se formaban entre las personas que estaban aguardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso. El olor especial…nada

 (De ESCRITORAS)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

NEL MEZZO DEL CAMMIN

nell mezzoHallándome en la mitad de la serie de semblanzas de escritoras, me asaltan varias dudas y problemas.

La idea era proseguir la obra en la misma línea de la anterior – Los libros de mi vida. Lista B-, donde presentaba a los autores por riguroso orden cronológico, procurando no olvidar los canónicamente aceptados, aunque con las salvedades – que a algunos debieron parecerles inaceptables – de aquellos que me son inaccesibles por el veto particular de mi gusto o el de mi ignorancia. Y así, empecé por el romano Ovidio y concluí con el argentino Cortázar (la actualidad más rabiosa nunca he llegado a dominarla).cortazar jazz

Pero este esquema se me ha roto solo al empezar la nueva serie. Y es que esta se inicia con Juana Inés de la Cruz, escritora que vivió y escribió en la segunda mitad del siglo XVII. Y resulta que las hay más antiguas; el problema es que de ellas apenas conozco poco más que el nombre. Y no quiere ser este un trabajo de indagación literaria sino de simple divulgación, es decir, de ofrecer al público – y en cierto modo a mí mismo – algunas divagaciones sobre aquello que conozco o que puedo conocer mediante el mismo ejercicio de recopilación de datos e impresiones que he dado en llamar “semblanzas”.

El caso es que, de un salto, pasé de la poeta novohispana y barroca a las románticas de finales del siglo XVIII y principios del XIX, como la franco-suiza Madame de Staël y las inglesas Mary Shelley, Jane Austen (poco romántica, por cierto), Charlotte Brontë, hasta dar con la inclasificable norteamericana Emily Dickinson.mary mayor

Con Pardo Bazán y más con Alfonsina Storni me he adentrado en el siglo XX; con Anaïs Nin y Natalia Ginzburg me he situado de pleno en él. Y tengo claro que de ahí no pasaré.

O sea, que la manía cronológica queda superada: nada antes del Barroco y nada después del único fin du siècle que he vivido. Y asumo también las pequeñas irregularidades cometidas en la ordenación cronológica de las escritoras mencionadas.

Y aquí me encuentro, después de Natalia Ginzburg: dispuesto a elegir y presentar las once autoras que faltan (han de ser veintiuna, como todo el mundo sabe).natalia g

Y aquí aparece el problema principal: ¿cómo, con qué criterios elegir? Problema que ya se me presentó en la segunda serie de escritores (no en la primera ya que, al consistir esta en una rememoración de los autores y obras que más me han influido desde la infancia, no admitía impugnación alguna), y que resolví mediante un tácito compromiso entre lo canónico y lo subjetivo.

Ahora, son varias las voces que desde mi propio interior de escritor viejo me susurran consejos correctísimos: “habrías de dar cabida a más escritoras de nuestra lengua”, “y también a algunas de tu segunda lengua”, “tratándose de mujeres, no podrán faltar los grandes iconos del feminismo combativo”…Un momento, un momento.simene de B

Los escritores son como las personas. Con sus simpatías, sus antipatías, sus filias y sus fobias. Cierto que en el caso de las personas, esta actitud tan primitiva debe reprimirse en lo posible en aras de la paz social. Pero no ocurre así con los escritores, que tienen la facultad de volar siempre en libertad, y me refiero a los de verdad, por supuesto, no a los que se dedican a husmear tendencias o a consultar con el editor antes de ponerse a escribir.

Así, que nada de consejos correctísimos ni de estrategias para quedar bien. Once amigas me están esperando. Todas de la talla artística y humana por lo menos de las ya publicadas. Aparece primero aquella que se dio a conocer muy joven con una novela perfecta, cuyo relato se inicia con la llegada, a medianoche, a la estación central de una gran ciudad, de una jovencita que viaja sola por primera vez y que no encuentra a nadie esperándola.estacion francia

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie.

La precisión y la elegancia de un principio de novela de antología. A los veintidós años. Así son ellas. Las elegidas.

(De ESCRITORAS)

      

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

NATALIA GINZBURG. La familia, los monstruos y el tiempo I

natalia gMi padre, siempre que oía de uno de nosotros que estaba decidido a casarse, montaba en una cólera espantosa, cualquiera que fuese la persona elegida. Siempre encontraba un pretexto. O bien decía que la persona elegida era de poca salud, o que no tenía dinero, o que tenía demasiado, y en todos los casos mi padre nos prohibía que nos casásemos. Sin conseguir nada. Porque todos igualmente nos casábamos.

Cinco hijos: Gino, Paola, Mario, Alberto, Natalia. Es la pequeña, Natalia, la que, muchos años después, describe la anatomía y fisiología de la familia en su Léxico familiar, relato verídico que, según la misma autora, debe leerse como una novela.

Solo el párrafo transcrito puede dar una idea del tono de la escritura. Un humor fino, casi invisible; un amor contenido, casi soterrado, por todos y cada uno de los miembros de la familia; una discreción absoluta por parte de la autora, quien, siendo parte de la misma familia, apenas se muestra más que como sujeto narrador, sin destacar del conjunto de los personajes, hasta superada la mitad del relato.

El relato tiene varios centros. Uno de ellos es el padre – primero omnipresente, luegolevi diluyéndose en el tiempo -, Giuseppe Levi, científico relevante, hombre autoritario y enérgico, sujeto a manías fácilmente ridiculizables – ya se sabe que las manías son las costumbres de los otros – , cuya autoridad y energía suele írsele por los gestos y la voz atronadora, sin alcanzar el presunto objetivo, al menos en el ámbito familiar.

La madre, Lidia Tanzi, educada en ambiente culto y progresista – su padre era amigo de Turati, uno de los fundadores del partido socialista italiano -, lee a Proust, estudia ruso y practica el piano, además de lidiar con ejemplar templanza con los cinco hijos y el en apariencia prepotente marido.

El escenario es Italia entre los años veinte y cincuenta del pasado siglo, centrado sobre todo en las dos décadas largas de dictadura del fascismo mussoliniano. Hacia la mitad del texto leemos

el fascismo no tenía el aspecto de acabar pronto. Más bien parecía que no iba a acabar nunca,

palabras que provocan claras resonancias en la memoria del lector español de cierta edad.

A los hijos – los hermanos de la narradora – se les describe mediante breves trazos, en especial apuntado sus relaciones mutuas y los giros, a menudo sorprendentes, que fascismovan tomando las vidas respectivas. Sorprendentes sobre todo para el padre, quien no cesa de proclamar que no espera nada bueno o grande de ellos. El caso más destacado es el de Mario, meticuloso, reservado, esteticista, siempre enfrentado con su hermano Alberto, desde las peleas terribles de la infancia.

Pero un buen día, llega a los padres la noticia: Mario ha sido sorprendido por la policía en la frontera Suiza transportando en el coche gran cantidad de propaganda antifascista, pero se ha salvado saltando al río y nadando, vestido, hasta la orilla suiza.

La noticia causa sensación y preocupación en la familia. Sobre todo en el padre, que no puede ocultar su sorpresa, y su orgullo, por la actuación del hijo. Y es que tanto el padre, judío y liberal, como la madre, de tradición ilustrada y progresista, aunque antifascistas, nunca se han comprometido activamente.

Pero las consecuencias del hecho no se hacen esperar. El padre y Alberto son detenidos y pasan una breve temporada en la cárcel. No se habla de duros interrogatorios ni de torturas. Estamos todavía en la era de los monstruos menores.adriano ol 2

Y el relato sigue avanzando por los eventos de la vida familiar y los sobresaltos propios de la situación política.

Entre los primeros, la boda de la hermana Paola con Adriano Olivetti y el ingreso del hermano ingeniero Gino en la potente empresa del cuñado. Entre los segundos, la huída del célebre Turati, oculto en casa de los Levi, que el mismo Adriano organiza.

Y es por entonces, al tiempo que la narradora cobra cierto protagonismo, cuando aparece Leone Ginzburg, joven sabio de origen ruso, profesor de literatura eslava y comprometido hasta las cejas en la lucha antifascista. Durante una de sus estancias en la cárcel (junto con uno de los hermanos Levi) se escribe con Natalia. A continuación, la narradora, o sea Natalia, lo presenta como partícipe junto con otros ex alumnos del Instituto D’Azeglio, Pavese entre ellos, en la creación leonede la que sería la famosa editorial Einaudi, nombre que no se menciona.

La objetividad y pretendida frialdad de la autora, narradora y narrada llega al extremo de lo siguiente: después de dedicar una página a levantar acta (podría decirse), de una manera neutra, de las características de la persona llamada Leone, empieza el siguiente párrafo: Ci sposiamo, Leone ed io.

Se casan, sí, con la previsible e inútil oposición del padre (quien, por cierto, conoce y admira a Leone). No tiene una posición segura, alega. Por supuesto que no: en cualquier momento puede volver a la cárcel, reconoce la narradora y ya esposa.

Pero al cabo de poco tiempo lo que toca es el confinamiento o destierro. Casi tres años en un pueblecito de los Abruzos, con toda la familia – Natalia ya tiene dos hijos y da a luz a un tercero. Con el cambo de la situación política (no de la militar), Leone se decide a abandonar el destierro, y reanuda en Roma la actividad clandestina. Poco después se le une la familia. Conviven pocas semanas:

lo detuvieron veinte días después de nuestra llegada, no lo volví a ver más.

Y prosigue el relato. Acabada la guerra con la derrota definitiva de los monstruos mayores, se abre un período extraño, lleno de esperanzas y de incertidumbre.

Era la posguerra un tiempo en el que todos creían ser poetas, todos creían ser políticos […] Pero ocurrió que la realidad se reveló compleja y secreta, indescifrablepci y oscura, no menos que el mundo de los sueños

En las últimas páginas vemos cómo se va adaptando la vida a la nueva normalidad: otras amistades, nuevo matrimonio de la narradora, intentos de ésta de participar activamente en la política. Y termina el relato con una breve conversación entre padre y madre en la que recuerdan detalles, en apariencia banales, de la vida familiar y de sus extensiones. Es decir, de la vida.

Natalia Ginzburg escribió varias novelas, ensayos y obras de teatro, pero creo que es en Léxico familiar (1963) – junto  con los breves ensayos íntimos que constituyen Las pequeñas virtudes (1962) -, donde mejor se puede captar la rara peculiaridad de su estilo: una escritura concisa, exacta, austera, neutra en apariencia, y con toda la carga poética que lleva en sí la contemplación distanciada – estoica – del devenir humano.

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)   

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

NATALIA GINZBURG. La familia, los monstruos y el tiempo II

torinoNatalia Levi (más tarde, Ginzburg) nació en Palermo en 1916. El padre, Giuseppe, natural de Trieste y perteneciente a una familia judía ilustre e ilustrada, era un biólogo especializado en histología, que habría de alcanzar fama y prestigio por su labor y por haber sido maestro de tres premios Nobel. Cuando nació Natalia, ejercía como profesor contratado en Palermo. La madre, Lidia Tanzi, era cristiana, de educación católica y ambiente burgués y progresista. En 1919 la familia se trasladó a Turín donde había de transcurrir toda la infancia y adolescencia de los hijos.

Natalia era la más pequeña de cinco hermanos, condición que la mantenía siempre en la posición de espectadora más que en la de actora: dice que, cuando todos hablaban, ella nunca tenía ocasión de intervenir, e insinúa que esto, entre cosas, la impulsó a ir poniendo sus pensamientos e impresiones por escrito.

A los dieciocho años publica sus primeros cuentos en la revista Solaria, e inicia el estudio de humanidades clásicas en la Facultad de Letras, aunque no se gradúa. Inmersa en el mundo de la familia y de las amistades familiares, en gran partesolaria judías, la hazaña del hermano Mario y sus consecuencias le abren  definitivamente a la dura realidad de la sociedad bajo el fascismo (suele acompañar a su madre a llevar la muda para el padre y el hermano Alberto a la cárcel). A través de los hermanos, conoce a Leone Ginzburg, con quien se casa en 1938, y también a varios colaboradores de la incipiente editorial Einaudi, de la que ella misma había de ser figura destacada.

Desterrado Leone con toda la familia (ya tienen dos hijos) a una pequeña localidad de los Abruzos (1940), Natalia escribe en la nueva “residencia” su primera novela, El leone y natalia 2camino que va a la ciudad, que se publica primero con seudónimo y en el 45 con su propio nombre.

El 25 de julio de 1943 cae Mussolini, y se firma el Armisticio. A pesar de que el nuevo gobierno y los aliados aún no controlan la zona, Leone da por terminada la condena y marcha a Roma, también en poder de los nazi-fascistas. Poco después le sigue Natalia con los hijos, que ya son tres (en el destierro ha tenido una hija). Pero la convivencia de la familia dura solo veinte días. El 20 de noviembre Leone es detenido por la policía fascista en su imprenta clandestina. Comprobada su condición de judío, se le pasa a la sección alemana de la cárcel Regina Coeli, donde es torturado hasta morir.

armisticio

Tras la liberación de Roma producida unos meses después, Natalia decide permanecer en la ciudad y confía los hijos a su familia, en Florencia primero y luego en Turín. Es seguramente el período más triste de su vida. Supera la depresión realizando trabajos para la sede romana de la editorial Einaudi, hasta que, un año después, se traslada a Turín donde se reúne con los hijos y los padres.

En 1947 publica la novela Y esto es lo que pasó, en la que relata las durasmorte leone 2 experiencias de una mujer en la sociedad dominada por el fascismo. El mismo año recibe el premio Tempo de literatura e ingresa en el Partido Comunista con el que colabora con la mejor voluntad hasta que, aburrida de la cotidianidad de la política en democracia, confiesa, lo deja en 1952.

En 1950 se casa con Gabriele Baldini, profesor de literatura inglesa con el que tendrá dos hijos. En el 52 publica la novela Todos nuestros ayeres y recibe el premio Viareggio. En el 56 Baldini es nombrado director del Instituto Italiano de Cultura en Londres, donde ella lo acompaña hasta el regreso de ambos en el 61.

En 1962 publica Las pequeñas virtudes, colección de breves ensayos o semblanzas en la que se incluye un recuerdo emocionado (dentro de su estilo austero) de su amigo Cesare Pavese, muerto por suicidio doce años atrás, y escribe Léxico familiar, la gran obra en la que puede decirse que se contiene toda su vida hasta aquel momento. Se publica al año siguiente y es galardonada con el Premio Strega.

Colabora en Il Corriere della Sera y participa en diversas actividades culturales (interpreta el papel de María de Betania en la película de Pasolini El Evangelio según san Mateo).

estrategia deTras la muerte de Baldini, en 1969, aumenta su interés por la política activa, estimulada por la situación creada en Italia con la llamada “estrategia de la tensión” (atentado de piazza Fontana de Milán): sucesión de acciones terroristas urdidas por la extrema derecha para frenar el auge de los comunistas. 

En los años 70 y 80, además de escribir y publicar varias novelas traduce, entre otros, a Proust, sin abandonar el interés por la política activa: en 1983 es elegida diputada por el Partido Comunista en cuya lista se presenta como independiente. Muere en 1991.

Natalia Ginzburg es la escritora de los pequeños detalles que conforman la vida, que van marcando el paso de un tiempo que unas veces se encoge y otras se detiene o semaria de bet alarga, como se advierte bien en Léxico familiar; es la novelista de la mujer víctima por partida doble de la sociedad y del régimen político; es un ejemplo perfecto de artista y de luchadora política, que sabe no confundir lo uno con lo otro. Una lucha que no tenía otro objetivo que posibilitar la plena realización del ser humano, librándolo de cadenas físicas y de mitos alienantes (¿qué objetivo suelen tener ahora las luchas políticas? cabe preguntarse hoy).

En este sentido, es significativo que algún comentarista le haya reprochado que, a diferencia de en El jardín de los Finzi-Contini, de Bassani, no se destaque en su obra su condición de judía, así como la injusticia que se cometía con los de su raza (que solo lo era por parte de padre). Y es cierto. Porque lo que hay en su obra es la aspiración, de raíz cristiana, a una liberación del ser humano sin distinción alguna de condición o de raza. O, si se quiere, una aspiración humanista; claro reflejo de la actitud del padre – judío y ateo – quien, habiendo sufrido física y moralmente bajo los monstruos, en la cima de su prestigio como científico, advertía en una entrevista con el presidente de la república, Sandro Pertini: 

              tenemos que acordarnos de no odiar a los alemanes

hitler y cia

 (De ESCRITORAS)       

4 comentarios

Archivado bajo Opus meum

Natalia Ginzburg recuerda a Cesare Pavese

cesare pavese

A veces se mostraba muy triste, pero durante mucho tiempo pensamos que se curaría de aquella tristeza cuando decidiese ser un adulto. Porque la suya parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y vaga del muchacho que aún no ha tocado tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños.

.

natalia ginzburg piccoleA veces, estando con él, nos sentíamos como humillados, porque no sabíamos ser sobrios como él, ni modestos como él, ni  generosos y desinteresados como él.

Para nosotros no fue un maestro, a pesar de habernos enseñado tantas cosas, porque veíamos perfectamente las absurdas y tortuosas complicaciones del pensamiento con que aprisionaba a su alma sencilla. Y hubiésemos querido enseñarle algo, enseñarle a vivir en un mundo más elemental y respirable. Pero nunca conseguimos enseñarle nada, porque cuando intentábamos exponerle nuestras razones, alzaba una mano y decía que él ya lo sabía todo eso.

Las pequeñas virtudes: Retrato de un amigo, Natalia Ginzburg, (traducción mía para la ocasión)

caffè-torino

Deja un comentario

Archivado bajo La letra o la vida

Amistad más fuerte que el amor

henry anais big surMe encanta esta foto. Anaïs Nin y Henry Miller. No he podido comprobar los datos que supongo. Voy a imaginar sobre algunos que conozco.

Principios de la década de los setenta del siglo pasado. Henry reside en Big Sur, en la costa de California. Anaïs reparte su vida entre Nueva York y Los Angeles. Alguna vez va a visitarlo.

millerSon escritores célebres. Nada académicos. Él ronda los ochenta años; ella se acerca a los setenta.

Cuarenta años atrás se conocieron en París. Los dos frecuentaban la bohemia artística. Los dos como escritores incipientes, quiero decir, aún no conocidos. Ella, de posición social alta – marido banquero, padre músico y compositor –; él, educado en las calles de Brooklyn y en las bibliotecas públicas, y siempre en contacto con la humanidad más elemental, primaria y desquiciada, que le proporciona todo lo que necesita para escribir.

Los dos escriben, y se escriben – incesante torrente de cartas por parte de él. Los dos se leen mutuamente, y se gustan. Y se aman.anais nin

Pero el amor, el que requiere y exige el abrazo físico, se acaba. La amistad, no. La amistad se fundamenta en la conexión astral, diría Henry, de dos seres en apariencia tan diferentes.

La escritura los une, el impulso irresistible a la creación literaria. La palabra escrita, que puede convertir lo más anodino o vulgar en algo maravilloso.

O hablada. Ahí tenemos a la pequeña Anaïs – con todas sus décadas a cuestas -, divertida, fascinada, ante las maravillas en forma de palabras que le va ofreciendo, vital, inagotable, el mago Henry.

El mago Henry y la hada Anaïs. La amistad. 

henry anais big sur             

 

Deja un comentario

Archivado bajo La letra o la vida

ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro I

anais ninÚltima mirada a Barcelona y últimos pensamientos. Las montañas se alzan con belleza majestuosa. El Sol poniente muestra sus últimos pálidos rayos. Aquí y allá nubecitas blancas penden del cielo. Mientras contemplo el paisaje, los pensamientos se precipitan en mi mente. Vamos a dejar Barcelona, a dejar este hermoso país. Nunca más veré este cielo azul que tanto me gusta. Nunca más podré rozar con mis labios el dulce rostro de mi queridísima abuela…

Quien esto escribe es una niña de once años. Está embarcada, con madre y hermanos, en el vapor Montserrat, que zarpa rumbo a Nueva York. Es el 25 de julio de 1914. Falta el padre. Pensando en él escribe. Y no dejará de escribir ni de pensar en él hasta que arribe al umbral de la muerte, incluso después de haberlo recuperado, de extraño modo, y de haberse vengado de él, de rara manera.

Solo hace un año vivían todos juntos en Arcachon (Francia), aunque el padre, como siempre, pasaba temporadas ausente debido a sus compromisos artísticos. Eldescargajoaquin nin padre, Joaquín Nin, pianista, compositor, musicólogo; refinado, culto, cautivador, hedonista, donjuan, narcisista. Nacido en La Habana, de padre español (catalán) y madre cubana. La madre de la niña, Rosa Culmell, cantante de ópera, nacida en La Habana de padre danés (embajador en Cuba) y madre de origen francés, había dejado su carrera artística para acompañar al marido y cuidar de los hijos.

Pero el marido se perdía de vez en cuando en brazos de alguna admiradora o alumna. Hasta que la separación en Arcachon se convirtió en definitiva. Y el dolor que aquello infligió a la niña de once años persistió en el tiempo, primero como plegaria continúa a Dios para que le retornase el padre, y después – Dios también ausente – trasformado en indagación continua de sí misma y del mundo de los sentimientos a través de la creación artística.

Porque la niña Anaïs tuvo claro desde el principio que había de ser una gran escritora, de celebridad merecida, cuya tarea consistiría en desenredar, en clave poética, el mundo de los sentimientos. Pero esa celebridad deseada no la alcanzaría nin feministahasta la última fase de la vida. Y además se le presentaría un poco torcida y desfigurada en relación con lo soñado.

Y es que en el último tramo de su vida Anaïs se convirtió (la convirtieron) en adalid de la libertad de la mujer y del erotismo sin complejos. Y lo fue, sin duda, pero fue muchas cosas más por encima de las etiquetas que le iban poniendo. Y eso, no obstante las aclaraciones pertinentes que iba dejando en sus escritos.

Creo en la pareja, no en la abolición de las diferencias

Las feministas [radicales, precisaríamos hoy, a la vista del conjunto de su obra y vida] manifiestan una falta de humanidad propia de revolucionarios, como si estuviesen dispuestas a guillotinar a toda persona que tenga las uñas limpias

Contra el odio, el poder y el fanatismo, los sistemas y los planes, yo pongo el amor y la creación, una y otra vez, a pesar de la locura del mundo.

El caso es que la tan esperada celebridad se inició de repente en 1966 con la publicación de parte de su Diario. Pero, a pesar de la nube de vibrantes elogios que le dedicaron comentaristas que hasta entonces la habían ignorando, apenas nadie señaló la esencia real de la fuerza de Anaïs Nin.

Lo que hace indestructible a Miller es lo mismo que me hace indestructible a mí. En los dos, lo esencial es el artista, el escritor. Y es precisamente en nuestra obra como podemos reunir los fragmentos, volver a crear la unidad.

La obra de Anaïs la componen varias novelas, unos relatos cortos, una obranin diarios directamente porno-erótica, surgida en circunstancias especiales, y sobre todo el Diario.

Aquel cuaderno donde iba vertiendo la nostalgia y desolación de la niña fue el preludio de lo que, con los años, se convertiría en la obra magna de una mujer. Quizá, o con seguridad, la primera mujer que ha desarrollado por escrito todo el relato de su vida, exterior e interior, sin omitir nada, ni las fantasías, ni los sueños ni los detalles más escabrosos de la realidad.

Una vida que transcurrió en escenarios diversos. La infancia en Europa (París, Berlín, Bruselas, Arcachon, Barcelona). La adolescencia, en Estados Unidos y Cuba. La mujer casada, en París, primero como la señora burguesa que entonces era, aunque siempre indagando en el mundo y en sí misma a través del Diario, y luego, en cuanto dio con el acceso preciso (una obra: Women in love; un hombre: Henry Miller), como personaje integrante (compañera, amante, autora, “musa”) de la mítica bohemia de París de los años veinte y treinta del pasado siglo.

Y la última etapa, forzada por el estallido de la guerra en Europa, otra vez en Norteamérica, donde finalmente y con mucho esfuerzo alcanzó el deseado reconocimiento como escritora y el no tan esperado como icono de la liberación de la mujer y como figura destacada de la contracultura  americana (underground).

Además, fue paciente y oficiante del nuevo culto del psicoanálisis. Tenía que pasar por ahí para profundizar en la búsqueda de su propia alma, para restañar la herida otto rankdel abandono paterno, para absolverse por el extraño modo de vengarse del verdugo. Seduciéndolo. Y así, se confesó con el psicoanalista Allenby, al que también sedujo, y luego con el psicoanalista Otto Rank, al que  sedujo también y del que además se convirtió en alumna, ayudante, y oficiante del psicoanálisis durante pocos meses. Unos meses que pasó en Nueva York, intercalados en su etapa parisina. Pero, enseguida que consideró cumplida y superada la experiencia, Anaïs regresó  a París, escenario de los mejores años de su vida.

Y es que, aunque como literata escribió siempre en inglés (podía hacerlo también en francés, que dominaba, o en español, que también dominaba), se consideraba por encima de todo francesa.

Casualmente, Anaïs Nin había nacido en Francia.

(CONTINÚA)

(De  ESCRITORAS) 

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro II

Anaïs Nin nació en Neuilly-sur-Seine, cerca de París, el 21 de febrero de 1903. Las actividades del padre, músico de prestigio, obligaba a la familia a continuos desplazamientos, y el destino quiso que Anaïs naciera en el país que de todos modos hubiese elegido. Dos años después, nació un hermano, Thorvald, en La Habana, y en 1908 otro, Joaquín, en Berlín, quien seguiría la carrera (musical) del padre.vapor montserrat

La infancia de Anaïs fue un continuo paseo por toda Europa (con algún salto a Cuba), hasta que el marido decidió separarse de la mujer, y de los hijos. Él mismo  insistió para que fuesen a vivir a Barcelona, con parientes suyos. Y así se hizo. Y en esta ciudad pasaron un año, de feliz recuerdo para Anaïs, hasta que, a instancias de la hermana de Rosa, Edelmira, se trasladaron a Nueva York.

Instaladas en Manhattan con la ayuda de Edelmira, Rosa procura ganarse la vida, principalmente en el negocio inmobiliario. Mientras tanto, Anaïs se dedica a instruirse: se inscribe en la biblioteca municipal con el fin de “leerlo todo, por orden Anaïs-Ninalfabético” y en cuanto puede realiza también trabajos ocasionales, entre los que al fin se impone el de modelo profesional, principalmente para fotografía.

A los 17 años, intima con su primo cubano Eduardo Sánchez y, a los 18 conoce a alguien que será decisivo en su vida, aunque, por cortesía de ella misma, apenas aparecerá citado en el Diario, un Diario que nunca abandona y que ya lleva las trazas de convertirse en la obra de su vida: se trata de Hugue (o Hugo) Guiler, joven de origen escocés, que ha vivido en Puerto Rico y que se dedica a la banca.

A los 19 años Anaïs se traslada a vivir a La Habana con la tía Antolina. Unos meses después, el 3 de marzo de 1923, en la misma capital cubana, se casa con Hugo Guiler. Al año siguiente el matrimonio se traslada a París (con la madre de ella), donde Joaquín, hijo, cursa estudios musicales y espera la ayuda del generoso cuñado. 

En la parte del Diario, que ella misma tituló Diario de una esposa, expone y analiza Anaïs sus sentimientos de felicidad, al mismo tiempo que deja escapar alguna nota discordante (“Hugo huele a banco”).  De hecho, la vida de mujer casada con un hombre bien situado (Hugo es director adjunto del National City Bank de París) empieza a agobiarla, ni siquiera ha podido conocer nada ni nadie del París artístico y surrealista con el que soñaba encontrarse.

Hasta que la crisis económica del 29 cambia el panorama. Hugo tiene que reducirlouveciennes gastos. Deja la residencia del centro de París y se traslada con toda la familia (esposa, suegra y cuñado) a una amplia casa alquilada en la localidad próxima de Louveciennes, donde hay suficiente espacio para que cada uno viva su vida sin interferirse.

En el cuarto de escritora que se arregla, Anaïs escribe, escribe mucho, sobre todo en su Diario, y  lee, lee mucho, hasta que un día da con una obra de D.H. Lawrence (Women in love) y ahí encuentra el modo de expresar el mundo de los sentimientos tal como ella lo ha soñado. Rechazado por la crítica “seria” por pornógrafo, Anaïs descubre en Lawrence al poeta, al místico. Y escribe un ensayo sobre el tema, que finalmente se publica en una revista. Ha nacido la escritora.

henry miller brassaiY entonces el azar tiende sus redes. No se sabe cómo, a Miller le llega y lee el ensayo de Anaïs. Ella por su parte queda encantada con un escrito de Miller, autor tan desconocido entonces como ella misma – que le llega no se sabe cómo -,  sobre una película de Buñuel. Al mismo tiempo Hugo se entera de que un abogado del banco, que de noche frecuenta la bohemia surrealista, es amigo de un aspirante a escritor muy bueno y muy excéntrico. Y Hugo, para complacer a su esposa, cuyos gustos conoce muy bien, organiza un encuentro en su casa para que los dos escritores primerizos se conozcan.

A finales de 1931, Henry Miller y Anaís Nin se encuentran en Louveciennes. Es el principio de una amistad eterna y el prólogo de un amor intenso pero perecedero, como todos los amores de Anaïs. Menos uno.

Ausente él de París una temporada, se escriben, se escriben mucho. Durante 1932, Miller le escribe 900 cartas. El 8 de marzo del mismo año se convierten en amantes. Anaïs no solo ama a Miller sino que le gusta como escritor – su fuerza, su vitalidad, su furia- y cree en él.

Es un hombre a quien embriaga la vida, que no necesita vino, que flota en una euforia generada por él mismo.

No obstante, no comparte su actitud artística ni sus preferencias estéticas.

Me cansan sus obscenidades, su mundo de “mierda, coño, hijoputa, polla”, pero supongo que así es como habla y vive la mayor parte de la gente.[] Una y otra vez tropic of cancerhe entrado en el realismo, y siempre lo he encontrado árido, limitado. Una y otra vez regreso a la poesía…

Pero cree en él, y le ayuda. Y gracias a su aportación económica, se publica Trópico de Cáncer, primera novela de Henry Miller, que había de fundamentar su prestigio de gran escritor. Es decir que, entre los papeles que Anaïs desempeñó en la bohemia parisina, hay que añadir el de mecenas. O más bien éste corresponde al marido Hugo (con su conocimiento o no).

A finales de 1934 la relación amorosa con Henry decae  (la amistosa, nunca). Y entra en escena el psicoanalista Allenby, muy brevemente. Y luego el poeta Artaud, con el que viaja por extrañas honduras del alma. Y luego el psicoanalista Rank, con mayor provecho para ella, parece.  Y es que hay una cuestión, fundamental para la sana evolución de su espíritu, que está pendiente de resolver. Y aquel era el momento. 

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)

  

      

 

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro III

valescureA pesar de la prohibición de la madre a los hijos, Anaïs contacta con el padre, y en diciembre de 1924 cena con él y su pareja, Maruca. Días después lo recibe en su casa. Aparentemente, lo que el padre busca es obtener la dirección de la madre para poder iniciar el proceso de divorcio. Anaïs se la da. Y acuerdan un próximo encuentro en mejores condiciones.

El encuentro no resulta nada próximo. Pero al final tiene lugar, en junio de 1933, en un hotel de Valescure, en la Costa Azul. En la parte del Diario titulado Incesto, Anaïs explica con bastante detalle (o con demasiado, según los gustos) los aspectos físicos y anímicos del encuentro. El padre afirma que no la ve como su hija, sino como una mujer encantadora y deseable. Ella escribe que finalmente tiene al hombre completo, con el que siempre ha soñado, y que ha ido buscando inútilmente en otros hombres.

Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. Tenía la esencia de su sangre dentro de mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez en John, la compasión en Allendy, las abstracciones en Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo en Henry. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad!

Fue en la noche de San Juan cuando “establecimos una relación nueva entrehoguera san juan nosotros“… “En España ese día amontonan los muebles viejosy hacen hogueras en las callesme pareció oportuno que mi padre y yo hiciéramos una hoguera del pasado…”.

Ha seducido a su padre, se ha vengado de él, está curada, sentencia el psicoanalista Rank. Y lo cierto es que Anaïs se siente un poco más serena el resto de su vida. Una vida que va a dar otro giro radical.

A finales de 1939 la guerra es una realidad en Europa. Ante la proximidad de Hitler, multitud de artistas e intelectuales residentes en Francia abandona el país vía Lisboa. André Breton, Max Ernst, Marcel Duchamp, Salvador Dalí… Anaïs también. Miller marcha a Grecia con L. Durrell. La mayoría, a Estados Unidos.

Nueva vida. Nuevas perspectivas. Poco halagadoras. En Francia ha publicado tres libros. En Nueva York, pese a los contactos e influencia de Hugo, ninguna editorial se interesa por los que ofrece. Finalmente, con ayuda del amigo peruano Gonzalo More – marxista que ya desde los tiempos de París no ha conseguido arrastrar a Anaïs a su trinchera revolucionaria -, se monta una mini imprenta en su propia casa. Ella es escritora y quiere demostrarlo al mundo.

nin imprentaEn mayo de 1942 consigue sacar Invierno de artificio. Ninguna repercusión. Poco después publica el conjunto de relatos, con tonos fantásticos y surrealistas, Bajo una campana de cristal, cuya primera edición se agota en tres semanas y que recibe los elogios del prestigioso crítico Edmund Wilson.

Sigue escribiéndose con Henry Miller, quien finalmente se ha instalado en California y al que visita en 1947 con su nuevo amante Rupert Pole. Porque por entonces Anaïs divide su corazón y su tiempo entre las dos costas de América, repartiéndolos por temporadas entre su marido Hugo en el este y Rupert en el oeste. 

Entre  el 47 y el 58 publica un ensayo (Sobre la escritura) y cuatro novelas (Hijos de Albatros, Corazón cuarteado, Un espía en la casa del amor y Barca solar). En 1961, La seducción del Minotauro.

En 1966 Anaïs se encuentra con lo peor y lo mejor. A principios de año se le detecta un cáncer en los ovarios y es trasladada urgentemente al hospital. Al despertar de la intervención quirúrgica le anuncian que ya tiene editor para sus Diarios (que se publicarán por partes: son unas cuarenta mil páginas mecanografiadas). Y con ellos alcanza la celebridad soñada.

Anaïs se convierte en la gran figura del movimiento de liberación de la mujer, aunque mantiene sus diferencias con ciertos grupos radicales. Sobre una de sus intervenciones públicas un cronista informa: “Decepción, esperaban una Pasionaria y aparece una vestal empolvada que proclama el genio de Miller”.

Miller, por cierto, está en el origen de la que sería su obra más famosa, pese a ella misma, aparte de los Diarios. En 1940 un coleccionista misterioso  había encargadonin conversación a Miller que le escribiera unos textos directamente pornográficos por los que pagaría un dolar por página. Miller – temeroso de que su pornografía propia se contaminase de la comercial – acabó pasando el encargo a Anaïs, quien se puso manos a la obra. Todo de forma anónima.

Pese a las presiones editoriales, Anaïs se negó a que se publicasen. Hasta que, finalmente, en 1975 cedió.

Me he decidido al fin a publicar estos textos eróticos porque representan los esfuerzos primeros de una mujer de hablar de un campo que hasta entonces había estado reservado a los hombres.

Y apareció en las librerías Delta de Venus. Y con el dinero del anticipo Anaïs pagó los gastos de su hospitalización. La enfermedad persistía.

También persistía la nostalgia de París, que visitó en dos ocasiones y donde solo encontró las ruinas del pasado. Y la amistad inquebrantable con Miller, con quien no dejó de escribirse y al que visitó en más de una ocasión en su retiro de Big Sur.henry anais big sur

En enero de 1977, ingresada de nuevo en el hospital, Anaïs se acaba. Pero su vida – la Vida – permanece en su Diario para siempre.

Quiere, en la habitación, la música alta, muy alta.

Voy a morir rodeada de música, en la música, con la música.

Quizá la misma música que arrulló su infancia.

(De ESCRITORAS)

 

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

El eterno retorno (de una idea absurda)

Si realmente el tiempo es infinito, todo lo que puede ocurrir habría ocurrido ya.

nietzscheParece que sobre esta afirmación de Schopenhauer edificó Nietzsche su teoría del “eterno retorno”, teoría que ha sido luego admitida a trámite filosófico sin pestañear por serios pensadores que no dudarían en reírse del misterio de la Santísima Trinidad, pongo por caso. Pero yo creo que, para que la proposición citada se considere no una simple suposición sino una posibilidad cumplida, serían imprescindibles dos requisitos.

Primero. Que el tiempo sea en efecto infinito. Y es que hay varias creencias, religiosas o filosóficas, que no lo imaginan así. En el pensamiento cristiano, por ejemplo, se concibe un principio del tiempo, que es el acto creador de Dios, y un final, marcado por el regreso de Cristo y el fin de la historia, del tiempo. Por supuesto que esta creencia no está demostrada. Ni las otras tampoco.

Segundo. Que no se conozca o no se haya entendido en absoluto la concepción del tiempo en Kant y en Schopenhauer.

Obviamente, este último requisito requiere una aclaración. Intentaré darla, pidiendo por adelantado disculpas por mi torpeza en el manejo delKant2 instrumental filosófico.

La idea del eterno retorno, como la del tiempo infinito que le sirve de base, o del tiempo finito que la contradice, son hipótesis que se dirían formuladas por alguien exterior a la conciencia humana, que observase el devenir de las cosas y de los individuos.

Pero ese alguien no existe o, si existe, no se dedica a escribir filosofía. Así que esa hipótesis – la del eterno retorno – ha sido elaborada por la mente humana en una clara extralimitación de sus competencias. Y es que para una mente humana despierta – y que haya leído y entendido a K o a S -, el tiempo no es ni finito ni infinito; el tiempo es una cualidad, una característica consustancial al modo de operar del cerebro humano, una especie de foco connatural que permite conocer y distinguir lo que, en sí, es Uno e indistinguible.

Aplicando nuestro congénito foco del tiempo, experimentamos un suceso después de otro, (igual que aplicando el foco del espacio vemos un objeto al lado de otro). Ese es todo el tiempo del que podemos hablar.

El tiempo nace conmigo y muere conmigo. Y si, por un raro milagro, fuese cierto que yo ya había vivido antes o que este instante se me repite, al no tener conciencia o constancia de ello es exactamente igual que si no fuese cierto. Por la misma razón, todas las teorías sobre transmigraciones y similares son absolutamente inútiles. Es mi opinión.

También opino que los filólogos poetas no deberían dedicarse a la filosofía, sobre todo si son psíquicamente inestables. Y no opino más, porque hay mucho nietzscheano por ahí dispuesto a echarme la caballería encima.

Por otra parte, la frase de Schopenhauer que, según parece, está en la base de la teoría de Nietzsche ha de ser entendida en su contexto y en la intención del autor: poner de relieve la contradicción entre la idea de tiempo infinito y la idea de progreso, ya que, de existir el progreso en un tiempo infinito, allá donde hemos de llegar ya habríamos llegado sobradamente. schop y perrito


1 comentario

Archivado bajo Postales filosóficas