Maneras de explicarse. Los suyos y los nuestros (A.E.P.14)

EGO.- ¿Has dormido bien esta noche?

ALTER.- ¿Por qué lo preguntas?

EGO.- No sé…tienes una cara…

ALTER.- ¿De tonto? ¿No es eso?maneras aristarco

EGO.- Bueno…si tú lo dices…

ALTER.- Me lo temía, sí, se me ha puesto cara de tonto.

EGO.- ¿Alguna experiencia especial?

ALTER.- Tú mismo…Es el caso que yo creía que, con nuestros diálogos, íbamos iluminando, humildemente, si quieres, ciertos aspectos del mundo literario…

EGO.- ¿Y no es así?

ALTER.- Y que nuestras reflexiones podían interesar a todos los interesados por la literatura.

EGO.- No es imposible.

ALTER.- Y hasta estaba orgulloso de colaborar, desde una posición modestísima, en el gran debate literario que no cesa desde los tiempos de Aristarco.

EGO.- Muy erudito por tu parte.

ALTER.- Pues no, resulta que no. Que la erudición no importa, ni el ingenio, ni el humor, ni el buen gusto, ni el criterio…

EGO.- ¿Acabas ya?

ALTER.- Acabo. Orgulloso como estaba, me ha dado por hojear ciertos libros de algunos críticos eminentes, para comprobar que nuestro papel no desmerece del de tan altas autoridades.

EGO.- ¿Y?

ALTER.- Se me ha puesto esta cara.

EGO.- ¿Por?

ALTER.- Porque resulta que a nosotros se nos entiende todo.

EGO.- Eso está bien, ¿no?

ALTER.- Y a ellos no se les entiende nada.

EGO.- ¿Tú crees?

ALTER.- Juzga tú mismo. He transcrito en este papel algunos párrafos de un libro de uno de los críticos literarios más famosos del mundo…

EGO.- Espero que no te hayas buscado un deconstructivista feroz…la cosa no tendría gracia…

ALTER.- No, al contrario, y eso es lo grave del asunto. Y es que el crítico en cuestión arremete contra los deconstructivistas, refiriéndose a su «jerga con frecuencia repulsiva, al oscurantismo artificial y a las engañosas pretensiones de tecnicismo que hacen ilegible la mayor parte de la teoría y la práctica postestructuralista y deconstructivista».

EGO.- Eso está muy bien, ¿no? ¿De qué te quejas?

ALTER.- Espera, espera. Porque resulta que, para cargarse ese deconstructivismo oscurantista y de tecnicismos ilegibles, el famoso crítico nos prepara del siguiente modo, leo: «Quiero considerar este motín de la teoría -más exactamente, de la teoría que se hace ella misma sospechosa- contra la autoridad de lo poético en relación con el sentido postestructuralista, deconstructivo, de la ilegitimidad de lo inteligible, tal como ha sido establecido en una categoría o dimensión transcendente».

EGO.- La cosa va en serio.

ALTER.- Y poco más abajo: «al ironizar -aunque esto sólo es cierto para sus practicantes más rigurosos- sus propios medios de juicio negativo, la deconstrucción privilegia los malestares de lo teórico, lo fragmentario, sobre las complacencias retóricas irreflexivas y las atractivas formalidades que habitan la poética tradicional».

EGO.-…

ALTER.- ¿Qué? Te has quedado mudo…

EGO.- No, estaba pensando en eso de «las atractivas formalidades que habitan la poética de lo tradicional». Es una frase hermosa, ¿no crees?

ALTER.- Por favor, en serio. ¿No crees que estamos haciendo el ridículo?

EGO.- ¿Qué te hace pensar eso?

ALTER.- ¿Crees de verdad que alguien puede hacer caso de un par de personajillos que hablan de literatura de una manera tan transparente, tan…inocentona?

EGO.- Vamos a ver, ¿tú has entendido algo de esos pasajes que acabas de leerme?

ALTER.- Prácticamente nada. ¿Y tú?

EGO.- Prescindamos de mí. Yo creo que, con una base cultural sólida, sin separarlos de su contexto y con el máximo de atención posible, pueden entenderse.

ALTER.- Aún así, ¿es ésa manera de explicarse? ¿O somos nosotros los que estamos equivocados y realmente hay que explicarse de esa manera?

EGO.- Explicarse, ¿a quién? Él se explica a los suyos y nosotros a los nuestros.

ALTER.- ¿Y quiénes son los suyos y quiénes los nuestros?

EGO.- Los suyos son la ingente tropa del mundo profesoral, los críticos eruditos, los profesionales de la hermenéutica y de la exégesis, los que cada año producen toneladas de papel escrito con prolijos estudios de obras y autores y no menos prolijos estudios de los estudios de obras y autores, con toda su constelación de réplicas y contrarréplicas. Forman un mundo cerrado, mayormente a cargo de los presupuestos de las universidades, cuyas bibliotecas saturan con revistas llenas de artículos y recensiones, con opúsculos y separatas, que casi nadie lee. Constituyen una auténtica nación con sus tradiciones, que quizá arrancan de ese Aristarco que has nombrado, su cultura y su lengua propia, y hasta poseen embajadores que los representan en el mundo exterior, normalmente alguien de fama internacional, como ese George Steiner, que no has nombrado, y algunos críticos de los suplementos literarios de los periódicos.

ALTER.- ¡Lo has reconocido!

EGO.- Sí, lo leí con mucho interés…pese a las dificultades que presenta su lengua nacional, como has podido comprobar.

ALTER.- Y entonces, los nuestros…claro, los nuestros son todos los demás.

EGO.- Hombre, tampoco es eso. No vayamos a rebajarnos ahora más de lo debido. Los nuestros no son «todos los demás», entre los que habría que incluir a los lectores de basura (aunque ahora la basura se ve, más que se lee). Los nuestros son los verdaderos amantes de la literatura.

ALTER.- Y la tropa profesoral, ¿no la ama?

EGO.- Yo diría que no, porque se dedica a diseccionarla. El gozo del verdadero amante consiste en poseer y dejarse poseer por el ser amado; no en descuartizarlo…normalmente.

ALTER.- ¿Quieres decir que ambas posturas, la del lector amante y la del estudioso crítico, son incompatibles? Pues yo creo que uno puede amar a alguien o a algo y sin embargo, o precisamente por ello, desear estudiarlo, analizarlo.

EGO.- No digo que no, pero son operaciones distintas, aunque partan del mismo sujeto y concurran en el mismo objeto.

ALTER.- Pero compatibles…

EGO.- Depende de lo que se ponga por delante. El que sobre todo ama puede también analizar y juzgar; el que sobre todo analiza y juzga se incapacita para amar.

ALTER.- Me parece una opinión muy heterodoxa. Siempre se ha dicho que el amor es ciego.

EGO.- No siempre es cierto lo que siempre se ha dicho. Y además, eso se refiere al amor-pasión, tema que ahora ni nos ocupa, ni nos preocupa. Lo que quiero decir es que el que se acerca a la obra de arte con los instrumentos de la ciencia no se encuentra con una obra de arte, sino con un objeto de la ciencia.

ALTER.- Y una obra de arte, ¿no puede ser objeto de la ciencia?

EGO.- Por supuesto. Pero entonces ya no funciona como obra de arte, sino como mecanismo que desmontar. A ver si me explico. Aunque edificada con medios materiales, la obra de arte es una construcción espiritual, como el mismo individuo humano. Una obra artística no es el resultado de la suma mecánica de todos los elementos que la componen. Tiene un alma, que es la expresión de su totalidad, y sólo captando la obra en su totalidad, de una manera, diría, intuitiva, puede captarse esa alma. El alma no se revela en la mesa de operaciones. Ni la artística ni la humana.

ALTER.- Imagino que esa opinión tendrá muchos contradictores.

EGO.- Por lo menos, todos los que integran la tropa profesoral. Y es natural. Son profesionales.

ALTER.- ¿Tienes algo contra los profesionales?

EGO.- En general no. Todo el mundo tiene derecho a vivir de una profesión. El problema aparece cuando la necesidad de mantener incesante el ejercicio profesional falsea, degrada o desnaturaliza la materia sobre la que se aplica. Esto difícilmente le ocurrirá a un médico, a un arquitecto o a un carpintero, porque sus actividades son empíricas y, en los dos últimos casos, eminentemente constructivas. Pero a medida que avanzamos por el camino de la abstracción, la cosa se va complicando. Un antropólogo, un sociólogo, pueden demorarse en largas investigaciones cuya verdad o utilidad quizá sean, por lo menos, indemostrables. Y si pasamos al estudioso profesional de la literatura, al investigador implacable de autores y textos, no nos hemos de extrañar si le vemos demorarse por intrincados vericuetos, sin freno ni responsabilidad alguna, o sentando conclusiones que pueden ser tan sensatas o peregrinas como indemostrables. Pero en fin, si eso le hace feliz, no seremos nosotros quienes le agüemos la fiesta. Lo único que habría que pedirle es un poco de humildad; que no intente vendernos sus conclusiones como productos científicos; que piense que, casi siempre, de una obra, de un autor, puede afirmarse eso que afirma…y también lo contrario. En fin, que para mí lo importante no es saber si Shakespeare existió o no, sino poder gozar de las obras que tradicionalmente le han sido atribuidas.

ALTER.- Sí, «lo importante no es si Dios existe o no, lo importante es si se ocupa o no de nosotros».

EGO.- En todo es así. Dicen que eso que se llamaba «la verdad» fue destronado por el relativismo moderno. Así, que lo que ahora cuenta es la eficacia. Lo verdadero es sólo lo que funciona, lo que va en la dirección de la vida.

ALTER.- La razón vital de Ortega…

EGO.- Por lo visto, es la única verdad que tenemos a nuestro alcance.

ALTER.- Y además, se ha dicho que quien se empeña en buscar la verdad corre el riesgo de encontrarla.

EGO.- Afirmación veladamente pre-posmoderna, porque ahí se insinúa que sí existe una verdad…y que es terrible. No sé a quién corresponde la frase, pero yo diría que está en perfecta sintonía con aquella del Filósofo: «El mundo es bello para ver, pero horrible en su ser».

ALTER.- ¿No nos podemos librar de él?

EGO.- Difícilmente.

(De Alter, Ego y el plan)

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Postales filosóficas: la serie

Tiene este Blog una categoría con el nombre de “postales filosóficas”. En ella he ido encuadrando aquellas entradas que, de alguna manera, tocaban lo que se entiende por filosófico, sin relación necesaria entre ellas. Pero, desde hace unas semanas, he empezado a publicar unas breves entradas que guardan cierta relación de tema y de continuidad entre sí. Así que, al efecto de que no se pierdan en el barullo propio del Blog y de que los interesados puedan consultarlas ordenadamente, he decidido agruparlas aquí, con los correspondientes enlaces. Éstas son las publicadas hasta el momento:

  1. Lo más natural                 5. Una ecuación para la muerte  

  2. Un fenómeno muy raro     6. ¿Imaginarse inexistente?

  3. Duración. Tiempo               7. En el fondo

  4. La única manera                 8. Cada cual con su verdad

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La única manera

Hay personas que viven como si vivir fuese lo más natural del mundo. Y hacen bien. De hecho es la única manera de vivir.

Pero los que no sabemos vivir de esa manera en primera instancia tenemos una opción: si la naturaleza ha fabricado esa cosa en apariencia tan absurda como la vida, hagamos como que no nos damos cuenta de ese absurdo, engañémonos nosotros mismos como la misma naturaleza pretende engañarnos y digámonos: vivir es lo más natural del mundo.

Pero no. No funciona. Es una actitud falsa, intelectualoide. Se requiere ingenuidad, o una sensibilidad estrictamente animal, como la de muchos seres humanos, por cierto. Es decir, se requiere no encarar el problema, no planteárselo siquiera, ignorarlo por completo. Vivir como las florecitas del campo, que ignoran que llegará el invierno para acabar con ellas.

Ahora mismo dirijo la vista a un rinconcito de la pantalla y veo 19,48h. Día 13 de enero. Año 2015. Una vez comprobado que he escrito bien la fecha, vuelvo la vista al rinconcito mencionado y veo: 19,50h. ¿Qué es esto? ¿No hay nadie capaz de pararlo? 19,51 ¿A dónde nos conduce esta loca carrera?

La respuesta es sabida: a la muerte. Y con esto acabo por hoy, a las 19 horas 53 minutos del día 13 de enero de 2015. Bueno, a las 19 horas y casi 54 minutos. 

(De Postales filosóficas: la serie)

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Duración. Tiempo

Dejando aparte los aspectos físico-químicos, lo más característico de la vida es la duración. Es decir, el hecho de que consiste en una sucesión de instantes que se van produciendo sin interrupción y siempre en el mismo sentido, sin que haya posibilidad alguna de que la marcha, la sucesión, se invierta de manera que el mañana pueda darse antes que el hoy.

La duración es lo propio del tiempo. Decimos que algo dura porque prolonga su ser a lo largo del tiempo. Pero ¿qué es el tiempo? El tiempo es una de esas cosas que – como la vida misma – a primera vista nos parece de lo más natural, porque siempre hemos convivido con ello. El problema surge cuando uno se pone a descifrarlo. Es lo que le pasaba a san Agustín, que decía que sabía muy bien lo que era el tiempo, pero que, cuando se lo quería explicar a alguien, ya no lo sabía.

Con el tiempo suceden cosas extrañas. Lo más extraño es que sus partes son etéreas e inaprensibles. Porque, a ver, ¿dónde está el futuro? ¿qué se ha hecho del pasado? Y lo peor ¿en qué consiste el presente? ¿Cuándo se vive?, que decía Oblomov, el personaje de la novela de Goncharov. Porque el instante presente es un no ser entre el pasado y el futuro. Y consumimos toda la vida esperando algo que, si se produce, en un instante ya es pasado. O sea que todo ocurre entre la expectativa y el recuerdo. Y en medio, ese huidizo o inexistente presente, que es nada menos que el núcleo de la vida: lo más natural del mundo (!).

(De Postales filosóficas: la serie)

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De aquí y ahora. El tema de la literatura (A.E.P.13)

EGO.- Mira, quizá será cosa de la edad, pero yo tengo la impresión de que todo lo bueno que puede dar la literatura… lo ha dado ya. De hecho, hace tiempo que no leo nada actual, y últimamente me dedico a releer libros que leí hace muchos años.

ALTER.- ¿No te interesa nada de lo actual, de lo contemporáneo?

EGO.- Apenas nada.

ALTER.- Perdona que te lo diga, pero ese desinterés, ese desprecio por los escritores de hoy no habla muy bien de ti.

EGO.- ¿Por qué?

ALTER.- Para empezar, esa actitud es reveladora… de una falta de fe en el progreso.

EGO.- En el arte no hay progreso. Lo vimos en la primera lección.

ALTER.- De miedo a equivocarte al juzgar nuevos valores.

EGO.- Miedo a perder el tiempo, más bien.

ALTER.- De insolidaridad con los colegas de tu generación.

EGO.- A ningún creador verdadero le interesa la obra de sus contemporáneos más próximos. Lo descubrió Gombrowicz.

ALTER.- Supongo que fue otro gran insolidario.

EGO.- Supones bien. Y has de tener en cuenta que la palabra «solidaridad» no pertenece al léxico del arte…. Aunque a otro nivel, mucho más profundo, nadie hay más solidario que el verdadero artista. Todas las noches, en su humilde habitación de escritor, Kafka realizaba una labor infinitamente más solidaria que la del más diligente agitador de masas.

ALTER.- ¿Pero de verdad no te interesa nada de lo que se escribe aquí y ahora?

EGO.- Esa es la palabra: no me interesa. Lo cual no supone ningún juicio de valor sobre las obras, sino, en todo caso, algún defecto de mi aparato receptor. Puede haber cosas magníficas…en ese caso, ya me llegarán. No he de ir yo a buscarlas. Siempre ha sido así: todo lo bueno que me ha dado la literatura me «ha llegado», de una u otra manera. Quiero decir que, del mismo modo que en ningún momento me dije «voy a ponerme a leer literatura germánica», literatura que, no sé por qué, ha resultado ser la que más he leído y la que más satisfacciones me ha proporcionado, tampoco pienso decirme «voy a leer literatura de aquí y ahora». Si algo me ha de llegar, ya me llegará.

ALTER.- No me creo que, a tu edad, no te haya «llegado» nada de nuestros contemporáneos. Porque, si eso fuese cierto, significaría, una de dos, o que hay un fuerte prejuicio por tu parte o que la literatura española actual no vale una mierda.

EGO.- No hay que irse a los extremos, ni en los planteamientos ni en el lenguaje. Yo no he dicho que no me haya llegado nada en absoluto de nuestros contemporáneos…

ALTER.- Un nombre, por favor…

EGO.- Imposible. Va contra las normas.

ALTER.- ¿Se puede saber en qué consiste exactamente esa norma?

EGO.- No nombrarás autores españoles vivos.

ALTER.- ¿Latinoamericanos tampoco?

EGO.- Bueno…se podría hacer alguna excepción. De hecho ya he nombrado a Sábato más de una vez. Y hubiese sentido mucho no poder hacerlo. Para mí, Sábato es todo un clásico.

(Téngase en cuenta que este fragmento se escribió en 2004)

ALTER.- Me vienen ahora a la cabeza los nombres de dos autores españoles fallecidos hace poco, los dos nacidos en Barcelona. ¿Tienes algo que decir de ellos?

EGO.- Nada. Aquí hablamos de literatura en mayúsculas.

ALTER.- Pues dame un nombre de entre los fallecidos en los últimos cincuenta años. Mira que te lo pongo fácil…

EGO.- Sí, la pregunta es fácil…lo difícil es la respuesta. Y es que la inmensa mayoría de las obras de esos autores no me ha «llegado». Y seguro que algo bueno me he perdido…problemas de mi aparato receptor, ya te lo decía…El único que puedo mencionar con pleno conocimiento de causa es Ramón J. Sender. Su Crónica del alba, especialmente la primera parte, es una obra absolutamente deliciosa, ah, y Teresa Chacel, por las Memorias de Leticia Valle…y La familia de Pascual Duarte, de Cela.

ALTER.- Y…

EGO.- Y para de contar.

ALTER.- Es un balance bastante pobre, ¿no?

EGO.- Es lo que hay. Pero quiero que quede bien claro lo que antes ya he apuntado: que mis opiniones son sólo mis opiniones, y que, si no hay manera de que me llegue nada de la literatura actual, el problema debe de estar en mí.

ALTER.- En tu aparato receptor.

EGO.- Sí, en mi aparato receptor…Y que sólo me pronuncio sobre las cosas que conozco y que, por lo tanto, es imposible que me pronuncie sobre la literatura actual. ¿Está claro? Reconozco mi ignorancia y asumo la responsabilidad. Y nadie tiene que darse por ofendido. Después de todo, yo no soy nadie.

ALTER.- Eso es una gran verdad.

EGO.- Y tú, menos que nadie.

ALTER.- Touché…Pero entonces, ¿qué somos?

EGO.- Meros pretextos para que tomen forma estos diálogos, supongo.

ALTER.- Yo también lo supongo. Pero es muy triste oir que uno es un mero pretexto para…

EGO.- Quién sabe si toda la humanidad no lo es.

ALTER.- Los seres humanos meros pretextos, simples medios, quieres decir…¿para qué?

EGO.- Ahí puedes poner lo que quieras: la sociedad comunista, el progreso infinito, la utopía perfecta, el superhombre…porque, desde el momento en que el individuo concreto que nace, vive y muere no puede gozar personalmente de alguna de esas dichosas culminaciones, queda reducido a la condición de simple escalón para el ascenso de las generaciones futuras. Y eso, considerando sólo las filosofías optimistas, porque, si nos atenemos a las otras, el individuo ya ni siquiera es escalón, sino un rápido destello que se agota en sí mismo, cuando no una pieza absurda, condenada con el todo a la eterna e inmisericorde repetición de los ciclos. Para mí, la única visión realmente optimista, y además concreta, es la que ofrece el cristianismo: la salvación al mismo tiempo personal y colectiva.

ALTER.- ¿Cristiano, pues?

EGO.- He dicho que es la mejor oferta, no que responda a una realidad.

ALTER.- Y alguna de las otras, ¿sí responde?

EGO.- Lo ignoro. Como lo ignora el más sabio de los filósofos…por muchos libros que escriba.

ALTER.- ¡Qué panorama tan sombrío! ¿Cómo hemos venido a para aquí?

EGO.- La literatura actual nos ha traído, y mi crasa ignorancia sobre el tema. Pero podemos corregir el derrotero.

ALTER.- Estupendo. El otro día leí esta frase: «El tema de la literatura es el sufrimiento humano». ¿Qué opinas?

EGO.- Que es cierto. El tema de la literatura es el sufrimiento humano. Y el gozo y el dolor y el placer y el amor y el odio y la esperanza y la desesperación. Todo lo que afecta al ser humano constituye el tema de la literatura. Así que el que escribió esa frase dijo una gran verdad, pero se olvidó de otras verdades no menos grandes. Es lo malo de las sentencias rotundas: que dejan muchas cosas fuera. Y sin embargo…en cierto sentido…

ALTER.- En cierto sentido ¿qué?

EGO.- Estaba pensando que, según se mire, sí que hay una relación muy especial entre literatura y sufrimiento humano.

ALTER.- ¿Más que entre literatura y felicidad, por ejemplo?

EGO.- Sí, más, mucho más. Si lo piensas bien, todo relato literario, incluidos el cuento de hadas y la novela rosa, trata de las dificultades, los sinsabores, los sufrimientos de unas personas que, explícitamente o no, buscan la felicidad. Cuando el sufrimiento se acaba, el relato termina. A partir del momento en que se escribe «y se casaron y fueron felices» ya no hay literatura posible.

ALTER.- Podría funcionarles mal el matrimonio…

EGO.- Sí, pero entonces ya no serían felices, con lo que volvería a haber materia literaria.

ALTER.- Es curioso…¿Y a qué crees que se debe eso?

EGO.- La respuesta, como en tantas otras cuestiones, nos la da el Filósofo. Para él, sólo el dolor es real, positivo, mientras que la dicha no tiene entidad propia, es un concepto negativo, que se define por la ausencia de dolor. En coincidencia plena con esta idea Larra escribe «Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión».

ALTER.- ¡Larra, influido por Schopenhauer!

EGO.- Imposible. Aunque son contemporáneos, en los años en que Larra escribe, el Filósofo (por cierto, te has saltado el pacto) es un perfecto desconocido, incluso en su país. En cambio, éste sí que lee a Larra, y hasta cita una frase suya, sacada de El doncel de don Enrique el Doliente.

ALTER.- Una frase muy profunda, supongo.

EGO.- Juzga tú mismo: «El que no ha tenido un perro no sabe lo que es querer y ser querido»

ALTER.- No sé si profunda o no, pero, desde luego, de lo más pesimista que he oído en mi vida.

EGO.- Esa es una visión antropocéntrica. Piensa que, para el perro, la frase es muy gratificante.

ALTER.- Por supuesto…Pero estábamos en que… ¿de verdad crees que no hay ninguna obra literaria que trate directamente de la felicidad?

EGO.- Ninguna, ni siquiera la novela rosa, como antes hemos visto. Bueno, todas tratan de la felicidad, pero en cuanto aspiración o meta, no en cuanto materia de descripción. Porque, como razonaba el de Danzig e intuía el de Madrid, sólo el sufrimiento tiene existencia real, susceptible de convertirse en materia literaria, mientras que la dicha, que no es más que ausencia de sufrimiento, carece de contenido narrable.

ALTER.- No sé…Yo creo que, si nos pusiésemos a pensar, daríamos con alguna obra que trata directamente de la felicidad.

EGO.- Pues pongámonos a pensar.

ALTER.-…

EGO.- ¿Qué?

ALTER.- Estoy pensando. Y tú, ¿no piensas?

EGO.- Sí, estoy pensando.

ALTER.-…

EGO.- ¿Qué?

ALTER.- Bueno, ya sabes que mi cultura literaria no es muy amplia. Pero estoy seguro que tú, si obras de buena fe, puedas dar con lo que buscamos.

EGO.- Pues yo creo que no, que no hay manera. No hay literatura que tenga por tema la descripción de la felicidad…y sin embargo…sí hay algo…

ALTER.- En qué quedamos. ¿Sí o no?

EGO.- Sí hay algo, pero no en la narrativa, sino en la poesía y en la literatura mística. Son pequeños fragmentos que aluden a instantes únicos. Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, San Juan de la Cruz, son los nombres que se me ocurren ahora.

ALTER.- Luego la felicidad sí puede ser objeto de la literatura.

EGO.- Sí, pero no de la narrativa, no de la novela. La novela consiste en el desarrollo de una historia, y la felicidad no tiene desarrollo, no tiene historia, por eso sólo puede ser captada por la mirada instantánea de la poesía…o de la mística, que a estos efectos son lo mismo.

ALTER.- Y además, se me ocurre ahora que una historia feliz de principio a fin carece de todo interés, excepto si es la tuya propia.

EGO.- Sí, ocurre como en las relaciones humanas: es más fácil compartir las penas de los amigos que sus alegrías.

ALTER.- ¿Oscar Wilde?

EGO.- Seguro. De todos modos, aún prescindiendo del componente cínico de la frase, es cierto que en la ostentación de la propia felicidad hay siempre algo de impudicia…y de trampa. El que se empeña en vendernos su felicidad nos produce la misma impresión que el que pretende vendernos su crecepelo milagroso. Goethe capta perfectamente ese sentimiento cuando dice «una persona que se estima feliz y exige a los demás que también lo sean, siempre nos sume en cierto malestar».

ALTER.- Viniendo de quien viene, la observación es doblemente valiosa, ¿no?

EGO.- Sí, porque el poeta no habla desde el otro extremo, ni mucho menos, ya que, con mayor contundencia, abomina de los que pretenden convencernos de que este mundo no es más que un valle de lágrimas.

ALTER.- Resumiendo, que la felicidad no es materia de la literatura.

EGO.- Resumen mal formulado. Porque la felicidad tiene mucho, muchísimo que ver con la literatura, como tiene que ver con cualquier otra actividad humana, nadie actúa para ser más desgraciado, al menos conscientemente. Nuestra conclusión deberías formularla así: La descripción de la felicidad no es materia propia de la narrativa literaria.

ALTER.- Dala por formulada, maestro.

(De  Alter, Ego y el plan)

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Un fenómeno muy raro

No solo el hecho de que se trate de un fenómeno rarísimo en todo el Universo nos hace dudar de la supuesta naturalidad de la vida. Hay algo más decisivo y más profundo. Algo muy difícil de explicar. Tan difícil que a ello se ha dedicado toda la filosofía, la literatura y el arte en general de todas las épocas sin mayor resultado que breves atisbos más o menos inspirados o reveladores.

Y las religiones también, por supuesto. Pero las religiones hacen trampa, dicho sea sin ánimo de molestar a nadie, porque nos ofrecen la respuesta antes de llevar a cabo la indagación. Lo que nos lleva a pensar que o se la creen de buena fe sin prueba alguna, o mienten, o tienen acceso a información privilegiada

Lo cierto es que, a simple vista, la vida, y en especial la vida humana, la conciencia, parece por completo antinatural. Esto es lo que, de hecho, opinan los filósofos pesimistas cuando consideran que la conciencia es un error de la vida, y la vida un error de la materia. Claro que los filósofos optimistas lo ven desde el otro lado y consideran que en realidad la vida es un progreso de la materia, y la conciencia humana un progreso de la vida. Así que, dependiendo de la visión del vaso (medio lleno o medio vacío), tenemos ante nosotros un panorama desolador, hecho de errores y derrotas, o una perspectiva ilusionante de continua marcha ascendente hacia las estrellas.

Yo, ahora mismo, no sabría inclinarme por una opción u otra. Así que lo mejor que puedo hacer es aproximarme a los distintos aspectos o elementos de la vida (humana, entiéndase así en adelante) para tratar de conocerlos y poder finalmente hacerme una idea del conjunto, si es que eso es posible.

(De Postales filosóficas: la serie)

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Melancolía de Navidad, 2014

No, no es por la repentina conciencia del tiempo que pasa inmisericorde, ni por la nostalgia de la infancia y la juventud perdidas, ni por el obligado recuerdo de los que ya no están con nosotros, ni por las poco alegres condiciones de estas navidades. La melancolía de la Navidad es para mí algo consustancial de las mismas fiestas. Antes, ahora y tal vez siempre.

La mañana soleada, el paseo matutino de los niños con el padre, mientras las mujeres ultiman en casa todo lo necesario. El gran aperitivo, la profusión de vasos, copas, copitas , tacitas y toda suerte de cubiertos sobre la mesa, con impolutos manteles blancos bordados. Y la larga y ancha procesión de manjares, el vino, el champagne (aún no llamado “cava”), los barquillos, el café, los turrones, el jerez, los licores (todo está permitido ese día incluso para los pequeños).

Y mientras los mayores cuentan viejas historias familiares, mil veces oídas, y la tarde es ya noche oscura en el exterior, uno de los hijos, ya adolescente, se derrumba sobre un sillón, ofuscado por la bebida y la calidez del ambiente, quizá soñando con huidas imposibles. Toma una revista que está a su alcance, la hojea con desgana y, de pronto, se detiene en una página. Trata de poesía, de la Navidad y de un gran poeta catalán muerto hace unas décadas. Lee:

Sento el fred de la nit i la simbomba fosca…

El adolescente siente que hay algo mágico en ese lúgubre inicio. Sigue leyendo… y acaba:

Demà posats a taula oblidarem els pobres 
-i tan pobres com som- 
Jesús ja serà nat
Ens mirarà un moment a l’hora de les postres 
i després de mirar-nos arrencarà a plorar. 

 

Y es entonces cuando se le muestra al mismo tiempo el misterio de la poesía y la insoportable melancolía de la Navidad. Porque también él, como Jesús, llora ante la irremediable pobreza de los hijos de este mundo.

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Lo más natural

Hay personas que viven como si vivir fuese lo más natural del mundo. Hay otras que se angustian y sin cesar se interrogan sobre esta existencia que no han buscado ni saben para qué sirve. Y, en fin, las hay que, sin participar de la conformidad animal de las primeras ni del delirio sin fin de las segundas, saben de los dos extremos y procuran navegar por en medio evitando encallarse en uno o destrozarse contra el otro.

Yo diría que los filósofos pertenecen a esta tercera categoría, con la excepción de aquellos que, no sabiendo navegar debidamente, acaban de mala manera rompiéndose el alma contra los escollos, como el tal Nietzsche.

La frase con que he iniciado este escrito es de J.P. Jacobsen y la he hallado citada en un ensayo de Claudio Magris sobre el poco conocido escritor danés. La verdad es que me ha impactado. Y es que, cuando uno se encuentra con frases como ésta, no puede menos que preguntarse ¿a qué tanta palabrería inútil cuando existe la posibilidad de expresarse así? Posibilidad para unos pocos, cierto, porque la inmensa mayoría necesita ingentes cantidades de palabras para decir casi nada. Quizá yo mismo.

Sí, me ha impactado. Y después de considerarla un buen rato, de adelante hacia atrás, de atrás hacia adelante, de arriba abajo y de abajo arriba, he llegado a la conclusión de que la frase posee incalculables cualidades creadoras, es decir, que es susceptible de desplegarse infinitamente dando origen a multitud de mundos mentales. De esos que los filósofos van colocando en las esferas donde giran hipótesis y teorías.

Hay personas que viven como si vivir fuese lo más natural del mundo. Primera reacción: por supuesto, ¡qué cosa más natural que la vida! ¿No sería un contrasentido considerarla como algo antinatural, cuando es naturaleza pura?

Pues no tan por supuesto. Es verdad que en el planeta tierra la vida nos parece natural. Pero si nos apartamos un poco y nos vamos a la Luna, o a Marte, o a cualquier planeta de los sistemas conocidos, no encontraremos ningún nativo de esas regiones que opine que la vida es natural, más que nada porque esos nativos no existen, y parece que ni siquiera existe la vida en forma alguna. ¿Puede llamarse natural algo que solo se produce en el planeta Tierra, un pequeñísimo y prácticamente ilocalizable lugar del Universo? Más bien parece un milagro. Pero no se trata aquí de considerar milagros, sino de desgranar mundos a partir de una frase. Sigamos…(seguirá).   (De Postales filosóficas: la serie)

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Los caminos del libro. Literatura y cine. (A.E.P.12)

ALTER.- El otro día me preguntaba qué es lo que nos lleva a elegir un libro para leer, en vez de otro.

EGO.- Supongo que lo mismo nos lleva a elegir a una persona, para la amistad o el amor, en vez de a otra: la intuición de que ése es el libro, o la persona, que necesitamos.

ALTER.- Intuición que en muchos casos resulta falsa.

EGO.- En bastantes casos, sí, tanto con los libros como con las personas. Pero bueno, eso dependerá de las dotes intuitivas de cada cual. Los hay que casi siempre aciertan…y también los hay que casi siempre se equivocan.

ALTER.- Y también habrá el término medio.

EGO.- También, pero todo lo que tiene que ver con el término medio carece por completo de interés.

ALTER.- Vaya sorpresa. Te creía ponderado, ecuánime, colega de Claudio Magris y todo eso.. y ahora sales con…

EGO.- ¿Con qué? He dicho que el término medio carece de interés, no que carezca de todas las demás virtudes.

ALTER.- Pero, volviendo al tema, en tu caso ¿qué es lo que te lleva a empezar a leer un libro determinado?

EGO.- Las vías que te llevan a elegir un libro…hay de todo….puede ser… la lectura de otro libro. Esto es lo más corriente en mí. Una lectura te habla sugestivamente de un autor, o de un ambiente vinculado a un autor, y te entra el deseo de conocerlo directamente. El Danubio, de Claudio Magris, por ejemplo, me descubrió el mundo de Joseph Roth y, de un tirón, me leí cinco libros suyos, y con el máximo placer, te lo aseguro: La marcha Radetzky es una de las mejores novelas que he leído en mi vida. También puede ser… la lectura de algún artículo o reseña en un periódico o revista: de este modo me interesé por Claudio Magris, o también, el paseo por una librería hojeando los libros de los estantes, aunque este procedimiento, por lo general, más que llevarme a un autor determinado, me ha desaconsejado muchos.

ALTER.- ¿Y por la recomendación de algún amigo?

EGO.- Hace años, muchos años, un amigo me descubrió a Henry Miller; recientemente, otro me ha descubierto una deliciosa novelita de Thomas Mann, que no conocía.. Pero son casos excepcionales. Por lo general, la recomendación de los amigos no funciona en mi caso.

ALTER. – ¿Y las películas? ¿No te han sugerido alguna vez una lectura?

EGO.- Sí, pero sobre todo en la adolescencia y juventud. Por la película Quo vadis, leí la novela y lo mismo ocurrió con Sinué el Egipcio, y supongo que con alguna otra. Pero desde entonces, no recuerdo que ninguna película me haya conducido a una obra o autor.

ALTER.- Ya que has apuntado el tema, ¿qué opinas de la relación entre literatura y cine?

EGO.- Que, desde el nacimiento del cine, siempre ha existido…aunque con resultados más bien raquíticos.

ALTER.- Sí, es muy difícil que una obra literaria sea trasladada correctamente al cine.

EGO.- Depende. Una buena obra literaria perderá siempre en su traslado al cine, y es que hay que tener en cuenta que, si la obra la ha creado un verdadero artista, forzosamente necesitará otro artista de verdad para ser llevada a la pantalla con similares resultados. Por la misma razón, con las obras menores la adaptación resultará mucho más fácil. Es muy difícil que una gran novela no pierda profundidad y ambigüedad, es decir su riqueza más característica, al ser llevada al cine. Con el teatro es diferente…ahí tienes las excelentes versiones cinematográficas de Shakespeare, Oscar Wilde y otros. Y no me refiero al teatro meramente filmado, por supuesto. Y es que, pese a lo que pueda parecer por la profusión de medios con que cuenta el cine, el lenguaje cinematográfico es mucho más afín al teatral que al novelesco.

ALTER.- Y sin embargo, como tú mismo has apuntado, parece que el cine, con todos sus medios y efectos especiales, se presta perfectamente para representar toda la acción novelesca.

EGO.- ¿Toda?… A ver ¿A qué acción nos referimos? ¿A la que consiste en batallas, carreras y persecuciones? Por supuesto que ésa sí es representable por el cine. Pero no es éste, o no es éste principalmente, el tipo de acción que contiene una buena novela. La acción propia de una novela tiene que ver con el interior de los personajes, y con el del propio lector, y consiste en un proceso, por lo general lento y muy sutil, de modificación de las conciencias. A través de las vicisitudes de la acción externa, los personajes experimentan unas mutaciones internas que hacen que, por el ejemplo, el protagonista no sea al final lo mismo que era al principio. Don Quijote empieza como un hombre que quiere ser loco para poder vivir y termina como un hombre que quiere ser cuerdo para poder morir. Y también la conciencia del lector se modifica: cuando uno acaba de leer una novela, una buena novela, no es el mismo que cuando la empezó a leer.

ALTER.- Y tú crees que esa acción interior…

EGO.- Es muy difícil, por no decir imposible, que el cine la capte del texto de una novela, conservando el mismo espíritu que le infundió el autor.

ALTER.- ¿Y con el teatro no ocurre lo mismo?

EGO.- No, porque ahí la acción interior se desprende directamente de los diálogos de los personajes, diálogos que el cine puede recoger perfectamente, adaptándolos a sus propios medios expresivos, mientras que en la novela no se desprende sólo de los diálogos, que a veces ni siquiera existen, sino de todo el texto de la obra, con toda su riqueza de ambigüedades y matices. Y ahí radica la dificultad. ¿Te imaginas una adaptación cinematográfica de À rebours de Huysmans?

ALTER.- No, no me la imagino…De todos modos, seguro que recordarás alguna buena adaptación cinematográfica.

ALTER.- Sí, y alguna mala. Empecemos por la mala, y no es que sea de las peores, por cierto. El túnel, de Sabato, fue llevada a la pantalla por un director creo que español, y cosechó críticas más bien favorables. Pues bien, lo que yo vi fue una representación estéticamente muy cuidada de la misma historia que se cuenta en el libro, pero fría, glacial, carente por completo del fervor y la pasión con que el narrador nos arrastra en la novela. Yendo al otro caso, Dublineses, dirigida por Huston, adaptación del relato Los muertos, de Joyce, me pareció un ejercicio increíble de sabiduría cinematográfica en perfecta sintonía con la obra literaria.

ALTER.- Quizá es que tratándose de un relato corto…

EGO.- Quizá, no; seguro. Porque es el caso que el mismo Huston filmó una adaptación de Bajo el Volcán, de Malcolm Lowry…donde se ejemplifican todas las dificultades que antes he apuntado. Y es que la película es una buena ilustración de algunos aspectos de la novela, pero la inmensa riqueza que encierra la obra de Lowry queda casi por completo fuera de la pantalla. Lo mismo podría decirse de otra adaptación estimable, Guerra y paz, dirigida por King Vidor. Pero ¿es que alguien puede pensar que el riquísimo mundo literario de Tolstoy puede expresarse por otro medio que no sea la literatura? Una novela no es un guión cinematográfico. O no debería. 

(De Alter, Ego y el plan)

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Larra dual. Un suicidio anunciado. (A.E.P.11)

ALTER.- ¿Hablamos de Larra?

EGO.- Larra, el primero de los periodistas españoles, y no sólo en el tiempo.

ALTER.- Desde luego. La mayoría de sus artículos se leen hoy con un interés enorme, algo que parece increíble después de casi dos siglos y en un campo como el periodismo, donde prima la más rabiosa actualidad.

EGO.- Lo bueno permanece, déjate de historias, sea periodismo, sea lo que sea. Lo que ocurre es que, para que la obra periodística permanezca ha de ser algo más que buena, y eso sólo lo ha conseguido Larra y pocos más, como Julio Camba, Josep Pla…y alguno que otro que ahora no se me ocurre. Pero seguro que, en total, se pueden contar con los dedos de una mano.

ALTER.- ¿Y qué me dices de la obra no periodística de Larra?

EGO.- Que si no fuese por sus artículos, no hubiese pasado a la historia de la literatura, puedes estar seguro.

ALTER.- ¿Tan mala es?

EGO.- Tiene un problema, y grave: la falta de distanciamiento, la evidente implicación del autor en la historia. El Doncel de Don Enrique el Doliente, por ejemplo, es una novela histórica a la moda de entonces, con una clara influencia de Walter Scott, pero mientras en las novelas del escocés el autor guarda silencio, en la de Larra está siempre presente, imponiéndonos abusivamente su pathos y su visión del mundo, y lo mismo ocurre en su tragedia Macías. Y eso es algo imperdonable, sobre todo en teatro, que es el género literario con mayor vocación de objetividad. Dicho de otra manera: en un artículo periodístico se puede adoctrinar; en una novela, en un drama, no.

ALTER.- ¿Y tú crees que adoctrinaba en sus artículos? A mí me da la impresión de que se reía de todo.

EGO.- Es la misma impresión, falsa, que tenían la mayoría de sus contemporáneos. Lo tachaban de gracioso, lo que es cierto. Pero, además de gracia, en sus artículos hay agudeza, ironía, sarcasmo y una buena dosis de amargura. Como para quitarse de encima el sambenito de «gracioso» que le habían colgado, escribió: «En este país, en sabiendo contar lo que pasa, cualquiera tiene gracia, cualquiera hará reir».

ALTER.- ¡Genial!

EGO.- Pero está claro que su intención no era sólo hacer reir. Larra no es sólo un humorista, ni sólo un costumbrista, como Mesonero Romanos; en sus escritos hay siempre una voluntad moral, una intención de reforma de las costumbres y de progreso de la sociedad.

ALTER.- ¿En qué sentido?

EGO.- En el sentido que hoy calificaríamos de avanzado y democrático. Pone como ejemplos a países como Francia e Inglaterra, y se muestra convencido de que, con el tiempo, España los alcanzará.

ALTER.- Partiendo de donde partía, hay que reconocer que era bastante optimista.

EGO.- Lo era. Casi tanto como pesimista.

ALTER.- ¿Las dos cosas al mismo tiempo?

EGO.- Es que hay dos Larras: el constructivo de la mayoría de sus artículos y el destructivo de algunos de ellos; el ilustrado que propugna una sociedad racional y ordenada, basada en la libertad, en el progreso material y en la cultura, y el romántico que vislumbra el caos y la nada por doquier, incluso en el corazón de esa sociedad racional y ordenada. «Libertad para recorrer un camino que no lleva a ninguna parte», llega a escribir.

ALTER.- Clásico y romántico al mismo tiempo, ¿no?

EGO.- Bueno, en eso no se distinguiría de la mayoría de las personas. Pero lo que yo advierto en Larra es una personalidad gravemente descompensada, desequilibrada: poderoso en el análisis, raquítico en la síntesis; ve los males como nadie, los estudia, los analiza, los reprueba; en todo este proceso camina sobre tierra firme. ¿Cuál es la respuesta a esos males, a esas carencias? Una España en paz, libre, próspera, «europea». Sí, en lo social tiene una referencia, un modelo, algo que proponer y hacia donde ir, pero…

ALTER.- En lo personal…

EGO.- Ahí está el gran déficit de Larra; su incapacidad para sintetizar un modelo personal, que sirva para el individuo y no sólo para la sociedad.

ALTER.- O sea, cero en inteligencia emocional.

EGO.- Evidente. La descompensación, el desequilibrio de la personalidad de Larra la veo de esta manera: por una parte, una inteligencia poderosa, penetrante, que aplica a la crítica corrosiva y sin embargo constructiva de la sociedad; por otra parte, una incapacidad radical de esa inteligencia para proporcionarle una visión del mundo, no sólo política, en el que se pueda sentir mínimamente cómodo. Claridad meridiana sobre la sociedad: sus defectos, sus remedios; oscuridad absoluta sobre el individuo, «mi corazón no es más que otro sepulcro», escribió. Y es esta zona de oscuridad la que más me interesa.

ALTER.- Oscuridad que le llevaría a la muerte, ¿no? Una muerte tremendamente romántica, como la de Werther, o sea, como la del amigo aquél de Goethe…Muerto por el amor de una mujer, qué cosas…

EGO.- Bueno, decir que lo mató el amor de una mujer es tanto como decir que lo mató la acción de la pistola. No aclara gran cosa.

ALTER.- Pero la causa inmediata fue el desengaño amoroso…

EGO.- No, la causa inmediata fue la presión del dedo sobre el gatillo.

ALTER.- Pero…¿a qué juegas?…Ah, ya…Atención: se anuncia una teoría, una teoría «bastante curiosa», formulada por no se sabe quién…

EGO.- No, no… la formulo yo, directamente…aunque a la sombra de ya sabes quién.

ALTER.- Adelante.

EGO.- Desde el día siguiente de su muerte se empezaron a formular teorías sobre cuáles habrían podido ser las razones que le empujaron al suicidio, La más antigua, y hoy la menos aceptada, es la que ve en la desesperación amorosa el motivo claro de su decisión, sin necesidad de más averiguaciones. Esta teoría sería irrefutable si, de todo el encadenamiento de las causas y efectos, pudiésemos separar el tramo final, porque efectivamente el suicidio se produjo inmediatamente después de la negativa de la amante a reanudar las relaciones. Pero ocurre que el tramo final es sólo el tramo final, y separarlo del resto para considerarlo de manera exclusiva supone dejar fuera…casi todo. Otra tendencia, defendida sobre todo por escritores muy preocupados por lo político y social, minimiza el hecho amoroso y busca los motivos en la frustración de Larra ante la España de la época: no fue comprendido, sus escritos no produjeron el resultado que buscaba, su voluntad reformista se estrellaba contra la zafiedad y holgazanería de la sociedad, su intento de participar en política resultó abortado por obra de un pronunciamiento militar (aunque de color progresista). En definitiva, a Larra «le dolía España», como más tarde diría Unamuno, y por eso se suicidó.

ALTER.- ¿Por eso?

EGO.- Es lo que yo me pregunto. Quizá sea ésta una cuestión muy personal, muy ligada al temperamento de cada cual, pero a mí me resulta muy difícil concebir que una persona, por patriota que sea, se suicide porque el país no anda como él quisiera. Francamente, esta teoría me parece menos creíble que la anterior.

ALTER.- Y a mí.

EGO.- Finalmente, la teoría más ponderada es la que admite todos los factores, desde el fracaso amoroso hasta el fracaso personal, social y político, como determinantes de un estado de ánimo que finalmente le empujó al suicidio. Piensa que el que había sido, desde su adolescencia, uno de los escritores más famosos y aclamados de España, en los últimos meses, tras el fracaso político, se había convertido en una especie de apestado, a cuya casa llegaban diariamente anónimos insultantes.

ALTER.- Bueno, los partidarios de esta teoría seguro que aciertan. Tienen todos los números.

EGO.- Menos el ganador.

ALTER.- ¿Cómo dices?…Ah, ya…Ahora es cuando se despliega la brillante teoría.

EGO.- Brillante, no, elemental. Yo creo que Larra se suicidó porque había nacido con vocación de suicida, como había nacido con vocación de escritor, vocaciones ambas tan claras como irreprimibles, aunque por suerte no tienen por qué ir juntas. Si examinamos sus escritos, sobre todo aquellos pasajes en que se expresa de manera más personal, advertimos siempre un profundo pesimismo, un sentimiento radical de vacío, una atracción fatal por la nada del sueño y de la muerte. Y no sólo en los últimos escritos, donde pudieran actuar los factores antes citados, sino también en los primeros, es decir, antes de toda experiencia. En el artículo El Café, que escribió a los dieciocho años, dice que todo es ilusión, que la única verdad está en el sueño (en el dormir). El sueño, imagen de la muerte, añado yo.

ALTER.- Pero eso es determinismo absoluto…

EGO.- Absoluto no, pero casi. Lo cierto es que en el carácter de Larra estaba esbozado su destino.

ALTER.- El carácter en el sentido que antes…

EGO.- Por supuesto. Como tú y yo sabemos, las vicisitudes no marcan el carácter; es el carácter el que se expresa a través de las vicisitudes. Más claro: en Larra, el sentimiento de vacío no es consecuencia de ciertas experiencias vitales; por el contrario, el modo en que experimenta la vida es consecuencia de su sentimiento de vacío. Sí, en el carácter de Larra -como nos ocurre a todos- estaba esbozado su destino. Sólo unas circunstancias extremadamente favorables hubieran podido dar a ese destino una forma menos trágica.

ALTER.- ¿Y tú crees que él era consciente de ese destino?

EGO.- Por lo menos semiconsciente, como todos los suicidas vocacionales, como Pavese, que a través de un personaje femenino de uno de sus relatos prefigura su propio suicidio en un hotel de Turín.

ALTER.- ¿Y hay alguna «prefiguración» en la obra de Larra?

EGO.- En cierto modo sí, al menos de la causa de su muerte, y de la peculiar venganza que imagina para la «causante». Tres años antes del trágico 13 de febrero, en su tragedia Macías, escribe estas palabras, que el despechado amante dirige a su amada:

Cuando mi muerte sepas, en tu oído

siempre estará mi nombre resonando;

yo le maté, dirás…

ALTER.- Increíble. Fue un suicidio anunciado.

EGO.- Como todo en la vida…si la examinamos bien.

(De Alter, Ego y el plan)

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