La objetividad. Dichoso Goethe. Genio y figura. (A.E.P.10)

EGO.- Pareces preocupado. ¿Te ocurre algo?

ALTER.- Es que hace días que no dejo de darle vueltas a un problema, y no le veo la solución.

EGO.- ¿Es grave?

ALTER.- No. Es teórico.

EGO.- ¿Filosófico?

ALTER.- Quizá…

EGO.- Suéltalo ya.

objetividad periodistaALTER.- El otro día asistí a una conferencia sobre el tema «La información veraz: lo objetivo y lo subjetivo». El conferenciante, un famoso periodista, defendía, contra lo que él llamaba la marea del subjetivismo, que la información objetiva es posible, que basta para ello con ceñirse a los hechos y describirlos honradamente.

EGO.- ¿Y tú qué opinas?

ALTER.- Siempre he pensado eso mismo.

EGO.- ¿Dónde está entonces el problema? ¿Cuál es el motivo de tu preocupación?

ALTER.- Es que cuando el periodista ha expuesto la tesis contraria, para luego rebatirla, ha despertado tantas dudas en mí, que la defensa que ha hecho de su propia tesis no ha sido suficiente para disiparlas.

EGO.- Se trata sin duda de un hombre honrado y leal.

ALTER.- Eso me ha parecido: objetivo, imparcial.

EGO.- Yo no he dicho tanto. La honradez, la lealtad, la sinceridad sólo guardan un lejano parentesco con la objetividad y la imparcialidad. De hecho, pertenecen a familias diferentes.

ALTER.- Pues yo entiendo que una persona honrada será siempre objetiva e imparcial.

EGO.- Tenderá a ello. Pero hay un problema, o dos. La objetividad es algo muy difícil de alcanzar, por no decir imposible, en todo caso es siempre cuestión de grado. La imparcialidad simplemente no existe.

ALTER.- Dices que la objetividad es muy difícil de alcanzar, y sin embargo, para el conferenciante, parecía algo muy sencillo: basta con ceñirse a los hechos.

EGO.- Sí, pero ¿a qué hechos?

ALTER.- A los que constituyen el caso que se describe.

EGO.- ¿A todos? Eso es imposible. Los hechos que constituyen un caso, o digamos, para ajustar mejor el término, los datos que constituyen un caso son prácticamente infinitos (en un accidente de tránsito, por ejemplo, desde la dirección y velocidad de los vehículos, hasta los pensamientos que cruzaban por la mente de los conductores, pasando por el grado de desgaste de cada una de las ocho ruedas). Forzosamente, y a menudo inconscientemente, se eligen unos y se prescinde de otros, y toda elección es una operación subjetiva. Y cuando ese periodista investiga y describe una historia se ajustará a unos hechos, a unos datos, no lo dudo, pero a los que él consciente o inconscientemente elige entre los miles o millones que «objetivamente» configuran la historia.

ALTER.- Así, que la objetividad es imposible.

EGO.- Eso parece…en todo caso, es cuestión de grado.

ALTER.- Y la imparcialidad…

EGO.- Es un mito. Los gérmenes de los juicios que emitimos los llevamos dentro de nosotros mismos. Goethe decía «puedo prometer ser sincero, no imparcial».

ALTER.- Dichoso Goethe…

EGO.- Eso es una gran verdad. Porque estoy seguro de que, entre todas las personas cuyos nombres ha guardado la historia, Goethe es quien supo alcanzar la mayor felicidad posible. Su obra es importantísima, pero su vida fue su mejor obra de arte. De él dijo un contemporáneo que lo que escribía era muy bueno, pero mejor era lo que hablaba y aún mejor lo que vivía.

ALTER.- ¿Y cuales fueron las causas de semejante portento?

EGO.- ¿Cuáles son las causas del genio? A eso debería responder la ciencia…si estuviese en condiciones de hacerlo.

ALTER.- Pero cuál es tu opinión personal.

EGO.- Si la ciencia no tiene opinión, según creo, ¿cómo quieres que yo la tenga?…De todos modos, quizás podríamos acercarnos a una respuesta por la vía de la eliminación.

ALTER.- ¿Cómo?

EGO.- Tratando de descartar aquellos factores que, tras un breve examen, deban ser rechazados.

ALTER.- Adelante.

EGO.- La teoría de la herencia está totalmente desacreditada, pero prestémosle un momento de atención. El padre y la madre de Goethe, así como sus abuelos, eran personas muy normales, el padre tirando a mediocre; no se sabe de ningún ascendiente con rasgos geniales. El hijo de Goethe parece que era algo estúpido, además de borrachín; no se sabe de ningún descendiente con rasgos geniales.

ALTER.- Vale, eliminada la herencia, veamos ahora la educación, la formación.

EGO.- La educación, la formación que recibió Goethe es la misma que recibió o podía recibir cualquier muchacho de su país, época y clase social. Que él sacase más provecho que los otros obedece a algún factor desconocido, que sin duda es el que tratamos de descubrir.

ALTER.- El ambiente…

EGO.- Aplícale lo que acabo de decir. Muchas personas vivieron en el mismo ambiente de Goethe, pero ninguna alcanzó parecido grado de genialidad. Y ahí va un ejemplo. Karl Wilhelm Jerusalem era un joven conocido de Goethe; como éste, amaba la poesía, la literatura, el pensamiento, el arte, es decir, que en cuanto a formación, ambiente e intereses coincidían plenamente. Jerusalem se enamoró de una mujer casada; obsesionado por una pasión sin remedio, se quitó la vida. Por los mismos años, Goethe se enamoró de una mujer comprometida; obsesionado por una pasión sin remedio, escribió una novela…para cuyo final trágico utilizó la triste historia del amigo.

ALTER.- ¡Werther!

EGO.- Sí.

ALTER.- Y díme ¿los genios no se suicidan?

EGO.- Los parciales sí, en algunos casos. Pero yo estoy hablando de una especie de genio total, es decir, de una persona que, además de tener una capacidad extraordinaria en una o varias materias (ciencia, poesía, música o lo que sea), posee la capacidad suprema de mantener en equilibrio todos sus mundos y tendencias, de alcanzar la máxima armonía vital posible.

ALTER.- O sea, una persona que, además de un diez en su asignatura, saca un diez en inteligencia emocional.

EGO.- Sí, se podría decir así. Y creo que, en este aspecto, nadie ha superado a Goethe.

ALTER.- Pero alguien habrá que se le acerque.

EGO.- A ver…déjame pensar…Picasso, sin duda; Dante, quizá…aunque los sinsabores que le proporcionó la política apuntan a algún tipo de carencia que le aparta del genio total…Y no sé si encontraría alguno más. Todos andan bastante deficientes en inteligencia emocional, como tú dices, y algunos con un cero clarísimo. Ahí tienes a Allan Poe, Dostoievski, Tolstoy, Van Gogh, Nietzsche y, por supuesto, casi todos los románticos: Novalis, Kleist, Holderlin, Nerval y un larguísimo etcétera.

ALTER.- Y Larra, ¿no?

EGO.- Yo no diría que Larra fuese un genio en el sentido que estamos dando al término. Larra fue un personaje destacadísimo en la España de su época. O sea, un tuerto en un país de ciegos. De todos modos, me gustaría que hablásemos de él.

ALTER.- Ahora no, por favor. Por una vez, podríamos intentar llegar al final de nuestras disquisiciones. Estábamos tratando de investigar las causas del genio.

EGO.- Sí, es cierto. Y, siguiendo un proceso de eliminación, habíamos descartado…

ALTER.- La herencia, la educación, la formación, el ambiente…

EGO.- ¿Qué nos queda?

ALTER.- El carácter, digo yo…y no se me ocurre nada más…a no ser que incluyamos la alimentación, la astrología y esas cosas.

EGO.- ¿Por qué no? Todo influye sobre todo. En el universo todo es interdependiente, todo está intercomunicado.

ALTER.- ¿Así que tú crees que los astros influyen sobre las personas?

EGO.- Seguro. Pero, a diferencia de los sabios astrólogos, ignoro por completo cómo y hasta dónde. Lo que ocurre es que, aunque tomásemos la astrología en consideración, nos encontraríamos con el mismo tipo de obstáculo que ya vimos a propósito de la educación y el ambiente, y es: ¿por qué, de todas las personas que nacieron en el mismo momento y bajo el mismo cielo, sólo Goethe fue genial?

ALTER.- Bien. Descartados los astros, pasemos al carácter.

EGO.- Como quieras. Pero primero tendríamos que ponernos de acuerdo sobre el significado de la palabra. ¿Tú que entiendes por carácter?

ALTER.- Pues…la manera de ser, de reaccionar, de comportarse una persona, eso que, fuera de lo físico, define al individuo y que se va modelando y perfilando con los años…

EGO.- Así que sólo los viejos tendrán un carácter definido.

ALTER.- Más que los jóvenes.

EGO.- ¿Y qué me dices de los bebés? ¿No has observado que hasta los niños de pocas semanas tienen un carácter bien definido?

ALTER.- Yo diría embrionario.

EGO.- Embrionario, vale….luego ya está ahí, y todo lo que hace a lo largo de la vida es manifestarse.

ALTER.- Y la experiencia ¿no cuenta?

EGO.- Como motivo, como estímulo para la manifestación del carácter.

ALTER.- A ver, defínete de una vez. ¿Qué es para ti el carácter?

EGO.-  La definición que tú has apuntado es la más corriente. Pero yo prefiero otra, al menos a los efectos del tema que nos ocupa.

ALTER.- Adelante.

EGO.- Para mí, el carácter es la naturaleza propia e inmutable de un ser. Toda persona entra en el mundo con su carácter ya formado. El carácter no es la consecuencia de la acción de la experiencia sobre el temperamento, como afirman muchos psicólogos. Al contrario, bajo el estímulo de las diversas experiencias uno actúa siempre y necesariamente de acuerdo con su propio carácter. El carácter es lo primero. Con el carácter nacemos y de él no nos podemos desprender. «Genio y figura hasta la sepultura», afirma el dicho castellano, como corroborando la idea germánica.

ALTER.- ¿Germánica?

EGO.- Ah, he olvidado decirte que mi definición del carácter coincide por completo con la del Filósofo. Pero te aseguro que él la formuló mucho antes que yo.

ALTER.- Lo creo… Concluyendo, tú opinas que el secreto del genio está en el carácter, entendiendo éste como algo no adquirido y moldeable, sino como algo innato e inmutable.

EGO.- Aparte de lo que yo opine, creo que es la única opción que nos ha dejado nuestro proceso de eliminación.

ALTER.- Quizá, pero le veo un problema.

EGO.- ¿Uno?

ALTER.- Y es que no se trata propiamente de una solución, sino de una tautología. Decir que el genio está en el carácter es simplemente darle otro nombre. Porque, en el caso de un individuo genial ¿qué diferencia habrá entre lo que llamamos genio y lo que tú entiendes por carácter? Me parece que son la misma cosa con distinto nombre.

EGO.- No te falta razón, ¿y sabes lo que significa eso? Que si nuestros pasos han sido correctos, cosa bastante dudosa, hemos ido a dar de narices en el mismo muro en que se topa la ciencia cuando avanza todo lo posible en la investigación de las causas: en la incognoscibilidad de las causas últimas. Y es que la materia propia de la ciencia es el mundo de los fenómenos, mientras que las causas últimas se sitúan más allá de lo fenoménico.

ALTER.- ¿Estás hablando de metafísica?

EGO.- Eso parece. Y la metafísica no es de competencia de la ciencia, cosa que parecen olvidar algunos científicos de hoy cuando nos hablan del instante anterior (?) a la formación del Universo o de la existencia o inexistencia de Dios.

(De Alter, Ego y el plan)

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Creer en Dios. Estos diálogos. Pirandello y la disolución del yo. (A.E.P. 9)

ALTER.- Ahora voy a hacerte una pregunta directa, y espero una respuesta directa. ¿Crees en Dios?

EGO.- Amigo Alter, ésa es la menos directa, la más ambigua de las preguntas posibles…imagínate cómo podrá ser la respuesta. Si me preguntas «crees en esa silla», los dos sabremos muy bien a qué te refieres, y la respuesta será perfectamente ajustada a la pregunta. Pero si me preguntas «crees en Dios», para empezar no sabemos de lo que hablamos, pues yo ignoro lo que tú entiendes por Dios y tú ignoras lo que yo pueda entender por Dios. Así que primero nos tendríamos que poner de acuerdo sobre el objeto de la pregunta.

ALTER.- Ningún problema. ¿Crees en el Dios de la Iglesia Católica?

EGO.- Creí en él hasta los veinte años. A partir de entonces se me empezó a difuminar.

ALTER.- ¿Hasta desaparecer por completo?

EGO.- No, nunca desapareció por completo. Pero perdió toda su eficacia moral.

ALTER- ¿Eficacia moral? ¿Qué quieres decir?

EGO.- Que dejó de ser el padre providente y bueno, para convertirse en un poder oscuro que no se sabe en qué consiste ni qué pretende.

ALTER.- Pero que existe…

EGO.- Amigo Alter, el problema no es si Dios existe o no existe, el problema es si se ocupa o no de nosotros.

ALTER.- Y tú qué crees.

EGO.- Que no. Yo diría que el individuo le tiene por completo sin cuidado.

ALTER.- Y, naturalmente, según tu especial deísmo, no hay comunicación posible entre el ser humano y ese Dios.

EGO.- Eso es otro asunto. Que Dios se desinterese por el individuo no supone que el individuo no pueda interesarse por Dios. Está la mística…

ALTER.- La mística…pero eso ¿es serio? Te creía enemigo de los irracionalismos.

EGO.- Y lo soy, cuando pretenden suplantar a la razón en su propio terreno. Pero la experiencia mística es territorio aparte.

ALTER.- Desisto, abandono. ¿Cómo hemos venido a parar aquí?

EGO.- Huysmans nos ha traído, y su catolicismo malo. Pero podemos cambiar el derrotero.

ALTER.- Estupendo.

EGO.- Pero esta vez voy a ser yo quien marque el rumbo.

ALTER.- Como siempre.

EGO.- ¿Tú crees que todo esto de que estamos hablando puede interesar a alguien?

ALTER.- Seguro.

EGO.- ¿Incluso a los jóvenes como tú o a los más jóvenes que tú?

ALTER.- Bueno, si la pregunta es si creo que hoy interesa la literatura, la respuesta es…no sé. Por una parte, es seguro que hoy se lee mucho más que hace cien años, cuando, hasta en los países civilizados había un importante porcentaje de analfabetos y la cultura era un bien muy mal repartido. En cuanto a los jóvenes…no sé…creo que el tiempo y las energías que dedican, a veces por necesidad, a los medios cibernéticos por fuerza los habrán de restar a la lectura.

EGO.- De manera que, en muchos de esos jóvenes, sería cierta la falsa excusa que siempre hemos tenido que oir.

ALTER.- ¿A qué te refieres?

EGO.- «Qué suerte tienes. A mí también me gusta mucho leer, pero no tengo tiempo». ¿Te suena?

ALTER. Sí, claro.

EGO.- Y si observamos someramente los hábitos diarios del sujeto en cuestión, descubrimos sin ninguna sorpresa que tiempo tiene, para bastantes cosas superfluas o dañinas…como ver televisión, por ejemplo.

ALTER.- Claro, pero no para leer. De hecho, no miente.

EGO.- Pero finge. Finge que aprecia la lectura mucho más de lo que en realidad la aprecia.

ALTER.- ¿Se te ocurre por qué lo hace?

EGO.- El prestigio de la cultura, ahí está el secreto. Dígase lo que se diga, lo único que conserva auténtico prestigio es la cultura. La fama, la popularidad, el dinero, todo eso arrastra mucho más, por supuesto, pero incluso los mismos arrastrados saben, en su fuero interno, que los dioses que adoran son falsos. Durante siglos, la inteligencia tuvo que competir con la aristocracia, pero al final salió triunfante. Y desde entonces, el único prestigio sólido lo da la cultura. Y hablo de prestigio, no de otras cualidades más concretas y quizás más útiles. Y, por supuesto, me refiero a lo que antes se entendía por cultura…y que hoy tal vez habría que llamar alta cultura.

ALTER.- Para distinguirla de la llamada cultura popular o de masas…

EGO.- Sí, en general sí. 

ALTER.- Bueno, aún no te has pronunciado sobre si estos Diálogos interesarán o no a la gente.

EGO.- La pregunta era para ti.

ALTER.- Sabes muy bien que tú eres el señor de las respuestas.

EGO.- De acuerdo. Pues yo creo que el interés que pueda tener esto para el lector en general depende de nosotros.

ALTER.- ¿De nosotros?

EGO.- Sí, de lo interesante que sepamos hacerlo.

ALTER. ¿Tú crees? ¿No crees más bien que, al que no le interese la literatura, nada que trate de literatura le ha de parecer interesante?

EGO.- Depende. La cualidad de «interesante» no está en la naturaleza, no está en las cosas, no está en las materias o asignaturas; está en el arte de quien presenta todo eso.

ALTER.- ¿Quieres decir que tendríamos que ser artistas para hacer de esto algo interesante?

EGO.- Eso quiero decir.

ALTER.- ¿Y lo somos?

EGO.- Está por ver.

ALTER.- No lo veo claro. Aquí hay algo que falla. ¿Cómo se puede hacer arte improvisando de esta manera, al buen tuntún? Tendría que haber un autor, un coordinador, un responsable, alguien que escribiese el guión, que elaborase el plan…

EGO.- Sí, has dicho plan…sigue, por favor.

ALTER.- Imagina que esto es una obra dramática, hay unos personajes, hay un diálogo…claro que falta la acción, la trama…

EGO.- Pero piensa que en una novela como À rebours no hay prácticamente acción ni trama. ¿Por qué no podría ocurrir eso un una obra de teatro?

ALTER.- Más a mi favor. Porque en A contrapelo hay un autor, que se llama Huysmans.

EGO.- Y aquí hay dos, que se llaman Alter y Ego. Tú eres el autor de tu parte y yo soy el autor de la mía.

ALTER.- Pero eso no es serio…

EGO.- Hay muchos libros de entrevistas o conversaciones en que los personajes dialogan, sin necesidad de ningún autor.

ALTER.- Hay una diferencia: son personas reales.

EGO.- Y nosotros ¿qué somos?

ALTER.- Tengo mis dudas. ¿Conoces a alguien que se llame Ego? ¿O alguien que atienda por Alter?

EGO.- Bien, aun en el caso de que seamos personajes, entes de ficción, gozamos de completa libertad para hablar y para opinar. ¿Has leído a Pirandello?

https://antoniopriante.com/2017/11/21/pirandello-ser-o-parecer-i/

ALTER.- Sí, claro, Seis personajes en busca de autor.

EGO.- ¿Y qué te parece?

ALTER.- Un despliegue apabullante de ingenio…y de ingeniería teatral, una metáfora sobre la imposibilidad de representar la realidad, sobre la confusión entre ficción y realidad, entre apariencia y verdad, una constatación más de la angustiosa fragmentación del individuo, de la imparable disolución del yo…

EGO.- Bravo, veo que tampoco tú te ahorras la edificante lectura de la crítica literaria.

ALTER.- Hago lo que puedo.

EGO.- Eso de la disolución del yo se lleva mucho últimamente.

ALTER.- Ironías aparte, no me negarás que es un hecho cierto. Piensa que Pirandello es contemporáneo de Picasso y de Kandinsky.

EGO.- Lo que pienso es que el yo siempre ha sido bastante disoluto, desde San Agustín hasta Rousseau, pasando por el Shakespeare de Hamlet. Lo que ahora se da es una insistencia enfermiza sobre el tema. Parece que interesa más la deconstrucción que la construcción…y el arte es siempre construcción.

ALTER.- Quieres decir que todo el arte, toda la literatura moderna no es más que una manifestación patológica…

EGO.- Quiero decir que buena parte del arte y de la literatura moderna es una larga epigonía del romanticismo. Y ya conoces la sentencia de Goethe: lo clásico es lo sano, lo romántico es lo enfermo.

ALTER.- O sea, que Pirandello no es más que un pobre enfermo que no hay que tener en cuenta.

EGO.- No seré yo quien diga esa barbaridad. Para mí, Pirandello es uno de los mayores genios teatrales de todos los tiempos. Y todo eso que has apuntado está en su obra, naturalmente, como reflejo de su tiempo, que es el nuestro. Pero hay algunas cosas más.

ALTER.- Por ejemplo…

EGO.- Por ejemplo, la contraposición entre la fluidez e inaprehensiblidad de la vida y la fijeza de la forma artística, la imposibilidad de comunicación con sólo el medio abstracto de las palabras, la idea de que la fantasía humana es el instrumento de que se sirve la naturaleza para proseguir su obra creadora, la esencial multiplicidad del individuo según sus posibilidades de realización, por una parte, y según los puntos de vista de los observantes, por otra.

ALTER.- O sea, la fragmentación, la disolución.

EGO.- Sí, pero asumida de una forma creadora. Él, mejor que nadie, ha puesto sobre el papel la terrible angustia del que descubre que su yo imaginado no existe como tal para los demás. En su novela Uno, nessuno, centomila el protagonista empieza por descubrir que para su mujer ni siquiera físicamente es tal como se imagina ser, hasta llegar finalmente a la conclusión de que cada uno de los que le rodean lo ven de distinta manera, de que es tantas personas como miradas se posan en él, de que no es nadie en sí mismo, sino algo que continuamente se crea y se rehace desde fuera.

ALTER.- O sea, la fragmentación, la disolución.

EGO.- Sí, en esta novela se queda en ese punto, que no deja de ser parcial, ya que a lo que se alude es al individuo social, pero en el conjunto de la obra lo supera genialmente. La vida es así de imprecisa, vaga e inasible, viene a decir, sólo el arte, mediante la fijeza, la eternidad de la forma, puede transformarla en una realidad indestructible.

ALTER.- ¿Quieres decir que el arte es más real que la vida?

EGO.- Es lo que decía Oscar Wilde, y no me extrañaría que en este mismo sentido. Ya Borges descubrió que lo asombroso de Wilde es que siempre tiene razón.

ALTER.- Lo siento, pero discrepo. El arte puede ser más consistente que la vida, puede ser inalterable, indestructible, eterno, si quieres, pero no deja de ser un producto de la fantasía. Real, lo que se dice real, es la vida. Sólo en la vida se sufre y se goza en carne propia…

EGO.- Por un instante, por una sucesión de instantes que se consumen en el mismo acto de producirse… y de todo eso ¿qué queda? Un pálido recuerdo, a menudo mixtificado, que no se puede comparar con la sólida realidad de la obra de arte. Dime, visto desde aquí y ahora ¿te parece más real Cervantes que don Quijote, Shakespeare que Hamlet?

ALTER.- Ahora puede parecernos lo que quieras, pero en su momento Cervantes era un ser de carne y hueso, mientras que don Quijote era un mero producto de su fantasía, un personaje de ficción.

EGO.- Hay personajes de ficción con más fuerza y realidad que la inmensa mayoría de las personas de carne y hueso.

ALTER.- Pero son de ficción.

EGO.- Personajes que hasta llegan a rebelarse, a hablarle de tú a tú al autor, como los del drama de Pirandello que has citado, o el de Niebla, de Unamuno, o el que no paraba de escribirle cartas a su autor, Eça De Queirós, o los que se ponían a escribir libros por su cuenta, como los de Pessôa.

ALTER.- Pero son de ficción, de ficción…

EGO.- Ma chè finzione!…Realtà, realtà, signori! realtà!

(De Alter, Ego y el plan)

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Huysmans. Catolicismo bueno y catolicismo malo. El secreto de la Iglesia. (A.E.P.8)

ALTER.- ¿Qué es lo último que has leído?

EGO.- Sospecho que la elección de la pregunta responde a alguna astucia secreta. No importa, por algún lado hay que continuar. Aparte de una serie de artículos de Claudio Magris, reunidos bajo el título de Utopía y desencanto, lo último que he leído ha sido En route, de Huysmans.

ALTER.- Dices «aparte de». ¿Consideras que esos artículos no merecen algún comentario?

EGO.- No, considero que no pienso hacer ningún comentario, por la sencilla razón de que no me motivan. A medida que los leía iba comprobando con cierto asombro cómo las ideas de Magris, escritor ilustrado, ponderado, incisivo a veces, enemigo declarado del mejunje posmoderno y de los nuevos irracionalismos, coinciden con las mías…¡hasta en el año de nacimiento coincidimos! Y es tan aburrido leerse a uno mismo…

ALTER.- Pues pasemos a Huysmans. Hace unos años leí A contrapelo, y me encantó.

EGO.- De las varias traducciones posibles del original À rebours, la menos afortunada es sin duda la que has mencionado. Estoy seguro de que al esteta Huysmans le hubiese horrorizado. Contra natura es fonéticamente mucho mejor, pero se aleja bastante del sentido del original; Al revés no está mal, pero resulta algo ambigua. Para mí, la más ajustada es A contracorriente, sobre todo teniendo en cuenta que el autor plantea en la novela una actitud humana opuesta por completo a la que describe en À vau l’eau, expresión que significa «aguas abajo» o «siguiendo la corriente». Pero decías que la novela te gustó…¿por algún motivo especial?

ALTER.- Bueno, para empezar es muy curioso que una novela en la que prácticamente no hay acción resulte tan interesante.

EGO.- Sí, toda la acción externa se reduce a la estancia de Des Esseintes, aristócrata decadente y esteticista, en la casa adonde se retira huyendo de la vulgaridad del mundo moderno. Ahí, rodeado de libros, joyas, piedras preciosas, cuadros, perfumes, tapices y otros objetos más o menos artísticos o exóticos, se abandona a sus ensoñaciones.

ALTER.- Pero no consigue la paz espiritual que al parecer busca.

EGO.- No, sino que, al contrario, su neurastenia se acrecienta hasta extremos insoportables…y la obra acaba con una angustiosa llamada de ayuda dirigida a un Dios en el que no cree.

ALTER.- Y ésta que acabas de leer, ¿es del mismo estilo?

EGO.- No exactamente. En route, tradúzcase por En marcha o En camino, representa el final de una etapa del desarrollo personal del autor, y el comienzo de otra.

ALTER.- A ver, explícame eso del desarrollo y las etapas.

EGO.- Pocos años después de À rebours, Husmans publicó Là-bas (Allá lejos). El protagonista de esta novela es un escritor, Durtal, que al mismo tiempo que hace investigaciones, teóricas y prácticas, sobre el satanismo y las misas negras, frecuenta un reducido círculo de amigos más o menos católicos, y se siente especialmente atraído por la fe inconmovible de uno de ellos: el campanero de una iglesia de París.

ALTER.- La fe del campanero…me suena.

EGO.- Sí, tú has oído campanas, pero no son éstas. Lo que te suena es «la fe del carbonero», típica expresión castellana para referirse a la persona que cree por delegación, sin plantearse ninguna duda. Pero bueno, en este caso coinciden. La fe del campanero de Là-bas es la misma fe del carbonero, tan citada por Unamuno…Pero, a lo que iba. En la novela En route, el mismo protagonista de la anterior, Durtal, se plantea abiertamente abandonarse a la fe católica y, tras unos capítulos de dudas y escrúpulos monjiles, decide pasar unos días en un monasterio trapense, donde, entre piadosas conversaciones y bellísima liturgia, se prepara el camino de la conversión definitiva.

ALTER.- O sea, que A contrapelo, Allá lejos y En camino forman una trilogía.

EGO.- Quizá no en sentido estricto. Porque antes y después y quizá entre estas obras Huysmans escribió otras novelas, que habría, o no, que incluir. Pero, para mí, sí, forman una trilogía bien definida. En realidad constituyen una especie de progresión dialéctica, en el sentido hegeliano de la palabra. En À rebours tenemos la tesis: la angustia generada por una existencia vacía, que ni siquiera el arte más exquisito puede llenar; en Là-bas tenemos la antítesis: el paisaje que la realidad ofrece como abanico abierto entre la abyección sin sentido del satanismo y la sublimidad sin sentido de la fe del campanero; en En route tenemos la síntesis: el arte (la música, la arquitectura, las preces y toda la liturgia exquisita de la Iglesia) da sentido a la fe, y la fe da sentido al arte.

ALTER.- Deduzco que para ti Huysmans es un gran escritor.

EGO.- Por supuesto, uno de los grandes de finales del XIX…Su penetración psicológica, su capacidad de introspección y de autoanálisis, su hipersensibilidad estética, su tratamiento del monólogo interior, esa especie de recurso literario que dicen que inauguró Joyce, pero al que, sin embargo, siempre salen ilustres precedentes…en fin, toda una serie de elementos que hacen de Huysmans un gran artista, un excelente escritor…

ALTER.- Pero…

EGO.- Pero ¿qué?

ALTER.- No, eres tú el que tiene el «pero». Vamos, suéltalo.

EGO.- Muy perspicaz…Sí, hay algo, una cosa, un pequeño detalle que no me gusta de él, aunque nada tiene que ver con sus virtudes literarias.

ALTER.- Y es…

EGO.- Su catolicismo.

ALTER.- Un escritor ¿no puede ser católico?

EGO.- Claro que puede. Ese tema ya lo hemos tratado y sentenciado. No me refiero el hecho de que sea o se manifieste católico. Me refiero a su forma de catolicismo.

ALTER.- ¿Hay varios catolicismos?

EGO.- Naturalmente.

ALTER.- Y supongo que habrá uno bueno y otro malo.

EGO.- Supones bien. Para mí el bueno es el sencillo y poético de Francisco de Asís o el racional y místico de Dante o, si quieres, el de San Juan de la Cruz o el de Erasmo de Rotterdam; el malo es el decimonónico caído en manos de sacerdotes casposos que, en sus lúgubres confesionarios, llevaban las cuentas de pecados y penitencias mientras dirigían las conciencias hacia la mediocridad más absoluta.

ALTER.- Y el de Huysmans, ¿es de este tipo?

EGO.- Él pretende que no, cuando afirma que la mística y el arte le separa de la masa estulta de los beatos. Pero basta considerar el contenido de las conversaciones que se mantienen en la novela (me refiero a En route) para darnos cuenta de que no hemos salido del catolicismo casposo. Es muy difícil sustraerse a la propia época…

ALTER.- Qué quieres que te diga…me cuesta mucho imaginarme a un esteta como Huysmans en plan casposo.

EGO.- Quizá no nos referimos a lo mismo. Para que me entiendas, fíjate en este detalle. Tanto en Là-bas como en En route, que son las primeras novelas de Huysmans que entran de lleno en el tema religioso, el único pecado de que se habla y que se tiene en cuenta es el del sexo…los demás no existen. Por su parte, Dante consideraba la lujuria, que achacaba a la debilidad de la propia naturaleza humana, como el menos grave de los pecados, mientras que reservaba las máximas sanciones para los desvíos del espíritu, como la envidia, la soberbia o la traición. ¿Adviertes la diferencia? No lo llamemos casposo, si no quieres, pero…sabes a qué me refiero.

ALTER.- Sí, ha quedado bastante claro.

EGO.- Yo creo que el catolicismo épico y vigoroso de la Edad Media y del Renacimiento fue ahogado por la Contrarreforma, cuando jesuitas y compañía empezaron a hurgar morbosamente en las conciencias.

ALTER.- Y ahora ¿cómo ves el panorama?

EGO.- Ahora la Iglesia Católica es una especie de imperio austrohúngaro, dentro de cuyas fronteras convive una gran variedad de pueblos, desde los teólogos de la liberación hasta los legionarios de Cristo. De hecho es una situación más parecida a la medieval que a la de hace un siglo. Y esto creo que es bueno, para ella. Lo malo es que, con todas las reformas habidas en la liturgia y en el estilo de la Iglesia, conversiones como la de Huysmans y otros estetas hoy serían imposibles. Piensa en Oscar Wilde, o en el joven Paul Claudel, convertido de manera fulminante al presenciar un oficio religioso en Notre Dame. De unas décadas a esta parte parece como si la Iglesia se avergonzase de su enorme tesoro artístico; el puro canto gregoriano ha quedado confinado en ciertos monasterios, lo mismo que la liturgia en latín.

ALTER.- Bueno, imagino que será una manera de acercarse al pueblo, que no entiende de esas exquisiteces.

EGO.- No, es una manera de abaratar el culto, sin obtener nada a cambio. Y piensa que el pueblo, un pueblo en teoría más ignorante que el de hoy en día, siempre se había sentido fascinado, y hasta arropado, por esas «exquisiteces». Se trate de la religión o de la cultura en general, siempre he pensado que el abaratamiento, la nivelación por lo bajo, constituye un triple error: desnaturaliza el arte en cuestión, desconcierta y hasta pone en fuga a sus fieles seguidores y sólo consigue atraer a cuatro despistados ignorantes, que vienen a introducir más confusión.

ALTER.- ¿Crees entonces que la Iglesia habría de rectificar y volver a la liturgia y los modos de siempre?

EGO.- Eso es imposible. Pero no sé si me he explicado bien. No es que la Iglesia haya renunciado a la liturgia tradicional y al latín, que sigue siendo su lengua oficial, es que los mantiene casi ocultos, como si se avergonzase de ellos, como si no se atreviese a mostrarlos a la masa. Pero una vuelta atrás, como tú dices, resulta impensable, desde cualquier punto de vista. ¿Te imaginas la que se armaría si la Iglesia Católica decidiese, por ejemplo, volver al latín en todas sus manifestaciones?…No, hay decisiones, erróneas o no, que no admiten corrección.

ALTER.- De todos modos, creo que la Iglesia Católica goza de una salud envidiable… para sus casi dos mil años de edad. ¿Sabes tú de alguna otra institución que haya durado tanto?

EGO.- No, creo que no hay ninguna otra.

ALTER.- ¿Y dónde crees que debe estar el secreto de una longevidad tan prodigiosa?

EGO.- Hay varias teorías. La de la misma Iglesia es clara y contundente: la protección divina, el cumplimiento de la promesa que Cristo hizo a Pedro.

ALTER.- ¿Y entre las no canónicas?

EGO.- En general hacen hincapié en la extraordinaria disciplina de sus miembros y en el poder aglutinante del dogma…aunque, hoy en día, ni es tan extraordinaria esa disciplina ni es tan de una pieza el dogma (los teólogos de las diversas tendencias hacen con él auténticas maravillas), con lo cual se estaría anunciando un rápido declive de la institución. Hay otra teoría, bastante curiosa, que achaca la longevidad de la Iglesia al celibato de sus clérigos.

ALTER.- ¿Al celibato?

EGO.- Sí, sostiene esta teoría que el hecho de que curas, obispos, cardenales y papas no estén casados elimina el principal elemento de discordia y disgregación de todo grupo humano. Por una parte, no han de preocuparse del mantenimiento de una familia; por otra, permanecen a salvo de la influencia, o acoso, de esposa, suegra, cuñadas…

ALTER.- Pero eso no es nada políticamente correcto.

EGO.- No, me temo que no.

ALTER.- Es profundamente machista.

EGO.- No veo por qué. El machismo es una actitud agresiva, y esto de lo que hablo es un recurso más bien defensivo, y se ha de reconocer que por lo menos tiene su pizca de verdad. Macbeth, por ejemplo, nunca podría darse en la Iglesia Católica. Por otra parte, la pasión con que el papa y altos jerarcas defienden el celibato obligatorio, que nada tiene que ver con el dogma, da que pensar si no serán partidarios secretos de esta teoría, de que la única explicación de la perduración de la Iglesia se halla en el celibato de sus miembros.

ALTER.- ¡Qué ocurrencia! No sé…a veces tengo la impresión de que no hablas en serio.

EGO.- No sé qué quiere decir hablar en serio. Yo reflexiono, hablo sobre el mundo tal como se me aparece. Si el mundo es cómico, extraño o paradójico, forzosamente mi hablar será cómico o extraño o paradójico.

ALTER.- Pero siempre eludes pronunciarte de una manera franca y directa.

EGO.- Eso no es cierto.

ALTER.- Sí, a veces sí.

EGO.- «A veces» no es siempre.

ALTER.- Quiero decir que cuando, por ejemplo, dices «hay una teoría que», tengo la impresión de que esa teoría, en realidad, es exclusivamente tuya.

EGO.- Quizá. En todo caso sería una forma de modestia.

(De Alter, Ego y el plan)

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Dante o la alta fantasía II

Dante tuvo otros amores, más reales, por decirlo de alguna manera, que el que nunca dejó de sentir por Beatriz; amores que darían origen a otro tipo de poesía en el que la transfiguración alegórica propia del dolce stil nuovo cede el paso a la terrenal e incontenible fuerza del deseo, y ello tanto en la época de juventud, con las aventuras galantes que son tema de correspondencia poética con los amigos también poetas, como en el posterior período de destierro, pues en las cortes señoriales que sucesivamente le acogieron no solía faltar alguna dama consoladora. O esquiva, como la que inspiró los poemas a “la mujer de piedra”:

Così nel mio parlar voglio esser aspro

com’è ne li atti questa bella petra…

(Quisiera ser tan duro en mis palabras

como esta hermosa piedra es en los actos…).

Es lógico imaginar que este tipo de extravíos pasionales fueron los que le llevaron a perderse en la “selva oscura” y le merecieron los duros reproches que Beatriz le había de dirigir en el umbral del Paraíso.

En 1293, de acuerdo con lo pactado entre las familias en su infancia, se casó con Gemma Donati, con la que tuvo varios hijos, dos de los cuales, Pietro y Iacopo, fueron los primeros comentadores de la Divina Comedia. La hija Antonia entró en religión con el nombre de Beatriz. 

A partir de cierto momento, Dante se siente especialmente inclinado a la acción política, siempre del lado de los por entonces llamados güelfos blancos, partidarios del poder ciudadano, enfrentados a los guelfos negros, aristócratas y feudales, apoyados por el papado. En 1295, a los treinta años, inicia la carrera política entrando a formar parte del Consejo del Capitán del Pueblo, para lo cual, dado que estaba vedado a la nobleza participar en los órganos ciudadanos, tiene que inscribirse previamente en un gremio profesional.

En los diversos cargos que ostentó siempre mostró la máxima firmeza frente a los intentos de los negros de subvertir el orden legal. El punto culminante de estas tensiones políticas tiene lugar a finales de 1301 cuando, ante la proximidad de las tropas francesas, aliadas del papa y de los negros, es enviado a Roma a negociar con el pontífice Bonifacio VIII. Mientras permanece en esta ciudad retenido por el papa, los enemigos toman Florencia e instauran un régimen de terror en el que los blancos son duramente castigados. Dante es sancionado con una fuerte multa y, poco después, condenado a muerte en rebeldía. Nunca más pisará las calles de Florencia ni volverá a ver a su esposa Gemma.

En los primeros tiempos del exilio Dante colabora con los blancos exiliados para derrocar el régimen impuesto en la ciudad. Pero pronto se convence de la inutilidad de los esfuerzos y, sobre todo, se siente vencido por la amargura de comprobar la maldad y necedad de muchos de sus compañeros de partido.

Se inicia entonces el triste periodo de peregrinaje por los pequeños principados y señoríos de Italia, en los que suele ser acogido a cambio de algunos servicios, sobre todo de carácter cancilleresco. Es la época en que da principio a obras que pretenden ser más serias que las de juventud: El convite (Il Convivio), donde comenta algunas de sus propias composiciones poéticas, en italiano, y Sobre la lengua vulgar (De vulgare eloquentia), tratado lingüistico en latín que, aun con las limitaciones propias de los conocimientos de la época, contiene observaciones e intuiciones asombrosamente “modernas”. Ambas obras quedaron inacabadas, quizá por las dificultades de la incómoda vida itinerante, quizás porque, por aquellos años, hacia 1307, empezaba a redactar la gran obra que sin duda llevaba años gestando.

Y de nuevo la política. La decisión del emperador romano-germánico, Enrique VII, de hacer valer sus derechos imperiales sobre Italia renueva en Dante la esperanza y el fervor político y, exaltado, se dirige por carta a los príncipes y municipios de Italia para que secunden la iniciativa imperial, y al mismo emperador para urgirle a que lleve a cabo el proyecto. Pero la iniciativa fracasa, el emperador muere y Dante se aparta para siempre de la política activa, dejándonos no obstante su ideario en la obra La Monarquía (Monarchia), en la que expone la fórmula que habría de garantizar la paz perpetua.

La fórmula es sencilla: un poder supremo, el del emperador romano-germánico (el del papado se limitaría a lo espiritual), que imponga su autoridad sobre reinos y ciudades, atendiendo al orden y la paz universales, y dejando que las diferentes comunidades políticas se rijan por sus propias leyes. Pero los tiempos no estaban para fórmulas sencillas.

En su vagar por las tierras de Italia no gozó de residencia más estable que unos pocos años en Verona, en la corte de Cangrande, y los tres últimos de su vida en Ravenna, en la corte del príncipe y también poeta Guido Novello da Polenta. Fue ahí donde puso punto final al Paraíso, última parte de su gran obra, si bien las anteriores hacía años que circulaban por toda Italia y ya le habían granjeado la fama de gran poeta, que no haría sino crecer en el tiempo y el espacio. Al regreso de Venecia, adonde se había desplazado en una misión oficial, murió en Ravenna un día de setiembre de 1321.

Dante Alighieri es con seguridad el escritor que más literatura secundaria ha generado; me refiero a estudios, tratados, comentarios. También ha dado pie a cierto tipo de especulaciones extra literarias, sobre todo a las de los esoteristas, como Luigi Valli, con su curioso estudio sobre los Fedeli d’amore (1929), o René Guénon (El esoterimo de Dante, 1925), exquisito ultratradicionalista siempre mirando a un ayer que nunca existió.

Pero yo creo que ni los eruditos de universidad ni, mucho menos, los de los saberes ocultos están en condiciones de apreciar y gustar la inmensa riqueza de la obra de Dante. Solo el lector desprejuiciado y medianamente culto lo está. También ha de ser un poco poeta, cierto.

Los eruditos seguirán discutiendo eternamente el fundamento y el significado exactos de estas confesiones de Dante. Los eruditos no son acaso los hombres más aptos para resolver el problema. Es cuestión de tacto literario y de imaginación afín. Debe confiarse a la delicada penetración del lector, en el caso de que la posea. Si no es así, Dante no desea abrirle su corazón. Sus enigmáticos ademanes son justamente su coraza protectora contra la intrusión de los espíritus incapaces de comprenderle. (George Santayana: Tres poetas filósofos. Lucrecio, Dante, Goethe)

Tacto literario, imaginación afín… Cualidades quizá imprescindibles también para gustar de la lectura de estas páginas que ahora concluyen, tanto como yo he gozado de su escritura.

                                            FIN

                                             DE

                              LOS LIBROS DE MI VIDA

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Dante o la alta fantasía I

Es tan grande la fuerza del arte verdadero que no hay barrera, muro o medio hostil que no pueda traspasar. Solo eso explica que una obra, una larga historia originariamente en verso y en un idioma en formación, por fuerza mal traducida, que cuenta hechos históricos oscuros de personajes en su mayoría desconocidos, con una prosa de difícil comprensión, llegue a cautivar a un adolescente de quince años, de manera que éste no pueda dejar el libro hasta leer la frase final : “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”.

El libro estaba en la modesta librería familiar – sería exagerado llamarla biblioteca – junto a los de autores tan heterogéneos como O. S. Marden, Henry Ford, Palacio Valdés, Jacinto Benavente, Conan Doyle… Era de tapas duras, formato casi cuadrado, superficie algo granulada, de color anaranjado; de letras bastante claras con alguna ilustración al final de cada Canto. Eso es todo lo que puedo recordar – con algún error, supongo – sobre la forma. Porque el libro ni lo poseo ni sé qué fue de él. Con el tiempo, he leído otras versiones – también el italiano original – y cantidad de artículos y comentarios sobre el autor y la obra. Pero en aquella primera lectura alentaba todo lo que después supe.

Supe enseguida que el autor, a los nueve años, se había enamorado de una niña de la misma edad, experiencia similar a la que yo había sufrido, si bien las respectivas historias siguieron caminos muy diferentes. El autor, Dante Alighieri, no solo conservó aquel amor a lo largo de toda la vida, sino que elevó a aquella mujer – muerta a los veinticinco años – a las alturas del cielo de la teología. Y de la poesía, donde permanecerá eternamente.

La Divina Comedia narra en primera persona el viaje que el mismo Dante realiza por el mundo de ultratumba de la teología católica. A través del Infierno y del Purgatorio le acompaña Virgilio, admirado poeta de la antigüedad; a la entrada del Cielo le aguarda Beatriz, la mujer que amó, que le acompañará e ilustrará en su ascensión por el Paraíso. No se trata ahora de describir la topografía y otras características de cada uno de esos mundos. Solo quiero destacar algunos rasgos de la obra, como claras muestras de la fantasía, la profundidad y el ingenio poético del autor.

A los condenados en el Infierno apenas se les ve sufrir por la acción de los demonios. Sufren porque, violando el orden moral, se han convertido en aquello que deseaban. El filósofo George Santayana comenta este aspecto de un modo tan agudo que no me resisto a reproducir sus palabras:

El castigo, parece entonces decir (Dante), no es nada que se agrega al mal: es lo que la pasión misma persigue; es el cumplimiento de algo que horroriza al alma que lo deseó.

Así, Paolo y Francesca, los amantes adúlteros, vagan abrazados, eternamente empujados por un viento constante. ¿No es esto lo que deseaban?, cabe preguntarse. Sí, y en su cumplimiento eterno consiste el castigo. Porque

el amor ilícito – sigue Santayana – está condenado a la mera posesión, posesión en la oscuridad. Sin un ambiente. Sin un futuro. […] Entrégate, nos diría Dante, entrégate completamente a un amor que no sea más que amor, y estarás ya en el Infierno. Solo un poeta inspirado podría ser tan penetrante moralista. Solo un profundo moralista podría ser tan trágico poeta.

Borges, por su parte, se fija en un aspecto, en un momento, que tiene más que ver con el misterio de la creación literaria que con cualquier dilema moral o filosófico. Cuando en el Canto XXX del Purgatorio, a las puertas del Paraíso, Dante ve aparecer a Beatriz junto a una extraña procesión de figuras alegóricas, una profunda emoción le embarga. Por una parte, llora porque se ha de separar de su amado guía Virgilio; por otra, ve ante sí al antiguo y constante amor que le ha de mostrar el Paraíso. Pero Beatriz, severa, le advierte que no ha de llorar porque Virgilio se vaya, porque habrá de hacerlo por otra herida

(Dante, perché Virgilio se ne vada,

non pianger anco, non pianger ancora,

ché pianger ti conven per altra spada).

Y a continuación la mujer

con ironía le pregunta cómo ha condescendido a pisar un sitio donde el hombre es feliz. El aire se ha poblado de ángeles: Beatriz les enumera, implacable, los extravíos de Dante. Dice que en vano ella lo buscaba en los sueños pues él tan bajo cayó que no hubo otra manera de salvación que mostrarle los réprobos. Dante baja los ojos, abochornado, y balbucea y llora…” (Borges: Nueve ensayos dantescos).

Borges opina que nada hacía presagiar en la obra que el anhelado encuentro se hubiese de desarrollar de tal manera, sufriendo Dante la mayor humillación de su vida. Y es que, al encontrarnos con el pasaje citado, tenemos la impresión de que el autor-personaje ha tenido que aceptar algo no previamente imaginado. Y así es. Porque ese algo, esa terrible escena estaba ahí, esperándole, con independencia de la voluntad consciente del propio “creador”.

Dante Alighieri nació en Florencia en 1265. La familia pertenecía a la pequeña nobleza, políticamente próxima a los güelfos, enfrentados a los gibelinos. Se cree que estudió con los franciscanos y los dominicos y que, hacia los veintidós años, frecuentó la universidad de Bolonia, aunque no consta que realizase estudios regulares. Muy joven, destaca como poeta, pero no es hasta la publicación de la Vita Nuova, colección de poemas escritos hasta sus veinticinco años, que, con la aprobación del ya famoso Guido Cavalcanti, se considera digno de pertenecer a los Fedeli d’Amore, grupo de poetas cultivadores del dolce stil nuovo, corriente poética que se caracterizaba, entre otras cosas, por cantar a la mujer no como a la señora distante de los provenzales sino como al ser angélico que preside y alienta el mundo espiritual del propio poeta. En la Vita Nuova, obra en que se alternan la prosa y el verso, Dante relata su amor por Beatriz y, al llorar la muerte de la joven, concluye con la promesa de crear una gran obra con la sola intención de ensalzarla. Él quizá aún no lo sabía, pero nosotros sabemos que esa obra se conocería con el nombre de la Divina Comedia y que su redacción le ocuparía los últimos quince años de su vida. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

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El yo de la vida y el yo de la novela. El niño como artista. (A.E.P.7)

 

ALTER.- Por lo que llevas diciendo deduzco que tienes a Thomas Mann por uno de los grandes de la literatura.

EGO.- Sin duda, es uno de los escritores más completos del siglo XX.

ALTER.- ¿Por qué no hablamos de él, aunque ello suponga apartarnos del capítulo de las lecturas infantiles?

EGO.- No nos apartamos de nada, puesto que aquí no hay capítulos ni siguen estos diálogos ningún plan, creo. Pero, de todos modos, no está tan apartado Mann de mis lecturas infantiles. Leí La montaña mágica a los dieciséis años.

ALTER.- Pero es una novela muy compleja, ¿no?

EGO.- Sí, supongo que se me escaparon muchas cosas. Lo que mejor recuerdo es el enfrentamiento ideológico entre Naphta, el jesuita retrógrado, y Settembrini, el librepensador progresista. Enfrentamiento que el autor trata con sana ironía vital, apuntando a veces en uno rasgos que se supone deberían corresponder al otro.

ALTER.- O sea, nada de esquematismos.

EGO.- Nada en absoluto.

ALTER.- Y nadie tiene toda la razón.

EGO.- Por supuesto, en el arte de la novela eso es elemental. Cada cual tiene «su» razón, como en la vida misma.

ALTER.- Pues yo diría que en la vida real, entre las personas de carne y hueso, siempre hay alguien que tiene toda la razón: uno mismo.

EGO.- Claro, porque «uno mismo» se siente por dentro, mientras que a los demás los ve desde fuera. De ahí la asombrosa facilidad con que se suele hablar de la gente -la gente es tonta, es mala, es incompetente, etc.- sin incluirse en ella el hablante. Y es que, en la vida real, uno mismo es el protagonista mientras que los demás, la gente, son meros comparsas. Pero ocurre que cada uno de esos comparsas es a su vez el protagonista de su propia vida, mientras que los demás, incluido el «uno mismo» de que hablábamos, sólo son comparsas. En la vida es así de sencillo; en la novela es mucho más complicado.

ALTER.- ¿Por qué?

EGO.- Porque en la novela, excepto en las que recurren a la forma autobiográfica, no hay un «uno mismo» definido, sino que, por lo general, el autor va desplazando o simultaneando el centro focal de la vivencia, el «uno mismo», de uno a otro personaje, arrastrando en este movimiento al lector. Esta es la razón de que, en ocasiones, el lector simpatice con personajes que en la vida real le repugnarían, un criminal, por ejemplo, porque la magia del autor consigue que el «uno mismo» del personaje sea hondamente asumido por el lector.

ALTER.- La magia del autorRealmente la creación literaria es lo más parecido a la magia que existe.

EGO.- Yo diría más. Diría que el arte es la única magia que existe. Magia y arte tienen un origen común, pero sólo el arte ha seguido el camino fructífero, sólo él puede provocar visiones y conducir a profundas transformaciones, mientras que la magia, atada a un literalismo estéril, ya no conduce a ninguna parte. Hoy la magia es sólo una rama del comercio.

ALTER.- ¿Y la literatura no?

EGO.- Sí, pero no «sólo»Y te advierto que no me apetece en absoluto adentrarme por ese terreno.

ALTER.- Pues volvamos a tus lecturas infantiles.

EGO.- Infantiles, porque las leí en la infancia. Pero, excepto Corazón, no son lecturas propiamente infantiles las que he mencionado.

ALTER.- ¿Y no las hubo, propiamente infantiles?

EGO.- Por supuesto, y hasta los diecisiete años puede decirse que no las abandoné. Julio Verne el primero, quiero decir el que más leí, y toda la constelación de escritores imaginativos y aventureros: Alejandro Dumas con sus Tres Mosqueteros y, sobre todo, con El Conde de Montecristo , Paul Feval (El juramento de Lagardère), Stevenson (La isla del tesoro), Rafael Sabatini (Scaramouche), Walter Scott (Ivanhoe) Fenimore Cooper (El último mohicano) y tantos otros, y eso sin olvidar los tebeos, fuente inagotable de placer desde que aprendí a leer hasta aproximadamente los quince años.

ALTER.- ¿Qué clase de tebeos?

EGO.- Entre los de historietas cómicas mi preferido era Pulgarcito, publicación semanal que contenía historias de personajes tan emblemáticos como Carpanta, Doña Urraca, Las Hermanas Gilda, Zipi y Zape, el Reporter Tribulete, etc., algunos de los cuales, al pasar a publicaciones posteriores, pudieron gozar de larga vida. Y entre los tebeos de aventuras recuerdo con especial cariño El pequeño Sheriff, Suchai, El Guerrero del Antifaz y, sobre todo, Hazañas Bélicas.

ALTER.- Era pro nazi, ¿no?

EGO.- De pro nazi, nada. Lo que ocurre es que en sus páginas salían alemanes buenos, o sea, normales, cosa absurdamente inexistente en las películas americanas de la época. En realidad, el tema central de las historias no era la guerra. La guerra venía a ser el escenario de los acontecimientos, un escenario cruel y dantesco, magníficamente dibujado por el genial Boixcar, en el que los conflictos personales se ponían en el disparadero. Sí, el tema central eran los sentimientos, los buenos sentimientos. Una historia que recuerdo repetida es la de dos antiguos amigos, uno alemán y otro americano, que se encuentran frente a frente en el campo de batalla, con el consiguiente conflicto que se suscita entre los sentimientos de amistad y de deber.

ALTER.- ¿Y cuál se impone?

EGO.- No lo recuerdo, pero seguro que los buenos sentimientos quedaban a salvo.

ALTER.- Así que te gustaban los tebeos y seguramente las películas de guerra. ¡Quién lo diría!

EGO.- Lo que de verdad me gustaba era jugar a las guerras.

ALTER.- No parece un juego muy educativo.

EGO.- Entonces no se tenían en cuenta esas cosas muy sabiamente, creo.

ALTER.- Quieres decir que la pedagogía de la época admitía esos juegos

EGO.- No tengo ni idea de lo que admitía o no admitía la pedagogía de aquella época ni la de ésta. Lo que quiero decir es que esas preocupaciones no estaban en el ambiente. El juego era el juego, y a nadie se le ocurría confundirlo con la realidad. Y menos que nadie, a los propios niños.

ALTER.- Pero pueden favorecer actitudes violentas, o que se desarrolle una mentalidad belicistapregunto.

EGO.- Eso es una estupidez, respondo. Y lo digo con pleno conocimiento de causa. Tanto yo, como mis hermanos, como el nutrido grupo de amigos que nos reuníamos durante las vacaciones escolares disfrutábamos como locos jugando a guerras. Era aquél un mundo emocionante, fascinante, mágico: las batallas en campo abierto, los asedios a las fortalezas, las persecuciones, los encarcelamientos, las fugas, los tratados de paz, las traiciones, los espías, las ejecuciones, nada faltaba en aquel simulacro perfectamente organizadoPues bien, no sé de ninguno de aquellos niños, hoy sesentones, que haya desarrollado tendencias violentas o belicistas. Todos somos perfectamente pacifistas o, por lo menos, pacíficos. Y lo mismo puedo decir de la siguiente generación, la de mi hijo y sobrinos, también amantes en su infancia de los juegos de guerra, y hoy que no les menten a Bush.

ALTER.- De acuerdo, ése es un caso, el de una familia o un grupo, pero no me negarás que es fácil que ciertos niños

EGO.- Ya, ya sé por donde vas. Pero entonces yo te remito a lo que decía en la primera jornada sobre la capacidad de disfrutar del arte y sobre la incapacidad de que adolecen en este aspecto aquellos que no saben distinguir ficción y realidad. El juego es un arte, y los niños, los niños «normales», son los más grandes artistas que existen. Saben crear la ficción, saben desempeñar en ella su papel como perfectos actores y saben quitarse la máscara y dejarla a un lado cuando hay que interrumpir la batalla porque es la hora de la merienda. De toda mi vida, no recuerdo momentos más felices que los de aquellos juegos infantiles. El arte, con todo su poderoso efecto catártico, lo creábamos y lo consumíamos nosotros mismos.

ALTER.- Sé lo que quieres decir y, pensándolo bien, es una lástima que todo eso haya de desaparecer con la infancia.

EGO.- A veces, cuando miro a los hombres de hoy, los veo como burdas caricaturas de los niños de ayer. Aquellos niños dominaban el arte; estos hombres son tristes juguetes de no se sabe qué.

ALTER.- Te veo muy melancólico, y no creo que sea para tanto. Piensa que, después de todo, por muchas virtudes que contenga, la infancia no es más que una fase del desarrollo del ser humano, que sólo alcanza su plenitud con la madurez, ¿no es así?

EGO.- Yo diría que es una plenitud mutilada, si es que la expresión tiene alguna lógica. Porque de todas las virtudes de la infancia hay una, primordial, que no se debería perder nunca.

ALTER.- La fantasía, la imaginación

EGO.- Sí, es eso, pero yo lo definiría como la capacidad de imaginar el mundo. El adulto ve el mundo que le rodea como algo hecho, acabado. En cuanto sale de las brumas de la subjetiva adolescencia se topa con lo objetivo y se dice «ah, ése es el mundo, veamos cómo me muevo en él». Ni por un momento se le ocurre, como al niño, decir «quiero que el mundo sea de esta o de aquella manera, vamos a jugar a esto».

ALTER.- Eso es imposible, es utópico. ¿Quién podría hacerlo?

EGO.- El artista lo hace, pero lamentablemente sólo en cuanto artista. En los demás aspectos de la vida suele comportarse como cualquier otra persona, es decir, sometiéndose a la realidad objetiva del mundo.

ALTER.- No se puede romper la realidad.

EGO.- No, sobre todo si se cree que no se puede.

ALTER.- Bien, ya veo que para ti la infancia es el paraíso. Y la adolescencia ¿qué es?

EGO.- El infierno. El infierno y el paraíso al mismo tiempo. La repentina erupción de nuevos sentimientos y sensaciones es tan brutal que el adolescente se ve forzado a navegar por un mar de confusiones donde todo, a veces la misma cosa, se le presenta como sublime o como abyecto. Los límites se rompen, el orden propio del mundo infantil se desmorona y el individuo queda abandonado en medio del espacio infinito. No es extraño que, en cuanto atisba el nuevo orden de la madurez, corra a rendirse, aliviado, a sus mandatos, buscando el amparo de unos nuevos límites.

ALTER.- ¿Y es así en todos los casos?

EGO.- No lo sé. Hablo por mí, que es lo que mejor conozco. Pero imagino que, como no soy un bicho raro, mi caso será también el de muchos otros.

ALTER.- ¿Y qué papel jugaron las lecturas en tu adolescencia?

EGO.- En parte ya hemos hablado de eso. Las novelas de aventuras seguían alimentando el fuego de la imaginación infantil, pero además se incorporaron otras lecturas más «canónicas»: Don Quijote (versión abreviada, la completa la leía a los dieciocho), y otros clásicos castellanos, la Divina Comedia, algo de Shakespearepero la verdadera ruptura se produjo a los 17-18 años con la lectura de tres pensadores que me despertaron del «sueño dogmático», mantenido hasta entonces por la presión del ambiente y de la enseñanza oficial.

ALTER.- ¿Quiénes eran?

EGO.- ¡Un momento!

ALTER.- ¿Pasa algo?

EGO.- Sí, algo que no debería pasar.

ALTER.- ¿Nos hemos desviado?

EGO.- No, al contrario. Nos hemos encarrilado de una manera intolerable. ¿Te das cuenta de que estamos hilvanando los comentarios sobre la base de mi biografía personal?

ALTER.- ¿Y qué tiene eso de malo?

EGO.- Que incumple el primer mandamiento de estos diálogos: no seguir ningún plan.

ALTER.- Pero eso es imposible de cumplir: siempre hay un plan.

EGO.- Al final, Alter, en todo caso, al final. Sólo cuando la idea se haya desarrollado podremos hablar de la existencia o no de un plan.

(De  Alter, Ego y el plan)

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Corazón. Arte y patriotismo. La «crucifixión rosada» del poeta. (A.E.P.6)

ALTER.- ¿Recuerdas cuál fue el primer libro que leíste?

EGO.- Perfectamente. Aparte cuentos infantiles, el primer libro que leí fue Corazón, de Edmondo De Amicis. Tenía ocho años.

ALTER.- ¿Y ahora?

EGO.- Ahora, ¿qué?

ALTER.- ¿Qué edad tienes ahora?

EGO.- ¿Importa mucho?

ALTER.- Claro que importa. ¿Cómo vamos a saber en qué circunstancias político-sociales un niño de ocho años leía Corazón, si no sabemos de qué época se trata?

EGO.- De acuerdo. Puesto a ser objeto de investigación paleontológica, confesaré que tengo sesenta y tres añosy estamos en el verano del 2003 y lo de «político-sociales» no quiero volver a oírtelo decir.

ALTER.- O sea, que eso ocurría a finales de los cuarenta. ¿Era un libro recomendado para niños?

EGO.- Era un libro dirigido a los niños, por supuesto. Pero en España no era un libro recomendado para niños, al menos oficialmente. Consistía en el supuesto diario de un niño de nueve años a lo largo de todo un curso escolar, interrumpido por unos relatos

ALTER.- Sí, claro, Marco era uno de los relatos, ¿no? El de la serie de televisión. Ya sabía que me sonaba de algo

EGO.- De los Apeninos a los Andes, se llamaba ¿y tú qué edad tienes?

ALTER.- ¿Importa mucho eso?

EGO.- Claro, ¿cómo vamos a saber en qué mundo aprendiste lo poco que sabes, si no sabemos de qué época se trata?

ALTER.- De acuerdo. Tengo treinta años. ¿Está bien así?

EGO.- Sí, treinta años está bienUna de las primeras generaciones formadas totalmente con la televisiónaunque eso ya alcanza a los que ahora tienen cuarentaPues te decía que, aunque iba dirigido a los niños, contenía algún aspecto que lo incapacitaba como lectura recomendada por las autoridades escolares del Régimen (que era como se llamaba entones el franquismo). Su laicismo. Su laicismo es absoluto, la religión no aparece para nada.

ALTER.- Era italiano, ¿no?

EGO.- Sí, y escrito a finales del siglo XIX. Es un ejemplo de lo que se suele llamar «literatura de los buenos sentimientos», dicho sea en este caso sin ninguna connotación peyorativa. La honradez, la amistad, el trabajo, el amor filial, el compañerismo, el deber, el patriotismo

ALTER.- ¿El patriotismo?

EGO.- Sí, hoy puede parecer raro que el patriotismo se incluya entre los buenos sentimientos, pero piensa que, cuando fue escrito, hacía poco que Italia había salido de las guerras de unificación y, después de siglos de humillaciones, fragmentaciones y dominaciones extranjeras, el sentimiento de una patria unida en la que todos los italianos fuesen libres e iguales adquiría un valor extraordinario.

ALTER.- Un patriotismo muy diferente del que se imponía por aquí.

EGO.- Nada que ver. Aunque, pensándolo bienno séhabría que ver si no fue ese mismo patriotismo el que condujo al fascismo de Mussolini. Es cierto que tal deriva no podía estar en la mente de De Amicis, que era socialistapero no es menos cierto que Mussolini también había sido socialista.

ALTER.- Ergo

EGO.- Ergo el patriotismo es una planta peligrosa. En condiciones adversas puede ser un buen tónico para la sociedad, pero administrada por el poder

ALTER.- ¿Puede un artista ser patriota?

EGO.- Puede, como puede ser comunista, o reaccionario, o diabético. De eso ya hablamos en la primera jornada ¿recuerdas? Creo que la pregunta deberías formularla así: ¿es habitual entre los artistas el ideario nacionalista o el sentimiento patriótico?

ALTER.- Dala por formulada, maestro.

EGO.- Pues bien, yo creo que no. Primero, por una razón histórica. Y es que entre la caída de Roma y la Revolución francesa el nacionalismo y su correspondiente patriotismo tal como hoy los entendemos, simplemente no existieron, con lo que los artistas de todos esos siglos se ahorraron el dilema o quién sabe si la angustia de sentirse o no patriotas. Las lealtades iban en otro sentido: el señor natural, la religión, el rey. Otra razón, que no será aceptada por todos, es que el mismo espíritu del arte, que siempre tiende a derribar fronteras, le hace incompatible con una visión limitada de sus logros o aspiraciones por razones étnicas o geográficas. Goethe, que por supuesto era de esta opinión, decía que el patriotismo es el orgullo más barato.

ALTER.- Y sin embargo, no es pequeño el número de poetas que han cantado a la patria.

EGO.- De acuerdo, pero sobre todo en los momentos de opresión de un pueblo. Es lo que te he dicho antes sobre la planta peligrosa, y que ahora te repito con un ejemplo: no es lo mismo el canto a la patria de Espronceda, antinapoleónico, que el canto a la patria de Pemán, directamente fascista.

ALTER.- Y el Filósofo, qué decía del asunto.

EGO.- Cosas espantosaspara los patriotas alemanes, naturalmente. Llegó a escribir que, por si acaso moría de repente y para que no quedase ninguna duda, dejaba constancia de su desprecio por la nación alemana y de su vergüenza por pertenecer a ella.

ALTER.- Muy fuerte, ¿no?Ego, ¿por qué no cambiamos de tema? No séme sientoincómodo.

EGO.- Se comprende. Es un tema muy delicado, y altamente sensible. Una discrepancia sobre literatura puede hacer correr ríos de tinta; una discrepancia sobre esto de que hablábamos puede hacer correr ríos de sangre. De hecho, en toda la historia de Europa, aparte subyacentes razones económicas, los únicos motivos alegados para guerras y matanzas han sido religiosos o nacionales.

ALTER.- ¿Y cómo hemos venido a parar aquí?

EGO.- Edmondo De Amicis nos ha traído, y su patriotismo bueno. Pero podemos corregir el derrotero.

ALTER.- Estupendo. ¿Recuerdas alguna otra lectura de tu infancia que merezca la pena mencionar?

EGO.- Sí, claro, David Copperfield de Charles Dickens. Lo leí a los doce años, y me dejó fascinado.

ALTER.- ¿Qué es lo que te fascinó?

EGO.- El mundo que se iba desplegando a medida que yo iba leyendo, un mundo con personajes y situaciones curiosos, extravagantes, inconcebibles en la vida cotidiana, perfectamente pautada, del niño que yo era, y sin embargo, tan reales. Había que ser un mago para crear todo aquello. Por primera vez tuve conciencia de la importancia del escritor y de la escritura. Así que acabé de leer David Copperfield, intenté empezar a escribir. Es la primera lectura estimulante que recuerdo.

ALTER.- ¿Estimulante?

EGO.- Me refiero a un tipo de obras que, sin ser necesariamente de lo mejor, tienen la virtud de estimular en mí el impulso creador.

ALTER.- ¿Qué otras lecturas estimulantes recuerdas?

EGO.- No séahoraAllan Poe, sí. Leer un relato suyo y sentir la necesidad de escribir algo semejante eran una misma cosa. Baroja, seguro. Goethe, por supuesto, o más exactamente el Werther. Henry Miller, también

ALTER.- ¿El que fue marido de Marylin Monroe?

EGO.- No, ése es Arthur, el dramaturgo. Me refiero a Henry

ALTER.- Ah, ya, el pornográfico, Trópico de Cáncer y todo eso. Y en qué sentido te era estimulante, si no es indiscreta la pregunta.

EGO.- Cuando le leí, hacia el 65, aquí se vendía clandestinamente, precisamente por pornográfico. Sin embargo eso es sólo un aspecto de su obra. Lo que yo descubrí en Henry Miller fue un hombre libre, con una tremenda vocación de escritor, por una parte apegado a los aspectos más elementales de la vida y, por otra, muy consciente de que, al transmutarse en escritura, esa vida elemental, por sentida y dolorosa que sea, no tiene otro significado que el de ser materia literaria y que, por tanto, esa crucifixión a que nos somete la existencia no es del todo real sino más bien ficticia, como de broma, «rosada». Ése es el sentido de su trilogía La crucifixión rosada, formada por la novelas Sexus, Nexus y Plexus. Por otra parte, aunque no siempre se ponga de relieve, esa dualidad pasión-contemplación es propia no sólo de Henry Miller sino de todo poeta. Y llamo poeta a todo creador literario cualquiera que sea el género en que se exprese.

ALTER.- ¿Quieres decir que en la vida real el poeta no sufre como el resto de los mortales?

EGO.- Claro que sufre, y quizá más. Lo que quiero decir es que, para el hombre normal, el sufrimiento es sólo sufrimiento (y quizá también prueba o expiación), mientras que para el poeta es, además, otra cosa: un acontecimiento objetivo subordinado al plan general de su creación. Y eso, esa especial relación que tiene con la vida cotidiana, es algo que se nota y que, por lo general, no se perdona, porque le presta una aureola de distanciamiento, de superioridad, que el no poeta atribuye a fingimiento o falsedad.

ALTER.- No sé si te entiendo. ¿Podrías explicarte mejor?

EGO.- Thomas Mann, en su novela Carlota en Weimar imagina que cuarenta años después de los días de la supuesta pasión que el joven Goethe sintió por la joven Carlota y que le inspiró su novela Werther, ésta va a visitarlo, y que ambos, cada cual por su lado y luego brevemente en común, reflexionan sobre aquellas antiguas vivencias. Lo que Carlota recuerda es un joven aparentemente apasionado y rendido y que, sin embargo, no se entrega del todo, como si se reservase algo para sí mismo, como si estuviese de alguna manera por encima del acontecimiento. Y es esta actitud del presunto enamorado y no el compromiso matrimonial que la liga a Kestner lo que determina que Carlota no acepte al joven poeta. Y es que Carlota es una mujer normal, y para las personas normales, para las que la vida no es más que la vida, la actitud del poeta, para el que la vida es además símbolo, resulta siempre sospechosa. Y se comprende: es como jugar con alguien que sabes que tiene alguna carta escondida.

ALTER.- Luego, el poeta hace trampas en la vida.

EGO.- ¡Pobre poeta! Por lo general es el ser menos dotado para hacer trampas, el menos hábil para conducirse astutamente en sociedad. En las batallas cotidianas siempre tiene las de perder. Pero, por otro lado, esa actitud de superioridad manifiesta frente a los que viven la vida a ras de tierra es algo que incomoda y que hasta ofende. La gente común, incluidas las Carlotas más refinadas, intuyen que no es uno de los suyos, y lo rechazan.

ALTER.- ¿Y no podría el poeta descender hasta la gente común para intentar elevarlos a su altura, en vez de autosatisfacerse en su contemplativa superioridad?

EGO.- Lo intenta, pero en otro terreno. En la vida social, incluso en la vida íntima amorosa es imposible que se exprese como debiera. Simplemente no sabe o no puede. Y es que el tesoro oculto que todo poeta guarda en su interior sólo puede manifestarse a través de su obra.

ALTER.- A ver, si no he entendido mal, todo eso viene de una teoría de Thomas Mann, pero tú ¿hasta qué punto la compartes?

EGO.- Hasta el punto de que no te sabría decir si «todo eso» lo he sacado directamente de la novela de Mann o me lo he montado yo a partir de una interpretación personal de algún punto de esa novela. Digo esto porque, hace días, queriendo corroborar la idea, casi me leí de nuevo toda Carlota en Weimar y no conseguí dar con el pasaje de marras.

ALTER.- O sea, que quizá la idea no es de Mann sino tuya.

EGO.- No diría tanto. En todo caso, si es mía, seguro que se me ocurrió, o se me confirmó, leyendo la novela de Mann.

(De Alter, Ego y el plan)

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Gombrowicz. Borges y Menard. La crítica. Leer y amar. (A.E.P.5)

EGO.- Gran personaje Gombrowicz, gran hombre, gran escritor y, sobre todo, insobornable adolescente. Su novela Ferdydurke, publicada en 1937, es como una ráfaga de aire fresco que, de repente, se lleva los sombreros de los señores, levanta las faldas de las señoras y desbarata todo lo que la madurez y la seriedad tenían tan bien dispuesto. Es la gran novela de la inmadurez, de lo informe, enfrentado a la madurez, a la Forma.

ALTER.- Una especie de novela de formación al revés, quieres decir.

EGO.- Más o menos. Figúrate, un hombre de treinta y tantos años, anclado conscientemente en la inmadurez, de pronto es secuestrado por un profesor de secundaria, que se lo lleva a un instituto, donde ha de convivir con colegiales quinceañeros, inmerso de nuevo en el mundo de la adolescencia. Este es el principio de una historia delirante y, desde luego, auténticamente transgresora, sobre todo situada en su época. Es el grito de rebeldía de lo inmaduro, de lo adolescente, frente a la hipocresía de lo formado, de lo establecido; es la absurda calidez de la vida frente a la fría rigidez de la muerte.

ALTER.- Un terrorista de la literatura

EGO.- Sí, pero no creasBasta con leer sus Diarios para darse cuenta de que su iconoclastia no va dirigida contra lo que podríamos llamar el arte perenne, sino más bien contra las modas y estereotipos que en cada momento imponen los grandes sacerdotes de la Forma. Piensa que, entre sus grandes admirados, se cuenta Thomas Mann, heredero directo de Goethe y Schopenhauer. Creo, por ejemplo, que en la defensa que hace de Bethoveen frente a Bach, más que sus propios gustos musicales, lo que le impulsa es la voluntad de oposición a los grandes sacerdotes que, ya entonces, habían dictaminado que la música de Bethoveen era sólo pasto sentimental para burgueses, mientras que el arte exquisito residía en Bach.

ALTER.- Un hombre realmente libre.

EGO.- Un creador tan libre que no se le pudo encasillar en ninguna tendencia. Él mismo, para facilitar la labor a los críticos, vino a decir que, por eliminación, se le podría considerar existencialista.

ALTER.- ¿Y de dónde era?

EGO.- De donde quiso. Nació en Polonia, donde publicó sus primeras obras. La guerra mundial le sorprendió en Argentina, y ahí se quedó y permaneció durante veinticuatro años, primero malviviendo y luego trabajando en el Banco Polaco y relacionándose, muy poco, con la gente de letras de Buenos Aires; conoció a Sabato, a Ocampo y a otros escritores más o menos consagrados. La traducción de Ferdydurke al castellano fue algo increíble.

ALTER.- ¿Quién la hizo?

EGO.- No, lo de increíble lo digo porque es el único caso, que yo sepa, de traducción asamblearia de una novela. Un grupo de escritores, reunidos en un café de Buenos Aires, entre las voces de los clientes y los golpes de taco de los billares, llevó a cabo la traducción definitiva sobre la versión en mal español aportada por el propio autor, quien naturalmente también participaba en los debates.

ALTER.-Y el resultado

EGO.- Excelente, te la recomiendo. Más tarde, en el 63 se fue a Europa y, ya reconocido internacionalmente, se estableció en Francia, donde murió seis años después.

ALTER.- O sea, que fue colega de los escritores del boom latinoamericano.

EGO.- No fue colega de nadie, pero más bien trató a los de la generación anterior, como Sabato, al que le unió una buena amistad.

ALTER.- Y Borges

EGO.- A Borges no lo tragaba mucho. Le reprochaba que practicase la literatura sobre la literatura.

ALTER.- ¿Y te parece justo el reproche?

EGO.- Como expresión del sentir de Gombrowicz me parece de lo más justo; como defecto objetivo de Borges, discrepo. En todo caso eso no es un defecto, sino una característica.

ALTER.- Quieres decir que cualquiera tiene el derecho de hacer literatura sobre la literatura.

EGO.- Por supuesto. Y lo de Borges me parece admirable: crear un mundo hiperliterario donde conviven autores reales con autores ficticios.

ALTER.- ¿Como por ejemplo?

EGO.- Pierre Menard, autor del Quijote.

ALTER.- ¿Autor del Quijote?

EGO.- Sí, en su relato Borges nos cuenta el caso del escritor Pierre Menard, autor, entre otras obras, de varios capítulos del Quijote de Cervantes.

ALTER.- ¿Una nueva versión de la historia?

EGO.- No. He dicho del Quijote de Cervantes. Y es que el empeño de Menard consistía en eso: escribir en 1918 el mismo libro que Cervantes había escrito a principios del siglo XVII.

ALTER.- ¿Modernizando el idioma?

EGO.- No. He dicho el mismo libro, palabra por palabra, punto por punto.

ALTER.- Pero eso es absurdo. Basta con copiar.

EGO.- Te equivocas. En la visión de Borges el reto era inmenso, y el resultado sorprendente. Y es que el Quijote escrito por Menard resultaba mucho más rico en significados, y también mucho más ambiguo, es decir, más moderno que el escrito por Cervantes.

ALTER.- ¿Pero no quedamos en que era idéntico, palabra por palabra?

EGO.- Sí, y ahí está el meollo de la cuestión. Un ejemplo. En la obra de Cervantes, en un discurso memorable, don Quijote defiende la supremacía de las armas sobre las letras. Esto, escrito hacia el 1600, es casi un lugar común, una banalidad. En la obra de Menard, en un discurso memorable, don Quijote defiende la supremacía de las armas sobre las letras. Esto, escrito a principios del siglo XX, mediando en el tiempo cosas tales como la declaración de derechos del hombre o el internacionalismo socialista, es cuando menos una audacia, quizá explicable por la influencia que sobre Menard ejercieran autores como Carlyle o Nietzsche.

ALTER.- Creo que ya entiendoImagino que se trata de una parábola con la que Borges nos quiere decir algo. Pero ahí me quedo.

EGO.- En mi opinión, lo que el relato señala en primer término es la imposibilidad de leer una novela de una época pasada con los ojos de aquella misma época. Para escribir el Quijote de Cervantes, Menard tenía que realizar la hazaña de borrar de su mente trescientos años de historia. De igual manera, para leer el mismo Quijote que Cervantes escribió, el lector de hoy tendría que borrar de su mente cuatrocientos años de historia.

ALTER.- O sea, que el Quijote que hoy podemos leer es nuevo y distinto del que escribió Cervantes.

EGO.- Exacto, del mismo modo que el Quijote que escribió Menard era nuevo y distinto del que escribiera Cervantesaunque ambos coincidiesen frase por frase, palabra por palabra, punto por punto.

ALTER.- Muy ingenioso. Y supongo que a la parábola se le pueden sacar muchos más significados.

EGO.- Ni te lo imaginas. Hay toda una literatura sobre esa muestra de literatura sobre la literatura. Legiones de estudiantes y profesores caen a diario sobre ella y, después de descuartizarla, le extraen cosas tales como que «la literatura es un conjunto de formas que esperan un sentido», o nos hablan de la urgente necesidad de que nos traslademos «de la estética de la producción a la estética de la recepción».

ALTER.- Lo siento, empiezo a perderme.

EGO.- Eso es lo bueno de Borges, y de cualquier escritor reconocido: que sus ficciones generan multitud de otras ficciones, en general bajo la forma de tesis doctorales. Creo que fue el mismo Borges quien dijo que la filosofía es un género de la literatura. Algo parecido se podría decir de la crítica literaria: que pertenece al género de la literatura fantástica.

ALTER.- Con la crítica hemos topado.

EGO.- ¿Alguna intención especial en esas palabras?

ALTER.- No, solo queimagino que, como todo artista, tendrás algo que decir de la crítica, y no cosas agradables, precisamente.

EGO.- ¿Como todo artista? Parece que olvidas que hay una clase de artistas que están encantados con la crítica, porque de hecho se lo deben todo a ella. Un pintor informalista, por ejemplo, si existe, es porque la crítica de arte lo ha creado.

ALTER.- Bien, pues, si te parece, lo dejamos en «como todo escritor».

EGO.- Sigues siendo inexacto. Yo soy escritor y no tengo nada contra la crítica literaria. Al contrario, en lo poco que se ha ocupado de mí me ha tratado muy bien, tan bien como los lectores, y mejor, desde luego, que los editores.

ALTER.- ¿Hablamos de los editores?

EGO.- No, hablamos de la crítica.

ALTER.- De acuerdo. Me gustaría conocer tu opinión sobre esto. Con frecuencia se ha dicho que un buen crítico no puede ser un gran creador, y a la inversa; que una y otra actividad responden a cualidades de signo opuesto, que no suelen darse en la misma persona. Por un lado, la capacidad de análisis, propia del crítico; por otro, la capacidad de síntesis, propia del creador. ¿Tú que opinas?

EGO.- Algo de cierto debe de haber en ello. Milan Kundera, en su ensayo El arte de la novela, donde despliega unas habilidades interpretativas y críticas admirables, defiende la teoría de que las cualidades del crítico no son compatibles con las del creador. Y en sus novelas nos lo demuestra.

ALTER.- Me parece una observación bastante venenosa.

EGO.- Lo siento, no era mi intención. Lo que ocurre es que, cuando la gente va dejando tantas pistas, a veces no puedes evitar saltar sobre una de ellas y, como un niño juguetón, exclamar ¡te he cazado!

ALTER.- Ya veoImagino que el mundo de las letras debe ser cruel y perverso

EGO.- No más que otros. Y en cambio, para mí, proporciona muchas más satisfacciones que cualquiera de los otros mundos. Es claro que no me refiero al aspecto profesional o corporativo, sino al estrictamente artístico.

ALTER.- Pues yo, personalmente, lo veo como algo problemático, como un territorio extraño, difícil, lleno de trampas, engaños y espejismos. ¿Cómo moverme con seguridad en él? ¿Cómo saber dónde está lo bueno y dónde lo malo? ¿Cómo aprender a separar el grano de la paja? En definitiva, ¿cómo estar a la altura del arte? A veces, ocurre que me recomiendan un autor, unánimamente reconocido como genial, y yono puedo entrar en él, o me aburre o no le entiendo.

EGO.- En esos casos, déjalo, sin pensártelo dos veces. Para los no profesionales, entre los que me incluyo, la literatura es uno de los pocos reductos de la libertad. Nadie puede imponerte nada.

ALTER.- Ya sé, pero es que a veces me gustaría participar del goce que el lector Fulano encuentra en el autor Mengano. Pero no puedo.

EGO.- Porque no le amas.

ALTER.- ¿Cómo dices?

EGO.- Pero no te preocupes: podrás amar a otro.

ALTER.- No te entiendo.

EGO.- Es que con los escritores, vivos o muertos, ocurre como con las personas que nos rodean. Para comprender cabalmente a un escritor hay que llegar a amarlo. Pero si no puedes, no te preocupes. Es que no estás hecho para él. Ya encontrarás a otro.

ALTER.- Pero amarlo ¿cómo?

EGO.- Como a ti mismo. Es decir, creyéndote él mismo. Amándolos así, he llegado a comprender perfectamente, y no es inmodestia, a Catulo, a Cicerón, a Dante, a Goethe, a Schopenhauer, a Larra, a Kafka No hay otra manera.

ALTER.- Así, que también en esto importa el amor.

EGO.- Es lo único que importa, ¿recuerdas?

ALTER.- Sí, «the only meaning«.

(De Ego, Alter y el plan)

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Schopenhauer y Goethe. Intelectuales y sociedad. (A.E.P.4)


ALTER.- ¿Goethe? ¿Goethe contemporáneo de Schopenhauer? Será cosa de mi incultura, pero así, de buenas a primeras, los sitúo en épocas distintas.

EGO.- Es una reacción bastante normal. De hecho, sus biografías se desarrollan en épocas distintas, pues cuando se conocieron y trataron el uno era muy joven y el otro casi un anciano. Fue en Weimar, en 1813. La madre de Schopenhauer pertenecía al círculo de amistades de Goethe, y nuestro filósofo tuvo ocasión no sólo de conocerlo, sino además de colaborar, y discutir, con él sobre la visión y los colores, tema científico que fascinaba a ambos. Goethe leyó y elogió la tesis doctoral de Schopenhauer y reconoció su gran capacidad intelectual. Cuando se publicó El mundo como voluntad y representación, nuestro filósofo se apresuró a enviársela y quedó, impaciente, a la espera del dictamen de su ídolo.

ALTER.- ¿Y?

EGO.- Parece que Goethe leyó algunos capítulos y, desde luego, quedó admirado de la claridad y belleza de su estilo, pero en cuanto el contenido de la obranada de nada. Schopenhauer no consiguió arrancarle ni una sola opinión, ni un solo comentario.

ALTER.- No quiso pronunciarse.

EGO.- Lo más seguro es que ni siquiera quiso entrar a fondo en la obra. Eran dos temperamentos tan distintos, con enfoques tan dispares que por fuerza no podían encajar. Pero lo curioso es que Schopenhauer comprendía y aceptaba plenamente el mundo poético de Goethe, mientras que éste, como ya he dicho, rechazó de pleno entrar en el mundo filosófico de aquél. Ambos pensaban lo mismo sobre muchas cosas, en especial sobre el arteSí, el problema radicaba en esa diferencia de temperamentos: para Goethe el mundo es un espléndido vaso medio lleno; para Schopenhauer no es más que un triste vaso medio vacío.

ALTER.- Bien, ahora que ya tenemos situado al filósofo, podrías hacer un resumen de su filosofía.

EGO. – Ni lo sueñes. No era esa la idea.

ALTER.- Ah, pero hay una idea

EGO.- Siempre hay una idea, explícita o implícita, y la nuestra era la de conversar plácidamente sobre literatura y otros mundos, sin pretender entrar en grandes teorías o sistemas de pensamiento, cosa que hay que dejar para obras más sesudas.

ALTER.- Así, que nos hemos de despedir de nuestro amigo Schopenhauer.

EGO.- Nos lo volveremos a encontrar, no te preocupes.

ALTER. Pues propongo, para ese caso, que en adelante evitemos su casi impronunciable y casi inescribible nombre y que aludamos a él con el apelativo de «el Filósofo», que es como llamaban los escolásticos a Aristóteles.

EGO.- Me parece bienLa diferencia está en que en la Edad Media no había dudas sobre quién era el filósofo por antonomasia, mientras que ahora

ALTER.- Sigue, sigue¿Qué pensadores o intelectuales dirías tú que mejor representan, comprenden o lideran el mundo de hoy?

EGO.- No te sabría decir. En realidad, ni siquiera te sé decir qué es el mundo de hoy. Yo tengo una idea global y aproximada de la Edad Media, del Renacimiento, de la Ilustración, incluso de la sociedad burguesa del siglo XIX, pero no te sabría decir qué es eso que nos envuelve y en lo que estamos inmersos. Y no sólo yo. Aquello que te decía del arte es aplicable también a todo lo demás: estoy convencido de que el contemporáneo es incapaz de valorar correctamente la propia época.

ALTER.- Y sin embargo, hay muchos que no se cansan de escribir libros y artículos sobre el mundo de hoy, las tendencias de nuestra sociedad, la globalización

EGO.- Se equivocan, se equivocan siempre, y cuando aciertan, es por casualidad, como el burro de Iriarte o el vidente de a tanto la llamada. Ninguno de esos sabios supo prever cuándo y cómo se vendría abajo el imperio soviético, y éste es sólo el caso más vistoso de otros muchos que podríamos encontrar.

ALTER.- Bien, pero, dotes adivinatorias aparte, ¿qué pensador o pensadores crees tú que mejor representan el mundo actual?

EGO.- Los hay para varios gustos, pero la verdad es que no representan nada. En los últimos cincuenta años la cotización del intelectual prácticamente se ha hundido. Hubo un tiempo en que significaba mucho, y no sólo para unas minorías. Basta pensar en la España del primer tercio del siglo XX: un país semianalfabeto en el que las verdaderas glorias nacionales, toreros aparte, eran gente como Unamuno, Ortega o Marañón, o en la Francia de Sartre y Camus. Todo eso ha desaparecido. La antigua raza de los intelectuales se extinguió hacia el 68; los que han venido después son sólo curiosas, sino ridículas, mutaciones de sus soberbios antepasados. El alto pensamiento es hoy una función esotérica, reservada a un círculo de iniciados.

ALTER.- Pero, ¿quieres decir que no ha sido siempre así? Yo creo que, aunque en determinados momentos, como en esos que has apuntado, el pensador ha llegado a tener cierta transcendencia social, lo normal, lo habitual en el curso de la historia ha sido lo contrario.

EGO.- Sí, tienes razón, eso ha sido lo habitual a lo largo de casi toda la historia. Y eso, ese muro que separa al sabio de la sociedad, es lo que consiguió romper el Filósofo al ofrecer una filosofía no para especialistas sino para la gente común. Pero el muro se volvió a cerrar enseguida (compara el estilo de Husserl con el del Filósofo), con la agravante de que el rótulo de club exclusivo se empezó a colgar también en las puertas de ciertas artes.

ALTER.- Como la pintura, la escultura

EGO.- Evidente, pero me referiré a la música. En mi opinión, la llamada «música contemporánea» consiste en una serie de ejercicios matemáticos para disfrute exclusivo de iniciados. Basta comparar el alcance social que tenía en su tiempo (y en el nuestro) la música de Mozart, de Beethoven o de Wagner con el que pueda tener el más popular de los cultivadores de la «música contemporánea» para darse cuenta del enorme cambio que ello representa. Yo creo que lo que entendemos por música clásica se acabó con Stravinsky y los de su generación, y que su posible continuación no hay que buscarla en el callejón sin salida de la «música contemporánea» sino en el desarrollo del jazz y de otras formas musicales de origen popular.

ALTER.- Pues para no entender esta época, como decías hace un momento, te defiendes bastante bien. Quiero decir que no te ahorras opiniones contundentes.

EGO.- No confundamos. Una cosa es señalar determinados rasgos evidentes de nuestro mundo y compararlos con otros de épocas pasadas, y otra muy diferente es poder establecer el mapa social, mental y espiritual de nuestra sociedad con la misma comodidad que podemos hacerlo respecto de la sociedad del imperio romano, por ejemplo.

ALTER.- O sea, que te ratificas en tu declaración de que no entiendes esta época.

EGO.- Claro que no la entiendo, como todo el mundo. La diferencia está en que yo lo reconozco. El gran filósofo Tomás de Aquino no sabía que vivía en la Edad Media, y eso mismo les ocurre, por mucho que disimulen, a Habermas o a Sloterdijk: no pueden saber en qué Edad viven.

ALTER.- Así que toda época está condenada a no entenderse.

EGO.- Más o menos como todo individuo.

ALTER.- Y supongo que eso no tiene solución.

EGO.- Si nos referimos a toda época presente, me temo que no. El individuo sí que cuenta con medios que le aproximen al autoconocimiento.

ALTER.- ¿Qué medios?

EGO.- Hay dos vías: la introspección y la acción. La acción es la más segura, pero su alcance es más limitado. No pasa de descubrirnos las tendencias, el carácter, el campo más adecuado para el propio desarrollo. Es decir, va bien para discernir si uno ha nacido para filósofo o para futbolista. Y sin embargo, tiene buenos valedores. El más destacado, Goethe. Gombrowicz opta también por esta vía cuando, con palabras típicamente goethianas, afirma «¿Quieres saber quién eres? No lo preguntes. Actúa. La acción te definirá y situará».

ALTER.- A éste es la segunda vez que lo citas, y la verdad es que no sé muy bien quién es. Tiene algo que ver con Argentina, creo. Recuerdo haber hojeado un libropero no nos desviemos. Decías que, para el autoconocimiento, la vía de la acción es segura, pero limitada.

EGO.- Sí, y de la vía de la introspección se podría decir exactamente lo contrario, que es insegura y a menudo engañosa, pero que, si se sabe llevar adecuadamente hasta el final, es infalible, aunque de resultados sorprendentes.

ALTER.- ¿Sorprendentes?

EGO.- Sí, porque si empiezas a ahondar en el yo, pronto te das cuenta que se trata de un pozo sin fondo. Ocurre como en la materia de los físicos. De pronto se descubrió que, pese a su nombre, el átomo no era indivisibley aún no sabemos adónde nos llevará ese ahondamiento en la ya casi inexistente «materia».

ALTER.- Pero ¿qué crees tú que se encuentra en el fondo del yo?

EGO.- Si hemos de hacer caso de los místicos, que son los únicos competentes en el tema, lo que se encuentra en el fondo del yo es la nada o el todo, como quieras llamarlo.

ALTER.- Por favor, no está mi cuerpo para místicas. ¿Por qué no me hablas de Gombrowicz? (continuará)

(De Alter, Ego y el plan)

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Página en blanco. Idea y plan. Schopenhauer. (A.E.P.3)

ALTER.- ¿Y qué opinas del terror ante la página en blanco?

EGO.- ¿Qué es eso?

ALTER.- Vaya, ya has opinado. De todos modos, me gustaría oírte decir algo más explícito.

EGO.- Opino que es una mala señal, un mal presagio, un anuncio cierto de la esterilidad del presunto escritor.

ALTER.- ¿No eres demasiado duro? Dicen que es un fenómeno muy corriente.

EGO.- Por supuesto, yo también lo sufrocuando no sé qué escribir. Porque el problema es ése. Cuando uno tiene algo verdadero que decir, lo dice, y, si es artista, no le faltarán medios, y la hoja en blanco nunca será instrumento de terror sino el soporte necesario para el feliz desarrollo de la idea. Pero cuando uno no tiene nada verdadero que decir, la hoja en blanco es, en efecto, el espejo de la propia esterilidade intentar llenarla como sea es sin duda un crimen contra el arte.

ALTER.- ¿Qué entiendes por algo «verdadero»?

EGO.- Algo no buscado, sino hallado. El que busca suele equivocarse sobre el valor de lo que va encontrando; el que halla no se equivoca nunca. Hemingway decía que, para escribir, hay que empezar siempre por una frase verdadera.

ALTER.- O sea, que al principio ha de estar la idea y luego, la acción de escribir.

EGO.- Sí, aunque habría que matizar eso. Refiriéndose a los filósofos, Schopenhauer decía que hay dos clases de escritores: los que escriben porque han pensado y los que piensan para escribir. Por mi parte creo que hay dos clases de literatos: los que se vacían en la página en blanco y los que van vacíos a la página en blanco. Basta con leer una pocas páginas para saber a qué clase pertenece un autor.

ALTER.- Así que, según tú, cuando uno se pone a escribir ha de tener previamente una idea, quizá un plan.

EGO.- No, el plan no es necesario, y tampoco basta con una idea cualquiera. Lo que ha de tener es la idea, es decir, el principio seminal que ha de engendrar la obra. Luego, durante el desarrollo, se irá perfilando la estructura de la obra, la forma, que no podrá ser otra que la que corresponda a la idea. Forma y contenido son aspectos, indisociables entre sí, del desarrollo de la idea.

ALTER.- Dices que el plan previo no es necesario, pero sabes muy bien que hay muchos escritores que, antes de empezar, se trazan el plan detallado de la obra.

EGO.- Pues si así se sienten más cómodos, perfecto. Pero si son escritores de verdad, ese plan preconcebido no será diferente del que habría surgido del mismo proceso de desarrollo de la idea. Lo que quiero decir es que lo importante es la idea, hasta tal punto que, por determinadas circunstancias, el plan puede incluso no existir o no realizarse. En las novelas de Kafka hay una idea, fuerte, poderosa, pero es evidente que no hay ningún plan, y el hecho de que quedasen truncadas, excepto, tal vez, El proceso, nos impide conocer si el resultado final hubiese traslucido la existencia de algún plan.

ALTER.- Se me ocurre que eso que dices de Kafka podría entenderse también como metáfora del problema del ser.

EGO.- Explícate, te estás poniendo muy profundo.

ALTER.- Que quizá también en la naturaleza, en el universo, hay una idea, pero no un plan.

EGO.- No está mal eso. Y si a esa idea le damos un nombre más concreto, la llamamos, por ejemplo, «voluntad», habremos caído de pleno en la filosofía de Schopenhauer.

ALTER.- Dichoso Schopenhauer, ¡cuántas veces lo has citado ya!

EGO.- No lo sé, pero lo seguiré citando cuantas veces haga falta o se me antoje, aunque sólo sea como pequeña reparación por los desprecios y olvidos que sufrió y sigue sufriendo.

ALTER.- Como muchos, ¿no?

EGO.- Sí, pero su caso es bastante especial.

ALTER.- ¿Por qué?

EGO.- Porque ejemplifica a la perfección cómo puede ser maltratado un creador, un genio, cuando comete el pecado de ser radicalmente libre, cuando no se adscribe ni de lejos a ningún grupo o capilla, ni está dispuesto a participar en los festejos oficiales de la cultura.

ALTER.- La cosa promete. Cuenta, cuenta

EGO.- Schopenhauer escribió su obra fundamental, El mundo como voluntad y representación, entre los 30 y los 34 años de edad. Se publicó casi inmediatamente, a finales de 1818. Sólo se vendieron ciento cincuenta ejemplares y no tuvo ningún eco en el mundo de la filosofía. Esta situación se prolongó a lo largo de más de treinta años, hasta que, gracias al «descubrimiento» que de él hizo un filósofo inglés, al éxito que tuvieron sus Parerga y Paralipómena, conjunto de obritas de tono divulgativo, y, sobre todo, a la labor de un pequeño grupo de admiradores, su obra empezó a ser conocida y apreciada (no precisamente entre los filósofos), hasta el extremo que, a su muerte, ocurrida en 1860, se había convertido en el filósofo alemán más popular del momento.

ALTER.- Pues la historia no acaba nada mal.

EGO.- No, porque aún no he entrado en los detalles del antes y el después de ese breve momento de gloria. Durante el largo tiempo en que su obra fundamental fue ignorada, Schopenhauer llegó a aceptar resignadamente que, en efecto, sus ideas no habían llegado a ninguna parte sin embargo, lo cuenta él mismo en La voluntad en la naturaleza, en cierta ocasión, leyendo una obra de un científico danés, quedó totalmente asombrado, y se dijo «gran verdad debe ser mi doctrina cuando un científico, que sin duda la desconoce en absoluto, llega, mediante la observación de la naturaleza, a las mismas conclusiones que yo he llegado con mi filosofía». Cuál no sería su sorpresa cuando, poco después, tras la muerte del científico, transcendió que entre sus principales libros de consulta estabaEl mundo como voluntad y representación. Algo parecido le ocurrió con el científico vienés Rosas. Es decir, que al tiempo que se le ignoraba, silenciándose su nombre, se le saqueaba impunemente. Y esta situación no ha variado mucho hasta nuestros días.

ALTER.- ¿En nuestros días? ¡Pero si es un clásico de la filosofía!

EGO.- Te equivocas, es un clásico de la literatura aforística, y nada más. Para empezar, los filósofos nunca le han reconocido. Ni entonces, ni después, ni ahora. El desprecio que siempre manifestó hacia los filósofos «profesionales», hacia los profesores y catedráticos que cobran del estado, ha sido ampliamente correspondido. Un ejemplo reciente: en la obra del «profesor» Gaarder, El mundo de Sofía, donde se supone que se da un repaso, en plan divulgativo, a las principales filosofías, el nombre de Schopenhauer simplemente no aparece. Para mí, es como si no se mencionase a Cervantes o a Shakespeare en una historia de la literatura.

ALTER.- Quizá el problema es tuyo, quiero decir, que quizá eres tú el que lo ha colocado demasiado alto.

EGO.- Quizá. Pero en esto no estoy sólo, ni mucho menos.

ALTER.- Pero yo me pregunto, si los filósofos nunca le han reconocido, ¿de dónde le viene su fama de filósofo?

EGO.- A eso iba. Del lector común, inteligente y sin prejuicios, que busca la verdad sin tener en cuenta modas ni sanciones oficiales, y sobre todo de los artistas.

ALTER.- ¿De los artistas?

EGO.- Sí, de los artistas, sobre todo músicos y escritores. Porque su obra, constituye entre otras cosas una apasionada historia de amor entre el pensamiento y el arte. Creo que es el único filósofo que ha dado con las claves de la naturaleza, el significado y la función del arte.

ALTER.- Y al menos los artistas le habrán reconocido

EGO.- Sí, y con generosidad en muchos casos. Ya en su tiempo, la lectura de su obra fue para Wagner un verdadero golpe de gracia, produciendo en él una especie de conversión espiritual. En su correspondencia se le manifestó siempre como seguidor devoto y llegó a dedicarle dos de sus óperas. Lamentablemente no fue correspondido: el filósofo de sus amores prefería Mozart y Rossini. Entre los escritores han sido bastantes los que han reconocido explícitamente la benéfica influencia de nuestro filósofo. Thomas Mann en muchas ocasiones; Borges, con su estilo oblicuo («Schopenhauer, que acaso descifró el universo»), en no pocas; Gombrowicz, el escritor polaco-argentino-francés, llega a decir que no entiende cómo uno, después de haber leído a Schopenhauer, puede no estar de acuerdo con él, y seguro que, si me pusiese a buscar, obtendría un larguísimo etcétera, además de los que, sin mencionarloNo te sabría decir si Kafka lo menciona en algún momento, pero es evidente que nuestro filósofo alienta en toda la obra del praguense.

ALTER.- Lo de Wagner me ha llegado al alma. Es terrible no ser comprendido, correspondido, por la persona que amas, por el genio que admiras.

EGO.- Lo es, sin duda. Y lo curioso del caso es que el mismo Schopenhauer había padecido esta situación.

ALTER.- ¿Con quién?

EGO.- Con Goethe. (continuará)

(De Alter, Ego y el plan)

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