SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ. La doncella y el dragón II

nepantla

A doce leguas de Ciudad de México, casi en la misma falda de dos montes próximos entre sí, uno de ellos volcán famoso, en una hacienda llamada San Miguel de Nepantla, un día de noviembre de 1648 nació una niña a la que bautizaron con el nombre de Juana Inés. El padre, Pedro de Asbaje, militar de origen vasco y la madre, Isabel Ramírez, de familia ya asentada en México, no estaban casados, cosa que los primeros biógrafos callan y que la misma Inés había de disimular toda la vida. El padre desapareció pronto y la madre se unió a otro hombre con el que tuvo más descendencia.

A los tres años, viendo cómo enseñaban a leer a una hermana mayor, Juana Inés quiso aprender ella también. Y pocos años después llegó a considerar seriamente la idea de vestirse de hombre para ir a la universidad de México. Casi toda la infancia la pasó entre los muchos libros que había en casa de su abuelo en la localidad próxima de Panoayán, donde la había colocado la madre, quizá con motivo de la aparición de un nuevo “padre”, y donde permaneció hasta 1656, fecha en que pasó a vivir a la Capital en casa de los tíos Mata (ella, hermana de la madre), al parecer muy bien relacionados con la más alta sociedad, pues es el caso que, un tiempo después, tenemos a la Juana Inés de dieciséis años (según las cronologías más fiables) en la corte virreinal como dama de la virreina.

Tanto el virrey, Antonio de Toledo y Salazar, marqués de Mancera, que inauguraba su mandato en octubre de 1664, como su esposa Leonor Carreto, personas cultas y de talante abierto, quedaron enseguida prendados de la joven Juana Inés, hasta el extremo de que ésta, más que protocolaria dama de compañía fue en realidad compañera inseparable de la virreina. Esta situación no le impidió proseguir sus estudios, siempre en solitario y sin más estímulo que su innato afán de saber, al tiempo que deslumbraba a la corte con sus conocimientos, sus poemitas de circunstancias y sus primeras representaciones teatrales.

La situación no podía ser más favorable, pese a las envidias, los odios y las trabas materiales que situaciones tan favorables suelen concitar.  Pero una mente como la de Juana Inés se tenía que hacer la pregunta: ¿cuál sería su futuro? Los virreyes cambian, tanto como la fortuna en general. En el matrimonio no pensaba, sino para descartarlo. Lo que en realidad le interesaba, el conocimiento y el arte, estaba de hecho vetado para una mujer. Ingresar en un convento podría ser una solución – como para tantas otras mujeres por los más diversos motivos en aquella sociedad – siempre que no fuese incompatible con sus verdaderos intereses. Y lo probó.  

En 1667, todavía bajo el virreinato del Marqués de Mancera, ingresó en el convento de las Carmelitas Descalzas. Salió a los tres meses. No era aquello lo que buscaba. 

Por entonces hizo su aparición el jesuita Antonio Núñez de Miranda, quien se convirtió en su confesor (y en una de las cabezas más visibles del Dragón). Núñez tenía fama de santo y sabio. Quizá. De lo que no hay duda era que, como pastor muy taimado, desplegaba toda su astucia y energía para mantener las almas en el redil correcto. Y no almas cualesquiera, y es que, como dirigente de una Congregación de la que formaba parte el mismo virrey, no dejaba de velar por la pureza de la doctrina (y el comportamiento debido de las personas principales).

Lo cierto es que Núñez quedó deslumbrado por la sabiduría y la capacidad intelectual de Juana Inés, y se propuso enderezar aquella forma de vida, tan extraña para una mujer. Ella lo tuvo al principio como una ayuda y, en cierto modo, como el padre que siempre le había faltado. Hasta que, harta de las intolerables presiones a que la sometía, lo despidió con cajas destempladas en aquella famosa carta de la que al principio he transcrito un fragmento.

De todos modos, hay que tener en cuenta que, en la época de la carta (1682), Juana Inés se sentía especialmente fuerte. ¿Por qué? Retrocedamos.

Dos años después de la breve estancia en el convento de las Carmelitas, tiempo en el que siguió disfrutando de la protección y estima de los virreyes, Juana Inés, a los veintiún años, profesó como religiosa e ingresó en el convento de San Jerónimo, donde (con todas las comodidades que le interesaban: libros, instrumentos científicos, visitas y tertulias con sabios y personas amigas) permaneció hasta el fin de sus días.

El hecho de que se hiciese monja sin especial vocación religiosa puede parecer raro ahora. Entonces no lo era. En una sociedad en que la Iglesia católica lo ocupaba prácticamente todo, el hecho de militar en ella era, también, un medio de vida o un acomodo para evitar otras situaciones

Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir.

Total negación al matrimonioEsta confesión, además de toda su forma de vida, entonces considerada estrictamente masculina, ha llevado a bastantes estudiosos a considerar que Juana Inés tenía graves problemas de identificación sexual o, en todo caso, que era una personalidad neurótica. No lo creo. Más bien me inclino por la opinión de Octavio Paz, ensayista, poeta y sabio de toda confianza:

Ante las adversidades a que se enfrentó desde su niñez y ante los obstáculos que, en su edad adulta tuvo que vencer, advierto no inestabilidad psíquica sino aplomo, habilidad y buen sentido. No veo a una neurótica: veo a una mujer lúcida y entera.

Pero volvamos a la historia.

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS

 

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SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ. La doncella y el dragón III

Tras unos años de interregno en los  que ejerció el mando del virreinato el arzobispo de México, en 1680 tomó posesión el nuevo virrey Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna. Sor Juana Inés compuso el poema de bienvenida (Explicación del Arco) y ya desde el primer momento, la relación entre la monja y los virreyes, superó en cordialidad la habida con los marqueses de Mancera. Especialmente entre Juana Inés y la virreina, María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, la Lisi de los vibrantes poemas, con tonos directamente amorosos, que le dedicaba la amiga monja.

Amorosos, ¿hasta dónde? Esto es algo que siempre ha preocupado a los  modernos etiquetadores. Por suerte, también aquí tenemos al amigo Octavio para arrojar alguna luz. Así, en su pormenorizado estudio sobre la escritora, después de dedicar un buen número de páginas al tema, concluye, refiriéndose a los encendidos poemas de amistad o amor, que «no es posible hablar de safismo, salvo en el sentido sublimado de la tradición platónica renacentista«.

Los años de mandato del Marqués de la Laguna (1680-86) fueron sin duda los más felices y literariamente productivos de la vida de Juana Inés. Confortada y amparada por la amistad de los virreyes, en especial por el cariño o amor de la virreina, persona al parecer muy culta, que hizo publicar toda la obra de Juana Inés a su regreso a Madrid, se sentía tan al abrigo de envidias y asechanzas que incluso no dudó en despachar a su confesor, el poderoso Núñez Miranda. Pero el Dragón no solo tiene una cabeza. Y alguna hasta puede ofrecer un aspecto amable.

Manuel Fernández de Santa Cruz era por entonces obispo de Puebla, la segunda diócesis en importancia después de la de México. Dice un biógrafo que tenía dos obsesiones: la teología y las religiosas. Sobre teología escribió densos trabajos tratando de conciliar los aspectos inconciliables de la Biblia. En cuanto a las religiosas, fundó colegios de monjas y las visitaba, instruía y sermoneaba de continuo. Admiraba sinceramente a Sor Juana Inés y la relación entre ambos fue más bien amistosa. Hasta el extraño giro final.

Francisco Aguiar y Seijas, arzoobispo de México, se nos aparece como la cabeza más siniestra del Dragón, lunático, de devoción obsesiva y de una misoginia extrema incluso en el contexto, estructuralmente misógino, de aquella sociedad. Y se dice que existía una hostilidad soterrada entre él y el obispo de Puebla.

Es el caso que Sor Juana Inés escribió una especie de carta, que envió al obispo de Puebla, en la que rebatía ciertos puntos de una exposición teológica del famoso jesuita portugués Vieira, quien contaba con la admiración absoluta del arzobispo de México. La carta, que no estaba destinada a su publicación, la publicó en 1690 el de Puebla (quizá pensando en la ira que le iba a provocar en el de México), acompañada de un largo escrito firmado por Sor Filotea de la Cruz, pseudónimo del mismo obispo Manuel Fernández, dirigido a Sor Juana. En la carta, no se muestra el prelado contrario a que la mujer sea letrada. Lo que reprocha a Sor Juana es su dedicación casi exclusiva a las letras humanas en vez de a las divinas y le insta enérgicamente a que cambie sus actuales intereses y modo de vida por los propios de una religiosa.

Era principios de 1691. Hacía ya cuatro años que el Marqués de la Laguna había sido sustituido y que había regresado a Madrid con su esposa, dejando a Juana Inés privada de su amiga del alma y de la segura protección del supremo poder de Nueva España. Pero en la actitud de Sor Juana no se advierten cambios importantes.

No sabemos (no sé) cómo fueron las relaciones con el nuevo virrey, Conde de Galve. Parece que ni mal ni demasiado bien. En todo caso, en la carta de Respuesta  a Sor Filotea de la Cruz (es decir, al obispo de Puebla) queda claro que sus ideas, sus intereses, su voluntad y su determinación son las mismas de siempre.

La Respuesta constituye una astuta combinación (para algunos críticos, en ocasiones no bien resuelta) entre la autojustificación y la defensa a ultranza de sus ideas sobre los derechos de la mujer.

Desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones –que he tenido muchas–, ni propias reflejas –que he hecho no pocas-, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí.

El hecho de haberse dedicado a la literatura profana en vez de a la sagrada lo atribuye al gran respeto que le infunde la teología y a que entiende que, para llegar a tal nivel, primero había de estudiar todas las ciencias. No es seguro que ella misma se creyese esta argumentación.

En lo que sí que se muestra tan certera como segura es en la defensa del derecho de las mujeres a acceder al conocimiento (ciencia y artes) en la misma medida que los hombres. Y a tal extremo llega su empeño que no duda en poner como ejemplo de mujeres sabias a la antigua Hipatia (filósofa asesinada por monjes cristianos) y a la gnóstica Eunoia. Recurso más bien sorprendente en una religiosa católica.

Toda la carta, bastante extensa, expresa una seguridad y una convicción en la legitimidad de su modo de vida, que no admiten la menor duda.

Dos años después, se produce un cambio radical. Se desprende de sus libros, instrumentos musicales y científicos; lo entrega todo al siniestro arzobispo de México, su nada oculto perseguidor; llama a su antiguo confesor Núñez, al que había despedido tan decididamente, y escribe una especie de confesión o autoinculpación que firma como «yo, la peor de todas».

Poco después, en 1695, se contagia de la peste que se había declarado en México al cuidar (sin cuidado propio) a sus hermanas religiosas. Y muere, puede decirse que como una santa.   

¿Qué había ocurrido? ¿Fueron las presiones insoportables del Dragón lo que determinaron aquella decisión que pretendía anular toda su brillante vida anterior? ¿O hubo algo más, algo más decisivo? Escribe un comentarista: «Una mujer que luchó tan incansablemente durante tantos años para defender sus derechos no se hubiese doblegado si a ello no le hubiese inclinado un convencimiento íntimo«. 

Parece que el Dragón alentaba también dentro de la Doncella.

(De ESCRITORAS)

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ESCRITORAS

Hace un tiempo, en un intento de llamar la atención sobre mis escritos, publiqué en el Blog un Ensayo de prólogo para en su día en el que daba cuenta de la finalización de las series sobre escritores tituladas Los libros de mi vida y Los libros de mi vida. Lista B, que había estado escribiendo desde hacía unos cuatro años.

En el penúltimo párrafo de dicho Ensayo anunciaba mi intención de corregir una anomalía que en la segunda de las referidas series había observado a destiempo. Ha llegado el momento.

Inicio ahora una serie sobre escritoras. La composición de la lista no la tengo decidida, todavía. Han de ser 21, por supuesto. Pero ¿quiénes?

Y es que una cosa está muy clara, para mí. Para formar parte de mis listas no basta con que la persona en cuestión escriba bien. Ni siquiera que escriba muy bien. Ni tampoco que sea el autor o autora más famoso de la historia de la literatura.  Ha de ser, además de artista, una persona especial; una persona que, por ciertas cualidades que me resulta difícil precisar, merezca mi especial simpatía y veneración.

Muy subjetivo, lo reconozco. Pero, quien no le guste, que no lo tome. Al fin y al cabo, si no de otras cosas, yo soy dueño de mi mundo.

En todo caso, está fuera de duda que la escritora que encabeza la lista cumple con creces mi requisito.

 

1. SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ. La doncella y el dragón

2. MARY SHELLEY. La vida monstruosa

3. MADAME DE STAËL. Pasión y esprit

4. JANE AUSTEN. La mitad del mundo

5. CHARLOTTE BRONTË. Más fuerte que el amor

6. EMILY DICKINSON. El premio de la vida

7. EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante

8. ALFONSINA STORNI. La vida y el mar

9. ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro

10. NATALIA GINZBURG. La familia, los monstruos y el tiempo 

  *NEL MEZZO DEL CAMMIN…

11. CARMEN LAFORET. Nada y los demonios

12. SILVINA OCAMPO. La nena terrible

13.

14.

15.

16.

17.

18.

19.

20.

21.

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Pensamientos a pares IV

22

Un ser humano, solo, es siempre la mitad de un ser humano; acompañado, es con frecuencia un ser humano dañado.

No solo se promete con palabras. El amor se presume eterno. (Dido y Eneas)

23

El artista es un sádico. Lo que en realidad pretende es producir emociones, conmociones; perturbar. Solo cuando lo consigue se siente satisfecho.

El llamado efecto catártico del arte consiste en la inmersión en la realidad profunda, provocada por la realidad fingida de la obra artística.

24

El sentido del humor es eso que uno tiene y que a los otros les falta.

Las religiones no tienen sentido del humor. Cualquier fisura causada por la menor sonrisa podría provocar una catástrofe. (El humor bien entendido.)

25

La rutina o el abismo.

La enorme tarea de despertar por la mañana para reencontrar el mundo.

26

La gente es un ente colectivo zafio, malvado y estúpido, formado por todos los que no son yo y los míos. (¿Quién es la gente?)

La ironía consiste en narrar como cierto y normal lo que todo el mundo sabe que es cierto y absurdo.

27

Estos pensamientos son referencias que voy colocando para situar mi mundo.

Nunca sabré si mi mundo es el mismo mundo de los otros. Solo sé que es parecido al de los artistas (escritores, músicos) que me han subyugado.

28

Poeta: el que busca las mejores palabras para expresar con eficacia las cosas esenciales.

Filósofo: el poeta que cree en la realidad de sus ficciones. (A. Machado

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Pensamientos a pares III

15

Lo mejor de nuestra época nos pasa desapercibido. O lo entendemos mal. El Quijote tuvo una gran acogida en su tiempo…como novela cómica.

Leer mucho no es garantía de nada. Ignoro por qué razón lo que en gastronomía se considera intolerable -ingerir grandes cantidades de lo que sea- en literatura suele causar admiración.

16

Espíritu abierto. Hay que guardar la intransigencia para los intransigentes, la intolerancia para los intolerantes, y el látigo para los mercaderes del templo.

Pero lo último es lo más difícil porque, de una manera u otra, todos dependemos de los mercaderes.

17

Las emociones colectivas perjudican seriamente al no emocionado.

La Historia es un trastero muy práctico. En todo momento se puede poner o quitar lo que interese.

18

Quizá el absurdo no sea tal. Quizá se deba a esa forma elíptica que tiene el ser de manifestarse.

La pregunta sobre la finalidad de la existencia es consecuencia del modo de funcionar (causal, finalístico) de nuestro cerebro. Fuera de ahí, quizá no tenga sentido.

19

Afirmar que los críticos son escritores frustrados es tan gratuito como afirmar que los controladores de vuelo son aviadores frustrados. Cada cual conoce su caso.

Lo ideal sería que cada palabra que pronunciamos tuviese un significado y fuese dirigida a producir un efecto. En literatura es imprescindible.

20

Es estúpida arrogancia pretender que sólo lo actual, lo moderno es válido y que lo pasado es pura antigualla. Es la actitud que acompaña a lo que, según ese mismo criterio, está a punto de convertirse en antigualla. No hay nada tan anticuado como lo que ayer era moderno.

No hay impulso más poderoso para que una idea triunfe que la moda.

21

Se puede y se debe ensalzar el valor de una obra de arte. Por el contrario, hay algo de superfluo en elogiar el mérito del artista. El artista -incluso el más grande- hace solo lo que sabe y puede hacer, como todo el mundo. ¿Dónde está aquí el mérito?

Por lo mismo, las obras que nos parecen fallidas debiéramos dejarlas piadosamente aparte, sin mencionar siquiera el nombre del autor (hizo lo que pudo).

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Pensamientos a pares II

8

Los malvados se distinguen de los buenos en que se creen muy inteligentes. Y es al revés: la maldad es signo de algún problema mental, que perjudica gravemente a los demás.

Si las cabezas de Hitler y Stalin hubiesen estado tan bien amuebladas como las de Goethe y Tolstoy, ¡lo que se habría ahorrado la humanidad!

9

No son buenas las redes sociales para los creadores. Hay más de a un escritor que va perdiendo su energía por los descosidos de Twitter.

Sostenía Goethe que el estilo es manifestación necesaria del carácter del escritor. Según esto, un alma mezquina nunca tendrá nobleza de estilo.

 10

El que lee está pensando con la cabeza de otro, dice el filósofo. Es importante saber donde se deja mientras tanto la propia, por si acaso.

Hay una ignorancia de segundo grado, en la que el lector está siempre en peligro de caer. Se adquiere incorporándose la ignorancia de los demás.

11

Uno llega a ser lo que quiere ser cuando/porque quiere ser lo que es.

Si hubiese un libre albedrío como algunos lo imaginan, la novela policíaca sería imposible. ¿Cómo enlazar pistas, móviles y carácter del delincuente?

12

El ser humano es un aprendiz malogrado. Ha aprendido a leer un idioma que no entiende (pronuncia correctamente palabras cuyo significado ignora). Lo llama ciencia.

La ciencia describe la realidad, las leyes de su funcionamiento; no la explica. La realidad es inexplicable.

13

Concluida la obra, en el momento de la revisión, el autor ha de preocuparse más de lo que sobra que de lo que falta. Expurgando, reduciendo, el escritor más novato puede lograr resultados aceptables. Por lo general, escribimos -y hablamos- demasiado.

Hay funcionarios de la literatura, con su jornada completa y su dedicación exclusiva. Pregunto ¿qué hacen con los excedentes? ¡Porque no pensarán colocárnoslo todo!

14

Con la inspiración en el arte ocurre como con el amor en la vida: los que no la conocen la niegan.

Cuanto más realista se pretende un escritor más se aparta de la realidad del arte e incluso de la verosimilitud más elemental. Ejemplo: nada hay tan irreal e inverosímil como una carta de amor auténtica.

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Pensamientos a pares I

1

La memoria es selectiva. De otro modo, no podríamos vivir bajo su descomunal peso. Como le ocurría a Funes, el memorioso.

Que la memoria sea selectiva tiene además la ventaja de impedir que recordemos cómo somos en realidad.

A medida que se acerca el final se entiende mejor que no se entienda nada.

El filósofo busca la verdad de todo. El artista sabe que todo es simbólico.

3

La vida ha de encararse con fe. La razón es para las matemáticas.                   

Tener fe significa confiar en el orden natural, en que todo eso que parece sin sentido finalmente lo tenga. Y que no sea malo.

 4

¿En qué momento la fe, que era confianza absoluta en alguien o algo, se convirtió en sistema de creencias más o menos absurdas?

Cuando Jesús dijo “tu fe te ha curado”, no se refería a la creencia del “curado” en el misterio de la Trinidad, precisamente.

5

Por el amor, una persona se convierte para otra en algo tan importante como lo es para sí misma.

Si dedicásemos a cada uno de nuestros amigos el tiempo y la atención que esperamos que cada uno de ellos nos dedique, nos volveríamos locos. 

6

Aquello de “piensa mal y acertarás” se ha de entender en relación con aquello otro de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.

Casi todos los sitios (internáuticos) de opinión son endogámicos. Solo quieren a los suyos. Alegrarse de lo listos que son y de lo tontos que son los otros.

7

El antropocentrismo es inevitable, e irrefutable. El sentido o sinsentido del universo depende de lo que decida ese animal llamado humano. 

Ese animal llamado humano es el único que puede hablar de sentido. El resto es silencio.

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MEFISTOFÉLICAS

(Extraídas de Mundo, Demonio y Fausto)

Nada mejor para los mortales que un buen sueño. Cuando están despiertos creen que su actividad mueve las cosas, imaginan que el mundo es algo ajeno, agradable u hostil, según los casos. Sólo cuando duermen regresan a la verdad.

                                                             *

Hoy la magia es solo una rama del comercio.

                                                            *

La belleza de la mujer no existe; es solo un prejuicio de los hombres, un prejuicio instintivo y cósmicamente necesario. A una mujer no la deseas porque sea bella; te parece bella porque la deseas.

                                                            *

Por muy arriba que asciendas seguirás pegado a tu culo.

                                                            *

Ser compasivo es como vivir al borde del abismo.

                                                            *

Me encantan estos tiempos. Si no fuese por ese déficit de inteligencia que observo en todas partes, diría que representan el triunfo definitivo de mi estilo de vida.

                                                            *

Siempre ha sido así: el que defiende su dignidad está dispuesto a morir; el que ve amenazados sus privilegios no duda nunca en matar.

                                                            *

Nadie puede destruir la realidad. Se trata de descubrir dónde está.

                                                            *

Descubrirás que el ser humano no tiene instrumentos para captar la cosa en si, suponiendo que eso exista, y por lo tanto que todo lo que se forma en tu mente no está en otra parte más que en tu mente.

                                                           *

El mal no es ninguna potencia terrible la inicial de cuyo nombre haya de escribirse en mayúscula; el mal, señor mío, es sólo la manifestación de la miseria intelectual humana. Yo lo llamo chapuza.

                                                           *

Pese a lo que proclama la más ñoña literatura empresarial, todo el mundo sabe que la desconfianza es la base de los negocios y del progreso. Los pueblos generosos, cálidos y hospitalarios siguen apacentando sus cabras y camellos.

                                                           *

Deberías saber que antes y después del instante presente no hay nada.

                                                          *     

Lamento comunicarte que todos los mundos son iguales. Es verdad que las apariencias pueden ser muy diversas, pero si rascas un poco, siempre encuentras lo mismo. Un mundo diferente es sólo una mirada diferente del observador.

                                                          *

El espíritu germánico cala muy hondo: donde vosotros solo veis risas, él adivina llantos.

                                                          *

(Atención, asoma la tolerancia, arranca el relativismo, se inicia el declive de la Iglesia…¿adónde iremos a parar? ¡Peligra mi propia existencia!)

                                                         *

Llegará un tiempo en que las palabras se habrán quedado secas, sin jugo, sin sustancia, y ya nadie dirá “el espíritu del mal”. Entre otras cosas porque por entonces reinará un mal sin espíritu.

                                                         *

Los tratados de teología no son la Biblia. Ni siquiera la Biblia es la Biblia.

                                                         *

Halagar las vanidades colectivas no sirve para nada. […] Cierto que, cuando gana su equipo de fútbol, el hombre se va a dormir mucho más feliz que cuando pierde… Pero todos los despertares son igual de amargos.

                                                         *

Todos los jóvenes de veinte años se parecen.

                                                         *

Desde que aparece la reflexión, las razones se necesitan para vivir, no para morir.

                                                         *

La vida siempre es plena, amigo, pero se la acaba destruyendo con la imaginaria no-vida de los deseos quiméricos.

                                                         *

Hombre, si nos ponemos así…El amor un engaño, la vida un espejismo, un sueño. Bueno, y qué. También una novela es un engaño, ¿y acaso no disfrutas leyéndola? ¿No se puede disfrutar lo mismo con la propia vida que con una buena novela?

                                                                        *

¿Qué derechos adquirieron los hombres al nacer, qué promesas se les hizo de felicidad o inmortalidad fuera de las que va urdiendo su propia imaginación?

                                                         *

La verdad es que…por un momento me he visto en el otro lado…me he visto como un vulgar ser humano, con sus ilusiones, sus tristezas, sus sufrimientos. ¿Y sabes qué te digo? Que no es divertido, nada divertido…es como un castillo de fuegos artificiales que se consume porque sí, por nada y para nada…Sólo hay una manera de que ese personaje, tan vulgar y tan extraño, siga tirando con cierta alegría: que asuma todo eso como un juego divertido, como una farsa que tiene lugar en un plató animado por inocentes luces artificiales…lejos de la luz verdadera…

                                                                                  *

Mundo, demonio y carne

son nuestros enemigos…

Al mundo no hago caso

ni al diablo con su pincho

pero lo que es de carne,

me hincho, me hincho.

Qué os parece, es un viejo cuplé que oí cantar a la abuela de una amiga mía.

                                                     *

Preferir el ser al no ser es el pecado, corderitas y corderitos míos. Pero una vez aquí, apuntémonos a todos los banquetes.

                                                    *

¿Todavía hay quien lo duda? Fuera de la farsa no hay salvación.

        

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Ensayo de prólogo para en su día

Hace pocos años, ya en este tramo de mi vida situado sin duda hacia el final, tuve la idea, en realidad, sentí la necesidad, de convocar a todos aquellos escritores que me habían acompañado, confortado e iluminado a lo largo de mi existencia. Y fueron apareciendo.

Primero, aquellos que desde la infancia me han ido despertando a la realidad del mundo y de las ideas o me han acompañado (coincidido) en momentos especiales de la vida. A ellos dediqué la primera serie – con breves apuntes autobiográficos – a la que puse por título Los libros de mi vida.

Apenas cerrada esta serie, compuesta por semblanzas de 21 escritores, caí en la cuenta de que muchos de los considerados “grandes” habían quedado fuera. Era natural, puesto que se trataba de una selección confesadamente personal y subjetiva. De todos modos, quise enmendar en lo posible el fallo convocando a otros escritores que, aun no habiendo tenido un significado especial en mi vida, contaban con toda mi admiración. Y así redacté 21 semblanzas más de escritores y titulé la serie Los libros de mi vida. Lista B.

Apenas cerrada esta segunda serie caí en la cuenta de que algo muy importante y muy serio había quedado fuera. Me propuse enmendar en lo posible el fallo, pero la cosa ha sido tan reciente que, como se dice, aún no he puesto manos a la obra. Y no quiero hablar de proyectos no materializados. Así, aunque se espera una tercera serie – si hay vida y fuerzas – estas son lo que ahora hay.

Lo que ahora hay en mi blog, que es donde se ha desarrollado la historia que acabo de contar. Pero ocurre que, como hombre de mi generación, prefiero los libros con todos sus atributos físicos. Y …

[Quedo a la espera de un final feliz]

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EL PASEO DE LA VIDA

Lo llamábamos “el paseo”. Estaba a doscientos metros del colegio. Por las tardes, cuando salíamos de clase, nos solíamos reunir allí un grupo de alumnos. Teníamos 16-17 años. Siempre había la hermana de alguien y la amiga de la hermana y la amiga de la amiga de la hermana, lo que en conjunto animaba y daba interés a las reuniones, que a veces acababan en la bolera próxima.

Cuando ahora, tantos años después, paso por ahí, no puedo evitar un sentimiento de nostalgia. El panorama que ofrece es muy distinto. Aunque el marco general se conserva (el paseo central, las calzadas laterales, etc), el contenido, sobre todo el humano, no se parece en nada al que creo recordar.

Los largos bancos que bordean el lado oeste del paseo, están llenos de restos humanos sentados, quiero decir, de personas que ya han vivido y que, sin más horizonte ni esperanza, esperan pacientemente la muerte. Yo mismo podría ser una de ellas. Bastaría con que me sentase en el banco y por la edad, aspecto, etcétera, sería indistinguible de los demás.

Pero no. Yo soy escritor, y me mantengo activo, como ahora mismo… Bien, quizá alguna de esas personas que observo con disimulo tenga también un pasado interesante y, sobre todo, un presente, que es de lo que se trata. Ese anciano de mirada melancólica y de largas arrugas verticales que le surcan una y otra mejilla, por ejemplo. Estaría bien saber algo de él. Pero tengo un problema.

He dicho que soy escritor. Lo que no he dicho es que carezco de las dos o tres características que se consideran fundamentales en todo escritor: no soy buen observador, los detalles se me escapan hasta el extremo de que, cuando acabo de estar con una persona, soy incapaz de recordar cómo iba vestida; no soy lo bastante curioso o atrevido como para abordar a un desconocido en busca de cualquier información…ah, y no me gustan los gatos.

Pero esta vez hago un esfuerzo, un esfuerzo descomunal y me acerco al hombre de las largas arrugas verticales.

– Hola, cómo va todo.

– Bien – responde, sin apenas dirigirme la vista.

– ¿Vive usted por aquí?

– Sí.

– Cómo ha cambiado esto, ¿eh?…aunque no mucho, según se mire ¿Lo recuerda usted de cuando era joven?

– No.

– Ah, ¿no? ¿No vivía aquí entonces?

– No.

– Bueno, yo tampoco. Pero el colegio quedaba cerca y en los dos últimos cursos, solíamos venir aquí un grupo de amigos al acabar las clases, nada, a charlar, comentar cosas del cole, de los profesores y compañeros y tontear un poco con alguna chica, que nunca faltaban. Cuánto tiempo hace de todo eso…¿Sabe que me he espantado calculándolo? Hace solo un momento, viniendo para aquí, he estado contando y recordando… y no me lo creía, palabra, ¿sabe cuánto? ¿cuánto? ¡Sesenta años! Sí, hombre sí, no ponga esa cara, ¡sesenta años! Claro que sí, yo tenía 17, ahora tengo 77, calcule usted mismo, ¡qué barbaridad! No me lo acabo de creer. De hecho, nadie se lo acaba de creer. Todos los de nuestra edad dicen sí tengo tantos años pero, por dentro, me siento como si tuviese veinte. Pues claro que sí, cómo no, todo anciano se siente por dentro como si tuviese veinte. ¿Y sabe por qué? Porque en nuestro interior hay algo, que unos llaman alma y otros voluntad, que es eterno y nunca cambia. Lo malo es que ¡todo pasa tan deprisa! Tan deprisa que ese niño que hay en el fondo de cada cual no tiene tiempo de enterarse. Sí, usted lo habrá notado: en el fondo de nosotros hay un niño que, de pronto, pregunta asustado ¿qué ha pasado? La vida ha pasado, ni más ni menos que la vida, en un suspiro, en un abrir y cerrar los ojos, como dice la sabiduría popular.

¿Y cómo ha ido? Ah, eso es lo fundamental. ¿Usted ha observado los rostros, las miradas, las actitudes de todos esos hombres y mujeres sentados por ahí? No es difícil saber cómo les ha ido. Frustraciones, angustias, dolores, y también esperanzas, satisfacciones, alegrías…de todo hay, y mirando atentamente cualquiera de esos rostros puede uno deducir en qué medida ha ido mezclado todo eso. Y es que, considerando los casos extremos, las vidas de muchos seres humanos no se parecen en absoluto, como si perteneciesen a especies distintas. Para unos, un infierno inexplicable; para otros, un agradable paseo por un jardín de flores, no exentas espinas. La mía ha sido más bien un paseo, con algunos malos ratos, por supuesto, pero el balance es desde luego positivo. A usted tampoco parece que la haya ido muy mal. ¿Suele venir por aquí? Seguiremos hablando, entonces. Adiós.

– Adiós – responde el hombre, y entorna los párpados como si le molestase un sol inexistente.

De vuelta a casa me siento alegre, sereno, confortado. Aunque sea por una vez, he superado una de mis limitaciones. Imagino que también el hombre de mirada melancólica y largas arrugas verticales está sintiendo la misma especie de euforia. Sí, seguro que está pensando lo mismo que yo, no hay nada tan liberador como abrirse a un desconocido.

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