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La objetividad. Dichoso Goethe. Genio y figura. (A.E.P.10)

EGO.- Pareces preocupado. ¿Te ocurre algo?

ALTER.- Es que hace días que no dejo de darle vueltas a un problema, y no le veo la solución.

EGO.- ¿Es grave?

ALTER.- No. Es teórico.

EGO.- ¿Filosófico?

ALTER.- Quizá…

EGO.- Suéltalo ya.

objetividad periodistaALTER.- El otro día asistí a una conferencia sobre el tema «La información veraz: lo objetivo y lo subjetivo». El conferenciante, un famoso periodista, defendía, contra lo que él llamaba la marea del subjetivismo, que la información objetiva es posible, que basta para ello con ceñirse a los hechos y describirlos honradamente.

EGO.- ¿Y tú qué opinas?

ALTER.- Siempre he pensado eso mismo.

EGO.- ¿Dónde está entonces el problema? ¿Cuál es el motivo de tu preocupación?

ALTER.- Es que cuando el periodista ha expuesto la tesis contraria, para luego rebatirla, ha despertado tantas dudas en mí, que la defensa que ha hecho de su propia tesis no ha sido suficiente para disiparlas.

EGO.- Se trata sin duda de un hombre honrado y leal.

ALTER.- Eso me ha parecido: objetivo, imparcial.

EGO.- Yo no he dicho tanto. La honradez, la lealtad, la sinceridad sólo guardan un lejano parentesco con la objetividad y la imparcialidad. De hecho, pertenecen a familias diferentes.

ALTER.- Pues yo entiendo que una persona honrada será siempre objetiva e imparcial.

EGO.- Tenderá a ello. Pero hay un problema, o dos. La objetividad es algo muy difícil de alcanzar, por no decir imposible, en todo caso es siempre cuestión de grado. La imparcialidad simplemente no existe.

ALTER.- Dices que la objetividad es muy difícil de alcanzar, y sin embargo, para el conferenciante, parecía algo muy sencillo: basta con ceñirse a los hechos.

EGO.- Sí, pero ¿a qué hechos?

ALTER.- A los que constituyen el caso que se describe.

EGO.- ¿A todos? Eso es imposible. Los hechos que constituyen un caso, o digamos, para ajustar mejor el término, los datos que constituyen un caso son prácticamente infinitos (en un accidente de tránsito, por ejemplo, desde la dirección y velocidad de los vehículos, hasta los pensamientos que cruzaban por la mente de los conductores, pasando por el grado de desgaste de cada una de las ocho ruedas). Forzosamente, y a menudo inconscientemente, se eligen unos y se prescinde de otros, y toda elección es una operación subjetiva. Y cuando ese periodista investiga y describe una historia se ajustará a unos hechos, a unos datos, no lo dudo, pero a los que él consciente o inconscientemente elige entre los miles o millones que «objetivamente» configuran la historia.

ALTER.- Así, que la objetividad es imposible.

EGO.- Eso parece…en todo caso, es cuestión de grado.

ALTER.- Y la imparcialidad…

EGO.- Es un mito. Los gérmenes de los juicios que emitimos los llevamos dentro de nosotros mismos. Goethe decía «puedo prometer ser sincero, no imparcial».

ALTER.- Dichoso Goethe…

EGO.- Eso es una gran verdad. Porque estoy seguro de que, entre todas las personas cuyos nombres ha guardado la historia, Goethe es quien supo alcanzar la mayor felicidad posible. Su obra es importantísima, pero su vida fue su mejor obra de arte. De él dijo un contemporáneo que lo que escribía era muy bueno, pero mejor era lo que hablaba y aún mejor lo que vivía.

ALTER.- ¿Y cuales fueron las causas de semejante portento?

EGO.- ¿Cuáles son las causas del genio? A eso debería responder la ciencia…si estuviese en condiciones de hacerlo.

ALTER.- Pero cuál es tu opinión personal.

EGO.- Si la ciencia no tiene opinión, según creo, ¿cómo quieres que yo la tenga?…De todos modos, quizás podríamos acercarnos a una respuesta por la vía de la eliminación.

ALTER.- ¿Cómo?

EGO.- Tratando de descartar aquellos factores que, tras un breve examen, deban ser rechazados.

ALTER.- Adelante.

EGO.- La teoría de la herencia está totalmente desacreditada, pero prestémosle un momento de atención. El padre y la madre de Goethe, así como sus abuelos, eran personas muy normales, el padre tirando a mediocre; no se sabe de ningún ascendiente con rasgos geniales. El hijo de Goethe parece que era algo estúpido, además de borrachín; no se sabe de ningún descendiente con rasgos geniales.

ALTER.- Vale, eliminada la herencia, veamos ahora la educación, la formación.

EGO.- La educación, la formación que recibió Goethe es la misma que recibió o podía recibir cualquier muchacho de su país, época y clase social. Que él sacase más provecho que los otros obedece a algún factor desconocido, que sin duda es el que tratamos de descubrir.

ALTER.- El ambiente…

EGO.- Aplícale lo que acabo de decir. Muchas personas vivieron en el mismo ambiente de Goethe, pero ninguna alcanzó parecido grado de genialidad. Y ahí va un ejemplo. Karl Wilhelm Jerusalem era un joven conocido de Goethe; como éste, amaba la poesía, la literatura, el pensamiento, el arte, es decir, que en cuanto a formación, ambiente e intereses coincidían plenamente. Jerusalem se enamoró de una mujer casada; obsesionado por una pasión sin remedio, se quitó la vida. Por los mismos años, Goethe se enamoró de una mujer comprometida; obsesionado por una pasión sin remedio, escribió una novela…para cuyo final trágico utilizó la triste historia del amigo.

ALTER.- ¡Werther!

EGO.- Sí.

ALTER.- Y díme ¿los genios no se suicidan?

EGO.- Los parciales sí, en algunos casos. Pero yo estoy hablando de una especie de genio total, es decir, de una persona que, además de tener una capacidad extraordinaria en una o varias materias (ciencia, poesía, música o lo que sea), posee la capacidad suprema de mantener en equilibrio todos sus mundos y tendencias, de alcanzar la máxima armonía vital posible.

ALTER.- O sea, una persona que, además de un diez en su asignatura, saca un diez en inteligencia emocional.

EGO.- Sí, se podría decir así. Y creo que, en este aspecto, nadie ha superado a Goethe.

ALTER.- Pero alguien habrá que se le acerque.

EGO.- A ver…déjame pensar…Picasso, sin duda; Dante, quizá…aunque los sinsabores que le proporcionó la política apuntan a algún tipo de carencia que le aparta del genio total…Y no sé si encontraría alguno más. Todos andan bastante deficientes en inteligencia emocional, como tú dices, y algunos con un cero clarísimo. Ahí tienes a Allan Poe, Dostoievski, Tolstoy, Van Gogh, Nietzsche y, por supuesto, casi todos los románticos: Novalis, Kleist, Holderlin, Nerval y un larguísimo etcétera.

ALTER.- Y Larra, ¿no?

EGO.- Yo no diría que Larra fuese un genio en el sentido que estamos dando al término. Larra fue un personaje destacadísimo en la España de su época. O sea, un tuerto en un país de ciegos. De todos modos, me gustaría que hablásemos de él.

ALTER.- Ahora no, por favor. Por una vez, podríamos intentar llegar al final de nuestras disquisiciones. Estábamos tratando de investigar las causas del genio.

EGO.- Sí, es cierto. Y, siguiendo un proceso de eliminación, habíamos descartado…

ALTER.- La herencia, la educación, la formación, el ambiente…

EGO.- ¿Qué nos queda?

ALTER.- El carácter, digo yo…y no se me ocurre nada más…a no ser que incluyamos la alimentación, la astrología y esas cosas.

EGO.- ¿Por qué no? Todo influye sobre todo. En el universo todo es interdependiente, todo está intercomunicado.

ALTER.- ¿Así que tú crees que los astros influyen sobre las personas?

EGO.- Seguro. Pero, a diferencia de los sabios astrólogos, ignoro por completo cómo y hasta dónde. Lo que ocurre es que, aunque tomásemos la astrología en consideración, nos encontraríamos con el mismo tipo de obstáculo que ya vimos a propósito de la educación y el ambiente, y es: ¿por qué, de todas las personas que nacieron en el mismo momento y bajo el mismo cielo, sólo Goethe fue genial?

ALTER.- Bien. Descartados los astros, pasemos al carácter.

EGO.- Como quieras. Pero primero tendríamos que ponernos de acuerdo sobre el significado de la palabra. ¿Tú que entiendes por carácter?

ALTER.- Pues…la manera de ser, de reaccionar, de comportarse una persona, eso que, fuera de lo físico, define al individuo y que se va modelando y perfilando con los años…

EGO.- Así que sólo los viejos tendrán un carácter definido.

ALTER.- Más que los jóvenes.

EGO.- ¿Y qué me dices de los bebés? ¿No has observado que hasta los niños de pocas semanas tienen un carácter bien definido?

ALTER.- Yo diría embrionario.

EGO.- Embrionario, vale….luego ya está ahí, y todo lo que hace a lo largo de la vida es manifestarse.

ALTER.- Y la experiencia ¿no cuenta?

EGO.- Como motivo, como estímulo para la manifestación del carácter.

ALTER.- A ver, defínete de una vez. ¿Qué es para ti el carácter?

EGO.-  La definición que tú has apuntado es la más corriente. Pero yo prefiero otra, al menos a los efectos del tema que nos ocupa.

ALTER.- Adelante.

EGO.- Para mí, el carácter es la naturaleza propia e inmutable de un ser. Toda persona entra en el mundo con su carácter ya formado. El carácter no es la consecuencia de la acción de la experiencia sobre el temperamento, como afirman muchos psicólogos. Al contrario, bajo el estímulo de las diversas experiencias uno actúa siempre y necesariamente de acuerdo con su propio carácter. El carácter es lo primero. Con el carácter nacemos y de él no nos podemos desprender. «Genio y figura hasta la sepultura», afirma el dicho castellano, como corroborando la idea germánica.

ALTER.- ¿Germánica?

EGO.- Ah, he olvidado decirte que mi definición del carácter coincide por completo con la del Filósofo. Pero te aseguro que él la formuló mucho antes que yo.

ALTER.- Lo creo… Concluyendo, tú opinas que el secreto del genio está en el carácter, entendiendo éste como algo no adquirido y moldeable, sino como algo innato e inmutable.

EGO.- Aparte de lo que yo opine, creo que es la única opción que nos ha dejado nuestro proceso de eliminación.

ALTER.- Quizá, pero le veo un problema.

EGO.- ¿Uno?

ALTER.- Y es que no se trata propiamente de una solución, sino de una tautología. Decir que el genio está en el carácter es simplemente darle otro nombre. Porque, en el caso de un individuo genial ¿qué diferencia habrá entre lo que llamamos genio y lo que tú entiendes por carácter? Me parece que son la misma cosa con distinto nombre.

EGO.- No te falta razón, ¿y sabes lo que significa eso? Que si nuestros pasos han sido correctos, cosa bastante dudosa, hemos ido a dar de narices en el mismo muro en que se topa la ciencia cuando avanza todo lo posible en la investigación de las causas: en la incognoscibilidad de las causas últimas. Y es que la materia propia de la ciencia es el mundo de los fenómenos, mientras que las causas últimas se sitúan más allá de lo fenoménico.

ALTER.- ¿Estás hablando de metafísica?

EGO.- Eso parece. Y la metafísica no es de competencia de la ciencia, cosa que parecen olvidar algunos científicos de hoy cuando nos hablan del instante anterior (?) a la formación del Universo o de la existencia o inexistencia de Dios.

(De Alter, Ego y el plan)

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Corazón. Arte y patriotismo. La «crucifixión rosada» del poeta. (A.E.P.6)

ALTER.- ¿Recuerdas cuál fue el primer libro que leíste?

EGO.- Perfectamente. Aparte cuentos infantiles, el primer libro que leí fue Corazón, de Edmondo De Amicis. Tenía ocho años.

ALTER.- ¿Y ahora?

EGO.- Ahora, ¿qué?

ALTER.- ¿Qué edad tienes ahora?

EGO.- ¿Importa mucho?

ALTER.- Claro que importa. ¿Cómo vamos a saber en qué circunstancias político-sociales un niño de ocho años leía Corazón, si no sabemos de qué época se trata?

EGO.- De acuerdo. Puesto a ser objeto de investigación paleontológica, confesaré que tengo sesenta y tres añosy estamos en el verano del 2003 y lo de «político-sociales» no quiero volver a oírtelo decir.

ALTER.- O sea, que eso ocurría a finales de los cuarenta. ¿Era un libro recomendado para niños?

EGO.- Era un libro dirigido a los niños, por supuesto. Pero en España no era un libro recomendado para niños, al menos oficialmente. Consistía en el supuesto diario de un niño de nueve años a lo largo de todo un curso escolar, interrumpido por unos relatos

ALTER.- Sí, claro, Marco era uno de los relatos, ¿no? El de la serie de televisión. Ya sabía que me sonaba de algo

EGO.- De los Apeninos a los Andes, se llamaba ¿y tú qué edad tienes?

ALTER.- ¿Importa mucho eso?

EGO.- Claro, ¿cómo vamos a saber en qué mundo aprendiste lo poco que sabes, si no sabemos de qué época se trata?

ALTER.- De acuerdo. Tengo treinta años. ¿Está bien así?

EGO.- Sí, treinta años está bienUna de las primeras generaciones formadas totalmente con la televisiónaunque eso ya alcanza a los que ahora tienen cuarentaPues te decía que, aunque iba dirigido a los niños, contenía algún aspecto que lo incapacitaba como lectura recomendada por las autoridades escolares del Régimen (que era como se llamaba entones el franquismo). Su laicismo. Su laicismo es absoluto, la religión no aparece para nada.

ALTER.- Era italiano, ¿no?

EGO.- Sí, y escrito a finales del siglo XIX. Es un ejemplo de lo que se suele llamar «literatura de los buenos sentimientos», dicho sea en este caso sin ninguna connotación peyorativa. La honradez, la amistad, el trabajo, el amor filial, el compañerismo, el deber, el patriotismo

ALTER.- ¿El patriotismo?

EGO.- Sí, hoy puede parecer raro que el patriotismo se incluya entre los buenos sentimientos, pero piensa que, cuando fue escrito, hacía poco que Italia había salido de las guerras de unificación y, después de siglos de humillaciones, fragmentaciones y dominaciones extranjeras, el sentimiento de una patria unida en la que todos los italianos fuesen libres e iguales adquiría un valor extraordinario.

ALTER.- Un patriotismo muy diferente del que se imponía por aquí.

EGO.- Nada que ver. Aunque, pensándolo bienno séhabría que ver si no fue ese mismo patriotismo el que condujo al fascismo de Mussolini. Es cierto que tal deriva no podía estar en la mente de De Amicis, que era socialistapero no es menos cierto que Mussolini también había sido socialista.

ALTER.- Ergo

EGO.- Ergo el patriotismo es una planta peligrosa. En condiciones adversas puede ser un buen tónico para la sociedad, pero administrada por el poder

ALTER.- ¿Puede un artista ser patriota?

EGO.- Puede, como puede ser comunista, o reaccionario, o diabético. De eso ya hablamos en la primera jornada ¿recuerdas? Creo que la pregunta deberías formularla así: ¿es habitual entre los artistas el ideario nacionalista o el sentimiento patriótico?

ALTER.- Dala por formulada, maestro.

EGO.- Pues bien, yo creo que no. Primero, por una razón histórica. Y es que entre la caída de Roma y la Revolución francesa el nacionalismo y su correspondiente patriotismo tal como hoy los entendemos, simplemente no existieron, con lo que los artistas de todos esos siglos se ahorraron el dilema o quién sabe si la angustia de sentirse o no patriotas. Las lealtades iban en otro sentido: el señor natural, la religión, el rey. Otra razón, que no será aceptada por todos, es que el mismo espíritu del arte, que siempre tiende a derribar fronteras, le hace incompatible con una visión limitada de sus logros o aspiraciones por razones étnicas o geográficas. Goethe, que por supuesto era de esta opinión, decía que el patriotismo es el orgullo más barato.

ALTER.- Y sin embargo, no es pequeño el número de poetas que han cantado a la patria.

EGO.- De acuerdo, pero sobre todo en los momentos de opresión de un pueblo. Es lo que te he dicho antes sobre la planta peligrosa, y que ahora te repito con un ejemplo: no es lo mismo el canto a la patria de Espronceda, antinapoleónico, que el canto a la patria de Pemán, directamente fascista.

ALTER.- Y el Filósofo, qué decía del asunto.

EGO.- Cosas espantosaspara los patriotas alemanes, naturalmente. Llegó a escribir que, por si acaso moría de repente y para que no quedase ninguna duda, dejaba constancia de su desprecio por la nación alemana y de su vergüenza por pertenecer a ella.

ALTER.- Muy fuerte, ¿no?Ego, ¿por qué no cambiamos de tema? No séme sientoincómodo.

EGO.- Se comprende. Es un tema muy delicado, y altamente sensible. Una discrepancia sobre literatura puede hacer correr ríos de tinta; una discrepancia sobre esto de que hablábamos puede hacer correr ríos de sangre. De hecho, en toda la historia de Europa, aparte subyacentes razones económicas, los únicos motivos alegados para guerras y matanzas han sido religiosos o nacionales.

ALTER.- ¿Y cómo hemos venido a parar aquí?

EGO.- Edmondo De Amicis nos ha traído, y su patriotismo bueno. Pero podemos corregir el derrotero.

ALTER.- Estupendo. ¿Recuerdas alguna otra lectura de tu infancia que merezca la pena mencionar?

EGO.- Sí, claro, David Copperfield de Charles Dickens. Lo leí a los doce años, y me dejó fascinado.

ALTER.- ¿Qué es lo que te fascinó?

EGO.- El mundo que se iba desplegando a medida que yo iba leyendo, un mundo con personajes y situaciones curiosos, extravagantes, inconcebibles en la vida cotidiana, perfectamente pautada, del niño que yo era, y sin embargo, tan reales. Había que ser un mago para crear todo aquello. Por primera vez tuve conciencia de la importancia del escritor y de la escritura. Así que acabé de leer David Copperfield, intenté empezar a escribir. Es la primera lectura estimulante que recuerdo.

ALTER.- ¿Estimulante?

EGO.- Me refiero a un tipo de obras que, sin ser necesariamente de lo mejor, tienen la virtud de estimular en mí el impulso creador.

ALTER.- ¿Qué otras lecturas estimulantes recuerdas?

EGO.- No séahoraAllan Poe, sí. Leer un relato suyo y sentir la necesidad de escribir algo semejante eran una misma cosa. Baroja, seguro. Goethe, por supuesto, o más exactamente el Werther. Henry Miller, también

ALTER.- ¿El que fue marido de Marylin Monroe?

EGO.- No, ése es Arthur, el dramaturgo. Me refiero a Henry

ALTER.- Ah, ya, el pornográfico, Trópico de Cáncer y todo eso. Y en qué sentido te era estimulante, si no es indiscreta la pregunta.

EGO.- Cuando le leí, hacia el 65, aquí se vendía clandestinamente, precisamente por pornográfico. Sin embargo eso es sólo un aspecto de su obra. Lo que yo descubrí en Henry Miller fue un hombre libre, con una tremenda vocación de escritor, por una parte apegado a los aspectos más elementales de la vida y, por otra, muy consciente de que, al transmutarse en escritura, esa vida elemental, por sentida y dolorosa que sea, no tiene otro significado que el de ser materia literaria y que, por tanto, esa crucifixión a que nos somete la existencia no es del todo real sino más bien ficticia, como de broma, «rosada». Ése es el sentido de su trilogía La crucifixión rosada, formada por la novelas Sexus, Nexus y Plexus. Por otra parte, aunque no siempre se ponga de relieve, esa dualidad pasión-contemplación es propia no sólo de Henry Miller sino de todo poeta. Y llamo poeta a todo creador literario cualquiera que sea el género en que se exprese.

ALTER.- ¿Quieres decir que en la vida real el poeta no sufre como el resto de los mortales?

EGO.- Claro que sufre, y quizá más. Lo que quiero decir es que, para el hombre normal, el sufrimiento es sólo sufrimiento (y quizá también prueba o expiación), mientras que para el poeta es, además, otra cosa: un acontecimiento objetivo subordinado al plan general de su creación. Y eso, esa especial relación que tiene con la vida cotidiana, es algo que se nota y que, por lo general, no se perdona, porque le presta una aureola de distanciamiento, de superioridad, que el no poeta atribuye a fingimiento o falsedad.

ALTER.- No sé si te entiendo. ¿Podrías explicarte mejor?

EGO.- Thomas Mann, en su novela Carlota en Weimar imagina que cuarenta años después de los días de la supuesta pasión que el joven Goethe sintió por la joven Carlota y que le inspiró su novela Werther, ésta va a visitarlo, y que ambos, cada cual por su lado y luego brevemente en común, reflexionan sobre aquellas antiguas vivencias. Lo que Carlota recuerda es un joven aparentemente apasionado y rendido y que, sin embargo, no se entrega del todo, como si se reservase algo para sí mismo, como si estuviese de alguna manera por encima del acontecimiento. Y es esta actitud del presunto enamorado y no el compromiso matrimonial que la liga a Kestner lo que determina que Carlota no acepte al joven poeta. Y es que Carlota es una mujer normal, y para las personas normales, para las que la vida no es más que la vida, la actitud del poeta, para el que la vida es además símbolo, resulta siempre sospechosa. Y se comprende: es como jugar con alguien que sabes que tiene alguna carta escondida.

ALTER.- Luego, el poeta hace trampas en la vida.

EGO.- ¡Pobre poeta! Por lo general es el ser menos dotado para hacer trampas, el menos hábil para conducirse astutamente en sociedad. En las batallas cotidianas siempre tiene las de perder. Pero, por otro lado, esa actitud de superioridad manifiesta frente a los que viven la vida a ras de tierra es algo que incomoda y que hasta ofende. La gente común, incluidas las Carlotas más refinadas, intuyen que no es uno de los suyos, y lo rechazan.

ALTER.- ¿Y no podría el poeta descender hasta la gente común para intentar elevarlos a su altura, en vez de autosatisfacerse en su contemplativa superioridad?

EGO.- Lo intenta, pero en otro terreno. En la vida social, incluso en la vida íntima amorosa es imposible que se exprese como debiera. Simplemente no sabe o no puede. Y es que el tesoro oculto que todo poeta guarda en su interior sólo puede manifestarse a través de su obra.

ALTER.- A ver, si no he entendido mal, todo eso viene de una teoría de Thomas Mann, pero tú ¿hasta qué punto la compartes?

EGO.- Hasta el punto de que no te sabría decir si «todo eso» lo he sacado directamente de la novela de Mann o me lo he montado yo a partir de una interpretación personal de algún punto de esa novela. Digo esto porque, hace días, queriendo corroborar la idea, casi me leí de nuevo toda Carlota en Weimar y no conseguí dar con el pasaje de marras.

ALTER.- O sea, que quizá la idea no es de Mann sino tuya.

EGO.- No diría tanto. En todo caso, si es mía, seguro que se me ocurrió, o se me confirmó, leyendo la novela de Mann.

(De Alter, Ego y el plan)

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Schopenhauer y Goethe. Intelectuales y sociedad. (A.E.P.4)


ALTER.- ¿Goethe? ¿Goethe contemporáneo de Schopenhauer? Será cosa de mi incultura, pero así, de buenas a primeras, los sitúo en épocas distintas.

EGO.- Es una reacción bastante normal. De hecho, sus biografías se desarrollan en épocas distintas, pues cuando se conocieron y trataron el uno era muy joven y el otro casi un anciano. Fue en Weimar, en 1813. La madre de Schopenhauer pertenecía al círculo de amistades de Goethe, y nuestro filósofo tuvo ocasión no sólo de conocerlo, sino además de colaborar, y discutir, con él sobre la visión y los colores, tema científico que fascinaba a ambos. Goethe leyó y elogió la tesis doctoral de Schopenhauer y reconoció su gran capacidad intelectual. Cuando se publicó El mundo como voluntad y representación, nuestro filósofo se apresuró a enviársela y quedó, impaciente, a la espera del dictamen de su ídolo.

ALTER.- ¿Y?

EGO.- Parece que Goethe leyó algunos capítulos y, desde luego, quedó admirado de la claridad y belleza de su estilo, pero en cuanto el contenido de la obranada de nada. Schopenhauer no consiguió arrancarle ni una sola opinión, ni un solo comentario.

ALTER.- No quiso pronunciarse.

EGO.- Lo más seguro es que ni siquiera quiso entrar a fondo en la obra. Eran dos temperamentos tan distintos, con enfoques tan dispares que por fuerza no podían encajar. Pero lo curioso es que Schopenhauer comprendía y aceptaba plenamente el mundo poético de Goethe, mientras que éste, como ya he dicho, rechazó de pleno entrar en el mundo filosófico de aquél. Ambos pensaban lo mismo sobre muchas cosas, en especial sobre el arteSí, el problema radicaba en esa diferencia de temperamentos: para Goethe el mundo es un espléndido vaso medio lleno; para Schopenhauer no es más que un triste vaso medio vacío.

ALTER.- Bien, ahora que ya tenemos situado al filósofo, podrías hacer un resumen de su filosofía.

EGO. – Ni lo sueñes. No era esa la idea.

ALTER.- Ah, pero hay una idea

EGO.- Siempre hay una idea, explícita o implícita, y la nuestra era la de conversar plácidamente sobre literatura y otros mundos, sin pretender entrar en grandes teorías o sistemas de pensamiento, cosa que hay que dejar para obras más sesudas.

ALTER.- Así, que nos hemos de despedir de nuestro amigo Schopenhauer.

EGO.- Nos lo volveremos a encontrar, no te preocupes.

ALTER. Pues propongo, para ese caso, que en adelante evitemos su casi impronunciable y casi inescribible nombre y que aludamos a él con el apelativo de «el Filósofo», que es como llamaban los escolásticos a Aristóteles.

EGO.- Me parece bienLa diferencia está en que en la Edad Media no había dudas sobre quién era el filósofo por antonomasia, mientras que ahora

ALTER.- Sigue, sigue¿Qué pensadores o intelectuales dirías tú que mejor representan, comprenden o lideran el mundo de hoy?

EGO.- No te sabría decir. En realidad, ni siquiera te sé decir qué es el mundo de hoy. Yo tengo una idea global y aproximada de la Edad Media, del Renacimiento, de la Ilustración, incluso de la sociedad burguesa del siglo XIX, pero no te sabría decir qué es eso que nos envuelve y en lo que estamos inmersos. Y no sólo yo. Aquello que te decía del arte es aplicable también a todo lo demás: estoy convencido de que el contemporáneo es incapaz de valorar correctamente la propia época.

ALTER.- Y sin embargo, hay muchos que no se cansan de escribir libros y artículos sobre el mundo de hoy, las tendencias de nuestra sociedad, la globalización

EGO.- Se equivocan, se equivocan siempre, y cuando aciertan, es por casualidad, como el burro de Iriarte o el vidente de a tanto la llamada. Ninguno de esos sabios supo prever cuándo y cómo se vendría abajo el imperio soviético, y éste es sólo el caso más vistoso de otros muchos que podríamos encontrar.

ALTER.- Bien, pero, dotes adivinatorias aparte, ¿qué pensador o pensadores crees tú que mejor representan el mundo actual?

EGO.- Los hay para varios gustos, pero la verdad es que no representan nada. En los últimos cincuenta años la cotización del intelectual prácticamente se ha hundido. Hubo un tiempo en que significaba mucho, y no sólo para unas minorías. Basta pensar en la España del primer tercio del siglo XX: un país semianalfabeto en el que las verdaderas glorias nacionales, toreros aparte, eran gente como Unamuno, Ortega o Marañón, o en la Francia de Sartre y Camus. Todo eso ha desaparecido. La antigua raza de los intelectuales se extinguió hacia el 68; los que han venido después son sólo curiosas, sino ridículas, mutaciones de sus soberbios antepasados. El alto pensamiento es hoy una función esotérica, reservada a un círculo de iniciados.

ALTER.- Pero, ¿quieres decir que no ha sido siempre así? Yo creo que, aunque en determinados momentos, como en esos que has apuntado, el pensador ha llegado a tener cierta transcendencia social, lo normal, lo habitual en el curso de la historia ha sido lo contrario.

EGO.- Sí, tienes razón, eso ha sido lo habitual a lo largo de casi toda la historia. Y eso, ese muro que separa al sabio de la sociedad, es lo que consiguió romper el Filósofo al ofrecer una filosofía no para especialistas sino para la gente común. Pero el muro se volvió a cerrar enseguida (compara el estilo de Husserl con el del Filósofo), con la agravante de que el rótulo de club exclusivo se empezó a colgar también en las puertas de ciertas artes.

ALTER.- Como la pintura, la escultura

EGO.- Evidente, pero me referiré a la música. En mi opinión, la llamada «música contemporánea» consiste en una serie de ejercicios matemáticos para disfrute exclusivo de iniciados. Basta comparar el alcance social que tenía en su tiempo (y en el nuestro) la música de Mozart, de Beethoven o de Wagner con el que pueda tener el más popular de los cultivadores de la «música contemporánea» para darse cuenta del enorme cambio que ello representa. Yo creo que lo que entendemos por música clásica se acabó con Stravinsky y los de su generación, y que su posible continuación no hay que buscarla en el callejón sin salida de la «música contemporánea» sino en el desarrollo del jazz y de otras formas musicales de origen popular.

ALTER.- Pues para no entender esta época, como decías hace un momento, te defiendes bastante bien. Quiero decir que no te ahorras opiniones contundentes.

EGO.- No confundamos. Una cosa es señalar determinados rasgos evidentes de nuestro mundo y compararlos con otros de épocas pasadas, y otra muy diferente es poder establecer el mapa social, mental y espiritual de nuestra sociedad con la misma comodidad que podemos hacerlo respecto de la sociedad del imperio romano, por ejemplo.

ALTER.- O sea, que te ratificas en tu declaración de que no entiendes esta época.

EGO.- Claro que no la entiendo, como todo el mundo. La diferencia está en que yo lo reconozco. El gran filósofo Tomás de Aquino no sabía que vivía en la Edad Media, y eso mismo les ocurre, por mucho que disimulen, a Habermas o a Sloterdijk: no pueden saber en qué Edad viven.

ALTER.- Así que toda época está condenada a no entenderse.

EGO.- Más o menos como todo individuo.

ALTER.- Y supongo que eso no tiene solución.

EGO.- Si nos referimos a toda época presente, me temo que no. El individuo sí que cuenta con medios que le aproximen al autoconocimiento.

ALTER.- ¿Qué medios?

EGO.- Hay dos vías: la introspección y la acción. La acción es la más segura, pero su alcance es más limitado. No pasa de descubrirnos las tendencias, el carácter, el campo más adecuado para el propio desarrollo. Es decir, va bien para discernir si uno ha nacido para filósofo o para futbolista. Y sin embargo, tiene buenos valedores. El más destacado, Goethe. Gombrowicz opta también por esta vía cuando, con palabras típicamente goethianas, afirma «¿Quieres saber quién eres? No lo preguntes. Actúa. La acción te definirá y situará».

ALTER.- A éste es la segunda vez que lo citas, y la verdad es que no sé muy bien quién es. Tiene algo que ver con Argentina, creo. Recuerdo haber hojeado un libropero no nos desviemos. Decías que, para el autoconocimiento, la vía de la acción es segura, pero limitada.

EGO.- Sí, y de la vía de la introspección se podría decir exactamente lo contrario, que es insegura y a menudo engañosa, pero que, si se sabe llevar adecuadamente hasta el final, es infalible, aunque de resultados sorprendentes.

ALTER.- ¿Sorprendentes?

EGO.- Sí, porque si empiezas a ahondar en el yo, pronto te das cuenta que se trata de un pozo sin fondo. Ocurre como en la materia de los físicos. De pronto se descubrió que, pese a su nombre, el átomo no era indivisibley aún no sabemos adónde nos llevará ese ahondamiento en la ya casi inexistente «materia».

ALTER.- Pero ¿qué crees tú que se encuentra en el fondo del yo?

EGO.- Si hemos de hacer caso de los místicos, que son los únicos competentes en el tema, lo que se encuentra en el fondo del yo es la nada o el todo, como quieras llamarlo.

ALTER.- Por favor, no está mi cuerpo para místicas. ¿Por qué no me hablas de Gombrowicz? (continuará)

(De Alter, Ego y el plan)

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Arte, fama, posteridad

                                                              ………………………….

EGO. – … ¿sabes que es un buen tema para empezar? ¿Existe un plan o es todo azar? Tú te inclinas por lo primero, ¿no?

ALTER.- Me inclino, esa es la palabra. Pero, a decir verdad, no lo tengo nada claro. Y tú, ¿qué crees?

EGO.- Los escritores, los creadores no creemos; creamos.

ALTER.- Pero lo que creáis se basará en unas creencias…

EGO.- No, se basa en unas realidades: el mundo-objeto y el autor-sujeto. Si el autor sabe aplicar con la técnica adecuada todo su ser al mundo-objeto, del que él como persona también forma parte, surgirá la obra de arte, sin necesidad de ninguna creencia explícita.

ALTER.- ¿Piensas entonces que las creencias, la ideología, es perjudicial para la creación?

EGO.- Más que perjudicial, es superflua. Todos conocemos casos de auténticos genios, que han hecho gala de unas ideas políticas, sociales o filosóficas de lo más pintoresco, de lo más aberrante, si se las compara con su obra artística. ¿Qué sentido tiene decir que Goethe era un reaccionario (que, por cierto, no lo era tanto como dicen)? ¿O que Neruda era un comunista estalinista? Ambos son cimas de la poesía universal. Es como si la ideología surgiera de una pequeñita zona de la corteza cerebral, ajena por completo al profundo centro creador. Por eso digo que, para el auténtico artista, las creencias son superfluas.

ALTER.- Tengo la impresión de que reservas para el artista un estatuto especial, que no lo consideras una persona como las demás, que lo sitúas, por así decirlo, por encima del bien y del mal.

EGO.- En cuanto artista, sí; en cuanto persona, no.

ALTER.- Explícate. ¿Cómo se puede distinguir en un mismo individuo la persona del artista?

EGO.- Fácil. La persona es ese individuo, sujeto de deberes y derechos, que, como todo el mundo, debe someterse al imperio de la ley. El artista es ese mismo individuo, que, en cuanto productor de obras de arte, no debe estar sometido a ninguna ley externa; de sus obras sólo es responsable ante sí mismo y ante la posteridad.

ALTER,- ¿Sólo ante la posteridad? ¿Y sus contemporáneos?

EGO.- El juicio de los contemporáneos es siempre aproximado y provisional, cuando no francamente erróneo. El contemporáneo carece de los elementos necesarios para juzgar su propia época, sobre todo el arte de su época. No hace falta que te ponga ejemplos.

ALTER.- Sí, sí hace falta.

EGO.- ¿Te suenan los nombres de Pedro Mata, Vargas Vila o Blasco Ibáñez?

ALTER.- Este último sí.

EGO.- Es el que mejor ha aguantado. Pero ten en cuenta que, en su época, Blasco Ibáñez era considerado el número uno de la novelística hispánica y uno de los primeros de la mundial y, ahora, ya ves… Sí, Alter, créeme, el paso del tiempo acaba por colocar todo en su lugar.

ALTER.- Quieres decir que, de los grandes escritores de hoy…

EGO.- Sí, quiero decir que a la inmensa mayoría de esos «grandes escritores» de hoy les aguarda el mismo destino de los antes mencionados. Puedes estar seguro que, de aquí a unas décadas, nombres que ahora suenan como el no va más de la literatura resultarán tan exóticos como hoy los de Pedro Mata o Vargas Vila.

ALTER. – Y que, en cambio, otros hoy apenas conocidos empezarán a cotizar alto.

EGO.- Puedes estar seguro.

ALTER.- ¿Te atreverías a apostar por alguien?

EGO.- No, no olvides que yo también soy contemporáneo.

ALTER.- No sé…creo que exageras.

EGO.- ¿Que exagero?

ALTER.- Sí, en eso de la incapacidad de los contemporáneos para valorar las obras de su tiempo. Piensa que ha habido casos de escritores que alcanzaron el favor popular en su tiempo y que, luego, la posteridad los ha confirmado como auténticos genios.

EGO.- Sí, ha habido casos, seguramente. Quizás Cervantes…el Quijote fue en su tiempo un auténtico best-seller…Pero no, ese caso no cuenta.

ALTER.- ¿Cómo que no cuenta? Eso es hacer trampa.

EGO.- No cuenta, porque lo de Cervantes y el Quijote es la historia de un malentendido. El lector de la época se equivocó, como siempre, pero de otra manera. Tomó el Quijote como una novela cómica y se rió de lo lindo…eso es todo. Tuvieron que llegar los románticos alemanes para que se descubriera lo que de verdad es el Quijote, es decir, tuvo que llegar la posteridad para que la obra quedara situada en el lugar debido.

ALTER.- ¿Y Goethe? ¿Qué me dices de Goethe? ¿Tampoco cuenta?

EGO.- De acuerdo, ése sí es un caso, y un caso excepcional o, si quieres, el más significativo de los casos excepcionales que pueda haber. Pero el mérito no estuvo en el público, sino en el autor. Con su Werther, que es la obra que le dio fama inmediata en toda Europa, el genio de Goethe consiguió conectar de una manera tan profunda y eficaz con las tendencias apenas expresadas de la época que forzosamente el público contemporáneo se le tuvo que rendir, el mismo público, por cierto, que, borrado el nombre del autor, no hubiera sabido apreciar el noventa por ciento del resto de la obra de Goethe, incluida, por supuesto, la segunda parte de Fausto.

ALTER.- De todos modos, yo creo que los escritores, incluidos los grandes, han escrito siempre para su tiempo. Lo de la posteridad lo verían, sobre todo los románticos, como un último recurso: «si no me comprende el presente, ya me comprenderá y glorificará el futuro», o algo así.

EGO.- Por supuesto. Todo escritor escribe para sus contemporáneos y aspira a ser reconocido por ellos. Y, como muy bien dices, lo de la gloria del futuro es una especie de consuelo que está al alcance de cualquiera.

ALTER.- Pero estábamos en que, según tú, el artista en cuanto tal se sitúa sobre el común de los mortales, porque su obra no debe someterse a ninguna ley. Pero yo me pregunto ¿por qué este privilegio? Todos los profesionales han de ajustar su actividad a unas normas, ¿por qué no el escritor? ¿Acaso no hay lecturas que destilan veneno y lecturas que pueden hacer que se desmorone todo el edificio de una personalidad?

EGO.- Gran poder otorgas a la literatura…Pero la verdad es que has tocado un tema muy delicado ¿Es el artista responsable del bien o el mal, individual o social, que pueden seguirse de sus obras? Primero de todo hay que aclarar que el arte, al menos en literatura, es sustancialmente ficción. De manera que la persona que no sepa distinguir la ficción de la realidad está totalmente incapacitada para el disfrute del arte. Una persona normal, desde los seis o siete años de edad, sabe distinguir la realidad de la ficción…aunque te sorprenderías de la cantidad de personas anormales que circulan por ahí: es frecuente el caso de que el actor intérprete del «malo» en una serie televisiva sea insultado y hasta agredido por la calle. Ante esto, el arte no tiene nada que hacer ni que decir. Ya no se trata de si una obra puede o no dañar a esas personas. Están dañadas del todo; no vale la pena tenerlas en cuenta.

ALTER.- Siempre ha existido esa clase de gente, no sé si primaria o enferma mental. Son como el loco don Quijote, cuando arremete contra los muñecos de un guiñol porque los toma por personas reales. Pero yo me refería…

EGO.- A la responsabilidad del escritor por la influencia que pueda ejercer en sus lectores, digamos, normales. Para empezar has de tener en cuenta que esa presunta responsabilidad se da en todas las personas y en todos los ámbitos, y con frecuencia de forma más directa e inequívoca que en la literatura. Piensa en el amigo que aconseja a un amigo, en el juez que sentencia sobre tu vida y tus bienes, el político, el jefe de una secta o iglesia, el militar…Cuenta Goethe que un obispo le preguntó si no tenía remordimientos por los suicidios que había provocado la lectura de Werther, y que él le contestó que se sentía con el mismo derecho que el general que manda a tantos hombres a la muerte. Esto no era más que una boutade, por supuesto. En realidad Goethe pensaba, y así lo expresó en otro momento, que el que se suicidaba tras la lectura de Werther no era más que un enfermo que de todos modos se habría suicidado. Pero volvamos a los «normales» y prescindamos de una vez de paranoicos, suicidas vocacionales, etcétera. Una obra de arte siempre tiene efectos beneficiosos, y cuando digo siempre quiero decir siempre, y cuando digo obra de arte quiero decir obra de arte. No importa que el asunto sea triste, terrible o «negativo»; el efecto siempre será enriquecedor, ennoblecedor. Aún hoy no me explico la honda y agradable impresión que me produjo la lectura de La Cartuja de Parma, novela más bien melancólica y de final infeliz.

ALTER.- Eso mismo me ocurre con el cine. En ocasiones, muy raras por cierto, he visto alguna película de contenido francamente triste, desesperanzado y sin ningún mensaje positivo manifiesto, y sin embargo he salido de la sala emocionado, confortado y con un estado de ánimo rayano en la euforia.

EGO.- En esos casos, puedes estar seguro de que has contemplado una obra de arte. Porque la clave de la solución del problema consistente en saber qué es y qué no es una obra de arte nos la da la cita evangélica: «por sus frutos los conoceréis». No importa lo que pontifiquen los críticos o lo que imponga la moda. Si no se produce la catarsis, que es ese efecto de purificación espiritual que hemos apuntado, no hay obra de arte.

   (De Alter, Ego y el plan)

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Goethe, un día como hoy hace 265 años

Al mediodía del 28 de agosto de 1749, al sonar la duodécima campanada, vine al mundo en Francfort del Main. La constelación era afortunada: el Sol estaba en el signo de Virgo y culminaba para este día; Júpiter y Venus lo miraban amistosamente y Mercurio sin aversión; Saturno y Marte se comportaban con indiferencia; sólo la Luna, que acababa de alcanzar su plenitud, ejercía el poder de su oposición tanto más cuanto que su hora astral había llegado simultáneamente. Por ese motivo se oponía a mi nacimiento, que no podía tener lugar hasta que dicha hora hubiera transcurrido.(1)

1. Goethe parodia aquí la tradición astrológica de las biografías renacentistas.

                                                       

(De Poesía y verdad, de J.W. Goethe; traducción y nota de Rosa Sala Rose)

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Schopenhauer o el delito de nacer II

Arthur Schopenhauer nació en Danzig (hoy Gdansk) en 1788. El padre, Heinrich, comerciante acomodado de gustos cosmopolitas (le puso “Arthur”, porque el nombre era igual en por lo menos tres idiomas), siempre pensó en él como continuador del negocio familiar. La madre, Johanna, era culta y con gustos artísticos y sensibilidad literaria. De hecho, llegó a ser una novelista bastante célebre en su época. Siendo Arthur muy pequeño se trasladaron a Hamburgo, pues al padre no le gustó nada la anexión a Prusia de Danzig, hasta entonces ciudad libre bajo el poder nominal de Polonia. En Hamburgo emprendió el joven Arthur la senda formativa trazada por el padre, y que no era nada de su gusto. No se veía como gran comerciante; más bien le interesaba desentrañar los misterios de la vida y del universo. Pero el padre murió, parece que por suicidio, en 1805, y al poco tiempo el hijo cambió los estudios mercantiles por los filológicos. Con la complicidad de la madre, por cierto.

Y sin embargo, las relaciones entre madre e hijo fueron siempre tormentosas, sobre todo en la breve época en que coincidieron en Weimar, donde Johanna se había establecido, convirtiendo su casa en centro de reuniones de la la sociedad intelectual y artística de la ciudad, cuyo rey era sin discusión un Goethe ya sexagenario.

Allá lo conoció Arthur, a sus 25 años, y allá empezó una relación breve y no muy profunda en la que, no obstante compartir algunos postulados, cada uno se mantuvo siempre en sus posiciones. Cuando, pocos años después, Arthur le envió su obra fundamental con el ruego de que le comunicase su opinión, Goethe eludió la respuesta, actitud que no parece muy cortés, pero que iluminó a este que escribe para convertirla en leitmotiv de la novela antes citada.

Ya antes de su estancia en Weimar, Arthur había estudiado medicina en la universidad de Gotinga y luego filosofía en la de Berlín. Y en la de Jena había obtenido el doctorado con una tesis sobre epistemología, La cuádruple raíz del principio de razón suficiente.

Su obra fundamental, El mundo como voluntad y representación, la escribió durante los cuatro años que vivió en Dresde (1814-1818) y en ella puso toda su ilusión y sus esperanzas. Estaba convencido de que iba a causar una conmoción total, una revolución copernicana en el mundo del pensamiento. Lo que ocurrió fue todo lo contrario. Nadie se enteró. La obra pasó desapercibida en los ámbitos filosóficos y literarios.

Viajó a Italia, donde permaneció casi un año. Pero a su regreso todo seguía igual. Entonces, no obstante no tener ninguna simpatía por la vida universitaria, se presentó como profesor en la universidad de Berlín. Por dos razones: asegurarse unos ingresos para complementar la relativamente modesta fortuna heredada del padre (que de hecho le duró toda la vida) y dar a conocer la gran filosofía que se contenía en el libro, que apenas nadie había leído. Además, intentó competir con su odiado Hegel. Fracasó, y a los pocos meses abandonó.

Después de recalar en varias ciudades, en 1831, huyendo del cólera que, curiosamente, se cobró la vida de Hegel, se estableció en Frankfurt, donde pasó el resto de su vida.

A partir de 1851, después de una segunda edición de su obra fundamental en 1844, y de la publicación de una recopilación de máximas morales, empezó a sonar su nombre como filósofo original. Y su fama fue creciendo rápidamente, de manera que, a su muerte, ocurrida en 1860, era quizá el filósofo más célebre de Alemania y, por consiguiente, de Europa.

En sus años de oscuridad no había dejado de reflexionar y de escribir. Pero el el texto básico ya estaba fijado, lo que entonces escribía eran comentarios y ampliaciones. Así, sobre moral (Los dos problemas fundamentales de la ética), sobre la manera en que las ciencias naturales corroboraban su filosofía (La voluntad en la naturaleza) y sobre una gran variedad de temas, desde propiamente filosóficos hasta literarios y de costumbres, reunidos bajo el título griego de Parerga y paralipómena.

Y ahora, al igual que he hecho con los otros dos pensadores que forman parte de los autores de mi vida (Teilhard de Chardin, más bien científico, y Karl Marx, más bien sociólogo), cabría esperar que diese un apretado resumen del pensamiento de Arthur Schopenhauer. Pero ¿se puede resumir un sistema filosófico como el de ese señor en unas cuantas líneas? Veamos.

El mundo, todo lo sensible, el universo entero ha de contemplarse como las dos caras de una moneda. Por una parte es representación (el “fenómeno” kantiano), es decir, algo que está en mi cerebro y cuya relación con la realidad, con la cosa en sí, es problemática; por otra parte es esa “cosa en sí”, (el “noumeno”, kantiano), incognoscible por definición, dado que no es representación. Hasta aquí, Kant.

El punto de partida original de Schopenhauer consiste en su afirmación de que sí podemos saber algo de la cosa en sí. ¿Cómo? Para empezar, observando nuestro propio cuerpo, cómo se mueve, cómo sus órganos funcionan, cómo busca el bienestar, cómo rechaza el malestar, cómo huye del dolor, cómo quiere el placer, cómo quiere vivir por encima de todo, cómo quiere… mi cuerpo es voluntad de ser, y esa voluntad es la esencia íntima de su existencia y de todo lo existente…

Y aquí lo dejo. Porque compruebo que no hay manera de encajar la teoría schopenhauriana dentro de las reducidas dimensiones que he asignado a esta especie de ensayo. El que quiera más tiene varias opciones: o recurrir a las obras del mismo filósofo (preferible) o a las de algún tratadista que lo trate (menos recomendado), o bien leerse las páginas 109-124 [103-117 de la edición de Piel de Zapa] de mi libro antes mencionado. Esta última opción tiene la ventaja de que la explicación la acomoda el personaje Schopenhauer al presunto entendimiento de su fiel perrito, con lo cual el nivel de accesibilidad queda asegurado.¡Buena lectura!

(De Los libros de mi vida)

 

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Borges o la invención del laberinto I

El universo (que otros llaman la literatura) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de obras y autores. Algunos nos acompañan unos momentos; otros son fieles amigos durante toda la vida. Alguien lleva mucho tiempo con nosotros, pero desconocemos el momento en que apareció.

No sabría decir donde o cuando oí o leí por primera vez el apellido del escritor Borges, o tuve ante mis ojos por vez primera un texto suyo. Hubo una época, unos años en torno a los treinta de edad, que dejé en suspenso – ignoro por qué – la buena costumbre de fechar los libros que compro.

De todos los que conservo de Borges el primero que lleva fecha (22-VII-76) es Otras inquisiciones (Alianza-EMECE). Siguen siete libros datados, el último el 10 de julio de 1986 (extraña simetría). De los tres que conservo sin fecha y, por tanto, necesariamente anteriores, deduzco que el más antiguo es una colección de relatos con el título de uno de ellos (El Aleph), editado en España en 1969. No es insensato aventurar que conocí a Borges, como lector, en una fecha imprecisa situada entre 1961 (cuando, con la obtención del Premio Internacional de Editores, alcanzó fama mundial) y 1970. Advierto sin asombro que estoy siendo poseído por la prosa borgiana. Intento corregirlo.

Lo que quería decir es que Borges se introdujo en mi vida de lector de una manera imperceptible. Y luego, ha sido como si siempre hubiese estado ahí.

Borges ha sido uno de los escritores más destacados del siglo XX. Si no obtuvo el Premio Nobel fue por confesadas razones políticas. En realidad, en esos premios, tanto en los otorgados como en los denegados, han jugado razones políticas. O sea que, en esto, Borges no ha sido una clamorosa excepción. Lo que sí resulta excepcional es que un escritor como él, de ficción (entre otras cosas) y de una imaginación más que notable, no haya dejado ni una novela escrita. Sus ficciones son pequeños relatos en los que sobre todo destaca el título, la geometría de la trama y, en muchas ocasiones, el golpe final. Uno tiene la impresión de que su omisión de la novela se debe a cierta pereza que le impide complicarse la vida con largos desarrollos. O a cierto sentido de la economía artística. Si en dos páginas se dice lo que interesa y se consigue el efecto deseado, ¿para qué doscientas?

Borges o la brevedad, un aspecto sobre el que quizá no se ha estudiado lo suficiente. Hay otro aspecto que solo es relevante para el que escribe esto: de los autores de mi vida tratados hasta ahora – doce, con este – Borges es el primero que se aparta de la corriente romántica. Y es que, por extraño que parezca, finalizado el siglo XX, la cultura occidental aún no ha conseguido despegarse del magma romántico. La literatura, el cine, el teatro, la música popular, diría que el noventa por ciento de la producción artística se mueve todavía en la esfera del romanticismo, donde se rinde pleitesía a lo inconsciente, lo irracional, la exaltación, la inspiración, la genialidad, la sinceridad (raro concepto aplicado al arte), l’amour fou, la noche y la muerte. Cierto que entre los doce aludidos están Séneca y Goethe, pero no es menos cierto que el romano puede considerarse como el más romántico de los clásicos y que el alemán fue las dos cosas sucesivamente, o al mismo tiempo.

Con Borges por primera vez se presenta ante mí el escritor frío, cerebral, mesurado, artesano del lenguaje por encima de todo, manipulador de símbolos, riguroso administrador de palabras, aunque a veces se exceda en la insistencia de algunos adverbios y adjetivos.

Además de relatos de ficción, escribió una especie de ensayos, a veces también de ficción, sobre autores inexistentes, por ejemplo, con lo que las fronteras entre los géneros se desdibujan. Y aún más si tenemos en cuenta su poesía, que también escribió, de tonos épicos y lenguaje entre llano y pedante.

Pero no hay duda de que lo más relevante de su producción literaria son los relatos. Solo mencionaré – porque recuerdo que esto no es un estudio literario, sino una recopilación de impresiones personales – algunos que se destacan en mi memoria. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, en que relata el proceso de conversión de un mundo imaginario en una provincia de la geografía real; Pierre Menard, autor del Quijote, ensayo-ficción sobre la imposibilidad de leer una obra con los mismos ojos del autor y de la época en que se escribió; La lotería de Babilonia, donde se describe la institucionalización del azar que domina nuestras vidas; La Biblioteca de Babel, donde imagina el universo como una biblioteca infinita en la que se contiene absolutamente todo, incluidos los catálogos de lo falso y lo inexistente; Emma Zunz, impresionante historia de una venganza en la que tanto juegan la astucia como el autosacrificio; El Aleph, que narra el descubrimiento de un punto material en el que se puede ver “sin superposición y sin transparencia” todas y cada una de las cosas existentes en el universo; El jardín de los senderos que se bifurcan, relato de la acción final de un espía, que consigue enviar la información mediante la sola comisión de un acto criminal. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

 

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Henry Miller o la pasión de escribir II

 

Pero lo que sigue – La crucifixión rosada, formada por Sexus, Plexus y Nexus – es la tragedia cotidiana del protagonista, debatiéndose entre las venturas y desventuras de las relaciones personales y el íntimo deseo de autorrealización: el amor, los engaños, los celos, los intentos denodados de escribir y de publicar, la galería de personajes que entran y salen de escena, cada cual con su carga de oscuridad y frustración. Pero aquí el gran protagonista no aparece ya como el gigante del sexo de sus obras anteriores, sino más bien como víctima ingenua de la mujer – mundana, práctica, evasiva – y de otros aspectos de la llamada “realidad de la vida”, impermeable a toda visión o empeño poético. Y al convertir el sufrimiento en escritura descubre, asombrado, que ese sufrimiento no es tal, que es un poco fingido, un poco en broma, una crucifixión sí, pero una crucifixión rosada. Materia literaria. “Con una mujer solo se pueden hacer tres cosas: amarla, sufrirla o convertirla en literatura,” escribe.

Después de esta trilogía novelística en busca de su particular tiempo perdido, Miller se decanta por algo parecido al ensayo, literario, ideológico y vital, con elementos en algunos casos de ficción en una proporción que sólo él podría explicarnos. Ahí están El coloso de Marusi, impresiones sobre su breve estancia en Grecia, Pesadilla de aire acondicionado, visión demoledora de los Estados Unidos a su regreso (1940), Los libros en mi vida, La sabiduría del corazón, El ojo cosmológico, Big Sur y las naranjas de Hierónymus Bosch, leídas todas, como las antes comentadas, durante aquel año vigésimoquinto de mi vida, siempre en ediciones argentinas (excepto El coloso), además de Primavera Negra, que pertenece al período anterior.

Henry Valentine Miller nace en Nueva York en 1891, hijo de una familia de origen alemán. Asiste a la escuela solo unos meses, hace todo tipo de trabajos para subsistir, incluido el de empleado de la sastrería de su padre. Lee mucho, sobre todo en bibliotecas públicas, escribe, escribe sin parar e intenta publicar algunos de sus relatos sin éxito. Sus relaciones amorosas no son nada tranquilas. En 1930, tras la prolongada pasión que, trasfigurada literariamente, nos describe en La crucifixión rosada, rompe con todo y marcha a Europa con la intención de ir a España. Pero se queda en París, donde permanecerá nueve años.

Los principios del escritor pobre y desconocido son muy duros. Pronto, gracias a ciertas almas capaces de ver lo que hay en él, entre ellas Anaïs Nin (hay una ilustrativa correspondencia entre ambos), consigue publicar, en inglés y y francés, Trópico de Cáncer, novela que merece los elogios de Jean Giono y de Lawrence Durrell, entre otros. La publicación de Primavera Negra y Trópico de Capricornio consolidan su prestigio de escritor.

No en su país, donde sus primeras obras son prohibidas por obscenas. Para levantar esa prohibición, hecho que no tuvo lugar hasta 1961, influyó la circunstancia de que, acabada la segunda guerra mundial, muchos de los soldados americanos que volvían a casa desde Europa llevasen en sus mochilas libros del compatriota proscrito, propiciando de ese modo que el público en general tuviese acceso a sus obras.

En 1939 pasa unos meses en Grecia invitado por Durrell, hasta que el estallido de la guerra le mueve a volver a América. Ahí, antes de fijar residencia, recorre todo el país en automóvil, viaje que le proporciona una visión amarga y profundamente negativa del auténtico “modo de vida” americano (Pesadilla de aire acondicionado). Finalmente, a los cincuenta años cumplidos, se establece en la costa de California, en la zona que había de ser considerada el principal foco originario de la cultura beatnik y hippy, en la que él mismo tuvo gran influencia.

Se casa alguna vez más, tiene por lo menos un hijo, y pinta, sobre todo acuarelas, frente al océano infinito. Muere a los 88 años.

Hay escritores en los que vida y obra corren paralelas, como es inevitable, pero apenas intercomunicadas. Pensemos en Balzac o Dumas, o en otros tantos ocupados en vidas totalmente ajenas. Y otros en los que la obra viene a ser la forma artística que adopta la vida propia, de manera que ambas se presentan como inseparables. Es el caso de Goethe, por ejemplo. Y de Henry Miller. Situar juntos a Goethe y Miller puede parecer absurdo y hasta disparatado. Sus biografías discurren por galaxias muy apartadas entre sí, y sus obras respectivas apenas muestran algún punto de contacto. Y sin embargo, para mí, algo tienen en común. Ambos son astros luminosos – uno más que otro -, pero lejanos, muy lejanos… Aunque, pensándolo bien, no hay tanta diferencia entre los dos. O entre los tres. Dice Miller:

Al simplificar nuestra vida todo adquiere un significado hasta entonces desconocido. Cuando estamos de acuerdo con nosotros mismos la brizna de hierba más insignificante asume su lugar adecuado en el universo.

Diría que esto lo suscriben también los otros dos.

(De Los libros de mi vida)

 

			

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Goethe, un día como hoy hace 182 años

De nuevo llama a su secretario y, ayudado por él y por el criado, se levanta de su butaca.

¿A cuánto estamos?”

A 22, Excelencia.”

Entonces ha empezado ya la primavera y nos podremos reponer pronto».

Dan las nueve. Se sienta nuevamente en la butaca, junto a su cama, y, después de haber dedicado a la lucha de la vida ocho decenios, dedica a la lucha con la muerte una mañana; cae finalmente en un sueño ligero durante el cual sueña hablando. Sus amigos oyen:

¡Qué hermosa cabeza de mujer!… Con bucles negros…¡qué espléndidos colores… sobre un fondo sombrío!…”

Luego dice:

Pero abran las persianas, que entre más luz…”

Y después:

Federico, dame esa carpeta que está ahí con los dibujos…no, el libro no, la carpeta…”; – y como no la encuentran, añade – : “Entonces habrá sido una aparición…”

A las diez pide un poco de vino. Luego, deja de hablar. Pero aún mira una vez a Odilia, y he aquí las últimas palabras de Goethe:

Ven, hijita, dame la patita.”

Mas el espíritu aún no se había apagado, pues – medio dormido ya – empezó con el dedo corazón de la mano derecha a trazar signos en el aire, hasta que la mano fue cayendo lentamente… Se creyó reconocer en el primero la letra W. 

Después, se arrellanó cómodamente en su butaca y desapareció a la misma hora en que había nacido: cerca del mediodía…

 

(De Goethe. Historia de un hombre, por Emil Ludwig. Traducción, Ricardo Baeza. Editorial Juventud S.A. Barcelona, 1932)

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Teilhard de Chardin II

Pierre Teilhard de Chardin nació en Sarcenat, cerca de Clermont-Ferrand, Francia, en 1881, en el seno de una familia muy acomodada y muy ilustrada. Y no solo ilustrada, sino además emparentada directamente con la Ilustración, pues la madre era tataranieta de una hermana de Voltaire. Una mujer muy piadosa, por cierto, que supo trasmitir a los hijos lo mejor del cristianismo. Del padre, naturalista, bebió el niño Pierre el amor por la naturaleza y la afición a las ciencias naturales.

A los once años inició los estudios secundarios en un colegio jesuita. A los dieciséis, se graduó en el bachillerato de ciencias naturales y, en los dos años siguientes, en los de filosofía y letras y de matemáticas. En 1899 ingresó en un noviciado de los jesuitas.

Estudia filosofía. De 1905 a 1908 enseña física y química en un colegio jesuita y luego se traslada a Inglaterra, donde estudia teología durante tres años. En 1911 es ordenado sacerdote y empieza a interesarse por la paleontología humana. Dos años después colabora en unas excavaciones que el célebre paleontólogo Henri Breuil realiza en el norte de España.

Tras el paréntesis de la Gran Guerra, en la que sirve como camillero, continúa con sus estudios e investigaciones científicas. En 1922 se doctora en ciencias naturales con una tesis claramente evolucionista, opción que le había de crear graves problemas con la dirección de la Compañía y de la Iglesia. Tras unos años como catedrático de geología del Instituto Católico de París, a partir de 1930 forma parte de diversas expediciones científicas por el Asia oriental, donde participa en el descubrimiento del sinanthropus pekinensis. Aprovechando la ocasión, la Compañía le ordena que permanezca en China. Y allá reside hasta 1946, con breves viajes a Europa.

De regreso a Francia, las tensiones con el mando jesuitico se mantienen, hasta que en 1950 se traslada a Nueva York. Pero el acoso no cesa: en 1955, último año de su vida, las autoridades eclesiásticas impiden que pueda participar en un congreso científico que había de celebrarse en la Sorbona. Finalmente el día 10 de abril del mismo año Pierre Teilhard de Chardin deja de existir como fenómeno físico y como conciencia individual. Era domingo, Pascua de la Resurrección.

No es frecuente que una vida se consuma al servicio de un ideal, y menos aún, que ese ideal sea algo noble y positivo para la humanidad. Porque vidas empujadas por una idea fija las ha habido las hay y las habrá: la obsesión del poder, del dinero, o de cualquiera de las formas de placer egoísta. Una vida entregada a una gran causa ajena al pequeño yo es solo patrimonio de los santos, de los científicos auténticos y de los artistas. Pierre Teilhard de Chardin fue las tres cosas. Santo, aunque tendrán que pasar años para que la Iglesia que lo maltrató y a la que siempre se mantuvo fiel lo reconozca; científico, porque al estudio sistemático de la naturaleza dedicó con abnegación toda la vida; artista, porque supo crear la obra en que se ahogan todas las penas y se realizan todos los sueños.

Nada me gustaría tanto como que se cumpliese aquella idea (¿esperanza?) suya de que, al alcanzar la humanidad el Punto Omega-Cristo, se recupere todo lo que se llevó el tiempo y nos podamos volver a ver (sueño también de Goethe).

Más que nada, para darle un abrazo.

(De Los libros de mi vida)   

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