Estoy solo, inquieto. No sé qué hacer, quiero decir que no sé que escribir. Cierro el portátil. Abro el libro que tengo a mano. No, éste ahora no. Alargo el brazo hasta el estante de la librería. Tomo uno de los librillos didácticos (versión bilingüe) con los que aprendía latín. Es de Cicerón. Abro al azar, leo: «Sed mihi ne diuturnum quidem quicquam videtur, in quod est aliquid extremum«.
No tan al azar. Todos mis libros se abren por páginas en que destacan subrayados antiquísimos. Y tras leer la frase, el mismo efecto de siempre: extraña nostalgia por el mundo en que se hablaba y escribía latín. Y eso que, a pesar de mis esfuerzos, nunca he llegado a dominar como es debido esa lengua (me ocurre también con otras), pero la nostalgia es cierta. Y muy extraña. Como si hubiese vivido en aquel mundo.
Adolescente, incluso niño, cuando oía cantar un tango, me invadía una extraña nostalgia del mundo porteño que había engendrado esos «pensamientos tristes que se bailan». Y nunca había estado en Buenos Aires. Ni conocía todavía la enorme literatura que había surgido (y seguía) de sus calles …. Pero la nostalgia era cierta. Y muy extraña. Como si hubiese vivido en aquel mundo.
Un amigo mío, nacido en la década de los setenta del pasado siglo, dice sentir una extraña nostalgia ante todo lo propio de los años sesenta: música, cine, moda. Pero no como afición arqueológica, sino como recuerdo melancólico. Como si hubiese vivido en aquel mundo.
¿De dónde surgen estas falsas nostalgias? ¿De vidas anteriores?… Absolutamente improbable, y hasta creo que imposible.
¿Del alma común de la humanidad, donde el individuo inconscientemente bucea y extrae lo que más le conviene?… Quizá.
Solo cuando el arte interviene no hay misterio, porque precisamente la función del arte consiste, entre otras, en revelarnos mundos desconocidos, en implantarnos la nostalgia de lo que nunca fuimos. Quizá, sobre todo, la música. Así lo ve Oscar Wilde.
Después de interpretar a Chopin, siento como si hubiera estado llorando por pecados que no he cometido y doliéndome por tragedias ajenas. Siempre me parece que la música produce ese efecto. Crea para uno un pasado que no conocía y lo agobia con penas que se habían ocultado a sus lágrimas.
[Heroídas] es una obra compuesta por veintiuna cartas, en verso elegíaco, supuestamente escritas en su mayoría por diversas mujeres de la mitología (heroínas), una de la historia (Safo) y tres por personajes masculinos, también mitológicos.
Aunque había precedentes, sobre todo en el teatro, corresponde a Ovidio el mérito de haber profundizado y perfeccionado aquel recurso consistente en que el personaje se presente, sienta y hable por sí mismo. Desde él mismo. La mayoría de las protagonistas-autoras de esas cartas poéticas son mujeres y el tema es siempre el amor. Pero no el amor algo frívolo y más bien mecánico de Amores o Ars amatoria, sino aquel sentimiento profundo e invencible que han cantado, con distinto acento, todos los poetas de todos los tiempos y lugares: el amor-pasión. Cierto que algunos sabios pensadores decidieron que ese tipo de amor sólo se da en Europa y en determinados siglos como resultado de la represión cristiana del instinto sexual; pero no es menos cierto que, como ya he observado en alguna ocasión, el fluir natural de las cosas no siempre obedece a los esquemas dibujados por los sabios pensadores.
Ariadna ha sido abandonada en una isla desierta por Teseo, que le había jurado amor eterno. Desde lo alto de una roca, su mirada busca en el horizonte marino la silueta de la nave que se lleva al traidor que la ha dejado sola, sin patria, sin familia. Y llora no sólo por todo lo que ha de sufrir, sino también por todo lo que puede padecer cualquier mujer abandonada (sed quaecumque potest ulla relicta pati). Y así, la primera persona del singular del texto de Ovidio llora por el inmenso plural de todas las mujeres engañadas y maltratadas. Algo parecido expresaba Catulo en un poema sobre el mismo tema -que sin duda Ovidio conocía- aunque en aquél se adivina además una curiosa transmutación: la desesperación de la mujer engañada y abandonada es en realidad la del mismo Catulo, víctima del juego perverso de la amante.
También es una carta de amor y de reproches, como la mayoría, la que Dido, reina de Cartago, dirige a Eneas, su enamorado ferviente hasta que un dios le recuerda su misión política (nada menos que fundar un reino que dará origen a la futura Roma). El episodio lo trata también Virgilio en la Eneida – y está claro que Ovidio lo tiene en cuenta –, pero lo curioso es que en ambos poetas (el “oficial” y el luego maldito por el poder), la visión de la historia es casi idéntica. El idilio perfecto se rompe porque, de pronto, el enamorado recibe el aviso divino que le recuerda su destino. El hombre ha de partir, olvidando promesas y ternuras. La mujer, incrédula (más en La Eneida), pone en duda que los dioses se ocupen de esas cosas. Pero el hombre tiene que construir la historia. Y la mujer, ante el hundimiento de aquel amor que ella creía sabiamente construido, dirige al traidor sus últimas palabras, que no dejan de ser de amor.
Los escritores son como las personas. A partir del momento en que conoces a una persona puede ocurrir alguna de estascosas : que no te caiga nada bien y en adelante procures evitarla; que te caiga estupendamente y se inicie una buena amistad; que te interese conocerla a fondo ¡te han hablado tanto de ella! y se inicie por tu parte un proceso de final incierto. Esto es lo que me ha ocurrido con el escritor.
Todo lo que había oído de él era positivo, o sea, bueno. Y sin embargo, no había leído ninguna de sus obras, salvo algunos artículos periodísticos. Ni pensaba hacerlo, por cierto; intención que no respondía a nada premeditado contra el escritor, sino a un doble prejuicio que hace tiempo que arrastro: sobre las novelas y sobre los autores contemporáneos. Pero la recomendación de un lector de confianza y ciertas coincidencias o sincronicidades que se dieron entre el escritor y yo (y que el lector curioso podría rastrear en este mismo blog) me llevaron a acometer la lectura sin más tardanza. Un ensayo y cuatro novelas en el espacio de unos meses.
Del ensayo no voy a decir nada. A un escritor rebosante de erudición literaria, como es el caso, esas páginas le salen casi solas, solo hay que meterlo todo en la coctelera, agitarlo un poco y decantarlo con no demasiado cuidado.
Diferente las novelas. Y conste que acepto la precisión del escritor de que no son novelas al estilo clásico, de que ya no valen los viejos parámetros de narrador omnisciente, tiempo lineal, separación de planos y tantas cosas hoy en día impresentables. Pero el escritor también habrá de aceptar – en el caso improbable de que lea esto – que no me dedique yo a tales florituras teóricas, sino que vaya al grano, o sea, a los efectos de la lectura.
Lo primero que se advierte es una insistencia o repetición de temas que, se supone, deben de obedecer a las obsesiones que el escritor, como todo artista que se precie, ha de tener siempre a punto para dar consistencia a su obra. Personas que desean desaparecer o que de hecho desaparecen, individuos que ansían no ser nada, escritores que preferirían no haber escrito ninguna de sus obras (tómese nota), criaturas vagas que aspiran al fracaso, y otras perversiones impostadas, ajenas por completo a las que suelen padecer los seres vivos, además de unas relaciones especialmente secas entre esposa y narrador principal, que siempre parece el mismo, y unas oscuras o extravagantes relaciones entre el mismo y su hijo.
La trama es lo suficientemente confusa como para que la obra pueda considerarse dignamente alejada de la novela tradicional. Lo malo es que esa trama, la historia, no atrapa; carece no solo de verosimilitud, sino de interés vital. Todo es intelecto, todo es juego más o menos erudito, todo es cerebral. Tanto es así que, cuando uno de los personajes habla de amor o enamoramiento la cosa suena como un pistoletazo en medio de un concierto. Pero en fin, cada cual es dueño de su arte. Y el lector, de su crítica.
Pero hay una cosa imperdonable en un escritor, y más si es un escritor tan famoso como el escritor. Que no escriba bien. No quiero decir que nuestro escritor no tenga su voz propia, su estilo característico, su gracia a veces, e incluso que en algún momento llegue a enganchar, como a mí mismo me ha ocurrido, más que nada por la esperanza, finalmente frustrada, de que detrás de todo eso haya una revelación genial… Lo que quiero decir es que no escribe bien.
…arrastrado tal vez por mi temprana decisión de escribir y por el no menos temprano descubrimiento de que a mí no parecía que fuera a ocurrirme nunca nada lo suficientemente interesante para que valiera la pena poder contarlo.
Lo menos que se puede decir de frases como ésta, que se arrastran, renqueando, de manera tan lamentable, es que son antipáticas de leer. Y sin embargo se leen. Y no solo se leen, sino que su autor se convierte en uno de los escritores serios más aplaudidos de su generación, cumbre de la modernidad literaria (posmodernidad incluida), ensalzado por críticos de distintos colores.
Esto del ensalzamiento de los críticos no tiene nada de raro, pues es sabido que, si un autor ha alcanzado cierto nivel de fama, la crítica responde siempre de modo unánime, como a toque de corneta. Lo he comprobado dando un repaso – rápido y ligero, lo reconozco – a lo que la crítica ha dicho del escritor. Solo he encontrado una voz discordante, la de un lector malherido con el que sin embargo no siempre estoy de acuerdo.
En fin, ya me perdonaréis, yo cierro el libro y me apeo definitivamente. Por cansancio.
He mencionado a Constance, la esposa, y debía haberlo hecho con mayor frecuencia, porque en esta historia tiene un papel fundamental, incluso por sus ausencias y silencios. Y es que se ha de reconocer que el destino la situó en una posición imposible. Un biógrafo escribe: “Constance no fue capaz de entender a su marido, pero siempre se había mostrado bondadosa con él…” ¿Que Constance no fue capaz de entender a Oscar? Vayamos por partes.
Constance no pertenecía al tipo clásico de señora burguesa de la sociedad victoriana. Irlandesa como el marido, estaba más próxima a la suegra que a él en su sentimiento nacionalista; escribió cuentos infantiles – dicen que El gigante egoísta le debe tanto a ella como al famoso escritor -, participó en cierto movimiento estético para la renovación del gusto en la decoración y en el vestido; se interesó por los primeros movimientos feministas y por el incipiente socialismo fabiano, incluso es posible que influyera en la redacción del célebre ensayo de Wilde sobre el asunto… Quizá el biógrafo aludido estuviese pensando precisamente en esta actitud abierta y poco convencional de Constance para reprocharle que no entendiera, además, la particular deriva del marido. Pero es que la vida no funciona como las matemáticas, quiero decir, que en ella los mismos factores no siempre dan el mismo producto.
Se trata, como casi siempre, de imaginar. Una mujer – todo lo abierta y cultivada que se quiera – se enamora de un hombre maravilloso, apuesto, brillante, artista admirado por todos los públicos y estrella de la mejor sociedad; se casa con ese hombre, que además la ama y la obsequia con toda clase de atenciones; juntos fundan un hogar que es un modelo de elegancia y felicidad para todo Londres; tiene dos hijos, a los que él adora por encima de todo. Algo cambia después del nacimiento del segundo, es cierto, pero nada importante; él está cada vez más ausente, siempre con amigos – casi todos jóvenes – arriba y abajo. Pasa temporadas fuera del hogar; la pasión conyugal remite, suele ocurrir, pero el amor verdadero se mantiene, piensa… Y de pronto, ese hombre maravilloso es detenido, juzgado, esposado, expuesto a la vergüenza pública, encarcelado y proscrito para siempre de la sociedad, culpable de un “delito” que ni ella, ni probablemente ninguna mujer de aquella época y sociedad, podía entender. ¿Cómo pretender entonces que entienda al “delincuente”? Lo normal era que pensase que aquel hombre la había estado engañando toda la vida o que, de repente, se había convertido en un monstruo, y que cortase toda relación. Y, sin embargo, tal como reconoce el biógrafo, no dejó de mostrarse bondadosa con él.
Lo visitó en la cárcel para comunicarle personalmente la muerte de su madre, y así evitar que recibiese la triste noticia por los carceleros; instalada en Génova con sus hijos, le envió dinero periódica y puntualmente con la condición de que no volviese a ver a Bosie, y cuando se enteró del incumplimiento de la condición… siguió con los envíos, pero a través de Robert Ross, previo el compromiso de éste de no delatar la procedencia.
Constance murió al poco tiempo, a los cuarenta años, en Génova. Nadie es quién para juzgar su conducta, ni su capacidad de comprensión. Ahí están los hechos.
Esta historia se la debo al escritor austriaco Robert Musil. La narra en su novela El hombre sin atributos al efecto caracterizar a algunos de los personajes. La leí hace tiempo, pero no voy a buscarla ahora para releerla y comprobar detalles. Así que mi versión puede ser algo diferente del original. Pero no importa. Doy fe de que el sentido es el mismo.
Érase una vez un buen padre de familia que llevaba una vida tranquila y acomodada en la Viena de 1913. Tenía esposa, y una hija de poco más de veinte años. Profesionalmente, era muy valorado como alto empleado de banca. También era judío, judío de toda la vida, cosa que su esposa, germana de pura sangre, y su hija, necesariamente híbrida, conocían desde el primer día. Y no es que la aceptasen, es que ni siquiera la veían, porque nunca la habían considerado como algo especial o conflictivo. Pero los vientos que hacía unas décadas se habían levantado en tierras germánicas iban cobrando cada vez mayor fuerza, aunque todavía no eran tempestad.
La hija, como natural representante de las jóvenes generaciones y tendencias, fue la encargada de introducir en el ámbito familiar lo nuevos vientos. La madre aprendió la buena nueva de labios de la hija y la hizo suya con naturalidad. Hay una tradición – decía la joven -, un espíritu germano-cristiano, que conduce a nuestro pueblo desde los siglos oscuros de su formación hasta un próximo futuro de plenitud. Debemos preservarlo y mantenerlo, rechazando cuanto de espurio pretenda corromperlo, como todo lo judaico que se ha ido infiltrando.
Cuando madre e hija hablaban del asunto, si por casualidad se acercaba el padre, bajaban la voz o cambiaban de tema. El padre pronto se dio cuenta de que algo extraño se había introducido en el hogar, algo que le estaba convirtiendo, a él, al buen padre de siempre, en un ser diferente.
Un día, conversando los tres durante el almuerzo, soltó la hija: «Tú no puedes entender esto, papá, no perteneces a la tradición germano-cristiana», y mamá asintió.
Pero fue precisamente entonces cuando el padre entendió. Entendió que, siendo absolutamente el mismo, se había convertido en un ser extraño, en un monstruo que crecía dentro de las paredes de su propia casa. Sin hacer nada, sin opinar siquiera, manteniéndose como siempre había sido.
Si se la considera bien, la historia es estremecedora. Pero no inusual. De vez en cuando se repite en distintos ámbitos y países, según los vientos que levanta la historia, o la simple moda. Los factores serán diferentes, quiero decir que en lugar de judíos y germanos jugarán otros elementos. Pero el desenlace, terrorífico, será siempre el mismo: sin comerlo ni beberlo un ser humano se ve convertido de la noche a la mañana en un insecto asqueroso, como le ocurriera a Gegorio Samsa en la historia soñada por Kafka en la Praga de 1912.
−El arte, los artistas… ¿Qué me dice usted de los artistas en relación con mi obra?
−¿Los artistas? No veo nada de particular en que acojan con entusiasmo su filosofía. Al contrario, si parece que está pensada para ellos…
−A eso precisamente me refiero, August. A la relación especial que hay entre mi filosofía y los artistas. Esto también es nuevo. Hasta ahora ningún artista, ningún creador auténtico se había preocupado por la filosofía, y es que hasta ahora ningún filósofo se había ocupado en serio del arte y los artistas. Platón es una excepción, pero mejor que la pasemos por alto, pues sólo se acuerda de ellos para proscribir a los poetas, y no se le ocurra mencionar a Hegel, porque estoy hablando de filósofos de verdad. En mi pensamiento el arte encuentra su explicación, su lugar y su sentido. Es una forma de conocimiento distinta de la de la ciencia. La ciencia se dirige al fenómeno y utiliza el principio de razón; el arte se dirige a la Idea y utiliza la intuición, la aprehensión directa del objeto.
−Sí, pero hay algo más. Para arrancar exclamaciones de entusiasmo de un poeta, como tan a menudo ocurre con su obra, no basta con una explicación racional y verdadera del mundo. Lo que entusiasma a los artistas es el arte, y creo yo que el secreto del entusiasmo que su obra despierta en ellos no está principalmente en el contenido, sino en la forma, quiero decir que El mundo como voluntad y representación constituye por sí misma una obra de arte, un monumento de la literatura universal, comparable en muchos aspectos a la Commedia del Dante. Usted lo sabe, y alguna vez lo ha apuntado. En esa obra no hay nada de la sequedad del doctrinario que penosamente va desgranando conceptos; es una pieza de arte, es una sinfonía de ideas genialmente articulada, desarrollada a partir de un pensamiento central que está presente en cada momento, y dotada con todo el encanto y el poder de sugestión del arte. Si la belleza y la verdad son, en sus más altos grados, inseparables, creo yo que la mejor prueba de la verdad de su doctrina está en la belleza de la forma en que necesariamente ha debido expresarse.
−No crea que no he pensado en todo eso, naturalmente que lo he pensado. Es cierto, no sólo en el contenido, es en la forma principalmente donde se manifiesta la relación especial que hay entre mi obra y el arte en general, o entre mi obra y la música en particular. El impacto que al parecer he causado en un músico como Richard Wagner es por lo menos revelador. Otra cosa son los resultados prácticos.
−Usted no aprecia la música de Wagner…
−No, es cierto. Mire, para mí la música es Mozart y Rossini. He visto dos óperas de Wagner y he leído el libreto de El anillo del Nibelungo, que él mismo me envió dedicado y, qué quiere que le diga, tiene talento, sin duda, pero más como poeta que como músico.
−¿Sabe que ha estado aquí, en Frankfurt?
−Ah, no, no lo sabía, creía que seguía en Suiza, expiando su culpa por haber acompañado a la canalla revolucionaria. ¿Seguro que ha estado en Frankfurt? Es raro que no me haya visitado. En sus cartas se muestra siempre tan devoto, tan enamorado.
−Quizá no se ha atrevido, quizá ha preferido evitar la amargura de una decepción. Usted no se ha mostrado muy amable con él, quiero decir que no ha intentado corresponder de alguna manera a la devoción que él le profesa.
−Tonterías, August, tonterías. Cada cual ha de seguir su propio camino, sin importarle los palos que pueda recibir. ¿Cuántos años tiene Wagner ahora? ¿cuarenta y cinco? ¿cincuenta? Yo tenía veinticinco cuando intenté la aproximación a uno de los genios más grandes de todos los tiempos, y al principio me fue bien, luego, a veces, no tanto, pero en las duras y en las maduras dejé constancia de mi carácter, de mi valor y de mi talento, y esto es algo que el «maestro» siempre reconoce y agradece.
−Se refiere a Goethe, naturalmente. Permítame que le haga una pregunta, es algo que a pesar de sus comentarios al respecto nunca he acabado de ver claro. Como gran artista que era, ¿apreció también Goethe su filosofía? A veces tengo la impresión de que él ha sido una excepción para usted, una dolorosa excepción.
−Le confieso que éste es un tema delicado para mí. Pero, no importa, voy a hablarle con toda sinceridad. Goethe comprendió y apreció mi teoría sobre el papel de la intuición en el conocimiento y sobre el arte y el artista, hasta el extremo de que en las conversaciones recogidas por su secretario utilizó conceptos e incluso frases tomadas directamente de mi obra. En cuanto al conjunto de la doctrina, debo confesarle que eso ha sido y sigue siendo un enigma para mí. Que la leyó, seguro; pero sobre su opinión, no sabría qué decirle.
−Y eso le preocupa.
−Me preocupa, sí, siempre me ha preocupado. Es como si me faltase la otra cara de la moneda. Que un oficial prusiano o una mujer se entusiasmen por mi obra me encanta, pero que Goethe no dejase dicho nada, me preocupa. Que el artista que, a través de la poesía, mejor ha expresado la realidad del hombre y del mundo permanezca mudo ante mi explicación filosófica de esa misma realidad me preocupa, sí, me inquieta, qué quiere que le diga. El silencio de Goethe es como una losa que he tenido que soportar a lo largo de mi vida, una losa que toda la fama y la popularidad de estos últimos años no han logrado mover una pulgada, esa es la verdad…
No hay ejercicio mental y emocional más difícil que el de ponerse en el lugar del otro. Y se comprende, porque lo primero necesario para que se pueda realizar es reconocer que el otro existe, y que su existencia tiene la misma o parecida entidad que la tuya propia.
Que existe, parece cierto. Basta salir a la calle para observar sus movimientos. Camina como tú, habla, gesticula, se indigna como tú. Y si le observas en ámbitos más íntimos, verás que come como tú, y que prácticamente hace todas las cosas que haces tú mismo.
Pero, si lo piensas bien, comprenderás que todo eso no es suficiente. O que, en todo caso, la entidad de su existencia no es en absoluto comparable con la tuya. Un ejemplo lo muestra claramente. Tú puedes admirar o envidiar la fortuna del otro, su belleza, juventud, riqueza, prestigio, etc. Y a la pregunta de si te cambiarías por él, puedes estar a punto de responder que sí. Pero entonces reflexionas un poco y te dices: no, no, lo que yo quiero es su belleza, su riqueza, su prestigio, todo lo que él posee, pero para mí, sin dejar de ser yo, que es lo que realmente existe. Porque si me cambiase por él perdería mi yo para hundirme en las tinieblas exteriores de la otredad. Ni hablar.
Además, en la gran mayoría de los casos, el otro no cumple con su función, es decir, no justifica debidamente su existencia, su razón de ser.
La razón de ser del otro consiste básicamente en ejercer de espejo amable de ti mismo. En sus palabras y su actitud ha de verse reflejada la estupenda persona que tú eres. Incluso cuando actúa como adversario, ha de darte generoso pie para que despliegues todo tu ingenio y agudeza en la respuesta.
Si eres escritor, por ejemplo, el otro ha de leer tus escritos, alabarlos, promocionarlos, estar siempre pendiente de tus progresos, dudas, sueños y caprichos. Y, si te contradice, lo ha de hacer con la poca gracia adecuada para que brille fulgurante el rayo de tu réplica.
Puede ocurrir, y con demasiada frecuencia ocurre, que el otro también sea escritor. Y que se imagine que tiene derecho a esperar de ti la actitud propia de todo «otro» . Pues que imagine. Es su problema.
Y para acabar, una aclaración. Como el lector inteligente ya habrá comprendido, todo lo que acabo de decir es pura fantasía. La verdad es muy diferente. La verdad la formula el siempre lúcido y elegante Thomas Mann :
Todo el mundo está demasiado ocupado consigo mismo como para estar en situación de formarse en serio una opinión sobre los demás.
[SCHOPENHAUER]… Las mujeres, ¿qué me dice de las mujeres? ¿cómo se explica que reciba tantas cartas de mujeres que se confiesan admiradoras de mi obra? Y no se preocupe, esta vez le plantearé la pregunta ya vuelta del revés: ¿qué hay en las mujeres que hace que se sientan atraídas por mi doctrina?
[AUGUST]−Nada, nada hay en las mujeres en este aspecto. Todo está en usted mismo.
−Explíquese, por favor. Sospecho que pretende sorprenderme con algo paradójico y quizá delicado para mí. Espero que sabrá guardar el respeto debido a su maestro.
−Naturalmente, por nada del mundo me permitiría ofenderle. Sólo trato de destacar un hecho que, por mi condición de espectador, quizá estoy en mejores condiciones de observar que usted mismo.
−Adelante, señor juez.
−En realidad, no hay muchas mujeres interesadas por su filosofía. Piénselo bien, Arthur, según sus propios datos ¿cuál es la proporción de mujeres respecto al total de admiradores? Ínfima, debe reconocerlo. Lo que a usted le sorprende no es que haya muchas mujeres atraídas por su filosofía, lo que en realidad le sorprende es que haya alguna, que una sola mujer haya podido leer y entender su obra, eso es lo sorprendente para usted.
−Humm… Quizá tenga razón, August. A veces pienso que sabe usted de mí más que yo mismo, y le confieso que esto me da un poco de miedo. Dígame una cosa, ¿cree usted que la opinión que sobre las mujeres he expresado en algunos pasajes de mi obra es incorrecta, que no responde a la realidad?
−Sí, en algunos casos creo que es incorrecta.
−Está usted muy duro conmigo, August. Pero no crea que no voy a defenderme. Mire, cuando en mis escritos hablo de las mujeres, como cuando hablo de los franceses, o de los italianos, o de los judíos, colectivos que parece que tampoco gozan de mis simpatías, hablo precisamente de eso, del colectivo, del grupo.[…] Y así, cuando yo he hablado de las mujeres como colectividad he tenido necesariamente que incidir en sus defectos, en sus carencias, que es lo que las define como grupo. Lo mismo que cuando me he referido a los italianos o a los franceses. ¿Quiere esto decir que no soy capaz de reconocer la grandeza de un Voltaire o la profundidad de un Leopardi? No, por favor, sería ridículo. Igual que puedo apreciar el carácter noble de un francés o de un italiano que conozca personalmente. Con los judíos pasa algo parecido, pero no idéntico. En realidad, nunca me he referido a los judíos en términos negativos. Mi rechazo va siempre dirigido a su religión, ejemplo espeluznante de credo ordenancista, represivo, nacionalista, caprichoso y despiadado con los hombres, cruel con los animales y sin esperanza alguna para el individuo, tan diferente de las religiones que yo llamo de salvación o redención, como la hindú, la budista o la misma cristiana en cuanto no está en deuda con el judaísmo. Pero personalmente siempre he tenido y tengo amigos judíos, ya desde mis tiempos de estudiante. Usted ha conocido al abogado Emden, judío y uno de mis mejores amigos… Pero volvamos al tema de las mujeres. Voy a hacerle una concesión. Le concedo que la forma en que he expresado mis opiniones puede inducir a confusión sobre lo que realmente pienso del asunto. Pero eso he de subsanarlo. Todavía no lo he escrito todo sobre las mujeres. Además, no hace mucho tuve una experiencia muy interesante, ya le comenté algo. Fue el conocimiento de la joven escultora Elisabet Ney, de Berlín, y el trato diario con ella. Hace cosa de un año pasó aquí muchas horas esculpiendo aquel busto mío que tantos elogios le mereció a usted. Cada día, después del tiempo de trabajo que ella consideraba oportuno, nos sentábamos aquí mismo y, mientras tomábamos un café, charlábamos de cualquier cosa con la franqueza y la naturalidad de un matrimonio comme il faut. Sí, era como si estuviésemos casados, en el sentido más noble y positivo que usted pueda imaginar. Y aún le diré más, August, voy a decirle algo que quizá le sorprenda: que el trato que estos últimos años he tenido con ciertas mujeres excepcionales, entre las que naturalmente incluyo a Elisabet, me ha llevado a la conclusión de que, cuando una mujer consigue sustraerse a la masa, cuando logra destacarse del grupo, es capaz de crecer ilimitadamente, más incluso que los hombres…
Escribo esta carta, que todavía no sé si enviaré, para ponerles al corriente de mi situación, con la débil esperanza de que, quizá, alguno de ustedes pueda darle remedio.
Soy un escritor de toda la vida. Nunca pretendí ser otra cosa. Es verdad que las urgencias cotidianas y cierta debilidad de carácter me abocaron a actividades diferentes de aquella clarísima vocación primigenia. Pero nunca he dejado de ser escritor. Escritor, ya saben, esa persona que escribe, como yo ahora mismo esta carta, pero también que se siente empujada a reinventar con palabras el mundo que lleva dentro, reflejo o no del supuesto mundo que se mueve fuera.
No obstante mi vocación evidente, hasta pasada la mitad de la vida no conseguí finalizar una obra que me satisficiera y me autorizase a intentar la aventura de la publicación. Desde entonces he publicado, a través de diversas editoriales, cuatro novelas y un ensayo. Y no voy a entrar en detalles, que el curioso podrá encontrar en este mismo blog.
Solo mencionaré que, después de la experiencia con los tres editores de mis novelas ( a saber: 1 un gigante editorial que proscribe a quien no cumple al pie de la letra sus expectativas, 2 un desaprensivo y 3 un buen hombre que ha de cerrar la empresa por una de esas consecuencias que a veces acarrea la bondad), solo una de mis obras está bien viva (en papel y por internet), un ensayo sobre ciertos suicidas célebres, editado por Minobitia, joven y esforzada editorial a la que deseo muchos años de vida.
El resto de mis obras (publicadas y no publicadas) está disponible – por lo menos en papel – para toda editorial que quiera contratar los derechos. Sus características y pormenores aparecen suficientemente explicadas en este mismo Blog. Así, señores editores y editoras, en el caso posible de que anden buscando algo de calidad, que sea al mismo tiempo original, profundo, agudo y ameno, solo tienen que asomarse a las páginas indicadas, mirar, catar y elegir.
Confieso que no tengo muchas esperanzas en la eficacia de este peculiar recurso que ahora intento. Y ello a pesar de las claras ventajas que la oferta supone para el editor. Primera, las obras son en general bastante cortas, con el ahorro de papel, tinta, espacio de almacenamiento, etc. que eso supondría. Segunda, todas giran en torno de algunas personalidades famosas, cuyos numerosos admiradores encabezarían la lista de potenciales lectores. Y tercera, no he vivido ni pienso vivir de la literatura, lo que facilitaría enormemente la negociación económica (sin pasarse).
También puede haber alguna desventaja, no lo niego, pero nada grave. Creo que la principal y tal vez única consiste en que las mayorías y yo no sintonizamos mucho. Es evidente que, desde el punto de vista económico eso puede alarmar un poco. Y sin embargo son numerosos los casos en que esa alarma ha resultado injustificada. Ya Juan Ramón Jiménez intuyó que también una minoría puede ser «inmensa», y hay sobrados ejemplos en la historia de la literatura que lo demuestran, ahora mismo recuerdo el increíble número de lectores que cosechó la «minoritaria» Memorias de Adriano, de M. Yourcenar.
Y no digo más. No quisiera terminar esta carta repitiendo aquellas palabras de la infortunada protagonista de la novela que me ha sugerido el título: «Pero sólo conocerás mi secreto cuando esté muerta y no tengas que darme una respuesta«. Mi amigo Stefan no me lo perdonaría.
Gracias por haberme dedicado su atención, admirados y lejanos editores. Les deseo una larga vida plena de satisfacciones y de buenas obras.
En la mesa presidencial, frente a una platea repleta de hombres y mujeres con sus carpetas negras, nueve personas ante nueve micros plateados y nueve botellines de agua. En el centro, el Moderador; en el extremo izquierdo, Mefisto (Profesor Sabatini).
MODERADOR.- Estimados congresistas, ha llegado el momento de las conclusiones. Pero, ¿es posible hablar de conclusiones cuando tenemos desplegado ante nosotros un abanico tan amplio y tan dispar de posiciones? Permitidme un resumen de urgencia. […]. Y no menciono las posiciones de los demás ponentes porque estaréis de acuerdo en que, en sus rasgos fundamentales, coinciden con alguna de las que acabo de resumir. Cierto que no hemos oído al profesor Sabatini, que ha manifestado su deseo de no intervenir cuando era su turno. ¿Desea ahora leernos su ponencia, profesor?… ¿Se encuentra bien, profesor Sabatini?
MODERADOR.- ¿Desea intervenir, profesor, o prefiere irse a descansar?
Risas entre los asistentes.
MEFISTO.- Intervenir…claro…intervenir. Yo siempre intervengo, pero pocas veces sirve de algo…
MODERADOR.- Quizá no esté en condiciones de leernos su ponencia…
MEFISTO.- ¿Leer? No, claro que no. Leer me aburre. Siempre las mismas estupideces. Si al menos hubiese un poco de imaginación…
MODERADOR.- ¿Y qué tal si nos expresa, muy brevemente, se lo ruego, su opinión sobre las ponencias presentadas? ¿Por cuál de las tres alternativas que acabo de resumir se inclina usted?
MEFISTO.- Por todas.
MODERADOR.- ¿Cómo dice? Piense que al menos una de ellas es incompatible con las otras dos…
MEFISTO.- Todas son ciertas.
MODERADOR,- ¿Puede explicarnos eso?
MEFISTO.- Todas son falsas.
MODERADOR.- ¿En qué quedamos?
MEFISTO.- Todas son ciertas y todas son falsas.
MODERADOR.- ¿Le importaría exponer su opinión de una manera comprensible?
MEFISTO.- De acuerdo, de acuerdo. Lo que pasa es que puedo ser un poco…heterodoxo.
MODERADOR.- Heterodoxos lo somos todos… faltaría más. Pero también somos respetuosos. Respetuosos con las sensibilidades… Ya me entiende… no ofender…
MEFISTO.- ¿No ofender?
MODERADOR.- Sí, ya sabe…a las mujeres, a los judíos, a los musulmanes, a los homosexuales, a los adventistas del séptimo día, a las lesbianas, a los metrosexuales, a los zurdos, a los urbanos, a los taxistas, a los metastanos, a los taxidermistas, a los agentes de la propiedad inmobiliaria, a los psicólogos, a los periodistas, a los zoólogos, a los espiritistas, a los odontólogos…en fin, ya me entiende.
MEFISTO.- A los católicos…
MODERADOR.- (con una sonrisita) Bueno, eso…usted mismo.
MEFISTO.- Pues mire por dónde…Yo mismo me siento muy unido a la teología católica, y sentiría ofenderla.
Risitas y silbiditos entre los asistentes.
MODERADOR.- (a la concurrencia) Por favor, por favor. Escuchemos al profesor Sabatini. Todas las opiniones son respetables.
MEFISTO.- Eso que acaba de decir es una de las memeces más extendidas en este siglo y parte del otro. Ha de saber, señor mío, que desde el punto de vista intelectual, el noventa y nueve por ciento de las opiniones que se expresan son absolutamente despreciables y no merecen el menor respeto.
MODERADOR.- (algo irritado) ¿Acaso es usted el único que está en posesión de la verdad? ¿Es usted Dios?
MEFISTO.- ¿Pero cómo voy a ser Dios, mentecato, si soy el mismísimo Diablo?
Grandes risas entre los asistentes. Irritación contenida en el Moderador.
MODERADOR.- ¿Usted, el Diablo? Vaya, esta sí que es una buena noticia. Señoras y señores, ante ustedes, el Diablo en persona. Señor Diablo, ¿sería tan amable de desvelarnos el misterio de su personalidad y acabar así con las dudas de estos pobres mortales?
MEFISTO.- Con mucho gusto. Para empezar he de decir que en mi personalidad no hay ningún misterio. El misterio está en los pobres mortales. Esta curiosa raza ha desarrollado una extraña facultad a la que llaman pensar, que, como todo el mundo sabe, consiste en separar el grano de la paja. Pero ocurre, amigos especialistas en mí, que en el ser humano el grano y la paja se guardan en el mismo granero, o pajero, también llamado “mente”. Y así, se suele decir: esto de aquí es imaginario, esto de allá es real, sin tener en cuenta la famosa paráfrasis del no menos famoso y confuso filósofo que dice: todo lo real es mental; todo lo mental es real. De lo que se deduce, si es que no me he perdido, que el Diablo, o sea yo, es tan real y a la vez tan imaginado como todas y cada una de las representaciones que se forman en la mente… incluidos estos micros y estos botellines.
BOBOY.- Esa filosofía es repugnante.
LELAY.- Esa filosofía es cobarde.
SOSOY.- Esa filosofía es una muestra del callejón sin salida del idealismo absoluto: el solipsismo.
MODERADOR.- Ya ve, profesor Sabatini, perdón, señor Diablo. Ya ha oído las reacciones de los colegas. Reconozca que no es tan fácil embarcarse en el vuelo de la filosofía.
MEFISTO.- Para mí es sencillísimo.
MODERADOR.- ¿De verdad sabe usted a qué me refiero cuando hablo del vuelo de la filosofía?
MEFISTO.- Perfectamente, e insisto que, para mí, el vuelo de la filosofía, como cualquier otro vuelo, es cosa de coser y cantar.
MODERADOR.- Demuéstrelo.
MEFISTO.- Atienda…
Mefisto se lanza verticalmente hasta el alto techo de la sala, y al chocar con él se transforma en una extraña ave, grande y oscura. El ave empieza a volar rozando el techo, como si buscase una salida, hasta que de repente dirige el vuelo hacia abajo. Caídas en picado, vuelos rasantes sobre las mismas cabezas de los congresistas. Gritos, histeria, carreras, atropellos de los congresistas, acosados por el vuelo rasante del gran pájaro negro, que no deja de emitir horrísonos graznidos…