La máquina del doctor Kusev III

                                   Aurelio a Fernando

Amigo Fernando, qué estúpidos somos, qué necios, qué fatuos, qué ingenuos, qué ignorantes. Y pensar que es precisamente la ignorancia lo que nos salva…No sé si tiene sentido que te escriba esto, (tener sentido, qué reflexión tan absurda). Pero te lo prometí (otro absurdo: que por este motivo tenga que hacerlo). Es igual, siento la necesidad de sacarlo todo…hasta donde pueda, antes de…

curt jurgensHa sido hoy mismo, esta tarde. El doctor Kusev no sólo me esperaba, sino que, desde el primer momento, me ha dado la impresión de que sabía el motivo oculto de mi visita. Me hizo pasar a un salón amplio y destartalado, sin más mobiliario que dos grandes sillones orejeros, unas mesitas y pequeños muebles polvorientos, cubiertos de libros y revistas, que en algunas zonas se extendían por el suelo formando aquí y allá columnas inestables.

– No es muy confortable, lo reconozco – dijo, mientras me indicaba el sillón que debía ocupar -. Pero aquí nunca estoy solo. Me acompañan los libros. Y no sólo de ciencia. Mire, – tomó el que tenía a su alcance de la mesita próxima -. El gran teatro del mundo, Calderón de la Barca. ¿Sabe que Goethe se inspiró en esta obra para el prólogo de su Fausto? ¿Le gusta la literatura?

– Sí, me gusta. Pero me interesa más la vida, la realidad de la vida.

– Ah, la realidad, qué gran palabra. Es usted muy curioso, por lo que veo.

– Lo soy.

– Y sin duda le ha traído aquí un motivo muy poderoso.

– No hay nada más poderoso que la curiosidad.

– Quizá. Usted es relativamente joven, unos cincuenta, si no me equivoco. Yo ya paso de los setenta. Y le diré una cosa: la curiosidad no siempre es buena. De hecho, puede ser mortal. Recuerde el episodio de Eva ante el árbol de la ciencia, y el scire nefas de Horacio, y la famosa sentencia “el que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla”. En todos los tiempos mentes clarividentes nos han estado advirtiendo del peligro de una curiosidad excesiva. Pero el género humano no tiene arreglo.

– Resulta extraño que un científico como usted diga eso. ¿Cree que la ciencia puede ser perjudicial para el hombre?

– Amigo Aurelio, la ciencia no es buena ni mala; es imparable. Esa es su virtud, y su maldición, que siempre le acompañará.

– ¿Qué puede haber de malo en querer saber?

– Saber, ¿sobre qué? ¿Sobre cómo crecen las plantas? ¿Sobre cómo giran los astros? ¿Sobre cómo se propagan las ondas? Bien, todo eso está muy bien. Pero hay un saber peligroso, muy peligroso. Y es el que tiene por objeto…

-Uno mismo.

– Exacto.

– Y sin embargo, desde la antigüedad el conocerse a sí mismo ha sido considerado el summum de la sabiduría.

Noscete ipsum, sí. Pero le diré una cosa: cuando se formuló esa máxima ni el más agudo de los filósofos podía imaginar lo que se ocultaba en el fondo del “sí mismo”.

– Y usted lo sabe.

– Por favor, no me tome por lo que no soy. Sólo soy un pobre científico que va probando, tentando.

– Pero algo sabe. Su sola afirmación de que hay algo desconocido en el fondo de todo ser humano delata que algo sabe.

– Casi nada. El hombre es una sima sin fondo que está todavía por explorar.

– Pero las ciencias psicológicas han dado algunos resultados. El psicoanálisis, por ejemplo, ha permitido…

-¡Por favor! ¡Por favor!

Kusev se levantó casi de un salto, y empezó a caminar por la sala arriba y abajo. La perfecta calma que hasta entonces había exhibido, se había transformado, de pronto, en una visible agitación.

– No me hable de psicoanálisis – prosiguió -, ni de ciencias psicológicas, todo eso son payasadas. Psicología, historia, sociología, antropología… ¡fantasmadas! Todo lo que no toque la materia no es ciencia, todo lo que no hunda sus manos en la materia no tiene nada que ver con la ciencia, nada, se lo digo yo.

– Disculpe, doctor Kusev, no es por llevarle la contraria, soy bastante ignorante en estas cuestiones… pero tengo entendido que, mediante el psicoanálisis, a base de ir descubriendo, reconociendo, aceptando recuerdos hasta entonces encubiertos por la represión se han producido curaciones…

– Falso, todo falso. Una estafa, una enorme estafa. Esas curaciones son tan fantasmales como los supuestos males. El psicoanálisis es un fraude, no sé si voluntario o involuntario, pero un fraude. Parte de bases falsas y, lo peor de todo, no tiene en cuenta uno de los principios fundamentales de la ciencia actual. Heisenberg, ¿le suena?

– El principio de incertidumbre… pero qué tiene que ver la física…

-Claro que tiene que ver. Ese principio es aplicable a cualquier campo científico. Viene a decir que la observación modifica lo observado, que no podemos obtener un conocimiento exacto de un objeto porque, al observarlo, y no digamos ya al experimentar con él, estamos modificando ese objeto. En física significa, por ejemplo, lo siguiente. Imaginemos un microscopio que pueda hacer visible un electrón. Para verlo, hemos de proyectar una luz o alguna especie de radiación sobre él. Pero bastará un solo fotón de luz para hacerle cambiar de posición apenas lo toque, es decir, que en el preciso instante de medir su posición, la alteramos. Y eso con objetos inanimados, sin conciencia personal. Imagínese ahora lo que ocurre entre dos personas. Entre psicoanalista y psicoanalizado. El primero transpira sus teorías por todos los poros, dispuestas a impregnar cuanto salga en la sesión. Por su parte, el paciente arde en deseos de poder desarrollar la historia que tiene vagamente preparada, y entre uno y otro montan una novela fantástica, que puede tener cierto efecto curativo, no lo niego, como lo puede tener cualquier experiencia artística, pero que nada tiene que ver con el fondo intocado de la persona.

– Pero esos recuerdos reprimidos…

– No hay tales recuerdos, señor mío, esos recuerdos simplemente no existen.

– ¿Quiere decir que no podemos retener en la memoria algo que realmente sucedió? No le entiendo, doctor Kusev.

– A ver si me explico. La mente humana no es una cámara fotográfica que hace clic y guarda en la memoria un suceso determinado. No, lo que la memoria guarda de ese suceso es una determinada impresión, autoelaborada en la forma que conviene al interés vital del individuo. La memoria no es un almacén de escenas o acontecimientos, es un mecanismo que tritura y prepara las experiencias vividas para que el sujeto pueda digerirlas y seguir adelante.

– Así que usted cree que no hay técnica psicológica que permita restituir los hechos tal como realmente ocurrieron y como se supone que debió conservarlos la memoria.

– Imposible, eso es imposible. Además de la comedia que montan médico y paciente, de la que ya le he hablado, está la imposibilidad fáctica de observar el supuesto objeto de la memoria sin modificarlo, Heisenberg, no lo olvide. Es algo parecido a lo que ocurre cuando uno cuenta un sueño que ha tenido. Cualquier persona perspicaz se da cuenta de que, cuando narra un sueño, lo está modificando. Claro que este fenómeno tiene su explicación en la diferencia abismal que existe entre el material del sueño, que es espacial en varias dimensiones simultáneas, y la herramienta narradora, lineal y temporal, que es la palabra. En el caso de la memoria la razón es otra, y muy clara: el instinto de conservación del individuo. (continúa)

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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La máquina del doctor Kusev II

Como movido por un resorte, Aurelio se levantó de la butaca, salió de la salita, y en unos instantes regresó con una libreta en las manos. Se sentó, y la hojeó rápidamente.

 -Te veo nervioso – dijo Fernando – ¿Vas a leerme ahora el argumento de una novela?

-No te preocupes. Precisamente para no lastimar tu paciencia estoy buscando el resumen de mis investigaciones…aquí, aquí está. Félix e Irene, casados, unos cincuenta años. Él es ingeniero. Todos los días va en coche a la ciudad a trabajar, veinte kilómetros, ya sabes. Ella es pintora, bastante conocida. Apenas sale de casa. El viernes 18 por la tarde estuvieron en la casa del doctor Kusev. El lunes 21 a las siete y media de la mañana, él baja como de costumbre al garaje, pero en vez de dirigirse al coche, coge una escopeta de caza, la carga, sube a la habitación y dispara a bocajarro sobre la cabeza de Irene, que aún duerme. Prisca, sesenta y cinco años, vive con su padre Mauro, de noventa, pero muy bien conservado. Ella trabaja en la guardería del pueblo y acaba de jubilarse. El sábado 19 por la tarde Prisca va sola a casa del doctor Kusev. A las siete de la tarde del 21, lunes, propina un pudding de pastillas a su padre, que se queda frito. Enseguida llama a la policía y confiesa. Marcelo, cuarenta y cuatro años, dueño de la pastelería, el sábado 19 por la tarde visita al doctor Kusev. El martes 22 por la mañana aparece colgado de una viga del obrador. Fabián, sesenta y cinco años, granjero. El domingo 20 por la tarde visita al doctor Kusev. El miércoles 23 al mediodía, conduciendo en dirección contraria, se estrella contra un camión de cerdos… ¿Qué te parece?

– ¿Ya está? ¿Y el desaparecido?

– No tengo bastantes datos. Pero es igual. ¿No es suficiente?

– No has contestado a mi pregunta. ¿Cómo sabes que esas personas estuvieron ahí esos días?

– Fuentes diversas. Inés y Félix me lo dijeron personalmente, aquí mismo, dos días antes de la visita. Prisca dejó una nota para su padre. Marcelo, el pastelero, dejó dicho a la dependienta adónde iba. Fabián tenía el coche ante la casa de Kusev el domingo por la tarde, yo mismo lo vi en mi paseo diario.

Aurelio cerró la libreta. Respiró hondo como para calmar la agitación que había acompañado a sus palabras.

– Calma, Holmes, calma – dijo Fernando -, que no te va en ello la vida. Bien, ya tenemos probadas las visitas. Pero falta lo fundamental. En el caso de que haya una relación de causa-efecto entre lo que pasó en cada visita a Kusev y la tragedia correspondiente, ¿cómo puede saberse qué fue lo que pasó? Los asesinos están en la cárcel, sin que por cierto nadie de ellos haya mencionado el hecho de las visitas, ¿no? Los muertos no creo que hablen, y el doctor Kusev imagino que tampoco.

– O sí.

– Ah, vale, pues pregúntaselo. ¿Crees de verdad que Kusev estará dispuesto a ofrecerse como posible cómplice o instigador o inductor o desencadenante o lo que sea de todas esas muertes?

– Sí, si voy a verle…

– ¿Cómo dices? ¿A su casa?

– Mañana voy a visitarle, ya hemos quedado.

– ¡Tú estás loco!

– No, sólo observo, investigo…

– ¡Tú estás loco! Si eso lo dijera yo, que veo todo este embrollo…con cierto escepticismo, perdona que te lo diga, tendría un pase. Pero tú, precisamente tú, que estás convencido de que existe esa relación siniestra… ¿de verdad eres capaz?

– Mira, después de todas estas investigaciones – recorrió con el dedo las hojas de la libreta como un hábil jugador los naipes de una baraja -, después de las horas y horas que he ido observando, anotando, deduciendo, montando hipótesis, desmontándolas para montar otras nuevas, después de todo ese trabajo que me ha ocupado mes y medio sin descanso, después de todo eso, ¿crees que voy a detenerme ante el corazón del enigma?

– Supongo que tienes presente la posibilidad de…malas consecuencias para ti.

– Yo no correré ningún peligro.

– Ah, tú no, y los demás sí. ¿Cómo es eso? ¿Tan especial te crees?

– Especial no, prevenido. Aquellas personas no sabían que se exponían a algo terrible. Yo lo sé, y no caeré en ninguna trampa.

– Quieres decir que no aceptarás ni un café…

– Ni un vaso de agua. Tengo pensada una gastritis, con alguna visita al baño incluida…ya ves, más territorio para investigar.

– En fin, tú mismo – Fernando consultó el reloj -. Me he de ir. Ya me comunicarás el resultado de tus pesquisas. Mejor por correo.

– Sí, a distancia, no te preocupes. (continúa)

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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La máquina del doctor Kusev I

– La verdad es que no me imaginaba que pudieses adaptarte tan bien a esta vida retirada – dijo Fernando, mientras observaba en la copa los reflejos de la luz de la tarde sobre el rojizo brandy -. Claro que, con todas estas exquisiteces, cualquiera se adapta.

– No tan retirada –corrigió Aurelio -. Aquí tengo de todo, o al menos, de todo lo que de verdad me importa. Y antes que nada, tiempo, tiempo para pensar, para reflexionar.

– Reflexionar sobre qué.

– Mira, lo primero de todo, sobre lo absurda que es la vida en la gran ciudad. Nadie ha pensado en el enorme derroche de tiempo y energías que representa.

-Sí, muchos lo han pensado, pero no pueden elegir. Poca gente tiene la suerte de poder retirarse a los cincuenta y dos años, tan ricamente. Pero dime la verdad, Aurelio, confiesa que aquí te aburres a lo grande. ¿Cuántos habitantes tiene este pueblo?

-Unos cuatro mil. Y te aseguro que no me aburro lo más mínimo. Sabes que me gusta escribir, me dedico a poner por escrito recuerdos de toda mi vida. Y también observo, observo mucho a las personas, sus movimientos, sus costumbres. Quizá algún día escriba una novela.

– Materia no te faltará, sólo con lo de esa semana trágica…

– Sabes lo de…

– Si salió en toda la prensa…¿Cómo fue exactamente? Dos asesinatos…

– Dos asesinatos – interrumpió Aurelio -, dos suicidios y una desaparición. Todo en cuatro días.

– Para una población tan pequeña no está nada mal, y desde luego es extraño, muy extraño. ¿Qué sabes de las investigaciones?

– Lo que todo el mundo, que ya se han dado por concluidas. Sobre los crímenes no ha habido ninguna duda desde el primer momento, y sobre los suicidios tampoco.

-¿Y el desaparecido?

– Es una persona mayor de edad y mentalmente sana. Quizá ha decidido cambiar de residencia sin avisar a nadie.

– Quizá. Así que tú crees que en todo este asunto tan extraño no hay ningún misterio – dijo Fernando, decepcionado.

– Bueno, yo no diría tanto.

Fernando se animó.

– A ver, a ver, qué es eso que te tienes guardado. ¿Conocías a las víctimas? ¿Significa algo que en el caso de los crímenes hubiese una relación de parentesco?

– Tranquilo – dijo Aurelio, acompañando sus palabras con el gesto apaciguador de la mano -. Sí, conocía a las víctimas, bueno, sobre todo al matrimonio, a los demás, apenas de saludarlos por la calle, aunque sabía muchas cosas, aquí se sabe todo de todo el mundo. Precisamente la pareja había estado aquí en casa unos días antes, gente encantadora… Así que sólo tengo vagas suposiciones, leves indicios.

– ¿Suposiciones? ¿Indicios? ¿Pero de qué? Si la autoría de los homicidios y la voluntariedad de los suicidios han quedado firmemente establecidas, como decís los juristas…

– Sí, sí, tienes razón. Más que suposiciones o indicios he debido decir coincidencias o, para ser exacto, una extraña y curiosa coincidencia.

– Me tienes en ascuas.

– Los hechos sucedieron entre el 21 y el 23 de enero. Pues bien, en la semana anterior los dos homicidas, los dos suicidas y el desaparecido habían estado en un mismo lugar, aunque por separado y en momentos diferentes.

– Acaba ya. No será en el bar de la plaza…

– No. En un lugar al que nadie tiene acceso: la casa del doctor Kusev.

Fernando depositó la copa en la mesita. Se levantó de la butaca, descorrió un poco más la cortina de la ventana y habló sin dejar de mirar al exterior.

– Es ésa, ¿no? A mitad del camino que sube a la ermita.

– Sí, a kilómetro y medio del pueblo. Un gran caserón de principios del pasado siglo; abandonado, hasta que hace unos veinte años el doctor Kusev se instaló ahí.

Fernando volvió a la butaca, tomó de nuevo la copa y dio un pequeño sorbo.

– ¿Y quién es ése Kusev? – preguntó-. La última vez que vine nos cruzamos con él por la calle. Tú le saludaste y luego me comentaste algo. Pero la verdad es que no lo recuerdo.

– Cuando se estableció aquí corrió la voz de que era un gran científico, un catedrático eminente que había sido expulsado de la universidad. Hice mis averiguaciones, y era cierto. Antes de cumplir los treinta ya era una eminencia en psiquiatría y neurocirugía. Profesó en varias universidades hasta que, en la de Berlín se produjo el escándalo. Fue expulsado por graves faltas contra la deontología médica. Y entonces se retiró aquí.

-¿Y a qué se ha dedicado todo este tiempo?

– Nadie lo sabe. Pero no creas que en apariencia sea un tipo extraño, no. Baja con frecuencia al pueblo, charla con la gente, muestra interés por las personas. Y su figura, alta, recia, de aire militar y con ese cráneo braquicéfalo, podría ser la de cualquier jubilado centroeuropeo que ha venido a retirarse aquí. No es el único.

– Pero…

– Sí, pero a pesar de esa apariencia de normalidad, hay en él algo misterioso, inquietante, que ha despertado la fantasía de la gente. Para empezar, nadie ha estado nunca en su casa. Había estado, debo decir. A partir de la puesta del sol nunca se le ha visto en el pueblo. Por las noches, en el caserón, oscuro en el exterior, se producen extraños resplandores que las viejas ventanas con sus viejos postigos apenas pueden ocultar…

– ¡Frankenstein!

– Eso es lo que comentan muchos, medio en broma, medio en serio. Pero luego, cuando hablan con él, se rinden sin excepción a su simpatía y buenas maneras. La verdad es que cuando va por el pueblo actúa como un auténtico gentleman.

– Veamos. Si no lo he entendido mal, tú crees que hay una relación directa entre las visitas a Kusev y los hechos que ocurrieron a continuación.

– Por fuerza.

– Pero hay un par de cosas que no están nada claras. Una: cómo se las arregló Kusev , con su fama de Frankenstein, para atraer a esas personas. Y dos: cómo sabes que en realidad esas personas estuvieron ahí.

– A lo primero te contesto enseguida. Como sabes, la curiosidad, es uno de los principales acicates de la actividad humana. Ninguna de aquellas personas podía resistir la tentación de conocer la casa de Kusev por dentro. Y a ello hay que añadir las dotes de seducción del mismo Kusev. Una combinación que no podía fallar. Para contestarte a lo segundo necesito ayuda. (continúa)

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Otra vez agosto

Hace un año, este blog llevaba dos meses de existencia. Había nacido con brío, pero, adentrado el verano, tuve que ralentizarlo a fin de que mis breves apuntes no se perdiesen en el desierto. Y entonces, fui publicando una serie de encuentros entre famosos (histórico-literarios, se entiende) sacados de mis obras.

También ahora voy a reducir la marcha, y también ahora, para que el desierto no sea absoluto, voy a recurrir a mis propias obras. Pero esta vez no serán breves fragmentos. Tampoco obras completas, nadie se asuste. He elegido dos relatos de los ocho que componen (por ahora) el invento que lleva por título Fantasías a la manera de Hoffmann.

El primero, La máquina del doctor Kusev, trata de las extrañas y terribles relaciones  que pueden establecerse entre cierta quimera científica y la realidad. En el segundo, El Mosén, asistimos al curioso comportamiento de una persona sensible y delicada, que se sueña en un papel muy diferente del que le ha tocado vivir.

Aparecerán, divididos en cuatro entradas cada uno de ellos, a razón de dos entradas por semana, lo que da para dos quincenas…

¡Feliz agosto! 

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El abismo que nos sostiene

Imagino que todo escritor habrá tenido esta experiencia. Al releer algo que acaba de escribir, se encuentra de pronto con una frase que le llama la atención. ¿Esto lo he escrito yo hace un momento?, se dice.  Pues está bien. Tiene gracia, o gancho, o profundidad o… No me había fijado.

Y siente entonces la verdad de la creación pura, la que emana desde el fondo de uno mismo, sin control consciente del  creador que uno cree ser.

El abismo que nos sostiene, esta es la frase, o el enunciado, o como correctamente se llame, que descubrí al releer el texto de La locura de la verdad, otro enunciado que se las trae.

La tentación que entonces se presenta es la de desarrollar la idea. Qué buen tema, qué buena entrada, el abismo que nos sostiene. Pero qué delicado, qué complicado, qué difícil exponerlo de una manera comprensible, sin contar con que primero lo ha de comprender uno mismo, o sea, yo, el que escribe.

¿Lo comprendo? Veamos.

La tarea educadora y civilizadora consiste en ir levantando un andamiaje para que la personalidad pueda desarrolarse y alcanzar los máximos niveles de autocomprensión y coherencia.  Ese andamio, por el que ascendemos hasta ciertos niveles de racionalidad, está hecho de normas, métodos, datos y, sobre todo, de historias o leyendas (propias o ajenas) asumidas como ciertas, es decir, de todo lo necesario para que el pie no falle y no nos precipitemos al abismo.

Pero es difícil. Porque el abismo está ahí. Y nos atrae: es parte de nosotros mismo. En realidad, es lo que nos sostiene, por mucho que intentemos escapar de él. En todo caso, hay que ser muy precavido y no lanzarle más que una mirada de vez en cuando (recordar de dónde venimos), y apartar la vista al momento para no sucumbir a su fatal atracción.

Y no solo los individuos se sostienen sobre el abismo. También la sociedad humana. En La montaña mágica, de Thomas Mann, se cuenta el sueño que tiene Hans Castorp cuando se duerme, perdido en la nieve. Se encuentra en medio de un paisaje de claridad helénica donde hombres y mujeres jóvenes y hermosos viven entre el juego y el placer en una dicha permanente. Pero en el centro de la región hay una especie de templo que le llama la atención. Intrigado, se acerca, penetra y observa: los horrores más espantosos tienen lugar en él. Y comprende que lo que ocurre en el templo es la base necesaria para que el mundo luminoso del exterior exista.

También en el individuo, un  horror de caos y sinrazón se oculta bajo la figura más o menos amable del hombre civilizado.  Es importante tenerlo en cuenta. Saber de donde venimos. Saber que, en cualquier momento, podemos regresar al abismo.

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Catulo y Ovidio, poetas

En toda la historia de la poesía no hay expresión más certera y concisa de la confusión de sentimientos que comporta el amor-pasión como en los breves versos de Catulo: Odi et amo…Odio y amo. No hay duda de que Ovidio los tenía presentes en sus propias reflexiones poéticas, como es evidente que tenía presente el pajarillo de Lesbia cuando nos habla del papagayo de Corina. Y ya que ha salido el tema, no estará de más una pequeña digresión.

Siendo Catulo y Ovidio dos grandes poetas, un enorme abismo los separa. Ovidio es un artista que elige un tema y que, con actitud distanciada y hasta humorística, lo va desarrollando con la ayuda de toda su habilidad retórica y literaria. Pero siempre – en su obra de antes del exilio – tenemos la sensación de que estamos ante un juego, por profundas que sean algunas de sus reflexiones. Cierto que vemos sufrir al amante de Corina, al poeta-narrador, pero no de otro modo que vemos sufrir a un actor en escena, sabiendo que es mera representación. No ocurre lo mismo con Catulo. Este poeta, que murió hacia los treinta años de edad, una década antes de que naciese Ovidio, es uno de los raros prodigios de la literatura, uno de los pocos casos de creación poética en que el arte se confunde con la vida. Me explico.

Es sabido que el arte es sobre todo artificio, es decir, composición artesanal y sabia de un producto que, partiendo de una visión o experiencia particular, ha de tener validez universal. Por esta razón los “románticos” ingenuos, los que piensan que basta trasladar a la escritura con total sinceridad los más íntimos sentimientos y emociones, fracasan sin más. Porque ese intento de captar y expresar la realidad inmediata de manera “objetiva” nada tiene que ver con el arte. El arte es juego, técnica y transformación. Alquimia. Por un lado está la vida, por otro el artista, que toma cuantos materiales se le antoja de la vida o de la imaginación y construye con ellos un artefacto totalmente autónomo, por completo independiente de la “realidad”. Dicho de otra manera, la “sinceridad” artística nada tiene que ver con la sinceridad que puede darse en la vida social.

Catulo es uno de los pocos artistas que consigue ofrecernos una obra en la que la sinceridad vital brilla a la misma altura que la perfección artística. En sus versos vemos gozar y penar de verdad, hasta el extremo de que ya no nos importa si el hombre y la mujer sujetos de esos sentimientos existieron o no: son auténticos. Cosa que no se puede decir en el mismo grado de la obra Ovidio ni de la de casi ningún otro autor.

De todos modos, he de hacer constar que las consideraciones expresadas en los párrafos anteriores las he deducido de la lectura directa de las obras, sin la intermediación de aparato crítico alguno. Por consiguiente, faltas del oportuno soporte erudito, es posible que no estén a la altura de las elaboradas construcciones de los profesionales de la disección literaria. No pasa nada.

Pero tampoco nos podemos llamar a engaño ante la aparente frivolidad, ante el proclamado hedonismo de Ovidio. Quiero decir que, pese a las apariencias, no nos hallamos ante una persona insustancial, sino ante un hombre, un poeta que ha decidido cultivar los aspectos amables de la vida, es decir, los amorosos con todas sus implicaciones, a veces nada amables. Pero no por ello pierde de vista las razones fundamentales de la existencia y de su arte: escribe para ser inmortal, para que su fama sobreviva a su vida, de manera que, cuando muera, “gran parte de mi ser permanecerá”. Y advierte que el goce del placer epidérmico y sensual ligado a la belleza humana, no ha de hacernos olvidar el cultivo de la sabiduría. Y es que, si es cierto que “pronto vendrán las arrugas que surcarán tu cuerpo” (Iam venient rugae, quae tibi corpus arent), debes trabajar el espíritu (molire animum), “lo único que permanecerá hasta el último momento”. 

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Cuando yo no esté

Esta es una breve reflexión sobre ciertos aspectos relacionados con la muerte. No se trata de ponerse solemne, o trágico o melancólico, sino de encarar tranquilamente una cuestión que cada vez se va presentando con mayor urgencia. Sí, a medida que los años avanzan y la juventud queda ya tan lejos que ni se divisa, se va haciendo más clara la inminencia del final. Y la pregunta, la menos egoísta y mezquina que uno puede hacerse, es esta: cuando yo no esté, ¿qué será de todo?

Quisiera detenerme aquí y dedicar unos instantes a pensar. Es difícil. Solemos pensar sobre la marcha, para solucionar un problema concreto, para escribir. Pero ¿ a quién se le ocurre dedicar unos minutos al pensamiento desinteresado, al pensar que se dirige a ordenar las ideas sobre uno mismo y el mundo para obtener quizá algunas conclusiones?

Razonar, también se llama, y consiste en ir enlazando conceptos para deducir otros conceptos que, a su vez, se relacionarán con otros también deducidos o tomados de aquí o allá. O en vez de conceptos se debería decir ideas. No sé. Y es que, a pesar de la mala fama que observo  que voy adquiriendo por ahí, la filosofía nunca ha sido mi fuerte.

Bien, tampoco se trata de ponerse en plan kantiano o schopen… (lo siento, adjetivo imposible). Solo de observar lo que pasa por ahí, sin olvidar, por supuesto, algunas reflexiones aportadas por filósofos como los aludidos. La cosa puede verse desde dos puntos de vista.

Desde los otros. Lo más fácil para hacerme una idea de cómo será todo para los otros cuando yo no esté consiste en recordar cómo ha sido todo para mí luego que un ser conocido, y hasta querido, ha dejado de existir.

Igual. Todo ha seguido igual. Al principio el pesar y el duelo, de intensidad variable según el grado de intimidad o afecto. Luego, apenas nada, algún recuerdo ocasional, una pizca de nostalgia por los antiguos momentos vividos juntos. Pero nada. Todo sigue igual.

Para los demás (excepto para alguna persona íntima: aquella con quien compartes la vida), el hecho de que no estés no cambia nada. El gran teatro del mundo sigue con la función y el público que lo llena no se entera de tu partida, igual que apenas se ha enterado de tu llegada, ni de tu presencia. Así que no vale la pena que te preocupes. Para el mundo que sigue en pie tu ausencia no significa absolutamente nada.

Desde uno mismo. ¿Pero es verdad que el mundo sigue en pie? El mundo es todo eso que veo moverse a mi alrededor y en mí mismo desde el momento en que nací. Antes de ese momento no había ningún mundo para mí… Pero sí para los otros, objetará enseguida el sentido común.  Quizá. Pero yo tengo la impresión de que ese mundo de los otros no deja de ser una creación fantasmal de unos seres fantasmales. El único mundo real es el que se alberga en mi conciencia. Y si mi conciencia se extingue, con ella se extingue el mundo.

Pero el mundo sigue funcionando, se insistirá. Sí, pero qué mundo, insisto yo. No el que yo he conocido, que es el único que tiene realidad para mí, sino, quizá, el que se supone que contemplan y viven otros sujetos,  esos a los me me inclino a considerar  como simples figuras que se mueven en este mundo mío que se extingue.

Y después del final, ¿qué será de uno mismo? Es difícil de pensar. Con la muerte se acaba el tiempo, y si no hay tiempo no hay antes ni después. Y así,  la vieja pregunta «¿hay algo después de la vida?» está viciada de origen, porque no es que haya o no haya algo, es que, fuera del tiempo, no hay «después».

 

 

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Dante y la imposibilidad de no hacer daño

Otra voz que se pierde en el silencio. Otra voz que me acusa para hundirse luego en la oscuridad. ¿Volverás, Gemma? Quiero oir de tus labios una palabra de perdón, de comprensión al menos. Pero…¿soy realmente culpable? No sé. Vivir es hacer daño. Y no sólo con las maldades se hace daño. A veces, también con la bondad, con la obediencia debida al mandato divino.

Sí, vivir es hacer daño. Ni los más santos pueden evitarlo. El santo Francisco hirió profundamente a su padre y a cuantos le amaban y esperaban otros hechos de él. El mismo Cristo hizo sufrir a sus padres ya en su infancia, cuando les reveló con secas palabras la realidad de su misión divina, y defraudó cruelmente a quienes esperaban de él realizaciones más materiales y terrenas.

¿Quién puede vivir sin hacer daño? El que no vive, quizá el cobarde. Pero no. Porque, por paradójico que parezca, el cobarde, el que no se atreve a llevar adelante la misión que claramente se le ha encomendado es el que más daño causa. Así el papa Celestino, el espiritual que no osó introducir el Espíritu en la cumbre de la Iglesia, el que declinó recoger el látigo que Cristo había puesto a su disposición para expulsar a los mercaderes del templo. ¡Qué gran pecado la cobardía!             (De La alta fantasía)

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La locura de la verdad

Dicen que un libro puede cambiarle a uno la vida. No sé. Depende de cuál es el libro y  de quién es el uno. Pero, milagros aparte, es cierto que el libro oportuno leído en el momento oportuno puede ser decisivo en la evolución intelectual-espiritual de una persona.

Pero no solo un libro. Hay muchos incidentes en la vida que pueden provocar un cambio de rumbo o, por lo menos, una súbita profundización de nuestra consideración del mundo o, más aún, una instantánea y pasajera iluminación del abismo que nos sostiene. Una amistad, un maestro que nos abre puertas insospechadas, una pasión que nos descubre fugaces paraísos interiores, una frase que pone en cuestión la hasta entonces sólida visión del mundo. Y de frase va la cosa.

Es menos que una frase. Son cinco palabras que apenas forman un enunciado:

                                            LA LOCURA DE LA VERDAD

Cualquiera puede verlas. Cualquiera que se de un paseo por la Rambla del Poble Nou de Barcelona y, poco antes de llegar al mar, dirija la vista a la izquierda. Sobre una pared de ladrillo de un viejo edificio, verá un extraño grafiti de aire surrealista, pero de aquel tipo de surrealismo directo y punzante, que se remonta al Bosco…aunque no voy a describirlo ahora, porque conozco mis limitaciones en este género literario y más vale la imagen en sí que mil palabras mías intentando describirla. Aquí está:

Ignoro quién quién tuvo la idea de poner ahí la frase, y si la inventó o la encontró entre las páginas de un poema o de un tratado filosófico, y de qué manera la entendió y qué efecto pretendió que causara, y si va en relación con las figuras que más abajo se quitan las respectivas máscaras o es una propuesta independiente del resto de la escena, un aserto sapiencial como el que figuraba en el templo de Apolo de  Delfos   («conócete a ti mismo»). No sé nada de todo eso.  Solo sé que, al leerla, se dispararon en mí multitud de reflexiones incontroladas.

Recordé lo que el apóstol Pablo escribía a los corintios diciéndoles que la cruz de Jesús era un escándalo, una locura, para el mundo. Y al mismo Jesús guardando silencio a la pregunta de Pilatos acerca de la verdad, y proclamando por otro lado que la verdad es él mismo («yo soy el camino, la verdad y la vida»), cuya carne hemos de comer y cuya sangre hemos de beber si queremos vivir eternamente. La locura.

También recordé a algunos de aquellos pensadores que, reacios a comulgar con el vacío optimismo oficial, han puesto el dedo en la llaga de lo evidente, desde Schopenhauer hasta Cioran, pasando por Leopardi y Mainländer: la vida es sufrimiento inútil y lo mejor sería no haber nacido.

¿Es ésta la verdad? ¿O lo es la del profeta al que hay que devorar? Locura en todo caso. Porque las demás propuestas son tan inconsistentes, que se caen por su propia falta de peso.

Y a lo que iba al principio. Me gustaría poder imaginarme en plena juventud, descubriendo esa frase y sintiendo que el cerebro me va a estallar. Y es que ahora es diferente. Han pasado tantos años, tantas vivencias, tantas lecturas, tantas reflexiones, que el sentido de la frase ya no puede sorprenderme.

Solo me sorprende verla ahí, en un grafiti sobre la pared de ladrillo de un viejo edificio, en la Rambla del Poble Nou de Barcelona, muy cerca del mar.

Un mar tan azul como solo puede serlo el Mediterráneo. De locura.

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Larra, la sociedad y el amor

[DOLORES] – Le han prometido la Secretaría de la Capitanía General de Filipinas.

[LARRA] – ¡Qué dices, mi amor! Esa es una buena noticia. Cambronero a Filipinas, ahí es nada. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

-No creo que tenga tanta importancia; piensa que, aunque me quede, mi situación seguirá siendo la misma, seguiré siendo una mujer casada.

-¿Aunque te quedes? ¿Qué significan esas palabras? ¿Quieres decir que se te ha pasado por la cabeza acompañarle?

-Él me lo ha propuesto; me ha escrito que, si finalmente le dan la plaza y yo acepto acompañarle, lo olvidará todo y será como empezar de nuevo.

-¿Y tú qué le has dicho?

-Nada, no le he contestado.

-Pero, cuando le contestes, ¿qué le dirás?

-¿Tú qué crees, amor mío?

.

Eso, yo qué creo. Buena pregunta. ¿Qué se puede creer cuando juegan a la vez sentimientos, intereses, mujer, palabras? Y sin embargo, se cree; se cree porque hay que tener fe y esperanza y caridad y todas las virtudes teologales o cardinales o como sea que se llamen, si se quiere mantener en pie la vida, y me refiero a la vida verdadera, que la otra, la que mantienen la mayoría de los llamados seres humanos no es vida propiamente, sino un conjunto de funciones vegetales y animales que no necesitan más virtud para mantenerse que la de saber procurarse el bocado a tiempo.

Y durante aquellos meses creí…quizá demasiado y en demasiadas cosas. Creí en el amor, creí en la amistad, creí en la política, creí en los españoles, hasta en el matrimonio creí, ahí tienes mi doble artículo sobre el Antony de Dumas, donde por cierto, desde mi extraño papel de moralista estricto fallé la sentencia sobre mi propio caso: «cuando un hombre y una mujer se ponen en lucha con las leyes recibidas en la sociedad, perece el más débil, es decir, el hombre y la mujer, no la sociedad».

Pero aquella cantidad ingente de fe no alcanzaba a cubrir la acción política de Don Juan Álvarez Mendizábal, y es que la capacidad de la fe para obrar milagros tiene su límite, como todo en este mundo. Tampoco la Reina Gobernadora creía en su ministro, aunque por diferentes razones, de manera que aprovechó el enfrentamiento surgido entre el ministro y el Presidente del Estamento de Procuradores, Istúriz, para obtener la dimisión de aquél y poner a éste al frente del gobierno. Y hete aquí que el 22 de mayo Istúriz disuelve las Cortes y convoca elecciones, y hete aquí que el flamante ministro de Gobernación, Don Ángel Saavedra, Duque de Rivas, me convoca a mí y me propone que me presente a diputado en la lista del gobierno, y hete aquí que yo, que estoy rebosante de fe, de esperanza y casi de caridad, digo que sí y convoco a mi vez a Carrero y Ceruti, y hete aquí que Carrero y Ceruti convocan a Acilú, Balboa y otros diablos menores, a quienes yo vendo parte de mi alma creyente y esperanzada a cambio de que mi candidatura vaya libre y expedita…¿Te das cuenta, amigo Ventura, de la cantidad de fe que se requiere para todo eso? Pues bien, yo la tenía.

-¿Tú qué crees, amor mío?

Todo, lo creo todo, absolutamente todo. ¿Que no se puede ser tan ingenuo? Debes comprenderlo: yo estaba muy enamorado y quería vivir. A propósito, ¿se puede vivir sin estar enamorado? ¿Se puede amar sin tener fe? ¿Conoces tú las respuestas? Yo sí, y todas apuntan al mismo final. 

(De El corzo herido de muerte)

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