Schopenhauer, un día como hoy hace 153 años

La mañana del viernes 21 de septiembre de 1860, la señora Schnepp llegó algo más tarde que de costumbre. Pensó que no le daría tiempo de ventilar la biblioteca antes de que el doctor saliese del dormitorio, pero lo intentó. Llamó con suavidad a la puerta y la abrió sólo un poco. Vio los pies del doctor enfundados en sus zapatillas junto a Butz, acostado sobre la alfombra. Se disculpó y cerró. En el dormitorio todo estaba en el orden de costumbre. Abrió la ventana, y una hoja seca entró con el aire otoñal. Retiró el orinal y vio que no se había utilizado. Entonces cayó en la cuenta de que no se había interesado por la salud del doctor. Volvió a la biblioteca, llamó con suavidad, no hubo respuesta. Entró. El doctor seguía sentado, levemente recostado sobre el brazo derecho del sofá. Parecía tranquilo. Le dio los buenos días, se acercó, y entonces comprendió. Se inclinó sobre él, le tocó la frente, luego le tomó la muñeca izquierda. Cuando la señora Schnepp alzó de nuevo el rostro vio que los ojos, grandes y negros, del hombre del cuadro la miraban, y le pareció que querían decir algo. Entonces pensó que el doctor tenía razón, que aquellos eran los ojos más hermosos que jamás se habían asomado al mundo.

Bajo un fuerte aguacero, el cuerpo sin vida de Arthur Schopenhauer fue conducido al cementerio municipal. El carruaje fúnebre precedía a la comitiva, formada por amigos, admiradores y una discreta representación oficial. Ningún sacerdote le acompañó.

(De El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer)

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Edmondo De Amicis o los buenos sentimientos II

batalla cusEdmondo De Amicis nació en 1846. Muy joven, ingresó en el ejército y a los veinte años participó como oficial en la batalla de Custoza, librada por la joven Italia contra la viejísima Austria en uno de los varios intentos de arrebatarle a la anciana las tierras itálicas que aún controlaba. La batalla la perdió Italia, pero el objetivo se alcanzó poco después gracias a las presiones diplomáticas de los enemigos del enemigo, es decir, de Prusia y Francia.

Todavía en el ejército, dirigió la revista L’Italia Militare. Y digo “todavía” porque, con la publicación de unas novelas cortas y de unos recuerdos de la vida militar, le cogió tanto gusto a la cosa de escribir que, a los veinticinco años, dejó el ejército para dedicarse exclusivamente a las letras, sobre todo, al principio, a la literatura de viajes. Londres, Marruecos, Constantinopla y España (aquí, durante el breve reinado de Amadeo de Saboya) fueron algunos de los lugares objeto de sus crónicas.

Pero su fama de escritor le llegaría tras la publicación de las novelas Un amigo y Corazón (1886), esa que escribió pensando en mí y en millones de niños como yo, y que yo le agradezco y le agradeceré siempre. El libro alcanzó un éxito inmediato y, en poco tiempo, se tradujo a casi todos los idiomas europeos.

Parece que fue la inmersión en el mundo de la educación infantil, necesaria para la escritura de Corazón, lo que avivó en él su interés por los problemas de la enseñanza en general y de la educación de las clases populares en particular, y este interés o preocupación por los problemas sociales le llevó a posturas cada vez más radicales hasta ingresar en el partido socialista. El nacionalismo ingenuo quedaba atrás. Pero solo un poco atrás. Porque De Amicis nunca renegó del patriotismo ni de su pasado militar.

Pero si una constante hay en la obra de De Amicis, es aquella especie de ingenua ostentación de los buenos sentimientos. El niño rico ayuda al pobre, el inteligente al torpe; el maestro enseña que no se debe menospreciar a nadie por su condición social; el padre aconseja al hijo sobre valores tales como el trabajo, el esfuerzo, el patriotismo. Y es que todos se sienten hermanos, como hijos orgullosos que son de la madre Italia.

¿Y Dios?… Ni está ni se le espera. Como tampoco la Iglesia ni el Demonio. Este detalle, esta ausencia, constituye el muro – y sin embargo, para mí entonces inadvertido – que separaba aquel mundo infantil del mío. Ausencia que no pasó desapercibida a los administradores y seguidores de la trilogía mencionada, y que le valdría al autor la sospecha de masón, cosa, por otra parte, que no estaba mal vista por la mitad avanzada y dominante de la Italia de la época.

Detalles aparte, lo cierto es que Corazón, con su derroche de humanidad y de buenos sentimientos fue la mejor introducción que pude tener a la lectura y al mundo.

Del autor no sabía nada. Ni cuando lo leí, ni cuando lo releí, ni en el momento mismo de ponerme a escribir esto. Pero algo tendré que conocer, me dije. No se puede escribir sobre la obra de un autor sin saber absolutamente nada de su vida (o quizá sí). Así que empecé a buscar y consultar. Y parecerá extraño, pero prácticamente todo lo consultado ya lo he expuesto aquí. Y es que, en el breve trabajo de investigación biográfica, llegó un momento en que vi que todo amenazaba con venirse abajo. No quise saber más.

De Amicis es y será siempre para mí el escritor de los buenos sentimientos, el mago que mostró a un niño de ocho años los aspectos amables de la vida, entre ellos – el más grande – el prodigio de leer.

(De Los libros de mi vida)

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Edmondo De Amicis o los buenos sentimientos I

Con escasas excepciones, las personas que más han influido en mi vida ya estaban muertas cuando yo nací. La mayoría, hace ya mucho tiempo. Y hace años también – tantos como tengo, menos ocho – que di con la primera de ellas.

Se llamaba Edmondo De Amicis y era italiano. Amaneció en casa la mañana de Reyes de 1948, junto con algunos juguetes en principio más ilusionantes para los pequeños que la habitábamos. Yo apenas hacía dos años que había aprendido a leer y aquél era el primer libro serio (no cuento infantil) que caía en mis manos.

Corazón (Cuore) era el título y lucía una presentación perfecta, obra de Ediciones Peuser, de Buenos Aires. La letra grande, clara; los espacios, generosos; las ilustraciones, cautivadoras, sugerentes, unas en negro, en las páginas del mismo texto y otras en color, en láminas insertadas; la traducción, correcta, con algunos italianismos o argentinismos muy comprensibles. Naturalmente, estas observaciones no corresponden a la época en que leí el libro por primera vez; son fruto de posteriores lecturas.

Lo que quizá me atrajo cuando me asomé por primera vez al libro fue la similitud entre lo que en él se cuenta y lo que yo vivía entonces. Similitud relativa, cierto, y hasta a veces inexistente, sobre todo visto el asunto desde aquí y ahora, pero suficiente para encandilar a un niño de ocho años.

Corazón consiste en el diario que escribe un niño de nueve años, Enrico Bottini, contando sus experiencias escolares: los maestros y sus enseñanzas, los padres y sus consejos, los compañeros, las familias de algunos compañeros, las historias que se van intercalando (una de ellas, De los Apeninos a los Andes, había de alcanzar popularidad extraliteraria gracias a la televisión y a los dibujos made in Japan, con el nombre de Marco).

Sí, las experiencias que yo vivía en aquel momento guardaban cierto parecido con las que se mostraban en el libro. Pero las diferencias eran notables: mi colegio estaba regentado por religiosos (Hermanos Maristas) en un momento en que, después de la guerra civil española, se había impuesto el llamado nacional-catolicismo; el de Enrico, por laicos (escuela pública italiana), de matiz humanista y claramente progresista. Y de esta diferencia se derivaban todas las demás.

La verdad era que la España de la década de los cuarenta del siglo pasado no se parecía en nada a la Italia de la década de los ochenta del siglo XIX, años en que se escribió el libro. Y era normal. Aquella España acababa de salir de una guerra fratricida, tras la que se había impuesto la parte menos humanista y progresista del país, por decirlo de alguna manera. Aquella Italia hacía poco más de una década que, tras episodios también sangrientos, había conseguido la unidad de las tierras y pueblos de la península y se había constituido en un Estado-Nación, del que prácticamente todos, con independencia de ideologías o credos, se sentían orgullosos.

Había nacido el patriotismo italiano. El más joven de Europa. Y, como todo lo joven, quizá el más limpio y espontáneo. En ese ambiente vivió y escribió el autor de Corazón. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

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Los libros en mi vida

Hace tiempo – no más de un año, por supuesto – que intento liberarme de la adicción bloguera. No lo consigo. Hace tiempo que creo que debería escribir algo serio, largo y bien estructurado. No lo consigo. Todo se me va en pequeños apuntes más o menos ingeniosos, que lanzo ipso facto al espacio  internet.

He decidido poner fin a esta situación, olvidarme un poco de este sistema de comunicación instantánea y ponerme a construir un libro. Una obra.

Para ello, he retomado una vieja idea: escribir una especie de ensayo en el que vayan de la mano los comentarios de los libros y autores que más me han influido, junto con alguna pincelada del momento, personal y social, en que los leí.

Un título se me impuso enseguida: Los libros en mi vida.  Lamentablemente ya lo había utilizado Henry Miller en su interesante The books in my life. No es que yo crea que los títulos – y aún menos los tan obvios y funcionales como éste – puedan ser objeto de apropiación exclusiva, pero preferiría algo más propio, más original. Al final di con uno: Mis escritores vivos. La verdad es que no me convence, pero mientras no se me ocurra nada mejor, ahí está.

La obra no la imagino – porque de momento todo es imaginación – como un sesudo ensayo literario, ni como un pretexto para colocar recuerdos (memorias) de un tipo anecdóticamente tan poco interesante como yo. Más bien la imagino como un distendido ejercicio de nostalgia y de homenaje a aquellas personas que me acompañaron en mi caminar ideal por el mundo. En cuanto al tono, solo pretendo conservar, depurar y en definitiva mejorar, el que utilicé en mi última obra publicada, rebajando un poco lo desenfadado y «gracioso» del texto en cuestión. Los que hayan leído Del suicidio considerado como una de las bellas artes sabrán a qué me refiero.

Y ahora debo ponerme manos a la obra y olvidarme durante una larga temporada de mi blog y de mis lectores blogueros. Sé que esto último no lo conseguiré. Y aun temo que no se convierta este blog en una ventanita por donde se escapen algunos fragmentos de lo que vaya escribiendo. Veremos.

Y como despedida, una cita que le va a mi propósito como anillo al dedo:

«Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído»                                                                                                                                                                                                                               J.L. Borges

(Modificado en Los libros de mi vida (corregido) )

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La única felicidad

Es verdad que, si uno vuelve la vista atrás, cualquier tiempo pasado parece mejor. Mejor que este presente y, casi con seguridad, mejor que el posible tiempo futuro, a no ser, en este caso, que uno mantenga la vieja ilusión (propia de los jóvenes) de que lo mejor aún está por venir.

¿A qué se debe este fenómeno? Los intentos de explicación han sido diversos. Ni los conozco todos, ni recuerdo algunos de los que he conocido. No importa. Porque lo que ahora pretendo es dar forma al propio intento de explicación que se me  está ocurriendo.

Concentremos nuestra mente en un momento «dichoso» del pasado. Intentemos, con ayuda de la incierta y engañosa memoria, revivir las circunstancias del hecho y los sentimientos que nos poseían. Entonces, si somos lo bastante penetrantes y sinceros, descubriremos algo sorprendente: que la dicha o el goce no fue perfecto o, por lo menos, que  aquello no fue tan bello como nos gusta recordarlo. Y sin embargo, no hay duda de que forma parte de ese pasado mejor, irrenunciable para la memoria.

Pero permanezcamos en aquel instante y revivamos lo que entonces sin duda alguna nos embargaba. No era la dicha que  supuestamente se gozaba, tan difícil de apreciar en la realidad viva del presente. Era el sentimiento de que íbamos a ser inmensamente dichosos, es decir, de algo que propiamente aún no se había dado, pero que se iba a dar sin duda alguna y de modo inminente. Ése  y no otro es el contenido real del recuerdo de aquel tiempo pasado que llamamos feliz.

La dicha consiste en la expectativa de dicha. La única felicidad que existe es la que se siente a las puertas de la felicidad soñada.  

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El Mosén IV

– Dispense, Mosén – interrumpí -, ¿y usted no se ha defendido de alguna manera?

– Y es claro. Es mi obligación. He publicado en la prensa varios artículos denunciando mi situación. ¡Otro motivo para atacarme! ¡Un sacerdote expresando su rebeldía en periódicos laicos y anticlericales! Pero yo quería hacerme oir por el pueblo de Barcelona y sabía que ése era el único medio. El obispo, siempre a las órdenes del dinero de don Claudio, llegó a retirarme la licencia para decir misa…ya no podía más.

– Y finalmente claudicó, ¿no es eso?

– Eso es lo que creen. Firmé un papel, que casi no decía nada, y así recuperé la licencia de celebrar misa, con la asignación de la iglesia de Belén, la que acabamos de ver. Ellos parece que se han olvidado de su obsesión de meterme en el manicomio, y yo quiero olvidarme de ellos, de la prensa, y así poderme dedicar en cuerpo y alma a la lucha que comparto con personas verdaderamente santas.

– ¿Lucha?

– Contra el Demonio. Sígame.

– ¿Se refiere a exorcismos?

Pero el Mosén ya no me oía. Con aquella agilidad que no dejaba de asombrarme, había comenzado a cruzar la plaza, olvidándose de mí. Me apresuré a alcanzarlo. Le repetí la pregunta.

– Ahí, detrás de esas casas está la Catedral –fue su respuesta.

 ¿Qué casas? El espacio estaba perfectamente despejado y la Catedral se alzaba iluminada en lo alto de las escalinatas. Entonces me di cuenta de la extraña trayectoria que seguía el Mosén, con movimientos que ningún obstáculo visible justificaba. Pasada la plaza, bordeamos un edificio gótico y luego un pequeño tramo de la muralla romana, hasta que fuimos a dar a una placita, a la derecha de la cual quedaba la antigua ciudad gótica y a la izquierda, el denso circular de vehículos de la Vía Layetana…De milagro pude agarrar al Mosén por el brazo. Se había lanzado a cruzar la calle sin reparar en la riada de coches que bajaban a una velocidad diría que excesiva. Conseguí llevarlo hasta el semáforo próximo y que cruzase conmigo correctamente. Ya en el otro lado, redujo la marcha, y enfilamos lentamente la calle Argenteria. Y de pronto lo vi claro: hasta hace más de medio siglo la hoy espaciosa plaza de la catedral estaba ocupada por edificios de viviendas, y hace casi cien años que se abrió la Vía Layetana, como vía rápida para llegar hasta el puerto, derribándose la zona correspondiente de la ciudad vieja. Es decir, que el Mosén no andaba por la misma ciudad que yo, sino por otra: la Barcelona de al menos un siglo atrás.

 – Hay muchas clases de demonios, señor, y están invadiendo el mundo. Tanto es así que dudo que en el Infierno quede alguno. Y todos son distintos, cada cual tiene su carácter, sus costumbres, sus manías, las formas en que gustan aparecerse, apenas hay dos iguales. Y estos que se apoderan de los cuerpos de las personas no son los peores, no, pero son los más visibles; los peores son los que encadenan las almas y las envenenan con las pócimas del poder y del dinero, pero no hablemos más de eso. Presiento que hoy me espera un gran triunfo, que con la ayuda de Dios Nuestro Señor podremos expulsar definitivamente al Maligno del pobre hombre.

– ¿Podremos? Le acompaña alguien en…esos ritos.

– Sí, claro, otro sacerdote, y la vidente, una santa mujer, que puede ver todas las cosas espantosas que se producen durante la sesión y que a nosotros, los exorcistas, nos está impedido ver.

– ¿Cosas espantosas?

– Juzgue usted mismo. Hace días conseguimos un triunfo memorable. Arrancamos el Mal del cuerpo de una pobre poseída. Escuche. Mientras yo estaba rezando el Veni Creator, sucedió una cosa horrorosa. Apareció la Madre de Dios y con sus manos divinas abrió la cabeza de la víctima, y extrajo una serpiente que estaba bien replegada en el fondo, la lanzó al suelo y de un pisotón aplastó la cabeza de la bestia; después, cerró la cabeza de la víctima, dejándola como antes. La espantosa serpiente estaba allí en el suelo, aplastada, pero enseguida, de la pared salió una mano negra, agarró a la serpiente por la cola y, arrastrándola, desapareció con ella.

 Las altas torres de la iglesia gótica de Santa María del Mar eran visibles al final de la calle. Estaba convencido que nos dirigíamos hacia allá. Pero de repente, el Mosén giró a la izquierda y se adentró en lo que parecía el portal de una casa. Pero no. Era la entrada de una callecita estrecha, a la que se accedía por un arco abierto bajo los edificios de la misma calle Argenteria. La abundancia de transeúntes desapareció de repente. Extrañamente, sólo se veían algunas mujeres con faldas muy largas y pañuelo atado a la cabeza. Al llegar el primer cruce, el Mosén torció a la derecha y enseguida se detuvo ante un portal de hojas muy altas, entreabiertas, que mostraba en su interior una oscuridad absoluta y siniestra.

 – Hemos llegado, señor, ahora debemos despedirnos. Le agradezco mucho que haya tenido la paciencia de escucharme, y le ruego que rece, que rece todo lo que sepa, para ayudarnos en la batalla de hoy contra el Demonio.

 En aquel momento, yo no sabía qué hacer ni qué decir. Toda aquella historia tenía tal fuerza de verdad, de autenticidad, que no podía resignarme a creer que solo fuese la fantasía de un maníaco. Finalmente aventuré…

– Pero usted, usted…¿quién es?

– Sóc Mossèn Jacint Verdaguer, prevere i poeta -, dijo y me tendió la mano, que yo besé devotamente.

 Luego, se perdió en la densa oscuridad del portal.     

OTOMAR.- “Y tomándome de la mano me dijo con una extraña sonrisa: soy el caballero Gluck”. Fin.

LOTARIO.- Es evidente. La idea y el desenlace es evidente que tienen mucho que ver con El caballero Gluck, de nuestro Hoffmann.

CIPRIANO.- De acuerdo, pero de eso se trata ¿no?

OTOMAR – No exactamente. Homenajear sí, plagiar no.

TEODORO.- Yo no he visto ningún plagio por ninguna parte. Lo que he visto ha sido un relato muy bien construido, dentro del espíritu del maestro, pero con un carácter muy propio.

SILVESTRE.- Gracias, Teodoro, con lo que acabas de decir tengo bastante. No necesito ningún comentario más.

CIPRIANO. – Tú aguantarás todos los comentarios que hagan falta, como todo el mundo. Y el primero que se me ocurre va precisamente en tu favor, a propósito de lo que se acaba de decir. Y es que yo veo que hay un aspecto fundamental en que tu relato se diferencia del de Hoffmann. Y es que en el relato de Hoffmann se da la impresión de que es el mismo Gluck, muerto décadas atrás, el que se aparece al narrador. Mientras que en el de Silvestre está claro que se trata de un simple loco, que se cree el famoso poeta Verdaguer…

LOTARIO.- Lo cual es mucho menos misterioso, mucho más prosaico que lo que se cuenta en el relato de Hoffmann.

TEODORO.- ¿Menos misterioso? ¿Simple loco? ¿Os he de recordar la tesis del personaje de El espíritu Alfredo?

CIPRIANO.- Que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

TEODORO.- En efecto. O sea que, al menos para mí, es mucho más interesante conocer una persona que se cree Napoleón que conocer a Napoleón mismo, entre otras cosas porque esto es imposible.

OTOMAR.- ¿Y qué hacemos con la fantasía?

TEODORO.- Recurrir a ella debidamente. Hay una fantasía estéril, gratuita, que nada tiene que ver con nuestra tarea. Nuestra fantasía es hermana de la poesía…o quizá es la misma cosa. Y opino que en el relato que nos ha ofrecido Silvestre se da al mismo tiempo un ambiente fantástico y un fondo poético.

SILVESTRE.- Gracias de nuevo, Teodoro. Y yo añadiría algo, si es que como autor puedo opinar…

OTOMAR.- Eso es, por lo menos, dudoso.

CIPRIANO.- Vamos, Silvestre, habla. No seamos tan estrictos.

LOTARIO.- Todo el mundo tiene derecho a opinar sobre una obra; incluso su autor.

SILVESTRE.- Yo añadiría que al aspecto fantástico y poético del relato habría que añadir otro: el científico. Psicológico, para ser más exacto. ¿De dónde le viene al Mosén ese trastorno, que le hace creerse un gran poeta de más de un siglo atrás?

LOTARIO.- Ésa es una buena pregunta, sobre todo para el autor, que será quien mejor la podrá responder.

OTOMAR.- Un momento, un momento. Creo que quedó claro que el autor no tiene el monopolio sobre la interpretación de su obra.

LOTARIO.- Que no tenga el monopolio no significa que no pueda opinar. Adelante, Silvestre, ¿cuál es, según tú, el trasfondo psicológico de la historia, del personaje?

SILVESTRE.- Yo creo que el Mosén es una persona muy sensible, introvertida, con un mundo interior poderoso, pero carente de cauces de expresión. Su enamoramiento juvenil y eterno no tiene la más mínima posibilidad de realizarse, por varias razones: su insuperable timidez, el abismo social que le separa de su amada (dato importantísimo en su juventud y en su país) y también su auténtica vocación religiosa. Así que ese enamoramiento se sublima automáticamente en impulso poético…

OTOMAR.- ¿Psicoanálisis? Cuidado, no nos oiga el doctor Kusev…

LOTARIO.- Silvestre, ¿me dejas que continúe yo? Ahora lo veo todo muy claro.

SILVESTRE.- Por supuesto.

LOTARIO.- Sí, su libido reprimida se sublima en actividad artística, poética. Pero resulta que tampoco por ahí puede dar salida a su energía, porque sus facultades son escasas y los resultados decepcionantes. Y entonces…enloquece. Es decir, con algunos datos de su propio mundo – lugar de nacimiento, sacerdocio, tendencia poética – se crea una nueva personalidad robada de un poeta famoso con el que coincide en esos datos. El Mosén es una persona que aspira a la excelencia, pero carece de medios, tanto materiales como intelectuales. Y entonces se apropia de la personalidad del que sí alcanzó un alto grado de excelencia, aunque también sufriera el inclemente acoso del poder y la riqueza, lo que permite a nuestro hombre sentirse aún más identificado con él.

SILVESTRE.- Muy bien. Yo no lo hubiese dicho mejor.

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El Mosén III

¿Estaba paranoico el Mosén? Todo parecía indicar que sí. Pero también era posible que, detrás de aquel trastorno, palpitase una historia real, quizá tremenda, en todo caso digna de salir a la luz.

– Le aseguro, Mosén, que nadie me ha enviado y que no tengo ningún interés personal en que se vaya o se quede, aquí o donde le apetezca.

Me miró fijamente a los ojos, y sus labios esbozaron lo que parecía una sonrisa.

– Usted dispense, señor. Le creo, sí le creo. Es evidente que no se parece en nada a mis enemigos.

– ¿Pero adónde piensa ir? ¿Tiene residencia en Barcelona?

– Tengo mucho que hacer aquí. Ellos piensan que ya me he doblegado, que me he dado por vencido. Se equivocan. Yo no puedo abandonar a los míos, y mucho menos en estos momentos, cuando somos el brazo de Dios en su eterna lucha contra el Demonio. Sígame.

Empezó a caminar con una agilidad sorprendente. Cruzamos la plaza en diagonal y llegamos a la embocadura de las Ramblas. A pesar de la humedad y el frío, y de la noche que ya se imponía sin matices, el paseo estaba muy concurrido y animado. Parecía difícil abrirse camino entre aquella multitud. Pero el Mosén avanzaba rápido y ligero, con la seguridad del sonámbulo. Íbamos en silencio. De pronto, se detuvo y me señaló el edificio de la derecha, una espléndida iglesia barroca del XVII.

– Ahí, ése es el último refugio de mi vida sacerdotal. Ahí siento cada día la piedad del pueblo, y las maravillas con que Dios nuestro señor se digna regalarnos.

– Pero usted, ¿no vive en Vic?

– Y enfrente – sin responder a mi pregunta, señalaba el edificio del otro lado del paseo -, el poder de la riqueza. Ahí, en ese palacio, consumí dieciséis años de mi vida, dieciocho en total al servicio del marqués y de su familia. El padre me había llamado, y el hijo, después de años de mutuo entendimiento y hasta de amistad, me arrojó a la calle como quien expulsa a un perro sarnoso.

Aquellas palabras despertaron en mi memoria ecos de una vieja historia que conocí hace tiempo. Pero no era momento para averiguaciones. Nos desviamos a la izquierda y entramos en la calle Portaferrisa, a la que da una de las fachadas del mismo palacio.

– Venga por aquí, por la acera, pegados a la pared del edificio. Así nadie nos podrá ver desde los ventanales.

Seguí sus instrucciones. Y pasamos ante un amplio portal, que él salvó casi de un salto. En ese instante pude ver una gran placa que identificaba el edificio como sede de una institución oficial.

– Y dice que aquí vive…

– El marqués, don Claudio.

Pasado el palacio, el Mosén aminoró el paso. También en aquella calle, estrecha, el gentío era considerable. Sábado por la tarde, los comercios, que se sucedían a ambos lados de la calle, lucían sus escaparates, ofreciendo al paseante sus artículos. Llegamos a un gran espacio abierto, una plaza irregular que mostraba, a la derecha, las murallas de la entrada de la antigua ciudad romana, y un poco más allá, en lo alto de unas escalinatas, la catedral. El Mosén se detuvo, y yo con él. Y como si reanudase un relato interrumpido, dijo:

– Primero dos años en sus barcos, navegando entre España y Cuba. Luego en palacio, ejerciendo de capellán de la familia y de limosnero. La muerte del padre, don Antonio, más bien reforzó mis lazos con el hijo. Tenía toda su confianza, incluso emprendí largos viajes en su compañía. Eran además, años de grandes satisfacciones para mí, quiero decir, para el poeta. Homenajes, reconocimientos, premios, contactos con los grandes escritores de España y Francia. La vida me daba demasiado, más de lo que había pedido. Debía haberlo previsto. Aquel día que el obispo puso el laurel sobre mi cabeza, coronándome como poeta nacional de Cataluña, lo presentí. Tengo demasiada fe en las coronas que pone Jesucristo a sus fieles, para creer en las de esta vida miserable, que siempre se deshojan, cuando no se convierten en coronas de espinas. Y en efecto, siete años después, los mismos que me habían ofrecido el laurel me tenían preparadas las espinas. Llevando yo mi vida de siempre y cumpliendo mis obligaciones como siempre, un día me llamó don Claudio y me abrumó con reproches: que, como limosnero, malgastaba el dinero con gente indeseable, que me dejaba influir demasiado por ciertos individuos que se aprovechaban de mí, que había llegado a sus oído que participaba en prácticas espiritistas, que sin duda mi salud flojeaba de nuevo, que lo mejor sería que me retirase a algún lugar adecuado para descansar. Y enseguida el obispo, obediente al poder del dinero, me ordenó que me trasladase a un santuario próximo a Vic y me comunicó que ya tenía plaza para mí en el asilo de sacerdotes. Ese asilo es de hecho un manicomio, señor, ¡un manicomio! ¡Quieren hacerme pasar por loco! Y yo no lo estoy. Pero si no estoy loco, qué mejor manera para lograr que enloquezca que encerrarme en un manicomio, donde en contacto con lo pobres enfermos por fuerza tenía que enfermar yo. Y entonces podrían decir, ¡veis como teníamos razón, que está loco! Pero, a los dos años de vida retirada en el santuario, me escapé, sí, me escapé a Barcelona. ¿Desobediente? Pues muy contento estoy de haberlo sido en ese caso, ya que, de ser obediente, hubiese infringido el quinto mandamiento que dice “no matarás”, porque obedecer habría sido la muerte para mí. Ellos quieren eliminarme, y cuando digo ellos digo el obispo y dos que fueron grandes amigos, uno de ellos mi primo, y por encima de todos el marqués, que ordena y manda con la autoridad que le dan sus riquezas. Yo veía en las limosnas el remedio de todos los males sociales, pero él sólo veía que sus arcas se vaciaban…un poquito. Y que su limosnero se trataba con gente que no era de su agrado. Espiritistas… infame calumnia. Los verdaderos espiritistas publicaron en un periódico, motu proprio, gesto que les honra, que ni yo era uno de los suyos ni sabían nada de mí. Déu meu!, que los millones acumulados en tan pocos años no sirvan para socorrer las necesidades de los desgraciados es un mal que engendra miles de males en la sociedad, el anarquismo, el socialismo… Porque yo le digo, señor, y esto no es una opinión sino la triste realidad, que de todas las artes que causan el mal en la tierra la peor y más horrorosa de todas es oprimir a los pobres. Precisamente la supresión de las limosnas coincidió… (continúa)

 (De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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El Mosén II

Durante la comida permaneció en silencio. En repetidas ocasiones Laura intentó sacarle de su mutismo, pero sin éxito. Esto tenía su lado bueno, ya que nos permitía, a los tres seglares, mantener una animada conversación, como si en realidad no hubiese nadie más. Pero ahí estaba él, con su inquietante y silenciosa negritud. La conversación giraba sobre un tema principal: cómo había cambiado Barcelona en estos años. Estábamos ya en el café, que decidimos tomar en la misma mesa, cuando, en lo más animado de la charla…

 Jo he estat sempre un súbdit lleial del senyor bisbe! – tronó la voz grave y pastosa del Mosén.

 Creo que una misma sensación de pánico nos sobrecogió a los tres. La mirada del Mosén estaba fija en algún punto del vacío. Laura fue la más rápida en reaccionar.

 – Què diu, Mossèn? – , dijo, posando cariñosamente la mano sobre el brazo del sacerdote.

 Pero la mirada del hombre seguía fija en aquel punto del vacío.

 Mossèn, ha d’agafar el tren, oi? Ara l’acompanyem – fue la expeditiva intervención de David.

 Volen fer-me passar per boig. On és la caritat? – exclamó desde su mundo el Mosén.

David me hizo una señal y los dos nos levantamos. Me llevó al despacho-biblioteca y ahí me dijo que lo mejor sería que le acompañásemos a la estación. Eran más de las cinco y normalmente cogía el tren de las seis hacia Vic, donde vivía en una residencia de sacerdotes. ¿Acompañarle? ¿Los tres? objeté yo. ¿Para qué sacar a Laura o a él mismo de casa, con la tarde de perros que hacía?

 -No, no, vosotros os quedáis, ya le acompañaré yo solo.

 Y al pronunciar estas palabras comprendí que no me las dictaba la cortesía, ni la amabilidad. Era una curiosidad fortísima lo que de pronto se me había despertado, o mejor, una atracción irresistible. Estaba absolutamente conmocionado, totalmente subyugado por la personalidad del Mosén, quería conocerlo, conocerlo…

Regresamos al comedor. Laura fue a buscarle la capa (muy negra, por supuesto), que le colocó delicadamente, y entre los tres le acompañamos, o mejor dicho, le empujamos suavemente hacia la puerta. Yo me despedí de mis anfitriones, agradeciéndoles sus gentilezas, y les prometí que nos volveríamos a ver antes de mi partida.

Caminamos un breve trecho en silencio. Hasta que el Mosén se detuvo, volvió ligeramente el rostro para mirarme y dijo:

 -Usted es extranjero. Alemán, ¿no?

– Sí, pero entiendo bien el catalán. Por mí no se preocupe.

– Usted no puede entender lo que pasa aquí – prosiguió en español, haciendo caso omiso de mi observación.

– Bueno, no sé…no sé a qué se refiere.

 Seguimos caminando.

 – He viajado por Alemania – dijo -. Allá todo es muy diferente, cada cual sabe dónde está y lo que es, incluso los equivocados protestantes…nadie hiere a sus propios hijos.

– No crea. A veces idealizamos lo que no conocemos bien. Si viviese en mi país…

– Mi país es el llano de Vic – interrumpió -. Nací en uno de sus pueblos y conozco la comarca como la palma de mi mano. Ésa es mi tierra, y Cataluña mi patria. También amo a España, nación de mis santos preferidos, Teresa y Juan, y la conozco bien, de Cádiz a Santander, y he cruzado el océano en muchas ocasiones. Una vez, al ver de lejos las claras siluetas de las Canarias, soñé con aquél continente perdido del que sólo queda el Teide, dedo de su mano de hierro, que parece decir al mundo: la Atlántida estuvo aquí.

– Usted es poeta, ¿no es cierto?

– En Cataluña, en España, en Francia, en toda Europa, ha sido celebrada mi obra como una de las más grandes de este siglo.

Estaba claro que algo no funcionaba en su cabeza. Quizá era sólo un pobre trastornado. Quizá toda aquella curiosidad, aquella irresistible atracción que había sentido por él en casa de David no estaba justificada en absoluto. Lo mejor sería embarcarlo cuanto antes en el tren de Vic. Ya estábamos en la plaza Cataluña.

 – Por ahí se baja a la estación, ¿no? – dije, señalando el acceso por donde se desciende a las líneas del metro y de los trenes de cercanías.

– Usted bromea, señor – y señalando con su mano por toda la amplitud de la plaza, en uno de cuyos ángulos nos encontrábamos, dijo -, aquí no hay ninguna estación.

 La cosa iba de mal en peor.

 – Le aseguro que sí, Mosén. Aunque hace tiempo que no he estado en Barcelona, sé que ahí está la estación, y David me lo ha confirmado.

 Me miró con aquellos ojos oscuros, que parecían asomar de lejanas profundidades.

 – No sé quién es David ni lo que usted pretende…si es que no es uno de ellos.

– ¿De ellos? No le entiendo, Mosén, lo único que sé es que usted se ha de marchar a Vic, y sólo pretendo acompañarle hasta el tren.

Déu del cel! Déu del cel! – exclamó el Mosén dirigiendo la vista a las alturas -. Todo es posible. Pero no lo conseguirán. Señor mío, no voy a ir a Vic, y dígale a quien le envía y quizá le ha pagado que no se saldrá con la suya, hi ha un Déu!  (continúa)

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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El Mosén I

¿Conocéis Barcelona? Es una ciudad muy mediterránea, sin ser Nápoles, y también adusta y laboriosa, sin ser Milán. A finales de otoño se alternan los días claros y soleados con otros húmedos y brumosos. Fue uno de estos días, fríos y oscuros, cuando me encontré con David Cabanes, antiguo profesor de filología en mis años de estudio en la universidad barcelonesa. Habíamos quedado en uno de los lugares más céntricos de la ciudad: el bar Zurich de la plaza Cataluña. En cuanto nos vimos, nos reconocimos (veinte años no es nada, dice la canción). Él acababa de llegar. Pedimos unas cervezas y, después del obligado cambio de impresiones – cuánto tiempo, ¿tanto?, no es posible, por ti no pasan los años, etc. –, David torció el gesto y, como quien anuncia una mala noticia, dijo:

 – Lo siento, pero no estaremos solos.

Porque la idea, cuando me invitó a su casa, es que sólo estaríamos los dos y Laura, su esposa.

 – ¿Otro invitado? Muy bien – dije, forzando el tono de indiferencia, pues lo cierto es que tampoco a mí me hacía ninguna gracia.

– No, claro…pero es que no es un invitado muy normal. Se anuncia y viene, ya está. No te deja opción…

– Será porque hay mucha confianza.

– Sí, en cierto sentido…sobre todo con Laura. Mira, te pondré en antecedentes para que al menos sepas a quién tienes en la mesa.

 Durante el rato que permanecimos en el bar y los diez minutos de camino que nos separaban de su casa – un piso señorial en el corazón del antiguo ensanche – David me explicó todo lo que creyó conveniente acerca del invitado inoportuno.

 – Es cura, mosén, como se les llama aquí, ya sabes. Va a cumplir los ochenta. Nació de una familia campesina muy pobre, en un lugar de la misma comarca donde nació Laura, aunque a ella le tocó en suerte una familia rica…

– Suerte que te contagió.

– No seas corrosivo Silvestre. Te tenía por un chico bueno y amable.

– Y lo soy, David. Va, continúa, prometo no interrumpirte más.

– En aquella época y entre las familias campesinas pobres, era habitual que enviasen a algunos de los hijos al seminario sacerdotal. Era una manera de asegurarles la enseñanza y la manutención que los padres no podían costear. Nuestro mosén, entonces un chaval listo pero algo concentrado, según decían, entró a los diez años en el seminario, aparentemente no falto de vocación…como después se demostró, porque un niño de diez años, ya me dirás tú. En los veranos los seminaristas volvían a casa, normalmente para ayudar a las tareas de la cosecha, aunque algunos se buscaban unos ingresos con trabajitos acordes con sus estudios, o sea, de profesores particulares. Nuestro mosén se colocó en casa de la familia de Laura, donde, en verano, pululaba una población infantil que había que controlar. Y su misión era precisamente ésa, hacerse cargo de los ocho niños y niñas de edades comprendidas entre los cinco y los doce años: repasarles las lecciones, llevarlos de paseo a alguna fuente de los alrededores con las cestas de la merienda, organizar los juegos, etc. Durante los tres veranos que duró aquella situación Laura pasó de los nueve a los doce años y el joven profesor-niñera de los dieciocho a los veintiuno, edad en que cantó misa y se acabaron las estrechas relaciones con la familia de Laura. Pero es el caso que, ya en el primer verano, el joven seminarista se había enamorado de la niña Laura. Y este enamoramiento ha persistido a lo largo de los años con la cortesía, delicadeza y absoluta pleitesía sólo posibles en determinados temperamentos poéticos. Y es que nuestro mosén es poeta. Cierto que no ha publicado más que un par de libritos que han pasado desapercibidos, pero es poeta, de esto no hay ninguna duda. Y así, a lo largo de toda su vida, primero a través de los padres y luego directamente, el Mosén ha logrado con éxito que no se rompiesen los puentes, que siempre se mantuviese la esperanza de verla, aun a costa de ser algo maleducado, como hoy, ya ves…

– ¿Y la ve…os veis con frecuencia?

– A veces pasan tres o cuatro años en que no aparece. Pero últimamente ha aumentado la frecuencia. Este año ya es la cuarta o quinta visita.

– ¿Y siempre en presencia tuya?, perdona la pregunta.

– Silvestre, si lo que quieres decir es si alguna vez se han liado, la respuesta es no, rotundamente no.

– ¿Y por qué estás tan seguro? Y disculpa que haga de abogado del Diablo.

– Pues estoy seguro no sólo porque conozco a Laura, y tú dirás ¿se puede conocer a una mujer?, sino, sobre todo, porque conozco al Mosén. Por cierto, que últimamente está muy extraño.

– ¿Extraño?

– Como si una gran preocupación le embargase. A veces habla solo, o tiene largos ratos de mutismo en los que ni siquiera Laura existe para él, ah, y vuelve a llevar sotana, creo que es el único sacerdote en Barcelona…

– Bueno, serán cosas de la edad…

-Silvestre, Laura y yo vamos a cumplir setenta, así que esa expresión está de más en nuestra casa.

– Lo siento, viejo.

– Ya hemos llegado.

Faltaba poco para las tres de la tarde, pero la penumbra de la calle era ya franca oscuridad en el interior de la casa, oscuridad sólo aliviada por la iluminación mortecina de algunas lámparas. Los grandes cuadros, los pesados muebles, el pasillo relativamente estrecho por donde avanzamos y toda aquella ornamentación abigarrada, propia del viejo estilo modernista, me produjeron una impresión penosa y siniestra. En el salón ya estaba el Mosén, sentado no en una de las amplias butacas, sino en una especie de silla grande y extraña, de brazos altos y rectos. El color dominante era el negro: moreno de piel, conservando casi todo su cabello, sólo ligeramente blanco sobre la frente; cejas negras y espesas que se juntaban sobre la nariz, ojos negros y profundos, labios gruesos, carnosos, sensuales, que producían un efecto extraño, inquietante, en aquel marco de triste oscuridad, y todo ello emergiendo de la negrura absoluta de una sotana que le cubría hasta los pies. Sobre el brazo izquierdo de la silla mantenía un librito abierto, que parecía estar leyendo. Cuando David nos presentó me tendió la mano de una manera rara, como un monarca de película, para que me entendáis. Yo se la estreché con naturalidad. (continúa)

(De Fantasías a la manera de Hoffmann

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La máquina del doctor Kusev IV

Kusev calló y fue a sentarse de nuevo en su butaca. Yo reflexioné unos instantes para dar forma a la objeción que me parecía evidente.

 – En ese caso, doctor Kusev – dije al fin – lo mejor sería detenerse. Respetar lo que la naturaleza tan bien ha protegido… y se ha de considerar una suerte que los psicólogos anden tan equivocados, como usted dice.

– ¿Detenerse? ¿Usted dice detenerse? Amigo Aurelio, ¿qué le ha detenido a usted a venir aquí? ¿Qué le ha detenido en su obsesión por seguir el rastro de ciertos acontecimientos? – no fue ninguna sorpresa, desde el principio sabía que él lo sabía – Nada. Nada puede detenerle. Se lo dije: la ciencia es imparable.

– Y usted está dispuesto a seguir ahondando en la mente, pero por otros caminos, ¿no es eso?

– Naturalmente, por el camino de la ciencia verdadera, el que toca la materia, no el que se conforma con palabras. Y no sólo estoy dispuesto; llevo mucho tiempo trabajando en ello y…ya tengo resultados.

 Era un avance muy importante para mí. En aquél momento me sentía como el héroe caballeresco ante la guarida del monstruo. Arremetí.

 -¿Qué clase de resultados?

– Efectivos, quizá demasiado efectivos. He de corregir algunos aspectos para hallar el punto justo que permita una aplicación generalizada.

– Perdone, pero no le entiendo.

– Es natural. Tal vez, si quisiera probarlo usted mismo…

– ¿Yo? – creo que me tembló la lanza en la mano.

– Venga, sígame. Si ha llegado hasta aquí, no va a retroceder ahora.

Kusev se levantó y yo le seguí. Salimos de la sala. Avanzamos por un estrecho pasillo a lo largo de unos metros. Al final, topamos con una puerta cerrada, con una lucecita roja sobre el dintel. Abrió la puerta y entró. Le seguí. Descendimos por una breve escalera, y enseguida tuve ante mí un espacio extraño y al mismo tiempo familiar. Un gran panel en el que parpadeaban multitud de lucecitas cubría una de las paredes. En el centro de la sala, una especie de cuadro de mandos y ante él tres sillas giratorias que miraban, por encima del mueble de mandos, hacia una gran pantalla que ocupaba gran parte de la pared de enfrente.

– Siéntese – dijo, indicándome la silla del centro, seguro de mi obediencia.

 Me senté. Me colocó un casco en la cabeza, tan ajustado que me presionaba los temporales y la frente de modo casi insoportable.

 – No es muy molesto, ¿verdad?

– No – mentí –. He de mirar a la pantalla, supongo.

– No, ya no es necesario. Conservo la pantalla, pero ya no es necesario. Ahora todo tendrá lugar dentro de usted mismo.

– ¿Cómo en los sueños?

– Sí…pero con más claridad. Como en la vida misma.

– Doctor, ¿qué consecuencias puede tener esto…?

– No se preocupe. Ése aspecto creo que lo tengo solucionado. Lo siento por los que han pasado antes, pero…en fin, la ciencia exige sus sacrificios. Mire, ¿ve este circulito rojo en el cuadro de mandos? Si en algún momento se siente mal, muy mal, lo toca. El proceso se relantizará hasta detenerse… y entonces, ya veremos. ¡Adelante!

Tuve que cerrar los ojos para que la luz exterior no empañase la claridad que me estalló dentro. Una sucesión de antiguas escenas pasaron ante mí. Escenas que suelen asaltarme antes de dormirme y que no sabía si atribuir a sueños antiguos o a remotas vivencias olvidadas. Ahora lo veía claro: eran momentos semiocultos de mi propia existencia. La estrecha calle de una ciudad vieja en cuya mitad se alza la torre circular; otras calles antiguas de mi propia ciudad, que siguen caminos extraños; el bar de mesitas pequeñas con bancos adosados a la pared y al que se accede bajando unos escalones; la lengua de tierra que se adentra en el mar ensanchándose al final; la falda opuesta de la colina de la ermita, con el camino abajo que lleva a algo decisivo…¡No eran sueños! He estado en esos lugares, en unos en mi más remota infancia, en otros en la adolescencia. Y vi el rostro de mi madre tal como era cuando yo aún no andaba, y las palabras y los hechos, y la minuciosa vida que había perdido o sepultado, todo se reconstruyó en unos instantes. Ése era yo, ése soy yo. Todo lo he visto, todo lo he revivido. Primero con asombro, luego con fruición, después, cada vez más, con un extraño sentimiento de miedo y repugnancia, ¿ése era yo? ¿ése soy yo? Y veía todas las traiciones, las mías y las ajenas; todas las cobardías, las mías y las ajenas, toda la inmundicia, la mía y la del mundo, ¿dónde hasta entonces había guardado todo aquello? En los profundos sótanos del yo, sí, ahí había estado enterrada aquella cosa, esperando quizá esta terrible resurrección. ¿Cómo se puede soportar todo eso? Ni por un momento pensé en el botón rojo. La cabeza estaba apunto de estallar. Me arranqué el casco. Las visiones se fundieron. A la luz mortecina de la estancia busqué la figura del doctor Kusev. No estaba. ¡Doctor Kusev! grité, ¡doctor Kusev! Nadie me respondió. Recorrí el pasillo y alcancé la sala, ¡doctor Kusev! Nadie. En un instante me encontré en la puerta. Me precipité hacia la noche oscura. Descendí corriendo por el bosque, donde cada árbol tenía para mí un rostro, una historia. Todo lo recordaba, todo lo sabía.

He entrado en casa y, como un autómata, me he puesto a escribir. Es lo último que sabrás de mí. No sé cuanto tiempo podré soportarlo. No me contestes, no me busques, no te acerques. Porque ahora sé quién soy.  

                            FIN

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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