El Mosén IV

– Dispense, Mosén – interrumpí -, ¿y usted no se ha defendido de alguna manera?

– Y es claro. Es mi obligación. He publicado en la prensa varios artículos denunciando mien defensa situación. ¡Otro motivo para atacarme! ¡Un sacerdote expresando su rebeldía en periódicos laicos y anticlericales! Pero yo quería hacerme oir por el pueblo de Barcelona y sabía que ése era el único medio. El obispo, siempre a las órdenes del dinero de don Claudio, llegó a retirarme la licencia para decir misa…ya no podía más.

– Y finalmente claudicó, ¿no es eso?

– Eso es lo que creen. Firmé un papel, que casi no decía nada, y así recuperé la licencia de celebrar misa, con la asignación de la iglesia de Belén, la que acabamos de ver. Ellos parece que se han olvidado de su obsesión de meterme en el manicomio, y yo quiero olvidarme de ellos, de la prensa, y así poderme dedicar en cuerpo y alma a la lucha que comparto con personas verdaderamente santas.

– ¿Lucha?

– Contra el Demonio. Sígame.

– ¿Se refiere a exorcismos?

Pero el Mosén ya no me oía. Con aquella agilidad que no dejaba de asombrarme, había comenzado a cruzar la plaza, olvidándose de mí. Me apresuré a alcanzarlo. Le repetí la pregunta.

catedral casas– Ahí, detrás de esas casas está la Catedral –fue su respuesta.

 ¿Qué casas? El espacio estaba perfectamente despejado y la Catedral se alzaba iluminada en lo alto de las escalinatas. Entonces me di cuenta de la extraña trayectoria que seguía el Mosén, con movimientos que ningún obstáculo visible justificaba. Pasada la plaza, bordeamos un edificio gótico y luego un pequeño tramo de la muralla romana, hasta que fuimos a dar a una placita, a la derecha de la cual quedaba la antigua ciudad gótica y a la izquierda, el denso circular de vehículos de la Vía Layetana…De milagro pude agarrar al Mosén por el brazo. Se había lanzado a cruzar la calle sin reparar en la riada de coches que bajaban a una velocidad diría que excesiva. Conseguí llevarlo hasta el semáforo próximo y que cruzase conmigo correctamente. Ya en el otro lado, redujo la marcha, y enfilamos lentamente la calle Argenteria. Y de pronto lo vi claro: hasta hace más de medio siglo la hoy espaciosa plaza de la catedral estaba ocupada por edificios de viviendas, y hace casi cien años que se abrió la Vía Layetana, como vía rápida para llegar hasta el puerto, derribándose la zona correspondiente de la ciudad vieja. Es decir, que el Mosén no andaba por la misma ciudad que yo, sino por otra: la Barcelona de al menos un siglo atrás.

 – Hay muchas clases de demonios, señor, y están invadiendo el mundo. Tanto es así queargenteria dudo que en el Infierno quede alguno. Y todos son distintos, cada cual tiene su carácter, sus costumbres, sus manías, las formas en que gustan aparecerse, apenas hay dos iguales. Y estos que se apoderan de los cuerpos de las personas no son los peores, no, pero son los más visibles; los peores son los que encadenan las almas y las envenenan con las pócimas del poder y del dinero, pero no hablemos más de eso. Presiento que hoy me espera un gran triunfo, que con la ayuda de Dios Nuestro Señor podremos expulsar definitivamente al Maligno del pobre hombre.

– ¿Podremos? Le acompaña alguien en…esos ritos.

– Sí, claro, otro sacerdote, y la vidente, una santa mujer, que puede ver todas las cosas espantosas que se producen durante la sesión y que a nosotros, los exorcistas, nos está impedido ver.

– ¿Cosas espantosas?

– Juzgue usted mismo. Hace días conseguimos un triunfo memorable. Arrancamos el Mal del cuerpo de una pobre poseída. Escuche. Mientras yo estaba rezando el Veni Creator, sucedió una cosa horrorosa. Apareció la Madre de Dios y con sus manos divinas abrió la cabeza de la víctima, y extrajo una serpiente que estaba bien replegada en el fondo, la lanzó al suelo y de un pisotón aplastó la cabeza de la bestia; después, cerró la cabeza de la víctima, dejándola como antes. La espantosa serpiente estaba allí en el suelo, aplastada, pero enseguida, de la pared salió una mano negra, agarró a la serpiente por la cola y, arrastrándola, desapareció con ella.

mirallers Las altas torres de la iglesia gótica de Santa María del Mar eran visibles al final de la calle. Estaba convencido que nos dirigíamos hacia allá. Pero de repente, el Mosén giró a la izquierda y se adentró en lo que parecía el portal de una casa. Pero no. Era la entrada de una callecita estrecha, a la que se accedía por un arco abierto bajo los edificios de la misma calle Argenteria. La abundancia de transeúntes desapareció de repente. Extrañamente, sólo se veían algunas mujeres con faldas muy largas y pañuelo atado a la cabeza. Al llegar el primer cruce, el Mosén torció a la derecha y enseguida se detuvo ante un portal de hojas muy altas, entreabiertas, que mostraba en su interior una oscuridad absoluta y siniestra.

 – Hemos llegado, señor, ahora debemos despedirnos. Le agradezco mucho que haya tenido la paciencia de escucharme, y le ruego que rece, que rece todo lo que sepa, para ayudarnos en la batalla de hoy contra el Demonio.

 En aquel momento, yo no sabía qué hacer ni qué decir. Toda aquella historia tenía tal fuerza de verdad, de autenticidad, que no podía resignarme a creer que solo fuese la fantasía de un maníaco. Finalmente aventuré…

– Pero usted, usted…¿quién es?

– Sóc Mossèn Jacint Verdaguer, prevere i poeta -, dijo y me tendió la mano, que yo besé devotamente.

 Luego, se perdió en la densa oscuridad del portal.     

jacint

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