El Mosén I

Me llamo Sylvester, soy natural de Berlín y tengo una historia para vosotros. Sucedió en una ciudad del sur. Pero no esperéis encontrar la luz y el color que los alemanes solemos asociar con el mediodía. Más bien es una historia oscura, de colores tristes. Claro que, si os fijáis bien, quizás la veáis traspasada por la luz sobrenatural de la poesía. Y no hace falta más presentación. Empiezo:

¿Conocéis Barcelona? Es una ciudad muy mediterránea, sin ser Nápoles, y también adusta y laboriosa, sin ser Milán. A finales de otoño se alternan los días claros y soleados con otros húmedos y brumosos. Fue uno de estos días, fríos y oscuros, cuando me encontré con David Cabanes, antiguo profesor de filología en mis años de estudio en la universidad barcelonesa. zurichHabíamos quedado en uno de los lugares más céntricos de la ciudad: el bar Zurich de la plaza Cataluña. En cuanto nos vimos, nos reconocimos (veinte años no es nada, dice la canción). Él acababa de llegar. Pedimos unas cervezas y, después del obligado cambio de impresiones – cuánto tiempo, ¿tanto?, no es posible, por ti no pasan los años, etc. –, David torció el gesto y, como quien anuncia una mala noticia, dijo:

 – Lo siento, pero no estaremos solos.

 Porque la idea, cuando me invitó a su casa, es que sólo estaríamos los dos y Laura, su esposa.

 – ¿Otro invitado? Muy bien – dije, forzando el tono de indiferencia, pues lo cierto es que tampoco a mí me hacía ninguna gracia.

– No, claro…pero es que no es un invitado muy normal. Se anuncia y viene, ya está. No te deja opción…

– Será porque hay mucha confianza.

– Sí, en cierto sentido…sobre todo con Laura. Mira, te pondré en antecedentes para que al menos sepas a quién tienes en la mesa.

 Durante el rato que permanecimos en el bar y los diez minutos de camino que nos separaban de su casa – un piso señorial en el corazón del antiguo ensanche – David me explicó todo lo que creyó conveniente acerca del invitado inoportuno.

 – Es cura, mosén, como se les llama aquí, ya sabes. Va a cumplir los ochenta. Naciófolgueroles de una familia campesina muy pobre, en un lugar de la misma comarca donde nació Laura, aunque a ella le tocó en suerte una familia rica…

– Suerte que te contagió.

– No seas corrosivo Silvestre. Te tenía por un chico bueno y amable.

– Y lo soy, David. Va, continúa, prometo no interrumpirte más.

– En aquella época y entre las familias campesinas pobres, era habitual que enviasen a algunos de los hijos al seminario sacerdotal. Era una manera de asegurarles la enseñanza y la manutención que los padres no podían costear. Nuestro mosén, entonces un chaval listo pero algo concentrado, según decían, entró a los diez años en el seminario, aparentemente no falto de vocación…como después se demostró, porque un niño de diez años, ya me dirás tú. En los veranos los seminaristas volvían a casa, normalmente para ayudar a las tareas de la cosecha, aunque algunos se buscaban unos ingresos con trabajitos acordes con sus estudios, o sea, de profesores particulares. Nuestro mosén se colocó en casa de la familia de Laura, donde, en verano, pululaba una población infantil que había que controlar. Y su misión era precisamente ésa, hacerse cargo de los ocho niños y niñas de edades comprendidas entre los cinco y los doce años: repasarles las lecciones, llevarlos de paseo a alguna fuente de los alrededores con las cestas de la merienda, organizar los juegos, etc. Durante los tres veranos que duró aquella situación Laura pasó de los nueve a los doce años y el joven profesor-niñera de los dieciocho a los veintiuno, edad en que cantó misa y se acabaron las estrechas relaciones con la familia de Laura. Pero es el caso que, ya en el primer casa pairalverano, el joven seminarista se había enamorado de la niña Laura. Y este enamoramiento ha persistido a lo largo de los años con la cortesía, delicadeza y absoluta pleitesía sólo posibles en determinados temperamentos poéticos. Y es que nuestro mosén es poeta. Cierto que no ha publicado más que un par de libritos que han pasado desapercibidos, pero es poeta, de esto no hay ninguna duda. Y así, a lo largo de toda su vida, primero a través de los padres y luego directamente, el Mosén ha logrado con éxito que no se rompiesen los puentes, que siempre se mantuviese la esperanza de verla, aun a costa de ser algo maleducado, como hoy, ya ves…

– ¿Y la ve…os veis con frecuencia?

– A veces pasan tres o cuatro años en que no aparece. Pero últimamente ha aumentado la frecuencia. Este año ya es la cuarta o quinta visita.

– ¿Y siempre en presencia tuya?, perdona la pregunta.

– Silvestre, si lo que quieres decir es si alguna vez se han liado, la respuesta es no, rotundamente no.

– ¿Y por qué estás tan seguro? Y disculpa que haga de abogado del Diablo.

– Pues estoy seguro no sólo porque conozco a Laura, y tú dirás ¿se puede conocer a una mujer?, sino, sobre todo, porque conozco al Mosén. Por cierto, que últimamente está muy extraño.

– ¿Extraño?

– Como si una gran preocupación le embargase. A veces habla solo, o tiene largos ratos de mutismo en los que ni siquiera Laura existe para él, ah, y vuelve a llevar sotana, creo que es el único sacerdote en Barcelona…

– Bueno, serán cosas de la edad…

-Silvestre, Laura y yo vamos a cumplir setenta, así que esa expresión está de más en nuestra casa.

– Lo siento, viejo.

– Ya hemos llegado.

Faltaba poco para las tres de la tarde, pero la penumbra de la calle era ya franca oscuridad en el interior de la casa, oscuridad sólo aliviada por la iluminación mortecina de algunas lámparas. Los grandes cuadros, los pesados muebles, el pasillo relativamente estrecho porlampara m donde avanzamos y toda aquella ornamentación abigarrada, propia del viejo estilo modernista, me produjeron una impresión penosa y siniestra. En el salón ya estaba el Mosén, sentado no en una de las amplias butacas, sino en una especie de silla grande y extraña, de brazos altos y rectos. El color dominante era el negro: moreno de piel, conservando casi todo su cabello, sólo ligeramente blanco sobre la frente; cejas negras y espesas que se juntaban sobre la nariz, ojos negros y profundos, labios gruesos, carnosos, sensuales, que producían un efecto extraño, inquietante, en aquel marco de triste oscuridad, y todo ello emergiendo de la negrura absoluta de una sotana que le cubría hasta los pies. Sobre el brazo izquierdo de la silla mantenía un librito abierto, que parecía estar leyendo. Cuando David nos presentó me tendió la mano de una manera rara, como un monarca de película, para que me entendáis. Yo se la estreché con naturalidad. (continuará)

(De Fantasías a la manera de Hoffmann

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