Rober Musil, radiografía de un final II

musil der mannUlrich, joven de buena familia, sin problemas económicos, matemático de profesión y un poco de temperamento, es invitado por ciertos miembros de la alta sociedad con la que se relaciona para que colabore en la creación de la Acción Paralela. Se trata de un proyecto para preparar la conmemoración del jubileo septuagenario del emperador y, de paso, contrarrestar el efecto propagandístico de la celebración de los treinta años de reinado del kaiser prusiano, que se prepara en el país émulo y vecino.

Tranquilamente, con un humor lúcido y distanciado, se van describiendo las evoluciones de Ulrich en torno de aquella sociedad de hombres y mujeres, todos muy ilustres -aristócratas, altos funcionarios, militares y un destacado hombre de negocios con una cultura enciclopédica, que representa precisamente lo contrario de Ulrich: el hombre con atributos – en trance de concebir un proyecto que nadie sabe en qué consistirá. Otros personajes, ajenos a la Acción Paralela, pero ligados a Ulrich por diversas razones completan el cuadro, como sus amigos Walter y Clarisse y el ejecutivo financiero Fischel, judío, y su hija Gerda, joven atenta a los signos de los tiempos y tocada por los nuevos vientos cuando aún no eran tempestad. Y como contrapunto abismal y siniestro de tales luminarias, Moosbrugger, asesino demente, que tiene extrañamente obsesionada a Clarisse.

Leyendo la novela, muy extensa e inacabada, se tiene la sensación de estar asistiendo al espectáculo de una danza cuya música no se percibe. Los danzantes se mueven y no se sabe por qué. La Acción Paralela es algo a lo que no se consigue dar un contenido, como a las vidas de sus supuestos constructores. Y es que la vida es quizá ese presente multiforme sin un centro que lo aglutine.

No hay un centro. Ni en la vida ni en el individuo. No hay un lugar de mando. El yo pierde el sentido que ha tenido hasta ahora: el de un soberano que lleva a cabo actos de gobiernos. Los actos humanos no son consecuencia de los decretos de ese yo. Tienen vida propia. No es el yo el que tiene un pensamiento, es el pensamiento el que surge en el yo; no es el yo el que concibe una esperanza, es la esperanza la que se instala en el yo; no es el yo el que alumbra un amor, es el amor el que irrumpe en el yo. El yo es un rey destronado. La realidad no es ya un ente con sus límites y con sus características fijas, es algo que, sin centro, se extiende en todas direcciones del mismo modo que la genial novela que la imita… Ésta vienen a ser la interpretación que hace Claudio Magris – obsesionado por el tema de la moderna disolución del yo – de la obra de Musil.

Yo no diría tanto. Veo un escritor lúcido, inteligente, de formación científica y matemática, que aplica su lente – hecho de ironía y también de poesía – a los individuos y la sociedad que ha conocido. Una sociedad en la que hay mucha racionalidad y poco sentimiento, y en la que siempre se está reclamando más sentimiento y menos racionalidad. Ulrich-Musil, no está por esta dicotomía, sino que enfoca el asunto de otra manera. “No es que tengamos demasiado juicio y demasiada falta de alma, sino demasiada falta de juicio en cuestiones del alma”.

En la segunda parte de El hombre sin atributos el autor aparta la vista de la Acción Paralela, para indagar por el camino del alma sin renunciar a lo racional. El encuentro con Agathe, hermana apenas conocida, es el inicio de un romance erótico-místico de final desconocido… Mientras tanto, la sociedad austrohúngara camina sin saberlo hacia el abismo.

Robert Musil nació en Klagenfurt, Austria, en 1880, en el seno de una familia pertenciente a la baja nobleza. A los dieciséis años ingresa en una academia militar, pero poco después ya lo tenemos estudiando en el Politécnico de Brno. Su interés por las matemáticas y la ingeniería le lleva a licenciarse en estas áreas. Ya ingeniero, en 1902 descubre al científico y filósofo de la ciencia Ernst Mach, cuya influencia, junto con la de Nietzsche, le acompañará toda la vida. Su interés por la filosofía y por las humanidades en general le lleva a estudiar filosofía en la Universidad de Berlín, carrera que corona en 1908 con una tesis doctoral sobre Mach. Su interés por la creación literaria, que no se opone sino que de cierto modo complementa la vertiente científica, se concreta en obras como la novela Las tribulaciones del joven Törless (1906), sobre la iniciación de un adolescente en los misterios del sexo y de las matemáticas, y los libros de relatos Uniones (1911) y Tres mujeres (1924).

Durante la Gran Guerra sirvió como oficial en el frente italiano del Trentino. Concluida la contienda, trabajó un tiempo como funcionario público, se dedicó al periodismo y sobre todo empleó todas sus energías de escritor en la magna obra El hombre sin atributos, iniciada en 1930 y que dejó inacabada a su muerte. Una estancia de dos años en Berlín (1931-33) se interrumpió por causa de la ascensión de Hitler al poder (no hay que explicar porqué el escritor y el político eran incompatibles). Permaneció en Viena hasta el momento de la anexión de Austria al Reich alemán (1938). Exiliado en Suiza, vivió los últimos años sin apenas recursos económicos, o sea, en la pobreza. Murió de repente en Ginebra en 1942.

Como Stefan Zweig, como Joseph Roth, como tantos otros, Musil vio dividida su existencia – casi exactamente en dos partes iguales – entre el mundo del Imperio Austro-Húngaro y el de la Europa de las naciones-estado. Nadie esperaba que el primero acabase de aquella manera. Pero a posteriori, el arte de nuestro escritor puso al descubierto de manera magistral el vacío pomposo de aquella sociedad que, por otra parte, tantos genios dio a la humanidad, entre ellos, y no el menor, el escritor Robert Musil.

(De Los libros de mi vida)

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Robert Musil, radiografía de un final I

Una de las cosas más extrañas o curiosas que han sucedido en este mundo ha sido el Imperio Austrohúngaro.

Conocí realmente a Musil en torno a los días de mi jubilación. Tanto los gruesos dos tomos de su obra fundamental, como los de sus diarios y ensayos, como los escritos de algún comentarista – o sea, Claudio Magris – están fechados por mi mano entre finales de 2004 y principios de 2005.

Aclaro. Los dos párrafos anteriores constituyen las dos alternativas que tenía pensadas para iniciar este capítulo. Dado que no he sabido decidirme por una u otra, he colocado las dos. Ahora me toca decidir cuál de ellas tomo para seguir el hilo. No me preocupa. La creación literaria es la más libre y soberana de todas la actividades humanas. Solo en ella se te permite anunciar algo y realizar lo contrario, por ejemplo, cosa que, en cualquier otra actividad se considera intolerable y condenable, lo que no impide que muchos seres humanos (en especial los llamados electores o votantes) estén con frecuencia dispuestos a pasar por ello.

Prescindiendo de la fascinación que el mismo adjetivo “austrohúngaro” puede ejercer sobre la imaginación del lector, el fenómeno político que señala es de una originalidad incontestable. Continuador del poder de la dinastía Habsburgo, que fue la titular durante más de tres siglos del siempre virtual y ya fenecido Sacro Imperio Romano-Germánico, a mediados del siglo XIX el imperio austriaco se vio en la necesidad de estructurar y ordenar tanto sus extensos dominios como su razón de ser. Finalmente, entre negociaciones, acuerdos e imposiciones, en 1867 llegó a constituirse en el Imperio Austrohúngaro. Dos naciones, encarnadas en dos estados (Austria y Hungría) con sus respectivas leyes y parlamentos bajo el mismo soberano constituían el núcleo del invento, en el que también se incluían otras nacionalidades menos favorecidas. Total, unas quince nacionalidades, cuatro o cinco religiones y un buen puñado de lenguas y dialectos formaban aquel prodigioso ente político-social que, si no hubiese sido por la Gran Guerra que lo derribó, no sabemos qué alturas de perfección orgánica, o sea, irracional, hubiese alcanzado. Y es que hay que reconocer que todo aquello era bastante caótico.

Pero nadie como el mismo Musil para explicarnos ciertos aspectos de la singularidad autrohúngara:

Según la Constitución el Estado era liberal, pero tenía un gobierno clerical. El gobierno era clerical pero el espíritu liberal reinaba en el país. Ante la ley, todos los ciudadanos eran iguales, pero no todos eran igualmente ciudadanos. Existía un Parlamento que hacía uso tan excesivo de su libertad que casi siempre estaba cerrado; pero había una ley para los estados de emergencia con cuya ayuda se salía de apuros sin Parlamento, y cada vez que volvía de nuevo a reinar la conformidad con el absolutismo, ordenaba la Corona que se continuase gobernando democráticamente.

Y sin embargo, desde el punto de vista histórico, constituyó el marco perfecto en el que la burguesía centroeuropea pudo alcanzar su cénit – cosa que también alcanzaba por entonces la francesa, por cierto, no obstante su propio marco político nada caótico y perfectamente estructurado.

Y no solo la burguesía, también la inteligencia y las artes tuvieron un desarrollo extraordinario durante toda la etapa austrohúngara. Hasta el extremo de que, visto desde aquí y ahora, resulta difícil entender aquella coexistencia entre lo mejor y más profundo de la cultura mundial y la rutilante escenografía de opereta de la esfera oficial. Basta pensar en músicos como Mahler, Schoenberg, Berg, Webern; científicos como Boltzmann, Mach, Mendel, Freud, Adler; escritores como Schnitzler, Kraus, Hoffmansthal, Broch, Rilke, Kafka, Roth, Zweig y Musil, que es quien nos ha traído hasta aquí y uno de los que dio cuenta literaria de la desaparición de aquel mundo. Dato a tener en cuenta es que muchos de los mencionados y otros que no se mencionan solo vivieron bajo Austrohungría una parte de sus vidas, pero esto no fue en general por propia iniciativa, sino por los imperativos histórico-políticos que les cayeron encima.

En su obra fundamental El hombre sin atributos, también traducido “sin cualidades”, Musil traza un cuadro, como se suele decir, de la sociedad austrohúngara en puertas del hundimiento del ente político que la cobijaba. El protagonista es Ulrich, el hombre sin cualidades. Expresión que, a la vista del relato, no quiere decir que no las posea, sino que no las ejerce porque no le son de utilidad en un mundo en el que transita como mero espectador. (Continúa)

(De Los libros de mi vida)

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Larra, la pólvora y la mecha II

Definitivamente establecido en la capital, empezó a escribir para el público, a traducir a autores franceses y a frecuentar las tertulias literarias. Publicó algunas poesías en el más rancio estilo neoclásico, A la Exposición de la Industria Española, por ejemplo, pero el pistoletazo de salida de su brillante carrera literaria lo dio con la fundación de “El Duende Satírico del Día”, publicación que él mismo escribía de arriba abajo y donde aparecieron artículos tan maduros como El Café, escrito a sus diecinueve años. Se publicaron cinco números. Fundó después “El Pobrecito Hablador”, del que salieron catorce números, algunos con artículos que se harían tan célebres como El castellano viejo, Vuelva usted mañana o Casarse pronto y mal. A partir de ahí, y pronto con el seudónimo de Fígaro, publicó en varios diarios y revistas (“La Revista Española”, “El Correo de las Damas”, “El Español”, “El Observador”), que se disputaban su firma. Hacia el final de su corta vida llegó a ser el periodista mejor pagado de España y sin duda el más leído.

De su producción literaria no periodística lo más relevante es sin duda el drama Macías y la novela El Doncel de Don Enrique el Doliente, ambos sobre el mismo personaje histórico, el trovador Macías, con el que sin duda el autor se sintió identificado en algún aspecto.

EL articulista Larra toma el costumbrismo que entonces estaba en boga y le cambia el alma. No se trata solo de describir los usos y costumbres de la sociedad, sino de ponerlos bajo el lente luminoso de la razón mediante el humor, la ironía y el sarcasmo. Un ejemplo perfecto de esa ironía lo tenemos cuando minimiza su tarea de crítico gracioso al afirmar “En sabiendo decir lo que pasa, cualquiera tiene gracias, cualquiera hará reír”.

Lo que Larra fustiga de la sociedad española es todo aquello que le impide ser como la francesa o la británica. Y sin embargo no es el mimetismo de la moda ni el desprecio sistemático de lo propio – cosas que ridiculiza en artículos como En este país – lo que le mueve, sino un acendrado patriotismo ilustrado, de un género que apenas ha existido en este país antes ni después de él.

Larra es un ilustrado, un progresista de la mejor especie. Pero no es solo eso.

Porque hay dos Larras, el positivo de la mayoría de sus artículos y el nihilista y destructivo de algunos de ellos (La Sociedad, Día de Difuntos, Nochebuena de 1836…); el clásico que propugna una sociedad racional y ordenada, basada en la libertad y en la cultura, y el romántico que vislumbra el caos y la nada por doquier, incluso al final de esa sociedad  racional y ordenada («libertad para recorrer ese camino que no conduce a ninguna parte«). Larra posee una personalidad descompensada, desequilibrada: poderoso en el análisis, raquítico en la síntesis. Ve los males como nadie, los estudia, los analiza, los reprueba; en todo este proceso camina sobre tierra firme. ¿Pero cuál es la alternativa de esos males, de esas carencias? Una España en paz, libre, próspera, europea… Sí, en lo social tiene una referencia, un modelo, algo que proponer y hacia donde tender. Pero ¿y en lo personal? Aquí está el gran déficit de Larra: su incapacidad para sintetizar un modelo personal, que sirva al individuo y no sólo a la sociedad.

El individuo Larra no se metió directamente en política hasta el penúltimo año de su vida. Lo hizo tarde y mal, es decir, quizá en el momento y de la manera menos oportunos. Tan mal, que consiguió que sus hasta entonces afines políticos lo considerasen un traidor, un moderado reaccionario, él precisamente, que se había expuesto con su pluma en los años más oscuros del absolutismo, mientras muchos de sus futuros detractores callaban como p…rudentes. Larra es un ejemplo entre tantos de cómo al intelectual de ningún modo le sienta bien la política activa.

Tampoco en lo personal e íntimo le fueron muy bien las cosas. A los veinte años se casó. Tan pronto y tan mal que cinco años después ya se había separado. Parece que tuvo algunos amoríos intrascendentes. Pero el amor de su vida surgió una tarde del año 1832 en la tertulia de casa del famoso abogado Cambronero. Era Dolores Armijo, la esposa del hijo del anfitrión. Las relaciones tuvieron sus altibajos, hasta que ella decidió romper. Larra no lo entendió; con su lógica casteliana, es decir, irreal, pensaba que el amor que se jura eterno ha de ser eterno; ella, no se sabe qué pensaba, pero sí que actuaba como cualquier ser vivo normal.

Larra era un hombre tan inteligente y lúcido como apasionado. “Juntar la inteligencia con la pasión es como juntar la pólvora con la mecha”, dice él mismo o el autor de la novela, ya no recuerdo. Y al final se produjo la explosión.

Fue la detonación de un disparo de pistola, a última hora de la tarde del 13 de febrero de 1837, lunes de carnaval, instantes después de que saliese de la casa Dolores, tras certificar la ruptura, huyendo con las cartas comprometedoras en busca de la anhelada comodidad conyugal.

Lo explica él mismo, avant la lettre, en palabras del personaje ficticio de uno de sus artículos. Éste cuenta que mantenía relaciones con una mujer casada hasta que “hubieron de llegar a oídos de su marido, que empezó a darla mala vida; entonces mi apasionada me dijo que empezaba el peligro y que debía concluirse el amor; su tranquilidad era lo primero. Es decir, que amaba más a su comodidad que a mí. Esa es la sociedad.

Podría escribir mucho sobre Larra. Pero creo que con esto basta para dar una idea de cómo entró en mi vida de lector, y a continuación en la de escritor. Lo que sí quiero es agradecer a la escritora aludida al principio la oportunidad que me dio de conocer y transformarme en tan fascinante personaje y, no obstante mis prejuicios iniciales, reconocer que ella no iba tan desencaminada en los suyos.

(De Los libros de mi vida)

 

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Larra, la pólvora y la mecha I

 

Como cualquier español semiculto, todo lo que sabía de Larra era que fue un gran periodista, que en sus artículos fustigaba los vicios políticos y sociales del país – por supuesto, había leído “Vuelva usted mañana” – y que, muy joven, se pegó un tiro por el amor de una mujer. Lo cual era a todas luces incompleto y sobre todo inexacto. Pero no me interesaba saber más. En realidad no me interesaba nada de la época y del ambiente. Y es que las épocas históricas son como las personas: o te caen simpáticas o no.

Mi fascinación por la Roma clásica data de los primeros cursos del bachillerato. Mi fascinación por la España romántica…no ha existido nunca. ¿Cómo entonces me dio por entrar en el mundo de Larra hasta el extremo de escribir sobre él una novela? Una detractora suya lo consiguió. Una mujer, y paisana suya. Sí, nacida en Madrid siglo y medio después que el personaje.

En una serie de retratos de parejas célebres, con los intríngulis de sus relaciones íntimas – esas cosas que conocen tan bien los que no han tenido ninguna intimidad con los retratados -, la periodista y novelista aludida da una semblanza de Larra más bien triste. Viene a decir que era una especie de enano egoísta, un acosador, que se dedicó a martirizar a su pareja cuando ésta se había cansado de él y que finalmente se levantó la tapa de los sesos solo para fastidiarla.

Aún no sabiendo casi nada del personaje, como antes he apuntado, algo había ahí que no me cuadraba. ¿Por qué? ¿Sería mío el prejuicio? Entonces decidí investigar un poco, como por entretenimiento.

El carácter moral de este escritor consiste en ser excesivamente generoso, desprendido de todo interés, ambicioso de gloria, muy amante de su patria, cariñoso con sus padres, buen amigo, bastante enamorado, algo orgulloso, noble en sus maneras y porte, aficionado a la alta sociedad y muy estudioso”.

Es posible que no haya descripción más ajustada y verdadera del carácter de Larra que la contenida en estas líneas escritas por su tío Eugenio. El joven Larra tenía en el hermano de su padre a un amigo y un confidente. Hubo entre los dos una especial relación de cariño, y el tío pudo escribir tan acertadamente del sobrino porque le quería, y querer bien a una persona es la única manera segura de conocerla.

Pero yo no tenía otra manera de conocer a Larra que leyendo sus escritos. Y a eso me dediqué. Artículos periodísticos, críticas teatrales, cartas, novelas, dramas, todo (o casi) lo escrito por el enano egoísta pasó ante mis ojos. Total que, como me ocurriera con Schopenhauer, pero esta vez sin proponérmelo al principio, me convertí en Larra y, naturalmente, empecé a escribir como él. El resultado fue El corzo herido de muerte, publicado en 2007, también por Editorial Cahoba.

Mariano José de Larra nació en Madrid en 1809, es decir, en días de ocupación francesa y luchas por la independencia. El padre, Mariano, era ya entonces un médico de prestigio. Al principio el matrimonio y el niño vivieron junto con el abuelo y más familia. Pero no se entendían. Espejo de la España de entonces, y tal vez de siempre, no se entendían. El abuelo y otros parientes eran patriotas antifranceses. El padre era, quizá por ilustrado, afrancesado. Y para colmo, ejercía de médico en el ejército francés. Todo lo cual supuso que, terminada la guerra con la expulsión del invasor, se tuviera que exiliar con su familia y con la primera media España que tuvo que hacerlo, si no contamos a judíos y moriscos, que también eran España.

Primero en Burdeos y luego en París, entre los cuatro y nueve años el pequeño Mariano José aprendió las primeras letras – francesas, por supuesto – y quizá también aquella manera ilustrada de ver el mundo que, poco después, había de trasladar a los papeles de la España ominosa, entre divertidos juegos verbales que no ocultaban sino que potenciaban su asombro e indignación.

En 1818, gracias a una amnistía y a sus contactos personales, la familia regresó a Madrid, donde nuestro Mariano pasó cuatro años como alumno interno en la Escuela Pía. En el 22 estuvo unos meses en Corella (Navarra), de donde siempre guardó gratos recuerdos. Un año de nuevo en Madrid, estudiando con los jesuitas, y en el 24, a los quince o dieciséis años, lo tenemos ya en Valladolid iniciándose en la carrera de derecho. Pero de los inicios no pasó, porque parece que ahí tuvo lugar el primer desengaño o bofetada, de esas que suele dar la vida, en especial a los románticos que se creen ilustrados.

Huyó del padre – relacionado directamente con su “desengaño” – y fue a Madrid a refugiarse junto a tío Eugenio. Sabemos que a continuación estuvo unos meses en la universidad de Valencia iniciándose en medicina, carrera en la que tampoco pasaría de los inicios. Y es que su verdadera carrera, la que le había de dar nombre y gloria en las letras castellanas le aguardaba en Madrid. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

 

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Schopenhauer o el delito de nacer II

Arthur Schopenhauer nació en Danzig (hoy Gdansk) en 1788. El padre, Heinrich, comerciante acomodado de gustos cosmopolitas (le puso “Arthur”, porque el nombre era igual en por lo menos tres idiomas), siempre pensó en él como continuador del negocio familiar. La madre, Johanna, era culta y con gustos artísticos y sensibilidad literaria. De hecho, llegó a ser una novelista bastante célebre en su época. Siendo Arthur muy pequeño se trasladaron a Hamburgo, pues al padre no le gustó nada la anexión a Prusia de Danzig, hasta entonces ciudad libre bajo el poder nominal de Polonia. En Hamburgo emprendió el joven Arthur la senda formativa trazada por el padre, y que no era nada de su gusto. No se veía como gran comerciante; más bien le interesaba desentrañar los misterios de la vida y del universo. Pero el padre murió, parece que por suicidio, en 1805, y al poco tiempo el hijo cambió los estudios mercantiles por los filológicos. Con la complicidad de la madre, por cierto.

Y sin embargo, las relaciones entre madre e hijo fueron siempre tormentosas, sobre todo en la breve época en que coincidieron en Weimar, donde Johanna se había establecido, convirtiendo su casa en centro de reuniones de la la sociedad intelectual y artística de la ciudad, cuyo rey era sin discusión un Goethe ya sexagenario.

Allá lo conoció Arthur, a sus 25 años, y allá empezó una relación breve y no muy profunda en la que, no obstante compartir algunos postulados, cada uno se mantuvo siempre en sus posiciones. Cuando, pocos años después, Arthur le envió su obra fundamental con el ruego de que le comunicase su opinión, Goethe eludió la respuesta, actitud que no parece muy cortés, pero que iluminó a este que escribe para convertirla en leitmotiv de la novela antes citada.

Ya antes de su estancia en Weimar, Arthur había estudiado medicina en la universidad de Gotinga y luego filosofía en la de Berlín. Y en la de Jena había obtenido el doctorado con una tesis sobre epistemología, La cuádruple raíz del principio de razón suficiente.

Su obra fundamental, El mundo como voluntad y representación, la escribió durante los cuatro años que vivió en Dresde (1814-1818) y en ella puso toda su ilusión y sus esperanzas. Estaba convencido de que iba a causar una conmoción total, una revolución copernicana en el mundo del pensamiento. Lo que ocurrió fue todo lo contrario. Nadie se enteró. La obra pasó desapercibida en los ámbitos filosóficos y literarios.

Viajó a Italia, donde permaneció casi un año. Pero a su regreso todo seguía igual. Entonces, no obstante no tener ninguna simpatía por la vida universitaria, se presentó como profesor en la universidad de Berlín. Por dos razones: asegurarse unos ingresos para complementar la relativamente modesta fortuna heredada del padre (que de hecho le duró toda la vida) y dar a conocer la gran filosofía que se contenía en el libro, que apenas nadie había leído. Además, intentó competir con su odiado Hegel. Fracasó, y a los pocos meses abandonó.

Después de recalar en varias ciudades, en 1831, huyendo del cólera que, curiosamente, se cobró la vida de Hegel, se estableció en Frankfurt, donde pasó el resto de su vida.

A partir de 1851, después de una segunda edición de su obra fundamental en 1844, y de la publicación de una recopilación de máximas morales, empezó a sonar su nombre como filósofo original. Y su fama fue creciendo rápidamente, de manera que, a su muerte, ocurrida en 1860, era quizá el filósofo más célebre de Alemania y, por consiguiente, de Europa.

En sus años de oscuridad no había dejado de reflexionar y de escribir. Pero el el texto básico ya estaba fijado, lo que entonces escribía eran comentarios y ampliaciones. Así, sobre moral (Los dos problemas fundamentales de la ética), sobre la manera en que las ciencias naturales corroboraban su filosofía (La voluntad en la naturaleza) y sobre una gran variedad de temas, desde propiamente filosóficos hasta literarios y de costumbres, reunidos bajo el título griego de Parerga y paralipómena.

Y ahora, al igual que he hecho con los otros dos pensadores que forman parte de los autores de mi vida (Teilhard de Chardin, más bien científico, y Karl Marx, más bien sociólogo), cabría esperar que diese un apretado resumen del pensamiento de Arthur Schopenhauer. Pero ¿se puede resumir un sistema filosófico como el de ese señor en unas cuantas líneas? Veamos.

El mundo, todo lo sensible, el universo entero ha de contemplarse como las dos caras de una moneda. Por una parte es representación (el “fenómeno” kantiano), es decir, algo que está en mi cerebro y cuya relación con la realidad, con la cosa en sí, es problemática; por otra parte es esa “cosa en sí”, (el “noumeno”, kantiano), incognoscible por definición, dado que no es representación. Hasta aquí, Kant.

El punto de partida original de Schopenhauer consiste en su afirmación de que sí podemos saber algo de la cosa en sí. ¿Cómo? Para empezar, observando nuestro propio cuerpo, cómo se mueve, cómo sus órganos funcionan, cómo busca el bienestar, cómo rechaza el malestar, cómo huye del dolor, cómo quiere el placer, cómo quiere vivir por encima de todo, cómo quiere… mi cuerpo es voluntad de ser, y esa voluntad es la esencia íntima de su existencia y de todo lo existente…

Y aquí lo dejo. Porque compruebo que no hay manera de encajar la teoría schopenhauriana dentro de las reducidas dimensiones que he asignado a esta especie de ensayo. El que quiera más tiene varias opciones: o recurrir a las obras del mismo filósofo (preferible) o a las de algún tratadista que lo trate (menos recomendado), o bien leerse las páginas 109-124 [103-117 de la edición de Piel de Zapa] de mi libro antes mencionado. Esta última opción tiene la ventaja de que la explicación la acomoda el personaje Schopenhauer al presunto entendimiento de su fiel perrito, con lo cual el nivel de accesibilidad queda asegurado.¡Buena lectura!

(De Los libros de mi vida)

 

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Schopenhauer o el delito de nacer I

 

Recuerdo la primera vez que me fijé en la imagen de Schopenhauer. Yo tendría poco menos de veinte años. En un libro divulgativo de fisiognómica – ciencia decimonónica que imagino que ya no existe – se mostraban retratos de personas célebres para ilustrar determinados rasgos de la personalidad. El rostro de Schopenhauer, según el autor del tratado, era la ilustración perfecta del pesimista. La línea recta que formaban los labios apretados era el signo más evidente. Aparte de esto, del libro en cuestión solo recuerdo la afirmación de que los ojos grandes, redondos, bovinos, son señal clara de nulidad intelectual. Tiempo después, cuando supe que Cicerón llamaba a Clodia (la Lesbia de Catulo) boopis, ojos de vaca, me acordé del antiguo manual de fisiognómica y de todos los autores de conclusiones precipitadas o pintorescas, científicos o no.

Que Schopenhauer sea o no pesimista depende del punto de vista del observador. Lo que está claro es que representa un giro total en la manera de la filosofía de ver el mundo. Hasta entonces, toda filosofía tenía preparado un bonito happy end que lo redimía y lo explicaba todo. Desde el divino mundo de la ideas de Platón hasta la marcha gloriosa del espíritu por la historia – o de la historia hacia el espíritu, no sé muy bien – de Hegel, pasando por las versiones metafísico-cristianas y racionalistas- ilustradas-progresistas, posterior marxismo incluido.

Pero llegó Schopenhauer y mandó parar. Las cosas no son como nos gustarían que fuesen, dijo. Sino como son. Y aplicando los datos de la ciencia y la propia experiencia de ser viviente, entendió que en el ser del mundo no se aprecia orden divino, ni razón, ni finalidad, ni ninguno de los otros consuelos imaginados por los filósofos “optimistas”. Hay lo que hay: una voluntad de ser poderosa, incontenible, irrefrenable, que alienta por igual en todas las criaturas y elementos del universo, y punto. A esto lo llaman “filosofía irracionalista”.

A partir de aquel momento en que me fue presentado en imagen, empecé a leerle algunas cosas. Poco después de los veinte, quizá a los veintidós, acometí la primera lectura de su obra fundamental, El mundo como voluntad y representación. Quedé deslumbrado ante muchos aspectos de la obra. Pero he de confesar que hasta una segunda lectura, realizada a los treintaitantos, no supe captar y apreciar cabalmente su contenido.

Y no fue hasta dos décadas después, a mis cincuenta y muchos años, cuando de verdad profundicé en el pensamiento y la persona del filósofo hasta el extremo de meterme literalmente en su piel. ¿Cómo fue esto posible? Ahora lo explico.

Todo lo que yo había escrito hasta entonces, y en parte publicado, eran novelas en que el personaje – siempre del mundo de las letras – se expresaba por sí mismo. Pero de las vidas de Ausonio, Paulino y sobre todo Catulo, muy poco se sabía, así que la dosis de imaginación a aplicar era muy importante. Ya mucho menos lo fue en el caso de Cicerón, a quien también novelé, y es que la enorme cantidad de cartas que de él se conservan definían una personalidad que en todo caso había que respetar. O sea, que el procedimiento de meterse en la piel de… ya no dependía solo de la imaginación sino además de la información. Y de cierto toque mágico que no sé si sabré explicar.

Y de pronto, no sé cómo, recuperé mi antiguo interés por Schopenhauer y di el salto de la Roma clásica a la Europa romántica.

El hecho de que el personaje fuera ya plenamente moderno y mucho más documentado que el propio Cicerón parecía complicar la cosa. Tenía delante un hombre vivo, real, no un ser en gran parte imaginado, como Ausonio o Catulo. Y si con ese hombre quería hacer algo serio tenía que sumergirme en él.

Leí de nuevo y a fondo su obra fundamental, además de todos (o casi) sus otros escritos, leí y consulté biografías, sobre todo de contemporáneos o muy próximos, consulté tratados e incluso aprendí algo de filosofía, aunque confieso que con Kant – tan importante para mi filósofo – no pude directamente. Lo puse todo en la misma olla, lo sometí a cocción lenta, pronuncié la palabras mágicas, bebí de la pócima, ¡y me convertí en Arthur Schopenhauer! Quien lo dude que vea el resultado. Se titula El silencio de Goethe a la última noche de Arthur Schopenhauer, y fue publicado por Editorial Cahoba en 2006 [y por Piel de Zapa en 2015]. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

 

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¿Quién es la gente? / Qui és la gent ?

La peor soledad que hay es el darse cuenta de que la gente es idiota.

Hace unos días me encontré con esta frase, atribuida a un escritor español de los buenos. Con un pasado falangista, es cierto, pero ya superado y olvidado. O casi. Porque todavía en sus últimos años, mostraba algún que otro ramalazo. Por ejemplo, a propósito del asunto de los documentos catalanes guardados en Salamanca, afirmó que ahí se habían de quedar “por derecho de conquista”.

Pero yo no quería hablar de ese señor en concreto, sino de la manía, el tic, de tantos señores como ése de considerarse náufragos solitarios en un mar infinito de estupidez. Ese mar consiste en la gente, por supuesto. Pero, ¿quién es la gente? ¿qué es la gente?

Iba a divagar un poco sobre el tema cuando he recordado que hace unos años ya lo hice para el Diari de Sant Cugat. Así que me limito a reproducir aquí el artículo. Y quizá algún día lo rehaga o amplíe (es muy cortito) en castellano. Porque está en catalán. Los que lean esta lengua que lo disfruten; los que no, que n’aprenguin, como dicen en mi pueblo.

 

                                                          LA GENT 

Qui és la gent? On és la gent? Com és la gent? Fa temps que em faig aquestes preguntes. I és que sento parlar molt de la gent. Però, pel que sento, no aconsegueixo fer-me una idea de quin tipus de cosa és. Els seus trets essencials semblen més aviat negatius. “La gent és informal”, “la gent no sap el que vol”, aquestes són dues de les afirmacions que més sovint he sentit dir de la gent.

De vegades sembla que amb aquesta paraula s’al·ludeix a la majoria d’una població determinada, no a tota, com quan es diu “a Sant Cugat la gent no és participativa”. Altres cops és evident la intenció de no excloure ningú, com quan es diu “la gent és desagraïda”. En tot cas, queda clar que la gent és una mena de massa estúpida que ens envolta i que mai no estarà a la alçada de la no-gent. Malgrat que algun eixelebrat pugui dir coses com ara “la gent és estupenda”, no el creieu, sempre hi ha un radical disposat a aixafar una bona teoria.

La veritat és que la gent és mal educada, la gent és mesquina, la gent és xafardera, la gent és barroera, la gent és dolenta. En resum, que està molt clar quina cosa és la gent. La dificultat rau en saber qui és la gent, qui en forma part.

Després de rumiar-hi molt he arribat a la conclusió que per a esbrinar-ho s’ha de fer el següent. Un mateix s’ha de dir: sóc jo informal? sóc desagraït? o mesquí?, o barroer?, o dolent? Oi que no? Doncs bé: la gent són els altres. Ben fàcil.

(Diari de Sant Cugat, 22 de gener de 2010)

 

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Catulo, vivir y amar II

Dado que todo lo que sabemos de Catulo está en su obra, la única manera de construirle una biografía aproximada consistirá en deducirla de las numerosas vivencias que nutren sus poemas, los cuales, para complicar la cosa, no nos han llegado ordenados cronológicamente. A ello se han dedicado eruditos de todas las épocas con resultados para todos los gustos. No siendo yo erudito, no he tenido más remedio que dejarme guiar por cierto instinto poético para adscribirme a las hipótesis de unos más que a las de otros. El resultado es lo que sigue.

Gayo Valerio Catulo nació en Verona entre los años 87 y 84 a.C. La familia era de las más notables de la provincia (Cisalpina) y contaba con posesiones en Sirmio y en Roma, y con amistades como Julio César – en fase ascendente – y Metelo Céler. Allá pasó Catulo sus primeros años, entre otras cosas formándose, descubriéndose como poeta e iniciándose en los placeres de la vida – tanto en los elementales como en los refinados – en compañía de los amigos de su edad, varios de ellos también poetas. Siendo aún muy joven, sus poesías empezaron a circular con éxito, especialmente los urticantes epigramas dirigidos a César – no obstante la amistad que unía a las familias – y a otros prohombres.

Tendría 23 o 24 años cuando conoció a una mujer llamada Clodia, algo mayor que él, perteneciente a la antigua y noble familia Claudia – que un siglo después daría origen a una dinastía de emperadores – y esposa de Metelo Céler, gobernador de la provincia Cisalpina. Este encuentro, marcaría el resto de su corta vida.

A partir de ese momento, su producción poética, aun conservando los demás aspectos, se centra en un amor que se anuncia maravilloso y por encima de todas las convenciones y censuras:

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus, / rumoresque senum seueriorum / omnes unium aestimenus assis.

(Aclaro que “Lesbia” es el nombre que, en homenaje a la poeta Safo de Lesbos, a quien ambos admiraban, dio Catulo a Clodia en sus versos).

Pero las cosas nunca son como al principio. Y mucho menos las cosas del amor. Aquella relación tan sólida que ambos habían pactado – pues ella también le amaba – como una estimación por encima de los amores vulgares se resquebrajaba.

Y es entonces, cuando el espejismo de la correspondencia perfecta se desvanece, que Catulo comienza a verse apresado, encadenado a la mujer amada que le maltrata y de la que quizá nunca se podrá librar. En su poema sobre Atis y Cibeles, cuenta cómo el joven Atis se castra para quedar postrado para siempre bajo el poder de la diosa. En la historia de Ariadna y Teseo cuenta cómo éste abandona a la mujer que acaba de rescatar del laberinto del Minotauro, y cómo Ariadna lanza inútiles improperios a la nave del traidor que se aleja. Pero se diría que aquí hay una curiosa transfiguración: en realidad, él es Ariadna mientras que Teseo es aquella Lesbia que decía amarle y que le olvida por otros mundos.

Cabe pensar que el mundo por el que Clodia posterga a Catulo es el de la simple realidad social, hecha de muchas personas e intereses y no de un solo amante solícito, absorbente y quizás agobiante. Es posible. Y además sería la interpretación más complaciente con el pensamiento correcto de nuestros días. Pero en todo caso hay algo más.

En sus versos de reproche y de dolor, Catulo se queja de que “aquella Lesbia” no sólo ha incumplido su juramento de amor sino que anda con lo más bajo de la sociedad, con auténticos degenerados, además de con algún ex amigo suyo, como Celio Rufo. A Celio precisamente dirige Catulo estos versos: Caeli, Lesbia nostra, Lesbia illa…

Celio, mi Lesbia, aquella Lesbia a quien Catulo quiso más que a sí mismo y que a todos los suyos, en plazuelas y callejones, se la pela a los nietos del magnánimo Remo. (En una traducción, en muchos aspectos valiosa, se dice “prodiga sus favores”, pero el original glubit significa lo que significa).

Lo explícitamente sexual de muchas de las poesías de Catulo – que normalmente utiliza como arma infamatoria contra enemigos y ex amante – era entonces una novedad. Y lo siguió siendo hasta hace un siglo más o menos, con paréntesis intermitentes entre la Baja Edad Media y el Renacimiento. La postura contraria, es decir, la habitual durante toda la historia de la literatura, alcanzó su cénit con la pudibundez burguesa de principios del siglo XIX, lo que hizo que Goethe se lamentase de no tener un público como el de Shakespeare para poder escribir más libremente.

Volviendo a la historia. Las traiciones de Clodia no consiguen que Catulo la expulse de su corazón. Cierto que también él tiene sus aventuras, incluso con algún muchacho, como Juvencio, al que dedica varias composiciones, pero lo fundamental sigue invariable. Ama a Clodia y no puede evitarlo. Y por eso también la odia.

Odi et amo, quare id faciam fortasse requiris / nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Odio y amo, quizá preguntes por qué lo hago / no lo sé, pero siento que es así y sufro tormento.

Estos versos constituyen la definición más contundente, concisa y exacta de una de las componentes fundamentales de lo que luego se daría en llamar “amor-pasión”.

Quizá para intentar una huida y con seguridad para visitar la tumba de su querido hermano, muerto de accidente en las costas de Asia Menor, Catulo pasó más de un año (57 a.C.) en Bitinia, en el séquito de su paisano el propretor Memmio.

A su regreso, parece que la reconciliación es posible. Se produce entonces un breve e inestable idilio y una nueva ruptura, pues Clodia no parece dispuesta a abandonar su vida alegre… con quien sea. Y Catulo no puede más. Tiene que romper. Pero ¿cómo? Difficilest longum subito deponere amorem

Es difícil romper de pronto con un largo amor. Es difícil, pero debes hacerlo como sea: esta es la única salvación.

Y finalmente lo consigue. O dice que lo consigue. Y lo hace a través de dos conocidos, de la “corte” de Clodia, a los que considera escoria.

…anunciad a mi amada esas pocas y no buenas palabras, / viva enhorabuena con sus amantes, esos trescientos que abraza a la vez / sin querer verdaderamente a ninguno… Y le echa en cara que, por su culpa, su amor ha caído como una flor en la linde del prado cuando el arado la roza al pasar.

No se sabe qué ocurrió después. Se dice que se reconcilió con Julio César. Dato sin importancia, porque a Catulo nunca le interesó la política, y su enemistad poética con el futuro dictador se basa solo en cuestiones anecdóticas y tal vez en el rechazo inconsciente del joven de buena familia ante el personaje también aristócrata, pero ambicioso y por ello convertido en demagogo (como, con menor trascendecia, Clodio Pulcer, hermano de Clodia, con la que se decía que mantenía relaciones incestuosas).

Lo que se sabe es que murió pronto, a los treinta años de edad o poco más. Como el gorrión de su amada, se fue per iter tenebricosum / illuc unde negat redire quemquam (por el camino tenebroso hacia allá de donde dicen que nadie regresa), porque soles occidere et redire possunt: / nobis, cum semel occidit breuis lux, / nox est una perpetua dormienda (los soles pueden ponerse y salir de nuevo, pero nosotros, una vez se ponga el breve día, tendremos que dormir una noche perpetua).

En su ingenuidad, en la espontánea inmediatez con que vivió la vida, pensaba que, una vez muerto, de él no quedaría nada. Se equivocaba. Está aquí. Lo tenemos todo. Tan vivo como entonces. Pero solo en sus versos.

(De Los libros de mi vida)  

 

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Catulo, vivir y amar I

 

Antes de hablar de Catulo y de cómo me enamoré de él quiero hablar de mí mismo, que me tengo un poco olvidado.

Lo de la ayudantía en la cátedra lo dejé con el mismo poco entusiasmo con que lo había tomado. Entré en nómina en una editorial, donde mi trabajo principal consistía en redactar artículos para una enciclopedia…sobre la base de otras enciclopedias, por supuesto. También hacía traducciones para la misma editorial, y para la competencia. En mayo del 68, mientras las calles ardían en París, me casaba con la que sigue siendo felizmente mi esposa, y además madre de mi hijo y abuela de mi nieto. Empujado por los pocos ingresos que me proporcionaban mi pertenencia al proletariado intelectual, me pasé al casi proletariado funcionarial, contribuyendo modestamente a engordar el caballo de Troya que albergaba en su seno la administración franquista. Llegada la democracia y el fin del Estado centralizado, se me transfirió a la administración autonómica de Cataluña, en el mismo ámbito de actuación. Es decir, escritor, licenciado en derecho, funcionario y en el área jurídico-laboral. Como para creerse Kafka. Pero fallaba lo primero y principal. Aunque yo no dejaba de escribir.

En esas estaba cuando, a punto de cumplir los cuarenta y cinco, y para oxigenarme un poco la mente, empecé a estudiar filología clásica. De los conocimientos que obtuve y sobre todo de las lecturas colaterales, surgió de improviso en mi cabeza la historia de dos escritores del siglo IV: Ausonio y Paulino. Y de ahí, una novela – La ciudad y el reino -, lo primero ¡finalmente! que había conseguido acabar con un aprobado por mi parte. Naturalmente intenté que se publicase; naturalmente las respuestas fueron negativas. Mientras tanto, me fijé en otro personaje, escribí la novela e intenté su publicación. Una editorial de primera línea la aceptó – editorial que luego me había de castigar, por no haber cumplido al cien por cien sus expectativas comerciales, rechazando sistemáticamente mis obras posteriores -, y en enero de 1992 apareció en las librerías con el título de Lesbia mía, novela cuyo personaje central es el poeta romano del siglo I a.C. Gayo Valerio Catulo.

A diferencia de los dos poetas antes citados, de Catulo ya sabía algo cuando decidí apropiármelo como objeto literario. Exprimiendo la memoria, llegué incluso a recordar que ya en el lejano bachillerato (11-16 años) había quedado prendado de unos versos que aparecían en el libro de texto de latín (Lugete, o Veneres Cupidenesque…), dedicados a la muerte del gorrión de su amada. Desde entonces, de vez en cuando, leía algunos de sus poemas. Y ahora mismo acabo de descubrir que en mayo de 1984, cuatro o cinco años antes de que me pasase por la cabeza tomarlo como objeto literario, había comprado y leído su obra completa en edición bilingüe a cargo de Juan Petit, autor también del estupendo prólogo que me había de servir como guía principal en mi itinerario catuliano-novelesco. Pero no estoy aquí para hablar de mi libro, sino de la obra y la persona de Catulo.

Lo primero que sorprende de Catulo es su modernidad. Ya sé que, en su acepción habitual, esta palabra no tiene mucho sentido, porque toda modernidad es antigüedad al cabo de pocos años. Lo que quiero decir es que Catulo es un poeta que habla al lector de hoy como si fuese un poeta de hoy. Han pasado veinte siglos y parece mentira. Y es que lees a algunos poetas de hace sólo doscientos o cien años y te parecen no ya de otra época, sino de otro planeta.

La poesía de Catulo es obra de un poeta. Esto que parece obvio en todos los casos, no lo es tanto en realidad. Lo que quiero decir es que Catulo es solo poeta. No hay rastro en él de ideología, de tendencias, de moral, ni siquiera de sabiduría. Siempre es un joven – no le dio tiempo de ser otra cosa y creo que nunca lo hubiera sabido ser – que goza de la vida con el mismo ímpetu e inconsciencia con que la sufre. Para reafirmarnos en esta opinión, por si acaso no se juzga históricamente cierta, tenemos el hecho afortunado de que todo lo que sabemos de él se contiene exclusivamente en su obra. No hay más Catulo que el que está en sus versos. Pocos poetas han tenido esta suerte.

Algunos alegarán que ciertos eruditos y escritores de la Antigüedad – Cornelio Nepote, Cicerón, Ovidio, Apuleyo, San Jerónimo – ya nos dejaron algo escrito sobre él. Detalles. Nimiedades. Y a veces erróneas, como en el caso de San Jerónimo. Además, de los cuatro citados sólo los dos primeros fueron contemporáneos del poeta, aunque de más edad. Cicerón alude a él, con cierto desdén, como uno de los “poetas nuevos”. Nepote, el historiador, sí que además de contemporáneo fue amigo y admirador de Catulo (éste le dedicó una colección de sus poemas). Ocurre sin embargo que, entre las obras perdidas de Nepote, se cuentan unas biografías de escritores, entre las cuales no podría faltar la de su admirado joven poeta. Pero como para nosotros esa biografía no existe – y no es seguro que existiera –, volvemos al planteamiento de origen: no hay más Catulo que el que está en sus versos.

Sus versos suman 96 composiciones de diversos tamaños, desde unas pocas líneas hasta varias de nuestras páginas. Las hay de circunstancias – la mayoría de las breves -, algunas consisten en feroces e ingeniosos ataques a ciertos individuos que no le caían nada bien: el mal poeta, el parásito desgraciado, el incestuoso degenerado, el pedante inculto, el competidor amoroso… hasta el mismo Julio César en su época de ascensión irresistible. Otras son largas y elaboradas composiciones de tono épico y fondo histórico, en las que bajo la delicada escenografía mitológica late el sentimiento, por entonces ya atormentado, del propio autor.

Pero la mayoría de las poesías – o las más destacadas, no las he contado – son de amor. Y, como suele ocurrir, de un amor feliz y luminoso al principio, y amargo y desgraciado al final. Y además, de un amor nuevo. Al menos en la literatura.

Un amor nuevo y una mujer nueva. Hasta entonces en la poesía amorosa, la de los poetas helenísticos al estilo de Calímaco, la mujer era una cortesana (inventada), único ejemplar femenino – sobre todo en la sociedad romana – que se podía permitir el juego de la pasión amorosa al margen de los códigos sociales de obligado cumplimiento. El amor de Catulo es una mujer real. Es también una dama de alto rango, una patricia romana que alardea de disponer de su vida con la misma libertad que un hombre.

¿Quién era esta mujer? ¿Quién era Catulo?  (continúa)

(De Los libros de mi vida)

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Kafka, el profeta inconsciente II

 

Lo que Kafka nos ha dejado cabría clasificarlo en tres grupos: diarios y escritos personales, entre los que se incluirían las cartas; relatos cortos – alguno no tan corto, como La metamorfosis- que constituyen la mayor parte de su producción y, en su mayoría, lo único que le fue publicado en vida, y novelas: América (El desaparecido), interrumpida tras los primeros capítulos, El proceso, la única que se podría considerar terminada, y El castillo, claramente inacabada.

Todo el universo, a la vez real y extrañamente onírico, que se condensa en sus cuentos se extiende y se desarrolla en las dos últimas novelas citadas. En El proceso – historia de un hombre al que se acusa de no se sabe qué por no se sabe quién y que será condenado por no se sabe quién o qué -, destaca la extraña intensidad de las situaciones en cada uno de los intentos del protagonista de desentrañar la trama, situaciones que oscilan entre lo onírico, lo surrealista, lo expresionista y hasta lo humorístico, reservándose para lo auténticamente trágico una crueldad glacial, como se evidencia en las páginas finales.

En El castillo el protagonista, un agrimensor supuestamente contratado por la autoridad del lugar, recorre un laberinto sin fin para dar con esa “autoridad”, pero solo se encuentra con funcionarios que parecen remitir a otros funcionarios, trámites que parecen remitir a otros trámites, y extraños personajes con actitudes de figuras de pesadilla, como los dos “ayudantes”, increíblemente cómicos, absurdos o agobiantes, de los que no consigue desprenderse. Novela inacabada, no consigo imaginarme que pudiera tener un final, pues su esencia es la descripción de la búsqueda infinita de algo que la lógica más elemental dice que ha de existir, pero que quizá no exista.

Cierto crítico con criterio ha escrito que “es un error trasladar mecánicamente la atmósfera opresiva de algunas de sus obras a la vida privada del escritor”. En efecto, la existencia de Kafka poco o nada tuvo de “kafkiana”. Nacido en 1883 en Praga en el seno de una familia judía acomodada, tuvo una infancia feliz, tal vez solo nublada por las especiales relaciones con el padre (sendos caracteres eran polos opuestos), quizá magnificadas por él mismo y por cierta crítica literaria. Como por eliminación de otras carreras, estudió derecho y hasta obtuvo el doctorado, lo que tiene su mérito si se piensa que la materia en cuestión no le entusiasmaba en absoluto. Después de trabajar una breve temporada en una empresa de seguros italiana, ingresó en el semioficial Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia. Como letrado del Instituto se mostró competente y efectivo, al mismo tiempo que sensibilizado por el problemático mundo laboral que asomaba por los expedientes. Tenía un horario cómodo, sólo por las mañanas. Era muy bien valorado por superiores y compañeros y alcanzó un puesto directivo, como subdirector de un departamento integrado por unas setenta personas. En 1922, a los 39 años tuvo que retirarse por enfermedad.

Por las tardes llevaba una vida social bastante activa: practicaba la natación, se relacionaba con escritores, artistas e intelectuales, como Oskar Baum, Max Brod, Franz Werfel, y tuvo también contactos con Martin Buber, Rudolf Steiner, Robert Musil y otros, y en alguna ocasión se organizaron lecturas de alguno de sus relatos. Aunque su lengua materna y literaria era el alemán, hablaba también checo y se interesó por esta literatura nacional, así como por el teatro yiddisch.

Por la noche, a partir de las diez y hasta muy avanzada la madrugada, se encerraba en su habitación a la espera de que llegase el mundo para hacerse desenmascarar. Escribía.

No era religioso, aunque sí místico a su manera. Del judaísmo le interesaba el aspecto cultural e histórico. Sólo hacia el fin de su vida, empezó a sentirse atraído por el sionismo.

En la vida sentimental sí se puede decir que fracasó. Sólo al final, con Dora Dyamant, pareció que iba a alcanzar lo que hasta entonces quizá él mismo se había negado. Pero se acababa el tiempo. Murió en 1924, de tuberculosis, a los 41 años de edad.

(De Los libros de mi vida)

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