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El tiempo que pasa (sabiduría clásica II)

La necesidad de aprovechar el tiempo es una de las principales preocupaciones de Séneca. Ya la primera carta a Lucilio la dedica a este tema:

El tiempo que hasta hoy te han estado tomando, te han estado robando o que te ha huido, recógelo y aprovéchalo. Persuádete de que es tal como te lo estoy escribiendo; unas horas nos han sido tomadas, otras nos han sido robadas, otras nos han huido. La pérdida más vergonzosa es, sin duda, la que acontece por negligencia. Y si te fijas bien, la mayor parte de la vida la pasamos entregados al mal; otra parte, y no menguada, sin hacer nada, y toda la vida haciendo lo que no deberíamos hacer. […] Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Aunque aplacemos las cosas, la vida nos huye. Todas las cosas, Lucilio, en realidad nos son extrañas, solo el tiempo es bien nuestro. (Cartas morales a Lucilio, I, trad. Jaume Bofill i Ferro)

En varias ocasiones sostiene Séneca que la vida no es breve, que somos nosotros los que no la sabemos aprovechar. ¿Y cómo la desaprovechamos? Dedicando nuestro tiempo a actividades absurdas que nos van alejando de la posibilidad del verdadero goce de la vida.

Larga es la vida si la sabemos aprovechar. A uno detiene la insaciable avaricia, a otro la cuidadosa diligencia de inútiles trabajos; uno se entrega al vino, otro con la ociosidad se entorpece; a otro fatiga la ambición pendiente siempre de ajenos pareceres, […] Hay otros que en veneración no agradecida de superiores consumen su edad en voluntaria servidumbre, […] Pequeña parte de la vida es lo que vivimos: porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo. (De la brevedad de la vida, I ; trad. Pedro Fernández Navarrete).

En cierto momento, Cicerón, hablando por boca de su personaje Catón el Viejo, opina que la longitud del tiempo es indiferente; que, una vez transcurrido, no importa si fue largo o corto, porque, al pasar, da muerte por igual a todo lo que en su escenario ocurre:

No me parece duradero nada que tenga un término; en efecto, en el mismo momento de llegar éste, se desvanece todo lo que ha pasado. (Sobre la vejez, XIX, LXIX; trad. Eduardo Valentí Fiol).

Quizá quien con más acierto y contundencia expone el rasgo fundamental del tiempo que pasa sea un poeta, Publio Ovidio Nasón, y lo hace con solo tres palabras, que vale la pena recordar en su versión original: tempus edax rerum:

El tiempo, devorador de las cosas. (Metamorfosis, XV, 234)

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El cuidado del cuerpo (sabiduría clásica I)

A medida que la influencia de la cultura griega se afianza en Roma, se va despertando entre los varones un interés antes desconocido: el cuidado del cuerpo, no ya como necesario entrenamiento para la guerra, sino con fines exclusivamente narcisistas, se podría decir.

Séneca, en carta a su supuesto amigo Lucilio, advierte y aconseja:

Nosotros, es menester confesarlo, tenemos un amor innato a nuestro cuerpo, del cual nos ha sido confiada la tutela. No niego que debamos tratarlo bien, pero sí que debamos servirle, pues servirá a muchos dueños quien sirva a él, quien se ocupe demasiado en él, quien todo lo refiera a él. Es menester que nos comportemos no como aquel que tiene que vivir para el cuerpo, sino como aquel que no puede vivir sin el cuerpo. Un amor excesivo a éste nos inquieta con temores, nos carga de afanes, nos expone a afrentas. (Cartas morales a Lucilio, XIV)

………….

hombres que reparten su tiempo entre el óleo y el vino y tienen el día por bien
aplicado cuando han sudado suficientemente, y para reparar el líquido que de esta manera perdieron han ingerido ya en ayunas mucha bebida para que penetre más adentro. Beber y sudar constituye la vida..
.(CML, XV)

Y  le recuerda que, no solo estas costumbres, sino otras que se consideran más normales, como el baño diario, eran desconocidas entre los antepasados:

Y aun, para que lo sepas, no se lavaban cada día, pues, según dicen aquellos que nos han trasmitido la relación de las costumbres antiguas, se lavaban cada día los brazos y las piernas, que se ensuciaban con el trabajo; lo demás del cuerpo solo lo hacían los días de mercado. (CML, LXXXVI). 

(traducciones, Jaume Bofill i Ferro)  

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Sabiduría clásica

La antigüedad clásica – y me refiero a la romana, que es la que conozco un poco – contiene un cúmulo de tesoros hoy en día ignorados. Incluso aquellas personas que sienten cierta inclinación por ella, si no la han abordado mediante estudios mínimamente serios, pueden convertirse sin darse cuenta en víctimas de una de las muchas mixtificaciones o falsificaciones que hoy nos asedian.

Todo lo que el ciudadano medio – incluidos individuos supuestamente cultos – conoce de esa civilización y cultura es lo que se expone en películas, series televisivas y novelas “históricas”. No quiero decir que algunos de esos productos no sean dignos y hasta acertados – me rondan uno o dos títulos, que no diré –, pero en general poseen unos rasgos o características que, a mi juicio, los inhabilita como honestos transmisores de las realidades y valores de aquella civilización.

Por ejemplo, el exotismo y su contrario el actualismo. Entiendo por exotismo la pretensión de presentar la antigua sociedad romana como algo muy alejado de la normalidad humana actual, como algo curioso, fantástico, increíble. Lamento que el único ejemplo que ahora recuerdo sea precisamente una película por otra parte admirable: Satiricón, de Fellini.

Por actualismo entiendo el intento de presentar aquella sociedad como un espejo malintencionado de la nuestra, es decir, de llevar al espectador a la idea de que nada ha cambiado en los seres humanos, de que todo es siempre lo mismo. Parte de verdad hay en ello. Lo malo es que se fuercen los parecidos y se trasluzca la intención, como tantas veces ocurre.

Pero el verdadero elemento distorsionador de una posible comprensión de la antigüedad romana a través de esos productos “artísticos” consiste en lo que podríamos llamar el morbo de la violencia y el sexo, la obsesión por estos aspectos, y no desinteresada por cierto, sino alentada por la conocida capacidad de convocatoria comercial de tales ingredientes. Tanto es así que en la imaginación de los consumidores de esos productos, la antigua Roma no es más que un conglomerado de violencia física y de actividad sexual de toda clase: incestos, violaciones, excesos sexuales. No puede haber Roma sin luchas sangrientas de gladiadores, espadas que traspasan cuerpos o seccionan cuellos, envenenamientos, cuerpos de todos los sexos que se amontonan en orgías sin fin, etcétera.

No pretendo acabar con esa visión “mediática”. Tampoco podría. Solo aspiro a dejar constancia – como contrapartida – de las cimas intelectuales y espirituales que aquella sociedad alcanzó por medio de sus mentes más preclaras. Unos cuantos escritores me acompañarán en el intento: Cicerón, Séneca, y alguno más.

  1. El cuidado del cuerpo
  2. El tiempo que pasa
  3. La política: gloria y miserias
  4. Religión, dioses, mente divina I y II
  5. Séneca, psicólogo
  6. El suicidio en Roma
  7. Cultura y poder  
  8. La vejez    

NOTA: Me había pasado por la cabeza incluir la versión original latina de cada cita. Pero luego he pensado que la exhibición interesaría a pocos y espantaría a muchos. Así que los muy interesados podrán encontrarla en el lugar correspondiente de este estupendo compendio de la literatura latina:  http://www.thelatinlibrary.com

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Por qué se escribe. Destino o libre albedrío (A.E.P. s.e. 4)

EGO.- Puedes estás seguro, Alter, que si un día te dedicas en serio a la literatura y alcanzas cierto nombre, algún entrevistador,  posiblemente más de uno, dejará caer la inevitable pregunta. «Usted ¿por qué escribe?» O quizá en forma finalista “usted ¿para qué escribe?”. Pero que caerá, seguro.

ALTER.- ¿Quieres decir que ya tengo que empezar a preparar la respuesta?

EGO. – No estaría de más. ¿A ver? Probemos. Tú ¿por qué escribes?

ALTER.- Un momento, un momento. No pretendas liarme. Aquí el escritor eres tú. Y seguro que ya tienes preparada la respuesta. Vamos, suéltala. Tú ¿por qué escribes? O si prefieres ¿para qué escribes?

EGO. – Te recuerdo que yo no soy el sujeto de todas las cuestiones que se plantean aquí. Esto no es una entrevista o reportaje sobre mi persona. Además, se trata de una pregunta que admite cualquier tipo de destinatario, siempre que sea escritor, naturalmente.

ALTER.- Pero las respuestas serán distintas, según el preguntado.

EGO.- ¿Y qué? El problema no está en las respuestas sino en la pregunta. Y es que preguntar a un escritor, de los de verdad, por qué escribe es como preguntar a un niño por qué juega.

ALTER.- ¿Quieres decir que se trata de algo natural, irracional, irreprimible? Pues yo recuerdo haber oído algunas respuestas con razonamientos bien argumentados y muy creíbles.

EGO.- Yo también. Pero tengo la impresión de que esas respuestas son en realidad justificaciones a posteriori de algo que, en sí mismo, ni tiene justificación ni tiene por qué tenerla.

ALTER.- Por ejemplo…

EGO. – Entre las más sensatas oídas o leídas en entrevistas: para crear mundos distintos, porque el real no es suficiente; para ser otro; para luchar contra la muerte; para satisfacer la propia vanidad… y así hasta las más pedestres e inverosímiles, como para hacerse famoso o para hacerse rico.

ALTER.- ¿Y qué tienen de malo esas respuestas? ¿No responden a lo que piensa el escritor en cuestión?

EGO.- Por supuesto, a lo que piensa como justificación o explicación de su actividad. Es lo que te decía antes. Y es que todas esas respuestas no nos informan sobre las razones o causas reales de que una persona se ponga a escribir manejando mundos más o menos reales o imaginarios.

ALTER.-¿Y sabes tú cuáles son esas razones o causas reales?

EGO.- Bueno, aquí hay que distinguir entre la causa eficiente y la final, aristotélicamente hablando. La causa final de la actividad literaria la puede elegir cada cual a su gusto, por ejemplo, entre las que antes he mencionado. Pero la causa eficiente, el porqué, nadie la conoce, ni el propio escritor interpelado, por mucho que pontifique sobre sí mismo, y ni siquiera el crítico o psicólogo que lo estudia; acabo de leer la opinión de un psicólogo sobre las razones de Kafka: escribía para contrariar a su padre. ¿Qué te parece? ¡Asunto zanjado!… ¿Sabes qué te digo? Que en realidad ningún escritor sabe por qué ni para qué escribe, y es que los impulsos básicos que dirigen la trayectoria vital de las personas permanecen siempre fuera del foco de la conciencia.

ALTER.- Me gusta esa frase. Traducida al lenguaje normal, quiere decir que uno no sabe por qué se dedica a escribir, que es su destino y punto, ¿no?

EGO.- Bueno, es otra manera de decirlo.

ALTER.- Ego, ¿tú crees en el destino?

EGO.- No me gusta nada esa manera de preguntar.

ALTER.- Perdona, maestro, he hecho una pregunta como otra cualquiera, educadamente…

EGO.- Disculpa, no va contigo la cosa, sino en general. Me molesta esa manera de preguntar, porque es generadora de confusión. ¿Crees en el destino? ¿Crees en el amor? ¿Crees en la inspiración? ¿Crees en la política? ¿Acaso estamos obligados a contestar con un sí o un no? El destino, el amor, la inspiración, la política, la libertad, la amistad, la educación, la ciencia, el arte, la experiencia, ¿son artículos de fe, son códigos cerrados que hay que aceptar o rechazar de una vez por todas? No he visto mayor absurdo. Y sin embargo, son muchos los que, de buenas a primeras, se apuntan a un sí o a un no sin distingos ni matices.

ALTER.- De acuerdo. De todos modos, me gustaría oír tu opinión sobre el tema que te he propuesto tan groseramente. O sea, si tienes algo que decir sobre eso que se comenta por ahí de que hay una fuerza llamada destino, que guía inexorablemente nuestra vida o sobre eso otro de que no existe tal fuerza y que todo depende de la libre decisión de cada cual.

EGO.- Como circunloquio te ha salido bastante forzado y poco elegante, pero, bueno, aprecio el esfuerzo. Para los antiguos griegos y romanos el destino era una evidencia. No se puede afirmar que “creían” en él: lo tenían ahí. Como no se puede decir que uno cree en el sol. Séneca resume perfectamente esta actitud al hacer suya una sentencia de uno de los antiguos sabios griegos: ducunt volentem fata, nolentem trahunt, el destino conduce al que quiere y arrastra al que no quiere. En la Edad Media, con el cristianismo, el destino desapareció del horizonte y sus funciones pasaron a ser ejercidas, en parte, por el Dios único. Y digo en parte, porque los teólogos elaboraron un extraño y difícil equilibrio entre la Providencia Divina y el libre albedrío. Más adelante, con la modernidad, se fue insistiendo en la soberana e indeterminada libertad del individuo, tendencia que culminó en el delirio existencialista. Pero, al mismo tiempo, los descubrimientos de la ciencia, al ponerlo todo bajo el mecanismo de la causalidad, abrían la sospecha de si el ser humano no sería un elemento más de la naturaleza sujeto a causas (que él llama motivos) y efectos y, por lo tanto, que todo estaría ya escrito en el código genético con que cada cual se presenta al mundo, de manera que, dadas unas circunstancias concretas y el carácter congénito del individuo, éste no podría tomar otra decisión que la que toma.

ALTER.- Entonces, del libre albedrío, nada de nada.

EGO.- Bueno, siempre hay esperanza para el que la desea. Y así muchos pensadores han encontrado en la física cuántica un nuevo apoyo para reforzar la postura antideterminista, pues el baile incontrolado, imprevisible, de las partículas elementales, el principio de incertidumbre o indeterminación y todo eso corrobora, según ellos, la libertad radical con que se mueve el universo y la conciencia humana.

ALTER.- A ver, a ver si he entendido algo… Libertad radical con que se mueve… pero eso supondría la imposibilidad de establecer leyes y por lo tanto del conocimiento científico.

EGO. – En efecto. Einstein, con su enorme sentido común lo vio muy claro: Dios no juega a los dados.

ALTER.- Ego, no te molestes, pero la conclusión que yo saco de todo esto es que, para ti, bajo una u otra forma, el destino existe.

EGO.- ¿Existe? ¿Qué significa “existe” cuando hablamos de ideas o conceptos? En este campo existe todo lo que se percibe como existente.

ALTER.- Como también el libre albedrío, entonces. Para sus defensores.

EGO.- Por supuesto. El problema que tengo con el concepto de libre albedrío es que no sé qué entienden exactamente por tal sus defensores. ¿El poder de tomar decisiones con desconexión total de lo que constituye el animal humano, desde la carga genética hasta el ambiente en que nace y vive? Eso es algo imposible, a no ser que nos refiramos a alguna especie de ser angélico. Y es curioso que, incluso los más acérrimos defensores del libre albedrío prescinden de su doctrina cuando se trata de enjuiciar a los demás. Por ejemplo, saben muy bien que, en una situación determinada, el individuo tal, dado su carácter, historia y todo lo que conocemos de él, actuará de una forma concreta y no de otra. Solo él, el que enjuicia, se cree capaz de decidir con libertad absoluta…

ALTER.- Como un ser angélico.

EGO.- Sí, como un angelito.

(De Alter, Ego y el plan)

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Filosofía en porciones. Tres «pensadores». (A.E.P.15)

EGO.- Cada persona tiene su filósofo, lo sepa o no, y la metafísica atea del nuestro corresponde a quienes ni abdican de la razón ni piensan que, con ella, todo ha de ser de color de rosa.

ALTER.- Pero ha llovido mucho desde entonces. ¿Por qué esa fijación en un filósofo de hace siglo y medio? En filosofía, ¿tampoco hay progreso?

EGO.- No hay manera de saberlo. Pero, en realidad, lo que no hay es filosofía.

ALTER.- ¿En siglo y medio? Tú bromeas…

EGO.- Hay porciones. Un poco de estética por aquí, otro de ética por allá, unos tomos de teoría del conocimiento, otros sobre hermenéutica, un curso sobre el lenguaje, otro sobre semiótica en general…

ALTER.- Pero nadie se atreve a dar una visión de conjunto…

EGO.- Esa es la palabra, nadie se atreve. Y es que a algunos no les faltan ganas, pero, después de cien años de hablar de la imposibilidad de un saber total, de la desaparición de la misma totalidad ante la fuerza disgregadora de las particularidades, de la disolución o fragmentación del individuo, de la «anarquía de los átomos», que subvierte tanto la jerarquía de lo real cuanto el discurso que debiera imponerle un orden…después de aceptar todo eso como artículo de fe del pensar hoy homologable, quién se atreve a montar un sistema, una explicación global del mundo, cosa que ha sido la tarea propia del filósofo hasta mediados del siglo XIX…Schopenhauer y Marx fueron los últimos herederos de la ilustre saga que se inició con Platón y Aristóteles. A partir de Nietzsche se rompen no sólo los esquemas, sino hasta la posibilidad de trazar cualquier esquema global.

ALTER.- Pero esa imposibilidad ¿es cierta o no?

EGO.- En la esfera de la mente, es cierto lo que se tiene por cierto. Y, salvo rarísimas excepciones, todo pensar se acomoda al dogma de la época, por muy «transgresor» que se imagine. Así, que habrá que esperar la llegada de ese genio rarísimo, de la talla de un Kant, quiero decir, para ver si se puede dar la vuelta a la caótica dispersión inaugurada por Nietzsche.

ALTER.- No te cae simpático Nietzsche…

EGO.- No se trata de si…no, no me cae simpático, nada simpático. Verás, para empezar, lo que me ocurre con Nietzsche es que no lo entiendo. No quiero decir que no entienda lo que dice, no, lo que no entiendo es el sentido que pueda tener, para la comprensión del mundo y de mí mismo, el conjunto de lo que dice. En su obra, el pensar riguroso ha sido sustituido por la erupción anárquica de ideas, algunas geniales pero casi todas gratuitas. Su escritura es la de un adolescente en estado de exaltación maníaca. Como poeta, podría pasar. Y es que la locura no está reñida con la poesía, pero sí con la filosofía.

ALTER.- ¿Has pensado que tu diatriba indignará a tanto nietzscheano como corre por ahí?

EGO.- Y qué. También ellos me indignan a mí. Creo firmemente que si Nietzsche no hubiera existido, en el mundo habría menos confusión. Y eso sin tener en cuenta a tanto nazi-tarado que, sin haberlo leído ni por el forro, lo utiliza para justificar sus fechorías. Pero en fin, a lo mejor tienen razón en atribuírselo sin haberlo leído, porque, como decíamos antes, cada persona tiene su filósofo, lo sepa o no.

ALTER.- Ego, me gustaría que hablásemos de literatura…

EGO.- Sí, tienes razón. Ésa era la idea central de estos diálogos…pero, sin olvidar los otros mundos, recuerda. Además, Nietzsche es básicamente literatura. Pero, de acuerdo, yo también prefiero dejarlo.

ALTER.- Creo que ya ha quedado claro lo principal, según tú: que no es un pensador de tu agrado. También en su momento quedó claro qué otro pensador sí es de tu agrado. Y a propósito de esta palabra tan curiosa, «pensador», es raro ¿no?, recuerdo ahora que, hace una jornadas, apuntaste que, allá hacia el final de tu adolescencia, tres «pensadores» te despertaron de tu sueño dogmático. ¿Estamos ya en condiciones de saber quiénes son?

EGO.- Ningún problema. Son, o mejor dicho, fueron Papini, Séneca y Unamuno.

ALTER.- Curiosa combinación, ¿no? ¿Tienen algo en común?

EGO.- ¿Algo en común? La verdad es que no lo había pensado. A ver… para mí lo que más claramente tienen en común es… que los leí, los descubrí, al mismo tiempo, entre los 17 y los 18 años, primero Papini y a continuación los otros dos. Por lo demás, a parte de que los tres priman la ética sobre la estética y que, para los tres, la operación de pensar es un ejercicio personalísimo, nunca sujeto a autoridades incuestionables, no creo que tengan gran cosa en común.

ALTER.- De Papini apenas sé nada. ¿Fue filósofo?

EGO.- No, «pensador». En realidad fue un literato, autor de relatos cortos, de biografías muy personales, como las de Cristo y Dante, y de fantasías sobre el mundo contemporáneo y sus fantasmas, como El Libro Negro y Gog. Empezó a escribir hacia el 1900 desde una posición vagamente anarquista, muy del gusto de los transgresores de la época (era el momento de la muerte y ascensión de Nietzsche), luego participó en el movimiento futurista y finalmente se convirtió, o reconvirtió, al catolicismo. Como figura muy respetada, vivió estupendamente los años del fascismo, y murió en 1956, justa e injustamente olvidado.

ALTER.- Así, con esos cuatro trazos, no parece una biografía muy ejemplar, aunque sólo sea por su connivencia con el fascismo.

EGO.- ¿Lo acabas de leer en un artículo periodístico eso de «su connivencia con el fascismo»? Por favor, prescindamos de las frases hechas…y no seamos demasiado estrictos en eso de querer encajar los avatares vitales y profesionales con los de la política del país. O apliquemos la misma vara a todo el mundo. ¿Te has detenido a pensar cuántas celebridades de este país vivieron estupendamente, como figuras muy respetadas, durante los años del franquismo?

ALTER.- Sí, tienes razón, desde Cela, entre los ya muertos, hasta…

EGO.- ¡Por favor, respetemos la norma!

ALTER.- De acuerdo, me callo…. Pero, ¿qué es lo que te atrajo en Papini?

EGO.- La fuerza de su escritura. Me causó un impacto enorme. Por primera vez no estaba leyendo aventuras más o menos interesantes o clásicos más o menos fosilizados, sino algo que parecía escrito con la sangre del propio autor. Palabras y sangre era precisamente el título del conjunto de relatos que me lo descubrieron. Ya con la lectura del primero, Tres de septiembre, se me reveló de repente la posibilidad que el dogma oficial me había ocultado: la posibilidad de que la existencia humana no tenga ningún sentido. Papini es un escritor con una gran fuerza y una gran carga de profundidad. Pero esa profundidad no se refiere a unas ideas o conceptos determinados, sino que está en su misma fuerza, en esa manera al mismo tiempo directa y poética de desnudar al ser humano y abandonarlo ante las últimas cuestiones…que quizá no tienen respuesta.

ALTER.- Pero él sí eligió una respuesta.

EGO.- Podría no haberlo hecho, como no lo hizo al principio, y sin embargo su fuerza fue siempre la misma.

ALTER.- Pasemos a Unamuno.

EGO.- A diferencia de Papini, y de Séneca, Unamuno no fue por mi parte una elección o descubrimiento solitario. Ya estaba en el ambiente. Era el curso 57-58. A punto de irrumpir en el mundo no oficial universitario el marxismo y el existencialismo (como ves, hasta en la heterodoxia íbamos retrasados), lo más anti que corría por ahí era Unamuno y algún otro de la Generación del 98.

ALTER.- ¿Y qué sentido tenían esos autores en esa época?

EGO.- Yo creo que ninguno. Pero cierto falangismo no oficial los había puesto de moda.

ALTER.- ¿Qué relación hubo entre el falangismo y Unamuno?

EGO.- Yo creo que Unamuno, en algunas formulaciones del falangismo, ve reflejadas sus preocupaciones «nacionales» esencialistas. Pero lo que sí es cierto es que el falangismo bebió bastante de la fuente unamuniana. Hasta el extremo de que en la actualidad suelen confundirse algunas citas, como aquello de «me duele España», que más de una vez he visto atribuido a José Antonio, cuando en realidad fue Unamuno el padre del invento.

ALTER.- Acabó mal con el franquismo, ¿no?

EGO. Acabó casi antes de empezar, y con una dignidad ejemplar, que le redimió de cualquier simpatía precipitada que pudiera haber tenido por el «Alzamiento». Y su muerte casi inmediata nos impide comprobar que él no hubiera sido de los que vivieron estupendamente bajo el franquismo…Pero todo esto es el contexto de mi descubrimiento. Nada tiene que ver con lo que me atrajo de él.

ALTER.- ¿Y qué fue lo que te atrajo?

EGO.- Su sinceridad. Una sinceridad que consiste en ponerse él mismo como tema, y, a través de todas sus dudas e inquietudes, tratar de llegar al fondo de la cuestión, fondo que, precisamente por su sinceridad y honradez, no llegará nunca a alcanzar. Lo único que a cada cual importa y, por lo tanto, lo único que debe importar a la filosofía, viene a decir, es el hombre concreto, el individuo de carne y hueso que vive, goza, sufre y sabe que ha de morir. Lo único que de verdad conocemos es la experiencia de la vida, nuestra existencia concreta, que se manifiesta como un esfuerzo sostenido por seguir viviendo, por no dejar de ser…Pero, además, Unamuno no es tan «listo» como para echar por la borda la razón y subirse al carro del irracionalismo gratuito, y ahí el problema, ahí el conflicto que se desarrolla a lo largo de toda su obra. Por una parte, su experiencia interior, acorde con un hondo sentimiento religioso, le mantiene en el anhelo ferviente de una vida eterna. Por otra, los datos de la ciencia y el ejercicio de la razón reducen ese anhelo a la categoría de ilusión. Si hubiese sabido prescindir de la razón, como un auténtico irracionalista, no habría habido agonía (lucha) unamuniana; si hubiese sabido prescindir de su anhelo de eternidad, de su sed de fe, como un auténtico racionalista, tampoco. Pero su hambre de eternidad le impedía aceptar un racionalismo reduccionista, y su sano raciocinio le impedía abandonarse ilusamente a la «fe del carbonero». Esta era su tragedia.

ALTER.- Se le ha considerado un precursor del existencialismo…

EGO.- Con toda justicia. El fue, después de Kierkegaard, quien puso en el centro de la filosofía el individuo en su existir concreto, su angustia de saberse un ser para la muerte. Angustia que, para él, sólo la fe podría apaciguar… pero hacía ya tiempo que la fe había sido inmolada en el altar de la Razón.

ALTER.- ¿Puede decirse de Unamuno que fue un filósofo?

EGO. – No sé.  Yo creo que el calificativo que mejor le va es el de pensador.

ALTER.- Por supuesto…Te gusta la palabreja, ¿no?

EGO.- Es la que mejor se acomoda a ciertos casos. Me refiero a esos escritores que no se limitan a la creación estrictamente literaria, artística, sino que además suelen abordar a través de sus ficciones temas considerados del dominio de la filosofía. En Goethe tenemos el ejemplo más claro. ¿Quién osaría decir sin faltar a la verdad que, además de poeta, novelista y científico, Goethe fue filósofo? Y sin embargo, ha sido una de los grandes pensadores de la humanidad.

ALTER.- A Séneca sí que le va el calificativo de filósofo…

EGO.- No lo creas. Has de tener en cuenta que, a diferencia de los griegos, los romanos no se interesaron por la filosofía. De hecho, no produjeron ningún filósofo original. Cicerón no fue más que un divulgador de la filosofía griega, Séneca sólo nos ofrece una ética, tomada de los estoicos (griegos), y otro tanto puede decirse de Marco Aurelio. Y creo que no se podría nombrar ninguno más. Compara esto con la enorme abundancia de la filosofía griega.

ALTER.- Eran gente muy práctica los romanos, ¿no?

EGO.- Sí, con una actitud muy pragmática. Temas tales como de qué está hecho el mundo y qué posición ocupa en él el hombre no les interesaban gran cosa. En cambio, desarrollaron el derecho como instrumento para garantizar el orden social, y de la filosofía sólo cultivaron su aspecto más práctico, es decir, aquel que nos puede ayudar a discernir cómo hemos de actuar: la ética.

ALTER.- Se ha dicho que la ética de Séneca es muy parecida a la cristiana y, por otra parte, es sabido que fue consejero de Nerón, incluso en la época de los grandes excesos de éste. ¿Cómo se compagina lo uno con lo otro?

EGO.- Cómo se compagina la teoría con la práctica, la idea con la vida. Este es el dilema que todos hemos de sufrir y que muy pocos saben resolver. Lo normal es que los ideales o, dicho más modestamente, las buenas intenciones, queden muy malparadas en su confrontación con los imponderables de la vida práctica. Pero hay que reconocer que el de Séneca es, o parece, un caso extremo.

ALTER.- Ensalzaba la pobreza y era poseedor de una inmensa fortuna, ¿no?

EGO.- Eso no sería lo peor. Después de todo, lo que decía era que las riquezas habían de servir al hombre, no el hombre a las riquezas, Reflexión elemental que hoy sigue tan vigente, y desoída, como en su época. Lo peor eran los métodos que, al parecer, utilizaba para acumular riquezas y, por supuesto, sus turbias relaciones con el poder. Como consejero de Nerón parece que, al principio, trató de encauzar al joven emperador de acuerdo con sus propios principios éticos. Pero la cosa no fue fácil. Pronto Nerón empezó a mostrarse como lógicamente se ha de mostrar un adolescente débil de carácter, adulado por todos y que tiene todo el poder. Y sin embargo, Séneca no dejó de figurar a su lado. De hecho, era su ministro principal junto con Afranio Burro. Y a su lado estaba cuando, entre otras fechorías, Nerón hizo matar a su propia madre. ¿Aprobaba Séneca los crímenes del emperador? ¿Aguantaba en su puesto para intentar reprimirle en lo posible? ¿Era un adulador interesado? ¿O un honrado consejero humillado y resignado?

ALTER.- Podía dimitir.

EGO.- No, no podía. Incluso esta decisión había de contar con el beneplácito del tirano…Pero dimitió. Cuando Burro murió, sintiéndose sin fuerzas para luchar contra los que pretendían desalojarle del poder, comunicó al emperador su decisión de abandonar. Nerón no lo aceptó, pero él igualmente se retiró.

ALTER.- Con lo cual firmó su propia sentencia de muerte, ¿no?

EGO.- Bueno, al principio pareció como si Nerón se hubiese olvidado de él. Hasta que, tres años después, el descubrimiento de la conjuración de Pisón llevó al amedrentado emperador a buscar conspiradores bajo las piedras…y entonces se acordó de Séneca y…fin de la historia.

ALTER.- Se puede decir que la dignidad de su muerte le redimió de la ambigüedad de su vida.

EGO.- Sí, se puede decir. Pero, como comprenderás, no es su biografía lo que me atrajo de él.

ALTER.- Lo supongo. ¿Te hago la pregunta? ¿Qué es lo que te atrajo de Séneca?

EGO.- De hoc alio die.

(De Alter, Ego y el plan)

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Borges o la invención del laberinto I

El universo (que otros llaman la literatura) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de obras y autores. Algunos nos acompañan unos momentos; otros son fieles amigos durante toda la vida. Alguien lleva mucho tiempo con nosotros, pero desconocemos el momento en que apareció.

No sabría decir donde o cuando oí o leí por primera vez el apellido del escritor Borges, o tuve ante mis ojos por vez primera un texto suyo. Hubo una época, unos años en torno a los treinta de edad, que dejé en suspenso – ignoro por qué – la buena costumbre de fechar los libros que compro.

De todos los que conservo de Borges el primero que lleva fecha (22-VII-76) es Otras inquisiciones (Alianza-EMECE). Siguen siete libros datados, el último el 10 de julio de 1986 (extraña simetría). De los tres que conservo sin fecha y, por tanto, necesariamente anteriores, deduzco que el más antiguo es una colección de relatos con el título de uno de ellos (El Aleph), editado en España en 1969. No es insensato aventurar que conocí a Borges, como lector, en una fecha imprecisa situada entre 1961 (cuando, con la obtención del Premio Internacional de Editores, alcanzó fama mundial) y 1970. Advierto sin asombro que estoy siendo poseído por la prosa borgiana. Intento corregirlo.

Lo que quería decir es que Borges se introdujo en mi vida de lector de una manera imperceptible. Y luego, ha sido como si siempre hubiese estado ahí.

Borges ha sido uno de los escritores más destacados del siglo XX. Si no obtuvo el Premio Nobel fue por confesadas razones políticas. En realidad, en esos premios, tanto en los otorgados como en los denegados, han jugado razones políticas. O sea que, en esto, Borges no ha sido una clamorosa excepción. Lo que sí resulta excepcional es que un escritor como él, de ficción (entre otras cosas) y de una imaginación más que notable, no haya dejado ni una novela escrita. Sus ficciones son pequeños relatos en los que sobre todo destaca el título, la geometría de la trama y, en muchas ocasiones, el golpe final. Uno tiene la impresión de que su omisión de la novela se debe a cierta pereza que le impide complicarse la vida con largos desarrollos. O a cierto sentido de la economía artística. Si en dos páginas se dice lo que interesa y se consigue el efecto deseado, ¿para qué doscientas?

Borges o la brevedad, un aspecto sobre el que quizá no se ha estudiado lo suficiente. Hay otro aspecto que solo es relevante para el que escribe esto: de los autores de mi vida tratados hasta ahora – doce, con este – Borges es el primero que se aparta de la corriente romántica. Y es que, por extraño que parezca, finalizado el siglo XX, la cultura occidental aún no ha conseguido despegarse del magma romántico. La literatura, el cine, el teatro, la música popular, diría que el noventa por ciento de la producción artística se mueve todavía en la esfera del romanticismo, donde se rinde pleitesía a lo inconsciente, lo irracional, la exaltación, la inspiración, la genialidad, la sinceridad (raro concepto aplicado al arte), l’amour fou, la noche y la muerte. Cierto que entre los doce aludidos están Séneca y Goethe, pero no es menos cierto que el romano puede considerarse como el más romántico de los clásicos y que el alemán fue las dos cosas sucesivamente, o al mismo tiempo.

Con Borges por primera vez se presenta ante mí el escritor frío, cerebral, mesurado, artesano del lenguaje por encima de todo, manipulador de símbolos, riguroso administrador de palabras, aunque a veces se exceda en la insistencia de algunos adverbios y adjetivos.

Además de relatos de ficción, escribió una especie de ensayos, a veces también de ficción, sobre autores inexistentes, por ejemplo, con lo que las fronteras entre los géneros se desdibujan. Y aún más si tenemos en cuenta su poesía, que también escribió, de tonos épicos y lenguaje entre llano y pedante.

Pero no hay duda de que lo más relevante de su producción literaria son los relatos. Solo mencionaré – porque recuerdo que esto no es un estudio literario, sino una recopilación de impresiones personales – algunos que se destacan en mi memoria. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, en que relata el proceso de conversión de un mundo imaginario en una provincia de la geografía real; Pierre Menard, autor del Quijote, ensayo-ficción sobre la imposibilidad de leer una obra con los mismos ojos del autor y de la época en que se escribió; La lotería de Babilonia, donde se describe la institucionalización del azar que domina nuestras vidas; La Biblioteca de Babel, donde imagina el universo como una biblioteca infinita en la que se contiene absolutamente todo, incluidos los catálogos de lo falso y lo inexistente; Emma Zunz, impresionante historia de una venganza en la que tanto juegan la astucia como el autosacrificio; El Aleph, que narra el descubrimiento de un punto material en el que se puede ver “sin superposición y sin transparencia” todas y cada una de las cosas existentes en el universo; El jardín de los senderos que se bifurcan, relato de la acción final de un espía, que consigue enviar la información mediante la sola comisión de un acto criminal. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

 

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Séneca o la dignidad II

El libro en cuestión reúne los pequeños tratados que tradicionalmente han recibido el nombre de Diálogos, aunque en realidad son monólogos en los que el autor reflexiona sobre asuntos como la providencia, la brevedad de la vida, la tranquilidad del ánimo, la consolación… y donde yo encontraba gran parte de lo que necesitaba en aquellos momentos.

El ánimo recto jamás se altera.

Sabré que todo el mundo es mi patria.

Niego que las riquezas son un bien, porque si lo fueran, harían buenos.

Cada cual precipita su vida, trabajando con el deseo de lo futuro y el hastío de lo presente.

Sepamos que todas las cosas son igualmente caducas y que aunque en lo exterior tienen diferentes visos, son en lo interior igualmente vanas.

Toda la literatura de Séneca desprende un aroma de excelsitud, de superioridad moral, de dignidad. Creo que ésta es la palabra clave, dignidad. Una dignidad que exige que el hombre se mantenga por encima de los acontecimientos y no a rastras de ellos. La clave de esa actitud es la aceptación del orden de la naturaleza como algo divino a lo que no nos podemos resistir, pero que debemos entender rectamente, colaborando con sus dictados. Esto está claro en su posición ante el suicidio.

El hombre ha de ser el artífice de su vida, afirma, no el esclavo. Y si su vida no le gusta, es muy libre de prescindir de ella, porque la naturaleza, que nos dio una sola puerta de entrada a la vida, nos ha dado muchas de salida.

Por otra parte, su amplitud de miras en lo intelectual es tan notable como poco frecuente en los pensadores de cualquier tiempo y lugar. Y es que el de Séneca no es un estoicismo sectario o de manual, pues incluso llega a defender el epicureismo frente ciertas interpretaciones erróneas, y en ningún caso se adscribe a una línea o a un maestro determinado, porque el que se arrima siempre a la doctrina de uno mira más a los bandos que a la vida.

Lucio Anneo Séneca nació el año 4 a.C., quizá en la Corduba hispano-romana, de donde su familia era sin duda originaria. Hijo de otro literato y tío del poeta Lucano, destacó por su altura intelectual en la Roma del siglo I. No se sabe si fue por alguno de los riesgos que siempre comporta la altura intelectual o por otra debilidad más humana por cierta dama del entorno imperial, el caso es que, a instancias de Mesalina, esposa del emperador Claudio, fue condenado a un largo destierro en la isla de Córcega, donde vivió forzosamente retirado hasta que la sustitución de Mesalina por Agripina en el lecho imperial cambió la situación.

Y es que uno de los primeros favores que obtuvo Agripina de su esposo Claudio fue el perdón de Séneca y su regreso del destierro. En cuanto llegó a Roma, el prestigio del desterrado no hizo sino aumentar. Para seguir apuntándose este prestigio a su cuenta particular, Agripina lo nombró preceptor de su hijo Nerón. Y así, entre el maestro-filósofo y el discípulo-príncipe se inició una relación que auguraba lo mejor para Roma.

A la muerte de Claudio, Nerón subió al poder y dio sus primeros pasos a la sombra del severo maestro (severidad, por cierto, que no le impedía permitirse alguna broma de mal gusto, como el envenenado opúsculo que dedicó al difunto Claudio, titulado Transformación en calabaza del divino Claudio). En adelante, la influencia que Séneca ejercería sobre el nuevo César no se limitaría a su formación intelectual y humana, sino que se ampliaría con las competencias propias de un ministro con plenos poderes, contando para ello con la colaboración de otro consejero de gran autoridad y respeto, Afranio Burro.

Pero el joven Nerón empezó a manifestar tendencias que no encajaban en los supuestos valores morales del maestro, y digo “supuestos” porque se dice que, al tiempo que escribía tratados ejemplares sobre la pobreza y la bondad, se dedicaba a la usura en gran escala, amasando grandes fortunas.

El caso es que Séneca al principio intentó eliminar aquellas tendencias desviadas del discípulo Nerón, pero no pudo; luego trató de controlarlas, pero tampoco pudo; finalmente se limitó a procurar encauzarlas para no salir él mismo mal parado. Y en este proceso acelerado de dejación el severo filósofo llegó a verse tan implicado en las maldades del César que algunas ya no se sabe si tuvieron su origen en el discípulo o en el mismo maestro. Finalmente, decidió abandonar. Nerón se lo prohibió, pero él abandonó igualmente y se retiró a su finca de la Campania para dedicarse en la soledad a sus estudios, y quizá a sus negocios.

Pero un tirano nunca olvida. Y así, tres años después, en plena limpieza desencadenada por el descubrimiento de la conjuración de Pisón, Nerón se acordó de su severo y díscolo maestro y, metiéndole en el mismo saco de los supuestos conjurados (al parecer, sin ningún fundamento), le mandó recado para que se quitase de en medio.

Y el filósofo acató la orden. Un mandato que, para él, no venía en último término del odio o del capricho del déspota, sino de la ley inapelable del destino, porque un irrevocable curso lleva por igual las cosas humanas y las divinas.

Y no hay escapatoria. Así lo afirma la antigua sentencia, que Séneca había hecho suya: el destino conduce al que quiere, y arrastra al que no quiere,

          DUCUNT  VOLENTEM FATA NOLENTEM TRAHUNT

                            

(De Los libros de mi vida)

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Séneca o la dignidad I

El 8 de febrero de 1958 me encontraba estudiando primero de derecho en la Universidad de Barcelona. Si menciono esa fecha precisa es porque la tengo ante mí, escrita en minúscula letra adolescente, en la primera página de un libro viejo. El título del libro es Tratados Morales y el nombre del autor, Séneca.

¿Y por qué estaba yo estudiando leyes en el ecuador de mis dieciocho años? Buena pregunta. Y fácil respuesta. Por delicadeza, por no contrariar, es decir, por debilidad. Me explico.

Aunque en aquella edad yo no tenía idea de a qué me iba a dedicar en la vida, una cosa sí tenía clara: que lo mío eran las letras. Me gustaba leer y pensar y escribir, y lo demás me importaba un rábano, o casi. Y en la pobre oferta universitaria que se abría ante mí, solo había una carrera levemente emparentada con esas aficiones. Se llamaba “Filosofía y letras”, y por lo que yo recuerdo – o quizá por lo que se decía – la estudiaban mayormente curas, monjas, chicas y algunos muchachitos de virilidad dudosa. Pese a todo, si yo había de elegir una carrera, era evidente que no podía ser otra que ésa. Así que cuando mi padre me preguntó qué había pensado al respecto, le contesté sin vacilar… estudiar derecho.

Y es que él era una persona tan práctica y tan realista como todas las que han tenido que salir adelante por sus propios medios, y yo sabía que si le hablaba de “filosofía y letras” me compadecería o quizá se disgustaría, y no quería provocarle ninguno de estos sentimientos. Pero mi esfuerzo no sé si sirvió de mucho, porque creo que tampoco le entusiasmó la elección. Quizá adivinaba que yo no había nacido para abogado – cosa que seguramente estaba a la vista -, pero aceptó sin rechistar, quiero decir, pagando la matrícula, los libros y demás gastos. De haber resultado esta elección desastrosa para mi futuro, que no lo fue, podría aplicarme el dicho del poeta par délicatesse j’ai perdu ma vie.

Y no fue ésa la única ocasión en que, por no molestar, no seguí la vía que yo mismo consideraba correcta. Pero en ningún caso ha habido consecuencias graves, sino que en todos el destino me ha seguido llevando por donde sin duda tenía que ir.

El cambio fue brusco, pero necesario. Fue como pasar del parque infantil, no al mundo exterior, por supuesto, sino a la antesala de la vida, que eso era la Facultad de Derecho, entonces reducto de estudiantes que solo estudiaban (quiero decir, de familias con posibles) y de catedráticos inflados y hasta amoratados de tanta erudición y pedantería. Un aspecto del cambio es que, de pronto, había dejado de ser el alumno estudioso y muy bien considerado del colegio para convertirme en uno más de la multitud que poblaba la facultad, estrenando eso que se dio en llamar la libertad responsable.

Pero la libertad asociada a la juventud extrema, puede tener efectos explosivos. No fue el caso. Porque mi exterior se mantuvo siempre muy modosito. Muy diferente lo interior, donde, concluida la paz infantil, la guerra que se había iniciado en los albores de la adolescencia se iba extendiendo por diversos frentes: las doctrinas políticas impuestas, nunca interiorizadas, acabaron de disolverse rápidamente; el catolicismo, mucho más arraigado, empezó a tambalearse; el furor adolescente – necesidad de sexo y de puro amor infinito – se sublimaba en parte en tiernos y tristes versos justamente olvidados. Y un frente nuevo surgió de repente: el deseo de gloria eterna, el afán de inmortalidad, de una inmortalidad como aquella que habían alcanzado los genios del pensamiento y de las letras. Extraño afán en un joven de timidez casi patológica que, preso de terror escénico, procuraba pasar inadvertido en sociedad.

Contradicciones, erupciones (sin faltar el antipático acné juvenil), luchas internas, desorientación, necesidad de guía, anhelos inexpresables, sentimiento de vacío…

Abro el libro viejo y leo unas líneas subrayadas hace cincuenta y cinco años: todo el bien lo encerré dentro y tu felicidad consiste en no tener necesidad de la felicidad.

Ante las tormentas de la vida nada mejor que un estoicismo bien entendido, ése que te aconseja revestirte de palo y proclamar “ahí me las den todas”. Es lo que yo encontré en Séneca: un consuelo, una fuerza, una coraza, además de una nueva senda en la selva todavía inexplorada del pensamiento universal. (continuará)

(De Los libros de mi vida)

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Intelectual devorado por la política I

Llamo aquí intelectual a aquella persona en la que prima la meditación sobre la ejecución, el pensamiento sobre la acción. Por lo general, estas personas suelen cultivar la filosofía o las ciencias sociales y sus aledaños, pero también la literatura o el periodismo. Y cuando meditan sobre la sociedad no solo la explican y la analizan, sino que además suelen proponer remedios. Lo malo – para ellas, se entiende – es cuando se lanzan a la arena para participar activamente en las lides políticas. Más que malo, mortal de necesidad. Tanto en el sentido figurado como – sobre todo en la antigüedad – en el literal.

Tengo una pequeña lista de ejemplos para demostrar o, mejor dicho, para mostrar – aquí no hay que demostrar nada – que el peor negocio que puede hacer un intelectual es meterse a político. Van desde la antigüedad romana hasta nuestros días. Y casualmente, o no,  algunos son protagonistas de novelas mías.

No se puede decir que Cicerón fuese un intelectual puro. Como buen romano de la época, aspiraba a participar en la gestión de la cosa pública. Y en ello empleó la vida, empezando por la abogacía y llegando a ostentar el consulado, especie de presidencia (dual) de la república. Pero siempre fue con la teoría por delante. Cierto que los vaivenes de la política real le obligaban de vez en cuando a inesperadas mudanzas, pero no menos cierto que nunca abdicó de su programa ideal, mientras que, a su alrededor, los verdaderos políticos seguían moviéndose no por ideas – pese a sus proclamas – sino por intereses. El caso es que los desaciertos prácticos de Cicerón no hicieron sino aumentar en los últimos años. Hasta el broche final, que consistió en apoyar al joven Octaviano (sobrino-nieto de Julio Cesar y futuro Augusto) frente a Antonio (ex-lugarteniente de César). La inesperada alianza entre los dos líderes hasta entonces enfrentados se llevó como prenda la cabeza de Cicerón. Literalmente, por supuesto.

Séneca era ya un intelectual de prestigio cuando Agripina  lo rescató de un destierro de desconocidas causas para ponerlo como preceptor de su hijo, el joven Nerón. Al principio la cosa fue muy bien. Y cuando el joven accedió al poder, todo el mundo estuvo encantado de que coincidiesen un maestro tan sabio con un muchacho tan prometedor. Pero el muchacho enseguida quiso dar por bueno el dicho moderno («…el poder absoluto corrompe absolutamente») y empezó a cometer barbaridades ante la perplejidad, se supone, del severo maestro. Y digo «se supone» porque Séneca, consejero de Nerón y, de hecho, una especie de primer ministro, parece que no pudo, no supo o no quiso contener las maldades de su pupilo y señor. Lo que sí está claro es que fracasó en su quehacer político, fracaso que le empujó a abandonar el cargo y poco después la vida, a instancias, en este caso, de su antiguo e ingrato discípulo.

Dante fue primero de todo y sobre todo un poeta. También un sabio, con sus interesantes aportaciones a la lingüística en De vulgari eloquentia, y finalmente un teórico de la política en De Monarchia. Pero en cierta etapa de su vida, como ciudadano de la república que era Florencia, quiso participar en la política. Partidario de la supremacía del poder civil sobre el eclesial y más o menos encuadrado en el partido de los llamados güelfos blancos, se opuso tanto a las pretensiones despóticas de los nobles locales como a las ambiciones anexionistas del Papa, poniendo su esperanza en un gobierno universal del emperador germánico (heredero del romano), que habría de garantizar las libertades de unos reinos y repúblicas autónomos.  Participó en el gobierno de Florencia, hasta que una maniobra conjunta de los enemigos antes citados lo descabalgó del poder y de la patria, y vivió desterrado el resto de su vida.

En los primeros tiempos del destierro, cuando aún tenía esperanzas, participó en la organización de las estrategias políticas y militares urdidas para derrocar al poder ilegítimo instalado en Florencia.  Fue entonces cuando hubo de sentir la misma amargura que sintiera Cicerón en compañía de los pompeyanos opuestos a César:  la experiencia de la compagnia malvagia e scempia (la compañía  malvada y estúpida), el triste descubrimiento de que, con frecuencia, lo peor no es el enemigo que tienes enfrente, sino el compañero que tienes al lado, movido por intereses bastardos y que, ante cualquier duda o matización tuya, está siempre dispuesto a espetarte: pero tú ¿de qué lado estás? No sé por qué, imagino que ésta debe de ser la verdadera cruz del intelectual honrado metido en política.(continúa 

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Séneca: teoría y práctica del suicidio

Tácito nos cuenta el proceso del suicidio de Séneca. Y digo “proceso” porque fue más bien largo y accidentado. Rodeado de amigos en su casa romana, primero se hace cortar las venas de los brazos y las piernas. Pero el hombre es tan viejo (69 años), débil y seco que la sangre apenas fluye por las heridas abiertas.

Entonces toma cicuta, el mismo veneno con que Sócrates acabó con su vida. Pero su agotado organismo no responde en ningún sentido. Mientras tanto, va dictando frases se supone que memorables (suposición que no podemos comprobar porque no se ha conservado ni una palabra). Finalmente, se introduce en una bañera de agua caliente, cuyos vapores aceleran el mal que le ha acompañado toda la vida y del que finalmente muere: el asma.

Con ser artísticamente destacable (aunque, comparado con el de su sobrino Lucano, resulta algo chapucero) no es el acto en sí lo que nos llama más la atención, sino el hecho de que provenga de un hombre que había meditado y escrito mucho sobre el asunto. Y es que, además de actor, Séneca fue un gran pensador y crítico acerca del arte del suicidio. En su obra aparecen constantes reflexiones sobre el tema. Nos dice, por ejemplo, que nosotros, que no hemos pedido esta vida, la podemos aceptar mientras sea algo digno, pero si se convierte en algo abyecto o simplemente desagradable, nada nos obliga a seguir en ella. Porque lo que importa no es la cantidad de vida, sino su calidad. Expresión que parece anacrónica, por lo moderna, y que sin embargo traduce fielmente su pensamiento: cogitat semper, qualis vita, non quanta sit. La vida es algo libremente asumido, sostiene Séneca, si se tiene el valor, cuando conviene, de salir de ella. La naturaleza nos ha dejado la salida libre, y los que piensan que el hombre no debe quitarse la vida nos cierran el camino de la libertad.

Para el estoico Séneca lo que sobre todo da valor a la vida es la actitud de la persona en su recorrido, una actitud que ha de ser de dueño, no de siervo, de dominador, no de dominado. La dignidad. Y si el hombre es el artífice, el gobernante de su vida, también el suicidio habrá de ser un acto de gobierno, no el resultado de una pasión enfermiza. Ha de haber una prudencia, una sabiduría en el suicidio, que nos evite al mismo tiempo la precipitación y la cobardía. El varón fuerte y sabio, de la vida no debe huir, sino salir (non fugere debet e vita, sed exire). Digno y bello programa.

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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