… Desde la tarde de su indisposición fingida en casa de Cambronero sólo habíamos tenido ocasión de vernos a solas en dos breves y emocionantes encuentros. Aquélla había de ser la cita decisiva.
¿Cómo se puede narrar la felicidad? ¿Con qué palabras podemos definir la dicha intensa o el éxtasis? El carácter inaprensible, etéreo de la felicidad se pone de manifiesto en esta incapacidad del escritor de darle una forma consistente, sólida y sobre todo transmisible. ¡Qué diferencia con el dolor, con la angustia, con la desesperación! Aquí miles de palabras, de imágenes, de conceptos acuden rápidas a la pluma del autor y, desde la página escrita, golpean la conciencia del lector con toda la contundencia de la realidad. ¿Por qué? Lo dejé escrito: «Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión».
Cuando alguien me preguntó, a modo de reproche, cómo era posible que tanto en el Doncel como en el Macías, que tienen el amor por tema principal, no haya ni una escena de verdadera dicha de los amantes, apenas supe qué responder. La verdad es que no me lo había planteado; la verdad es que, cuando escribí esas obras, no me había planteado nada más que novelar una pasión desde la sinceridad y la autenticidad del que sabe de lo que habla, sin plegarme a ninguna regla del arte, ni antigua ni moderna.
Pero hay una regla no escrita que todo artista verdadero, quiéralo o no, sépalo o no, no puede menos que respetar, y esa regla establece que la descripción de la felicidad no es tema del arte. La felicidad es una meta que no existe en ningún lugar y los momentos de verdadera dicha son huidizos e inasibles como las nubes. Cuando la pasión amorosa obtiene la máxima satisfacción posible, cuando el deseo alcanza aquella cumbre tantas veces soñada y anhelada, en ese mismo momento se inicia el camino de descenso, un camino empedrado de palabras.
Sí, un miércoles de diciembre Alonso nos presentó y, después de presentarnos, nos abandonó a nuestro destino.
-¡Larra! Alonso me ha hablado mucho de usted. He de confesar que sentía curiosidad por conocerle.
-Muy amable por su parte, señora.
-¿Amable? ¿Por qué? ¿Porque siento curiosidad? ¿No sabe que la curiosidad femenina suele fijarse en cosas insignificantes?
-Nada que merezca la atención de esos ojos puede ser insignificante.
-Veo que, además de crítico, sabe usted ser adulador.
-Alabador, querrá decir. En la adulación entra siempre la mentira, en la alabanza no. Decimos “alabamos a Dios», pero no “adulamos a Dios”, “laudamus Deo”, pero no…
-No siga, por favor. Estoy segura de que sabe mucho latín. No hay más que ver las cosas que escribe.
-¿Conoce las cosas que escribo?
-Alonso no se olvida nunca de pasarme el último artículo o folleto.
-Alonso es un buen amigo.
-Y un buen maestro.
-Y usted una buena discípula. Ya estoy informado de que escribe versos admirables.
-Por favor, no se burle. Seguro que no ha leído ninguno. Si no, no hablaría así. Alonso es muy amable y muy paciente. Él me enseña los secretos de la composición, y yo voy aprendiendo a acomodar el fuego de la inspiración a las exigencias del metro y la rima.
-El fuego de la inspiración…Habla usted como los jóvenes poetas de hoy día.
-Y usted habla como si no fuera uno de ellos.
-No, no lo soy, no doy el tipo. Son otra clase de gente. ¿Conoce a Espronceda?
-Sí, me lo presentaron hace tiempo, pero no lo he vuelto a ver. Creo recordar que era un muchacho de ideas tan revueltas como sus cabellos.
-Buena definición.
-Y dígame, si puede saberse, ¿qué clase de gente es usted?
-Sólo soy un hombre
-Y yo una mujer.
-Ya lo había advertido. Sólo soy un hombre que sueña.
-Y yo una mujer que sueña. Y a veces, pienso que me gustaría ser un hombre para realizar algunos de mis sueños.
-Los sueños sólo son sueños.
-¿No pueden convertirse en realidad?
– Dejarían de ser sueños.
-Me parece usted muy melancólico, don Mariano.
-Nací triste.
-¿Y no ha habido nadie capaz de aliviarle esa tristeza?
-Alguna estrella fugaz, tal vez.
-A veces sueño con el sol. ¿No le parece muy raro? ¿Ha soñado alguna vez con el sol? Dígame, ¿cree posible que dos personas tengan el mismo sueño?
-¿Al mismo tiempo? Sí, si están despiertas.
-Dispense. Parece que Don Manuel me necesita. Va a empezar el recital. ¿Le veremos el próximo miércoles?
-Delo por seguro.
Recuerdo que las campanas de San Nicolás daban las diez cuando salíamos de casa de Cambronero; recuerdo que, sin hablarlo ni pensarlo, nos encaminamos todos hacia el Café del Príncipe; recuerdo que aquella noche Carnerero me regaló la caja amarilla. ¡Buena cosa la memoria!
LARRA: ¿Disculparte? ¿oportuno? ¿De qué estamos hablando, amor mío? Has venido, has venido y yo te quiero, ¿qué importa lo demás? ¿Me quieres tú?
DOLORES: He venido porque pienso que hay que acabar de una vez con esta situación.
LARRA: Eso mismo pienso yo.
DOLORES: Hay que dejar las cosas claras.
LARRA: Eso creo yo. Pero no me has contestado. ¿Me quieres, Dolores?
DOLORES: Mariano, escúchame bien, escúchame bien lo que voy a decirte: no nos veremos más, nunca más, ¿lo entiendes? nunca más.
LARRA: Espera, espera, habla despacio, más despacio, repite lo que acabas de decir.
DOLORES: He dicho que no nos veremos nunca más…
LARRA: No, creo que no oigo bien, o que no entiendo, porque si fuese verdad lo que por un momento me ha parecido oír…
DOLORES: Mariano, por favor, ¿no puedes aceptar la realidad?
LARRA: ¿La realidad?
DOLORES: La realidad de que lo nuestro se acabó.
LARRA: ¿Se acabó? ¿Qué es eso nuestro que se acabó? Habla más claro, amor.
DOLORES: Por favor, no lo pongas más difícil todavía. Ha sido todo tan duro desde el principio…los dos, casados; los disimulos, las mentiras, las murmuraciones, los sobresaltos, el escándalo…
LARRA: Te recuerdo, mi amor, que hace pocos meses no había sobresaltos, ni apenas mentiras, y nadie se preocupaba del escándalo. Sólo pensábamos en amarnos.
DOLORES: Hablas por ti, sólo por ti, porque no tienes idea de lo que yo he pasado. Mariano, yo no puedo seguir viviendo así.
LARRA: Así, ¿cómo?
DOLORES: Fingiendo, engañando, no pudiendo ser quien de verdad soy, siendo la comidilla de todos, y sin dignidad, sin ninguna dignidad, hasta el nombre me han quitado. Tú tienes un nombre. Yo no, yo sólo soy «la querida de Larra».
LARRA: Reconozco que es horrible, y además de pésimo gusto. ¿A quién se le ocurre ser «la querida de Larra» pudiendo ser «la señora de Cambronero»?
DOLORES: Esa amargura no te hace ningún bien. Tendrías que aceptar las cosas como son. Nos guste o no, soy la señora de Cambronero.
LARRA: Un título muy honorable, no lo niego. Pero yo no hablaba de títulos ni de honorabilidades; hablaba de sentimientos, y te preguntaba ¿me quieres? ¿me quieres todavía? No me has contestado.
DOLORES: Ya he dicho lo que tenía que decir. No me atormentes ni te atormentes más. Lo nuestro ha terminado, ¿lo entiendes? terminado.
LARRA: No, no lo entiendo. ¿Puede el sol terminar? ¿puede el cielo terminar? ¿puede la savia que alimenta a los árboles terminar? ¿puede la naturaleza entera, la vida entera terminar? No, no lo entiendo.
DOLORES: Pues lo siento, lo siento mucho. Mira, si he venido aquí ha sido porque anoche me dejaste muy preocupada. Me pareció que era mi deber tratar de que comprendieras la situación y de que la aceptaras. Por eso estoy aquí. Pero veo que ha sido inútil. Mariano, tú no estás bien.
LARRA: De ti depende, Dolores, sólo de ti depende que esté bien o que esté muy mal.
DOLORES: ¡No, no, de ninguna manera! No puedes cargar sobre mí ese peso. Yo no soy responsable de lo que pueda pasar por tu cabeza.
LARRA: ¿No? ¿No eres responsable? Todos somos responsables de nuestros actos, amor, y de nuestras palabras. ¿Cuántas veces has dicho que me amas? ¿En cuántas ocasiones me has jurado amor eterno? Y yo me lo creía, ¿sabes? soy tan ingenuo que me lo creía, y no veo por qué ahora he de dejar de creerlo. ¿Mentías entonces? ¿o mientes ahora? Me gustaría saberlo, amor, cuándo dices la verdad, cuándo dices la mentira.
DOLORES: Ni mentía entonces, ni miento ahora. Y si no entiendes esto, es inútil que me esfuerce. Quería despedirme de ti intentando borrar todo lo que hay en tu corazón de amargura, de odio, de rencor hacia mí. Pero no ha sido posible. Lo siento.
LARRA: ¿Te vas? ¿Me dejas…para siempre? ¿para siempre?
DOLORES: No debía haber venido.
LARRA: Oyeme una cosa. Si de ti dependiera que moviendo un dedo, un solo dedo de tu mano me salvase yo del abismo, ¿lo harías? ¿lo moverías?…No, no lo harías, de hecho, es ésta la situación…Sólo te pido una cosa, Dolores, que no te vayas a Filipinas, nada más, no te pediré nada más, te lo juro.
DOLORES: ¿Quién te ha dicho que me voy a Filipinas?
LARRA: Tus ojos me lo dicen, que huyen de los míos; tu voz, áspera y decidida, como de quien cumple un deber o transmite una orden; tu pose, afectada y distante, como de señora esposa del señor Secretario…
DOLORES: Sí, ¿y qué? Es mi vida, puedo disponer de ella como me plazca. Tengo ganas de vivir tranquila, no sé si lo puedes entender, sin miedos, sin sobresaltos, sin tapujos…ya he pasado bastante…
LARRA: Bien, ya lo entiendo, tú eres capaz de marchar y dejarme; eres capaz de renegar de tu amor y de vender tu cuerpo por un poco de tranquilidad y unas cuantas joyas exóticas…(alza la voz) ¡como las rameras, igual que las rameras!
DOLORES: (se levanta, indignada) No voy a permitir que me insultes.
LARRA: (también se levanta, cada vez habla más exaltado) Tú eres capaz de dejarme, pero ¿y yo? ¿Sabes de lo que yo soy capaz?
DOLORES: No, no lo sé. Pero sea lo que sea, no vale la pena.
LARRA (con violencia y alzando aún más la voz) ¿Sabes de lo que yo soy capaz?
[…………..]
DOLORES: ¿De matarme? ¿De matarme, quieres decir? No me asustas, Mariano.
LARRA: De matarte, sí de matarte. Pero no te preocupes, no lo haré. No cometeré ese error. Ante el mundo tú serías la víctima, y sabes muy bien que no es el papel que te corresponde en esta historia. No te preocupes, si he de matar a alguien, no será a ti, puedes estar tranquila.
DOLORES: Me alegra saberlo.
LARRA: No me olvidarás fácilmente, Dolores. Siempre te acordarás de mí, te lo juro.
DOLORES: Supongo que no tendrás ningún inconveniente en devolverme las cartas.
LARRA: ¿Las cartas?
DOLORES: Sí, las cartas, todas las cartas que te he escrito, incluidos los billetes, todo.
LARRA: ¿Hasta eso me arrebatas? Sin tus cartas, sin tus palabras de amor escritas por tu propia mano, ¿cómo podré saber que todo esto no ha sido un sueño? ¿cómo podré convencerme de que no estoy loco?
DOLORES: No es asunto mío. Dámelas.
LARRA: ¿Y si no te las doy?
DOLORES: No me iré de aquí hasta que no me las devuelvas.
LARRA: Perfecto, quédate conmigo, para siempre.
DOLORES: Estás loco, Mariano, estás completamente loco. No he venido aquí para irme sin mis cartas.
LARRA: ¿Qué has dicho, Dolores? ¿qué es eso que acabas de decir? «No he venido aquí para irme sin mis cartas» ¡Qué estúpido! Ahora lo entiendo, ahora lo comprendo todo. Tú no has venido aquí porque me quieras, no, eso ya lo he entendido, y también he entendido que nunca me has amado. Pero tampoco has venido porque estuvieras preocupada por mí. No, ni siquiera por compasión, ni siquiera por ese pobre sentimiento que no negamos a los animales. ¡Has venido por tus cartas! ¡Pérfida, traidora! Ojalá ya estuviese muerto, ojalá me hubiese ahorrado esta cruel estocada final.
Pero suicida, ¿por qué? La vieja polémica sigue hoy viva con sus dos líneas de argumentación enfrentadas: la cívica o política, que nos habla de su frustración y abatimiento ante la situación de España, y la romántica o novelesca, que pone el énfasis en el fracaso amoroso. Quizá ambas se equivoquen, quizás ambas no tengan en cuenta un factor previo a cualquier experiencia social o amorosa. Me refiero a un constante y arraigado sentimiento de vacío, que sólo una pasión poderosa podía vencer.
Existe, claro, la tentación de explicar este vacío como la consecuencia de determinados acontecimientos vitales: el fracaso político, el fracaso amoroso. Pero no hay que caer en la tentación. Las vicisitudes no marcan el carácter; es el carácter el que se expresa a través de las vicisitudes. Yo creo que, en Larra, el sentimiento de vacío no es consecuencia de ciertas experiencias vitales, sino, al contrario, el modo en que experimenta la vida es consecuencia de su sentimiento de vacío.
Si, como es cierto, todo hecho es efecto de una serie de causas, el suicidio de Larra hubo de tener forzosamente las suyas, puesto que nada es gratuito ni se produce ex novo en la naturaleza (incluida la naturaleza humana). Pero ocurre que los que buscan las causas de este tipo de hechos -los actos humanos- suelen olvidarse de la fundamental: el carácter del individuo. El carácter no como algo forjado por las circunstancias, el ambiente, la educación, no; el carácter de verdad, originario, congénito, eso que nada ni nadie puede cambiar, aunque pueda manifestarse de diferentes maneras según los motivos que las circunstancias ofrezcan.
En el carácter de Larra -como en el de cada cual- se hallaba esbozado su destino. Sólo unas circunstancias extremadamente favorables hubieran podido darle una forma menos trágica.
Pero esas circunstancias no se dieron. Al contrario. El gran amor que pudo salvarlo resultó ser un espejismo. Fue entonces cuando, sin pensarlo, Larra se abandonó a su destino.
Hace poco más de un siglo la periodista Carmen de Burgos escribió:
En Fígaro [Larra] hay una fuerza que le mantiene siempre vivo y joven cerca de nosotros… Larra no envejece como los otros; Larra conserva su prestigio de escritor, su prestigio de hombre y hasta su prestigio de suicida. Es eternamente joven, eternamente original.
Quizá es lo que mejor conserva en estos momentos: su prestigio de suicida. Y se comprende. La España de hoy poco tiene que ver con la España de los años treinta del siglo XIX, así que lo que dijo el escritor, el periodista de actualidad, poco importa ya (por más que muchos insistan en colocarnos como sea su “vuelva usted mañana”). En cambio, la persona, el hombre aureolado por el fogonazo del disparo final, conserva todo su atractivo romántico. Pero ¿quién era esa persona? ¿Cómo era el hombre llamado Larra cuando no ejercía de corrosivo fustigador de los vicios públicos?
El carácter moral de este escritor consiste en ser excesivamente generoso, desprendido de todo interés, ambicioso de gloria, muy amante de su patria, cariñoso con sus padres, buen amigo, bastante enamorado, algo orgulloso, noble en sus maneras y porte, aficionado a la alta sociedad y muy estudioso.
Es posible que no haya descripción más ajustada y verdadera del carácter de Larra que la contenida en estas líneas escritas por su tío Eugenio. El joven Larra tenía en el hermano de su padre a un amigo y un confidente. Hubo entre los dos una especial relación de cariño, y el tío pudo escribir tan acertadamente del sobrino porque le quería, y querer bien a una persona es la única manera segura de conocerla. Siglo y medio después alguien podrá retratar a Larra como una especie de enano egoísta y acosador de mujeres, contradiciendo la clara imagen que nos dejó don Eugenio. No hay que tenerlo en cuenta. Son cosas que se cuecen al calor del prejuicio (feminista, en este caso) y la ignorancia.