La tragedia de la página en blanco

O del papel en blanco, que también se la llama así. Consiste esta tragedia en que un señor o señora, que es o se cree escritor o escritora (parece que me vuelvo terriblemente correcto), se halla situado o situada ante un papel o pantalla en blanco. Y el señor o señora (en adelante, “escritor” para abreviar) intenta llenar ese papel o pantalla con palabras, frases, historias significativas, si no portentosas. Pero nadie acude a la convocatoria; no hay palabras, ni frases, ni historia significativa alguna. Y el escritor sufre y se lamenta porque nadie acude a su llamada y no puede seguir creando literatura como es su obligación.

De distintas maneras, esta tragedia ha sido representada y comentada infinidad de veces. Y sin embargo, todavía no sé si acaba bien o mal. Aunque el tenerla calificada de tragedia ya es todo un indicio.

Para mí, que debe de ser algo parecido a lo que les pasaba a los místicos cristianos (Teresa y compañía): que atravesaban oscuros períodos de sequedad del alma. Pero como eran místicos y cristianos, se resignaban y se dedicaban como nunca a las labores serviles, como arar el huerto o pelar patatas. Hasta que el Señor regresaba para inundar de nuevo sus almas.

Pero el escritor de ahora mismo, como no suele ser ni místico ni cristiano, no se resigna. Pelea, patalea, berrea, como el niño mal educado que exige que se le devuelva, ya, su juguete preferido.

Escritor, no insista, por favor. Deje el papel o la pantalla tranquilamente en blanco. Y, sobre todo, no se le ocurra colocarnos cualquier cosa solo para llenarlos. Piense que a los lectores se les debe algún respeto. Nadie le obliga a escribir (lo terrible, comprendo, es si solo se vive de eso).  Y siempre habrá por ahí alguna patata que pelar mientras se aguarda con fe y resignación el regreso del Señor.

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Se prepara el derribo de Ovidio

Porque el poeta no tiene empacho en poner alegremente sobre el papel todo ese mundo real de maridos celosos o tolerantes igualmente engañados, mujeres y hombres que juran en falso ante los dioses (unos dioses que, si existiesen, no lo permitirían), abortos decididos y cometidos por la mujer por su propia cuenta y todas esas cosas que ocurrían, pero que alguien, muy poderoso, se obstinaba en negar. Y es que, mientras los versos ovidianos triunfaban en los salones, y aseguraban al autor una existencia de fama y placeres, alguien, situado arriba de todo, fruncía el ceño. ¿Quién era ese alguien? Retrocedamos.

Cayo Julio César Octaviano era un muchacho de diecinueve años cuando su tío-abuelo Julio César fue asesinado. Un año antes el joven había sido adoptado y nombrado heredero por el interfecto. Así que cuando se produjo la tragedia (la muerte de César, muy representada) se aprestó a hacer valer sus derechos y pretensiones, legales o no. Pero la cosa no era sencilla. Por un lado estaba Antonio, lugarteniente del asesinado, por otro los anticesarianos homicidas (Bruto, Casio) y por otro la mayoría del Senado, que no sabía muy bien por dónde tirar. Como era de esperar, Octaviano chocó enseguida con Antonio y, con el apoyo de un senado convencido por Cicerón, le plantó batalla. Pero la sangre no tuvo tiempo de llegar al río, porque, de pronto, Octaviano y Antonio se hicieron amigos, quiero decir, aliados y junto con Lépido formaron lo que se dio en llamar “segundo triunvirato”. El precio de esta alianza fue la cabeza de Cicerón y de algunos centenares de opositores.

O sea, que nuestro César Octavio Augusto, autoridad suprema de Roma en tiempos de Ovidio, aquel que fruncía el ceño ante los versos disolutos del poeta, había empezado su carrera política consintiendo el asesinato de su amigo y protector Cicerón y de otros más. Nada de particular. Cualquiera con dos dedos de frente y una pizca de experiencia sabe que el poder se fundamenta en cosas así, siempre adaptadas a los tiempos y a las circunstancias, por supuesto. (continúa en César Augusto, moralista)

(De  Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Y usted, ¿por qué escribe? II

Se escribe para vivir muchas vidas. La tuya no es suficiente, decidida como está de principio a fin. Se escribe porque te sientes atrapado. Porque quieres ser otro. Porque quieres que te consideren y te aprecien. Porque necesitas que alguien te diga que eres bueno. Porque eres pobre. Porque te avergüenzas de tu casa. Porque no quieres tener el mismo trabajo que tu padre. Porque no tienes dinero para viajar. Para poder pagarte las mujeres que quieres, aquellas que desearías llevar al restaurante o a la ópera. Porque se lo quieres echar en cara a alguien, a los prepotentes, a los envidiosos.  

Son palabras que el escritor italiano Ernesto Ferrero pone en boca de su compatriota Salgari en la novela-biografía El último viaje del capitán Salgari, (trad. Elena Rodríguez). No dudo, es decir, estoy seguro, de que reflejan fielmente el pensamiento de Salgari sobre el asunto. Lo extraño, a mi entender, es que se formulen de una manera general, como si fueran de validez universal (”se escribe para”, en vez de “yo escribo para”). Y la verdad es que, si hay tantos tipos de escritores como de personas, también hay tantas razones por las que escribir como escritores.

En realidad la finalidad (el para qué) se la puede inventar cada cual a su gusto, como hace el personaje real-ficticio de la obra de Ferrero, pero la razón causal (el por qué) nadie la conoce, ni el propio escritor interpelado, por mucho que pontifique sobre sí mismo. Y es que los impulsos básicos que dirigen la trayectoria vital de cada cual permanecen siempre fuera del foco de la conciencia. El destino, se decía. Pues vale, por qué no, el destino.

Y el escritor verdadero ya no se interrogará ni se preocupará más. Y si alguien le sale al paso con la pregunta, siempre podrá responder : para no caerme.

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Y usted, ¿por qué escribe? I

En toda entrevista hecha por un periodista a un escritor existe el peligro, la amenaza, o como se lo quiera llamar, de que, de pronto, surja la pregunta: y usted, ¿por qué escribe? Los escritores veteranos, experimentados en el trato con los medios de comunicación, tiene siempre su respuesta preparada. Ingeniosa, obvia, inteligente, absurda, aguda, original, estándar o lo que sea, pero la tienen bien a punto. Solo han de tirar del cajón de las respuestas y ya está.

“Mire, señor periodista yo escribo por esto o por lo otro, para esto o para lo otro.” Y el periodista toma nota o deja que funcione la grabadora, sin fijarse mucho en las palabras del escritor, porque está pensando en la siguiente pregunta.

Pero imaginemos que el escritor es tan poco famoso que nunca ha sufrido la pregunta, es decir, que casi nunca ha sido entrevistado. El susto puede ser descomunal. “Y yo ¿por qué escribo?”, se pregunta mentalmente durante los escasos segundos anteriores al momento de  la respuesta. Y es posible que, en su nerviosismo, una gotas de sudor perlen su frente, como diría el escritor estándar.

“Y yo, ¿por qué escribo?”, piensa, “¡Qué pregunta tan absurda! Es como si a un niño le preguntasen por qué juega. O como si a un ciclista le preguntasen por qué pedalea. Para no caerme, contestaría el ciclista. Eso es, para no caerme.”

Y entonces, recuperada la calma, lanza la respuesta inspirada: “Escribo para no caerme”. Pero el periodista no advierte la inspiración, porque está pensando en la siguiente pregunta. (continuará)

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Acoso y derribo de Oscar Wilde

Y así, como el gobernante que, rodeado de aduladores, es incapaz de captar el sentir real del pueblo, Oscar Wilde, separado de la realidad por aquella camarilla de parásitos incensarios, no se daba cuenta del sentir público: sería el último en advertir con qué furia el odio, la malignidad y la envidia se estaban desencadenando contra él.

Pero, odio, ¿por qué?, podemos preguntarnos. Él solo era un artista, un escritor lúcido e imaginativo, un enamorado de la belleza y del mismo amor. Cierto que sus sarcasmos contra la clase alta, a la que sin embargo adoraba, podían concitarle alguna inquina. Pero no creo que esto fuese decisivo. Y menos cuando eran lanzados en un teatro, pues todo el mundo sabe que uno de los mayores goces del espectador teatral es sentirse insultado desde el escenario, como en su día explicitó Peter Handke con una obrita titulada directamente Insultos al público.

Entonces, ¿cuál era la razón de aquel odio, hasta entonces soterrado, que todos sus biógrafos no dejan de destacar? ¿El “vicio”? Pero Wilde no era ni mucho menos el único personaje público “vicioso”. Y sin embargo, nadie como él fue objeto de una campaña de acoso y derribo tan inmisericorde. ¿Entonces…? 

Bien mirado, creo que es inútil que intentemos desentrañar el misterio antes de conocer, siquiera someramente, los datos de la historia. Quede de momento apuntada, como objeto de reflexión previa, una frase que el mismo Wilde escribió en El crítico como artista, es decir, en plena época de euforia vital y creadora, antes de que cualquier nube apuntase en el horizonte: “La sociedad con frecuencia perdona al delincuente; nunca perdona al soñador”. ¿También aquí, profeta inconsciente de sí mismo?

[De  Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas]

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Larra íntimo II

Pero suicida, ¿por qué? La vieja polémica sigue hoy viva con sus dos líneas de argumentación enfrentadas: la cívica o política, que nos habla de su frustración y abatimiento ante la situación de España, y la romántica o novelesca, que pone el énfasis en el fracaso amoroso. Quizá ambas se equivoquen, quizás ambas no tengan en cuenta un factor previo a cualquier experiencia social o amorosa. Me refiero a un constante y arraigado sentimiento de vacío, que sólo una pasión poderosa podía vencer.

Existe, claro, la tentación de explicar este vacío como la consecuencia de determinados acontecimientos vitales: el fracaso político, el fracaso amoroso. Pero no hay que caer en la tentación. Las vicisitudes no marcan el carácter; es el carácter el que se expresa a través de las vicisitudes. Yo creo que, en Larra, el sentimiento de vacío no es consecuencia de ciertas experiencias vitales, sino, al contrario, el modo en que experimenta la vida es consecuencia de su sentimiento de vacío.

Si, como es cierto, todo hecho es efecto de una serie de causas, el suicidio de Larra hubo de tener forzosamente las suyas, puesto que nada es gratuito ni se produce ex novo en la naturaleza (incluida la naturaleza humana). Pero ocurre que los que buscan las causas de este tipo de hechos -los actos humanos- suelen olvidarse de la fundamental: el carácter del individuo. El carácter no como algo forjado por las circunstancias, el ambiente, la educación, no; el carácter de verdad, originario, congénito, eso que nada ni nadie puede cambiar, aunque pueda manifestarse de diferentes maneras según los motivos que las circunstancias ofrezcan.

En el carácter de Larra -como en el de cada cual- se hallaba esbozado su destino. Sólo unas circunstancias extremadamente favorables hubieran podido darle una forma menos trágica.

Pero esas circunstancias no se dieron. Al contrario. El gran amor que pudo salvarlo resultó ser un espejismo. Fue entonces cuando, sin pensarlo, Larra se abandonó a su destino. 

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Larra íntimo I

Hace poco más de un siglo la periodista Carmen de Burgos escribió:

En Fígaro [Larra] hay una fuerza que le mantiene siempre vivo y joven cerca de nosotros… Larra no envejece como los otros; Larra conserva su prestigio de escritor, su prestigio de hombre y hasta su prestigio de suicida. Es eternamente joven, eternamente original.

Quizá es lo que mejor conserva en estos momentos: su prestigio de suicida. Y se comprende. La España de hoy poco tiene que ver con la España de los años treinta del siglo XIX, así que lo que dijo el escritor, el periodista de actualidad, poco importa ya (por más que muchos insistan en colocarnos como sea su “vuelva usted mañana”). En cambio, la persona, el hombre aureolado por el fogonazo del disparo final, conserva todo su atractivo romántico. Pero ¿quién era esa persona? ¿Cómo era el hombre llamado Larra cuando no ejercía de corrosivo fustigador de los vicios públicos?

El carácter moral de este escritor consiste en ser excesivamente generoso, desprendido de todo interés, ambicioso de gloria, muy amante de su patria, cariñoso con sus padres, buen amigo, bastante enamorado, algo orgulloso, noble en sus maneras y porte, aficionado a la alta sociedad y muy estudioso.

Es posible que no haya descripción más ajustada y verdadera del carácter de Larra que la contenida en estas líneas escritas por su tío Eugenio. El joven Larra tenía en el hermano de su padre a un amigo y un confidente. Hubo entre los dos una especial relación de cariño, y el tío pudo escribir tan acertadamente del sobrino porque le quería, y querer bien a una persona es la única manera segura de conocerla. Siglo y medio después alguien podrá retratar a Larra como una especie de enano egoísta y acosador de mujeres, contradiciendo la clara imagen que nos dejó don Eugenio. No hay que tenerlo en cuenta. Son cosas que se cuecen al calor del prejuicio (feminista, en este caso) y la ignorancia.

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Una impresión confusa de cansancio

“¿Tú crees que yo me acostumbro a vivir?… No, cada día tiene para mí un sabor más extraño y me sorprende más el milagro eterno que es el Universo. La vida. ¿Quién sabe lo que es? Las religiones no, puesto que la consideran como un paso para otras regiones; la ciencia no, porque apenas investiga las leyes que la rigen sin descubrir su causa ni su objeto. Tal vez el arte que la copia… tal vez el amor que la crea. ¿Tú crees que la mayor parte de los que se mueren han vivido? Pues no lo creas. Mira, la mayor parte de los hombres, los unos luchando a cada minuto para satisfacer sus necesidades diarias, los otros encerrados en una profesión, en una especialidad, en una creencia, como en una prisión que tuviera una sola ventana abierta siempre sobre un mismo horizonte; la mayor parte de los hombres se mueren sin haberla vivido, sin llevarse de ella más que una impresión confusa de cansancio.” 

El que así habla se llama José Fernández y es un personaje de novela. La novela lleva por título De sobremesa y, aunque fue escrita hacia 1890, se publicó por primera vez en 1925. Su autor, nacido en Bogotá (entonces llamada Santafé) en 1865, fue un poeta singular, considerado uno de los padres del modernismo literario hispanoamericano. Murió el 24 de mayo de 1896 de una bala de pistola disparada por él mismo al centro exacto del corazón.

José Asunción Silva pertenecía a una de las familias más distinguidas de Colombia…

[De Del suicidio considerado como una de las bellas artes ]

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Fantasmes

És coneguda la preferència que els fantasmes senten per les cases buides. De vegades, no tenen més remei que habitar-ne una d’ocupada, ja sigui perquè el fantasma és avantpassat dels que ara hi viuen – i en aquests casos cap de les dues parts no té l’obligació de marxar -, o perquè qui va vendre la casa no la va deixar prou neta. Però, si d’ells depèn, sempre es mouen en cases buides i tancades.

Passava l’altra tarda per davant d’una d’aquestes cases –vull dir, buida i tancada – quan vaig veure una cosa blanquinosa que es movia pel jardí. Era gairebé fosc i tot estava desert i silenciós. Em vaig amorrar a la reixa i “la cosa”, amb moviments suaus i elegants, és va apropar cap a mi.

– Qui ets? – li vaig preguntar, no molt segur que em pogués respondre.
– Sóc el fantasma de la casa i estic desesperat.
– I doncs?
– Senyor, aquesta casa és de les més antigues de Valldoreix, té gairebé cent anys i fa més de quaranta que està abandonada, i ara resulta que l’han de tirar a terra, ai, Deu meu. Ahir van estar aquí unes persones i parlaven de enderrocar-la i de fer-ne tres o quatre al mateix lloc i què sé jo. Totes parlaven alhora, però cap ni una va pensar en mi. Què puc fer, senyor? Ja no queden cases buides a Valldoreix, no puc anar-me al bosc com un porc senglar qualsevol, els fantasmes som molt casolans i, a més, jo sóc de molt bona família. Ajudi’m, si us plau.

Se’l veia seriosament angoixat. Jo alguna cosa havia de dir.

– No es preocupi, senyor fantasma – vaig començar –, el món no s’acaba a Valldoreix. Molt aprop d’aquí, de fet al mateix terme municipal, s’aixeca Sant Cugat. Quan jo el vaig conèixer només era un poblet, però des de fa precisament quaranta anys que no ha deixat de créixer. Fins que, fa uns mesos, això de la construcció es va aturar sobtadament. I ara hi ha milers de cases acabades i sense habitar. Estic segur que hi trobarà el seu lloc, senyor fantasma.
– És veritat això? Tantes cases n’hi ha? Avisaré als meus cosins, que estan per tot el món, anirem a Sant Cugat i viurem a un barri de fantasmes.
– No en tingui cap dubte -, vaig dir, satisfet d’haver-me’n sortit.

La veritat és que se’l veia molt content.

Diari de Sant Cugat,   20 juny 2008 

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Pirandello ¿fascista? II

En 1904 Pirandello publica El difunto Matías Pascal, que obtiene un rápido éxito en Italia y en el extranjero, una fábula sobre la necesidad de huir, de ser otro. Pero es en la producción teatral donde su arte se va depurando hasta alcanzar cimas insospechadas. En 1917 estrena su primera obra revolucionaria, Así es (si así os parece), drama sobre la incognoscibilidad, cuya manifestación externa es la locura; en 1921 seis personajes en busca de autor asaltan el escenario e imponen a los actores la representación de sus vivencias atormentadas entre la indignación y el entusiasmo de los espectadores.

Y mientras los éxitos se suceden, su vida íntima no halla reposo. Finalmente su esposa es ingresada en una casa de salud. El infierno ha cesado, pero el paraíso permanece inalcanzable: los hijos, la diferencia de edad, los pudores secularmente arraigados, impiden que su amor otoñal por la joven actriz Marta Abba llegue a realizarse.   Quizá pensando en ella, en la necesidad de crear un teatro nacional que asegure a ambos un futuro, un año después del famoso encuentro, escribe a Mussolini solicitando ser admitido en el partido como simple militante (il posto del più umile e obbediente gregario). Meses después, obtiene una subvención de 50.000 liras para la reestructuración del Teatro Odescalchi. 

En su novela Uno, ninguno, cien mil el protagonista empieza por descubrir que, para su mujer, ni siquiera físicamente es tal como él se imagina, hasta que llega finalmente a la conclusión de que cada uno de los que le rodean lo ve de distinta manera, de que es tantas personas como miradas se posan en él, de que no es nadie en sí mismo, sino algo que continuamente se crea y se rehace desde fuera. Uno de esos Pirandellos fue miembro del Partido Fascista – aunque nunca “intelectual del régimen” -, pero no el artista, no el que escribió: “He estudiado el dualismo del ser y del parecer, la descomposición de la realidad y de la personalidad…”.

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